Investigación

Militando a Francisco Territorio, compromisos y orientación institucional del activismo político y religioso en la Argentina contemporáne.

Militiating Francisco Territory, commitments and institutional orientation of political and religious activism in contemporary Argentina.

Militando a Francisco. Território, compromissos e orientação institucional do ativismo político e religioso na Argentina contemporânea.

Verónica Giménez-Béliveau
Universidad de Buenos Aires., Argentina
Marcos Andrés Carbonelli
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICET), Argentina

Militando a Francisco Territorio, compromisos y orientación institucional del activismo político y religioso en la Argentina contemporáne.

Ánfora, vol. 25, núm. 45, pp. 167-196, 2018

Universidad Autónoma de Manizales

Recepción: 29 Mayo 2017

Aprobación: 27 Febrero 2018

Resumen: Objetivo: comprender las características del activismo de grupos que se ubican en la intersección entre la política y la religión en Argentina en la segunda década del siglo XXI. Metodología: estudio cualitativo basado en la etnografía, la entrevista y el análisis de documentos. Los datos fueron construidos a partir del análisis de los textos registrados en diarios de campo, fotografías y la transcripción de los textos de las entrevistas. Para el análisis se recurrió a matrices por tipo de registro (diarios de campo, entrevistas, publicaciones y folletos) para luego trabajar con matrices integradoras. Resultados: se evidenciaron tres características principales que definen las militancias político-religiosas en Argentina: la centralidad del territorio como espacio de desarrollo del trabajo militante, el compromiso militante como una actividad integral que se desarrolla en toda la vida y la orientación del trabajo militante hacia las instituciones. Estado e Iglesia como un espacio más de despliegue del proyecto político-religioso. Conclusiones: se concluye la composición circular de la identidad en la acción colectiva en diálogo con las instituciones clásicas (el partido, la Iglesia y el Estado), la notoria intensidad en el hacer que remarca la militancia como subjetividad pública y la importancia de las coyunturas para la reformulación de las definiciones comunitarias, a partir de las potencialidades y los límites que imponen los pasos hacia instancias de resistencia.

Palabras clave: Activismo Político-religioso, Trabajo militante, Territorio, Argentina.

Abstract: Objective: to understand the activism features of groups that are located at the intersection between politics and religion in Argentina during the second decade of the 21st century. Methodology: his research is a qualitative study based on ethnography, interviews and document analysis. Data was constructed from the analysis of documented texts in fieldwork diaries, photographs and interview transcriptions. For the analysis, matrices were used by type of registry (field diaries, interviews, publications and brochures) to then work with integrating matrices. Results: three main features that define political-religious militancy in Argentina were noted: the centrality of the territory as an opportunity for the development of militant work, the militant commitment as an integral activity that develops throughout life and the orientation of militant work towards the -State and Church institutions as an area for the deployment of the political-religious project. Conclusions: It is concluded the circular composition of identity in collective action in dialogue with the established institutions (the party, the Church and the State). As well as, the notorious intensity in the doing which emphasizes the militancy as public subjectivity and the importance of the conjunctures for the reformulation of community definitions, based on the potentialities and limits imposed by the steps towards instances of resistance.

Keywords: Political-religious activism, Militant work, Territory, Argentina.

Resumo: Objetivo: entender as características do ativismo de grupos que estão localizados na intersecção entre a política e a religião na Argentina, na segunda década do século XXI. Metodologia: estudo qualitativo com base na etnografia, entrevista e análise de documentos. Os dados foram construídos a partir da análise dos textos registrados em diários de campo, fotografias e transcrição de entrevistas. Para a análise foram usadas matrizes por tipo de registro (diários de campo, entrevistas, publicações e folhetos) para, em seguida, trabalhar com matrizes integradoras. Resultados: três características principais que definem as militâncias político-religiosas na Argentina foram evidenciadas: a centralidade do território como um espaço para o desenvolvimento do trabalho militante, o compromisso militante como uma atividade integral que ocorre ao longo da vida, e a orientação do trabalho militante no sentido das instituições -Estado e Igreja- como um espaço mais da implantação do projeto político-religioso. Conclusões: conclui-se a composição circular da identidade na ação coletiva, em diálogo com as instituições clássicas (partido, Igreja e Estado), a notória intensidade na aplicação que sublinha a militância como subjetividade pública, e a importância das conjunturas para a reformulação das definições comunitária a partir das potencialidades e os limites que impõem os passos para instancias de resistência.

Palavras-chave: Ativismo Político-religioso, Trabalho militante, Território, Argentina.

Introducción

En los años 90, los diagnósticos sobre la militancia política en Argentina abrevaban en la metáfora de la Plaza Vacía (Martuccelli y Svampa, 1997) y en la idea de una crisis de representatividad (Rinesi y Vommaro, 2007): a raíz de la creciente distancia entre clase gobernante y ciudadanía, el espacio político tradicional cedía el monopolio de la mediación en manos de nuevas formas de protesta situadas en los márgenes del sistema político (Svampa y Pereyra 2004; Auyero, 2004) y en una revalorización del barrio como territorio de producción de nuevas filiaciones y de articulación con las políticas sociales (Merklen, 2005).

En el nuevo milenio, el activismo político en Argentina presentó características diferenciales. En primer lugar, durante el largo proceso político del kirchnerismo diversos grupos resignificaron tradiciones políticas históricas. Por su masividad y notoriedad pública, se destaca el caso de las organizaciones como el movimiento Evita (Natalucci, 2012), o La Cámpora (Vázquez y Vommaro, 2012) que tomaron distancia del peronismo como estructura partidaria al mismo tiempo que lo recuperaban como tradición, fuente de memoria y de sentido.

Al calor de la reacción del mercado de trabajo también se reactivaron militancias sindicales, de signo peronista (Natalucci, 2013) y clasista (Lenguita, 2011). Como señalan Vommaro, Morresi y Bellotti (2015) en la emergencia del partido Propuesta Republicana (PRO) tuvo lugar un diálogo intenso entre cuadros peronistas y radicales y tradiciones políticas alternativas como el liberalismo. A pesar de sus ostensibles diferencias tanto en el plano ideológico como en los formatos de intervención pública, esta diversidad de experiencias coincidió en el horizonte de la disputa permanente por los espacios de poder. Las jóvenes generaciones de militantes de distintos signos partidarios crecieron bajo la premisa “militar la gestión” (Vázquez, 2014); es decir, con la concepción de continuar y profundizar el trabajo político en las estructuras estatales.

En este sentido, un segundo rasgo de la militancia contemporánea responde a su progresivo agenciamiento. Como parte de un proceso de recuperación y puesta en valor, en el lenguaje político se habla de “militar” tal o cual espacio. Esta expresión, de amplia circulación en campañas, asambleas, reuniones, condensa una forma particular y específica de ejercer la política, distinguida por su intensidad y su subordinación al cumplimiento de proyectos superadores. La militancia se piensa no sólo como sustantivo sino como verbo militar y marca una extensión de su lógica a otros espacios.

Si en los años 1990 el activismo político se caracterizó en Argentina por hacer del barrio un refugio, el teatro de operaciones y el eje de articulación con otros actores de la sociedad civil, en los años 2000 surge con fuerza el proyecto de “militar el Estado”. Como señala Vázquez (2014), esta consigna constituye un programa de acción de agrupaciones políticas conformadas (por ahora) por funcionarios del kircherismo. Bajo el reconocimiento de la centralidad del Estado como organizador de la vida social, dichas organizaciones promovieron acciones políticas desde sus agencias y espacios decisionales, informadas por una lógica con horizontes ideológicos definidos.

Las organizaciones con amplia militancia territorial mantuvieron sus prácticas militantes, desarrollando además una articulación creciente con diferentes iniciativas estatales en el campo de la acción y desarrollo social, ya sean oficialistas como del espacio de izquierda (Quirós, 2011). La acción política militante en este período se destaca entonces por su cosmovisión orientada hacia el Estado, pero sin perder su anclaje territorial.

Las acciones renovadas y los nuevos espacios donde la militancia circula y se expande, se apropia y resignifica, sólo pudo llevarse a cabo con el ingreso de nuevos cuadros a sus filas, en particular los jóvenes. Esta renovación de cuadros forma parte de un proceso global (Natanson, 2012), pero decanta en Argentina de una manera específica, atendiendo, por un lado, a la consolidación del régimen democrático, a los replanteos e iniciativas que atravesaron la crisis política, económica y social del 2001, que habilitaron nuevos repertorios de acción para los jóvenes, y a las interpelaciones que desde sectores dirigentes se hicieron para renovar los propios cuadros.

Estas renovaciones articularon jóvenes y viejas guardias militantes y favorecieron un diálogo marcado a menudo por tensiones. Así, en algunos procesos y grupos se produce una división de tareas y de roles en clave complementaria (el sindicalismo, por ejemplo), mientras que en otros las diferencias etarias refuerzan la construcción simbólica de una diferencia en el hacer y en los modos de entender la política y ejercerla.

Finalmente, la revitalización y reconfiguración del espacio militante no puede comprenderse aisladamente, como un proceso endógeno del mundo partidario: solo puede entenderse en la reconstrucción obligada de sus conexiones con otros espacios. La recuperación económica y del mercado de trabajo, brindan un contexto estructural para pensar dialécticamente los espacios militantes, tal como señalan Pérez y Natalucci (2012). En su trabajo centrado en el caso de la militancia PRO, Vommaro et al (2015) muestran las formas en que el compromiso con este proyecto guardó ostensibles conexiones con el mundo empresarial, con el de las ONG y el voluntariado y con sectores del mundo religioso, católico, evangélico y judío. En diálogo con estas matrices se constituyó un proyecto político centrado en la gestión y en la transparencia, que se piensa por fuera de la ideología y de las hipótesis de conflicto.

Desde la perspectiva analítica se advierte que la militancia, como práctica y como categoría sostiene fuertes articulaciones con el espacio religioso, en particular en el mundo católico. La idea de extender el compromiso doctrinario a “todos los espacios, a todos los ambientes” tiene una larga memoria en el mundo católico, que Mallimaci (2015) rastrea y sitúa en el catolicismo integral, un modus vivendi pensado en las primeras décadas del siglo XX desde la institución para que sus fieles, entendidos como militantes, irradien la doctrina a todas las esferas de las praxis. Como muestra el trabajo de Giménez-Béliveau (2016) esta cosmovisión atraviesa diferentes catolicismos, desde aquellos que anhelan la conservación doctrinaria hasta las opciones preocupadas por la transformación social, pasando por aquellos grupos centrados en la emocionalidad y la búsqueda de un contacto directo con la trascendencia.

Esta pretensión holística la militancia religiosa como una forma de praxis y una opción que atraviesa todos los órdenes de la vida favoreció la producción de múltiples intersecciones con la política, fundamentalmente desde la irrupción del peronismo. Cuenta con varias experiencias, entre las que se destacan los grupos cristianos de jóvenes que, al calor de las reformas del Concilio Vaticano II, extendieron su opción por una fe comprometida a la propuesta de una revolución política (Donatello, 2010), o aquellos cuadros políticos que encontraron en la vida religiosa un espacio para la salida al ejercicio del poder (Cucchetti, 2010). Los estudios de Manzano (2004) y Donatello (2005) anclan las experiencias de militancias populares en la década de los 80 (articuladas en torno a la puesta en escena de demandas como el derecho a la vivienda, al trabajo o a un salario digno) en las comunidades eclesiales de base que gravitaron en el conurbano bonaerense.

La confluencia entre militancias políticas y religiosas se mostró en la Argentina reciente con la emergencia de grupos que tomaron a la figura del Papa Jorge Bergoglio como emblema de su accionar público (Carbonelli y Giménez-Béliveau, 2016a y 2016b). Se trata de dos organizaciones, Misioneros de Francisco y Mar Adentro, que se originan en el cruce entre sociabilidades peronistas y católicas y que se caracterizan por desplegar un profuso repertorio de acciones colectivas que, lejos de encasillarse en el plano religioso o político, habitan y circulan por ambos espacios de la práctica. Sus cuadros más jóvenes asumen responsabilidades en las tareas concernientes a la difusión y al despliegue de las acciones de carácter más proselitista. Si bien conviven con otros grupos etarios (los “viejos militantes”), que por su experiencia se ocupan de las tareas de formación (y, en el caso de Misioneros, también de conducción), son los jóvenes los que se instalan como “el rostro público” de las organizaciones y refuerzan sus mayores apuestas de continuidad en el largo plazo.

Un último punto a destacar en el accionar de estos grupos (y que lo pone en diálogo con uno de los rasgos salientes de la militancia de época), es que sus acciones se inscriben en el horizonte estatal y territorial, más que en el plano exclusivo de la sociedad civil o el tercer sector, como es el caso de otras asociaciones de voluntarios sostenidas por corrientes políticas de distinto signo político. Además de contar con dirigentes con cargos estatales durante el kirchnerismo, los grupos en cuestión se destacan por articular sus acciones con políticas públicas, implementándolas en el territorio o bien por interpelar al Estado mediante el paradigma de derechos, a partir de acciones como movilizaciones y jornadas de protesta.

El cruce entre religión y política y los diversos sujetos que lo habitan interesó a los autores desde hace años, en distintos escenarios. Giménez-Béliveau (2016) trabajó las politicidades de los grupos católicos juveniles y de adultos en Argentina y Carbonelli (2016) estudió las estrategias políticas de los pastores evangélicos en el conurbano bonaerense. Los espacios de sociabilidad de actores políticos y religiosos se solapan a menudo: los agentes políticos buscan legitimar sus acciones a través de valores y discursos religiosos, mientras que los actores religiosos son tentados para llevar sus formas de ver el mundo a las acciones concretas se ponen en práctica en el campo político. Las miradas convergentes se vieron interpeladas en 2013 por colectivos nacientes que habitaban la articulación entre esos campos de formas innovadoras. A partir de un hecho inesperado, la elección del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, como Papa de la Iglesia Católica, grupos concretos de la galaxia de la militancia juvenil kirchnerista se afirmaron como espacios de articulación entre el catolicismo y el peronismo.

La presente investigación, que se arraiga en el proyecto más amplio de estudio del cruce entre religión y política, tiene por objetivo comprender las características del activismo en Argentina en la segunda década del siglo XXI en grupos que se ubican en la intersección entre la política y la religión.

Las formas que adquieren los compromisos militantes varían sustancialmente de una época histórica a otra, de un contexto social a otro: los principales objetivos de la investigación se centran entonces en caracterizar el fenómeno contemporáneo de las militancias político-religiosas con fuerte impronta juvenil en Argentina, de cara a un cambio de signo político del gobierno nacional que afecta la relación de los grupos con las instituciones estatales y los obliga a repensar y rearticular su proyecto.

El fenómeno del activismo político-religioso puede ser caracterizado a partir de tres ejes: el territorio, las formas de vivir la militancia y la proyección hacia los espacios institucionales; se proponen entonces como objetivos específicos comprender los modos de inserción en el espacio público, analizarlas características que asumen las militancias y el sentido que los activistas imprimen a sus prácticas y estudiar las acciones que los grupos desarrollan hacia los espacios institucionales.

Metodología

El presente artículo es resultado de una investigación basada en metodologías cualitativas (Vasilachis, 2006). El abordaje etnográfico (Ameigeiras, 2006; Guber, 2011) constituyó la principal estrategia de acceso a los datos; se recurrió también a las entrevistas en profundidad (Holstein y Gubrium, 1998; Mallimaci y Giménez-Béliveau, 2006) y al análisis de documentos (folletos, escritos de los grupos).

El trabajo etnográfico con el Movimiento Misioneros de Francisco comenzó a fines de 2014: se había constituido como colectivo hacía poco más de un año. Adscribiendo a la propuesta de Georges Marcus (1995), que en su definición de las etnografías multi-situadas sugiere seguir objetos, personas, vidas, metáforas, historias o alegorías, se siguió a los colectivos en sus desplazamientos y en sus intentos de afirmación identitaria. La premisa de la etnografía es “estar ahí” (Hannerz, 2003).

Por eso, los autores de la presente investigación estuvieron en reuniones y plenarios de Misioneros de Francisco y Mar Adentro, en actos en el espacio público, en inauguraciones de murales y capillas, en encuentros organizados por el Ministerio de Planificación en los grupos que eran actores principales. Los siguieron también en sus desplazamientos: en julio de 2015 acompañaron el viaje de 5 días de los Misioneros a Caacupé, en Paraguay, a su ansiado encuentro con el Papa Francisco; en diciembre de 2015 peregrinaron a pie a Luján con ellos y en agosto de 2016 recorrieron la Avenida Rivadavia de Buenos Aires en una manifestación de los Movimientos Sociales reclamando al gobierno por Tierra, Techo y Trabajo, las consignas de Francisco. Además, los investigadores asistieron a las actividades regulares de los grupos: reuniones, misiones en estaciones de tren (Constitución) y plazas (Moreno), recorridos por los barrios, misas, manifestaciones. Desde 2014, trabajaron con el Movimiento Misioneros de Francisco y desde 2015 con el Frente Mar Adentro. Se realizaron dieciséis entrevistas en profundidad y se analizaron folletos, publicaciones y escritos de los grupos.

En este artículo se trabajó con los materiales construidos en función de interrogantes específicos y es el primero de la serie en el que se compararon dos organizaciones (Misioneros y Mar Adentro). Se focalizó el análisis en algunos eventos públicos protagonizados por los grupos: las misiones a la estación de trenes de Constitución y a la plaza Moreno, el viaje a Caacupé en julio de 2015, la peregrinación a Luján en diciembre del mismo año y las manifestaciones desde San Cayetano a Plaza de Mayo de 2016 y 2017, con Misioneros de Francisco; además, se participó en la marcha del 24 de marzo a Plaza de Mayo para conmemorar el aniversario del golpe de estado en 1976, el acto de homenaje por los 3 años del Papa Francisco en abril de 2016 y el plenario y acto de cierre del mismo año con Mar Adentro. Se cruzó estos datos con las entrevistas etnográficas a los miembros de los dos grupos que participaron en los eventos analizados.

Es importante destacar que los dos grupos tienen características diferentes en cuanto a la cantidad de sus miembros y frecuencia y alcance de sus actividades. Misioneros de Francisco cuenta con alrededor de 80 miembros estables. Desde sus orígenes Misioneros reclutó a sus participantes en diversos espacios sociales: por un lado, entre los militantes del Movimiento Evita y, por el otro lado, entre los católicos peronistas de los barrios en donde se instalarían las capillas.

Estas dos vías de reclutamiento marcan también un perfil diferenciado de los miembros: los militantes del Movimiento Evita que se acercaron al catolicismo suelen ser jóvenes de entre 20 y 30 años, provenientes de los sectores medios, con algunos años de actividad política en el peronismo territorial. Los jóvenes de esta generación, aunque provenientes en su mayoría de familias católicas, mantenía una relación distante con el catolicismo, al que se acerca a partir de la figura icónica del Papa Francisco.

A partir de su compromiso con Misioneros profundizan su experiencia de fe. Los católicos peronistas de los barrios tienen otro perfil: adultos, entre 45 y 65 años, cargan con largos años de militancia en el peronismo y con un sostenido trabajo en el catolicismo. Algunos de ellos incluso han transitado experiencias en agrupaciones político-religiosas (Cucchetti, 2010). Estos cuadros medios, provenientes de sectores populares, suelen operar en Misioneros como los articuladores en el territorio, aquellos pilares en los que se basa la acción territorial del grupo.

Mar Adentro es un grupo más reducido, cuenta con alrededor de 25 miembros estables, provenientes fundamentalmente de militancia en organizaciones católicas, de historia familiar peronista y adhesión al proyecto político kirchnerista. Muchos de los miembros de Mar Adentro son profesionales de clase media: surgieron a partir del interés de algunos jóvenes católicos y peronistas de la zona de Avellaneda, que lograron articular una red con católicos comprometidos de otras diócesis de la zona de Buenos Aries, e invertir su acción militante en una zona particular muy empobrecida al sur de la ciudad de Buenos Aires: la Isla Maciel.

La investigación más amplia en la el equipo trabaja, que se propone comprender las relaciones entre religión y política en Argentina, enmarca los interrogantes a partir de los que se planificó la observación y las entrevistas en el campo. Los ejes a partir de los cuales se trabajó fueron los modos de proyección hacia el espacio público (se siguieron manifestaciones e intervenciones territoriales, se visitaron las sedes de los grupos en los barrios), los sentidos a través de los cuales los jóvenes militantes comprenden sus prácticas (que conformó la estructura de nuestras entrevistas en profundidad) y las proyecciones de los grupos hacia las instituciones (que se observaron en actividades militantes y manifestaciones, y se rastrearon en las entrevistas).

Los datos fueron analizados a partir de su organización en matrices primero por herramienta de recolección (diarios de campo, transcripciones de entrevistas, análisis de folletos y publicaciones de los grupos) y luego en matrices integradoras por eje. Entonces, a continuación se presentan aquí los resultados de una investigación aún en curso: hasta el presente se continúa acompañando a los colectivos y se sigue su trayectoria y desarrollo en un contexto socio-político distinto de aquel en que surgieron, debido al cambio del signo político del gobierno.

Resultados

El tema principal de la investigación, la relación entre religión y política en grupos de jóvenes militantes en Argentina, se presenta aquí organizado en tres ejes: las formas de inserción en el espacio público, las características de las militancias y el sentido que los actores dan a sus prácticas, y las modalidades de acción hacia los espacios institucionales, eclesiásticos y estatales, que los grupos despliegan.

El primero de los ejes aborda a su vez dos subtemas: las estrategias de los grupos para plantear sus reclamos, mostrar su presencia y desarrollar proselitismo en el espacio de la ciudad (manifestaciones, “misiones”, peregrinaciones) y el despliegue y sostenimiento de hitos permanentes en el territorio (capillas, centros barriales). Se profundizará aquí en las tensiones que generan las acciones de los grupos militantes con otros agentes e instituciones también presentes en los espacios transitados por los grupos.

El segundo de los ejes, el sentido que los militantes dan a sus prácticas y las características de las militancias, plantea dos subtemas: el primero relacionado con el análisis de los saberes mixtos que la actividad militante político-religiosa requiere, el segundo con la reflexión sobre la producción de los sujetos que la acción militante genera.

El tercero de los ejes, la modalidad de acción hacia los espacios institucionales, trabaja con dos subtemas que están, sin embargo, intrínsecamente relacionados: la orientación hacia el Estado en sus distintos niveles y la orientación hacia la iglesia. El interjuego entre los grupos y estas dos instituciones, inseparablemente articuladas con el accionar militante, genera tensiones que se resuelven de maneras diversas según el momento y según los contextos territoriales.

a. El territorio en el centro de las militancias político-religiosas

En el primer eje, la inserción de los grupos en el espacio público, se constata que el territorio aparece como el centro de las preocupaciones de los militantes: la inserción de su trabajo cobra sentido y se vuelve activismo en los barrios, de cara a la población más desfavorecida de las periferias de las ciudades. El territorio es a la vez escuela de nuevos militantes y espacio de consagración y de eventual fracaso de los grupos.

El proyecto distintivo de Misioneros de Francisco consiste en la construcción y puesta en marcha de capillas en barrios populares de la periferia de Buenos Aires y de otras localidades de Argentina. Pese a la connotación religiosa de su nombre, dichos espacios no se inscriben exclusivamente en el plano cultural, sino que se constituyen o aspiran a constituirse en el vértice o eje articulador de una gama variada de actividades sociales, políticas y religiosas, cuya doble premisa es el anclaje territorial y el respeto de sus dinámicas preexistentes. Las comunidades de las capillas se caracterizan por tejer lazos con diferentes instituciones, entre los que se destacan la Iglesia Católica, el Estado y movimientos políticos sociales y sindicales, como la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), el Sindicato de Ladrilleros o el Movimiento Evita.

La elección del entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, como máxima autoridad de la Iglesia Católica propició en sectores del kirchnerismo militante lo que Natalucci (2012) llama oportunidad identitaria: una coyuntura que favorece la recuperación y resignificación de tradiciones y filiaciones. Este fue el caso de cuadros peronistas que reactivaron su religiosidad católica como Emilio Pérsico del Movimiento Evita o Eduardo “Gringo” Castro de la CTEP, como también Enrique Palmeyro, funcionario estatal de carrera.

Tras un diálogo intenso con el pontífice, y algunos pocos sacerdotes de extenso trabajo social en el conurbano bonaerense (como es el caso de Eduardo Farrell, en Cuartel V, diócesis de Merlo Moreno) estos cuadros pensaron una nueva modalidad de inserción territorial entre los sectores populares del país, religiosa y política al mismo tiempo. Religiosa, porque apuesta a la restitución de la religiosidad popular como lenguaje articulador del citado espacio, mediante la recuperación de la Teología del Pueblo. Dicha doctrina, desarrollada entre otros por el sacerdote Rafael Tello[1], remarca una pastoral distanciada de la ortodoxia institucional de la Iglesia Católica y atenta a las demandas creyentes. En atención a esas demandas, las catorce capillas de Misioneros de Francisco realizan bautismos masivos, catequesis, casamientos, responsos y oraciones comunitarias, con especial énfasis en el festejo de las religiosidades populares fuertes en la zona.

La dinámica de las capillas también es política porque incluye actividades sociales (como el funcionamiento de merenderos y grupos de apoyo escolar) y, fundamentalmente, la participación de sus integrantes en movilizaciones de protestas locales (de cara al Estado municipal o frente a despidos generados por empresas locales), en procesos de tomas de tierra o de normalización de la propiedad, o bien en jornadas de protesta de alcance nacional, como las movilizaciones del 7 de agosto de 2016, bajo la consigna Paz Pan y Trabajo, o las masivas manifestaciones contra el gobierno nacional que tuvieron lugar en marzo de 2017 y que fueron convocadas por las organizaciones sindicales.

La complejidad y la variedad de tareas que se llevan a cabo en las capillas responden a su composición plural. Es posible identificar capillas lideradas por activistas del Movimiento Evita que incorporaron las acciones religiosas a su repertorio de acciones posibles (producto de una reactivación de su filiación católica o bien de conversiones); también existen capillas conducidas por personas sin pasado militante en partidos o movimientos sociales, pero con un compromiso histórico dentro de las filas del catolicismo parroquial y que encuentran en este tipo de iniciativas la posibilidad de llevar adelante una praxis religiosa desprendida de los usuales atavíos de la jerarquía eclesial.

Además de la diversidad de trayectorias, la amplitud de tareas de las capillas responde a sus múltiples conexiones institucionales. En primer lugar, la institución con la que priman los contactos y las tensiones es con la Iglesia. A pesar de contar con el beneplácito explícito de su máxima autoridad para su fundación y su desarrollo organizacional (Carbonelli y Giménez-Béliveau, 2016a), una tensión constitutiva que acompaña a las capillas de los Misioneros es que no se encuentran incardinadas, esto es, subordinadas al poder de los obispos diocesanos. Este estatus particular genera conflictos, toda vez que las capillas inician actividades con las que el cura de la parroquia cercana no está de acuerdo, por su carácter horizontal y popular y por clara adscripción política de alguno de sus miembros. Pese a ello, las capillas continúan invitando a sacerdotes a sus actividades y son estas invitaciones las que develan la centralidad de la figura del especialista como dador monopólico de los bienes de salvación.

Otro punto de contacto son las grandes movilizaciones católicas, como la festividad de San Cayetano, la peregrinación a Lujan, la celebración del Vía Crucis barrial, donde los misioneros asisten, con sus imágenes, rosarios y plegarias, “llevando al barrio” a ese espacio y tiempo. En síntesis, la relación con la Iglesia no es de subordinación, pero tampoco de indiferencia: los Misioneros rechazan la idea de secta, se sienten parte de la Iglesia, no tanto en su plano estructural-organizacional jerárquica como en su dimensión simbólico- afectiva: la comunidad de fe como mediadora de lo sagrado, espacio equivalente a pueblo, “pueblo de Dios” (Ameigeiras, 2012).

En lo que respecta al espacio de la política se puede trazar un paralelismo con el argumento precedente: Misioneros de Francisco no se encuadra dentro de las acciones del partido justicialista; sus miembros, que provienen en gran número del Movimiento Evita o de la CTEP, también tienen filiaciones con otros espacios peronistas, como sindicatos. Hay un especial cuidado por no partidizar las capillas y evitar su mímesis con unidades básicas. Más allá de que varios de sus miembros más encumbrados fueron funcionarios e inclusive animadores de la militancia kirchnerista (Natalucci, 2012), la relación con el peronismo se mantiene el registro de participar en el como “una estructura del sentir” (Semán, 2000); es decir, como una cultura política con fuerte carga experiencial y normativa, productora de valores rectores con los que Misioneros de Francisco comulga.

La foto de portada de Facebook de los integrantes de Mar Adentro los muestra sonrientes, la cara del padre Mujica con el logo del movimiento en las remeras, los dedos formando una V, símbolo de la victoria y del peronismo. La imagen resume la voluntaria y sostenida doble pertenencia al catolicismo y al peronismo. El compromiso de los miembros de Mar Adentro con la Iglesia surge de la conjugación del interés en “la parte social y el trabajo por los más necesitados” y la crisis de 2001 que había cuestionado profundamente la política partidaria.

En esos tiempos de decepciones políticas, quienes iban a ser los miembros de Mar Adentro profundizaron su militancia en espacios eclesiales. La Acción Católica fue el lugar en que muchos empezaron a comprometerse con la militancia en sectores populares y esta marca de origen impregna las definiciones identitarias de los agentes: son católicos y peronistas, su acción se define entre dos espacios de acción, la religión y la política. Es interesante destacar que, a diferencia de Misioneros que buscan fundar un espacio institucional nuevo y propio en el seno de la Iglesia católica, los miembros de Mar Adentro ocupan lugares dirigentes en la Acción Católica y buscan, desde esa pertenencia, extender los valores católicos a los espacios políticos. El sentido de las prácticas se teje en este entre-dos y reclama su lugar en cada una de ellas a partir del compromiso en la otra. Así se definen los integrantes de Mar Adentro en una declaración de fines de 2016:

“Somos Cristian@s del pueblo que siguiendo la voz del Nazareno, Jesús, el trabajador, hermano de los que sufren, hijo del hombre. Como hermanos de la fe queremos hacer presente el proyecto liberador del reino por medio de la política como construcción colectiva. Somos peronistas porque recordamos y sabemos que, de un modo concreto, el evangelio liberador de Jesucristo fue parte de las políticas de la inclusión de l@s humildes durante los gobiernos nacionales y populares de 1946 a 1955 y de 2003 a 2015” (Registro de campo, Folleto repartido en el Plenario de Mar Adentro, Avellaneda, Buenos Aires, 17 de diciembre de 2016)

La agrupación Mar Adentro surgió a partir de la iniciativa de un grupo de jóvenes del partido de Avellaneda, en el conurbano sur de la ciudad de Buenos Aires. Como Misioneros de Francisco, Mar Adentro responde a la combinación de iniciativas personales, la presencia de una masa militante activa y dispuesta y el impulso propiciado por la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa. Juan T., uno de los motores de la iniciativa, fue dirigente juvenil de la Acción Católica, organización a la que aún pertenece y a principios de la década de 2010 se vinculó con el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi.

Ahora, la articulación entre espacios de militancia territorial peronista y católica no es nueva: comedores en barrios, campañas de vacunación, asistencia a las personas de la calle y acompañamiento a desocupados son eventos y acciones donde ambas militancias se encuentran. Juan T. inició una doble pertenencia a la Acción Católica y a la Agrupación Eva Perón, base política del intendente, con la idea de “hacer algo con los católicos; empiezo a buscar cosas fundamentales de la doctrina social y de la doctrina peronista que tengan que ver…, siempre con la idea de ser dentro de lo que es la militancia política, ser una luz y a la luz del cristianismo iluminar desde nuestra fe y nuestros valores a la política” (Entrevista con Juan T., 27 de febrero de 2015, Avellaneda, Buenos Aires).

El grupo que lidera Juan T. consideró que la elección de Francisco en abril de 2013 era un momento clave, un empuje fundamental, un “signo de Dios” en apoyo de su proyecto. Es que los encuadramientos en grupos de Iglesia están en permanente tensión con las militancias políticas, aunque compartan actividades en el territorio: sobre todo desde los sectores religiosos se mira a la actividad política y a quienes se comprometen con ella con un dejo de sospecha. Se trata de una de las clásicas interpretaciones eclesiales de la relación entre la Iglesia y el mundo: si los cristianos van al mundo para actuar en él, se contaminan (Casanova, 2000).

Las discusiones de los integrantes de Mar Adentro en sus espacios de pertenencia eclesiales parecen luchar permanente contra estas interpretaciones: debaten el no compromiso político como una falta de compromiso con Cristo en el otro, y sostienen que la pureza no va necesariamente de la mano del no involucramiento. Las palabras del Papa, que invitan a “hacer lío” y a trabajar por una iglesia “en salida”, hacia fuera de la sacristía, dieron ánimo, vigor y sustento al proyecto de Mar Adentro y de otros grupos en las fronteras del catolicismo. Estos grupos multiplican sus actividades en lo que consideran el locus central de sus energías militantes: el partido de Avellaneda y la diócesis de Avellaneda, un territorio dual intervenido y trabajado desde sus identidades mixtas, a la vez políticas y religiosas.

Para celebrar los tres años del pontificado de Francisco los miembros estables de Mar Adentro pintaron un mural cerca de la Universidad, en el que se mostraba una imagen del Papa con la frase “La economía de la inequidad y de la exclusión mata. Tierra, techo y trabajo”. Esta intervención en el espacio público muestra, como otras tantas, la intención de habitar el territorio, de ocuparlo con principios e ideas que los militantes llevan y transmiten. El mural fue inaugurado por un sacerdote diocesano y por el intendente de Avellaneda y otros funcionarios del gobierno peronista que terminaron sus funciones en diciembre de 2015.

Las actividades de Mar Adentro se despliegan así bajo los principios combinados de la militancia territorial propia de la acción política y la “iglesia en salida” generada en espacios católicos. Formación de dirigentes, acción, acompañamiento de los que sufren son las claves de esta búsqueda que se pretende amplia y abarcadora de sectores sociales no alcanzados ni por la Iglesia ni por la política:

“…nuestra idea es llegar a aquellos que no están y mucho de esos pibes hoy quieren bautizarse, quieren tomar la comunión, muchos quieren estar en la militancia, te preguntan o cuando muere un familiar te piden “che puede venir un sacerdote” y bueno nuestra idea es acompañar… los sacramentos a los chicos que están en la política y la idea también para que en un futuro si esos futuros políticos… Los vamos formando y los vamos iluminando y los vamos evangelizando…Nuestra característica, como también en la Acción Católica, la formación y la acción” (Entrevista con uno de los integrantes de Mar Adentro, 17 de diciembre de 2016, Avellaneda, Buenos Aires).

La formación de dirigentes políticos según valores católicos iluminados por la doctrina peronista es uno de los elementos centrales en el trabajo de Mar Adentro y uno de los objetivos hacia los que tienden en su proyección al futuro. El centro en la construcción política partidaria diferencia a Mar Adentro de Misioneros: para este grupo, la acción política se orienta especialmente hacia el movimiento más que hacia el partido.

Mar Adentro suele acompañar en fechas especiales a los habitantes más desprotegidos del territorio: sus integrantes pasaron la Navidad y la víspera de Año Nuevo con trabajadores despedidos de una fábrica[2], luego distribuyeron alimentos y armaron una mesa navideña con personas en situación de calle. En suma, este movimiento representa una agrupación que rescata los valores de la Iglesia católica y se alinea con las políticas del gobierno de Néstor y Cristina Kirchner. Este alineamiento es particularmente fuerte en la defensa de las políticas de Estado relativas a los Derechos Humanos: los integrantes de Mar Adentro se muestran con sus emblemas y carteles en las manifestaciones multitudinarias del aniversario del Golpe de Estado de 1976, cada 24 de mayo.

La presentación de los dos movimientos abordados permite reconocer el locus nodal de la inversión de sus energías militantes: el territorio. Concebido como espacio dotado de sentido es también el lugar en el que se encuentra el “pueblo”, ese sujeto de la historia que comparte el catolicismo en su vertiente elegida por los grupos y por su referente, el papa Francisco y el peronismo. Lugar de militancia, objeto de deseo, el territorio es habitado por los militantes y atravesado por la presencia institucional. En los próximos apartados se trabajará con los otros puntos a destacar como resultados de las investigaciones: cómo la actividad militante moldea y construye sujetos y cómo estos sujetos, a partir de sus maneras de concebir el activismo, piensan las instituciones como otros posibles territorios de acción.

b. “Militantes en toda la vida”: la dimensión holista del activismo

Enfocando el segundo eje es posible concluir que la elección de la militancia en el territorio es, a la vez, para la totalidad de la vida. Los jóvenes militantes no dedican un tiempo/espacio regulado de sus vidas a la militancia: esta actividad tiende a volverse omnipresente en todas las esferas de la existencia: sociabilidades, tiempo libre, elecciones estéticas y de consumo. Se transforma en una actividad multiforme y “en toda la vida”.

La convivencia y trabajo conjunto en una misma organización de activistas identificados (en principio) con espacios religiosos y políticos responde, como ya ha sido analizado en otro lugar (Carbonelli y Giménez-Béliveau, 2016a), a una comunidad de saberes compartidos sobre las maneras de llevar una idea o proyecto en el espacio público. La militancia aparece (Vazquez, 2014) como ejercicio de saberes. Estos saberes no son solamente saberes profesionalizados (como aquellos que permiten ocupar cargos de gestión con solvencia sin descuidar la pertenencia ideológica), sino también un conjunto de conocimientos situados en un nivel práctico (Giddens, 1984).

La inmersión en las agrupaciones políticas y/o religiosas en clave formativa les permite a los militantes acumular experiencias en el orden cotidiano: conseguir un micro para una movilización, armar el sonido para un acto público, movilizar a los más renuentes, atender en todo momento a los movilizados (bebidas, alimentos, cuidados del cuerpo), etc. Quienes vienen de la religión y de la política comparten el oficio, el “saber hacer” esas actividades, que además suponen una fuerte implicancia subjetiva, afectiva y corporal (Quirós, 2011).

La movilización de saberes se despliega en ámbitos diversos y sobre los que los mismos militantes no introducen distinciones significativas: se milita el territorio, se milita la Iglesia, se milita el Estado. La militancia se distingue por constituirse en una forma particular de obrar en lo público, cargada de un sentido extra, de un sello distintivo. Entre las diferentes maneras de obrar y los roles distintivos que los sujetos identifican tanto en la política como en lo religioso (se puede ser operador, funcionario, asesor, líder, segunda línea, vocero), los miembros de Mar Adentro y Misioneros de Francisco reclaman que “militar” es hacer política de una manera distinta, virtuosa; es imponerle a la acción un principio que la vuelve especial, la “mística militante”.

Hacer política con mística militante es imprimir en el obrar político una conexión con los valores, con proyectos trascendentes, que justamente trascienden la mera racionalidad instrumental, que se cristaliza en la disputa por cargos, sucesiones y peleas de poder. Militar resulta entonces hacer proselitismo de una idea, llevarla, encarnarla y multiplicarla en todos los ámbitos que sea posible. Se relaciona con una dedicación y un compromiso que, investido de un sentido trascendente a la vez político y religioso, en este caso supera a cualquier otra actividad. De esta manera de concebir la militancia, como un plus agregado a la actividad política, se desprende también una concepción de las implicancias del “ser militante”: no se es militante por un rato, en ciertos aspectos de la existencia: se es militante en toda la vida. Juan T. lo cuenta:

“No veo rupturas, sí… yo porque trato de ser coherente, yo soy el mismo en el trabajo, en la parroquia, en mi casa, soy la misma persona, los valores los llevo a todos lados. Tenemos que dar el ejemplo. Y eso lo traía de la Acción católica, vos tenés que dar el ejemplo, si sos de la municipalidad tenés que ser el mejor ciudadano de la ciudad… Hay mucha demanda, no es fácil, te consume mucho tiempo y es todo el día, todo el tiempo reuniones, reuniones, reuniones de acá, reuniones de allá. No podes dejar pasar nada porque también tenés que estar, si no estás te dicen “che no viniste” … Hay que hacer esto, hay que hacer lo otro, hay que trabajar, hay que hacer, entonces te lleva tiempo… eso me lo enseñaron en la Acción Católica, ser igual en todos los ambientes. Ser bueno en la iglesia es fácil, somos todos buenos, lo importante es ser bueno en tu ambiente, en el laburo, donde estás” (Entrevista con Juan T., 27 de febrero de 2015, Avellaneda, Buenos Aires).

El trabajo etnográfico con los miembros de Mar Adentro y Misioneros de Francisco lleva a compartir con ellos actividades sociales, políticas y religiosas y también momentos de sus vidas, lo que permite comprender cuán profundo cala en sus subjetividades la elección del activismo político. No hay espacio que quede fuera de ésta. La actividad militante ocupa todas las esferas de la vida: las sociabilidades, el tiempo libre, el consumo, los modos de vestir y de hablar: es una actividad multiforme que se “lleva puesta” siempre.

Las actitudes de un militante lo diferencian en términos de comportamiento; los signos que los militantes portan a la vez les permiten reconocerse hacia adentro y distinguirse hacia fuera. Esto sucede con las remeras que visten los militantes en peregrinaciones, mítines políticos y marchas multitudinarias y con los nombres que les ponen a sus hijos María Eva, Camilo, Néstor, Eva Cristina o con los tatuajes que marcan sus cuerpos: tatuajes con frases como “no fue magia”[3], “Perón vive en el Pueblo”, e imágenes de Vírgenes de Lujan, adornadas con flores y rosarios exhiben la pertenencia para siempre en la piel de Misioneros de Francisco y miembros de Mar Adentro.

En su interesante análisis sobre los cuerpos militantes de los años 60, Varela (2010) sostiene que los grupos imponen signos, y que “la identidad se traduce en elecciones de ropa, corte de pelo y hábitos o rituales que llevan a parecerse a los pares y a diferenciarse de los mayores” (p. 63). Entre los miembros de Misioneros de Francisco y Mar Adentro, las formas de vestirse, los giros lingüísticos, los modos particulares de usar del lenguaje y los chistes se combinan con modalidades de consumo que definen un estilo militante.

En los encuentros, se desarrolla no sólo una serie de marcas estéticas en el modo de vestir, sino también, por ejemplo, en el tipo de comensalidades. Así como otras elecciones políticas se ven marcadas por la referencia a consumos alimentarios que transmiten sentido, como la pizza con Champán asociada con el menemismo durante los años 90 en Argentina (Walger, 1995) o el “grupo sushi”[4], que identificaba a los jóvenes funcionarios de la Alianza en los primeros años 2000, los militantes afianzan sus principios identitarios a partir de la selección y el consumo de alimentos cargados de sentido.

Además, el mate, símbolo del compañerismo y de la circulación de experiencias y afectos; el locro, comida que remite a los orígenes de la Patria y representa la Argentina independiente y popular; el choripán, símbolo reapropiado de la asistencia a manifestaciones como pago por la entrega de alimentos (“vienen por el chori y la coca”); y por supuesto el vino, fruto de la tierra y de sus trabajadores, y gran creador de alegría. Interesa destacar que, en los ambientes en que circulan los militantes, el pan y el vino son el símbolo por excelencia de la entrega, el compromiso y el sacrificio: remiten a la sangre y el cuerpo de Cristo. Las elecciones alimentarias no son arbitrarias sino reflexionadas, crean comunidad porque transforman a los individuos que las consumen en un colectivo hermanado.

La acción militante produce colectivos y produce también sujetos, no sólo a través de la circulación de saberes comunes, sino también a partir de la adopción/el diálogo con toda una serie de acciones y decisiones discursivas, éticas, estéticas y de involucramiento personal, que contribuyen a consolidar la dimensión afectiva de la militancia. Como señalan Setton y Algranti (2009) las instituciones se habitan, se transitan, se experimentan a partir de decisiones subjetivas totales y ello implica también que las primeras impriman sus marcas, dejen sus huellas en sus biografías de manera indeleble.

En su brillante análisis sobre la política vivida en grupos de piqueteros y peronistas de la periferia sur de Buenos Aires, Quirós (2011) propone pensar la producción de las personas en la actividad política más allá de la dimensión moral. Las personas se constituyen como militantes a partir tanto de ideas (en el ámbito intelectual) como de prácticas (en el ámbito corporal): su implicancia con la actividad y con el grupo se transforma en “un compromiso que compromete al cuerpo, a las sensaciones a los sentimientos, a los estados de ánimo” (Quirós, 2011, p. 281). La militancia hace sujetos porque los construye en múltiples dimensiones, éticas, estéticas, afectivas. Y estas dimensiones atraviesan toda la vida de los sujetos, transformándolos en militantes “en toda la vida”[5].

c. Militar las instituciones como extensión del proyecto

El tercero de los ejes propuestos permite comprender que la elección vital que implica la militancia y el trabajo territorial lleva a los sujetos a proyectar su activismo hacia las instituciones presentes en el territorio. Los movimientos militan con sectores en los bordes del sistema político, religioso y económico: han elegido acompañar a los que quedan afuera del Estado, de la Iglesia y del Mercado.

La praxis de los grupos abordados en nuestro trabajo de campo se caracteriza por su anclaje territorial y por las filiaciones y conexiones institucionales ostensibles. Misionar en el barrio o en la plaza, marchar por una ley de Emergencia Social o caminar a Lujan son prácticas situadas y hechas en la periferia, pero con horizontes institucionales claros. En este sentido, Misioneros de Francisco y Mar Adentro participan de un registro de época en el que también abrevan otras organizaciones, como La Cámpora o el Movimiento Evita: en el nuevo milenio de lo se trata es de militar las instituciones. Militar el Estado, militar la Iglesia, Militar al Peronismo.

Se podría pensar que, así como durante la década del 90 la percepción difundida de crisis de las estructuras institucionales llevó a una profundización de la militancia fuera de los partidos y del Estado, luego de la crisis de 2001 y el florecimiento de un compromiso renovado con la política muchos de los movimientos sociales, religiosos y políticos toman un cariz que se podría definir como neo-institucionalista: no reniegan de las instituciones ni del Partido Justicialista, ni de la Iglesia, ni del Estado. A manera de hipótesis, se sugiere que en la decisión de militar las instituciones se conjugan tres operaciones: reconocimiento, crítica y liderazgo.

El proceso de reconocimiento responde a una mirada histórica elaborada por dirigentes y militantes de los grupos y que le imputa al peronismo y a la Iglesia un protagonismo excluyente en la estructuración de la vida de los sectores populares en el largo plazo. Ser “la voz de los que no tienen voz”, “luchar por los más humildes”, “estar con los últimos de la fila”, “dar la vida por los postergados” conforman memorias católicas que construyen, a su tiempo, referentes, mártires y estandartes. Una canción que Misioneros de Francisco entona en cada una de sus marchas y celebraciones ilustra este imaginario:

“Porque ser un Misionero es muy diferente. Y el padre Mugica es un referente. Porque él la vida dio. Eso es verdad, y ese ejemplo hay que seguir y con el Pueblo estar presente….Tengo alma de Misionero, padre Mugica, padre del Pueblo”[6].

La producción de una tradición referencial, de un linaje, también incluye a la liturgia peronista y es por ello que las redes sociales que ambas organizaciones utilizan para coordinar acciones o para visibilizar sus intervenciones en el espacio público se pueblan de imágenes y recordatorios de Evita, Perón, Néstor y Cristina Kirchner.

En el plano de los guiones y pautas culturales, de este tributo a la tradición católico-peronista también se desprende la consideración del Estado como dador de sentido y organizador de la vida comunitaria. En tanto militantes católico-peronistas, Misioneros y Mar Adentro comulgan con lo que Esquivel (2008) denomina lógica de la subsidiariedad: una matriz cultural que pondera y legitima la agencia de actores religiosos en la implementación de políticas públicas, planteando su preeminencia para la restitución del lazo entre el poder público y los más desprotegidos. Esta cosmovisión hunde sus raíces en la Doctrina Social de la Iglesia Católica, donde se plantea que el rol del Estado es garantizar el Bien Común y dicho bien es conquistado en primera instancia por las iniciativas de la sociedad civil, que deben ser promovidas y no bloqueadas.

Sin embargo, la consideración a las instituciones no se traduce en la veneración a una tradición congelada. Por el contrario, los grupos abordados comparten una visión doblemente crítica de las instituciones en las que participan: crítica a sus límites estandarizados y a quienes los defienden. En este sentido, para los militantes de Mar Adentro y Misioneros la Iglesia es más que su jerarquía y sus estructuras, el peronismo es más que el partido y los dirigentes/candidatos y el Estado es más que la burocracia.

Paralelamente, la crítica impulsa la renovación como contraparte y en este punto se conecta con la visión del hacer militante como praxis virtuosa. Se comparte el mandato de inundar las instituciones de la lógica militante en el sentido pleno y verdadero del término. En este planteo, las instituciones nombradas, iglesia, Estado y partido, son territorios de disputa, donde se enfrentan (en sus términos) con capas geológicas de funcionarios, dirigentes y líderes eclesiásticos con los que no comulgan en sus visiones del hacer.

La referencia e inscripción particular de las militancias respecto de las instituciones configura un rasgo distintivo de época, que la diferencia de los activismos de las décadas del sesenta y setenta. Se trata de un tipo de relación que podemos denominar pertenencia reflexiva: los Misioneros de Francisco y de Mar Adentro valorizan el legado y la densidad histórica de las instituciones que habitan, respetan sus tiempos, sus lógicas de juego y sus ordenamientos internos, al punto de evitar la mayor cantidad de roces posibles. Sus objetivos no son refundar el Partido, la Iglesia ni el Estado, mucho menos ponderar su nulidad o reemplazo: procuran ensanchar sus lógicas de acción, valiéndose (en un sentido no instrumental) de sus recursos simbólicos y materiales.

Pero el respeto y reconocimiento no implican una aceptación acrítica de todas las actividades, decisiones y funciones que al interior de las organizaciones citadas tienen lugar. Para los actores analizados forma parte precisamente de un ejercicio militante revisar, reflexionar y tomar distancia de las acciones institucionales que a su juicio no se ajustan con las promesas del proyecto o de la utopía. El objetivo es renovar las instituciones, acentuando y perfeccionando aquello que consideran estructuras potentes y criticando, y en lo posible, reemplazando, aquellas que juzgan caducas e inclusive nocivas.

Esta pertenencia reflexiva a las instituciones históricas se combina y retroalimenta con un segundo rasgo, también diferencial, de estas militancias político-religiosas que articulan elementos del pasado y rasgos del presente. Esta segunda dimensión remite al carácter multisituado de las militancias contemporáneas. Con multisituado se hace referencia a un rasgo de la praxis de estos activismos que rompen encasillamientos y lugares preferenciales en su orientación pública. Como se desarrolló en el primer apartado los grupos analizados despliegan sus acciones simultáneamente, pero de manera conectada por diferentes espacios y arenas públicas. Estos espacios incluyen el territorio y sus demandas, lo mismo que el ámbito eclesial, las estructuras partidarias y las burocrático-estatales, donde los grupos deciden hacer presencia, dar disputas y posicionarse.

Es precisamente este carácter reticular de la praxis militante lo que contribuye a reforzar el nivel de reflexividad a la que aludíamos: acompañando a los desempleados en sus marchas, o a los habitantes de los barrios que no cuentan con el respaldo religioso para hacer sus ceremonias; los Misioneros de Francisco y los militantes de Mar Adentro palpan, perciben de primera mano las fallas de las instituciones que otrora se arrogan el pastoreo de dichas almas, cuerpos y sitios y elaboran así sus propias propuestas de reforma.

Finalmente, el carácter institucionalista de los grupos estudiados (y que, se hipotetiza, se podría extender también a otros) responde a los tipos de liderazgos que están en los orígenes de estos procesos militantes. Vázquez y Vommaro (2012) señalan la creciente afluencia de jóvenes militantes a la Cámpora después de la muerte de Néstor Kirchner. Misioneros y Mar Adentro nacen, en un proceso casi análogo, con el impulso de Francisco y de la figura de Néstor Kirchner es nodal en su devenir grupal. Un militante de Misioneros, en plena arenga antes de una vigilia prolongada, construía públicamente el martirologio del dirigente peronista: “Tenemos que ser como el Che, como Gandhi, como Néstor. Ellos dieron la vida por las causas que promovieron. Néstor es el caso más reciente. Se fue en un momento pleno de la vida, joven, lúcido, pero cansado, por el cansancio que genera el trabajar para los demás”[7].

En estos grupos la politización de la figura de Francisco es simétrica a la sacralización de la figura de Néstor Kirchner, o lo que es lo mismo, su ingreso a los altares donde la militancia encuentra los modelos que informan su obrar. En este punto, Néstor Kirchner y Francisco conforman liderazgos que promueven la institucionalización de la praxis política y/o religiosa de las nuevas generaciones en la medida en que ambos invitan a permanecer en las instituciones, pero trascendiéndolas. Como líderes post crisis (el 2001 en el caso de Kirchner, el pontificado fallido de Benedicto y el retroceso global del catolicismo, en el caso de Francisco) fueron testigos de su fracaso y de su necesaria renovación. El sujeto de esas interpelaciones (“hacer lío”, “que florezcan mil flores”) es primariamente la juventud.

Los jóvenes, respondiendo quizás a su imagen idealizada, no cargan con viejos lastres y vicios “de la vieja política”, “de la forma tradicional de hacer lo religioso” “las formas habituales de ser burócrata”. Los jóvenes se constituyen, en el discurso de la búsqueda de militancias renovadas, el actor privilegiado de una transformación esperada y construida en toda la vida, trabajando el territorio y militando las instituciones.

Conclusiones

En los enfoques que analizan la acción colectiva en el campo de la teoría social contemporánea, se optó por analizar las intervenciones grupales desde perspectivas que realzan la importancia de la dimensión identitaria (Auyero, 2004; Farinetti, 2002), considerándola como el punto central de acceso a la comprensión de lo que los actores hacen en el espacio público, por sobre los enfoques que priorizan la relación costo beneficio y la gravitación permanente de una racionalidad instrumental en el hacer.

La elección teórica, desde la introducción del trabajo, abre el diálogo hacia una serie de investigaciones recientes que conceptualizan a la militancia como una praxis proselitista, compuesta por vínculos intergeneracionales y en diálogo permanente con espacios sociales, de los que extraen saberes, valores, ideales y emblemas para la acción.

Siguiendo esta línea, se enriqueció el marco teórico cruzándolo con un paradigma propio de la sociología de la religión, que establece que, en tanto proceso característico de la modernidad, la secularización habilita pensar a los espacios religiosos y políticos como dimensiones porosas, con continuos puntos de intercambios y circulación de actores. Desde este marco conceptual mixto se detectaron coincidencias con los antecedentes al mismo tiempo que líneas de análisis sugerentes y pasibles de ser ampliadas.

En el plano de las continuidades adherimos a la idea de la composición circular de la identidad colectiva: los valores, ideales y utopías que informan las acciones que se despliegan en diferentes esferas públicas remiten a los espacios donde sus miembros se formaron y donde eligen expandir sus nuevos proyectos. Asimismo, en un movimiento dialéctico, las arenas públicas y las propias dinámicas del territorio interpelan y componen las agendas de las organizaciones en cuestión.

A modo de ejemplo: la idea de los Misioneros y de Mar Adentro de acompañar las acciones de los triplemente marginados (marginados del Estado, del partido y de la Iglesia) no determina su acción definitiva, ya que la misma entra en diálogo con las demandas y las propuestas del territorio y sus agentes. Paralelamente, cabe señalar que la composición identitaria de los grupos militantes en el nuevo milenio no rechaza a las instituciones. Por el contrario, se vincula con ellas mediante un lazo que péndula entre la valorización y recuperación de sus corpus doctrinarios y la superación (al menos intencional) de sus dimensiones burocráticas.

El hilo de la cuestión identitaria en el abordaje de la acción colectiva posibilitó no solamente la problematización del hacer en los espacios públicos y sus raíces valorativas, sino también la reflexión sobre el cómo se hace, el descubrimiento de una intensidad distintiva en la praxis, que remite a la dimensión holista de la militancia. Siguiendo en este punto a los trabajos de raigambre antropológica, se recuperaron las implicancias corporales de quienes hacen política y religión y, merced a las herramientas de la etnografía multisituada, se rastrearon los múltiples espacios sociales donde la condición militante se expande, excediendo los límites clásicos de los espacios político-religiosos.

En los círculos familiares, en los momentos de ocio o de consumo, en los trances dolorosos, la condición militante no se abandona, sino que permanece y tematiza esas coyunturas y sociabilidades desde sus concepciones, imaginarios y valores. La militancia como una praxis holista, como una actividad “total” es una inscripción subjetiva propia de minorías intensas.

Este es un rasgo que emparenta tanto a los compromisos políticos y religiosos del siglo XX con los del nuevo milenio: en ambos, el involucramiento personal en un proyecto colectivo no queda restringido al espacio público, al ámbito de la identificación masiva y la disputa agonística donde mostrarse, ser visto forma parte de la acción política. Tanto ayer como hoy el compromiso avanza sobre las esferas íntimas, sobre los vínculos y las decisiones menos visibles, que en su conjunción componen el proceso de identificación militante.

Sin embargo, y más allá de estas continuidades, la radicalidad y renovada presencia en las últimas décadas merece ser pensada y profundizada en estudios ulteriores como una de las formas subjetivas más importantes de la modernidad contemporánea. Este es el punto en el que el presente trabajo se suma a una discusión teórica más amplia. En un contexto donde las ciencias sociales se preguntan por la reconfiguración de los lazos sociales, por su erosión, transformación o mantenimiento, la vigencia renovada de las formas militantes descriptas pone en relieve que sin negar los procesos de individuación y la metamorfosis en los procesos de identificación representativa, la política y lo religioso continúan siendo espacios productores de marcos de sentido, capaces de organizar afiliaciones subjetivas y disponerlas para el emprendimiento de acciones colectivas.

Finalmente, uno de los elementos que se sostienen teóricamente es la importancia de las coyunturas como puntos de reelaboración identitaria. El surgimiento de un líder, su muerte o un cambio de gobierno son momentos de inflexión, en los cuales la adscripción a un proyecto colectivo se repiensa comunitaria e individualmente, rediseñando antagonismos, alianzas y espacios de reproducción. La identidad militante no permanece inmutable frente a los escenarios, sino que se reformula en diálogo con sus propuestas, oportunidades y restricciones.

En noviembre de 2015 las elecciones presidenciales consagraron a Mauricio Macri presidente y cambiaron el signo político de la Argentina, cerrando 12 años de gobiernos kirchneristas identificados con el peronismo: los grupos analizados en este estudio, alineados –más o menos críticamente con el signo político que gobernó el país de 2003 a 2015, iniciaron un pasaje hacia un momento autodefinido como “de resistencia”. Entre sus primeras acciones se contaron la participación del encuentro de los movimientos sociales que se llevó a cabo en el distrito de Lomas de Zamora en diciembre de dicho año, y meses más tarde, de las reuniones públicas peticionando públicamente por la libertad de la dirigente de la organización Tupac Amaru, Milagro Sala, y denunciando el hostigamiento protagonizado por el nuevo gobierno.

En particular, el epicentro del cambio de temporalidad sociopolítica lo representó la Marcha por Paz, Pan y Trabajo, que los Misioneros de Francisco organizaron y condujeron, junto a otras organizaciones territoriales como Barrios de Pie, el 7 de agosto de 2016, y que demandó a los nuevos mandatarios la declaración de una Ley de Emergencia Social, emergencia de la que responsabilizaban también al nuevo gobierno. Dicha marcha se movilizó desde el Santuario de San Cayetano hasta la Casa Rosada y la figura y el mensaje de Francisco fueron sus insignias más destacadas.

De estos elementos, que forman parte de un proceso aún en despliegue, es posible trazar algunas conjeturas, sincronizadas con los denominadores comunes que fueron señalados en apartados previos. En la resistencia, el territorio se convierte en un espacio de refugio, donde las organizaciones se nuclean para mantener las bases, protegerlas y al mismo tiempo, favorecer la multiplicación de alianzas, inclusive con organizaciones con las que existieron diferencias durante el período político anterior.

También la Iglesia representa un espacio de convergencia y de allí los crecientes lazos de Mar Adentro y Misioneros con organizaciones del catolicismo progresista, como Nueva Tierra o los Sacerdotes de la Opción por los pobres y con obispos. Territorio e Iglesia parecerían constituir instancias de resguardo y de construcción en el largo plazo, toda vez que la coyuntura se manifiesta hostil en el plano de acceso a recursos y ocupación de espacios de poder.

Si bien los vínculos materiales con agencias de la administración estatal se han visto fuertemente erosionados (los resortes del Estado están en manos del otrora adversario electoral), el Estado no desaparece de la referencia simbólica. De allí las marchas que nominan la responsabilidad de la gestión pública en la vulneración de derechos inalienables, como tierra techo y trabajo. Esta trilogía es retomada del discurso papal y muestra como Francisco es posicionado por estos grupos militantes como el líder por antonomasia del nuevo tiempo. Su liderazgo cumple holgadamente con la función de “engrandecer” y globalizar las causas locales que estos grupos acompañan (ola de despidos, aumento de tarifas, persecución a dirigentes) y registra límites en lo que refiere a la construcción de una alternativa política competitiva. En efecto: el liderazgo de Francisco no puede partidizarse (porque en ese caso perdería su eficacia simbólica) y es allí donde se opacan, por ahora, las chances de ocupar nuevamente instancias de poder decisivas.

Este límite, junto a los propios desafíos que impone el territorio en contextos de resistencia ilumina un importante temario para los estudios que reflexionen sobre las formas comprometidas de vivir la política y la religión en la Argentina contemporánea.

Referencias

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Notas

[1] La Teología del Pueblo es una corriente de teología católica surgida en Argentina en los años 1960. Desarrollada por el sacerdote Rafael Tello, coloca al “pueblo” como sujeto centro de sus prácticas. La Virgen María tiene un lugar prominente, y se valoriza la conexión religiosa de la comunidad, y las iniciativas de piedad colectiva aún si éstas se distancian de las prácticas institucionales (Ameigeiras, 2012).
[2] El 24/12/2016 cerró sus puertas la Curtiembre Esposito, dejando a 58 trabajadores despedidos. Éstos decidieron realizar un acampe como forma de protesta. Los miembros de Mar Adentro los acompañaron.
[3] La frase “No fue magia” se refiere al trabajo y las decisiones políticas adoptadas por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. La frase, emitida por la presidenta en 2015, se transformó rápidamente en una amplia consigna de campaña.
[4] Ver, por ejemplo, la publicación de la tapa de la revista Viva –publicación dominical del diario Clarín– del 21 de marzo de 2000.
[5] Es interesante destacar que la idea del “militante en toda la vida” es una antigua presencia en el catolicismo. Mallimaci (1988) analiza las militancias en la Acción Católica de los años ’30 destacando este registro, Catoggio (2016) muestra cómo el compromiso de los miembros del clero durante los años ’70 fue procesado en términos de pertenencias integrales, y Donatello (2010) ilustra los pasajes que este compromiso integral permitió entre compromisos católicos y sociabilidades políticas.
[6] Canto repetido en manifestaciones y eventos por los Misioneros de Francisco. El Padre Mugica fue un sacerdote que había elegido la vida inserta en una villa miseria, y que fue asesinado en 1975. Tanto Misioneros de Francisco como Mar Adentro, y muchos otros grupos del espacio del catolicismo en la Opción por los Pobres reivindican su compromiso y su martirio (Registro de campo, años 2015 y 2016).
[7] Registro de campo efectuado durante la vigilia que Misioneros de Francisco protagonizó los 10 y 11 de julio en la plaza principal de la basílica de Nuestra Señora de Caacupé, en Caacupé, Paraguay. En el marco de su primera gira latinoamericana, el sumo Pontífice celebró una misa en el santuario de la máxima santidad guaraní y tras el ritual, se encontró personalmente con los referentes y capilleros de Misioneros de Francisco, un hecho que marcó la historia de dicho grupo. Para un análisis etnográfico del viaje de Misioneros y su encuentro con el Papa, ver Carbonelli y Giménez Béliveau 2016b.
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