Investigación
«El país que llevamos dentro»: narrativas de violencias de estudiantes de psicología como desafío para el quehacer profesional
“The Country We Carry Inside”: Narratives of Psychology Students’ Violence as a Challenge to Professional Work
“El país que llevamos dentro”: narrativas de violência de estudantes de psicologia como desafio para o trabalho profissional
«El país que llevamos dentro»: narrativas de violencias de estudiantes de psicología como desafío para el quehacer profesional
Ánfora, vol. 28, núm. 51, pp. 115-142, 2021
Universidad Autónoma de Manizales
Recepción: 22/07/20
Aprobación: 07/04/21
Resumen: Objetivo: el presente artículo da a conocer los resultados de una investigación desarrollada con jóvenes estudiantes de psicología de la Universidad de Manizales entre los años 2016-2018, que tuvo como objetivo identificar las experiencias de violencias directas, estructurales y culturales (Galtung, 1990) vivenciadas por los jóvenes estudiantes de psicología como testigos y sobrevivientes. Entre estas se encuentran las prácticas derivadas de la guerra acontecida en el país, teniendo presente que la mayor parte de estos jóvenes colaboradores de la investigación nacieron y vivieron su infancia en la época de mayor crudeza de la violencia—desde los años 90 según el Grupo de Memoria Histórica (Grupo de Memoria Histórica, 2013). Metodología: la investigación fue exploratoria, de corte cualitativo hermenéutico, basado en la elaboración de relatos. Resultados: como principales hallazgos se encontraron diversas violencias vivenciadas desde la primera infancia hasta la actualidad en espacios de confrontación bélica, también la exposición a violencias intrafamiliares y escolares. Conclusiones: lo anterior se complejiza al evidenciar en las narrativas estrategias de habituación y naturalización de dichas violencias; procesos psicosociales necesarios de reflexionar por sus implicaciones en los desafíos para la formación, y en el ejercicio profesional posterior de los futuros psicólogos y psicólogas en el presente contexto para la consolidación de la paz en Colombia.
Palabras clave: violencias, jóvenes, formación profesional, construcción de paz, psicología social.
Abstract: Objective: this article presents the results of research conducted with the participation of young psychology students of the Universidad de Manizales between 2016 and 2018. The objective was to identify direct, structural, and cultural experiences of violence (Johan Galtung,1990) that young psychology students lived as witnesses and survivors. Among these experiences, there are practices derived from the war that took place in the country, as most of the participants were born or lived their childhood in areas of harsh violence – from the 90s according to the Historical Memory Group (Grupo de Memoria Histórica, 2013). Methodology: the research was exploratory, qualitatively hermeneutic and based on the construction of narratives. Results: diverse kinds of violence were found lived from early childhood to present in spaces of war confrontation and exposure to domestic and school violence. Conclusions: the complex situation is evident in the narrative strategies of habits and naturalization of such violence, the psychological processes necessary to reflect on their implications of challenges for training, and further professional work for future psychologists in the current context for the consolidation of peace in Colombia.
Keywords: violence, young, professional work, construction of peace, social psychology.
Resumo: Objetivo: este artigo apresenta os resultados de uma investigação realizada com jovens estudantes de psicologia da Universidad de Manizales entre os anos 2016-2018, que teve como objetivo identificar as experiências de violência direta, estrutural e cultural (Johan Galtung, 1990) vivenciadas por jovens estudantes de psicologia como testemunhas e sobreviventes. Entre elas estão as práticas derivadas da guerra ocorrida no país, tendo em vista que a maioria desses jovens colaboradores da pesquisa nasceram e viveram sua infância no momento de maior violência - desde a década de 1990, segundo o Grupo de Memória histórica (Grupo de Memoria Histórica, 2013). Metodologia: a pesquisa foi exploratória, hermenêutica qualitativa, baseada na elaboração de histórias. Resultados: como principais achados se encontraram vários tipos de violência vivenciados desde a infância até os dias atuais em espaços de confronto bélico, bem como a exposição à violência intrafamiliar e escolar. Conclusões: o exposto torna-se mais complexo à medida que as narrativas revelam estratégias de habituação e naturalização da referida violência; Processos psicossociais necessários para refletir sobre suas implicações nos desafios da formação e na posterior prática profissional dos futuros psicólogos no contexto atual para a consolidação da paz na Colômbia.
Palavras-chave: violência, jovens, formação profissional, construção da paz, psicologia social.
Cómo citar:
Rovira Rubio, R. A. y Giraldo Hernández, D. (2021). «El país que llevamos dentro»: narrativas de violencias de estudiantes de psicología como desafío para el quehacer profesional. Ánfora, 28(51), 115-142. https://doi.org/10.30854/anf.v28.n51.2021.758
Universidad Autónoma de Manizales. L-ISSN 0121-6538. E-ISSN 2248-6941. CC BY-NC-SA 4.0
Introducción
El contexto colombiano viene promoviendo un conflicto armado interno que supera las cinco décadas de existencia1. (Salas, 2016). Años de tensiones por la adquisición de la tierra, la violencia política y el conflicto armado (Molano, 2015) ahogan la historia de una sociedad y sus habitantes, sin embargo, luego de la firma del acuerdo final en La Habana entre la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) y el Estado Colombiano en noviembre del 20162, se han generado diversas derivas tanto por la materialización de la paz como por la vía de sostenimiento y agudización del conflicto. Lo que se evidencia en la persistente muerte de líderes sociales (González, 2020) y reincorporación a grupos armados (Reuters, 2018), malestar social en las calles del presente año (Semana, 2020), además de las reiteradas masacres (Observatorio de DDHH, Conflictividades y Paz, 2021). Marcos de guerra (Butler, 2010) que afectan directamente el desafío de lograr una transición hacia la construcción de paz territorial, teniendo en cuenta, por una parte, la articulación de acciones que posibiliten la justicia y la reparación a las víctimas, y por otra, que en las comunidades se construyan nuevas posibilidades para la recuperación de la confianza desde el reconocimiento de los potenciales de paz y las brechas sociales que son necesarias de sondear (Jaramillo, 2014); a parte de los compromisos que el propio acuerdo fijó para que ello ocurriera (Oficina del Alto Comisionado para la Paz, 2017).
Esta situación afecta fuertemente a los jóvenes colombianos, quienes están expuestos a diversas violencias, representándose tristemente en las prácticas de muertes sistemáticas o juvenicidios3 (Valenzuela, 2019), reflejadas en su predominio como víctimas de las masacres (Mojica y Ríos, 2020) y en los indicadores de homicidio como la cuarta causa de su muerte en el país recientemente (Dirección de Epidemiología y Demografía, 2016, p. 49).
Esto configura un escenario complejo para la intervención social (Montero, 2012) en el marco de la construcción de paz, y un desafío para los profesionales que asumen un compromiso con esta tarea; particularmente en lo referente al quehacer de la psicología en el país, disciplina que ha sido importante en la proyección de programas como el Programa de atención psicosocial y salud integral a víctimas o Papsivi (MinSalud, 2021), y atención desde sus diversas áreas a personas afectadas por el conflicto y las implicaciones traumáticas en la salud mental y social (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2017; Garnica, 2018; Echavarría y Carmona, 2016; Lugo, 2018). Sin embargo, su praxis se tensiona por la prevalencia de las violencias, también por los desafíos que plantea al desarrollo de la disciplina misma y a la formación de sus profesionales (Molina, 2017)4.
Los actuales jóvenes estudiantes y profesionales recién egresados en Colombia no han estado apartados del contexto, (Centro de Memoria Histórica, 2013), lo que fija como desafío en su formación considerar los alcances de las violencias en la construcción social de la realidad en la que viven (Berger y Luckman, 1968) y configuran sus maneras de enfrentar los desafíos del presente (Gergen y Gergen, 2011) teñidos por estas experiencias y la tramitación de sus traumas (Lira, 2010).
Es por lo anterior que en el estudio nos preguntamos ¿Qué país llevan dentro los actuales estudiantes de psicología en Colombia? situando como objetivo de investigación el identificar los tipos de violencias vivenciadas a lo largo de la vida de los jóvenes estudiantes de psicología de la Universidad de Manizales y sus reflexiones en torno a estas.
Con este fin comprendemos las violencias desde la conceptualización que ha desarrollado el sociólogo Galtung (2003a; 2003b; 1998) en su teoría tridimensional e interdependiente de violencias5, quien plantea que no se puede definir una teoría de la violencia sin una teoría del conflicto, donde el conflicto está mediado por las actitudes que dan cuenta de cómo la persona piensa y siente por el comportamiento, por la contradicción que representa la relación con otros manifestada en la interacción (Galtung, 2003a). La articulación entre estos tres elementos es fundamental para el manejo de los conflictos, si existen actitudes dispuestas y contradicciones relacionales para el conflicto, existirá un nivel subconsciente de disposición hacia este (Galtung, 2003b), teniendo presente que la violencia es fruto de su mala resolución (Calderón, 2009).
Como segundo punto, el autor propone la teoría de la violencia compuesta por tres dimensiones: estructural, que es la violencia intrínseca de los sistemas sociales, económicos y políticos que dirigen las sociedades; cultural, compuesta por los ámbitos simbólicos (religión, ideología, arte) que es utilizada para justificar o legitimar las violencias directas o estructurales; y directas, que son aquellas violencias manifiestas, el aspecto más evidente que puede ser por lo general físico, verbal o psicológico (Galtung, 2003b)6.
Así también, comprendemos los efectos de las violencias en el dolor como construcción colectiva dada entre el cuerpo biológico y el cuerpo social (Fernández, 2000). Acogiendo lo que se plantea desde la psicología social acerca de los sentimientos—como sentir dolor—, donde se propone que siempre es un correlato de unas formas de vivir en sociedad. Por ende, los sentimientos no tienen una naturaleza esencial sino contingente de sentido, siendo una construcción de múltiples sensaciones que se expresan a través del lenguaje y que pueden ser de diferentes tipos, tanto físicas como emocionales. «En Colombia el dolor de la guerra es un dolor que hemos aprendido a sentir socialmente a través de diversas estrategias que lo han vuelto soportable e idealmente sobrevivible» (Rovira, 2020, p. 25).
A raíz de esto se generan efectos en la memoria personal y en la construcción de memoria social, donde es fundamental el reconocimiento de este dolor como parte de la memoria histórica (Gaborit, 2006) y de las subterráneas (Pollack, 1989) para la elaboración del trauma (Lira, 2010) y en particular el trauma psicosocial (Martín-Baró, 1988)7. Lo que resulta de gran importancia en Colombia, ya que esta elaboración es necesaria para detener la actual habituación (Montero, 2004) y banalización de las violencias (Koessl, 2015) que se han vuelto parte del vivir cotidiano de su población, propagando su diversificación, generando y manteniendo la alteración del tejido social.
Por último, la investigación tiene especial relevancia en tanto que, a los futuros profesionales de la psicología se les exhorta según el Código Deontológico y Bioético (Ley 1090 de 2006) a que: «[…] contribuyan al bienestar de los individuos y al desarrollo de la comunidad, de los grupos y las organizaciones para una mejor calidad de vida» (art. 1). Así, en su quehacer profesional están comprometidos a atender o acompañar personas y comunidades afectadas por los diversos tipos de violencias que existen, y por ende es necesario que en el marco de sus responsabilidades éticas y políticas, afronten y reconozcan sus propias memorias y la tramitación del trauma si así se requiriese.
Metodología
La investigación fue de corte cualitativo, es decir «[…] se enfoca en comprender y profundizar los fenómenos explorándolos desde la perspectiva de los participantes en un ambiente natural, en relación con el contexto» (Hernández Sampieri et al., 2014, p. 364), y hermenéutica interpretativa por su modo de compresión del lenguaje (Alvarado et al., 2016), teniendo hasta la fecha un alcance exploratorio en Colombia dado que no se registra otra investigación de este tipo en el país8.
En el estudio se trabajó particularmente con relatos de vida (Pujadas, 2000) que se plantean como registro de la experiencia vivida, y tienen en su carácter testimonial un valor suplementario de veracidad, autenticidad, proximidad y presencia, donde se ponen en evidencia las formas de construir sentidos a partir de acciones temporales personales por medio de la descripción y análisis de los datos biográficos (Ricoeur, 1996). Así también son un método que «[…] nos acerca a la experiencia en ‘carne propia’ de la eterna travesía de vivir» (Arfunch, 2008, p. 13). Dándonos la posibilidad de apertura hacía la intimidad que no deja de ser sintomática e implica siempre un gesto de evocación necesario para la construcción de memorias, que al ser rememoradas, trenzan una narrativa donde se resignifican los hechos del pasado que emergen siempre interpelados desde el presente—sea en su carácter individual como colectivo— (Gaborit, 2006).
En la investigación se elaboraron narraciones sobre la vida, inspiradas en los relatos de vida paralelos y cruzados de Pujadas (2000). Participaron 180 estudiantes de tercer semestre de psicología de la Universidad de Manizales, a quienes se les invitó a generar narrativas individuales de sus experiencias de violencia desde la primera infancia a la actualidad por medio de relatos paralelos, para luego ser cruzadas entre grupos de 4 a 6 personas organizados por afinidad. Estos relatos fueron articulados a través de carteleras en las cuales se permitió la producción polifónica de una misma historia y se pusieron en conversación por medio de talleres (Pujadas, 2000).
Estos 180 estudiantes hicieron parte de la Escuela de psicología de la Universidad de Manizales en los años 2016, 2017 y 2018. Se caracterizan por ser principalmente mujeres de clase media (Gaviria, comunicación personal, 2021)9. De las cuales 46 finalmente otorgaron el consentimiento para el análisis de los relatos paralelos10, y se consiguió el consentimiento de la totalidad de los relatos cruzados elaborados en el transcurso de los tres años. En total se cuenta con 39 narrativas plasmadas en carteleras colectivas y socializadas en clases.
Cabe destacar que previo al ejercicio se les compartió a las jóvenes la teoría de las violencias de Galtung, para lograr identificar y enunciar los tipos de violencias vividas. La intención de los relatos paralelos fue propiciar la emergencia de una identidad narrativa (Ricoeur, 1996) como relato de la propia vida, donde el sujeto es narrador de su vida, coautor de la misma y personaje; en tanto que al narrar se confiere sentido al presente. La intensión de los relatos cruzados fue que por medio de los mismos se permitiera la escucha íntima y se preservara el anonimato de las experiencias ante un tercer momento vivido que fue la exposición colectiva del relato cruzado a sus compañeros. Esto posibilitó el reconocimiento y la elaboración de memorias colectivas11 sobre dichas vivencias, sujetando en la dinámica del encuentro, desde la oralidad, que los recuerdos dolorosos y complejos fueran acogidos en los círculos de amistad y comprendidos como parte de una memoria social.
Para el análisis de las narrativas se utilizó la herramienta ATLAS.ti, la cual ayudó a las investigadoras agilizando considerablemente muchas de las actividades implicadas en el análisis cualitativo y la interpretación (Muñoz, 2005). Herramienta con la que se logró categorizar la información en diferentes familias de códigos de las que emergieron más evidentemente las violencias vivenciadas por los narradores en el contexto de guerra, en el espacio público, en la familia, o en las relaciones de pareja. Así como también los sentimientos atribuidos a dichas experiencias.
Resultados
Del total de carteleras realizadas por los y las jóvenes de la investigación, logra identificarse que más de la mitad reconoce haber vivenciado al menos un tipo de violencia, estos se distribuyeron según su aparición así:

A continuación se procederá a dar cuenta de los resultados por nodos problemáticos referentes a las violencias vividas por los y las jóvenes, que fueron agrupadas por su emergencia en las narrativas cruzadas, en las que se profundizó en su comprensión con los relatos de las narrativas paralelas. Estos nodos son: (1) violencias de guerra, enunciadas en 23 de las narrativas cruzadas; (2) violencias en el espacio público, mencionadas en 27 oportunidades en las narrativas cruzadas; (3) Violencia escolar, mencionada en 30 carteleras; (4) Violencia intrafamiliar, que se enuncia en 29 de las mismas; y (5) Violencias en relaciones de pareja, las cuales aparecen enunciadas en 31 carteleras del ejercicio colectivo. Como cierre de los resultados daremos expresamente cuenta de emergencias del taller a nivel vivencial, en relación a sentimientos que expresaron los y las jóvenes, importantes de enunciar para comprender la significación de las violencias descritas.
Violencias de guerra
Como violencias de guerra se comprende aquellas que son fruto de los enfrentamientos en el marco del conflicto armado, entendiendo este como el «[…] producto de acciones intencionales que se inscriben mayoritariamente en estrategias políticas y militares, y se asientan sobre complejas alianzas y dinámicas sociales» (Grupo de Memoria Histórica, 2013, p. 31).

En los relatos cruzados es descrita como violencia directa e identificada en edades tempranas, comprendidas entre los 0 a los 12 años, lo que es coincidente con la época de violencia más cruda del país. En este marco los jóvenes manifiestan haberse visto forzados a vivir las confrontaciones principalmente entre guerrilleros y paramilitares en diferentes lugares del país, puesto que, residían en los pueblos ocupados por los diversos frentes del conflicto.
A su vez, se enuncia la exposición al desplazamiento forzado y el despojo que produjo el mismo. También narran cómo se enfrentaron a formas de generación de miedo por vías violentas, entre ellas «los toques de queda», el reclutamiento ilegal de menores, la toma de pueblos y la apropiación de fincas, eventos atribuidos a diversos grupos paramilitares y guerrillas indistintamente.
Se pudieron identificar las experiencias donde los estudiantes se perciben a sí mismos involucrados en la guerra como personas testigos de la violencia hacia otros, logrando comprender que dichas experiencias afectan en la configuración de su subjetividad:
Era muy normal levantarse un día para ir a la escuela y ver personas muertas en las carreteras, gente sin ojos, sin lengua, sin dedos, con sus labios cosidos, con mensajes claros como «POR SAPOS, POR COGER LO QUE NO ES SUYO»13. (N64, comunicación personal, 2018, p. 52)14.
Además se describieron como efectos de esta violencia la separación de los padres por desplazamiento forzado, secuestros a familiares (N25, comunicación personal, 2018) (N30, comunicación personal, 2018) (N43, comunicación personal, 2018) y amigos (N43, comunicación personal, 2018, p. 45), vacunas a las familias (N34, comunicación personal, 2018, p. 4) y muerte de familiares (N16, comunicación personal, 2018, p. 41). «Mi papá toma la decisión que nos debemos ir del pueblo no quería exponernos a que alguno de ellos (perteneciente al grupo armado) nos quisiera tomar como su propiedad (…) fue muy duro separarme de mi papá» (N63, comunicación personal, 2018, p. 48).
También describen haber tenido que ocultarse con sus familias, y haber sufrido el miedo y la perdida por «balas perdidas», lo que genera grados de afección emocional mayor (N43, comunicación personal, 2018, p. 44) perdiendo familiares, conocidos y amigos a temprana edad: «año 2007 (…) un día del mes de junio, en un pueblo del bajo occidente de Caldas llamado San José, se presentó la muerte de una niña de 7 años de edad por una bala perdida, esa niña era mi amiga» (N27, comunicación personal, 2018, p. 23).
A lo anterior se suman las experiencias de silenciamiento, el vivir escondidos ante este «estado de sitio» constante de la violencia de guerra:
Recuerdo mucho cuando mi papá llegaba de su trabajo a casa y solo nos decía vamos a estar juntos en silencio con la luz apagada tranquilas que todo pasará y se escuchaban ruidos como si fueran explosivos así lo relacionaba en su momento, después de muchas horas ya podíamos salir de la habitación. (N63, comunicación personal, 2018, p. 47).
Cuando los colaboradores hacen referencia a lo que les quedó de esas experiencias, dan cuenta de haber aprendido el silencio, a mantenerse callados ante ciertos hechos: «Me llevó a tener que aprender a saber con quién debo hablar y con quien mejor quedarme callada para evitar que aquellos que no aceptan la diferencia de pensamientos no se entrometieran en mi vida» (N32, comunicación personal, 2018, p. 53). «Es frustrante cuando uno tiene traumas causados por factores externos, especialmente cuando uno quiere sanarlos y progresar pero no es capaz, sin embargo no me voy a rendir» (N29, comunicación personal, 2018, p. 62).
Otra cosa significativa es, que habiendo sido testigos de hechos de violencias, los colaboradores han realizado esfuerzos por situar mayores claridades de lo ocurrido en su momento en los registros gubernamentales, sin encontrar referencia de los sucesos, lo que da cuenta de la falta de registro unificado de estos hechos que posibiliten el reconocimiento colectivo en una misma historia.
El pueblo en el que vivo (Aránzazu Caldas) tuvo una toma al mando de un grupo de extrema izquierda, no recuerdo la verdad cuál era porque en ese entonces estaba muy pequeña y estuve buscando información sobre el acontecimiento en internet y la información sobre ese acontecimiento no se encuentra allí. (N34, comunicación personal, 2018, p. 43).
Violencias en espacios públicos
Por otra parte, se agrupó las violencias enunciadas en las carteleras y narrativas individuales que hacen referencia a agresiones en contextos sociales públicos no demarcados por espacios institucionales. En estas emergen con mayor fuerza: el acoso callejero o abuso, prácticas delincuenciales de bandas criminales y la exposición a armas de fuego.
En relación al acoso callejero, un punto clave de enunciación son las violencias de género vivenciadas por mujeres estudiantes en la calle. En algunos casos aparece como violencia directa y en otros como violencia cultural asociada al machismo. Se describen lugares en donde las estudiantes se sintieron acosadas por miradas y frases dichas por hombres. Se enuncian situaciones que involucran abuso sexual, donde siendo niñas pequeñas, hombres mayores las tocaron:
Me tocó cuidar la moto mientras mi papá llegaba […] unos minutos después siento como alguien me sube la espalda y una pierna, al voltear veo a un señor canoso y borracho diciéndome que estaba muy linda y que si lo acompañaba a estar con él, del miedo que tuve en ese momento lo empujé y salí corriendo en dirección a donde estaba mi papá, pude ver que mi papá creía que estaba mintiendo y así fue cuando llegué a la casa, no podía dejar de llorar me sentía literalmente como si hubieran abusado de mí en ese momento. (N37, comunicación personal, 2018, p. 25).
Situaciones que no siempre son reconocidas por los cuidadores como un abuso, lo que agrava el hecho de violencia, legitimándola.
Así también, se plantean como situaciones violentas realidades en las que hombres se dirigen a ellas con palabras soeces, con implicaciones sexuales en contra de su voluntad: «[…] siempre he aparentado más edad y en el tiempo que se dio mi pubertad y me empecé a desarrollar empezó el acoso por parte de los hombres, con comentarios y gestos desagradables y más que todo sexuales» (N39, comunicación personal, 2018, p. 25).
Es muy importante percatarnos en este punto cómo la familia aparece en algunos casos acreditando lo sucedido a la joven, lo que genera mayor dolor, tal como también las jóvenes parecen argumentar la violencia vivida por el desarrollo físico que han tenido, constituyendo esto como una justificación de dichas violencias.
En relación a Bandas Criminales (BACRIM) y delincuenciales, las violencias generadas se presentan en las narrativas colectivas como amenazas a familiares o a la población (Cartelera 13, 2017). En relación a los tipos de violencias directas vinculadas a las mismas, se enuncia el porte y los enfrentamientos con armas, la muerte de jóvenes, donde los estudiantes se narran como testigos:
En otras ocasiones presencié las peleas entre las bandas que existían en el barrio, algunas fueron solo golpes y otras eran con arma blanca, en una de estas ocasiones murió un joven de aproximados 22 años de edad, era el líder de Estambul y vi en el momento en el cual él murió, y yo con tan solo 12 años de edad. (N40, comunicación personal, 2018, p. 24).
Llama la atención el modo como esta violencia se plantea en continuidad a violencias vivenciadas en el marco de la guerra, como por ejemplo el hecho de llegar a un barrio por el desplazamiento rural que tiene presencia de BACRIM y percibir que se repite la relación estrecha con la muerte derivada de la guerra:
Donde llegamos a vivir luego de haber sido sacados de la finca, es muy difícil comprender la maldad de la gente, en el sentido que nos maltrataban psicológicamente por el hecho de vivir como “arrimados”, palabras como que no servíamos para nada, muertos de hambre, violencia verbal por meterme a la ducha de agua fría por 15 minutos, que con eso se me quitaba la rebeldía, humillaciones por comida, me sacaban fuera de la casa hasta la noche (…) En estos años, en plena adolescencia vivíamos en un barrio lleno de drogas, de robo, de muerte, se volvía a repetir el contexto, tener que ver gente morir en la puerta de mi casa impacta, tener que vivir con miedo, angustia por tus seres queridos, eso es otro tipo de violencia. (N64, comunicación personal, 2018, p. 25).
Se le atribuye al microtráfico de drogas el funcionamiento de las bandas o pandillas en los barrios:
Donde habitaban ciertos pandilleros (…) desafortunadamente estas personas por disfrutar cierta zona para vender drogas se tenía que mantener constantemente en conflicto, puesto que si una persona de estas pandillas cercanas rivales cruzaba la zona de Colinas, se empezaba a formar cierta disputa con ciertas armas de fuego, con armas blancas entre otras cosas para supuestamente defender su zona. (N60, comunicación personal, 2018, p. 28).
Lo anterior plantea que, luego de tener que huir de la guerra por el desplazamiento, en las ciudades se han visto en barrios que han sido territorios hostiles y violentos, siendo violentados ya no por una fuerza militarizada sino por los vecinos o pares, memorias que podrían estar permeando la mirada de los futuros profesionales acerca de las posibilidades de trabajo con comunidades, desde perspectivas más esperanzadoras.
Por último, en los relatos cruzados sobre la exposición a armas, un gran porcentaje de los colaboradores dan cuenta de haber estado en contacto directo, sean armas de fuego o arma blanca.

A partir de las representaciones gráficas usadas en las narraciones colectivas, se encontró que un 32% de las carteleras evocan algún objeto alusivo al uso de armas, entre las que destacan los machetes, cuchillos y pistolas. Estas representaciones no se encuentran ligadas a alguna etapa del desarrollo en particular, y pueden ser utilizadas por familiares viéndose expuestos de diversas formas.
Violencia escolar
En la presente categoría incluimos todas las referencias a violencias vivenciadas en el contexto de la educación formal15. Este tipo de violencia hace alusión a agresiones dadas por parte de profesores, como también entre pares. La presencia más marcada de este tipo de violencia se da desde los 5-6 años hasta los 13 años, sin excluir que algunos otros jóvenes identifican estos escenarios a lo largo de sus vidas.
En cuanto a las características del tipo de violencia comprendida por los colaboradores como bullying, de acuerdo a las imágenes, se representa como hostigamiento o apodos y chismes que se generan en el entorno educativo, lo que queda en evidencia en los dibujos de burbujas de diálogo o signos (carteleras 10-13, 2017). Identificándose principalmente malos tratos verbales, donde el agredido era generalmente el o la estudiante, y realizado por un compañero o compañera—en algunos casos una persona, en otros, un grupo—.

Cristian era un niño que iba en un grado superior al que yo cursaba y me decía que debía darle dinero, hacerle trabajos, o compañía, porque de lo contrario o me lastimaría, o le haría daño a mi familia, por esto yo hacía lo que él me pidiera así no supiera cómo hacerlo, él me daba tanto miedo que ya no quería ir al colegio, no quería estudiar, no quería volver a saber nada de ese lugar, mi mamá habló con las directivas del colegio, incluso con los papás de Cristian, pero la situación persistía, él utilizaba nuevos métodos como abrazarme o caminar junto a mi delante de los profesores y cuando yo decía todo lo que seguía pasando, los docentes aseguraban haberme visto con él y que llevábamos una buena relación, que lo que decía era solo por capricho, al final mis padres resolvieron retirarme de la institución educativa. (N40, comunicación personal, 2018, p. 6).
De lo anterior se evidencia el tipo de amenaza y violencia vinculado a las formas dadas en los marcos de guerra y por las BACRIM en los barrios.
Por otra parte, las motivaciones de estas violencias aparecen recurrentemente relacionadas con la apariencia física (color de piel, contextura) que repercutieron en el desarrollo de dimensiones académicas y sociales (N14, comunicación personal, 2018, p. 2). En menor medida se hace referencia al bullying como desencadenante de violencia física directa:
Es común que un joven a esta edad trate de generar un concepto bueno ante sus pares a través de una pelea y eso me ocurrió en el momento en que entré al colegio (grado 6) me golpearon bastante (nunca gané una sola). (N23, comunicación personal, 2018, p. 3).
Enunciándose también el caso donde el estudiante fue agresor: «En el colegio me volví una persona grosera y hubo un tiempo en el que hacía bullying a mis compañeros» (N47, comunicación personal, 2018 p. 7). Y logrando identificarse como quienes presenciaron violencia al ver cómo otros eran agredidos gravemente por sus pares: «Cuando yo tenía alrededor de 12 años, recuerdo que mi primo hermano sufre una agresión física por parte de un compañero del colegio el cual lo apuñaló en el brazo sin una razón aparente» (N30, comunicación personal, 2018, p. 1).
De este modo la escuela emerge como espacio que recrea prácticas de violencias vividas fuera de ella. Por una parte la discriminación y por otra la agresión psicológica y física, donde los modos en que operan las violencias pueden ser muy similares en algunos casos a las huellas que ha dejado la guerra.
Violencia intrafamiliar
Este tipo de violencia es vivenciado por los y las jóvenes entre los 6 a los 15 años mayoritariamente, y es referida principalmente como diferencias con los padres. Se da cuenta de eventos donde participan otros miembros de la familia, y situaciones donde los estudiantes presencian hechos violentos entre sus familiares (carteleras 8, 15 y 29, 2018).
La violencia vivenciada con los padres se describe como una violencia cultural, por lo que podemos inferir que se atribuye a que es dada a raíz de «brechas generacionales», donde subyacería a los comportamientos de los padres actitudes propias de una sociedad (Galtung 2003), lo que se refuerza con el uso del eufemismo «desacuerdos con los padres» como se menciona en esta cartelera.
Figura 5. Cartelera 12, desacuerdo con los padres.

En este tipo de violencias la más recurrente es la ejercida por los padres hacia las madres y los jóvenes desde que son niños (as), dando cuenta de experiencias vividas en el pasado pero también hasta el presente: «Recuerdos que viví en mi infancia donde mi padre maltrata a mi madre y mi hermano a mí y ahora temo que él le puede hacer algo más grave y más ahora que está en embarazo» (N19, comunicación personal, 2018, p. 12).
Hay violencias referidas desde las madres, en una de las narrativas se explicita cómo esta es quien presiona a la hija a ejercer la prostitución: «Ella llegó al punto de querer obligarme a ejercer la prostitución, cuando yo lo único que quería era estudiar y tener una carrera» (N42, comunicación personal, 2018, p. 15).
Por otra parte, se enuncian violencias sexuales detentadas por familiares cercanos, que al perecer podrían seguir estando presentes en la familia pese al hecho, en tanto que quien lo referencia cuenta la historia en tiempo presente, igual que habla de la presencia de la persona que ejerció la violencia:
A los trece años mi madre vio como mi padrastro16 utilizaba mi ropa interior para masturbarse. La cuestión era si él me había tocado o hacer algo más fuerte conmigo, la respuesta es que no sé, solo sé que no hubo penetración porque me hicieron una prueba y salió negativa. Esta fue la violencia que más me marcó. (N62, comunicación personal, 2018, p. 22).
Se presentan violencias ejercidas por personas cercanas a la familia como adulto mayor (N20, comunicación personal, 2018, p. 21) o quienes hacen parte de alguna institución con importancia en el territorio:
Cuando vivía en Pensilvania, había un señor que trabajaba en bomberos… y un día el me hizo sentarme en sus piernas, y puso sus manos sobre mí, lo había olvidado… Pero, lo curioso es que yo le conté a mi tía y ella me dijo que eso era porque a él le gustaban los niños y básicamente normalizó la conducta. (N44, comunicación personal, 2018, p. 22).
Es de importancia el modo en que la familia argumenta el hecho frente a la joven y no toma medidas sobre el asunto, normalizando la violencia. Además de lo anterior, hay múltiples referencias de haber vivenciado violencias sexuales, pero no explicitan en la narrativa cuáles, lo que infiere que tiene relación con un modo de protección ante la exposición de las violencias vividas que implicó el ejercicio. Como es el caso de: «[…] un par de veces trataron de abusar sexualmente de mí […] la violencia sexual es la más común, y aún más uno como mujer está expuesta a muchas cosas» (N42, comunicación personal, 2018, p. 21).
El modo de referirse a algunas experiencias vividas da cuenta de una suavización del hecho, que busca distanciar la experiencia de violencia y de su reconocimiento como tal.
Por otra parte se enuncian violencias vividas en las que han sido testigos de agresiones hacia sus madres por parte de los abuelos y abuelas, algunas en las que han sido ellos (as) quienes han tenido que confrontar la situación:
Cuando tenía dos años vivía en la casa de mi abuela, mi madre estaba casi terminando la carrera y en su casa la maltrataban […] Recuerdo que un día tuvieron una discusión muy fuerte y mi abuelo le dio una golpiza muy fuerte a ella. Mi madre me tenía los brazos y yo gritaba al ver a mi madre con la boca y nariz llena de sangre. (N49, comunicación personal, 2018, p. 16).
Es importante resaltar que en las narrativas hay referencias a aprendizajes de violencias dentro de la familia, en donde se da cuenta que los hijos e hijas reproducen las violencias vivenciadas de sus padres y madres, en el colegio (N16, comunicación personal, 2018, p. 11) o en el mismo núcleo familiar:
Mi hermano desde unos años después de mi papá irse de la casa, él tomó un rol violento en el hogar, pues actuaba con las mismas actitudes de mi papá y al final era yo quién terminaba peleando con él (violencia directa). (N38, comunicación personal, 2018, p. 14).
Violencias de pareja
Las violencias que se originan en este tipo de relaciones son evidenciadas como violencias directas, en muchos casos estas se dan cuando los estudiantes empiezan a entrar en la adolescencia, en la mayoría de las ocasiones entre los 12 y 15 años, dado que su círculo social se expande y se da el inicio a una etapa de descubrimiento, se producen las relaciones sentimentales y se enuncia cómo estas se tornan en escenarios angustiosos de los cuales es muy difícil salir. En algunos casos se da la identificación de la combinación entre violencias culturales y directas (Cartelera 8, 2017) que terminan en la muerte (cartelera 23, 2017).

Fuente: elaboración propia.
También se hace presente una experiencia de violencia derivada del machismo, y se le identifica como un elemento cultural. Lo que se hace común en las carteleras es que cada vez que se enuncia al machismo no se le encasilla en ninguna de las etapas de la vida, sino que se le identifica como algo que es transversal en la vida.
No hay que perder de vista que, las estudiantes de psicología en su mayoría son mujeres, las cuales exponen haber vivido violencia de este tipo ya sea de forma directa, donde la estudiante es la víctima (Cartelera 14, 2017) o bien, siendo testigo de la agresión.
En este tipo de violencias que se describen como directas, se encuentran presentes tanto agresiones físicas como psicológicas, dando cuenta que resistieron la violencia de sus parejas por un tiempo prolongado. «A la edad de 15 la violencia vino por parte de mi pareja la cual me manipulaba, me chantajeaba, me insultaba y me golpeaba» (N28, comunicación personal, 2018, p. 19).
Por otra parte, hay jóvenes hombres que narran haber vivido violencias psicológicas y sexuales por parte de mujeres, sean exparejas o pares:
Además de esto perdí mi virginidad, aunque no de una manera que me hubiese gustado, ya que fue en contra de mi voluntad y con una chica mayor que yo, aunque seguía siendo menor de edad, era unos tres o cuatro años mayor que yo, yo tenía sólo 13 y ella me empujó en un baño y pues sí, no hubo mucho que hubiese podido hacer ya que era más fuerte que yo. (N61, comunicación personal, 2018, p. 22).
En relación a las motivaciones que están detrás de estas prácticas, se plantean las violencias culturales desde las cuales se reafirman estereotipos que deben ser asumidos por la mujer, donde se hace referencia a: «escuchar como hombres dicen que las mujeres sólo servimos para la casa y nada más» (cartelera 24, 2018).
Finalmente, en relación a resultados emanados de la experiencia particular del taller, nos llamó la atención dos particularidades encontradas con primacía en los relatos paralelos. En primer lugar, es reiterado el que se inicie refiriéndose a lo poco que se han vivido escenarios de violencia, atribuyéndolos a accidentes o manifestando lo difícil que es el recordar estos acontecimientos, por ejemplo, cuando se alude a: «En mi vida son muy pocos los conflictos que he tenido» (N41, comunicación personal, 2018, p. 69), «En mi contexto social, familiar y personal la violencia no es un tema que sea muy frecuente actualmente y a nivel personal menos» (N18, comunicación personal, 2018, p. 69), «Obviamente habrán cosas que omitiré por olvido y otras que son bastante íntimas» (N23, comunicación personal, 2018, p. 69).
En segundo lugar, comúnmente en la experiencia del taller de relatos cruzados, se tendió a describir los sentimientos que se desprenden de los sucesos de violencias vividos; donde en oportunidades se minimizaron y en otros casos, al narrarlos, se enlazan como hechos trascendentales al asumir verbalmente que no eran los únicos que habían vivido estos tipos de violencias. Por ende, la experiencia fue significativa como espacio colectivo, en donde se hacen compañía en dolores compartidos. Así, hubo quienes reconocieron que su experiencia de violencia se relacionó con acontecimientos que son parte de una historia en común que atraviesa a muchos colombianos.
Conclusiones
El país que llevan dentro los y las jóvenes estudiantes de psicología de la Universidad de Manizales, deja primeramente en evidencia la agudeza de las violencias vividas en Colombia, enmarcada en la exposición a las armas, a la muerte de otros, al daño físico y psicológico.
Acerca de estas violencias vivenciadas por los jóvenes es interesante evidenciar cómo a pesar de que el departamento de Caldas no fue focalizado por los dineros del posconflicto17, es una región donde las experiencias de los jóvenes universitarios dejan ver su profunda afección por la guerra. Lo anterior resulta explicable por diversos factores, entre ellos, el hecho de que en Manizales confluyen personas de distintas regiones, tanto porque han llegado en épocas anteriores fruto del desplazamiento o bien porque al ser Manizales la ciudad universitaria de Colombia, viven en esta por estudio. Sin embargo también hay múltiples jóvenes que experimentaron la guerra en el departamento18.
Por otra parte, resultan inquietantes los correlatos de experiencias en que los jóvenes perciben continuidades en los modos como se representan algunos repertorios de acción que generan dolor y desconfianza. Lo que da cuenta de la reproducción de las violencias que parecen normalizadas en el espacio público (Koessl, 2015) como un hábitus19 de violencias cotidianizadas por la guerra, además los jóvenes parecen no tener claro los trasfondos estructurales de la guerra, de las implicaciones históricas que traen consigo. Macro relatos que posibilitarían una mayor comprensión de su presente y elaboración de su dolor en un marco de mayor acogida del mismo.
Es por lo anterior que se podría explicar desde la teoría de Galtung (2003a) que en los jóvenes estudiantes existen actitudes, contradicciones relacionales, y conductas dispuestas hacia el conflicto, lo cual desencadena en un nivel subconsciente una disposición a la validación de la resolución de los mismos por medio de la violencia en su cotidianidad.
A su vez, se da cuenta que en los relatos cruzados plasmados en las carteleras se comunicaron las experiencias desde marcos generales, es decir, desde la distancia y el alejamiento por medio de eufemismos; evadiendo las nominaciones directas a los grupos armados implicados; lo que conlleva un grado actual de conciencia de necesidad de cuidar lo que se dice como modo de protección ante el problema enunciado, suavizando discursivamente sus efectos ante los testigos del suceso.
En la línea de preponderancia, las narrativas individuales inician expresando que casi no han vivenciado violencia y, posteriormente, en el transcurso de sus relatos exponen sucesos que pueden pasar de altercados familiares a acosos sexuales o presencia de algún hecho victimizante de guerra—en algunos casos muertes de personas cercanas—. Los relatos empiezan con eufemismos y posteriormente se llega a detalles y sentimientos muy fuertes en torno a estas vivencias, desde el miedo, la injusticia, el dolor, el desamparo, la angustia, el terror, la indiferencia, hasta la tristeza profunda, que en la cartelera colectiva no son incluidos.
Todas estas situaciones evidencian que el país que llevamos dentro continúa constituyéndose de memorias subterráneas de la realidad social en la que vivimos que, aunque pudieron haber transitado a la oralidad, no se han integrado aún como relatos presentes en una memoria social, y por ende, se les imposibilita su lectura como parte de una comprensión mayor del contexto donde estas se desarrollan y el trauma social que significan.
Ante lo expuesto se explica la negación frente a las violencias estructurales, en tanto que no se logra asociar las experiencias a una problemática macrosocial, reflejando así un carente desarrollo desde la consciencia histórica de lo vivido, y sus implicaciones éticas y políticas (Zemelman, 1998) como derivado de dinámicas sociales que han legitimado la visión parcial y sesgada del contexto que los rodea.
Estos modos de construcción de realidades por parte de los jóvenes universitarios, inciden en cómo los jóvenes se cuentan a sí y a los otros estas experiencias. Situación que plantea un gran desafío si tenemos en cuenta que se trata de futuros psicólogos, dado que si hemos normalizado la violencia, no la sabemos enunciar directamente o incluso optamos por silenciar las experiencias.
A nivel del ejercicio profesional nos preguntamos: ¿Cómo sabrán cuándo toca denunciar una violencia y no guardarla por el miedo a pronunciarla? Queda en evidencia que esta pregunta también se la hacen los jóvenes cuando enuncian que ellos «deberían» saber decir estas violencias pero no tienen presente el cómo, o a quién.
Ante lo expuesto, se hace un llamado a volver sobre lo primordial, la construcción de paz implica por parte de los futuros profesionales un conocimiento acerca de la historicidad de los agentes en relación, además de conocer y re-conocer la estructuración y función social que han soportado el sometimiento y dominación, posibilitando así la prefiguración de cambios sociales.
Resulta necesaria la problematización de aquellas situaciones en las que nos hemos desenvuelto, que han generado un apaciguamiento frente a las características del entorno, volviendo ciertos fenómenos violentos que se presentan ante nuestros ojos como «normales».
De este modo, la construcción de la paz pasa también por el compromiso de las universidades a brindar escenarios de formación idóneos para preparar profesionales capacitados en hacerle frente a realidades complejas, donde si bien se cuenta con las cátedras de paz, tal parece que en el caso de la formación hacia interventores sociales no es suficiente. Siendo necesario evaluar los efectos e impactos reales que están teniendo este tipo de medidas en los estudiantes, al constatar el grado de afección por la guerra de parte de los mismos, y por ende, su necesidad sentida de tramitación del trauma evidenciado como modo de procesamiento del dolor. Un dolor que no se sana con un llamado a mirar hacia el futuro, sino que siendo negado continuamente, sigue presentándose muchas veces como cruel y angustioso en el presente.
Finalmente, hay que tener en cuenta las limitaciones del estudio, habiéndose realizado este con estudiantes de psicología, principalmente mujeres de la Universidad de Manizales (Institución privada). Por lo que los resultados emergentes son reflejo de una particularidad socio-contextual, que sería interesante contrastar con otras universidades y disciplinas, documentando en el proceso el nivel socioeconómico de los colaboradores—situación que una vez desarrollado este estudio no fue posible de definir—. Así que se le invita al lector interesado a realizarla en otros contextos y con otra(s) población(es), accediendo a esta información directamente en el marco del ejercicio a desarrollar con los jóvenes.
Agradecimientos
Esta investigación que formó parte del proyecto «Cartografías de la re-existencia juvenil en el presente colombiano: una indagación para la territorialización de la paz» de la Universidad de Manizales. Esta investigación no presenta conflicto de intereses ni fue financiada. Es una investigación finalizada en 2019, en la que colaboraron 180 estudiantes de tercer semestre de Psicología de la Universidad de Manizales entre 2016 y 2018.
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Notas