Artículos
Los itinerarios de la Central de Trabajadores de la Argentina durante los gobiernos kirchneristas: ¿autónomos, independientes o neutrales?
The itineraries of the Argentinian Workers' Central during kirchnerist governments: autonomous, politically independent or neutral?
Los itinerarios de la Central de Trabajadores de la Argentina durante los gobiernos kirchneristas: ¿autónomos, independientes o neutrales?
Izquierdas, vol. 49, 26, 2020
Universidad de Santiago de Chile, Instituto de Estudios Avanzados, IDEA.
Recepción: 22 Febrero 2020
Aprobación: 23 Abril 2020
Resumen: En el año 1992, se constituyó en Argentina una central sindical con rasgos novedosos: la Central de Trabajadores de la Argentina. En este artículo analizaremos los modos de acción política puestos en práctica por esta organización entre los años 2007 y 2015. Prestaremos especial atención a los motivos subyacentes a su fractura en el año 2010 y a los itinerarios que siguieron las dos fracciones en las que la CTA quedó dividida: CTA Autónoma y CTA de los trabajadores. Para ello, trabajaremos con diversas fuentes, entre las cuales se encuentran entrevistas semiestructuradas realizadas a dirigentes de primera línea, documentos sindicales de circulación pública y crónicas informativas publicadas en dos diarios de tirada nacional. Afirmaremos que tanto la autonomía e independencia políticas como la voluntad de organizar a trabajadores tanto gremial como políticamente han sido rasgos identitarios que marcaron el devenir de su historia como central sindical.
Palabras clave: Central de Trabajadores de la Argentina, sindicalismo, acción política, autonomía sindical.
Abstract: In 1992, a new trade union central was formed in Argentina: the Argentinian Workers' Central. In this article we analyze the modes of political action implemented by this organization between 2007 and 2015. We will research the reasons underlying its breakdown in 2010 and the itineraries followed by its two sections: Autonomous CTA and Workers’ CTA. To do this, we work with various sources, among which are semi-structured interviews conducted to frontline leaders, union documents of public circulation and the informative chronicles published in two national newspapers. We will affirm that political autonomy and the will to organize workers, both union and politically, have marked the evolution of the CTA as a central union.
Key words: Argentinian Workers' Central, tradeunionism, political action, union autonomy.
Introducción
Las transformaciones concitadas a nivel global durante los años setenta trastocaron la locación, morfología y composición del capital y, con ello, los procesos de trabajo.1 A partir de entonces, la caída en la tasa de afiliación y las negociaciones colectivas y la consecuente pérdida de recursos y capacidad organizativa desafiaron las formas tradicionales de intervención sindical. Como corolario de estos procesos, surgieron nuevos problemas, demandas y actores que pusieron en tensión los modos de organización de la clase trabajadora.
En Argentina, las reformas neoliberales implementadas durante la dictadura cívico-militar (1976-1983) y profundizadas en los años noventa bajo el gobierno Carlos S. Menem, modificaron la correlación de fuerzas entre empresarios y trabajadores. Un importante sector del sindicalismo argentino nucleado en la Confederación General del Trabajo (CGT) aceptó las reformas a cambio de la preservación de ciertas prerrogativas corporativas y de la participación en los mecanismos empresariales gestados por la nueva normativa laboral.2 Sin embargo, el escenario sindical no fue uniforme y hubo respuestas de mayor confrontación. Un conjunto de dirigentes principalmente anclado en el sector público fue el que llevó más lejos su oposición a las medidas adoptadas por el gobierno y a la respuesta predominante dentro de la CGT. Este grupo, liderado por Víctor De Gennaro y Germán Abdala, fundó en 1992 el Congreso de Trabajadores Argentinos que, años más tarde, se convertiría en la Central de Trabajadores de los Argentinos (CTA).3 Además de su espíritu confrontativo, la CTA se caracterizó por articular una propuesta organizativa novedosa al desbordar los contornos tradicionales del sindicalismo.
Bajo los gobiernos de signo neoliberal, la CTA cumplió un “papel nodal”4 en la organización y representación del descontento popular, pero la etapa abierta con las jornadas de diciembre de 2001 y la llegada de Néstor Kirchner al gobierno nacional puso en tensión los horizontes de resolución política previstos por la CTA e instaló profundas discusiones internas que sacudieron las estrategias desplegadas hasta entonces.5 A pesar de estas dificultades, como estudiaremos a continuación, ni la Central ni los desprendimientos que se originaron con su ruptura en 2010 abandonaron algunos de sus objetivos seminales. En este artículo analizaremos los modos de acción política dispuestos por la CTA entre 2007 y 2015 y nos detendremos especialmente en los motivos subyacentes a su fractura y en los cursos de acción que los dos sectores encabezaron posteriormente. Entenderemos por acción política a la acción sindical que aspira a trascender el ámbito de la discusión por la compra, venta y uso de la fuerza de trabajo y que tiene como referencia al conjunto de la clase trabajadora o a la ciudadanía en su totalidad.6
Para este trabajo emplearemos diversas fuentes, entre las cuales se encuentran entrevistas semiestructuradas realizadas a dirigentes de primera línea, documentos sindicales de circulación pública y crónicas informativas publicadas en dos diarios de tirada nacional. A modo de hipótesis, sostendremos que la forma de la organización y los modos de apropiarse y resignificar algunos principios identitarios medulares han marcado el tiempo tanto de su dinámica interna como de sus acciones políticas hacia afuera. Nos referimos, en particular, a la centralidad de la autonomía y a la voluntad de aunar la acción gremial con la acción política. El texto se organiza en cuatro secciones: en la primera, exploramos algunos rasgos identitarios y organizativos de la CTA; en la segunda, profundizamos en los diferentes balances y herramientas que convivían en la CTA antes de su ruptura en 2010; en la tercera, analizamos el desenlace de la fractura; por último, estudiamos los cursos de acción seguidos por la CTA de los Trabajadores y por la CTA Autónoma.
El “sindicalismo de movimiento social” en clave nacional
El surgimiento de la CTA fue el resultado de procesos de diferente índole: la democratización de la sociedad luego del proceso dictatorial,7 los cambios en el régimen político y los desplazamientos de la identidad peronista fueron algunos de ellos.8 La decisión de consolidar una central paralela a la CGT cuestionando con ello un principio medular del modelo sindical argentino (el monopolio de la representación sindical)9 se desprendió, principalmente, del diagnóstico realizado por su dirigencia sobre las difíciles oportunidades que ofrecían la normativa vigente y su puesta en acto para la conformación de listas de conducción alternativas.10 Este aspecto instrumental se combinó con un replanteo sustancial respecto a los contornos de la clase trabajadora: su proceso de fragmentación parecía no tener marcha atrás y la forma sindicato debía ensanchar sus bordes para poder representarla. La CTA adoptó una forma que Moody definió como “sindicalismo de movimiento social”.11 La estrategia consistía en hacer del cambio de estructura de la clase trabajadora la quintaescencia de esta nueva forma sindical y en concebir a la clase trabajadora como un todo. Para ello, la fuerza de los trabajadores organizados se activaba para “movilizar a aquellos que son menos capaces de sostener la automovilización: el pobre, el desempleado, los trabajadores informales, las organizaciones barriales”.12 El sindicalismo se enredaba así con otros movimientos sociales, con sus temas, reivindicaciones y repertorios.
A través de una serie de principios organizativos novedosos, la CTA se diferenció sustancialmente de la CGT. El ensanchamiento de la forma sindical que cristalizó en nuevas modalidades de afiliación,13 fue escoltado por una fuerte impronta democratizadora que delimitó nuevos mecanismos de elección de autoridades y revalorizó la “ética gremial”14. Asimismo, la “autonomía sindical respecto al Estado, los patrones y los partidos políticos” devino medular en la conformación identitaria de la CTA.15 Como analizaremos luego, este fue uno de los principios más caros a la dinámica interna de la Central y su maleabilidad fue, en diferentes oportunidades, motivo de fuertes discusiones internas. La razón de fondo de estas diferencias era que, mientras se postulaba autónoma, la CTA proponía encauzar la “corriente sindical” hacia un “movimiento político-social” estructurado por estos principios. Como sostiene Gurrera,16 la afirmación de una práctica político-gremial autónoma y la simultánea voluntad de intervenir en el escenario político apartaban a su dirigencia de una actitud impugnatoria de la política:
Las principales figuras de la CTA han reiterado en más de una oportunidad su aspiración de crear una ‘herramienta política’, así como su intención de ‘construir poder’. (…) (La política) parece ser más bien entendida como práctica de articulación múltiple y relativamente plural de espacios, fundamentada en la reclamación de derechos y, por ello mismo, no completamente renuente a su proximidad con el Estado.17
La CTA asumió, entonces, la compleja tarea de articular actores y demandas múltiples -más allá y más acá de los actores gremiales tradicionales- con legados político-ideológicos relativamente plurales, en un arco que comprendía diferentes tradiciones de izquierda y de una matriz nacional-popular.18 Esa articulación no sólo se fraguó a partir de un ensanchamiento de la práctica sindical sino también a través de la política.
En suma, la CTA se conformó como una organización doblemente bifronte: primero, porque incorporó a trabajadores formales y a un amplio espectro de actores que se encontraban dentro y fuera del mundo del trabajo; segundo, porque manifestó desde un principio una férrea voluntad de transitar simultáneamente la arena gremial y la arena política. La articulación entre la acción gremial y la acción política tuvo una expresión contundente y orgánica entre 2001 y 2002 con el lanzamiento del Frente Nacional Contra la Pobreza (FRENAPO) y del Movimiento Político, Social y Cultural (MPSC)19, pero durante los gobiernos kirchneristas esta intención se manifestó de una forma más dispersa e inorgánica: la CTA no diseñó un único dispositivo, sino que aspiró a constituir diferentes herramientas que no fueron sostenidas de forma unánime ni simultánea. La adhesión a ellas fue dispar y su pertinencia fue producto de un intercambio contingente con el contexto político.
Una central con dos cabezas
La crisis de fines de 2001, la devaluación de la moneda nacional y la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia en el año 2003 conformaron un novedoso escenario político y económico a nivel nacional. Su impacto en las condiciones de acción de los sindicatos fue decisivo ya que, por un lado, la recomposición del mercado de trabajo y la revitalización de las instituciones laborales situaron al sindicalismo en el centro de la escena;20 por el otro, el sindicalismo fue un actor político fundamental en la realidad política nacional pos-2003.21 Quienes hegemonizaron este nuevo escenario no fueron los mismos actores que habían dominado el mapa sindical en la década precedente. Durante los primeros meses de gobierno, los dirigentes que se habían opuesto al curso seguido por la CGT durante la década menemista (nucleados en la “CGT disidente” y en la CTA) se convirtieron en interlocutores gremiales y políticos privilegiados.22
El tránsito de la CTA por este período no estuvo exento de ambigüedades debido a que los procesos que habían dado empuje y sustento al surgimiento de la Central y que ésta había procurado instalar en los márgenes del sistema político, eran ahora la piedra basal del kirchnerismo en el gobierno.23 Paradójicamente, la recuperación de diferentes demandas populares, la revitalización de un ideario nacional-popular (con el cual la mayor parte de los dirigentes de la CTA mantenían un vínculo firme aunque inorgánico) y el compromiso gubernamental con una soberanía política, económica e institucional implicaron un “debilitamiento” de la CTA, en palabras de Armelino: “sea porque le fue sustraída su agenda progresista, sea porque le fue arrebatado el liderazgo de la movilización popular que hasta hace poco ostentaba”.24
Los cambios en el contexto, sin embargo, no producen respuestas mecánicas por parte de los actores sino que es preciso que los actores atribuyan a ese contexto el carácter de oportunidad para que sea significada como tal.25 En el caso de la CTA, los actores que la integraban interpretaron ese escenario de formas distintas y, a partir de ello, delinearon posicionamientos y formas de intervención diferentes. Los movimientos sociales nucleados en la CTA (principalmente, la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat y el Frente Transversal Nacional y Popular) fueron parte de la experiencia de la transversalidad política propuesta por el kirchnerismo en sus primeros años.26
Por su parte, la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) y la Confederación de Trabajadores de la República Argentina (CTERA) -principales sostenes organizativos, económicos y políticos de la CTA- cimentaron vínculos muy disímiles con el gobierno kirchnerista entre 2003 y 2007. CTERA forjó una relación más estrecha a partir de su participación en la discusión de la política educativa y del cauce que habían tenido algunas demandas gremiales para el sector docente.27 En cuanto a ATE, si bien a diferencia de años anteriores aceptó firmar el Convenio Colectivo de Trabajo de los trabajadores de la administración pública,28 cuestionó duramente diferentes temas de la política laboral del kirchnerismo.29
Los posicionamientos de ATE y CTERA fueron perfilando, al interior de la CTA, balances dispares respecto al gobierno en curso. Algunos trabajos han destacado la importancia que asume el signo político del gobierno en la construcción del poder sindical por parte de los sindicatos de trabajadores públicos.30 En estos casos, en los que además de representar gremialmente a los trabajadores estatales se aspiraba a conformar una representación política, los distintos niveles de aproximación ideológica al kirchnerismo moldearon diferentes modos de intervención en la arena política. Recuperando la iniciativa plasmada en el MPSC en 2002, el Congreso que la CTA realizó en 2007 encontró a las diferentes líneas internas de la Central comprometidas con la construcción de un sindicalismo que hiciera converger la arena gremial y la arena política.
Sobre la base de un diagnóstico compartido que subrayaba las limitaciones de un crecimiento económico sin alteraciones en la matriz distributiva y en el modelo productivo,31 fueron lanzadas dos herramientas de acumulación que, a pesar de ser presentadas como complementarias, tenían distintos horizontes y eran promovidos por diferentes actores, aunque todos acompañaran formalmente ambos instrumentos. Una era la Paritaria Social (PS) y, la otra, la Constituyente Social (CS). Tal como reza un documento elaborado por la Central para organizar la discusión en aquel Congreso, la PS correspondía a una etapa transitoria y buscaba acumular políticamente para la CS, su instancia superadora.32 En estos términos era manifestado por un dirigente sindical durante una entrevista:
Entonces planteamos la idea de la Paritaria Social. Como una manera de poder gestionar demandas frente al gobierno de Néstor… y ahí el sector de De Gennaro plantea la Constituyente Social (…) donde aparecía el punto de fricción, rápidamente se establecía como una especie de impasse en el que la síntesis consistía en… bueno, Paritaria Social para (énfasis) la Constituyente Social.33
La PS era impulsada por CTERA y Hugo Yasky desde la secretaría general de la CTA,34 por la Federación Agraria Argentina (FAA), la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios y el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Esta “alianza policlasista”35 perseguía el objetivo de participar del poder institucional. En palabras de Hugo Yasky, el objetivo era ampliar el formato de la discusión paritaria para “discutir palmo a palmo” con las autoridades de todas las jurisdicciones “cada milímetro de la reivindicación de nuestro pueblo”:36 el salario, las condiciones de vida (agua corriente, cloacas) y el presupuesto nacional, entre otras. Así, la PS definía al Estado como una esfera sobre la que valía la pena intervenir y a las instituciones gubernamentales como aquellas que tenían la potestad de mediar, representar y defender “el interés de las mayorías”.37
La intervención sindical consistía, entonces, en combinar el ejercicio de la representación gremial con la intervención en la esfera estatal. A través de la PS, las organizaciones intervinientes debían “organizar la demanda social” y hacer “mutar” a las “instituciones de un Estado al que debemos convocar, que debiendo estar a nuestro favor, no puede ser neutral y siendo nuestro debemos disputar”.38 Como veremos luego, esto sintetizaba un modo de acción política que hilaría las intervenciones de este sector en los años siguientes.
Para los representantes del otro nucleamiento, liderado por ATE y, en especial, por el histórico dirigente Víctor De Gennaro, la PS tenía una potencia política recortada respecto a la Constituyente Social promovida por ellos. Un entrevistado indicaba que la PS había aparecido para “cuestionar a la constituyente, para bajarle el voltaje político a la constituyente”.39 Otro sostenía que la PS era “un proyecto de aquellos que estaban ligados a la política de hacer seguidismo al kirchnerismo”. En cambio, según él, “la Constituyente Social (era) un proyecto ambicioso en términos de construcción colectiva, social, gremial, política, de organizaciones de todo tipo”.40
A diferencia de la PS, que exigía equidad y representaba demandas de organizaciones en instancias de negociación preestablecidas, la CS era una instancia que buscaba avanzar sobre la producción de nuevas subjetividades colectivas.41 En esta oportunidad, la CTA buscaba reeditar los ejes planteados en el Congreso de 2002 acerca de la necesidad de un movimiento político, social y cultural de liberación a través de la CS. En distintos documentos se planteaba que era “tiempo de no delegar más y recuperar el protagonismo político”.42 Leído de forma situada, este giro suponía una disputa con el kirchnerismo por la representación política de un arco progresista con bordes imprecisos.
En este sentido, la CS recuperaba cabalmente la noción de “autonomía”, constitutiva de la CTA, y buscaba plasmarla políticamente a partir de un “proceso abierto y territorializado de debate y construcción popular”43 que impugnaba el modelo de representación tradicional. Sin embargo, con el pasar del tiempo se pondrían de relieve las dificultades para traducir esa acumulación política en la organización de un sujeto político superador de la experiencia iniciada en 2003 por el kirchnerismo.
La CS, que era impulsada por los sectores de la CTA más críticos respecto al gobierno nacional, recibió la adhesión de otros actores opositores ante la coyuntura abierta con el conflicto que enfrentó al gobierno nacional con las principales entidades agropecuarias a partir del intento de aumentar los gravámenes a las exportaciones, entre marzo y julio de 2008.44 La posición oficial de la CTA frente al conflicto cuestionaba a las entidades agropecuarias al mismo tiempo que reclamaba una serie de puntos al gobierno nacional y, a través de ellos, buscaba separar lo que el conflicto había unido: por un lado, la FAA (como representando de los pequeños productores); por el otro, las demás entidades definidas como los “sectores concentrados del capital agropecuario”, motivados por “intereses sectoriales antipopulares”.45
La zona gris generada por la pretendida equidistancia entre el sector agropecuario y el gobierno habilitó a los diferentes sectores de la CTA a participar de un lado u otro de la contienda. Así, el nucleamiento encabezado por CTERA apoyó la postura gubernamental tanto en la Cámara de Diputados a través de sus representantes (Ariel Basteiro y Edgardo Depetri) como en diferentes movilizaciones.46 En cambio, el nucleamiento liderado por ATE actuó movido por la histórica alianza con la FAA. Un dirigente sindical entrevistado señalaba que entre ambos sectores existía “un vínculo de trabajo político muy grande” y que Claudio Lozano (legislador perteneciente a este sector) había “respaldado” en la Cámara de Diputados “la postura de la Federación Agraria, en el sentido de retenciones segmentadas”.47 La alianza entre la FAA y ATE, refrendada en este nuevo contexto, fue significada como un hito que quebró el frágil equilibrio interno de la CTA:
En pleno conflicto de la 125 (resolución que proponía los cambios impositivos para el sector agropecuario) viene De Gennaro y dice que vamos a invitarlo a Buzzi (titular de la FAA) a que exponga sus razones. O sea, parte de la Mesa de Enlace. (…)48 ‘en la CTA, ese tipo, no’. (…) ahí ya la CTA empieza a funcionar con dos cabezas.49
La vertiginosidad de los cambios sucedidos en el escenario político a partir de entonces dificultó la continuidad de la PS y de la CS. Esto radicalizó las diferencias entre los dos nucleamientos que, si bien compartían la fórmula que conducía la CTA, empezaron a disputar su control.
En suma, la forma organizativa de la CTA, que tendió a amalgamar sindicalismo y política, arrolló los frágiles acuerdos internos que sostenían la unidad de la Central en el marco de un contexto que interpelaba políticamente a las centrales sindicales. La disparidad en las lecturas que cada nucleamiento político-sindical realizaba (informada por el modo en que la identidad política de la CTA se actualizaba en ese contexto particular) provocó que ambos impulsaran iniciativas políticas dispares y siguieran cursos de acción opuestos. Uno de los corolarios de la derrota oficialista en el conflicto con las entidades agropecuarias fue el despliegue de una batería de políticas anticíclicas y progresistas que recuperaban históricas demandas de la CTA y de otras organizaciones.50 Mientras que dentro de la CTA algunos interpretaron que debían “ser parte de este movimiento de transformación”51 otros consideraron que las “banderas populares” habían sido “usurpadas” y que, quienes querían participar, habían cedido a los intentos de “destrucción y cooptación” de la Central por parte del gobierno.52
Crónica de una fractura anunciada
Si el conflicto en torno a las retenciones agropecuarias había tensionado la identidad política de la CTA en el plano de sus alianzas históricas, la transformación de algunas demandas y banderas históricas en políticas públicas profundizó esa tensión abriendo una grieta interpretativa y estratégica dentro de esta central. La competencia entre dos espacios políticos por la conducción de la CTA y el desenlace de las elecciones internas en septiembre de 2010 fueron la evidencia más contundente de esta división interna. No era el debut de la competencia entre dos (o más) listas, pero sí era la primera vez que el histórico espacio que había fundado y conducido la CTA durante veinte años, la Corriente Germán Abdala, se escindía.
La fracción que percibía avances en las políticas del gobierno kirchnerista, encabezada por Hugo Yasky, formó la Lista 10 “La lista de todos” mientras bajo la dirección de Víctor De Gennaro y Pablo Micheli (secretario adjunto de la CTA) se agruparon en la Lista 1 “Germán Abdala” los sectores que subrayaban la existencia de debilidades en aquellas políticas. No era ese el único clivaje que ordenaba la confrontación. La cuestión de la “autonomía”, la defensa del carácter alternativo de la CTA como central sindical y la reconstrucción de su perfil movimientista -aspectos que aludían a la relación con el gobierno, con la CGT y con otras organizaciones, respectivamente- fueron aspectos centrales que atravesaron la discusión entre los dos espacios. En los tres casos se trataba de principios organizativos e identitarios medulares para la CTA. Lo que en la superficie podía aparecer como una discusión entre kirchneristas y antikirchneristas era, en el fondo, una discusión en torno a cómo reinterpretar aquellos principios a la luz de un nuevo contexto.
Luego de que en el Congreso Nacional Ordinario del mes de mayo de 2010 se fijara la fecha de las elecciones internas y la composición de la Junta Electoral Nacional (encargada de fiscalizar los comicios), las dos listas fueron presentadas. Aunque desde un primer momento la lista 1 buscó instalarse como heredera de la línea histórica de la CTA,53 De Gennaro -su principal fundador- no figuraba en el armado propuesto. Sus tareas estaban cada vez más abocadas a la construcción de un nuevo partido político que sería la herramienta político-electoral de este sector: el Instrumento Electoral por la Unidad Popular.54
En los afiches de la convocatoria y en los carteles que cubrían el escenario principal se leía la frase “Vamos por más CTA”. La leyenda refería al apuntalamiento de la construcción gremial que este sector creía necesario ante el peligro de ser “absorbida” por la CGT y por el gobierno.55 Desde su perspectiva, tanto el gobierno, a través de algunas políticas públicas, como la CGT, a partir de las coincidencias políticas entre su conducción y la dirigencia de la CTA, eran vistos como una amenaza para el carácter alternativo de la CTA.
Este espacio cuestionaba que bajo la conducción de Yasky la central se había vuelto “sindicalera”, es decir, que había valorado a los sindicatos de trabajadores registrados y había dejado de lado a las “nuevas realidades laborales” y a los “movimientos sociales”.56 La objeción hacía sentido con el cambio en el escenario económico-laboral: la recuperación del empleo formal y de las instituciones laborales habían ubicado a las organizaciones sindicales en un primer plano. En ese marco la CTA debió transformar sus estrategias y encauzar sus energías hacia el ámbito sindical.57 Según los dirigentes de la Lista 1, el nucleamiento que Yasky lideraba, buscaba una construcción similar a la de la CGT.58 Ellos, en cambio, apostaban a consolidar la construcción gremial de la CTA reconvirtiéndola en una “central de masas” en la que organizaciones sindicales y sociales tuvieran una relevancia equivalente.59
A pesar de esta acusación, es posible notar que tanto la Lista 1 como la Lista 10 apelaron a recuperar el carácter movimientista de la CTA aunque convocaron para ello a diferentes actores: mientras la Lista 1 se apoyó en el Movimiento Territorial de Liberación y la Corriente Clasista y Combativa (CCC), la Lista 10 convocó a los movimientos que se habían alejado de la CTA tiempo atrás debido a sus estrechas vinculaciones con el gobierno nacional y a las contradicciones que esto conllevaba en la dinámica interna de la CTA. En este contexto, la Lista 10 buscó recomponer los vínculos con organizaciones no sindicales, como la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat y el Frente Transversal Nacional y Popular e, incluso, procuró ampliar esos enlaces a trabajadores de cooperativas y al Movimiento Evita.
Según la Lista 10, la CTA debía transcurrir una nueva etapa vital: para ello era necesario abandonar la “testimonialidad” que hasta entonces había caracterizado a la CTA para confrontar “con coherencia ante el bloque dominante”.60 Esta ofensiva consistía en recuperar la representación política de demandas populares que, en ese contexto, estaban siendo representadas por el kirchnerismo. Así lo decía un dirigente durante la entrevista:
(…) un poco se cayó en el hecho de que el kirchnerismo empezó a ocupar el espacio de la representación política de las demandas populares (…) Y nosotros planteamos que era una etapa en la que el movimiento popular tenía que avanzar, tenía que ir hacia la ofensiva y teníamos que politizar todas nuestras definiciones.61
“Politizar”, aclaraba luego, no suponía “partidizar, en el sentido de que íbamos a salir con la banderita de Néstor, pero sí hacer una lectura política… (Inscribirse) en un relato mayor, en un proyecto, en las luchas de América Latina”. Esa “politización” suponía, entonces, una adhesión al proyecto político kirchnerista (no necesariamente reducido a su expresión partidaria y gubernamental) y al mismo tiempo una precavida disputa por la representación de los trabajadores.
Este frágil equilibrio entre “representar” y “politizar” tocaba uno de los sustratos de la identidad política de la CTA: la cuestión de la “autonomía sindical” respecto del gobierno y de los partidos políticos. Este principio -principalmente en relación al sistema político- había sido renegociado en distintos momentos de la historia de la CTA.62 No obstante, las elecciones internas de 2010 constituyeron el punto más álgido de esta tensión. La “autonomía sindical” se convirtió en un reproche de uno y otro lado: al mismo tiempo que la fracción encabezada por Micheli criticaba la subordinación del otro sector respecto al gobierno, la línea de Yasky cuestionaba que, en definitiva, el proyecto de De Gennaro y Micheli estaba sumido en “un proyecto político muy minoritario”,63 en referencia a Proyecto Sur, una fuerza política en la que se integraba el Instrumento Electoral por la Unidad Popular. El fondo de las acusaciones era la resignificación del principio de “autonomía”. Mientras que para los integrantes de la Lista 1 “autonomía” era sinónimo de “independencia política”,64 para los miembros de la Lista 10 era necesario distinguir la noción de “autonomía sindical” y de “neutralidad política”.65 Enaltecer esa “neutralidad política” no respetaba la autonomía de la clase trabajadora, sino que constituía, para ellos, un “suicidio de clase”.66
En resumen, el cruce entre ambos sectores aparecía públicamente como una confrontación que oponía adherentes y críticos respecto del gobierno nacional. Indudablemente, sus lecturas acerca de la naturaleza y alcances del kirchnerismo como fuerza política y como gobierno eran decisivas. Sin embargo, a raíz de los acuerdos emergentes entre una parte de la conducción de la CTA, la dirigencia de la CGT y el gobierno nacional, tanto el carácter alternativo de la CTA como la centralidad de la autonomía como forma de construcción eran puestas en entredicho. A su vez, este contexto ponía en el centro de la escena la discusión sobre la forma movimientista original de la CTA que se había erosionado a partir de la recomposición del actor sindical y la ponderación de una forma de construcción más volcada a la arena gremial.
El 23 de septiembre de 2010 se celebraron las elecciones. Compitieron, además de la Lista 1 y la Lista 10, otras tres listas: 3 (Frente de Unidad Clasista), 4 (Marrón Clasista) y 5 (Frente Clasista). Sin embargo, las dos primeras concentraron la mayoría de los votos. Antes de conocerse los resultados oficiales de la elección, ambas listas se adjudicaron un triunfo y lanzaron denuncias por supuestas irregularidades en el proceso electoral.67 Aunque representantes de los dos espacios firmaron un acta de unidad en la que se comprometieron a “quedarse dentro de la Central” y acatar el resultado definitivo resultante del procedimiento desplegado por la Junta Nacional Electoral y el Comité Arbitral,68 el conflicto no pudo resolverse internamente e intervinieron tanto el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social como el Poder Judicial, en diferentes instancias.69 La fractura entre ambos sectores se acentuó con cruces mediáticos y con el funcionamiento paralelo de las dos CTA. En 2014, cada una de ellas convocó a elecciones y ello refrendó su existencia separada. En el mes de octubre, las dos partes suscribieron un acuerdo en el cual quedaba asentado que la CTA liderada por Yasky sería, en adelante, la CTA de los Trabajadores y la CTA encabezada por Micheli sería la CTA Autónoma. Ambas centrales mantendrían el estatuto social vigente, pero cambiarían la denominación y el domicilio.70 La inscripción gremial que la CTA tenía desde su fundación sería conservada por la CTA-T, mientras la CTA-A debía tramitar su propia inscripción.71 Así, cuatro años después de las disputadas elecciones sindicales de 2010, quedó formalizada la ruptura de la CTA. Sin embargo, ninguna de ellas fue reconocida con el otorgamiento de la personería gremial.
La(s) “autonomía(s)” en cuestión
La fractura de 2010 significó para la CTA un debilitamiento en términos gremiales en tanto sus pilares organizativos y económicos quedaron separados. Sin embargo, esta división vigorizó la autonomía de cada fracción para actuar políticamente, pues ninguno de los sectores renunció a articular la acción gremial y la acción política.
En este proceso, las dos CTA reforzaron atributos que habían planteado desde sus respectivas campañas electorales. La CTA Autónoma (CTA-A) liderada por Pablo Micheli procuró fortalecer una construcción gremial autónoma que le permitiera recuperar recursos de poder organizativo. Mientras una parte de su dirigencia se concentró en apuntalar el funcionamiento gremial de la CTA y apostar a la conflictividad abierta, otros se volcaron a fortalecer la herramienta política lanzada tiempo antes, la Corriente Nacional por la Unidad Popular (UP). La CTA de los Trabajadores (CTA-T) encabezada por Hugo Yasky apuntó a “politizar lo gremial”, mediante una propuesta que consistía en conformar una representación política desde el sindicalismo asumiendo que se trataba de un fragmento de un proyecto político más amplio. Es decir, bajo la fórmula “politizar lo gremial”, los logros en materia sindical se inscribían en una narrativa de mayor alcance -el kirchnerismo-, del cual este sector se sentía parte. Sobre la base de un acuerdo ideológico con el kirchnerismo, esta fracción procuró conservar y aumentar su capacidad de influencia política.
Esta modalidad de acción política se plasmó en tres formas de intervención: los pronunciamientos públicos en apoyo a determinadas medidas de gobierno, la participación en instancias de diálogo social y la convocatoria y asistencia a movilizaciones de carácter plebiscitario. La decisión de “politizar lo gremial” partía de un presupuesto: el escenario político nacional e internacional estaba fracturado: de un lado se encontraban el “campo popular”, la “distribución” y la “recuperación del Estado Nacional”; del otro, el “poder económico concentrado, de los multimedios, de los sectores reaccionarios”.72 Ante ese contexto, afirmaban que no podían “ser neutrales” sino que debían tomar “la determinación política de bancar el gobierno” apuntando a “defender lo conquistado”.73
Al igual que la CTA-A, esta fracción entendía que era momento de “ir por más”. Ahora bien, en este caso “ir por más” significaba instalar en ámbitos de diálogo asuntos que se juzgaban como pendientes. Así, un lugar privilegiado para este tipo de cuestiones fue el Consejo Nacional del Empleo, la Productividad y el Salario Mínimo, Vital y Móvil. Desde 2003, a pesar de no contar con personería gremial, la CTA había sido convocada para participar de dicha instancia pero, a diferencia de los años anteriores en los que su conducción había rechazado sistemáticamente los acuerdos salariales, los representantes de la CTA-T no hicieron un voto “testimonial” sino “positivo” de la oferta del gobierno.74 A partir de 2013, la CTA-T tuvo representantes en una nueva instancia tripartita creada en el seno del MTEySS que buscaba reducir los índices de informalidad laboral: la Comisión Contra el Trabajo no registrado.75
Además, la CTA-T “acompañó”76 un conjunto de “decisiones” de política pública de manera declarativa o a través de movilizaciones. Entre ellas estaban la estatización del 51% de las acciones de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) -leída en clave de “recuperación”-77, la creación del régimen de trabajadoras de casas particulares y la implementación de un estatuto del peón rural.78
El respaldo no sólo se refería a las decisiones gubernamentales sino también a las convocatorias realizadas por el kirchnerismo en tanto movimiento político:79 la celebración del Día de la Lealtad en el año 2012, la conmemoración del décimo aniversario de la asunción de Néstor Kirchner y la convocatoria del Frente para la Victoria al estadio de Vélez en abril 2012, donde se rememoraba el Día Internacional del Trabajador y donde se lanzaría, además, el Frente Unidos y Organizados.80 En un acto convocado por la CTA-T para celebrar el 1º de mayo en la Federación de Box, su Secretario General sintetizó con estas palabras los desafíos de la nueva etapa:
No podemos, no queremos, una central de trabajadores para fabricar candidatos a puestos políticos. No queremos una central de trabajadores para dedicarnos a construir aparato económico. Queremos una central de trabajadores que sea capaz de aportar a la unidad del campo popular para llevar adelante la actual etapa de transformación que tiene a Cristina Kirchner en la conducción del proceso de lucha.81
Así, “politizar lo gremial” no equivalía a participar de cualquier modo en las iniciativas impulsadas por el kirchnerismo. Ello no suponía una incorporación a los elencos gubernamentales (en sus diferentes poderes) ni a instancias orgánicas de coordinación política. Los pronunciamientos y las convocatorias favorables al kirchnerismo a partir de la celebración de decisiones específicas ambicionaban incluir a la CTA-T en el kirchnerismo entendido como movimiento político, no como gobierno.
Este modo de conectar la acción gremial y política tensionaba la idea de “autonomía” y se anclaba en concepciones sobre el Estado, la representación y el cambio social propias de un ideario nacional-popular. La idea de “politizar lo gremial” apuntaba a rebasar la representación corporativa e inscribirla en una representación política que sobrepasaba, incluso, la esfera del partido.82
A diferencia de la CTA-T, la CTA-A hizo de la idea de “autonomía” el basamento de su construcción política y gremial. La ambigua pero estrecha relación que la CTA había sostenido con el peronismo como identidad política83 fue tensionada por la CTA-A, que resarció, a través de diversas acciones, a su herencia autonomista y clasista.
El Estado era definido, en ocasiones, como un aparato monolítico y omnipotente, cooptado por los intereses de los sectores económicamente concentrados; en otras, como una esfera atravesada por contradicciones e imperfecciones, por lo cual no se volvía un ámbito privilegiado para la intervención política. En relación con esto, las acciones de la CTA-A estaban informadas por una idea del cambio social que subrayaba la importancia de una construcción de poder “desde abajo”.84 Los mecanismos de construcción política estaban, así, alejados de las estructuras estatales y los partidos políticos tradicionales. La originalidad de esta combinación radicaba en que la apuesta por esta forma organizativa autónoma no renegaba de la participación electoral; por el contrario, concebía el ámbito legislativo como un lugar pasible de ser permeado por los intereses populares.
Tras la fractura, los posicionamientos públicos de la CTA-A tendieron a reforzar las críticas sobre los gobiernos kirchneristas: los problemas ambientales y socioeconómicos derivados del perfil extractivista del modelo productivo, algunos proyectos de ley objetados en el ámbito legislativo (la reforma a la Ley de Riesgos del Trabajo y la Ley Antiterrorista) y la política salarial del gobierno.85 Este último reclamo fue fundamental al momento de articular medidas de fuerza con fracciones sindicales opositoras y tejer una “unidad de acción” que originaría desde 2012 una serie de paros generales, los primeros bajo la administración kirchnerista.
En términos organizativos, la apuesta de la CTA-A fue “volver a sembrar Central”, es decir, reforzar la construcción gremial de la central. Esto implicaba, por un lado, sostener los espacios orgánicos de la central que, de acuerdo a su diagnóstico, se habían vuelto herramientas de una “democracia olvidada”86; por otro, incorporar a sindicatos que formaban parte de la CTA-T o de la CGT y organizar a trabajadores que no estaban conformados como sindicatos. Esta estrategia de expansión horizontal que surgió como consecuencia de la fractura de la CTA, fue puesta en práctica tanto por la CTA-A como por la CTA-T, aunque en este último caso con un énfasis menor. Mientras que, como analizaremos más adelante, la CTA-T conformó una lista opositora para competir por la conducción de ATE (principal bastión de la CTA-A), la CTA-A lanzó la Federación Docente a principios de 2012 con el objetivo de incorporar a seccionales disidentes a la conducción de CTERA y otros gremios docentes.
Este trabajo gremial desplegado por la CTA-A en busca de fortalecer su armado implicó un debilitamiento del proyecto de la Constituyente Social (CS) que hasta entonces había concentrado buena parte de sus esfuerzos:
El esfuerzo principal estuvo en salvar la CTA como experiencia histórica. Así quedaron postergadas otras iniciativas: la CS queda postergada, la CTA no tiene fuerza como para llevar adelante un proceso de reconstrucción de la unidad del movimiento popular. Entonces el esfuerzo principal está puesto en preservar la central y de intentar, aunque con debilidad, sostener un grado de intervención política, no abandonar el proyecto de intervención electoral.87
Así, al interior de la CTA-A tuvo lugar una división del trabajo entre quienes se ocupaban de la construcción gremial y quienes apostaban a una consolidación de una representación política en la arena político-organizativa. Esta división no volvía interdependientes a las partes, sino que encerraba diferentes modos de concebir y poner en práctica el lazo entre la acción gremial y la acción política. Mientras algunos actores de la Central promovían la consolidación de una “central de masas”,88 otros apostaban a fortalecer la herramienta electoral.
De este modo, una parte de la CTA-A procuró sostener un grado de “intervención política” a través de la UP. De 2010 en adelante ya no fueron convocadas asambleas de la CS. Si bien no significó un abandono total de este instrumento, obligó una reorientación de su actividad. Si la CTA, a través de la CS, había perseguido el objetivo de “reconstruir la unidad del movimiento popular”, la UP promovía, en cambio, la construcción de una herramienta de representación mucho más orientada hacia la intervención electoral y legislativa.
Los legisladores de la UP (Víctor De Gennaro, Jorge Cardelli, Liliana Parada, Claudio Lozano, Graciela Iturraspe y Antonio Riestra) se identificaban como “diputados de la CTA”89 y se proponían llevar su programa al ámbito legislativo, pero la herramienta expresaba a un espectro parcial de la dirigencia de la CTA-A. La creación de la UP en 2011 instaló un temor a que la central quede subsumida al partido político y vulnere la “autonomía sindical”. Lo señalaba un dirigente de la CTA-A, desde afuera de esa construcción: “la discusión es ‘nosotros tenemos autonomía’, en realidad tenía una autonomía del gobierno kirchnerista, pero no de algún partido que se conformara (…) ATE se pone a armar el partido político de Víctor De Gennaro”.90 Esto también era señalado por otro dirigente de la CTA-A, quien sostenía que su sector no había querido “poner a la CTA detrás del partido” y que, si este hubiese sido “el partido de la clase”, tal vez lo habrían considerado.91
Así, los dos proyectos alternativos contenidos en la CTA-A eran, por un lado, la construcción de una “central de masas” que contaba con la “unidad de acción” con fracciones sindicales opositoras al gobierno como un instrumento fundamental.92 Los principales promotores de esta estrategia eran Pablo Micheli y un conjunto de dirigentes “de izquierda”93. Por su parte, el otro proyecto impulsaba el fortalecimiento del partido político surgido del seno de la CTA-A que procuraba convertirse en una alternativa electoral. Los primeros leían la conformación de este partido como un “desvío electoral” de la Constituyente Social, concebida originalmente como un “espacio multisectorial” separado de las reglas del juego electoral.94
La importancia que hacia 2012 cobraron tanto el tejido de la “unidad de acción” como la UP en el armado interno de la CTA-A instaló nuevas y profundas disputas por el liderazgo en la conducción de asuntos colectivos y por la herramienta escogida para ensamblar la arena gremial con la arena política. Centralmente, surgieron dos discusiones: ¿cuáles eran los términos de la alianza que la CTA-A había trazado con los nucleamientos sindicales opositores de la CGT? ¿Cuál iba a ser la relación entre la CTA-A y la UP? En tiempos de redefiniciones, la discusión por la “autonomía” sindical se colaría ahora dentro de la CTA-A. Unos señalaban la importancia de sostener la autonomía en la arena gremial y cuestionaban la alianza con las dos fracciones opositoras de la CGT porque veían subsumida a la organización en una alianza cuyas pautas no fijaba la CTA-A.95 Otros marcaban que esa autonomía debía tamizar la relación con los partidos políticos, siendo la Corriente Nacional por la Unidad Popular (UP) un partido más entre otros.
Pronto, estas diferencias internas se trasladarían, a través de mecanismos organizativos, a una fractura en las relaciones entre ATE -principal sostén de la CTA-A- y la central. El lanzamiento de la Lista Verde y Blanca para competir por la conducción de ATE fue el catalizador de esa ruptura. La lista se identificaba con el kirchnerismo y uno de sus principales impulsores, candidato a ocupar un lugar en el Consejo Directivo nacional del sindicato, era Edgardo Depetri. Como él mismo afirmaba, “todos” los miembros de la lista formaban parte de la CTA-T.96 La contienda en la seccional Capital Federal fue decisiva porque allí los dirigentes más críticos de la UP y de la histórica Lista Verde ANUSATE (liderados por Micheli) presentaron una lista corta, ceñida solo a este distrito. Los dirigentes de la Lista Verde leyeron esta participación como un gesto cómplice con la Lista Verde y Blanca que dividía los votos de los afiliados y favorecía un triunfo de esta nueva agrupación.97 Aunque los resultados ratificaron a la Lista Verde como conducción a nivel nacional y en diferentes provincias, la Lista Verde y Blanca consiguió ganar la seccional de la Capital Federal.98
Una de las consecuencias de esta división dentro de la CTA-A fue que, cuando para las elecciones de 2015 De Gennaro se postuló como presidente de la Nación por la UP, Micheli declaró su prescindencia respecto a todos los candidatos. Tiempo después, se concretó la fractura dentro de la CTA-A. Nuevamente, la imposibilidad de llegar a un acuerdo respecto al modo de vincular sindicalismo y política, tanto en términos de concepción como de estrategia, erosionó los acuerdos internos. Tal como apuntaba un dirigente de la CTA-A, cada “proceso de acumulación” que iba a llegando a su “punto culmine, incubaba nuevas contradicciones”.99
Mientras que la CTA-A se debatía entre intervenir con fuerza en la arena gremial o pivotar en el terreno electoral, la CTA de los Trabajadores (CTA-T) actuó políticamente prestando apoyo a la fórmula que presentó el FPV en diferentes oportunidades. En el primer Congreso celebrado por la CTA-T luego de la fractura, uno de los puntos destacados en el discurso de cierre de su Secretario General fue que debían “alcanzar un punto de madurez política” como central sindical. El dirigente sostenía que las reivindicaciones anheladas no podían lograrlas solos y, por ende, debido a que las organizaciones populares “iban en la misma dirección” que la desplegada por el gobierno, la CTA debía “luchar” por la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner y Amado Boudou. El secretario general sometió a votación el apoyo a esta fórmula presidencial polemizando:
Sabíamos que para muchos iba a ser una herejía que la CTA votara esto. Pero nos dimos cuenta (…) los dirigentes sociales o nos ponemos a la altura del compromiso que decidió asumir la mayoría popular de la Argentina y de América Latina o la historia nos va a pasar por arriba a nosotros.100
Tras votar las otras propuestas, los delegados presentes votaron a favor del apoyo a la fórmula Fernández de Kirchner-Boudou.101 El apoyo fue declarativo y no implicó la incorporación de candidatos provenientes de la CTA-T en las listas del frente político para las elecciones de 2011 y 2013.
La pertenencia simultánea de la CTA-T al peronismo y al “progresismo” había viabilizado sin mayores problemas la adhesión al proyecto kirchnerista encabezado por Cristina Fernández de Kirchner.102 Pero la elección presidencial de 2015 encerraba una particularidad: Fernández no podía ser la candidata a presidente y otro dirigente debía ocupar tal lugar.
El posicionamiento de la CTA-T en esa coyuntura avizoraba que sería necesario “defender lo conquistado”; para ello, postulaba a la “clase trabajadora” como “la garante del proyecto” y a “Cristina” como “la conductora del movimiento Nacional y Popular más allá de a quién le toque estar en la Casa Rosada”.103 Este aspecto no resultaría menor para definir una posición hacia las elecciones presidenciales: sea quien fuera el presidente, Cristina Fernández sería la líder del movimiento. Quien finalmente personificó “el proyecto”104 y se convirtió en candidato presidencial fue Daniel Scioli, un dirigente que conformaba una “periferia interna”105 dentro del kirchnerismo y que la CTA-T había definido como un adversario político en distintas oportunidades.106 No sin tensiones, la CTA-T acompañó su candidatura y, en un plenario nacional de delegados de la CTA-T, en presencia de Daniel Scioli, se votó a favor de apoyar la fórmula Scioli-Zannini en una apuesta por la “continuidad del modelo nacional y popular”.107
Tal como había ocurrido con las elecciones presidenciales de 2011, se reanudaron las polémicas con el “falso independentismo”, las “actitudes ingenuas” y las “posturas neutrales” de los dirigentes sindicales nucleados en la CTA-A. También se repuso el clivaje que había sido decisivo en la definición de otros posicionamientos: se trataba de “ir para atrás”, hacia la “picadora de carne del neoliberalismo”, o de “caminar para adelante”. El discurso pronunciado por Yasky que anunciaba el mandato del Plenario no ahondaba en las virtudes del candidato, sino que defendía las “conquistas del modelo”.108
Reflexiones finales
A lo largo de su historia, la CTA no renunció a un propósito manifestado desde su propia constitución: conformar una representación política para la clase trabajadora. Lo hizo sosteniendo, simultáneamente, un caro principio: la autonomía sindical respecto a los empresarios, los gobiernos y los partidos políticos. A través de estos principios, a los que debemos agregar la incorporación de distintos tipos de trabajadores a la órbita de la representación sindical, la CTA realizó una apuesta renovadora contundente en relación a las reglas formales y prácticas que habían dado forma al sindicalismo argentino.
Estos elementos surcaron su devenir tanto en lo relativo a su dinámica interna como a las acciones políticas hacia fuera de la central. Durante los gobiernos kirchneristas, estas formas de organización se tensaron hasta un extremo debido a la complejidad de un contexto que revistió características desafiantes: la mejora sustantiva del mercado de trabajo (aunque con desigualdades pronunciadas y persistentes), la legitimación de las organizaciones sindicales como interlocutoras, la concesión a una serie de demandas instaladas en las agendas públicas y la revitalización de un ideario nacional-popular que abrió una “posibilidad identificatoria”.109 El desafío no atañó exclusivamente a la CTA; por el contrario, atravesó a un conjunto de organizaciones sociales y sindicales que habían ganado importancia en la década anterior. Éstas debieron reformular sus estrategias de intervención política ante el retorno de una fuerza instituyente que, ungida con la fuerza performativa gubernamental, restauró tradiciones, lenguajes y mitos gravitantes en el mundo del trabajo y sus organizaciones.
Ahora bien, sabemos que ni los escenarios son unívocos ni los actores colectivos son homogéneos en su interior. Si bien podríamos deducir que este contexto fue favorable en tanto permitió un avance en diferentes planos, no es menos cierto que dentro de la CTA provocó importantes tensiones y profundos desacuerdos en cuanto a cómo ocupar la arena política. El sentido y la orientación que debían asumir tanto la “autonomía sindical” como la confianza en la amalgama entre la acción gremial y la acción política fueron una disputa permanente durante todo el período analizado.
La tensión entre lo gremial y lo político es constitutiva de la acción sindical. A lo largo de la historia, los sindicatos y las centrales sindicales han ido encontrando soluciones parciales para afrontar este desafío. En cuanto a la CTA, mientras que bajo el signo del neoliberalismo logró una participación política organizada bajo un mismo sello (cuya máxima expresión fueron el FRENAPO y el MPSC), los nucleamientos que surgieron durante los gobiernos kirchneristas buscaron recrear ese espíritu a través de diferentes herramientas. La coexistencia por momentos conflictiva entre la Paritaria Social y la Constituyente Social dio paso, luego de la fractura, al despliegue de distintos modos de articulación entre lo gremial y lo político: la “politización de lo gremial”, la construcción de una “central de masas” y la apuesta por una participación político-electoral a través de un partido político propio. Estas definiciones fueron construidas en diálogo con un escenario económico y político que condujo a la CTA a reencontrarse y actualizar algunos principios decantados en su identidad política: su carácter alternativo, su forma movimientista y, principalmente, su condición autónoma.
A lo largo de este artículo procuramos realizar dos aportes analíticos al estudio de la acción política. El primero consistió en abandonar la idea de que el contexto es un elemento explicativo por sí mismo para privilegiar el análisis de las atribuciones que los actores le asignan. En definitiva, se trata de un corrimiento de la estructura a la agencia que elude la conceptualización de la acción colectiva como una reacción. El segundo aporte consistió en analizar una identidad política en acto y en observar de qué manera ésta se constituye y se transforma a partir de la interacción con el contexto y con su propia unidad de referencia. Así, los principios identitarios y organizativos que aglutinan una identidad y producen “solidaridades estables”110 no son definitivos ni inmutables; por el contrario, su contenido se reinterpreta y es objeto de diversas negociaciones. Ese proceso organiza la dinámica interna de los actores colectivos demarcando posicionamientos, líneas internas y formas privilegiadas de acción.
Entre las lecciones que nos deja el estudio de los actores en movimiento, escogemos una: los procesos contienen posibilidades que no siempre pueden ser previstas. Al momento de cierre de este texto, la CTA-T ha propuesto volver a la CGT poniendo en suspenso su carácter alternativo. Por su parte, referentes de la CTA-A (y otros de la CTA-T) integraron las listas del Frente de Todos en las elecciones de 2019 y actualmente cumplen funciones en cargos ejecutivos de diferentes órganos de gobierno. Avanzar sobre una hipótesis que explique estos recorridos excede las posibilidades de este artículo pero sí podemos afirmar que sobre la base de lo sedimentado, la identidad política se construye permanentemente.
Agradecimientos
Agradezco a Anabel Beliera, Martín Retamozo y Magdalena Tóffoli la lectura y las sugerencias vertidas sobre este artículo
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Notas