Servicios
Descargas
Buscar
Idiomas
P. Completa
Antonio Candido*
Roberto Schwarz
Roberto Schwarz
Antonio Candido*
Revista chilena de literatura, núm. 97, pp. 331-337, , 2018
Universidad de Chile. Facultad de Filosofía y Humanidades. Departamento de Literatura
resúmenes
secciones
referencias
imágenes
Carátula del artículo

Documentos

Antonio Candido*

Roberto Schwarz
Revista chilena de literatura, núm. 97, pp. 331-337, 2018
Universidad de Chile. Facultad de Filosofía y Humanidades. Departamento de Literatura

Recepción: 08 Noviembre 2017

Aprobación: 05 Diciembre 2017

1 HOMENAJE

Buenas tardes a todos. Ustedes me dirán si estoy equivocado, pero la muerte de Antonio Candido afectó a muchas personas. Quien estuvo en el velorio sintió en el ambiente una conmoción especial, que iba más allá de la tristeza por la pérdida de un hombre querido y admirado. Pese a tener casi 99 años, su muerte fue algo así como la gota que derramó el vaso, en este caso, un vaso lleno de insatisfacción política. Como me dijo un asistente, las personas sentían que era necesario hacer algo. El mismo apremio asoma en las palabras de una amiga, que despertó deprimida la mañana siguiente: Brasil está hecho un horror, pero tenía a Antonio Candido; ahora que ya no está, ¿cómo quedamos? Marina de Mello e Souza, hija del profesor, dio una declaración a los periódicos que también apuntaba en esa dirección. Hablaba de la decepción de la generación de su padre, que había creído en un futuro más igualitario, más decente, más encaminado hacia el bien común.

Esto no deja de ser sorprendente porque, quien conoció a Antonio Candido, sabe que él era un hombre particularmente discreto, a quien no le gustaba figurar ni mandar. En el sentido convencional, lo contrario de un político. No obstante, es evidente que él también era altamente político, solo que de un modo poco usual, podría decirse que de un modo constructivo. En vez del papel de estandarte, o de agitador en la línea de choque, él prefería la actuación de base, la función modesta de profesor que ayuda a los alumnos a avanzar, que ofrece clases a la vez accesibles y extraordinarias, que organiza seminarios para mejorar el nivel de su partido político, que realiza propuestas innovadoras de organización universitaria, en las cuales se evitan las irracionalidades cometidas anteriormente, etc. etc. A su modo, la rara combinación entre modestia, funcionalidad y alto nivel no dejaba de ser una política -una especie de socialismo de etiquetas, ajena al alboroto, diferente del modelo dominante y acaso insatisfecha con él. Una política, por así decir, sin los vicios de la política.

Para dar una idea de lo que estoy diciendo, voy a comentar una conversación que tuvimos cincuenta años atrás. Medio al azar, Antonio Candido nos explicaba a Walnice Nogueira Galvão y a mí, que éramos sus asistentes, parte de sus planes para el Departamento de Teoría Literaria, que estaba en sus comienzos. El profesor le decía a Walnice, que conocía bien el inglés, que ella podía seguir de cerca la crítica inglesa y norteamericana, mientras que yo, que sabia alemán, seguiría la discusión alemana, quedándose él con la parte italiana y francesa. De ese modo, nuestro departamento estaría a la par de los desarrollos de la crítica en cinco países capitales o, en otras palabras, el departamento se mantendría actualizado con el estado del arte en el mundo. Pienso que esta historia es significativa por más de una razón. Se encuentran allí la valoración del trabajo planificado, colectivo, la noción de que la universidad se inserta en un proceso internacional y que es necesario vencer nuestra situación de retraso - todas ideas avanzadas, contrarias a las costumbres establecidas.

En lo inmediato -estoy hablando de los años 60 del siglo pasado, cuando la lucha contra el subdesarrollo estaba a la orden del día- se trataba de superar cierto provincianismo de los departamentos de letras, donde los estudios literarios se realizaban en un ámbito absurdamente limitado, sin apertura hacia el pensamiento contemporáneo. Es cierto que siempre había uno que otro profesor informado, pero esa era una hazaña individual suya, no un modelo obligatorio de investigación. Por otro lado, los pocos profesores que se interesaban por alguna corriente crítica extranjera tendían a hacer de ella algo así como una franquicia, que promovían y defendían contra el resto, como una panacea, en realidad un instrumento de poder académico. Así, casi como representantes oficiales de una marca, existían los adeptos de la nueva crítica estadounidense, de la estilística española, del formalismo ruso, de las varias modalidades del marxismo, del estructuralismo y postestructuralismo franceses, etc. Pues bien, al proponer que el departamento debía estar al día con el conjunto de la crítica contemporánea, en su diversidad, Antonio Candido buscaba huir de esas diferentes formas de exclusivismo, en las que reconocía modos más modernos de atraso cultural o de deslumbramiento colonizado. Ustedes podrán objetarme que el ansia de actualización en toda línea y el correspondiente eclecticismo no dejan, por su parte, de ser una expresión de la situación colonizada, de falta de asunto propio. Es verdad, pero la objeción no alcanza el trabajo de Antonio Candido, como voy a demostrarlo. Por el contrario, ella nos lleva a uno de los trazos originales e innovadores de su actividad literaria, como crítico y como profesor.

Jorge Luis Borges, en su ensayo sobre “El escritor argentino y la tradición”, nota que la ausencia de una gran tradición nacional a veces empuja a los escritores latinoamericanos a buscar apoyo en otras tradiciones más ilustres. Pero también nota, contrariamente a los patrioteros, que esos préstamos pueden no ser una desgracia, pues las tradiciones extranjeras, justamente por ser ajenas a nosotros, obligan menos a la reverencia y dejan cierto espacio para la libertad. “Creo que los argentinos, los sudamericanos en general, estamos en una situación análoga [a la de judíos e irlandeses]; podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas”. Paulo Emilio Salles Gomes hace una observación paralela, igualmente aguda, cuando se refiere a nuestra “incapacidad creativa de copiar”. Imitamos porque no tenemos tradición propia, pero como no sabemos imitar bien sale otra cosa, una diferencia involuntaria que resulta creativa, innovadora a su modo. Esa transformación productiva de la insuficiencia en distancia, ironía e innovación, esbozada por Borges y Paulo Emilio, está en el centro de varios momentos altos de nuestra cultura, y también del trabajo como crítico y profesor de Antonio Candido. Para un balance magistral de esos problemas, ver del propio profesor “Literatura y subdesarrollo”, un ensayo para leer y releer.

En los años 70, Antonio Candido dictaba un seminario de postgrado en el que se estudiaban las teorías críticas modernas. En esa época yo estaba fuera de Brasil, de modo que me baso en lo que al respecto me contaron algunos colegas. Los seminarios discutían, entre otros, textos del formalismo ruso, de los estructuralistas, de Adorno, y el Literatura y revolución de Trotsky. Junto con presentarlos, Candido estimulaba a los alumnos a la experimentación, a ensayar trabajos que adoptaran esas perspectivas, a fin de aprovechar de ellas lo que fuera sugerente. Entre paréntesis, la apertura hacia la diversidad de las teorías no dejaba de ser también una apertura hacia la diversidad en los alumnos, los que de ese modo tenían la oportunidad de escoger y manifestar las diferencias de sus temperamentos intelectuales. Tal vez el presupuesto era que toda aproximación más o menos consistente recoge algo de su objeto y que, por eso, puede ser beneficiosa. Una posición antidogmática, parecida a la de Riobaldo en Gran sertón: veredas, que decía sacar provecho de todas las religiones en la medida en que ayudaran a vivir. Por otro lado, como dichas teorías y metodologías son incompatibles, además de encontrarse en guerra declarada, frecuentemente ridícula, la tolerancia con todas contiene inevitablemente algo de ironía y escepticismo, lo que contradice las pretensiones absolutistas de cada una de ellas en particular. Espero que ustedes ya estén reconociendo aquí algo de la irreverencia especial que Borges juzgaba posible en nosotros los sudamericanos. Para dar un ejemplo, a propósito del marxismo, tan exigente en materia de compromiso, Candido decía de sí mismo que en momentos de dictadura él se consideraba marxista en un 90%, pero que, en los momentos en que la lucha de clases era menos exacerbada, su marxismo descendía al 50%. Incluso, comentando las rigurosidades metodológicas en general, a él le gustaba decir que el método, al menos en parte, es una cuestión de bossa1 . Buscando un nombre para esa política suya en el controvertido campo de las teorías literarias - un nombre menos peyorativo o más simpático que el término “eclecticismo”, que era mala palabra - Antonio Candido hablaba de crítica “integradora”, dirigida por las exigencias del texto analizado, lo que ciertamente es muy razonable. Dicho esto, regresaremos a nuestro punto de partida, a la creación de un departamento de teoría literaria en Brasil, en los años 60 y 70, cuando el país luchaba contra el subdesarrollo y buscaba dotarse de una universidad moderna. Nuestra situación no era la de Europa o Estados Unidos, donde la disputa entre las teorías literarias estaba en curso y se relacionaba sobre todo con la modernización de la enseñanza de las letras. Habíamos llegado tarde a la discusión, en la que queríamos participar, pero cuyos términos ya estaban definidos cuando comenzamos a interesarnos en ellos. El plato venía ya listo. De allí la eventual irreverencia o distanciamiento -cuando no la reverencia boquiabierta- a la que se refería Borges frente a tradiciones canónicas y ajenas: nosotros los sudamericanos sabríamos manejarlas sin superstición, sabríamos escoger libremente entre ellas, justamente porque no eran nuestras. Esa libertad de elección y de cierto repliegue, que le corresponde, estaba bien representada en el programa de estudios de nuestro departamento, lo que además atendía a una reivindicación antigua del modernista Mario de Andrade, que afirmaba, en contra del conservadurismo nacionalista, el derecho de los artistas a la actualización estética. Digamos, sin embargo, que la libertad de elección y la irreverencia a la que Borges se refiere apuntan apenas a la mitad del problema. Aseguran que no somos europeos ni norteamericanos, una ventaja que muchos lamentan, pero se quedan mudas en el capítulo de lo que efectivamente somos, o acumulamos -pues mal que mal no podemos dejar de ser alguna cosa. Surge aquí una posibilidad diferente, a la cual Borges no se refiere, que es la de verificar -repito, verificar- aquellas tradiciones dominantes -sus términos, sus formas- por medio de nuestra propia experiencia histórica, más o menos reprimida, de excolonia y de subdesarrollados, que llegaría así a tener voz en dicho capítulo. Es lo que ocurre en los dos ensayos más audaces y complejos de Antonio Candido, “Dialéctica del malandrinaje” y “Un conventillo traspuesto”2 , que son grandes pasos al frente, en que formas y conceptos de la tradición occidental son examinados a la luz de la materia brasileña, relativizándolos e imponiéndoles las inflexiones de una historia particular. Noten aquí la inversión contrahegemónica, por no decir desacomplejada. Así, la tradición occidental no solo mide la materia brasileña sino que también es medida por ella, a la cual rinde cuentas, lo que es nuevo. En este movimiento de vaivén, la experiencia brasileña se universaliza y se distingue en su originalidad, la que puede ser positiva, pero también negativa, e inclusive odiosa. Se trata de la intuición de dimensiones profundas y efectivas del proceso social, que Antonio Candido reconoció en las novelas de Manuel Antonio de Almeida y Aluisio Azevedo, a las que otorgó un desdoblamiento crítico. En otro plano, digamos que la búsqueda modernista del carácter nacional de nuestras letras encontraba un prolongamiento ensayístico en clave analítica y sin mitos. No voy a ejemplificar, porque eso nos llevaría muy lejos.

Recapitulando, cuando durante una bonita tarde Antonio Candido dividió, ciertamente con humor, lo esencial de la crítica del mundo entre nosotros tres -Walnice, él y yo- actuaba como el intelectual progresista que, dentro de las condiciones más modestas, en una salita con tres sillas, quiere crear un departamento a la altura de los tiempos, un departamento que escape al atraso local y traiga el presente del mundo al país y a nuestra universidad. Al mismo tiempo, él ampliaba el abanico de las opciones disponibles para nuestros estudiantes, quienes dejaban de ser prisioneros de un provincianismo sin elección. Dicho esto -e incorporando una nueva dimensión al estudio de las teorías extranjeras- estaba aún el salto de gato, guiado por la inmersión meditada y metódica en la realidad del país. Se creaba otro polo, que reequilibraba el cuadro. En un conjunto pequeño pero decisivo de ensayos, a partir de mediados de los años 60, Antonio Candido daba el empujón inicial a un proceso de verificación crítica en el que Brasil, a través de su reflejo literario en la insuficiencia -con relación a nosotros- de las ideas y de las formas dominantes, que era preciso conocer, toma consciencia de la peculiaridad de su figura y de sus problemas.

Todo esto puede sonar abstracto y excesivo. Sin embargo, si ustedes van al campo de la economía y de la sociología, encontrarán un movimiento análogo. También las teorías del subdesarrollo y la dependencia, formuladas en la época por Celso Furtado y Fernando H. Cardoso, dicen que las conceptualizaciones estadounidenses y europeas sobre el desarrollo no dan cuenta del movimiento real de nuestra sociedad, la cual alcanza su figura más compleja y combativa en el descubrimiento crítico de esas inadecuaciones, que forman parte de su situación en el mundo.

En fin, para volver a tierra y concluir, quiero recordar una frase que le gustaba a Antonio Candido: en realidad lo mejor, decía él, es nacer burro, vivir ignorante y morir de repente. Las dos primeras cosas, él sabía que no las había conseguido. La tercera, casi, pues murió lúcido y de prisa.

2 NOTA BIOGRÁFICA

Antonio Candido (1918-2017) fue la figura central de la crítica literaria brasileña a partir de los años 40 del siglo pasado. Muy joven, asumió una columna semanal en la prensa, convirtiéndose rápidamente en un nombre nacional. Son artículos que hasta hoy se leen con interés, por la calidad de la prosa y por el discernimiento con que acompañaron el día a día de la producción, ya fuera brasileña, europea o norteamericana. Su posición estética avanzada, la militancia antifascista y el antiestalinismo componían una actitud minoritaria y esclarecida, que el paso del tiempo no hizo envejecer. En su momento, cuando la dictadura de Getúlio Vargas perseguía a la izquierda y cuando los comunistas, aunque perseguidos, perseguían a su vez, la posición de Antonio Candido exigía coraje. Así, por ejemplo, al saludar la autobiografía de Trotsky en 1943, con un ensayo llamado “Una vida ejemplar”, el joven crítico corría riesgo de represalia por ambos lados. No está de más recordar que “trotskista” era en la época uno de los insultos más pesados del idioma. Dicho esto, la posición estética y política no basta como caracterización, pues estaban todavía las necesidades propias de la nación periférica y atrasada, para las cuales la teoría literaria no tenía nombre. Le cabía al crítico desprovincianizar Brasil, sin nacionalismo obtuso ni ofuscación subalterna frente a la cultura de los países centrales. Las tareas de la desprovincianización de la escena cultural serían una de las tónicas específicas y permanentes de su trabajo.

Del lado paterno, Antonio Candido descendía de la pequeña oligarquía rural de Minas Gerais, cargada de arcaísmo político y económico. Del lado materno, venía de una familia bien situada de funcionarios y médicos de Río de Janeiro, entonces la capital nacional y lo que había de más civilizado en el país. La intimidad de Antonio Candido con las dos esferas -mal que mal los ejes de Brasil- era absoluta, traducida en un inmenso repertorio de anécdotas vivas y esclarecedoras. Se trataba de una forma de conocimiento innegable pero singular, que traspasaba a su trabajo crítico, en especial a los ensayos sobre ficción brasileña, una cualidad intransferible, una capacidad de contextualización apropiada y refinada que los debates académicos sobre método no consiguen captar.

Antonio Candido se graduó de Ciencias Sociales en 1941, en una de las primeras generaciones de la recién creada Facultad de Filosofía de la Universidad de São Paulo. La época del autodidactismo, que había impregnado la cultura nacional desde los inicios, comenzaba a terminar. Con gran acierto y algo de suerte, los organizadores de la nueva universidad habían invitado a enseñar a un equipo increíble de jóvenes franceses entonces desconocidos. Así, dieron clases en la Facultad de Filosofía Roger Bastide, Claude LéviStrauss, Fernand Braudel, Jean Maugüé, Pierre Monbeig, Martial Guéroult, entre otros. El impacto de la novedad de seguro fue grande. En lo que respecta a la formación de un joven crítico literario, digamos que el juicio de gusto cambiaría su base: dejaba de argumentar solo en términos de cultura general, para apoyarse también en las nuevas ciencias humanas. El vínculo entre el debate y la dinámica de la investigación académica, con sus diversos frentes en evolución, producía un estilo nuevo de raciocinio estético, más afín a los requisitos intelectuales del tiempo.

El trabajo central de Antonio Candido, con irradiación también fuera del campo literario, es la Formación de la literatura brasileña: momentos decisivos (1959). Se trata de un estudio fundador, que no solo historiza la formación de la literatura nacional -es decir, la formación de un sistema literario nacional-, sino que también la transforma en objeto de reflexión, pertinente para la comprensión del mundo contemporáneo. En el plano del análisis de las obras, el libro renueva la lectura de todos los autores de los que trata, que no son pocos. En el plano de la conceptualización general, concibe un modelo sobrio y sin mitos de lo que es el paso de la condición colonial a la condición de país independiente en el plano de la cultura. La relevancia de ese modelo para el análisis de la descolonización es grande.

La formación de una literatura nacional, contrapuesta al orden de la Colonia, configura una estructura histórica de grandes proporciones, que no comienza ni termina con la independencia política oficial, y que tampoco se agota en las ideas corrientes. Una vez delimitado, el conjunto forma un período distinto y un objeto unificado, con lógica propia y cuestiones específicas. Aunque cada caso sea un caso, la problemática posee generalidad. Los objetivos, las paradojas y las ilusiones del proceso, revelados y estudiados por Antonio Candido, son parte poco conocida pero importante del mundo contemporáneo. Para una síntesis magistral, ver su “Literatura y subdesarrollo” (1970)3.

El tino histórico para las diferencias que separan la literatura producida en la excolonia de sus modelos europeos es uno de los triunfos de la obra de Antonio Candido. Con gran imparcialidad, este anota y analiza las discrepancias, que pueden representar inferioridades estéticas, pero también superioridades. El original no siempre es superior a la imitación, y esta, incluso involuntariamente, puede ser innovadora. El descubrimiento -la palabra no es excesiva- de las peculiaridades estéticas y espirituales ligadas a la descolonización abre un mundo sui generis. Aunque guardando las denominaciones de la matriz europea, las escuelas literarias y las tendencias del espíritu tienen otro funcionamiento, solicitando un tipo original de comparatismo. La semejanza en los términos y la diferencia en los contenidos crea una situación históricamente característica del mundo periférico, a cuyo deslinde -ejemplar- Antonio Candido dedica algunos de sus principales ensayos. Véanse en particular “Dialéctica del malandrinaje” (1970) y “Un conventillo traspuesto” (1991)4 . Sin propósito de receta, estos trabajos inventan un itinerario de operaciones críticas que hace justicia a la complejidad y originalidad de la situación de excolonia.

Antonio Candido vivió mucho tiempo y tenía una memoria extraordinariamente exacta y viva de las muchas cosas leídas, presenciadas y oídas. El conjunto era bien recopilado, como el fichero de un investigador. Como él conservó hasta el final su agilidad mental, estaba siempre reprocesando lo que sabía, examinando viejas anécdotas, comparando los tiempos, los lugares y las lecturas, llegando a nuevas conclusiones. Esas recapitulaciones tenían sesgo moderno y crítico, pues eran atravesadas por el partido sistemático que él había tomado por los oprimidos, fueran ellos los pobres, las mujeres, los negros, los subdesarrollados. Sin quijotismo, era la certeza de que el conocimiento vivo depende de esa dimensión, sin la cual no sabemos de las cosas. La completa ausencia de vulgaridad, que era otro trazo distintivo de Antonio Candido, se relacionaba con esta antipatía por la opresión.

Material suplementario
Notas
Notas
5 * Traducción de Mónica González García
1 N. de la T.: Considerando las connotaciones del término bossa en el portugués brasileño, el comentario de Antonio Candido apunta a una suerte de improvisación creativa y juego de aprovechamiento frente a lo que pueda tener de útil la teoría extranjera para el contexto literario y cultural brasileño.
2 N. de la T.: En portugués “Dialética da malandragem” y “De cortiço a cortiço”.
3 Antonio Candido, “Literatura e subdesenvolvimento”. En portugués “Literatura e desenvolvimento”. A educação pela noite, Río de Janeiro, Ouro sobre Azul, 2006.
4 Ambos retomados en Antonio Candido, O discurso e a cidade, Río de Janeiro, Ouro sobre Azul, 2004.
Buscar:
Contexto
Descargar
Todas
Imágenes
Visor de artículos científicos generados a partir de XML-JATS4R por Redalyc