Reseñas
Sérgio Buarque de Holanda. Raíces del Brasil . Trad. Álvaro Fernández Bravo, estudio crítico: Pedro Meira Monteiro. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2016, 245 páginas.
En el año 2016 se celebraron ochenta años de la aparición del libro Raíces del Brasil, la primera obra de uno de los mayores intelectuales brasileños del siglo XX: Sérgio Buarque de Holanda.
En Brasil, la editorial Companhia das Letras se hizo cargo del principal acto conmemorativo al lanzar la más importante edición crítica de la obra que se haya realizado hasta el momento, bajo el cuidado de Lilia Moritz Schwarcz y Pedro Meira Monteiro. El aspecto más significativo de esta edición fue la reconstitución genética del texto, es decir, el contraste de las cinco ediciones que se realizaron en vida del autor en 1936, 1948, 1956, 1963 y 1969, esta última, la edición definitiva. La comparación revela con minucia las transformaciones que el autor hizo en varias ediciones, especialmente en la segunda y la tercera, en un intento por corregir o matizar lecturas que habían dado lugar a malinterpretaciones, tales como sus posturas frente a la democracia, la relevancia del elemento colonizador portugués, la apuesta por el mestizaje y su propuesta de tipos ideales entre los cuales se impuso el del “hombre cordial” brasileño.
En el mundo hispanohablante la conmemoración fue asumida -aunque no se declare explícitamente en el libro-, por Ediciones Corregidor, que en el mismo 2016 lanzó en su colección Vereda Brasil una nueva edición con la traducción de Álvaro Fernández Bravo y un estudio crítico de uno de los mayores estudiosos actuales de la obra buarquiana: Pedro Meira Monteiro.
La única edición en español del libro realizada hasta entonces había sido llevada a cabo por la editorial Fondo de Cultura Económica en México en 1955, con la traducción de la poeta española exiliada en México, Ernestina de Champourcín, edición que no incluyó una introducción o prólogo al texto. Por lo demás, todavía no veía la luz el prólogo crítico de António Cândido que se convertiría desde su aparición en 1968 -y que fue añadido a la edición de 1969-, en la interpretación clásica de Raíces del Brasil. Pasados más de treinta años de su primera aparición, la interpretación de Cândido imprimió al libro de Buarque de Holanda un doble carácter: primero, el de una obra fundacional del pensamiento radical brasileño y, segundo, el de una obra crítica que en su permanente actualización permitía interpelar el contexto poco auspicio en el cual se publicaba el mismo prólogo y la nueva edición de Raíces, justo cuando la dictadura brasileña recrudecía luego del AI-51.
Sin ediciones actualizadas del libro por más de cincuenta años, la editorial Corregidor viene, sin duda, a suplir una deuda con una obra fundamental no solo para el pensamiento brasileño sino también latinoamericano. Y es que a pesar de que en su título Raíces del Brasil se declare como un ensayo de interpretación histórica nacional, lo nacional tiene cabida en el libro a partir del interés por ubicar al Brasil en una perspectiva continental, lo que lleva al autor a retrotraerse hasta las raíces ibéricas de la colonización latinoamericana.
Es de esta matriz y diálogo con lo latinoamericano presente en Raíces que da cuenta el estudio crítico de Meira Monteiro titulado “El hombre cordial: un concepto latinoamericano”. En él, Monteiro realiza un recorrido que establece los principales puntos donde en el libro se anudan interpretaciones de corte político, social, económico y cultural que enlazan las realidades brasileñas con el resto de América Latina. Así se observa, por ejemplo, en los análisis de Buarque de Holanda sobre el personalismo triunfante en toda la región, un personalismo de raíz ibérica que se habría extendido y perdurado en las colonias al calor del mundo rural, donde se impondrá la figura del señor patriarcal. Esta figura avasalladora repercutiría más tarde en la formación de las diversas repúblicas siendo un obstáculo a la conformación de Estados plenos. De ahí que para Buarque de Holanda el Estado como una “entidad inmaterial e impersonal, velando sobre los hombres y presidiendo sus destinos, es difícilmente inteligible para los pueblos de América Latina” (217). El fantasma que se esconde detrás de estas y muchas otras declaraciones de corte similar es el de la figura del líder populista que en el momento de la escritura de Raíces, a inicios de la década del 30 del siglo XX, va tomando contornos más precisos en toda América Latina2.
Ahora bien, una de las principales interpretaciones que anuda realidades compartidas es la que se refiere al “hombre cordial”. Tal como deja sentado el estudio de Meira Monteiro, en la genealogía del concepto es posible tantear una conexión que partiría de Rubén Darío3 y que luego iría de Alfonso Reyes a Riberia Couto y de ahí a Buarque de Holanda. Couto es citado por Sérgio Buarque como autor de aquella expresión feliz de “que la aportación brasileña a la civilización va a ser la cordialidad -le daremos al mundo el “hombre cordial”” (169). Lo interesante es que en la declaración original de Couto la cordialidad se refiere a una actitud sentimental propiamente iberoamericana: “Nossa America, a meu ver, está dando ao mundo isto: o Homem Cordial” (169). De este modo, Buarque de Holanda realiza un recorte de esta cordialidad que hasta entonces ostentaba el título de iberoamericana, extrayendo de ella la porción que correspondería al Brasil, a fin de ahondar en las raíces que la ligaban con un modo específico de colonización portuguesa y de poblamiento eminentemente rural.
No obstante, la cordialidad como expresión feliz presente en Couto sufre un dislocamiento en la propuesta buarquiana para quien la cordialidad representa, ante todo, la dificultad de constituir ciudadanías plenas donde los elementos privados o domésticos no primen sobre los intereses públicos. Lo que define al hombre cordial en uno de sus términos más específicos sería entonces su distanciamiento con los rituales públicos de la vida política, una esfera que este hombre volcaba hacia su intimidad haciendo que lo público estuviera marcado por una proximidad en las relaciones que encubrían, en el fondo, situaciones asimétricas de poder (Schwarcz y Monteiro 14).
Resulta fácil suponer que al delinear la figura del “hombre cordial”, Buarque de Holanda no solo tenía en mente características propias de la sociedad y la cultura brasileñas sino más bien un repertorio de ideas de tenor continental. De hecho, las cualidades que definen en el libro al hombre cordial pueden ser extensivas a toda la región, entre ellas: el temor a la constitución de una individualidad plena que reduce la existencia a un vivir en los otros, las marcas en el habla, especialmente el uso de diminutivos, la importancia de los afectos como mediadores de las relaciones públicas, la práctica de un culto religioso intimista y familiar que también crea cercanía con los santos a través del uso de diminutivos: Santa Teresita, el Niño Dios, entre otros; la asimilación mecánica de formas políticas, sociales, culturales, y, ante todo, la prevalencia del personalismo sobre las ideas.
La propuesta de que el hombre cordial forme parte de un conjunto de ideas de inspiración continental se sostiene, además, si atendemos los orígenes de Raíces del Brasil. Es sabido que el primer proyecto del libro surgió en una estadía de Buarque de Holanda en Berlín entre 1929 y 1930, cuando pensó en escribir un trabajo que se llamaría “Teoría de América”. Es en Alemania donde Sérgio se encuentra de frente a las obras de historiadores como Ranke, Lord Acton, Lucien Febvre, March Bloch y especialmente con la obra del sociólogo Max Weber, que será vital en la formación de los tipos ideales presentados en pares dialécticos que recorren todo el libro, tales como el trabajador y el aventurero, el sembrador y el constructor, el hombre cordial y el individuo, el mundo rural y el urbano, entre otros (Cândido 292). Fue también en Alemania donde se encontró cara a cara con las primeras manifestaciones francas del fascismo europeo.
De aquel proyecto resultó un artículo titulado “Corpo e alma do Brasil” que se publicó en la revista Espelho en 1935, un año antes de Raíces. El contenido de aquel artículo temprano se encuentra justamente disperso en los capítulos cinco, seis y siete, los últimos del libro, titulados: El hombre cordial, Nuevos tiempos y Nuestra revolución, respectivamente. Son, por lo demás, los tres capítulos donde la tensión entre las particularidades brasileñas e hispanoamericanas, así como las reflexiones que van de lo nacional y se extienden a lo continental y viceversa, son más latentes: “nadie ignora que el triunfo de un principio jamás significó en Brasil como en el resto de la América Latina, otra cosa que el triunfo de un personalismo sobre otro” (216).
No es nuestra intención escamotear las tipologías nacionales que ofrece el libro de Buarque de Holanda, como podría ser la del hombre cordial, ni exigir una reivindicación póstuma o reclamar el uso o acceso compartido a la “cordialidad”, que por lo demás no es ni una fórmula ni una categoría resuelta en la propuesta buarquiana. Lo interesante de una nueva circulación de Raíces del Brasil en los países de habla hispana del continente americano es la posibilidad de apostar por la necesaria, y diría casi urgente por lo dilatada, cercanía y diálogo entre matrices y tradiciones de pensamiento de las dos Américas ibéricas, un intercambio del cual pueden surgir claves que ayuden a interpretarnos y a comprender las realidades que se cruzan y comparten problemáticamente, por ejemplo, en los modos en que se arraiga la violencia en nuestros países, en la persistencia de patrones tradicionales, así como en la aparición de los nuevos “hombres cordiales” que dominan el escenario político y económico. En última instancia, Raíces del Brasil permite entender nuestra manera un tanto trastabillada de negociar y descarrilar los ideales de la modernidad.
Ahora bien, a pesar de la loable iniciativa de la editorial Corregidor, consideramos que una edición crítica en español de Raíces del Brasil y una traducción más cuidadosa del libro es todavía una tarea pendiente4. Valdría la pena, por ejemplo, considerar una nueva edición en español que incluya estudios que den cuenta de la importancia de un pensador de la talla de Sérgio Buarque de Holanda para toda América Latina y la propia relación del autor con la región, presente de forma muy temprana en algunos de sus primeros textos críticos. Una relación que luego mantuvo a lo largo de su vida y que puede observarse tanto en su participación en proyectos continentales de gran envergadura, como su asesoría a la Comisión de la Unesco para los estudios sobre la cultura y la literatura de América Latina reunida por primera vez en Lima en 19675; su participación en el proyecto editorial Biblioteca Ayacucho, así como en sus diversas correrías latinoamericanistas, una de las cuales lo llevó a dictar un curso titulado “Historial del Brasil” en el año 1963, como invitado al Centro de Investigaciones de Historia Americana de la Universidad de Chile