Psicoanálisis

LOS TESTIMONIOS DE LOS SUJETOS AUTISTAS

THE AUTISTIC INDIVIDUAL´S TESTIMONY

Silvia E Tendlarz
Universidad de Buenos Aires (UBA), Facultad de Psicología, Argentina
Mauricio Beltrán
Universidad de Buenos Aires (UBA), Facultad de Psicologí, Argentina

LOS TESTIMONIOS DE LOS SUJETOS AUTISTAS

Anuario de Investigaciones, vol. XXIV, pp. 207-212, 2017

Universidad de Buenos Aires

Recepción: 24 Mayo 2017

Aprobación: 09 Octubre 2017

Resumen: El presente artículo corresponde a parte de la investigación realizada en el marco del Proinpsi por los docentes de la Cátedra Clínica del autismo y de las psicosis en la infancia de la Universidad de Buenos Aires. En la mencionada investigación se intentó compilar material bibliográfico sobre los testimonios de sujetos autistas y familiares que pudieran dar cuenta, desde una perspectiva personal, lo que significa afrontar las problemáticas inherentes a esta particular condición subjetiva. En este punto, el artículo intenta destacar el valor fundamental que tuvieron estas publicaciones en la comprensión y restructuración de las ideas clásicas y tradicionales que se tenían alrededor de este tema. Todo ello, ya implica una posición ética de respeto a la inventiva singular a la que apela cada sujeto autista y su familia para sobrellevar esta particular condición, que más que una enfermedad debe ser entendida en los términos de un funcionamiento subjetivo singular.

Palabras clave: Autismo , Testimonios , Intereses específicos, Borde.

Abstract: This article is part of the research done in the frame of the “Proimpsi” by the teachers of the Buenos Aires university teaching Clinic of the Autism and the psychosis in the childhood. In the mentioned research, it was tried to gather bibliographic material about the testimonies of autistic individuals and their relatives who could account from a personal perspective what means to face the problems inherent to this particular subjective condition. In this point, the article try to emphasize the essential value that these publications had in the understanding and the organization of the classic and traditional ideas that were held about this theme. All that is already giving an ethic, respectful position to the singular inventiveness to which appeals each austitic person and his/her family to bear this particular condition, which must be understood as a singular subjective functioning, not a disease.

Keywords: Autism , Testimony , Specific concern, Border.

En su artículo “Autistic autobiography” publicado en el libro Autism and talent, editado por la Universidad de Oxford, el historiador de la ciencia Ian Hacking explica que las autobiografías de sujetos autistas, las biografías escritas por los padres y las ficciones contemporáneas han creado un nuevo género que denomina “narrativa autista”. No se trata de teorizaciones complejas, ni de explicaciones abstractas sobre el funcionamiento autista, sino de historias contadas por los propios sujetos autistas o por sus familiares, que permiten transmitir las diversas vivencias a partir de las cuales podemos aproximarnos a lo que Eric Laurent llama “el sentimiento autista de la vida”. Estas narraciones se han multiplicado en los últimos años. Dentro de las mismas, se destacan los testimonios de Temple Grandin (1986), Donna Williams (1992) y Daniel Tammet (2006). Cada uno de ellos da su visión del autismo aprehendido desde su singular posición subjetiva, mostrando que no existe un “autista tipo”, y que más allá del diagnóstico compartido se observan diferencias específicas que se juegan en cada sujeto.

El objetivo del presente trabajo es examinar cómo presentan su vida como autistas cada uno de estos tres testimonios en la medida que nos permiten aprehender el funcionamiento singular del autismo desde las distintas experiencias subjetivas. Cada uno de ellos nos brinda un aprendizaje y un acercamiento a la pregunta sobre qué es el autismo y cómo puede ir modificándose a lo largo de la vida a partir del desplazamiento del encapsulamiento autista. Por otra parte, nos proponemos mostrar a partir de estos testimonios cómo los intereses específicos no son necesariamente un déficit sino que permiten encontrar la vía a través de la cual los sujetos logran insertarse en el mundo a su manera.

Temple Grandin y el aparato de dar abrazos

Temple Grandin, nacida en 1947 en Boston, es una de las primeras autistas de alto nivel que publicó el testimonio de su vida en el libro Emergence: labeled autistic en 1986, y traducido al español como Atravesando las puertas del autismo. El neuropsiquiatra Oliver Sacks comentó su encuentro con ella en su libro Un antropólogo en Marte. Diez años después, en 1996, Grandin continúa con lo que ya empezaba a ser una prolífica carrera como escritora e investigadora, y publica un ensayo narrativo titulado Pensar en imágenes en el que examina su propio modo de funcionamiento singular que la lleva a pensar en imágenes. El título inicial de este segundo libro, La visión del ojo de una vaca, da cuenta de su interés específico por el ganado. Este segundo libro fue vuelto a publicar en 2005 con consideraciones en torno a la diferencia entre el pensamiento en imágenes, en secuencias y en palabras, tema ampliamente desarrollado en su libro publicado en 2013 titulado El cerebro autista. Sus trabajos científicos han cobrado notoriedad no solamente al hablar de autismo sino también por sus investigaciones en torno al diseño y la construcción de instalaciones para el manejo del ganado. La mencionada distinción que establece entre tres tipos de pensamientos en el autismo, de acuerdo a localizaciones cerebrales específicas, le ha permitido reflexionar sobre distintas modalidades dentro del espectro autista, de acuerdo al tipo de pensamiento con el que funciona, y cómo buscar soluciones singulares según su modo de funcionamiento.

Sus recuerdos infantiles la ubican dentro de la forma de presentación del autismo infantil de Kanner: mutismo, voz inexpresiva, rechazo del contacto, conductas rígidas y estereotipadas y preferencia por la soledad. También tenía por hábito girar repetitivamente y hacer girar objetos “hasta el cansancio”. Dice: “Mientras contemplaba absorta el movimiento de la moneda o la tapa, no veía ni oía nada más. Las personas que me rodeaban eran invisibles. Y ningún sonido me distraía de mi obsesión. Actuaba como si fuera sorda... Pero cuando estaba en el mundo de la gente, era extremadamente sensible al ruido”. El “mundo de las personas” resultaba demasiado estimulante para ella. Necesitaba entonces mantener un mundo estable y rígido.

Su testimonio se centra especialmente en dos cuestiones: el aparato que logra inventar para ella misma tomando como modelo otro similar que se utilizaba para el tratamiento del ganado, y el pensamiento en imágenes que la caracteriza. El primero le sirve para la construcción de un borde que se desplaza hasta borrarse, y produce un desplazamiento metonímico en relación a su trabajo como zoóloga, etóloga y docente de la Universidad de Colorado. El pensamiento en imágenes forma parte de sus desarrollos en torno al autismo, sobre el que reflexiona en sus libros a partir de la experiencia que le aproximan otros sujetos autistas.

La búsqueda de una contención corporal, que a la vez rechaza, que hace las veces del borde que no tiene, se inicia de niña. Si bien no toleraba que la toquen o que la abracen, solía envolverse con una frazada que rodeaba su cuerpo o se cubría con almohadones. También se ponía láminas de cartón a los costados de su cuerpo. Esto la lleva a pensar un aparato mágico para obtener la estimulación de una presión placentera. Imaginaba un traje inflable que pudiera ejercer esa presión sobre su cuerpo. El encuentro contingente en su adolescencia de un juego llamado Rotor, un tonel que giraba a gran velocidad mientras la gente quedaba inmovilizada contra la pared, y le producía un efecto de apaciguamiento y relajación, inaugura su interés específico centrado en el aparato que posteriormente llega a construir.

Durante un viaje a la hacienda de su tía Ann, en Arizona, descubrió una máquina en la que se introducían las vacas antes de ser vacunadas o marcadas. La presión que ejercían dos placas metálicas sobre los costados del cuerpo de estos animales provocaban un efecto de tranquilidad y calma. Al probar el aparato en ella misma, sintió que le producía una sensación de alivio frente al exceso de excitación que la había acompañado a lo largo de su vida.

Una vez que volvió a la escuela construyó un primer modelo del aparato similar al que había observado en la hacienda de su tía. La inquietud y angustia que la acompañaba desde su más temprana infancia había encontrado la forma de ser sosegada en un proyecto que fue cobrando paulatinamente dimensiones extraordinarias y que orientó sus intereses hacia el estudio del mundo de los animales. Durante muchos años Temple Grandin continuó apelando a la máquina de apretar que construyó para calmar su angustia y ansiedad. Lo convirtió en un proyecto universitario que sigue perfeccionándose día a día en el departamento de zootecnia de la Universidad de Colorado. Su aparato pasó a ser conocido como la hug machine, la máquina de abrazar. Por otra parte, durante su trabajo como especialista propuso modelos particulares de mangas para ganados, bretes de contención, circuitos especiales para que los animales puedan entrar al matadero de una manera más eficaz y, sobre todo, sin sufrimiento.

Este aparato mágico de apretar, de estrechar, de abrazar, tuvo su uso personal hasta que se rompió en 2008 y no lo arregló. En realidad dejó de necesitarlo y lo abandonó.

Los aparatos construidos para el ganado, que conciernen a su interés específico, le permitieron paradójicamente insertarse en el lazo social, del que se sentía por fuera, a través de sus trabajos científicos y de su vida profesional. Para Maleval, al examinar los distintos tipos de borde en el autismo, se vuelve entonces un ejemplo del borramiento del borde en un autista de alto nivel. Eric Laurent contrapone entonces la máquina de Joey, caso célebre de Bruno Bettelheim, quien poseía una máquina autocentrada en su cuerpo, que le permitía cumplir con sus necesidades básicas como comer, dormir o ir al baño y que le servía para entrar en relación con los demás de un modo singular, al aparato de Grandin que no está autocentrado, sino que es una máquina que se perfecciona y utiliza luego en la Universidad de Colorado. Da cuenta así de la diversidad de los objetos autistas y de la funcionalidad particular que adquieren en el caso por caso.

Por otra parte, Laurent acentúa cómo ella se identifica con el animal, con el lugar de la vaca, como lo indica el título original de su libro transformado luego en capítulo. El aparato le da una forma “al objeto mirada enloquecida, la mirada de ella y la del animal” que lo articula al cuerpo. Este objeto funciona como una suplencia a los límites del cuerpo que faltan en el autismo, encerrándola y protegiéndola de la angustia intrusiva que lo embarga.

Los trabajos de Donna Williams

Donna Williams presenta en sus libros un doble testimonio: primero, el del autismo en su infancia al estilo del autismo infantil de Kanner, y cómo incidieron en ella los dos tratamientos que siguió durante unos años, y segundo, de su mirada sobre el autismo a partir del trabajo que llevó adelante con otros sujetos autistas en una institución.

El caso de Donna Williams resulta rico en enseñanzas acerca del autismo dentro del ámbito psicoanalítico. Jean-Claude Maleval lo toma para desarrollar los trastornos de enunciación y la emergencia del doble autista. Eric Laurent retoma su angustia de ser tragada por la Gran Nada Negra como el paradigma de la forclusión del agujero. Y, finalmente, ella misma nos da las claves de cómo aproximarse y trabajar con niños autistas.

Williams no es el verdadero apellido de esta mujer australiana, nacida en 1956 y fallecida recientemente en el mes de mayo de 2017. Su verdadero apellido es Kenne, y pasó a ser conocida como escritora y cantante. A los dos años recibió el diagnóstico de psicosis, fue sometida a diversas pruebas para determinar una supuesta sordera, hasta ser diagnosticada como autista ya siendo adulta. De sus nueve libros sobre autismo se puede indicar cómo se produce ya un cambio en ella de posición en relación al autismo a partir de su primera publicación. Así de Nobody Nowhere. The extraordinary Autbiographie of an Autistic Girl (1992), Nadie en ningún lugar, pasa a Somebody Somewhere, Alguien en algún lugar (1994). De su vivencia interior inicial en la que se siente nadie en ningún lugar, pasa a un estado en el que comienza a reconocerse como autista, y construir un nombre propio como Donna Williams, y es alguien en algún lugar. Eso le permite aproximarse a la experiencia de otros sujetos autistas.

En el primer sueño que recuerda, de sus tres años, se desplaza en un espacio vacío, blanco, y en medio del blanco caen pequeños trozos de colores luminosos que la rodean por todas partes, dando así testimonio de la autosensualidad en la que se sumergía en su experiencia cotidiana. Para ella el aire estaba lleno de pequeñas manchas. Si miraba al vacío veía las manchas. La gente que pasaba le impedía verlas, por lo que miraba más allá de su presencia y se concentraba en las manchas. Las personas se reducían a un catálogo de ruidos sin sentido. Se esforzaba por no estar más allí. Cuando se produce su rechazo de la comida y no podía tragar, solo admitía comer los trozos con colores sobre la comida distribuida de distintas maneras.

El problema se presentaba cuando esperaban una respuesta por parte de ella. El mundo le resultaba intrusivo, no comprendía lo que decían, solo lo repetía. En el segundo libro habla del “infierno sensorial” que recibe una niña autista cuando su entorno se ocupa de producir distintos sonidos para ponerse en contacto con ella. En los primeros años de su vida escuchaba las inflexiones verbales y “el mundo se mostraba impaciente, inoportuno, duro e implacable”. Aprendió a responder con llantos y gritos o con indiferencia y huida. Tenía una sensación de no ser, de hundirse en el no ser, y frente a la irrupción del otro intentaba defenderse y huir. La madre la golpeaba para extraerla de ese estado y le gritaba que no repitiera todo lo que ella decía puesto que pensaba que se burlaba. En realidad, la repetición estaba por fuera del sentido. A pesar del maltrato de su madre, Donna Williams nunca la acusó ni la relacionó con su condición autista.

Un día pudo entender una frase en la que la madre contaba a sus amigas, como su hija no dejaba de mojarse en la cama. A partir de ese momento, algo se modifica en su relación con el lenguaje.

Como en el caso de Grandin, a Williams el contacto físico también la aterrorizaba y no dejaba que se aproximaran a ella o que la tocaran. Dice: “Si me tocan no existo más”. Cuanto más intentaban contactarse con ella más intrusivos e inquietantes le resultaban.

Lo interesante de este testimonio es la manera en la que da cuenta de la búsqueda de una protección contra ese mundo a través de objetos, de un estilo particular de enunciación y de la construcción de dobles. Maleval sitúa en este “mundo de seguridad” la construcción del borde en el que se incluye el objeto autista, el doble real y las islas de competencia. Donna Williams separa entonces “mi mundo” de “el mundo”. Para ella, la palabra autismo le ayudó a explicar su mundo.

Desde muy pequeña tenía miedo de la oscuridad y de dormir porque lo asociaba a la muerte. A veces se quedaba con los ojos abiertos hasta que aparecía la penumbra del día. Su primer doble real lo crea ante unos ojos verdes que se ocultaban bajo la cama y que comienza a llamar Willie –de donde viene el apellido Williams que se inventa posteriormente. Maleval indica que trabaja así la presencia de la mirada puesto que no se trata de una alucinación visual.

En su libro, Williams relata de una manera ejemplar su experiencia subjetiva de la “gran nada negra” que aparece sin ningún auxilio de lo especular: ella se traga a sí misma en esa experiencia aterradora. Frente a esta vivencia terrorífica arma un mundo de seguridad, de garantías, en donde nada cambia sino que es fijo y ordenado.

Como invención personal aparece la creación de dobles. Primero fue Willie, que se ocupa de hacerse cargo de las situaciones que no sabía manejar. Era un acumulador de datos, insensible al dolor, tenía todo bajo control y memorizaba listas de hechos. El compartir el mismo cuerpo nunca le pareció extraño. La superficialidad que le atribuye corresponde a la falta de implicación subjetiva que ella misma experimenta. Según Maleval, Willie incorporaba algo pulsional: siempre estaba encolerizado, tenía ideas fuertes, razonaba, analizaba y trataba de aplastar al interlocutor bajo el peso de sus argumentos. Williams plantea que le sirvió para desarrollar su inteligencia, permitiéndole volverse independiente y protegerse contra el mundo exterior cuando este le daba miedo.

Luego llega Carol, un año y medio más tarde, una niña que cruza por azar en la plaza y que corresponde a la normalidad de los ideales maternos. Podía ver a Carol en su reflejo en el espejo. Ella no estaba en guerra contra el mundo como Willie, sino que formaba parte del mundo y Donna creía que era ella misma. Carol imitaba el lenguaje de los cuentos, de los anuncios de televisión y de las conversaciones. De esta manera, su propia imagen en el espejo se vuelve un doble real en quien busca un sostén. Fijaba su atención en esos ojos que la miraban en el reflejo y eso le permitía sentirse acompañada. Pero no es la imagen especular de la neurosis, ni la imagen persecutoria de la paranoia, sino que es un doble real apaciguante a quien se dirige y se vuelve parte de su borde autista. Es más, Donna Williams afirma que Willie y Carol la habían salvado de la Gran Nada Negra. Los dobles funcionan como bordes del cuerpo, suplencias ante la ausencia del borde, dice Laurent.

De esta manera, Williams nos transmite en sus testimonios distintas estrategias utilizadas para ser “nadie en ningún lugar”: congelarse y no hacer nada espontáneamente, como así también usar un repertorio de información copiada en espejo y almacenada sin tener conciencia de sí misma.

Establece en el epílogo de su primer libro una lista de procedimientos que utiliza en su funcionamiento singular. Hablar como si lo que dijera no tuviera ninguna importancia emocional; utilizar estribillos; que el discurso no esté destinado al interlocutor; cantar no es hablar; mantener una conversación sin ningún contenido afectivo, hablar de banalidades o cosas sin importancia. Los mensajes directos le resultan invasores, cuanto más previsible se torna la voz, en este ejercicio controlado y regulado que ensaya en sus modos singulares de dirigirse al otro, menos temor afectivo inspira, ya que como sostiene en muchos de sus libros “las emociones estaban prohibidas”.

Las clasificaciones y el ordenamiento de objetos y de símbolos iban en el sentido de mantener todo igual. El uso de comportamientos estereotipados le brinda un sentimiento de continuidad. Dibujar fronteras, círculos, líneas de borde, sirve como modo de protección contra la invasión exterior que viene del mundo. Las actividades de oposiciones y de alternancias, mantiene las cosas fijas y previsibles: cerrar los ojos compulsivamente, prender y apagar la luz, hacer caer los objetos o saltar de manera repetitiva, balancearse de un pie al otro, hacia adelante y hacia atrás. Este movimiento corporal lo asocia al sentimiento de un agujero negro que existía entre ella y el mundo y su esfuerzo por saltar por encima del mismo. “Balancearse, mover las manos, golpear la cabeza, dar pequeños golpes sobre los objetos, golpearse el mentón…”, descripción metonímica con los que intentaba relajar su tensión a partir de un ritmo continuo. También incluye el querer algo mirando hacia otro lado, que se relaciona con la mirada periférica que menciona por ejemplo en el caso de Robby, un joven autista, que da cuenta de un uso topológico particular del espacio. Escapa así del miedo que le produce las percepciones directas de los acontecimientos a su alrededor. Todos estos recursos quedan por fuera del sentido y simplemente iteran. Dice: “Fijar la mirada en el espacio o a través de las cosas, al mismo tiempo que se hace girar un objeto o que se gira sobre ella misma, es una manera de perder la conciencia”.

A través del estudio del profesorado de alemán, y de las clases que posteriormente dicta en ese idioma, recupera algo de la enunciación artificial que le brinda seguridad.

A los veinticinco años recibe su diagnóstico de autismo y afirma que, después de preguntarse toda su vida qué clase de loca o persona trastornada era, la palabra autismo le ayudó a explicar su mundo. Para ella el diagnóstico se vuelve una solución porque cristaliza una serie de experiencias que le resultaban extrañas y por las cuales era considerada anormal.

Su primer tratamiento fue con una psiquiatra de orientación psicoanalítica llamada Marie que partía de un diagnóstico de esquizofrenia. Se apoyó en ella en una relación de duplicidad imaginaria a los largo del tiempo e incluso llega a considerarla su amiga. Con ella habla por primera vez acerca del mundo que habita. Marie la incita a retomar sus estudios y a comenzar la universidad. Con el Doctor Marek, del que habla con el título y el uso de su apellido, trabaja acerca de sus dificultades de comunicación. Este psicólogo escolar partía de la idea de que los autistas padecían de un mal tratamiento de la información y que eso debía rectificarse. Lo veía cada tres semanas y Marek le daba las reglas que ella debía cumplir respondiendo así a su necesidad de fijeza y de un sistema de garantías. Pero no le proponía un sistema de reeducación ni la juzgaba ni le hacía repetir fórmulas de aprendizaje monótonamente, dice Maleval. Antes bien, se apoyaba sobre sus demandas, la escuchaba y seguía su ritmo, ocupando el lugar de quien podía validar sus experiencias y aportarle algunas respuestas constituyendo un verdadero Otro de síntesis a partir del cual Donna ordena su vida.

Otra vertiente concierne a su trabajo en una escuela para autistas del que relata su experiencia en el segundo libro. No hay para ella ninguna mirada deficitaria sino que acentúa las distintas maniobras del sujeto para evitar la experiencia de intrusión del mundo. Más que una educación forzada indica la importancia de colaborar de modo tal que el sujeto autista pueda moverse de ese mundo de seguridad, en el que llevan a cabo el arte de “no ser”, y entrar en relación con los otros. Relata entonces cómo los castigos que ella recibía los experimentaba como una discontinuidad en el mundo, y a pesar de que la interpretación que venía del Otro era que ella había hecho algo mal, para Donna esa acción quedaba por fuera del sentido. Lo que hacía no estaba ni bien ni mal, no había ninguna intencionalidad, estaba vaciado de sentido, y el castigo tampoco lo tenía.

Su modo de funcionamiento singular no varía sino que encuentra nuevos recursos para ampliar su mundo. Tim, su primer marido, era otro autista de alto nivel, con el que mantenía una relación asexuada. Luego la elección recayó sobre una mujer y, finalmente, sobre su último marido con quien se produce una apertura hacia el goce sexual.

Daniel Tammet y su relación con los números

Daniel Tammet nació en 1979 en Londres. Fue diagnosticado a los veinticinco años como Asperger por el conocido neurólogo Simón Baron-Cohen. Se suma así a los autistas que reciben su diagnóstico en su juventud.

Tammet posee una capacidad especial con los cálculos complejos matemáticos y con el aprendizaje de distintas lenguas. Cobró notoriedad cuando recitó 22.514 dígitos del número pi de memoria, durante cinco horas, para ayudar a la asociación nacional de epilepsia, enfermedad que padeció en su infancia. Habla once lenguas: inglés, francés, finlandés, alemán, español, lituano, rumano, estonio, islandés, galés y esperanto. Aprendió islandés en una semana para mostrar su capacidad de aprendizaje de idiomas durante un documental que se hizo sobre él, denominado “El chico del cerebro increíble”, en el Five Channel en 2005. Todo esto da cuenta de su memoria excepcional. Es más, creó una lengua llamada Manti a partir de mezclar el finlandés y el estonio.

Su funcionamiento intelectual no pasa por una enunciación que indique la posición del sujeto, ni por el estorbo imaginario del sentido y de la relación con los otros. “Mi cerebro descompone todo en elementos tangibles y concretos”, dice Tammet. Pero tiene dificultades con la empatía, la comunicación o la visión del conjunto sin perderse en los detalles.

Para él los números tienen una forma, un color, una textura y una emoción determinada. Ve los resultados de operaciones matemáticas complejas de manera instantánea. Los números son imágenes y secuencias coherentes que le brindan seguridad. Esto la lleva a Temple Grandin a incluirlo dentro de los autistas que tienen pensamientos en secuencias.

Rápidamente sabe si un número es primo o complejo sin equivocarse, operación que habitualmente resulta difícil puesto que no existe ninguna fórmula para conocerlos y, en la medida en que progresan los números, se vuelven cada vez más raros. Maleval afirma que es un número que se abre al vacío como los elementos en química que no pueden descomponerse, es una “referencia fija”, es decir, real.

De niño su presentación correspondía al autismo infantil de Kanner. A los dos años se balanceaba y caminaba hasta la pared para golpearse la cabeza de manera repetida y rítmica. Tenía violentos berrinches y se pegaba hasta lastimarse. Era solitario, no jugaba, se aislaba. Necesitaba repetir los mismos recorridos en forma fija o de lo contrario gritaba. Se quedaba mirando girar una moneda repetidamente en el piso. Por momentos se apretaba las orejas con los dedos para sumergirse en el silencio.

En determinado momento, su gusto por el orden lo lleva a apilar libros a su alrededor. Las páginas de los libros tenían números y se sentía feliz rodeado de ellos. Los números eran sus amigos, dice. Comienza a leerlos antes de leer frases. Al contarlos los veía como movimientos o formas coloreadas en su mente. También las palabras las visualizaba basándose en las formas de las letras. Se puntúa en él la llamada “sinestesia”, experiencia en la que se combinan números con colores y sensaciones. Esto lo lleva a titular a su primer libro Nacido en un día azul en 2007.

Durante su adolescencia se pasaba horas haciendo sumas, multiplicando un número por sí mismo. “Para llenar el tiempo, dice Tammet, creé mis propios códigos sustituyendo letras por números, por ejemplo 21 1 79 5 3 62 cifraba la palabra Daniel”. Aparece así la relación con la cifra como modo de buscar obtener un código fijo y, por otra parte, su particular relación con los números, lo que nos evoca aquello que Laurent entiende como el esfuerzo del autista por crear una lengua transparente, sin equívocos.

Por otra parte, escucha las frases en forma literal. Las abstracciones le resultaban menos fáciles de entender, por lo que guardaba una imagen de cada una de ellas para que le ayude a deducir su significado. Si bien aprende idiomas, no llega a comprender totalmente el sentido por el efecto de literalidad que lo sustrae de los efectos metafóricos y de los sentidos evocados. Cuando lee o escucha que algo es complejo lo imagina en distintas partes que necesitan unirse para alcanzar una respuesta. “La imagen que veo me ayuda a comprender”, afirma.

Al recitar el número pi tuvo una experiencia particular. Después de los 16.000 primeros dígitos, durante unos escasos instantes su mente quedó en blanco: no había formas, ni colores, ni texturas. “Es como si estuviese mirando un agujero negro...”, dice Tammet. Al salir de esa oscuridad volvió el fluido de colores y siguió recitando.

De esta manera, como contrapunto a la forclusión del agujero, aparece la función de borde que ocupa la serie, la iteración de las secuencias, de los números y de las letras.

A modo de conclusión

Los testimonios de sujetos autistas se han multiplicado. No todos son autistas de alto nivel, y los destinos se diversifican. Los tres casos trabajados tuvieron su eco en el mundo audiovisual. Primero con el documental sobre Tammet en 2005. Cinco años después, la cadena americana HBO estrena una película sobre la historia de Temple Grandin. Se pueden encontrar reportajes sobre los tres en internet. Sus testimonios escritos se difunden así a través de los medios y dan a conocer la originalidad de cada una de sus soluciones.

Temple Grandin nos enseña como un sujeto autista precoz que aparece completamente aislado y tomado por sus conductas iterativas puede ir desplazando su borde autista a partir de sus intereses específicos. A falta de borde se construye el neoborde del aparato de abrazar, en el lugar del abrazo imposible puesto que produce una intensa angustia, que aloja el objeto mirada. Luego ese aparato se desplaza hacia el interés por el mundo animal y finalmente deja de necesitarlo completamente. En su lugar están sus logros y reconocimientos académicos y sus emprendimientos que la incluyen en el lazo social con otros.

La presentación de la pequeña infancia de Donna Williams no fue más sencilla. No obstante, la inclusión de los dobles como parte de su borde autista le permitió expandir su mundo y la llevó a interesarse por otras personas autistas como así también al lazo amoroso. Pudo testimoniar de su experiencia como autista desde su infancia hasta su muerte. De hecho, el lazo particular con su cuerpo como efecto de los tratamientos contra el cáncer forman parte del testimonio que se encuentra en su blog.

Finalmente, Daniel Tammet permite entender cómo funciona para un sujeto autista el cálculo de la letra en la medida en que guarda un lazo con lo real del número y de la letra. Este interés específico le permitió desplazar su encapsulamiento de modo tal de volcar sobre sus libros y sobre la pantalla su testimonio.

Cada uno de ellos fue el punto de partida de una teorización tanto de Maleval como de Eric Laurent sobre el autismo. Ellos contribuyeron a la expansión del autismo en el medio audiovisual y por internet. Con ellos nos adentramos en lo desconocido de las experiencias subjetivas de la pequeña infancia que los niños pequeños no pueden explicar. Y a partir de ellos debe quedarnos la enseñanza que hay que escuchar al sujeto autista porque, como lo dice Lacan, sin duda tienen algo para decir.

BIBLIOGRAFÍA

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