PSICOANÁLISIS
CUERPO, AFECTO Y GOCE EN LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA
Body, affection and jouissance[1] in the psychoanalytic clinic
CUERPO, AFECTO Y GOCE EN LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA
Anuario de Investigaciones, vol. 28, núm. 1, pp. 203-210, 2021
Universidad de Buenos Aires
Recepción: 30 Agosto 2021
Aprobación: 27 Septiembre 2021
Resumen: El presente trabajo se inscribe en el marco de un Proyecto UBACyt que lleva por título Cuerpo, afecto y goce en la clínica psicoanalítica. El mismo apunta a trabajar el nexo y la distinción entre goce y afecto, en tanto el cuerpo queda comprometido por ambos. En esta oportunidad dividiremos el trabajo en dos partes: primero haremos una introducción al tema y avanzaremos en su sistematización al interrogar el estatuto del embarazo como una de las formas del afecto que Lacan ubica en el Seminario 10. Lacan toma este término para dar cuenta de esos momentos en los cuales “uno no sabe dónde ponerse”. Nos interesará destacar el modo en que el cuerpo queda concernido y su relación con el goce.
Palabras clave: Afecto, Cuerpo, Embarazo, Goce.
Abstract: This paper is part of the UBACyT research: Body, affection and jouissance[2] in the psychoanalytic clinic. At this time, we are interested in the differences between jouissance and affections, because both of them affect the body. At this time, we are going work in two different ways: first we are going to introduce the research subject and then we will ask ourselves about embarrassment. Embarrasment is one kind of affecttion introduced by Lacan in Seminar 10. Lacan introduces this term to tell us about some situations where “you don´t know where you put yourself”. We are going to study the relationship between the embarrassment with the passage à l’acte[3].
Keywords: Affections, Body, Embarrasment, Jouissance.
Introducción
La presente investigación es parte de un recorrido de trabajo en el marco de los proyectos UBACyT. El primero de ellos tuvo como propósito interrogar los modos de afectación del cuerpo en el serhablante (2016-17)[4]; el segundo, en la medida en que la afectación seguía siendo nuestro eje, nos llevó a precisar qué entendemos por afecto en psicoanálisis (2018-19)[5] y este último –en curso actualmente– decantó en la necesidad de establecer nexos y diferencias entre goce y afecto en la medida en que ambos perturban la relación del serhablante[6] con su cuerpo[7].
Si al decir de Lacan, “la clínica es lo real en tanto imposible de soportar” (1976)[8], no podemos desconocer la imbricación necesaria del goce en el padecimiento subjetivo, ni las formas del afecto que le dan un tono peculiar a cada consulta. Los afectos se precipitan desde el inicio de un tratamiento, jamás nos resulta indiferente si es el enojo, la angustia, la tristeza o el malhumor aquello que despunta indicando un malestar en juego. A esa afectación engañosa o no, le suponemos un goce que subyace, uno del que el sujeto nada quiere saber, de allí que se vista con los ropajes metafóricos propios del significante como envoltura formal del síntoma cuando esto es posible, y se encubra su traza con la desplazabilidad y el falso enlace del afecto.
A partir de esta breve introducción daremos lugar a algunas referencias ya trabajadas en otros artículos pero a las que consideramos, imprescindible volver, con el fin de no perder la lógica de nuestro trabajo y poder avanzar en la sistematización que nos proponemos. Tomaremos como punto de partida algunas citas de Lacan respecto al afecto, pero insistiendo en marcar su diferencia y nexo con el goce. Retomaremos además referencias de autores de nuestro campo disciplinar, pertenecientes a diversas escuelas de psicoanálisis que han hecho alusión de algún modo a esta temática, aunque no haya sido el eje específico de sus elaboraciones, pero donde puede encontrarse una concordancia con nuestra investigación.
Finalmente nos dedicaremos a precisar la articulación entre cuerpo, afecto y goce a partir de interrogar la especificidad del “embarazo” como una de las formas de perturbación que Lacan ubica en el cuadro del Seminario 10. En dicho Seminario construye un cuadro a partir de dos coordenadas: dificultad y movimiento. Ubica allí por un lado, los tres de Freud: inhibición, síntoma y angustia; luego la emoción, la turbación, el impedimento y el embarazo; y finalmente lo completa en la p. 88, agregando el acting-out debajo del síntoma y el pasaje al acto entre embarazo y angustia. Nos detendremos en una referencia literaria que, entendemos, puede esclarecer parte de esta coyuntura dramática a la que adviene un sujeto y que lo precipita en una urgencia subjetiva. Nos referimos al libro de Tatiana Tîbuleac (2020) titulado El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes.
Una primera puesta en forma del problema
Tal como señalamos anteriormente, en el proyecto previo nos ocupamos de rastrear el modo en que Freud nos introducía al problema de los afectos y su estatuto problemático no solo a nivel teórico sino también clínico (Iuale 2018). Realizamos también un trabajo minucioso en la obra de Lacan (Iuale, 2019 y 2020) para rastrear el lugar de los afectos y las discusiones que a través de ellos se suscitaron con otros analistas contemporáneos a Lacan, intentando no caer en la deriva del catálogo que lleva a un callejón sin salida (Lacan 2006, p. 29), ni al estudio de niveles que llevarían a la antropología (p. 29) sino que nos propusimos valernos de esa “función llave” que nos sugiere Lacan respecto de la angustia, en un intento de reducción que nos permite una orientación a partir de un real en juego.
Retomaremos brevemente algunas consideraciones de esa elaboración previa referida a la obra de J. Lacan pero, en esta oportunidad, nuestro interés estará centrado en desarrollar cómo entiende los afectos a los fines de dilucidar su lazo y su diferencia con el goce, su importancia en la perturbación de los cuerpos y su tratamiento en el marco de la cura.
Lacan hará una lectura de los afectos que parte de Freud, pero que luego cobrará un matiz propio de su producción. En el Seminario 6 (Lacan 2014) vuelve a los textos freudianos para discutir con los analistas que, frente a la noción de inconsciente estructurado como un lenguaje, consideran a su teoría como un intelectualismo. En la clase III, destaca los pocos textos referidos a los afectos entre sus colegas, aun cuando se la pasen hablando del tema. Y acentúa del texto freudiano Lo inconsciente (1915) que lo que se puede reprimir es el “representante de la representación”, el cual homologa al significante. Así no habría afectos inconscientes, sino que
Cuando hablamos de un afecto inconsciente, queremos decir que este es percibido pero desconocido ¿Desconocido en cuanto a qué? En cuanto a sus enlaces, no es inconsciente, ya que siempre es percibido. Simplemente, nos dice Freud, fue a reenlazarse con otra representación no reprimida. (Lacan 2014, p. 62)
Le da un carácter enigmático a esa plasticidad del afecto y agrega que: “el problema es saber en qué se convierte el afecto en la medida en que está desenganchado de la representación reprimida y que ya no depende más que de la representación sustitutiva a la cual logra enlazarse” (Lacan 2014, 62-63). Al mismo tiempo en ese Seminario destacará que cuando se refiere a interpretar el deseo, eso consiste en restituir aquello a lo que el sujeto no puede acceder por sí mismo: el afecto. Es preciso –dice– que eso tome lugar en relación al discurso, lo cual lo lleva a hablar de “actos posicionales en relación al ser”. El afecto no es algo pura o simplemente opaco y cerrado, no es un más allá del discurso; sino que el afecto connota una cierta relación del sujeto con el ser. (Lacan 2014, p. 159)
En el Seminario 10 dedicado a la angustia, se ocupa de destacar su interés por los afectos, a condición de discernir de qué se tratan. Dice:
Como quienes siguen los movimientos de afinidad o de aversión de mi discurso se dejan atrapar a menudo por las apariencias, sin duda creen que estoy menos interesado en los afectos que en cualquier otra cosa. Es absurdo. Alguna vez he tratado de decir lo que el afecto no es. No es el ser dado en su inmediatez, ni tampoco el sujeto en su forma bruta. No es en ningún caso protopático. Mis observaciones ocasionales sobre el afecto no significan otra cosa. Y por este motivo el afecto tiene una estrecha relación de estructura con lo que es un sujeto, incluso tradicionalmente (Lacan 2006, p. 22).
Y agrega:
Por el contrario, lo que he dicho del afecto es que no está reprimido. Esto Freud lo dice igual que yo. Está desarrumado, va la deriva. Lo encontramos desplazado, loco, invertido, metabolizado, pero no está reprimido. Lo que está reprimido son los significantes que lo amarran (Lacan 2006, pp22-23)
Marca de este modo la relación estrecha entre afecto y significante. Nos preguntamos entonces ¿Qué ocurre cuando faltan los significantes que lo amarran? Ejemplo de ello son las llamadas neurosis de angustia, neurosis que Lacan lee en este Seminario a partir de la distinción entre significante y traza. Propone que en las neurosis de angustia el significante retorna al estatuto de traza. Por otro lado, destaca aquí a la angustia como un afecto que no engaña, como signo de lo real; a diferencia de otros modos de presentación engañosa de los afectos. La angustia será correlato del objeto a y este objeto -entre sus múltiples funciones- hace a los modos de gozar de cada quien en la medida en que es soporte en la constitución del fantasma. Ya advertimos allí que afecto y goce se relacionan pero no se confunden.
En Radiofonía y Televisión Lacan se pregunta si “un afecto ¿concierne al cuerpo? Una descarga de adrenalina ¿es del cuerpo o no? Que desordene las funciones es verdad. ¿Pero en que viene ello del alma? Es del pensamiento que descarga” (Lacan 1996, p. 104). Retoma a Santo Tomás y las pasiones para hablar de los cuerpos afectados. Pero aclara que la afectación es de estructura. Los afectos pasan por el cuerpo inevitablemente, en tanto el cuerpo está afectado por la estructura del lenguaje. (Lacan 1993, 106)
Contemporáneo a este último texto referido más arriba, en el Seminario 17, insiste respecto a la angustia como un afecto fundamental y explicita que la considera el único afecto. Pero el único afecto a partir del discurso psicoanalítico. Es importante discernir este punto, porque alude a “que si se parte de dicho discurso, afecto hay solo uno, a saber el producto del apresamiento del ser que habla en un discurso, en la medida en que dicho discurso lo determina como objeto” (Lacan 1999, p. 162) Esta referencia y lo que venía sosteniendo en relación a los afectos nos hace preguntarnos por el lazo entre afecto, significante y objeto a.
En el Seminario 19, ya con la noción de lalengua[9] recién nacida en las charlas de Saint Anne, el cuerpo será retomado en su lazo con el discurso. Los discursos atrapan cuerpos, y Lacan se pregunta cómo es esto posible. Pero también ubica al cuerpo como ground, retomando a Peirce y a su idea del referente. Y da un paso más al situar el inicio del análisis como encuentro de cuerpos. Finalmente dice que entre el cuerpo y el discurso se ubican los afectos y que un análisis consiste en eso, en ser afectados aunque no de cualquier modo.
Con la distinción ya planteada de lalengua y el lenguaje, en el Seminario 20 dirá que es lalengua la que inyecta los afectos en el cuerpo. Estamos “afectados” por haber sufrido una lengua entre otras. Eso hace al traumatismo por excelencia. Lacan propone al inconsciente como un saber que escapa al ser que habla. Y agrega:
Este ser permite dar cuenta de hasta dónde llegan los efectos de lalengua por el hecho de que presenta toda suerte de afectos que permanecen enigmáticos. Estos afectos son el resultado de la presencia de lalengua en tanto que articula cosas de saber que van más allá de lo que el ser que habla soporta de saber enunciado. (…) Lalengua nos afecta primero por todos los efectos que encierra y que son afectos. Si se puede decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje es por el hecho mismo de que los efectos de lalengua, ya allí como saber, van mucho más allá de todo lo que el ser que habla es capaz de enunciar (2001, 167-168).
El cuerpo entonces está afectado por la incidencia del enjambre zumbante, y el lenguaje como aparato de goce, permitirá la constitución del inconsciente a partir de la operatoria de múltiples extracciones. Goce de lalengua, goce fálico, goce del Otro, goce de lo hetero[10], son algunos de los modos de decir que el goce se pluraliza en Lacan y que los afectos son los que hacen de puente entre el significante y su consecuencia sobre el cuerpo: el goce.
Finalmente tomaremos otras dos referencias que están relacionadas entre sí. Son dos referencias en las cuales Lacan se ocupa de Juanito, del goce en juego a partir del surgimiento de las primeras erecciones y del surgimiento de la angustia. Una corresponde al Seminario 22 RSI, en la clase del 17 de diciembre de 1974. Allí Lacan señala que la angustia emerge como respuesta a aquello que irrumpe en el cuerpo y que lo atormenta: el goce que surge del pene real. Lacan refiere que el niño tiene que asociar el cuerpo a un goce fálico, goce que en principio no estaría anudado, de allí su ajenidad. Del mismo modo en la “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, hace hincapié en el estatuto disruptivo del pene real, y da cuenta de cómo la respuesta sintomática de Juanito es el indicio del rechazo de ese goce que se le presenta como hétero.
Algunas referencias actuales sobre el tema
Tal como señalamos en la introducción, nos detendremos en algunas referencias de autores contemporáneos que hacen al estado del arte de nuestra investigación y que nos permiten avanzar en la sistematización.
Respecto a la interrogación acerca de la diferencia entre afecto y goce, encontramos la referencia de Colette Soler quien afirma que “los afectos están sujetos a la historia” (2011, p. 77). Debido a que varían con el estatus del goce, los afectos se ven compelidos, no sólo por el efecto del lenguaje, sino también por los efectos de discurso. Añade que estos últimos, en tanto regulan las modalidades de goce propias de un lazo social, producen afectos concordantes o dominantes en una época específica: “el orden del discurso, al ordenar las experiencias compartidas, también programa afectos compartidos –digamos: concordantes” (2011, p. 99). La autora sitúa que Lacan da cuenta de dos afectos típicos de la época: el fastidio y la pesadumbre.
Por su parte, J. A. Miller se refiere a la desaparición de la vergüenza como uno de los síntomas de nuestra época, y lo articula con la muerte de la mirada de Dios. Sostiene que el capitalismo tardío abre paso al imperativo de decir y mostrar todo, propiciando así la pérdida de la vergüenza. Señala entonces que la desvergüenza pone en escena las consecuencias de la muerte de la mirada de Dios. Según el autor, nos encontramos en el punto donde el discurso dominante prescribe no tener más vergüenza del goce. “De lo demás, sí. Del deseo, sí, pero no del goce” (Miller, 2004, s/p). El autor hace referencia a un trabajo de Laurent, quien destaca el imperativo que Lacan, durante su Seminario 17, dirige a los estudiantes: “¡Mírenlos gozar!”. Señala que dicho imperativo, repercute en cierto modo en la fiebre mediática de la época, debido a la solicitud de la mirada que se lleva a cabo cuando de la realidad se hace un espectáculo, por ejemplo, en los reality shows. “Ese ‘mírenlos gozar’, llama a la mirada –aquella que con anterioridad era eminentemente la instancia susceptible de producir vergüenza–. Para la época en la cual se expresa Lacan, si es necesario apelar a la mirada, es precisamente porque el Otro que podría mirar se desvaneció” (Miller, 2004, s/p). Se trata de una mirada castrada de su potencia en lo relativo a producir vergüenza.
En una línea argumentativa similar, Marta Serra Frediani, en un texto acerca del pudor, sostiene que en la actualidad el discurso dominante empuja a que el sujeto no tenga vergüenza de su propio goce, en tanto incluso alienta posiciones que rozan lo obsceno, y que “pueden fácilmente herir al sujeto” (Serra Frediani, 2009, p. 294).
Si tomamos los aportes de Gilles Lipovetzky (2007) acerca de la felicidad, nos encontramos con el punto paradojal que introduce en la sociedad del hiperconsumo, la exigencia de ser felices. Frente al goce desbocado propiciado por el capitalismo, la depresión y la tristeza se presentan como la contracara, ahí donde un exceso de goce irrumpe dejando en suspenso la dimensión deseante. En un mundo donde el sufrimiento carece totalmente de sentido, en que se han agotado los grandes sistemas referenciales de la historia y la tradición, la cuestión de la felicidad interior vuelve a estar «sobre el tapete», convirtiéndose en un segmento comercial, en un objeto de marketing que el hiperconsumidor quiere tener a mano, sin esfuerzo, enseguida y por todos los medios (p. 11) A la invasión de los objetos que suturarían la falta en ser, el sujeto responde por la vía de los afectos depresivos (Iuale, 2015)
En lo relativo a otras manifestaciones clínicas que se desprenderían de esta particular forma de concebir la mirada del Otro en nuestra época, Silvia Ons (2018), en su libro El cuerpo pornográfico. Marcas y adicciones, estudia la relación entre la desvergüenza y la pornografía de nuestros tiempos. Destaca la articulación entre pornografía y capitalismo, no solo en tanto la primera constituye una gran industria económica que cotiza en el mercado, sino también por “la concepción del cuerpo confinado a ser dominado por esa lógica: rendimiento, producción incesante, explotación de todas sus ‘materias primas’ y capacidad de ser ajustable a la técnica” (Ons, 2018, p. 44). De este modo, ubica la “desvergüenza” no sólo en la preeminencia de imágenes que pretenderían “mostrar todo” lo relativo al sexo. También sitúa la particularidad que implica el poder acceder a dichos contenidos en la más pura soledad, sin la necesidad de encontrarse con la sanción de la mirada del Otro. La autora resalta lo curioso de que, en una época que se presenta como “liberal”, las dificultades en el campo sexual que se escuchan en la experiencia clínica no sólo persistan, sino que hayan incorporado otras formas que se asocian con “la concepción de un cuerpo máquina infalible que no puede responder ante lo erótico del encuentro con otro singular: otro rostro” (p. 47). Así, lo que parecía ser una solución ante la inhibición en el encuentro con el otro, lo que hace es aumentarla, generando que se repita la secuencia inhibición-pornografía. En el prólogo al mencionado libro, Gustavo Dessal afirma que ninguna transparencia, desvergüenza o desnudez va a lograr mostrar el fondo último del sexo, “que es la ausencia dejada por la escritura que falta: la de la relación sexual en el inconsciente” (Ons, 2018, p. 17). Podemos decir que a la desvergüenza como un modo peculiar del afecto, le corresponde paradojalmente un goce masturbatorio, que cortocircuita el encuentro de cuerpos.
Por otro lado, Sinatra (2008) señala que el toxicómano es un “sin-vergüenza”. Resalta que en el estado actual del capitalismo, la soledad localiza el límite real a los semblantes del progreso universal, afectando de esta manera las condiciones de satisfacción de cada uno. Estas consecuencias del rechazo de la castración que supone el discurso capitalista, presentan el obstáculo para un trabajo analítico con el toxicómano. Pero el autor destaca que a la vez brinda su alternativa para poder entrar en el mismo: que el sujeto pueda experimentar la vergüenza por su condición de goce.
Germán Garcia (2015) en su texto Insistencia sobre las pasiones, nos dice que “La mirada, como sabemos, es el soporte de la pasión de la envidia (“envidere”, mirar con malos ojos) tanto como de los celos, a la vez que está en la raíz de una división que suele llamarse vergüenza. Pero también del pudor, del prestigio, de la bufonería y del heroísmo. La envidia, dice Jacques Lacan, no se relaciona con la posesión de los bienes del otro, que no tendrían ninguna utilidad: se envidia la completud del sujeto con su objeto. Así como la pasión de la envidia nos lleva a la mirada, la obstinación y la avaricia llevaron a Freud a especular sobre la pulsión anal. Pero las pasiones no son expresiones diversas de la insistencia pulsional, sino la respuesta del “gusto” al “disgust” (asco) provocado por los modos de goces excluidos“(García, 2015, p.66)
El recorrido trazado nos llevó a preguntarnos en nuestro proyecto marco ¿Qué relación podemos establecer entre cuerpo, afecto y goce? ¿Cómo podemos leer los afectos antes trabajados a la luz de esta nueva articulación? Situaremos a continuación las hipótesis del proyecto marco a los fines de familiarizar al lector con aquellos supuestos que orientan nuestro trabajo.
Hipótesis
Partimos de afirmar con Lacan, que todo goce es goce del cuerpo. Los afectos en cambio, se intercalan entre cuerpo y discurso. Entendemos que los afectos pueden ser considerados indicios de la posición del serhablante respecto del goce. En este sentido los afectos pueden distinguirse entre los que engañan y aquel que hace signo de lo real:
a. Los afectos que engañan darían cuenta de los modos de los que el serhablante se vale para desconocer su participación en la modalidad de goce que le concierne.
b. La angustia como único afecto que no engaña, sería indicio de lo real y comprometería la posición del sehablante en tanto objeto. Implica un punto donde no puede eludirse el estar concernido por ese goce que despierta.
Hipótesis auxiliares
1. Afecto y goce son efectos del encuentro traumático con lalengua.
2. Lalengua es la que introduce los afectos en el viviente.
3. El afecto atañe al cuerpo pero no proviene de él.
4. El afecto siempre se presenta desplazado y dislocado, a diferencia del goce que se caracteriza por la fijación.
5. La angustia opera como moneda de cambio respecto de los otros afectos.
6. Hay una articulación estrecha entre las formas del objeto a y los afectos.
Objetivo general
Sistematizar el nexo entre cuerpo, afecto y goce, a partir de establecer la diferencia entre afecto y goce. Tomaremos en consideración aquellos afectos que venimos trabajando desde el proyecto anterior angustia, ira, tristeza, pudor, vergüenza, impudor, ternura, embarazo, entre otros
Objetivos específicos
1. Rastrear en la bibliografía sobre el tema el tratamiento que los autores le dan a la articulación entre afecto y goce, dado que encontramos muchas referencias de cuerpo –goce o cuerpo– afectos pero no hallamos muchos textos con una clara articulación entre los tres términos.
2. Establecer, de ser posible, la especificidad de dicha relación en cada uno de los afectos trabajados.
3. Construir una serie de casos que permitan ilustrar o formalizar estas articulaciones posibles.
El embarazo como un afecto que delata
Tras haber introducido las coordenadas de nuestra investigación actual, nos interesa avanzar en la misma. Para ello, nos detendremos en el Seminario 10 de J. Lacan, con el fin de interrogar un afecto en particular, el embarazo. Nos preguntaremos en esta oportunidad ¿Qué puede aportarnos interrogar el embarazo como forma específica de afectación? ¿Qué se pone en juego cuando el embarazo se vuelve el modo privilegiado de presentación del padecimiento? ¿Cuál es su relación con lo real y por ende, con el goce y con la angustia?
Un antecedente a considerar respecto de este afecto peculiar lo encontramos en el comentario que Lacan realiza en el Seminario 2, de su escrito La carta robada. Utiliza el embarazo para dar cuenta de la afectación de la reina en la escena que da inicio al drama. Esa escena configurada por cuatro integrantes: el rey, a reina, el ministro y una carta. El ministro, alguien muy cercano a la pareja real, advierte el embarazo de la reina ante una carta comprometedora que se encuentra al alcance de la vista del rey. Bajo un artilugio toma la carta y deja otra en su lugar. Lo hace ante los ojos de la reina que nada puede hacer para impedirlo. Es entonces el embarazo de la reina, lo que la delata, la deja expuesta ante el ministro quien a diferencia del rey, “no tiene telarañas en los ojos” (Lacan 2008, p. 292).
En el Seminario 10, Lacan se dedica en varias ocasiones a interrogar el embarazo como una de las formas de respuesta subjetiva. Ya en la primera clase del seminario pone al embarazo en serie con la inhibición en lo atinente a la coordenada de la dificultad. Inhibición, impedimento y embarazo constituyen una secuencia que va, desde el evitamiento de la angustia como lo propio de la inhibición, al embarazo como una “forma ligera de la angustia” (Lacan 2006, p.19) Parte del término imbaricare, que alude a bara, barra. Lacan acentúa que el embarazo es “el sujeto revestido por la barra”, es decir, $. (2006, p.19) Y da un ejemplo de fácil acceso, porque dice que es ese momento en que “uno ya no sabe qué hacer con uno mismo, busca detrás de qué esconderse.” Y agrega que se trata de una “experiencia de la barra.” (2006, p 19) Es, en palabras de Lacan, “el máximo de la dificultad alcanzada.” (2006, p. 22)
En la Clase 6: Lo que no engaña, y luego de haber establecido que la angustia tiene una estructura que escapa al significante y que es un afecto que no engaña, ubicará además que la angustia se caracteriza por la precipitación de una “certeza horrible” (Lacan 2006, p. 88) Y es a partir de allí que sitúa que actuar implica “arrancarle a la angustia su certeza” ya que “actuar es operar una transferencia de angustia” (Lacan 2006, p.88) Si la inhibición implica la detención del movimiento, el acto sería un modo no solo de salir de la inhibición, sino de hacer con la angustia. Ahora bien, lo que nos interesa es que en esta clase, Lacan compara turbación y embarazo como dos formas de la inhibición: la primera como extremo del movimiento, la segunda como extremo de la dificultad. La turbación se especifica por algo que está en menos, mientras que el embarazo se produce por lo que hay de más. Embarazo y turbación se relacionan con el significante, por eso no estamos todavía en la angustia: significante de más en el primero, significante de menos en la segunda. Y nos remite a Juanito y su relación con el significante falo. Ante la premisa universal del falo que sanciona “Es imposible que un ser no tenga falo”, adviene la confrontación con el hecho de que hay seres vivos que no tienen, por ejemplo, la madre. Entonces, dice Lacan, “que no hay ser vivo-angustia” (Lacan 2006, p.90) Se produce una encrucijada entre la corroboración de una falta y la suposición de que allí donde no hay, habrá. Punto donde se articula el significante en menos y en más, y donde, el drama se escande entre la turbación de lo que no hay y el embarazo de lo que se presenta como un exceso.
Años después, en el Seminario 22, Lacan vuelve a Juanito. Retomamos aquí lo que anticipamos más arriba y damos una vuelta más a propósito del embarazo. Hacia el final de la clase del 17 de diciembre de 1974, Lacan nos recuerda que es por el lenguaje que estamos afectados y hace referencia al trabajo que hizo con los afectos en el Seminario 10. Anuda cuerpo, goce y afecto al señalar que Juanito se encuentra concernido por el goce que emerge en su cuerpo. Y que frente a esto, surge por un lado la angustia- señal de lo real- en la medida en que la angustia “es lo que del interior del cuerpo ex –siste cuando hay algo que lo despierta, que lo atormenta.” (Lacan 1974-75, p. 30) Y agrega que la fobia de Juanito viene “a dar cuerpo al embarazo que tiene por ese falo” (p. 30)[11] Luego en la Conferencia en Ginebra sobre el síntoma (Lacan 1990) será más preciso al referirse a la emergencia del pene real que hace que ese goce se presente para Juanito como totalmente ajeno. La angustia como señal de lo real, emerge frente al encuentro con un goce que Juanito intentará poner fuera de cuerpo vía el tratamiento de las equivalencias simbólicas, al que lo lleva el trabajo con la fobia. Juanito se encuentra concernido por ese pene real, embarazado frente a eso que corcovea y que no puede eludir. De hecho síntoma e inhibición, serán los modos de hacer con ese real.
Otra vía de interrogación es la del embarazo con el pasaje al acto. Nos detendremos ahora en el filo del pasaje al acto, en su antesala, en las coordenadas que lo precipitan. Lacan recurre a Dora y a la Joven homosexual para dar cuenta del modo en que los afectos inciden en el desenlace que lleva al pasaje al acto. Tomaremos solo el caso de la Joven homosexual. Lacan sitúa que es ante la mirada del padre que reprueba su conducta, que se produce lo que llama “el supremo embarazo”. Dicho embarazo es efecto de la mirada paterna, cuya gramática es leída por la Joven homosexual como un no lugar. Por otro lado, surge la emoción, segundo término en la columna de la inhibición, frente a la escena que le hace la mujer con quien se paseaba. Lacan dice que esa doble coordenada: embarazo y emoción son las que precipitan al pasaje al acto (Lacan 2006, p. 124) Queremos destacar este punto, porque en la transmisión que solemos hacer del pasaje al acto resaltamos la identificación con el objeto a como resto y el conflicto entre el deseo y la ley. Por supuesto que estas dos últimas coordenadas son esenciales en el pasaje al acto, pero no debemos desestimar el valor conferido a los afectos en el drama que allí se precipita.
Luego de situar estas coordenadas esenciales del pasaje al acto, Lacan lo enlaza a la estructura del fantasma. Y allí también hay una indicación, ya que si bien el sujeto queda identificado al objeto como resto, el pasaje al acto sin embargo, queda del lado del sujeto. Se vale nuevamente del caso de la Joven homosexual y de ese “dejarse caer” que se pone en juego en el pasaje al acto. Dice: “…el pasaje al acto está del lado del sujeto en tanto que este aparece borrado al máximo por la barra. El momento del pasaje al acto es el de mayor embarazo del sujeto, con el añadido comportamental de la emoción como desorden del movimiento.”[12] (Lacan 2006, p. 128) Y agrega que “es desde allí donde se encuentra- a saber, desde el lugar de la escena en la que, como sujeto fundamentalmente historizado, puede únicamente mantenerse en su estatuto de sujeto- se precipita y bascula fuera de la escena.” (p.128) Esta es la estructura del pasaje al acto que determinan la coyuntura: embarazo y emoción; identificación al objeto a y conflicto entre el deseo y la ley. El embarazo conlleva lo insoportable de una escena, situación que tiende a resolverse vía el pasaje al acto en tanto “el sujeto se mueve en dirección a evadirse de la escena” (Lacan 2006, p. 129)
Por eso se vuelve crucial leer los modos en que el sujeto resuelve ese modo peculiar de afectación en el cual el cuerpo se encuentra sumamente concernido. No hay donde esconderse, se está a la intemperie. La resolución hacia el pasaje al acto como punto de máximo embarazo y salida de la escena del Otro con el consecuente pasaje a lo real, nos alerta respecto a no desmerecer este afecto cuando se presenta en la cura.
Entonces, el embarazo se inscribe en la columna de la angustia: tensado entre el impedimento y el pasaje al acto. Lacan lo define como una forma ligera de la angustia porque si bien estamos en el terreno del significante, el embarazo nos acerca a la orilla del objeto en la medida en que el goce que emerge en el cuerpo no puede ser desatendido.
Por otro lado, entre el embarazo y la angustia, se ubica el pasaje al acto. Pasaje al acto que pone como bisagra la identificación con el objeto. Del embarazo que anuncia la caída de los semblantes al pasaje al acto que sanciona la destitución de la causa de deseo y confronta al sujeto con un real insoportable, del cual intenta desembarazarse vía la salida de la escena.
Lo embarazoso pone al cuerpo en primer plano, articula la mirada del Otro que puede cobrar la forma de la burla, la decepción o la desaprobación. Articula también la voz del superyó que vehiculiza un goce mortificante y empuja a identificaciones melancolizantes. Consideramos que es un afecto prevalente en la adolescencia, esos momentos en los que el cuerpo no puede ser velado, y donde el lazo con los otros y con el Otro tiene un lugar decisivo. ¿Cuántos pasajes al acto en la infancia y adolescencia han estado anticipados por esas coordenadas donde el sujeto no tuvo ya donde guarecerse, donde ponerse a resguardo de la voz y la mirada? El embarazo entonces, como afecto delator, nos pone sobre la pista de una orientación clínica para su tratamiento y cobra un valor relevante en lo atinente a las urgencias subjetivas.
Un relato conmovedor es el que realiza Tatiana Tîbuleac (2020) en su novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Aleksy, el narrador de la trama, nos trae el desgarro que atravesó su historia tras la muerte de su hermana menor. Muerte que produce un estallido de lo familiar, en tanto esta niña era quien los mantenía unidos. Con la muerte de la niña su madre se retira del mundo y su padre intensifica el consumo de alcohol. Aleksy busca durante meses un lugar amoroso donde guarecerse, un gesto amoroso por parte de la madre que indique un resto de deseo que lo aloje. Pero la madre entra en un mutismo insoportable para el niño, gobernado por un cuerpo inerte y una mirada vacía. Un cuerpo que permanecía aferrado a los guantes de la niña muerta a tal punto, que solo se alimentaba cuando la abuela de Aleksy le daba de comer en la boca. Siete meses duró el encierro materno, momento crucial de desfallecimiento del deseo del Otro y por ende interpelación del sujeto por su lugar en la estructura. Aleksy dirá: “…mi madre no vino, no habló, no me llamó” (p.32) Sin embargo, durante ese tiempo, el niño intenta una y otra vez que la madre lo mire, le hable, lo abrace. Y se encuentra con un vacío insondable, un vacío pleno que pone en jaque la dimensión propia de la causa de deseo. Cuando él se abrazaba a sus piernas, ella simplemente lo apartaba sin dirigirse jamás a él. Aun así, la disrupción de los afectos, la precipitación en el pasaje al acto no se da hasta el momento en que la madre sale de ese estado de melancolización extrema. Aleksy dirá que cuando su madre salió finalmente de ese agujero, “Pasó junto a mí como junto a un charco y se dirigió directamente a la habitación de Mika. Guardó los guantes en el armario y le preguntó a mi abuela si había comida.” Es allí donde se producirá el momento de máximo embarazo que lo empuja al pasaje al acto. Dice: “Aquella noche me golpeé 24 veces la cabeza contra los azulejos del baño, dejé una huella redonda y roja, como si alguien hubiera reventado una chinche enorme” (p. 33).
A partir de ese punto de inflexión, Aleksy pasará por múltiples tratamientos psiquiátricos, habrá atravesado infinidad de crisis donde rompía objetos o golpeaba a otros. Todo el libro está recorrido por un hilo que recoge una gramática de la mirada materna y por ende, un tratamiento posible de ese real traumático, que se inauguró como insoportable de lo que el niño leyó en el retiro de la mirada de su madre hacia él. Porque la mirada que interpela el lugar del sujeto en el deseo del Otro no es solo la del exceso, sino también aquella que se vacía de amor y deja a cielo abierto el encuentro con un goce donde el niño no es más que un desecho.
Es precioso el modo en que esa gramática de la mirada va dando indicios de la mutación en el lazo entre él y su madre, a partir del momento en que ésta enferma de cáncer y deciden ir a pasar sus últimos meses en un pequeño pueblo de Francia. Así se suceden unas a otras marcando escansiones en el texto: “Los ojos de mi madre eran un despropósito” (p. 17); “Los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena y guapa” (p. 41); “Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro” (p. 65); “Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos” (p. 91); “Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas” (p. 107); “Los ojos de mi madre eran las ventanas de un submarino de esmeralda” (p. 161) “Los ojos de mi madre eran conchas despuntadas en los árboles” (p. 177) “Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano” (p. 205) “Los ojos de mi madre eran brotes a la espera” (p. 246) Este último, aparece al final del libro luego de poner en serie a todos los anteriores, y está destacado. Da cuenta del trabajo de elaboración de Aleksy entre lo que antecedió a la pérdida de Mika –su hermana– la caída en el deseo del Otro tras esa pérdida, los años cernidos por el odio hacia su madre por haberlo dejado a su suerte, y la posibilidad de un lazo otro donde alguna vertiente del amor se instituye. “Brotes a la espera”, como posible lugar, como posible horizonte a partir de la tramitación de ese duelo que había quedado inconcluso.
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