Reseña

Caramba y zamba la cosa

Alfonso Vadillo

Caramba y zamba la cosa

Universidades, núm. 78, pp. 101-107, 2018

Unión de Universidades de América Latina y el Caribe

Pérez Arce Francisco. Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar. . 2017. Itaca

Caramba y zamba la cosa

Esta presentación fue realizada por Alfonso Vadillo en la Facultad de Economía, Aula Magna Jesús Silva Herzog.

27 de septiembre de 2018.

Luego de varios intentos fallidos, renuncié hace muchos años a escribir sobre el movimientos del 68, se atragantaba en mi “Lettera 22”, una máquina de escribir portátil entonces muy usada por los estudiantes.

Durante 8 años escribí una columna en El financiero, y en 1993 fui amenazado de despido si no escribía sobre el 68 y el 2 de octubre de ese año el suplemento Zona Abierta publicó lo único que he escrito al respecto. No les doy el título, alguien puede encontrar en Internet ese ensayo que no me gusta y me apena.

El libro de Francisco Pérez Arce, Paco para mí, es un gran poema. Merece ser presentado por un poeta. De hecho leí la insuperable reseña de Mariángeles Comesaña que escribió lo que en mi opinión es el poema más sublime a la generación del 68 “Se han hecho viejas las promesas”. Nos vio, abro comillas como “aquellos jóvenes apasionados que iban a la escuela con una chamarra verde olivo y un libro bajo el brazo, los que querían ser árbol y prometían la conquista del cielo”.

Sé que estoy aquí sin ningún mérito, sólo porque el Dr. Antonio Ibarra es un gran seductor y ejerce su habilidad hasta contra sus amigos, no pude decirle no y, además, estimo a Paco y su imagen cálida habita en mi nostalgia por aquellos años.

Rayo en cielo tranquilo

Paco inicia donde todo empezó, en La Ciudadela, el 22 de julio de 1968: “No sabemos el motivo -escribe- era un día cualquiera y se armó la gresca… alguien llamó a la policía… llegaron dos camiones de granaderos… no apaciguaron nada… embistieron macana en mano a los pleitistas.” Persiguieron a los estudiantes hasta la Vocacional 5 y aporrearon incluso a maestros.

La Federación de Estudiantes Técnicos (FNET), una organización priista, se vio forzada a convocar para el 26 de julio una marcha de protesta que partía de La Ciudadela hasta el Casco de Santo Tomás. El mismo día otra marcha tradicional, organizada por la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), conmemoraba el asalto de Fidel Castro al cuartel Moncada, salía del Salto del Agua al hemiciclo a Juárez, las marchas no se tocaron. Pero la pluma de Francisco urde destinos: “si viéramos la película sin sonido veríamos las dos marchas, muy parecidas”.

Desafiando una prohibición no escrita, los estudiantes se dirigieron al Zócalo. Una cuadra antes, los granaderos arremetieron y el enfrentamiento se expandió por calles que entonces conformaban un barrio estudiantil. Al día siguiente los estudiantes amanecieron en la Prepa 1, en el Colegio de San Idelfonso, sitiada por los granaderos.

El día 29 el jefe del Departamento del D. F. recurrió al Ejército para desalojar a los estudiantes y con un arma de calibre inconcebible derribaron el portón emblemático del antiguo edificio colonial. Las autoridades informaron a la prensa que: “la conjura comunista ha sido controlada por la fuerza pública”. Así surgió, recuerda Paco, la versión oficial de la: “conjura contra México, orquestada desde gobiernos extranjeros, y cuyo fin era enturbiar los Juegos Olímpicos”. Mientras tanto el rector declaraba en CU: “Hoy es un día de luto para la Universidad Nacional; la autonomía está amenazada gravemente”.

El 31 de julio iniciaron huelgas las Facultades de la UNAM, del Politécnico, la Normal Superior, Chapingo, el Colegio de México, el INBA, reunidos en torno a sus asambleas. Todos los centros de educación superior del entonces Distrito Federal estaban en paro. Escribe Paco:


Unos días antes, unos jóvenes se peleaban en la plaza de La Ciudadela… días después, el Ejército… ocupa el centro de la ciudad e invade un emblemático edificio universitario, con un arma de alto calibre. Se había llegado al absurdo.

Hubo más. La policía disolvió la asamblea en la escuela de Teatro de Bellas Artes y golpeó a su director. Las universidades de provincia se solidarizaron con el Poli y la UNAM, y algunas se fueron a la huelga. En pocos días surgió, como advierte Paco, “una unidad estudiantil nacional como nunca se había visto.”

El Gobierno insistía en “Condenar la subversión extranjera”, en respuesta nosotros entonábamos el himno para decir “somos mexicanos al grito de guerra.”

El 1 de agosto el rector Barros Sierra presidió la marcha que salió de Ciudad Universitaria, estaba autorizada hasta Félix Cuevas; el Ejército acechaba en el Parque Hundido. Este libro me recordó la lluvia fina de aquel día.

Una anécdota. Antes del 1 de agosto, por iniciativa de nuestro comité de lucha y secundado por otros, se solicitó una reunión con el rector para pedirle encabezar una marcha. Éramos como 40, nos recibió en su sala de juntas y rehuía aceptar la solicitud, ante la insistencia dijo que lo pensaría. Cuando se retiraba una voz anunció: “Ustedes nos enseñan en las aulas la dignidad y el celo con el que debemos defender nuestra Universidad, y en el momento de la verdad nos dejan solos”. Don Javier se volvió, nos recorrió con su mirada uno por uno, como tratando de descubrir quién había pronunciado esas palabras, o como dudando si sólo las había escuchado en su conciencia. No dijo más, noté que se le humedecieron los ojos y salió de la sala.

Meses más tarde recordando ese momento preguntó si sabía quién había sido el de la frase. Respondí que no, y no pienso decir nunca quién fue. Ignoro si eso influyó en su decisión de marchar.

El 5 de agosto el Politécnico salió a la calle “de Zacatenco al Casco de Santo Tomás gritando ‘Güelum’ y ‘goyas’”, escribe Paco “cien mil marchistas repiten las consignas coreadas en la marcha del rector e inventan otras… una fraternidad que parecía imposible. Se contagiaban la rebeldía”.

Al día siguiente, el 6 de agosto en Zacatenco, recuerda Paco, nacía “el Consejo Nacional de Huelga”, el CNH y “Cien escuelas y cientos de miles de alumnos estaban en huelga indefinida… contaban con una dirección nacional y los seis puntos del pliego petitorio condicionado por una demanda significativa: “diálogo público”.

El 13 de agosto el CNH convocó una marcha que partió del casco de Santo Tomás al Zócalo y abarcó varios kilómetros. El Universal reportó que se requería caminar “una hora con 20 minutos para ver de la vanguardia a la retaguardia”.

Cuando el rector Barros Sierra izaba la bandera a media asta en Ciudad Universitaria, Díaz Ordaz pronunciaba en Guadalajara el llamado “discurso de la mano extendida”, los estudiantes respondieron al déspota: “A la mano extendida, la prueba de la parafina”.

Viento en popa

No creo haber leído todos los libros sobre el 68, son muchísimos. Puedo decir que, a diferencia de los que recuerdo, en éste no hay nombres de los protagonistas, de los dirigentes, sólo aparece uno que otro villano. El protagonista es el movimiento, cientos de miles de activistas y brigadistas que lo hicieron posible.

Las fechas son ambientes, imágenes que tejen una narrativa visiva, casi cinematográfica. En este sentido, ante la pregunta ¿qué es una huelga? Paco nos responde, una huelga no es solamente “una escuela vacía” es mucho más que eso. Entonces recordamos aquella famosa taza de té. Las imágenes de Paco nos trasladan a “un tiempo de rebeldía en otros países,” al Mayo Francés, a la Guerra de Vietnam e incluso nos remontan a la Guerra Civil Española con sus canciones y romances; todo esto con el sentido de precisar que en el 68 una huelga era “un espacio libre y los estudiantes podían en ella hacer lo que quisieran.” Cabe decir también que las horas de aquellas huelgas se ocupaban con trabajo crítico y reflexivo, que a su vez culminaban con acciones de lucha; no se trataba entonces de un tiempo ocioso sino más bien de un tiempo plenamente productivo.

Dije una taza de té, nadie ignora que de una taza de té emana el tiempo de otra memoria que se dilata en los siete volúmenes de El tiempo perdido de Marcel Proust con sus 3,724 páginas. Como Proust, Paco nos desliza a un tiempo encontrado, “ocupado”.

Escribe Paco que la manifestación “del 13 de agosto es una gran marcha… Supera en tamaño a las dos anteriores. La encabezó la Coalición de Maestros con una gran manta: “Los profesores reprobamos al gobierno por su política de terror”.

Las fechas son imágenes que tejen con arte su narrativa y el arte, decía Paul Klee “no enseña, nos hace ver”.

La tramoya inocultable de la llamada “alta cultura” se filtra, discreta, desciende sin pretensiones, abro comillas hasta el “obrero, al pequeño comerciante, a la ama de casa, al marchante del mercado, al trabajador de oficina, al público de los cines”, para decirnos que el movimiento se llenó de pueblo, de cultura popular, con las brigadas estudiantiles que “salen por cientos de todas las escuelas” son “el antídoto a la “prensa vendida”. Escribe Paco: “llegan temprano en la mañana, o temprano en la tarde, o temprano a cualquier hora”, para difundir su contra-información frente al discurso del gobierno.

Y el movimiento del 68 continúa su viaje en imágenes panorámicas de la Ciudad de México de entonces, desde “la refinería de Azcapotzalco” hasta al antiguo cine Gloria (en la calle Campeche de la colonia Roma), creo que hoy es una discoteca y, por su origen, se llama El Cine.

La fiesta de la rebelión se dilató desde la UNAM y el Poli hasta abarcar la entera geografía universitaria de nuestro país. En aquel agosto Paco ubica “los mejores días del movimiento… que disfruta su primavera. El gobierno es incapaz de frenar la ola, y su lenguaje está gastado, es estéril.”

El trance memorioso de fotogramas nos lleva a la siguiente estación. La manifestación del 27 de agosto, escribe Paco: “representa el momento álgido. Es la marcha opositora más grande de la historia del país hasta ese día”; 400.00 marchistas “Han subvertido la vida cotidiana. Han encontrado una identidad con la rebeldía juvenil mundial”. Luego abre otra puerta del laberinto de su memoria, escribe: “Las muchachas participan en todo, ni más ni menos que sus compañeros. Son brigadistas, hablan en las asambleas, operan el mimeógrafo, incluso algunas se quedan a las guardias nocturnas, lo que días atrás era impensable”. Recuerdo que había como diez “guerrilleras” en el comité de lucha de Economía, después fueron cientos.

El movimiento es ya “movimiento estudiantil-popular” ha ganado el apoyo de la mayoría de la Nación. A fin de cuentas, éramos sus hijos. La marcha fue, escribe Paco: “Más que una batalla, una fiesta”. Este apartado de ensueños concluye entretejido oportunamente con lo que llama “La balada de Topilejo”. No voy a leerlo, sólo les aviso que este pasaje cuenta la guerra de guerrillas de la imaginación estudiantil y de la solidaridad popular frente al poder. Les sugiero que se sorprendan, que disfruten esa balada entre tortillas recién echadas y tiempos de elotes, hasta la noche victoriosa del 15 de septiembre, cuando en el pueblo de Topilejo, el grito lo dio, recuerda Paco el “estudiante de Economía, José del Rivero, que a las vivas a los héroes de la Independencia, añadió Viva Zapata y Viva Rubén Jaramillo”.

Tres días más tarde, el 18 de septiembre, el Ejército invadió Ciudad Universitaria. Después del terror del 2 de octubre, Topilejo mandó decir dos misas por nuestros muertos que ya eran suyos.

En el apartado titulado EL CIELO ESTÁ ENCAPOTADO, la manifestación silenciosa es descrita como una guerra de símbolos.

Fue silenciosa en respuesta a la acusación de que el movimiento era la expresión de jóvenes revoltosos, indisciplinados, que buscaban el borlote, que respondían a intereses extranjeros y la prueba de ello, según el gobierno, era que usábamos a héroes de otras realidades, escribe Paco: “como El Che, como Hò Chí Minh, como Camilo Torres, como Martin Luther King”. En realidad, precisa “eran íconos universales, no extranjeros como alegaba el presidente”.

Entonces marchamos, como recuerda Paco, con retratos de “Emiliano Zapata, de Pancho Villa, Flores Magón. Pero no Carranza, no Calles, no Obregón. De la revolución mexicana, elegían a los suyos, a los que representaban las vertientes populares y cargadas a la izquierda”.

El 13 de septiembre marchamos en silencio con espadrapos en la boca. Callábamos, abro comillas “para ser escuchados, que el Gobierno escuchara lo que no había querido escuchar”.

Paco describe: “fue un gran silencio. Se escuchaban los pasos. Eso se me grabó. Era una manifestación en la que se oían los pasos. Un silencio paradójico, que –agrega– devolvió la voz al movimiento... El prestigio que creía perdido, su buena fama de imaginativo, inteligente y justiciero, de un movimiento disciplinado que reivindicaba la historia mexicana levantando las efigies de héroes con los que podía identificarse. Y con el silencio de cientos de miles había recuperado la iniciativa política, superado al gobierno con una medida que nadie había previsto”. La manifestación silenciosa interpretada justamente como una guerra de símbolos.

Un gobierno al que desafiamos dando el grito en Ciudad Universitaria y en Zacatenco a las once de la noche, a la misma hora que el presidente daba el grito en el Zócalo. Elogiamos a los héroes nacionales con los que el movimiento se identificaba: “Zapata, Villa, Cárdenas... Y de ninguna manera Carranza, Obregón o Calles. Que el gobierno quería poner en el mismo costal y reclamarse heredero de todos. Se dijo, agrega precisando, que la ceremonia del Zócalo fue desangelada, y que las nuestras fueron masivas y alegres”.

El capítulo lo completan dos historias paralelas al movimiento:

“La tragedia de Canoa” (pp. 50-52) cuenta la noche del terror que ocurrió en el poblado indígena de San Miguel Canoa, en el estado de Puebla, donde el 14 de septiembre de 1968 llegaron "cinco jóvenes trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla. Iban a escalar la montaña La Malintzin", hospedados esa noche por una familia campesina. El cura y cacique del poblado Enrique Meza Pérez: “había advertido que estudiantes demoníacos llegarían un día a imponer el comunismo, destruir su religión y robarse a sus hijos. Los mismos estudiantes decía que habían izado su bandera en la catedral de México: una bandera roja como el infierno y negra como el pecado”.

Azuzados por el cura, los pobladores mataron de un palazo en la cabeza al propietario de la casa que los hospedó y “Sacaron a palos y machetazos a los cinco visitantes… comunistas enemigos de Dios. Uno logró huir y finalmente llegaron ambulancias y policías y lograron sacar a los sobrevivientes, uno de ellos mutilado”.

Luego narra el episodio de “Alcira en el baño de mujeres de Filosofía y Letras”. Cuenta la ocupación militar de Ciudad Universitaria el 18 de septiembre, tejida con la anécdota de una uruguaya, “pedagoga y poeta, de nombre Alcira, que vivía en la Universidad y se encerró en el baño dispuesta a resistir la violación de la autonomía”. Admiraba especialmente al poeta español León Felipe. Se dice que mientras entraba el ejército puso en alta voz un disco grabado con la voz del poeta recitando su poema titulado “Qué lástima”. Paco imagina el asombro del soldado, hijo de campesino indígena: “que no puede odiar a jóvenes como él, que salen asustados y no tratan de huir sino parecen buscar protección entre ellos mismos, mientras el soldado escucha al poeta: “Porque... ¿qué voy a cantar si no tengo ni una patria?”Al mismo tiempo imagina a Alcira, “que también tiene dos patrias, o solo una que incluye las dos, que admira y quiere a León Felipe, quien había muerto esa mañana”.

Casi para concluir este aparatado, Paco advierte que puede tratarse:

de una leyenda (tiene el sabor de una leyenda), pero de todos modos me gusta imaginar que el Ejército mexicano cuando entraba a Ciudad Universitaria, tuvo que avanzar escuchando la voz de León Felipe que lleva un día de muerto, leyendo su poema.

Concluye narrando el apoyo nacional e internacional al movimiento y el repudio al gobierno por la ocupación de la UNAM, la renuncia del rector Barros Sierra que la Junta de Gobierno no aceptó. El 23 de septiembre los granaderos intentaron tomar la Vocacional 7 y las escuelas del Casco de Santo Tomás y Zacatenco, donde los estudiantes resistieron todo un día, hasta que llegó el Ejército. Mientras, de madrugada, grupos armados ametrallaban El Colegio de México, la Prepa 9 y la Vocacional 5.

Entre el 18 de septiembre con la ocupación militar de C.U., y el 29, cuando el Ejército se retiró, la creciente solidaridad social al movimiento mostraba que el discurso del Gobierno por satanizarnos había fracasado, por eso retiró al Ejército, acto que parecía anunciar una posible distensión.

Sabemos que no fue así, era la víspera del 2 de octubre. Esto y lo de los Juegos Olímpicos no lo voy a abordar. Porque de eso se ha dicho tanto y porque me duele. Paco recurre al monólogo interior para narrar su experiencia en el genocidio. Concluye evocando el “célebre cartón de Abel Quezada, que no era sino una mancha negra enmarcada, y encima una pregunta: “¿Por qué?”, publicado el 3 de octubre en el Excélsior.

Yo recuerdo que después del 2 de octubre, con casi todos los dirigentes encarcelados, algunos activistas de los comités de lucha tuvimos que asumir tareas de organización en condiciones muy adversas, con escuelas y facultades en huelga y asambleas casi vacías. Paco cuenta aquellos días magistralmente en su capítulo titulado “Después del naufragio”.

Escribe Paco que en 1969 los estudiantes oían anécdotas interminables, la necesidad de mantener el movimiento vivo. Pero faltan los meses noviembre y diciembre y los primeros dos meses del 69 que yo recuerdo de modo diferente, viví el despoblarse de la universidad y las asambleas. En los comités de lucha cada vez más vacíos estaban algunos pocos que se esforzaban en recuperar la iniciativa en un entorno de desá-nimo creciente. Recuerdo aún y siento aquella inmensa soledad. Luego, desde marzo, sucedió ciertamente lo que narra Paco.

Alrededor de nuestros presos logró mantenerse la discusión en los ámbitos de la UNAM y del Poli. Encerrados por el terror de la represión, intentamos continuar con actividades culturales, cotidianamente nos consolábamos con canciones revolucionarias, en cineclubes, los talleres de poesía, pero nos habían aplastado y, no obstante, como escribe Paco “todo había cambiado” y concuerdo que lo que había cambiado “es difícil de explicar”. En este apartado pretende de manera ejemplar elaborar un recuento puntual buscando acomodar “las piezas de lo que acabábamos de vivir”, se dilata hasta 1971 con el último informe de Díaz Ordaz y los aplausos del priismo, aun así, siento que su esfuerzo no basta.

Al final estuvimos todo ese año girando en torno a nuestros presos. Esto se acentuó con la agresión perpetrada por las autoridades de Lecumberri en represalia a una huelga de hambre, utilizando reclusos de alta peligrosidad que el 1 de enero de 1970 atacaron en especial a la mayoría de nuestros presos adultos de la crujía M, a nuestros jóvenes estudiantes hacinados en la N y a otros de la C. Como final, Paco consigna el angustioso y brutal testimonio de José Revueltas. El pasaje “Lecumberri” es parte de una larga carta de 55 páginas de Revueltas, dirigida al escritor norteamericano Arthur Miller, publicada en su libro titulado En el filo (México, UNAM-Era, 2000).

El último apartado titulado “El 68 en el mundo” es muy importante, muestra las convulsiones sociales de ese año casi simultáneas en todo el mundo. En su reciente libro Adiós al 68, Joel Ortega escribe: “por primera vez, este país llegó a tiempo y formó parte de un movimiento planetario”. Joel de manera directa y Paco con una secuencia precisa de sucesos refutan la imagen que urdió Elena Poniatowska de un movimiento único, aislado y por demás reducido a aquella noche trágica.

En la página 36 está el oportuno “¡Caramba y zamba la cosa!”, título del libro, y estribillo de la canción “Que vivan los estudiantes” de Violeta Parra que nunca grabó, la popularizó Mercedes Sosa, pero es imposible no escuchar la voz de Violeta. Su canto poético confrontó las sinrazones de su tiempo, tan nuestro, develando la tramoya que enmascara privilegios y, en esencia, relaciones de poder.

Espero no atropellar las ideas de Paco, pero quizá evoca a Violeta para mostrarnos que su actitud debería animar el quehacer de las Ciencias Sociales. Que el canto de Violeta es un escudo que protege esa especie que todavía algunos llamamos género humano, hoy convertido en mercancía. Amenazado como nunca por nosotros mismos. A esta “Santa de greda pura”, de arcilla de color blanco azulado, como la llamó Pablo Neruda, le gustábamos los estudiantes, creía que éramos “jardín de las alegrías”. Creo que a Violeta le encantarían, como a mí, nuestros estudiantes de ahora, los que mostraron el pasado 5 de septiembre, quienes no olvidaron que nuestros 43 de Ayotzinapa acudían a la conmemoración del 2 de octubre.

Su marcha responsable y memorable del 13 de septiembre ha sido un bálsamo a la desesperanza que me ha acompañado desde 1968. Demostraron que las bazucas de entonces y el odio que persiste no pueden asesinar los sueños.

Por último, en su Novum Organum, Francis Bacon, tocayo de Paco, escribió: “los libros son naves del pensamiento, viajan sobre las olas del tiempo transmitiendo su preciosa carga de una generación a otra”. Este libro es una barca poblada de entrañables imágenes, una memoria poética que el autor ha puesto en manos de las generaciones venideras, y memoria es historia, es identidad. En fin, aquí seguimos los sobrevivientes, creo que es verdad que ya se nos “ha caído el tiempo y el brillo de los ojos”, como escribió Mariángeles Comesaña. En todo caso aquí estamos.

Gracias a ustedes por su paciencia y a Paco por este precioso libro.

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