Reseñas
Natalio Botana (2016). Repúblicas y monarquías. La encrucijada de la independencia, Buenos Aires, Edhasa, 288 páginas.
Natalio Botana (2016). Repúblicas y monarquías. La encrucijada de la independencia, Buenos Aires, Edhasa, 288 páginas.
Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, núm. 48, pp. 213-219, 2018
Universidad de Buenos Aires
| Botana Natalio. Repúblicas y monarquías. La encrucijada de la independencia. 2016. Buenos Aires. Edhasa. 288pp. |
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Natalio Botana cierra el libro que es objeto de esta reseña con una pregunta clave: “¿Por qué y para qué la independencia?” (2016: 261). Se trata de una pregunta que, en el marco del epílogo que la contiene, le permite al autor recapitular las interpretaciones que fueron delineando hasta el Centenario de este acontecimiento fundacional las generaciones posteriores. Juan B. Alberdi, Domingo F. Sarmiento, Bartolomé Mitre, Vicente F. López, Joaquín V. González y José Ingenieros desfilan en ese epílogo para concluir que “los años del Centenario de 1816 cerraron provisoriamente una querella de interpretaciones opuestas que, sin embargo, concordaban en hacer de la independencia una categoría central de nuestra experiencia cívica” (Botana, 2016: 260).
Un siglo después de aquellas controversias, en el contexto del Bicentenario, esa centralidad regresa con nuevas preguntas y enfoques en Repúblicas y Monarquías. La encrucijada de la independencia. Un regreso que, encuadrado en la prolífica obra de Natalio Botana, expresa una secuencia en la que su foco de interés sobre el siglo XIX experimenta una suerte de sucesivos desplazamientos de reconstrucción retrospectiva. Si tomamos algunos de sus libros emblemáticos sobre el derrotero decimonónico siguiendo la cronología en la que fueron publicados –El Orden Conservador, La Tradición Republicana y La Libertad Política y su Historia– es fácil advertir ese desplazamiento como asimismo la marca registrada del autor que consiste en proponer “un método ubicado en el punto de intersección de la teoría política con la historia” (Botana, 2016: 11). La originalidad que esta intersección le otorga a sus interpretaciones sobre el pasado se despliega a través de ciertos tópicos recurrentes que, en cada una de estas obras, van entrelazando una perspectiva de largo plazo sobre el tortuoso siglo XIX: la construcción de una legitimidad de origen y una legitimidad de ejercicio, el derrotero de la representación, el dilema de la sucesión política, o la tensión entre tradición y novedad, son algunos de los más destacados.
Como indica el subtítulo de esta nueva contribución, el texto presenta la encrucijada de la independencia en toda su potencia. El autor se instala así en una de las tendencias que exhibe la reciente historiografía política hispanoamericana, que busca desacoplar el fenómeno revolucionario respecto del fenómeno independentista, dotando de autonomía historiográfica a ambos momentos. Tal desacople, que significa penetrar en las especificidades propias de cada coyuntura sin que tal autonomía analítica presuponga deslindar ambos fenómenos desde el punto de vista del proceso histórico, encuentra en este libro nuevas claves de interpretación. Si bien el autor inscribe el proceso en la crisis abierta en 1808 y en la novedad radical que trajo consigo la Revolución de Mayo, al concentrarse en el período 1816-1819 escapa de la clásica periodización que abarca la llamada década revolucionaria para focalizar los problemas y dilemas específicos que implicó la declaración de la independencia. Y entre esos dilemas, Botana destaca ese momento único de nuestra historia política en el que la alternativa entre república y monarquía figuró en el repertorio de opciones posibles para la futura forma de gobierno.
A partir de una reconstrucción basada en un denso y variado corpus de fuentes el autor postula que “la escisión entre independencia y constitución sobresale en esta trama” (Botana, 2016: 20). Para poner en evidencia dicha escisión se detiene en un riguroso análisis de aquellos cuatro documentos que el Congreso consideró fundacionales de su labor desplegada entre 1816 y 1820 y que el Directorio, todavía en funciones, dio a conocer en un libro impreso en varios idiomas: el Acta de Independencia, el Manifiesto de 1817, la Constitución de 1819 y el Manifiesto que presentaba a ésta. Los cuatro documentos son a su vez escrutados a través de una detallada exploración de los debates desarrollados en el Congreso Constituyente.
Entre los numerosos y ricos aportes que nos provee el libro, sobresale el tratamiento original que merece la declaración de la independencia y su justificación, por un lado; y la cuestión constitucional y la forma de gobierno, por el otro. Botana entrelaza ambas dimensiones a través de un diseño de doble entrada. En primer lugar se encuentran los tres círculos que traza de la independencia: el que atañe al individuo y sus derechos, el que refiere a la constitución de una unidad política o Estado, y el concerniente a la mayor o menor centralización de ese Estado futuro. En segundo lugar, los problemas se ordenan según los cuatro puntos cardinales de la crisis de legitimidad política, montados sobre un eje horizontal que atiende al ejercicio de la autoridad, cuyos polos son la representación y la sucesión, y sobre un eje vertical que atiende a la soberanía incluyendo el territorio y la reducción a la unidad.
El primer capítulo está dedicado a presentar el escenario de 1816. La estrategia narrativa que Botana elige para recuperar las experiencias precedentes a escala interimperial no puede ser más oportuna y atractiva al lector: las Memorias de Talleyrand, escritas ese mismo año en el emblemático castillo de Valençay, le permiten introducir el conflictivo proceso abierto entre 1807 y 1808 con la invasión napoleónica y su repercusión a ambos lados del Atlántico. Luego de detenerse en los ensayos constituyentes de Bayona y Cádiz, Botana cierra el capítulo con la voz de Talleyrand cuando reflexiona en el contexto del Congreso de Viena en torno a la crisis de legitimidad que había roto de manera violenta la regla de sucesión y que afectaba a los dos repertorios disponibles en ese momento: las monarquías y las repúblicas.
En este comienzo, el autor deja planteados los problemas y desafíos que deberán enfrentar los actores rioplatenses al declarar la independencia y que se desarrollan en el segundo capítulo. La reconstrucción de tales desafíos se despliega en un diálogo constante entre los lenguajes procedentes de la filosofía política y los dilemas que desde 1808 experimentan las dirigencias locales en el plano de la soberanía y de la legitimidad. El doble esquema antes mencionado organiza la información, dedicándole especial atención al primer choque entre centralización y autonomía en el quinquenio que precedió a la independencia. La declaración de julio de 1816 constituye el centro del capítulo y allí sobresale el agudo análisis que Botana realiza tanto del Acta de la Independencia como del Manifiesto de 1817, que justifica la causas de tal declaración. En un despliegue erudito e iluminador, el autor pone en diálogo ambos documentos con el Acta de Abjuración de los Países Bajos y el Acta de Independencia de los Estados Unidos.
Como sabemos, existe un extendido consenso en aceptar que el país que había irrumpido con la novedad del lenguaje de la independencia era Estados Unidos, cuya declaración del 4 de julio de 1776 habría dotado de un nuevo significado al vocablo independencia, entendiéndose como atributo determinante de un estado o nación entre otros estados y naciones. Sin embargo, Botana subraya un dato relevante: el papel que tuvo el Acta de Abjuración de 1581 en lo que aconteció en Tucumán y destaca que la declaración de independencia de los Estados Unidos de América vino a acentuar los argumentos esgrimidos en los Países Bajos. En este último caso la novedad residía en que por propia voluntad los miembros de esa comunidad política decidían caducar la obediencia a un monarca considerado ilegítimo y la regla hereditaria que lo ligaba a sus herederos. Botana entreteje estos documentos para argüir de manera convincente que “usurpación y tiranía eran, en consecuencia, dos atributos constitutivos del mal gobierno mediante los cuales la Declaración de 1816 y el Manifiesto de 1817 se identificaban con la Abjuración holandesa de 1581 y la Declaración Norteamericana de 1776” (Botana, 2016: 113). La impronta que el caso holandés tuvo en las emancipaciones hispanoamericanas ha sido escasamente atendida, a pesar de las evidencias que los contemporáneos dejaron al respecto, y por ello su detallado tratamiento en este libro abre una perspectiva fértil de exploración que implícitamente discute algunas de las tesis que colocan a 1776 como un punto de partida del lenguaje político independentista.
El tercer capítulo penetra en el proceso constituyente y en el análisis de la Constitución sancionada en 1819. Allí los argumentos escapan a las clásicas antinomias entre monarquía y república o entre centralismo y federación. Tales oposiciones son escrutadas y matizadas a la luz de una perspectiva que recupera la mirada de los actores en un doble plano: el que se dirige hacia el pasado y la tradición y el que imagina el futuro ante un presente sombrío atravesado por la incertidumbre. En ese doble plano Botana analiza la propuesta belgraniana de una monarquía constitucional bajo una dinastía incaica. Frente a una independencia que determinaba una ruptura sin ningún anclaje que pudiese ofrecer una pista de continuidad con el pasado, la monarquía incaica presentaba una alternativa para resolver a través de la tradición el dilema de la sucesión política en la cúspide y reciclar hacia adelante la idea de una monarquía moderada que salvaguardara la independencia. En el mismo sentido reconstruye el debate en torno al carácter provisorio o permanente del orden constitucional desarrollado en el Congreso para detenerse luego en la carta de 1819. El pormenorizado análisis de la ingeniería política allí plasmada y el particular tratamiento que Botana ofrece sobre la cuestión religiosa y los derechos constituyen referencias ineludibles para quien quiera adentrase en el estudio del tema.
Sobre las inclinaciones centralizadoras de la Constitución sancionada, el autor destaca que fueron llevadas hasta sus últimas consecuencias al encarar una férrea reducción a la unidad de los cuerpos territoriales existentes que reclamaban márgenes de autogobierno. Y en este punto destaca una cuestión fundamental respecto al debate centralización-descentralización, al sostener que “la Constitución de 1819 sólo daba en el blanco cuando proponía a futuro el desarrollo de una novedosa organización territorial, ya contemplada por el naciente constitucionalismo como célula madre de la república, denominada municipio” (Botana, 2016: 154-155). Esta aguda observación habilita a matizar la pregunta que siempre sobrevuela en los diversos estudios: ¿por qué los constituyentes no adoptaron el formato de un Senado como el de la Constitución de Filadelfia para pacificar y negociar con el frente político más conflictivo que provenía de las provincias díscolas que se embanderaban con el federalismo o confederacionismo? La respuesta que avanza Botana exhibe una dimensión radical de aquella constitución que, por cierto, no niega los mecanismos conservadores que la atraviesan: el franco resquemor hacia el aspecto territorial de la política condujo al congreso a ensayar una fórmula que buscaba crear una nueva cartografía de la representación borrando literalmente a las provincias. Desterritorializar la política implicaba desplazar la herencia hispánica actualizada por la revolución y signada por la disputa entre poderes territoriales hacia una concepción que ponía el eje en la superioridad social para ejercerla. La inclinación aristocrática no hereditaria parecía suficiente para garantizar un sistema equilibrado, capaz de morigerar cualquier concepción de gobierno en estado puro, fuese monárquico o republicano, apoyado en una suerte de gobierno de los mejores a cargo de las clases superiores.
Este aspecto se termina de desplegar en el cuarto y último capítulo. Allí se despliega el análisis del Manifiesto, que de la pluma del deán Funes presenta a los pueblos la nueva constitución, y que Botana interpreta como expresión de una voluntad constructivista de la que resultaba como corolario el gobierno mixto allí propuesto. El contrapunto que el autor establece entre el Manifiesto de Funes y el discurso de Angostura, pronunciado ese mismo año de 1819 por Simón Bolívar, es una pieza imperdible de ejercicio comparativo. Especialmente porque en ese ejercicio exhibe la matriz común bajo la cual Funes y Bolívar imaginaban la constitución soñada en la que debían combinarse de la mejor manera posible la aristocracia, la república y la monarquía.
Y he aquí donde Botana ofrece una lectura original sobre la supuesta antinomia entre república y monarquía en el contexto de la Constitución de 1819. En este sentido, el autor apunta que si bien el silencio de dicha constitución respecto de la forma de gobierno abría curso a las negociaciones pendientes con las casas soberanas europeas para coronar un rey en el Plata, revelaba a la vez lo que varios observadores podían percibir, a saber: que “explícitamente no había en ella ni república ni monarquía” (Botana, 2016: 192). La matriz del gobierno mixto podía reciclarse en ambas formas de gobierno siempre que éste garantizara el proceso de reducción a la unidad.
Como sabemos, y destaca muy bien Botana, ese impulso radical fue el que llevó al fracaso de ese ensayo constituyente que derivó en la definitiva caída del poder central y en la formación de nuevas repúblicas provinciales. A partir de allí, el umbral de la monarquía no tendría retorno. El siguiente ensayo que dio a luz a la también fracasada Constitución de 1826 ya no pudo eludir la cartografía creada en 1820, ni intentó tener el gesto radical de su predecesora de crear un nuevo mapa político, a pesar del carácter centralista de su ingeniería. A diferencia del pasado reciente, las provincias llegaron allí equipadas con sus leyes fundamentales dispuestas a ser reconocidas como entidades de pleno derecho para sellar un pacto de unión. Y si alguna convicción albergaba el grupo unitario que dominó el congreso de reconvertir ese mapa, rápidamente debió descartarla luego de las resistencias y oposiciones que despertó la ley de capitalización y la división de la provincia de Buenos Aires, antes de la sanción constitucional.
Las pistas que pueden encontrarse en el itinerario que recorrió el Congreso que declaró la independencia para hacer inteligible el tortuoso proceso que le sucedió, se plasma de manera magistral en esta obra y en la atrapante pluma a la que nos tiene acostumbrados Natalio Botana. La marca registrada de un estilo en el que los acontecimientos históricos desfilan a la luz de la filosofía y de la teoría política es siempre bienvenida en un campo que, como el de la historia política, requiere nutrirse de exploraciones que traspasen las fronteras disciplinares para dotar de sentido a los cambiantes cursos de acción que experimentaron los actores del pasado. Esa marca registrada, sin duda resistente a cualquier intento de imitación, es lo que convierte a un autor en un clásico.