Reseñas

| Roulet Florencia. De malones, cacicas y parlamentos. El arte de la diplomacia en las fronteras. 2025. Buenos Aires. SB. 245pp. |
|---|
El último libro de Florencia Roulet se inscribe en el universo problemático de la frontera sur y las relaciones interétnicas, desde Buenos Aires hasta Mendoza, en el siglo que transcurre entre 1730 y 1820. La autora dialoga con las investigaciones existentes e introduce al lector en un doble ámbito intermedio: el de la frontera –entendida como espacio poroso y cruzado en ambas direcciones por indígenas e hispanocriollos–, y el de la diplomacia –pensada como intersección entre el conflicto que se intenta dirimir y la paz que procura construirse. La diplomacia funciona, a su vez, como hilo conductor, entrelazando los interrogantes que estructuran el texto.
La obra abre preguntas sobre la guerra, sobre las negociaciones entre indios y españoles, sobre los protocolos y los códigos de esas tratativas, sobre los tratados de paz, sobre el impacto de los acuerdos alcanzados en la vida cotidiana de indígenas e hispanocriollos, sobre el papel de las mujeres como embajadoras, sobre los fuertes como lugares clave de las fronteras, sobre los mediadores que hicieron posible el diálogo intercultural y sobre las complejas posibilidades de encontrar el discurso nativo en las fuentes de que disponemos. Las respuestas son tan originales como sugerentes, y nos invitan a pensar de formas distintas esos espacios y períodos, pero también otros lugares y otros tiempos. Además, la autora brinda, como al pasar, estrategias y herramientas para el abordaje documental de las relaciones interétnicas y de la historia de las agrupaciones indígenas.
Los aportes del trabajo son varios. Cada capítulo nos ofrece una interpretación original sobre los temas tratados. Los iniciales transcurren durante la primera parte del siglo XVIII y en el espacio pampeano, una etapa y una geografía que la historiografía describió signadas por la violencia. En contrapartida, Roulet muestra que se trató de un período en que predominó la paz; una “paz armada”, sugiere, pero paz al fin. La pregunta central es, entonces, quién declaró la guerra, ¿los españoles o los indios? Y la respuesta va a contrapelo de lo sostenido por historiadores y antropólogos: la iniciaron los españoles, con su despliegue de agresión desmesurada contra las poblaciones indígenas. El uso desproporcionado de la fuerza llevó a los indios a unir parcialidades para rechazar esos ataques y su furia fue una respuesta a la ferocidad de que habían sido objeto. El segundo capítulo también ensaya una explicación novedosa. Contra la mirada que nos acostumbró al avance de las tropas colonizadoras doblegando a las parcialidades nativas, los hispanocriollos aparecen acorralados por éstas y forzados a cambiar de táctica. Deben negociar con los caciques y deben internarse “tierra adentro” para intentarlo. Otro aspecto destacable de la obra es que plantea convincentemente cómo los indígenas marcaron, también, el tempo de las tratativas y eligieron quiénes negociarían entre ellos. Además, en estos dos capítulos merece subrayarse un aspecto metodológico: la autora muestra cómo y por qué un documento hasta hoy considerado el primer tratado de paz celebrado entre indios y españoles, puede no serlo. A su vez, nos da pistas para hallar el acta de un acuerdo que físicamente no ha llegado hasta nosotros, en los encuentros, los parlamentos, las conversaciones y los reclamos que los indígenas realizaron a las autoridades coloniales. Aún más, Roulet deja herramientas para analizar esos tratados con los que no contamos.
Luego el libro entra en el terreno de las negociaciones pacíficas, reconstruyendo los códigos y procedimientos de la diplomacia interétnica. El tercer capítulo identifica, organiza y explica sus diferentes momentos: las presentaciones, la escolta familiar, el anuncio de la llegada, las ceremonias de recibimiento, las parlas, la distribución de regalos, la incorporación del otro mediante el parentesco real o simbólico, y el cumplimiento de las promesas. Roulet elabora un relato claro y ordenado a partir de un corpus documental fragmentario y disperso, al que suma lecturas antropológicas que dotan de densidad analítica a su narrativa.
En estrecha relación con el anterior, el siguiente acápite se ocupa de las mujeres indígenas. Otra vez se invierte la perspectiva del problema y frente a interpretaciones que las muestran tejiendo ponchos, cuidando rebaños o encargándose de la reproducción de la sociedad, emergen indias y cacicas activas, cruzando fronteras, conectando mundos y forjando su destino. Se muestran mujeres que habían pasado a las ciudades hispanocriollas de forma coercitiva, que lograron sobrevivir a la violencia y transformar dicha experiencia en un capital útil para los suyos y para los hispanocriollos. La autora da cuenta, pese a subrayar la excepcionalidad de los casos, de la metamorfosis que convierte una vivencia presumiblemente atroz en una herramienta de mediación cultural. Ellas urdieron vínculos y trataron con hombres, subvirtiendo la lógica diplomática española. Este capítulo y el anterior exponen, adicionalmente, la vigencia de los códigos nativos en las negociaciones interétnicas, advirtiendo hasta qué punto las autoridades coloniales se adecuaron a las pautas de tierra adentro.
La quinta sección se centra en los fuertes por los que circulaban esos hombres y esas mujeres indígenas, pero también los hispanocriollos. El libro entra en el último cuarto del siglo XVIII y desplaza el análisis hacia el oeste, para instalarse en jurisdicción mendocina. También se mueve el enfoque: Roulet propone una visión distinta de los fuertes, mostrando cómo los indios se apropiaron de ellos y los incorporaron a sus estrategias vinculares con el mundo colonial. Aquí condensan, además, algunos actores, los abordajes y la información trabajada en las páginas previas. Sobre el final, se atisba el rol de los mediadores interétnicos, que atañen a la última parte de la obra.
Francisco Inalicán es el protagonista de esas páginas. A través de su recorrido, se explora la figura de dichos intermediarios, cuyo accionar trascendió el dominio de la lengua. Aun cuando Roulet lo considera “orfebre” de la palabra indígena, el texto nos muestra también el carácter personal de los vínculos entre esas agrupaciones, y el rol que juega el parentesco en el armado y el sostenimiento de las relaciones.
De malones, cacicas y parlamentos… realiza dos aportes adicionales y valiosos al estudio de las fronteras y los vínculos interétnicos. El primero es el papel que tiene la agencia indígena. Los indios aparecen aquí como actores capaces de pensar, armar, condicionar, plantear e imponer sus propios términos en las relaciones con los hispanocriollos, conforme a sus intereses grupales, con visiones políticas y estrategias que les son propias, y que los colonizadores deben aceptar más veces de las que quisieran. Esta mirada de la autora se hace presente cuando pampas o pehuenches fuerzan a los españoles a la paz, o en el predominio de los códigos diplomáticos nativos, por ejemplo. En segundo lugar y como buena parte de su producción, este libro de Roulet construye “matrices de interpretación”. Sus trabajos dejan herramientas, mapas y guías para acercarnos a los problemas, para mirarlos o para analizarlos con una perspectiva diferente. Todo ello en un marco de claridad expositiva que facilita la lectura y el tratamiento de cuestiones a veces muy complejas.
Para finalizar, me parece importante destacar que, sin proponérselo, la autora emprende en esta obra un ejercicio de mediación entre otros –esos otros del pasado; pero sobre todo, esos otros indígenas– y nosotros. Ella declara en el prólogo que pretende “discernir en los textos las lógicas subyacentes o no comprendidas por la cultura de la sociedad dominante, que es la que produjo esos documentos”, que tan detalladamente examina. Y efectivamente, las encuentra, las traduce y las expone. Además, Roulet entra en el dominio de la lengua, traduciéndonos del mapundungun voces que son irremplazables para comprender a ese otro. Incluso se detiene en la vinculación semántica de algunos términos. Por momentos, la autora funciona como esa “mediadora idónea”, que no solo conoce el idioma, sino que está en condiciones de explicarnos “esas tácitas reglas de etiqueta, sobre las que vuelan rápidamente las fuentes y los historiadores”. Roulet transforma el barullo, la cacofonía de los documentos, en palabras –según expresiones que toma prestadas de James Merrell–, y hace de esos otros alguien menos extraño para nosotros.1
Notas
Información adicional
redalyc-journal-id: 3794