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Morir en Buenos Aires. Sensibilidades y actitudes ante la muerte en el Río de la Plata (1770-1822). Roca, Facundo (2023). Buenos Aires: SB, 267 páginas.
Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, núm. 64, pp. 118-120, 2026
Universidad de Buenos Aires

Reseñas

Este trabajo está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional
Roca Facundo. Morir en Buenos Aires. Sensibilidades y actitudes ante la muerte en el Río de la Plata (1770-1822). 2023. Buenos Aires. SB. 267pp.

DOI: https://doi.org/10.34096/bol.rav.n64.17735

La lectura del libro de Facundo Roca despierta una profunda y sentida reflexión sobre la finitud de nuestras propias vidas. No porque sea un propósito del autor propiciar derivas metafísicas, sino porque en el recorrido que realiza para responder a sus propias preguntas de investigación acerca de cómo la feligresía de Buenos Aires “vivía” la muerte –su representación, su percepción, sus interpretaciones, las prácticas vinculadas a ella, los sistemas de creencias vigentes y sus transformaciones– propicia, de algún modo, nuestras propias preguntas acerca de las representaciones de la muerte.

El interés del autor está centrado en el análisis de la muerte en tanto “constructo social”. De alguna manera, aunque no lo dice explícitamente, se recolectan pruebas para mostrar cómo, desde finales del siglo XVIII, la sociedad porteña ya estaba imbuida de una nueva racionalidad ilustrada que impactó en las prácticas y las representaciones sobre la muerte.

El libro analiza en profundidad “la interacción entre la vida y la muerte” (11) e identifica signos de transformaciones y cambios entre el “vivir para morir” colonial y la muerte individual en tanto experiencia que remite a la autonomía del yo terrenal.

De los siete capítulos de la obra, los cinco primeros están dedicados a los últimos años del período colonial. Recorren las diferentes formas de sensibilidad frente a la muerte, así como las múltiples actitudes que los feligreses de Buenos Aires desarrollan frente a ella. Los dos últimos se ocupan de mostrar los cambios de esa sensibilidad y de sus prácticas en la posindependencia probando que el germen del cambio ya estaba activo antes.

El argumento de Roca enlaza de modo armónico y acompasado los tópicos de su argumento. Primero, expone los significados que la pastoral de la muerte enseñaba a una comunidad de fieles de base oral, a través del recuerdo constante de la propia finitud y fragilidad de la vida. Las palabras se acompañaban de imágenes, memento mori, que revelaban las condiciones delicadas y efímeras de la vida terrenal. Los dibujos y pinturas de calaveras, más usuales en Buenos Aires, y esqueletos tendían a reflejar la idea de la muerte como igualadora. El registro de motivos iconográficos relacionados con la muerte y resurrección de Cristo, así como con otros temas iconográficos como cruces, imágenes del Vía Crucis o del Calvario, cuadros de distintas advocaciones de la Virgen María, como Nuestra Señora de los Dolores o de la Soledad, da cuenta de otras formas en las que se inscribía el dolor que significaba el paso por la tierra como lugar de redención.

Las formas de morir y su relación con la salud (del cuerpo y del alma) se despliegan al mismo tiempo que los avances de la medicina. El lento registro del cuerpo material, como diferente del alma, tiene su soporte en la confianza que inspiran los médicos, pero también en los límites que prueban tener sus saberes para alejar la muerte. Como se estudia en el capítulo dos, esto es gracias al proceso de medicalización que avanza a paso firme en la conquista de la razón y en la consideración de la muerte como algo adverso, ya no como el reverso de la vida. No obstante, la medicina todavía no generaba una total confianza entre la población de Buenos Aires. En cambio, la “divina medicina” (81) continuó siendo, como señala el autor, un poderoso recurso. Aunque para la sociedad barroca no existía división entre la vida y la muerte, ésta podía constituirse en un problema si llegaba de golpe y no daba la oportunidad de prepararse y preparar la partida al más allá. La enfermedad fue considerada una excelente oportunidad para planificar una “buena muerte”. Para ello las promesas, materializadas en los exvotos, son muestra. Pero también, la compañía de los sacerdotes junto a los enfermos que se preparaban para partir de este mundo fue leído como un alivio y una posibilidad de redención para el alma afligida: “…la extrema unción actuaba también como escudo protector contra las tentaciones del demonio” (95).

Las prácticas, los ritos, las ceremonias y los gestos que seguían a la muerte se abordan en los capítulos tres y cuatro. La forma de preparar los cuerpos, la organización de la despedida del difunto, la decoración mortuoria y la participación de los sacerdotes y los hermanos de cofradía se integran en el análisis de “la construcción social del luto”, que ocupa el capítulo tres y marca un punto de inflexión con respecto a los otros dos. El examen del luto, más riguroso para las mujeres que para los varones, proporciona material suficiente para mostrar cambios tangibles en las formas en que se manifestaba el sufrimiento y el dolor causados por la muerte. Lentamente, ésta abandona su carácter comunitario para convertirse en una vivencia familiar que, como demuestra Roca, ingresa en el ámbito de la intimidad. Aunque, como se reconoce, “entre lo individual y lo comunitario, entre lo prescripto y lo efectivamente vivido, existía una negociación y renegociación permanentes” (127).

El testamento plasmaba en palabras la última voluntad de los vivos frente a su muerte y, al mismo tiempo, constituyó una suerte de rendición de cuentas. Claro que, como se plantea en el capítulo cuatro, testar no era una práctica habilitada para todos los fieles marcando las limitaciones jurídicas de algunos grupos sociales. Se subraya un dato importante, solo el 20% de quienes testan se encuentran en buena salud al momento de escribir su última voluntad, lo que resulta curioso. Si se piensa en las representaciones de muerte como próximas, caminando al lado de los vivos, ese porcentaje podría poner en duda la idea de un cierto temor por la proximidad de la propia muerte.

Los estudios sobre este tipo de instrumento jurídico son muchos, por eso, el enfoque que elige Roca resulta interesante ya que además de marcar los trazos más significativos del discurso notarial se detiene en lo que el testamento dice sobre el momento transicional del barroco a la ilustración. En este sentido reconoce el carácter individual del hecho de testar y descubre una faceta diferente que revela cómo la cercanía con la muerte desnuda dilemas morales que terminan convirtiendo, en algunos casos, el testamento en una confesión. Por otro lado, esa condición liminar del testamento ofrece al moribundo la posibilidad de “espiritualizar” su riqueza limpiándola, a veces, de su origen espurio. Las bulas de composición, las mandas de misas, la fundación de obras pías y capellanías se suman a lo que en este capítulo se denomina “aritmética de la salvación” (154).

Los últimos tres capítulos del libro muestran las transformaciones en la sensibilidad de los pobladores de Buenos Aires frente a la muerte propia y ajena. Primero se analiza el lugar de descanso de los cuerpos muertos. “La territorialidad de lo sagrado” como se denomina el capítulo cinco, refleja la “pluralidad del espacio funerario”. El capítulo seis, se detiene en las huellas de la transformación y la reforma de las costumbres relacionadas con la muerte, del barroco a la ilustración, y su crítica. Por fin, el libro se cierra con un capítulo dedicado a la aparición de los cementerios extramuros en Buenos Aires mostrando el final de un proceso de cambios iniciado antes.

El capítulo quinto aborda el “espacio funerario” considerando cuatro niveles que se corresponden con el tipo de iglesia (parroquial o conventual), el espacio interno del templo y el campo santo, con las ubicaciones al interior del edificio de la iglesia (pila de agua bendita, coro, capillas y altares internos) y la colocación de lápidas y epitafios. La fundación de nuevas parroquias en la ciudad de Buenos Aires tuvo lugar a fines del siglo XVIII y estableció una nueva geografía religiosa, que impuso una jerarquización del espacio de vivos y muertos. El panorama se completaba con las iglesias de las órdenes religiosas que se encontraban cerca de la catedral y eran las preferidas por los fieles de Buenos Aires. Esta predilección tenía relación con el hecho de que un porcentaje importante de los fieles formaba parte de las hermandades y terceras órdenes religiosas afincadas en la ciudad. Como estudia Roca, puestas a competir “la parroquia no poseía el mismo prestigio no ofrecía las mismas gracias y beneficios espirituales que las iglesias de los regulares” (173). Solo quienes no tenían medios para pagar su entierro en las iglesias de las órdenes optaban por una parroquia. Esta situación trajo a colación las quejas de los curas párrocos quienes veían disminuir su congrua.

Conforme se ingresaba en el siglo XIX, los discursos ilustrados acerca del “buen morir” ganaron terreno. Roca identifica los cambios en sermones, en la pompa de los funerales, en las ceremonias, pero también en las costumbres mortuorias. Las transformaciones en la sensibilidad se notan en la manera en que las personas tramitaban la muerte –la forma de preparar y enterrar los cuerpos– revelando cambios de la conciencia corporal. Esta situación tiene, además, un correlato en la vida de la ciudad de Buenos Aires donde puede constatarse “un nuevo régimen sonoro” (222) que proponía un uso más mesurado de las campanas marcando la importancia que adquiría el interior, el adentro, el respeto del espacio individual. Como concluye el autor de Morir en Buenos Aires, “El silencio de las campanas era un paso más en el proceso de intimización y privatización de la muerte” (222).

El último capítulo del libro se ocupa de mostrar la disputa por el entierro fuera de las iglesias y la ubicación de los cementerios extramuros. Para ello, toma en cuenta que lo que se dirimía en esa discusión era toda una concepción sobre la relación entre los vivos y los muertos (230). En el debate, la separación de iglesia y cementerio, esto es, los vivos de los muertos, tuvo un lugar protagónico. Pese a la oposición, la fundación de nuevos cementerios fue un primer paso. Las resistencias se resquebrajaron y se allanó el camino. Aceptar el desplazamiento de los campos santos afuera de la ciudad significó un verdadero quiebre en el mundo de referencias barrocas que, a los ojos del autor, las reformas eclesiásticas de la década de 1820 completaron mostrando el final “de una larga transformación de la sensibilidad religiosa” (266).

El libro de Facundo Roca, sin lugar a dudas, constituye un importante y sustancial aporte a los estudios sobre la muerte por varios motivos que me gustaría destacar. En primer lugar, porque dialoga genuinamente con los estudios –clásicos y recientes– sobre la muerte e incluye en su análisis una variada gama de autores y perspectivas, una práctica académica sana y no muy usual de encontrar, que permite apreciar y evaluar la dimensión de sus aportes. Además de estar muy bien escrito, lo que ayuda y mucho a hacer llevadera la lectura y comprensible la trama argumental propuesta, es un texto que presenta con claridad sus propósitos y los sostiene y desarrolla a la largo de sus 267 páginas. Finalmente es un libro que aporta una variada gama de evidencia documental para apoyar sus afirmaciones y realiza contrapuntos con lo que ocurría en otros espacios para explicar el alcance de las transformaciones que estudia. Todos estos valores resaltan la contribución de Roca al avance de nuestro conocimiento sobre las actitudes y sensibilidades sobre la muerte para un espacio y un periodo sobre el que aún no existían investigaciones completas.

Como mencioné al inicio de esta reseña, Morir en Buenos Aires es un libro que evidencia las transformaciones experimentadas por la sociedad en relación con la muerte, o la muerte percibida por los vivos, en la Buenos Aires de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. A través de un riguroso análisis, esta obra no solo examina los cambios sociales y culturales asociados a la muerte, sino que también desafía al lector a reflexionar sobre los significados contemporáneos de la vida y la muerte.

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