Reseñas

| Horowitz Joel. The Creation of Modern Buenos Aires. Football, Civic Associations, Barrios and Politics, 1912-1943. 2024. Albuquerque. University of New Mexico Press. 204pp. |
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El historiador estadounidense Joel Horowitz (1949) es un reconocido especialista en la historia argentina de la primera mitad del siglo XX, con particular atención a la compleja relación entre política partidaria a nivel estatal y los actores pertenecientes a su estructura social, principalmente el movimiento sindical. De estos temas trató su tesis doctoral, en la que el surgimiento del peronismo era analizado desde la trayectoria de los sindicatos en los años 30 (Los sindicatos, el estado y el surgimiento de Perón, 1930-1946, Eduntref, 2005; orig. 1990), al igual que su libro siguiente, donde estudiaba el radicalismo de Yrigoyen y Alvear desde el prisma de su política “obrerista” y su relación con dichas estructuras gremiales (El radicalismo y el movimiento popular, 1916-1930, Edhasa, 2015; orig. 2008).
En los últimos años, Horowitz viene desplazando su perspectiva para centrar su mirada ya no en los sindicatos sino en el papel de las asociaciones de lo que tradicionalmente se denominaba la “sociedad civil” en la conformación del entramado político en el Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX. Es este enfoque el que constituye el centro de su último trabajo (publicado por la editorial de la Universidad de Nuevo México) tal como se nos informa desde su subtítulo.
En The Creation… Horowitz busca mostrar el papel político y cultural de una serie de instituciones asociativas –clubes de fútbol, bibliotecas populares, sociedades de fomento, universidades populares– tanto en la conformación de la identidad del Buenos Aires “moderno” (en particular en su dimensión barrial) como en la dinámica política de la ciudad, mostrando su funcionalidad para la acumulación de capital político para una serie de dirigentes. La imagen con la que el autor da comienzo a su obra –la asunción de Mauricio Macri a la presidencia del país en 2015 luego de haber sido por varios años presidente del club Boca Jrs.– ilustra bien las intenciones del libro: anudar el análisis de la trama asociativa porteña con las estrategias de los politicians para obtener algún tipo de rédito de su participación en ellas.
Resulta claro que de estas dos grandes dimensiones analíticas –la asociativa y la político-partidaria– la segunda determina en buena medida el análisis de la primera. La elección del marco cronológico que recorre el autor (desde la reforma electoral de 1912 hasta la Revolución de Junio de 1943) es indicativa de ello, más allá de que Horowitz busque justificar el final de su recorrido a partir de una modificación en el papel de las asociaciones civiles luego de esa fecha debido a las nuevas atribuciones que reservaría para sí el Estado durante el peronismo, las cuales “tomaron algunas de las funciones que habían adoptado previamente” dichas instituciones sociales.
Además de su Introducción y Conclusión, el libro está organizado en seis capítulos, de los cuales cuatro se refieren a las distintas entidades civiles en las que el autor quiere observar la constitución de la “Buenos Aires moderna”: clubes de fútbol, bibliotecas populares, sociedades de fomento (development societies) y universidades populares, en ese orden. A ellos se suman dos capítulos iniciales de temática general: el primero (“The Barrio’s Place in a Growing City”) tematiza la importancia de los barrios como espacios privilegiados de sociabilidad (sociability) en la capital porteña de comienzos del siglo, a partir de una mirada sobre la conformación de la trama urbana en las primeras décadas del siglo y del papel de las mencionadas asociaciones civiles en ella. Horowitz menciona aquí el papel de la inmigración (interna y externa) para el crecimiento urbano, las modificaciones edilicias que este trajo aparejadas y las características de sus habitantes, destacando su mixtura étnica y el predominio de la población joven.
En el segundo capítulo (“Political Capital and Civic Associations”) Horowitz nos presenta la tesis principal a desplegar en el resto de la obra, que postula la conexión de intereses entre los dirigentes y socios de las instituciones sociales analizadas y las figuras del mundo de la política. Para hacerlo, el autor utilizará la categoría del patronage, ya objeto de su interés en sus trabajos sobre el “aparato” radical en las primeras décadas del siglo XX. En la misma línea, aquí se postula una relación clientelar “mutuamente benéfica” entre “los políticos” y los miembros de las asociaciones civiles, por la que las necesidades de los segundos –principalmente materiales– los llevaban a requerir la asistencia de los primeros, quienes lo hacían para de este modo lograr “construir capital político o una red de relaciones” formales e informales que les permitiera acceder a posiciones de importancia a nivel local o nacional. Horowitz muestra aquí, a través de varios casos individuales, que este tipo de estrategia clientelista, lejos de ser privativa de una fuerza partidaria, atravesaba todo el espectro político porteño, que en este sentido terminaba siendo modelado por esta relación clientelar con las instituciones asociativas.
El tercer capítulo, que analiza los clubes de fútbol porteños de origen popular, es el más relevante para la tesis del libro, tal como queda en evidencia ya desde su portada, que exhibe un dibujo de un jugador del club River Plate en 1923. Efectivamente, tal como señala su autor en la Introducción, el libro tuvo su origen en “material sobre clubes de fútbol que había quedado afuera de trabajos anteriores”, ampliado luego con la inclusión de los otros tipos de entidades civiles. En esta sección, además de señalar la centralidad de los clubes de fútbol para la construcción de identidades barriales –siguiendo aquí implícitamente los trabajos señeros de Julio Frydenberg–, Horowitz pasa revista a una galería de ejemplos (San Lorenzo de Almagro con Pedro Bidegain, Nueva Chicago con Fernando Ghio, Racing y Alberto Barceló), en los que se puede advertir el mismo tipo de vínculo: los clubes, en procura de asistencia para sus necesidades, casi siempre económicas, acuden a figuras pertenecientes al mundo de la política, quienes a su vez se vinculan con ellos interesados por la popularidad y el mundo de relaciones que les podían brindar.
El argumento se despliega del mismo modo a lo largo de los tres capítulos siguientes, en los que, en la senda de los aportes pioneros de Leandro Gutiérrez y Luis Alberto Romero, Horowitz describe la capilaridad de bibliotecas populares, sociedades de fomento y universidades populares en el entramado urbano porteño, mostrando hasta qué punto satisfacían demandas de sus habitantes, tanto a nivel educativo y genéricamente cultural como en cuanto al mejoramiento edilicio y habitacional de los barrios. Nuevamente, tras mostrar la relevancia de estas instituciones en la sociabilidad vecinal y en la formación y estabilización de las identidades locales, el autor se preocupa por mostrar hasta qué punto las recurrentes angustias financieras llevaban a sus socios y dirigentes a entrar en contacto con politicians quienes, a partir de su capacidad de lobby por sus lazos (formales o informales) con espacios de decisión gubernamentales, pudieron canalizar hacia ellas algún grado de asistencia estatal. Dichos políticos, a su vez, accedían a brindar su auxilio en búsqueda de consolidar su base de apoyo, si bien en menor medida que con los clubes de fútbol, dada su natural menor proyección popular y periodística.
La conclusión de la obra le permite al autor sintetizar los distintos recorridos descriptos en los cuatro capítulos temáticos confirmando la tesis presentada inicialmente, al tiempo que esbozar sus proyecciones más allá del marco cronológico estudiado. Es así que Horowitz puede afirmar con cierta acrimonia que los vínculos clientelares entre políticos y las instituciones civiles analizadas fueron perdurables, llegando hasta nuestros días, aunque “en un ambiente muy diferente” al de los años 20 y 30. Esto sería más evidente en el caso del fútbol, donde su politización, tras profundizarse en el peronismo, se observa en los casos de Mauricio Macri, Hugo Moyano (y su yerno Claudio “Chiqui” Tapia) o Matías Lammens; en el resto de los espacios sociales el panorama es más matizado, dado que los cambios sociales y las políticas gubernamentales de la segunda mitad del siglo los han llevado o bien a la obsolescencia (como las universidades populares) o bien a modificar profundamente su actividad (como las sociedades de fomento, ahora dedicadas a actividades sociales y deportivas).
Colofón de todo el estudio es la afirmación que cierra el libro: “las asociaciones civiles están moldeadas por la sociedad en la que son creadas”, que debe entenderse en discusión con las tesis de Robert Putnam acerca de la importancia de dichas instituciones para la consolidación de sociedades democráticas, a partir de su capacidad de generar lazos entre sus miembros (lo que Putnam refiere como “capital social”). Lejos de funcionar como “escuelas de democracia”, clubes, bibliotecas y sociedades de fomento terminaron reproduciendo los patrones clientelísticos de la sociedad porteña que les dio origen. Se aprecia aquí la marca de los referidos estudios de Romero y Gutiérrez, tributarios de la preocupación historiográfica por la fragilidad de la cultura democrática argentina propia de los años posteriores a la salida de la dictadura.
El libro de Horowitz tiene indudables méritos: nos presenta un panorama rico e informado de la vida asociativa porteña en la primera mitad del siglo pasado, con un interesante trabajo de fuentes de una gran cantidad de instituciones (si bien en demasiados casos se acude a páginas web no muy confiables, como las dedicadas a clubes y dirigentes de fútbol) distribuidas en barrios muy diversos. Las actividades de sus vecinos aparecen ante nuestros ojos, lo que nos permite adentrarnos en varias de sus demandas y preocupaciones sociales, recreativas y culturales. Al mismo tiempo, nos ayuda a entender un aspecto central de la dinámica política de la Buenos Aires del período: sus estrechos lazos con instituciones y figuras del mundo asociativo barrial, traducidos en relaciones de mutua conveniencia en las que ambas partes “obtenían algo” de la otra. Debemos decir aquí que, si bien es saludable que les otorgue a las asociaciones civiles algo más de agency que la mera subordinación de “clientes” ante sus “patrones” políticos, lo cierto es que la lectura de Horowitz termina inclinándose hacia la asimetría entre ambos polos, y es “la política” la que impone su lógica a las instituciones sociales.
Más allá de que las categorías excesivamente rígidas del marco teórico que emplea Horowitz lo llevan a reducir el comportamiento de sus personajes a un mero quid pro quo instrumentalista, el principal problema de su estudio es que pierde de vista la especificidad de las instituciones analizadas. Más que objeto de interés en sí mismo, clubes, bibliotecas populares y sociedades de fomento son aquí comprendidos como espacios de acumulación de capital para un mundo ajeno (“la política”), cuyo peso parece sobredeterminar –o directamente invisibilizar– su vida interna. Por el contrario, como han mostrado varios trabajos sobre la vida asociativa en los clubes de fútbol (desde Frydenberg hasta Rein, Gruschetsky y Daskal), es precisamente la riqueza de su trama, su espesor propio, el que impone sus límites a los intereses e iniciativas de actores que interactúan con ellos, obligándolos hasta cierto punto a adaptarse a su dinámica. Quizás las asociaciones civiles porteñas no hayan sido las “escuelas de democracia” que pedía Putnam, pero un estudio más ajustado a su historia debería mostrar hasta qué punto lograron preservar cierto grado de autonomía en su relación con gobiernos y partidos políticos. Es esta densidad asociativa la que tanto contribuyó, como bien señala Horowitz, en la creación de la “Buenos Aires moderna”, y de ella deriva una vida política propia a estas instituciones que merece ser rescatada.
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