Resumen: Dentro del análisis de la violencia escolar, tres son los actores fundamentales: agredidos, agresores y observadores. Aunque conocer las experiencias de los protagonistas de estos hechos es relevante, también resulta importante lo que observan aquellos que están presentes como testigos de los hechos. Se aplicó la técnica de grupo focal a adolescentes de bachillerato de Colotlán, Jalisco, México, quienes reflexionan sobre los hechos tomando en cuenta las agresiones físicas y las interacciones en las redes sociales. Entre los resultados se manifiesta la presencia de violencia en línea, la facilidad con la que visibilizan las agresiones, la falta de privacidad en las comunicaciones y la ausencia de denuncias ante padres y autoridades. Se considera fundamental que los actores resignifiquen las redes sociales y su impacto en las acciones de los adolescentes, y valoren esta etapa de creación del self en las redes, que se revela como un elemento determinante en la gestión adecuada de la imagen.
Palabras clave:acoso cibernéticoacoso cibernético,acoso escolaracoso escolar,adolescenciaadolescencia,medios socialesmedios sociales.
Abstract: Within the analysis of school violence, there are three fundamental actors: assaulted, aggressors and observers. Although knowing the experiences of the protagonists of these events is relevant, is also important what is observed by those who are present in educational spaces as witnesses. The focus group technique was applied to high school adolescents from Colotlán, Jalisco, Mexico, who reflect on the facts taking into account physical assaults and interactions on social networks. Among the results is the presence of online violence, the ease with which attacks are visible, the lack of privacy in communications and the absence of complaints to parents and authorities. It is considered essential that actors resignify social networks and their impact on the actions of adolescents, and value this stage of self-creation in social networks through a proper image management.
Keywords: adolescence, bullying, cyberbullying, social media.
Artículos
Acoso escolar desde la visión de los observadores. Redes sociales y violencia física en una preparatoria de Jalisco, México
Bullying from the view of the observers. Social networks and physical violence in a high school level in Jalisco, Mexico
Recepción: 16 Septiembre 2020
Aprobación: 06 Octubre 2020
Internet y las tecnologías de la información y la comunicación son medios que han penetrado ampliamente en la vida cotidiana de los individuos. Las cifras de alcance y uso son evidencia de ello. El sitio Internet World Stats (Miniwatts Marketing Group, 2017) ofrece un panorama reciente del nivel de conexión internacional; en este caso, interesa particularmente lo que ocurre en México: había poco más de 69 millones de usuarios de Internet en marzo de 2017, es decir, un 53.7 % de penetración. A su vez, casi 53 millones de usuarios contaban con celulares (40.7 % de penetración).
Este artículo no solamente tiene interés en el avance en el uso de las tecnologías de la información y la comunicación, sino también en el papel preponderante que las redes sociales virtuales tienen en esta forma de consumo de herramientas tecnológicas. Internet World Stats también declaraba que en junio de 2016 se reportaban 69 millones de cuentas de Facebook, es decir, un número casi igual al de personas que contaban con conexión a Internet en México (Miniwatts Marketing Group, 2017).
Estos datos son representativos con respecto al uso que los individuos hacen de las tecnologías informativas, por lo que muchos fenómenos que suceden en el entorno offline también ocurren en línea. En este sentido, además de la utilización con diversos propósitos que contribuye en distintas disciplinas, también tiene lugar la interacción de carácter violento, fundamentalmente entre jóvenes (desde primaria hasta la universidad).
El bullying o violencia entre pares ya no es un asunto solo del ámbito académico; ha pasado de ser un problema de la escuela para convertirse en un fenómeno que involucra a padres de familia, a directivos de centros educativos y a la sociedad en general. Si se considera el amplio uso que los jóvenes hacen de las tecnologías, estas interacciones agresivas se trasladan al mundo virtual, con implicaciones que las convierten en un problema serio.
Soriano y Bedmar (2016) indican que Olweus aporta una de las definiciones con mayor consenso para el fenómeno de la violencia entre alumnos, y refiere que el maltrato o la victimización se caracteriza por una intención, persistencia en el tiempo y abuso de poder. Siguiendo esta definición, el ciberbullying ha tomado un camino similar, con el agregado de que el entorno en el que ocurren los actos violentos es el virtual. En el mismo nivel se encuentra la definición de Smith:
Una conducta agresiva e intencional que se repite de forma frecuente en el tiempo, se lleva a cabo por un grupo o individuo mediante el uso de medios electrónicos y se dirige a una víctima que no puede defenderse fácilmente por sí misma (citado en Lucio y Gómez, 2016, p. 127).
Un factor poderoso que potencializa el fenómeno del ciberbullying es la posibilidad, como agresor de permanecer en el anonimato, aspecto que aumenta la incertidumbre sobre el ofendido y limita la posibilidad de tomar acciones. Este elemento se une a la capacidad de las redes de permitir la difusión de los materiales de manera exponencial, por lo que su cobertura e impacto casi no tiene límites.
En datos revelados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (2016), en el documento Módulo sobre ciberacoso, se informa que se han hecho estudios a nivel de secundaria en Guadalajara y en la Ciudad de México para conocer la situación del ciberbullying. Para esta última entidad, el estudio centró su atención en los jóvenes de 12 años o más, que muestra la relevancia que tiene enfocarse en los adolescentes para las investigaciones sobre comunicación por medio de Internet.
Balaguer (2017) resalta la importancia del Internet, los celulares y el manejo por parte de los jóvenes:
La masificación en el uso de los smartphones con cámaras y redes sociales incluidas nos transformó a todos en potenciales paparazzis prestos a compartir áreas íntimas propias y ajenas en pos de alcanzar popularidad, una notoriedad pasajera o simplemente despertar risas (p. 60).
Particularmente con respecto a los jóvenes, el mismo autor menciona que no se abstienen de estar en el ambiente virtual: “Es una manera de asegurarse cierta existencia en el mundo de la hiperconexión. Así, quien no está en la red corre el riesgo, nada menor, de no existir. Quien no forma parte de las redes está ausente de la lógica social actual” (p. 84).
Guzmán-Ariza, Chaparro-Hurtado y González-Ulloa (2017) señalan que el espacio público (como lo son las redes sociales, en el contexto de este análisis) conlleva a posibles actos de violencia entre pares:
Trasciende una localización-ubicación específica para dar respuesta a las relaciones humanas que se ejercen en ese espacio: relaciones de poder, de acercamientos, de tensiones, de confluencia, de apreciaciones, de destrezas, de comunicación, lo que permite concebirlo como un espacio social, cultural y político (p. 74).
Los mismos autores explican: “Los jóvenes tienden a reformular constantemente las formas de actuar en el mundo. Sus prácticas corporales condensan en su puesta en escena discursos institucionales, matrices de pensamiento motivadas por estructuras, y esquemas de percepción y acción” (p. 72). En este sentido, existe una conexión entre lo que el alumno representa de sí mismo en el entorno escolar, pero también cómo busca ser visto, cómo se presenta a sí mismo en el ambiente virtual, es decir, en las redes.
Con referencia al público objetivo de esta investigación, De Souza y Baccarat (2016) indican los “grandes descubrimientos en que el adolescente está expuesto a condiciones de vulnerabilidad así como a situaciones de violencia, tanto en la condición de víctima como de agresor” (p. 158).
Ávila-Toscano, Marenco-Escuderos y Tilano (2013) señalan que las redes —en general la interacción— también implican relaciones de poder e intercambios desiguales y de exclusión. Allí los jóvenes viven de distinto modo el maltrato de acuerdo con su rol (agresor, víctima, testigo, agresor-víctima) y variables como el sexo, la edad y el nivel de desarrollo cognitivo y moral.
Para el propósito de este estudio, se consideró a uno de los actores que habitualmente no es tomado en cuenta para el análisis: el observador. Ortega (2008) ofrece información relacionada con el porcentaje de prevalencia de los roles de los individuos que participan en situaciones de ciberbullying, en los que el observador y la víctima ocasional son las cifras más altas con 11.1 y 9.3 %, respectivamente; los números más bajos corresponden al agresor ocasional, agresor severo, agresor victimizado ocasional, víctima severa y agresor victimizado severo. Los observadores generalmente han perdido la sensibilidad para apreciar las situaciones de debilidad de ciertos pares y permiten que ocurran agresiones. Son actores destacados porque perciben, a veces actúan, otras parecen cómplices, pero en definitiva no son agredidos ni agresores; sin embargo, conocen e interpretan dicha realidad, la viven en el centro educativo y la visualizan en línea.
El acoso escolar y la violencia en línea son temas frecuentes de estudio desde diversas disciplinas, pero no se le ha dado voz de manera frecuente a quienes son parte del problema como observadores, los que más allá de que no intervienen directamente, son parte del fenómeno. De esta forma, este trabajo busca aportar dicha visión, de forma de contemplar a estos protagonistas de la violencia, cuyo rol es fundamental para conocer cuáles son los actos violentos que ocurren en los centros escolares.
Este documento tiene como objetivo recuperar la perspectiva de los observadores del fenómenos de la violencia escolar (online y offline), cómo perciben el problema, de qué forma se involucran y cómo influyen las redes sociales dentro del fenómeno.
Para fines de este estudio, se realizó un grupo focal o entrevista grupal a estudiantes de la Preparatoria Regional de Colotlán que son observadores del fenómeno de la violencia en su entorno. La población se localiza en el norte del estado de Jalisco, México y cuenta con una población de 18 mil habitantes; por su parte, el bahillerato tenía, al momento del estudio, 705 alumnos. La región en la que se ubica Colotlán es una de las menos favorecidas económicamente dentro de Jalisco, con índices de desarrollo económico y social por debajo de los promedios estatales.
El grupo de alumnos se definió con apoyo de las autoridades de la institución; fueron seleccionados por su papel de liderazgo dentro de la escuela y por tener buenos promedios y una capacidad analítica que permitía llegar a un grado de profundidad adecuado para obtener un conocimiento amplio del fenómeno. Además, en algunas situaciones, han sido blanco o actores directos en fenómenos de violencia, aunque de manera ocasional.
Es importante destacar que este grupo focal presentó dificultades para su estructuración por la negación de muchos jóvenes a hablar del tema. Se contó con el apoyo de las autoridades escolares para explicarles la finalidad del trabajo, pero muchos manifestaban temor a contar las historias y sufrir algún tipo de represalia. Por otro lado, también es relevante señalar que este grupo focal fue parte de un estudio más amplio, en el que se incluyó una encuesta a 54% de los alumnos de la preparatoria, con estadística descriptiva para detectar la presencia de violencia escolar y, posteriormente, entrevistas a profundidad a estudiantes que sufrieron acoso escolar.
A partir de ambos estudios, se detectó la presencia del fenómeno y cuáles eran los modos más frecuentes en los que se presentaban, donde también se manifestó una relación directa entre la violencia física y la continuación en el entorno offline. Se conocía también que hay una extrema confianza de los alumnos en sus compañeros de clase (lugar donde inicia la violencia) e incluso en compañeros del centro educativo que no son de la misma aula. Reflejaron, también, la presencia de insultos, amenazas, acoso sexual y difusión de información íntima.
Es importante recalcar también que el bachillerato corresponde al periodo de la educación media superior en México, el cual tiene una duración de tres años dividida en semestres, donde la edad de los estudiantes abarca de los 15 a los 18 años; el grupo focal toma en cuenta ambos extremos de dicho periodo. Participaron dos alumnos y dos alumnas de primer semestre, seis alumnos y una alumna de quinto semestre, y un alumno de sexto semestre. Se contactó a otros alumnos sugeridos, pero desistieron de participar, reflejo de la intención de los adolescentes de mantenerse al margen de estas situaciones. Se conocía, por experiencias de los jóvenes agredidos y de autoridades escolares, que el inicio de la etapa del bachillerato es uno de los momentos en los que mayormente se presenta violencia.
Barbour (2014) cita a Callaghan, autor que explica que los grupos de discusión permiten a los participantes gestionar su individualidad y hacer una representación colectiva. Es posible conocer la lógica de las interacciones entre los jóvenes en el propio proceso de la entrevista y, de ese modo, ver el tipo de diálogos, lenguaje y la calidad de las reflexiones.
Como fundamento teórico para el análisis comunicativo y de los procesos de significación de las situaciones de violencia se toma al interaccionismo simbólico, una teoría previa a la aparición de las actuales plataformas de interacción en línea, pero cuyos preceptos fundamentales pueden retomarse para entender los procesos de comunicación online y offline. Blumer (1982), uno de los autores de referencia en esta corriente, indica que la denominación surge de un proceso peculiar de interacción:
Reside en el hecho de que éstos interpretan o ‘definen’ las acciones ajenas, sin limitarse únicamente a reaccionar ante ellas. Su ‘respuesta’ no es elaborada directamente como consecuencia de las acciones de los demás, sino que se basa en el significado que otorgan a las mismas. De este modo, la interacción humana se ve mediatizada por el uso de símbolos, la interpretación o la comprensión del significado de las acciones del prójimo. (p. 59-60).
Rizo (2011) expone que el interaccionismo simbólico se preocupa por la interpretación por parte de los actores de los símbolos nacidos de sus actividades interactivas. Cita que el trabajo más importante de esta corriente es Symbolic Interaccionism, de Herbert Blumer, publicado en 1968. La carga simbólica que cada quien lleva consigo define las formas de socialización, proceso de comunicación que, además de efectuarse cara a cara, ha retomado un poderoso sentido en las redes sociales. Blumer (1982) indica que el ser humano orienta sus actos hacia las cosas en función de lo que estas significan para él. Del mismo modo, la fuente de ese significado es un producto social, creado a partir de las actividades de los individuos al interactuar. La utilización del significado por el agente se produce por un proceso de interpretación propia, que supone autointeracción y manipulación de significados. Finalmente, para entender los actos de las personas es necesario conocer los objetos que componen su mundo. Por tanto, el fenómeno de la relación entre distintos actores es mucho más complejo que el simple proceso de agredir y causar una consecuencia. En la interacción entre los individuos hay un ir y venir de significados y significantes, que los sujetos interpretan a partir de sus antecedentes, su percepción de los símbolos presentes, el papel que deciden asumir y cómo evalúan la situación de comunicación del momento.
Es así que los conceptos centrales de esta teoría toman forma en el contexto de este trabajo, pues las circunstancias propias de los sujetos (agresor, agredido y observador) están rodeadas de elementos contextuales que merecen ser entendidos en el espacio educativo en el que se inserta el alumno, distinguiendo una red social con gran presencial juvenil (Facebook).
Otro de los referentes en cuanto al estudio del interaccionismo simbólico es Goffman (citado en Rizo, 2011), quien habla sobre las apariencias e impresiones que las personas generan dentro de su contexto próximo y como base para las relaciones sociales. Así, la sociedad es una puesta en escena y las personas son actores que representan papeles con el fin de generar determinadas percepciones ante los demás. Este es un elemento destacado a la hora de comprender el vínculo entre los actos violentos y la teoría de la que se habla. No se trata de meros actos de comunicación entre alumnos, sino que hay un marco contextual presente con antelación que se suma a la propia interpretación simultánea que los actores hacen al momento del vínculo.
Todos los actos y representaciones de estos actores dan forma a una fachada con la que las personas deciden qué mostrar. La fachada, dice Rizo (2011) sobre Goffman, abarca dos elementos: el medio, al margen de los individuos, y la fachada personal, compuesta por “insignias del cargo o rango, el vestido, el sexo, la edad y las características raciales, el tamaño y el aspecto, el porte, las pausas del lenguaje, las expresiones faciales, los gestos corporales y otras características semejantes” (p. 7). Goffman (1959) cita a William James, quien afirma que hay tantos “sí mismos” como grupos con los que se interactúa. Entonces, la red social es el espacio en el que cada individuo puede configurar su fachada, considerando sus expectativas y el cómo quiere ser visto, utilizando símbolos y estructurando su escenario; pero su actuación puede variar al interactuar con las configuraciones establecidas por terceros, así como la credibilidad asumida en el rol de cada uno de los sujetos involucrados.
Balaguer (2003) denomina “co-construcción” a la interacción con los otros, una referencia a la teoría de Goffman que otorga pertinencia al interaccionismo simbólico, al estudio del self y cómo este se adecua a las relaciones establecidas con los pares en el entorno educativo. Steingress (2019) define el self como el “resultado de la reificación y comprensión del sujeto de sí mismo como objeto”, que se crea “a partir del pensamiento reflexivo sobre sí mismo y, sobre todo, a partir de los significados que los otros transmiten sobre su persona” (p. 125). Reig y Fretes (2013) mencionan también el concepto de self para indicar que la identidad no es, precisamente, lo estable, definido, sino una construcción que permite ser multifacético según los contextos y hasta los instrumentos tecnológicos disponibles. Goffman (1959) describe una situación en India:
La tendencia de las castas inferiores a imitar a las superiores ha sido un poderoso factor para la divulgación del ritual y las costumbres sánscritas y el logro de cierta uniformidad cultural no solo a través de la escala de castas sino en todo el territorio de la India (p. 22).
Esta acción puede ser interpretada, en el contexto de este trabajo, como una búsqueda de alcanzar una uniformidad, como manifiesta Goffman (1959), es decir, verse como los demás, en el uso de los mismos escenarios y símbolos, lo que ofrece una posibilidad de ser tomado como parte de la mayoría y mostrarse en un estatus deseable. Algunos usuarios no siguen esta lógica y a veces el “diferente” puede ser blanco de agresiones.
Con referencia a la relevancia de las redes, Serrano (2012) afirman que estas ayudan a consolidar las relaciones existentes en el entorno presencial o crear nuevas, lo que las vuelve un gran espacio para la autorrepresentación y así crear máscaras (fachadas) con más facilidad, al grado de tener más de una a la vez. El autor agrega un factor relevante que se mostrará posteriormente en los resultados de este trabajo: “el número y el grado de atractivo de los contactos que tiene el usuario influyen en la manera en que dicho usuario es percibido por los demás” (p. 7). En este caso, como se verá, contar con vínculos, muchas amistades, ser etiquetado para reforzar su imagen, es un aspecto de interés.
Desde un primer momento se percibió en los alumnos que participaron en el grupo focal claridad y consenso en que las redes sociales son importantes para ellos, útiles en muchos ámbitos.
Se hizo especial mención a WhatsApp (los alumnos lo indican como una red social). Como práctica común, poseen un grupo en el que reúnen a todos los miembros de un salón de clases, una continuación del aula, sin un moderador, como un docente, que medie entre los distintos tipos de vínculos. Aquí se reúnen todos los alumnos y no es posible estar ausente, a reserva de verse “aislado” y quedarse fuera de las discusiones. A la vez, es un entorno en el que libremente pueden interactuar, discutir, con los riesgos que también se derivan del uso de las TIC, como se ha manifestado.
Posteriormente, opinaron que es posible que ocurra en todos los medios mencionados anteriormente. Uno de los alumnos, Abel (quinto semestre), comentó:
En WhatsApp es de manera un poco más directa. Digamos: yo tengo el número de una persona que no me cae bien por algún motivo y yo, queriendo agredirlo, le mando mensajes, y si él no me bloquea o si no me dice nada, puedo seguir insultándolo, diciéndole cosas. Y en Facebook es casi igual, si no lo haces por chat, lo puedes hacer en tus publicaciones porque se puede hacer desde el muro y hasta lo puedes etiquetar para que lo vean, incluso etiquetar a sus familiares y amigos para que lo vean.
Se denota como una cuestión normal tener el número telefónico, incluso de aquellos que no son amigos cercanos, muchas veces obtenido por la presencia en grupos en común, ofreciendo un gran campo para el acoso no solo de forma presencial, sino su continuación en línea. Además, llama la atención la manifestación del alumno: “si él no me bloquea o si no me dice nada”, marcando el rol que pueden jugar agresor y agredido y cómo la continuidad de la agresión puede depender de la falta de manifestación de este. El grupo coincidió y Gonzalo (quinto semestre) amplió los comentarios:
No por ser WhatsApp el problema se queda entre dos. Yo fácilmente le tomo una foto a la discusión y la publico en Facebook, y si lo tengo de amigo, lo etiqueto; entonces, si él me lo dijo en WhatsApp para que sea privado y luego me enojo con él, fácilmente puedo divulgar esa conversación.
Queda claro, en las palabras del estudiante, que no hay un límite entre lo público y lo privado, lo que marca la variedad de consecuencias de contar con personas que no son de confianza en sus redes, actitud común en los estudiantes de esta preparatoria.
Los motivos para no denunciar estos actos ante un maestro o una autoridad fueron mencionados por Tiago (sexto semestre):
Muchas veces, aparte de que se sienten impotentes o amenazados, puede ser que la vergüenza de admitir que están sufriendo algún tipo de acoso no es algo que se pueda presumir o muy grato. Siento que es eso. Si no lo admito o que nadie se entere, siguen dejando el problema. Al principio es anónimo, es demasiado fácil crear un perfil falso en Facebook: haces un correo, te puedes poner el nombre que tú quieras y nadie sabe quién es.
Se interpreta de las palabras del estudiante que, desde la visión de los observadores, el agredido no se siente protegido en ninguna instancia: sabe que de no denunciar el acoso, este continuará, pero siente la presión de posibles consecuencias si hace saber a otros que es violentado. Se denota aquí una falta de vínculos fuertes de parte de los acosados, inseguridad, dificultad para el manejo de las emociones y de denuncia de su situación. Adicionalmente, puede significar que no se cree que la institución educativa tenga herramientas para poder solucionar esta temática o no lo ve como una alternativa viable porque significaría la exposición de su situación.
Además, a partir de lo expresado por los alumnos, más allá de las agresiones, hay una necesidad de cuidar una cierta imagen, no verse como una víctima por parte de las autoridades, maestros o de otros compañeros, a pesar de ser blanco de acoso.
Los jóvenes, como observadores, también opinaron sobre cuáles pueden ser los motivos de los agresores para tomar estas acciones. Se mencionaron alternativas como atentar contra la integridad, perjudicar a alguien o solo por diversión, respuesta que puede asociarse al ocio, como ellos mismos argumentaron. Este último punto coincide con la visión de una falta de actividades para realizar en una localidad relativamente pequeña (18 mil habitantes), por lo que los estudiantes, luego de sus labores académicas, no tienen muchas opciones a las que dedicarse, y afirman mantenerse en línea durante todo el día para socializar.
Por otra parte, se consultó a quienes van en primeros semestres cómo observaron el clima en la escuela. Recalcaron que no hay necesidad de relacionarse con más personas de las habituales. Félix (primer semestre) manifestó que el ambiente es mejor que en la secundaria (el nivel educativo previo en México):
Ponían fotos obscenas, o memes o así que ni al caso y solo era para agredir a otras personas o a echar carrilla [bromear], y al llegar a la escuela se veía a la persona que le decían cosas y se sentía mal.
De quienes se encuentran en semestres avanzados, Lucas (quinto semestre) opinó que había más “ambiente” cuando llegaron a la preparatoria: “Ahorita nosotros como nos sentimos los más grandes no somos los que tenemos la facilidad para hablar con todas las personas de aquí como lo hacían anteriormente, que nos invitaban a todas partes. Ahora ha cambiado mucho”.
Resulta interesante el uso de la palabra “ambiente”, en contraste con la “seriedad” de estar en semestres avanzados. Como ha sido mencionado, los más grandes sienten que son más maduros (al egresar, al finalizar sexto semestre, mayoritariamente tienen 17 y 18 años), pero a la vez se ven fuera de esas situaciones de más convivencia y relacionamiento con los demás. La palabra “ambiente” puede denotar muchas situaciones, incluidas las que no son pacíficas.
Los estudiantes consideran que hay violencia en la preparatoria, no a nivel directo, frontal; pero sí como “juntarse a viborear”, es decir, divulgar rumores, ofensas o hablar falsedades acerca de las personas. Las alumnas, particularmente manifestaron que se presentan situaciones de violencia entre ellas en un nivel similar al de los hombres, que contrasta con diversos estudios que muestran que, generalmente, entre el sexo masculino es donde se presentan la mayor cantidad de casos. Las temáticas sobre las que se presentan más problemas entre mujeres están relacionadas con novios o, como dice Alejandra (quinto semestre):
Simplemente porque me dijiste que estaba bien mensa [tonta]. Son cosas mensas, como que pasaste y me hiciste una cara, pasaste y me tocaste, le diste ‘Me divierte’ a mi foto. O son por cosas mínimas o son por el novio.
Con respecto a los hombres, se destaca que es más “carrilla”, pero es un disfraz de agresiones, “muy cargado, es demasiada burla”, dijo Tiago (sexto semestre). No obstante, se explicó que puede haber una grosería o un golpe entre hombres y, de todos modos, llevarse bien:
Yo puedo a él decirle una grosería o darle un golpe y nos llevamos bien, somos amigos, porque sabemos que así nos llevamos, un golpe, una tumbada, porque aquí se suele dar mucho lo de ‘yo me acuesto y el otro lo empuja’, pero todos estamos bien (Gonzalo, quinto semestre).
No obstante, es posible que esta interpretación del estudiante la haga desde su posición de observador y en su carácter de extrovertido; se considera poco probable que un estudiante tímido, con pocas interacciones sociales y baja autoestima, tenga la capacidad para generar este tipo de relacionamientos que pueden ocasionar una reacción adversa de otros. Los vínculos, el manejo del self y la confianza de sentirse parte de un grupo que ofrece apoyo dan garantías que no las tienen quienes son aislados en el ambiente escolar.
También los alumnos, por su posición de observadores, describieron un “prototipo” de joven agredido para tratar de determinar algunos estándares. Los visualizan como solitarios; muchas veces las personas que sufren el acoso, el bullying, tienden a no defenderse, a sentirse intimidados y no reaccionan: “La selección es que vas a buscar a quien es más débil para que lo puedas intimidar”, dijo Tiago (sexto semestre). También se mencionó que el agresor no es uno, sino varios. Resulta llamativa la palabra “selección”, como si se tratara de una visualización general para luego violentar a quien tiene cierto tipo de características.
El ejercicio también tuvo un momento para reflexionar sobre el prototipo de los agresores, qué características comunes presentan. Se destacó que “se sienten seguros, son muy populares, los sigue mucha gente, en su grupo resaltan. En el grupo de acosadores hay uno que es líder, pero es bueno manipulando”, afirmó Alejandra (quinto semestre). El agresor, entonces, presenta la capacidad de mostrar su fachada como persona decidida, con poder, pero que a su vez tiene la habilidad para controlar las situaciones que se presenten y ejercer control sobre los demás integrantes del grupo. No obstante, su actuación mayormente es desde el anonimato, pues al ser buscados para dialogar sobre sus experiencias, se negaron por temor a represalias.
También a los observadores se les cuestionó sobre el reporte a las autoridades sobre las situaciones de violencia, pero la respuesta fue negativa y unánime. A la pregunta expresa sobre si los padres de familia se enteraban de las agresiones destaca la respuesta general negativa y enfática. Omar (primer semestre) dijo:
Porque como tenemos redes sociales —me acabo de dar cuenta—, antes no había y el único tiempo en que podías ver a tus amigos era la escuela y una o dos horas máximo en la tarde, y la demás parte del tiempo con tus papás tenías un vínculo de confianza. Entonces, ahora que tenemos teléfonos, Internet, redes sociales, estamos más en contacto con nuestro amigo, con nuestro primo, con el que acabas de conocer hace dos días y le diste tu número de teléfono y le contaste tu vida: él es como tu persona de confianza por alguna razón, y vas a acudir a él porque con tus papás casi no hablas, ya no les tienes la misma confianza porque tienes una percepción diferente.
A partir de estas declaraciones se destacan algunas características de los adolescentes, como una “ruptura” del lazo con sus padres, la importancia del papel de las amistades (como personas de confianza y apoyo), señalándose como primordial que se siente más cercanía y ánimo de compartir un secreto con quien se conoció por redes en el corto plazo. Hablan de un cambio de percepción, como si se tratara de romper una forma de actuar pasada en la que se resolvían las dificultades con el apoyo de los familiares.
También hubo frases como la de Gonzalo (quinto semestre):
No es que si tengo un problema no le voy a contar a mis padres, es porque ellos han dicho que hay que enfrentar los problemas uno mismo, que no siempre van a estar ahí. Se crea una gráfica de qué problemas decirle a mamá y cuáles no; si son leves se pueden arreglar, pero si te expulsan de la escuela, ¿a quién recurres? A la mamá. Aparte, de la prepa sales siendo mayor de edad, eres independiente, responsable de lo que tú hagas.
En esta etapa el alumno parece manifestar que la “culpa” de la decisión de actuar por su cuenta es de su mamá, quien le indicó que debe resolver los problemas por su cuenta (a excepción de aquellas dificultades muy graves).
El grupo tiene una clara visión de cómo son las interacciones violentas: indirectas, frases de carácter agresivo. Es interesante identificar que los diálogos entre los jóvenes suelen tener un estilo ofensivo, entendido de manera más aceptable por los hombres que por las mujeres. También tienen claridad en qué sucede en las redes y que las situaciones violentas allí son un mismo fenómeno en el entorno offline, no determinándose fronteras entre ambos ambientes.
En el grupo focal fueron los alumnos de semestres más avanzados los dominantes, con una visión más madura, sintiéndose casi externos a la preparatoria, pero son los de primeros semestres quienes manifiestan tener encuentros con otras personas que apenas conocen en las que hay comentarios sobre su vestimenta, chismes (en el caso de las mujeres), golpes en un sentido “amistoso” o bromas pesadas, en el caso de los hombres y, en común, comentarios sobre los lugares de procedencia y escuela secundaria de origen (intentando demeritar el origen y los gustos).
A partir de lo anterior, pueden establecerse algunos puntos en común:
Inclinación por la independencia de la familia en resolución de los problemas o confianza en los amigos hechos por las redes en el corto plazo. Marcan una confianza mayor en las amistades creadas en el corto plazo en las redes que en los familiares, un detalle que puede resultar factor detonante de la continuidad de las agresiones, al no permitirse la intervención de actores externos.
Las manifestaciones violentas son indirectas. Raramente la agresión física está presente, pero hay manifestaciones indirectas, menos visibles pero igualmente duras, como empujones, abuso de la fuerza en casos concretos (por ejemplo, colocar al más débil como portero en un juego de futbol y lanzarle muy fuerte el balón repetidamente), y también mucha violencia verbal, la que es asumida como normal.
Hay una clara ausencia de límite entre lo offline y lo online, es un mismo relacionamiento y una continuidad. Se reitera que en una ciudad pequeña como Colotlán, mantenerse fuera del señalamiento como agresor es relevante. Las autoridades escolares comentaron, como parte de la contextualización del estudio, que en los casos de violencia que han tomado notoriedad y por los cuales se citó a los padres de los alumnos involucrados, las acciones de acoso se detuvieron, por la influencia de esta acción y la presión social que se genera.
El que es distinto y solitario es blanco de agresiones. Se resalta el papel de la imagen, los símbolos con los que “carga” el estudiante, valorados por la comunidad estudiantil y que sirven para estereotiparlo.
Las redes sociales son el elemento fundamental de la interacción, tan real como el relacionamiento físico. La escuela se extiende durante todo el día; el alumno no termina su jornada escolar cuando abandona la institución, sino que las situaciones allí vividas se prolongan a lo largo de toda la jornada. Existe mucho tiempo para el ocio, el que es cubierto por el uso de estas redes. Los alumnos entienden la peligrosidad, pero parecen olvidar este aspecto cuando interactúan y aceptan (como ellos mismo lo dijeron) en todas sus redes a sus compañeros de salón y a casi todos los del centro educativo. Configuran grupos en las redes, con todos los compañeros del salón, independientemente del nivel de confianza que exista, ambiente que propicia un relacionamiento agresivo entre quienes no son amigos en el entorno offline.
Blumer (1982) afirmaba que “el individuo se halla ante un mundo que debe interpretar para poder actuar y no ante un entorno frente al que responde en virtud de su propia organización” (p. 11). Esta descripción, hecha por uno de los referentes del interaccionismo simbólico, explica cómo ocurren las interacciones en los fenómenos de violencia. Si se hace referencia al entorno offline, el joven parte de una autointeracción, una búsqueda de utilizar ciertas fachadas, para demostrar quien es por medio del lenguaje verbal, no verbal y símbolos, sobre todo en las redes sociales, sitio en el que gestiona su personalidad y se muestra como desea ser visto. Al mismo tiempo, se encuentra con realidades que debe analizar para interpretar y transformarlas en acciones que lo mantengan “a salvo” de cualquier tipo de violencia.
No obstante, si el alumno no consolida una imagen esperable en el entorno offline y esta es similar en las redes sociales, se vuelve blanco de posibles agresiones. Se está, entonces, ante el escenario de presentar una fachada esperada o saber cómo interactuar de manera presencial y virtual con posibles conductas agresivas que, muchas veces, el adolescente, por falta de herramientas y apoyo, no sabe manejar. Se deja en claro que es necesario un mayor acercamiento y diálogo con los jóvenes sobre las situaciones de riesgo vinculadas con las redes sociales y sobre cómo asumir un caso de violencia para detenerlo antes de que se vuelva repetitivo.
Son elementos importantes a considerar la susceptibilidad de las alumnas en cuanto a la transmisión de rumores, pero también a las cuestiones de seguridad relacionadas con el compartir material personal con amigos o novios de la escuela. En el caso de los hombres, aspectos vinculados a la sexualidad parecen ser de cuidado, además de las demostraciones de fuerza indirecta, pero igualmente excesivas.
Del mismo modo, se han señalado constantemente cuáles son los medios preferidos por los alumnos. A nivel internacional hay tendencias que apuntan hacia otras redes (una disminución de la presencia juvenil en Facebook); no obstante, aún no se presenta en este entorno, donde hay una conservación de prácticas.
Existe, además, una vigencia de los preceptos del interaccionismo simbólico, los que resurgen a raíz del crecimiento de estos espacios en los que el alumno gestiona su identidad y, por sobre todo, su imagen.
Es altamente recomendable reparar en lo que los propios alumnos manifestaron: dada la edad temprana a la que dan uso a las redes, en los primeros semestres de preparatoria se vuelve un tema obligatorio, desde las autoridades y profesores. Resulta importante visibilizar el cuidado de su imagen, que cada joven se convierta en un gestor de una identidad apropiada, acorde con su edad, pero teniendo precaución por las posibles consecuencias de sus actos. Incluso a los observadores consultados en alguna ocasión les tocó ser agredidos, pero justamente es en sus mecanismos de defensa y en su actitud que se marca la diferencia, y como, cierto tiempo después, recompusieron su estatus habitual y dejaron atrás los malos momentos.
Se denota en las líneas de este documento que los semestres más difíciles son los primeros, de la llegada de la secundaria a la preparatoria. Es indispensable reforzar las estrategias de concienciación con respecto a lo que los alumnos de secundaria realizan, pues al llegar a la preparatoria sienten que alcanzan otro nivel, pero aún mantienen ciertas prácticas poco apropiadas en su relacionamiento.