In memoriam

Javier Trímboli El trapero de la historia

Nicolás Arata
Sociedad Argentina de Investigación y Enseñanza en Historia de la Educación, Argentina
Universidad de Buenos Aires, Argentina

Javier Trímboli El trapero de la historia

Historia de la educación - anuario, vol. 26, no. 1, pp. 217-219, 2025

Sociedad Argentina de Investigación y Enseñanza en Historia de la Educación

En esa luminosa saga de hombres y mujeres que enaltecieron el trabajo de enseñar, Javier Trímboli supo -acaso sin proponérselo- ganarse un lugar. Lo hizo siguiendo un derrotero que no tuvo como centro de gravitación la cátedra universitaria (en la que se desempeñó durante la década del ‘90 en Pensamiento argentino y latinoamericano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, a cargo de Oscar Terán y durante los últimos años en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata). Principalmente, Javier Trímboli ejerció la docencia en escuelas secundarias, coordinando programas y capacitaciones docentes, o participando en infinidad de intervenciones en cuanto evento fuese convocado (y que él aceptaba generosamente), se tratara de una actividad sindical o de la militancia, un programa de televisión o una jornada académica. Javier se desplegaba con gran soltura en esos espacios. De aquellas participaciones nacían sutiles escenas de transmisión en el sentido que postula Jacques Hassoun, es decir, como espacios en los que Javier nos convidaba a abandonar nuestras certezas sobre el pasado para reencontrarnos con él de modos menos cristalizados, más interesantes y potentes.

Siempre se aprendía algo nuevo escuchándolo. Todavía más: lo que se aprendía en aquellas clases tenía algo de atisbar cómo se movía el historiador en su sala de máquinas: la sensibilidad para reparar en un dato olvidado, un acontecimiento (aparentemente menor) o un personaje (acaso secundario) que Javier Trímboli traía al presente después de rastrillar los archivos a contrapelo, en lo que constituía una impronta singular de su práctica del oficio. Lo postulo de otro modo: creo que su magisterio nacía de un trabajo de erudición en el que Javier invocaba la figura del archivo en un sentido declaradamente anticanónico, es decir, ejercitando una capacidad para descubrir e interpretar escenas que, si estaban, estaban como si no estuvieran. Tal vez sea ese uno de los motivos por los cuales el podcast Un poco sucio que realizó junto a Julia Rosemberg, apele a la figura del basurero de la historia, al lugar de los restos, de la ceniza, de lo que circula por las fronteras de un saber o de un campo disciplinario, un registro donde Javier se sentía, y nos hacía sentir, cómodos y a gusto revolviendo entre los archivos.

Javier encarnó la metáfora benjaminiana del trapero de la historia. Aquel cronista -decía Walter Benjamin- que derribó el mito epistemológico que postula que hay grandes eventos que merecen ser recordados y otros que, simplemente, deben ser expulsados del relato, cual deshechos históricos. Javier componía historias a partir de esos retazos. Y lo hacía con maestría, enseñándonos a invocar los grandes nombres de la historia sin demasiado preámbulo y con ninguna pleitesía, colocándolos en un mismo pie de igualdad que al resto de sus contemporáneos. De esa manera, creo, no solo acercaba personajes que muchos docentes y estudiantes veían con cierta ajenidad o excesivo prejuicio; también les inyectaba una dosis de vitalidad, volviéndolos figuras de un renovado interés (“Che, ¿a ver qué es esto que dice Sarmiento?”; “Pará, pará: ¿y si en Excursión a los indios ranqueles está la clave de que la historia argentina podría haber sido otra?”).

Las clases de Javier apostaban menos a lo que sus participantes sabían sobre el tema y más a los diálogos que se podían armar a partir de ellas. Si, como dice Gramsci, una revolución está precedida por una gran conversación, intuyo que para Javier esa conversación comenzaba en las aulas y entre generaciones. O, dicho de otro modo: la clase comenzaba cuando era colocada al servicio de una pulsión emancipatoria -especialmente si las condiciones históricas resultaban propicias-, o como un espacio donde podían incubarse otras ideas del mundo -cuando el horizonte político parecía cerrarse inclaudicable sobre nuestros deseos-.

Dos notas más sobre clases y posiciones docentes. Entrevistado por Estanislao Antelo, Javier sostuvo que el trabajo de enseñar consistía en mostrar el mundo y hacerlo de manera tal que volviese a resultar “cifra de cierto encantamiento”. Y que eso sólo podía alcanzarse cuando -a la hora de mostrar el mundo- un docente lograba que en sus clases se reencontrasen “la magia con el positivismo”. Pensemos en todo lo que esa frase dice sobre los modos en que interpretamos la conformación del campo educacional argentino, entre las posiciones más duras reivindicando el valor del dato (las corrientes cientificistas), y las posturas idealistas que insuflaron de valores y metáforas las grandes gestas sociales. Bueno, dice Javier: maestro es aquel que logra reconciliar esos mundos. En otro pasaje, Javier regresa sobre el lugar del que enseña, para señalar que la escuela es también un espacio de resistencia cultural: “un maestro lo que hace es evitar que el mundo se cierre”.

Javier dejó un puñado de libros, numerosas entrevistas, cantidad de intervenciones audiovisuales y sonoras, para continuar la conversación. El registro del ensayo destaca acaso por ofrecer ese género anfibio en el que Javier se sentía tan cómodo conectando una lectura de Sarmiento acá, con otra de Borges o Arlt allá. No tengo duda de que, en Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, una de las palabras claves resida en ese “entre” que asoma en medio de dos lógicas, de dos formas de entender la acción política. Solo que, en este caso, la preposición juega menos como un conector y más como un espacio de enunciación. En conversación con la revista El río sin orillas (en la que comentaba, de paso, que su acercamiento inicial a la historia había surgido de la lectura de Historia crítica de los partidos políticos de Rodolfo Puiggrós), ese “entre” asomaba cuando, distraídamente, sugería que uno de los caminos políticos a seguir para alguien que venía del PC era “conjugando de otra forma el peronismo”.

Una de las dotes que tiene el magisterio de Javier fue esa astucia para moverse entre diferentes registros (el literario, el documental, la entrevista, la fuente histórica) sin trazar jerarquías entre ellos, por el contrario, buscando sus zonas más porosas, sus posibles puntos de contacto. Había mucha curaduría en sus clases y era muy difícil ver por donde pasaba la costura. El punto de partida solía ser una foto, una fuente literaria, una película o un texto extraído de una fuente primaria. Todas podían servir de disparador a los fines de reconocer en ellas las huellas y reverberaciones de un personaje o de un episodio histórico en torno al cual nos hacía ver que valía la pena seguir pensando históricamente los problemas contemporáneos.

Armar la cita secreta. Otra vez Benjamin, otra vez Javier detrás de algún proyecto donde no importaba de qué se hablara -si Sarmiento, si la última dictadura cívico-militar, si Bialet Massé o el Cordobazo- sino en exponer que lo secreto no es aquello a lo que pocos acceden, sino la oportunidad para hacerlo circular y multiplicarse. En ese punto -el de la multiplicación- podríamos ubicar su compromiso con la divulgación, un trabajo, decía en una pastilla audiovisual de la Universidad Nacional de Quilmes a través del cual resultara posible “reponer una vieja pregunta sobre el lugar que tiene que tener el pasado en las sociedades”, propiciando las condiciones para que ésta no solo se siga pensando, sino para que también construya su “carácter”.

Desde su partida, un sinfín de evocaciones se han disparado alrededor del magisterio de Javier, de los cuales este Anuario también se hace eco. Huelga decir que la Sociedad Argentina de Investigación y Enseñanza en Historia de la Educación siempre reconocerá en Javier a un colega generoso, a un estupendo historiador y amigo de la casa. Su disposición a participar en inúmeros eventos a los que lo convidamos marcó ese vínculo. Recuerdo ahora la conferencia que dio apertura a las XXI Jornadas de Historia de la Educación bajo el título Indagaciones -no sólo apesadumbradas- sobre las potencias de la educación en la situación latinoamericana contemporánea que deberíamos recuperar y transcribir; su intervención en las Jornadas que organizamos junto al Ministerio de Educación a propósito de los 130 años de la Ley 1.420, cuyo título es Entre el estado, la escuela y lo público; su presencia en las Jornadas que dedicamos a Sarmiento en la provincia de San Juan, o su última participación en 2022 cuando se sumó a una serie de actividades que habíamos organizando en aquel año crucial, en defensa de la educación pública.

En aquel ya lejano 2022 Javier estaba atravesando problemas de salud y, sin embargo, dijo presente. Esa generosidad, creo, es uno de los rasgos determinantes de la posición docente que Javier Trímboli puso en juego en infinidad de conversaciones, intervenciones y proyectos pedagógicos. Digámoslo de nuevo: Javier fue un profesor generoso y un historiador perspicaz, un docente taumaturgo, que unió como pocos el dato histórico con la magia que envuelve una escena de transmisión bien lograda.

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