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Los sabios, entre la Ciencia y la Nación: Lugones en su Revue Sud-Américaine (1914)*
The Scholars, between Science and Nation: Lugones in his Revue Sud-Américaine (1914)
Los sabios, entre la Ciencia y la Nación: Lugones en su Revue Sud-Américaine (1914)*
Prismas - Revista de Historia Intelectual, vol. 21, núm. 1, 2017
Universidad Nacional de Quilmes

Recepción: 24 Septiembre 2015
Aprobación: 02 Junio 2016
Resumen: Los sabios, entre la Ciencia y la Nación: Lugones en su Revue Sud-Américaine (1914) En este trabajo analizo las intervenciones de Leopoldo Lugones en la Revue Sud-Américaine, que dirigió en París durante el primer semestre de 1914, muy poco estudiada hasta el presente. Propongo relacionar su estrategia general, destinada a erigir a la revista en mediadora intercontinental entre las élites dirigentes europeas y las latinoamericanas, al punto de cumplir una función de diplomacia paraoficial, con los artículos que el escritor fue publicando en los siete números. Tanto estos como sus elecciones editoriales revelan la función informativa de la revista en materia política y económica, pero también de divulgación para lectores latinoamericanos de los saberes científico-tecnológicos recientes (en materia de topografía, pedagogía, militar-industrial, matemáticas, o de poesía). A la vez, interpela a los lectores franceses en su propia lengua, y a figuras públicas como el entomólogo Fabre o el político Clemenceau en tanto que pares. Lugones desarrolla temas tan diversos como la didáctica de las ciencias, los conocimientos sobre botánica o la música criolla (que integrará luego en El Payador), en los que se advierte una continuidad de sus inquietudes teosóficas. Finalmente, los artículos son el espacio donde podía instruir a las élites, diseminando autoimágenes de intelectual sabio/promotor de políticas de Estado desde la distancia del nuevo domicilio parisino.
Palabras clave: Leopoldo Lugones - Revue Sud-Américaine - Revistas latinoamericanas en Europa a comienzos del siglo XX - Cientificismo y espiritualismo.
Abstract: The Scholars, between Science and Nation: Lugones in his Revue Sud-Américaine (1914) In this paper I analyze Leopoldo Lugones’s intellectual intervention in the Revue Sud-Américaine directed by him in Paris in the first half of 1914, which has been little studied. I intend to establish connections with regard to his general strategy, which was to raise the review in an intercontinental mediating role between European and latin-american ruling elites (as such having a non-official diplomatic function), and the papers that Lugones published in the seven issues of the review. Both these papers and the publishing decisions reveal an informative function on politics and economy, as well as a divulgating one, on scientific and technologic new knowledges, to latin-american readers (on topography, pedagogy, military industry, mathematics, poetry). Simultaneously, Lugones addressed to french readers, in its own language, and to public figures, peer-to-peer, like the entomologist Fabre and the politician Clemenceau. He also developed topics as diverse as the didactics of sciences, the knowledge on botany or folklore music (that will integrate then El Payador), in a continuity of his interests on Theosophy. Finally, the article shows that these papers are the space where Lugones could instruct to the elites, as spreading self-portraits of wise intellectual and promoter of State politics, from the distance of his recent Parisian domicile.
Keywords: Leopoldo Lugones - Revue Sud-américaine - Latin american reviews in Europe in early xxth century - Cientificism and spiritualism.
Entre tantos estudios dedicados a la obra y a la figura de Leopoldo Lugones, resulta llamativo el escaso interés de la crítica por la Revue Sud-Américaine, fundada y dirigida por él en París durante el primer semestre de 1914. Por cierto, no se trató de una revista literaria –aunque dedicara unas páginas a la publicación de poesía– sino de actualidad geopolítica, económica, científico-tecnológica y cultural (con artículos sobre lo que por entonces se entendía como psicología colectiva). Su breve vida, el hecho de haber sido íntegramente redactada en francés y su casi nula existencia en bibliotecas y archivos tanto del país como del extranjero sin duda también pudieron desalentar a los investigadores. Si bien en este trabajo me detendré en las intervenciones de Lugones a lo largo de la publicación que dirigió, antes quisiera referirme a algunos aspectos generales de este proyecto intelectual. La revista encierra, en efecto, algunos aspectos curiosos que merecen ser analizados, vinculados en primer lugar a su carácter de emprendimiento editorial, tales como el punto de enunciación intelectual que construyó en sus páginas para dirigirse, en tiempos muy inciertos, a la vieja Europa (¿cuándo no los hubo?). En segundo lugar, también la posición que la Revue construía para el Nuevo Mundo en materia de relaciones diplomáticas.
La Revue Sud-Américaine[1] estaba dirigida a dos tipos de lectores: los parisinos, ya fueran residentes latinoamericanos o franceses, y el público letrado de nuestro continente. Esto último se advierte en el hecho de que parte de su financiación provenía de la publicidad de productos franceses suntuosos (para consumir en la capital francesa), y también de servicios para sudamericanos en las dos direcciones, esto es, que implicaban el envío a distintas ciudades del subcontinente desde París –para quienes se encontraban en el viejo mundo–, o la posibilidad de realizar transacciones desde el extranjero hacia Europa.[2] Por otra parte, la publicación editaba artículos sobre América Latina, que consideraba de interés tanto para latinoamericanos como para lectores franceses preocupados por los asuntos mundiales. Pero también incluía colaboraciones que trascendían la mera difusión de la actualidad continental y que estaban destinadas a estos dos tipos de lectores: encontramos otros artículos sobre Europa, tales como los que referían los desarrollos recientes de la industria aeronáutica militar y los cambios en materia de estrategia bélica, en Alemania y Francia, o una crónica mensual sobre modas –la única a cargo de una mujer–, o sobre las relaciones políticas entre los países europeos. Por último, a continuación de esas colaboraciones, se publicaban las crónicas mensuales sobre novedades científicas e industriales[3] y reseñas bibliográficas de medicina, derecho o sociología. De este modo, contra lo que podría suponerse, estos artículos no se dirigían exclusivamente a lectores del extranjero, sino que al carecer de modalidades de apelación directa puede decirse que presuponían a un lector residente parisino, o quizás universal.[4] Así lo anunciaba ya el folleto de presentación, que prometía: “la Revue alcanzará a toda la élite de ambos continentes”.[5] De este modo, a la vez que desde el título asumía una identidad subcontinental, la revista aspiraba a constituirse en una oferta posible para un público ilustrado de cualquier país occidental, con intereses no exclusivamente nacionales.
En este sentido, como he analizado en otro trabajo,[6] buscaba instalarse en la órbita de la más tradicional Revue des Deux Mondes, que lideraba esa porción del mercado, tanto en Francia como en América Latina. La revista de Lugones podía abarcar este universo doble de lectores gracias al idioma elegido, por supuesto, y a cierto equilibrio que ofrecía entre los artículos dedicados a asuntos internacionales y aquellos que abordaban distintos aspectos de la vida política y cultural francesa y, en menor proporción, europea. Si esto era posible, es también por un locus común que asumía la revista, que, anclándose en una identidad occidental pero no europea, se situaba en un orden de pensamiento universal, para el que no existían fronteras. Esta estructura de sentimiento, en el sentido williamsiano, era compartida por muchos latinoamericanos cosmopolitas que, desde comienzos de siglo, imaginando una suerte de hermandad global del pensamiento, también venían desarrollando o habían desarrollado proyectos de revistas. Estas publicaciones tomaban la palabra, desde los propios centros europeos y especialmente París, para hablar de sus culturas locales pero también para evaluar las tendencias más recientes de las actividades culturales de Europa, su lugar de residencia.[7] Se trató de una suerte de reorientación del cosmopolitismo, que estaba siendo devaluado por las presiones del nacionalismo. Así lo leemos, por ejemplo, en el prospecto adjunto en el que Lugones presentaba su revista:
Los maestros universales de la ciencia, la literatura, las artes, de todas las ramas del saber humano, han suscitado con igual intensidad, en América como en Europa, las mismas curiosidades, las mismas necesidades intelectuales.
Los métodos científicos, industriales, comerciales, financieros, militares, etc. se asemejan aquí y allá, rivalizan y crean una emulación que importa examinar y apreciar.
Grandes problemas políticos, económicos y sociales, de orden nacional o universal, provocan graves preocupaciones, inquietan a todos aquellos que participan de la actividad mundial: la Revue Sud-Américaine estudiará y expondrá estos problemas.
Como su título lo indica, la Revue Sud-Américaine se ocupará con una particular solicitud de Sudamérica, de lo que allí se dice, se piensa, se hace y de este modo asociará a la gran actualidad europea, la magnífica actividad de la República Argentina, del Brasil y de los demás países de la América Latina (pp. 1-2).[8]
En estos términos, lo local se vivía como universal, y viceversa. En el espacio de la publicación, resultaban indisociables la pertenencia nacional y la internacional de los intelectuales productores y de los consumidores letrados de la revista. Si olvidaban por un momento los mundos rurales de sus países y, sobre todo, a la mayoría de sus habitantes, el mundo –civilizado, urbano– se volvía uno. Por eso, incluso, leían con una misma lente la ausencia de progreso en las zonas rurales de Francia, España, Italia, Colombia, Argentina o Brasil. Así también, en la nota introductoria de un artículo sobre las posiciones enfrentadas de los republicanos que gobernaban el Estado francés, la redacción de la Revue, además de subrayar su intención de seguir publicando en cada número las opiniones divergentes de dos sectores políticos de un mismo país (Irlanda en el Nº 1, Francia en el siguiente), justificaba la relevancia del debate francés por el hecho de que sus consecuencias interesaban “a todos los republicanos del mundo” (Nº 2, p. 169). Esto ya anticipa algunas de las cuestiones que aparecerán en los artículos de Lugones de los que nos ocuparemos.
Las intervenciones de Leopoldo Lugones en la Revue Sud-Américaine
Si en los dos primeros artículos, de los números 1 y 2, Lugones pareció ceñirse al objetivo de brindar información reciente sobre “[…] la vida política y social, industrial y comercial, económica y financiera”, expuestos en el folleto de presentación de la revista que ya he mencionado, las colaboraciones de los números siguientes respondían inequívocamente a intereses previos de su director. A la vez, nos permiten conocer las orientaciones intelectuales que iba tomando en la nueva etapa de su vida, iniciada tras su decisión de instalarse en la capital francesa por un tiempo indeterminado.[9] La iniciativa de crear una revista no resulta sorprendente, no solo por las condiciones de edición y de mercado en la “colonia latinoamericana” de París y en las ciudades de nuestro subcontinente para una publicación como esta, a las que ya me referí. También coincide con la actividad que llevaba adelante Lugones por esos años: desde 1907 vivía del periodismo, luego de haber renunciado al cargo de Inspector General de Enseñanza, siendo subdirector de El Diario, y cronista de La Nación.[10]
En el artículo inaugural de la revista, titulado “El Panamericanismo”,[11] Lugones presentaba una inusitada propuesta cuya repercusión no se hizo esperar, y que la propia revista se encargó de exhibir en los números siguientes: a través de una resignificación del panamericanismo, el escritor descartaba las ambiciones imperialistas estadounidenses y proponía entonces una acción común con ese país: las naciones “latinas” debían tomar parte en la aplicación del principio de no injerencia ideado por Monroe, haciendo suya tal doctrina, lo que evitaría entonces su uso abusivo por parte de los Estados Unidos. En América Latina solo había, continuaba Lugones, “cuatro países que por no necesitar más esa doctrina para subsistir, podían adoptarla: Argentina, Brasil, México y Chile”.[12] Pero el escritor aclaraba que no se trataba de formar una “liga antieuropea”, puesto que de ese continente venían “nuestra cultura y nuestros capitales, y, en gran medida, lo mejor de nuestra población”.[13] Y, como fiel adherente y joven miembro del orden conservador, no dejaba de plantear que, para que este panamericanismo refundado pudiera ser más eficaz, era necesario completarlo con la doctrina del antiguo ministro de Roca, Luis María Drago (quien, además, colaboraría en números siguientes). Más allá de la audacia y la grandilocuencia de la propuesta, no puede dejar de destacarse el gesto creativo, la capacidad de inventiva que revelaba la iniciativa de diplomacia no oficial, o paraoficial, asumida aquí por Lugones, y nada menos que para presentar al mundo su pensamiento. Este es un rasgo que reaparece en las demás colaboraciones del escritor en la revista, y me interesa observar el efecto en cierto modo desjerarquizador, respecto de los centros europeos, que puede leerse en su perspectiva universalista sobre los fenómenos contemporáneos que se proponía analizar y exponer a los lectores.
De las relaciones exteriores, el escritor pasó, en el segundo número, a la economía y las finanzas, al escribir sobre “La Crisis Argentina”.[14] Sin ser portavoz del régimen, Lugones se esmeraba en informar con datos y cifras precisos sobre el estado de prosperidad de la economía de su país, pese a una sacudida pasajera originada por la crisis de los Balcanes cuya repercusión era, según él, inevitable en “todos los países que tratan con los mercados europeos”. Su intento era mostrar que la reacción en las bolsas europeas había sido desproporcionada y que se debía al desconocimiento del estado económico de países como la Argentina o el Brasil. Podríamos decir que el tono del artículo es el de una doble reconvención, pues va en dos direcciones: por un lado, buscaba corregir errores de interpretación cometidos por el periodismo francés y por los “mercados financieros” franceses. Lugones sugería que al ignorar las particularidades del mercado argentino, los periodistas se habían apresurado en vaticinar una crisis generalizada del país, confundiendo la quiebra de “unos tres o cuatro grandes especuladores”[15] con la prosperidad general, y alimentando la “leyenda de las hipotecas excesivas, difundida especialmente en Europa”.[16] Contra eso, el escritor aclaraba que la base económica argentina se fundaba en la producción, antes que en la especulación sobre las tierras, mostrando el crecimiento de las exportaciones, de los ferrocarriles, la ausencia de crisis de los salarios que se verificaba en la inexistencia de huelgas en los últimos años, pese al activismo de los sindicatos socialistas, entre otros datos... Y no dudaba en comparar la riqueza argentina con la francesa o la alemana.[17] Casi podría analizarse como una reprimenda de su parte, que impugnaba al periodismo francés y a sus círculos de poder por haberse dejado llevar por las noticias engañosas que les llegaban de los pocos argentinos, “herederos incapaces”, que frecuentaban en Francia los altos círculos de la sociedad y las finanzas, y que habían sido víctimas de su propia fiebre especuladora.[18]
Pero por otro lado, Lugones se dirigía también a los sudamericanos, y con un tono aleccionador proponía una verdadera rectificación del rumbo de la actividad económica de su país, en este caso, advirtiendo sobre los peligros de la especulación financiera sobre las tierras (“Ya no será de la especulación sobre las tierras sino de la producción mucho más segura, en verdad, que llegará el dinero para gastar en viajes [a Europa] de instrucción o de placer”).[19]
El artículo interpelaba así a las élites dirigentes y proponía soluciones puntuales, tales como un mayor conocimiento de los movimientos de las bolsas europeas (al que de hecho, la Revue buscaba contribuir incluyendo crónicas bursátiles en cada número), el desarrollo de cooperativas agrícolas, o un fondo estatal de rescate destinado a que el Estado recuperara las tierras hipotecadas. Lugones se presentaba como el estudioso que aplicaba con pericia (y ostentaba) los saberes de la economía financiera, para describir el proceso económico y social del país, y contribuir a la prosperidad futura de su nación. Los artículos son así el espacio donde puede desplegar, aun desde la distancia del nuevo domicilio parisino, su rol de intelectual de Estado, pero paradójicamente desde una posición independiente. Pero aquí no terminan los aportes que tenía para ofrecer a sus contemporáneos de los dos continentes. En las demás colaboraciones, Lugones aborda temas sobre la ciencia, en cuya perspectiva resuenan sus viejas inquietudes teosóficas, y también otros temas que ya antes había indagado en sus distintas funciones al frente de las políticas educativas estatales, que cruzaban las ciencias naturales y las matemáticas –disciplinas que estudió durante toda su vida– con la pedagogía. También publica, en el número 5, ya veremos con qué intenciones, la traducción de una de sus conferencias del teatro Odeón: “La música popular en Argentina”.[20]
Las incursiones del poeta/sabio en los mundos de la ciencia
Es conocida la infinita, tenaz curiosidad de Lugones, que lo movía a leer y hablar de todos los temas, abarcar todos los territorios del saber o, cuando era funcionario en el ocaso del Estado conservador, asesorar en múltiples aspectos pedagógicos. Semejante a aquella “ambición de medirse con todas las palabras”, que observaba Borges respecto de su poesía,[21] otra ambición, esta vez gnoseológica, parecía impulsarlo a medirse con todos los saberes, buscando al mismo tiempo un fin práctico, de acción concreta en el presente.[22]
No sorprenderá entonces que, al abordar el artículo del número 3 dedicado a “Nuestra clasificación botánica”,[23] Lugones no resistiera a la tentación de mostrar sus conocimientos de botánica americana –aun cuando aclarara su falta de saber especializado–, para legitimarse en una función de intelectual promotor no oficial, tantôt diplomático, tantôt pedagógico, o incluso cultural. De hecho, varios de sus artículos se construyen, tal como veremos, alrededor de esa tensión entre el carácter no especializado de los conocimientos científicos de su autor (sobre botánica, geometría, etnografía, musicología y entomología) y la necesidad de mostrar y explayarse sobre sus conocimientos (aunque fueran los de un autodidacta). Por encima de todo, Lugones esperaba instruir a los lectores, y en particular a las élites dirigentes, sobre la necesidad de los métodos de observación y análisis que él había aprendido, precisamente, de las ciencias naturales. En efecto, consideraba a estas últimas como bases epistemológicas fundamentales, que eran capaces de aniquilar definitivamente los resabios del dogmatismo religioso en la aventura del conocimiento. Este énfasis en los métodos de la observación de los fenómenos naturales (en definitiva, en los actos del sujeto cognoscente) no era menor para él, porque allí podía situarse un plus espiritual, un componente individual en la relación positivista con el saber. En cierto modo, operaba una suerte de presión sobre los límites del conocimiento positivista, que aparece en distintos momentos de sus colaboraciones en la revista.
Ahora bien, a diferencia del científico, Lugones subordinaba (censurándolo) el interés puramente gnoseológico a sus obligaciones como intelectual-sabio, conocedor de las necesidades económicas y, por ende, políticas de su nación y también de las repúblicas vecinas. Así es como en “Nuestra clasificación botánica” y en “Algunas consideraciones sobre Geometría básica” (números 3 y 4 de la revista),[24] presentaba los fundamentos y los programas destinados a acompañar el proceso de modernización del país, aunque se tratara de dos materias bien distintas. Allí explicitaba esa función promotora de su parte, a la que me vengo refiriendo: en el primer artículo, destacaba la utilidad industrial y comercial de las plantas americanas (como el caso del caucho, el quebracho, las plantas medicinales) señalando la falta de una clasificación unificada de las especies, y lamentando incluso ciertos errores en las designaciones, atribuidos al hecho de que “los científicos europeos se arrogan a veces una excesiva autoridad para crear y suprimir géneros”.[25] Una vez presentada esta suerte de fundamentación, el director de la Revue proponía constituir “una clasificación uniforme y con ella, lo que podría llamarse el rol de la flora americana”; un “inventario racional de esta riqueza que interesa a todos los países del Nuevo Mundo, y corresponde a la ciencia de sus hijos ejecutarlo con la precisión deseada”.[26] Y aquí aparece su (insoslayable) papel de promotor intelectual, con funciones técnicas y diplomáticas no oficiales:
Hace poco he tenido el honor de interesar sobre esta iniciativa al Presidente de la República Argentina, a quien pareció buena mi idea de constituir para tales fines una gran comisión americana, que sesionará por primera vez en Buenos Aires en 1916, durante los festejos del centenario de la Independencia. Ningún acto de solidaridad americana podría ser más noble y práctico a la vez. Cada nación concurriría con su haber científico, para elaborar el plan cuyas grandes líneas acabo de establecer, sin ninguna pretensión magistral; pues no quisiera someter un proyecto a quienes serán los encargados de realizarlo. Seré apenas el más aplicado de sus alumnos pues esta idea es, en suma, producto de mi ávida ignorancia.[27]
Como si fuera poco, el plan preveía la participación de los maestros y los alumnos de cada país, a quienes Lugones tenía en cuenta para que colaborasen en el relevamiento de las especies vegetales, a través de una “subcomisión de herbarios escolares” pues de este modo “la ciencia adquiere una importancia social dada por la difusión directa en el “pueblo”.[28] Por sus aplicaciones y métodos, agregaba, las ciencias naturales se presentaban como “importantes agentes de democratización”.[29] Vale la pena observar que esta es una de las pocas veces en que Lugones invoca al “pueblo” en la revista. Nótese que media en esa referencia una situación escolar, como si la entidad del pueblo solo fuera pensable, concebible, nombrable en el marco de una relación pedagógica. Aquí está la figura del intelectual sabio al servicio de la nación, para marcar el rumbo y trazar los fundamentos prácticos y espirituales necesarios para el progreso del país.
Eso es también lo que hace Lugones al presentar la primera parte de un manual de geometría, en la cuarta entrega de la revista. Esta vez, la relación entre ciencia y pedagogía ocupa el centro del artículo: el autor aprovecha para dar a conocer el programa estatal de reforma de los planes de estudio, y se presenta como su artífice:
En 1905, tuve el honor de presidir un congreso de profesores, oficialmente organizado en Buenos Aires para discutir las bases de los planes de estudios secundarios y normales. Se decidió que las ciencias naturales debían constituir la base de los planes de estudio, tanto por el lugar que ocuparían como por la preponderancia de sus métodos. El gobierno sancionó tales conclusiones.[30]
Como en el caso de los herbarios populares, planeados por supuesto para ser regidos por la institución escolar, aquí también Lugones asocia la democracia a la República, y las contrapone al absolutismo (eclesiástico), para sostener la importancia de renovar los métodos de enseñanza, entendiendo que esos valores estaban abiertamente reñidos con los métodos dogmáticos de las instituciones educativas religiosas.
Pueden leerse aquí los ecos de la contraposición –cara a la teoría teosófica– entre, por un lado, la superstición y la credulidad, que según Helena Blavatsky, la cofundadora de la Sociedad Teosófica en Estados Unidos, eran los fundamentos de la “fe basada en la autoridad”, y, por otro lado, la “intuición espiritual”, movida por la “creencia y la intuición”.[31] Si, en la evaluación de Lugones, el “clericalismo” defendía la centralidad de las matemáticas contra la de las ciencias naturales (“al no poder imponer las humanidades, como era su deseo”) era porque “creían encontrar en éstas una fuente de dogmatismo”,[32] algo impracticable en el caso de las ciencias naturales, por su esencia misma, podría decirse. Pero el escritor explicaba que esa enseñanza de las matemáticas basada en la imposición de dogmas a los alumnos, que descartaba toda posibilidad de una especulación analítica, era responsable de la animadversión generalizada respecto de esa materia, que debía ser modificada. Lo que a su juicio urgía revisar era el tipo de “pedagogía”, que separaba artificialmente las distintas ramas (aritmética, álgebra, geometría después, etc.) y establecía definiciones autoritarias, contrarias según él a la esencia de las matemáticas, “expresión más elevada de la razón humana”.[33] A esto se oponía “la escuela de la democracia que no hacía sino proponer una verdad demostrada. Todo lo que llegara a imponerse por la fuerza material o mental sería un abuso despótico”.[34] Resultaba indispensable entonces revisar los “resabios de absolutismo” en la enseñanza, adoptando métodos capaces de transmitir la “sistematización de los conocimientos, en el ámbito científico, y la aceptación racional de ciertas orientaciones en lo moral”.[35]
Citando su Didáctica, de 1910, Lugones se mostraba experto en la materia y sintetizaba el objetivo de reanudar el vínculo “profundo” entre las matemáticas y las ciencias naturales, aplicando a las primeras los métodos de la observación directa y la práctica experimental. De este modo, la propuesta planeada cuatro años atrás llegaba ahora a concretarse: Lugones anunciaba “en el presente número” la primera parte de un manual de geometría destinado a los maestros, que comenzaba con experimentos “en contacto directo con el mundo exterior, en el patio o en el jardín”,[36] y materiales didácticos no convencionales (varillas, sogas y cintas, etc.). El lector de la Revue podía así ser testigo de esa propuesta innovadora, de punta, comparable a las informaciones sobre las últimas tecnologías que abundaban en la publicación[37] o, si lo deseaba, podía incluso actualizar sus conocimientos de geometría. Por último, a lo largo de los siete capítulos del manual, se hacía posible una mediación ideal, para Lugones, con los lectores, en tanto sabio que desplegaba su ciencia autónomamente[38] y podía patentar sus conocimientos científicos de matemáticas. De este modo, se proponía mostrar gradualmente el método naturalista experimental para transmitirlo a otros lectores y, en sintonía con los principios teosóficos aplicados a la educación,[39]iluminarlos gracias a su magisterio, sin otro fin que el de hacer el bien buscando y mostrando la verdad.
Como sugerí unas páginas atrás, Lugones se debatía entre la tentación de desplegar su erudición y ocupar el lugar del científico, por un lado, y su voluntad de ser un publicista experto, dedicado a brindar orientaciones en los asuntos políticos, diplomáticos del presente. Lo primero se vuelve evidente en las numerosas páginas dedicadas, como hemos visto, a explicar las nociones de geometría o en los extensos párrafos en los que brindaba información en materia de botánica, enumerando distintas especies y sus propiedades para la industria, corrigiendo nomenclaturas, citando los nombres en latín. O incluso, en los consejos que exponía el escritor en materia tecnológica, al presentar especies autóctonas que, dada su abundancia, podían sustituir las que se usaban en la industria papelera, y así evitar la “devastación” forestal… Por el espacio de unas páginas, Lugones se convertía, por ejemplo, en un naturalista que había explorado la flora americana y emitía una opinión a propósito de los tres nombres científicos que había recibido la jarilla argentina: “Si fuera botánico, eliminaría esta última [designación] pues se trata, a mi entender, de la divaricata pero algo más lustrosa por la ausencia de polvillo en el suelo montañoso donde crece”.[40] Seguían en el artículo otras enumeraciones y antes de concluir, acaso advirtiendo la desmesura del gesto, Lugones se retractaba expresando una autocensura y emitiendo un juicio general sobre su propia conducta:
Este pedantismo pueril [de multiplicar los nombres de una misma especie según los distintos países], en razón de su facilidad, incita a la semi-ciencia; yo mismo acabo de dejarme llevar por él. Como sea, decidirán los botánicos, pues mi único propósito ha sido reforzar con la enunciación de estas dudas, mis afirmaciones críticas.
A esto se suman, para aumentar la confusión, los brotes frecuentes de vanidad personal y las consideraciones patrióticas, tan respetables como inapropiadas.[41]
Pese a este juego de proyecciones, sin embargo, el impulso ha quedado bien asentado en la página. Más aun: unas líneas después, Lugones reincide en el afán de encarnar al sabio, con nuevos ex cursus, tales como la referencia a recientes propuestas acerca de la utilidad de la ornitología para la agricultura, de la botánica para el control del clima y, finalmente, con unos puntillosos lineamientos del proyecto de la comisión latinoamericana destinada a la clasificación botánica de las especies regionales. Incluso después de presentar ese plan, el autor dedica un espacio a instruir a los lectores sobre descubrimientos de hidrología que habían revelado el misterio de los bosques del gran Chaco, en una región tan seca. Ahora bien, ¿por qué aparecen tantas líneas dedicadas a transmitir esa información sobre diversos fenómenos naturales? En cada caso, es posible advertir el modo en que no se consignaban simplemente los datos científicos, como en un tratado de botánica, sino que se registraba la presencia del sujeto que los había observado o estudiado. Una vez más, el método se antepone a los resultados:
Nuestros bosques del Gran Chaco contradecían el principio meteorológico que establece una relación entre las lluvias y la densidad del monte. […] Pero un día, se descubrieron las aguas artesianas, entre sesenta y ochenta metros. Ese hecho, sin explicar la anomalía, permite formular hipótesis pertinentes.[42]
Le sigue una extensa explicación, que llega a su punto culminante cuando la prosa de Lugones se eleva hacia dimensiones poéticas. Por inspiración de los fenómenos naturales, su pluma ingresa en transes líricos, con metáforas, epítetos y nominaciones en singular, de los elementos esenciales de la vida:
Así seguiría manifestándose la simpatía conjugal del árbol y el agua. Habríamos descubierto que allí donde el cielo se muestra inclemente, las profundidades subterráneas tienen sus lluvias oscuras y silenciosas. Si no soy demasiado audaz, hay en esto poesía virgiliana. El dulce georgiano conocía, en efecto, la circulación de la vida terrestre por los poros y las venas del suelo, que el calor, decía, dilata y contrae a la vez […].[43]
Los versos de las Geórgicas de Virgilio asisten al escritor en el final del artículo, y de este modo refuerzan el sentido de excepcionalidad de la experiencia espiritual que alcanzaba a producir, en algunos seres, la contemplación de la naturaleza. En la metamorfosis que produce la escritura, las palabras del cronista, ahora poeta, podían encarnar las de Virgilio para arrojar una última enseñanza: que la voz del poeta era la más dotada para encontrar el fundamento espiritual último del conocimiento humano o, en palabras de Lugones, para “resum[ir] las aspiraciones de la ciencia” que Virgilio había sabido cifrar en “el epifonema triunfal felix qui potuit…”.[44]
Resumiendo, podríamos entender en dos sentidos las incursiones por la ciencia de las cosas, estos ex cursus que Lugones no podía evitar, como núcleos vitales, intensos, a los que se entregaba, más allá de sus funciones racionalmente convenidas del intelectual sabio/promotor político: por un lado, confirman la propia posición de Lugones ante el conocimiento, por el valor que adquiere el saber informal, riguroso pero no académico que puede surgir aplicando metódicamente la observación y el análisis de cualquier fenómeno. La prueba de ese valor está, como vimos, en las digresiones respecto del objeto de cada artículo, donde el escritor se explaya sobre los más diversos temas científicos. Por otro lado, convalidan esa aventura del conocimiento científico que hizo posibles tales conocimientos como una aventura en última instancia espiritual, y de allí, entonces, confirman la autoridad del poeta como sujeto supremo de conocimiento.[45]
La presencia considerable de artículos, crónicas y notas sobre temas científicos en la revista confirma la persistencia del interés de Lugones por las más variadas ramas del saber. A su vez, en el modo de tratamiento de los temas científicos es posible reconocer una cercanía con algunos presupuestos de la Teosofía, no solo en cuanto al culto que hacía el autor en torno del conocimiento en la vida de los hombres sobre la Tierra. También aparece en algunos de sus escritos una creencia respecto de los poderes ocultos de la Naturaleza y el convencimiento –propio de la doctrina teosófica– de que estos no se agotaban en sus fuerzas materiales.[46] El eco de las creencias teosóficas que Lugones atesoraba, como es sabido, desde su juventud, se advierte asimismo en otra de las contribuciones del escritor para su Revue sobre “La música popular en Argentina” (Nº 5), que es la primera versión del capítulo quinto de El Payador.[47] Soledad Quereilhac[48] ha mostrado de manera exhaustiva y muy convincente que la teosofía constituye en el caso de Lugones, y muy especialmente en esa obra, una matriz de pensamiento que organiza sus reflexiones sobre temas culturales o científicos. Así sucedía en los análisis sobre la música popular de los gauchos, donde Lugones puso en práctica algunos principios de la teosofía que le permitían comprender el canto popular de los gauchos y demostrar su belleza. En este sentido, la doctrina de las analogías ocultas entre las cosas le permitía explicar las conexiones entre naturaleza y cultura, y relacionar así los latidos binarios del corazón con las formas rítmicas de la danza, y de allí sus correspondencias con el canto y la música.[49] Véase por ejemplo la siguiente comparación:
En las sonatas de Beethoven, que representan la perfección musical alcanzada por el más grande de los músicos, las dos ideas fundamentales de la composición (pues esta no es ternaria sino en cuanto a su estructura) parecen seres vivos, como se ha dicho acertadamente. El tema rítmico representaría, pues, al sexo masculino, y la idea melódica al femenino. Así, del primitivo ritmo orgánico producido por el trabajo del corazón, el arte se ha elevado a la perfección espiritual.
Los trozos de música popular argentina que van a continuación, ofrecen ejemplos de todos los elementos antes mencionados. Son, por lo tanto, como toda música popular, cosa respetable para el pueblo cuya alma revelan.[50]
A su vez, por la explicación teosófica de las sucesivas encarnaciones que regían los ciclos de vida en la Tierra, Lugones interpretaba la música popular como un organismo perfecto, que revelaba las migraciones de los elementos y las estructuras rítmicas desde la antigua Grecia hasta los tiempos modernos, en Europa y en las tierras americanas. Así, explicaba mediante el método de las analogías establecido por Blavatsky la identidad profunda entre la música popular de los gauchos y una sonata de Bach o de Beethoven, que hacía de la primera la expresión pura de la segunda, que por la fuerza evolutiva se había desarrollado, incorporando ornamentos que la volvían más sofisticada pero análoga en su esencia. Lugones sugería que, lejos de ser imitaciones de la música clásica occidental, los procedimientos estéticos presentes en una chacarera, por ejemplo, eran “coincidencias expresivas en el lenguaje del alma. El anónimo popular y el genio tienen en definitiva, el mismo corazón, fuente de toda melodía”. [51]
El sistema de creencias teosóficas ofrecía a Lugones un marco para interpretar “científicamente”, y, de paso, legitimar, un fenómeno cultural como la música popular argentina. Pero también le daba la oportunidad de desplegar sus saberes etnográficos y musicológicos. Pero además, es posible que la elección de esta conferencia, entre las demás que había pronunciado un año antes en Buenos Aires, se deba a que con ella podía intervenir en un fenómeno de actualidad que seguramente lo desvelaba, a saber, el éxito que desde 1913 venía teniendo el tango en París.[52] Así creía contraponer esa música urbana asociada a los sectores urbanos inmigrantes, por la que sentía una gran aversión, a la pureza primitiva del folclore argentino, y por supuesto, despertar el interés de los lectores de la revista.
Si el sistema de creencias teosóficas no es explícito en la revista, no es solo por razones de conveniencia, que requerían sin duda que el director prescindiera de posicionamientos que resultaban cuanto menos marginales, secretos o heterodoxos. Debe entenderse, en el sentido en que lo analizó Quereilhac,[53] como un sistema de ideas que en las iniciativas intelectuales de Lugones funcionaba como marco conceptual general más que como cuerpo doctrinario a propagandizar. Era más bien, en este sentido, un fundamento de culto, exclusivista, que organizaba los variados intereses del poeta y, sobre todo, justificaba la necesidad de los sabios y los poetas en tanto motores o estímulos para el desarrollo del espíritu superior, de indagar en el “lado oculto de la Naturaleza”,[54] si se entendía que la meta final de esta era la “transformación gradual de la materia en su elemento primordial, el espíritu”.[55]
Nuevas alusiones al carácter formativo para el intelecto que encerraban las ciencias naturales también aparecen en “Tres hechos de historia natural”, [56] publicado en el número 6. Me interesa destacar la centralidad que tiene el relato autobiográfico de Lugones sobre su iniciación científica, que elige a un ilustre destinatario, nada menos que al entomólogo Jean-Henri Fabre,[57] a quien cita en el epígrafe, e invoca como su gran maestro:
Es por esto que me he permitido situar bajo la invocación de este sabio mi humilde contribución, que quizá llegue a interesarle, al venir de tierras tan lejanas. Nada más revelador de la virtud comunicativa del espíritu francés que Fabre encarna tan bien. Y creo que mi destino puede presentar cierto interés pues me da la oportunidad de presentar al ilustre anciano –a mí también me salpica la espuma de las olas– la gratitud del niño a quien sin saberlo, supo revelar la verdad y el bien, en aquel pueblo alejado allende los mares. Aquel libro me enseñó a observar la naturaleza, hábito que nunca abandoné.[58]
Lugones confiesa entonces su despertar a la vida intelectual de la mano de Fabre, y pasa a recordar tres hechos que fueron decisivos, y vividos como “revelacio[nes] de las armonías naturales”.[59] En el párrafo que introduce los recuerdos sobre los hechos naturales, el autor acerca, en la contigüidad de la sintaxis, a Fabre respecto de Sarmiento y de sí mismo. Su figura queda así en el medio, entre el sabio y el “gran argentino”, a quien agradece la fundación de las bibliotecas populares.
Pero luego de esta introducción, ya no se hace ninguna mención al sabio francés, y el único protagonista pasa a ser el niño explorador que en el relato de los tres “hechos” da prueba de un vasto saber en ornitología y entomología; describe los fenómenos sorprendentes que él mismo ha sabido seleccionar por su relevancia, y es a la vez experimentador de laboratorio (al haber llegado a medir la acidez del parásito que ha crecido en una nuez). Todo está destinado a mostrar la compleja armonía secreta que rige la vida de los organismos y a través de esto, a refutar dos nociones centrales del naturalismo positivista, tales como el instinto y la selección natural (“La naturaleza contiene direcciones superiores a nuestra inteligencia”, concluye).[60] Y a demostrar sobre todo dos ideas: que un observador como el niño Lugones, que ya ha leído los libros necesarios, puede descubrir por sí mismo (no corroborando sino redescubriéndolas) las verdades de la ciencia. Pero además, ha descubierto las leyes complejas que rigen la vida de las especies, accediendo solo a su apariencia, mientras “alguien o algo”, una “entidad” dotada de un “poder sobrehumano”, ha establecido esas relaciones de armonía profunda entre las cosas y por eso puede recibir el nombre de divinidad.[61]
En ese relato, solo el poeta era capaz de adivinar, por el don de observación que le dan sus facultades intelectuales, lo mismo que esa divinidad:
La prueba de que tenemos con esas entidades una relación intelectual genérica, es que comprendemos parcialmente su plan y podemos apreciar racionalmente nuestra impotencia frente a lo que nos resulta desconocido. Así es como descubrimos las constantes, que denominamos leyes, deduciendo de las perturbaciones que sufren la existencia de elementos cuyo valor relativo percibimos antes mismo de haberlos visto.[62]
En la conclusión, que reiteraba algunas ideas expuestas en otros artículos de la Revue, afirmaba: “La observación de la naturaleza se revela así como el verdadero camino de la filosofía y la moral racionalista, el más adecuado a los hombres civilizados”.[63] Una verdadera paráfrasis de las tesis teosóficas…[64] En el cierre del artículo, Lugones plantea una nueva autorreferencia, al mencionar las circunstancias de su formación científica, su lucha por “organizar bajo esos principios la instrucción pública de mi país” y su derrota frente al clericalismo, fuente de despotismo, que impone límites a la libertad de la inteligencia y la razón, límites que parecen no formar parte de la naturaleza misma. Como se ve, es un Lugones aun teósofo que busca imprimir un cierto espiritualismo en el credo cientificista, pero que encuentra en la razón científica una vía de combate político:
Adversario de todos los dogmas, y aun de aquel que comprende a todos los demás, el dogma de obediencia o principio de autoridad, consideré que eliminar el antropocentrismo [en la enseñanza] era hacer algo por la libertad humana. En dicho sistema está, en efecto, el fundamento del despotismo y el más funesto instrumento de la ignorancia, es decir, de aquella que impone límites por la fuerza, a la inteligencia y a la razón.[65]
Finalmente, el último reconocimiento de Lugones a los trabajos del sabio francés son el pretexto para exponer sus creencias filosóficas, o mejor, teosóficas, que los entendidos sabrían reconocer:
Con esto quiero explicar la importancia en las direcciones iniciales que imprimen los libros útiles sobre el espíritu. El feliz azar que puso entre mis manos la obra del sabio resultó determinante para mi filosofía, mi moral y mi estética, es decir para mi autodidaxia, laboriosa igual que aquella abeja solitaria que descubrí una vez. Hallé esos tres principios de lo verdadero, el bien y lo bello –como el aventurero encuentra diamantes– en la caligrafía del arroyo y en el abecedario del hormiguero.[66]
La teosofía, entonces, en tanto doctrina que se fundaba en la creencia en la posibilidad de una armonía universal, equiparada con el Bien y fundada en el espíritu como principio permanente y único, le proveía a Lugones un fundamento espiritual para el ejercicio del pensamiento. Además, le permitía reafirmar el rol de los poetas, los pensadores o los sabios en tanto cultores de la “intuición espiritual”, que consideraba indispensable para el progreso humano integral (por encima y guiando secretamente los avances materiales).
Pero es en un escrito más marginal dentro de la Revue, donde aparecen vínculos más evidentes con las creencias teosóficas, especialmente en el rechazo del dogmatismo católico y en la referencia a una divinidad asociada con la razón. En efecto, Lugones firma con sus iniciales una extensa nota bibliográfica del Nº 6 de la revista (pp. 456-460), dedicada a comentar el libro de un colaborador, el matemático Émile Borel (Le hasard).[67] Rescatando el “noble encanto filosófico” (p. 460) del libro, argumenta que:
Pero el estudio de las leyes del azar propiamente dicho autoriza a sacar otra consecuencia que implica la abolición del milagro: nuestra impotencia ante el fenómeno denominado azar revela necesariamente o bien un estado de la materia, inapreciable, para nuestros sentidos, o bien una nueva dimensión del espacio, o bien una función desconocida del movimiento, que podríamos acaso determinar bajo la forma de una nueva curva. La inutilidad de la hipótesis “dios” declarada por uno de los más geniales inventores del cálculo de probabilidades resulta así evidente; y el pensamiento matemático se transforma así en una especie de superinteligencia ante la cual el concepto mismo de la divinidad se realza, convirtiéndose en una entidad de razón.[68]
En estos términos, se trataba según Lugones de emancipar a la especie humana por medio de una dimensión filosófica de la ciencia, que permitiera desterrar la idea de dios y sustituirla por la verdad, emanada de la razón, que podría erigirse como nueva divinidad. Los recientes desarrollos de las matemáticas eran, en este marco, el instrumento práctico del razonamiento que abría el acceso a la verdad. La noción decisiva de libertad o emancipación encontraba así su potencial en la capacidad de plantear una refutación al dogmatismo eclesiástico. Al detenerse en el azar como “conjunto de las leyes naturales ignoradas por nosotros”, Lugones deducía la imposibilidad de aceptar racionalmente el “milagro”, sin por eso dejar de contemplar la existencia de poderes ocultos, y organizadores del mundo, en la Naturaleza.
Como se ve, la publicación de las últimas novedades en materia científico-tecnológica, además de responder a un fin informativo, venía a corroborar las hipótesis teosóficas acerca de las leyes inexplicables de la naturaleza. Esto funcionaba como un fundamento casi epistemológico, que obligaba a avanzar y ampliar las fronteras del conocimiento yendo en dirección a todas las ramas de la ciencia. En este sentido, entonces, la publicación planeada por Lugones podía ser el instrumento capaz de apuntalar tales orientaciones mediante la difusión de los últimos descubrimientos y producciones científicas.
Conclusiones
Durante su breve temporada parisina y, en particular, a través del proyecto de la Revue Sud-Américaine, Lugones continuó expandiendo su producción intelectual más allá de la literatura, hacia muy variadas disciplinas, y reanudó su atracción por la ciencia. He intentado analizar el modo en que, en las intervenciones desplegadas en la revista, el escritor cordobés se instituyó como una figura de promotor no oficial en órdenes tan diversos como la diplomacia, la asesoría económica, cultural, política, pedagógica. Se trataba de un promotor distanciado del día a día de la política local que podía, en virtud de su posición de saber, orientar a las élites dirigentes de su nación, pero más allá también, apuntando a las demás repúblicas sudamericanas, especialmente a las más ricas.
El trabajo de Lugones al frente de esta publicación de muy corta vida que, tal como he procurado mostrar en este trabajo, se planteaba objetivos en direcciones muy diversas, le permitió hacer sus propias incursiones en los más diversos temas. De este modo, los artículos que publicó en cada uno de los siete números de la publicación, al igual que las decisiones editoriales en relación con los sumarios de cada número, estaban guiados principalmente por este deseo de erudición amplia, orientado hacia múltiples disciplinas y por una concepción del saber en tanto una vía para el autoconocimiento. Estas indagaciones, asimismo, llevaron al escritor a echar mano de sus antiguos intereses teosóficos. De allí que en los artículos sobre temas científicos pueda leerse una dialogicidad interna con algunos de los presupuestos teosóficos, que se advierte especialmente en la presencia recurrente de la pregunta en torno a las “leyes inexplicadas de la Naturaleza y los poderes latentes en el hombre”.[69]
Al mismo tiempo, quedaba legitimado el proyecto de la revista de avanzar y ampliar las fronteras del conocimiento yendo hacia todas las ramas de la ciencia. En este sentido, la difusión de los últimos descubrimientos tecnológicos y las producciones científicas que caracterizó al proyecto de la Revue Sud-Américaine, junto con el análisis del panorama político tanto europeo como latinoamericano, podían apuntalar la actualización y la novedad anheladas por Lugones, y a su vez implicaban otro modo de rendir servicios a las élites dirigentes.
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Notas
De grands problèmes politiques, écnomiques, sociaux, d’ordre national ou universal provoquent de graves inquietudes, préoccupent tous ceux qui participent à l’activité mondiale: la Revue Sud-Américaine étudiera et exposera ces problèmes./Comme son titre l’indique, la Revue Sud-Américaine s’occupera avec une particulière sollicitude de l’Amérique du Sud, de ce qu’il s’y dit, de ce qu’on y pensé, de ce qu’il s’y fait, et elle rattacjera ainsi, à la grande actualité européenne, la magnifique activité de la République Argentine, du Brésil, et des autres contrées de l’Amérique Latine.”