Artículo
Sobre el aburrimiento: una lectura de Las venas abiertas de América Latina
On Boredom: A Reading of Las venas abiertas de América Latina
Sobre el aburrimiento: una lectura de Las venas abiertas de América Latina
Prismas, vol. 28, no. 2, pp. 193-203, 2024
Centro de Historia Intelectual, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Quilmes
Resumen: En la edición de Las venas abiertas de América Latina de 1978, Galeano incorporó un posfacio en el que sintetizó buena parte de su proyecto como una apuesta contra el conformismo provocado por las retóricas revolucionarias y el de la producción de saberes expertos (vgr. ciencias sociales). Sintetizó esa crítica con una palabra: aburrimiento. Seguir el rastro del aburrimiento permite, por un lado, desbrozar los sentidos asociados a la producción letrada en relación con la circulación y la recepción de saberes y prácticas de la revolución y, por el otro, revisar el vínculo tenso entre la producción de conocimiento en pos de la acción política revolucionaria y la gestión de dicho conocimiento en función de otra realidad: la de la sociedad de masas en el marco de la Guerra Fría. Y, finalmente, permite comprender los intentos de un autor para explicar el estupor ante una experiencia, la de las derrotas de los proyectos revolucionarios y el triunfo de las dictaduras en la Argentina, Chile y Uruguay.
Palabras clave: América Latina, Revolución, Cultura de masas, Aburrimiento, Intelectuales.
Abstract: In the 1978 edition of Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano added an afterword that described much of his project as a struggle against two types of conformism: one produced by revolutionary rhetoric and another stemming from the world of expert knowledge (especially in the social sciences). He summed up his critique in a single word: “boredom”. Following the trail of boredom helps us, on the one hand, pin down the meaning of intellectual activity during this time and its relationship to the circulation and reception of knowledge as well as revolutionary practice. On the other hand, it opens a window onto the tense link between the production of knowledge in pursuit of revolutionary political action and the management of said knowledge based on another reality-that of a mass society within the framework of the Cold War. And finally, it allows us to understand the author’s attempts to explain the general public’s stupor before the rise of military dictatorships in Argentina, Chile, and Uruguay.
Keywords: Latin America, Revolution, Mass culture, Boredom, Intellectuals.
Introducción
El libro Las venas abiertas de América Latina, publicado por primera vez en 1971, y que llegó a ser best seller en los años ochenta, estuvo inmerso en las batallas por la información de la Guerra Fría. Intervino para informar qué y cómo era la región desde ella misma, contra lo que consideró la desinformación o la censura del imperialismo estadounidense y de las dictaduras.
En Las venas abiertas, Galeano se propuso redactar un manual de economía política, en particular del dependentismo. Como aseguró en una entrevista de 1971: “Una investigación sobre el saqueo, pero escrita casi como si fuera una novela de amor, ¿entendés?”.1 Con esta apuesta, buscó una “forma nueva de creación”, diferente de las tradicionales, “más útil al lector actual, al lector joven”. Además, consideró su libro “una forma de acción”, porque tenía un poder específico en el contexto del enfrentamiento cultural y político: la lucha contra el imperialismo -en particular el estadounidense-, la defensa de la revolución -Cuba y la vía chilena al socialismo-. En el marco de la Guerra Fría, el hito de la Revolución en Cuba en 1959 había significado, para quienes la apoyaron y se comprometieron con ella, como Galeano, la posibilidad de un laboratorio socialista en América Latina por fuera de las directrices de uno de los vencedores de la Segunda Guerra: la Unión Soviética. El triunfo de Salvador Allende en 1970 parecía refrendar el carácter experimental del derrotero revolucionario, a la vez que en él se constataba la distancia con la cada vez más patente presión soviética sobre la isla.
En 1978, incluyó otro texto como posfacio a la nueva edición del libro, al que tituló “Siete años después”, y repitió la importancia de que Las venas abiertas fuera como una “novela de amor o de piratas”. Pero, en este caso, agregó otra interpretación, que antes estaba ausente. Aseguró que las obras de ciencias sociales escritas “en código” fallaban en la comunicación, como fallaba esa “literatura militante dirigida a un público de convencidos”. En ambas fallas, un mismo factor: el aburrimiento. Este servía para “bendecir el orden establecido: confirma que el conocimiento es un privilegio de las élites”.2 También reflexionó sobre el paso del tiempo, en el que “la historia no ha dejado de ser, para nosotros, una maestra cruel”.3 Para Galeano, entre la primera y la segunda edición de Las venas abiertas se hizo cada vez más patente una desolada constatación de derrotas, en especial con los golpes de Estado en Uruguay (1973), Chile (1973) y la Argentina (1976). En este trabajo hago foco en la categoría aburrimiento porque permite comprender los intentos de un autor para explicar el estupor ante una experiencia, la de las derrotas de los proyectos revolucionarios, la de esa historia como “maestra cruel”.
Si bien diversos estudios han analizado la producción, la circulación y la recepción de este libro, así como la trayectoria de su autor, incluyendo el período abierto entre 1971 y los exilios de Galeano en Buenos Aires y Barcelona, me parece provechoso añadir el problema del aburrimiento como central.4 Es una categoría que, además, ha tenido un derrotero específico en el ámbito de los estudios de filosofía y, sin embargo, se le ha prestado menos atención desde la historia intelectual y cultural.5 En este sentido, Las venas abiertas es ilegible sin comprender el rango de discusiones sobre cuáles eran los modos más adecuados de intervención cultural, a la par que los sentidos en disputa de qué era esa intervención desde la izquierda: entre el ascetismo, la disciplina y el sacrificio revolucionarios -donde la figura de Ernesto “Che” Guevara había sido de notoria importancia-, la preocupación por el cumplimiento de las normativas marxistas en torno de la producción cultural, la búsqueda de nuevas formas artísticas que permitieran intersecciones renovadas entre vanguardia artística y política (en teatro, cine, pintura y música) y la experimentación contracultural.6
El aburrimiento como categoría nativa permite desbrozar los sentidos asociados a la producción letrada en relación con la circulación y la recepción de saberes y prácticas de la revolución. Y como categoría analítica ayuda a revisar el vínculo tenso entre la producción de conocimiento en pos de la acción política revolucionaria y la gestión de dicho conocimiento en función de otra realidad: la de la sociedad de masas en el marco de la Guerra Fría.
Pedagogía de la “conciencia antiimperialista”
Galeano se fogueó en el mundo del periodismo y una de sus escuelas -más allá de su paso por el diario socialista El Sol- fue el semanario Marcha (1939-1974), dirigido por el abogado especialista en temas económicos Carlos Quijano. Ingresó muy joven y ofició como secretario de redacción (1961-1964). Como tal, renovó el estilo del semanario y habría ayudado en el aumento de su público lector. Marcha ya era para 1971 una suerte de institución y Quijano un pope; en sus páginas aparecían los nombres de las plumas más reconocidas de la izquierda antiimperialista latinoamericana y del tercermundismo global.7
Quijano había sido un militante antiimperialista en la París de fines de los años veinte y miembro de una fracción minoritaria de uno de los grandes partidos tradicionales del Uruguay, el Partido Nacional.8 Luego de cortar amarras con este partido en 1958, aseguró que Marcha estaba inscripto en una “tarea de docencia”, en otra forma de hacer política. Esta afirmación es vital a los efectos de este trabajo, porque Quijano entendía ese quehacer como el de la “formación de opinión”.9 En 1962 apoyó a la alianza de izquierda Unión Popular y dirigió por unos pocos meses otra publicación, de la que Galeano también fue miembro: Época. Uno y otro participaban del mundo intelectual que, en los años sesenta y setenta, se vio cruzado por la dinámica tensa del compromiso intelectual. Es decir, cuando la estela que produjo la Revolución en Cuba desplazó la legitimidad del doble compromiso del autor y de la obra con la transformación política hacia la homologación del escritor -qua intelectual- como revolucionario.10
En 1964, según Galeano, “las condiciones ideales para el trabajo del escritor serían las que permitieran una difusión más amplia de la obra, lanzada a atravesar la ciudadela de la cultura, o presunta cultura, y proyectada realmente sobre la sociedad”. Para lograrlo, la “actitud del propio escritor” era fundamental.11 Esto necesita leerse en función de la tracción que diversos intelectuales, que excedían el ámbito regional, empezaron a tener como figuras públicas. En especial aquellos autores del llamado boom de la literatura latinoamericana.12 Para Galeano, como para muchos otros autores del período, la forma importaba porque era parte también de una preocupación por convencer a un público específico del valor de una historia colectiva. Otro ejemplo de esta preocupación puede verse en las modificaciones que llevó a cabo en su cargo en la Universidad de la República, como encargado del Departamento de Publicaciones y secretario de redacción de la revista institucional Gaceta. Allí tuvo muy en cuenta el impacto visual, que atendiera a la modernización del diseño de las tapas, que incidiera en un catálogo comprometido con los problemas del presente.13 También en su exilio en Buenos Aires, entre 1973 y 1976, apostó por un mensuario llamado Crisis, en el que profundizó varios de sus intereses vinculados, justamente, al cruce de géneros, problemas y enfoques que redundaran en la seducción del público.14
A la vez, hizo del aspecto testimonial del periodismo una marca de su legitimidad como escritor revolucionario.15 En 1967, por ejemplo, había publicado un libro sobre Guatemala a partir de artículos previamente divulgados en la prensa y bajo el auspicio de agencias noticiosas como la cubana Prensa Latina y la cooperativa de periodistas Inter Press Service.16 En esos artículos, estaba preocupado por mostrar el papel de los medios de comunicación dominantes en las sociedades de América Latina, ecosistema al que se enfrentaban ambas agencias de noticias.17 De hecho, se trató de un tópico clave del período en el que se multiplicaron análisis y teorizaciones en sedes diversas sobre los medios masivos de comunicación, y en particular su estudio como análogos a las acciones del imperialismo.18 Guatemala, escribió, era víctima, como toda América Latina, “de una conspiración del silencio y la mentira”. Así, los dueños de los medios de información “fabrican la opinión pública, ocultan y deforman los hechos con arbitrariedad y eficacia: las noticias se contraen hasta desaparecer, o se hinchan hasta el estallido según convenga”.19
Para Galeano, y no era el único, América Latina necesitaba de quienes informaran contra los que “fabrican la opinión pública”: tanto el imperialismo estadounidense como los gobiernos autoritarios de la región. En el caso de Las venas abiertas, se trató de la explicación de las razones de la dependencia y el subdesarrollo. Y de hacerlo, como aseguró en 1971 y volvería a repetir en 1978, desde una narración particular, en la que la mezcla de los géneros fuera seductora para el público lector. Para 1971, llamó a ese público el “lector medio”. Era una imagen de los lectores y las lectoras de Marcha. Se trataba de las clases medias, del universo ampliado de sectores de la población regional que habían accedido a la educación secundaria y universitaria,20 y que también se posicionaban como consumidores y consumidoras de un nuevo mundo cultural.21Las venas abiertas se incorpora en un suelo particular de disquisiciones sobre América Latina que excede en mucho el formato libro. Esas obras que Galeano en 1978 consideraba “aburridas” habían tenido una buena recepción en el ámbito ampliado de una comunidad lectora global e incluso muchas de ellas son citadas en su libro.
Como han estudiado varios investigadores e investigadoras, un sinnúmero de impresos de diverso tenor (folletos, fascículos, artículos, reportajes, noticias, etc.), sin contar la popularidad y masividad de la narrativa del boom, circulaba por la región y el mundo alrededor de acontecimientos que, como el de la Revolución cubana y su estela, pusieron a América Latina en el primer lugar de la atención pública.22 Además, esos ensayos y otros textos de la modernización de las ciencias sociales tuvieron enorme circulación en casas editoriales como Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI, que crearon en el Río de la Plata -y fueron dependientes de- un mercado constituido por ascendentes clases medias y por la multiplicación de las matrículas universitarias.23 Pero también los temas y problemas de ensayos e informes estaban presentes en una diversidad de impresos y otras expresiones de la cultura (diarios, radios, cine, música y la cada vez más presente televisión). En definitiva, América Latina y en especial esta región como parte del Tercer Mundo eran tanto noticia del presente como apuesta por una transformación cuya principal cualidad era la inminencia.
Galeano propuso, así, con Las venas abiertas de América Latina una escritura específica, pero también estaba interesado en una circulación particular, como un modo de influir en la opinión a partir de una pedagogía, con la enseñanza del dependentismo,24 y en hacerlo en la vieja formulación del semanario que fue escuela: la formación de opinión, la pedagogía de la “conciencia antiimperialista” tal como tempranamente lo había asegurado uno de los principales miembros de Marcha, el maestro y periodista Julio Castro.25
Los aburrimientos: elitismo, expertise y militancia
En 1978, según Galeano, para esa formación de opinión era fundamental contrarrestar el aburrimiento. En ese entonces Marcha ya no existía -la dictadura militar uruguaya la había clausurado en 1974- y él se encontraba en su segundo exilio. Ese mismo año había, además, publicado un libro antes de reeditar Las venas abiertas. En ese libro, Días y noches de amor y de guerra, que a su vez obtuvo un primer premio por la institución cultural de la Revolución cubana, Casa de las Américas, también encontramos una referencia al aburrimiento: el de los sociólogos que estaban “especializados en aburrir al prójimo” y el propinado por el “catecismo” marxista.26
El aburrimiento, que consigna en ambos textos, supone al menos dos tipos: el conservador y el conformista. El primero está asociado con el uso de una jerga, que solo aleja al gran público de aquello que le concierne: por ejemplo, el conocimiento de las razones de la dependencia. Por el contrario, aseguró que Las venas abiertas “había sido escrito para conversar con la gente”. La dimensión conversacional apela aquí a desplazar las jerarquías sobre las que estaría construido el mundo separado entre trabajadores “manuales” e “intelectuales”, al que se había referido en la entrevista de 1971. Sobre el otro tipo de aburrimiento, el ligado a lo formulaico y repetitivo de las militancias, Galeano afirmó en 1978:
Me parece conformista, a pesar de toda su posible retórica revolucionaria, un lenguaje que mecánicamente repite, para los mismos oídos, las mismas frases hechas, los mismos adjetivos, las mismas fórmulas declamatorias. Quizá esa literatura de parroquia esté tan lejos de la revolución como la pornografía está lejos del erotismo.27
Estas palabras sintonizan con las proferidas por otras dos figuras del período unos años antes. Por un lado, las del conductor de radio chileno Ricardo García, con las que definió su oficio en vínculo con la vía chilena al socialismo. En 1971 aseguró, en el marco de una “batalla por la opinión pública”, tal como en la época varios actores denominaron el combate a favor o en contra del gobierno de Allende: “Hay quienes quisieran una radio y una TV donde solo se escuchara música comprometida. Es una tontería. La revolución no se hace ahuyentando auditores”.28 Por el otro, las que escribiera uno de los principales intelectuales uruguayos del período, Ángel Rama. En la entrada de su diario que dedicó a una reunión convocada con motivo del armado de la Biblioteca Ayacucho en 1974 -una colección de clásicos de América Latina (ensayo, crónica, poesía, narrativa, viajes, etc.) que organizó en su exilio en Venezuela y de la que era el principal factótum-, realizó una crítica similar a esa retórica que consideraba inmovilizante. Hizo referencia a representantes del pensamiento latinoamericanista como el argentino Arturo Roig, el uruguayo Arturo Ardao, el brasileño Sérgio Buarque de Holanda, el cubano -y figura central de Casa de las Américas- Roberto Fernández Retamar, el mexicano Leopoldo Zea y el brasileño Darcy Ribeiro. Excepto las “mejores intervenciones” de Ribeiro y Zea,
es el famoso equipo latinoamericanista creado por el tesón de Zea y en el cual he participado […], de ahí que con inquietud los vea ahora como esa partida de soldados derrotados, viejos, perdidos de su propio ejército, fieles, constantes, y ya extraviados, que se van poniendo grises y blancos, mientras rotan, incansables, por los mismos sitios, repitiendo las mismas palabras.29
Una “sintonía” de palabras no aplana las diferencias, que están definidas por las dinámicas personales y compartidas de esos años: García, en 1971, en plena “batalla por la opinión pública” antes del golpe de 1973 en Chile; Rama en su apuesta personal para organizar un canon de escrituras de América Latina en su periplo de exiliado después del golpe en Uruguay; y Galeano, también en el exilio después de los golpes en Uruguay y la Argentina, en una revisión de lo que había publicado. Aun con estas diferencias, la preocupación por la “repetición” de las “mismas palabras” en Rama, la de García ante la posibilidad de ahuyentar auditores y la clasificación de Galeano sobre los tipos de aburrimiento permiten mostrar un universo de ansiedades compartidas.
En 1978, en Galeano esas aspiraciones pueden leerse bajo un análisis que advierte los límites de la revolución, pero por fuera de la misma revolución: en las condiciones estructurales que la cercaban. Una de ellas, no menor, era la de que la revolución -como utopía- perdiera sus bases de sustento, entre las que estaban esos lectores y lectoras a los que estaba dedicado el libro. El libro era el medio para salir de ese medio. Puesto a circular: “La respuesta más estimulante no vino de las páginas literarias de los diarios, sino de algunos episodios reales ocurridos en la calle”.30 Para que funcionara, el libro -el lenguaje, la música, el canon- debía ser también seductor. Y la seducción no solo era propiedad del mercado. Las venas abiertas, y en especial desde la relectura propuesta por Galeano en 1978, fue tanto una modulación del antiintelectualismo como una crítica de las palabras que movían a la acción. La búsqueda de un lenguaje no mecánico implicaba una lucha contra el aburrimiento provisto por las condiciones del lenguaje militante -en el que perfectamente podríamos incluir el de los latinoamericanismos a los que hacía referencia Rama-. Galeano y García abogaban por la construcción de un sostén de coyuntura que pudiera ser duradero. Para ponerlo en otras palabras, el lenguaje de la revolución no podía ser aburrido porque la utopía no lo es.
Aburrimiento y revolución
La preocupación por las condiciones del aburrimiento y sus alcances no es nueva ni mucho menos ha estado ausente del análisis intelectual. La pregunta por el aburrimiento tiene una historia específica dentro de la filosofía occidental y en el análisis de la subjetividad moderna. Según diversos estudios, el aburrimiento es una condición de la experiencia de la modernidad, en particular, una suerte de modo democrático de la percepción de la rutina -diferente en sus alcances al ennui o a la melancolía-, de la consolidación del capitalismo global en cómo hombres y mujeres pasan sus días alejados y desafectados de la vida comunitaria. Es una notación diaria de la pérdida de un tiempo vivido en común. La vida moderna como tal necesita una y otra vez experiencias que le den sentido, una falta que la propia vida moderna causa. En ese marco, el aburrimiento no es más que una condición de la modernidad capitalista.31
Existe otra línea argumental, ligada a la producción de Walter Benjamin y a los modos en que revisó algunos de los principales problemas de indagación de la escuela de Frankfurt. Por ejemplo, los asociados a la “industria cultural” y a las críticas que Adorno y Horkheimer realizaron en torno de la producción de la cultura, sobre todo vinculada a los medios de comunicación en la sociedad de masas.32 Para Benjamin, dado que el aburrimiento es el modo en que experimentamos la vida moderna, podría actuar como un umbral, catalizando imágenes de mundos posibles más allá de la repetición cotidiana. La misma repetición, bajo otra luz, hace explícitas las condiciones materiales que producen esa vida.33 El aburrimiento sería así “la antesala de las grandes hazañas”.34
La relectura de Galeano acerca del sentido de su libro está vinculada a la primera serie de evaluaciones sobre qué es el aburrimiento: una lógica de la reproducción de la vida moderna capitalista, que, en definitiva, termina por paralizar las posibilidades de transformación social. Pero a la que suma la paradojal condición de otro tipo de reproducción alienante: la propiciada por una suerte de retórica de la revolución. En síntesis: Galeano critica la repetición de lo mismo, la multiplicación de una retórica que es a la vez elitista o el cálculo errado de las militancias de izquierda. Se abren aquí dos problemas superpuestos y que enmarcan la cuestión del aburrimiento en una zona más amplia, definida en torno de las diversas preocupaciones sobre la comunicación de masas como formación de opinión: por un lado, el problema es cómo una determinada información “satura”; 35 por el otro, que el deseo de multiplicar lecturas y de transformar subjetividades vía la enseñanza de una historia común, su masificación, no sea un reaseguro de la reproducción capitalista del consumo cultural. En los términos en los que lo postula Galeano en 1978, el aburrimiento es un problema político. Pero, a diferencia de lo esbozado por Benjamin, no deja espacio para ninguna gran hazaña.
Finalmente, el propio libro es, a su modo, una repetición. Una cuyas condiciones de circulación y recepción diferían año a año. Al finalizar Las venas abiertas, en la primera y en todas sus otras ediciones, leemos que se abrirán tiempos de “rebelión y de cambio”, que es necesario destronar a los dueños, país por país, para que “América Latina pueda nacer de nuevo”. Así, el destino común no descansa en “las rodillas de los dioses”, sino que “trabaja, como un desafío candente, sobre la conciencia de los hombres”.36 La repetición es, en este caso, de una memoria -de la dependencia y de la resistencia a esa dependencia-, de la posibilidad de “rebelión y de cambio”, y también la apuesta por una utopía que quiebre otras repeticiones. He allí el desafío. Pero, entre 1971 y 1978, en esa tensión entre repetición y utopía, para Galeano Las venas abiertas también era el testimonio de cómo la historia había sido, y aún era, una “maestra cruel”.
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Notes