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Party systems in Latin America. Institutionalization, decay and collapse
Revista SAAP, vol. 12, núm. 1, pp. 197-201, 2018
Sociedad Argentina de Análisis Político

Reseña

Mainwaring Scott. 2018. Cambridge University Press. 496pp.

DOI: https://doi.org/10.7440/res64.2018.03

Hace más de veinte años, Mainwaring y Scully publicaron Building democratic institutions: Party systems in Latin America (Stanford University Press), donde introdujeron el concepto de institucionalización del sistema de partidos (ISP) y abrieron toda una nueva rama en la literatura sobre los sistemas de partidos. Allí dejaron en claro que el nivel de institucionalización es una característica tan importante del sistema de partidos como el número efectivo o la polarización ideológica. Los partidos políticos cumplen funciones esenciales para la democracia, pero cómo lo hacen depende en gran medida de cuán estables y predecibles son los partidos y sus interacciones, es decir, del nivel de institucionalización del sistema.

El libro hace diversos aportes, que podemos agrupar en dos bloques: teóricos, con una contribución sustantiva a la literatura sobre ISP, y empíricos, basados en los casos de América Latina. Entre los primeros encontramos la reconceptualización de ISP, con su correspondiente propuesta de medición, la identificación de sus posibles causas y consecuencias, y cómo afecta a la democracia (I parte del libro). Dentro de los segundos, se destacan los análisis de caso sobre los cambios y diversas trayectorias en los niveles de ISP que muestran los principales países latinoamericanos (II parte), así como análisis regionales comparados (III parte).

La reconceptualización básicamente propone definir a un sistema de partidos como institucionalizado cuando un grupo estable de partidos interactúa regularmente de forma predecible, lo que genera un horizonte claro de expectativas hacia el futuro para los votantes, los propios partidos y otros actores sociales. La estabilidad refiere por un lado a los miembros del sistema de partidos y sus interacciones (un sistema en el que para cada elección emergen partidos competitivos y decaen otros antiguos está débilmente institucionalizado) y por otro, a la estabilidad de los vínculos del partido con la sociedad, especialmente a través de sus posiciones ideológicas (si los principales partidos toman bruscos giros ideológicos no sólo ellos se vuelven poco predecibles, sino todo el sistema). En cambio, el trabajo pionero de Mainwaring y Scully había definido cuatro dimensiones del concepto: la estabilidad de la competencia inter partidaria; el anclaje de los partidos en la sociedad; la legitimidad del proceso electoral y de los partidos por parte de los principales actores; y organizaciones sólidas. Es decir que en esta reformulación sólo se mantiene como necesaria la primera dimensión, mientras que el resto, si bien pueden facilitar la institucionalización, no son definitorias. De acuerdo a esta reconceptualización de la ISP, las variables utilizadas para su medición son: 1) la estabilidad de los miembros del sistema de partidos (porcentaje de votos de los partidos nuevos y estabilidad de los principales contendientes); 2) la estabilidad de la competencia interpartidaria (volatilidad electoral); y 3) la estabilidad de las preferencias ideológicas y programáticas de los partidos (según encuestas de autoposicionamiento ideológico de los legisladores).

Otro aporte teórico es, como decíamos, explicar por qué la ISP es importante para el funcionamiento de la democracia. Básicamente existe una asociación entre baja institucionalización y debilidad de la democracia, así como generalmente un alto nivel de ISP se relaciona con buena calidad democrática (aunque no sea una condición suficiente). Los sistemas institucionalizados tienen resultados electorales más predecibles y partidos estables, que facilitan la rendición de cuentas por parte del electorado; en cambio los sistemas débilmente institucionalizados son terreno fértil para el crecimiento de políticos amateurs, outsiders y populistas, con nulo aprecio por los partidos, por lo que no apuestan a la construcción partidaria sino que aspiran a tener el mayor margen de autonomía posible. Asimismo, tienden a entrar en conflicto con el parlamento en caso de no contar con mayorías, y cuando fortalecen su posición buscan erosionar a la democracia liberal a través de reformas constitucionales que alteran las reglas de juego inclinando la cancha a su favor. Además, los países con sistemas de partidos fluidos priorizan el corto plazo, suelen tener cambios bruscos en las políticas públicas y son más proclives a la corrupción.

El último aporte teórico es no quedarse sólo en la fase descriptiva del fenómeno sino avanzar en su explicación, esto es, por qué un sistema se (des)institucionaliza. En el capítulo 4 se muestra evidencia empírica sobre cuáles son los factores asociados con mayor o menor nivel de institucionalización, tomando datos de América Latina (19902015). En promedio, los países logran mayor ISP cuando existen pocos partidos y son organizativamente fuertes, cuando los gobiernos obtienen buenos resultados económicos y cuando las reglas de juego dificultan el acceso de nuevos partidos. En cambio, los malos gobiernos, especialmente de coalición, generan alta inestabilidad en el sistema de partidos. La antigüedad de la democracia no muestra efectos significativos sobre la institucionalización.

Por otro lado, el libro hace una gran contribución al conocimiento empírico de los sistemas de partidos latinoamericanos, que brindan casos de patrones muy distintos de (des)institucionalización desde los 90, resumidos en:

1)Persistente institucionalización (Chile, Uruguay y, al menos hasta 2009, Honduras). Países que tenían sistemas institucionalizados en 1995 y los conservan hasta hoy, más allá de que Chile haya sufrido un debilitamiento de las identidades partidarias.

2)Creciente institucionalización (Brasil, México, El Salvador y Panamá). En 1995 el caso de Brasil había sido clasificado como un sistema poco desarrollado y, al menos hasta 2014, ha mostrado una gran institucionalización. En el caso de México, el sistema emergió como hegemónico dentro de un régimen autoritario y se institucionalizó junto a la democratización, aunque recientemente muestra signos de debilitamiento.

3)Profunda erosión (Argentina, Colombia y, en menor medida, Costa Rica). Sistemas que estaban institucionalizados en 1995 pero donde al menos uno de los principales partidos tradicionales cayó estrepitosamente, sin señales de que su puesto sea ocupado por un nuevo competidor consolidado. Por ende, están mucho menos institucionalizados hoy que en 1995. En Argentina, la UCR dejó de ser relevante en la competencia presidencial. Además, el capítulo a cargo de Carlos Gervasoni brinda numerosa evidencia cuantitativa y cualitativa sobre el proceso de desinstitucionalización que atravesó nuestro país desde fines de la década del ’90, que puede resumirse en un grupo de tendencias crecientes: fragmentación, desnacionalización, faccionalización, personalización y fluidez. Por su parte, en Colombia los dos grandes partidos que dominaron la política durante más de cien años, el Conservador y el Liberal, se debilitaron enormemente.

4)Colapso (Perú en los ’90, Ecuador, Bolivia y Venezuela). Aquí todos los partidos que dominaron la política desde la restauración democrática desaparecieron o se redujeron a una mínima expresión. En Ecuador, Bolivia y Venezuela, los líderes populistas contribuyeron al colapso del sistema y luego han tratado de reinstitucionalizarlo en clave hegemónica dentro de autoritarismos competitivos.

5)Persistente baja institucionalización. (Guatemala, Perú desde 2001 y, más levemente, Paraguay). A pesar de 16 años de continuidad democrática en Perú los partidos siguen siendo extraordinariamente débiles; los líderes apuestan al éxito personal, sin incentivos para la construcción partidaria, lo que tiene consecuencias negativas para la calidad democrática.

Estos patrones se combinan de diferente forma con el tipo de régimen, aunque por lo general la baja institucionalización suele ser una condición para el colapso democrático.

El análisis empírico se cierra con cuatro capítulos de análisis comparado que relacionan a la ISP en América Latina con: la dilución de etiquetas partidarias; el anclaje de los partidos en la ciudadanía; la volatilidad en el crecimiento económico; y las experiencias en Asia y África.

Más allá de algunas limitaciones, por un lado, con respecto a cómo lidiar con los casos de colapso del sistema seguido por una reinstitucionalización bajo liderazgos populistas, y por otro, a cierta sobreestimación de la desintitucionalización como tendencia regional, el libro seguramente se convertirá en un nuevo clásico. Aunque, debido a la propia dinámica de la política latinoamericana, corre el riesgo de que la clasificación de los casos pronto quede desactualizada, como le sucedió a su predecesor. Tal situación, sin embargo, no haría más que contribuir a la relevancia del objeto de estudio.



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