Reseña
| Guber Rosana. 2004. Buenos Aires. Editorial Antropofagia / IDES. 254pp. |
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“Agradezco muy especialmente a los ex soldados combatientes y veteranos de guerra que me sensibilizaron profundamente en el tema Malvinas, y, aunque serán el corazón de una futura publicación, están en cada línea de estas páginas”. Este párrafo se asomaba en la introducción del libro ¿Por qué Malvinas?, que Rosana Guber publicara en el año 2001. Tres años después de este anuncio, la autora presenta una obra que recorrió un largo camino de marchas y contramarchas, de indagación y esfuerzo, de vivencias personales y un contacto directo con distintos actores en torno a Malvinas… todos ellos elementos que se volcaron con una gran sensibilidad y un agudo análisis, en cada una de las páginas de este reciente libro.
Rosana Guber es antropóloga, pero arriesgaría a caracterizarla ante todo como una gran observadora con un hondo sentido analítico sobre lo cotidiano. Su compromiso con la temática data de 1987, cuando realiza su doctorado de Antropología en la Universidad Johns Hopkins, y el acceso que entonces tiene a una gran cantidad de documentos oficiales sobre el conflicto le otorgan una óptica privilegiada sobre las dimensiones que rodean al fenómeno. Una buena porción de esta documentación forma parte de este libro, pero su núcleo lo conforma un sistemático trabajo de campo sobre los protagonistas de la guerra: los ayer “chicos de Malvinas”, hoy “veteranos de guerra”. Los pormenores de esta tarea de indagación, las anécdotas y experiencias que de ella surgieron, están contenidos en el prefacio de la obra; constituyendo una invitación al lector a adentrarse en la historia de los argentinos que fueron a luchar por la soberanía de las islas y de todos nosotros como sociedad.
El libro transita a lo largo de ocho capítulos ordenados cronológicamente (que comprenden el tiempo desde el Proceso al primer gobierno de Menem) en los que se da cuenta de la intrincada relación entre la construcción de una identidad de los ex soldados, la sociedad y el Estado argentino. Justamente en el primer capítulo, “Guerreros en las islas, menores en el continente”, la autora recurre a la metáfora familiar para ilustrar la relación tripartita que se plantea entre los chicos de Malvinas que vuelven luego de finalizada la contienda, la sociedad que los había entregado y el Estado que los había enviado a las islas: “la metáfora familiar para referirse a la Argentina que empleaban los civiles, confirmaba la brecha entre civiles y militares; había un matrimonio roto en un hogar destruido, la nación... Los civiles, entonces, parecían dirigirse al estado como si se tratara de un padre irresponsable a quien deben recordársele sus deberes paternos. Dado que, desde esta lógica, las familias civiles habían ofrecido sus propios hijos a la ‘familia’ militar en las Islas y luego el máximo padre militar, el presidenteGeneral, era echado por ineptitud y alcoholismo, el estado no podía ostentar ninguna autoridad moral ni frente a los civiles ni frente a sus ‘hijos’” (p. 50). Esta metáfora se traslada a la realidad mediante los diversos (y emblemáticos) casos en los que la sociedad (a través de los familiares o del “madrinazgo”) ayudaba a los “chicos de Malvinas” y denunciaba el descuido oficial a través de solicitadas y cartas de lectores, mientras el Estado trataba de agruparlos bajo un manto de hermetismo y la consigna de tratar el tema “hacia adentro” de la esfera militar.
En el capítulo dos, “Los chicos de la guerra y el nacimiento de una generación”, Guber nos pone frente a frente con los chicos que regresaban de las islas, sus dichos, pensamientos, y percepciones sobre la sociedad y el Estado que los ¿recibía? Para dicho cometido toma como fuente de análisis dos obras realizadas por jóvenes de aquella época: el libro del periodista Daniel Kon (1982) y el film de Bebe Kamín (1984), ambos titulados Los chicos de la guerra. A través de ellos testimonia la visión de los combatientes sobre la memoria que la sociedad comenzaba a construir en torno al conflicto y hacia ellos mismos. De esta manera, la generación que viviera el horror de la guerra en Malvinas en carne (y sangre) propia resignificaría su temporalidad en la historia nacional, situándose como una nueva generación: “por esta falta de reconocimiento recíproco, los chicos se han sustraído de la filiación, y han presentado a la suya como una generación auto-contenida y auto-referenciada, separada de una sociedad superficial y de comandantes cobardes, corruptos y vanamente autoritarios” (p. 81).
Los capítulos tres y cuatro discurren en las ceremonias que se efectuaron al llegar la fecha de conmemorar el primer aniversario de la contienda de 1982. En “Medallas, diplomas y las disputas por la paternidad” la autora ilustra un panorama de incertidumbre sobre cómo efectuar este primer acto aniversario de la ocupación de las islas. Recurriendo a la metáfora familiar, era la primera vez que el padre (Estado), el hijo (ex combatientes) y la madre (sociedad) se juntaban alrededor de la mesa para romper el “de eso no se habla”. ¿A quien correspondía efectuar la ceremonia? ¿Qué tipo de acto debía ser? ¿Cómo prevenir una manifestación en contra del gobierno? Estas preguntas resuenan cercanas a un 2 de abril de 1983 que cae sábado de Pascua, donde al dilema de “filiación” se le suma la imposibilidad de organizar un acto religioso estrictamente en la fecha patria. Así, Guber repasa la posición y reacciones de la sociedad, familiares de ex combatientes, los grupos y partidos políticos, los militares y los propios ex combatientes respecto a la realización de estos eventos y el sentido atribuido en cada una de las ceremonias.
En el siguiente capítulo, “Los ex combatientes contra Lord Canning y el ejército de ocupación”, se examina es pecíficamente el acto que efectúan en conjunto las organizaciones de ex soldados y ramas juveniles de los partidos políticos, en el marco de una recreación del espacio y el tiempo malvineros: “…el 2 de abril de 1983 no pasó desapercibido: sólo que el dolor y el duelo funerario darían parcialmente paso a otras tonalidades. Al atardecer del sábado los ex soldados combatientes de Malvinas entraron al centro de la ciudad de Buenos Aires (…) regresaban para afirmar que la batalla no había terminado, y que allí estaban ahora los ex soldados, no los militares ni la sociedad, para reasumir la lucha” (p. 113). ¿Dónde estaban? Guber describe en detalle el escenario donde se concentraron los ex soldados: era la “Plaza Fuerza Aérea”, conocida como “Plaza Britannia”, en medio de la cual se erige una torre (de los ingleses) de 70 metros de altura y donde está emplazada la estatua de Canning (un símbolo de las relaciones entre los dos países desde la independencia argentina). De esta manera, y en su visión más antropológica, la autora hace vislumbrar al lector la recreación del escenario Malvinas y la lucha en ese sábado 2 de abril de 1983 (no pospuesto para el 4 de ese mes), en el marco de una resignificación territorial en donde la presencia inglesa (torre y estatua) invade nuevamente el suelo argentino. Una vez más, los “chicos de Malvinas” se situaban y actuaban en relación a una sociedad y un Estado que estaban (y seguirían) elaborando el conflicto de Malvinas mientras acababa la era de los autoritarismos y se daba paso a una ansiada democracia.
Justamente, esta elaboración es ahondada en el capítulo 5: “Desmalvinización: la batalla de la postguerra”. Esta sección aborda la construcción de significado que los ex soldados realizan sobre una causa nacional y soberana, que toman para sí como base de su propia identidad al erigirse como bastiones de la memoria de la misma, dado que su figura no se amoldaban a los “bandos” internos nacionales: “la situación de los ex soldados era verdaderamente novedosa, ya que no podían ser encuadrados en los distintos bandos que los argentinos imaginaban en la posguerra” (p. 149). “¿De que sirven los muertos?”, reza una cita efectuada por un ex combatiente de Malvinas en esta sección del libro. Y es que una segunda guerra se libraría luego de la de 1982: esta vez en contra de la apatía, el olvido y el silencio. Los primeros años de democracia fueron cruciales para consolidar esta identidad de los que regresaron de Malvinas, debiendo enfrentar la “desmalvinización” que imperaba y avanzaba cada vez más sobre la nueva Argentina y todos su actores.
El capítulo 6 se titula “El monumento a los caídos: Malvinas en el continente” y traslada al lector al año 1990, ocasión en la que se inaugura el monumento a los caídos del Atlántico Sur a manos del segundo presidente democrático. Nuevamente, la resignificación del territorio se hace presente y el sentido del mismo toma un cariz de interpretación cultural: el cenotafio se erigía en frente de la “Plaza Britannia” y la “Torre de los ingleses”, reavivando aquel acto de 1983. La obra había sido objeto de debates y discusiones entre distintos sectores sociales, en un entramado de argumentos y ópticas que Guber deja entrever para dar cuenta de la manera en la que el gobierno nacional y municipal, las fuerzas de la oposición y distintas asociaciones civiles buscaban recordar la guerra. La autora enfatiza la centralidad de este monumento para los ex soldados, espacio público reconocido a partir del cual lucharían contra la desmalvinización: “un nuevo ciclo de Malvinas había comenzado. Por primera vez desde 1982 había un lugar para velar a los muertos, y eventualmente, para pelear la postguerra de la guerra. La importancia de este lugar resultaba no sólo de que los argentinos no podían pisar las islas, sino también de la historia de las conmemoraciones de Malvinas, de algún modo resumida en el sitio del monumento” (p. 207).
El análisis sobre el cenotafio continúa a lo largo de “Los veteranos de guerra. Envejecer en el duelo”, el capítulo 7 de la obra. Y es que, a partir de los dos actos de 1991 conmemorando del 2 de abril (uno realizado por el Circulo de Oficiales Retirados de las Fuerzas Armadas y el otro por una organización de “veteranos de guerra”), se deja al descubierto la división del movimiento de ex soldados y las distintas visiones que existen en el seno de este grupo de “hermanos” (nuevamente, la metáfora familiar), en contra de aquel famoso postulado de Hernández en el Martín Fierro. Uno de los signos más emblemáticos que se deja señalado es la denominación de “veteranos de guerra” como alternativa al de “ex combatientes”, sea porque los “chicos” habían pasado a ser veteranos (sin la asignación de una “adultez” de por medio) o porque seguían combatiendo y lo de “ex” estaba totalmente demás en la expresión.
El cierre del libro condensa todos los elementos revisados en cada una de las hojas, ordenados en el doble eje de la significación nacional: el espacio (Malvinas, la Plaza, el lugar en la sociedad) y el tiempo (cómo se construyó el relato post 1982 y cómo se elaboró la memoria sobre), dando un enfoque omnicomprensivo de lo que es una aparente ausencia de la causa cuando en verdad su presencia es cotidiana aunque construida de una manera muy particular. Rosana Guber logra en esta obra adentrarse en un tema que presenta un hermetismo difícil de sortear, y, para fortuna del lector, lo trae desde esa condición a un análisis abierto y rico, que ya se vislumbrara en sus estudios sobre la popularización de la causa (con un gran análisis de Groussac y Palacios) y en su libro ¿Por qué Malvinas? Con una enorme capacidad para tratar metáforas y descubrir los significados que se esconden en el espacio y el tiempo, la autora (quizás muy sutilmente, quizás sin intención) interpela al lector y su responsabilidad en este escenario, haciéndolo participe de esta Nación argentina que debe seguir desmenuzando y moldeando en la memoria el fenómeno Malvinas.