OFICIOS, OCUPACIONES Y MODOS DE VIDA

Espacios opuestos, sentidos que se contraponen. Cuerpo, género y clase en industrias masculinizadas del sudeste bonaerense

Opposing spaces, conflicting meanings. Body, gender, and class in masculinized industries of the southeastern Buenos Aires region

Espaços opostos, sentidos que se contrapõem. Corpo, gênero e classe nas indústrias masculinizadas do sudeste de Buenos Aires

Victoria MARQUINEZ
Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina

Espacios opuestos, sentidos que se contraponen. Cuerpo, género y clase en industrias masculinizadas del sudeste bonaerense

Trabajo y sociedad, vol. 26, núm. 45, e011, 2025

Universidad Nacional de Santiago del Estero. Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Instituto de Estudios para el desarrollo Social (INDES)

Recepção: 09 Fevereiro 2025

Revised document received: 30 Abril 2025

Aprovação: 08 Maio 2025

RESUMEN: Los espacios, entendidos como construcciones sociales y materiales, generan sentidos en las personas que los circulan. Analizando dos complejos industriales que se ubican en el sudeste bonaerense, este artículo aborda cómo se construyen, dentro de las mismas empresas, espacios opuestos que están modelados por sentidos de clase y género. Se refiere a estos espacios como la “planta” de producción y el “sector de oficinas” y serán analizados a partir de dos figuras que condensan los sentidos de cada uno: los/as operarios/as y los/as ingenieros/as. A lo largo del análisis, se expone la forma en que los sentidos que conforman el espacio, atraviesan el cuerpo de las y los trabajadores. Así, la movilidad corporal, el comportamiento y el trabajo emocional varía en las y los trabajadores de uno y otro espacio, configurando un espacio más masculinizado (planta) y otro más feminizado (oficinas). Para esto, se parte de las experiencias de mujeres que se insertaron en espacios industriales masculinizados. Como han sugerido diversos autores, las instituciones tienen género (Messerschmidt, 1996; Wajcman, 2006), por lo que, poner la mirada en cuerpos que no estuvieron socializados ni habituados en la circulación de estos lugares arroja luz sobre la forma en que estos cuerpos, una vez que se insertaron, son modelados por estos espacios y viceversa. El artículo se basa en el análisis de entrevistas a operarias/os, ingenieras y en observaciones realizadas en los complejos industriales analizados.

Palabras clave: Espacios laborales, masculinidad, emociones, operarios, ingenieros.

ABSTRACT : Spaces, understood as both social and material constructs, imbue the individuals who interact with them with meaning. This article examines two industrial complexes in the south-east of Buenos Aires, exploring how contrasting spaces within the same companies are shaped by notions of class and gender. These spaces are identified as the 'production plant' and the 'office sector' and are analysed through two figures that encapsulate their respective meanings: the operators and the engineers. The analysis shows how the senses embedded in these spaces affect the workers' bodies. As a result, mobility, behaviour and emotional labour vary between workers in these environments, creating a more masculinised space (the factory) and a more feminised space (the office). To do this, the study draws on the experiences of women who have entered masculinised industrial spaces. As various scholars have argued, institutions are gendered (Messerschmidt, 1996; Wajcman, 2006), highlighting that studying bodies that are not socialised or accustomed to navigating such spaces reveals how these bodies, once integrated, are shaped by - and in turn shape - the spaces. This article is based on an analysis of interviews with operators and engineers, as well as observations made in the industrial complexes under study.

Keywords: Workspaces, masculinity, emotions, workers, engineers.

RESUMO: Os espaços, entendidos como construções sociais e materiais, geram sentidos nas pessoas que os percorrem. Ao analisar dois complexos industriais localizados no sudeste de Buenos Aires, este artigo discute como as mesmas empresas constroem espaços opostos moldados por sentidos de classe e gênero. Esses espaços são referidos como "planta de produção" e "setor de escritórios" e serão analisados a partir de duas figuras que condensam os sentidos de cada um: os operários e as operárias, por um lado, e os engenheiros e as engenheiras, por outro. Ao longo da análise, é exposta a forma como os sentidos que constituem o espaço atravessam o corpo dos trabalhadores. Assim, a mobilidade corporal, o comportamento e o trabalho emocional variam entre os trabalhadores de um e outro espaço, configurando um ambiente mais masculinizado (planta) e outro mais feminizado (escritórios). Para isso, parte-se das experiências de mulheres que ingressaram em espaços industriais masculinizados. Como sugerem diversos autores, as instituições têm gênero (Messerschmidt, 1996; Wajcman, 2006), e observar corpos que não foram socializados nem habituados à circulação nesses espaços lança luz sobre como esses corpos, uma vez inseridos, são moldados por esses espaços e vice-versa. O artigo baseia-se na análise de entrevistas com operários e operárias, engenheiros e engenheiras, e em observações realizadas nos complexos industriais analisados.

Palavras-chave: Espaços de trabalho, masculinidade, emoções, trabalhadores, engenheiros.

SUMARIO: Introducción; 1. Aspectos metodológicos; 2. “Cuerpos rudos y delicados”. Divisiones espaciales y sociales; 3. El trabajo emocional en las plantas de producción; 4. Liderar desde la gestión de las emociones; 5. Conclusiones.

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Introducción

Juana comenzó a trabajar como operaria en la empresa Loma Negra en febrero de 2021. Fue parte de la segunda camada de mujeres que se insertaron como trabajadoras manuales en una de las plantas de la compañía cementera. Al momento de realizar nuestra entrevista, llevaba dos años y medio desempeñándose en la empresa y, para ese entonces, se había postulado para ocupar un puesto en otra área, la de logística. Ese traslado significaba un ascenso, de la categoría de operaria a la de analista, para lo cual estaba habilitada por su título de técnica en logística. La promoción laboral no solo significaba un aumento del ingreso económico, también cambiaría su espacio de trabajo. En su evaluación acerca de los cambios que traería el ascenso laboral, una de las cosas que valoraba positivamente era la posibilidad de trabajar en un espacio donde no tuviera que lidiar cotidianamente con el polvo de cemento:

“El tema polvo es un tema. Por eso, desde logística me ayudaría a estar… está bien, hay que ver si me gusta estar sentada en la compu 8 horas porque soy media culo inquieto, pero… no sé, te cuidás de muchas cosas. La piel, el pelo [expresión de cansancio], el pelo lo sufro… me queda horrible. Después las manos, te quedan re secas, las piernas, la cara… yo ponele, me pongo protector solar todos los días, pero no por el sol, sino para que me hago una capa de que me cubra el cemento viste. Después voy, me lavo la cara y sale fácil” (Juana, 27 años, operaria en Loma Negra).

En este fragmento, Juana expone las molestias corporales que le genera actualmente su espacio de trabajo y que se evitaría si la ascendieran a analista. Las y los analistas, que -en Loma Negra- en su mayoría tienen títulos terciarios, universitarios o una larga trayectoria como operarios, se desempeñan generalmente en espacios con características muy diferentes al que ocupan generalmente las y los operarios (Marquinez, 2024). El espacio de los primeros está diseñado para que las y los trabajadores realicen sus tareas utilizando como principal herramienta una computadora, al mismo tiempo que se conforma como un espacio más pulcro que la planta de producción. Esto responde a una división del espacio dentro de los complejos industriales entre aquel lugar donde se lleva a cabo la producción (la “planta”) y aquel donde se realizan las tareas de gestión, logística, diseño, calidad… (nos referiremos a este sector como “sector de oficinas”). Si esta segregación espacial ordena a las personas que se desempeñan en los complejos industriales, también otorga un marco donde se desenvuelven interacciones entre el espacio y las y los trabajadores -del mismo sector y entre distintos sectores. En estas relaciones se co-construyen el espacio y los cuerpos.

Este artículo propone analizar la forma en que se configuran sentidos de clase y género en la construcción de estos espacios opuestos que se corporizan en las y los trabajadores. Así, se observa cómo los movimientos corporales, las conductas y los afectos y emociones varían de acuerdo al espacio laboral que se transita. Para esto, se parte de las experiencias de mujeres que se insertaron en espacios industriales masculinizados. Como han sugerido diversos autores, las instituciones y los espacios tienen género (Massey, 1994; Messerschmidt, 1996; Wajcman, 2006), por lo que, poner la mirada en cuerpos que no estuvieron socializados ni habituados en la circulación de estos espacios arroja luz sobre la forma en que estos cuerpos, una vez que se insertaron, son modelados por estos espacios y viceversa. A su vez, la oposición de estos lugares se ancla también en distinciones de clase. Principalmente, son las figuras del “ingeniero” y la del “operario” las que condensan sentidos antagónicos.

Con este análisis, se pretende aportar a los estudios sobre el trabajo poniendo en el centro el cuerpo de las y los trabajadores. Siguiendo a Maurice Merleau-Ponty (1957), el cuerpo es fuente de experiencia sensible, es a través de él que percibimos el mundo que nos rodea. De esta manera, la percepción es una experiencia corporal y vivencial. Es decir, nuestros movimientos, sensaciones y emociones influyen en la forma en que percibimos el mundo. Mientras que, la corporalidad, refiere a la experiencia de nuestra relación con el entorno; mediante de ella, los sujetos se apropian del espacio y del tiempo. De acuerdo con Ava Baron y Eileen Boris (2007), el cuerpo ha sido entendido de tres formas distintas: como discurso y representación; como tecnología de poder o lugar de regulación/disciplina; y como presencia corpórea o material. Tomando las tres representaciones, se comprende que, si bien el cuerpo está atravesado por epistemologías, instituciones, rutinas y prácticas sociales; no se agota en el discurso. Es decir, el cuerpo tiene una materialidad en la cual se expresan las diferencias sociales. Por su parte, Carol Wolkowitz (2006) señaló cómo el nexo cuerpo/trabajo es crucial para la organización y experiencia de las relaciones laborales, pero también las corporalidades están profundamente arraigadas en sus experiencias de empleo remunerado. De esta manera, poner el foco en el cuerpo nos permite observar cómo las diferencias sociales se encarnan y se expresan en ellos y organizan las interacciones dentro del espacio de trabajo.

Por otro lado, la noción de trabajo emocional acuñada por Arlie Hochschild (2012 [1983]) destacó la labor llevada a cabo por trabajadores/as para adecuar sus emociones a las requeridas por el espacio laboral donde se desempeñan. Si este concepto ha sido útil para reconocer una tarea invisibilizada en un gran número de ocupaciones, los análisis se centraron mayoritariamente en trabajos del área de servicios (Arango Gaviria, 2011; Cutuli, 2017; Garazi, 2020; Garazi & Blanco Rodríguez, 2022). De esta manera, si bien el sector industrial ha sido ampliamente analizado por distintas disciplinas de las ciencias sociales, el análisis sobre el trabajo emocional que llevan a cabo estas/os trabajadores, es escaso.

En este sentido, para comprender el trabajo emocional que desempeñan estas personas, es fundamental observar el espacio laboral por el que circulan. De acuerdo con diversos autores (Nogué, 2015; Pernau, 2014; Reckwitz, 2012), los espacios están conformados por su materialidad al mismo tiempo que son construcciones sociales y culturales. Si la materialidad de los espacios evoca emociones que están moldeadas por construcciones e interpretaciones culturales (Pernau, 2015), también se construyen relaciones afectivas tanto entre personas como entre personas y objetos que están mediadas por las experiencias individuales (Reckwitz, 2012). En esta línea, Doreen Massey (1994) observó cómo las formas de pensar el espacio están vinculadas a construcciones sociales específicas de las relaciones de género.

Para comprender la relación entre el espacio de trabajo industrial y el trabajo emocional dentro del abordaje del cuerpo que proponemos, tomaremos los aportes de algunos estudios que se identifican dentro del “giro afectivo”. Para esta corriente, el afecto se vincula con una dimensión inconsciente del cuerpo, como los movimientos de expresión y cambios involuntarios en la respiración, la frecuencia cardíaca o el color facial (Scheer, 2014). Si bien existe una amplia discusión sobre los peligros de caer en una mirada dualizada del cuerpo, esta perspectiva tiene en cuenta las sensaciones no mediadas por la experiencia consciente (Massumi, 2002). De esta manera, el afecto nombra a las sensaciones y reacciones corporales que funcionan independientemente de la reflexión y cognición, como a hábitos y respuestas automáticas que se desenvuelven por debajo del umbral de conciencia (Solana, 2020). Haciéndose eco de las críticas a la idea de inmediatez y autonomía que parecen gozar los afectos en este enfoque, Mariela Solana (2020) propone pensar los afectos como independientes de la conciencia pero no de las experiencias pasadas. A su vez, son impredecibles. Es decir, aunque las historias pasadas intervienen en los afectos que sentimos, no están determinados por ellas. Las emociones, lejos de ser antagonistas, completan, expresan y traducen los afectos.

En los espacios laborales, se legitiman distintas formas de de gestionar y expresar las emociones. Estos “estilos emocionales” (Gammerl, 2012), caracterizan también los espacios industriales. Así, Sabine Donauer (2013) registró la forma en que estos estilos son importantes en el sector industrial para gestionar conflictos y/o aumentar la productividad. Por su parte, Ana Cervio (2015, 2022) ha señalado cómo las impresiones y percepciones que se produce con el espacio que se habita, configuran modos de ver, oler, oír y tocar particulares que están atravesados por desigualdades interseccionales de clase, raza y género. Partiendo de estos estudios, este artículo repara en los estilos emocionales que se imponen en dos espacios que se presentan como antagónicos en los complejos industriales: la planta y el sector de oficinas. La materialidad y las significaciones culturales que distinguen cada espacio se traduce en distintas formas de habitarlos, en las cuales se configuran distintos sentidos de género y clase.

Por último, poner la mirada en la corporalidad de las trabajadoras que se desempeñan en espacios laborales masculinizados, nos permite abordar este tema desde un enfoque novedoso. Por un lado, algunos autores abordaron los espacios industriales masculinizados y la forma en que se forjaron características propias en las masculinidades de sus trabajadores, las cuales se caracterizaron por construirse en espacios peligrosos, donde la posibilidad de sufrir accidentes irreversibles en sus cuerpos se presentaba cotidianamente (D’Uva, 2019; S. Palermo, 2008). Otras investigaciones identifican las particularidades de las masculinidades que surgieron en espacios laborales masculinizados contemporáneos (Smith, 2013; Stergiou-Kita et al., 2015; Waddington, 2023). Desde los estudios de la antropología del trabajo, Hernán Palermo (2017) analizó las estrategias de control y disciplinamiento que circularon en la empresa petrolífera YPF desde su inauguración en la década de 1920 hasta mediados de la década de 2010 y advirtió la relación que se establece entre la construcción de las masculinidades y los intereses empresariales. Es así como, bajo una disciplina fabril, se forjó un ideal de trabajador viril que es funcional a una ética del trabajo. Por su parte, Mariana Sirimarco (2004) expuso la forma en las masculinidades pueden ser adoptadas por cuerpos femeninos. Partiendo de la institución policial, al igual que Hernán Palermo, señaló cómo la masculinidad se conforma como un modo de acción alentado por el discurso institucional. También desde una perspectiva etnográfica, Sabrina Calandrón (2014) exploró las significaciones y experiencias del “ser mujer” en la Policía Bonaerense.

Por otro lado, existe un gran número de investigaciones que abordaron la inserción de mujeres en espacios de trabajo masculinizados (Carvalho & Casagrande, 2020; Ferla & Graham, 2019; Galea et al., 2022; Hatmaker, 2013; Masson, 2020; Moreno Orta, 2013; Panaia, 2013; Rabe‐Hemp, 2008; Smith, 2013). La mayoría de estos enfoques recuperan la voz de mujeres que se desempeñan en estos espacios, se centran en las percepciones de las trabajadoras, en los obstáculos culturales y la socialización diferenciada que las mismas reconocen, y dejan de lado la característica del espacio en el que se desempeñan.

El presente escrito se organiza en cinco secciones que se suman a este apartado introductorio. En el primero, se especifica las técnicas metodológicas llevadas a cabo y en la cuales se sustenta el análisis de este artículo. En los apartados 2, 3 y 4 se analizan las diferencias en torno a dos espacios: el sector de oficinas y la planta. Aunque no todas las y los trabajadores que se desempeñan en el sector de oficinas son ingenieros, ni todos los que ejecutan sus tareas en la planta son operarios, a lo largo del análisis se hace referencia a estas dos figuras ya que, como se mencionaba anteriormente, en ellas se condensan los sentidos opuestos de ambos espacios. En la segunda sección, se aborda las diferencias en torno a la movilidad y la exterioridad de los cuerpos que transitan uno u otro espacio. Si la planta se describe como un espacio sucio y peligroso, el sector de oficinas es limpio y confortable, esto se traduce en una oposición binaria entre los cuerpos de los y las operarias como rudos, y el de los y las ingenieras como delicados. El tercer y cuarto apartado se enfocan en el trabajo emocional que se realiza en cada espacio. Mientras que en el tercero se pone el foco en la gestión emocional que deben llevar a cabo las y los operarios; el cuarto se centra en los y las ingenieras que coordinan grupos de trabajo. Por último, en la quinta sección se expresan algunas conclusiones que se desprenden del análisis. Como se verá a lo largo del escrito, las significaciones que se aglutinan en cada espacio y las interacciones que se llevan a cabo dentro de él, están mediadas por sentidos de clase y género.

1. Aspectos metodológicos

Particularmente, esta investigación se centra en dos empresas que tienen complejos industriales de gran capacidad productiva en el sudeste e la Provincia de Buenos Aires: Dow (Bahía Blanca) y Loma Negra (Olavarría). Aunque ambas empresas producen bienes distintos (etileno y polietileno en la primera y cemento en la segunda) tienen puntos en común que permite su comparación. En primer lugar, las dos compañías, que tradicionalmente emplearon varones en sus complejos industriales, en la última década comenzaron a incluir mujeres en la planta como parte de una política empresarial. El interés por disminuir las desigualdades de género en sus compañías puede entenderse como parte de sus políticas internacionales. Ambas empresas son multinacionales e integran el Consejo Empresario Argentino para el Desarrollo Sostenible (CEADS)1, vinculado al Consejo Empresarial Mundial para el desarrollo sostenible (WBCSD por sus siglas en inglés) que se conforma como una organización global compuesta por más de 200 compañías líderes que trabajan juntas para acelerar la transición hacia un mundo sostenible. Este consejo se vincula con programas de la Organización de Naciones Unidas (ONU) como, por ejemplo, la Agenda para el Desarrollo Sostenible 2030. Siguiendo a Fernando Velasco Fernández (2004), adherirse a estos organismos incrementa la competitividad de las compañías. Al construir un discurso que se autopercibe comprometido con el impacto social, económico y ambiental, garantiza y amplía su acceso a los mercados.

En ambos complejos industriales, el ingreso de mujeres se dio de manera diferenciada entre el sector de oficinas y en la planta. Si bien algunas mujeres profesionales de ingeniería, tanto en Dow como en Loma Negra, comenzaron a insertarse a principios del 2000, en los trabajos manuales en las plantas de producción no fue hasta el 2015 que se incorporaron operarias en Dow y 2021 en Loma Negra. Asimismo, siguen siendo minoría con respecto a sus pares varones. Por otro lado, y a los fines de este artículo, en ambas empresas se observa una coexistencia de distintos tipos de masculinidad (Conell & Messerschmidt, 2021). Como se verá a lo largo de este escrito, mientras que los operarios se caracterizaron por ejercer tareas que requieren de grandes esfuerzos físicos, las masculinidades de otros trabajadores del sector de oficinas se construyeron a partir de otro tipo de prácticas y habilidades relacionadas al conocimiento técnicos, pero también a habilidades de comunicación.

El análisis de este artículo se enmarca dentro de una investigación más amplia que corresponde a mi tesis doctoral, para la cual se han llevado a cabo 25 entrevistas semiestructuradas a ingenieras y operarias que se desempeñan en el sector industrial del sudeste bonaerense2. Además, se han realizado observaciones en el complejo L’Amalí de Loma Negra y el de Cracker de Dow. Por último, con la intención de abordar las conflictividades que se desenvuelven en los espacios de trabajo, se revisaron expedientes judiciales de los tribunales de trabajo de las ciudades de Olavarría y Bahía Blanca. En su conjunto, este material permitió construir un universo de sentido más amplio sobre las empresas y la situación de sus trabajadores/as.

Particularmente, este artículo se basa en el análisis de 8 entrevistas semiestructuradas. De ellas, 4 fueron a ingenieras (Mariana, Claudia, Rosario y Emilia) y 4 a operarias/os (Juana, Antonella, Pilar y Julián) de ambos complejos industriales3. Las entrevistas fueron realizadas entre 2020 y 2023. Se decidió recuperar las experiencias de mujeres para poder abordar las transformaciones que estas trabajadoras perciben desde su ingreso a un espacio masculinizado. A su vez, en este artículo, sus narraciones se complementan con el testimonio de otros varones que entrevisté o con los que compartí conversaciones durante mis observaciones. En ellas, se realizaron recorridos por los distintos sectores de los complejos industriales acompañadas por personal de las mismas. Es así como, se accedió a las oficinas, espacios de descanso y de producción. Además, se compartieron almuerzos y se presenciaron interacciones informales entre las y los trabajadores. En este sentido, las observaciones realizadas permitieron que, por un lado, sea testigo de las dinámicas que se despliegan en los espacios de trabajo, así como también comprender los afectos y emociones que evocan las distintas materialidades espaciales. Como sostiene Loïc Wacquant (2006), a partir de la observación y de la inmersión en un nuevo cosmos, se puede impulsar “una sociología no sólo del cuerpo en el sentido de objeto, sino a partir del cuerpo como herramienta de investigación y vector del conocimiento” (p. 16). Es así como, acudir a la planta permitió comprender los efectos emocionales y materiales del espacio en el cuerpo.

2.“Cuerpos rudos y delicados”. Divisiones espaciales y sociales

Claudia se graduó como ingeniera química en 2002, en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca. En su primera experiencia profesional, donde comerciaba softwares, aprendió a utilizar uno con el que diseñaba planos de cañerías y realizaba el seguimiento de operaciones. Con ese conocimiento, en 2005 ingresó a trabajar a una compañía en la ciudad de Buenos Aires, con la cual participó en proyectos ejecutados en distintas partes del mundo. Luego de dos años, decidió volver a Bahía Blanca porque la distancia estaba causando problemas con su pareja, con quien, más tarde, tendría un hijo. Así, comenzó a trabajar en Dow en 2007. En la compañía, se desempeñó en distintas plantas realizando tareas de gestión, administración y revisión de instalaciones en el proceso de producción.

Por su parte, Mariana también es ingeniera química, graduada de la Universidad Nacional del Centro, en Olavarría. En 2008, se incorporó a Loma Negra como analista de laboratorio de calidad. Desde un principio, su tarea estuvo vinculada con las máquinas que miden la composición del cemento. Si bien cumple su jornada laboral dentro del laboratorio, ocasionalmente debe ingresar en la planta de producción a ensuciarse. A diferencia de Claudia, era la única mujer en la planta donde se desempeñaba junto con otros 300 trabajadores. Antes de que se comenzaran a implementar las políticas de inserción de género en su empresa empleadora, Mariana sostenía que a la industria tenía dificultades para “abrirse” al género femenino, pero tampoco percibía entusiasmadas a las mujeres que habían realizado pasantías en Loma Negra:

“Las chicas entran muy desmotivadas, tampoco ven mujeres. Se re entusiasman cuando me ven a mí, donde estoy yo, pero viste, después... (…) yo al principio cuando era analista les demostré que yo, si me tenía que llenar de cemento hasta el pelo, me iba a llenar. Y por ahí las nuevas generaciones, un poco les cuesta, viste. Están esperando todo como mucho más resuelto, y, “ay, bárbaro”, les encanta mi puesto, pero pará, yo llegué a este puesto después de llenarme de cemento 70 veces, de volver con el pelo duro, con el cemento metido en todos los poros” (Mariana, 40 años, ingeniera química y coordinadora del laboratorio de calidad en Loma Negra).

La planta de cemento es un espacio sucio. El cuerpo se impregna del material: la piel y el pelo se resecan, al tacto se sienten duros. Entra por los “poros” y por las fosas nasales, el cuerpo se cubre de cemento. El espacio productivo de estas industrias puede modificar la estética corporal y, como ha historizado Norbert Elias (1996), la apariencia se vincula a la distinción social. De la misma manera, Georges Vigarello (1991) señaló cómo a mediados del siglo XVI la buena apariencia comenzó a ser vinculada con el estado de la vestimenta: debía estar limpia, acomodarse bien al cuerpo y tenía que ajustarse a los parámetros de la moda. Más tarde, para mediados del siglo XVIII, el baño se conformó como una práctica de lujo femenina. Continuando con el autor, el concepto de limpieza se identificó con la femineidad, y este vínculo permanece hasta nuestros días. Por el contrario, el trabajo en estas industrias se caracteriza por ser sucio y por usar máquinas y herramientas que generan suciedad y que requieren del ejercicio de la fuerza física. De esta manera, en la construcción de estos espacios se reactualiza la diferencia entre lo masculino y lo femenino. El espacio social se configura de manera binaria y sitúa a la industria, las máquinas, la fuerza y la rudeza, del lado masculino.

Asimismo, los y las trabajadoras que se desempeñan en el sector de oficinas, ocasionalmente acuden a la planta. Las y los operarios son quienes cumplen sus jornadas laborales en este espacio, en donde el contacto diario del cuerpo con el cemento pasa a convertirse en un riesgo para la salud. Así, Juana señala que desde que empezó a trabajar como operaria en Loma Negra, cada día al llegar a su casa y luego de bañarse, expulsa de su nariz “moco gris”. Aunque, como señala en el siguiente fragmento, lo peor es el pitido en los oídos:

“Yo me acuesto y “piiii”, está constantemente en mi cabeza. Y mirá que yo, me re cuido con eso, e igualmente el ruido de fábrica... tenemos la oficina al lado de las máquinas. Entonces, por más que haya puerta-ventana, doble vidrio, el ruido, o sea, el zumbido lo tenés todo el tiempo en la cabeza. Y cuando estás arriba del autoelevador o del hyster, el ruido es re quema pelo mal. Primero que vas marcha para atrás, diez mil balizas, el sonido que hace marcha para atrás, entonces ya... te complica todo. Y el tema del oído, sí. Todos los años nos hacen hacer, ponen un colectivo de salud y nos hacen estudios a todos. De sonido, visión, capacidad pulmonar, como que la fábrica bueno, trata de tener un control sobre qué tan expuesto estamos” (Juana, 27 años, operaria Loma Negra).

Este segmento de su entrevista, da cuenta de los mayores riesgos a los que están expuestos quienes se desempeñan en la planta. Muchos de los trabajadores de Loma Negra sufren patologías auditivas, enfermedades pulmonares y lumbalgias por la fuerza física ejercida durante años. De la misma manera, el trabajo en la planta de Dow también representa un riesgo para el cuerpo y, como se muestran en las imágenes 1 y 2, constantemente se recuerda el uso de los elementos de protección personal: guantes, anteojos, sordinas, casco y máscaras faciales; además del mameluco ignífugo. El uso de las máquinas y herramientas implica un riesgo, pero también la circulación por este espacio: contusiones en la cabeza y en extremidades, cortes por el uso de herramientas y maquinarias en muñecas y manos, distensiones musculares por cargar objetos pesados y el ingreso de cuerpos extraños en los ojos son los cuatro tipos de accidentes más recurrentes de estas industrias4.

Ilustración 1 y 2. Carteles recordando uso de protección personal. Taller mecánico de Dow. Extraídas del expediente judicial n° 28386/16, Tribunal de Trabajo N° 2 de Bahía Blanca. Las fotografías fueron presentadas por la empresa en 2016.
Figura 1:
Ilustración 1 y 2. Carteles recordando uso de protección personal. Taller mecánico de Dow. Extraídas del expediente judicial n° 28386/16, Tribunal de Trabajo N° 2 de Bahía Blanca. Las fotografías fueron presentadas por la empresa en 2016.

Olga es la primera coordinadora de planta en Loma Negra. Cuando la conocí, como en cada inicio de jornada laboral, estaba reunida con su grupo de trabajo. Parada en una punta de la mesa, “la rusa” -como se dirigían a ella desde recursos humanos- informaba la situación de la planta y coordinaba la jornada con los integrantes de su equipo, que la escuchaban con atención. Cuando terminó la reunión, las y los operarios salieron a la planta. En ese momento nos presentaron. Me dio la mano al mismo tiempo que yo le daba un beso, se sonrió y confesó: “acá nunca sé cómo saludar”. La forma de hablar, de relacionarse con su equipo, el haberse referido a ella por su apodo desde recursos humanos y, por supuesto, el espacio que transita, hicieron que yo creyera que Olga había ingresado a la empresa como operaria y luego habría ascendido a coordinadora. Algo más tarde, durante la entrevista, me sorprendí al saber que en realidad era ingeniera.

Mi confusión dejó al descubierto una idea que se manifiesta con fuerza: la planta de producción se conforma como un espacio donde se construyó un tipo de masculinidad y estas características se trasladan a las personas que lo transitan cotidianamente. Si este tipo de masculinidad se erigió en un espacio donde existe un riesgo para el cuerpo humano y en el cual se debían llevar a cabo tareas que implican fuerza física, en el sector de oficinas se forjó otro tipo de masculinidad hegemónica ligada menos a la resistencia física que a la coordinación de grupos y el conocimiento sobre el proceso productivo. De esta manera, se presentan diferencias en torno a la circulación y uso del espacio que se trasladan a los cuerpos y adquieren nuevas lógicas en los cuerpos femeninos.

Así como relacioné erróneamente a Olga como una operaria, en otro momento, por la rigidez del movimiento de tres mujeres que ingresaban a la planta de Loma Negra las identifiqué como ajenas al sector. Probablemente, era una rigidez parecida a la mía. Es que, los anuncios constantes sobre los peligros de estar en la planta, solicitan que los movimientos corporales sean más precavidos: caminar solo por áreas demarcadas; cruzar por las sendas peatonales; prestar atención y dar el paso a los equipos móviles; usar las barandas para subir y bajar escaleras; si fumo, hacerlo solo en los espacios aptos; seguir a mi acompañante si suena la alarma; y usar el equipo de seguridad personal. Quienes circulan ese espacio cotidianamente, tienen una movilidad más relajada. Al ver a estas mujeres, un operario que me acompañaba y que me observó tomando fotografías en la planta, comentó: “a ellas tenés que sacarles fotos, a las cachorras”. Luego de risas compartidas entre los operarios presentes, Antonella -la operaria que me acompañaba- reprobó sus dichos: “cómo vas a decir así, por lo menos compórtate delante de ella [refiriéndose a mi]”. Cuando bajamos le pregunté a Antonella si esas trabajadoras eran ingenieras, me lo afirmó haciendo un movimiento de cabeza.

De esta manera, se establece una oposición entre quienes se desempeñan en el sector de oficinas y quienes lo hacen en la planta. Esta diferenciación se extiende más allá del modo en que el cuerpo circula. Los/as ingenieras u otros trabajadores del sector de oficinas, solo acuden a la planta en casos donde tienen que observar algo específico y, cuando lo hacen, se registra una distancia con las/os operarios. Antonella sostiene que estos/as trabajadoras ni siquiera la saludan cuando se acercan a la planta. De la misma manera, Juana expresa sus contrariedades con los ingenieros:

“No tengo nada contra los ingenieros, pero viste todos los ingenieros son así, como medio chetitos5. Que no se ensucian, que no les gusta salir, viste. Los mandás a buscar alguna muestra y ya están como de malhumor, como que los mandaste a escalar el Everest” (Juana, 27 años, operaria en Loma Negra).

En la percepción de Juana, a los ingenieros no les gusta ensuciarse y, por lo tanto, les exigen a los operarios que, por ejemplo, les acerquen las muestras de cemento cuando las máquinas encargadas de esa tarea se rompen. Las miradas cruzadas, tanto cuando los ingenieros se acercan a la planta o los operarios les llevan las muestras, son leídas por Juana como expresiones de fastidio y malhumor. Aunque ella no lo dice, por el tono de voz en que lo narra, podemos sospechar que su propia actitud frente a este hecho manifiesta las mismas emociones. Es así como, se construye una división entre quienes circulan uno u otro espacio del complejo: quienes ejercen sus tareas en la planta y por lo tanto el trabajo que exige más habilidades motrices y mayor exposición del cuerpo a riesgos, suciedad y ruidos; y quienes se desempeñan dentro del edificio, con mayor comodidad y status.

En este sentido, en estos complejos industriales puede verse cómo los cuerpos llevan la impronta de los espacios que transitan y que han transitado (Pernau, 2014). De la misma manera que yo identifiqué a Olga como operaria, porque percibí conductas masculinizadas -su apodo como “la rusa”, su dominio sobre el espacio técnico y sus expresiones corporales como, por ejemplo, darme la mano como saludo-; en el discurso de Juana se cuelan estas diferencias y se anclan en una lectura entre cuerpos rudos o delicados. Es así como, la belleza es descrita por Juana como un inconveniente para desempeñarse en la planta y ejemplifica esta creencia con el caso de una analista de calidad que fue despedida por bajo desempeño:

“La mina era linda, y… le pedía ayuda a un hombre y el hombre… o sea, sí, la ayudaba, pero porque era linda, no porque te quiera explicar realmente. La loca entraba al taller mecánico, pedía un tornillo y los locos le sacaban tornillos de la pared con tal de darle un tornillo (ríe). Y los mismos chicos te lo dicen: “iba a buscar un cable y nos matábamos por irle a buscar el cable”. Y la mina agarraba el cable y se iba (…) yo creo que a esa mina lo que le pasó es que no pudo engancharse en esa, nunca pudo hacer trabajo afuera, y cada vez que la mandaban afuera quedaba pintada” (Juana, operaria, 27 años).

Juana caracteriza a las mujeres del sector de oficinas como “altas, rubias y fifís”6; en contraste, se describe a ella y a otras compañeras operarias como mujeres que se engrasan y se ensucian. Estas características que se oponen en el discurso de las y los operarios, tienen sentidos de género que las ubican de uno y otro lado del binario masculino-femenino. Es así como, las trabajadoras caracterizadas a partir de la delicadeza y la belleza se posicionan al mismo tiempo del lado de la inexperiencia, mientras que las que se ensucian, se ubican en la experiencia. De esta forma, las cualidades consideradas tradicionalmente como femeninas se contraponen con la eficiencia en la planta y se configuran sentidos de género en cada espacio que se expresan en el lenguaje corporal. La masculinidad que caracteriza a la planta se cuela en gestos y conversaciones andronormativas: dudar en saludar con un apretón de manos o un beso; referirse a las mujeres como “cachorras”. En el lado opuesto, el sector de oficinas construye una feminización de los cuerpos, que se identifica al espacio de mayor comodidad donde se desempeñan las y los trabajadores, el mayor cuidado del cuerpo -debido al menor riesgo y suciedad del ambiente- y, por esto, son cuerpos a los que se suele considerar como delicados.

3. El trabajo emocional en las plantas de producción

Cuando ingresé por primera vez a una de las plantas de producción de Loma Negra, estaba acompañada de Antonella, una operaria de 27 años. Desde que su jefa le encargó mi compañía, no paró de hablar. A mí se me dificultaba seguir su relato. Primero por el ruido del lugar; segundo porque mi atención se dirigía inevitablemente a preservar mi seguridad. Para llegar al sector que tiene asignado, caminamos aproximadamente 150 metros: salimos del edificio central, cruzamos dos calles asfaltadas y nos encontramos con una escalera de metal. A diferencia de mi acompañante, yo me movilizaba con las normas de seguridad en mi mente: cruzar por la senda peatonal, observar que no vengan vehículos… Mientras subía, deducía que el metal enrejado de los escalones se utiliza para evitar que se acumulen los restos del material transportado más arriba, pero no lo logra por completo. Piedras grises de distintos tamaños se sostenían entre los bordes de los espacios y, en las esquinas, el residuo se acumulaba como pequeñas montañas de cemento. Las botas de punta de acero que calzaba no me permitían reconocer las dimensiones de mi pie; las piedras en los escalones impedían pisar con firmeza; y por supuesto, la altura. Llegamos a la cinta transportadora que lleva el material y caminamos al lado de ella, un camino elaborado del mismo material de la escalera, a unos 3 metros sobre el nivel del suelo. No me soltaba de la baranda, aunque los 40 centímetros de espacio que había entre los caños que la conformaban me invitaban a pensar en la posibilidad de caer.

La planta de producción de cemento se conformó históricamente como un espacio masculinizado y las características de su infraestructura continúan identificándolo así. Esto nos permite explorar el rol activo de los espacios como generadores o inhibidores de emociones. La incomodidad, el vértigo, incluso el miedo, deben ser suprimidos por los/as operarias para lograr llevar a cabo su labor (Hochschild, 1979). Partiendo del concepto de estilos emocionales, Benno Gammerl (2012) propone pensar la variabilidad de estilos sincrónicos que caracterizan diversos espacios. El autor diferencia entre los estilos emocionales constituidos a nivel comunitario y a nivel espacial. Los primeros, están marcados por nociones de pertenencia duraderas, independientes del lugar donde la persona se encuentre; mientras que los segundos hacen referencia a los distintos espacios donde se mueven los sujetos. En la práctica, los estilos se entrelazan: los grupos configuran los entornos en los que se mueven, mientras que, por otro lado, los factores externos inciden en la configuración de los estilos emocionales. En este sentido, las nuevas generaciones pueden transformar el estilo emocional de la planta, así como las mujeres que ingresan; pero también sucede a la inversa. Las mujeres se sienten más confiadas al usar determinadas herramientas desde que se desempeñan en la planta industrial. Así lo define Juana:

“Juana: Me presto un poco más a conocer las herramientas… el otro día una amiga se mudó y se había comprado un mueble de esos que vienen... de melamina que lo tenés que armar vos pero ya viene con todas las instrucciones. Y... le digo, “no, pará que le digo a mi viejo que nos preste la…” (no se acuerda el nombre)Entrevistadora: ¿La atornilladora?Juana: La atornilladora que es automática, que le haces “tu, tu, tu” y chau, listo. No teníamos que estar como unas boludas... y... bueno, digamos, le ayudé a armarlo y lo pude hacer porque ya tenía un conocimiento de más o menos, una pavada pero bueno, nunca lo había usado (…) trabajo mucho con el autoelevador y le hacemos tareas de medir aceite, aceite hidráulico, líquido de freno, limpiar filtros, codos, controlar las correas de freno, y el otro día, bueno, nada, levanté el capot de mi auto, y ya más o menos, un poquito más canchera estoy (ríe)” (Juana, operaria en Loma Negra, 27 años).

En el ejemplo que narra Juana, emocionalmente se manifiesta mayor seguridad hacia el uso de las máquinas, ya no se presenta el desconcierto ante su presencia. Monique Scheer (2012) define como prácticas emocionales a “las manipulaciones del cuerpo y de la mente para evocar sentimientos donde no los hay, para enfocar excitaciones difusas y darles una forma inteligible, o para cambiar o eliminar emociones que ya están ahí” (p. 209). Siguiendo a la autora, este concepto explora cómo las emociones no solo son respuestas a actos, sino que son en sí mismas un tipo de práctica de un cuerpo consciente y sujeto de sentimientos. Por este motivo, para comprender las emociones deben estar situadas, es decir, debemos tener en cuenta al cuerpo, sus funciones y cómo son moldeadas por sus hábitos. Las emociones son prácticas que se aprenden y, por lo tanto, se transfieren mediante procesos de socialización (Scheer, 2012). Tradicionalmente, estos espacios industriales que se caracterizan por el riesgo a sufrir un accidente, por ser espacios sucios que afectan la salud y la estética corporal y que demandan el uso de máquinas que requieren fuerza física, se identificaron como espacios masculinizados para los cuales fueron socializados ciertos cuerpos masculinos. Por su parte, las mujeres estuvieron menos socializadas en este tipo de prácticas, por lo que, la confianza y la seguridad para desempeñarse en estos espacios, son prácticas emocionales que pueden significar mayor esfuerzo para las trabajadoras.

Juana trabaja en el sector de embolsadora. Cuando se produce algún problema en el silo que almacena el cemento terminado, tiene que entrar a resolverlo. Es un cilindro de 5 pisos, que contiene cemento a 90°. Tiene unos tubos por donde entra el cemento, el cual muchas veces queda atascado y las/os operarios introducen su brazo -recubierto de su ropa ignífuga y utilizando una baqueta- para liberarlo. Tanto en invierno como en verano. El calor le molesta menos que el ruido. El aire que se utiliza para conducir el cemento produce un sonido ensordecedor. Al principio, usaba doble capa de protección auditiva y barbijo. Hoy ingresa al silo más relajada, con barbijo y audífonos. Según sus palabras, ella le tomó un “miedo bien” a los equipos técnicos. Esto quiere decir que el miedo no le impide realizar sus tareas, pero reconoce el riesgo que conlleva el uso de esas máquinas. Como una estrategia, el “miedo bien” es alentado por la cultura de la empresa desde que los y las operarias se incorporan a la compañía. Juana recuerda que el primer día que ingresó a la planta les mostraron un video que reproducía casos reales de accidentes. Lo que más le impactó fue que, en los accidentes fatales, se describía el nombre de la víctima, la fecha de su deceso y si tenía hijos/as. De acuerdo a Vinciane Despret (2015), estas emociones pueden definirse como estrategias sociales, ya que al delimitar formas de establecer y transformar relaciones, dichas emociones posibilitan integrarse a lo social. Asimismo, aunque se realice un uso cuidadoso de los equipos, algunos accidentes son “inevitables”:

“Algunas cosas son inevitables, yo me he comido derrames en esos enfriadores que te digo que vos abrís para lajear7y por ahí no se cerró bien y empieza a venir el material, y es, lluvia de cemento, lluvia total, llega un momento que no ves nada. Te tenés que quedar así [se hace bola] con el barbijo y esperar que baje la polución, y decir por radio “estoy bien” o “vengan a asistirme”. Hemos tenido unos cagazos, yo no tanto, pero la chica que entró hace poco que estaba en cantera y pasó a embolsadora, se pegó un sustito, que se le vino un derrame encima y no veía nada. No veía donde estaba la escalera, no veía donde podía apoyarse, nada, nada, nada” (Juana, 27 años, operaria en Loma Negra).

Las condiciones laborales de la planta de cemento son extremas. El ruido, el calor, la altura y la posibilidad de sufrir un accidente en cualquier momento, son algunos de los factores que llevan a las operarias a distanciarse de la delicadeza de las trabajadoras de oficinas. A diferencia de la planta de Loma Negra, la de Dow no está recubierta de residuos que se ven o que se sienten al tacto como el cemento, por lo que brinda una sensación de mayor pulcritud. Lo que la distingue, es la densidad de su atmósfera que hace que te concentres en el simple acto de respirar. Por lo caños que suben, doblan, vuelven a subir y bajan, circulan gases. Son tantos los caños que es difícil seguir su recorrido con la mirada. Distribuidas por todos lados, se encuentran los principales instrumentos que deben manipular las y los operarios: las válvulas. Redondas y de tamaños muy variados, las y los trabajadores deben girarlas para un lado u otro con el fin de abrir o cerrar el flujo de esos caños. Algunas son duras, otras no tanto; muchas se encuentran al nivel del suelo, otra gran cantidad están instaladas en los caños que circulan por arriba, a gran altura. Para llegar a ellas, se utilizan escaleras de gato8, con o sin protección dependiendo si están manipulando válvulas en las instalaciones nuevas o viejas.

Pilar es operaria en Dow. Algunos años antes de que nos conociéramos, presenció la implosión de un reactor en la planta. Ella sola trajo el incidente a nuestra conversación para señalarlo como un hito en su trayectoria dentro de la empresa. Como ella misma sostiene, hasta ese momento no había tomado dimensión del peligro que suponía trabajar en una planta petroquímica y relata con angustia el período posterior al accidente: sus tareas cotidianas se volvieron temerarias, reaccionaba ante cualquier ruido y pensaba renunciar. Estos sentimientos fueron compartidos por el equipo de trabajo, que al encontrarse en las siguientes jornadas laborales expresaban su angustia a través del llanto.

Por su parte, Julián es operario tercerizado en Dow, se ocupa de manipular y limpiar los residuos de la planta petroquímica. Esta tarea implica un contacto cercano con tóxicos, pero también con otros riesgos, como la altura, los espacios cerrados, o la posibilidad de que se produzca una explosión. Una gran cantidad de investigaciones señalan la conformación de una masculinidad obrera producida a comienzos del siglo XX que definió la figura del obrero como una persona que debía poseer dos cualidades principales: fuerza y valentía (Palermo, 2009; Scheinkman, 2015; Palermo, 2017). Estas aptitudes se construyeron como condiciones esenciales para llevar a cabo sus tareas, expuestas a riesgos constantes.

Julián reconoce su empleo como un trabajo peligroso, porque se encuentra permanentemente expuesto a agentes tóxicos, aun cuando los niveles en el ambiente se registren dentro de lo normado. Según su percepción, a él no le afecta, pero trae a colación experiencias de compañeros que han renunciado debido a este peligro. Esto nos muestra, por un lado, que cuando no se logra la supresión de algunas emociones, el desempeño laboral se torna imposible; por otro lado, la masculinidad valorada en los espacios de producción de estas plantas no la adoptan todos los varones ni son exclusivamente cuerpos masculinos quienes se identifican con ella. Como se señaló en este apartado, las mujeres que ingresaron a la planta lograron enmarcarse en el estilo emocional que se define en la planta.

4. El trabajo emocional en puestos de liderazgo

Cuando ascendió a coordinadora de calidad, Mariana quedó a cargo de un equipo de trabajo de 4 varones, 2 de ellos estaban por jubilarse. Se ocupó de generar un buen vínculo con ellos y con sus familias. Como ella misma sostiene, estas personas mayores terminaron siendo “como sus padres”, mientras que los otros dos, de la misma edad que Mariana, se convirtieron en sus amigos. El vínculo que intenta establecer es de confianza para disminuir las presiones y el malestar. Asimismo, se preocupa por dejar claro su jerarquía:

“Si uno viene cansado y yo le pido un laburo de más, no confunda que, porque nos juntamos a comer asado con la familia, él va a hacer lo que quiera hasta donde quiera digamos, claramente yo le explico la necesidad de por qué le estoy agregando laburo, él lo entiende y directamente lo ejecutamos” (Mariana, 40 años, ingeniera química y coordinadora del laboratorio de calidad en Loma Negra).

De esta manera, genera espacios de vinculación entre ella, los trabajadores y sus familias; y esta confianza la usa -cuando lo cree conveniente- para solicitar un mayor esfuerzo laboral de su equipo. Claudia relata una situación similar con su equipo de trabajo y establece oposiciones con el modo de liderar de su jefe. A diferencia de este último que le exigía a ella que “controle el pensamiento de su gente”, Claudia organizó una reunión mensual donde los integrantes de su equipo podían traer inquietudes o temas para compartir con el equipo con la intensión de que se produzca un intercambio de saberes entre los trabajadores con más y menos experiencia. Tanto Mariana como Claudia relatan estos dos modos de coordinar a su equipo como una estrategia personal. Asimismo, no describen la misma actitud cuando tienen que vincularse con trabajadores externos a su equipo de trabajo, como los operarios. En esta ocasión, son ellos quienes les exigen el buen trato y la construcción de un vínculo de confianza. A diferencia de Loma Negra, que muchos de sus operadores no están sindicalizados, en Dow la sindicalización de los trabajadores manuales es leída por parte de los profesionales de ingeniería como un poder que ellos ejercen:

“Tenemos un tema en lo que es relaciones entre lo que son agremiados y no agremiados dentro de la planta. Uno estando en el grupo de ingeniería, no tenés tanto contacto con la gente agremiada, ya estando en planta sí, entonces, empezás a vivir otras problemáticas distintas, que bueno, también tenés que aprender y llevar adelante y también está esto de la relación del trato. No sé, por ejemplo, me pasó los primeros meses. Yo estaba en un edificio que está alejado, no estaba en el mismo edificio que los operadores y que los panelistas9, entonces cuando yo, igual siempre fui de saludar a todos, pero los primeros días me llama otra chica y me dice: “mirá, fíjate cuando llegas acá, tenés que darles un beso a todos. Un beso a cada uno”. Pero, ¿por qué? porque a ella le había pasado que entraba y decía “hola, hola, buen día, buen día” pero sin darle un beso uno por uno y se habían quejado que les marcaban jerarquía como ella era ingeniera y ellos no, les marcaba la jerarquía, entonces el jefe les recomendó que salude uno por uno” (Claudia, 40 años, ingeniera química y coordinadora en Dow).

Saludar personalmente a cada trabajador, tomarse un momento para hablar y preguntarle por su familia, son prácticas que Claudia y otras ingenieras fueron adquiriendo para que, al momento de solicitarle una tarea que se encuentre por fuera del contrato, los operarios lo llevaran a cabo. En este sentido, Norbert Elias (1996) señaló la forma en que las costumbres, las conversaciones y el humor de los individuos pueden ser calculados y organizados de forma estratégica para utilizarlo como un instrumento de poder. En este sentido, Michel De Certeau (2000) señaló como se configuran actos cotidianos de resistencia como estrategias que utilizan los y las obreras para tomar pequeñas ventajas. Es decir, frente a una persona con mayor rango jerárquico en la empresa, que cobra más y tiene mayor poder en la toma de decisiones del proceso que los mismos operarios/as manipulan, la exigencia del “buen trato” se configura como una treta (De Certeau, 2000). Así lo relatan dos ingenieras que se desempeñan en Dow:

“Les vas a dar un entrenamiento en un procedimiento, o en lo que sea, llévate unas facturitas, como para… si no, capaz que ni te escuchan, capaz que se duermen… o sea, son, bastante guachos en ese sentido, pero lo hacen con todo el mundo. O sea, yo tengo un compañero que, si tenía que dar un entrenamiento, tenía que dar 7 entrenamientos, se pagó 7 docenas de facturas, cada vez que iba, o sea… es como que, de una tenés que entrarles y tenés que caerles bien” (Rosario, 26 años, ingeniera química).

“Yo veía que Euge, la chica que trabajaba conmigo les charlaba y se conocía a toda la familia y yo decía, “ay dios, yo no me soporto eso”. Pero bueno, tenías que ir y conversar… y qué se yo… yo también ponía mi parte de buena onda y decir “bueno, yo no voy a ir con la gorra10porque no vas a ser bienvenida, siendo quien seas” porque a mi jefe un poco no lo querían y lo re bardeaban porque era el que iba y les exigía cosas. Entonces, medio que me habían mandado a mí a ver si yo con más gamba, podía lograr eh… que hagan algo, que lo mejoren” (Emilia, 28 años, ingeniera industrial).

Para entablar una relación más personal, como relata Emilia, muchas veces mandan a las mujeres. Si elementos de la masculinidad como la valentía y la fuerza son valorados en la planta de producción, en las y los trabajadores del sector de oficinas pierden valor estas características a favor de otras que se consideran más feminizadas, como la paciencia, la capacidad de escucha y la empatía. En este sentido, la antropóloga Tomoko Hamada (1996) mostró cómo se establecían distintos tipos de masculinidad en una empresa japonesa instalada en Estados Unidos. De acuerdo a la estrategia empresarial, se alentaba un tipo de masculinidad con características feminizadas en el trato con las y los trabajadores. Por este motivo, los trabajadores estadounidenses, con masculinidades más autoritarias y agresivas, tenían menos posibilidades de ascender que sus pares japoneses. De esta manera, en las empresas que nos ocupan en este artículo, se observa una mayor valoración del trabajo emocional que se lleva a cabo para coordinar los grupos de trabajo en ambientes no conflictivos. Para muchas mujeres, este tipo de interacción se presenta como algo tedioso, por lo que deben suprimir esta emoción y mostrarse interesadas en la vida de las y los trabajadores. Esta feminización de algunos rasgos de las masculinidades que alientan las empresas, pudo facilitar el ingreso de las mujeres a estos puestos mucho antes de que ingresaran operarias a las plantas.

Asimismo, aunque estas habilidades comunicacionales estén menos valoradas en la planta, las operarias las han ido incorporando. Juana relata una disputa que sucede cotidianamente entre sus compañeros de trabajo y los camioneros que llegan a la planta para cargar el cemento a granel y distribuirlo. Estos últimos realizan un uso de las máquinas que los operarios consideran inadecuado y es en ese momento donde se genera la disputa e interviene Juana:

“Yo tengo mucho trato con los camioneros, y los camioneros son una especie... bastante particular. Son tercos, no quieren entender, con las máquinas, nunca es culpa de ellos, nunca se hacen cargo… si vas y le decís: “che, estás haciendo esto mal”. Te dicen: “no, pero mirá, esto también está mal”. Y, con los varones, tienden a tener enfrentamientos y… entra una mujer a la cabina, son cabinas así de 2x2, viste, donde tenés la carga. Entra una mujer y, calman 15 revoluciones. Le digo, “maestro, disculpá”, (…) yo ya tengo viste, confianza con los locos. Y… “qué haces papi”, le digo, “¿todo bien?” Y ya, olvidate, ya le alegré el día, ya le alegré el día. Entonces, uno siempre trata de no ir al choque y decir, “bueno, sí, capaz que la máquina se nos rompió a nosotros, pero vos también te subiste al camión y le mandaste 80.000 kilos y sabes que no te entran 80.000 kilos acá, hermano” - “sí, tenés razón, hice mal”, qué sé yo… y ahí medio que vas negociando. Pero, es la ventaja de ser mujer, viste, a veces, en una industria así, hay que aprovecharla. No hay forma de calmarlos sino a los locos esos” (Juana, polifuncional de embolsadora, 27 años).

Por un lado, este fragmento nos muestra la forma en que las nuevas trabajadoras de la planta incorporan prácticas emocionales novedosas en el espacio, basadas en la seducción, para ejercer poder sobre otros. Asimismo, a diferencia del sector de oficinas donde se espera que las habilidades de mediación sean ejecutadas por varones y mujeres, en la planta funciona como performance donde el género dicotómico se fortalece y la masculinidad puede ser reforzada en oposición a cierto tipo de feminidad. Así, mientras determinados tipos de masculinidades pueden expresarse como egoístas y agresivas frente a otros varones con intereses opuestos, también pueden ejercer actos de cuidados hacia los cuerpos femeninos.

5. Conclusiones

A lo largo de este artículo se ha mostrado cómo en los complejos industriales de Dow en Bahía Blanca y de Loma Negra en Olavarría, se construyen dos espacios antagónicos, la planta y el sector de oficinas, cuyos sentidos se condensan en dos figuras: los operarios y los ingenieros. En estas oposiciones binarias, se entrelazan sentidos opuestos de género y clase. En este sentido, partir de las trabajadoras que se insertaron por primera vez a estos complejos industriales nos permitió observar con mayor claridad cómo interactúan el espacio y el cuerpo en el trabajo remunerado.

En primer lugar, se señaló la forma en que el sector de oficinas y la planta se conforman como dos espacios materialmente diferentes. Mientras que quienes realizan sus actividades en el sector de oficina suelen llevar a cabo su trabajo mediante computadoras, sentados en escritorios y resguardados de la intemperie; quienes trabajan en la planta se desempeñan en espacios sucios y riesgosos. Esto conformó dos tipos de masculinidades en estas industrias, en las que se valorizaron distintas cualidades. Si en la planta se alentó la conformación de trabajadores valientes y fuertes, en el sector de oficinas se valoró el conocimiento técnico y la capacidad de liderar grupos de trabajo. Estas características son centrales para comprender las distintas temporalidades en la inserción de las mujeres a estos complejos. No solo ingresaron primero en el sector de oficinas, sino que implicó menos esfuerzo (en relación a los recursos materiales y sociales invertidos) que el que se llevó a cabo en la incorporación de mujeres a la planta.

Por su parte, las trabajadoras incorporaron las características valoradas en sus respectivos espacios de trabajo que se tradujeron en distintas corporalidades entre las trabajadoras del sector de oficinas y las de la planta. De esta manera, las operarias se caracterizan como mujeres que se engrasan y se ensucian, en oposición a las ingenieras. En estas identificaciones ancladas en divisiones binarias de género, las cualidades que se consideran del lado femenino, como la belleza y la delicadeza, son identificadas como un estorbo para el desempeño eficiente en la planta. Por el contrario, las ingenieras que se desempeñan en el sector de oficinas mantienen rasgos más feminizados del cuerpo y señalan la escucha como una habilidad adquirida con esfuerzo. Asimismo, aunque no son reconocidas por las operarias, las mujeres que se desempeñan en el sector de oficinas sí consideran que ingresan a la planta y se ensucian, como señalaba Mariana al principio de este escrito. Aunque esto sucede solo ocasionalmente.

En segundo lugar, el artículo abordó el trabajo emocional que se lleva a cabo en estos complejos, ya sea para gestionar las emociones ante el riesgo o frente las necesidades de otros y otras trabajadoras. Las diferencias en torno al trabajo emocional quedan expuestas en la movilidad de los cuerpos dentro de la planta. Si las operarias tienen mayor desenvoltura en este espacio es porque desarrollaron prácticas emocionales que les permiten circular con mayor confianza y seguridad. Las ingenieras, por su parte, debieron desarrollar estrategias de empatía y escucha para liderar sus grupos de trabajo. Para la empresa, esto se torna particularmente importante en su relación con las y los operarios. Es este trabajo emocional desempeñado por las y los ingenieros que intenta evitar conflictos y aumentar la eficiencia en el trabajo.

En este sentido, las diferencias entre estos espacios no solo se expresan en los movimientos, comportamientos y la gestión emocional que las y los trabajadores de cada espacio adoptan, también quedan expuestas en las miradas cruzadas que ingenieros y operarios se lanzan mutuamente. Si los primeros gozan de mayor jerarquía dentro de la empresa que se traduce en mayor estatus e ingreso económico; los segundos utilizan otros recursos para disputar el poder dentro de la planta. Así, la exigencia del saludo personalizado, las burlas y las miradas peyorativas son tretas que funcionan como actos de resistencia.

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Notas

1. Como objetivo, proponen “el desarrollo sostenible, actuando sobre los pilares de crecimiento económico, equilibrio ambiental y progreso social”.
2. La tesis doctoral aborda la inserción de mujeres en los dos complejos industriales analizados en este artículo, entre 2015 y 2024. Principalmente, problematiza las relaciones que se despliegan entre los cuerpos, los afectos, el uso de las máquinas y el género.
3. Para resguardar su identidad, estos nombres son ficticios.
4. Superintendencia de riesgos del Trabajo, cuadros interactivos consultados por última vez el 1 de febrero de 2025 en https://www.srt.gob.ar/estadisticas/acc_tablero_sector_tableau.php
5. En lenguaje coloquial, cheto refiere a una persona que le importa su apariencia y se comporta de manera ostentosa o presumida.
6. En el lenguaje coloquial, fifí refiere a una persona que es delicada, fina y presumida.
7. Se le dice “lajear” a la acción de romper las piedras de cemento que se traban en el silo.
8. Son escaleras que están sujetas permanentemente a una superficie vertical. Cuando cuentan con protección, las rodea una especia de jaula que brinda un soporte de apoyo para las y los usuarios.
9. Trabajadores que se desempeñan en los paneles de seguridad de la planta
10. Expresión coloquial que hace referencia a tomar una actitud de vigilancia.
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