Artículos de investigación
La ética urbana: respuestas a los dilemas de las ciudades del futuro desde una perspectiva histórica
Urban Ethics: responses to the dilemmas of future cities from a historical perspective
La ética urbana: respuestas a los dilemas de las ciudades del futuro desde una perspectiva histórica
Quivera. Revista de Estudios Territoriales, vol. 27, núm. 1, pp. 7-26, 2025
Universidad Autónoma del Estado de México
Recepción: 25 Junio 2024
Aprobación: 18 Septiembre 2024
Publicación: 01 Enero 2025
Resumen:
El objetivo del artículo es identificar las diferentes posturas sobre los principios éticos que han influido en la evolución de las ciudades a lo largo del tiempo, así como los dilemas del contexto actual con el fin de contribuir a la reflexión sobre la ética para las ciudades del futuro. Se presenta una revisión crítica de la ética en la dimensión histórica de las ciudades, incluyendo el contexto de la aldea y la supervivencia humana; las primeras ciudades y su relación con la religión; la revolución industrial y la sociedad del trabajo; la ciudad red y las megaciudades; el reconocimiento de la ciudadanía y su derecho al espacio público. El artículo aborda tres dilemas que enmarcan los retos éticos actuales en las ciudades: el incremento de la desigualdad e inseguridad social; el deterioro ambiental; y los efectos de la tecnología sobre la moralidad y el comportamiento ciudadano. Finalmente, se reflexiona sobre los ejes éticos para las ciudades del futuro: el compromiso, el respeto y la libertad; concluyendo que la ética para la ciudad debe reinventarse con el fin de crear una sociedad responsable, comprometida, respetuosa, libre y orientada al bien común.
Palabras clave: ética, moralidad, ciudad, proceso urbano, libertad.
Abstract:
The research aimed to identify various positions on the ethical principles that have influenced not only the evolution of cities throughout history but also the dilemmas they currently face that contribute to the reflection on ethics for the cities of the future. This article presented a critical review of ethics in the historical dimension of cities, including the context of villages and human survival; the first cities and their relationship with religion; the Industrial Revolution and the work society; the network city and megacities; and the recognition of citizenship and the right to public space. The article discusses three dilemmas that frame the current ethical challenges for cities: the increase in inequality and social insecurity, environmental degradation and the effects of technology on morality and citizen behaviour. Finally, it reflects on the ethical foundations for the future cities: commitment, respect, and freedom. It concludes that cities' ethics must be reinvented to create a responsible, committed, respectful, and free society oriented towards the common good.
Keywords: ethics, morality, city, urban process, freedom.
Introducción
El desarrollo acelerado y continuo de la urbanización plantea retos sociales, económicos y ambientales para las ciudades contemporáneas. Estos desafíos se ven intensificados por la dependencia tecnológica, la apropiación del territorio y los recursos naturales, así como por el aumento del individualismo, lo que ha resultado en el deterioro del tejido social y la desigualdad en el acceso a oportunidades equitativas dentro de las ciudades. Esta falta de igualdad, un derecho inherente a la vida urbana, es particularmente preocupante en el contexto latinoamericano, especialmente en países como México, donde la planificación urbana ha fallado en proporcionar un espacio urbano justo para todos (Dammert Guardia et al., 2019; Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL], 2017).
El sistema político tiene la responsabilidad ineludible de equilibrar el desarrollo económico con la justicia social y la sostenibilidad ambiental. Sin embargo, la historia ha demostrado que la corrupción en los procesos gubernamentales tiende a deslegitimar las leyes y políticas públicas, lo que debilita el control sobre el espacio socialmente construido y aumenta las desigualdades (Harvey, 2014). Esto resalta la necesidad urgente de analizar y revalorar los principios éticos que han sido fundamentales en la evolución de las ciudades a lo largo de la historia.
En este contexto, el presente artículo se centra en examinar los valores éticos que han influido en el desarrollo de las ciudades, con el objetivo de recuperar y reafirmar el derecho a disfrutar de los espacios públicos y promover una convivencia más justa en las ciudades del futuro (Borja, 2003). A través de una revisión crítica de estos principios éticos en diferentes épocas históricas, se busca contribuir a la reflexión sobre una nueva ética urbana basada en el compromiso, el respeto y la libertad (Jonas, 1995).
Metodología
La investigación se llevó a cabo utilizando un enfoque cualitativo basado en una revisión crítica de literatura, con el objetivo de identificar los principios éticos que han influido en el desarrollo y la gestión de los espacios urbanos a lo largo del tiempo. Esta revisión se apoyó en diversas fuentes bibliográficas, como libros, capítulos de libros y artículos científicos de revistas indizadas, lo que permitió abarcar diferentes posturas clásicas y contemporáneas acerca de la ética urbana (figura 1).

Este enfoque metodológico permitió abordar los principales dilemas urbanos contemporáneos desde una perspectiva ética, planteando soluciones que no solo beneficien a la comunidad actual, sino que también consideren el impacto a largo plazo para las generaciones futuras (Jonas, 1995).
Resultados
Dimensión histórica
La ciudad es una de las obras más importantes en la historia de la humanidad, un espacio construido con múltiples facetas sociales, económicas, políticas y urbanas. Quizás por esta razón, no existe una definición exclusiva de ciudad que abarque todas sus expresiones y transformaciones.
Para comprender la historia de la ciudad desde las humanidades, es posible recurrir a La Política de Aristóteles, ya que la génesis de la ciudad se encuentra en la familia. Las familias forman aldeas, las cuales evolucionaron hasta formar ciudades construidas por hombres que se caracterizan por ser animales sociales; desde este momento se puede vislumbrar la importancia de la colectividad y el bien común, ambos aspectos están intrínsecos en cuestiones éticas.
Una de las primeras concepciones de la ciudad fue planteada por Aristóteles en la época de las ciudades originarias: “la comunidad perfecta de varias aldeas es la ciudad, que tiene ya, por así decirlo, el nivel más alto de autosuficiencia, que nació a causa de las necesidades de la vida, pero subsiste para el vivir bien” (Aristóteles, 1988, p. 30). El ethos que plantea se centra principalmente en la idea del vivir bien, es decir, la humanidad persigue como fin último la felicidad; el hombre por naturaleza es un ser social; el fin de la sociedad es vivir en comunidad y es en la ciudad donde los ciudadanos encuentran su virtud.
De esta forma, reconoce que la ciudad no surgió totalmente definida, ya que le precedieron formas iniciales de asentamientos humanos; el perfeccionamiento de los individuos en la vida comunitaria deriva en una ciudad autosuficiente que se adapta a cualquier escenario adverso para su supervivencia. A continuación, se realiza un análisis de la evolución histórica de las ciudades y cómo se vislumbra la ética en ellas.
Antes de la ciudad. La ética en torno a la supervivencia humana
La subsistencia de las ciudades se puede explicar a través del espíritu de supervivencia que tiene el hombre, capaz de adaptarse a cualquier terreno o situación. Antes de la ciudad existió la aldea, y antes de que el hombre (homo sapiens) fuera sedentario, ya existían pequeñas comunidades primitivas que cazaban y recolectaban alimentos en un planeta dominado por especies de animales salvajes. La vida transcurría en un incesante movimiento (nomadismo), dictado por las estaciones del año y la disponibilidad de recursos para garantizar la supervivencia de la tribu; además, el dominio del fuego marcó un antes y un después en la vida cotidiana de las sociedades primitivas, representó el primer acto de rebeldía del hombre frente a la naturaleza.
En este contexto, la cueva se concibe como el antecedente primordial de la vivienda; se convirtió en el primer sitio que los seres humanos ocuparon para desarrollar un hogar. La vida familiar se desarrolló con una maternidad y paternidad colectiva; asimismo, la domesticación progresiva de algunas plantas empezó a desplazar la recolección y surgió la pesca en ríos y lagos como alternativa eficiente para suplir la cacería.
Así, el homo sapiens logró adaptarse y sobrevivir en el medio ambiente mejorando su cultura material. Sin embargo, construir viviendas no bastó; fue necesario establecer una sociedad cimentada en los valores de la familia y la comunidad para adecuarse a los cambios de la naturaleza por el bien común. Comprender los antecedentes de la vida urbana es fundamental para entender la ciudad misma, identificando los elementos que dieron forma y vida a los asentamientos humanos.
Bajo el argumento anterior, se debe revalorar a la ciudad hoy día, no solo por sus espacios construidos, sino también por la imagen que proyecta hacia sus habitantes, que constituyen espacios con cierta estabilidad a la que se acostumbran. El sentido de protección que ofrecían las aldeas se perfeccionó en las ciudades, pero ha disminuido frente a injusticias como la desigualdad social, la pobreza y la marginación.
La moral sirvió como la base sobre la cual se guiaron los primeros gobernantes para crear las leyes que regulaban el funcionamiento social y económico de las ciudades. Al mismo tiempo, nacieron nuevas expresiones territoriales, por ejemplo, las calles y las plazas, cuyos orígenes se remontan a los caminos y veredas que conectaban a los primeros asentamientos. Con la llegada de la agricultura, las aldeas aumentaron en tamaño poblacional y las viviendas se organizaron alrededor de un centro, con callejones que facilitaban el tránsito de personas y animales, dando forma a una traza urbana de manera gradual.
Con la disponibilidad de excedentes alimenticios y conocimientos, la protección se hizo presente con murallas, marcando el inicio de la noción de lo público en las aldeas a través de la construcción de espacios comunitarios y equipamientos esenciales para el buen funcionamiento de la comunidad. Implícitamente, esta evolución histórica de las ciudades incorpora consideraciones éticas para asegurar el orden y la cohesión social.
La ciudad monumento. La ética en torno a la religión
Derivado del proceso previo, se dio paso a tres nuevos elementos ligados a la idea de la ciudad: el cielo, el orden político y el pensamiento. Es crucial destacar que el ciudadano se erige como el elemento fundamental en la concepción de la ciudad, siendo el actor principal en la trama social y económica que se desarrolla en un territorio específico. Es el ciudadano quien da nombre a la ciudad, se identifica con el espacio urbanizado y comienza a defender su identidad para compartir la riqueza cultural que la caracteriza.
El futuro de las ciudades siempre ha sido incierto; lo único verdadero son las eternas aspiraciones de la humanidad por mejorar el espacio en donde vivir. Por ende, si se pretende establecer nuevas bases para el adecuado desarrollo de la sociedad en las ciudades, es necesario revisar su proceso histórico y las funciones que han enmarcado su trayectoria y delineado su futuro.
Las ciudades antiguas de todas las civilizaciones representaban al espacio público a través de la religión, que funcionaba como símbolo de poder y marcaba la diferencia entre lo urbano (ciudadanos) y lo rural (paganos), además sirvió para instaurar una ética ciudadana. Esta herencia religiosa de la ciudad evolucionó hasta la Edad Media con el cristianismo, donde la ciudad amurallada destacó por su marcada separación entre un interior y un exterior, que dividía la vida del burgués con la del villano. En este periodo se instalaron jerarquías de valores que distinguían lo público de lo privado y diferenciaban la vida de la ciudad con la del campo.
Como se mencionó, la ética de los ciudadanos era influenciada en diferentes momentos por la iglesia. Las ciudades episcopales amuralladas y los monasterios defendidos por los señores feudales se convirtieron en bastiones seguros para llevar a cabo diligencias administrativas y comerciales. Dichas actividades no solo implicaban un orden político, sino también una forma de pensar y desenvolverse en la sociedad urbana. La vida urbana se desarrolló en emplazamientos que giraban en torno a un sistema de castillos e iglesias (catedrales), dando origen a la diferenciación social; este fenómeno se acentuó con la evolución continúa de las ciudades.
La ciudad de las máquinas. La ética en la sociedad del trabajo
Para este momento, las ciudades se han transformado en sistemas complejos que integran diversos actores y procesos políticos, sociales, económicos y culturales. Se entiende como un organismo complejo, donde los espacios construidos interactúan entre lo público y lo privado, desde el centro hasta la periferia, en crecimiento constante.
La complejidad aumenta cuando las partes del todo empiezan a fallar. Por ejemplo, la edificación de nuevas viviendas para las crecientes familias implica un reajuste de los servicios básicos de infraestructura, principalmente de agua, luz y drenaje, así como la provisión de equipamientos de salud, educación, abasto y seguridad. A medida que la ciudad crece en población y en extensión construida, organizar las partes que sostienen el funcionamiento del entramado urbano se vuelve cada vez más complejo.
Actualmente, las ciudades padecen serios problemas sociales debido al deterioro de las conexiones éticas y morales. Los vínculos interpersonales han sido sustituidos radicalmente por relaciones virtuales en donde la ética no siempre predomina. En el contexto urbano, se inició la especialización del trabajo, marcando un cambio significativo respecto a la agricultura tradicional. La tecnificación del campo permitió la expansión de la producción de alimentos a gran escala, surgiendo nuevos oficios y consolidando al obrero como el ciudadano especialista en técnicas modernas dentro de la ciudad industrializada.
De acuerdo con Reissman (1972), la ciudad se convirtió en un lugar fundamental de intercambio y distribución de productos manufacturados e industriales, pero también de consumo de bienes y servicios, acentuando de manera desproporcionada la propiedad privada como indicador de que no solo perteneces a la ciudad, además, eres dueño de una parte de ella.
La máquina es un elemento esencial en la génesis del fenómeno urbano; de hecho, la ciudad misma puede comprenderse como una máquina compleja que solo funciona a través de una estructura administrativa que garantiza la organización de la población, proporciona los servicios y permite una estabilidad del funcionamiento. Sin embargo, a lo largo del tiempo, el proceso de gobernanza pierde validez debido a la corrupción.
La dinámica económica de la ciudad entró en una edad de transformaciones todavía más crítica, derivada de la incorporación de trenes, transportes automovilísticos, iluminación por gas, electricidad y el teléfono. Las redes técnicas son las que anunciaron otra economía y otra urbanidad (Hénaff, 2014), a la cual no todos tienen el mismo acceso.
En la era de la industrialización, los lazos éticos derivados de la convivencia familiar y cotidiana comienzan a deteriorarse en la ciudad de la máquina, donde el tiempo y el espacio para el trabajo se privilegian cada vez más según los ritmos de las máquinas. El proceso no solo implicó la mecanización de la producción o transformación de materias primas en productos de primera mano, de igual manera la estandarización de las jornadas laborales y de los desplazamientos urbanos. Esta organización social sentó las bases de lo que hoy conocemos como capitalismo.
A lo largo de la historia, la ciudad y el capitalismo tienen una relación estrecha, debido a que el sistema de intercambio de mercancías surgió entre ciudades que lograron satisfacer sus propias necesidades y empezaron a lucrar con sus excedentes. En consecuencia, surgió un nuevo tipo de ciudadano urbano: el comerciante, cuya responsabilidad era comprar y vender productos dentro y fuera de las ciudades. Con el tiempo, las ciudades evolucionaron de simples puntos de intercambio de mercancías a centros especializados en la producción de nuevos bienes y servicios.
Al respecto, Harvey (2014) plantea que, con el incremento de las relaciones de intercambio económico y el desarrollo del Estado capitalista, surgieron disposiciones normativas que afirmaron una cultura individualista, alejándose cada vez más de un fin colectivo para lograr un buen vivir en las ciudades.
Con la llegada del capitalismo, la división social del trabajo permitió que las ciudades se expandieran, no sólo por el tamaño poblacional, sino por la diversificación de las actividades económicas. Este crecimiento urbano conllevó la proliferación y maximización de problemas que eran desconocidos en los asentamientos primitivos. Las desigualdades individuales han permeado a la colectividad a lo largo del tiempo, a tal punto en que hoy no solo hablamos de diferencias entre ricos y pobres, sino de disparidades entre ciudades prósperas y ciudades rezagadas (Mumford, 1961).
La ciudad red. Lo humano ante lo físico y lo técnico
A partir de la revolución industrial, las ciudades experimentaron un crecimiento vertiginoso impulsado por las migraciones del campo a la ciudad. La realidad rebasó por completo las expectativas de los gobernantes y las ilusiones de una mejor vida para los ciudadanos. Las ciudades industriales fallaron en cumplir con las responsabilidades básicas de los servicios municipales; en conjunto, las nuevas ciudades eran tristes y poco atractivas, con entornos hostiles para la vida humana. El hacinamiento de los pobres era evidente en las viviendas de la clase media (Mumford, 1961), generalmente ubicadas en las periferias, aunque estos problemas también afectaron el centro urbano.
En la era de la ciudad monumento y la máquina, surgieron problemas y temas que antes eran impensables como la contaminación, calentamiento global, movilidad urbana, pobreza y globalización. Estos conflictos apenas comenzaban a ser comprendidos y rara vez tenían propuestas de solución. Para sostener la mega mancha urbana, los habitantes experimentaron una mutación social: de constructores de su entorno pasaron a ser consumidores de sueños y esperanzas de una vida mejor. En este punto, la ética colectiva comenzó a tener cabida, pues los individuos dejaron de pensar de manera individualizada para considerar el bien común, aunque en la práctica distaba mucho del ideal.
En el contexto contemporáneo de las megaciudades, se ha tratado de orientar el curso hacia una reconciliación de lo urbano con la naturaleza, definiendo la ciudad sustentable como un espacio donde el sistema sociopolítico y el modelo económico están comprometidos con el aprovechamiento responsable de los recursos naturales por parte de los ciudadanos, tanto en el presente como en el futuro.
Cada ciudad se enfrenta al desafío de concentrar en un espacio construido a una población que debe simultáneamente organizarse, crear instituciones, vivir, comunicarse, moverse, nutrirse, abastecerse de agua y combustible, producir bienes, transportarlos, gestionar residuos contaminantes, combatir enfermedades, educar, mantener la paz, defenderse militarmente, desarrollarse, y realizar numerosas actividades, todo ello bajo una visión de ética colectiva.
El futuro de las ciudades y las generaciones que las habitarán debe ser una preocupación fundamental y una responsabilidad compartida por todos los actores involucrados. Es crucial asegurar un estado de bienestar y felicidad que, la mayoría de las personas, naturalmente, aspiran. No es suficiente definir el comportamiento individual orientado a la justicia; ahora es el momento de plantear principios de justicia colectiva y promover una sociedad fraterna. La solidaridad no solo debe abordar problemas actuales, como la pobreza o la marginación, sino también es importante prepararse para los desafíos futuros, la disponibilidad de recursos básicos como el agua, el aire o el suelo. En consecuencia, es imperativo promover una ética y responsabilidad colectiva que aseguren un futuro sostenible para la humanidad.
La ciudadanía según Jordi Borja. Derecho, espacio público y la ética urbana
Si bien se ha explorado el papel del ser humano dentro de las ciudades a través de la historia y su participación en ellas, es indispensable considerarlo como el ciudadano que, como se mencionó anteriormente, confiere el nombre de ciudad a las urbanizaciones, no al revés.
La ciudad debe cultivar el deseo de habitar en ella y fomentar un sentido de pertenencia entre sus habitantes. A cambio, la urbe requiere que sus ciudadanos sean personas de bien, no exclusivamente entre ellos mismo, sino también en relación con sus gobernantes, quienes se preocupan por el bienestar de sus gobernados, dicha reciprocidad genera confianza y hace que las leyes sean efectivas, es decir, que la acción de gobernar sea legítima y aceptada por todos.
El simbolismo de la ciudad puede entenderse desde dos perspectivas distintas: en primer lugar, se centra en interpretar a la urbe como un escenario meramente físico, compuesto por edificios entrelazados por calles que definen el futuro de la mancha urbana. En segundo lugar, esta se percibe como un ente dinámico donde las actuaciones humanas tienen un papel fundamental, cada una con su propio lugar, nombre y significado en las actividades sociales, económicas, culturales y políticas que dan sentido de pertenencia al espacio construido.
La ética se manifiesta en el símbolo de vivir en una ciudad que pertenece a un individuo como a la colectividad de buenos ciudadanos. En ese mismo sentido, el significado de ser ciudadano, Borja lo expresa como “se es ciudadano si los otros te ven y te reconocen como ciudadano”(2003, p. 28).
Los ciudadanos anhelan vivir bien, ese es el propósito fundamental de la ciudad, sin embargo, este deseo se ha opacado por atrofias urbanas como la falta de infraestructura adecuada, la marginación en las áreas periféricas urbanas y la existencia de poblaciones en condiciones de pobreza, entre otros desafíos. Estas contrariedades representan dolencias de una ciudad que aspira a la felicidad.
En este contexto, es importante analizar a la ciudad como un derecho de sus ciudadanos en el marco del espacio público y la ética urbana. Por ende, se aproxima a la noción de justicia urbana, que busca asegurar condiciones equitativas y dignas para todos los ciudadanos dentro del entorno urbano.
Tras una revisión general de la dimensión histórica, a continuación, se reflexiona sobre tres dilemas característicos de los fenómenos urbanos actuales que enmarcan los retos que enfrentan la ciudad actual y la del futuro.
Dilemas del fenómeno urbano
Primer dilema: La ciudad como reproductora de la desigualdad y la inseguridad
Los espacios públicos de la ciudad pueden ser vistos como lugares que promueven tanto un sentimiento de igualdad y unificación, como de desigualdad. Según Al Farabi (2011), actualmente, predominan dos tipos de sociedades: la sociedad de la riqueza y la sociedad innoble o depravada. En la primera, el objetivo principal es la acumulación de dinero por sí mismo, no únicamente como medio para adquirir bienes de consumo. Se valorará a los líderes que faciliten o ayuden conseguir mayores riquezas. Por otro lado, en la sociedad innoble o depravada, los habitantes buscan los placeres sensibles y el goce material. En ambas, se observa que la ética y la preocupación por el bienestar colectivo no tienen cabida, lo que subraya una falta de esta en cualquiera de sus manifestaciones.
Pero ¿de dónde proviene la desigualdad? Harari (2020) refiere a las consecuencias de la revolución agrícola. Esta propició el incremento de la propiedad privada y la discrepancia social, con el surgimiento de pequeños grupos de poder que acapararon la mayor parte de los beneficios y las riquezas para beneficio propio.
Desde tiempos inmemorables, los centros y barrios históricos han sido reconocidos por contar con una gran variedad de espacios públicos; en contraste, las periferias urbanas, ya sean planificadas o no, suelen tener escasos lugares de este tipo, o bien, son de baja calidad. Los barrios, antiguamente periféricos, muestran cómo se ha configurado el territorio de manera desigual desde la suburbanización de la ciudad. Lo cual es posible observar en las diferencias notables entre las poblaciones que actualmente residen en estos lugares, debido a las disparidades en las características de las viviendas, los precios del suelo y otros factores relacionados con los patrones de asentamiento en estos territorios. Aunque también, es preciso señalar que, las desigualdades ya no se limitan exclusivamente a las áreas periféricas.
América Latina se caracteriza por ser la región más urbanizada y desigual por ingresos del mundo (Dammert Guardia et al., 2019). Si bien, más del 80% de su población reside en ciudades, una de cada cinco personas es considerada pobre, además, habita en viviendas precarias, o no dispone de los recursos suficientes para adquirir una vivienda en los mercados urbanos formales (CEPAL, 2017).
El fenómeno urbano actual presenta algunas características particulares que son descritas por De Mattos (2015); Delgadillo (2018); Dammert et al. (2019) y Aguiar y Borrás (2021):
Aunque las tasas de crecimiento urbano se han reducido, las aglomeraciones urbanas han incrementado, propiciando la intensificación de desventajas estructurales que inciden en la pobreza urbana y la relegación de ciertas áreas.
La acumulación capitalista ha transformado el acceso a los mercados de trabajo, la educación y servicios de salud de calidad.
Se potencia la mercantilización de la vida socioeconómica y del suelo, por lo que reciben mayor atención los negocios inmobiliarios. La financiación se convierte en un modo predominante de producción urbana.
El Estado, en el nivel subnacional, tiene limitadas capacidades para hacer contrapeso frente a otros actores económicos e inmobiliarios.
La planificación urbana ha evolucionado, dejando de enfocarse exclusivamente en los planes como instrumentos únicos para concebir la ciudad. En cambio, se ha vuelto parcializada hacia grandes proyectos urbanos que, al producir y reproducir divisiones en la ciudad, generan una mayor fragmentación socioespacial.
Los espacios públicos que son creados o intervenidos responden más a los intereses de los inversionistas inmobiliarios que a las necesidades de la población local.
Con base a lo anterior, surge la pregunta inevitable sobre qué depara el futuro, si las desigualdades persisten o incluso empeoran, debido a la falta de atención a las características planteadas.
Segundo dilema: La ciudad y la naturaleza
La ciudad se imagina como el espacio socialmente construido, controlado y seguro, que ha permitido prosperar al ser humano. Esta surgió por separación y autonomía de la humanidad respecto a la naturaleza, aunque persiste una relación ciudad-naturaleza que le permite sobrevivir, el hombre construyó su propio hábitat (Zulategui Beñarán, 2021).
Justamente, el segundo dilema refiere a la relación entre ciudad y naturaleza, ya que el crecimiento de la primera conlleva inevitablemente a la reducción de la segunda. La ciudad ha funcionado históricamente como un imán para recursos externos; al mismo tiempo, produce grandes cantidades de desechos tangibles e intangibles.
El éxito de cada centro urbano ha sido impulsado por la creación de vínculos desiguales de intercambio con el exterior. En la actualidad, se experimenta un aumento significativo de la población mundial que habita en las ciudades, lo que incrementa las oportunidades sociales, económicas, políticas y culturales, pero también intensifica los flujos negativos hacia el exterior, así como el aumento de desafíos ambientales (Guzmán, 2010).
En México, el desarrollo urbano —al igual que en otras ciudades latinoamericanas es la historia de conquista— se refleja en la sobreposición de arquitecturas y la imposición de ciudades y estructuras ideales concebidas desde el antiguo continente. Este proceso dio origen a ciudades que, tras cinco siglos, padecen de una desconexión con su entorno local. Las ciudades coloniales, establecidas por decreto, extendieron sus redes sobre valles, tierras de cultivo, bosques y cuerpo de agua.
Aun así, existen esfuerzos por la recuperación del paisaje, que abarcan tanto los conceptos de ciudad, campo, naturaleza, como las relaciones que se establecen entre la ciudad y el resto del territorio. Un ejemplo es la pretendida recuperación hidrológica de la cuenca de México, que se propone como el reencuentro de la ciudad con su geografía original y los fundamentos de su historia (Kalach, 2010), además, podría contribuir a enfrentar los graves problemas de agua que la ciudad enfrenta actualmente.
El planteamiento anterior —que podría manifestarse en las diferentes ciudades del mundo dependiendo su contexto histórico—, lleva a la reflexión sobre el surgimiento de nuevos derechos sociales, como el derecho al paisaje (Kalach, 2010). De acuerdo con Rubio (2015), este emerge de una facultad más amplia y fundamental: el derecho social al espacio (territorio), así como al espacio vital, es decir, a un lugar donde el ser humano pueda disponer y expandir sus posibilidades.
Del mismo modo, se han realizado procesos de regeneración en zonas de interés ecológico, mejoramiento de las redes de conectividad ecológica y se ha intentado mitigar el deterioro ambiental en las ciudades. Sin embargo, estas iniciativas han enfrentado retos debido a conflictos con la planificación urbana, así como las diferentes posturas políticas existentes. Para lo cual, es necesario impulsar procesos de gobernanza basados en la democracia participativa, con una sólida administración pública, pero también, una mayor participación de los ciudadanos en los procesos de toma de decisiones (Guzmán, 2010).
El interés por conseguir ciudades ambientalmente responsables que se integren mejor con la naturaleza está creciendo. Para ello, es necesario superar los desequilibrios entre ciudad y naturaleza, con la finalidad de delinear futuros escenarios urbanos sostenibles (Zulategui, 2021).
Tercer dilema: La ciudad y la tecnología
Después de la revolución industrial surgieron voces que planteaban el fin de la ciudad, debido a que la contaminación desmedida las hacía poco saludables para vivir. El uso de la tecnología apareció como una respuesta adecuada a la ciudad, pero también generó efectos negativos en la moralidad y comportamiento de los ciudadanos.
Como sociedad, se ha abusado tanto de la tecnología que las relaciones cara a cara se han ido diluyendo. Las familias pierden contacto y el lenguaje se ha transformado. La ciudad concebida originalmente como un espacio primeramente social, ha evolucionado hacia un entorno tecnológico que conlleva los siguientes efectos adversos:
Efectos en la interacción
La interacción mediada tecnológicamente permite experimentar relaciones sociales más flexibles, donde los artefactos digitales son fundamentales para los “mundos de la vida” (Tully y Alfaraz, 2012). Así, la expansión del modelo de redes y las comunicaciones a larga distancia han abierto nuevas “oportunidades”. Sin embargo, aunque el uso de la tecnología es beneficioso en la vida social, también podría ser perjudicial, debido a la impresión e ilusión que genera en los usuarios. Además, promueve una adicción que acentúa el distanciamiento y la limitada interacción social. Por ello, ahora más que nunca, es crucial repensar el urbanismo para articular de manera efectiva las funciones sociales de la ciudad contemporánea (Hénaff, 2014).
Efectos en el empleo
Hoy en día, los medios de comunicación y de transporte permiten un completo desacoplamiento entre ciudad y fábrica. Cada vez más, las industrias se instalan en donde obtengan ventajas competitivas, afectando el desarrollo urbano. La ciudad ya no cumple exclusivamente la función de “mega máquina” o un dispositivo de organización y producción centralizada. Más bien, se convierte en la red misma de una organización industrial con implantaciones variables. Además, ya no garantiza exclusivamente la disponibilidad de la fuerza laboral local, esta puede provenir de cualquier lugar (Hénaff, 2014).
Macrodatos y algoritmos
Ciertos grupos de poder controlan la información en los medios; asimismo, se ha disminuido la capacidad de búsqueda de información de manera activa e independiente, en lugar de ello se googlea para encontrar respuestas (Harari, 2020). La interacción en redes sociales permite a las empresas recopilar información detallada sobre los gustos, preferencias e incluso el pensamiento de las personas. Lo que plantea la posibilidad de que la inteligencia artificial (ia), a partir del uso de los datos, llegue a conocer mejor a las personas que ellas mismas.
De la misma manera, el uso de algoritmos —a través de la ia o en plataformas digitales, aplicaciones y sitios de Internet— recopila, sin restricción, macrodatos de la población, propiciando una mayor desigualdad en la población. Gran parte del poder económico podría ser acaparado en manos de una pequeña élite, mientras que la mayoría de la población sufriría por la irrelevancia de su existencia, recordando que, para empezar, el acceso al Internet a nivel mundial sigue siendo hoy día, en pleno siglo xxi, muy limitado. Si se quiere evitar la concentración de toda la riqueza y el poder en manos de un reducido grupo de poder, la clave es regular la propiedad de los datos.
Efectos sobre la democracia
La democracia liberal y el libre mercado precisan la autonomía del individuo para la toma decisiones que afectan al mundo. Entonces, la democracia actual enfrenta un desafío inminente en la biotecnología y la infotecnología, que pueden propiciar el surgimiento de dictaduras digitales, donde los políticos creen que están tomando decisiones, pero en realidad, las opciones ya han sido moldeadas tecnológicamente por economistas, banqueros y empresarios (Harari, 2020).
Implicaciones generales del uso de la tecnología en la ciudad
El uso de las tecnologías de la información y comunicación (tic) facilita las interacciones sociales entre personas que no conviven cotidianamente, marcando una gran diferencia respecto a aquellos con quienes sí se comparte un espacio físico. Lo cual indica que el uso de la tecnología facilita la comunicación e interacción entre personas que no se encuentran cerca (Lorente et al., 2004), pero al mismo tiempo afecta negativamente las relaciones con aquellos que sí viven en proximidad.
En este sentido, de acuerdo con Harari (2020) una civilización postindustrial basada en la bioingeniería, nanotecnología e inteligencia artificial podría volverse significativamente más autosuficiente, pero con la probabilidad de que ciertas clases sociales, países, o incluso continentes enteros puedan ser irrelevantes en el futuro.
Hacia la ética del futuro de la ciudad
Derivado de la revisión de principios éticos y su incidencia en el desarrollo de las ciudades, a continuación, se plantean una serie de aspectos relevantes para lograr una ética destinada a las ciudades del futuro, basada en la expresión histórica de la humanidad.
La propuesta de una ética para las futuras ciudades requiere tener presente en todo momento que el hombre nunca vive en aislamiento; sin importar su origen, la vida humana solo es posible en la sociedad. Es fundamental reconocer que, para sobrevivir y alcanzar su máxima realización, ninguna persona puede satisfacer todas sus necesidades de manera individual; al contrario, depende de compañeros, cada uno de los cuales tiene algo que los demás requieren (Al-Farabi, 2011).
Además, la ética desarrollada para las ciudades del futuro se vislumbrará como una ciudad red de redes (Hénaff, 2014), lo que implica accesos a transportes locales, nacionales e internacionales; medios de comunicación; espacios de conocimiento y cultura; centros de salud y servicios administrativos. Así mismo, se busca una disponibilidad general del entorno urbano, con el objetivo de reducir las desigualdades en el derecho a la ciudad entre sus habitantes.
La ciudad guiada por la ética del futuro será regida por una política de prevención constructiva, como la propuesta de Jonas (1995), que reconoce a los seres humanos en su autenticidad, nobleza y felicidad, pero también con ambigüedades inherentes a su existencia como la miseria y sufrimiento. Además, la política de prevención obedecerá al espíritu de la responsabilidad, rechazando la sentencia de inevitabilidad fatalista. Asumirá que, tanto el temor como la esperanza son componentes esenciales de dicha responsabilidad, bajo el esquema del bien colectivo para una vida plena.
Para que una comunidad sea consecuente debe ser comprometida, respetuosa y libre, cualidades que forman parte de una ética centrada en el bien común. De esta forma destacan tres principales ejes de la ética urbana del futuro: el compromiso, el respeto y la libertad; valores que, no únicamente orientan a la práctica individual y colectivo, sino que también representan una herencia moral de nuestras ciudades de origen.
El compromiso no solo se refiere al reconocimiento de las personas con quienes se comparte la existencia, sino es aquello que se fundamenta en asegurar que las generaciones presentes y futuras tengan al menos el mismo nivel de libertades, derecho, información, acceso a recursos y al disfrute de la naturaleza, entre otros aspectos.
Para ello, el Estado debe comprometerse a fomentar y mantener los hábitos sociales que conduzcan a la felicidad, con el objetivo último de promover una vida cívica plena, a través de la enseñanza y la educación sobre qué consiste ese fin y la felicidad. Además, deberá asegurar una división del trabajo que fomente la integración social, acompañada de una concisa solidaridad, donde ningún miembro se sienta excluido ni marginado, asegurando que cada miembro de la sociedad obtenga lo necesario para vivir y alcanzar su potencial (Hénaff, 2014).
Por otro lado, el respeto abarca diversas esferas, incluida la del uso de tecnologías. Con la accesibilidad creciente de las TIC, ha surgido una disminución en el respeto por el tiempo y el espacio. Es relevante promover un uso racional y responsable de las tecnologías, mostrando consideración hacia otros usuarios.
En relación con la libertad, no debe confundirse con la voluntad. Mientras que, la voluntad proviene de los sentidos o de la imaginación; la libertad se debe a la reflexión y a la razón, al libre albedrío y a la elección, por lo que se encuentra en el hombre como algo característico (Hildebrand, 2009). En la ética del futuro de la ciudad, la libertad se contempla desde la perspectiva del colectivo, no solamente desde la individualidad. Se entiende como la libertad de la humanidad para moverse en el planeta, donde el aire es de todos, cada uno tiene la libertad de bañarse en un río ¡La libertad del todo!
La libertad en la ética del futuro de la ciudad implica el reconocimiento de lo público, aquello que está expuesto a la mirada de la comunidad, a su juicio y aprobación. Lo público quiere decir a la vez abierto a todos, conocido y reconocido por todos al espacio privado de intereses particulares (Hildebrand, 2009).
Hans Jonas (1995) propone fundamentos éticos que incluyen un principio de responsabilidad basado en un horizonte del futuro y supone como cuestiones centrales: una ética del futuro, una hermenéutica del temor y un principio precautorio. Aunque Jonas (1995) presta especial atención al futuro, su enfoque es relevante en el presente, pues subraya la capacidad humana para influir de manera significativa en la vida planetaria y en la humanidad en su conjunto.
Los habitantes de las ciudades deben tener un proyecto al corto, mediano y largo plazo que implique la responsabilidad hacia el futuro, por lo tanto, las obras de infraestructura y equipamiento no deben limitarse al mantenimiento cotidiano de lo ya construido, sino que deben planificarse considerando el crecimiento demográfico de la mancha urbana. La ética de la responsabilidad insta a los individuos a comprometerse con la gestión racional de los recursos en el presente, para garantizar la supervivencia de las generaciones futuras.
Conclusiones
La investigación ha permitido realizar un análisis de la evolución histórica de los principios éticos que han influido en la configuración de las ciudades a lo largo del tiempo. Desde las primeras formas de organización urbana hasta las megaciudades contemporáneas, cada momento histórico ha planteado desafíos y dilemas éticos, relacionados con la convivencia social, la justicia y la sostenibilidad. Estos desafíos se han planteado a partir de tres categorías clave de análisis: el compromiso, el respeto y la igualdad. Los cuales son fundamentales para repensar la construcción de ciudades más vivibles y justas en el futuro.
En primer lugar, el compromiso ha sido una constante en la evolución de las ciudades, desde las aldeas primitivas donde la supervivencia humana dependía de la cohesión y colaboración comunitaria, hasta las sociedades industriales y tecnológicas actuales. En particular, las ciudades latinoamericanas requieren hoy un compromiso renovado, tanto de sus gobiernos como de la ciudadanía, para enfrentar los crecientes niveles de desigualdad, pobreza y marginalización. El compromiso no puede ser únicamente una responsabilidad individual, sino que debe ser una estrategia colectiva que permita garantizar que todas las personas, independientemente de su posición social, puedan disfrutar de los beneficios del espacio urbano (Borja, 2003).
El respeto, por su parte, tiene múltiples implicaciones en el contexto urbano. Históricamente, la ciudad ha sido un lugar de encuentro entre lo humano y lo divino, donde el respeto hacia las instituciones religiosas y políticas constituía un eje rector del comportamiento ciudadano. Sin embargo, en las ciudades contemporáneas, este respeto debe ampliarse para incluir no solo a las instituciones, sino también al entorno natural, a los espacios públicos y a los derechos de los otros ciudadanos. En América Latina, donde el crecimiento descontrolado y la urbanización desmedida han generado profundas brechas sociales, es fundamental promover una cultura del respeto que impulse la cohesión social y una mayor integración de las áreas marginadas a la ciudad formal (Hénaff, 2014; Harvey, 2014).
Finalmente, la igualdad es un principio ético que ha estado presente en los debates sobre la ciudad desde los inicios de esta. La búsqueda de una ciudad justa, donde todos los ciudadanos tengan acceso a los mismos derechos y oportunidades, ha sido una aspiración constante. Sin embargo, Latinoamérica, caracterizada por una urbanización acelerada y desorganizada, es un ejemplo claro de cómo la desigualdad social se reproduce y perpetúa en el espacio urbano. La falta de acceso a servicios básicos, la precarización de la vivienda y la concentración de la riqueza en ciertas áreas contrastan con la realidad de las periferias urbanas, donde millones de personas viven en condiciones de exclusión (Dammert Guardia et al., 2019; CEPAL, 2017).
El análisis histórico demuestra que las estrategias éticas basadas en el compromiso, el respeto y la igualdad no solo han sido relevantes en momentos cruciales del desarrollo urbano, sino que siguen siendo necesarias para abordar los retos actuales. La ética urbana que se propone para las ciudades del futuro debe centrarse en la construcción de una sociedad responsable y solidaria, donde los ciudadanos no solo sean conscientes de sus derechos, sino también de sus deberes hacia el entorno urbano y las generaciones futuras (Jonas, 1995). Específicamente en América Latina, se requiere una ética que tome en cuenta las particularidades históricas y sociales de la región, donde la desigualdad y la pobreza son problemas estructurales que demandan soluciones urgentes y adaptadas a sus contextos locales.
El contexto latinoamericano exige que esta nueva ética urbana no solo se base en el respeto y la igualdad, sino que también se articule a través de un compromiso real y tangible entre todos los actores involucrados: el gobierno, el sector privado y la sociedad civil. La ética debe integrar las necesidades de los ámbitos más vulnerables y promover una gestión urbana inclusiva, que priorice el bienestar colectivo sobre el beneficio individual. Solo a través de este enfoque será posible construir ciudades más sostenibles, equitativas, sobre todo, humanas.
Referencias
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