Artículos de investigación
“Hacer lugar” en confinamiento: vida cotidiana entre las clases medias urbanas de Buenos Aires*
“Making room” in confinement: daily life among urban middle classes of Buenos Aires
“Fazer lugar” em confinamento: vida cotidiana entre as classes médias urbanas de Buenos Aires
“Hacer lugar” en confinamiento: vida cotidiana entre las clases medias urbanas de Buenos Aires*
Hallazgos, vol. 19, núm. 38, pp. 141-157, 2022
Universidad Santo Tomás
Recepção: 10 Novembro 2021
Aprovação: 12 Janeiro 2022
Resumen: El presente artículo tiene por objetivo analizar las prácticas y sentidos que despliegan las personas pertenecientes a las clases medias urbanas de Buenos Aires (Argentina) a su búsqueda por “hacer lugar” en sus viviendas en el marco de la pandemia ocasionada por la covid-19. Desde una estrategia cualitativa con enfoque y método etnográfico, complementado con técnicas de la etnografía digital, me centro en las acciones y narrativas que tuvieron expresión en el marco de una política estatal orientada al confinamiento y a la limitación de la circulación sintetizada en la propuesta: “Quédate en casa”. Entiendo que dicha experiencia permite pensar el modo de gestionar la vida cotidiana y, con esta, los afectos y la convivencia en distintos sectores sociales que habitan América Latina.
Palabras clave: Pandemia, hogar, clases medias, etnografía.
Abstract: The aim of this article is to analyze the practices and meanings implemented by people belonging to the urban middle classes of Buenos Aires (Argentina) in their quest to "make room" in their homes in the context of the COVID-19 pandemic. From a qualitative strategy with an ethnographic approach and method, complemented with digital ethnographic techniques, I focus on the actions and narratives that were expressed in the framework of a state policy oriented to confinement and limitation of circulation synthesized in the proposal: "Stay at home". I understand that this experience allows us to think about the way of managing everyday life and, with it, the affections and coexistence in different social sectors that inhabit Latin America.
Keywords: Pandemic, home, middle classes, ethnography.
Resumo: O objetivo deste estudo é analisar as práticas e sentidos que as pessoas pertencentes às classes médias urbanas de Buenos Aires (Argentina) desenvolvem na busca por “fazer lugar” em suas casas no contexto da pandemia ocasionada pela covid-19. A partir de uma estratégia qualitativa com abordagem e método etnográficos, complementada com técnicas da etnografia digital, foca- se nas ações e narrativas que tiveram expressão no âmbito de uma política estatal orientada ao confinamento e à limitação da circulação sintetizada na proposta “Fique em casa”. Entendo que essa experiência permite pensar no modo de administrar a vida cotidiana e, com isso, os afetos e a convivência em diferentes setores sociais que habitam a América Latina.
Palavras-chave: Pandemia, lar, classes médias, etnografia.
Introducción
La pandemia, a razón del virus SARS-CoV-2, aceleró decisiones, forzó procesos, rompió estabilidades, puso a prueba nuestras subjetividades y, aún en la actualidad, nos exige reimaginar el sentido de lo posible y de lo habitable. Desde distintos ángulos, gran parte de la ciudadanía, en varios puntos de América Latina, percibió la afectación y el arrojo hacia la construcción de “otras normalidades” e intimidades, así como de (nuevas) convivencias en un mundo percibido con mayores fragmentaciones y menores apoyos.
En las inmediaciones de la casa y permaneciendo “puertas adentro”, dadas las experiencias de confinamiento, también se produjo un fenómeno paradojal, caracterizado por la presencia de redes sociales y medios digitales como artefactos vitales, gestionando comunicaciones, emociones y afectos para las personas. De esta manera, estos bienes se vislumbraron como puentes entre distintos dominios de la vida social, produciendo lo que Marina Ariza (2016) reconoce, retomando a Lara y Enciso, como “emocionalización de la vida pública”1.
En las metrópolis, el sentido y la experiencia en la ciudad pareció reemplazarse por la casa, en medio de una fuerte polisemia práctica, donde la morada perdió cualquier manto de romantización e incluso pareció humanizarse. En este escenario, una semántica de la higiene, de la salud y del cuidado (de sí y de otros/as) se volvió legible como parte de un (novedoso) canon de necesidades, derechos y urgencias que no se hicieron esperar entre la ciudadanía. En efecto, vivir con y vivir entre la covid-19 fueron nominaciones propias de una normalización cotidiana que incluyó mayor cantidad de incertidumbres, conflictos y pactos.
En este artículo abordo las experiencias de convivencia, en el marco del confinamiento acontecido en 2020, para diversas familias de las clases medias urbanas2, ubicadas en el Municipio de Morón (Gran Buenos Aires, Argentina). De igual manera, me interrogo por la producción de intimidad, entendida muchas veces de manera conflictiva y en tensión, en la búsqueda por “hacer lugar” en confinamiento. En efecto, retomo los aportes de Katya Mandoki (2018) y su idea de lugaridad para analizar las prácticas y sentidos movilizados por familias de clases medias. Entiendo que el análisis de estas vivencias, más allá del caso presentado, hecha luz para pensar las microacciones involucradas en la apropiación del espacio para las personas en momentos contingentes. Para este escrito recupero registros de mi investigación etnográfica doctoral, realizada entre 2015-2019 y notas y conversaciones a distancia, llevadas adelante durante el 2020 mediante plataformas digitales.
Fragilidades de la vida cotidiana
En América Latina, cada país experimentó, de manera desigual y diversa, el modo de enfrentar al virus de la covid-19 a la vez que se topó con las fragilidades propias de cada sociedad (Álvarez y Harris, 2020). Cierto es que para muchos/as la extensión de la pandemia y las posteriores medidas gubernamentales trastocaron el mundo tal como lo conocíamos. Considerando que, en América Latina, el 70 % de la población reside en ciudades de 20 000 habitantes o más (Comisión Económica para América Latina y el Caribe [Cepal], 2020), el riesgo de un tipo de sobreconcentración de contagio sobrevoló y organizó muchas de las prescripciones para la evitación de la propagación del virus centradas en la limitación de la circulación a partir de permanecer en la vivienda. Ahora bien, esto último no vino de las garantías de acceso a servicios de infraestructura básicos y las condiciones mínimas de habitabilidad en la vivienda (Blanco Esmoris e Hijós, 2020).
“El hacinamiento sobresale por su estrecha relación con la propagación de la pandemia […], así como por su marcado gradiente socioeconómico” (Cepal, 2021, p. 17). La Cepal señaló, para describir esta situación en la región en donde, la baja en la actividad económica y su impacto en gran parte del mercado laboral y que llevó a un ensanchamiento de la brecha de desigualdad. Esto puede leerse si se considera una situación de vulnerabilidad de gran envergadura palpable hace años y recrudecida con la pandemia. A decir verdad, “amplios estratos de la población latinoamericana viven en condiciones crónicas de inseguridad económica y son muy vulnerables ante la pérdida de ingresos laborales” (Cepal, 2021, p. 64), con énfasis en las clases medias. Ahora bien, ¿mediante qué acciones las personas mantuvieron y sostuvieron sus casas durante el confinamiento?
La respuesta a ese interrogante no es unívoca ni lineal. Por ejemplo, como señala Palacios (2020), en su estudio sobre la esfera doméstica en México, las tensiones en el marco de “un contexto de convivencia forzada” (Osorio Parraguez et ál., 2021, p. 230) llevaron a las personas a desarrollar mecanismos para producir relaciones sociales “sanas”. En esta búsqueda, conflictos, discusiones y desafíos, no se hicieron esperar. Marentes (2020), en su artículo sobre las relaciones de pareja durante el confinamiento, señala la experiencia de “convivencias arrebatadas”, como una acción producida en contexto de pandemia, pero, a su vez, el autor inscribe ese “arrebatar” en el marco de otros procesos sociales que pueden causar disrupción en la consolidación de una pareja o proyecto común. Por otra parte, algunos trabajos señalan la posibilidad de forjar respuestas en contextos adversos. Las personas mayores residentes en Chile, por ejemplo, mostraron un repertorio de prácticas, leídas como fortalezas, puestas en marcha en el marco de la crisis (Osorio Parraguez et ál., 2021). Estas, entonces, son algunas de las muchas viñetas que componen el paisaje de la vida común en tiempos de crisis3.
En Argentina, en marzo de 2020, se anunció un Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (Aspo) dispuesto por el poder ejecutivo de la nación (Decreto 297/2020)4. El famoso Aspo, también implementado provisoriamente en mayo de 2021, se extendió entonces hasta agosto de dicho año —con avances y retrocesos en sus diversas fases y permisos a lo largo y ancho del país— y alteró nuestros modos de estar en casa, a la vez que implicó una presencia intensiva en espacios donde antes muchas/os solo estábamos unas horas. En este escenario, la intimidad pareció redefinirse bajo otros criterios (ahora vinculados a cuestiones de salud y de higiene) y límites (entre lo íntimo, lo familiar y lo profesional) cada vez más porosos y menos claros.
En medio de la pandemia, entrar a una casa ajena, se mostró como un evento en sí mismo, como un acontecimiento con características formalizadas que a simple vista podrían rememorarnos incluso a un ritual, pensado desde una definición estrictamente antropológica5. “La casa”, en términos materiales, simbólicos y afectivos, se tornó una preocupación constante, dadas las medidas de reclusión aplicadas a gran escala. Entre quienes tuvieron la posibilidad de permanecer cumpliendo esta estrategia de limitación de la circulación, la reescritura constante de la convivencia social, entendida esta última como un tipo de construcción y de aprendizaje donde se elaboran y consensuan normas comunes fue un permanente desafío.
Casa como materialidad, como proyecto, como derecho, como sueño y como imposibilidad fueron algunos de los ecos resonantes de una pandemia que no da tregua. El carácter excepcional de la situación provocó que cientistas sociales se orientaran a pensar la vivienda como una dimensión de relevancia para comprender el mundo social. Sin embargo, este carácter complejo y refractario que tiene a la casa como eje de reflexión y de análisis para estudiar las convivencias ya lo pude advertir años atrás cuando comencé mi indagación sobre los modos de habitar de las clases medias urbanas6. Allí entendí que observar y registrar la casa implicaba una mirada atenta sobre el parentesco (Carsten y Hugh- Jones 1995), sobre su arquitectura (Cieraad, 2002, 2006), los artefactos y el confort (Miller, 2001, 2008), la autoconstrucción y las transformaciones edilicias (Motta 2014), la producción de estilos de vida (Arizaga, 2005, 2017), los criterios de emplazamiento y selección de una casa (Cosacov, 2016), la mirada atenta a los procesos constructivos (Barada, 2018) y el modo en que la política se imprime en la casa (Pacífico, 2019), por solo nombrar algunos aspectos. Estos son algunos de los trabajos internacionales y locales que marcan el ritmo de una literatura que tomó protagonismo en los últimos años (Samanani y Lenhard, 2019)7.
Puedo decir que a raíz de la covid-19 y la posterior medida de Aspo, mi trabajo de campo se “reactivó”. Luego de haber finalizado mi etnografía en 2019, mis interlocutores/as comenzaron a escribirme para contarme cómo habían reorganizado sus rutinas, revelarme lo incómoda que les resultaba su vivienda, el modo en que un hall de entrada se había tornado un espacio para higienizarse y, sobre todo, cómo “mantenían” los espacios en sus casas para sostener una cotidianidad que, por momentos, parecía derrumbarse junto con sus expectativas. Tal activación me sugirió un conjunto de interrogantes respecto de los trastocamientos en las convivencias y rutinas de las personas, así como en la utilización del espacio en el marco de una presencia intensiva en sus viviendas. Esto, a su vez, venía atado a un conjunto de inquietudes sobre cómo comportarse en casas ajenas.
Metodología y contexto de la investigación
Inicialmente, el estudio se llevó a cabo con un diseño de tipo cualitativo con enfoque etnográfico (Peirano, 1995), aplicando técnicas como entrevistas no directivas, mediante sistemas de videollamadas. Como vemos, en el marco del confinamiento, este enfoque se nutrió de aportes de la etnografía digital (o aquello que se conoce como netnografía) para lograr comunicarme con mis interlocutoras/es dadas las limitaciones en la movilidad y el desplazamiento.
Como técnica de estudio para la indagación en la red de redes, deviene como deudora de la etnografía, que, a su vez, lo es, como método de investigación, de la antropología, y se inicia actuando desde la perspectiva del procedimiento interpretativo, ideado para investigar el comportamiento del consumidor en el contexto de las comunidades virtuales y ciberculturas. Esta metodología en línea de análisis cualitativo deviene, al igual que la etnografía, en su ejercicio, de la participación continuada del investigador en los escenarios virtuales donde se desarrollan las prácticas, que son objetos de análisis. (Turpo Gebera, 2008, p. 83)
Un conjunto de estudios (Miller y Slater, 2000; Di Próspero y Daza Prado, 2019), me posibilitaron identificar las interacciones de mis interlocutores/as en las redes sociales, compartiendo una suerte de “co-presencia digital” (Di-Próspero, 2017). Específicamente, mi interés estuvo centrado en comprender los sentidos y prácticas de las personas en sus rutinas en pandemia.
Este artículo se organiza y retoma resultados de dos estudios: uno prepandemia y otro durante la pandemia. El primero se realizó entre 2015-2019 en el marco de mi tesis doctoral, en la que desarrollé una investigación de enfoque y método etnográfico junto a cuatro familias de clases medias8 que residen en el municipio de Morón (Gran Buenos Aires (GBA), área que designa la zona circundante a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires [Caba]). Este municipio resulta significativo por ser un punto neurálgico de comunicación en la zona oeste del Área Metropolitana de Buenos Aires (Saez, 2010) y donde he construido lazos significativos para llevar adelante esta etnografía. Para este escrito, específicamente, retomo aportes de mi trabajo con dos familias, que tienen como jefas de hogar a Gloria y a Rosa. Tal investigación tuvo como propósito indagar los sentidos que adquieren el habitar la vivienda y la circulación diaria de las personas para comprender de qué modo tales decisiones se plasman en sus ambientes sociomateriales y afectivos más próximos. Cabe destacar que, complementariamente a la estrategia etnográfica, se consultaron archivos locales (el Archivo Histórico de Morón) e información de naturaleza cuantitativa, específicamente, estadísticas vinculadas al espacio urbano, la vivienda y el consumo, así como también en relación con la Aspo. La segunda, también de recopilación de fuentes primarias de datos, tuvo lugar entre los meses de marzo y agosto de 2020, en el marco de las distintas fases del Aspo hasta la llegada DISPO en el mes de agosto. Allí establecí diálogo y vínculo con las familias con quienes había trabajado en mi investigación doctoral mediante soportes digitales. Mi primera investigación me permitió dar sentido histórico y contexto a las experiencias y a las situaciones compartidas conmigo en contexto de confinamiento.
Sobre el recorte geográfico puedo decir que el municipio de Morón se encuentra ubicado en el denominado conurbano bonaerense —en alusión a los cordones circundantes a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Caba)— que, según el Censo 2010 (Indec), cuenta con 321 109 habitantes y una superficie de 56 km. Compuesto por cinco localidades (Haedo, Villa Sarmiento, Castelar, El Palomar, Morón cabecera), a menudo es una transición para llegar a “la capital” o adentrarse en otras zonas del oeste de la provincia. Para entonces, en esta zona, solo un 4.72 % de la población tenía necesidades básicas insatisfechas (NBI) (Censo, 2010). Es menester señalar que en este municipio y en otros en la provincia de Buenos Aires, en el periodo comprendido entre 2015-2019, las personas vieron erosionadas y degradadas sus condiciones de vida. En esta línea, cabe señalar que, en Argentina, a finales de 2015, Mauricio Macri, referente de la fuerza política Cambiemos, asumió la Presidencia de la Nación. Durante su mandato, se llevaron adelante diversas medidas que provocaron trastocamientos y retrocesos en materia social y de derechos (Simonetta, 2019) que impactaron fuertemente en las posibilidades de “vivir bien” y de manera adecuada. Estos antecedentes, sin duda, son significativos para entender el contexto de gestión gubernamental de la pandemia, que encuentra en el ejecutivo nacional desde el 2019, al presidente Alberto Fernández.
Lugaridades críticas: la vida puertas adentro
Hace unos años, Katya Mandoki, en su artículo, “Lugaridad. Notas sobre una causa perdida”, destacó:
La lugaridad es lo significativo de un sitio particular ya sea para un sujeto o una comunidad que reconoce en éste una carga simbólica especial que lo distingue de cualquier otro espacio por su acervo de memoria histórica y cultural […] El lugar es un cuerpo que nace y crece, que se enferma y se cura y que muere. Puede ser violentado y quebrantado o acogido y cuidado; cuenta con una biografía y memoria afectiva hito de la subjetividad colectiva. (Mandoki, 2018, p. 48)
Poco sabía ella o ninguno de nosotras/os que apenas unos años después estaríamos pensando en cómo producir lugaridad en el marco de la pandemia a razón del virus de la covid-19 que, a muchas/os, nos llevó a permanecer en las inmediaciones de nuestras moradas por una significativa cantidad de tiempo mostrando el agotamiento de ciertas formas de vivir y convivir. A saber, la extensión de la pandemia y, con esta, de los mecanismos mediante los cuales construir sentido sobre la vida, en general, y sobre los espacios habitados, en particular, se tornaron exigentes y desafiantes tareas, tanto para los pueblos como para los mismos Estados nacionales. En gran medida, la vida en la casa llevó a rejerarquizar espacios que habían sido pensados y proyectados para permanencias más transitorias y, en algunos casos, menos versátiles. Como señala Mandoki (2018), el lugar, como un modo significativo de apropiar y afectar los espacios, implica justamente su cuidado. De esta manera, entiendo a las personas que elaboran lugaridades críticas que pueden no permanezcan, ni se prolonguen, pero que dan respuesta y motorizan acciones en momentos críticos.
Con el arribo de la pandemia, la casa, como lugar para el despliegue de la vida social de las personas tomó otro calibre, no solo por su importancia, como ambiente primero de desarrollo y afecto, sino porque las personas comenzaron activamente a pensar dónde, cómo, con quiénes y mediante qué objetos y tecnologías llevar adelante la vida. Los criterios ergonómicos parecieron reemplazar a aquellos estéticos, lógicas de sanitización e higienización se imprimieron en las decisiones consultivas a profesionales, la lógica funcional pareció reescribir los criterios de elección y argumento sobre qué dejar y qué desechar en una vivienda y, con mayor o menor grado de injerencia, el Estado pareció “sentarse” de manera explícita en nuestro living, como un actor garante de las condiciones de existencia.
Puertas de entrada abarrotadas con frascos de alcohol en gel y recipientes con sanitizante, ambientes colmados de cosas de acuerdo con la necesidad y el uso intermitente del barbijo configuraban la constante del intercambio de imágenes con mis interlocutoras. La gestión de la pandemia conllevó la puesta en práctica de microacciones, microcomandos y microprotocolos cotidianos que produjeron nuevos marcos socioculturales para leer, visibilizar y dar valor a acciones que antes no eran visibles para muchos/as. El confinamiento marcó las fisuras vigentes y reforzó algunas grietas a la vez que produjo puentes de entendimiento y de solidaridad. En esta escena, algunos roles de cuidado y crianza, que históricamente fueron desvalorizados y que de manera reciente fueron reconocidos, adquirieron otro cariz cuando esa puesta en valor se dio en el núcleo de lazos familiares y parentales donde anteriormente no habían tenido asidero. Así la convivencia se vio compelida de distintas y variadas maneras.
Entre las familias con quienes realicé mi investigación de carácter etnográfico a distancia, mis interlocutoras declararon haber olvidado cómo comportarse “adecuadamente”: ¿hay que permanecer en la casa con barbijo?, ¿debían ponerse alcohol todo ante cada movimiento de manos? Después que alguien usa el baño, ¿corresponde que lo higienice en su totalidad?, ¿qué pasa si vemos que alguien no hace lo que esperamos? Preguntas que no pararon de brotar de boca de las mujeres con las que realicé trabajo de campo a distancia. Ellas me insistían que nunca habían tenido estas inquietudes, sea en esta casa o en casas ajenas, sentían que su experiencia con la casa y su intimidad había sido interrumpida y debían vincularse y producir apego de otra manera.
(In)movilidad, tensión y puesta en valor de la vivienda
Hacer lugar en casa, hacer lugar para comer, hacer lugar para trabajar, hacer lugar para estudiar, hacer lugar para ver series, hacer lugar para ejercitarse, hacer lugar para generar dinero, hacer lugar para ingresar a una videollamada, hacer lugar para limpiar y desinfectar, hacer lugar a las emociones, hacer lugar al cansancio, también, hacer lugar al acopio de aceite, legumbres y vegetales. “Hacer lugar” fue la locución más repetida por mis interlocutoras para referir a las acciones llevadas a cabo durante los meses de confinamiento en la provincia de Buenos Aires (Argentina). En parte, ellas entendían que “quedarse en casa” era una posibilidad leída como privilegio en un contexto que todavía pone en evidencia distancias y desigualdades sociales (Blanco Esmoris, 2020).
Entre las familias de clases medias metropolitanas de Buenos Aires, las fotografías en redes sociales mostrando la (re)organización de la casa en un primer momento de la cuarentena obligatoria, al pasar los meses, se transformó en una queja constante por “no poder salir”, en los que mensajes en relación con los conflictos y al agotamiento parecieron aflorar. Paradójicamente, a este cansancio se anteponía la acción, como diría Paula Sibilia (2017), de “hacerse visible”. Para Gloria, por ejemplo, su vida cotidiana “fue afectada” por la pandemia y, en consecuencia, tuvo que “resolver individualmente” su rutina y la de su familia.
Desde hace tiempo, a partir de las ciencias sociales, en general y la antropología, en particular, la pregunta por la noción de lugar moviliza a autores/as de distintos puntos del globo (Rapoport, 1978; Augé, 1993; De Certeau, 1996; Mandoki, 2006, entre otros/as). A saber, este interrogante se ha articulado con diversas inquietudes vinculadas con procesos de construcción identitaria y de memoria, mecanismos de integración colectiva, acontecimientos y rituales, la elaboración de una proyección del yo o la constitución de la vida cotidiana y la convivencia. Ahora bien, ¿bajo qué sentidos se puede hacer lugar en tiempos de crisis?
A Gloria y Ariel9, los conozco desde hace mucho tiempo porque con Gloria somos exalumnas de la misma escuela, también en el mismo municipio donde hago mi trabajo etnográfico y practicamos hockey juntas. Cuando inicié mi investigación doctoral en 2015, estaban casados y tenían dos hijos y una hija y transitaban entre lo que se conoce como la “etapa de expansión” (familia nuclear con núcleo conyugal e hijos/as entre 6 y 12 años de edad) y la “etapa de consolidación” (familia nuclear con núcleo conyugal e hijos/as entre 13 y 18 años). Gloria trabajaba cuidando y criando a sus hijos, y Ariel lo hacía en una empresa de la industria del hormigón, construida con sus hermanos. Cuando comencé mi estudio, toda la familia se había mudado hacía unos pocos años a su casa propia que habían construido a tan solo unas cuadras de la Estación de Haedo, en lo que se conoce como Haedo Chico (municipio de Morón).
Apenas entraba a su vivienda, a primera vista, recién habitada, me sorprendió lo espaciosa, abierta y luminosa que era. De estilo contemporáneo, con una fachada de cemento alisado, esta casa de dos plantas era la más alta de la cuadra. Entre sus características se destacaban sus grandes ventanales, la predominancia del color blanco, la apertura propuesta por un open plan concept (concepto abierto) y la flexibilidad de sus ambientes que permitían convertir una sala de estar en una oficina con tan solo mover algunos muebles. Para Gloria, su casa era “su todo”. Ambos disfrutaban de la casa y consideraban que les daba “bienestar”; asimismo, siempre ponderaban positivamente “las bondades” de tener una casa con todo a la vista y con los espacios abiertos.
Entre marzo y agosto de 2020, permanecieron todos en la casa.
Me encanta estar con la familia, no se eh […] compartir cosas diferentes con mis hijos y mi hija, que vean aquello que antes no veían, como que me la paso en casa ordenando y haciendo todo para todos […] digo, me volví más visible […] no que no lo era antes, sino que como que ven ese detrás de escena […] las cosas no se hacen por arte de magia […] Si extraño ciertos silencios, el tiempo para mí que tenía algunas mañanas ahora es como estar a disposición las 24hs […] Ojo, trabajo en mi emprendimiento cuando lo necesito, pero como que no es lo mismo […] no sé como explicarlo. (Mensaje de audio de Whatsapp de Gloria, julio de 2020)
Como vemos en el fragmento del diálogo con Gloria, no se trató de que la familia no supiera lo que ella hacía, sino que efectivamente pudieran notar eso que ella hacía para que todo el andamiaje del hogar funcionara y que sus hijos/a, por ejemplo, jamás habían notado. Quién se ocupaba del aprovisionamiento, de qué sus uniformes estuvieran limpios, aun para las videollamadas, de los regalos, de los pagos, de cuidar el jardín y de muchas otras tareas que parecían resolverse, “por arte de magia”, eran parte del trabajo asumido por Gloria. Sin embargo, esos quehaceres que anteriormente realizaba en su casa, a solas, o con compañía por franja horaria de sus hijos e hija, ahora lo hacía con la presencia de ellos, a la que se le añadían otros pedidos, otras demandas.
Es difícil porque todo es con la gente que te rodea […] digo, te peleas, te reís, sufrís, todo ahí, juntitos y como que a veces canalizas mal las cosas, te peleas con quien no tenés que hacerlo […] o viste eso que antes no era un conflicto y que ahora sí lo es. Por ejemplo, el otro día mi hijo dejó la ropa tirada, no está bueno pero una cosa es que deje la ropa tirada un rato y otra es cuando queda dos días y al otro día mi hija tiene una videollamada ahí y todo queda a la vista, todo se escucha, no hay puertas […]. No está bueno, no sé si es que estoy más intolerante o qué, pero como que no es lo mismo, cuando vamos a la cama esto lo venimos hablando con Ariel. (Videollamada por Whatsapp con Gloria, mayo de 2020)
Como vemos, Gloria señala el modo en que las tensiones se calibran de manera desigual en confinamiento. Un diseño y una arquitectura de la casa que era percibida en términos positivos, se tornaba ahora un impedimento para desarrollar tiempos “para sí” en medio de una movilidad restringida. Conflictos que cambian de contenido y argumento, confusiones con distintas personas de la familia, los problemas de una casa que se vuelve cada vez más pública y abierta y sobre la que los/as observadores pueden emitir alguna opinión o juicio de valor. De igual manera, entre otras de mis interlocutoras, la convivencia, que parecía más una coexistencia, se enfrentaba con hostilidades nunca vistas y expresadas como limitantes en la morada.
Cuando inicié mi trabajo de campo en 2015, Rosa (58 años) y Oscar (61 años)10, se encontraban en lo que los estudios sociodemográficos llaman “etapa de nido vacío” (aludiendo a una pareja mayor sin hijos/as viviendo con ellos)11. Ellos organizaban sus tiempos de acuerdo con el trabajo, el ocio, realizando salidas esporádicas con alguna pareja amiga, y sus quehaceres en la casa. Entre idas y venidas, procuraban mantener “a flote” su casa, localizada en El Palomar (a menos de dos kilómetros de la Estación de Ferrocarril en Haedo), zona que Rosa insistía en llamar “Haedo Norte”. La “casa propia” de Rosa y Oscar, donde antaño criaron a su hijo Franco (profesor de Educación Física, 27 años) y a su hija Carla (estudiante universitaria, 26 años), se caracterizaba por la presencia de puertas y paredes que dividían tanto los ambientes como las funciones de las habitaciones. Se trataba de una construcción de al menos tres décadas, donde materiales como madera maciza, chapa y pvc irrumpían dentro de una espacialidad fragmentada de la que paulatinamente me manifestaron querer irse.
Estoy todo el día con mi marido, antes él se iba todo el día a la oficina y yo, bueno, hacía las cosas de la casa y después me iba a vender mis productos […] no estábamos juntos día y noche […] ahora la dinámica es otra. Yo noto que discutimos muchísimo, hay bastante tensión y eso que como los chicos se fueron de casa, estamos solos; digo, tenemos cuartos, podemos estar lejos uno del otro si lo necesitamos, pero es como que ninguno tiene su lugar. Antes nos llevábamos muy bien, imagínate, las décadas que llevamos juntos, pero esto es intenso, gracias a Dios que tengo cuartos y puertas, te digo, vos sabes, yo odiaba eso y, ahora, que bien que nos vino. (Llamada telefónica con Rosa, mayo de 2020)
Rosa destaca positivamente su casa y el modo en que la fragmentación espacial le posibilitó sobrellevar, de alguna manera, su vida e intimidad. Esta microgestión de las rutinas no implicó que no se producieran tensiones, en su caso, con cierta recurrencia, pero sí posibilitó que cada uno tuviera un espacio específico para desarrollarse.
Conclusiones
En América Latina, crisis sobre crisis pareciera ser la constante de una experiencia capilar que se vuelve inteligible la crudeza y complejidad recurrente de “hacer vida” o, como señalan mis interlocutoras, de “hacer lugar” en contextos socioeconómicos y sanitarios en tensión. Esta referencia persistía porque, como decían, “estar en casa”, a razón de la medida de confinamiento, les demandó apropiar y usar el espacio de modo diferencial y afrontar quehaceres y tareas de cuidado en una temporalidad extendida e incierta que puso a prueba su convivencia.
A partir de mi trabajo cualitativo de enfoque etnográfico y valiéndome de herramientas de la etnografía digital, indagando la vida cotidiana de familias de clases medias que residen en el municipio de Morón (Buenos Aires, Argentina) pude comprender las diferencias entre las percepciones y las valoraciones de mis interlocutoras sobres sus casas y sobre sus ambientes, a la vez que identificar la presencia de tensiones y conflictos cuando se prolonga la permanencia en la casa por una temporalidad distinta a aquella que le dio sentido y organización primeramente. Asimismo, me detuve a observar cómo la vida doméstica se carga de sentidos y valoraciones donde acciones y discursos se fijan moralmente, produciendo modos de dividir y leer el mundo social que se articulan a ciertas materialidades más continuas o más fragmentadas.
“Hacer lugar”, como respuesta práctica de una cotidianidad compleja y asfixiante, constituyó una herramienta de producción de lugaridad (Mandoki, 2018), entre mis interlocutoras, en el que su argumento estaba fuertemente puesto en el cuidado de sí y de otros/as, la permanente reflexión sobre el tipo de conflicto suscedido en la casa, sobre las decisiones habitacionales previas, sobre las continuidades o fragmentaciones de los espacios volvieron legibles modos posibles de pensar lo que llamo lugaridades críticas en contextos profundamente hostiles y ajenos. La producción de una lugaridad crítica entiende el sentido del cuidado, de la curaduría afectiva y simbólica sobre los espacios significativos y, a la vez, se hace cargo de los conflictos que se enmarañan en tales búsquedas.
Este artículo no tiene recetas, no tiene soluciones, ni tampoco un plano arquitectónico que indique dónde va o dónde se encuadra tal o cual pieza, lo que si trae son reflexiones, voces, preguntas y sentidos críticos que las mismas personas pudieron elaborar en el marco de incertidumbres estructurales. Tal vez, estas líneas puedan aportar interrogantes o perspectivas para seguir pensando los modos en que producimos lugaridades críticas más acá y más allá de nuestra querida América Latina.
Referencias
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Notas
Autor notes
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