Pliegos sueltos

Félicité

Gary Victor 1

Félicité

Cuadernos de Literatura, vol. XX, núm. 39, pp. 456-463, 2016

Pontificia Universidad Javeriana

La noche acababa de triturar el día en sus oscuras fauces. Pero me parecía que el corazón de la ciudad seguía latiendo, ahí en la calle Lysius Félicité, especie de vereda donde los muros y las fachadas de las tiendas desaparecían bajo pilas de tablas de madera para construcción, montones de material eléctrico y electrodoméstico. Uno tenía la impresión de haberse zambullido en el universo de un merchante demente capaz de proveerte la más improbable mercancía. La calle, o mejor dicho la vereda, en estos tiempos de racionamiento eléctrico, estaba iluminada con lámparas de kerosén o simplemente con trozos de madera de pino cuyas llamas vacilaban dentro de potes de plástico recortados con hojillas de afeitar. Regresaba aquí exactamente veintiocho años después, día por día, o más bien noche por noche, para estar seguro de que lo que yo había vivido aquí, mi última noche antes de mi doliente exilio, no había sido un sueño ni un recuerdo forjado por una imaginación que mis allegados siempre habían considerado como desbocada. Aquella última noche en la calle Lysius Félicité quedó marcada en mi alma y mis carnes. Después, mis relaciones con las mujeres no fueron sino insulsos intercambios que siempre traían a las playas de mi memoria, en borrascas dolorosas, aquellos momentos tan excepcionales brindados por Félicité.

Los mismos olores habían asediado mi nariz en la calle Lysius Félicité, los mil y un olores del mercado Salomon:[1] olor a lodo e inmundicias, olor a especias, olor a verduras que venían de las alturas del cerro Hôpital, de Kenscof y de Furcy; olor discreto a albahaca, toronjil, lima, pescado, carne averiada; olor a productos cosméticos; olor a las tablas de madera para construcción que ocupaban toda una parte de la calle; también olor a orines y excrementos humanos y animales provenientes de aquel mercado cuyos sobrantes chorreaban por las calles aledañas. Igual que la última vez que deambulé por la calle Lysius Félicité, me dio vértigo por un instante frente al muestrario, en esa callejuela estrecha, de todo lo que la ciudad podía consumir en su bulimia. Yo avanzaba, sin embargo, reconociendo la tienda de material eléctrico donde había visto, aquella noche, veintiocho años atrás, un ventilador de pared que me habían robado, ventilador mural con el que me entretuve, una noche de aburrimiento, escribiendo en sus palas, con tinta china, versos de Aragon. Mi amigo Jean Milien, quien me arrastró en aquella oportunidad a la calle Lysius Félicité, me había tomado por el brazo con firmeza.

—Hay algo más importante que hacer esta noche, Paul, tu última noche en Puerto-Príncipe. Conocer a Félicité.

De haber sabido entonces que esa aventura iba a dejarme marcado durante toda mi vida, habría sido más reticente ante la escapadita propuesta por mi amigo. Para mí los prostíbulos solo tenían un interés mitigado. Bastaba explorar uno para conocer todos los demás. Pero Jean Milien me había jurado que no existía ninguno como este en ningún otro lugar, de tan original que era su concepto. Yo pensé simplemente que mi amigo me arrastraba en su decadencia, pues a veces sus delirios etílicos le hacían tomar la bosta de vaca por pepitas de oro.

—No te vas a arrepentir, Paul. Te lo aseguro.

Así, nos metimos por una vereda abriéndonos paso entre cestas de verduras y papas. Así llegamos hasta el ala sur del mercado. Entonces vi a una mujer de edad indefinida, de rostro insignificante, sentada en una silla baja, fumando una pipa de terracota. Junto a ella había un gran canari con su tapa encima. Lo que nosotros solemos llamar canari era una especie de gran cántaro de terracota, como un ánfora sin asa. Ese gran envase de terracota también se llamaba jarrón.

—Ahí está Félicité —me susurró Jean Milien—. Tienes suerte, aún no ha llegado nadie. Pero espera a que sea un poco más tarde, habrá cola.

—¿Y dónde está el prostíbulo del que me hablaste? —le pregunté, mientras examinaba el lugar.

—¿Has traído las 33 piastras?

Jean Milien me había recomendado que llevara la suma exacta. Aquella Félicité de la que me hablaba en términos tan expresivos exigía siempre ese monto exacto. Si no, había que irse a otra parte, sin posibilidad de ablandarla.

—Anda a verla —me dijo Jean Milien.

—¿Yo con esa mujer horrorosa? ¡Jamás! —protesté, horrorizado.

Jean Milien soltó la carcajada.

—Te digo que ella es la encargada. Le das el dinero y esperas.

—Si es una broma, Jean Milien, nuestra amistad se acabó para siempre.

Jean Milien se puso serio.

—Es tu última noche en Puerto-Príncipe, Paul. Te traje hasta acá porque quiero que descubras algo importante. Anda, pues.

No debí haber ido. Yo no había bebido, podía fácilmente dar media vuelta y regresar a mi casa para terminar de hacer mis maletas. Pero mi amigo me observaba con una mirada tan intensa que tuve la perturbadora impresión de hallarme cerca de una frontera por la que uno podía entrar en un universo insospechado. Así pues, di el paso.

—Aquí los secretos quedan entre tú y Félicité —me dijo la encargada con voz que parecía una ola viniendo a morir en la orilla—. A menos que traigas a otro hombre contigo.

Repentinamente, me sentía fascinado por esa mujer. No llevaba puesta ninguna joya. Solo iba vestida de un vestido de tela azul. Emanaba de ella un olor a perfume barato que apenas si disimulaba el tufo ácido de su sudor. Nada la distinguía demasiado de otra comerciante de la zona. Busqué con la mirada la entrada de lo que debía ser el prostíbulo. No vi nada en el sofocante recinto de aquel mercado, excepto los cuerpos de unas mujeres que dormían sobre los puestos someramente convertidos en dormitorios. No será que para saciar el deseo de un hombre esta Félicité va despertar a alguna de esas pobres mujeres deslomadas por su jornada laboral, pensé...

—Dame el dinero —ordenó Félicité.

Le entregué las treinta y tres piastras, tal como me lo había explicado Jean Milien. Luego, Félicité levantó la tapa del canari.

—Entra —me dijo.

Creí que era una broma.

—Entra —insistió.

No sé qué me ocurrió entonces. Tal vez Félicité me había hipnotizado. Me vi a mí mismo caminando hacia el canari para meterme por la boca de la vasija como si de repente me hubiera transformado en una creatura reptiliana. Enseguida me encontré metido hasta la cintura en especie de charca alimentada por una caída de agua que caía de una colina llena de verdor. A través de una cortina acuática descubrí unas mujeres desnudas que se perseguían, riendo a carcajadas. Una de ellas, al verme, dejó a sus compañeras para acercarse a mí. Era una mujer de una hermosura jamás imaginada, ni siquiera en mis más locas ensoñaciones de adolescente. Ya no llevaba puesta mi ropa, desaparecida por arte de no sé qué magia. Pensé que estaría soñando. Sería que Félicité me había administrado, sin que yo me enterara, alguna sustancia alucinógena. Sería su pipa. Así era yo, siempre buscando una explicación lógica para todo. El cuerpo de la mujer vino a pegarse contra el mío, sus labios se apoderaron de los míos, unos labios que me dieron simultáneamente la impresión de convertirme en lava en fusión y la de estar saciándome con una especie de frescor que me dieron ganas de fundirme en el agua de la caída. Enseguida me sentí poseído por un deseo telúrico. Tuve la sensación de transformarme en millones de gotitas de agua cayendo de lo alto de la colina. Lo que viví entonces, quedé por siempre en la imposibilidad de explicarlo: ya no tenía pene, todo mi cuerpo había devenido en un sexo que aquella mujer engullía en su boca de agua. Fui a la vez ella y yo, la caída de agua y la colina, la tierra y la luna, la tierra y el sol, la luz y las tinieblas. Mi orgasmo tuvo la forma de una caída sin fin en un túnel de sensaciones cataclísmicas que me propulsaron, por ultimo, sobre una escala musical pintada por rayos de luna para guiar la sinrazón

de un tamborilero que, en cada nota, inyectaba una lluvia de chispas eléctricas en el circuito de mis nervios. Grité, incapaz de soportar tanto goce. Mi grito cruzó el firmamento cual meteoro, poniendo en celo a un rebaño de homínidos en un mundo al comienzo de su historia, despertando un volcán apagado desde hacía siglos, haciendo chorrear el sexo de un ejército de monjas emparedadas en un convento secreto en algún sitio dentro de las entrañas de la Tierra. Mi placer explotó por cada uno de los poros de mi cuerpo. Simultáneamente, el canari me eyaculó en un chorro breve. Caí pesadamente a los pies de Félicité. Me levanté, extraviado, con el cuerpo estremecido, palpándome febrilmente con las manos, extrañado de sentir la tela de mi ropa, avergonzado por mi enorme erección. Félicité ni me miraba. Fumaba su pipa, mirando hacia otro lado, como si el placer que yo acababa de descubrir fuera un dato ajeno a su mundo.

Jean Milien se me acercó, moviendo la cabeza con expresión de entenderlo todo. Lo empujé con violencia y hui como si el mercado Salomon y la calle Lysius Félicité fueran una guarida de demonios.

Ahora regresaba para buscar a Félicité. Iba solo. Después de dejar Haití, nunca tuve la oportunidad de volver a ver a Jean Milien. Desapareció unos años después en las cárceles de la policía política duvalierista.

Me orienté hasta el lugar donde me había encontrado con aquella asombrosa encargada. En su lugar vi a una mujer, joven aún, con una abultada barriga, que comía concienzudamente, hundiendo un cucharón de madera en un gran plato de arroz. Había unos jarrones a su alrededor. Pero ningún canari. Le dije buenas noches. Apenas si me miró al contestarme. Le dije, un poco intimidado, que buscaba a una mujer llamada Félicité a la que conocí en ese mismo lugar, veintiocho años atrás. Ella dejó de comer, me apuntó con su cucharón lleno de arroz y exigió que me largara. Vi varios cuerpos moviéndose en los puestos del mercado. Varios pares de ojos me observaron con una mezcla de asombro y hostilidad.

—Maldición —susurró una voz.

—Maldición —susurró otra.

Un coro de voces femeninas repitió acompasadamente: “Maldición, maldición, maldición...”. Retrocedí, asustado y salí huyendo por otra vereda, como si me persiguiera una cohorte de comadres para hacerme comprender que aquí no era bienvenido. Desemboqué en la calle Lysius Félicité. Lo que acababa de ocurrir por lo menos me confirmaba que Félicité no era un espejismo forjado en lo hondo de mis recuerdos. El exilio suele plasmar en pasado mil cosas que dan justificación y consuelo en presente. Me paré en pleno centro de la calle, aturdido de nuevo por la profusión de imágenes y el carrusel de olores que emanaban de esa calle. Entonces, alguien me tocó el hombro. Al voltearme vi a una mujer que llevaba bajo el brazo una gran ponchera de aluminio. Unos vasos también de aluminio colgaban del borde de la ponchera.

—¿Tienes sed? —me preguntó—. Vendo agua.

Su presencia me pareció extraña en una época en la cual la ciudad estaba repleta de botellas de plástico.

—De agua, no —le contesté—. Tengo sed de recuerdos.

—¡Sed de recuerdos! —se extrañó—. Es la primera vez que veo a alguien con sed de recuerdos.

—Estoy buscando a una mujer llamada Félicité. La conocí aquí, en el mercado Salomon, hace veintiocho años.

—¿Qué vendía?

Me costó conseguir las palabras adecuadas.

—Era la encargada de un prostíbulo... Un prostíbulo dentro de un canari.

Ella me miró, estupefacta.

—¡Un prostíbulo dentro de un canari!

Se alejó, alzando una mano al cielo.

—¡Un hombre buscando a la encargada de un prostíbulo dentro un canari! —vociferó—. Habrase visto... ¡Pero Jesús vencerá!

Estuve a punto de decirle que se callara, que no delatara mi busca insólita por la calle Lysius Félicité. Sin embargo, fue gracias a ella que llegué a conocer el fondo del asunto. En la entrada de un callejón entre dos tiendas, un soldador trabajaba sin lentes de protección, una lluvia de chispas envolvía su cabeza como con una aureola. Apagó el soplete y me hizo una señal con la mano para que me acercara, cosa que hice sin vacilar pues cuando se anda en busca de Félicité, no hay que descuidar nada. Hizo unos gestos con la mano, los dedos, la boca. Comprendí que era sordomudo. Como yo practico muy bien el lenguaje de los sordomudos, empecé a conversar con él.

—¿Es verdad que buscas a la mujer que se encargaba de un prostíbulo dentro de un canari? —me preguntó.

Me percaté de que también era tuerto. Un derrame de fuego había devorado el lado izquierdo de su rostro, incluido el ojo. Pese a esa mutilación, su rostro todavía conservaba una belleza que acaso tenía que ver con alguna llama interior.

—Se llamaba Félicité —le dije por señas.

—Aquí nadie quiere saber nada de ella —me advirtió el soldador—. Aquella noche todos nosotros estuvimos a punto de morir por culpa de ella. En realidad, no tenía la culpa. Pero un prostíbulo en un canari... Forzosamente, aquello tenía que terminar mal.

—¿Qué le pasó, a Félicité?

—Una noche, probablemente por efecto de algún sortilegio, uno de sus clientes, casado con una fiyét Jalo[2], Madame Jobert, contó mientras dormía sus placenterías en el canari. Madame Jobert era una mujer que llevaba el pantalón bien puesto, por eso había llegado a ser fiyét Jalo. Cuando la veían desfilar por las calles con su uniforme azul, machete y revólver al cincho, decían: “¡Qué hombre!”. Hasta corrían rumores de que le gustaban sobre todo las mujeres. Y que ninguna era tan celosa. Aquella noche llegó adonde Félicité y esta, quién sabe por qué, no se dio cuenta de que la persona que le entregaba las treinta y tres piastras no era un hombre sino una mujer.

—¿Y qué pasó?

—El canari de Félicité explotó, inundando de agua el mercado, como si la quebrada de al lado, Bois de Chêne, se hubiera desbordado, siendo que aquella noche no llovió en absoluto, según dijeron todos. Algunos comentaron que Félicité fue arrastrada por las aguas. En todo caso, desde entonces nadie volvió a verla.

—¿Y la fiyét Jalo, Madame Jobert?

—No salió del canari. Al día siguiente, un destacamento de tonton macoutes[3] se presentó en el mercado siniestrado, interrogando a la gente sobre el origen de esa repentina inundación proveniente de la nada y queriendo averiguar sobre todo qué había pasado con Madame Jobert, pues era el último lugar donde se había visto viva a la miliciana. Algunos ciudadanos recibieron una paliza. Fue en vano: nadie pudo explicar nada. Finalmente, el asunto quedó archivado. No se volvió a hablar de Félicité ni de su canari.

El hombre se me acercó un poco más, como para que un posible observador no pudiera ver lo que iba a decirme por señas. Al mismo tiempo me sofocó su olor a carne quemada.

—Era una maldición, el canari de Félicité. Ningún hombre debería conocer semejante felicidad porque, después, solo le queda el dolor del recuerdo. Yo sé lo que digo.

Lo miré con interés. Su ojo único desvió la mirada.

—¿Qué pasó con el hombre causante de aquel desastre? El hombre que habló mientras dormía, cuando debió guardar el secreto.

Entonces, el soldador no pudo aguantar su rabia.

—Te dije que la causa de aquello fue el sortilegio de una mujer. ¡Madame Jobert era mi mujer!

Yo lo observé, asombrado.

Él lanzó un escupitajo hacia un montón de inmundicias.

—De todos modos, pagué por centuplicado, pero yo no tenía la culpa. Perdí a Félicité y me convertí, aquella misma maldita noche, en lo que soy ahora: mudo y sordo. ¡Qué porquería, aquel canari!

Me dio la espalda para regresar a su labor. Me fui de ahí, a pasos cargados con el lodo de la calle Lysius Félicité. A pasos más cargados aún con el recuerdo de aquella mujer que, bajo la caída de agua, dentro del canari de Félicité, me dio un placer que no era de este mundo. La vendedora de agua me vio cuando crucé la avenida Magloire Ambroise para recuperar mi auto, y se rio como una loca, señalándome con el dedo: “¡Un hombre buscando a la encargada de un prostíbulo dentro de un canari! Habrase visto... Pero Jesús vencerá”.

Notas

[1] (Nota de la traductora). Mercado Salomon: la calle Lysius Félicité bordea por el este el mercado Salomon, gran mercado público ubicado en la parte Sur de Puerto-Príncipe.
[2] (Nota de la traductora). fiyét lalo: miliciana paramilitar durante el régimen de los Duvalier.
[3] (Nota de la traductora). tonton macoutes: milicianos paramilitares que sostenían la dictadura duvalierista.

Notas de autor

1 Gary Victor (Haití, 1958) es agrónomo de formación, oficio que le permitió conocer a fondo la vida rural haitiana. Empezó a escribir cuentos y crónicas en 1976, así como numerosos artículos acerca de la cultura, la política y la sociedad de Haití. Ha publicado una decena de novelas: Clair de Manbo (1990), La piste des sortilèges (1996), Le diable dans un thé à la citronelle (1998), A Vangle des rues parallèle (2000), Les cloches de La Brésilienne (2006), Banal oubli (2008), entre otras, que retratan con ironía mordaz y gran desencanto la sociedad contemporánea de Haití, explorando los procesos de descomposición social, corrupción oficial, violencia criminal y mezclando la realidad con la dimensión mágica de una isla profundamente marcada por la cultura cotidiana del vodú. Pero a pesar de su visión pesimista, en sus historias y sus personajes siempre queda un resquicio para la esperanza, para el sueño de salir algún día de la miseria moral y material en la que sobreviven los haitianos desde varias generaciones. Es un escritor muy leído en Haití y también muy conocido por sus programas de radio y de televisión. Forma parte de los intelectuales haitianos que luchan para que las nuevas generaciones mantengan la fe en el país. Ha ganado varios premios literarios importantes en la literatura francófona, y en 2012 ganó el Premio Casa las Américas por su novela Le sang et la mer. Su traducción al créole de El Principito de Saint- Exupéry iue el libro más vendido en Haití en 2011.
2 Amelia Hernández M. es periodista y traductora venezolana, nacida en Francia, graduada en la Universidad Central de Venezuela y el Institut Français de Presse. Reportera y redactora desde 1979 hasta 1998 principalmente en el diario venezolano El Nacional y en la Emisora Cultural de Caracas. Traductora desde 1994 de una treintena de libros (Arthur Rimbaud, Marguerite Duras, Guy de Maupassant, Jacques Attali, Henry Troyat, Mircea Éliade, Jacques Stephen Alexis, Édouard Glissant y Bella Josef, entre otros) para Monte Ávila Editores Latinoamericana, Biblioteca Ayacucho, Bid and Co y Convivium Press. Co- fundadora del Taller de Traducción de Monte Ávila Editores Latinoamericana. Correo electrónico: ameliahernandezm@gmail.com
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