Notas

El narcotráfico como mundo de machos: imaginarios de lo masculino en Cartas cruzadas y El ruido de las cosas al caer

Drug Traffic as the World of Machos: Imaginaries of the Masculine in Cartas Cruzadas and El Ruido de las Cosas al Caer

O narcotráfico como mundo de machos: imaginarios de o masculino em Cartas cruzadas e El ruido de las cosas al caer (O barulho das coisas quando cair)

Luz Marina Rivas *
Pontificia Universidad Javeriana, Colombia

El narcotráfico como mundo de machos: imaginarios de lo masculino en Cartas cruzadas y El ruido de las cosas al caer

Cuadernos de Literatura, vol. XXI, núm. 41, pp. 303-313, 2017

Pontificia Universidad Javeriana

Cómo citar este texto

Rivas, Luz Marina. “El narcotráfico como mundo de machos: imaginarios de lo masculino en Cartas cruzadas y El ruido de las cosas al caer. Cuadernos de Literatura 21.41 (2017): 303-313. https://doi.org/10.11144/Javeriana.cl21-41.nmmi

Los estudios de género iluminan la producción literaria como discurso que representa los imaginarios sociales; en particular, las conductas resultantes de esos consensos sin palabras que determinan actitudes, comportamientos y valores en el intercambio social, en sintonía con correlatos en la ficción narrativa. La presente propuesta analizará la construcción de las masculinidades en dos obras de escritores colombianos: Cartas cruzadas (1995), de Darío Jaramillo Agudelo, y El ruido de las cosas al caer (2011), de Juan Gabriel Vásquez. En ambas obras, en las cuales el narcotráfico aparece como inevitable para la sociedad colombiana del siglo XX, se muestra la transformación de los personajes, no solo por sus ansias de poder, sino también por la profundización al extremo de modelos androcéntricos heredados del patriarcado. Estos, aparentemente atenuados en individuos de clase media que corresponden a las sociedades urbanas contemporáneas, se exacerban en el mundo del narcotráfico que se recrea en estas dos novelas pertenecientes a escritores de distintas generaciones.

Cartas cruzadas, de Darío Jaramillo Agudelo, es una novela epistolar que representa a la generación colombiana de la década de los setenta, cuya adolescencia estuvo marcada por los cambios de la década anterior. Por medio de una nutrida correspondencia que abarca los primeros años de esa década y los inicios de los ochenta, conocemos las vidas de Luis, profesor universitario de Literatura; Esteban, periodista deportivo; Raquel, periodista gráfica y pareja de Luis; Claudia, hermana de Raquel, y Juana, médica en Nueva York, quienes constituyen una pareja lesbiana. Se trata de jóvenes urbanos, con educación universitaria, la mayoría de ellos migrantes, bien sea a la ciudad de Bogotá, desde Medellín, el terruño natal, o a la de Nueva York, desde Colombia. A las cartas se añaden también entradas del diario de Esteban.

El logro estético de esta novela es una particular estructura en la que se tejen las subjetividades de las cartas de los distintos personajes y el diario de Esteban. Cada uno de ellos va desarrollando un estilo propio de acuerdo con su personalidad. La escritura epistolar, impregnada de la espontaneidad de la lengua oral, más ciertas imágenes poéticas que se originan como resultado de la introspección de un género de la intimidad, construyen personajes complejos y conmovedores.

Los protagonistas comparten un ansia de modernidad que se traduce en la necesidad de romper vínculos con sus familias de origen y con las formalidades conservadoras propias de la sociedad antioqueña de hacendados. Así, le dirá Raquel a Juana acerca de sus años estudiantiles, en los que había tomado la decisión de tener una relación no tradicional en la que convivía con su novio Luis sin casarse: “Viviendo en Bogotá, además, teníamos la ventaja de no llevar el peso de la vida con nuestras familias, las visitas, los compromisos, las llamadas. La familia era algo que quedaba muy lejos, allá en Medellín, mientras nosotros habitábamos en nuestro cielo privado” (48).

En contraste, una sociedad conservadora queda representada en el padre de Raquel y en su hija menor, María, o en Cecilia, hermana de Luis: ambas comprometidas con novios empresarios exitosos, buenos partidos, en fiestas y con bodas tradicionales posteriormente; ambas mujeres dedicadas por entero a sus funciones de esposas respetables. Esto representa un choque de visiones de mundo, como el relatado por Raquel cuando se presenta a la fiesta de compromiso de su cuñada, Cecilia, vestida con un bluyín y una blusa a cuadros. Los jóvenes protagonistas, a lo largo de sus vidas universitarias, se abren a otras costumbres, a otros gustos. Leen a Julio Cortázar y escuchan a Duke Ellington. Tienen oportunidades de estudiar en el exterior y de conocer otros modos y costumbres en Nueva York. Dice Raquel, en una carta fechada el 30 de noviembre de 1983, acerca de aquellos primeros años setenta:

Luis y yo —hijos de nuestro momento— nos impregnamos de esa atmósfera espiritual, heterogénea y contradictoria, pero no militamos en ninguna de las rebeldías uniformadas de la época; ni hippies de la calle 60, ni guerrilleros, ni siquiera devotos de los círculos de estudios, tediosos ritos en los que un gurú que leía a Carlos Marx en voz alta, lo iba acotando con la interpretación más verdaderamente verdadera de la que era inútil disentir, sustituto de la misa dominical y del dogma católico. Éramos, cada uno a su manera, una mediana nueva clase profesional, bastante apáticos, desconfiados de todo credo colectivo, los mismos que ahora ni van el domingo a la iglesia, ni votan en el día de elecciones. (46)

Es precisamente en esta clase media, más relajada en sus costumbres, inserta en una cultura más global, que se sitúa el origen de la protagonista de esta novela. Las mujeres comienzan a tener una mayor libertad sexual, como cuando Raquel le comunica a su padre que ha decidido vivir con su novio, lo cual el padre, católico y conservador, acepta, a pesar de que lo que más le interesa conocer del novio está relacionado con sus apellidos; o como cuando Claudia vive abiertamente su lesbianismo. Igualmente, las mujeres comienzan masivamente a estudiar carreras universitarias. Raquel es estudiante de periodismo, a pesar de supeditar su desarrollo profesional a las necesidades de Luis. Se irá a Nueva York sin terminar su carrera, pero allí se dedicará a estudiar reporterismo gráfico y se desarrollará como fotógrafa. Las relaciones entre los géneros, para estos jóvenes, son más equitativas. En el intercambio de correspondencia que entablan Luis y Esteban, este comentará cómo su generación es la última que se inicia sexualmente en los prostíbulos, luego de la aparición de los anticonceptivos, y cómo las prostitutas atenderán apenas a los hombres que “gustan de las putas” (15) o a los turistas que no tienen tiempo para la seducción. Más de una vez, Esteban declarará su aversión a ser un violador. Más bien, prefiere ser un seductor. El modelo de masculinidad de Luis y Esteban tiene mucho de la revolución sexual de los sesenta. La pasión amorosa de Luis por Raquel y la pasión sexual de Esteban por Carlota, su compañera ocasional, están aparejadas con la idea del consenso en las relaciones de género. Esta clase media educada, profesional, abierta a la modernidad, se irá presentando en la novela como un medio propicio para el surgimiento del narcotráfico, a pesar de que no se salven otros sectores sociales tampoco.

Al comienzo de la novela, las drogas son para estos jóvenes objetos de consumo que hacen parte de la cultura urbana. Las conocen en las fiestas a las que asisten; prueban la marihuana, hierba de la que encontraremos una defensa, pues resulta tan inofensiva como el alcohol para Esteban y Luis, quienes están de acuerdo en que podría ser tan legal como este. La cocaína y el alcohol son los vicios con los que Claudia escandalizará a su familia, hasta que, tras su confesión de ser lesbiana, el padre la enviará a Nueva York, en donde comenzará una vida de pareja con Juana.

En algún momento, el lado oscuro y violento del narcotráfico se irá acercando de manera más contundente. El padre de Raquel es obligado a vender su finca de Antioquia a diez veces el precio calculado, por un desconocido que llega en un Mercedes Benz. Ante su vacilación y la excusa de que se necesita la firma de la esposa que lo ha abandonado quince años atrás, el hombre lo amenaza. Deberá conseguir la firma de esa esposa para que ella siga siendo una mujer separada y no una viuda. La venta se concreta y don Rafael dejará tras de sí los escrúpulos que le quedaban, al aceptar ser dueño de tres apartamentos que los compradores le ofrecen en el complejo de edificios que será construido en lo que fueron los terrenos de la finca.

Por otra parte, nuevos sujetos sociales aparecen. En una carta que Esteban recibe cuando hace su doctorado en Nueva York, Luis le advertirá preocupado acerca de cómo son reclutadas las mulas del narcotráfico:

cuentan cuentos horrorosos de las mulas, la gente que pasa cocaína de contrabando por los aeropuertos. Se repite la historia del paquete que alguien le entrega al pasajero con el encargo de que ene-ene lo recibe acá. Por favor, Juan Estema, no le traigas encomiendas a nadie. (243)

Llama la atención en estos personajes que el negocio del narcotráfico, en un principio, resulte tenebroso, mientras que el consumo es plenamente aceptado. En el inicio de la correspondencia, Luis lo vincula a grandes artistas como John Lennon o Mick Jagger, aun cuando los consumidores de la universidad le resulten mediocres. Hay también una actitud de tolerancia frente al consumo de cocaína de Claudia.

Más adelante, Esteban se hará consumidor de cocaína como un antídoto para la soledad. Hijo tardío de dos padres millonarios, poseedores de muchas empresas de Medellín, resiente el abandono de ellos desde la infancia y busca en el sexo un sucedáneo del amor. A la muerte de sus padres, resulta ser el más favorecido de los herederos, y siendo ya millonario, se dedica a complacer los gustos de su familia elegida: Luis, Raquel, Juana, Claudia y su hijo Boris. Ello produce un cambio radical en Luis, una grieta, dirá Raquel. La generosidad desmedida con que Esteban llena a sus amigos de regalos y de experiencias, como alojarse en un hotel de cinco estrellas, corroe a Luis. Luego de una vida de estudio y esfuerzo que le permitió llegar a ser profesor universitario, y de su austeridad como estudiante de postgrado, comienza a necesitar con desesperación “hacer dinero”. Finalmente, Luis caerá en las redes del narcotráfico como vía para hacer dinero fácil y lograr lo que Esteban ha conseguido por herencia. Su cuñado, Andrés Zuluaga, el Pelusa, lo iniciará en viajes ilícitos para llevar dinero ilegal a los Estados Unidos, a pesar de las advertencias en contra hechas por Esteban una y otra vez, y también a pesar de que él mismo se había horrorizado al conocer el negocio de las mulas del narcotráfico. Lentamente, la novela irá preparando el momento: primero, los amigos discuten acerca del contrabando como modo de vida de los ricos y los nuevos ricos en Colombia. Luis parece defender el tráfico de drogas contra Esteban. Más adelante, una carta de Esteban narra cómo un compañero de escuela, Zuttiani, trabaja contando grandes costales de billetes de origen ilícito, y Raquel descubre en Bogotá que los viajes de Luis para dar conferencias en distintas ciudades colombianas son, en realidad, viajes a Miami.

Frente a la nueva realidad, Raquel tendrá una gran resistencia, frente a un Luis que renuncia a la universidad y se entrega al alcohol; un Luis que se presenta en su casa acompañado de matones con pistola y del cuñado, Pelusa, con cadena de oro en el cuello; un Luis que le regala un ostentoso apartamento, decorado de manera estrambótica; que rompe su monogamia en sus viajes con mujeres de una noche, y que defiende la cocaína con el argumento de que muchos alimentos y sustancias dañinas son legales. Raquel describe los cambios de su hombre:

Él comenzó a cambiar. De hábitos, de tareas, de vestuario, de humor, de gestos, de manera de moverse. Un cambio de piel, una metamorfosis. No era el mismo que yo amaba antes y su transformación no me gustaba y mi corazón vacilaba ante ciertos destellos momentáneos de su nueva y desconocida personalidad. Cierta sonrisa perversa, típica del nuevo Míster Hyde, el color subido de la camisa, cierto nuevo desparpajo, notoria propensión al sarcasmo, algún destello que atraía la atención de los desconocidos. (533)

Estas observaciones de Raquel resultan más sutiles que las que describen el estereotipo del narco machista, encarnadas en el Pelusa, pero Luis no puede escapar del todo de una modelización del macho en el mundo del narcotráfico. La exhibición de las pistolas de sus amigos, de sus carros; la manera de vestir que lo aproxima a sus nuevos socios; la piel tostada y los pantalones blancos, son formas de asumir la masculinidad que, como la feminidad, resulta una modelización social: un producto de la presión del grupo. Los cambios percibidos por Raquel tienen que ver con una suerte de pérdida de la personalidad y con cambios en la forma de mostrar su hombría, traducida en el lenguaje del cuerpo. Se trata de un modo de ser hombre puesto a prueba, que se legitima con actitudes del cuerpo, formas de actuar y relacionarse y hablar. En su libro de 2005, La Cecla, un estudioso de las masculinidades, ha analizado cómo estas se construyen con actitudes. Dice: “El género es una práctica, o sea, algo que se modela con la práctica. La masculinidad, lejos de ser una categoría rígida e inmóvil, es, por el contrario, una identidad que tiene fluctuaciones y variaciones” (60).

Explica Teresa Díaz que el narcotráfico es un mundo de hombres, en el que las mujeres pueden ser mulas u objetos sexuales, salvo excepciones como Teresa en La reina del sur (2002), de Arturo Pérez Reverte, o la sicaria Rosario Tijeras (2005), de Jorge Franco. En Cartas cruzadas, Raquel es obligada a aceptar su situación de mujer de un narco, que guarda silencio y se hace cómplice, aun en contra de su voluntad. Cecilia, hermana de Luis y esposa del Pelusa, comparte el negocio con su esposo y es sometida a vigilancia policial extrema luego del asesinato de este. Las dos mujeres terminan corrompidas por la industria ilegal.

Pronto, Raquel iría cediendo, comenzando con la amenaza del Pelusa, que oprime su brazo con fuerza en el aeropuerto y le hace saber que, como mujer de Luis, está comprada también por la mafia del narcotráfico. A pesar de sus escrúpulos, de haberse negado a cohabitar con Luis en la nueva vivienda, termina por aceptar los regalos, las cuentas y los depósitos: “Y todo lo recibí sin preguntar por los cadáveres que tanto me repugnan y que podrían estar detrás de mi fortuna. No soy tan inocente” (533). Luis terminará perseguido, acorralado y en una huida permanente luego del asesinato del Pelusa en Miami. Nunca llega a perder la solidaridad de los amigos ni el amor de Raquel, que queda desolada luego de su desaparición. Sin embargo, Esteban lúcidamente encontrará que todos forman parte de una sociedad de cómplices. El narcotráfico compra a los desesperados por salir de la pobreza y a sus mujeres, que no deben preguntar. Cecilia termina involucrada en los negocios de su marido; Raquel usufructúa una riqueza mal habida. Los apartamentos de Luis corresponden con la estética del narcotráfico descrita por Omar Rincón (en su texto de 2009), pues se caracterizan por la ostentación y por un exhibicionismo arrogante. Explica Omar Rincón que hay una cultura representada en el narcotráfico que se resume en que si la vida es corta, se puede disfrutar de las mujeres, las armas, los carros y el alcohol. La buena pinta del Pelusa, siempre impecable y mirando su imagen en el espejo; el gusto por los Mercedes Benz de él y su esposa; la cadena de oro colgando del cuello, los caballos, son formas de legitimar el poder obtenido por el negocio. Esteban, fiel a su amigo, lo ayuda a esconderse, pero va juzgando la transformación de la sociedad colombiana en sus diarios.

Luis, en sí mismo, no encarna del todo el estereotipo del narco, aunque busque proyectar esa imagen para sus socios. Secretamente, en su huida, continúa investigando la poesía de Rubén Darío. Se trata, entonces, de un personaje contradictorio, producto de su época, que se deja tentar por la riqueza fácil como muchos de su generación, pero que en medio de la turbulencia que vive, nunca deja de amar a su compañera.

Probablemente, el mayor logro de esta novela sea la superación del maniqueísmo. No se trata de una novela de acción en la que se enfrentan los buenos y los malos. Más bien, se trata de una sociedad en la que casi nadie se salva de la tentación de la riqueza fácil; en la que las personas comunes y corrientes se relacionan de una u otra manera con el mundo de las drogas: como consumidores, como mulas, como beneficiarios. Intimamente, los personajes tienen sentimientos encontrados: la necesidad de escapar de ese mundo siempre pospuesta; el encandilamiento por la riqueza; la sensación de estar presos en las circunstancias; la nostalgia de un tiempo anterior.

En El ruido de las cosas al caer (2011), de Juan Gabriel Vásquez, una nueva generación juzga a esa sociedad de cómplices que es representada en Cartas cruzadas. Su protagonista es también un joven profesor universitario, de Derecho esta vez, aunque apasionado de la literatura: Antonio Yammara, quien emprende una investigación personal sobre la vida de Ricardo Laverde, un hombre misterioso y callado que juega billar en el mismo lugar que él frecuenta. De Laverde se dice que estuvo en la cárcel muchos años. Laverde, luego de mucho tiempo y bajo los efectos de una borrachera, le confía algunos datos dispersos de su vida, pero la reciente amistad es interrumpida por unos sicarios que lo asesinan mientras ambos caminan juntos. Yammara es herido también y sobrevive. A raíz del incidente, Laverde se convierte en una obsesión para Yammara, que llega a sacrificar a su propia familia (esposa e hija pequeña) en busca de una historia que íntimamente siente que le concierne. El estrés postraumático, que le queda luego del ataque de los sicarios y de su hospitalización, le deja una disfunción sexual y una angustia permanente que se traduce en llantos que aparecen en cualquier momento. Curiosamente, se trata de heridas en la masculinidad del personaje, que lo hacen sentir disminuido. Investigar el pasado, la vida de Laverde, es una especie de búsqueda de la propia curación: la recuperación de un principio masculino cercenado. Pareciera que todo esto metaforiza una sociedad herida. En el curso de la investigación conoce a Maya, la hija de Valverde y de su esposa Elaine (o Elena), una idealista norteamericana llegada a Colombia con los Cuerpos de Paz en la década de los setenta, que venía a ayudar a las comunidades campesinas. En esta novela, como en la anterior, la intrahistoria del país se entreteje con una historia de amor: la de Valverde y Elena. Al comienzo, resulta interesante cómo Yammara se siente compelido a indagar en la vida de Valverde. Cuando este último, después de mucho tiempo de meros saludos y respuestas parcas, comienza a hablar, dice Yammara, también narrador protagonista:

Nunca me ha resultado fácil la intimidad y mucho menos con otros hombres. Todo lo que Laverde me fuera a contar, entonces, pensé, me lo podría contar también al día siguiente, al aire libre o en lugares públicos, sin vacuas camaraderías ni llantos en mi hombro, sin frívolas solidaridades masculinas. (33)

Difícil resultaba hablar con un hombre parco, que solo podía comunicarse con un taco de billar en la mano, a menos que bebiera lo suficiente como para poder abrirse. En sus últimas horas, Laverde, con ayuda del narrador, logra escuchar un casete que reproduce la grabación de la caja negra del avión en que su esposa regresaba de Estados Unidos, luego de su salida de la cárcel. El avión cayó a tierra y no hubo sobrevivientes. Yammara escucharía el casete gracias a la casera de Valverde, primera pista de la investigación que llegaría a culminar con la ayuda de Maya Fritts, hija de aquel.

La historia encontrada se resume en varios eventos: la llegada de Elaine Fritts a Colombia; su trabajo en los Cuerpos de Paz; su encuentro con Laverde cuando ella llegó a su casa como inquilina de una habitación; su trabajo rural en La Dorada; su matrimonio con él; la relación misteriosa entre Valverde y los norteamericanos que trabajaban con Elaine; el nacimiento de Maya; el trabajo de Valverde como piloto de los narcotraficantes por un deseo parecido al de Luis de salir de la estrechez económica; la DEA esperando el avión cargado de droga; la prisión por diecinueve años y la soledad con la que Elaine crió a su hija y la protegió en una Bogotá en donde se sentía vigilada. También Elaine descubrió tarde los nexos de su marido con el narcotráfico y también, como Raquel, terminó aceptándolos, para vivir en vilo hasta que Ricardo Valverde fue a prisión.

De manera parecida, Valverde entró al negocio del narcotráfico a espaldas de Elaine. El negocio, entre hombres, se concretó a través de Mike Barbieri, otro enviado de los Cuerpos de Paz, que asesoraba a los campesinos sobre cómo cultivar marihuana y que terminó asesinado. En esta novela, Valverde no encarna al narco macho estereotipado que encarnaba el Pelusa, pero encontramos de nuevo que el negocio es un arreglo de machos, en el que la voluntad de las mujeres no es considerada. Sin embargo, el peso de la novela recae sobre la generación siguiente, víctima de los excesos, de la violencia y del silencio que se mantiene sobre ese pasado que ha herido profundamente al país. Curiosamente, aquello se expresa en la metáfora de un inocente, Antonio, quien, a consecuencia del ataque, pierde los atributos de su masculinidad (sufre disfunción sexual, ataques de pánico y llanto). Antonio Yammara ve naufragar su vida sexual y resiente encontrar que su esposa haya adquirido un consolador y que sus alumnos hagan mofa de su problema. La otra metáfora es la orfandad, ficticia en un principio, pues Maya creció sin saber que su padre vivía, y hacía preguntas que no tenían respuesta. Sexualmente, Maya es heredera de la soledad de su madre; no solo la soledad de Elaine huyendo después de perder a su marido, sino incluso la anterior, de cuando Valverde la llevaba a conocer el que sería su hogar y en un restaurante de carretera. Entonces Elaine

se dio cuenta, no sin cierto sobresalto, de que era la primera vez desde el parto que no había más mujeres a su alrededor. Estaba sola en un mundo de hombres. Maya y ella estaban solas, y nunca antes lo había pensado, llevaba más de dos años en Colombia y no lo había pensado nunca. (196)

Por su parte, Maya dice tener veintiocho años pero vivir como una solterona cansada de dormir sola. Su soledad y su orfandad se hacen más reales cuando mueren ambos padres, dejándola sin historia y hasta sin su verdadero apellido; con una historia incompleta, peor aun: con una historia inventada por su madre, una historia impostada. Maya Fritts y Antonio Yammara, crecidos en la década de los ochenta, descubren haber tenido una niñez similar a la del otro y la coincidencia de haber visitado a escondidas el zoológico de Pablo Escobar, indicio importante en la novela. Al principio, Valverde en el billar, al saber del abandono de las propiedades del capo, comenta en voz alta:

“A ver qué van a hacer con los animales”, dijo. “Los pobres se están muriendo de hambre y a nadie le importa.”

Alguien preguntó a qué animales se refería. El hombre sólo dijo: “Qué culpa tienen ellos de nada”. No dijo nada más: no dijo por ejemplo a qué animales se refería, ni cómo sabía que se estaban muriendo de hambre. Pero nadie se lo preguntó, porque todos allí teníamos edad suficiente para haber conocido los mejores años de la Hacienda Nápoles. El zoológico era un lugar de leyenda que, bajo el aspecto de la mera excentricidad de un narco millonario, prometía a los visitantes un espectáculo que no pertenecía a esas latitudes. (20)

El recuerdo de aquella lejana visita al misterioso zoológico mueve a Maya y a Antonio a visitarlo de nuevo: “este lugar había sido para los dos el símbolo de las mismas cosas” (235). Ante aquellas ruinas, se repite continuamente la palabra “silencio”. Frente a aquel mundo perdido, Maya no quiere hablar:

Maya estaba triste: su tristeza llenaba la cabina del Nissan como el olor de nuestras ropas mojadas, y yo hubiera podido decirle algo, pero no lo hice. Guardé silencio: ella quería estar en silencio. Y así, en medio de un silencio comedido, sólo acompañados por el estruendo de la lluvia en el techo metálico del campero, pasamos el peaje y enfilamos hacia el sur entre haciendas ganaderas. (240)

Silencio frente a la historia no contada, silencio frente al silencio de la generación precedente, pero, finalmente, un encuentro con la verdad. Tras la visita al zoológico y a la casa de Pablo Escobar, pueden Maya y Antonio llegar a la intimidad sexual. Ambos se consuelan con eso momentáneamente, pero cada uno deberá volver a su propia cotidianidad. A su regreso a Bogotá, Antonio encontrará vacía su propia casa. Como Valverde, ha perdido a su esposa y a su hija. La pérdida de la sexualidad opera como metáfora de una pérdida; como metáfora de la esterilidad de la violencia del narcotráfico, cuyas consecuencias se extienden hasta las generaciones siguientes.

Si en Cartas cruzadas las relaciones fijadas entre los géneros habían alcanzado la modernidad, un cierto grado de equidad que luego habría de deshacerse para volver a modelos de opresión del género masculino sobre el femenino, en El ruido de las cosas al caer encontramos el mismo fenómeno, pero sometido al escrutinio de otra generación. Se pone en evidencia la impostura de aquel mundo de machos: la herida profunda infringida a toda la sociedad colombiana, en la que cualquier hombre, sin ser matón, sin ser delincuente originalmente, podía caer en las redes del narcotráfico, que conformaban núcleos androcéntricos, y, una vez dentro, sin proponérselo (porque en ambas novelas los personajes solo harían unos pocos viajes), podía convertir en víctimas y oprimidas a las mujeres de su entorno y a las generaciones siguientes, condenadas a la complicidad, al miedo y al silencio, e incluso a no tener historia. Ambos autores parecen querer decirnos que nadie está a salvo. La tentación de la riqueza fácil afecta a cualquiera, sin importar su educación o su postura moral. El narcotráfico se infiltra como un virus en las estructuras sociales, y de ello resulta una sociedad enferma.

Referencias

Díaz García, Teresa. “El narco como telón de fondo: Fiesta en la madriguera”. Amerika 4 (2011). Web.

Jaramillo Agudelo, Darío. Cartas cruzadas. Bogotá: Alfaguara, 1995. Impreso.

La Cecla, Franco. Machos. Sin ánimo de ofender. Trad. Fernando Borrajo. Buenos Aires: Siglo XXI, 2005. Impreso.

Rincón, Omar. “Narcoestética y narcocultura en Narcolombia”. Nueva Sociedad 222 (2009). Web.

Vásquez, Juan Gabriel. El ruido de las cosas al caer. Caracas: Alfaguara, 2011. Impreso.

Notas de autor

* Profesora de Cátedra de la Pontificia Universidad Javeriana, de Bogotá. Actualmente, Coordinadora de la Maestría en Literatura y Cultura del Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá. Ha publicado alrededor de sesenta artículos en revistas especializadas, prensa y capítulos de libros o prólogos dentro y fuera de Venezuela. Autora de La literatura de la otredad: cuentistas venezolanas 1940-1956. Compiladora del libro La historia en la mirada (1997). Autora de La novela Intrahistórica (2000 y 2004). Ha sido directora del Postgrado de la Facultad de Humanidades y Educación, coordinadora de la Maestría en Literatura Comparada y coordinadora del Doctorado en Humanidades de la Universidad Central de Venezuela. En 2011 recibió el Premio “Francisco De Venanzi”, de la Universidad Central de Venezuela, correspondiente a la trayectoria del investigador. Correo electrónico: luz.rivas@caroycuervo.gov.co
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