Resumen: El presente trabajo de investigación reflexiona, a partir de la lectura de La montaña mágica (1924), novela de Thomas Mann, sobre la formación integral de nuestros estudiantes de secundaria. En primer término, considerando al nihilismo europeo, formulado por Nietzsche, que lleva más de un siglo de vigencia, y la filosofía de la salud, se construye un marco teórico que permite interpretar la obra desde nuestro presente, sus problemas y desafíos. Los objetivos se centran en articular una salud pilar de una educación para ciudadanía, fomentando la apagōgé platónica y el coraje cívico contra la guerra. La metodología cualitativa emplea el nihilismo como marco hermenéutico para una “reforma de conciencia”, desvelando los mitos contemporáneos de la juventud. Se desarrollan dos claves principales de lectura: la necesaria imbricación de la ética como disciplina filosófica y la consideración de la filosofía de la salud como un objeto de reflexión desde los griegos hasta la actualidad. Se concluye que la tesis de que la filosofía de la educación tiene que diseñar conceptualmente, en el marco de la llamada educación para la ciudadanía, es un capítulo primordial referido a la educación para la salud, desde el enfoque del cuidado de sí mismo, del otro y la comunidad, desde la apreciación de la ética de la libertad, autonomía y responsabilidad.
Palabras clave: Educación, filosofía, salud, ciudadanía, literatura, ética.
Abstract: This research paper reflects on the comprehensive education of our secondary school students, based on a reading of Thomas Mann’s novel The Magic Mountain (1924). First, considering European nihilism, as formulated by Nietzsche, which has been in force for more than a century, and the philosophy of health, a theoretical framework is constructed that allows us to interpret the work from our present perspective, with its problems and challenges. The objectives focus on articulating health as a pillar of education for citizenship, promoting Platonic apagōgé and civic courage against war. The qualitative methodology uses nihilism as a hermeneutic framework for a “reform of consciousness”, revealing the contemporary myths of youth. Two main keys to interpretation are developed: the necessary interweaving of ethics as a philosophical discipline, and the consideration of the philosophy of health as an object of reflection from the Greeks to the present day. It concludes that the thesis that the philosophy of education must be conceptually designed, within the framework of so-called citizenship education, is a fundamental chapter in health education, from the perspective of caring for oneself, others and the community, based on an appreciation of the ethics of freedom, autonomy and responsibility.
Keywords: Education, Philosophy, Health, Citizenship, Literature, Ethics.
Artículos
“La montaña mágica” de Thomas Mann y su aporte a la formación ético-cívica
Thomas Mann’s “The Magic Mountain” and its Contribution to Civic-ethical Education

Recepción: 06 Junio 2023
Revisado: 08 Agosto 2024
Aprobación: 30 Junio 2025
Publicación: 15 Enero 2026
Ochoa Pineda, Amada Cesibel & Aranda Torres, Cayetano José. (2025). “La montaña mágica” de Thomas Mann y su aporte a la formación ético-cívica. Sophia, Colección de Filosofía de la Educación, (40), pp. 269-295.
La reciente traducción al español de la historia novelada de la vida de Thomas Mann (Tóibín, 2022) plantea un renovado interés por la obra del escritor alemán, Premio Nobel en 1929 y autor de La montaña mágica (en adelante: MM y ZB para las ediciones en español y alemán), publicada en 1924 y que acaba de cumplir cien años. En el centenario de la obra no es de menor interés una reflexión sobre su propósito y alcance, por razones que se irán exponiendo a lo largo del presente trabajo, que se centran en la novela y la sitúan en el contexto del período 1918-1939, esto es, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
La filosofía como reflexión crítica, rigurosa y sobria sobre los hechos artísticos, debe volver de nuevo sobre el pasado reciente, por si podemos extraer algún beneficio de la lectura de obras literarias que se han constituido como señas y señales del sentido de una época y su educación (Ochoa & Aranda, 2023). A este respecto, se aborda la formación filosófica de dos jóvenes en cuyo destino se van a inmiscuir los dos acontecimientos bélicos del siglo XX, de manera que el autor polariza la violencia en los jóvenes que, de una u otra manera, son sus protagonistas. Desafortunadamente, en la actualidad suenan tambores de guerra y la propaganda de los contendientes se dirige a lograr el favor de la población joven, que siempre ha pensado en el pacifismo y la neutralidad como las mejores armas contra la violencia bélica.
Por tanto, el objetivo del presente trabajo no ha sido otro que articular una hermenéutica aplicada y concreta que interprete la novela desde el presente, mediante los múltiples mensajes que expone sobre la dialéctica libertad-autoridad. Además, se contempla la doble perspectiva de la montaña y la llanura en que se desarrolla el trabajo; la inocencia y el sacrificio de la juventud de ambos protagonistas.
La idea fundamental que plantea este artículo es que, tanto en 1924 como en 2024, se da una divergencia entre la vida y el pensamiento de los jóvenes, y el curso del mundo. Mientras aquellos disfrutan de la vida —aun en un sanatorio antituberculoso— están atentos a las mujeres y a los placeres de la vida, incluyendo sesudas discusiones sobre las tendencias ideológicas imperantes en Europa y América. Entre tanto, la dinámica histórica transcurre por insondables sendas, que conducen a conflagraciones bélicas que, aparentemente, nadie desea, pero que se desencadenan y tienen a la juventud como su principal protagonista y víctima. Este planteamiento produce una variable importante en el estudio de la filosofía para adolescentes: pensar en lo invisible, en lo que se oculta, por ejemplo, tras el maquillado mundo de las redes sociales que manifiesta, por lo general, una imagen monocroma que no posee el poder de cuestionar el mainstream y los dispositivos ideológicos que lleva aparejados.
Por todo lo anterior, esta investigación se fundamenta en la disposición de las normas reguladoras de lo que debe ser la formación ético-cívica (Hesse, 1992; Tóibín, 2022) en la educación secundaria como materia filosófica, que pretende formar ciudadanos para la convivencia pacífica y la solidaridad. Dada la naturaleza del objeto de estudio, en el análisis de MM, desde el fenómeno del nihilismo europeo (Nietzsche, 2006), como pauta y marco hermenéutico, cobra sentido la tesis genérica de que los jóvenes y su educación son uno de los factores decisivos a la hora de que los países en conflicto se apresten para la guerra. Como argumentos contrafácticos se ha considerado el pensamiento expuesto en La paz perpetua (Kant 1999).
La filosofía de Michel Foucault (1988 y 2009) ha insistido en que más allá y más acá de la multiplicidad de temáticas, hay una que articula y vertebra todo el pensamiento filosófico: pensar el tiempo presente. El nivel de problematicidad de este nos obliga al estudio de los mecanismos de poder, como aquellos que se distribuyen y reparten entre todos los individuos, y el modo cómo se crean sistemas de sujeción que hoy, por ejemplo, permiten pensar la guerra como una solución posible a nivel global y como algo que se lleva a cabo de modo limpio, pues supuestamente la tecnología moderna permite atacar al enemigo donde guarda sus armas y arsenales. Esto debe ser pensado y debatido en las clases de filosofía, en la medida en que es competencia de los jóvenes de hoy que serán adultos a la vuelta de un tiempo corto.
La vigencia de la novela de formación (bildungsroman) en nuestra época se articula mediante el nihilismo como marco hermenéutico para una necesaria “reforma de la conciencia”. Esta reforma, concebida inicialmente por Marx (1976), no se sustenta en la imposición de dogmas. En la coyuntura actual, donde la juventud se debate entre un materialismo asfixiante y la formación de su pensamiento crítico, la filosofía de la educación asume la tarea de desvelar y sacar a la luz el misticismo y la mitografía. Una vez realizado este ejercicio, se puede llegar a una autocomprensión, donde la reforma de la conciencia deviene en mecanismo crítico que desarma mecanismos de sujeción ideológicos.
Para cerrar, el presente trabajo se organiza en tres apartados, donde se desarrollan las múltiples tesis filosóficas planteadas a la luz de un mundo que enfrenta grandes y penosas guerras, y que la educación filosófica puede ser el arma más importante para formar a las presentes y futuras generaciones para la lucha activa en favor de la paz. La temática abordada tiene actual vigencia dada la violencia omnipresente derivada de la guerra y los conflictos bélicos que aniquilan toda forma digna de sobrevivir. Ante este funesto panorama cabe la pregunta ¿es posible una educación para la paz?
El fantasma del nihilismo
En el verano de 1887, Nietzsche (2006) redactó un fragmento titulado “El nihilismo europeo”, donde afirma lo siguiente:
El nihilismo aparece ahora no porque el displacer de la existencia sea mayor que antes, sino porque se desconfía de un “sentido” del mal, e incluso de la existencia. Ha sucumbido una interpretación; pero como era considerada como la interpretación, parece como si no hubiera absolutamente ningún sentido en la existencia (p. 165).
El huésped más inhóspito y siniestro que ha acogido la cultura europea viene caracterizado por una crisis del sentido de la existencia humana (Aranda Torres, 1996; García Pedraza, 2023; Linés, 2006). Si esta fuese deudora de un fin último lo habríamos alcanzado. El dios moral no solo no comparece ante el mundo, sino que se encuentra ausente de nuestras vidas. El déficit ético que padecen los ciudadanos de las sociedades democráticas —tanto por ausencia de una auténtica educación para la ciudadanía, como por el fracaso de la llamada “educación en valores”, que suele adolecer de indefinición e indeterminación del concepto mismo de valor— justifica hoy como ayer redoblar la postulación de una educación-formación ética integral, desde los niveles primarios de la escolarización (Nietzsche, 2011; Ochoa Pineda, 2022). Desde este punto de vista, la presente contribución quiere enlazar la salud como cuidado de sí y la formación ético-cívica, como dos de los más importantes contenidos de la educación para la ciudadanía.
Estos contenidos de los programas docentes y de la programación didáctica en educación primaria, secundaria y universitaria deberían impartirse como transversales para todas las materias, especialmente para la materia filosofía, en tanto esta siga presente en los currícula académicos.
Es importante que el educador se reconozca a sí mismo en su subjetividad y reflexione sobre su forma de ser, de estar, de sentir y de relacionarse con otros, en diferentes contextos y permitir que el estudiante también se asuma en su interior y en ese mirarse lo cognitivo adquiera significado individual dentro de la experiencia colectiva (Aguilar Gordón, 2009, p. 76).
Para el desarrollo de este objetivo, las líneas que siguen tratan de plantear el valor didáctico de una bildungsroman moderna que ha cumplido cien años, pero conserva su frescura y actualidad por situarse en un período decisivo, cuya situación espiritual —tanto en Europa como en América— parece que no se ha disipado, máxime con el estallido de las guerras de Ucrania, Gaza e Irán, y otros focos de tensión que afectan a la seguridad mundial. La circunstancia actual retrotrae a la política de bloques, las heridas abiertas y no cerradas del pasado inmediato, la Guerra Fría, la caída del comunismo en el este europeo y los esfuerzos —al parecer infructuosos— de asegurar una convivencia pacífica ante el nuevo orden mundial, caracterizado por un mercado global y una red de comunicaciones, físicas y virtuales, que parece haber llegado y colonizado a todos los rincones de nuestro planeta.
Hoy por hoy, se da la paradoja que el capitalismo financiero, que modeliza los intercambios económicos planetarios, no ha pacificado la vida humana, sino que ha provocado la uniformización de las conciencias, cuya más importante consecuencia, a la luz de la filosofía, es la pérdida de la conciencia de lo común, el principio rector de la libertad humana para vivir en sociedad.
En este sentido, es interesante detenernos brevemente en un texto de Marx, que define bien la perspectiva interpretativa del momento actual, extraído de una carta de septiembre de 1843, dirigida a Ruge y publicada en Anales Francoalemanes, en 1844:
La reforma de la conciencia consiste solo en que se deje al mundo que llegue al interior de su propia conciencia, en que se despierte del sueño sobre sí mismo, en que se le aclaren sus propias acciones […]; reforma de la conciencia no mediante dogmas, sino a través del análisis de la conciencia mística, confusa para sí misma, ya sea religiosa o política (Marx & Engels, 2017, p. 346 y 1976, p. 176).
En definitiva, Marx resume en una frase la tendencia de la revista, a la vez que su pensamiento teorético: “Autocomprensión del tiempo en sus luchas y deseos”. El interior del mundo es la conciencia mundana de los seres humanos ¿Qué lectura es posible de este texto marxiano, que sea comprensible por los estudiantes? Para Kirk et al. (1987), la misma que hace la filosofía desde los presocráticos, Platón y Aristóteles. O se coacciona a la conciencia del estudiante, con la ayuda de representaciones de esta, encadenada en una prisión y atenazada por sueño fantasmal, o la conciencia seguirá dominada por fuerzas ajenas y extrañas que la mantienen presa en una cárcel eterna. Hay que desvelar, sacar a la luz el misticismo y la mitografía que habita y puebla la cabeza de nuestros alumnos. Un análisis de los mitos de nuestro tiempo, en los que los chicos se reconocen, y con los que se identifican, no es un mal comienzo en filosofía.
El mito fundacional de nuestro tiempo, si de tal cabe hablar, es la fuerza omnímoda de un éxtasis temporal con el absoluto dominio del presente y una concepción hedonista de la vida, que está ahí a nuestra disposición para el consumo y disfrute (Herwig, 1999). La fenomenología de los jóvenes actuales mezcla curiosamente la rebeldía con el cinismo moral, consecuencia de un mal que se puede calificar de espiritual. Este se caracteriza por un materialismo asfixiante que tiene en la incultura y en la pobreza intelectual su contrapartida y correlato exactos.
Se trata de una neurosis que no explica ley psicológica alguna, que no hay psicólogo que se atreva a tratar, porque se refiere a la anormal normalidad de cada día que nos alcanza a todos. O, tal vez, se trate de una esquizofrenia que consiste en disponer de tantos más bienes cuanto más inculto se es. Es posible hacer ver, como si no fuera con nadie en concreto ese profundo y sombrío neuroticismo de nuestra sociedad, esas enfermedades de nuestros días que perjudican nuestra vida sin darnos cuenta (Hesse & Mann, 1992). La reforma de la conciencia que hoy en día es pertinente debe comenzar por modificar la imagen que de los jóvenes tenemos actualmente, para verla en su significado completo y profundo más allá de tomar a la juventud desde un estereotipo negativo. La metodología cualitativa que se sostiene en la presente investigación quiere profundizar en la mentalidad de los jóvenes de hoy, en demasiadas ocasiones vista como un dechado de superficialidad y desinterés por lo común.
El presente estudio se basa en un enfoque cualitativo, teniendo como referencia de base al nihilismo europeo (Nietzsche, 2006) como pauta y marco hermenéutico para el estudio de la vigencia de la novela de formación en la actualidad.
Se ha elegido, para el análisis, como no podía ser de otra manera, al método fenomenológico-hermenéutico donde prima, para Gadamer, la “fusión de horizontes”. Esta fusión lleva a un inevitable diálogo que, si no es posible en los foros creados al efecto, sí lo sería en el aula y, en concreto, en la clase de filosofía (Viveros, 2019; Ledesma Albornoz, 2021). La investigación se desarrolló teniendo en consideración que en las disciplinas analíticas domina un interéstécnico e interpretativo. A la vez, la acción social medios-fin caracteriza la investigación de predicción (Taylor, 2004).
La elección de este enfoque se justifica, puesto que la mirada cualitativa e interpretativa considera a los fenómenos y experiencias dentro de un contexto intersubjetivo (Habermas, 2005 y 2010). Desde esta perspectiva, el interés práctico de la hermenéutica se logra evidenciar en la acción comunicativa, teniendo la plena conciencia de la existencia de perspectivas diferentes a la propia (Walker & Lovat, 2016; Granero Molina et al., 2015). Así pues, en todo enfoque crítico, donde se asientan muchos estudios filosóficos, prima un interés emancipatorio concertado en salvaguardar la libertad, la autonomía y la dignidad humana.
El procedimiento heurístico elegido, finalmente, busca desvelar el misticismo y la mitología que habitan en la conciencia juvenil, analizando las preocupaciones y mitos contemporáneos, como el hedonismo y el materialismo contextual.
MM como un ejemplo de bildungsroman y sus reverberaciones en nuestro tiempo
¿Por qué emplear a Thomas Mann como material de trabajo para la enseñanza de la filosofía y el pensamiento actual? ¿Cuáles son las claves de la lectura de este autor y su libro? ¿Qué relación guardan con el arte y el pensamiento de los siglos XIX, XX y XXI? Si hubiera que dar una primera respuesta a estos interrogantes habría que decir que nuestro autor es un intelectual a la sombra del nihilismo. A lo largo de toda su obra ha reconocido, en especial, a cuatro maestros fundamentales: Schopenhauer, Wagner, Nietzsche y Freud (Mann, 2013 y 2014), además de literatos de las letras universales como Cervantes, Shakespeare, Goethe, Schiller, Tolstoi, Dostoievski, entre otros.
Insertado en una de las tradiciones de más largo calado del pensamiento contemporáneo, su literatura es un claro exponente de la profunda imbricación del arte, en este caso la escritura, con la filosofía y la vida, pero no de cualquier vida, sino de la vida amenazada con agotarse, con la vida que no solo puede querer la nada, sino quedar anulada en sí misma.
Esa línea de pensamiento ha podido llegar a ser maestra espiritual de nuestra época, en el sentido de la autoinmolación del espíritu ante la vida, o de la supremacía de la vida frente a la razón, lo cual produce un nuevo objeto filosófico, que identifica a todo aquello que la vida humana demanda en situación de penuria y necesidad. El producto literario de esa negación proviene del romanticismo alemán que, como humor e ironía, ha caracterizado la manera de ser del arte en relación con la realidad extraartística.
En mi caso, la vivencia de la autoinmolación del espíritu en beneficio de la vida se convirtió en ironía, postura moral que es eso […], la autonegación, la auto-traición del espíritu en beneficio de la vida, entendiéndose por “vida” […] la amabilidad, la dicha, la fuerza, la gracia, la agradable normalidad de la trivialidad, de la falta de espíritu (Mann, 1978, p. 43).
Eso quiere representar el arte o al menos el arte a la sombra del nihilismo, el éthos (o por qué no la hýbris) de índole personal, que no aspira al mejoramiento o la realización de ideales sociopolíticos, sino simplemente a convertirse en un juego, una técnica lúdica que nos haga tomar conciencia de lo que somos y queremos (Carr, 2017). Mann se sitúa como un titán artístico en contra de la deformación política del pensamiento y la cultura humanos, propia de la herencia de los siglos XVIII y XIX, opta por un esteticismo de cuño renacentista, solapado y larvado a lo largo de las mismas centurias, que aparece con fuerza con las vanguardias artísticas del siglo XX (Herwig, 1999).
Probablemente, la dificultad con el pensamiento filosófico se debe quizá a que nos seguimos viendo en la órbita del pensamiento ilustrado como modo de pensar que se proyecta y gana su culminación en lo social y lo político como lo útil, y no en lo artístico como formativo. ¿Pensamiento romántico-reaccionario? ¿Arte en lugar de política? No se trata de eso, sino de algo más radical, de mayor calado para nuestro presente. Mann plantea abiertamente la democracia de masas como una cierta crisis del espíritu, como malestar en la cultura, como si la democracia llevara aparejada una crisis de los valores espirituales, un adormecimiento de la capacidad creadora humana, una uniformidad degradante y degradada de sus logros.
El arte no es antidemocrático, plantea al ciudadano de la democracia la exigencia de automejora, de aspirar a más, de no quedarse con el igualitarismo que a todos nos nivela por abajo (Safranski, 2003). No se trata de un guiño al autoritarismo ni al totalitarismo sino algo más sutil, que apreciamos en la raíz de la cultura alemana contemporánea. Más que con los ideales totalitarios, Mann simpatiza con el ideal olímpico de Goethe, entendido como páthos de distancia: “Por lo demás, me fastidia mucho que se me enseñe sin [referencia a] mi capacidad de mejorar o simplemente [que no se me enseñe] para avivarla” (Goethe & Schiller, 2014, p. 381). Esto define el páthos de distancia o aristocrático del propio Mann, muy atento siempre al influjo de Goethe. Por ello, la filosofía tiene en común con el arte —y en especial con la literatura de pensamiento— tratar con y tratarse de actividades formativas de y para la excelencia, para el mejoramiento cívico y civil, para el inconformismo con lo que hay, sea esto lo que fuere.
Filosofía y literatura como actividades y disciplinas formativas no se resuelven ni en una ética ni en una política concretas o de partido, sino en cultura y formación individual (bildung) para el mejoramiento de la ciudadanía, que luego tendrán una ética o asumirá un determinado compromiso político, llevada por una serie de experiencias o de opciones vitales (Moretti, 2015; Schutijser de Groot, 2022). El esfuerzo del autor de MM se sitúa en el ámbito de las consecuencias que inaugura el pensamiento nietzscheano, que llegan hasta nuestro Ortega y Gasset, y que se pueden leer como la búsqueda de la razón en aquello que los grandes sistemas del XIX han dejado impensado, es decir, en la vida humana en su individual urgencia y perentoriedad.
El autor se encuadra dentro de la tradición alemana y europea de la bildungsroman, que consolida Goethe en Años de aprendizaje de Wilhem Meister y que no ha dejado de producir sus frutos desde entonces. Este estudio se deriva de la tesis ya clásica de Hans Mayer (1970) según la cual esa forma artística es la principal contribución de Alemania al arte moderno. El héroe de Mann es el espejo donde se refleja irónicamente toda la sociedad, “pero no para mostrar a un héroe en su firmeza ante la totalidad social, sino, por el contrario, para negar esa totalidad social desde su fundamento” (p. 23) y también para mostrar que el destino del joven héroe es enfrentarse inexorablemente con algo que ha conocido como las tendencias fundamentales del espíritu de su tiempo. Estas tendencias tienen su nombre y se reducen a dos: una es el humanitarismo, que es la forma como el humanismo ha penetrado en la política contemporánea, que proclama la vigencia de los grandes valores de la cultura occidental y que tiene a la democracia como su culminación; la otra es una cierta forma de pensamiento apocalíptico, que antepone una crítica radical a la civilización burguesa, para luego predicar la necesidad de un nuevo comienzo para la humanidad, un giro decisivo en la historia humana, quizá hacia un destino incierto. Para Yourcenar (1978), pueden asociarse con el liberalismo de raíz humanista y con el pensamiento emergente sobre la revolución, ya sea en su versión socialista o en su versión totalitaria.
En el presente siglo, cansado hasta la extenuación de plantear la ética en el seno de una filosofía de los valores, se ha mostrado tan inoperante como en el anterior, puesto que no se dispone de una fuerza disuasoria de suficiente peso para contrarrestar la pasión belicista que anida en el corazón de los regímenes totalitarios, de los regímenes que consideran que la fuerza y la guerra es el mal menor para doblegar a quien o quienes no tienen razón (Herwig, 1999; Aramayo, 2009).
Por ello, tratamos aquí de unificar la educación ético-cívica con la filosofía de la salud. Los primos tuberculosos de MM han aprendido que no hay valores superiores por encima de lo que la patria, la familia y la tradición demandan. Se coincide con Tóibín (2022) en que todos esos valores ya no dispensan vida, porque quien dispone de la razón de Estado nunca dispone del derecho a sacrificar a la juventud y sus proyectos y planes de vida.
MM como material formativo
En el propósito que se antepone a la novela MM, confiesa Mann que la historia de su protagonista, Hans Castorp, es digna de ser contada, pero que requiere de modo incondicional una forma de referencia al tiempo como el pasado profundo, esto es, del tiempo que aún está vigente, el del pasado presente (Safranski, 2017). Toda historia es más vieja que la edad del que la narra, lo que trae como consecuencia que ser pasado no es un problema de tiempo y que se trata del tiempo presente. Esto hace que el escritor tenga conciencia lúcida de un carácter que impregna y rodea la naturaleza de su oficio de narrador de historias. Su trabajo, en este caso (ZB y MM), se sitúa temporalmente con anterioridad de determinado viraje (wende) y límite (grenze) (ZB, p. 9; MM, pp. 9, 33), decisivos y característicos del siglo XX.
El siglo pasado gira en torno a un cambio de orientación y rumbo, representado por la Gran Guerra de Europa, una sola en dos entregas, que ha determinado la vida y la conciencia de la humanidad, el auge de los regímenes totalitarios en el período entreguerras, y los regímenes democráticos a partir de 1945, con excepciones como España. Se trata de saber cómo eran y que pensaban los jóvenes que luego se vieron envueltos y fueron víctimas, fundamentalmente, de esas atrocidades.
La gravedad del asunto la pone el lector, acuciado por un presente que no le deja ver la tendencia espiritual profunda de su época, tendencia que determinará los sucesos históricos del inmediato futuro. La acción de la novela se sitúa en coordenadas espaciotemporales que suponen, para quienes tienen poca experiencia vital, y no se han enraizado suficientemente en la existencia histórica, el desarrollo de nuevas fuerzas, transformaciones interiores que hacen estar abierto a nuevas experiencias.
Del mismo modo, el espacio, un lugar alpino apartado y lejos del mundanal ruido, consigue olvidar casi completamente lo que se deja atrás y parece trasladar al joven a “un estado libre y originario” (ZB, p. 12; MM, p. 36). Pero las tres semanas de estancia proyectada en un sanatorio antituberculoso, le parecen al joven demasiado tiempo para sus urgencias vitales, demasiado para evadirse de sus inquietudes y preocupaciones cotidianas. Toda la novela se resuelve en la usurpación del tiempo de dos jóvenes que se encuentran raptados por la vida, amenazada por terrible enfermedad, a modo de caverna platónica de la que no pueden salir pues está en juego la vida misma.
El periodo de siete años de vida sanatorial equivale, poco más o menos al de nuestros bachilleres en los institutos. Castorp es un joven que nace a la conciencia con la muerte de sus padres y con el recuerdo de su abuelo enseñándole una pequeña pila bautismal, que no es otra cosa que una antigua jofaina de plata, que había venido funcionando como pila bautismal desde tiempos del tatarabuelo.
Pocos meses después de la muerte de los padres, también pierde al abuelo. Su orfandad le lleva a tener que espabilar y salir adelante con el pequeño concurso de unos tíos carnales que se preocupan de su supervivencia mientras estudia para ganarse el sustento. La novela lo sitúa, siendo ya un aplicado estudiante de ingeniería, como corresponde a la acomodada familia burguesa de Hamburgo de la que procede, en el momento de realizar una visita a su primo y amigo Joachim Zimsell, interno en un sanatorio antituberculoso situado cerca de la localidad suiza de Davos, en pleno macizo alpino, durante las vacaciones estivales.
La imagen que ambos jóvenes tienen de sí mismos los proyecta y les hace soñar en un futuro halagüeño. Hans será ingeniero naval y Joachim militar de carrera. Ambos piensan que su futuro les sonríe y que además se enamorarán de alguna mujer fascinante. Lo que Hans pensaba que sería una breve estancia para acompañar y dar ánimo a su compañero se convierte en una prolongada estancia invernal en las que se suceden dos acontecimientos cruciales para su vida.
El primero, el enamoramiento de una mujer tan misteriosa y enigmática como atractiva, Clawdia Chauchat, oriunda de Daguestán. El otro viene a ser un proceso educativo/formativo, resultado de unas lecturas para matar el tiempo, y de unas conversaciones obligadas a la falta de algo mejor, con huéspedes y enfermos del sanatorio. Entre estos destaca Settembrini, un humanista republicano cuyas opiniones hacen mella en el joven estudiante, que ve interrumpida su vida por la amenaza del bacilo de Koch y que le obliga a poner todo entre paréntesis para dedicarse a curarse de tan maligna enfermedad —o al menos de sus indicios—. El antagonista de Settembrini es un tal Naphta, antiguo judío y jesuita, cuya educación elitista le augura el presagio de que el mal de nuestra sociedad tiene que ver con la irrupción de las masas incultas en la escena social y política europea y mundial (Ramis, 2010).
El argumento de la novela sirve al autor para ilustrar la situación vital y espiritual de un joven que aproximadamente ha nacido con el siglo y con él se identifica para lo bueno y lo malo que en él se pueda dar. Su estado de ánimo es en esencia paradojal, como quizá lo sea el de toda conciencia finisecular o neosecular, cuando entramos en unos siglos como el XIX, XX o XXI donde todo parece nuevo y donde nada hay realmente nuevo respecto al anterior.
Las paradojas del estudiante Castorp se refieren a los problemas de los adolescentes de las primeras décadas del siglo, como la inseparabilidad de la vida y la muerte, de la salud y la enfermedad, de la civilización y la barbarie, de la libertad y el autoritarismo, de la democracia y la autocracia, del individualismo y el colectivismo, por poner unos ejemplos de lo tratado por nuestro protagonista en sus conversaciones y diálogos con las personas de más edad.
Lo primero que constata Hans es que, en el sanatorio, no hay ni tiempo ni vida (ZB, p. 26; MM, p. 49), porque la amenaza de la muerte relativiza todo fluir temporal; el tiempo se vacía de contenido, pues cada día que pasa es tiempo restado a la enfermedad y ganado para la vida. Ante la presunción epocal de que el menoscabo de la vida personal pueda influir en el deterioro del organismo físico del ser humano, lo primero a considerar es el trabajo, idolatrado por la generación anterior.
¿Cómo hubiera podido Hans Castorp no respetar el trabajo? Habría sido antinatural. Dadas las circunstancias no podía por menos que considerarlo lo más respetable del mundo. […]. Su respeto hacia el trabajo era, pues, de naturaleza religiosa y, hasta donde él era consciente, indiscutible. Otra cuestión muy distinta era que lo amase […] por la sencilla razón de que no estaba hecho para trabajar (ZB, p. 52; MM, pp. 73-74).
El texto amerita un comentario, línea a línea, pero para el propósito del presente artículo solo repararemos en la aludida “religión del trabajo”, como paradoja que caracterizaba a los ascendientes del protagonista y, de alguna manera, a los nacidos y criados en la primera mitad del siglo XX, es decir, era la religión de nuestros padres y abuelos, que esgrimían entre otros, aquello de quien no trabaje que no coma, si bien se constata que no es la de nuestros discípulos. Se puede hablar en general de que, los jóvenes bachilleres de hoy tienen menor espíritu de sacrificio que las generaciones anteriores, conciencia de la situación social contemporánea (Carr, 2017), que ha sido esencial para sus ancestros. La digitalización, supone apenas actividad con los dedos y escasos requerimientos intelectuales. Cualquiera sabe y puede opinar de cualquier cosa, porque los opinadores no parece que se hayan formado en escuela alguna. El ocio, como cree Castorp, parece ser el destino de la humanidad juvenil. La coda no está exenta de ironía: “Pues no pretendemos, en modo alguno, hacer un panegírico de Hans Castorp y damos pie a suponer que, en su vida, el trabajo sencillamente entorpecía un poco su tranquilo disfrute de los María Mancini [célebre marca de puros habanos]” (ZB, p. 52; MM, p. 74).
Por lo demás, la caracterización de este joven alemán del período de entreguerras interesa, porque presenta rasgos de gran actualidad. El alumno tiene dotes filosóficas como no puede imaginar el maestro, pero la dificultad radica en que el maestro Settembrini es intolerante ante las opiniones que no comparte. Dice el joven Castorp:
Yo soy, tal y como usted me ve, un poco intolerante en lo que se refiere a las cosas del espíritu, y prefiero que me traten de pedante que dejar de combatir puntos de vista que me parecen tan dignos de ser combatidos como las que acaba usted de desarrollar ante nosotros (ZB, p. 137; MM, p. 152).
Aquí se evidencia la típica y tópica actitud del docente, que cree estar tan seguro de su saber que le parece irresponsable por parte del discente sostener determinados argumentos, que pueden ser rebatidos con mejores argumentos, pero ante los cuales no es posible la intolerancia. Ante las inclinaciones de los alumnos a sostener los más variados puntos de vista, incluso con pasión, queda la comprensión y la guía asertiva. Pero de qué se trata, pues no parece que se traiga por los pelos el paralelismo entre aquella tuberculosis y nuestro COVID-19 (Ochoa & Aranda, 2021).
La enfermedad no es, en modo alguno, distinguida ni respetable; esta manera de verla es, por ella misma, enfermiza o conduce a la enfermedad […]. Se remonta a los tiempos agobiados por la superstición, en que la idea de lo humano estaba degenerada y privada de toda dignidad […]. Pero la razón y la Ilustración han disipado esas sombras que pesaban sobre el alma de la humanidad, aunque no de un modo completo, pues la lucha todavía continúa. Esta lucha, señor mío, se llama el trabajo (ZB, pp. 138-139; MM, pp. 152-153).
Porque en el fondo, el debate de la salud y la enfermedad como medios de la realización del individuo se enmarca en un contexto en el que rivalizan dos visiones o concepciones de la libertad: el determinismo y el indeterminismo. El principio de la libertad se ha cumplido y superado durante quinientos años. Una pedagogía que todavía se considera como discípula de la Ilustración, y que ve sus medios de educación en la crítica, en la liberación y en el cultivo del yo, en la disolución de determinadas formas de vida que tienen carácter absoluto, puede obtener hoy éxitos momentáneos de carácter retórico; pero su carácter retrasado no ofrece dudas para el entendido. El principio de la libertad absoluta, que se instaura en el Renacimiento y en la libre interpretación de las Escrituras, enarbolado por Lutero, culmina en los regímenes políticos dictatoriales y terroristas, de acuerdo con el diagnóstico liberal del pensamiento de Mann.
Todas las asociaciones educativas verdaderamente eficaces han sabido desde siempre lo que era realmente importante en la pedagogía: la autoridad absoluta, un vínculo de hierro, disciplina, sacrificio, renuncia al yo. […] El placer más profundo de la juventud está en la obediencia... Lo que necesita, lo que está pidiendo, lo que tendrá, es… el terror (ZB, pp. 548-549; MM, p. 537).
El restablecimiento del principio de autoridad, promovido por los críticos del liberalismo y por todo el pensamiento conservador tiene como corolario, en el siglo XX europeo todas las formas y regímenes autoritarios y fascistas. Desafortunadamente, no se ha salido de esta polaridad: el principio de libertad, frente a una educación autoritaria, castrante, basada en la potestad del docente, fundada en el sacrificio, la renuncia y negación absoluta del albedrío.
El debate en el aula está servido. Lo que sin duda puede ser más problemático o conflictivo es la coda de Naphta, sostenida para escandalizar y poner en solfa de manera provocativa a Settembrini, cuando hace referencia al terror y dice que nuestro tiempo necesita, pide, exige y va a tener el terror.
No es solo una añagaza del temor a verter sangre y el respeto absoluto de la vida humana, sino una premonición considerada por Mann, que ha vivido la guerra del 14 como algo que bullía en el espíritu y la conciencia de muchos intelectuales e ideólogos. El sacrificio de las vidas humanas en nombre de una ética de la convicción era el medio necesario para determinados fines de la humanidad en su conjunto (Weber, 2006).
¿Se vive en el presente en una época tan humanitaria que puede despreciar como algo definitivamente pasado, que no se repetirá la burla del temor a verter sangre y del respeto de la vida humana? ¿Hasta qué punto el lema totalitario y autoritario del “vive peligrosamente” favorece el belicismo y la idea de sacrificar la vida a intereses superiores? Estas interrogantes planteadas son idóneas para la enseñanza/aprendizaje de la filosofía en nuestro tiempo; estas siguen vigentes porque hasta el momento no se ha encontrado ninguna respuesta convincente o aceptable ante la guerra (Ochoa Pineda, 2022; Saavedra Campos & López Pérez, 2022).
La mezcla de revolución y oscurantismo, propia de los profetas apocalípticos de todos los tiempos, no se diluye y disuelve con una solución que abogue por la erradicación del analfabetismo y el incremento del peso de la cultura humanística en la educación secundaria y universitaria. La consigna del período de entreguerras de vivir la vida y no dimitir del deseo, plantea el problema de su vigencia en una época de juventud no lectora o a lo sumo lectora de las pantallas, que presume de cibercultura, frente a una porción importante de jóvenes ávidos de conocimiento, carentes de oportunidades y víctimas de la aporofobia.
En definitiva, ¿cómo entra en juego la filosofía de la salud, en un tema en el que el papel de la enfermedad es crucial, desde el entendimiento de la actividad filosófica como estímulo, incentivo y aliciente para la vida? Bajo el presupuesto, no explícito y a menudo olvidado, de que el pensamiento que piensa la bondad, la belleza y la justicia, “en una palabra, en el gozo soberano del arte, ese gran disolvente del odio y la necedad” (Reich-Ranicki, 2003, p. 40), la salud como cuidado de sí y de los otros tiene al menos dos roles fundamentales. El primero es el plantear la responsabilidad como propiedad del individuo que ha de conjugarla; el segundo se relaciona con el principio de la autonomía, entendida esta última como la realización concreta de la libertad humana.
Enseñar filosofía a partir de MM-ZB
Algunas aplicaciones a nuestro presente pueden ser extraídas de la aventura de pensamiento que vive Castorp en el sanatorio antituberculoso en los primeros años de siglo pasado y que pueden servir para el estudio de las corrientes actuales de la filosofía. En primer lugar, destaca que la literatura de Mann se resuelve en el juego de un diálogo entre personajes, a los que el lector identifica desde el primer momento porque le resultan familiares. Este nuevo dialogismo plantea las incógnitas que afectan gravemente a la conciencia de los jóvenes en vísperas de un acontecimiento decisivo para sus vidas, en un caso la Primera Guerra Mundial, en el nuestro, un futuro incierto en lo profesional y una crisis civilizatoria marcada por múltiples guerras. En relación con el problema de la salud no deja de llamar la atención la actitud ambivalente de Mann (2002): “Ciertas conquistas del alma y del conocimiento no son posibles sin la enfermedad, la locura, el crimen intelectual, y los grandes enfermos son crucificados y víctimas, ofrecidas en sacrificio a la humanidad y a su elevación” (p. 203).
Se ha sostenido en el primer apartado de este trabajo que todo esfuerzo teorético en el estudio de las humanidades se resuelve en la autocomprensión del individuo en la forma de conciencia crítica del tiempo, en sus luchas y deseos. La MM consiste en un diagnóstico espiritual de una época de penuria, caracterizada por la enfermedad del espíritu, de la que sirve de metáfora la enfermedad física y, muy en especial, la tuberculosis. No se puede concebir la humanidad, según Mann, libre de enfermedad. ¿Qué síndrome caracteriza el tiempo en que vivimos? Se trata de una patología psíquica, anímica, por la que los seres humanos no pueden concebir, ni integrar en su existencia concreta, el género de vida en la que se hallan inmersos.
Esa morbilidad afecta a las ideas y los ideales que, desde la Grecia clásica, pasando por el Renacimiento, han informado el clasicismo y el romanticismo, y llegan a nuestros días como tendencia espiritual, en la que se encuentran fundidos las humanidades, los saberes a los que llamamos letras, con un afán pedagógico que pugna por la educación (erziehung) y la formación del género humano (bildung). A este páthos nihilista se lo podría calificar como crisis de los ideales pedagógicos humanistas o simplemente crisis del humanismo.
Por todo esto, MM constituye una obra de introducción, que quiere reeducar al lector con una consigna básica de carácter nihilista: más vale querer la nada que no querer nada, con todo lo discutible que pueda ser. Como propedéutica introductoria, la obra dirige como lo hace el director de orquesta que quiere armonizar el sonido de los diferentes instrumentos.
Como guía que reintroduce el cultivo de la humanidad, la novela representa una necesidad clínica y terapéutica respecto a la enfermedad anímica de la humanidad contemporánea. La dirección de la cura es la autodirección y la autocorrección, el conducirse uno a sí mismo sin ayuda externa que, en forma de muletas, empuje en un determinado sentido extraño a la conciencia y voluntad.
Este y no otro, es el contenido de la educación y del ideal humanista: la autonomía y la responsabilidad moral humana, frente a la heteronomía, representada por Settembrini y, sobre todo, por Naftha, ese agitador que siembra el odio, que justifica la violencia y que toma partido por el terror y la venganza como medios para conseguir un orden inmutable, sagrado e intemporal que, de manera ilusa y extemporánea, quiere identificar con el reino de Dios en la tierra. Si Settembrini representa cierta tradición ilustrada, con ciertas pinceladas de laicismo y jacobinismo, Naftha es el exaltado conservador que propugna acabar violentamente con el presente para restaurar el pasado, como modo de erigir en el mundo un orden eterno.
Ni una ni otra opción son propuestas por Mann como soluciones, sino como elementos de juicio para la mente atolondrada de Castorp, que tiene ante sí las tendencias espirituales de su época, pero cuya gran responsabilidad es ser capaz de pensar por sí mismo y tomar decisiones sobre su vida y su destino. La ironía extrema de la obra, su pesimismo larvado, lo encontramos en el corto capítulo que sirve de epílogo a la misma.
En definitiva y para concluir, cabe contraponer dos actitudes y una coda. Dos orientaciones del espíritu son posibles, porque no son excluyentes, pero en sí difíciles de observar: “La actitud cimentada en la libertad y la cimentada en la piedad” (Mann, 2005, p. 401). La segunda prevalece sobre la primera porque “concede una atención especial a la debilidad y fragilidad del ser humano y una gran importancia a la idea de muerte y descomposición” (p. 402). Dicho sea de paso, el autor integra en la segunda actitud el antiguo espíritu hispano para el que la “devoción es un elemento clave” (p. 402). Pero la coda terrible es el espanto de la guerra. Aquí reside el verdadero valor de la novela, en relación con el que lo anterior no es más que un prólogo en situación.
Luego, se analizará en detalle el pasaje en el que se concluye y lleva a efecto el destino del joven, que ha vivido el tiempo prebélico como un momento especial. Frente al tiempo objetivo, el que mide el reloj por medio del espacio de la esfera, se encuentra el subjetivo, que dice relación con el estado de ánimo, que en la novela es el tiempo de la enfermedad, presente en el mundo que nos rodea y con el mundo compartido, pero, sobre todo, con el mundo interno de las vivencias.
Para Mann, estar o sentirse enfermo es una vivencia del transcurrir subjetivo del tiempo, una vivencia intrapsíquica concreta, que produce dolor, “resulta escalofriante [lit. siniestro] y doloroso que el cuerpo viva por cuenta propia y sin relación alguna con el alma” (ZB, pp. 102-103; MM, p. 120). Igualmente, la guerra se presenta como una vivencia corporal, al margen de todo cuidado, desvelo, inquietud o preocupación por los demás.
El significativo epígrafe que cierra la obra, donnerschlag, que se traduce como rayos y truenos, o tormenta, con tal que no sean atmosféricos sino producidos por los cañones, pone fin a siete años de vida de Castorp en el albergue de alta montaña que funge como sanatorio antituberculoso. El efecto de este sobre su ánimo se entiende como el del ser aclimatado al tratamiento de su enfermedad, que “ya no sabía adónde ir y ni siquiera era capaz de concebir un regreso al mundo de la llanura” (ZB, p. 972; MM, p. 937). Ahora la perspectiva global, que mira las cosas desde un punto de vista elevado y panorámico, es sustituida por una perspectiva niveladora, homogénea, de la llanura en la que se enfrentan dos ejércitos enemigos.
Con miembros de otras nacionalidades compartía la mesa, con miembros de la humanidad, aunque no supieran latín y sus modales dejasen mucho que desear. Los muertos dejaban indiferentes a Castorp, como resultado del aprendizaje de la enfermedad, de la misma manera como había renunciado tanto a su reloj de pulsera como a almanaques y calendarios, pues ya el tiempo no importaba. Pero el tiempo del trueno llegó un verano de 1914, con una extraña mezcla de aturdimiento e irritación, que conmovió los cimientos de la tierra, incluida la montaña mágica, que puso en guardia al bello durmiente de siete años y le obligó a prestar atención a lo sucedido en el mundo durante su tiempo de hibernación.
¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Dónde nos ha llevado el sueño? […]; aúllan las sirenas como perros del infierno, y su ruido estalla en un estrépito de fogonazos, chasquidos, crujidos, de cristales rotos y metales que chocan, de gritos y gemidos… y, en medio de todo, un tambor siguiendo el compás más deprisa (ZB, p. 980-981; MM, p. 943).
Los conflictos bélicos son algo muy distinto cuando se viven desde la trinchera que constituye el frente de batalla. Mann ha optado por narrarlos desde el asombro, la perplejidad y la inocencia de la mentalidad juvenil, insuficientemente formada, que ha reflexionado poco.
La descripción fenomenológica de la conciencia perpleja del protagonista de la novela, sirve para que el lector de hoy comprenda un poco mejor el horror y los horrores de la guerra, lejos de toda la propaganda y publicidad habitual. Aquí se encuentra la guerra en su crudeza y suciedad, en su barbarie y sinsentido.
Frente a la cómoda espiritualidad de la montaña de los magos y maestros que debaten, la guerra es la llanura cenagosa europea donde se encuentran de otro modo más cruel los contendientes, en la que los opuestos se apostan en trincheras, donde los combatientes no tienen otra consigna que matar o morir.
El llano, a diferencia de aquella adorable y mágica montaña alpina, símbolo epocal de toda institución docente, representa la desolación del bombardeo y el ciego avance de los enemigos, la planicie donde luchan las fuerzas contrapuestas y antagónicas, el plano de la desolación y la muerte por el fuego cruzado. ¿Quiénes son los responsables? Tal vez aquellos fogosos Settembrini y Naphta que debatían con pasión sobre ideas, o tal vez un genio maligno, llamado curso del mundo, que todo lo trastoca y deforma, que todo lo convierte en furia y perversidad destructiva.
La opción de la convivencia pacífica, la eutopía cívica de la educación y la escuela, parece que no ha tenido fortuna y lo lamentable es que aquel joven, fruto de un tiempo convulso, que solo aspiraba a tener su propia voz y criterio frente a lo adulto y caduco, ha sido sacrificado y, con él, lo mejor de la humanidad, lo eterno que nunca muere, la inocencia de la juventud.
En una carta a su hermano Heinrich, dice Mann: “Todo se reduce a metafísica, música y erotismo: el yo no abandona nunca la pubertad” (Reich-Ranicki, 2003, p. 84). Los avatares de esa sangre joven, adolescente, que fueron, son y serán los últimos en ser reclutados, estudiantes o buscadores de empleo, que saben lo que es la guerra porque sin esperarlo han sido movilizados para ella, que nunca pudieron imaginar ese valor supremo de ser empuje en la batalla. “Ahora están aquí, su sangre joven todo lo consigue, sus cuerpos, excitados y sacrificados, mantenidos en tensión por las profundas reservas vitales, no reclaman el sueño perdido ni el alimento necesario” (ZB, p. 981; MM, p. 946).
Los filósofos no buscan ni pretenden asustar a los jóvenes con los peligros de la guerra; no practican un antibelicismo o pacifismo inane y de corto alcance. Se busca que surja como fruto maduro la reflexión ante las dicotomías de la clase de filosofía y del mundo que la circunda, pero no solo en ella. La discusión es confrontación de opiniones y razones, dejadas las creencias fuera, sobre el sentido de la cultura y la dicotomía teoría/práctica.
¿No es quizá el ejercicio de filosofía, un intento de no “separar el amor a uno mismo del amor al género humano”? (Reich-Ranike, 2003, p. 47). ¿No es la mejor representación de la humanidad las víctimas que han combatido en todas las guerras habidas y las que vendrán? ¿Quién declara la guerra y ordena que millones de jóvenes se alisten al ejército, para que caigan en campos y trincheras, en bosques y aldeas incendiadas por los bombardeos? Los jóvenes son los que han caído en todas las guerras.
Son un único cuerpo, calculado de tal manera que, a pesar de las graves pérdidas, pueden actuar y vencer, y celebrar la victoria y gritar mil veces ¡hurra! […]. Más de uno se ha singularizado en la medida que ha caído en esta violenta marcha (ZB, p. 982; MM, p. 946).
Frente a la ausencia de reflexión propia del frente y la trinchera, el lector actual se ve obligado a la reflexión porque la guerra no ha pasado, o sí, de la amenaza y de la posibilidad. ¿No es la ternura y la inocencia de los caídos en las guerras las que tiene que llevar a reflexionar sobre lo injusto y cruel de la guerra? Pues los jóvenes son los mismos en todos los tiempos, sus avatares y destinos parecidos. No se habla de que la guerra sea una fatalidad ineluctable, que conviene pensar en ella para aprender del pasado. Se lamenta que la sociedad en general no se forme reflexivamente para tener el coraje civil, el valor cívico y la audacia ética de oponerse a la guerra.
Se podría evocar otras imágenes, cabalgando a caballo o bañándose en una playa, paseando con la amada por la orilla, los labios en los oídos de ella… En lugar de esto, ahí están tirados con la cara en el barro (ZB, pp. 982-983; MM, p. 947).
El escritor, tal vez por deformación profesional, no tiene más remedio que evocar la sencillez y buena voluntad de los jóvenes combatientes, que siguen pensando en la dulzura del amor y en el sueño dorado de su amor cumplido. El genio narrativo de Mann alude al mito de la dulce juventud, que la moderna sociedad adulta ha explotado comercialmente como señuelo para soñar con ella como feliz estado de la humanidad.
En las postrimerías de la novela, se encuentra a un ingenuo personaje de la historia, que muy probablemente se contaría entre los muertos en el campo de batalla, tarareando dos versos de una canción de amor. No se sabe a ciencia cierta si ha caído; la guerra es tan impersonal que desfigura hasta ese rostro con barbita rubia de Hans. A unos pasos estalla un obús, producto de una ciencia enloquecida; pudiera estar herido, pero llevado por insano ardor guerrero, se levanta, camina, se tambalea, avanza cojeando y suena la cancioncilla de amor entre sus labios. El narrador sostiene que lo perdemos de vista, pero lo que en verdad sucede es que el Castorp del sanatorio de Davos ha acabado en un campo de batalla de Europa.
¿Acaso se pudiera preguntar si la alegre y despreocupada juventud puede acabar como el protagonista de esta historia? No es ese el caso, sino las similitudes entre ese niño mimado de la vida, que pudo sustraerse durante siete años a las necesidades perentorias del negocio, y nuestros escolares, despreocupados por las ideas abstractas como vida, amor y muerte. La supervivencia como especie depende de la paradoja que ha tomado cuerpo en Castorp. En esta experiencia la ganancia solo la registra el espíritu, aunque solo sea porque el protagonista se enamoró por primera vez de una enigmática mujer de ojos tártaros.
La enseñanza de la filosofía puede ser descrita desde Platón como la “co-acción” que se ejerce sobre el estudiante para que lleve a cabo la apagōgé o giro de su posición inmóvil y estática respecto al tiempo y sus acontecimientos, para comprobar el movimiento, cambio y dinamismo propio de lo temporal. Esto permite el borramiento y abandono del fijismo cavernario del tiempo, si se permite la expresión, a la vez que el destino implacable de la finitud y caducidad de lo humano. En este caso, se ha visto que el prisma o la óptica elegida por Mann ha sido, a modo de lente correctora, la salud o su ausencia en forma de enfermedad. La etimología de esta, infirmitas o infirmus, denota falta o ausencia de firmeza, fortaleza, energía o fuerza, síndrome inicial de Castorp de quien recordamos que no era un enfermo tuberculoso.
En concreto, ante la dicotomía de si enseñar contenidos o enseñar para la vida, parece que la novela aúna la actitud de los jóvenes ante las dificultades de la enfermedad y pudiera remover sus ideas sobre la salud humana. En definitiva, no hay materia, máxime en el ámbito de la reflexión filosófica, que no tenga un contenido sustantivo y que no enseñe para la vida. Lo que puede tener cierta originalidad es apostar por introducir, llevar al interior de cada uno, una reflexión sobre el tiempo en circunstancias extraordinarias, si es que alguna fuese ordinaria, como son las de la enfermedad, para crear la tensión entre el tiempo que parece detenido, el presente captado como una sucesión infinita de instantes, y el tiempo en movimiento, el ahora que deja de serlo en el instante siguiente, y el presente que se convierte en pasado con la velocidad con la que acontece la sucesión de instantes.
La educación, como se ha analizado en apartados anteriores, debe formular capítulos para la educación en salud, dentro de un marco ético que se fundamente en los principios de responsabilidad, libertad, autonomía y solidaridad. En este sentido, esta concepción va más a allá de la sola ausencia de enfermedad física o psíquica.
Teniendo en cuenta el problema del cual se ha partido, la guerra sucede a espaldas de sus protagonistas, es decir, los jóvenes que combaten en ella. La novela MM se presenta como un diagnóstico espiritual de una época de tragedia bélica, donde la enfermedad física se traduce en la enfermedad del espíritu. La gran metáfora de MM-ZB sitúa al lector ante dos jóvenes, que son seres prácticos (ingeniero y militar), que solo aspiran a curar su enfermedad y convalecer de ella, y no precisamente a ser sabios. Su restablecimiento es la condición para ser libres fuera del sanatorio.
El análisis hermenéutico aplicado a la obra de Mann plantea la necesidad de tomar la filosofía como formación de la persona, en el modo concreto de eutopía cívica, a desarrollar en el aula. En esta debe producirse la confrontación entre puntos de vista encontrados (Settembrini y Naphta como ejemplos), que deben ser “reconciliados”. Si estamos para curarnos, los extremos deben ser reconciliados (MM, pp. 519-520). No se aboga por la instrumentación de la filosofía, sino por convertir a la salud —literal y metafóricamente— en contenido fundamental de la reflexión filosófica.
Lo interesante para la docencia es la reflexión compartida sobre el tiempo: el tiempo de la enfermedad, vivido en la novela como tiempo formativo, es un tiempo sin medida, monótono, casi eterno; pasa sin conciencia, porque el enfermo apenas si se apercibe de su transcurrir (MM, p. 553). Cada uno de los protagonistas lo dedica a sí mismo, mientras madura y cambia la imagen de sí, como si estuviera viviendo un proceso de aprendizaje: “El tiempo que transcurre aquí no es tiempo” (MM, p. 556), son vivencias personales que lo hacen olvidar, porque ellas son el correlato y la consecuencia de la actitud que incoa la reflexión: el asombro. “El muchacho contemplaba aquel espectáculo con esa mirada infantil que va más allá de las apariencias sensibles y penetra en la esencia de las cosas” (ZB, p. 603; MM, p. 590). Si se repara en el objeto del asombro del joven se encuentra una clave de lectura esencial de la obra.
Lo que maravilla a Castorp es la profesión del padre de Naphta, shoshet, matarife del rito judío, profesión que ha elegido “por una inclinación de naturaleza espiritual y, dada la fragilidad de su cuerpo, movido por una fuerza relacionada con el brillo de estrellas de sus ojos” (ZB, p. 603; MM, p. 590). El contexto de la frase sobre el asombro de Castorp no es baladí, pues se refiere a la contraposición de dos rituales antagónicos del sacrificio de las reses en el matadero: el cristiano y el judío. La mirada infantil del propio Naphta, que contempla la degollación de la res por su padre, penetra y atraviesa lo sensorial para abismarse en lo esencial que no es otra cosa que el contexto espiritual del sacrificio.
Con independencia del contexto histórico nada favorable al semitismo, sino todo lo contrario, la frase resume de manera concisa el sentido de la reflexión como paradoja, ya se haga en un sanatorio antituberculoso o en un aula de filosofía. Naphta ha vivido la experiencia de que la piedad-devoción va vinculada a la crueldad, del mismo modo que el olor y la vista de la sangre manando a borbotones de las reses sacrificadas se emparenta con la idea de lo sagrado y lo espiritual (ZB, p. 693; MM, p. 590). Pero el destino del padre de Naphta fue, paradójicamente, ser crucificado por una enloquecida horda cristiana, acusado de haber matado niños de esta fe.
Por ello, otro de los puntos relevantes que se ha tratado de enfatizar en este análisis hermenéutico, se asocia con la finitud y la caducidad de lo humano en relación con una filosofía didáctica de la salud, que permita, de manera efectiva, una educación ante la enfermedad física y mental que tanto agobia estos turbulentos días.
Los jóvenes de cualquier época pueden aprender con el ejemplo de Castorp, que la experiencia y vivencias de ambos primos en la montaña templa un estado de ánimo fundamental de naturaleza ética, al que no es ajena la muerte en un campo de batalla (Mann, 1993, p. 17). El sacrificio de la inocencia, de la pubertad, en la guerra, sirve como un urgente llamado a la reflexión. ¿La sociedad puede pacificar la vida? Las conquistas del alma, el necesario desarrollo del pensamiento crítico respecto de las olas de violencia y terrorismo, enfatizan la actual necesidad de integrar a la ética como disciplina filosófica fundamental.
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