Aguijón
Trascendencia y sexualidad de las mujeres. Conocimiento contra violencia de género
Transcendence and sexuality of women. Knowledge against gender violence
Trascendencia y sexualidad de las mujeres. Conocimiento contra violencia de género
La Colmena, núm. 97, pp. 119-135, 2018
Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 17 Noviembre 2017
Aprobación: 16 Enero 2018
Resumen: Este artículo indaga en la sexualidad femenina y en los mitos que a lo largo de la historia han condenado a las mujeres a un segundo plano; asimismo, traza las huellas del proceder agresivo que, en algunos hombres, conduce a la violencia de género. Mediante la revisión bibliográfica de un conjunto de autores que ocupan un lugar destacado en la investigación sobre estudios de género, se intenta demostrar la hipótesis de que es posible un nuevo modo de pensar y entender la situación de las mujeres.
Palabras clave: mitos, sexualidad, violencia, mujer, estereotipo sexual.
Abstract: This article searches into women’s sexuality and into the myths that all along the history, have condemned women to a second level of hierarchy; likewise, it leaves traces of the aggressive power that leads some men to gender violence. Based on the bibliographical review of some authors who have a prominent place in gender studies research, we try to test the hypothesis of a possible new way of thinking and understanding women situation.
Keywords: myths, sexuality, violence, women, sexual stereotype.
Muchas de las manifestaciones de violencia de género que vemos a diario en nuestra sociedad están causadas por mitos culturalmente arraigados donde la mujer aparece como complemento y pertenencia del varón. Por otro lado, el desconocimiento de las fantasías y la sexualidad femenina hace que se tienda de modo machista a acusarla de coquetería y provocación, condenándola en muchos casos a la muerte.
Se necesita una mente abierta en el varón, capaz de comprender el modo en que la mujer alcanza la trascendencia como individuo más allá de su sexo y, a la vez, consecuente con éste. Una ventana abierta a la fantasía sexual femenina permitiría ver cómo se proyecta la mujer como imagen de sí misma. Y, por último, es urgente comenzar a enseñar desde la infancia el derecho de cada individuo, hembra o varón, a ser sexualmente y a sentirse a gusto y libre de culpa con su género/cuerpo.
El objetivo de este artículo es, en primer lugar, explicar el concepto de trascendencia y proyección del individuo hacia su realización humana y social, sin reducirla al plano sexual. En segundo lugar, indagar en la sexualidad femenina, más a nivel psicológico y de fantasías que a nivel biológico, considerando que este último aspecto ha sido ampliamente estudiado por los investigadores y cuenta con un extenso material bibliográfico. Y, por último, combatir los estereotipos femeninos asentados en nuestra sociedad con las propias respuestas de las mujeres a su sexualidad, así como proponer un nuevo modo de pensar a la mujer, de entenderla como ser sexual, sin culparla ni condenarla desde la perspectiva machista.
Para el análisis se aporta un corpus que incluye destacados estudios de género, como el trabajo pionero de Simone de Beauvoir, El segundo sexo; y estudios más recientes, como el realizado por Ruth Wodak y un nutrido grupo de investigadores compilados por esta autora en Gender and Discourse (Género y discurso). La metodología consiste en la revisión bibliográfica de autores que ocupan un lugar destacado en la investigación sobre estudios de género. En la mayoría de los casos, se ha utilizado bibliografía en inglés, por lo que he aportado mi traducción al castellano de las citas usadas en el presente trabajo. Mediante esa revisión se intentará demostrar la hipótesis de que es posible un nuevo modo de pensar y entender la situación de las mujeres. Para ello me baso en la selección antes mencionada y añado al estado de la cuestión mi punto de vista como investigadora.
La trascendencia del individuo
Como explica Simone de Beauvoir, el ser humano no se afirma como individuo sólo desde el plano sexual. En la realización personal intervienen una multitud de factores, entre los cuales la satisfacción sexual es uno más, aunque no por ello carezca de importancia. Para expresarse como ser humano que trasciende a la naturaleza, la mujer desarrolla, al igual que el hombre, otras cualidades, acciones y búsquedas que son inherentes a su necesidad de actuar y situarse en el mundo. Esta autora señala:
los psicoanalistas consideran que la verdad primera del hombre es su relación con su propio cuerpo y el cuerpo de sus semejantes en el seno de la sociedad; pero el hombre siente un interés primordial por la sustancia del mundo natural que le rodea y que trata de descubrir en el trabajo, en el juego, en todas las experiencias de la “imaginación dinámica”; el hombre pretende llegar concretamente a la existencia a través del mundo entero, aprehendido de todas las formas posibles (Beauvoir, 2011: 109).
En el caso de la mujer, esta aprehensión del mundo adquiere formas diferentes. Veamos, por ejemplo, la relación de la niña con su cuerpo. Según Beauvoir, el falo representa carnalmente la trascendencia, y la niña, al verse privada de este valor simbólico, se convierte en alteridad. Sin embargo, existen otros modos de afirmarse como sujeto. Una solución observada por Beauvoir para esta etapa de la niñez es que la muñeca sea un modo de trascendencia en la niña (Beauvoir, 2011: 111). Más tarde, cuando explica el papel secundario de la mujer desde los tiempos primitivos, llega al momento cumbre en que la mujer logra hacerse esencial gracias a la maternidad (Beauvoir, 2011: 131), sin embargo, hoy no es imprescindible llegar a ser madre para proyectarse como individuo más allá de la inmanencia. Las mujeres celebran también sus modos de transformar el mundo, tal como lo hacía el hombre en la edad antigua.
Los hombres celebraban el triunfo de transformar la realidad mediante el trabajo creativo. La mujer felicitaba esas hazañas, pero no era protagonista. En la actualidad, aunque seguimos estando en minoría en determinados puestos de trabajo y de mando, las mujeres incidimos en la sociedad, no solamente desde la aportación que supone la maternidad en las sociedades con un bajo índice de natalidad, sino desde otras áreas donde la investigación y el trabajo profesional no son sólo masculinos. Sin embargo, para situarnos en el arraigo de los mitos que han marcado a la mujer con un papel secundario, se hace necesaria la referencia al rol femenino desde sus inicios y a las circunstancias históricas que lo condicionaron. Empezando por la primacía masculina en la era primitiva, nos describe Beauvoir al homo faber:
El homo faber es desde el principio de los tiempos un inventor: el palo, la maza con la que arma su brazo para alcanzar los frutos, para derribar a los animales, son instrumentos con los que amplía su control del mundo; no se limita a transportar al hogar los peces que captura en el mar; primero tiene que conquistar el reino de las aguas tallando piraguas; para apropiarse de las riquezas del mundo se incauta del mundo mismo. En esta acción experimenta su poder, plantea unos fines, proyecta caminos hacia ellos: se realiza como existente. Para mantener, crea; desborda el presente, abre el futuro. Por esta razón, las expediciones de caza y pesca tienen un carácter sagrado. Se acogen sus triunfos con fiestas y celebraciones; el hombre reconoce así su humanidad. Este orgullo lo manifiesta ahora también cuando ha levantado un pantano, un rascacielos, una pila atómica. No sólo ha trabajado para conservar el mundo dado: ha hecho estallar las fronteras, ha sentado las bases de un nuevo futuro (Beauvoir, 2011: 128).
La mujer estaba entonces condicionada por la biología. En palabras de Beauvoir, “la hembra es presa de la especie, más que el macho” (2011: 128). La biología ha afectado a la mujer debido a los procesos naturales de su cuerpo, que han entrado en contradicción con una plena integración en la vida social y laboral. Sobre esto, Wodak (1997: 12) ha manifestado:
También debemos tener en cuenta que en nuestras sociedades el sexo biológico aún se utiliza como una poderosa arma de categorización: por ejemplo, en muchos empleos las mujeres aún reciben un salario menor que los hombres por los mismos logros y en los mismos puestos. En estos contextos, el sexo biológico como “factor natural” es todavía relevante, no es para nada un constructo social variable.1
Otro modo de trascender es para el ser humano, hombre o mujer, sentirse dueño de su destino.
Esta conquista ha sido explicada de manera filosófica en El mito de Sísifo, de Albert Camus, y sobre ello ha escrito Zárate (1995) en su biografía literaria de Camus:
Ese instante en que contempla cómo se desperdicia toda su energía, en que ha de seguir a su piedra rodante para empujarla de nuevo sudoroso, conocedor de que el hecho volverá a repetirse sin fin, es el momento de la consciencia, el del absurdo presente a los ojos. Sísifo debe reemprender el trabajo y es esa decisión lúcida que le impele a partir de cero para llegar a cero lo que le convierte, por obra de su voluntad, en un ser superior a su fortuna, más tenaz y más duro que su roca. La tragedia anida precisamente en su certidumbre, en su ausencia total de esperanza. Si le quedara un atisbo de fe, dejaría de ser trágico. Pero Sísifo sostiene en su corazón el peso horrible y cruel de la existencia y transforma su dolor en alegría: es dueño de su destino, lo conoce y lo disfruta, es capaz de deleitarse con el contorno inflexible de la piedra. Y, como Sísifo, todo hombre absurdo halla su placer en una faena inútil, que le proporciona la suerte de ser él mismo, de vivirse, y ello mismo le permite, aun sabedor desgarrado de su Moira, ser feliz (Zárate, 1995: 24).
La pregunta es: ¿nos sentimos las mujeres dueñas de nuestro destino? Para responder es necesario integrar un conjunto de factores, tales como el entorno social, laboral, profesional, que son los que le dan a cada individuo un lugar en el mundo. La especificidad de la mujer es que su condición biológica y su papel secundario, antropológicamente estudiado a lo largo de los años, la ha colocado siempre por detrás del hombre, y para ser dueñas de nuestro destino primero es preciso entender lo que ha llevado a la discriminación de la mujer a lo largo de la historia y después ser capaces de combatir los estereotipos y darle nuevos nombres a las cosas.
Los mitos
Una mirada a través de algunos mitos que han descrito al paso de los siglos a la mujer podrá servirnos como soporte donde basar la idea-imagen que se tiene del sexo femenino.
La mujer aparecía […] como lo inesencial que nunca llega a ser esencial, como la Alteridad absoluta, sin reciprocidad. Todos los mitos de la creación expresan esta convicción preciosa para el varón y, entre otros, la leyenda del Génesis, que a través del cristianismo se perpetuó en la civilización occidental. Eva no fue creada al mismo tiempo que el hombre, no fue creada con una sustancia diferente ni con el mismo barro que sirvió para moldear a Adán: nació del costado del primer varón. Su nacimiento mismo no fue autónomo; Dios no eligió espontáneamente crearla con una finalidad en sí […]: la destina al hombre, se la da a Adán para salvarlo de su soledad, tiene en su esposo el principio y el fin; es su complemento en el registro de lo inesencial. Aparece como una presa privilegiada (Beauvoir, 2011: 227).
La historia de la antropología recoge datos relevantes sobre el tratamiento a la mujer en sociedades patriarcales a lo largo de la evolución humana. Hay casos en los que sería más preciso hablar de tabúes que de mitos, teniendo los primeros una connotación más negativa. Una amplia investigación, expuesta en la Introducción a la antropología general, de Marvin Harris, avala esta afirmación. Es menester citar al menos algunos ejemplos que ilustran la estigmatización de la mujer:
En Bangladesh, Lindembaum encontró una elaborada ideología de supremacía masculina expresada en símbolos y rituales entre los foré de las tierras altas de Nueva Guinea. En ambos casos las mujeres estaban sujetas a importantes privaciones materiales. Entre los foré, las mujeres encintas eran aisladas en chozas especiales, no para celebrar y concentrar los poderes femeninos, sino para limitarlos […]. Si una mujer foré da a luz a un niño deforme o un aborto, se la considera la única responsable. Su marido y los hombres de la aldea la denuncian, la acusan de intentar oponerse a la autoridad masculina y matan a uno de sus cerdos. Entre los foré, como entre muchas otras sociedades de Nueva Guinea, los hombres se apropian de las mejores fuentes de proteína animal. […] Los mismos resultados […] son evidentes en Bangladesh (Harris, 2004: 506).
Asimismo, en determinados países ser mujer constituye una desgracia desde el punto de vista social. Uno de los casos más graves es el de la India, con una tradición cultural muy arraigada de hostilidad hacia la mujer. Véanse los análisis de los investigadores en el siguiente pasaje:
A diferencia de sus congéneres de África occidental, los padres del norte de la India expresan una aguda preferencia por los hijos en lugar de por las hijas. Como pone de manifiesto Barbara Miller (1981, 1987, 1992) las mujeres indias constituyen un “sexo amenazado” como consecuencia de la alta tasa de mortalidad infantil femenina provocada por el abandono de los padres. Un hombre del norte de la India que tenga muchas hijas las considerará su situación una catástrofe, no una bendición económica. En lugar de recibir el precio de la novia, el padre del norte de la India paga al marido de cada una de sus hijas una dote […] consistente en joyas, vestidos o dinero (Harris, 2004: 511).
Del mismo modo, dado que en la India la mujer es sólo una propiedad del hombre, ésta queda totalmente desprotegida al morir el marido, agredida por todo tipo de tabúes y prejuicios que la conducen a elegir la muerte como el mal menor:
La cultura del norte de la India ha sido siempre extremadamente hostil a las viudas. En el pasado, se le daba a la viuda la oportunidad de reunirse con su marido muerto en la hoguera funeraria. Muchas mujeres, exhortadas por la familia del sacerdote y por los parientes de su marido, abocadas a una vida de aislamiento, sometidas a tabúes alimentarios que las ponían al borde de la inanición, elegían la muerte en la hoguera antes que la viudedad (Harris, 2004: 511).
Sin embargo, aún más importante que la explicación de los tabúes sociales sobre las mujeres es la interpretación de las propias mujeres sobre sus circunstancias. Hacer uso de la interpretación femenina del mundo es imprescindible en toda investigación sobre la vida de las mujeres, puesto que el mundo lleva siglos siendo interpretado desde puntos de vista masculinos. Otro ejemplo aportado por Harris nos ilustra cómo ya desde los tiempos primigenios las mujeres analizaban las cosas de un modo diferente del de los hombres, entendían y vivían la realidad de otra manera:
numerosos datos recientes sugieren que las mujeres tienen sus propias ideologías de género, que no han sido recogidas de forma adecuada porque las primeras generaciones de etnógrafos estaban formadas primordialmente por hombres, que fueron incapaces o no se preocuparon de obtener el punto de vista de la mujer. Por ejemplo, el aislamiento de las mujeres menstruantes entre los indios yurok del norte de California ha sido interpretado por etnógrafos varones, coherentemente, como una manifestación de la necesidad de proteger a los hombres de la contaminación por la sangre menstrual. Sólo recientemente ha quedado claro que las mujeres yurok daban un sentido completamente diferente de lo que estaban haciendo (Buckley, 1982; Child y Child, 1985). Más que sentir que eran confinadas en beneficio de los hombres yurok, pensaban que estaban disfrutando de una oportunidad privilegiada para escapar de los quehaceres de la vida diaria, meditar sobre sus propias metas vitales y hacer acopio de fuerza espiritual. Una mujer en período de menstruación debe aislarse porque ésta es la época en la que alcanza el cenit de sus poderes. Así pues, no debe desperdiciar su tiempo en tareas mundanas y distracciones sociales, ni romper su concentración en asuntos con el sexo opuesto. Más bien, todas sus energías deben aplicarse en la meditación concentrada sobre la naturaleza de la propia vida, “para encontrar el propósito de tu vida”, y hacia la “acumulación” de energía espiritual. El refugio o habitación menstrual es “como el baño masculino”, un lugar donde “entras en ti misma y te haces más fuerte” (Harris, 2004: 502).
En la civilización occidental, llegados al siglo XIX, los problemas adquirían un matiz más elevado: se trataba de la discriminación laboral. En el periodo de la industrialización encontramos un modo alternativo de discriminar a la mujer, cuyos residuos aún permanecen latentes en la sociedad actual:
Durante la fase fabril de la industrialización las mujeres tuvieron escasas oportunidades de derribar la herencia de la clásica jerarquía de género euroasiática. Tras un periodo inicial de intensa explotación en el trabajo de fábricas, las mujeres casadas fueron excluidas del trabajo industrial y confinadas a las tareas domésticas a fin de asegurar la reproducción de la clase trabajadora. Los varones que trabajaban en las fábricas y llevaban el pan a casa colaboraron en este esfuerzo por proteger sus privilegios al tiempo que repelían la amenaza que las mujeres pudieran suponer sobre la tasa masculina de salarios (Harris, 2004: 518).
Relacionado con los estereotipos surge el problema de la violencia de género. No podemos decir que sea una consecuencia de aquellos, pero, sin dudas, la comprensión de los roles socialmente atribuidos y de las desventajas de un sexo respecto al otro podría ayudar en mucho a prevenir agresiones de género que, como toda violencia, tienen un origen cultural, además de biológico y natural. Sobre la violencia en sentido general, Jiménez (2012: 15) señala lo siguiente:
Sin duda, la violencia es uno de los aspectos de nuestra vida que más nos preocupa, si no existiera probablemente ni siquiera hablaríamos de paz. Podríamos decir que la violencia es vivida como la ruptura de un “orden establecido”, de una armonía preexistente, de unas condiciones de vida en las que se realizan las expectativas de existencia de la especie humana. Desde esta perspectiva, la humanidad podría considerarse ante todo como “exitosa” por su capacidad de colaboración y cooperación para adaptarse y extenderse a los diversos ecosistemas del planeta, y, contrariamente, como “fracaso” por supeditar a sus actuaciones, a su voluntad, el resto de la naturaleza y las formas de vida (llegando a provocar incluso la extinción de la misma especie humana).
Violencia de género
La sociedad actual no se ha deshecho de los mitos que sitúan a la mujer en un segundo plano. Si las mujeres no son iguales a los hombres en derechos, pongamos por ejemplo la diferencia salarial; si las instituciones no las tratan al mismo nivel que a los hombres; si la sociedad las discrimina en cuanto se salen del rol que se ha designado para ellas, entonces están cercadas, rodeadas de barreras que impiden la libertad y la igualdad. Los abusos a las mujeres tienen un magnífico caldo de cultivo en esta realidad, pues los hombres que abusan se sienten de algún modo legitimados. Sobre esto, Horley (2000: 72) expresa:
Desde el punto de vista de la mujer, se espera de ella que no se guste a sí misma, sino a los otros y especialmente a los hombres. Está condicionada a tener un hombre a toda costa. Con la creencia de que el ideal es una familia biparental, se espera de la mujer que se quede “por el bien de los niños”. Se trata de permanecer con su marido. Si el matrimonio de una mujer fracasa, a los ojos de la sociedad, ella ha fracasado en su papel principal.
Cambiar esa mentalidad arraigada puede llevar bastantes años. Hasta hoy se han dado muchos pasos de avance en la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pero ellas siguen siendo “devaluadas y discriminadas”. Como explica Horley (2000: 64), “si la sociedad sigue tratando a las mujeres como si no fueran importantes, es inevitable que muchos hombres adopten la misma postura en sus relaciones individuales. Y la consecuencia, a menudo, es la violencia doméstica”.
Entender la agresión a la mujer. Los tres círculos
Los ciudadanos no estamos preparados para comprender los hechos de violencia de género. Cuando éstos se producen generan en la sociedad frustración e impotencia, necesidad de entender el porqué. Precisamente ese por qué no es tan sencillo, es más abarcador de lo que se cree, y deberíamos empezar a estudiarlo, a comprenderlo desde edades tempranas, en la escuela, educando en la desarticulación de mitos que llevan a la apropiación de la mujer por parte del hombre. Si ella es una de sus pertenencias y, además, la sociedad, las instituciones y la historia le dan la razón, el varón la tratará siempre como a un objeto, no como a un ser humano. El manual de formación para asistentes sociales, de Deborah Sinclair, es una herramienta de enseñanza esencial para analizar y comprender las agresiones, sus causas y su contexto. En este documento se perfilan tres círculos:
Círculo A. Este círculo representa las actitudes y creencias sociales. Muchos hombres piensan que tienen el derecho de controlar a sus compañeras. La sociedad lo consiente y tolera como algo “justo”, al no condenar ese comportamiento. Hasta hace relativamente poco, era legal que un hombre pegara a su mujer. Incluso hoy, a los hombres violentos no se les hace responsables de sus actos. La policía sigue teniendo reticencias a la hora de intervenir en “disputas domésticas” […] Círculo B. Este círculo representa la respuesta de la familia, amigos y agencias frente a la violencia ejercida contra las mujeres y cómo la creencia en los mitos perpetúa esa violencia. A menudo, la gente dice: “A ella le gusta, lo provoca, se lo merece”. “Es por la bebida”. “Es un problema de la clase trabajadora”. Sé que esto no es un problema de clase —tanto las víctimas como los agresores proceden de todos los estamentos de la sociedad […] Son excusas o justificaciones para un comportamiento violento. Debemos recordar que los hombres no nacen violentos. La violencia es algo que aprenden. Por encima de todo, la violencia es una elección y aquellos que la infligen son responsables de ello. Círculo C. Representa los factores psicológicos. Un abusador niega su comportamiento y culpa a su compañera del abuso. “Ella me hizo hacerlo”. Depende de la mujer para satisfacer todas sus necesidades emocionales. Se hace excesivamente celoso y posesivo. Un abusador crece creyendo que debe ser “el cabeza de familia”. Se espera de los hombres que sean fuertes, controlados, agresivos y que tengan éxito. La mayoría de las emociones se expresan en forma de enfado, porque el enfado es un sentimiento masculino aceptable. Muchas veces, sus amistades son superficiales (Horley, 2000: 71-74).
La idea arraigada en el comportamiento masculino de que la mujer debe obedecerle o, de lo contrario, lo pone en ridículo ante los demás es verdaderamente irritante para quien, como mujer, analice semejante planteamiento. ¿Por qué debo obedecerte? ¿Me compraste en un mercado de objetos obedientes? ¿No tengo yo mis propios puntos de vista? ¿Por qué te consideras ofendido si opino algo diferente de tu punto de vista? ¿Te consideras superior? Todas estas preguntas son las que nos hacemos las mujeres ante la perspectiva errónea y ofensiva de lo que podríamos denominar “el macho superior”. Pero, mientras que a nosotras nos impulsan nuestra dignidad y amor propio, a ellos los avalan los mitos y creencias asentados en la sociedad durante siglos, les apoya también una tradición de adoración al macho y menosprecio de la hembra, un mercado laboral donde los puestos de responsabilidad los ocupan los hombres y donde la brecha salarial entre hombres y mujeres con el mismo puesto de trabajo es evidente. Cabe citar al respecto un estudio reciente de la Unión Europea (UE), titulado: Cómo combatir la brecha salarial entre hombres y mujeres en la Unión Europea. En ese trabajo se aporta en primer lugar la siguiente definición:
Se conoce como brecha salarial entre hombres y mujeres a la diferencia existente entre los salarios percibidos por los trabajadores de ambos sexos, calculada sobre la base de la diferencia media entre los ingresos brutos por hora de todos los trabajadores (Luxemburgo: Oficina de Publicaciones de la Unión Europea, 2014: 2).
El estudio revela que “las mujeres de la UE ganan alrededor de un 16% menos por hora que los hombres” (Luxemburgo: Oficina de Publicaciones de la Unión Europea, 2014: 2), y ello se debe a los distintos modos de remuneración aplicados a uno y otro sexo, una distinta vara de medir que pone de relieve la infravaloración de la mujer:
Las competencias y capacidades de las mujeres están a menudo infravaloradas, especialmente en las ocupaciones en que ellas predominan. Esto se traduce en peores condiciones de remuneración para las mujeres. Por ejemplo, los trabajos que requieren esfuerzo físico, que suelen desempeñar los hombres, a menudo reciben una valoración más favorable que otros trabajos realizados más bien por mujeres. Por ejemplo, una cajera de un supermercado gana menos que un hombre que trabaja en el almacén del supermercado.
Cuando las mujeres constituyen la mayoría de las personas que trabajan en una ocupación determinada, reciben salarios más bajos. En el caso de los hombres sucede todo lo contrario: cuanto mayor es su predominio en una ocupación determinada, más elevados son sus salarios (Luxemburgo: Oficina de Publicaciones de la Unión Europea, 2014: 6).
Estos ejemplos ponen de manifiesto que la discriminación de que hablamos cuenta con datos científicos aportados por instituciones internacionales, pero el presente análisis no pretende centrarse en un solo tipo de discriminación, sino que, como se menciona en la introducción, se busca una mejor comprensión del asunto en su totalidad y un lenguaje novedoso que aporte tanto nuevos modos de denominar los comportamientos femeninos como un correcto entendimiento de éstos. Yendo al origen de la discriminación podemos avanzar hacia una corrección paulatina de ésta.
¿Qué hacer?
Lo primero es aclarar los términos. Debemos dejar claro, por muy avanzada que parezca nuestra época actual, que la mujer no es una propiedad del hombre. Sería aconsejable que al consagrarse un matrimonio, en cualquiera de las religiones y ritos existentes, se incluyera una cláusula, una parte del sermón que, al ya conocido texto de “¿acepta usted por esposa…, para acompañarla en la enfermedad y en la salud…?” añadiera lo siguiente: esta mujer es una compañera para la vida, pero no le pertenece; ella podrá tomar sus propias decisiones, realizarse como persona sin su permiso, decidir en qué trabaja, a qué dedica su tiempo libre, tener su espacio personal y elegir qué parte de ese espacio, qué actividades y qué sueños desea compartir con usted. Del mismo modo, usted tampoco es pertenencia de ella, y podrá tomar sus decisiones personales en todos los aspectos antes expuestos.
Puede ser que la propuesta formulada en el párrafo anterior le resulte exagerada a alguien, pero ante los hechos que estamos presenciando, los ataques a mujeres, las agresiones sin motivo y las muertes causadas por la violencia machista, es necesario que legalmente se aclaren los términos, se añadan precisiones como las sugeridas, que tal vez en un futuro puedan salvar vidas.
Otro paso importante sería que tanto las mujeres como la sociedad en su conjunto aprendiesen a reconocer el modus operandi del maltratador. La primera interesada en detectar síntomas y comportamientos que puedan avisar de un infierno futuro es la mujer que está eligiendo pareja. Por supuesto estas cosas no son frías ni lógicas, dependen sobre todo de las emociones, y si una chica se siente atraída por un chico que se convertirá en maltratador con el paso del tiempo, es muy difícil que ella capte alguna señal de peligro durante el enamoramiento. Sin embargo, si somos observadoras podríamos darnos cuenta de ciertas actitudes de las que nos avisa Horley en su ponencia “El síndrome del encanto. Por qué hombres encantadores pueden volverse peligrosos amantes”:
Los abusadores emplean una serie de técnicas para controlar a las mujeres. Éstas incluyen: Alternar encanto y afecto con enfado y violencia. No siempre es fácil reconocer a un maltratador. Puede parecer popular, de trato fácil y amable. El cortejo, a menudo, es un torbellino de episodios románticos. Mediante su encanto, se engaña a sí mismo y a los demás. Por supuesto, no todos los hombres encantadores son abusadores, pero el encanto puede ser una señal reveladora. Y una vez que la mujer se ha comprometido, un abusador puede pasar sin previo aviso del encanto a la ira. El abuso puede ser muy sutil —críticas constantes, humillarla delante de su familia y amigos—. Puede ser la alegría de la fiesta y los amigos no pueden creer que abuse de ella. A puerta cerrada, puede negarle su afecto, rebajarla delante de sus hijos, abusar de ella verbalmente. Todo esto puede llevar a la mujer a sentirse despreciable y que, en cierto sentido, se lo merece (Horley, 2000: 67).
El sentimiento de culpa creado por un maltratador y la destrucción de la autoestima de su pareja son resultado de lo descrito en el párrafo anterior. Un paso esencial por realizar es reforzar la autoestima de las mujeres desde la educación primaria, para que no se dejen maltratar psicológicamente cuando crezcan y busquen establecer una relación amorosa.
Debido a la inmediatez de nuestra propia consciencia, podríamos decir que la solución está primero en nuestras manos y luego en las manos de la justicia. La educación es, como ya se ha dicho, fundamental, pero nos aportará la ayuda necesaria a largo plazo. En este sentido cabe destacar el trabajo de Garrido en su libro Amores que matan, donde señala las claves para prevenir un futuro lleno de maltratos:
¿Cuál es la opción, entonces, si la respuesta actual no está en la justicia y las reformas educativas y sociales no surtirán efecto hasta dentro de muchos años? Ésta es la cuestión central que se discute en este libro. Lo que yo te propongo es algo menos rimbombante pero más eficaz: aprende a reconocer quiénes son los hombres peligrosos, dispón del conocimiento que poseemos sobre los hombres que tienen la mayor probabilidad de agredir psicológica o físicamente a sus parejas. Quizá lo que propongo no sea muy espectacular, pero intentaré demostrarte que es el mejor sistema que ahora puedes poner en práctica (no dentro de veinte años), el que ahora puede ahorrarte años de sufrimiento y violencia, el que, en algunos casos, puede salvarte la vida2 (Garrido, 2015: 12-13).
La consciencia sobre nosotras mismas y nuestros actos es también la que nos cura la autoestima dañada y nos fortalece la idea que tenemos de lo que valemos. Es un diamante en bruto, pensemos en cómo hacer de él una piedra preciosa.
¿Cómo reforzar la autoestima de la mujer?
En su libro Quiérete mucho, Gaja explica cómo detectar la baja autoestima, su contexto y sus causas. En primer lugar, aclara que la autoestima no significa solamente amor hacia uno mismo, sino que es un estado mucho más complejo donde intervienen muchos factores personales y sociales:
La autoestima tiene mucho que ver con el entorno de las personas (sociedad, cultura, familia, amigos, marco socioeconómico y laboral, etc.) y sus logros (estudios, retos, aspiraciones, cultura, trabajo, posición social y económica, etc.) y, entre otras cosas, condiciona nuestra conducta. Así pues, es necesario saber en primer lugar qué es la autoestima para poder definir después cómo nos afecta su carencia en la vida y cómo podemos intentar incrementarla (Gaja, 2006: 25).
Las mujeres que son víctimas de la violencia de género necesitan salvar primero sus vidas y después, dentro del largo proceso de rehabilitación por el que pasan para volver a rehacer su existencia, encontrar un sentido y cierto equilibrio; tienen que trabajar muy duro para recuperar la autoestima, porque tener una autoestima sana y robusta significa tener libertad. Sobre ello, explica Gaja (2006: 77):
La persona con baja autoestima no es libre y, además, teme serlo porque para ello tendría que reajustar todo un patrón de pensamiento y actuación, tanto en el ámbito de la competencia como en el del merecimiento. Este patrón es el que ha mantenido durante toda su vida; se ha ido forjando sobre sus experiencias y éstas, a su vez, han ido marcando una tendencia. Tal como hemos dicho con anterioridad, las experiencias negativas marcan más profundamente que las positivas, sobre todo en los casos de baja autoestima en los que la persona tiende a focalizar los aspectos negativos y a obviar los positivos. Todo ello explica el hecho de que la persona con baja autoestima crea que no tiene más opciones que las que ha tenido hasta ahora y que le sea casi imposible romper con esa tendencia.
Por estas razones, insistimos en que la educación previa a la adolescencia y juventud debe incluir desde ahora temas relacionados con la autoestima, y estrategias para que hombres y mujeres aprendan a fortalecerla desde muy jóvenes y a no permitir que nada ni nadie se las destruya. Entre los esfuerzos realizados hasta el momento cabe destacar el trabajo de Victoria DeFrancisco (1997), quien aporta al debate actual los siguientes aspectos:
numerosos estudios han documentado la lucha de las mujeres con la auto-estima […]. En ellos encontramos que hablar con una misma desarrolla un fuerte sentido de la identidad y es fundamental para proteger la auto-estima. Mientras que las mujeres en nuestra investigación se centraban en soluciones individuales, en lugar de proponer estrategias para cambiar estructuras sociales opresivas de mayores dimensiones (tales como imágenes de belleza perjudiciales, sexismo en la educación y en las profesiones, o heterosexualidad obligatoria), varias prestaron atención a las estrategias de resistencia que les ayudaron a convertir formas de opresión social como el racismo, el sexismo, el abuso sexual, y la falta de afirmación en la estructura familiar, en oportunidades de emancipación. Utilizaban la técnica de hablar con una misma (combinada con otras estrategias) para protegerse, desarrollando por ejemplo la habilidad de ver los actos racistas como el problema de otro, en lugar de permitir que tales actos hirieran su orgullo y su auto-respeto3 (DeFrancisco, 1997: 50-51).
La mujer ha necesitado encontrar soluciones individuales para contrarrestar su pérdida de autoestima. Cuando hablamos a solas con nosotras mismas, estamos escuchando nuestra voz, haciéndonos oír, es un ejercicio de hacerse valer, aunque sólo sea un eco que rebota sobre nosotras, sin público que reaccione.
Conjuntamente con esa “asignatura” que nos enseñe sobre la autoestima, debemos añadir una educación sexual ampliada, donde todos los niños aprendan a reconocer cómo se ve a sí mismo el sexo opuesto, y a entender las fantasías como algo natural dentro del proceso cognitivo y subconsciente del ser humano.
Fantasías y sexualidad femenina
A la mujer la entienden sobre todo las personas del sexo femenino, pues precisamente su condición sexual la ha mantenido atada y en desventaja respecto al sexo masculino. El conocimiento de la sexualidad femenina es tabú incluso para las propias mujeres, pero es esencial para llegar a la comprensión total de ese ser relegado a un segundo plano que ha sido la mujer.
En su libro El espejo interior (The Mirror Within), Dickson (2008) intenta alcanzar la comprensión de esas facetas no exploradas en la sexualidad de la mujer y en primer lugar de las fantasías:
Para la mayoría de los hombres y mujeres, la frase “fantasía sexual” automáticamente trae a la mente la imagen de un plató de cine donde crean su propia película: un reparto de miles, o tal vez sólo dos personas, con algún tipo de guion, a menudo silente, donde se parte de la overtura sexual inicial hasta llegar a un final orgásmico. Esto es, por supuesto, lo que mucha gente experimenta como fantasía sexual, pero esto es sólo un aspecto de ella. Y, dado que los conceptos y tabúes acerca de la sexualidad humana se han ido formando durante siglos a través de la experiencia sexual masculina, la fantasía sexual ha sido definida casi exclusivamente en términos visuales mientras que los demás sentidos han sido ignorados4 (Dickson, 2008: 73).
Está claro que las fantasías sexuales son una proyección consciente o inconsciente de nuestro yo hacia el universo. Lamentablemente, muchos hombres se creen propietarios únicos de la fantasía sexual; es decir: es impensable que una mujer manifieste abiertamente sus fantasías sexuales. Con un simple ejercicio de pragmática cultural en nuestro entorno podemos observar que el hecho de que un hombre comente sus fantasías en un bar con sus amigos suena divertido para algunos de su propio sexo; pero que si lo hace una mujer encontraría inmediatamente algún modo de “condena” en quienes la escuchasen. Y, precisamente, en esas fantasías ocultas, que nunca se atreven a revelar las mujeres, yace gran parte de la insatisfacción femenina: si no puedo expresarme, no puedo realizarme. Dickson (2008: 74) explica que:
los componentes eróticos de las fantasías prevalecientes en nuestra cultura reflejan muy de cerca la experiencia del condicionamiento femenino y masculino. Los componentes de estas fantasías son casi siempre visuales con tonos emocionales. Si recordamos todo el patrimonio cultural del sexo como un monstruo temible, como algo de lo que no se puede hablar ni conocer, no es sorprendente que un elemento frecuente en las fantasías sea cualquier cosa que represente un tabú.5
Ese temor a hablar de las fantasías sexuales hace que éstas crezcan en el interior. Dickson describe como “gente tabú, lugares tabú y actividades tabú” las siguientes:
Imaginamos que tenemos sexo con una persona prohibida —una “estrella”, un vecino, un extranjero, la pareja de alguien, la mujer que va a nuestro lado en el autobús, el hombre de la estafeta de correos, un niño, ¡quizá un cachorro de pastor alemán! El lugar puede ser una iglesia, un supermercado, en medio de la carretera, en un tren, en la habitación de tus padres, en una playa, en la silla del dentista— ¡cualquier sitio que habitualmente se considere prohibido! Y, además del lugar, la acción que llevas a cabo también puede ser tabú: hacer el amor con una mujer si eres heterosexual, disfrutar del sexo en grupo con una docena de compañeros todos adorándote y prestos a complacer cualquier capricho, sentarte sobre el rostro de tu compañero y recibir placer de una lengua atlética. Puede ser cualquier cosa que no quieras o no te sientas capaz de hacer en la vida real6 (Dickson, 2008: 75).
Dado el enorme precipicio que se abre entre las fantasías sexuales y su verbalización, podríamos decir que todos avanzamos con la cabeza baja, sintiéndonos culpables entre la multitud —más aún las mujeres—. Si bien entendemos que el sexo es un espacio privado de cada individuo, percibimos la necesidad de una educación más abierta, donde se libere a hombres y mujeres por igual de “la culpa”. Si reconocemos como culpable cualquier actitud en la mujer que genere una respuesta machista, entonces estamos listos para educar sobre la culpa. No hay culpa en un comportamiento natural donde cada individuo sexuado refleja su personalidad. Digamos que si una mujer va con un vestido bonito, sexy y atrayente está siendo ella misma. No es justo que se genere inmediatamente en la mente del sexo opuesto la siguiente frase: “lo hace para provocar”. A eso nos referimos cuando hablamos de “la culpa”. Una culpa que yace en el pecado original, desde el punto de vista de la religión católica, pero que luego ha ido evolucionando negativamente hacia hechos tan sencillos como ponerse un vestido hermoso.
El problema de la culpa es aún más profundo y complejo de lo que puede verse a simple vista. Cuando una mujer se enfrenta a sus miedos y manifiesta abiertamente sus fantasías sexuales es catalogada, en la mayoría de los casos, de dos maneras: o culpable o loca. Algunas mujeres se han expresado y han realizado sus deseos ocultos, incluso los han narrado para el público, a modo de terapia, para crecer y combatir los miedos. Ése es el caso de Anaïs Nin. Los Diarios Amorosos de esta autora son un ejemplo destacado de la autoexploración, la búsqueda de la comprensión de una misma. En el siguiente pasaje narra el sufrimiento que proviene de una enorme tormenta emocional donde se mezclan su marido y sus amantes. Es la imagen de la mujer enfrentándose a los monstruos que oscurecen su camino:
Para Hugh es un recrudecimiento del amor, un volver a empezar. La victoria sobre la mujer que necesitaba para afirmarse la ha intentado conmigo y no con otra, tal como Allendy esperaba. Ha afirmado su agresividad sexual. También me ha inundado de su necesidad de aventura. Quiere que salgamos. Vamos al cine y después a bailar. Jugamos a que es la primera vez que nos vemos.
—Soy astrólogo —me dice.
—¿Nos veremos aquí la próxima vez?
—No aquí —contesta Hugh—. Quiero viajar contigo. ¿Vendrías a Egipto conmigo?
No puedo continuar con el juego. Necesito llorar. Su actitud me emociona y me hace daño. En el coche acaricia mi pierna como un amante caprichoso. Conduce distraído. Me ha despertado una profunda ternura… nada más. Pero alimento su ilusión y le estoy agradecida por la vida. Toda la empalagosa dulzura, el empalagoso idealismo; mientras a sus espaldas me hundo con Henry y June en una vida salvaje, áspera, odiosa y desapacible (Nin, 2014: 40).
Evidentemente el caso de Nin se sale de lo corriente y requiere un análisis psicológico que no es objeto de este trabajo, pero está claro que, a simple vista, muchos la catalogarían de “culpable”; ése es el sello que la sociedad pone a todo comportamiento femenino que se sale de las normas, y desde este espacio proponemos un análisis más abarcador que comience desde la educación primaria, donde a todo lo que hoy se denomina “culpable” se añada una explicación y un contexto social, psicológico y humano.
La culpabilización del otro, y en el caso que nos ocupa, de la mujer, es un elemento clave del maltrato y la violencia de género. En su ponencia “El síndrome del encanto. Por qué hombres encantadores pueden volverse peligrosos amantes”, Horley (2000) describe el uso de la culpa por el maltratador:
Abusos emocionales, psicológicos y verbales
Insultos, groserías, observaciones despectivas, humillaciones (por ejemplo, hacer que una mujer se arrodille y pida perdón o forzarla a participar en actos sexuales que le repugnan) o crueles represiones pueden socavar la personalidad de una mujer. Con frecuencia, a una mujer abusada se le impide comer, dormir o tener contacto humano, todo lo cual reduce su capacidad de irse.
Culparla de los abusos
Una mujer abusada es manipulada por su compañero, quien le hace un lavado de cerebro para que crea que es su culpa. “Todo eso son imaginaciones tuyas, tú haces que yo me comporte así, no soy así con nadie más”. Cuanto más aislada esté, más le cree (Horley, 2000: 69).
Culpar, aislar y controlar económicamente a la mujer son las estrategias clave de cualquier maltratador. Por eso debemos combatir esa indefensión desde la sociedad y las instituciones con más integración, independencia económica y valoración de la mujer en todos los ámbitos. Véase la descripción de Horley sobre el sometimiento económico:
Control económico
Un abusador controla el dinero y toma las decisiones importantes de la casa. A veces, a la mujer se le impide tener un trabajo o utilizar el coche. La casa, muchas veces, está a nombre del hombre. Ella no tiene dinero, no tiene a dónde ir (Horley, 2000: 69-70).
La verdad es otra
Para hacer comprender la situación de la mujer nos vemos en la necesidad de desmitificar. Si, desde la antigüedad, se le ha descrito como coqueta, ingrata, zalamera, traidora, tentadora, causante de males, es porque el trasfondo histórico de su devenir y su experiencia vital la situaba en completa desventaja social, moral, económica. La mujer ha sido desde los orígenes una superviviente al amparo del hombre; si se rebelaba, era castigada o incluso moría. Sobre “la situación y el carácter de la mujer”, nos dice Beauvoir (2011: 757):
Ahora podemos comprender por qué, en los alegatos que se alzan contra la mujer, desde los griegos hasta nuestros días, encontramos tantos rasgos comunes; su condición ha seguido siendo la misma a través de cambios superficiales, y es la que define lo que llamamos el “carácter” de la mujer: “se recrea en la inmanencia”, tiene espíritu contradictorio, es prudente y mezquina, no tiene sentido de la verdad, ni de la exactitud, le falta moralidad, su bajeza es materialista, es mentirosa, fingidora, interesada… En todas estas afirmaciones hay algo de verdad. Sólo que las conductas que se denuncian no se las dictan a las mujeres sus hormonas, ni están inscritas en las circunvalaciones de su cerebro: su propia situación las pone de relieve.
Beauvoir llama “el eterno femenino” al conjunto de condicionamientos económicos, sociales e históricos que han rodeado a la mujer. Atrapadas en un mundo de hombres, donde las mujeres no podían tomar las decisiones, no manejaban los instrumentos ni poseían la fuerza física para desarrollar artefactos mecánicos o de guerra, eran esclavas de su biología: la menstruación, los partos; el cuidado de los hijos y las labores domésticas y agrícolas llegaron a constituir, cuanto más, un “contrauniverso” dentro del universo masculino. Y es por eso, nos dice, que “no pueden instalarse en ningún lugar con tranquilidad. Su docilidad siempre va aparejada a una resistencia, una resistencia a aceptar” (Beauvoir, 2011: 758). Es importante conocer cómo se ha manifestado esa resistencia en distintos momentos de la historia, pues este conocimiento nos muestra un modo de lucha sutil que ha variado, manteniendo constantes, hasta llegar a nuestros días. La autora de El segundo sexo aporta algunos ejemplos que nos sirven de guía:
La esclava presa en el harén no siente ninguna pasión mórbida por la confitura de pétalos de rosa o los baños perfumados: en algo tiene que matar el tiempo; siempre que la mujer se ahogue en un sombrío gineceo —burdel u hogar burgués—, se refugiará también en la comodidad y el bienestar; además, si persigue el placer con tanta avidez, es porque se lo niegan; sexualmente insatisfecha, destinada a la aspereza masculina, “condenada a la fealdad del hombre”, se consuela con salsas cremosas, vinos dulces, terciopelos, caricias del agua, del sol, de una amiga, de un joven amante (Beauvoir, 2011: 763).
Para enfrentarse a su condición de alteridad —la otra sin importancia—, a su inmanencia: sin proyectos, sin hazañas, sin futuro, la mujer se ha refugiado en sí misma y ha vivido como único espacio de realización la sexualidad. Así lo explica Beauvoir (2011: 763-764).
La carne no grita en ella con más fuerza que en el varón, pero ella espía sus más mínimos murmullos y los amplifica; el placer, como el desgarro del sufrimiento, es el triunfo fulminante de la inmediatez; por la violencia del instante, se niegan el futuro y el universo: fuera de la llama carnal, lo que hay no es nada; durante esta breve apoteosis ya no está mutilada, ni frustrada. Una vez más, sólo concede tanto precio a estos triunfos de la inmanencia porque éste es su único destino.
La hostilidad del mundo hacia la mujer siempre ha sido mucho mayor que la que el hombre ha podido experimentar, pues ella no tiene certezas, es un sujeto pasivo esperando los resultados de la guerra, de las conquistas, de la revolución llevada por los hombres. Con la excepción de algunas mujeres en periodos históricos concretos, el sexo femenino siempre ha esperado en la incertidumbre. En palabras de Beauvoir (2011: 765- 766), “como no puede actuar, se preocupa. La preocupación traduce su desconfianza ante el mundo dado: si le parece cargado de amenazas, a punto de hundirse en oscuras catástrofes, es porque no se siente feliz en él”. Y de esos temores, de esa angustia, proviene su resistencia, a veces pasiva, sutil, interior, a veces con actitudes incomprensibles a los ojos de otros. El modo de protesta femenino ha variado a lo largo del tiempo, pero algunos comportamientos, sobre todo los que consisten en refugiarse en una misma, se han repetido. Al respecto explica Beauvoir (2011: 770):
Hay muchas conductas femeninas que deben interpretarse como protestas. Hemos visto que con frecuencia la mujer engaña a su marido por desafío y no por placer; puede ser atolondrada y despilfarradora precisamente porque el hombre es metódico y ahorrativo. Los misóginos que acusan a la mujer de llegar siempre tarde, piensan que no tiene “sentido de la exactitud”. En realidad, ya hemos visto con cuánta docilidad se ajusta a las exigencias del tiempo. Sus retrasos son deliberados. Algunas coquetas piensan que así incentivan el deseo del hombre y dan más precio a su presencia; sobre todo, la mujer, al infligir al hombre unos momentos de espera, protesta contra la larga espera que es su propia vida.
Los tiempos han cambiado, las mujeres nos hemos cansado de esperar; ahora somos más activas, los espacios conquistados por nuestras antecesoras de lucha por los derechos femeninos son ahora nuestros, y desde ahí, seguimos expresándonos, exigiendo nuestro lugar. Ahora hacemos proyectos, pero la principal dificultad radica en que este cambio se ha producido en nosotras, como sujetos conscientes de una realidad interior y exterior que requería transformación; sin embargo, no ha llegado a producirse de manera completa en la sociedad: todavía nos ven como sujetos pasivos, todavía nos relegan a un segundo plano, nos estigmatizan, nos culpan basándose en los mitos donde nuestro reflejo es pasivo, obediente, inexpresivo, sumiso. Conquistar ese nuevo espacio de trascendencia nos va a costar mucho esfuerzo; narrar nuestra propia verdad supone un enorme trabajo de reconstrucción. Desde hace mucho sabemos que la mujer necesita mostrar su mundo interior para ser comprendida en su totalidad; sabemos que la verdad no es la creada por el pensamiento masculino, sino otra más abarcadora. Sobre este aspecto, afirmaba Beauvoir (2011: 772):
La mujer no piensa positivamente que la verdad sea diferente de lo que pretenden los hombres: más bien admite que la verdad no es. Lo que la hace desconfiar del principio de identidad no es sólo el devenir de la vida, como tampoco los fenómenos mágicos que la rodean anulan la noción de causalidad. Si percibe la ambigüedad de todos los principios, de todos los valores, de todo lo que existe, es en el corazón del mundo masculino, en ella, como perteneciente a este mundo. Sabe que la moral masculina es, en lo que a ella respecta, una falacia monumental. El hombre enarbola pomposamente su código de virtud y de honor, pero por detrás la invita a desobedecer: incluso cuenta con esta misma desobediencia; sin ella, toda esta hermosa fachada tras la que el hombre se protege se vendría abajo.
Para realizar un proceso eficaz de desambiguación es necesario que podamos expresarnos libremente sobre nosotras, en cuerpo y alma; es decir, que nuestra sexualidad no sea más tabú que la de los hombres; que nuestros actos no se consideren más atrevidos que los de aquellos por el solo hecho de pertenecer al sexo femenino, que no se nos culpabilice por ser nosotras mismas y que no se nos mire con condescendencia, como a un menor. La mujer ha crecido como ser social, y este crecimiento lo venimos mostrando en los actos y en las obras: ésa es nuestra trascendencia, ya no somos un objeto sexual, ahora combatimos esa manipulación, ahora nos enfrentamos a la deshumanización del maltrato.
En este recorrido por algunas fuentes bibliográficas que son prestigiosos referentes en los estudios de género he partido del origen aun conociendo que la bibliografía actual y los estudios más recientes superan y aportan nuevas ideas a lo analizado.7 El motivo de esta referencia al pasado es la voluntad de empezar de cero para entender. He querido desandar otra vez el camino desde el homo faber; me ha parecido un ejercicio necesario. Al hacerlo pensaba en las mujeres que, sin un conocimiento académico y sin una praxis investigadora, pudieran acercarse a este artículo; he pensado en las víctimas de maltratadores y he trazado unas huellas que puedan seguir para orientarse.
Conclusiones
Libres de culpas. Llenas de responsabilidades
Con este artículo se ha querido transmitir a las mujeres la necesidad de luchar muy duro para hacer comprender a la sociedad que la verdad es otra. La verdad que conocemos sobre el valor de la mujer, su papel en la historia y su “saber estar” es una verdad narrada en su mayor parte por hombres, y las mujeres tienen derecho a explicar la suya (su verdad). La experiencia femenina se compone de muchos miedos y tabúes: expresar nuestro interior como mujeres siempre es un pecado con consecuencias. Se requiere valentía.
Como mujer, me declaro inocente, pero llena de responsabilidades. Debo luchar contra el pasado; reconstruir los mitos; y reconocer que, como cualquier individuo, cometo errores, pero debo negarme a aceptar que mis errores son más femeninos que humanos. No acepto la culpa de mi sexo. Y tengo mucho que pensar sobre el futuro. La educación es nuestra arma a largo plazo y la justicia debería convertirse en un arma inmediata contra la violencia y el maltrato.
Referencias
Beauvoir, Simone de (2011), El segundo sexo, Madrid, Cátedra.
DeFrancisco, Victoria (1997), “Gender, Power and Practice: Or, Putting your Money (and your Research) where your Mouth is”, en Ruth Wodak, Gender and Discourse, Londres, SAGE Publications Ltd., pp. 37-56.
Dickson, Anne (2008), The Mirror Within, London, Quartet Books Limited.
Gaja, Raimon (2006), Quiérete mucho. Guía sencilla y eficaz para aumentar la autoestima, Barcelona, Random House Mondadori, S. A.
Garrido, Vicente (2015), Amores que matan, Valencia, Ciento-Cuarenta (Feditres, S. L.).
Harris, Marvin (2004), Introducción a la antropología general, Madrid, Alianza Editorial.
Horley, Sandra (2000), “El síndrome del encanto. Por qué hombres encantadores pueden volverse peligrosos amantes”, en Jornadas. La violencia de género en la sociedad actual, Valencia, Generalitat Valenciana / Consellería de Bienestar Social, pp. 63-79.
Jiménez Bautista, Francisco (2012), “Conocer para comprender la violencia: origen, causas y realidad”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, núm. 58, pp. 14-52.
Luxemburgo: Oficina de Publicaciones de la Unión Europea (2014), “Qué es la brecha salarial entre hombres y mujeres”, en Cómo combatir la brecha salarial entre hombres y mujeres en la Unión Europea, Bélgica, Comisión Europea / Dirección General de Justicia, pp. 2-3, disponible en: https://publications.europa.eu/es/publication-detail/-/publication/12106bd8-f56c-4c42-80ee-f80fd3e035d5/language-es/format-PDF/source-71545616
Nin, Anaïs (2014), Diarios Amorosos, Madrid, Siruela.
Wodak, Ruth (1997), “Introduction: some important issues in the research of Gender and Discourse”, en Ruth Wodak, Gender and Discourse, Londres, SAGE Publications Ltd., pp. 1-20.
Zárate, Marla (1995), Camus (1913-1960), Madrid, Ediciones del Orto.
Notas
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