DOSSIER

El cambio rural: una lectura desde la desagrarización y la desigualdad social*

Rural Change: A Reading from De-agrarianisation and Social Inequality

Luis Camarero
Universidad Nacional de Educación a Distancia, España
Hubert C. de Grammont
Universidad Nacional Autónoma de México., México
Germán Quaranta
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas., Argentina

El cambio rural: una lectura desde la desagrarización y la desigualdad social*

Revista Austral de Ciencias Sociales, núm. 38, pp. 191-211, 2020

Universidad Austral de Chile

Recepción: 08 Noviembre 2018

Aprobación: 07 Octubre 2019

Resumen: La desagrarización se refiere al conjunto de cambios y transformaciones que durante el proceso de formación de las economías mundiales han experimentado las áreas y poblaciones rurales. La desagrarización en cuanto proceso de cambio social es también un mecanismo de transmisión y de generación de desigualdades sociales. El artículo trata sobre los efectos que la división territorial de las actividades agrarias tiene sobre la reproducción de las desigualdades sociales. De este proceso de diferenciación socio-territorial se han examinado varias dimensiones:

En primer lugar, los cambios socioeconómicos y culturales en el campo no sólo generan territorios agrícolas de especialización flexible, sino que redefinen las formas de vida tanto de la población rural como de la población urbana. En segundo lugar, los cambios en la diferenciación rural-urbana generan nuevas conexiones socio-territoriales y la consiguiente reconfiguración de los lugares. Asimismo, el aumento de la movilidad (migraciones y desplazamientos) está asociado con la segmentación etno-territorial de las comunidades. A manera de conclusión, destacamos diferentes fuentes de la desigualdad propias del proceso de desagrarización.

Palabras clave: Desagrarización, Cambio Social, Desigualdades Sociales, Globalización.

Abstract: De-agrarianisation refers to the set of changes and transformations experienced by rural areas and populations during the process of formation of the world economies. De-agrarianisation, understood as social change, is also a process of transmission and generation of social inequalities. This article deals with the effects that the territorial division of agrarian activities has on the reproduction of social inequalities. Some dimensions of this socio-territorial differentiation process examined in this article are, firstly, socioeconomic and cultural changes in the countryside generate agricultural territories according to flexible productive specialization. These changes also redefine the forms of life of both rural and urban populations. Secondly, changes in the rural-urban differentiation create new socio-territorial connections, which imply spatial reconfigurations. In addition, increasing mobility (migrations and displacements) is associated with the ethno-territorial segmentation of communities. By way of conclusion, this paper highlights different sources of inequality within the de-agrarianisation process.

Keywords: De-agrarianisation, Social Change, Social Inequalities, Globalization.

1. El Cambio Rural

El cambio socioeconómico y cultural de las áreas rurales resulta una constante del mundo contemporáneo. De forma generalizada asistimos a transformaciones en las formas de vida de las poblaciones rurales. Sin riesgo de equivocarnos podemos hablar de procesos de mudanza cuyas tendencias predominantes no sólo son universales, y en algunos casos aceleradas, sino también de cambios tan intensos que afectan la propia naturaleza de la estructura social. Las situaciones y modos de vida rurales actuales que podemos encontrar en cualquier rincón son radicalmente diferentes de las formas de organización denominadas tradicionales, aquellas basadas en la adscripción de las zonas rurales a la actividad agropecuaria bajo fórmulas domésticas y comunitarias de organización de la subsistencia. Como sentencia Canales: “donde antes había continuidad hoy hay cambio” (2005: 33).

La importancia y transcendencia de estos cambios pasa de manera desapercibida dentro de la concepción general del cambio de las sociedades contemporáneas. Por regla general, desde el urbanocentrismo académico imperante, se refieren los cambios rurales simplemente como resultados o como efectos derivados de los procesos de cambio de la sociedad global. Se presupone que lo que acontece en las áreas rurales es simplemente un producto de fenómenos externos y en consonancia tampoco se atribuye capacidad alguna a las poblaciones rurales como motor de transformación global. En cierta medida se pierde la perspectiva para considerar la pertenencia activa de las poblaciones rurales al conjunto social, así como sobre la contribución del “mundo rural”, como parte de la propia sociedad para transformar las sociedades actuales.

Probablemente si seleccionamos un centro urbano, en el intervalo de tiempo que transcurre entre una generación y otra, éste haya cambiado mucho durante los últimos 50 años y sus edificios y la estructura del espacio público conformen imágenes muy distintas. Para muchas regiones rurales, probablemente durante el mismo lapso, las imágenes del trazado y edificaciones hayan cambiado mucho menos y resulten más reconocibles en el tiempo. Sin embargo, es casi seguro que las formas de vida del centro urbano serán bastante similares 50 años después, mientras que probablemente en la mayoría de las áreas rurales la vida cotidiana no será tan parecida o incluso llegue a ser totalmente distinta en el transcurso de una generación.

Dentro de la concepción clásica del cambio rural como cambio inducido por la transformación urbano-industrial suele relacionarse el cambio de formas de vida rurales como un paso necesario en el proceso de modernización. Dentro del espíritu de la modernidad el cambio rural no sólo se concibe como un cambio natural en el devenir del desarrollo sino también como una trayectoria necesaria en la única dirección de mejora de las condiciones –económicas– de vida. (Vid. Rostow 1960). Pero no necesariamente es así. Sobre las tradicionales interpretaciones de base materialista que siguen dominando los estudios rurales, las perspectivas del giro cultural enfatizan otros procesos que permiten ir más allá de las tesis críticas del desarrollo desigual (Amin 1973). La inclusión de la cultura y del consumo como factores del proceso de acumulación (Jameson 1998) y como agentes moldeadores de los espacios del capital (Soja 1989) abren otra comprensión de la ruralidad (Clocke 1997).

Las páginas que siguen realizan una revisión sobre los cambios recientes en las formas de vida rurales desde el interrogante de las desigualdades sociales, interpretadas más allá de una lectura normativa. Las desigualdades sociales no son estáticas, sino que se determinan en cada momento y lugar. Green y Hulme (2005) dirán que son continuamente producidas. Las desigualdades sociales no tienen únicamente una naturaleza económica, sino que incluyen también las condiciones de reproducción social y de distinción cultural (Savage et al. 2005) así como las de apropiación y producción social del espacio (Lefebvre 1967; Soja 2010). La lectura del proceso de cambio rural que aquí se propone abandona la idea del desarrollo para adentrarse en la búsqueda del cambio en la naturaleza y en la transmisión de las desigualdades sociales.

Comenzaremos revisando las interpretaciones del cambio rural, especialmente a través del proceso genérico denominado desagrarización, para detectar los nuevos nichos en los que anidan las desigualdades. Partimos de este concepto porque nos parece el de mayor valor explicativo que, de alguna manera, engloba todos los demás. Nos centraremos en cuatro debates que, en nuestro modo de ver, planean continuamente sobre los procesos del cambio social rural: el primero sobre la naturaleza de la desagrarización –desagrarización frente a descampesinización–, el segundo sobre su dimensión global y regional y la concatenación de efectos, el tercero sobre el cambio de las estructuras de subsistencia –familiarización y salarización– y los procesos de movilidad, el cuarto sobre la dimensión cultural –la producción de la ruralidad–. Los elementos de los distintos debates serán organizados en una secuencia lógica y causal a partir de la cual pretendemos explicar el cambio en términos de desigualdad.

1.1. Descampesinización y desagrarización

La variedad de situaciones socioeconómicas y diferencias regionales en las que se instala el cambio social, así como la diversidad de formas conceptuales y tradiciones teóricas en las que se insertan los estudios rurales han generado múltiples términos muy polisémicos en su significado. Sin ánimo de contribuir más a la confusión terminológica seguiremos en líneas generales a Bryceson (2000a) en su distinción de dos grandes movimientos de cambio socioeconómico: agrarización-desagrarización y campesinización-descampesinización. Esta autora señala que, aunque son dos procesos independientes no necesariamente son excluyentes en el espacio y en el tiempo.

En una aproximación inicial podemos señalar que:

- El binomio campesinización-descampesinización hace referencia a la evolución de la población campesina, aquella que se caracteriza por formas domésticas y comunitarias de subsistencia mediante el aprovechamiento del entorno, formas de relación económica alejadas de la acumulación capitalista.

- El polo agrarización-desagrarización hace referencia al tránsito de los habitantes rurales fuera de las actividades agrarias. Es un proceso largo y que comprende el ajuste de ocupaciones, la reorientación de las estrategias de ingreso, cambios en las identidades y relocalización espacial. (Bryceson 1997).

La distinción original entre ambos procesos deviene del dominio de formas precapitalistas de relación socioeconómica que definen a las sociedades propiamente campesinas frente a formas capitalistas que distinguen a las sociedades agrarias. La especificidad del campesinado respecto al capitalismo es un principio enunciado por Chayanov (1974) quien considera que la explotación campesina es independiente de cualquier sistema económico.

En ese sentido, el campesinado como sujeto de una sociedad agraria tradicional y la agricultura modernizada son dos momentos distintos dentro del proceso de desarrollo del capitalismo agrario. Por una parte, se produce la inserción del campesino en el mercado y su mutación -obligada- como agricultor –bien pobre temporero y no necesariamente familiar– mientras que por otra parte se produce el cambio de formas de vida y diversificación de la actividad y de complementariedad agraria de los habitantes rurales.

Sin embargo, ambas transiciones no se presentan de manera nítida en la realidad, por lo general suceden mezcladas en formas híbridas. Redfield (1941) mostraba la difícil distinción entre economía campesina y rural y avanzaba la idea de clase dependiente para definir al campesinado. El campesinado no es autónomo porque siempre es dependiente de un grupo dominante (señor feudal, terrateniente). En la misma dirección Wolf (1971) resalta el imperativo de entender al campesinado en el marco de relaciones estructurales asimétricas con grupos de poder que se apropian de excedentes producidos por la economía campesina.

La distinción entre ambos ejes -campesino y modernización agraria- no resulta fácil porque, en primer lugar, se refieren a procesos inacabados. Especialmente, como veremos más adelante, la descampesinización supone que algunos campesinos se insertan en la actividad agraria, especialmente como asalariados o temporeros, pero muchos otros permanecen aislados en “tierra de nadie”, viviendo como si fueran campesinos, pero sin disposición ni acceso a los recursos propios –tierra y autonomía– para mantener las formas de vida campesina.

En segundo lugar, por la coexistencia en el espacio, incluso en el propio ámbito local, de formas capitalistas y no capitalistas de subsistencia, que interactúan mutuamente. El excampesino queda atrapado como asalariado con la obligación de mantener la autosubsistencia como forma de reproducción (Reyes y Acosta 2014).

Y, en tercer lugar, por la resignificación que se produce de los términos. Hoy, en muchos lugares, campesino se refiere a grupos de población rural y agraria que se resisten al avance de la agricultura industrial y global. Desde posturas neo-chayanovianas se sostiene la persistencia de los rasgos centrales que definen la economía campesina y la vigencia y fortaleza de la población y de los sujetos sociales considerados campesinos. La agricultura campesina constituye una forma de organizar la producción que no depende del mercado para su reproducción y que –consecuentemente- resulta en una relación particular con los mercados de insumos y productos, a la vez que establece una relación con los recursos naturales ambientalmente sostenibles (van der Ploeg 2016).

Desde esta óptica, los procesos de descampesinización y recampesinización serían tendencias dialécticas que muestran avances y retrocesos. Según estas interpretaciones estaríamos frente a un proceso de recampesinización tanto en los países del sur como del norte resultado de la crisis del modelo de agricultura productivista y la emergencia de nuevas luchas y movimientos sociales campesinos (van der Ploeg 2016 y 2018b).

Sin embargo, esta visión que acentúa la persistencia es interpretada por lecturas críticas como una definición de naturaleza esencialista. Frente a la misma se desarrolla otra lectura que pone su acento en las relaciones y dinámicas de clases. Esta línea conceptual plantea la necesidad de analizar al campesinado en el marco de las estructuras económicas y las relaciones sociales en las cuales se encuentra inmerso evitando las definiciones de carácter ahistórico (Bernstein 1979). La población campesina en el contexto de los procesos actuales de globalización de la agricultura queda expuesta a la intensificación de la división internacional y social del trabajo. En este marco, la relación que se establece entre la producción y el consumo de alimentos a escala global acelera los procesos de diferenciación social y los campesinos se transforman en pequeños productores de mercancías cuya reproducción, a su vez, se fundamenta a partir de relaciones de mercado (Bernstein 2001). Desde este punto de vista se considera que las formas familiares de la producción agrícola se encuentran fuertemente integradas a los mercados y sus espacios de autonomía se reducen frente a la lógica del capital. Es decir, la reproducción de la población por más que recurra a formas de autoconsumo o subsistencia está inserta en relaciones mercantiles en el marco de la economía capitalista. Este proceso de cambio resulta unidireccional, es decir no reversible, cuando se considera la mercantilización de las relaciones sociales tanto en el ámbito de la producción como en él de la reproducción de las familias campesinas (Bernstein y Byres 2001).

La propia Bryceson (2000b: 300) insiste en la dificultad de categorizar de forma única al campesinado, y opta por referirse al “campesino medio” o campesino-tipo: unidades domésticas rurales dedicadas a la producción de mercancías mediadas por una clase de apropiación. Al margen del debate clásico sobre modos de producción y el lugar que ocupa el campesinado, se abre un consenso para caracterizar al campesinado actual como clase dependiente cuya inserción al sistema productivo depende de una “clase mediadora” con la que se establece una negociación sobre los recursos productivos, las demandas externas de trabajo, las condiciones de trabajo y la cantidad de riesgo que deben asumir.

El debate entre desagrarización y descampesinización se nutre de la adscripción teórica de los términos a distintas líneas de interpretación. Los estudios de descampesinización tienen mayor encaje en los debates sobre desigualdad y desposesión, mientras los trabajos sobre la desagrarización vienen ligados al debate propiciado por la conformación de cadenas de producción agroalimentaria y división regional del trabajo. Si bien son debates con orígenes distintos, resultan coincidentes en cuanto a sus objetos de análisis. El diálogo entre ambas corrientes no está tan alejado. Harvey (2004) habla de “Nuevo Imperialismo” en referencia al mecanismo de acumulación por desposesión. La presión por la incorporación del campesinado a la economía mercantil no tendría valor sólo como mano de obra, sino también por la posibilidad que brinda para la apropiación y valorización de los recursos ambientales y territoriales que se encuentran en usufructo o únicamente valorizados como fuente de autosubsistencia por las comunidades rurales. La práctica de desposesión y apropiación mercantil de los denominados bienes comunes sitúa al campesinado, en cuanto sujeto expropiado, como nueva clase social (Bartra y Otero 2008). En otra línea explicativa está la tesis de la división regional del trabajo y el proceso que Wallerstein (2001) ha denominado desruralización que conforma el excampesinado Lewisiano (Lipietz 1997). Desde esta óptica se prima la interpretación de la desagrarización como un momento de ajuste de recursos –materias primas y mano de obra– a gran escala en el proceso de acumulación capitalista.

Es sobre todo a partir de la recopilación de estudios empíricos que han realizado Bryceson (1996, 2000a, 2000b, 2006) y Rigg (2006, 2007), ella concentrada en el África subsahariana y el en el sureste asiático, que se ha venido centrando el debate sobre la desagrarización. Bryceson (1996) arranca la cuestión señalando que la pérdida del carácter rural del África subsahariana no puede interpretarse en términos de crisis o subdesarrollo agrarios, sino como producto de estrategias individuales y domésticas tendentes a garantizar la subsistencia mediante la diversificación de actividades para reducir riesgos en un contexto de fuerte caída de ingresos monetarios. En esa reflexión llega a elaborar una conceptualización analítica del término:

Deagrarianisation is defined as a long-term process of: (1) occupational adjustment, (2) income-earning reorientation, (3) social identification, and (4) spatial relocation of rural dwellers away from strictly peasant modes of livelihood (1996: 99).

Se trata de un fenómeno amplio que implica una ruptura lenta pero radical de formas de vida y de autonomía. Para Bryceson la descampesinización es una variante de la desagrarización que se alcanza cuando las economías resultan tan insuficientes que hacen que la comunidad agraria llegue a desaparecer.

Rigg (2006, 2007) aborda la complejidad del proceso de desagrarización y nos ofrece una radiografía muy precisa de sus implicaciones. Rigg (2006) muestra las dos caras de la desagrarización: la introducción de las actividades no agrarias y la pérdida de las tradicionales ocupaciones agrarias. Las actividades nuevas y tradicionales son complementarias de forma que se refuerza la insuficiencia de ambas. Como también señalan Reyes y Acosta (2014), la existencia de una agricultura insuficiente sirve de soporte para un sistema de salarios no agrarios insuficientes. En este sentido, Rigg (2006) interpreta la desagrarización como una transición hacia la pobreza. Ni la aparición de actividades no agrarias, ni la emigración consiguen abordar la dependencia respecto a la subsistencia agraria. Bajo su esquema la desagrarización consiste en la pérdida que tiene la actividad agraria como soporte de la subsistencia. Las remesas (Rigg 2007) de los familiares emigrados hacia núcleos urbanos y la movilidad en el sentido de desplazamientos temporales de trabajo constituyen los pilares de la subsistencia en las áreas rurales desagrarizadas. Este mismo funcionamiento ha sido descrito por otros autores para el África subsahariana (Somparé y Somparé 2016), Asia (Li 2009) y América Latina (Escalante et al. 2007). Escalante et al. (2007) destacan en su análisis que el proceso de desagrarización ha tenido más repercusiones negativas en términos de ingresos y crecimiento en quienes siguen manteniendo actividades agrarias. La desagrarización diversifica las fuentes de actividad y de ingresos, pero precariza y reduce la capacidad de las economías agrarias familiares.

La distinción analítica descampesinización-desagrarización resulta de interés, pero no puede ser excluyente. El cambio, cuando se produce a la vez, debe interpretarse de forma conjunta en ambas dimensiones. En este sentido cobra importancia la noción de tránsito agrario-rural (C. de Grammont 2009, 2016). Si bien analíticamente son fenómenos distintos, en la práctica el cambio social de las poblaciones rurales es efecto de la conjunción de ambos fenómenos, bien con distintas intensidades, bien con distintos signos.

C. de Grammont (2016) se refiere a la disminución de importancia de la actividad agropecuaria tanto en términos de población ocupada e ingresos, como al incremento en importancia de las formas de ocupación no agrícolas y de pérdida progresiva de formas tradicionales de vida. Es decir, ruralidad y agricultura no necesariamente tienen que coincidir. En este sentido de transición C. de Grammont (2009) señala como elementos de cambio y transformación tanto la descampesinización –la diversificación de actividades como forma de afrontar la expulsión del mercado por bajos precios de las unidades campesinas– como la entrada e instalación de nuevos residentes sin vinculación con la actividad agraria.

El debate se extiende desde los estudios de resignificación del campesinado. Distintos autores han mostrado que ciertos lugares de aprovechamientos comunitarios siguen considerándose de pervivencia campesina (Barkin et al. 2009) o incluso de autoorganización como comunidades políticas diferenciadas de los propios Estados-nación (Bartra y Otero 2008), y desde esta realidad plantean objeciones a la interpretación de la transición agraria-rural. La emergencia de prácticas económicas comunitarias que combinan relaciones domésticas de organización y división del trabajo con relaciones mercantiles resulta un caso de interés y de fuerte vitalidad en algunas regiones. Pero no podemos olvidar que Bryceson (2006) habla de procesos polares. No sólo hay “des”, sino que también coexisten fuerzas de agrarización o campesinización. No hay un sentido único. Por ejemplo, Rigg (2007) señala la importancia de los ciclos estacionales de retorno y Li (2009) apunta a la existencia de un sistema push-pull rural-urbano de autorregulación de las necesidades de mano de obra. Muestra, en el contexto de la crisis asiática de 1997, la importancia que puede tener la reagrarización por efecto de la contracción de los mercados de trabajo urbanos, y el fuerte impacto que la vuelta de los miembros de la familia tiene sobre las áreas y grupos domésticos rurales.

Algunos autores remarcan la coexistencia de procesos de direcciones múltiples y resaltan la presencia de fenómenos de reagrarización y recampesinización, inclusive en el contexto de países del capitalismo avanzado, asociados a la emergencia de un nuevo campesinado (Hebink 2018). Este nuevo campesinado estaría generando espacios de recampesinización como respuesta a los límites de la agricultura industrial a partir del desarrollo de una agricultura multifuncional (van der Ploeg 2018a). La condición de multifuncionalidad amplía el significado otorgado a la agricultura incluyendo nuevas actividades, que se potencian mutuamente como, por ejemplo, servicios agroambientales, agroturismo, venta de producción propia, actividades de cuidado etc. (Oostindie 2018). Estas líneas argumentativas critican la tesis de la desagrarización por entender que su definición de lo agrario resulta muy estrecha al limitarse a la producción agrícola (Hebink et al. 2018). En nuestro caso, sin desconocer la coexistencia de procesos de múltiples direcciones, entendemos que estos autores desdibujan las diferencias entre lo rural y lo agrario, y favorecen la confusión al igualar fenómenos de distinta naturaleza funcional y socioeconómica.

En líneas generales podemos interpretar la desagrarización como la pérdida de centralidad de la actividad agraria como base económica de las sociedades, y hace referencia especialmente a la disolución del papel director que ha tenido para la organización de la vida rural y en la configuración de las estructuras sociales de dichas áreas (Camarero 2017).

La explicación de la realidad de la desagrarización ha estado vinculada a la idea de declive rural y progreso urbano. Si bien es cierto que de forma continuada se ha venido reduciendo la contribución del PIB agrario al conjunto de la riqueza y ha venido descendiendo tanto la población rural como la agraria, ello no ha implicado una reducción ni del volumen ni del valor de la producción agropecuaria. Al contrario, durante el periodo de la desagrarización se ha experimentado una mejora de la productividad agropecuaria y un crecimiento en términos absolutos del PIB agrario. Esta paradoja, desagrarización con aumento de la productividad agraria, ha sido una constante para Latinoamérica en el filo del cambio de siglo. El aumento del PIB agrario resulta, sorprendentemente, compatible con el aumento de la pobreza de los hogares rurales. (Graziano et al. 2008). En definitiva, el “boom agrícola” se ha constituido en una nueva fuente de desigualdad y ha mostrado la insuficiencia del desarrollo económico como fuente del bienestar.

La idea que exploramos es que el proceso de desagrarización es resultado de la reestructuración de los sistemas económicos, pero nuestra interpretación va más allá de la tesis del “ajuste estructural” de adecuación técnico-productiva (Arnalte 2006) e implica la inserción de la actividad agraria en el seno de cadenas largas y transnacionales de valor. Inclusive, como es ampliamente conocido, la explicación de los fenómenos agrarios debe buscarse crecientemente fuera del ámbito rural en el marco de las estrategias de las empresas transnacionales, la inclusión de la agricultura en los mercados de derivados financieros, el desarrollo de la ciencia, etc. Así, las desigualdades se producen mayormente fuera y la desagrarización las incorpora a la ruralidad.

1.2. Lecturas globales: Desagrarización-desruralización

Este es precisamente el punto de partida que proponemos: el proceso de desagrarización sólo puede interpretarse de forma paralela al propio proceso de globalización y no, como suele ser habitual, reducido de forma simple a fases del desarrollo económico en contextos regionales. La desagrarización no es un simple cambio actividades de ámbito local, sino que es producto del cambio en los regímenes de acumulación capitalista. Massey (1984), entre otros, ha señalado la importancia que tiene la división regional del trabajo dentro de la lógica de acumulación capitalista y ha mostrado el funcionamiento de las estrategias de la deslocalización. Harvey (1985) añade la cuestión de la producción del espacio por el capital. En su interpretación el capitalismo moldea el territorio para permitir la acumulación. Urry (2014) muestra la compleja estrategia de acumulación off-shore del capitalismo deslocalizado: no radicar en ningún sitio para estar presente en todos los lugares.

La visión socioespacial incorpora diversas formas de interpretar el cambio: la división regional del trabajo, la transferencia geográfica de valor o partir de la producción social del espacio. Soja (1989) señala que la transferencia geográfica de valor es un mecanismo a través del cual una parte del valor producido en un lugar es realizada en otro, donde se produce la acumulación. Este proceso contiene por una parte las diferencias regionales de mano de obra y sistemas de producción, pero también responde a la lógica de extracción y concentración de capital entre territorios. Es decir, la globalización supera la lógica de la deslocalización y conlleva una auténtica caza de territorios. Naredo (2006), inspirándose en las ecuaciones del equilibrio ecológico de Lotka, ha representado el mecanismo de la extracción de valor como un modelo depredador-presa entre poblaciones.

La diferenciación regional y territorial es un elemento central en el funcionamiento de los regímenes de acumulación, la separación en el espacio entre extracción –que demanda mano de obra– y manufactura –que demanda tecnología– permite incrementar el valor de la producción.

Wallerstein (1974) caracteriza al sistema mundial por la división extensiva del trabajo según lógicas geográficas. Es una división territorial del trabajo que no responde necesariamente a condiciones ecológicas, sino que es principalmente una extensión de la división funcional u ocupacional sobre el territorio. Tiene su fundamento en el propio sistema de división social del trabajo que permite la acumulación y apropiación, y añade el territorio como sistema de jerarquización y elemento de dominación social. (Delgado et al. 2014). Buena parte de la historia de la conformación del sistema socioeconómico mundial viene determinada por la asignación de grandes regiones rurales como productoras y por la concentración de la transformación y del consumo final en áreas urbanas localizadas continentalmente. Dicha distinción sanciona en gran medida la diferenciación entre las regiones-países centrales y las regiones-países periféricos.

El modelo de Wallerstein es fácilmente transportable al sistema agrario, incluso está en su origen. Para Friedmann y McMichael (1989) la división regional del trabajo ha configurado el primer régimen de acumulación agroalimentaria mediante la conformación de cadenas productivas basadas en la determinación de regiones productoras situadas al margen del proceso de elaboración final. Este régimen de acumulación cambia de estrategia después de la Segunda Guerra Mundial. Una vez colmatado un sistema de cadenas mundiales, las propias cadenas se estiran mediante la incorporación de procesos sucesivos de transformación como forma para añadir valor. El proceso productivo se extiende y se separan aún más entre sí las actividades y los lugares de producción y consumo. La alimentación actual es resultado de largas cadenas de transformación. La actividad agraria se hace dependiente de productos industriales y energéticos cuyo peso crece en los inputs agrarios. A la vez los outputs, antes dirigidos al consumo directo, ahora se dirigen a industrias de transformación. En la actualidad, se habla incluso de un tercer régimen, que se caracteriza por la entrada de otras ramas productivas (compañías farmacéuticas o energéticas) que obtienen sus inputs de la propia producción agropecuaria y que sancionan el nuevo estadio de productor de materias primas antes que de alimentos en el que se sitúa la agricultura.

La actividad agraria inaugura la globalización económica y permite la extracción de valor a través de la división regional del trabajo y de la continua separación entre producción y consumo. En lo que a la actividad agraria se refiere este cambio supone desagrarización, ya no hay relación entre actividad agraria y alimentaria en un contexto local o regional, por el contrario, hay una compleja dependencia entre actividades de forma que las economías familiares de producción agroalimentaria retroceden.

Wallerstein (2001) asocia la desagrarización con la idea de desruralización. En su modelo asimila a las áreas rurales como productores de recursos humanos. La pérdida de fuentes económicas propias de las áreas rurales enfatiza su papel y función demográfica. Llega a caracterizar a las áreas rurales como lugares –como bolsas de reserva– en los que reside población a la espera de ser incorporada en los procesos de desarrollo. El proceso de desruralización consiste en la concentración demográfica en la ciudad y consecuente disminución de la población en el campo, sea en términos absolutos o relativos. La mundialización y la intensificación de los procesos migratorios hacen que las fuentes demográficas rurales se acerquen progresivamente a sus límites de forma que irá ralentizándose la entrada de mano de obra barata a los conjuntos urbanos. Wallerstein recuerda la frase de Marx “la idiotez de la vida rural” para referirse a las áreas rurales como un limbo, un lugar de espera. La desruralización agota progresivamente las fuentes de trabajo barato y el carácter lewisiano del campesinado como reserva de mano de obra. La conformación del sistema-mundo es un proceso único.

Resulta de gran interés la interpretación de la desagrarización dentro del proceso de desruralización. Para las economías globales los campesinos son ante todo fuerza de trabajo y no productores. Fuerza de trabajo que será en muchos casos desplazada, y cada vez más, hacia lugares más remotos en función del agotamiento de las reservas de mano de obra barata. En las áreas de origen la emigración añade dificultades para una adaptación de las estructuras productivas agrarias.

La conformación del régimen agroalimentario como sistema-mundo mezcla dos procesos de naturaleza diferente, pero que se necesitan entre sí. Por una parte, la puesta en circulación de la reserva de mano de obra –desruralización– y por otra el crecimiento y extensión de sistemas productivos industriales. Ambos implican el cambio de las condiciones socioeconómicas. En el caso de la desruralización, por el fuerte desequilibrio que se produce en las regiones de origen; en el caso de la industrialización agraria por el desmantelamiento de las economías campesinas y agriculturas familiares.

Soja (1989) señala la incompletud del modelo de Wallerstein mediante la falta de simetría entre el nivel espacial y el nivel social. No hay una consideración jerárquica del espacio en términos sociales. Para Soja, la espacialización sólo puede comprenderse a través de una diferencia social entendida en términos de clase . Lipietz (1997) se fija en las condiciones informales y precarias del numeroso grupo de excampesinos que produce la desagrarización –reserva “lewisiana”–. Para Lipietz la desagrarización es una condición necesaria para el establecimiento del fordismo periférico como régimen de acumulación. El fuerte crecimiento demográfico en regiones como Brasil (Faria 1996) permite la industrialización, la intensificación de la producción y el crecimiento del consumo en los mercados finales, pero condicionado al control productivo externo a los propios países y la exportación a bajo precio hacia los capitalismos centrales (Lipietz 1997).

El debate nos conduce ahora al interior de las economías domésticas. En última instancia son los hogares –como unidades de reproducción– el colchón en el que se internalizan y absorben el conjunto de desigualdades que acarrea la espacialización de los regímenes de acumulación.

1.3. Estrategias familiares: Desfamiliariza-ción, salarización y movilidad

La pérdida de capacidad de las poblaciones y de los territorios sobre la organización de los procesos productivos genera una primera tensión en la estructura social, pero también tensiona el seno de las unidades productivas familiares. El proceso de reorganización de las formas de subsistencia genera el tránsito desde posiciones familiares a posiciones salariales. Tanto la desagrarización como especialmente la descampesinización afectan sobremanera a las formas de vida rurales centradas en la organización familiar del trabajo. En las áreas de fuerte prevalencia de economías familiares y domésticas la desagrarización produce una diversidad importante de situaciones, todas ellas insertas mediante el hilo conductor de la desfamiliarización, entendida como el deterioro del trabajo familiar campesino, con la consecuente salarización y precarización ocupacional.

El trabajo de Quiñones (2012) sobre las comunidades mapuches indaga en la conformación de las distintas estrategias familiares de obtención de rentas. El trabajo muestra el amplio grado de adaptación que establecen los hogares a partir de la combinación de ingresos procedentes de fuentes con orígenes muy diferentes, desde el autoconsumo, las remesas, la venta de artesanía o alimentos, la percepción de subsidios, el trabajo asalariado como formas propias o complementarias hasta el establecimiento de una agricultura modernizada. La percepción de subsidios y el trabajo asalariado, muy dependiente del entorno –construcción en áreas periurbanas, o forestal y agrario en áreas de industrialización agraria– conforman los principales pilares de estas estrategias. El estudio muestra de forma nítida el problema de la transición familiar desde formas campesinas a formas mercantiles agrarias. Concluye mostrando la insuficiencia económica sobre la que se asientan las nuevas explotaciones familiares agrarias. La familia campesina, dedicada a la autosubsistencia agrícola se transforma en familia dedicada a la autosubsistencia no agraria mediante la incorporación de innumerables actividades sin que se garantice en modo alguno la modernización agraria.

De forma analítica podemos representar el tránsito desde la figura del campesinado hasta la del trabajador asalariado o autónomo del campo. El tránsito de posiciones familiares a posiciones salariales viene condicionado por la convivencia de varias formas mixtas o híbridas que han sido descritas por la literatura: el campesino insuficiente que tiene que alquilar su fuerza de trabajo a grandes productores, el agricultor a tiempo parcial que complementa el trabajo de su explotación con la salarización en otros sectores (Etxezarreta 1985), el obrero campesino cuyo hogar es agrario, pero está asalariado en la industria (Barberis 1970). La expulsión del campesinado conduce hacia la figura del asalariado estacional y temporal: el jornalero.

Desagrarización y desfamiliarización
Figura 1.
Desagrarización y desfamiliarización
Fuente: elaboración propia

La producción de la ruralidad
Figura 2.
La producción de la ruralidad
Fuente: elaboración propia

En pocos casos, la modernización e incorporación al mercado permite la conversión de hogares campesinos en explotaciones de carácter familiar. Estas explotaciones, sin embargo, en la medida en que se insertan en el mercado y modernizan sus relaciones laborales, adelgazan el peso familiar hasta convertirse en agricultores unipersonales –autónomos– que contratan asalariados, que sustituyen a los trabajadores familiares. (Gómez et al. 1999; Camarero 2017). En definitiva, la desagrarización acarrea progresivamente la transición del trabajo familiar hacia el trabajo asalariado, dentro del proceso que sigue la industrialización de la agricultura mercantil.

Este tránsito se produce de forma dominante desde el campesinado al asalariado agrario, pero no necesariamente se produce en el interior de las mismas regiones, sino que en muchos casos exige una fuerte movilidad poblacional y migratoria que es incluso transnacional –en línea con el proceso de desruralización descrito por Wallerstein–. En este proceso aparecen importantes variaciones que son responsables de la diversidad de situaciones en que se encuentran distintas regiones.

El efecto de la desagrarización en los mercados de trabajo ha recibido una creciente atención: Lara (2011), Lara y Sánchez (2015), Pedreño (2005), Corrado et al. (2017). Lara (2011) ha utilizado el término “encadenamiento migratorio”, una descripción metafórica a través de un juego de palabras que muestra la desposesión a la que se ven sometidos los campesinos y su encadenamiento, delimitado a ciertos trabajos –de alta vulnerabilidad–, en el seno de las cadenas de producción agroalimentaria. Hay una construcción de la condición de inmigrante que se basa en lo que bien ha señalado Pedreño (2005) etnofragmentación. Frente a la idea simple de mercados de trabajo que consisten en la libre concurrencia entre oferta y demanda de empleo existe una creciente adscripción entre ocupaciones y posiciones sociales determinadas por las características del inmigrante de etnia y género, que en el caso de los campesinos se acrecientan .

Quaranta (2015) dentro de la línea de transición rural estudia una región del norte argentino que tradicionalmente constituyó un área emisora de mano de obra. Dentro del contexto de descampesinización la residencia rural se transforma crecientemente en un espacio de residencia e inactividad económica a partir del cual se organiza la circulación. Una movilidad cíclica que produce un paisaje en el que “los hogares campesinos son reemplazados por la itinerancia de asalariados agrícolas de residencia rural” (Quaranta 2015: 141).

Li (2009) y Somparé y Somparé (2016) han mostrado también la importancia de los desplazamientos para regiones del África subsahariana y del sureste asiático. No se trata únicamente de asalarización agraria y un modelo itinerante, sino también de un éxodo rural que conlleva, por su procedencia rural, la condición de inmigrante. La reagrupación familiar de los temporeros y las remesas de los hijos desplazados constituyen el motor para la subsistencia en regiones campesinas desactivadas para buena parte de las zonas rurales del planeta (Rigg 2006).

Son distintos trabajos realizados en diferentes regiones, pero todos ellos coinciden en mostrar que mientras la agricultura se deshace en líneas generales de su carácter familiar, el excampesinado rescata y pone en valor su condición familiar extendiendo sus estrategias familiares para conformar redes de subsistencia –que llegan más allá del ámbito local– en el contexto de la desagrarización.

Massey et al. (1994), Poggio y Woo (2000) y Oral (2006), entre otros, en el estudio de las comunidades campesinas del interior de México han ido desarrollando la noción de familia transnacional. Han observado que las estrategias de subsistencia de los grupos domésticos están basadas en el desplazamiento de parte de sus miembros, generalmente hacia USA, sin que ello haga perder, al menos en las primeras generaciones, el carácter familiar ni la vinculación de los emigrantes con las comunidades de origen. Los miembros desplazados vuelven, por ejemplo, con motivo de fiestas locales señaladas, se casan por lo general en la localidad de nacimiento y lo hacen con miembros de la propia comarca de origen. Oral (2006) analiza los cambios en las propias comunidades de origen, las cuales también muestran simbólicamente la transnacionalidad de sus habitantes. En este sentido, por ejemplo, Kandel y Massey (2002) señalan la incorporación de la cultura de la migración como rito de paso para la juventud en las áreas de emigración.

1.4. La producción de la ruralidad

El debate sobre la desagrarización ha estado centrado en los aspectos de subsistencia. El debate sobre el empleo, la ocupación y las formas de subsistencia resulta un debate muy reducido sobre el cambio rural. En la desagrarización no sólo hay un proceso de globalización e interrelación económica sino también un cambio cultural profundo en la visión del mundo y en la propia conformación de identidades rurales, campesinas y urbanas. La extensión global del capitalismo de consumo afecta también la representación de la propia realidad (Jameson 1998). En palabras de este autor la postmodernidad, como nuevo marco de comprensión, supone la transformación de la realidad en imágenes y la fragmentación del tiempo en una serie de presentes eternos. Hay una lectura del tiempo y del espacio que deja de ser lineal. El mundo rural no es ajeno al cambio de percepción cultural, y también se moldea como nuevo espacio de consumo. La fragmentación del territorio y la superposición del tiempo abren las puertas a las actividades de ocio, recreativas y turísticas que se soportan en el imaginario de representación de la tradición y de evocación del pasado. Representaciones que llegan a incluirse en las propias mercancías, servicios y producciones agroalimentarias diferenciadas.

La actitud postmoderna amplía las dimensiones de la observación más allá del ámbito de la reproducción material. En lo que se refiere a los estudios rurales, Clocke (1997) destaca que el giro cultural ha contribuido a subrayar tres aspectos nuevos. Por una parte, la visión del paisaje como un elemento central en la conformación de las identidades nacionales, cuestión que puede ampliarse a las identidades etnoterritoriales. Por otra parte, se abre la cuestión de la diferencia, hasta entonces interpretada en términos únicamente socioeconómicos, hacia la consideración de los otros como diferentes y diversos en términos de identidad. Y, en tercer lugar, está la consideración de la ruralidad entendida como el espacio de la naturaleza y en cierta medida considerada como producto de la agencia humana y no humana. En definitiva, hay una comprensión de la ruralidad en términos de representaciones y experiencias, de descomposición en imágenes y ruptura de tiempos lineales.

En esta relación entre materia e imagen entra en juego la producción social del espacio en el sentido de Lefevbre (1974). Para este autor el espacio es producido y en tanto producto contiene las relaciones sociales necesarias para su producción. En esta línea Harvey (1985) muestra la producción del territorio para el capital. Los territorios son moldeados para la acumulación. Siguiendo esta estela de reflexión Halfacree (2007) se ha preocupado por explicar la producción de la ruralidad.

Frente a la simple consideración materialista que supone la ruralidad como hecho determinado por las propias condiciones ambientales, Halfacree se pregunta por la producción del espacio rural, por la construcción de la ruralidad. Aprovecha el esquema que utiliza Lefebvre (1974) para explicar la producción del espacio urbano –representaciones, espacios para la representación y prácticas sociales– y genera un esquema interpretativo que se compone por la localidad, las representaciones y las vidas cotidianas. En definitiva, la ruralidad se construye a partir de la estructura social, de las identidades y de las prácticas sociales.

Este marco interpretativo resulta central para comprender la naturaleza de la ruralidad y su inserción en el contexto urbano global. El giro cultural permite comprender que hay un proceso de (re)-significación. Lash y Urry (1994) han abierto la cuestión de las economías del signo y del espacio que amparan los nuevos debates sobre productivismo-postproductivismo. Frente a las economías productivistas, ejemplificadas por los agro-enclaves, lugares de producción intensiva y de fuerte demanda de mano de obra, encontramos territorios que nutren su actividad económica desde la denominada economía postproductiva, que incorpora imagen, identidad y territorio como grandes valores de una economía de servicios pero que también añade valor a las producciones locales. Insertas entre ambos polos encontraremos otros escenarios híbridos (áreas de retiro y segunda residencia, pueblos dormitorio, etc.) que vienen englobándose dentro del término nueva ruralidad, denominación que arrancó del texto de Kayser (1990). Hay una ruralidad que emerge desposeída de sus condiciones de subsistencia y reconstruida como escenario con un fuerte atractivo.

2. Elementos de transición rural: las nuevas conexiones socioterritoriales

Nuestro empeño es indagar sobre el carácter general de la transición rural. Como proceso global tiene que ser compartido, pero también por ello, por su amplitud, tiene muchas fuentes de diversidad –territorial, histórica y política– que lo hace muy resistente a la observación como proceso de cambio social. Por ello, en la práctica la mayoría de los estudios detallan cambios concretos en el ámbito nacional o regional, sustrayéndose de una visión de perspectiva general. Ahora bien, la constatación de que, aunque con apariencias distintas, se trata de un proceso global de fuerte conexión socioterritorial, exige la búsqueda y formalización como proceso específico del cambio de las sociedades contemporáneas. Que sea global quiere decir que existe una alta interrelación no sólo entre lo que sucede entre el campo y la ciudad en entornos regionales sino también entre el conjunto de todas las áreas rurales del planeta.

Si bien hemos destacado que los procesos son polares y pueden ir en una o en otra dirección, el cambio es constante. Y es en este sentido en el que referimos la noción de transición. La transición no alberga ninguna noción de progreso. La transición se refiere a la modificación estructural de condiciones socioeconómicas. Por ejemplo, cuando Li (2009) señala el proceso de reagrarización como resultado de la crisis urbana en los centros asiáticos que motiva el retorno hacia el campo, muestra el fuerte impacto sobre las áreas rurales en la medida en que ya no quedan las estructuras ni las condiciones para reabsorber a la población. La reagrarización no devuelve las condiciones iniciales.

Wilson y Rigg (2003) entran en el debate clásico del conocimiento situado y se preguntan en este caso por la adscripción que tiene el postproductivismo como una característica propia de las economías avanzadas del norte, que es continuamente criticada por alejada conceptualmente de las economías del sur. El norte produciría categorías para explicar el norte y el sur produciría categorías para explicar el sur. Sin embargo, estos autores después de un detallado examen encuentran distintas relaciones y sugieren la posibilidad de combinar desagrarización y post-productivismo “bajo un solo paraguas conceptual”. Observan, por ejemplo, concomitancias en el entorno de las prácticas de agricultura ecológica pre-agrarias del sur y post-agrarias del norte. Sugieren el empleo del término “regímenes de agricultura multifuncional” y consideran el post-productivismo como una fase transitoria del cambio agrario. No es un momento evolutivo, sino un proceso intermedio que puede situarse en distintos momentos.

Conviene recordar que el cambio contemporáneo se establece en un contexto de fuerte interrelación entre lugares y poblaciones –movilidades–, por ello mismo, el momento en que cada una de ellas se encuentra es distinto, es un conjunto dinámico de intercambios. No se trata de una transición evolutiva, sino de una transición entre estados. Con este propósito se avanza un esquema que puede orientar analíticamente la transición rural. Es un esquema sencillo diferenciado en tres momentos, o estados, en los que podemos encontrar a las distintas áreas rurales:

Declive rural. La intensificación de la emigración rural y el agotamiento de los sistemas de producción agraria tradicional constituyen los primeros síntomas de la desagrarización. Dentro del continuum urbano-rural, se ha venido destacando la atracción urbana de mano de obra como elemento de ruptura y de abandono de economías familiares y comunitarias. El despoblamiento y la desfamiliarización de las actividades agrarias constituyen el primer hito de mudanza de las sociedades rurales. De forma generalizada se ha explicado que la contracción de las economías rurales se produce por la masiva salida de población que induce el proceso urbanizador. Estos procesos pueden coexistir, de forma en apariencia paradójica, con el incremento de la importancia de la actividad agrícola en el marco de lo que se ha dado en llamar una agricultura sin agricultores.

Con el tiempo se han abierto otras explicaciones menos lineales e incluso opuestas a la mera atracción urbana. Se ha resaltado que hay cambios en los procesos productivos agrarios que también contribuyen por si mismos al vaciamiento rural. En este sentido pueden destacarse la privatización de los comunales, que detrae recursos de subsistencia, así como la extensión de mercados mundiales de materias primas que desvalorizan las producciones locales de pequeña escala. Somparé & Somparé (2016) muestran la imposibilidad que tienen los pequeños productores locales de las regiones subsaharianas de competir en precio frente a los productos de la agroindustria de importación. En cierta medida el abandono rural no es únicamente producto del crecimiento de los núcleos urbanos industriales sino también es resultado de una reconversión e industrialización mundial agraria. De otra forma, sin la división regional de la producción agroalimentaria, que supone la deslocalización de las producciones, no hubiera sido posible el mantenimiento del proletariado urbano ni la extensión metropolitana. En ciertos entornos la actividad agraria local se marginaliza. La denominada agricultura a tiempo parcial es un sinónimo de agricultura insuficiente, pero no porque la producción agraria sea insuficiente para garantizar la subsistencia, sino porque se hace necesaria para completar un salario industrial insuficiente.

Reestructuración Rural. Colmatado el proceso de declive demográfico y de adaptación de la agricultura al modelo industrial el debate se centra en la adaptación de las poblaciones, y también de los territorios, al nuevo escenario. En esta perspectiva dos cuestiones resultan centrales: la emergencia de las economías postproductivas y la reversión de las corrientes migratorias. Las áreas rurales se polarizan en cuanto las formas de desarrollo, bien porque se vinculan a una agricultura industrializada cada vez más alejada del territorio circundante o bien porque se dirigen hacia la puesta en marcha de actividades económicas cada vez más alejadas de la mera producción material de mercancías: turismo rural, protección ambiental y patrimonial, desarrollo de usos recreativos, apuesta por espacios residenciales y de retiro, etc. Todo un conjunto de nuevas actividades que conforman lo que ha venido a denominarse economía postproductiva en la que la creación de valor deviene de la capacidad de producir signos e incorporar significados a las producciones. El creciente valor que pueden adquirir las producciones locales y artesanales deviene hoy por la incorporación del territorio como significante. La valorización cultural es el principal mecanismo para competir frente a las producciones industriales y globales.

La integración mercantil de la cultura en las cadenas de valor configura un nuevo escenario de oportunidades para las áreas rurales. El cambio postmoderno de valores permite la emergencia de nuevos espacios de actividad y de formas de valorización identitaria. Hay no sólo una atracción de nuevas formas de actividad económica sino también de población. Se observa una reversión de las corrientes migratorias y la incorporación de nuevos residentes especialmente atraídos por las condiciones de calidad ambiental y residencial que ofrecen los espacios de baja densidad y también por las oportunidades y mejores condiciones para el desarrollo de actividades y estilos de vida propios –deportes, hobbies, aire libre, mascotas, etc.–.

Movilidad e hibridación. La redefinición de las áreas rurales y de sus oportunidades genera un contexto de alta diversidad de formas económicas y de estilos de vida. Encontramos un territorio fuertemente fragmentado y diverso en el que se albergan enclaves agrarios de fuerte productividad muy dependientes de la accesibilidad de mano de obra, lugares de fuerte dinamismo en el contexto de las economías postproductivas, así como territorios afectados por un declive crónico con dificultades graves de cara al futuro. Este escenario, territorialmente muy fractal, encuentra su soporte mediante una intensa y creciente movilidad. El desarrollo de formas de automovilidad ha permitido una especialización residencial de ciertas áreas y neutralizado la carencia de éstas para desarrollar mercados locales de trabajo. La alta movilidad también ha permitido una fuerte ocupación estacional durante periodos vacacionales y el mantenimiento de pueblos. Situaciones tan diversas y polarizadas como las que existen entre regiones de fuerte despoblación y otras de fuerte intensificación productiva han generado, sin embargo, una misma respuesta en términos de movilidad. En ambos casos se ha producido una fuerte atracción de población extranjera y de familias transnacionales: en unos casos para alimentar las cadenas agroalimentarias, en otros casos como trabajadores en las denominadas economías de cuidados. La movilidad, estacionalidad y conexión global configuran una ruralidad híbrida. Se diluyen las diferencias en términos estructurales entre áreas rurales y urbanas mientras se intensifican las diferencias en términos de representación de expectativas vitales.

Los momentos anteriores bien pueden interpretarse dentro de la idea de destrucción creativa, término original de Sombart, profusamente empleado por Schumpeter y recientemente recordado por Harvey (2007). La destrucción creativa es una constante en la modelización del cambio socioeconómico para explicar la innovación. Mitchell (1998, 2013) se ha inspirado en ella para exponer el proceso de mercantilización territorial, pero lo ha hecho introduciendo una relación de carácter dialéctico entre destrucción y mejora creativas. La destrucción creativa limita los territorios mientras que la mejora creativa genera funcionalidades diversas e híbridas. En el esquema de Mitchell aparecen los “territorios de labor”, constituidos por los espacios extractivos que han venido configurando la ruralidad tradicional y remota. Pero el proceso de acumulación de capital hace que en los territorios progresivamente varíen su actividad. El extractivismo no es ilimitado. Se pueden generar situaciones en las que domina la destrucción y surgen los “territorios de patrimonio”, lugares muy limitados en sus oportunidades, condicionados por el pasado y dominados por una sola actividad sobre la que gira la capacidad de desarrollo. Si domina la destrucción creativa emergen “territorios de disfrute”, basados en la multifuncionalidad y en la diversidad de identidades, generándose una plasticidad de estrategias de desarrollo. En este esquema es el consumo el elemento que regula la tensión destrucción-creación. En este sentido, debemos interpretar la transición rural como un proceso de ajuste entre producción y consumo, pero como un proceso que puede ser modulado culturalmente.

3. Reflexiones finales: las fuentes de la desigualdad

El recorrido por la secuencia de cambios y debates producidos nos lleva a plantear varias reflexiones acerca de la mudanza que ha supuesto en términos generales la desagrarización y la resignificación de la ruralidad en un contexto global:

Los cambios acaecidos en el sistema productivo agropecuario modelan una especialización (flexible) de los territorios y reconfiguran las formas de subsistencia. En líneas generales se produce por parte de las grandes actividades productivas un abandono respecto al entorno territorial a partir de su integración en cadenas transnacionales y se genera volatilidad en la dedicación productiva de los territorios, dependientes de mercados y reguladores externos. Los territorios rurales se moldean con criterios de acumulación y en ese sentido incorporan las propias desigualdades de clase. El avance de la agricultura sobre antiguos territorios de economía campesina, motorizado en las últimas décadas principalmente por el cultivo de la soja, resulta paradigmático (Gómez 2015) dentro del proceso de acumulación por desposesión.

Los cambios que se operan sobre la tradicional diferenciación rural-urbana configuran nuevos campos de interdependencia entre poblaciones a la vez que de diversificación socioeconómica de los lugares. El cambio cultural y la movilidad generan un nuevo contexto de diferenciación y de integración de las áreas rurales. En cierta medida las áreas rurales están condenadas a representar la ruralidad en la medida en que es la incorporación de identidades territoriales lo que ofrece valor a sus producciones. Somparé y Somparé (2016) muestran el efecto que tienen los emigrados rurales sobre el condicionamiento de las prácticas comunitarias. Miembros de la comunidad, emigrados a las ciudades y convertidos en funcionarios, que siguen manteniendo su participación en las tierras comunitarias y que fuerzan la sustitución de cultivos de subsistencia por cultivos industriales de exportación. Rigg (2006, 2007) llega a mostrar la importancia que tiene la emigración como factor de cambio, quienes se han ido transmiten los cambios que llegan a adoptarse por las sociedades de origen sin necesidad de irse.

Poblacionalmente, los cambios anteriores vienen asociados a la segmentación etnoterritorial de las comunidades y fundamentalmente a la producción de grandes desequilibrios sociodemográficos. El origen de la desagrarización es un proceso intenso, violento y también muy selectivo. No afecta por igual a las distintas generaciones ni a las distintas condiciones socioeconómicas. Quedan en las áreas rurales quienes ocupan las posiciones bajas en la escala de desigualdad. La incorporación de la movilidad como condición necesaria para el mantenimiento y desarrollo de las áreas rurales añade nuevas condiciones de desigualdad. La capacidad de movilidad es crecientemente desigual y alimenta progresivamente desigualdades en la medida en que los recursos y oportunidades dependen de la movilidad. La pobreza rural resulta una constante. Conviven en niveles regionales agriculturas de alta rentabilidad con agriculturas insuficientes. Estas últimas tienen como función mantener un ejército precario de mano de obra eventualmente asalariada. La diferenciación étnica resulta un elemento clave dentro de los procesos de acumulación por desposesión.

Sobre las fuentes clásicas de desigualdad que recaen en la estructura social –clase, género y etnia– la desagrarización añade nuevas líneas o fracturas que podemos resumir en tres ejes :

Merma las oportunidades de autonomía. Las comunidades locales pierden progresivamente las capacidades para orientar sus formas de vida y organizar plenamente su subsistencia. La dependencia respecto de decisiones lejanas es el modelo dominante de ocupación y organización de la vida rural. Se abre una diversidad de formas resistentes, pero sobre las que pesa la cuestión de la sostenibilidad generacional. La insuficiencia económica implica la emigración.

Condiciona las identidades. Crece la aproximación y homogeneización de formas de vida rurales y urbanas a la vez que se diversifican las propias formas de vida rural, diversidad que es tan alta como en las áreas urbanas. Sin embargo, dentro del juego de representaciones se espera que los habitantes de las áreas rurales se comporten como rurales. Dentro de las formas de consumo se produce una adscripción identitaria de las áreas rurales.

Sobre la construcción de las desigualdades étnicas, la suma de las líneas anteriores –limitaciones de desarrollo y condicionamiento identitario– determina áreas de fragmentación etnoterritorial. El territorio, moldeado identitariamente, se convierte en mercancía. Canales (2005) argumenta la falta de emergencia de nuevas identidades que vengan a sustituir a las identidades otrora campesinas y también señala la incipiente aparición de referencias compartidas en torno a las amenazas ambientales. Es fundamental notar que los nuevos principios de construcción identitaria de áreas rurales proceden de movimientos de defensa.

La desagrarización conlleva un nuevo reparto territorial de las vulnerabilidades, condicionando de esta forma las propias oportunidades locales para el desarrollo de modos de vida. La fuerte interrelación rural-urbana fortalece el papel que las representaciones rurales tienen en la toma de decisiones políticas sobre las propias áreas rurales. En ese sentido el imaginario rural condiciona el desarrollo de identidades locales: las comunidades se presentan de acuerdo con las expectativas de la sociedad global. En definitiva: las oportunidades negadas y el fortalecimiento de las representaciones como activo de la acumulación determinan procesos de exclusión etnoterritorial. Es la cara oculta de la transición rural, sólo hay una fuente de cambio, pero es un proceso que absorbe a la vez que distribuye de forma irregular desigualdades.

Agradecimientos

Los autores han realizado diferentes investigaciones sobre el tema de la desagrarización en sus respectivos países (España, México, Argentina). El texto sintetiza el debate teórico que han tenido en distintos foros y reuniones internacionales: IRSA (2016: Toronto) LASA (2018: Barcelona) ALASRU (2018: Montevideo). Queremos agradecer los comentarios recibidos por parte de los asistentes que han sido de una ayuda inestimable. Agradecemos también la contribución del Ministerio de Educación de España a través de IsoRural Red de Excelencia de Estudios Socioterritoriales y Desarrollo Rural (CSO2016-81728-REDT).

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Notas

* Los autores han realizado diferentes investigaciones sobre el tema de la desagrarización en sus respectivos países (España, México, Argentina). El texto sintetiza el debate teórico que han tenido en distintos foros y reuniones internacionales: IRSA (2016: Toronto) LASA (2018: Barcelona) ALASRU (2018: Montevideo). Queremos agradecer los comentarios recibidos por parte de los asistentes que han sido de una ayuda inestimable. Agradecemos también la contribución del Ministerio de Educación de España a través de IsoRural Red de Excelencia de Estudios Socioterritoriales y Desarrollo Rural (CSO2016-81728-REDT).
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