ARTICULO
Movimientos telúricos en la poesía chilena del siglo XX*
Telluric Movements in 20th Century Chilean Poetry
Movimientos telúricos en la poesía chilena del siglo XX*
Revista Austral de Ciencias Sociales, núm. 39, pp. 31-48, 2020
Universidad Austral de Chile
Recepción: 22 Abril 2019
Aprobación: 22 Junio 2020
Financiamiento
Fuente: Fondecyt
Nº de contrato: 1180352
Beneficiario: F. Márquez
Resumen: Chile ha sido desde siempre un país asolado por catástrofes naturales, terremotos y maremotos. Preguntarse por el modo en que los poetas del siglo XX percibieron estos hechos para dar vida a sus obras y narrar el desastre telúrico es la pregunta central de este artículo. Para dar cuenta de las formas singulares en que la poesía puede iluminar los imaginarios sociales y culturales, este trabajo sintetiza cuatro entradas poéticas al universo sísmico de Chile: a) el terremoto como bisagra entre la vida y la muerte; b) la condición telúrica de Chile como una forma de habitar el vaivén perpetuo; c) la huella material del sismo como vívida expresión de su catástrofe; y d) el temblor como forma de eclosión de la desigualdad social. Se concluye que el verso poético anuncia la pérdida de legitimidad de la mirada única y hegemónica del imaginario nacional; y devuelve la confianza a esa primera persona que narra el movimiento de una sociedad y una identidad lastimada.
Palabras clave: poesía, terremoto, identidad, memoria.
Abstract: Chile has always been a country ravaged by natural catastrophes, earthquakes, and tsunamis. Asking how 20th Century poets perceive these events by giving life to their works and narrating earthly disaster is the question central to this article. Accounting for the singular ways whereby poetry illuminates social and cultural imaginaries, this work synthesizes four poetic entries into the seismic universe of Chile: a) the earthquake as a hinge between life and death; b) the telluric condition as a way of inhabiting perpetual movement; c) material traces of earthquakes as vivid expressions of catastrophe; and d) tremors as a way of representing social inequality. Poetic verse is concluded as announcing the loss of legitimacy of the unique and hegemonic view of the national imaginary; and returning trust to the first person who narrates the movement of a society and an injured identity.
Keywords: Poetry, Earthquake, Identity, Memory.
1. Introducción
Este artículo se propone revisitar un conjunto de producciones poéticas del siglo XX que han abordado, desde ángulos diversos, la incidencia del terremoto como hito de la historia y la cultura de Chile. A partir de recursos literarios múltiples, este corpus ofrece una aproximación singular a la densa trama simbólica en la que se trenzan memoria local y catástrofes naturales, dando cuenta de la capacidad de las formas poéticas de iluminar aquello que resulta esquivo para la descripción científica. En este sentido, este conjunto de poemas proporciona claves interpretativas acerca de los imaginarios culturales que las herramientas de las ciencias sociales no logran captar completamente, poniendo en cuestión la vetusta oposición entre ciencia y arte, donde la generación de conocimiento le corresponde, ante todo, a la primera.
Sabemos que, tras la senda inaugural de Giambattista Vico en el siglo XVII, numerosos autores (Maturana y Varela 1984; Gadamer 1991; Eisner 2004; Efland 2004, entre otros) han subrayado el potencial cognoscitivo de las producciones artísticas y literarias, y aún más allá, han apuntado que los recursos de lenguaje que hacen posible a la ciencia no están desprovistos de figuraciones e imaginación; en otras palabras, de metáforas. El proceder metafórico parece ser útil allí donde no disponemos de herramientas para la comprensión; permite avanzar hacia lo desconocido a través de aquello que nos resulta próximo. Como señala Geertz (1994), la comprensión de “lo menos inteligible por lo más inteligible” ha recurrido paradójicamente a aquellos terrenos más impropios a los ojos del paradigma racionalista —las artes y oficios—, puesto que en ellos encontraba un mundo bien comprendido: certum quod factum, como decía Vico, eran un producto humano (Geertz 1994). La antropología y otras ciencias sociales han encontrado en la poesía, el arte y el juego una vía privilegiada para comprender el esquivo dominio de la cultura (Geertz 1980). En este sentido, el proceder metafórico, mágico o mítico no es en absoluto patrimonio exclusivo de la mentalidad salvaje y poética, sino que alimenta la imaginación humana de forma transversal a nuestra historia y geografía.
Este trabajo busca conocer la experiencia del terremoto como núcleo constitutivo de la identidad y la cultura nacional, valiéndose del significativo acervo de textos que los poetas chilenos del siglo XX han generado en torno a dicho fenómeno1. De este modo, aun cuando se trata de una investigación enraizada en la disciplina antropológica, la invitación es a liberarse de las viejas y originarias ataduras positivistas para dar curso a la escucha de la imaginación y de las subjetividades allí implicadas. En estos términos, diremos en diálogo con el antropólogo y poeta chileno Yanko González, que “una buena parte de las más potentes descripciones e interpretaciones sobre las distintas alteridades […] provienen de géneros anteriores al etnográfico, de voyeurs autodidactas sin el corsé cientificista” (González 2007: 162). Interrogar la producción poética no sirve solo en tanto constatación de la descripción de un fenómeno, sino también se presenta como cuestión primordial para profundizar en los recursos y formas tradicionales de la poesía como son los tropos, las figuras retóricas, la metáfora, la hipérbole, el hipérbaton o la metonimia (González 1997). Son ellas finalmente las que contribuyen al encuentro de nuevas formas de representación de las culturas (Taussig 1980). Históricamente, las ciencias sociales han incorporado las fuentes literarias y poéticas como complementarias. Sin embargo, sostenemos que en estos relatos se expresan y testimonian de manera magistral las complejas configuraciones culturales de su tiempo, y que, por tanto, bien valen un examen detenido.
2. Terremotos en el país y en la poesía
La naturaleza telúrica de Chile lo sitúa como uno de los países más sísmicos del mundo: sólo durante el siglo XX e inicios del siglo XXI, se han registrado 75 sismos catalogados como terremotos (Schonhaut 2013). Debido a sus 4.329 kilómetros de costa, estos sismos han sido proseguidos en buena parte por tsunamis o maremotos. Si bien en términos técnicos sismo, temblor y terremoto remiten a lo mismo, en Chile se suele significar el terremoto como aquellos sismos que provocan grandes daños y son ampliamente recordados por la población. Dada la magnitud de daños materiales y número de víctimas, los terremotos más emblemáticos han sido aquellos que han tenido su epicentro en grandes ciudades: Valparaíso en 1906, Chillán en 1939, Valdivia en 1960, San Antonio en 1985 y Concepción en el 2010.
La centralidad de los movimientos sísmicos en la historia y en la cultura nacional ha tenido como correlato una gran diversidad de abordajes que, desde diferentes disciplinas humanas, han intentado situar su importancia y registrar sus efectos en el ethos nacional. Y es que nuestra relación con los terremotos ha constituido una clave identitaria que se remonta hasta los propios orígenes del país: desde la llegada española a tierras chilenas, se han reconocido y registrado cientos de hechos considerados como catastróficos. Ya en el siglo XVII —nos señala M. Onetto (2017)— las catástrofes telúricas moldearon un discurso preexistente en torno al desastre y la fertilidad, permitiendo a los locales autorrepresentarse ante la corona española desde el heroísmo trágico (Onetto 2017: 25). La suma y repetición de todos estos sucesos permitió que a lo largo de los años se forjara y transmitiera entre los habitantes de Chile y hacia el extranjero la premisa de constituir “una tierra de catástrofes”. Este discurso se propagó en el tiempo histórico por medio de una serie de representaciones que ayudaron a eternizarlo y a convertirlo en una referencia de memoria colectiva y oficial (Onetto 2017: 23). Desde este horizonte propuesto como singular y homogéneo se ha construido una identificación positiva y una exclusividad para aquella Historia. Esta premisa, señala Onetto (2017; 2018a; 2018b; 2018c) ha funcionado históricamente como una respuesta cultural presentada como colectiva, que ha utilizado las catástrofes como una “sincronizadora” de temporalidades para construir una “historia consolante”.
Los discursos del siglo XX arrastran hacia el presente este mismo protagonismo del terremoto en la constitución de la identidad: dichos movimientos —apuntan Silva y Palacios— refuerzan la arraigada noción de “nación telúrica” en el imaginario chileno, la cual suele ser significada como un hito catastrófico y negativo frente al cual los chilenos resistimos y nos sobreponemos (Silva y Palacios 2018). Aun hoy, los imaginarios y proyectos en torno a una identidad nacional guardan un espacio significativo para las resonancias culturales de esta condición sísmica2: en tanto experiencia transversal que aqueja a todos los que habitamos este territorio, una parte importante de los acervos y valores comunes se vinculan con esos modos compartidos de lidiar con el temblor, la destrucción y la reparación de las ruinas.
En esa medida, tal y como expresara Ortega y Gasset en el Parlamento chileno en el año 1928, una condición esencial del territorio chileno aparece amarrada a este destino fatídico: como Sísifo, “parece condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces elevó” (en Castillo 2003: 9). En la lectura de Castillo (2003), más que el señalamiento de una predestinación de lo nefasto, el escritor español permite imaginar a Chile como un espacio donde coexiste la linealidad de la historia y el carácter cíclico del mito. Las fuerzas modernizantes de un país que se concibe como parte de Occidente encuentran límites, periódicamente, en el designio circular de una tierra en movimiento.
Si imaginamos esa fuerza subterránea como una constante reaparición del tiempo mítico, tal vez podemos entender el papel que ha desempeñado la expresión poética en nuestro país desde un nuevo ángulo: la revelación de un inconsciente telúrico que se resiste a los discursos técnicos y los saberes racionales. Así como ha estado unido a la fuerza inclemente de los terremotos, el imaginario nacional ha sido insistentemente asociado a la singularidad de su producción poética: Chile, país de poetas, reza la máxima popular. Y relatar los terremotos ha sido una constante en la poesía chilena, al punto que es posible seguir esta vertiginosa trayectoria desde sus textualidades dispersas. El terremoto de la tarde de primavera de 1906 en Valparaíso3 fue narrado en el poema Oceanía de Valparaíso de Pablo de Rokha (1969 [1965]), y, posiblemente, también haya inspirado el poema Oda a Valparaíso de Pablo Neruda (1972 [1954]). Múltiples voces convergen, asimismo, en Chillán, en un caluroso día martes del mes de enero de 1939. El fuerte terremoto registró magnitudes estimadas de entre 7,8 y 8,3 Ms4, siendo uno de los sismos que más muertos ha registrado en la historia del país, 5.648 muertos según cifras oficiales. Nicanor Parra lo relata en el poema Epopeya de Chillán de ese mismo año; Pablo Neruda, por su parte, lo recordará en los poemas El Gran Océano, Terremoto y Olegario Sepúlveda, incluidos en Canto General de 1950. También Gabriela Mistral prestará atención a este devastador terremoto, conmovida tras una reciente visita a la ciudad donde los niños de las escuelas habían desfilado en honor a ella. Ello inspirará “Una crónica del terremoto: Guillermo Díaz, velador nocturno (para las escuelas de Chile)” y, pocos días después de la tragedia, la redacción desde España de “Un recado a los amigos de América” que aparecerá publicado en un diario de Puerto Rico. Allí relata lo que ella denomina “la tragedia andina” y pide socorro a los países vecinos para las 71 ciudades abatidas por el sismo.
Una de las catástrofes más narrada y recordada entre los poetas chilenos es el mega terremoto de Valdivia y Puerto Montt, que destruyó ambas ciudades la tarde del 22 de mayo de 1960. Este terremoto alcanzó 8, 9° en la escala de Richter y duró poco más de tres minutos, tiempo suficiente para destruir gran parte de las ciudades del sur de Chile5. Violeta Parra, que ese día estaba en Puerto Montt por una gira en el sur, canta y se lamenta de este desastre en su canción Puerto Montt está temblando (1960); lo mismo hace el poeta Jorge Teillier con Muerte y Resurrección (1961). Pocos años después, Fernando Alegría escribe un poema que reivindica y celebra el carácter sísmico del país con ¡Viva Chile Mierda! (1965). Pablo Neruda, que estaba en Francia, se lamenta de tanto dolor en Terremoto en Chile, incluido en el libro La Barcarola (1967). Desde la distancia y la impotencia de no haber estado ahí, el poeta escribe: “…y que el mismo iracundo destino aniquile mi cuerpo y mi tierra.” (Neruda 2004b [1967]: 43).
El terremoto de San Antonio en 1985, años de dictadura en Chile, ocurrió una tarde de domingo a comienzos del mes de marzo. Este sismo afectó la Región de Valparaíso y la zona central, particularmente a Santiago, con una magnitud de 8.0 Mw. Las víctimas fatales se contabilizaron en 178 muertos y cerca de un millón de damnificados (ONEMI, 2009). También habrá registro de esta fatídica fecha en la producción poética nacional: un año más tarde, el poeta Jorge Montealegre publica Título de dominio (1986), escritos posiblemente gatillados por dicho evento sísmico.

3. Metodología
Preguntándonos por el lugar de los movimientos telúricos en la poesía chilena del siglo XX, revisamos y analizamos diversas publicaciones de poetas chilenos. Aun cuando este artículo no tiene una pretensión de exhaustividad, cabe señalar que hemos dejado fuera autores que no forman parte del canon literario chileno en su versión plural, paralela y contrapuesta (Carrasco 2008), pero que ello no obedece a un criterio de exclusión a priori, sino a las limitaciones propias de la investigación. Como advierte Castillo (2003) más allá de la propia fragilidad objetivante del investigador, se sitúa la precariedad de las fuentes disponibles y su limitación como representación unívoca y unilateral del conjunto de representaciones, multívocas y plurilaterales, que se pretende desde ellas abordar. Sin negar esta precariedad, sino más bien construyendo el análisis sobre ella, hemos optado por un procedimiento de diálogo analítico con las perspectivas de las propias fuentes. Advertimos entonces de la existencia de una continuidad como relato (texto-documento antropológico), entre el corpus artístico y el corpus ensayístico de los autores de este artículo.
El material analizado fue recopilado entre septiembre y diciembre de 2018, revisando poemarios, antologías y poemas en distintas bibliotecas de Santiago, así como también mediante búsquedas web. Como método de lectura utilizamos una pauta que recopiló los poemas, poniendo atención a sus autores, contexto de producción, conceptos y categorías abordadas. Al momento de analizar, y como ya se ha señalado, privilegiamos el contenido por sobre otros elementos como el estilo, realizando análisis de contenido cualitativo desde una perspectiva constructivista e inductiva. Esto es, un tipo de análisis que no se limita al texto en sí, sino permite también la producción de meta-textos analíticos e interpretativos, “no directamente intuibles y sin embargo, presentes” (Díaz y Navarro 1998: 181). A partir del análisis y de nuestra cuidadosa lectura, construimos y decantamos las cuatro categorías o entradas temáticas que conforman tramas simbólicas comunes al momento de pensar los movimientos telúricos durante el siglo XX, a pesar de las importantes diferencias de estilo, contextos de producción y autores abordados: i) vida/ muerte; ii) vaivén/estabilidad; iii) materialidad/escombro; iv) desigualdad/ injusticia social.
4. La experiencia sísmica en las voces poéticas de Chile: cuatro entradas reveladoras
Los discursos de los poetas que vuelven obcecadamente sobre las ciudades terremoteadas nos entregan luces acerca de las múltiples capas en las que el movimiento telúrico impacta en los habitantes de este país-esquina. Como una suerte de “brigadas de rescate” del sentido, los escritores se sumergen en las escenas de derrumbe y desolación que dejan los terremotos a su paso, ensayando modos oblicuos de representar dicha experiencia abrumadora. La figura de las ruinas parece conectar literatura y terremotos: como señala R. Castro para las escrituras que vinieron después del sismo de 1985 en Ciudad de México, “la literatura sobre el temblor conforma una historia diseminada, como las ruinas de una ciudad derrumbada” (Castro en Schultheiss 2016: 52). Estos textos desperdigados y fragmentarios, repartidos en voces múltiples y publicaciones diversas, tienen la potencia de relatar la historia desde sus escombros.
Leídos en su conjunto, distinguimos una serie de reflexiones, tópicos y discursos que nos aproximan, desde su propio lenguaje, a las huellas del terremoto en el inconsciente colectivo, dando lugar a un modo de conocimiento que escapa a los informes técnicos y las verdades científicas. Saberes como los que reconoce Nicanor Parra (2006 [1954]), cuando afirma que “…el mundo ha sido siempre así. / La verdad, como la belleza, no se crea ni se pierde / Y la poesía reside en las cosas o es simplemente un espejismo del espíritu. / Reconozco que un terremoto bien concebido / puede acabar en algunos segundos con una ciudad rica en tradiciones” (Parra 2006: 93-94).
Entonces, ¿de qué formas, nos preguntamos, la poesía chilena ha movilizado la experiencia telúrica de nuestro país sísmico? Tal como demuestran ejercicios de lectura similares a este (Schultheiss 2016), un corpus literario puede ser una buena entrada a los imaginarios culturales de la catástrofe. En este artículo, recogeremos fragmentos textuales de diversos poetas chilenos, poniendo de relieve a través de ellos las perspectivas estéticas, morales y culturales que abren los terremotos en nuestro territorio. Prestando especial atención a la dimensión del contenido vertido en los textos, distinguiremos en este ejercicio cuatro entradas poéticas a la experiencia telúrica del siglo XX y XXI: a) el fenómeno sísmico como bisagra entre la vida y la muerte; b) la condición telúrica de Chile como una forma de habitar el vaivén perpetuo; c) la huella material del sismo como vívida expresión de su catástrofe; y d) el temblor como forma de eclosión de la desigualdad social.
4.1 Una bisagra entre la vida y la muerte
En tanto experiencia liminal, el fenómeno sísmico permite reconsiderar y sopesar la vida de hombres y mujeres hasta el momento antes del desastre. El terremoto remece las certezas que ha edificado la cultura, y es por ello que se nos aparece como un hito mediador entre dos mundos: la vida y la muerte; el cielo y la tierra; la vida mundana y lo trascendente. En esta primera clave de lectura de nuestro corpus, observaremos los modos en que lo sobrenatural parece estar siempre presente en estos eventos, los cuales permiten percibir a una naturaleza furibunda e impredecible que muchas veces se asimila al proceder de un dios caprichoso.
Es Violeta Parra (2016 [1960]) quien no duda en clamar al cielo por este “castigo divino” que se impone sobre la ciudad abatida por la fuerza descontrolada de la naturaleza. En la tradición del canto popular a lo humano y lo divino, bajo la forma de una décima espinela, el poema será una triste conversación y plegaria con el divino para que detenga la furia de lo que asemeja a un apocalipsis:
“Puerto Montt está temblando/ con un encono profundo/ es un acabo de mundo/ lo que yo estoy presenciando/ a Dios le voy preguntando/ con voz que es como un bramido/ por qué mando este castigo/ responde con elocuencia/ se me acabó la paciencia/ y hay que limpiar este trigo.” (Parra 2016: 102).
El hablante que Violeta Parra pone en escena interroga a su dios en busca de una explicación comprensible para la catástrofe que se ha tomado la ciudad. La culpa es terrenal, sostiene este dios indignado, y es poco lo que puede hacer la poeta para detener el escarmiento: “Con una angustia crecida/ le estoy pidiendo al Señor que detenga su rencor” (Parra 2016:103). Puesto que la impronta política es un sello característico de la poética parriana, la escena ofrece al lector su moraleja: “Señor, acaso no puedes / Calmarte por un segundo/ Y me responde iracundo:/ Pa´l tiburón son las redes.” (Parra 2016:102). El sismo aparece, así como una venganza divina en la que, al estilo del Antiguo Testamento, pagan justos y pecadores. En este sentido, su subrepticia aparición nos enfrenta con nuestra naturaleza más despojada y desvalida. Cuando la naturaleza se enfurece, la muerte sorprende hasta al más precavido, e iguala a todos los sujetos ante su misma ley implacable: “te despertó la muerte,/ en camisa,/ en largos calzoncillos/ con flecos de colores,/ desnudo”, afirmará Neruda (2004a [1954]: 256) .
El mismo año que Violeta Parra invoca a su deidad rencorosa, el poeta Jorge Teillier escribe su poema Muerte y Resurrección (1999 [1961]) y en clara alusión al sacrificio del niño mapuche Painecur, anuncia el ritual de las machi para calmar a los dioses en su enojo: “Antes de que otra vez las hechiceras de la tribu/ sintieran que la tierra/ pedía la sangre de un inocente para calmar al océano, / en los grandes días de 1900” (Teillier 1999: 43). Frente a las inclemencias de la naturaleza, solo cabe el clamor a los dioses y el ritual ancestral. Teillier, así como lo hace Violeta, lee en el pueblo desgraciado y desesperanzado la causa del enojo de los dioses: “Pueblo en donde nadie tenía sueños/ Y se enterraba a los muertos en un cerro lejano/ Pero se los sentía respirar en el polvo y el barro” (Teillier 1999: 44). Pero el poeta intuye también que, en el enojo de los dioses, la sacudida de la tierra y los ritos de las hechiceras, se recrea una y otra vez el mito del eterno retorno (Eliade 1991)6: “Hasta que todo volvió a su comienzo”; “La tierra devuelve a las aguas/ lo que les pertenece desde antes del principio de los tiempos,” (Teillier 1999: 44). Así, acompañando el tránsito entre la vida y la muerte, la cadencia nostálgica que caracteriza los poemas de Teiller detiene su atención en la naturaleza amorosa que envuelve y cubre al niño sacrificado para hacerlo suyo: “mientras en el roquerío las olas quiebran el esqueleto/ Del niño que les fuera entregado. / […] las algas envuelven con dulzura/ el esqueleto del inocente” (Teillier 1999: 44-45). En esta lectura telúrica, la naturaleza se sacude y se rebela, pero también cuida y cubre al desvalido para devolverlo a la tierra. Destemplada, la naturaleza se hace escuchar, como el dios de Violeta que habla a través del viento iracundo. Neruda (1972 [1954]) también invoca a estos elementos personificados: “y la tierra, / furiosa, /levantó su oleaje/ más tempestuoso, / que el vendaval marino,” (Neruda 1972 [1954]: 764-765).
Esas fuerzas cósmicas que se experimentan en los terremotos operan como puntos de contacto entre este mundo y el más allá. Desde claves diversas, los poetas nos recuerdan que, con cada remezón de la tierra, la muerte siempre sobreviene y nos obliga a convivir con ella. Las almas en pena de Violeta Parra (1960) y las almas de los obreros muertos que sollozan en Neruda (1999 [1923]) dan cuenta del sombrío paisaje humano que prolifera con el terremoto. La interpelación poética se rebela, entonces, frente a la desolación inadmisible, cobrando la forma de una interrogante que vuelve a constatar lo más básico y a la vez, improbable: la propia vida:
“Desperté cuando la tierra de los sueños faltó bajo mi cama. / Una columna ciega de ceniza se tambaleaba en medio de la noche, / yo te pregunto: ¿he muerto?” En esa ruptura del planeta y el rostro perdido de los insepultos, como el poeta relata, la pregunta surge inevitable: “¿Por qué hierve la tierra llenándose de muerte?” (Neruda 1985a [1950]: 227).
Bisagras, umbrales, mediaciones: los desastres naturales que aquejan al país se viven como experiencia límite que conectan este mundo y el otro; que marcan una incisión en la historia y transforman la geografía. Pablo De Rokha (1969 [1965]) encontrará en el terremoto una razón para gritar el quiebre de la existencia humana:
“que el terremoto de 1906, al atravesar la humanidad de punta a pun-/ ta dividió en tres la historia y fue tan horriblemente/ terrible, como tan horriblemente sublime, porque el cla-/ mor del horror aúlla en el corazón de todo lo hermoso,” (De Rokha 1969: 243).
Los terremotos configuran, así, su propio calendario; un nuevo modo de medir el tiempo. La vida se construye en los intervalos, tal y como identifica Mistral (1939: 45) desde la distancia:
“El Llaima, el Villarrica, los demás son pura fuerza loca, que nunca podremos volver aliada. Pero entre sus tiempos de cólera, nos quedan unas grandes pausas, unos grandes respiros…”.
En este ciclo entre estruendo y mudez, los poetas buscan arrancarles verdades a los dioses, hacen hablar a la naturaleza y pactan con la muerte.
4.2 Habitar el vaivén perpetuo
Los poemas que orbitan en torno al terremoto vuelven la atención, en múltiples niveles, a los terrores y amenazas que acompañan el movimiento telúrico. En esta segunda línea de exploración de las resonancias poéticas del sismo, prestaremos atención a los modos en que estos hablantes reflexionan acerca del habitar una tierra marcada por el vértigo, y los modos en que sus trepidaciones impactan en la conceptualización y vivencia de una patria en permanente desestabilización7.
Es posible identificar numerosas imágenes que dan cuenta del sismo desde el dolor y el desconcierto de los sentidos, en tanto fenómeno que se experimenta, en primer lugar, desde el cuerpo. En el Canto Primero de Altazor, Huidobro (2000 [1919]) conjura el temblor desde la sinestesia: “Soy un pecho que grita y un cerebro que sangra/ Soy un temblor de tierra/ Los sismógrafos señalan mi paso por el mundo” (Huidobro 2000: 32). También Neruda apelará a esa urgencia subrepticia que se apodera de los cuerpos y de la materia: “Te agarró el terremoto, / corriste/ enloquecido, / te quebraste las uñas, / se movieron/ Las aguas y las piedras,” (Neruda 1972 [1954]: 764). Algunas décadas más tarde, el poeta Gonzalo Millán ofrece un relato encarnado del movimiento y la desestabilización en su libro La Ciudad (1979), recreando para el lector —a través de la onomatopeya— el estruendo material y los vaivenes del sismo:
“¡Tiembla! ¡Temblor! / Las lámparas oscilan. / Las ventanas tiritan.” (1979:112). “Se abren grietas en el suelo. / Se agrietan las paredes. / ¡Terremoto! / Las casas los edificios se tambalean. / El terremoto atruena. / Retiemblan las casas. / Las paredes se remecen. / Trepidan las paredes. / Trepida el suelo. /Los vidrios se trizan. / Se sacude la tierra. /Se sacude la ciudad. / La ciudad se cuartea.” (Millán 1979: 113).
Atrapados entre la cordillera y el vasto océano amenazante, la angosta franja que es Chile peligra siempre de ser triturada. Este peligro constitutivo se encuentra íntimamente atado a la naturaleza telúrica de Chile, a sus principios fundacionales y a su destino insoslayable: como presagia F. Alegría (1965), “nos irá aullando en los oídos la sentencia de la tierra”. Así, Pablo de Rokha despliega una geopoética en la que la voz literaria cartografía estos espacios (Curet 2018) a la medida de su naturaleza extrema y terrible. En “La dual hazaña humano-geográfica. Gente grande”, De Rokha (1949) asiste al surgimiento de la tierra partiendo desde el Norte Grande (azotado, como él dice, por el “látigo solar”), constatando y sentenciando a la vez a este país a una existencia marcada por el movimiento y el clamor:
“tu cinturón de vol-/ canes unánimes atruena la América, / en el lenguaje universal de tus poetas y el pánico verde/ de tus terremotos, lo amarillo del horror condiciona, sumando/ lo antepasado al arcaico orden...” (De Rokha 1949: 342-344).
Poetas y terremotos representan claros hitos identitarios en este paisaje nacional fraguado, desde muy antiguo, por el horror. Por su parte, Neruda (1985b) también movilizará con sus palabras la génesis de esta tierra que no es sino un “borde en movimiento” (Rubilar 2011), y prestará atención al sino telúrico de un Chile arrimado a la inmensidad del océano: “Y tembló para siempre en las orillas/ La voz del mar, los tálamos del agua, / La huracanada piel derribadora/ La leche embravecida de la estrella” (Neruda 1985b [1950]: 358). Para Mistral, quien se vale de la figura de la Ménade para comprender esta identidad terremoteada, nos enfrentamos a una parte constitutiva de la tierra, a la vez que la fuente de muchos de sus pesares. Por un lado, la poeta de la dislocación, del desplazamiento y el movimiento entre lugares (Pérez 2006) constata cómo el paisaje aprende a danzar y moverse a su ritmo: “Cordillera despistadora, con su lomo cierto, y que de pronto se acuerda de su vieja danza de Ménade y salta y gira con nosotros a su espalda” (Mistral 1993 [1938]: 354). Por el otro, desde la lejanía, lamenta el vuelco de la tierra que ha provocado la muerte de un niño en la ciudad de Chillán:
“La tierra en torno de él, bailaba como la Ménade feroz; las calles, en momento, dejaban de serlo […] Está conmigo, en el aire extranjero, en tierra de otros, y con más razón lo ven en todos los rincones de Chile.” (Mistral 1939: 2).
En un país acostumbrado a esa amenaza desestabilizante, Valparaíso será el mejor ejemplo de una ciudad que aprende a convivir con ese “desenfado del movimiento”: “Pronto, Valparaíso/ marinero, / te olvidas/ de las lágrimas, / vuelves/ a colgar tus moradas, / a pintar puertas/ verdes, / ventanas/ amarillas,” (Neruda 2004a [1954]: 257-258). En semejanza, y aún con las diferencias profundas que los separan poética y políticamente (Zerán 1997), Pablo de Rokha, dirá:
“Y tú, Valparaíso, te yergues, valiente, colosal, sobre tu nombre de are-/na innumerable.” […] “ensilla el mar, tu mar, el mar humano y desaforado de Valparaíso, / Contorneándose, bornéandose, amarditándose/ como los barcos…” (De Rokha 1969 [1965]: 243).
Y es que, en Chile, los pueblos se redimen en ese movimiento trepidante, para luego levantarse desde los escombros: “El pueblo nace de nuevo” —dice Teillier (1999 [1961]), en su ya citada Muerte y Resurrección:
“de manos de los rústicos que fueron amenazados de fusilamiento/ si reclamaban el pan que les pertenecía;/ nace de nuevo de manos de aquellos/ a quienes los poderosos condenan a pudrirse/ […]/ y escucha los lejanos cánticos de resurrección.” (Teillier 1999: 45).
La proeza bíblica de la resurrección es convocada por múltiples voces en este corpus sobre poesía chilena y terremotos: también Neruda (2004b), en su “Terremoto en Chile”, la sitúa como operación redentora que da el desenlace final al poema: “si cantas, oh patria terrible, en el centro de los terremotos/ porque así necesitas de mí, resurrecta, / porque canta tu boca en mi boca y sólo el amor resucita.” (Neruda 2004b: 45). Desde otra clave, también el antipoeta Nicanor Parra (1960 [1938]) nos ofrece un poema —dedicado al terremoto de Chillán— en el que articula con vehemencia esa posibilidad de rearmarse: “Chillán no está vencido, Chillán laurel alzado, como en el verde campo de los gentiles caballos”. Redención que nos recuerda que “aquí no ha pasado nada, simplemente todo” (Parra 1960 [1938]: 253).
Tras el desastre, dice Millán:
“Pasa el pánico. / La ciudad se tranquiliza. / Sepultan a las víctimas. / Despejan las calles. / Recolectan ayuda para los damnificados. / Reconstruyen la ciudad. / El anciano reconstruye los hechos.” (Millán 1979: 113).
Tras el movimiento y desestabilización, se construye de nuevo algo parecido a la normalidad, y el temblor se inscribe en una historia siempre enfrentada a la necesidad de reconstruirse en el vaivén perpetuo. Y es que, si Chile vive con la amenaza de perder la estabilidad, es porque el movimiento lo saca continuamente de su eje; es porque la destrucción tambalea el progreso. Derrumba sus ciudades y escarmienta a sus habitantes que corren despavoridos y enloquecidos por el terror.
No es verdad, si le creemos a los poetas, que los chilenos no corren y enloquecen cuando hay terremotos. En lo que sí hay certeza, como afirma Nicanor Parra (1960), es que, a pesar del miedo, siempre existe la posibilidad de rearmarse y decir que “aquí no pasa nada que puramente todo” (Parra 1960: 254). Es la certeza, dice Oscar Hahn (2009), que “el viento que rompe las naves hace volar a las gaviotas” (Hahn 2009: 105).
4.3 La huella material del sismo
El temblor se manifiesta como un acontecimiento total que, antes que nada, es una brutal reorganización de los objetos y los espacios. Su capacidad destructora es sólo comparable a su potencia de creación, de modo que se experimenta como un big-bang a la vez que como un apocalipsis:
“Al mismo instante hubo en el cielo un espantoso terremoto —escribe Vicente Huidobro, en su “Temblor de cielo”—. Se rompían las estrellas en mil pedazos, se incendiaban los planetas, volaban trozos de lunas, saltaban carbones encendidos de los volcanes de astros y venían a veces a clavarse chirriando en los ojos desorbitados de los hombres” (Huidobro 1989 [1931]:177).
En esta tercera entrada al universo poético del terremoto, queremos abordar esta dimensión material de la experiencia sísmica, dando cuenta de las operaciones que permiten a los poetas hacer hablar a los objetos —desperdigados y resquebrajados— de las múltiples capas de sentido que se agolpan ante el temblor.
En un territorio habituado al vértigo del movimiento, las grietas y las ruinas permanecen como mudos testimonios de lo que fue y de lo que pudo ser. La obra poética acerca de este universo sísmico encuentra, entonces, en estas huellas materiales del terremoto un recordatorio permanente de aquello que se incuba en el subsuelo de la ciudad. Las formas de las grietas y las trizaduras aparecen como inscripciones gráficas de este destino fatídico de Chile; de su capacidad infinita de reducir la forma y producir deshechos:
“Hace tres días volví a entrar, después de una larga ausencia, a mi casa de Valparaíso —narra el Neruda de Confieso que he vivido— Grandes grietas herían las paredes. Los cristales hechos añicos formaban un doloroso tapiz sobre el piso de las habitaciones. Los relojes, también desde el suelo, marcaban tercamente la hora del terremoto. Cuántas cosas bellas ahora barridas con una escoba; cuántos objetos raros que la sacudida de la tierra transformó en basura”. (Neruda 2004c [1974]: 333).
Los textos poéticos nos permiten también distinguir diversas escenas dentro de este paisaje humano en las que la población local va aprendiendo a convivir con las trizaduras y los escombros. Neruda (2004b) en este sentido, nos entrega una imagen de este cíclico habitar las ruinas:
“de la pobre familia que nace y padece otra vez espanto y la grieta, / el suelo que aparta los pies y divide el volumen del alma/ hasta hacerla un pañuelo, un puñado de polvo, un gemido. / […] Por los muros caídos, el llanto en el triste hospital, / por las calles cubiertas de escombro y miedo.” (Neruda 2004b [1967]: 42-43).
La materialidad en ruinas anuncia una sociedad que se desgaja doliente y desesperanzada en la oscuridad de su destino. Cunden aquí las metáforas que aluden al destrozo y la herida que, a través de los objetos, hablan por la sociedad toda: “Despedazado, rajado en abismos de lo sublime, en la mochila, como un gran poeta” dirá De Rokha (1969); “Tañen sus campanas entre la oscuridad y las ruinas”, señalará Teillier (1999: 44); “Hierro negro que duerme, fierro negro que gime/ por cada poro un grito de desconsolación”, agregará Neruda (1999: 34). Ese paisaje de pueblos azotados por las catástrofes, cuyos objetos revelan las grietas de una miseria histórica:
“Talcahuano, tus gradas sucias, tus corredores de pobreza, en la colina agua podrida, madera rota, cuevas negras donde el chileno mata y muere.” (Neruda 1985c [1950]:248).
El trabajo en torno a los objetos hace posible, en algún plano, elaborar también los duelos que acompañan a la catástrofe, y en ese gesto también se reescribe la propia identidad de nuestra sociedad herida. Cantar y narrar los terremotos es una buena manera de exorcizar en la memoria los quebrantos de la sociedad chilena, y la imagen de las múltiples y pequeñas reconstrucciones esconden el anhelo de la gran reconstrucción cultural de estas ciudades devastadas. “Cada uno de nosotros construyó con memoria de adobe su pasado;/ —dirá el poeta Jorge Montealegre— ahora/ solo nos queda la paja después del terremoto” (Montealegre 1986: 1). En otro plano, la producción poética hace presente la relación entre la catástrofe física y el desastre político; entre el terremoto natural y la arremetida de la dictadura. Dice Gonzalo Millán (1979): “Echaron maldiciones contra el tirano. / Se echaron a la cama a dormir. / La casa en ruinas se hundió. / El bote se fue al fondo del río. / ¡El invierno ha huido! (1979: 52). Ajados y hundidos, la casa y el bote inscriben el desastre, lo hacen visible, lo hacen recuerdo y lo vinculan con el desastre mayor, la dictadura. La catástrofe es material, pero también es metáfora de la memoria que duele. Ruinas, abismos y grietas que son pasado en el presente; pero que el poeta redime como un futuro posible.
4.4 El temblor como forma de eclosión de la desigualdad social
En ámbitos diversos de la vida cultural chilena, los terremotos han servido para hablar de una debacle más profunda y preexistente que la destrucción que deja el movimiento telúrico: la injusticia social. Grieta primera que azota al país silenciosamente desde adentro, los temblores ponen de manifiesto y realzan las magnitudes de esta miseria endémica, que pega aún más fuerte al mundo popular:
“Las sólidas casas de los banqueros/ Trepidaban/ como heridas ballenas, / mientras arriba/ las casas de los pobres/ saltaban / al vacío/como aves/ prisioneras/ que probando las alas/ se desploman.” (Neruda 2004a [1954]:257).
La naturaleza en su furia no castiga a todos por igual, y las casas de los pobres no resisten al ensañamiento del mar:
“Luego venían las inundaciones, que se llevaban las poblaciones donde vivía la gente más pobre, junto al río. También la tierra se sacudía, temblorosa. Otras veces, en la cordillera asomaba un penacho de luz terrible: el volcán Llaima despertaba.” (Neruda 2004 [1974]: 12).
Y fustiga a los sujetos populares con particular furia:
“Olegario Sepúlveda me llamo./ Soy zapatero, estoy cojo desde el gran terremoto./ —relata, nuevamente Neruda— Sobre el conventillo un pedazo de cerro/ Y el mundo sobre mi pierna./ Allí grité dos días,/ Pero la boca se me llenó de tierra,/ Grité más suavemente/ Hasta que me dormí para morir./ Fue un gran silencio el terremoto,/ El terror en los cerros,/ Las lavanderas lloraban,/ Una montaña de polvo enterró las palabras.”(Neruda 1985c [1950]: 248).
Los poetas saben que los corcoveos del terremoto solo ahondan ese dolor de la miseria pegada a la piel de un pueblo cuya identidad se hace al alero de la explotación y la resignación. Siempre ha sido así: “Cuando quiera. Señor, los pobres/ nunca cerramos la puerta.” (Neruda 1985c [1950]: 248). La pobreza solo se ahonda, pero ella ya estaba, antes del terremoto: “Con temblores a tierra nos arroja desde el centro/ Estremeciendo a la cité de cartón piedra.” (Montealegre 1986: 3).
Las desigualdades sociales se pliegan a las injusticias políticas y el caos que sucede al terremoto es un buen momento para purgar las asimetrías8. Violeta Parra vislumbra, en ese ya mencionado diálogo con los dioses, que la catástrofe es también una posibilidad para hacerle justicia al miserable:
“<>/ dije apretando los dientes, /pero él me responde hiriente:/ <>.” (Parra 2016: 104).
Como señala Bobone (2018) para la ciudad de Lisboa, los sismos:
“vienen a mostrar no sólo el poderío de la naturaleza, sino el equilibrio inestable de una sociedad suspendida sobre modelos filosóficos y políticos rivales en sorda disputa. De alguna forma, el terremoto destapa los fundamentos, y lo que se ve es aterrador: la corrosión y el cansancio de las viejas bases desgastadas […] No es que haya sido el sismo el que provocó la confrontación: ésta ya existía hacía mucho. […] El terremoto es el acontecimiento límite que no permite ya la coexistencia pacífica y la confrontación velada. La discusión filosófica salta de los salones eruditos a lo cotidiano, y se revela tan confusa como la ciudad devastada”. (Bobone 2018: 37).
Por todo ello, con más o menos fuerza, la poesía telúrica coincide en señalar el carácter inversor de mundo que cada sismo trae al territorio. Los terremotos, como desestructuradores del orden material y terrenal, inauguran ciclos de amenaza y crisis. Como el Apocalipsis, la tierra y el mar ondulan amenazantes y anuncian la detención del tiempo histórico y la renovación del orden social: en términos de Violeta Parra, viene a significar un acto de justicia final para los oprimidos de siempre. La tierra convulsa se vuelve toda presente, no hay más pasado, todos aterrados en esa furia caótica e igualados frente a la muerte (De Vivanco-Roca 2006).
Los poetas desempeñan la labor de denunciar esta catástrofe y narrar ese fin del mundo: anuncian el ocaso de una cultura de dominación en todo orden de cosas; así como la promesa de una identidad propia, popular que desde siempre ha sabido vérselas con el movimiento y la fragilidad de lo incierto, haciendo de esa vulnerabilidad su principal arma. El imaginario apocalíptico celebra el triunfo de los dioses y los demonios que reinan temporalmente en la tierra; si la tierra se sacude es para invertir el orden y las relaciones entre el bien y el mal.
5. Reflexiones finales
A partir de cuatro entradas sugerentes que cobran forma en las voces de diversos poetas nacionales, este artículo ha buscado revisar la producción poética del siglo XX en torno a los terremotos que cíclicamente afectan a Chile. En esta lectura y análisis hemos querido interrogar los relatos y representaciones que los y las poetas construyen frente a los desastres naturales, y desde allí avanzar hacia una comprensión de los imaginarios y códigos culturales que los atraviesan. En efecto, estos poemas abordan episodios de catástrofes donde la incertidumbre y el miedo obligan a echar mano de los recursos de la imaginación y la cultura para comprender, lamentar y a veces celebrar lo ocurrido. ¿Cuáles son esos códigos del imaginario y la cultura que el verso poético nos deja entrever?
Compartimos la hipótesis de Mauricio Onetto (2017) cuando señala que las catástrofes telúricas que acontecieron a lo largo de la historia de Chile, moldean un registro discursivo en torno al desastre y la fertilidad y con el cual en Chile se representa la experiencia. El discurso catastrófico (creada por aquellos españoles que detentaban el poder) instala el tópico del desastre así el carácter de la naturaleza indómita y a la vez prodigiosa. Ambos ejes se reconocen en la poesía analizada.
Aunque los y las poetas comparten con los cronistas y cientistas la tarea de narrar su época y lo allí vivido, los recursos con los que cuentan hacen posible un tipo singular de comprensión de los fenómenos abordados. A través de las palabras y las imágenes que sus poemas convocan, estas voces construyen imaginarios que soslayan la descripción objetiva para explorar las fronteras de lo decible, de lo que parece estar más allá de las palabras. La experiencia del terremoto, hondamente arraigada en la tierra a la que estos autores pertenecen, moviliza una gran diversidad de reflexiones y afectos que no pueden sino convocarse desde lo tangencial. Lo que parece inenarrable encuentra, así, su camino hacia la luz a través de la atención a los detalles marginales, del operar oblicuo de los tropos y las figuraciones, de la construcción de un lenguaje de muchas capas que admite desencuentros y referentes múltiples. El poeta Pablo De Rokha así lo señala cuando advierte de este lenguaje de imágenes dolientes que aúna en un mismo idioma a ciudades y poemas:
“Del modo y manera como el poema es lenguaje de imágenes, es/ decir, lenguaje de catástrofe e idioma metafórico y ca/tastrófico,” (De Rokha 1969 [1965]: 244).; “cantando y llorando un mismo idioma, como todo lo que existe y/ habita, agonizando, en las ciudades y en los poemas.” (De Rokha 1969: 250).
Parte importante de este trabajo de elaboración poética consiste en fundar un espacio todavía innombrado, y por lo tanto universalizado, reconocible por su condición de precariedad personal, colectiva y efímera frente al poder absoluto (Millán 1995). La poesía que aquí analizamos nos abre a las evidencias de experiencias a veces inaprehensibles desde el logocentrismo cientificista occidental.
Nuestra lectura, articulada en torno a cuatro líneas de análisis, sugiere que la obra poética sobre el terremoto ofrece una mirada lúcida sobre dicha experiencia abrumadora. En primer lugar, la perfila como experiencia liminar entre lo terrenal y lo trascendente, personificando las fuerzas de la vida y la muerte y poniendo a los sujetos en contacto con ellas. En segundo término, la poética elaborada en torno a los temblores saca a la luz la condición telúrica de nuestro territorio, y el sino infranqueable de sus habitantes: vivir el movimiento como certeza cíclica y constitutiva. En tercero, este corpus poético repara en el universo material que circunda el evento sísmico, cuya expresividad formal —bajo la forma de ruinas, escombros y deshechos— arroja luz sobre las trizaduras simbólicas que experimenta el pueblo azotado por el sismo. Finalmente, una cuarta entrada pone de relieve la crisis política que preexiste a la catástrofe natural, y los modos en que la desigualdad social que le da origen es profundizada por el terremoto. Sin embargo, dada la extensión del corpus y la gran diversidad que le caracteriza, habría sido posible desarrollar otras líneas analíticas que aquí sólo adquirirán una mención general.
Tenemos, por una parte, la pregunta por el estatuto testimonial de estas obras. Las escrituras que aquí convocamos —de poetas chilenos tan singulares como Fernando Alegría, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Gonzalo Millán, Gabriela Mistral, Jorge Montealegre, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Violeta Parra o Jorge Teillier— utilizan estrategias textuales múltiples y no es posible hacerles justicia a todas ellas en este breve escrito. No obstante, buena parte de ellas converge en su vínculo con el testimonio y la experiencia en primera persona. Estos relatos sobre el terremoto suelen estar unidos al cuerpo, a la palabra y a una presencia en la escena del derrumbe, de la catástrofe; incluso cuando esta experiencia tenga lugar a través de la distancia, como en el caso de Neruda y Mistral que gritan su asombro desde la lejanía. Para G. Millán (1995: 1), no hay aquí objetividad posible porque “el observador es parte del observado… hay una mirada antes que un sujeto; un estado de lucidez antes que una personalidad.”
En estas obras, el lenguaje libera lo mudo de la experiencia, la redime de su inmediatez del olvido y lo vuelve común, comunicable. El poeta se convierte en testigo, pero el relato de la experiencia se vuelve tan problemático como la posibilidad misma de construir su sentido; las dudas en la interpretación de lo sucedido proliferan en los textos. Los poetas no parecen querer construir un saber unívoco sobre la experiencia, ni tampoco querer darle valor de verdad a lo empírico; en la poesía analizada, el único fundamento pareciera ser el mismo texto poético y su capacidad creadora, interpretativa y sugerente.
Así como nos pone en contacto con un orden alterno —el apocalipsis—, la poesía aquí analizada nos enfrenta a la instauración de otro tiempo. Por una parte, está enraizado en un tiempo retrospectivo: la experiencia del poeta se inscribe en una temporalidad que no es la de su acontecer, sino la de su recuerdo. Por lo mismo, la poesía nos enseña a desconfiar de la memoria, así como de las múltiples lecturas de la subjetividad y la imaginación. Por otra parte, ese tiempo está siempre volcado hacia el presente: el poema funda una temporalidad que, en cada verso, en cada repetición, vuelve a actualizarse. Si la sociedad vive el terremoto como un trauma aterrador, el poeta lo “desmigaja” y a través de su verso, y forja las palabras que hombres y mujeres no pudieron encontrar al estar enfrentados al derrumbe o a la amenaza de la ola. El poeta se superpone a ese terror y encuentra la forma para construir ese relato de lo vivido.
Resulta importante señalar que, en tanto documentos que surgen en un contexto cultural específico, este grupo de poemas da cuenta de la voz de una época, con sus apuestas, sus contradicciones y sus desvelos. El siglo XX en nuestro territorio experimentó el despliegue de una identidad nacional forjada bajo el anhelo mimético de alcanzar el “desarrollo”, cuyo modelo paradigmático fueron las sociedades europeas. Los movimientos sísmicos, en este sentido, supusieron puntos de quiebre periódicos en el relato teleológico de la modernidad local. Los terremotos develan la vigencia de una naturaleza salvaje, devoradora y bárbara. Si en algún momento de la historia la sociedad chilena se pensó a imagen y semejanza de la civilización europea y blanca, la naturaleza indómita viene a romper y cuestionar dichos patrones de representación (Melo 2006). La condición telúrica de Chile representa, entonces, una piedra de tope para el avance del progreso, y parece condenar a sus habitantes a conformarse con ser parte de esta historia “natural” que parece incapaz de trascender su accidentada geografía. La sociedad vuelve a hacerse una sola con esa naturaleza indómita, cercana a los mitos fundantes que acompañaron el llamado “descubrimiento de américa” para así retrotraernos a la figura del salvaje enmarañado en ella. “Creemos ser país / —sentencia Nicanor Parra, categórico— y la verdad es que somos apenas paisaje.” (Parra 1969: 247).
Hito ambivalente, el terremoto es a la vez la fuente principal de nuestro rezago y la prueba fehaciente de nuestro valor. Cuando Chile ya no puede estar seguro de nada, porque la naturaleza arremete desbocada, solo queda gritar la identidad y el orgullo de la valentía patriotera:
“Entre nieve y mar, con toda el alma, nos damos contra un rumbo ya tapiado,/ Por consecuencia, en la mañana cuando Dios nos desconoce,/ Cuando alzado a medianoche nos sacude un terremoto,/ Cuando el mar saquea nuestras casas y se esconde entre los bosques,/ Cuando Chile ya no puede estar seguro de sus mapas/ Y cantamos, como un gallo que ha de picar el sol en pedazos,/ Digo, con firmeza, ¡VIVA CHILE MIERDA!” (Alegría 1965).
Lateral, subjetiva, fragmentaria: la escritura poética acerca de los terremotos entrega una vía de acceso a los imaginarios nacionales que la descripción cientificista no es capaz de recomponer. En la vivacidad de sus imágenes y la multiplicidad de sus voces, estos textos restituyen el momento turbulento del caos, y ofrecen a los sentidos una experiencia que evoca las amplias reverberaciones del desastre telúrico. En ausencia de explicaciones contundentes, los recursos del poema perturban, siembran la duda, recogen instantáneas. El verso poético irrumpe para anunciar la pérdida de legitimidad de la mirada única y hegemónica; y devuelve de algún modo, la confianza a esa primera persona que narra y canta el movimiento de una sociedad y una identidad lastimada.
Agradecimientos
Este artículo reúne resultados de la Investigación Fondecyt 1180352 “Ruinas Urbanas. Réplicas de memoria en ciudades latinoamericanas. Santiago, Quito y Bogotá; Investigadora responsable F. Márquez.
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Notas