ARTICULO
Imágenes en movimiento(s): representaciones de los cuerpos de encapuchadas en las manifestaciones sociales de 2018 en Santiago de Chile*
Images in Movement(s): Representations of Hooded Women’s Bodies in Santiago de Chile’s 2018 Social Manifestations
Imágenes en movimiento(s): representaciones de los cuerpos de encapuchadas en las manifestaciones sociales de 2018 en Santiago de Chile*
Revista Austral de Ciencias Sociales, núm. 39, pp. 219-239, 2020
Universidad Austral de Chile
Recepción: 08 Agosto 2019
Aprobación: 10 Septiembre 2020
Financiamiento
Fuente: Fondecyt Iniciación
Nº de contrato: 11170567
Resumen: Este artículo analiza críticamente las representaciones de los cuerpos encapuchados surgidos durante las protestas feministas del año 2018 en Chile, buscando determinar su especificidad en torno a dos dimensiones vinculadas a una problemática política de base semiótico-material. Por un lado, respecto de cómo se articulan las luchas identitarias dentro del contexto de estas movilizaciones, considerando las formas en que las fuerzas del régimen gubernamental neoliberal buscan delimitar las expresiones de protesta de estos cuerpos encapuchados a partir de su agrupamiento dentro de una grilla de inteligibilidad asociada con la imposición de una representación hegemónica de lo que constituye el conflicto social en Chile. Por otro, respecto de las representaciones visuales, materializadas en torno a imágenes surgidas en el contexto de estas manifestaciones, con el objetivo de mostrar cómo en ellas los cuerpos encapuchados, en tanto ensamblajes que articulan lo humano y lo no humano, trazan paisajes de lucha estético-política a partir de expresiones de sus potencias sensibles y afectivas, volviéndose refractarios a los regímenes de semiotización propios de los dispositivos neoliberales.
Palabras clave: Movimientos sociales, Encapuchadas, Identidades, Imágenes, Materialidades.
Abstract: In this article I analyze critically the representa-tions of hooded women’s bodies during the 2018 feminist protests in Chile. I seek to determine their specificity in relation to two dimensions of the phenomenon associated with political problems from a semiotic-material perspective. On the one hand, I show how identity struggles articulate in the context of these mobilizations considering the ways the forces of the neoliberal government regime seek to delimit the expressions of protest of these bodies through their encapsulation within a grid of intelligibility linked to the hegemonic representation of what social conflict is in Chile. On the other hand, by analyzing visual representations through images generated in the context of these manifestations, I show how hooded women’s bodies emerge as assemblages that articulate the human and the non-human, tracing landscapes of aesthetic-political struggle based on expressions of their sensitive and affective powers, which enable them to become refractory of neoliberal semiotization strategies.
Keywords: Social Movements, Hooded Women’s Bodies, Identities, Images, Materialities.
1. Introducción: un estado de la cuestión respecto a los movimientos en Chile
Los últimos acontecimientos acaecidos en Chile durante el año 2018 dan cuenta de una transformación importante respecto a la forma en que históricamente se han ido gestando y gestionando los espacios de movilización colectiva. De la diversidad de fenómenos sociales y políticos que han formado parte de la escena nacional reciente, particularmente narrados a través de la difusión en tabloides, diversos medios televisivos y redes sociales, uno de ellos ha estado en el centro de atención siendo objeto de múltiples debates ciudadanos: el surgimiento de múltiples protestas públicas bajo la égida del movimiento feminista, en respuesta a una serie de acusaciones de abuso vinculadas al abuso del poder patriarcal. Dichos movimientos encuentran su condición de posibilidad en torno a una larga historia de violencia física y simbólica asociada al régimen heteronormativo predominante en Chile, extendiendo sus tentáculos a las más diversas áreas de la vida nacional individual y social.
En lo que sigue analizaremos la emergencia de estos movimientos sociales, específicamente desde una perspectiva enfocada en los procesos de materialización o embodiment (Barad 2007) de los cuerpos que componen dichas manifestaciones. Para dichos efectos, buscaremos describir los modos en que estos cuerpos movilizados llegan a inscribirse y a ser identificados dentro de un paisaje que supone la interconexión con otra serie de elementos dentro de una compleja red semiótico-material y que, proponemos, para ser regulados dentro del escenario social conflictivo habilitan un ejercicio político orientado hacia la producción y modulación de significados alrededor de los cuerpos encapuchados, asegurando de este modo un esquema de explicación causal a la base del dispositivo securitario propio del orden neoliberal chileno.
Para estos efectos, nos referiremos a dos dimensiones particulares del conflicto, con el objetivo de constituir un aporte interdisciplinar a la discusión sobre este tipo de estudios que han sido desarrollados, principalmente, desde los ámbitos de la historia y la educación. En primer lugar, proponemos una aproximación conceptual orientada a establecer los modos en que la presencia de estos cuerpos ‹‹moviliza›› los dispositivos gubernamentales en torno a prácticas concretas de delimitación identitaria que buscan hegemonizar las representaciones del conflicto social. En segundo lugar, propondremos una lectura de estas movilizaciones considerando estos cuerpos como materias vibrátiles y relacionales (Bennett 2010) que resisten, a partir de sus potencias afectivas, las estrategias de delimitación identitaria impuestas por la racionalidad gubernamental neoliberal.
En esta línea, el objetivo de este trabajo se encuentra dirigido a abrir una interrogante referida al impacto que tienen estos “cuerpos compuestos” en relación con una dimensión estético-política del conflicto centrada en el uso de ‹‹capuchas›› o ‹‹máscaras››. En otras palabras, nos interesa atisbar de qué manera estas formas de expresión dan cuenta de una singularidad semiótico-material del conflicto social que se torna performativamente refractaria, es decir, que trasciende el conjunto de acciones concretas de enfrentamiento entre fuerzas antagónicas en las calles, instalando un desafío a las lógicas representacionales de construcción simbólica del conflicto alrededor del cuerpo femenino que, en este caso, cobra una visibilidad singular a través del uso de capuchas a la vez que por su desnudez. Por ende, argumentaremos que la resistencia de estos cuerpos tiene un impacto profundo sobre los regímenes de visualidad del orden político neoliberal, asunto que puede analizarse a la luz de una perspectiva que releva la singularidad de estos cuerpos, considerando sus potencias composicionales en torno a imágenes que se engarzan como ensamblajes materiales a través de soportes, trayectorias y lógicas de circulación propias, disputando de esta forma las operaciones tradicionales de ordenamiento y gestión del conflicto social en Chile.
A modo de hipótesis provisional, propondremos que es posible pesquisar en estas manifestaciones la existencia de una doble disputa: por una parte, la de cuerpos colectivos movilizados que se resisten a traducir sus demandas contingentes al sistema de códigos interpretativos hegemónicos pero que, como condición previa para la resolución del conflicto, se encuentran tensionados por una demanda de autotransformación en sujetos-objetos responsivos a la lógica del interés individual propia de la racionalidad neoliberal; por otra parte, diremos que esta tensión se patentiza en torno a fuerzas que buscan anular las intensidades afectivas de los cuerpos movilizados en relación a sus capacidades de transformación y mutación. Creemos que dicha disputa puede analizarse a partir de los regímenes de producción de imágenes de estos cuerpos, considerando sus formas de circulación semótico-materiales a través de diversas redes y medios, proponiendo resistencias a las lógicas de las narrativas documentales asociadas a estas manifestaciones.
Metodológicamente, el presente análisis corresponde a una indagación cualitativa de carácter situado y se propone como un un acercamiento analítico-interpretativo desde un marco interdisciplinario. Desde esta perspectiva, nuestra propuesta es afín a los estudios contemporáneos en el campo de la sociología y antropología visual alrededor de lo que se conoce como image-based research. Según esta aproximación, las imágenes poseen la capacidad de dar cuenta de elementos que habitualmente son omitidos por ser considerados incuestionables dentro de contextos socio-culturales específicos (Prosser y Schwartz, en Prosser 2005). En esta línea, el trabajo con imágenes propuesto busca trascender los modelos de investigación que recurren a ellas desde una concepción icónologico-referencial (Belting 2007), proponiendo en cambio un acercamiento que releve los elementos materiales consustanciales a las imágenes (Mitchell 2017), destacando de este modo la dimensión relacional (contextual y socio-cultural) a la base de sus procesos de emergencia (Gumbrecht 2005). Ello supone que las imágenes han de ser comprendidas como un producto dinámico de nuestra interacción con el mundo, y no como un objeto independiente del mismo (Weber, 2008).
Específicamente, las imágenes que presentamos cabrían dentro de la perspectiva de un estudio de casos siguiendo el modelo de proyecto foto-documental (Mitchell y Allnutt 2008). Esta aproximación supone que las imágenes contribuyen a la construcción de un punto de vista que integra tanto los elementos semióticos como materiales. Dentro de este marco, las imágenes han sido seleccionadas siguiendo un muestreo de tipo intencional a partir de una revisión que integra los siguientes criterios: 1) tipo de soporte digital, con presencia en medios electrónicos y/o redes sociales; 2) revisión y presencia de imágenes en archivos digitales personales; 3) accesibilidad de uso, en relación con la autorización y derechos de reproducción de las imágenes; 4) contenido, en que se aprecia la presencia de mujeres participando de movilizaciones sociales situadas en las calles de Santiago de Chile; 5) tiempo, definido por los límites cronológicos en que se enmarcan las las manifestaciones sociales feministas.
2. Retazos históricos de los ‹‹cuerpos movilizados›› en Chile
Aún cuando no es nuestro objetivo final realizar una revisión exhaustiva de las manifestaciones sociales chilenas, nos parece pertinente situar históricamente el problema que pretendemos abordar. Por ello nos enfocaremos en algunos elementos que apuntan a la emergencia y devenir de los movimientos estudiantiles latinoamericanos, considerando que son ellos los que han marcado la escena reciente de la movilización social en Chile en términos de su impacto, difusión y convocatoria.
Los movimientos estudiantiles surgidos a partir de fines de los años noventa en Chile pueden comprenderse desde la perspectiva de los Nuevos Movimientos Sociales (Laraña 1999; Zubero 1996), al erigirse en torno a una toma de conciencia respecto de cómo, a través de sus trayectorias de transformación y aceleración, aquellos elementos asociados al auge modernizador postindustrial fueron impactando negativamente los procesos sociales, políticos, culturales y medioambientales. Dichas contradicciones se sustentan, grosso modo, alrededor de un ethos ligado a un proceso de modernización, específicamente en torno a una cultura de autoemprendimiento y de competitividad individual (Rojas 2012).
Estos movimientos se han caracterizado por reorganizar la cartografía de lo social en torno a una lucha hermenéutica respecto de lo que representan las manifestaciones en Chile; ello a través del reconocimiento progresivo de la heterogeneidad como principio constitutivo, a partir de la articulación transversal de una serie de actores que, si bien llegan a reunirse contingentemente en torno a una trama específica, en su desarrollo e interacción van abriéndose hacia otra serie de inquietudes y problemas que sobrepasan las cuestiones educativas (Aguilera 2017). Lo anterior es especialmente relevante por dos motivos: por una parte, en términos de la lucha por la ampliación de los espacios de participación política, considerando que la juventud en Chile ha sido posicionada históricamente como una ‹‹categoría secundaria››, marginada del espacio de discusión pública (Gamboa y Pincheira 2006). Por otra parte, en términos de la potencia misma del movimiento y de sus capacidades de ‹‹contagio afectivo›› (Haraway 2016; Viu 2016, 2018), considerando las trayectorias a través de las cuales los distintos sectores estudiantiles han logrado agrupar a otros actores sociales no directamente vinculados a los ejes temáticos iniciales de las protestas (Aguilera 2017; Cañas 2016). Dicho de otro modo, las movilizaciones estudiantiles se han transformado en el espacio catalizador par excellence de una disputa histórica por la hegemonía de los principios interpretativos a la base de los códigos políticos desde los que se resuelven las condiciones de posibilidad y reconocimiento de lo que significa ser un actor social. Esto es especialmente relevante para el caso que nos interesa, puesto que las acciones suscitadas por los movimientos feministas durante el 2018 ya se encontraban finamente anundadas a condiciones semiótico-materiales asociados al movimiento estudiantil.
Los movimientos estudiantiles han sido reconocidos como engranajes fundamentales de los cambios socio-culturales en el contexto Latinoamericano, reflejando los conflictos y tensiones que han aquejado las distintas formas de organización ciudadana (Donoso 2017). El caso específico de Chile se encuentra marcado por su pasado vinculado a una serie de regímenes colonialistas, autoritarios y antidemocráticos (Falabella 2008). Esto hizo que a comienzos del siglo XX comenzaran a germinar las primeras movilizaciones en torno a un sistema educativo que mostraba su incapacidad para adaptarse a las exigencias de un entorno socio-político en pleno proceso de modernización. Dichas formas de expresión estudiantil se mantuvieron vigentes durante buena parte del siglo (Cañas 2016). No obstante, dichos procesos de organización social se vieron interrumpidos por el Golpe Militar de 1973. Este hito tuvo, y aún tiene, enorme importancia en lo que respecta a los imaginarios sociales respecto de las confianzas depositadas en torno a las formas de organización social en Chile, considerando las secuelas que tuvieron los procesos de persecución política y permanente violación de los derechos humanos (Aguilera 2017).
Una vez producida la transición democrática en el año 1990, se comienzan a gestar nuevas formas de organización y protesta social frente al malestar presente en la ciudadanía. No cabe duda que el aseguramiento de las libertades en el marco político democrático posibilitó la germinación de nuevas formas de expresión colectiva. Dentro de este nuevo escenario socio-político, sustentado en una ‹‹democracia de los acuerdos››1, la gran mayoría de las movilizaciones sociales emergieron producto de los diversos efectos negativos asociados a la instalación del paradigma económico neoliberal heredado de la dictadura (Bajoit y Vanhulst 2016).
A partir de fines de los años noventa, en Chile se empieza a experimentar un fervor particular en torno a la situación de la educación pública. La primera manifestación notoria después del retorno a la democracia se produjo el año 2001. Este movimiento -el mochilazo- fue organizado por la Asamblea de Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES), quienes convocaron a un paro nacional de estudiantes secundarios que posteriormente se hizo extensivo a los profesores. Durante este periodo surgieron una serie de manifestaciones intermitentes caracterizadas por la presencia de estudiantes en las calles. Sin embargo, no fue sino hasta el año 2006 que emergió el movimiento estudiantil con carácter de convocatoria masiva. Dicho movimiento, denominado revolución pingüina en alusión a la estética característica de los uniformes escolares utilizados por los estudiantes que participaban de él, se organizó en torno al malestar generalizado por la ley educativa vigente a la fecha (LOCE, 2010); ley que impulsó las condiciones para la privatización del sector educativo, asegurando con ello la pervivencia de brechas socio-educativas entre los distintos sectores socio-económicos del país.
Aún cuando se logró el cumplimiento de varias demandas, las manifestaciones perseveraron frente al incumplimiento de los requerimientos estructurales demandados por los estudiantes. Ello provocó que el año 2011 se emplazara a los estudiantes secundarios y universitarios a formar parte de una serie de paros y manifestaciones. Estas movilizaciones marcaron la escena respecto de nuevas formas de protesta social mediante la introducción con mayor fuerza del uso estratégico de tecnologías y soportes audiovisuales, logrando transformarse en las manifestaciones más mediáticas y con mayor convocatoria hasta esa fecha (Aguilera 2017).
Lo anterior provocó que el campo de batalla se desplazara desde las calles a diversos medios (periodísticos, televisivos, y redes sociales), trayendo como una de sus consecuencias previsibles la estereotipación de los estudiantes por medio de la visibilización de acciones violentas asociadas a los manifestantes. Una de ellas fue la producción de representaciones sociales de estos movimientos en torno a imágenes de criminalidad. Esta fórmula se llevó a cabo, a juicio del historiador Pablo Toro (2018), a través de dos operaciones específicas: por un lado, a partir del silenciamiento respecto a las actividades de organización que realizaban los estudiantes; por otro, mediante el uso de reiteraciones, adjetivaciones e interpelaciones a los lectores mediante textos e imágenes. Tal y como señala Pérez-Arredondo (2016), se puede leer en estas acciones una “deslegitimación entre texto e imágenes: la agentividad reflejada en las imágenes intensifica las estrategias lingüísticas de deslegitimación tales como criminalización, colectivización y exclusión” (2016: 5). Lo anterior trajo aparejado una pérdida de legitimidad y apoyo al movimiento estudiantil por parte de la opinión pública, asunto que caló profundo e influyó en el resurgimiento del movimiento estudiantil el año 2016 y que, a pesar de haber despertado con fuerza, terminó perdiendo masividad rápidamente.
3. Cuerpos encapuchados, identidades inclasificables
En este punto concentraremos la reflexión en torno a la caracterización de las manifestaciones acontecidas durante el 2018 en Chile, intentando descifrar el lugar específico que ocupan determinados actores sociales reconocidos como ‹‹encapuchadas››. Es preciso consignar que la particularidad de la presencia de estos personajes dentro del contexto de las manifestaciones sociales parece residir en la sensación de amenaza que provocan frente a la imposibilidad de su identificación particular. No obstante, sostenemos que esta cuestión puede desplazarse fuera de los límites de esta asunción común, introduciendo una pregunta por el impacto que estos cuerpos producen sobre los sistemas de codificación semióticos propios de la racionalidad gubernamental neoliberal chilena.
De este modo, parece necesario reorientar la discusión hacia el rol que cumplen las identidades políticas dentro del conflicto social, tensionando así las lecturas que tienden a ponderarlas en términos de la capacidad para transformarse, por un lado, en núcleos de reconocimiento y, por otro, en una potencia de contestación frente a los designios de unos poderes dominantes. Ello es relevante, frente a la consideración de que dichas perspectivas pueden dejar sin atender el impacto que las racionalidades imponen en torno a la definición de las matrices explicativas del conflicto social, omitiendo de esta forma las implicancias y complejidades epistémicas que portan los procesos de inscripción identitaria. Esto es especialmente evidente desde la perspectiva de la pregunta crítica que propone Butler (2017a) respecto del vínculo entre identidades y feminismos: “¿tienen las mujeres, por así decirlo, una forma política que anteceda y prefigure la evolución política de sus intereses y su punto de vista epistémico?” (Butler 2017a: 254).
Por lo tanto, desde nuestra perspectiva preferimos hablar de una problemática centrada en una producción política de identidades (Moscoso-Flores y Fuster 2018), entendiendo esto como el efecto del impacto de una racionalidad política sobre el cuerpo; racionalidad que busca instalar un marco de inteligibilidad a través de estrategias orientadas a la apropiación del sujeto sobre sí mismo y su inscripción dentro de una determinada configuración social. En este sentido, proponemos que la identidad termina haciendo las veces de una figura intersticial –la del entre– en la división normativa de los cuerpos que, a la vez que los produce, contornea la materia que los constituye para modularlos semióticamente.
No cabe duda que el/la encapuchado/a, en tanto significante, posee un valor que trasciende por mucho el caso específico que acá abordamos. Se encuentra asociado a una serie de significados ligados a la violencia, a la delincuencia y, en el escenario geopolítico global de las últimas décadas, a la figura del terrorista, transformándose en parte del imaginario social occidental del terror. Probablemente el caso más emblemático de encapuchados vinculados a organizaciones sociopolíticas en el contexto Latinoamericano es el del Ejército Zapatista Mexicano de Liberación Nacional, dirigido por el conocido subcomandante Marcos. En este caso, como señala Cortés (2014), la máscara de esquí -pasamontañas- se convirtió en un medio para construir identidad al transformar el aspecto funcional del objeto (cubrir la cara y emanciparse de los mecanismos de control vinculados a las estrategias de identificación, o proteger la cara del frío) en un símbolo de identidad, borrando literalmente la brecha entre la máscara y la cara que se encuentra detrás de ella.
Por su parte, Kinney (2016) propone que la figura del encapuchado ha cumplido históricamente un rol ambiguo, considerando que las capuchas han sido utilizadas tanto por representantes de la ley como por aquellos individuos sometidos a los designios de estos. De este modo, han pasado por tener un valor simbólico asociado, por ejemplo, a la figura del verdugo medieval; pero también, dentro del paisaje jurídico norteamericano contemporáneo, a un uso asociado al encubrimiento de las caras de prisioneros en el contexto de su ejecución penal, objetivándolos y librando así de culpas y de mala conciencia a aquellos espectadores y ejecutores de la pena de muerte:
La capucha es un objeto de tan larga utilidad y popularidad que cualquier capucha importante puede terminar siendo usada para un propósito completamente no relacionado o completamente antitético. Mientras las fuerzas poderosas hayan armado capuchas, forzándolas a ponerse en la cabeza de las víctimas o usándolas para ocultar su propia violencia, otras personas han confiado en el anonimato y la ubicuidad cotidiana de la capucha para luchar, escapar y protestar (2016: 71)2.
En el caso de los movimientos sociales chilenos, la figura del encapuchado tampoco refiere exclusivamente a las manifestaciones recientes. Estos actores sociales ya figuraban en la escena nacional, teniendo una presencia importante en las movilizaciones sociales acaecidas durante la dictadura como un modo de proteger su identidad frente a las amenazas de detención, tortura y muerte. Pero no solo eso, sino que, como comenta Pía Montalva (2013) a partir de su análisis sobre la violencia política en Chile, las capuchas, junto con las vendas, fueron objetos fundamentales al interior de los centros de detención y encierro durante el régimen militar, siendo utilizadas por detenidos en las sesiones de interrogatorio, así como también por los torturadores quienes hacían uso de ellas para resguardar su identidad frente a presas y presos políticos que potencialmente representaban una amenaza a las fuerzas armadas. Pero más allá su valor de uso, estos objetos cumplieron un rol fundamental como parte de los métodos de tortura, buscando intensificar el terror mediante la falta de visión.
Una vez producida la transición democrática, el encapuchado pasó a ser representado como una figura antagónica al interior de unos discursos de seguridad ciudadana; discursos que se articulaban, por un lado, en torno a un temor permanente por la posibilidad de un ‹‹retorno al pasado››; y, por otro, al carácter juvenil e irracional de los jóvenes (Toro 2018). Ello provocó que estos personajes comenzaran a suscitar un rechazo generalizado, tanto por parte de los nuevos movimientos sociales como por la opinión pública y los gobiernos de turno. Aún así, la singularidad de los encapuchados en este nuevo contexto parecía referir a la región liminar que estos habitaban respecto de la identidad como categoría política, tornándose inclasificables y constituyendose ellos mismos -en tanto presencias- en una forma de resistencia. Como señala Abaca-Sánchez:
la representación del encapuchado se reduce a numerosas designaciones descalificativas, pero no se cuestiona el porqué de su accionar ni por el significado de la capucha. Pues esta última permite la ambivalencia entre visibilidad e invisibilidad del sujeto, la visibilidad de ser identificado pero la invisibilidad de ser reconocido. En otras palabras, el acto de encapucharse es el acto voluntario de permanecer en la ambivalencia de la visibilidad e invisibilidad, en la cuestión del reconocimiento y el no reconocimiento (2014: 24).
De acuerdo a lo señalado, reorientamos la cuestión hacia el efecto de ‹‹visibilidad/invisibilidad›› que estos cuerpos encapuchados y movilizados provocan en el contexto actual. Para ello, retomamos lo señalado por Han (2013) respecto a la ‹‹transparencia›› que parece regir los discursos públicos en las sociedades capitalistas contemporáneas, orientado, entre otras cosas, por acciones voluntarias tendientes a la exposición total de la vida privada, desconociendo, por otro lado, la opacidad del alter como aquello que porta una potencia vital y de atracción in-igualables:
Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad, cuando se alisan y allanan, cuando se insertan sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información. Las acciones se tornan transparentes cuando se hacen operacionales, cuando se someten a los procesos de cálculo, dirección y control (Han 2013: 11-12).
Esta noción de transparencia recíproca encuentra sentido desde la perspectiva de las sociedades de control que puntualiza Deleuze (2014), refiriéndose a una transformación del régimen de regulación social fundado en comunicaciones instantáneas en torno a medios abiertos y caracterizado por un régimen autodeformante, es decir, de intercambios fluctuantes que se transforman para volver a articularse de manera cada vez más compleja, operando a través de ellos un lenguaje numérico basado en cifras; siendo lo característico de este tipo de sociedades la utilización de contraseñas [mots de passe] que habilitan o bloquean el acceso a la información. Desde esta lógica, las contraseñas constituyen tecnologías de poder productoras de identidad, en tanto se componen desde una lógica del cifrado y, al tiempo que las transforman en herramientas que regulan y controlan el acceso o prohibición, permiten que los individuos se reconozcan a sí mismos y frente a los otros de manera transparente dentro de clusters identitarios predefinidos. En otras palabras, los passwords no identifican personas sino que usan el conocimiento y los cuerpos para clasificar grupos que sirven a un propósito particular (Eve 2016).
De este modo, puede afirmarse que la identidad emerge como el resultado de un régimen de superproducción que atraviesa diversos medios humanos y no humanos, incorporando de antemano los significados posibles de ser asignados a cada uno de los cuerpos agrupados dentro de un ensamblaje social particular. Ello, poniendo en un mismo nivel de abstracción la heterogeneidad de planos que componen la complejidad del paisaje social, reintroduciéndolos como un solo cuerpo-imagen integrado sobre la realidad fenomenológica y asegurando, de este modo, la hegemonía interpretativa de los fenómenos. Esta lectura supone reconocer el carácter artificial del esquema de representación psicofísico de los cuerpos, recortados y delimitados por las máquinas capitalistas, asumiendo que su operatividad técnica radica en un ejercicio de superposición de estratos de imágenes sobrecodificadas que tienden a crear un efecto ilusorio de profundidad y que, al homogeneizar los planos dentro de un mismo código al interior de los cuerpos -y, por ende, de sus posibles relaciones- reducen su potencia conectiva, la ‹‹negatividad vital›› del alter planteado por Han (2013), en relación con los diversos planos singulares presentes en la escena de movilización.
Lo señalado es atribuible a los procedimientos de gestión de los flujos del deseo propios del esquema de superproducción capitalista, operando a través del ordenamiento secuencial de la realidad de acuerdo a un esquema de delimitación y distinción jerárquica entre los cuerpos. Recordamos con ello la noción deleuziana de axiomática capitalista (2017), ya que sirve para pensar que lo que se encuentra en disputa es la máquina conjuntiva de estos flujos descodificados que componen los cuerpos en sus intersecciones, ya no en torno a su organicidad biológica sino en relación con la composición de la delimitación posicional -topo-lógica- de los actores dentro de una red que, en definitiva, en este caso se encuentra finamente anudada por un doble principio: por un lado uno político, centrado en resguardar la organización y armonización consensual de los vínculos sociales en torno a la libertad personal de elección; por otro, en torno a un principio económico fundamental: el del libre mercado.
Desde este prisma, los sistemas de codificación identitarios constituyen tecnologías -computacionales, pero también sociales, culturales, morales y éticas-, que permiten, frente a la descodificación esquizoide de los flujos capitalísticos, actuar como garantes del orden frente al caos que suponen los cuerpos encapuchados como representantes de la amenaza a estos principios anudadores de lo social. Así, los códigos permiten ir integrando cualquier emergencia particular dentro del orden abstracto a partir de una serie de operaciones de cifrado y de guardado, logrando, a partir de la delimitación y estratificación de “tipos de crisis”, la aplicación de máquinas jurídicas soberanas frente a acciones que rompan con el paradigma que mantiene unidas las normas que aseguran la realidad (Chun 2015).
Frente a este diagnóstico, parece posible reorientar la mirada hacia los cruces de vectores dentro de este paisaje social particular de cuerpos compuestos, dando cuenta de una organización diferenciada de las esferas que los designan nominalmente. En esta línea, señalamos que las identidades asociadas a estos cuerpos no dependen exclusivamente de un ejercicio de voluntad ni de su autodeterminación racional –a saber, la multiplicidad de razones por las que alguien podría decidir encapucharse- sostenido a la base de un modelo dialéctico de reconocimiento, sino de determinadas economías del reconocimiento (Butler 2009) centradas en la delimitación de cuerpos clasificables, es decir, en razón de sus condiciones relacionales suscritas al modelo de flujos y sus potencialidades expansivas dentro de un régimen neoliberal de intercambios materiales y simbólicos.
En el caso chileno, esto se constata en relación con la fragilidad histórica asignada a la identidad propia de los movimientos sociales, caracterizados por un sistema de intensidades que circula entre la alta adherencia a las demandas por parte de la ciudadanía y la opinión pública en sus etapas iniciales, y la pérdida de fuerza y respaldo frente a las acciones de los movimientos al sentir que interfieren con las posibilidades de acción de los ciudadanos, modificando su valoración en la medida que sienten una merma de sus derechos individuales frente a su imposibilidad de circular libremente por las calles. Cabe consignar que las calles en este contexto cobran su valencia en tanto lugar de tránsito entre espacios de acción privados -casa/trabajo-, reproduciéndo, de este modo, la lógica de antagonismos púbico/privado tanto al interior como hacia el exterior de los movimientos sociales (Bajoit y Vanhulst 2016).
4. Materialidades y fuerzas afectivas de los cuerpos movilizados
Siguiendo el enfoque crítico de Montalva,
la idea de que el cuerpo y la ropa definen una sola materialidad que se encuentra en un estado permanente de constitución, esta materialidad se traduce en la producción y reproducción de estilos corporales que los sujetos modifican o mantienen según las circunstancias, a lo largo de sus vidas” (2013: 24).
Según esta perspectiva, proponemos que en el contexto de movilizaciones feministas emerge un lazo inquebrantable entre el cuerpo humano y las texturas que componen las capuchas, lo que permite esbozar una comprensión de la violencia política como un gesto de ruptura de lo que une ambas materialidades. Ello requiere asumir que los cuerpos encapuchados introducen especificidades dentro de las manifestaciones en relación con sus prácticas de resistencia. Con esto nos referimos, más que al campo de acciones concretas llevadas a cabo por diversos actores sociales en el contexto de la manifestación -concentradas históricamente en Chile en torno a marchas callejeras, ocupaciones de instituciones educativas y, en ocasiones, actos de vandalismo-, a cómo la irrupción de estos cuerpos fuerza una recomprensión de lo social en términos de su composición de ensambles singulares entre elementos humanos y no humanos que comparten un espacio contingente (Latour 2008; Bennett 2010). De modo que se podría atisbar una potencia política de estos cuerpos centrada en torno a prácticas estéticas colectivas, abriendo así una constelación de sentidos, donando nuevas posibilidades de significar el espacio social fuera de los límites predefinidos impuestos por el marco binario propuesto por las políticas identitarias antropocéntricas, reconociendo que lo propio del espacio es el elemento relacional que este supone (Massey 2008). O, como diría Butler:
la persistencia del cuerpo frente a esas fuerzas que tratan de debilitarlo o de erradicarlo; y esta persistencia requiere de la utilización del espacio, cosa que solo puede hacerse con ayuda de unos apoyos materiales que entran en juego y activan la movilización (2017b: 87).
Como ya hemos señalado, los regímenes de acumulación y extractivismo propios del capitalismo neoliberal se articulan en torno al marco de las mentadas disputas identitarias, haciendo que se vuelvan subsidiarias al régimen gubernamental de saturación imaginaria. Con esto nos referimos, siguiendo a Pakman (2014), al bloqueo de la imaginación entendida como aquello que emerge ante la ausencia de los signos hegemónicos portadores de significado. Esto se lograría por medio del arreglo de los cuerpos y de la desactivación de sus potencias de acción, ambas cuestiones vinculadas a la atenuación de la intensificación sensible del pensamiento (Spinoza 1999). Dicho de otro modo, la concentración de la representación del conflicto social en torno a las disputas de reconocimiento identitario requiere, para lograr visibilizarse, de la negación de la materia que compone los cuerpos en movimiento y de sus respectivos ensamblajes, por medio de la implementación de una gran maquinaria de abstracción orientada a suprimir la singularidad presente en los acontecimientos; ello, al administrar cada uno de los cuerpos involucrados a través de imágenes producidas dentro de estos escenarios sociales, haciendo que el movimiento se torne inmóvil y, por lo tanto, políticamente estéril: “una cierta regulación topográfica -o incluso arquitectónica- de los cuerpos […] la exclusión y asignación diferencial en que el cuerpo puede aparecer (Butler 2017b: 92).
Los cuerpos inscritos dentro del imperativo de la lógica de clasificación -de lo visible y de lo enunciable-, aparecen entonces sujetos a estrategias de inclusión-exclusión, de valoración-jerarquización ancladas al reconocimiento de los manifestantes exclusivamente a través de demandas que puedan ser inscritas dentro de una lógica de valor extractivo. Es por ello que se requiere, como condición previa, de un proceso de autorreconocimiento de los manifestantes mediado por técnicas de semiotización y operaciones ancladas a imaginarios sociales petrificados. Y, en esto, el caso de las encapuchadas porta una singularidad al consignar que sus potencias estéticas les permiten devenir spectra o poltergeists (Michaux 2015). Ello considerando, por un lado, la resistencia a hablar el lenguaje heredado -reflejado empíricamente en las bocas de las manifestantes cubiertas por telas-; y, por otro, por su capacidad de poner a funcionar materias humana y no humanas fuera del campo de visibilidad de los regímenes traductivos, provocando así formas de insumisión refractarias a los términos heredados por la racionalidad de los consensos. En otras palabras, provocando “Atentados contra la quietud, contra la atmósfera apacible y burguesa, contra la vieja prohibición de moverse” (Michaux 2015: 34).
Las protestas sociales feministas que tuvieron lugar en Chile durante el 2018 permiten constatar estas modalidades de elaboración del conflicto en torno a estrategias de intervención contraimaginarias: el uso de medios ortopédicos para componer cuerpos que, en lugar de indicar un reflejo transparente de una realidad, transforman los cuerpos mismos -su aparición múltiple, su insistencia- en lugares propicios para la instalación de la lucha política. Siguiendo a Didi-Huberman (2013a), estas intervenciones pueden leerse a la luz de la noción de montaje [montage], es decir, de una exhibición de elementos heterogéneos, distribuyendo las cosas de maneras particulares y permitiendo a los actores desorganizar su orden de aparición para interrogarlas críticamente.
Además, estas nuevas formas de manifestación han incorporado gradualmente una serie de nuevas prácticas políticas rituales vinculadas al arte: operaciones performativas de expresión y construcción de subjetividades juveniles asociadas a sus propias modulaciones flexibles (Aguilera 2016). Uno de los principales aspectos de dichas modulaciones reside en la introducción de una dimensión profundamente emotiva vinculada al conflicto social; ello, a partir de la exposición a través de redes sociales de los modos de organización y gestión del conflicto social tras bastidores; de la reproducción de relatos de intimidad, de alianzas y desacuerdos ‹‹en tiempo real›› al interior de los espacios en que se organizaron. Dicho fenómeno, anclado a un ‹‹giro biográfico››, permite comprender en parte estas nuevas modalidades organizativas en torno a operaciones de contagio afectivo, es decir, abriendo y transformando los límites de las prácticas sociales gracias a nuevas formas de identificación entre estudiantes y ciudadanos no involucrados directamente en el conflicto, redefiniendo por estos medios los espacios -actuales y virtuales- en que se dirime la protesta.
5. Imágenes en movimiento de las movilizaciones feministas
Durante el año 2018, surgieron en Chile una serie de protestas producto de situaciones vinculadas al abuso y a la violencia patriarcal hacia las mujeres. El gatillante de dichas expresiones se concentró alrededor de una serie de acusaciones vinculadas a abusos de poder y prácticas de violencia por parte de académicos hacia alumnas dentro del contexto universitario. Los primeros casos conocidos remiten al año 2016, aun cuando fue en el 2018 que las acusaciones comenzaron a difundirse, amplificándose y haciéndose extensivas a otros miembros masculinos de la comunidad académica en todo el país. Uno de los casos más connotados fue el de Carlos Carmona, docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y ex presidente del Tribunal Constitucional, quien el 2017 habría sido acusado de abuso sexual y laboral. El alto impacto mediático del caso, junto con el aumento de denuncias similares recibidas por los poderes judiciales, condujo al surgimiento de movilizaciones que decantaron en la ocupación de veinte universidades durante mayo de ese mismo año, formando así un movimiento con carácter de convocatoria masiva orientado a denunciar los abusos y reivindicar los derechos de las mujeres.
Cabe consignar, no obstante, que este fenómeno tiene un sinnúmero de fundamentos históricos dentro del contexto nacional, todos ellos producto de la hegemonía de un modelo de mundo profundamente falocéntrico anclado a un itinerario socio-político marcado por la alta desigualdad, la discriminación y la marginación hacia las mujeres. En el caso de Chile, existen una serie de acontecimientos vinculados a luchas por el reconocimento de los derechos de las mujeres que han sido definidos en torno a etapas u olas dentro de la historia feminista global. La primera de ellas se vincula al conjunto de instituciones y agrupaciones iniciadas por mujeres durante la primera mitad del siglo XX, cuyo objetivo fue el de enfrentar críticamente una serie de temas políticos y culturales concertados alrededor de las luchas sociales de la época (Kirkwood 1982), y cuyo punto cúlmine fue la promulgación de la Ley Universal del Sufragio Femenino en el año 1949. La segunda ola en Chile emerge a raíz de la instauración de la dictadura, como un modo de acción frente al debilitamiento de los actores políticos de la época, las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y la exaltación de valores tradicionales propios del régimen militar (Ríos, Godoy y Guerrero 2003). En paralelo, durante esta época surgen una serie de demandas específicas ligadas a procesos de democratización de la sexualidad, a la distribución de roles de la mujer en la sociedad y su acceso al mundo del trabajo (Palestro 1991). No obstante, esta etapa se habría visto atavesada por una serie de tensiones al interior de las mismas organizaciones feministas producto de los procesos de transición democrática y el retorno de las formas de representación política tradicionales. Como sugieren Cortés y Retamal (2017), hacia fines del siglo XX se produce un impulso hacia la tercera ola feminista en Chile; impulso materializado en una serie de acciones tendientes a alterar los modos convencionales de ser mujer en Chile, es decir, a aquellas ancladas en categorías de sexo -heterosexual- y raza -blanca-.
![Mujeres vestidas de negro, por la Alameda, manifestándose en pro de los derechos humanos, llevando máscaras blancas que se sujetan mendiante un palo [Marcha por la vida]. 29 de marzo de 1989.](../45966131011_gf2.png)
Actualmente es posible afirmar que el movimiento feminista ha avanzado, a nivel glocal (García Canclini 1995), hacia una cuarta ola. Tal y como plantea Chamberlain (2017), lo que caracteriza esta nueva etapa del feminismo tiene que ver con los acelerados cambios culturales acontecidos durante la última década, particularmente en lo que concierne a nuevas estrategias de afectación y sensibilidad posibilitadas por nuevas formas de organización y agrupamientos heterogéneos a través de herramientas y soportes tecnológicos.
Las recientes manifestaciones feministas en Chile tuvieron su primera expresión visible en abril del 2018, en la Universidad Austral de Valdivia. Sin embargo, no fue hasta el 16 de mayo de ese año que las movilizaciones lograron una convocatoria masiva, agrupando a más de 200.000 personas en las calles de Santiago en torno al eje de una educación no sexista. De la misma manera, en junio de ese mismo año se convocó una tercera movilización masiva, reuniendo a más de 100.000 personas. Esta vez el tema principal giró en torno a la política de género del presidente Piñera.
Estos eventos dieron lugar a una diversidad de prácticas vinculadas al descontento actual, muchas de ellas ligadas a expresiones performativas y artísticas; entre ellas, grupos de mujeres comenzaron a marchar por la calle a torso desnudo y la cara cubierta con capuchas y pasamontañas.

Es posible atisbar ciertas particularidades en relación a lo que consignamos aquí como una “doble acción” de esta forma de expresión. Por un lado, el ‹‹cubrirse las caras›› emerge como una estrategia política exógena que busca resguardarse de potenciales persecuciones políticas; pero esta expresión también involucra una estrategia endógena, orientada a difuminar las jerarquías a la base de las formas tradicionales de organización de la protesta social. Por otra parte, la acción de desnudarse -entendida dentro de este contexto como un mecanismo antisocial- propone la superficie del cuerpo femenino como un espacio encarnado de lucha social.
Al integrar ambas acciones se habilita una lectura micropolítica de esta forma de manifestación: a través del anonimato de las encapuchadas, los cuerpos violentados e invisibilizados de las mujeres irrumpen en el espacio público buscando romper con la topología del deseo heteronormativo, por medio del forzamiento de la mirada masculina hacia aquellas partes del cuerpo relagadas al espacio privado. En este contexto, el cuerpo femenino deviene un ensamblaje singular que se integra de modo novedoso dentro del paisaje social gracias a su recomposición material con elementos no humanos -en este caso, las capuchas-. Presumimos que lo que está en juego en estas prácticas refiere a la visibilización del conflicto respecto una hermenéutica sobre la ‹‹condición natural›› del cuerpo en torno a sus determinaciones biológicas, refiriendo constantemente a un régimen que simboliza y compensa la visualidad predominantemente masculina de los cuerpos femeninos en torno a una lógica del deseo sustentada en lo que se puede extraer de ellos: la sexualidad erótica y maternidad solidaria.
Adicionalmente, provoca una alteración de los regímenes de lo sensible (Rancière 2007) al hacer patente las paradojas de la racionalidad heteronormativa que ha tendido a sexualizar progresivamente la esfera pública, mediante el uso de soportes mediáticos -televisión, cine, anuncios publicitarios, etc.- que gestionan y significan el cuerpo femenino como una “propiedad cultural común” (Barcan 2002: 2), pero cuya legalidad epistémica no tolera la aparición de los movimientos propios de estos cuerpos desenvolviéndose alrededor de otros soportes materiales que alteran la lógica de valorización capitalística.
De modo que lo que se hace visible a través de estas prácticas de resistencia y acción performativa-afirmativa es una disputa por la hegemonía interpretativa del cuerpo femenino. Se produce así una ruptura estética de la unidad del cuerpo individual, al intensificar materialmente las cargas semióticas que impone la máquina capitalista, convirtiendo los cuerpos femeninos en presencias incómodas que, en su disposición conjunta con otros cuerpos y materiales no humanos, se transforman en asambleas portadoras de poderes creativos vinculados a las condiciones de representación del espacio público; espacio históricamente vetado a las singularidades que acontecen producto de movimientos femeninos.
Lo dicho se constata en las imágenes de demostración que circulan a través de diversos soportes impresos y digitales, asunto que le asigna una singularidad histórica al conflicto; ello, al considerar que el impacto provocado por la explosión deslocalizada de imágenes -en términos de su aceleración y capacidad múltiple de reproducción- reside en la potencia que cobran estos cuerpos encarnados en imágenes al tornarse refractarios a las lógicas de edición, recorte y distribución propias de los medios de comunicación masivos. Tal y como han estudiado Cárdenas y Pérez (2017) a propósito de la construcción de narrativas televisivas sobre los encapuchados en el contexto de las manifestaciones estudiantiles del año 2014, estas lógicas refieren a la utilización de estrategias semióticas multimodales -referenciales, predicacionales, de recontextualización y de deslegitimación- cuyo objetivo fue el de modular los sentimientos de la ciudadanía a través de la promoción del rechazo hacia los actores sociales estudiantiles de ese momento.
Esto se vincula con el análisis sobre los cuerpos desnudos en espacios públicos que propone Lehmuskallio (2013) tomando la distinción que propone Belting (2007) entre las mediaciones de imágenes in corpore -aquellas que se exhiben con y en el cuerpo- e imágenes in effigie -que requieren de otros soportes materiales no humanos para visibilizarse-. En el caso de las movilizaciones chilenas se atisba una superposición entre ambas formas de mediación, alterando así el régimen de identificación y distinción entre la esencia del cuerpo y la apariencia de la imagen.
Lo anterior se hace especialmente claro al constatar que los cuerpos femeninos devienen lienzos: superficies para el registro de textos escritos, mensajes y lemas contra el abuso masculino. Esta descomposición de la relación entre texto e imagen difumina los límites que tradicionalmente han atribuido una primacía del primero sobre el segundo. En este sentido, emerge una región de indiscernibilidad que busca atentar contra las posibilidades de enmarcar semióticamente los cuerpos femeninos dentro de los límites de las narrativas mediáticas y comunicacionales de representación lineal que explican el conflicto social. Por el contrario, estas acciones habilitan la apertura a una transposición multimodial de representaciones que “inevitablemente introduce una discrepancia que ´va o apunta más allá´ (metafóricamente) del original” (Ledema 2003: 47).
![Marcha por el aborto gratuito y seguro, Santiago, Chile. Julio de 2018 [fragmento]](../45966131011_gf5.png)
La presencia de estos cuerpos móviles en las calles permite su transmutación en un gran corpus vitalizado: el de mujeres unidas luchando por impedir su encajonamiento identitario en torno a la victimización pasiva. De modo que la práctica política en cuestión se compone como un acto estético-performativo que busca acechar el régimen de mirada patriarcal, subvirtiendo así las codificaciones racionales del dispositivo desde su interior mediante la negación del orden de las diferencias asociadas a estándares de belleza bio-típicos. El impacto político de estos levantamientos pasaría entonces por lograr evitar, en esta recomposición novedosa entre el cuerpo desnudo anónimo y el espacio público, la resemantización y funcionalización del desorden por medio de estrategias de cifrado que reintroduzcan el cuerpo de la mujer como objeto de mercancía y consumo a través de una axiomática fundada en la liberalización del mismo.

Otro elemento llamativo dentro de estas manifestaciones feministas remite al cuidado hacia los objetos materiales por donde circulan los cuerpos manifestantes. Esto puede entenderse como un intento de reensamblar afectiva y creativamente los nodos relacionales que circulan alrededor de estas materias, rompiendo por estos medios con la lógica de devastación asociada a manifestaciones sociales eminentemente masculinas. Esto obliga a reconsiderar las categorías naturalizadas en torno a los actores encapuchados, abriendo un campo de posibilidades que impacta la mirada de los ciudadanos y el imaginario social, permitiendo así resituar el significado del espacio donde se produce el conflicto político.
Con respecto al elemento material que define las imágenes de estas manifestaciones, subsiste una tensión epistémica intrínseca entre la virtualidad que compone la materialidad de las fotografías digitales, diseminadas en los medios y redes sociales, y el ámbito de los intercambios materiales en las manifestaciones -en las interacciones múltiples entre cuerpos, capuchas, pancartas y lienzos, entre otros-. Al reconocer que la fotografía -aún la digital- posee una materialidad propia, en tanto ocupa un lugar y tiene la capacidad de expandirse dentro de una plataforma de soportes, su presencia y espacialidad participa de la mutación del campo de acción de las protestas sociales en términos de las potencias de interconexión que emergen dentro de la cuadrícula visual prefigurada en las pantallas de los espectadores. Si bien, como comenta Sassoon (2004), la tecnología puede tener un efecto democratizador al considerar el problema del acceso y disponibilidad de la información, también existe el riesgo de perder de vista la disputa por los controles de acceso y gestión de la información. En otras palabras, la lucha por los controles de selección editorial y distribución de imágenes que buscan apropiarse del significado ‹‹adecuado›› del conflicto, introduciendo una serie de legalidades que inciden en esta operación a través, por ejemplo, del uso de los derechos de autor y de la apropiación privada de los cuerpos fotografiados. De modo que el nodo problemático de estas manifestaciones se expande hacia una dimensión técnico-metodológica, vinculada al uso de máquinas que permiten visibilizar microelementos del espacio social que otrora habrían sido invisibles y que, al hacerse visibles, atentan con redefinir las claves representacionales del conflicto mismo.
Cuando el movimiento de los cuerpos femeninos se fija en torno a sus imágenes, emerge la pregunta respecto de si estas son capaces de expresar sensiblemente el malestar presente en estos cuerpos. En este sentido, el peligro latente de las interacciones entre imágenes -las imágenes visuales in effigie y las imágenes subjetivas in corpore que cada una de las mujeres posee de sí, y mediante las que intentan vaciar su cuerpo del sentido prescrito por los códigos heteropatriarcales de subjetivación de lo femenino-, es que estas se reconduzcan hacia una disputa dialéctica de reconocimiento8 en torno a la necesidad de reivindicar una representación de cada mujer como sujeto de derechos individuales. Algo similar a lo que Brecht (2012) habría consignado, en referencia a la escena teatral, como una ‹‹composición››: la pérdida de fuerza movilizadora en tanto se insiste en sostener una subjetividad que impide romper con la unidad de su representación, borrando, paradójicamente, toda huella de un conflicto vinculado al principio que determina las condiciones de su propia aparición (Didi-Huberman 2013b).
Vinculamos este peligro, siguiendo a Debord (2009), con el principio del fetichismo mercantil, es decir, con una tecnología material productora de imágenes que, en su relación de concomitancia con las condiciones socioeconómicas propuestas por la racionalidad capitalista, es capaz de instalar una psique articuladora alrededor de montajes analógicos con el poder de producir atmósferas emocionales individualizantes y que, paradójicamente, produce cuerpos desafectados. En este caso específico, esto podría entenderse a partir de una necesidad de reconocer la legitimidad del malestar de las mujeres, pero por medio de una reconducción del malestar hacia una narrativa explicativa que tienda a inmovilizar los cuerpos femeninos por medio de la imposición de reformas en torno a la gestión homeopatizante del conflicto centradas en la definición de la distinción entre modos legítimos e ilegítimos de manifestación social9. En este sentido, consideramos que el análisis de este conflicto debe considerar aquello que la teórica feminista Verónica Gago (2015), siguiendo el trabajo de Gloria Anzaldúa, ha llamado una ‹‹epistemología de frontera››:
Un modo de conocimiento que emerge del desplazamiento de territorios, artesanías e idiomas. Eso implica prestar atención a estos tránsitos y confiar en que existe una fuerza expresiva, una promesa vital, un conocimiento del movimiento (Gago 2015: 41).
6. Puntualizaciones finales
Después de haber trazado un recorrido de los principales elementos que conforman el paisaje de los movimientos sociales contemporáneos en Chile, consignando el lugar que han ocupado los cuerpos de las encapuchadas en las recientes movilizaciones feministas, parece pertinente hacer algunas observaciones con la finalidad de incentivar la ampliación de la discusión en torno a estas manifestaciones. Parece relevante enfatizar el efecto de repolitización de los cuerpos femeninos en términos de las interrupciones que permiten, redefiniendo el orden de lo sensible desde un espacio liminal de un encuentro entre texturas materiales humanas y no humanas.
Aunque no hay dudas respecto del núcleo de disputa identitarista que se gesta alrededor de estas formas de ver y ser visto dentro de las formas contemporáneas de manifestación social, proponemos que el énfasis en una analítica de la materia permite introducir nuevos elementos a las formas tradicionales de estudiar estos fenómenos. Estos modos de abordar el problema permitirían enfocarse en cómo los cuerpos, en sus modos de composición semiótico-material, suponen desafíos para las estrategias de saturación imaginaria e inmovilización propias de los dispositivos gubernamentales neoliberales.
En otras palabras, lo que se disputa alrededor de estas formas creativas de protesta e intervención callejera tiene que ver con un giro pragmático hacia estrategias de intensificación afectiva, derivadas de formas colectivas que posibilitan nuevas formas de entender lo que es el espacio social. En este sentido, creemos que es posible analizar esta pragmática propuesta por estos cuerpos encapuchados en torno a la noción deleuziana de ‹‹máquinas teatrales››. Máquinas que, como afirma Raunig (2008), refieren tanto al aspecto técnico-material del término (el de un dispositivo o un marco), como al aspecto semiótico de un mecanizado, es decir, el de una invención: “mecanizar es tanto inventar un dispositivo como inventar una historia por medio de trampas” (Rauning 2008: 40). Esto último habilita formas de intervención sobre los modos de pensar las especificidades de las luchas actuales, desde una perspectiva que permita atisbar la fuerza política de estos movimientos en torno a la condición intersticial y relacional de los cuerpos: procesos vibratorios asociados a materiales múltiples en constante interacción, con significados fluídos y flexibles, permitiendo interpelar las máquinas semióticas que permanentemente buscan producir significados objetivos en torno a ellos. Tal vez el mejor ejemplo de lo anterior son los nuevos modos de presencia y de contagio afectivo entre los cuerpos femeninos en el contexto nacional y e internacional provocados por el Colectivo feminista Las Tesis y su himno global “Un violador en tu camino”.

Agradecimientos
El presente trabajo es parte del proyecto de investigación Fondecyt Iniciación N° 11170567.
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Notas