ARTÍCULO
Polos de desarrollo, trabajadores y guerra fría en dos regiones de América Latina: Amazonia brasilera y Patagonia argentina*
Development, workers and cold war poles in two regions of Latin America: Brazilian Amazon and Argentine Patagonia
Polos de desarrollo, trabajadores y guerra fría en dos regiones de América Latina: Amazonia brasilera y Patagonia argentina*
Revista Austral de Ciencias Sociales, vol. 40, pp. 67-90, 2021
Universidad Austral de Chile
Recepción: 01 Marzo 2020
Aprobación: 12 Febrero 2021
Resumen: Este trabajo analiza los vínculos entre la formulación de polos desarrollistas en la Amazonía brasilera y la Patagonia argentina, la conformación de nuevos núcleos obreros y el peso de la doctrina de seguridad nacional, en el marco general de la guerra fría. El estudio se realiza a partir de relevamiento bibliográfico, trabajo sobre fuentes periodísticas y entrevistas a trabajadores. Estos polos fueron planes de industrialización subsidiados por el Estado que buscaron asegurar el control de regiones consideradas “estratégicas”, durante el auge de la guerra fría. A su vez, pretendían fragmentar a la clase obrera, crecientemente combativa en los núcleos industriales tradicionales.
Palabras clave: polo de desarrollo, trabajadores, sindicatos, doctrina de seguridad nacional, guerra fría.
Abstract:
This paper analyzes the links between the formulation of developmental poles in the Brazilian Amazon and the Argentinian Patagonia, the conformation of new working groups and the influence of the national security doctrine, in the general framework of the cold war. The study is based on literature review, work on journalistic sources and interviews with workers. These poles were planned in a context of industrialization and were subsidized by the State, which sought to ensure control of regions considered “strategic” during the height of the cold war. In turn, they pretended to fragment the working class, increasingly combative in the traditional industrial centers.
Keywords: development pole, workers, unions, national security doctrine, cold war.
1. Introducción
El Estado argentino en la Patagonia y el Estado brasileño para su Amazonia, impulsaron sendos polos de desarrollo que presentan una serie de evidentes semejanzas. Se trata de planes de industrialización subsidiada por el Estado, fundamentalmente justificados con argumentos de seguridad nacional, buscando garantizar el control de regiones consideradas estratégicas. Si bien no era tan claramente expresado, encuentro que estos proyectos también pretendían fragmentar la clase obrera, que estaba adquiriendo ribetes más combativos en los núcleos industriales tradicionales. Los polos desarrollistas prometían conformar nuevas concentraciones laborales, cuyos trabajadores estarían disciplinados desde su mismo origen.
Los proyectos se pusieron en marcha durante el auge de la guerra fría (Hobsbawm 2008), hacia fines de los cincuenta, y continuaron su crecimiento durante las décadas del sesenta y setenta. Luego sus historias se diferenciaron, sosteniéndose el polo en Amazonia y desmontándose gran parte del proyecto en la Patagonia argentina desde los años noventa.
Este trabajo describe las características de las fracciones de clase obrera que se conformaron en esos territorios, cuya estructura socioeconómica fue radicalmente transformada. Se conformaron nuevos núcleos obreros, a partir de diversos afluentes migratorios con importante componente rural, escasas tradiciones en común y poca experiencia sindical e industrial, quienes trabajaron en parques fabriles dependientes de los subsidios estatales. El artículo se inscribe en una corriente que avanza en problematizar la conformación y las experiencias de diversos colectivos obreros latinoamericanos en el contexto de la guerra fría1, en este caso, desde el análisis de dos procesos especialmente relevantes.
Busco analizar los vínculos entre la formulación de estos polos desarrollistas, la construcción de nuevos núcleos obreros, la doctrina de seguridad nacional y el marco general de guerra fría. El estudio se realiza a partir del relevamiento bibliográfico, trabajo sobre fuentes periodísticas, censos y entrevistas a trabajadores. Estos procesos son especialmente interesantes, ya que concentran, espacial y temporalmente, un conjunto de dinámicas que en regiones de industrialización ‘tradicional’ se vivenciaron a través de períodos mucho más extensos.
2. Un contexto general
Las políticas de promoción que analizamos se inscriben en el marco más amplio de lo que se puede denominar un desarrollismo genérico (Perrén y Pérez Álvarez 2011), expresión, a su vez, de la caída del consenso liberal que siguió a la crisis mundial de 1929-1930 (Hobsbawm 1999).
Se coincidía en la necesidad de contar con un Estado activo, que tuviera injerencia en la planificación económica (Zambón 2001), en especial para aquellos países considerados subdesarrollados, concepto que suponía a esa situación como superable en el marco del sistema capitalista. Aplicando ciertas políticas se eliminarían las estructuras atrasadas y se lograría construir sociedades industriales y desarrolladas (Fonseca y Salomão 2017). Se construyó la imaginaria tríada crecimiento-industrialización-desarrollo, desde el supuesto de que industrialización y crecimiento eran sinónimos de desarrollo2, y asumiendo que no era necesaria una transformación sistémica para mejorar las condiciones de vida de la población de los países dependientes. La creación de industrias era el único camino posible para consolidar el futuro, y hasta el ‘destino’, de nuestros países (Rougier y Odisio 2017; Bielschowsky 2000).
En Latinoamérica estas ideas ganaron influencia desde 1940, vía la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y su agenda para la región. Diversas experiencias se desarrollaron en estos países durante esos años y en la década del cincuenta (Belini y Rougier 2008; Fonseca 2004) con un Estado que adquiría un rol cada vez mayor en la economía, a la vez como planificador (Odisio y Rougier 2019) y empresario directo (Regalsky y Rougier 2015). Por su peso político y social, sus extensas dimensiones, y su compleja integración nacional, Brasil y Argentina fueron los casos donde estas políticas adquirieron un peso más relevante (Perissinotto 2014). Al respecto los trabajos de Rougier (2016b; 2016c) y Fonseca y Salomão (2016) exploran las diversas derivas de las propuestas industrializadoras, y de las perspectivas historiográficas que las estudiaron, para América Latina, en general, y Brasil y Argentina en particular.
Ante la imposibilidad de apostar a un desarrollo integral y uniforme, debido a las grandes extensiones territoriales y sus evidentes desigualdades regionales, se buscaron respuestas en la propuesta de la escuela indicativa francesa (Massé 1965). Para esa perspectiva el esfuerzo debía concentrarse en la instalación de polos de desarrollo, implantando actividades dinamizadoras en regiones periféricas, las cuáles impulsarían el crecimiento y romperían con el subdesarrollo (Perroux 1955; Boudeville 1969).
Esto se proyectaba en el marco de complejas relaciones con las empresas y sus agrupamientos. En el caso argentino trajo enfrentamientos entre la Unión Industrial Argentina y las cámaras regionales que defendían la propuesta de los polos (Gutiérrez 2019). Se trata de un entramado de disputas con diversos matices, de acuerdo con los proyectos impulsados y a los sectores y regiones favorecidas. Parte de esas dinámicas han sido abordadas por los estudios de Brennan y Rougier (2013), Simonassi (2020, 2014, 1996), Lluch y Lanciotti (2015), Lluch y Salvaj (2012), y las compilaciones de Rougier de estudios sobre la industria argentina (2013, 2010, 2007).
La recepción de esa producción, en el contexto de la guerra fría, se realizó en clave de ‘lucha contra el comunismo’. La ‘promesa’ del desarrollismo implicaba generar un cambio social sin la necesidad (y los riesgos) de una transformación global, debate que circulaba en toda Latinoamérica al menos desde la irrupción de la revolución cubana. Argentina y Brasil acogieron esta producción a través del filtro franquista, en una perspectiva de enfrentamiento al ‘peligro rojo’ que se protagonizaba a ambos lados del Atlántico y en estrecha coordinación con EEUU (Figallo 2018)3.
El final de la Segunda Guerra Mundial, y las complejas negociaciones de Yalta, derivaron en un sistema de relaciones internacionales ordenado en torno a la disputa entre las dos grandes potencias emergentes, que a la vez representaban dos modelos alternativos de sociedad (Agüero García 2016). La URSS y los EEUU, presentándose el primero como impulsor del socialismo y la economía planificada y el segundo del libre mercado y la democracia, jugaron sus cartas en el tablero mundial.
Para América Latina la etapa de la guerra fría se inicia hacia 1947, teniendo como hitos la formulación de la “Doctrina Truman”4 y la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (Carmagnani 2011). Así el orden bipolar se extendía al subcontinente, que desde los años cincuenta comenzó a transformarse en un territorio clave de la disputa, en particular para EEUU. El derrocamiento del gobierno guatemalteco de Arbenz en 1954, el golpe contra Perón en 1955, y el triunfo de la revolución cubana en 1959, generaba un mapa complejo y cargado de potencialidades disruptivas (McMahon 2009). La dictadura iniciada en 1955 en Argentina y la que se impuso en Brasil desde 1964, enrolaron a esos países tras el proyecto estadounidense, buscando su apoyo en aras de enfrentar las disidencias internas (Victoriano 2010).
Ese alineamiento tuvo como eje articulador a la doctrina de seguridad nacional, imponiendo niveles de autoritarismo y control que Rouquié calificó como ‘Estados militares’ (1982). Los golpes de Estado se transformaban en la norma, y no en la excepción, en países como Argentina, mientras en Brasil se imponía una duradera dictadura durante más de 20 años (Halperin 1997).
Durante los años trabajados en este artículo hubo tres dictaduras en Argentina: 1955 a 1958, 1966 a 1973 y 1976 a 1983. Los gobiernos de 1958 a 1962 (Frondizi), 1962 a 1963 (Guido) y 1963 a 1966 (Illia) si bien eran formalmente constitucionales estaban viciados en su legitimidad de origen, ya que el peronismo se encontraba proscripto. Se trataron de gobiernos condicionados por el poder militar, que no alteraron en demasía los proyectos formulados para la Patagonia. Tampoco se registra un cambio de relevancia durante el “tercer peronismo” (el período 1973-1976).
En Brasil el golpe de Estado de 1964 se enmarcó en el temor de los militares a lo que se observaba como un ascenso de los grupos de izquierda, situación simbolizada en el gobierno de João Goulart (1961-1964). EEUU, presidido por un adalid de la doctrina de seguridad nacional como Lyndon Johnson, promovió la intervención para impedir un posible proceso de radicalización política (Fernandes 1975). Brasil fue, a partir de allí, la punta de lanza en la represión al comunismo en América Latina, colaborando con los objetivos estadounidenses al tiempo que sostenía buenos índices de crecimiento económico en el marco de una permanente represión (Draibe 1994). Esta dictadura se mantuvo hasta 1985, o 1988, según la interpretación historiográfica (Basualdo 2019).
Dos grandes territorios de América del Sur se presentaban como espacios claves para incorporar estos proyectos de polos de desarrollo en el marco de esos períodos caracterizados por la impronta autoritaria: Amazonia y Patagonia eran diagnosticados con una serie de particularidades específicas (Ruffini 2014; Oliveira Jr 2009), que llevaron a ambos Estados nacionales a considerarlos como verdaderos “laboratorios sociales”. A su condición de ser regiones con extensos territorios y ausencia de industrias, se sumaban otros elementos claves en el contexto de gobiernos autoritarios y alineados con EEUU, impulsores de las políticas de industrialización en ambas regiones: su riqueza en recursos naturales y la condición de tratarse de territorios que, real o simbólicamente, estaban amenazados en su soberanía nacional.5
Se configuró un discurso donde los aspectos económicos, sociales y de seguridad nacional se interconectaban. Los planes de promoción industrial se proyectaban como continuidad de la ocupación por parte del Estado: la industrialización era la prolongación de la conquista militar del territorio por otros medios. En ambos países se consolidó la imagen de que existían en verdad dos brasiles, o dos argentinas: uno dinámico y abierto al mundo; el otro tradicional y anticuado (Lambert 1976). La tarea heroica de la conquista volvía a ser sostenida como paradigma por estos gobiernos autoritarios y la industrialización sería la herramienta clave para hacer viable esa premisa.
Amazonia y Patagonia fueron el laboratorio ideal para ese recetario. Los polos de desarrollo debían fortalecer las regiones débiles y actuar en contra del dualismo; la realidad fue que siguieron funcionando a modo de enclaves, donde las regiones en las que estos proyectos se imponían poco podían decidir, y los programas impulsados eran dependientes de impulsos externos. La lógica con la que estas regiones se habían incorporado al mercado mundial se reproducía en este nuevo ciclo.6
3. La Patagonia y sus proyectos
La Patagonia Argentina7 fue plenamente incorporada al Estado y el mercado nacional en el marco del impulso a los programas desarrollistas, a fines de los años cincuenta e inicios de los sesenta (Pérez Álvarez 2015). No era una coincidencia que estos territorios estuviesen atravesando su proceso de provincialización durante ese período: el Estado nacional buscaba superar el atraso de estas “nuevas provincias”, y el derecho a elegir sus propios gobiernos y redactar sus constituciones formaba parte del cambio que se promovía.
Las provincias patagónicas fueron receptáculos de ese impulso desarrollista, a partir de los proyectos generados desde el Estado nacional, que fue fortaleciendo su presencia en la región. Los discursos gubernamentales estuvieron atravesados por las nociones de integración y desarrollo, pretendiendo la conquista del territorio nacional a través de industrias subsidiadas por exenciones impositivas.
Roberto Scocco (1969), una figura relevante de la política patagónica que fue vicegobernador de Chubut, destacaba que
Sólo así incorporaremos la Patagonia al quehacer nacional. Sólo así daremos cumplimiento al patriótico deseo del General Roca de extender la soberanía efectiva de la Nación hasta el extremo Sur del país (1969: 63).
Para ello no sólo era necesario poblar la región, sino hacerlo con un componente “étnico” que asegurase la soberanía nacional. Proponía la transferencia del material ferroviario, y del personal que fuese reasignado8, hacia la región patagónica, postulando que así se lograría:
…la integridad étnica de la Patagonia con una inmigración interna de jerarquía y que en otra oportunidad enorgulleció a la tierra de acogida” (1969: 97).
Ya volveré sobre el tema del tipo de población que se proponía incorporar a Patagonia.
Según el informe dirigido por Oscar Altimir (1970)9 la economía patagónica era calificada como una estructura productiva característica de situaciones de subdesarrollo, no por el producto por habitante, pero sí por la insuficiente diversificación de sus actividades productivas. Por ello, y según el citado trabajo, se la caracterizaba como una región de desarrollo incipiente. No se lo consideraba un territorio clásicamente subdesarrollado, ya que no se observaban “círculos viciosos de pobreza” (1970: 8-3) ni altos índices de superpoblación relativa.
Patagonia fue incorporada al desarrollismo, en íntima relación con las concepciones de soberanía nacional y seguridad interna. Modificando la política previa de asentar guarniciones militares, las dictaduras aplicaron regímenes de promoción industrial, asignando recursos para promover la ocupación civil de las ‘nuevas provincias’ (Ibarra y Hernández 2016).
La idea de continuidad entre la función ‘conquistadora’ que ejercían los cuarteles militares y la tarea que debían cumplir las industrias subsidiadas por el Estado, se reflejaba en frases como la del Secretario de Difusión y Turismo de la dictadura que comandaba el general Onganía, en su visita a la región:
Las industrias en la Patagonia, son como los fortines de Roca en el desierto, es decir atalayas del progreso y de la civilización, puntos de arranque para el desarrollo.10
Se creaban centros industriales que debían irradiar el ‘progreso’ hacia las regiones cercanas, superando así la dificultad de un desarrollo homogéneo de las regiones atrasadas merced al aporte de un factor exógeno (en especial la intervención del Estado).11 Otro elemento para comprender el impulso a nuevos polos industriales en la Argentina de los sesenta, se relacionó con la intención de dividir a la clase obrera, aislando sus núcleos más combativos.12 La matriz de la doctrina de seguridad nacional, consideraba que en Argentina existía un ‘enemigo interno’ a quién se debía combatir. Esto se reflejaba en la intención de fragmentar a los trabajadores, la constante referencia a la concepción de ‘soberanía’ y la intención de poblar la Patagonia, considerada una región estratégica por sus recursos naturales (Gatica 2013).
En ese marco, y como parte fundacional del proyecto en Patagonia, se conformó una dirigencia sindical local que sostuvo una práctica colaboracionista con el gobierno y las patronales, en el marco del discurso común sobre la necesidad de fortalecer el desarrollo regional. La Confederación General del Trabajo de la región, afirmaba ese mismo ideario:
El desarrollo industrial es un anhelo general que los trabajadores comparten enteramente. Desarrollo industrial y desarrollo demográfico deben ir de la mano.13
En un informe del gobierno provincial se destacaba, como una de:
las condiciones de base del futuro desarrollo de la Provincia [a] la presencia de organizaciones sindicales maduras y responsables, que se han colocado decididamente detrás del logro de los grandes objetivos del desarrollo provincial (Provincia del Chubut 1970: 1-2).
El inicio del programa desarrollista para Patagonia puede fijarse en 1956, con el decreto-ley 10.991 de la dictadura autodenominada ‘revolución libertadora’, que eximía de impuestos a las importaciones hacia el sur del paralelo 42ºS. El impacto de esta política se concentró en el noreste de Chubut (la región al sur del paralelo más cercana a Buenos Aires).14 En los primeros años del sesenta las franquicias fueron reemplazadas por la exención de impuestos a las industrias que se instalasen. A través de sucesivas leyes se dio impulso a la producción de fibras textiles sintéticas, proyecto que impedía la articulación con la producción ganadera tradicional en Patagonia (Ibarra 1997).15 Hacia 1974 ya existían 45 empresas textiles en producción, empleando unas 4300 personas (Beccaria 1983).
Cuando el impulso inicial a la industria textil mostró algunos de sus lógicos problemas, se sumaron los llamados al poblamiento de la región tras el arribo de las autoridades impuestas por la dictadura iniciada en 1966 (autodenominada ‘revolución argentina’). Una consecuencia de la implantación industrial fue el rápido crecimiento demográfico, directamente relacionado con la oferta laboral, generando severos problemas urbanos, especialmente en torno a la escasez de viviendas familiares.
En 1971 se adjudicó a Aluar (Aluminio Argentino S.A.) el proyecto de una fábrica de aluminio primario, la única del país, que se instaló en Puerto Madryn. Al igual que en Trelew, la inversión fundamental fue aportada por el Estado: la evaluación del conjunto de inversiones demostró que “el sector público aportaba más del 84% del capital de ALUAR” (Rougier 2011: 356). El parque textil seguía creciendo, y en 1973 la rama textil de Chubut llegó al segundo puesto a nivel nacional en varios rubros.16
Un proceso similar se vivió en Tierra del Fuego17. Hasta avanzada la década del sesenta, su actividad económica clave era la producción ganadera (ovinos para carne y lana). Por esos años se inició la extracción de petróleo y gas en el extremo norte de la isla (Gómez Lende 2007). A partir de la década de 1970 su realidad se transformó, cuando se sancionó la Ley N° 19.640 estableciendo un régimen fiscal y aduanero especial (Mastroscello 200918; Ramírez 2010).
Los incentivos promovieron la instalación de plantas ensambladoras de electrónicos, un proyecto similar al impulsado en Manaos por el gobierno brasileño (Mussi y Rodríguez 2011). La exención impositiva promovió la implantación de esas industrias, que impulsaron el crecimiento poblacional: de 7 mil habitantes en 1960, a más de 100 mil en 2001 (Schorr y Porcelli 2014; Grigera 2011).
Durante la última dictadura (1976-1983), el discurso que buscaba sostener los subsidios volvió a relacionarse con los llamados a la seguridad nacional. La hipótesis de conflicto con Chile fue clave: sostener las industrias como forma de asegurar el asentamiento de población ‘argentina’ era una pieza maestra del armado geopolítico. En el adjetivo ‘argentino’ se entendía que esa población no podía provenir ni de los pueblos originarios de la región ni del vecino país de Chile, de donde procedían muchos integrantes de esta joven clase obrera (Gatica y Pérez Álvarez 2014).
Este era un “temor” clave entre los jerarcas militares argentinos, que ya había sido indicado por el general Osiris Villegas (1969) director del CONASE (Consejo Nacional de Seguridad). En su escrito “Políticas y estrategias para el desarrollo y la seguridad nacional”, Villegas destacaba la ‘peligrosidad’ que planteaba la presencia de una importante cantidad de migrantes de origen chileno en las regiones Comahue y Patagonia19. Para su mirada:
El elemento étnico que alimenta esta corriente migratoria trasandina no es de calidad deseable. Presenta problemas de salud, analfabetismo, mano de obra no calificada y subsecuentes repercusiones socio-económicas. (Villegas 1969: 254).
Esto generaba problemas para “la argentiniza-ción de la zona, la cual en el terreno de los hechos no está totalmente lograda” (Villegas 1969: 254). Marcaba su preocupación por el peso que tenían las fiestas chilenas en la Patagonia, y el sentimiento nacional que los migrantes chilenos sostenían. Además, esos obreros generaban problemas gremiales, que se
… manifiestan en toda la zona de frontera y en especial en la Patagonia, [ya que] los inmigrantes constituyen mano de obra barata para tareas no calificadas y sea por necesidad o por ignorancia, al no recibir lo que les acuerda la legislación laboral y convenios vigentes crean problemas (Villegas 1969: 264).
La xenofobia y el chauvinismo permean al Esta-do argentino en toda su extensión territorial, pero son prácticas que cuentan con una tradición más virulenta en Patagonia, donde el discurso de la soberanía en peligro, y la necesidad de “argentinizar” la región, fue parte clave de su historia.20 Los hechos de represión que sufrieron, y sufren, los trabajadores de origen chileno así lo atestiguan (Pérez Álvarez y Gatica 2020).
La Unión Industrial Patagónica (Pérez Álvarez 2017), marcaba que sus propósitos no eran:
…ajenos a los objetivos políticos y estratégicos que la nación se proponga alcanzar en la región, a los imperativos de la seguridad nacional, ni a una opción consciente de los bienes materiales y espirituales a que nuestra sociedad aspira.21
Terminaba su alocución postulando a los intereses del sector industrial como los comunes a todo el pueblo, ya que:
…la industrialización es un movimiento de la sociedad como un todo; (…) no tiene por finalidad hacer cosas, sino hacer un país.22
En ocasión de su visita a la planta de aluminio, el ministro de defensa José Cáceres Monié afirmó:
…los argentinos aún no hemos ocupado este vasto ámbito que nos legara el esfuerzo del Ejército de la Patria, bajo la conducción visionaria del general Julio Roca (...) Yo creo que a la Patagonia hay que volverla a conquistar. Hay que conquistarla mediante un profundo desarrollo....23
Esa es la matriz del desarrollismo para Patagonia, y de la clase obrera que allí se pretendió construir…
4. La Amazonia brasilera
Geroncio Albuquerque (1992) desarrolla una genealogía histórica de Amazonia, destacando que su incorporación al mercado mundial se realizó a partir de un estímulo externo a la región y que esa lógica se mantuvo con los planes de promoción industrial. Desde los años cincuenta (Lobato 2016) diversos proyectos que buscaban promover lo que genéricamente se denominaba ‘desarrollo’ se impulsaron para la Amazonia brasilera24 (Fernandes 2010), especialmente para los Estados de Amazonas, Pará (Garrido Filha 1980; Pinto 1986), Acre (Moraes y Ponte 2018) y Amapá25 (Paz 2014; Porto 1998, 2003).
En este artículo el análisis se concentra en el Estado de Amazonas, y aún más específicamente en su ciudad capital, Manaos, por tratarse del caso con más rasgos comparables con las experiencias exploradas en Argentina. La Zona Franca de Manaos (ZFM) tuvo su origen en 1957 (Puga Ferreira e Botelho 2014), con un proyecto que sólo consiguió generar un puerto libre de impuestos. Ese diseño fue reestructurado por el Decreto-Ley N°288/67 (ya durante el gobierno dictatorial), impulsando la implantación de industrias en la Amazonia Occidental.26 Su primer artículo definía que:
A Zona Franca de Manaus é uma área de livre comércio de importação e exportação e de incentivos fiscais especiais, estabelecida com a finalidade de criar, no interior da Amazônia, um centro industrial, comercial e agropecuário dotado de condições econômicas que permitam seu desenvolvimento.27
Son claras las similitudes del proceso histórico con la industrialización subsidiada en Patagonia, tanto en los años de instalación como en la dinámica: un área libre de impuestos implantada en los cincuenta que no logra el objetivo de que se radiquen industrias, reemplazada por proyectos de exención impositiva, hacia fines de los sesenta e inicios del setenta, para las fábricas que se instalasen. La industrialización sería la llave mágica para iniciar el poblamiento, afianzamiento de la soberanía, crecimiento, desarrollo e integración al mercado nacional.
El modelo concedía incentivos a partir de exenciones de los tres niveles de gobierno (federal, estadual y municipal), subsidiando a las empresas que se instalaban a su amparo. Se garantizó la infraestructura necesaria para esas industrias, creando el Distrito Industrial en 1970. El objetivo declamado era la integración de la región al resto del país. Sin embargo, una motivación de igual peso, “ou principal, para alguns” (Araujo Filho 2005: 3), era la dimensión geopolítica. Esa preocupación ocupó un lugar central para el gobierno federal, en especial dentro de la agenda de la dictadura militar28.
Pinto (2002) sostiene que la política de seguridad nacional hacia Amazonia fue constante durante los gobiernos brasileros desde la Segunda Guerra Mundial. La débil ocupación del territorio, expresada en la escasa población y la ausencia de actividades económicas, agravaba la supuesta fragilidad de la soberanía brasilera (D’Araujo 1992). Por ello el Estado brasileño retomó a economistas como François Perroux (1964) y otros de la escuela francesa, partidarios del crecimiento económico localizado (Kohlhepp 2002). También se integraba a Hirschman (1970) y sus reflexiones sobre el ‘desarrollo desequilibrado’.
El modelo de la ZFM fue implantado en el marco de las transformaciones en el orden económico mundial y en la política económica brasilera producidos entre 1967 y 1973. El denominado ‘milagro brasilero’ impulsó el crecimiento de la economía en términos macro (Cysne 1994), aunque, como lo demuestra Paul Singer (1982), esto fue al costo de una brutal concentración de riqueza. La igualación de crecimiento e industrialización con desarrollo ya evidenciaba su engaño.29
Los problemas de vivienda para los migrantes llegados a Manaos por la oferta laboral en expansión, no tardaron en hacerse evidentes (Guimarães 2003). Al igual que en Patagonia, la instalación de industrias refundó la ciudad de Manaos. Para 2010 se había multiplicado por diez la población existente antes de la ZFM (Puga Ferreira e Botelho 2014), generando un proceso similar al patagónico, con el despoblamiento del interior amazónico y la concentración en el centro urbano. Se superpoblaron las periferias pobres de Manaos sin garantizar condiciones mínimas de infraestructura urbana (Salazar 1985, 1992), aspectos que el Estado sí había asegurado para las industrias.
Para 1977, se habían emplazado en Manaos 136 empresas, creando más de 32.000 empleos (Salazar 1992). En 1984 se contaban 248 proyectos industriales, con 51.990 trabajadores, y estaban en instalación 80 nuevas empresas, todas dependientes de productos importados del exterior, sin conexiones con la producción tradicional de la economía regional. Muchos proyectos aprobados luego no se llevaron adelante, generando fraudes empresariales típicos de estos polos desarrollistas (Seráfico 2011).
El trabajo coordinado por Luiz Wiedemann (1977), sintetiza la visión de la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. Se trata de un escrito que busca legitimar al gobierno castrense, presentando datos y proyecciones sobre la economía y sociedad de Brasil. El informe fue realizado por integrantes de la Escola Superior de Guerra (ESG), el Ministério do Planejamento (IPEA), la Fundação Getulio Vargas, profesores universitarios y periodistas. Al analizar Amazonia, el informe sostiene que ese territorio ‘despoblado y desconocido’ era la clave del desarrollo integral de Brasil.
Allí se sintetiza la perspectiva de desarrollo de la que era tributaria la dictadura brasileña. La implantación de industrias haría posible el crecimiento y este, a su vez, el desarrollo integral, en sucesivos pasos que continuarían la misma evolución del proceso ‘clásico’ de industrialización europea:
É importante por isso, considerar o processo de desenvolvimento industrial como um sinônimo de progresso econômico (...) o desenvolvimento industrial confunde-se com o próprio desenvolvimento econômico” (Wiedemann 1977: 251).
Un exponente de esa perspectiva mecanicista y ahistórica, W. W. Rostow (1975)30, es citado en diversas secciones como criterio de autoridad.
La ocupación de Amazonia era asemejada, como en Patagonia, a la conquista definitiva del territorio brasilero. Es importante destacar la trascendencia de la ESG en la planificación de este proyecto en Brasil. Eliezer Oliveira (1976) explora la historia de este organismo, que adquiere un nuevo rumbo desde fines de los ‘50. Allí pasó de las hipótesis de enfrentamientos con ‘enemigos externos’, hacia la doctrina de seguridad nacional, cuya clave era enfrentar al ‘enemigo interno’: aquellos grupos que luchaban por un cambio social.
Neto y Guimarães (2019) destacan el nivel de planificación de este proyecto y la relevancia que tuvo la doctrina de seguridad nacional en su formulación:
…o projeto de “ocupação” da Amazônia, levado a cabo durante a ditadura militar, não encontra paralelo entre as ações tomadas em outros momentos da história republicana. Foi uma ação deliberada, planejada e que respondia, no geral, ao princípio da Segurança Nacional (2019: 113).
Se construyó un absoluto acompañamiento a EEUU, como parte del bloque occidental contra ‘el comunismo’.31 Para la ESG el combate contra el comunismo volvía central la tarea de ocupar el espacio ‘vacío’ a nivel territorial (Oliveira 1976). Toda la actuación política se debía someter al planeamiento, llave clave para impedir el progreso comunista y completar la conquista de ese territorio salvaje, bárbaro y desconocido (Ponte 2010).
El programa de implantación de industrias en Manaos se presentaba como un antídoto contra esos peligros, a partir de promover la ocupación de una región despoblada. Se debían garantizar medios de vida para impulsar la migración masiva, originando los subsidios que aseguraban la rentabilidad de las industrias (Seráfico y Seráfico 2005). El proyecto integró el discurso nacionalista-militar con la transnacionalización del capital, en clave desarrollista. La dictadura construyó las condiciones óptimas para la inversión capitalista en Brasil, rebajando el valor de la fuerza de trabajo a través del control de las organizaciones obreras; la promoción a las industrias en Manaos fue parte de esa dinámica.
La supuesta integración de Amazonia al mercado nacional fue, en verdad, parte del proceso de extranjerización de la economía brasilera, a partir del proyecto dictatorial. En Manaos se implantaron empresas multinacionales, que hicieron uso de la fuerza de trabajo regional a bajo precio y de la posibilidad de usufructuar abundantes subsidios estatales, y que aprovecharon un vasto mercado interno en crecimiento de carácter casi cautivo.
5. El colectivo obrero en Patagonia
A partir del desarrollo industrial y la generación de puestos de trabajo se incentivó el arribo de migrantes a la región. Muchos descendían de los pueblos originarios de Patagonia, otros eran migrantes de Chile (Pérez Álvarez 2014) y el resto provenía de diversas provincias de Argentina.
El caso de Aluar es relevante para analizar cómo una gran empresa planificó el colectivo obrero que pretendía construir.
Aluar seleccionó la mayoría de su personal originario entre trabajadores rurales, a los cuales les aseguraban la vivienda, escuela para sus hijos, mudanza hasta Puerto Madryn y un trabajo que, para entonces, era bien remunerado. Los trabajadores de Aluar entrevistados reflexionan que así se pretendía asegurar la ‘fidelidad’ de esos ‘nuevos obreros, que en general no traían experiencias significativas de organización gremial.
Alipio32 recuerda que:
…la particularidad que tenía el personal de Aluar era que tenías 5 de Mendoza, 10 de la Pampa, 2 de Junín, 3 de Buenos Aires y así… todo muy heterogéneo, y mucha gente que vino a trabajar a Aluar y que nunca había trabajado en una industria ni en relación de dependencia o en una fábrica. Entonces para ellos esto era el súmmum, llegaban, los atendían, les ponían el hotel, les daban la comida, les lavaban la cabeza como que era lo máximo.
Lo mismo relatan Gerardo33, Fernando34, Héctor35 y José Luis36; este último destaca un rasgo que los igualaba: “cuando yo ingresé, en el ‘78, éramos de todos lados y era toda gente joven, yo era uno de los mayores con 32-33 años”.
En el caso del parque textil de Trelew no se observa un comportamiento homogéneo, dada la presencia de distintas empresas, pero sí se registra que un importante componente del colectivo obrero fue conformado por migrantes sin experiencia de trabajo fabril. Esto sucede en el marco de un grupo de trabajadores caracterizado por su heterogeneidad. Así lo destaca Daniel:
Como cosa más formal teníamos una caracterización que era que en el parque industrial la mayoría venía del minifundismo y por lo tanto no tenía tradición proletaria. Pero en realidad, cuando veías bien, había de todas partes.37
Daniel se refiere a la evaluación que hacía su partido político, el MAS (Movimiento Al Socialismo), organización que lo había enviado a la región. La realidad era más compleja: el origen rural era sólo uno de los aportes que nutrió ese colectivo. Su mismo caso así lo ilustraba: Daniel era de Buenos Aires, y se trataba de un recién llegado a la vida fabril, ya que antes sólo había trabajado en actividades de comercio.
La heterogeneidad también se expresaba en las posturas ideológicas: la matriz del proyecto de ocupación de Patagonia por el Estado argentino fue parte del proceso. Esa perspectiva planteaba una comunidad de intereses entre obreros y patrones, cuyo objetivo era desarrollar la Patagonia y consolidar su ‘argentinización’, reforzado por la idea de la necesidad de mantener la paz social, para no poner en riesgo la promoción industrial.
Los trabajadores eran conscientes de este problema y, en muchos casos, desplegaron sus luchas desde una estrategia que planteaba una alianza con la burguesía con intereses en la región. Dicha alianza sostenía, como eje discursivo, la idea de ‘defender la región’. La identificación de parte de sus intereses con los de sus patrones y la sintonía en un discurso compartido sobre la necesidad de potenciar el desarrollo de Patagonia, son elementos claves a lo largo de su historia. Por ello uno de los objetivos de los polos de desarrollo, construir núcleos obreros con menor nivel de conflictividad que en los centros tradicionales, fue relativamente exitoso en esta región (Schvarzer 1987).
Esto no implica que no hayan existido luchas y conflictos, pero sí que estos hechos tomaron un matiz particular, que se debe asimilar para comprender ese colectivo obrero. Este conjunto de trabajadores comenzó a desarrollar sus reclamos en un contexto represivo; eran conflictos de dimensiones reducidas, vinculados a condiciones de trabajo por planta y a la cantidad de horas que les imponían.
La iniciativa más evidente fue negarse a realizar horas extras. Se utilizó una forma de lucha que daba seguridad a los obreros ya que no contradecía la legalidad, aunque enfrentaba las ‘costumbres’ de la región, donde, en el marco de una industrialización en desarrollo, se hacía necesario el uso intensivo de la fuerza de trabajo disponible.
Así narra Gerardo esta acción en Aluar:
… en el ‘79, en plena dictadura (…) nos negamos a hacer horas extras (…) y la empresa nos intima por usos y costumbres. Y en eso baja uno de los directivos mayores, un hombre que había sido de Fate38, y en esa reunión nos dice sutilmente “¿ustedes no saben que esta empresa la manejan las Fuerzas Armadas por intermedio de la Aeronáutica?
Era, además, un reclamo que tenía relación con la posibilidad de esos trabajadores de disfrutar su vida. Veamos lo que dice Miguel39:
Te obligaban a trabajar 12 horas, entonces yo llegué en julio… Te podes imaginar ¡julio en Trelew!, entrabas a las 6 de la mañana, salías a las 6 de la tarde, no podías hacer nada… ¡ni veías el sol!.
Debido al temor a las respuestas represivas (incluidas los despidos y la dificultad para encontrar nuevo empleo), las medidas se restringían a aquellas que no trascendían la formal legalidad. La experiencia (Thompson 1989) de este colectivo obrero fue condicionada por las relaciones de producción en las que se encontraron articulados, que los empujaban hacia una política de colaboración con las patronales por la necesidad de sostener la promoción industrial. Pero ese condicionamiento no implicó determinación: la tendencia hacia la colaboración era mayoritaria, pero también surgía el intento de construir un camino independiente.40
El fin de la dictadura habilitó nuevos senderos y los obreros intentaron avanzar. Su legado de terror lentamente se disipaba, volviendo clave el rol de los militantes políticos, quienes explicaban las posibilidades que el régimen constitucional abría. En esos sujetos pueden encontrarse los vasos comunicantes entre las experiencias que la clase obrera ya había construido a nivel nacional y que aún no eran un insumo colectivo de los trabajadores en la región (Pérez Álvarez 2019).
Se generaron procesos de importante movilización, que luego no se tradujeron en una modificación profunda de sus estructuras organizativas ni de la conciencia de los trabajadores. Si bien en los primeros años avanzaron hacia una mayor democracia interna y presencia en las calles, de a poco las nuevas direcciones se fueron apartando de ese modelo. No se consiguió romper con los límites de la perspectiva corporativa (o “regionalista”) de los reclamos, y eso hizo imposible articular un proyecto alternativo, que diera sustento y perspectivas de largo plazo a otro tipo de estrategia.
A mediados de los ochenta el gobierno nacional comenzó a recortar beneficios a las industrias instaladas en Patagonia. Esto impactó en el parque de Trelew, donde los cierres de fábricas y los despidos comenzaron a ser frecuentes. En 1987 la textil Gebco anunció su quiebra; ante ello los obreros ocuparon la fábrica, en un proceso que culminó en una derrota. Juan41 nos cuenta:
La primer toma que hubo acá fuerte fue en la Gebco. Ahí laburaba mi viejo, estuvieron como tres meses tomando la fábrica pero ya se había ido el empresario y se había llevado toda la plata…
Hacia fines de los ochenta se vivenció una bisagra histórica; en especial el año 1989 fue un punto de quiebre. La hiperinflación, la revuelta y los saqueos, la caída del gobierno de Alfonsín y la asunción de Menem, consolidaron la hegemonía neoliberal (Iñigo Carrera et al. 1995; Bonnet 2008). En la región se aceleró la caída del polo de desarrollo; la derrota de la clase obrera, que se había construido en los últimos años, parecía realizada.
Los trabajadores de la región se encontraron ante un nuevo marco social. Las fuerzas con las que se enfrentaban eran novedosas y parecía difícil confrontarlas con las armas que su experiencia había forjado. Su historia de luchas pasaba por el reclamo de mejores condiciones laborales y aumento salarial; pero no tenían herramientas para saber cómo actuar ante una situación donde las empresas no les querían comprar su fuerza de trabajo. Ya no se trataba de pelear por mejoras en el marco del mismo programa de los sectores dominantes: necesitaban enfrentar el nuevo proyecto que se les imponía.
6. El colectivo obrero de Manaos:
La industrialización subsidiada en Amazonas también generó la creación de un nuevo colectivo obrero, procedente de diversos afluentes migrantes, estructurado en torno a las actividades promovidas por el Estado brasileño. El aporte fundamental provino de la migración rural de campesinos o antiguos pequeños propietarios, muchos de origen indígena o mestizo, provenientes del nordeste, del interior de Amazonas y de otros Estados.
Ribeiro de Oliveira (2008) destaca que el acelerado crecimiento que se vivenció a partir de la puesta en marcha de la industrialización subsidiada contrasta con un vaciamiento del área rural circundante. Se generó un proceso de expropiación, especialmente de pueblos indígenas y población de origen negro o mestizo, quiénes sufrían la explotación económica y la opresión racial. Eran considerados otra porción de ese territorio ‘salvaje’ que el desarrollismo debía conquistar (Berno y Acevedo 2010).
Márcio Souza (1994) subraya que, desde el comienzo de la penetración capitalista, los pueblos originarios de Amazonia fueron considerados una materia prima más, de las varias que ‘otorgaba’ la selva. La apropiación de esos cuerpos indígenas, en tanto receptáculos de la mercancía fuerza de trabajo, fue clave para el desarrollo de las empresas económicas que allí se instalaban. La resistencia de los cuerpos indóciles, escapando hacia la floresta para retomar sus formas tradicionales de subsistencia, dificultó en muchas etapas los procesos de implantación capitalista.
Conformar un colectivo obrero que garantizase la provisión de fuerza de trabajo fue, nuevamente, un problema a resolver al implantarse el polo de desarrollo (Salazar 2006). Kupfer (2010) recalca esa situación, sosteniendo que la solución se concretó a partir del fomento a la inmigración y la masiva incorporación de fuerza de trabajo femenina para las cadenas de montaje industrial. Esa estrategia construyó un colectivo laboral con poca calificación fabril, mayoría femenina y con muchos menores de edad (Salazar 1985, 1992).
El impulso al polo de Manaos también buscó descentralizar un movimiento obrero que, en la región industrializada de Brasil, ya había avanzado en su organización (Sandoval 1994). Así se dividiría una clase operaria que los grupos dominantes empezaban a percibir como una amenaza, y en Manaos se aprovecharía la conformación de un colectivo obrero sin experiencias ni tradiciones de lucha en común para que las empresas conquistasen mejores tasas de ganancia.
Así lo sostiene Salazar (1985):
(...) assiste-se em Manaus, o embate entre, de um lado o empresariado, vindo do centro-sul e de outros centros capitalistas mais avançados, dotados de todo um arsenal de medidas que enfraquecem o movimento operário (...) do outro, a figura dócil do caboclo42 (1985: 11).
Es cierto que un colectivo obrero sin experiencia urbana e industrial suele presentar dificultades para construir herramientas organizativas, tal como lo muestra Pérez (2011) para el caso de Bilbao. Sin embargo, parece evidente que el adjetivo “dócil” expresa más un prejuicio que un resultado de investigación. Prejuicio que es, además, contradictorio con las continuas resistencias que han surcado de modo permanente la historia de Amazonas (Guimarães 2011).
Salazar, considera que esos nuevos obreros llegaba:
...sem nenhuma tradição de luta, sem nenhum canal institucional de classe que lhe possa orientar e esclarecer, e o que é pior, com a participação significativamente maior de mulheres e menores, esses, infensos a fazer parte de associações de classe e muito menos de envolvimento em conflitos” (1985: 11).
Una mirada que niega las tradiciones de esos sujetos, en especial de mujeres y niños: sólo serían sujetos politizados los hombres urbanizados. Las fuentes orales que este mismo autor registra y compila, cuestionan esa perspectiva.43
La constante instalación de nuevas empresas implicó que ese colectivo obrero vivió en cambio y ampliación. ¿Cómo se había conseguido que la oferta de fuerza de trabajo, antes escasa, pasase ahora a ser abundante? A través de un proceso de fomento de la migración desde el empobrecido nordeste y de la privatización de tierras durante los setenta y ochenta, que expropió la mayoría de los pequeños propietarios de los Estados circundantes. Son esos desposeídos quiénes encontraron en la migración hacia Manaos un camino para mejorar sus condiciones de existencia.44
Ese colectivo obrero expresaba la veloz transformación de la región, que unía en un mismo y conflictivo territorio social a sujetos que hasta hace pocos años organizaban sus vidas en torno a relaciones sociales y formas productivas no plenamente capitalistas, junto a una serie de industrias de avanzada tecnología, propiedad de grandes empresas de capital concentrado.
La organización obrera era difícil ante esa industrialización, dependiente de subsidios estatales y con empresas que amenazaban con su clausura ante cualquier reclamo (Salazar 1992). Eran constantes los ataques de las patronales contra las reivindicaciones operarias, desde despidos hasta la idea de ‘quedar marcado’ y no poder conseguir trabajo en otra fábrica del parque industrial.
Al igual que en Patagonia, se conformó una dirigencia sindical afín al proyecto industrialista y pro patronal, que asumió como propios los reclamos de las empresas:
...medida que se implantava um parque industrial “artificial”, aparece, de modo não menos artificial, sindicatos manipulados pelo Estado, sob a orientação de pelegos (Salazar 1992: 199).
Sin embargo, las obreras de Manaos desarrollaron diversas acciones de lucha, aunque la mirada de Salazar sostuviese que una clase con tantas mujeres (alrededor del 70% en total, llegando al 95% en las cadenas de ensamblaje) implicaba debilidad per se. Las mujeres eran una fuerza de trabajo más barata (percibían alrededor de un 25% menos por igual trabajo), situación que empeoraba para las jóvenes y solteras, muchas de ellas madres a cargo de sus hijos. Salazar (1992) parece culpabilizarlas por esto: para ese investigador esto se debería a que las operarias eran más temerosas de las sanciones y registraban menor apego a los movimientos sindicales.
En sus propias fuentes Salazar registra testimonios que evidencian otra perspectiva. Las citas registradas a continuación corresponden a la labor de dicho autor (Salazar 1992). El relato más explícito es de FAST:
...foi por causa dessa greve, dessa grande paralisação que houve no distrito (…) 41 dias parados. Eu acho que a greve é a única arma que trabalhador tem para reivindicar os direitos (268-269).
Ella articula sus reclamos de clase con los de género:
Eu acho que uma das coisas que se deve reivindicar, principalmente numa empresa onde tem muita mulher, é o direito de ser mulher, ter direito de ter filho, ter direito de faltar quando o filho adoece, ter direito de ficar com o filho quando ele está doente (271).
Concluye, expresando el proceso de construcción de su experiencia:
...a situação do operário está péssima. O operário tem que partir para a luta, tem que fazer greve. Quando eu cheguei na firma, em 80, tinha apenas 17 anos, era muito bobinha (277).
Las mujeres integraban reclamos específicos sobre su identidad de género y la sobre explotación que sufrían:
G.B.V.45 “Existe discriminação contra a mulher até demais. Antes de ser contratada a gente faz exame de gravidez” (308).
M.T.L.46 “Eu acho que ainda não peguei uma promoção porque eu fiquei gestante (…) a menina adoece, sabe como é. Aí tudo isso atrapalha minha promoção” (252).
Reis Filho (2010) describe el importante paro general de 198547, un nuevo conflicto en 1986 y otra huelga, de impacto nacional, durante 198848. Destaca el rol que en estos procesos tuvieron las mujeres trabajadoras y las disputas en torno a la territorialidad en la ciudad industrial. La tesis de Santiago (2010), desarrolla en profundidad la huelga de 198549 y la construcción de una red de clandestinidad en torno a las líneas de montaje, mecanismo clave para resistir los ataques patronales. Además la autora evidencia la construcción de redes de resistencia obrera previamente conformadas, en períodos similares a lo visto en Patagonia.50
El polo de desarrollo de Manaos atravesó dificultades durante el gobierno de Collor de Melo (1990-1992) y su política neoliberal, de apertura económica y quita de beneficios (Amed y Silva 1991). Al poco tiempo se retomó el crecimiento, al costo del empeoramiento de las condiciones de vida del colectivo obrero, agravando la precarización y tercerización (Salazar 2006).
Se observa un colectivo obrero sin experiencias de prácticas sindicales urbanas en común, que en sus primeros pasos sufrió duros golpes, con despidos en masa y amenazas de cierre (Salazar 1992). Las patronales, en íntima relación con el Estado, impusieron el temor a la pérdida de empleo, reforzado por la dependencia de la promoción industrial. A diferencia de Patagonia, en Manaos el polo fue sostenido luego de los noventa: una clave de esa permanencia parece ser el nivel de explotación al que es sometido ese colectivo obrero (Pereira y Regina 2006; Medeiros, Santos y Ferreira 2012).
7. Conclusiones:
Se puso en debate la similitud entre los planes de desarrollo que Argentina y Brasil implementaron para dos amplias regiones de su territorio durante los años claves de la guerra fría, su relación con la doctrina de seguridad nacional y el tipo de colectivo obrero que se buscaba conformar. Este modelo, conocido como ‘polos de desarrollo’, era parte de la matriz desarrollista, pretendiendo un crecimiento acelerado de las economías nacionales a partir de promover la industrialización.
Esa visión se entrelazaba con la doctrina de seguridad nacional y el seguidismo de los gobiernos de ambos países a EEUU, en su lucha contra ‘el comunismo’. El avance de las luchas antiimperialistas en varios países del mundo, y el empoderamiento de las clases subalternas de los países en cuestión, impulsó la profundización del autoritarismo en Argentina y Brasil.
Fue desde esos gobiernos autoritarios que se promovieron estos programas: si bien los períodos constitucionales también los sostuvieron, la propuesta aquí formulada es que la clave autoritaria y geopolítica de las dictaduras fue el factor explicativo fundamental. La Amazonia brasilera y la Patagonia argentina se configuraron como laboratorios ideales para la experimentación de estos modelos. Para promover la instalación de industrias era necesario asegurar el lucro de esos emprendimientos: esto se hacía merced a la transferencia de recursos estatales a capitales privados.
También se debía garantizar la provisión estable de fuerza de trabajo, incentivando la migración de obreros/as para alimentar las industrias allí implantadas. Esa fuerza de trabajo se pretendía controlada y maleable, debiendo presentar un nivel de conflictividad menor a las regiones centrales. Las industrias generarían el crecimiento económico y este garantizaría, a su vez, el desarrollo integral de la región y su conexión plena con el mercado nacional. Así se lograría la ansiada ‘integración nacional’ y ambos países dejarían de estructurarse en torno a un centro rico y periferias pobres.
Esto fue un fracaso; esos proyectos sólo fueron exitosos en poblar los centros urbanos receptores de la industrialización. Ese crecimiento se produjo en base al fomento de las migraciones de población de otras regiones del país (el nordeste brasilero, diversas provincias del norte argentino) y del despoblamiento del centro y la cordillera de Patagonia, y el área rural de Amazonas (cuyos habitantes se trasladaron a las ciudades en procura de mejorar sus condiciones de vida).
Los habitantes locales fueron objeto de estos proyectos, y no sujetos de los mismos. En la repetida arenga que hacía eje en una ‘conquista’ definitiva de estos territorios, esas poblaciones pasaban a ser blanco de la ocupación, por las supuestas fuerzas del progreso. Las industrias de ahora reemplazarían a los fusiles de antaño, pero la dimensión militar y de apropiación de un territorio supuestamente salvaje y desconocido, seguía presente en los horizontes del imaginario construido.
Los diversos sujetos que se afincaron en esas regiones conformaron dos nuevos colectivos laborales en un contexto de pleno empleo, con la inauguración frecuente de fábricas y vivenciando una profunda transformación de las características ordenadoras de su existencia. Esos obreros experimentaron una abrupta superposición de fases históricas, atravesando, en breves períodos temporales y en un territorio delimitado, procesos que en regiones de industrialización tradicional se vivieron a lo largo de varias décadas (Domènech 2012).
La mayoría formuló sus reivindicaciones buscando no alterar el imaginario de ‘paz social’ que rodeaba a estos proyectos, con el objetivo de evitar la caída de los subsidios estatales. Ese origen dependiente, y siempre inestable, de sus fuentes de empleo, condicionó en términos estructurales e ideológicos, el desarrollo de estos colectivos obreros.
Esta hipótesis se evidencia en la historia del noreste de Chubut y en parte para Amazonas, pero no podemos afirmar que la misma se extienda a todo polo desarrollista. De hecho en otras experiencias, como la de Tierra del Fuego, sí se registraron conflictos de relevancia ante los primeros cierres de plantas.51 La exploración aquí desarrollada abre nuevos interrogantes y caminos: incluir mayor cantidad de casos en clave comparativa (como los procesos de Amapá, Pará o Acre en Brasil, o La Pampa y otros en Argentina) permitirá avanzar en la consolidación de resultados de investigación en torno a las consecuencias de las experiencias de polos desarrollistas en diversas regiones de América Latina.
No hay leyes que determinen las características de estos colectivos obreros; pero sí se expresan condicionamientos que, para nuestra hipótesis, emergen de las características de esos polos desarrollistas. Estos proyectos desalentaron la organización autónoma de los trabajadores, y su proyección de un programa alternativo para esas regiones. Dicha realidad se evidenció cuando se hizo necesario plantear un proyecto que enfrentase al que era impuesto por los sectores dominantes, especialmente en los momentos de crisis (o cancelación en el caso argentino) de la industrialización subsidiada.52
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Notas