ARTÍCULO
La estructura del campo en los estudios antropológicos en Chile. Una aproximación a la producción científica en revistas especializadas de circulación nacional en el periodo de institucionalización académica (1954-1973)*
Structure of field in anthropological studies in Chile. Exploration of scientific production in Chilean specialist journals during the period of academic institutionalization (1954-1973)
La estructura del campo en los estudios antropológicos en Chile. Una aproximación a la producción científica en revistas especializadas de circulación nacional en el periodo de institucionalización académica (1954-1973)*
Revista Austral de Ciencias Sociales, vol. 40, pp. 107-128, 2021
Universidad Austral de Chile
Recepción: 02 Marzo 2020
Aprobación: 15 Febrero 2021
Financiamiento
Fuente: proyecto Fondecyt de Iniciación
Nº de contrato: 11170461
Resumen: Esta investigación profundiza en la producción antropológica en Chile en un período que hemos denominado de institucionalización académica (1954-1973), caracterizado por la creación de los primeros centros universitarios y programas de formación en ciencias antropológicas en el país. Nuestro trabajo se centró en las publicaciones científicas que circularon a través de revistas especializadas a nivel nacional, lo que permitió, mediante el análisis de contenido y la utilización de técnicas estadísticas descriptivas, determinar el volumen de la producción, identificar las áreas de conocimiento, y definir las tendencias temáticas y actores que contribuyen al desarrollo de estos estudios. Ello permitió reunir antecedentes a partir de los cuales se caracterizó el contexto socio-institucional en el cual emergieron las investigaciones y la producción de conocimiento, así como la definición de la morfología de campo, identificando las dinámicas cognoscitivas que distinguen a este período. La investigación permite concluir que los estudios antropológicos en Chile coinciden con la tendencia global a la especialización en áreas disciplinarias, dando lugar a una antropología de adjetivos o en fisión (Stocking 2002), lo que muestra el declive del modelo de ciencia integral, con una clara tendencia o vocación interdisciplinaria.
Palabras clave: antropología en Chile, institucionalización académica, producción científica, investigación antropológica, revistas especializadas.
Abstract: This study assesses anthropological production in Chile during a period which we identify as that of the field’s academic institutionalization (1954-1973), and which saw the creation of the country’s first university departments and educational programs dedicated to the anthropological sciences. This research focuses on scientific works published in specialist journals in Chile. Use of content analysis and descriptive statistical techniques enabled us to determine the volume of production, establish the areas of knowledge covered, and identify the thematic tendencies and actors that contributed to the development of the discipline. This allowed us to establish a background upon which to base a description of the socio-institutional context in which research and knowledge production took place, as well as to define the morphology of the field and to identify the cognitive dynamics that distinguish the period. Findings suggest that anthropological studies in Chile are in line with the global tendency toward specialization in disciplinary areas, giving rise to an anthropology of adjectives or fission (Stocking 2002) and demonstrating the decline of the integral science model with its clear interdisciplinary tendency or vocation.
Keywords: anthropology in Chile, academic institutionalization, scientific production, anthropological research, scientific journals.
1. Introducción
Hacia mediados del siglo XX se inicia el proceso de institucionalización académica de la antropología en Chile, incorporando la investigación y la formación profesional al ámbito universitario, particularmente en el Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad de Chile (1954), el Centro de Antropología y Arqueología de la Universidad de Concepción (1964) y el Centro de Estudios de la Realidad Regional en Temuco (1970), a los que se suman una serie de organizaciones que se dedicaron al desarrollo de investigación y docencia en el país1.
Dichas iniciativas implementadas a nivel metropolitano y regional, particularmente museos y sociedades científicas fundadas con anterioridad, permitieron desarrollar distintas áreas ligadas al trabajo antropológico, muchas de las cuales fomentaron la comunicación de conocimientos a través de revistas especializadas, las que permitieron la circulación de ideas en formato de artículo, a lo que se suman boletines, folletos, libros y actas de congresos (Mora 2016; Pavez 2015; Gundermann y González 2009; Orellana 1996).
Respecto al análisis de las publicaciones en temáticas antropológicas en Chile, se identifica un temprano interés por dimensionar esta producción, lo que se constata en distintos catastros, destacando los elaborados por Carlos Porter (1910, 1906), Ricardo Latcham (1915, 1914) y Julio Montané (1965a, 1965b, 1964, 1963). El interés en problematizar el proceso de institucionalización académica en Chile entre 1954 y 1973, se funda en la necesidad de profundizar en la historia y desarrollo de la antropología en el país, destacando una serie de trabajos en los últimos años (Mora y Vásquez 2018; Márquez y Skewes 2018; Mora 2016, 2014; Pavez 2015, 2012a, 2012b; Bengoa 2014; Castro 2014; Gänger 2014; Palestrini, Ramos y Canales 2010; Gundermann y González 2009; Troncoso, Salazar y Jackson 2008; Skewes 2004; Berdichewsky 1998, 1980; Orellana 1996, 1991; Arnold 1990; Brand 1941).
En esta investigación nos hemos centrado en relevar el artículo científico, considerado como uno de los vehículos centrales en la comunicación del conocimiento especializado (Knorr-Cetina 2005). Este permite dar cuenta de la forma y el contenido que caracteriza la producción del conocimiento en un momento particular de la historia de una disciplina (Dogan y Pahre 1993)2.
Lo anterior nos permite ahondar en la estructura que adquiere el campo de estudio, explorando los fenómenos de cohesión, fragmentación e hibridación que se generan, lo cual puede observarse a través de las acciones de nominación temática y declaración procedimental referida a problemáticas, teorías y métodos, así como de líneas de investigación en su articulación con el contexto de sociohistórico particular (Vinck 2015; Knorr-Cetina 2005).
Siguiendo a Kligmann y Splengler (2016), se entiende que:
Las revistas científicas son un resultado esencial de la actividad de la ciencia y también un reflejo de los fenómenos institucionales que la enmarcan, este tipo de indicadores permite analizar los procesos de comunicación y las tendencias del campo científico (Kligmann y Spengler 2016: 20).
De este modo, podemos entender ciertas dinámicas que se expresan a nivel local y que consisten en movimientos de fusión y fisión, propuestos por Stocking (2002) en su caracterización del desenvolvimiento de la antropología a nivel global. Ello nos permite evidenciar la vocación interdisciplinaria o el cruce de fronteras (Dogan y Pahre 1993), así como, la tendencia progresiva de especialización en sub-campos o áreas disciplinares –arqueología, antropología cultural y social, lingüística, etnohistoria y antropología física- las que alcanzan su desarrollo con relativa independencia, dando lugar a un objeto de estudio y la emergencia-consolidación de líneas temáticas y referentes conceptuales.
Para cumplir con los propósitos de la investigación, se diseñó una propuesta metodológica que tuvo como base la realización de trabajo de archivo, a partir del cual se identificaron un total de 402 publicaciones en formato de artículos, publicados en 27 revistas científicas de circulación nacional. Los trabajos recopilados permitieron crear una base de datos que fue contrastada con distintos catálogos bibliográficos elaborados para dicho periodo (Montané 1965a, 1965b, 1964, 1963). La indagación procedió a partir de la codificación y clasificación del material en función de un sistema de categorías, a partir del cual se organizaron los artículos científicos, llevando a cabo su caracterización mediante la utilización de la estadística descriptiva (Vinck 2015; Becher 2001; Clark 1983; Ben-David 1971).
Los resultados de investigación favorecen la reflexión sobre la especificidad de la producción de conocimiento antropológico durante el proceso de su institucionalización académica. Para ello, hemos identificado áreas de conocimiento, líneas temáticas e investigadores que se desenvuelven en el marco de una disciplina instituida (Vinck 2015; Becher 2001). Por otro lado, evidenciamos una tendencia hacia la especialización disciplinaria, constatando que la producción en el área de la arqueología se perfila como predominante durante la época estudiada.
2. Consideraciones teóricas
Dentro de las múltiples posibilidades de problematización sobre la producción científica (Kreimer y Thomas 2004), nos centraremos en lo que se denomina morfología del campo, es decir, la estructura que adquiere un área de investigación en función de temáticas, problemáticas y enfoques que la caracterizan y diferencian en el espacio científico y social, visibilizando además las instituciones y actores que contribuyen a su desarrollo (Vinck 2015; Callon, Courtial y Penan 1995 [1993]).
En este sentido, se considera que la estructuración se encuentra mediada por una serie de operaciones orientadas a establecer criterios de diferenciación y principios reguladores de las prácticas, así como de la puesta en común de un lenguaje especializado, que le brinda una identidad y demarca un territorio académico y profesional (Vinck 2015; Becher 2001; Clark 1983; Ben-David 1971).
En lo que refiere a la delimitación del saber antropológico y su estructuración, se ha advertido, por un lado, la existencia de un modelo de organización compuesto por distintas áreas, bajo la idea de ciencia integral del hombre, tal como plantean Paul Broca (1824-1880) y Franz Boas (1858-1942), como indica Munizaga (1974), conforman la antropología general. Por otro lado, se aprecia un modelo que tiende a la especialización, en el cual la antropología social se distancia, por ejemplo, de la lingüística, la antropología física y la arqueología. Ello se ve impulsado por dinámicas que Stocking (2002) ha denominado de fusión y fisión (integración y desintegración), las que obedecen a los contextos de emergencia y procesos socio-históricos por los cuales esta disciplina ha transitado.
Por otro lado, podemos mencionar el carácter pluri-paradigmático de las ciencias antropológicas, caracterizado por una matriz disciplinar que articula distintos “paradigmas en una estructura única, inclusiva, capaz de absorberlos sin anular ninguno […]” (Cardoso de Oliveira 1996: 15-16). La condición interdisciplinaria y pluri-paradigmática de la antropología, favorece la interacción entre modos y enfoques diferenciados a la hora de producir conocimiento, lo que permite comprender la diversidad y divergencia de formas de organización y marcos cognoscitivos a la luz de momentos históricos y condiciones de existencia particulares. Esto da cuenta de las especificidades en las trayectorias que han delineado las antropologías en los contextos nacionales -sin perder la vocación universalista- a la luz de la noción de estilo (Cardoso de Oliveira 1996; Vessuri 1996).
Más allá de las nociones de disciplina, que acentúan las desconexiones y definiciones autocontenidas que singularizan una comunidad de especialistas (sus dispositivos normativos, procedimentales, cognoscitivos y escriturales puestos en escena), es necesario poner atención sobre los movimientos de especialización e interacción problematizando los sistemas de clasificación y organización rígidos desde los cuales se define una disciplina en el contexto universitario (Dogan y Pahre 1993; Ben David 1971).
Desde este punto de vista, la definición de un objeto de estudio no es exclusiva de una disciplina en particular, ni de un área de conocimiento específica. La antropología es una ciencia que “no se define por su objeto concreto (las sociedades aborígenes), sino por la visión que ella lanza sobre la cuestión de la diferencia” (Cardoso de Oliveira 1996: 10). El objeto de estudio se define a partir de un recorte de la realidad que puede ser apropiado desde distintos puntos de vista y construido por quien investiga, ya sea que posean un grado de conocimiento de un área del saber o de una disciplina afín.
3. Materiales y método
En términos procedimentales, esta investigación considera como fuente los artículos contenidos en revistas especializadas, dada su centralidad en la producción, circulación y comunicación del conocimiento (Maltrás 2003; Dogan y Pahre 1993). Por otra parte, las líneas temáticas hacen referencia a los conceptos articuladores y/o ideas fuerzas presentes en los artículos científicos que tienen permanencia en un periodo de tiempo o institución y, en tal sentido, pueden configurar una tendencia que permite explorar la idea de estilo conforme a los contextos socio-políticos e intelectuales (Vinck 2015; Stocking 2002).
Se siguió un abordaje que combinó el trabajo de archivo, las técnicas de clasificación-codificación del contenido y la estadística descriptiva, el que operó sobre la producción científica. Ello permitió dar cuenta de la estructuración temática del campo de los estudios antropológicos en dicho periodo, a través de una aproximación que se sitúa desde los estudios sociales de la ciencia (Kreimer y Thomas 2004), y en particular desde la cienciometría (Callon, Courtial y Penan 1995 [1993]).
A partir de este trabajo, se ha logrado dimensionar el volumen de la producción antropológica en Chile durante el proceso de institucionalización académica de la disciplina, registrando un total de 402 artículos publicados en 27 revistas especializadas.
Para la conformación de la base de datos, se realizó una etapa de recolección de artículos bajo un muestreo de tipo censal y abierto. Se incorporaron a la revisión todas las revistas científicas de circulación nacional existentes durante el periodo analizado y que contaran con comité editorial o científico. Otro criterio fue que publicasen trabajos en las distintas áreas de conocimiento que conforman las ciencias antropológicas, producidas por investigadores nacionales o internacionales. Finalmente, se procedió al chequeo cruzado de la base de datos para evitar duplicación de artículos. La clasificación involucró la definición de seis categorías, desde las cuales se agrupó el material analizado en función de las siguientes áreas de conocimiento (ver tabla 1). Para el establecimiento de las categorías se privilegió la terminología propia de antropología de la época (Stocking 2002; Munizaga 1974).

De igual manera, se analizaron los títulos y contenidos de los artículos catastrados para identificar temáticas presentes en las investigaciones publicadas durante el periodo trabajado.
Para dar cuenta de la estructura del campo, hemos analizado la producción científica a través de técnicas de estadística descriptiva asistidas por el software SPSS. Ello permitió identificar las principales tendencias a nivel de áreas de conocimiento, líneas temáticas y publicaciones de los investigadores, posibilitando dimensionar el volumen de artículos, así como, dar cuenta de la diferenciación y especialización de los campos de conocimiento, en base a lo que Callon, Courtial y Penan (1995 [1993]) llaman indicadores de segunda generación.
4. Antecedentes
En la década de 1960, la situación sociopolítica que vive América Latina resulta favorable para el desarrollo de las ciencias sociales en Chile, convirtiéndolo en una “cosmópolis intelectual” (Beigel 2010). El país pasó a ser sede de una serie de organismos internacionales, tales como, la CEPAL (1948), FAO (1955) y UNESCO (1963), además de la apertura de programas de formación en ciencias sociales, entre las cuales se destacaron: ESCOLATINA (1956), FLACSO (1957), ICIRA (1962), ILPES (1962) e ILADES (1965) (Beigel 2011).
Esto permitió el intercambio de científicos y académicos, en un contexto que privilegió las actividades artístico-culturales y reformas políticas (reforma agraria, alfabetización de la población y nacionalización del cobre), en un periodo caracterizado por una “eclosión intelectual y científica” (Orellana 1996: 167). En este marco surge la antropología académica con la creación de las primeras instituciones que impulsan el surgimiento de una nueva generación de investigadores, la formación profesional y la renovación de enfoques teóricos, metodológicos y problemas.
Entre estas instituciones destacamos el Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad de Chile, cuyos inicios se sitúan en el programa de antropología histórica y social, desde el cual se impartieron una serie de cátedras y seminarios en la Facultad de Filosofía y Educación durante el año 1953, dictados por Grete Mostny, Richard Schaedel e Ismael Silva. Durante 1954, y con el apoyo del rector Juan Gómez Millas, se organiza dicho centro bajo la dirección de Schaedel (1954-1955), a quien se le encomendó desarrollar un programa de investigación sobre la arqueología chilena junto con la profesionalización de los integrantes del centro3. Se destacan en este periodo los aportes de Juan Munizaga, María Ester Grebe, Ximena Bunster4, Carlos Munizaga y Bernardo Berdichewsky (Márquez y Skewes 2018). Paralelamente, coexistió la sección de arqueología, dependiente del Departamento de Historia, encabezada por Mario Orellana, Percy Dauelsberg, Grete Mostny y Bernardo Berdichewsky. Se desarrollaron actividades de investigación y docencia, las que hacia 1968 conducían a la obtención de la Licenciatura en Filosofía con mención en Arqueología y Prehistoria5. Junto a ellos, se encuentra el Centro de Estudios Araucanos y el Instituto de Investigaciones Folclóricas.
Las actividades de estas unidades se extendieron hasta 1971, año en que se decreta la creación del Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueológicas, y con ello, el programa de Licenciatura en Antropología. Entre sus académicos se destacan a los integrantes del CEA y la Licenciatura en Prehistoria, sumándose Domingo Curaqueo, Manuel Dannemann, Jorge Kaltwasser, Hans Niemeyer, Carlos Thomas, Bernardo Valenzuela y Horacio Zapater (Skewes 2004; Arnold 1990). Estuvo orientado en sus fundamentos desde cuatro áreas generales: arqueología-prehistoria, antropología física, etnología y antropología social (Orellana 1996).
Por otra parte, el Centro de Estudios de Antropología y Arqueología de la Universidad de Concepción inicia en 1964, luego del arribo de Simone Dreyfus-Gamelon y Annette Laming-Emperaire, ambas especialistas francesas enviadas por la UNESCO para prestar asistencia técnica, sumándose Zulema Seguel, Carlos Henckel y Any Tual, quienes conforman el cuerpo académico inicial. El fructífero trabajo llevó a dicha institución a la creación del primer currículo formativo en antropología del país en el año 1966. Dicho programa estaba dirigido a profesionales con un mínimo de dos años de formación en alguna carrera universitaria, interesados en adquirir conocimientos relativos a la arqueología y antropología sociocultural. El cuerpo de profesores se conformó por Zulema Seguel, Edgardo Garbulsky, Pablo Aznar, Mirta Gerber, Milan Stuchlik, Julio Montané, Bente Bittmann, José Najenson, Jorge Hidalgo, Ann Ralph, entre otros (Garbulsky 1998). Tras el golpe militar, se cierra el Departamento de Antropología Cultural y se mantienen activas las áreas de Arqueología y Prehistoria. En 1976 se cierra el Departamento de Arqueología y Prehistoria y se cancela el ingreso de nuevos estudiantes, prolongando las actividades formativas de la carrera hasta 1981, año en el que su funcionamiento queda restringido a la prestación de servicio en docencia e investigación a otras unidades de la Facultad de Educación, Humanidades y Artes (Castro 2014; Garbulsky 1998).
La antropología en La Araucanía se institucionaliza al alero de las Escuelas Universitarias de la Frontera, sede en Temuco de la Pontificia Universidad Católica. Sus inicios se remontan al Centro de Estudios de la Realidad Regional en el año 1970, compuesto por Maurice Hebert, Raúl Perry, Alejandro Ruiz, Maggie Peredo, Daniel Rodríguez, Raquel Rojas, Milán Stuchlik y Adalberto Salas. Su enfoque se centraba en la investigación en problemáticas regionales desde una perspectiva interdisciplinaria. Hacia 1971, se creó la carrera de Investigadores en Ciencias Sociales, la que estuvo dirigida al perfeccionamiento de profesionales graduados en áreas afines a dichas ciencias. En 1973, el CERER bajo la dirección del antropólogo Milan Stuchlik, se crea un programa de Licenciatura en Antropología con mención en etnolingüística, planteando un proyecto formativo interesante a la luz de los debates teóricos de la época, con la participación de académicos presentes en el programa de formación en ciencias sociales e incorporando a Olaf Jensen, Patrick Donovan, Stephen Platt, René San Martin, el matrimonio de Marjorie y Thomas Melville, Orlyn Ibarbe, Tom Dillehay y Martin Cordero.
Por último, en 1971 la Universidad del Norte, sede Arica crea el Departamento de Antropología y Arqueología, desde el cual se dictaron algunos seminarios y cursos de especialización dirigidos a estudiantes universitarios y a la comunidad en general. En ello participó un grupo de profesores provenientes de Concepción, liderados por Guacolda Boisset y Bente Bittman, inspirados por el trabajo de Gustavo Le Paige (Skewes 2004). Los contenidos impartidos por el departamento trataron sobre aspectos introductorios a la arqueología, antropología sociocultural y etnohistoria latinoamericana (Mora 2016).
Al mismo tiempo, podemos destacar el nuevo impulso que reciben las instituciones ligadas al patrimonio, la cultura y la educación, a través de los museos, constatando en el periodo la existencia de 68 a nivel nacional (Mostny 1975) que sumado a los institutos y centros de investigación dan lugar a la creación de revistas científicas y de divulgación6.
El golpe de estado significó despido, expulsión del país e inclusive, detención de profesores y estudiantes en centros militarizados. Estas complejas condiciones sociales y políticas truncan el desarrollo de los proyectos formativos en antropología, los que continúan en condiciones desfavorables dada la desestructuración de los cuerpos académicos o abiertamente el cierre de los programas (Mora 2014, Bengoa 2014; Castro 2014; Skewes 2004).
4.1. Las revistas científicas
En la época encontramos una serie de revistas que se publican desde diversas instituciones. En la Universidad de Chile se editan los Anales de Universidad (1843), que desde fines del siglo XIX incorpora trabajos relacionados con arqueología, lingüística, folclore y etnología. En 1957 se crea el Boletín del Centro de Estudios Antropológicos (1957-1963)7, órgano difusor de los conocimientos de dicho centro. Con posterioridad, se publica Antropología -Nueva Época- (1963-1967)8, mientras que en la sección de arqueología del Departamento de Historia se inició la publicación del Boletín de Prehistoria (1968-1983). El Instituto de Investigaciones Folclóricas, dependiente de la Facultad de Bellas Artes, publicó desde 1943 los Archivos del Folclore Chileno, transformándose posteriormente en la Revista Musical Chilena (1948). Por último, podemos mencionar el Boletín de Filología (1934) dependiente del Departamento de Filología.
El Centro de Estudios de Antropología y Arqueología de la Universidad de Concepción publicó cuatro números de la revista Rehue entre 1968 y 1972, incluyendo resultados de investigaciones etnográficas y arqueológicas, así como, reflexiones teóricas. De igual manera, se constata la presencia de artículos sobre gramática mapuche en la revista Lingüística Aplicada (1963), editada por la Facultad de Humanidades y Artes de la misma universidad.
Por otra parte, destacan los Anales de la Academia Chilena de Ciencias Naturales, publicación que entre 1926 y 1968 fue editada por la Pontificia Universidad Católica de Chile bajo el título de Revista Universitaria, centrándose mayoritariamente en trabajos arqueológicos. De igual manera, en dicha casa de estudios se crea la revista Cuadernos de la Realidad Nacional (1970-1973), dedicada a la publicación de trabajos sobre cosmovisión mapuche y reflexiones sobre política referidas al “problema indígena”, la revista Historia (1961) junto a los Anales de la Facultad de Filosofía y Ciencia de la Educación (1940), las que dedican trabajos sobre estructura social desde aproximaciones de corte etnohistórico.
También podemos destacar el caso de revistas con doble filiación institucional, entre ellas, Chungará (1972), creada al alero del Departamento de Antropología de la Universidad del Norte y el Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, fundado en 1959 por Percy Dauelsberg y el “Grupo de Arica” (Pavez 2015: 476)9, siendo publicada ininterrumpidamente hasta la actualidad por la Universidad de Tarapacá (Santoro y Standen 2012). Desde 1973 hasta el presente, se publica Estudios Atacameños por el Instituto de Arqueología y Antropología de la Universidad Católica del Norte y el Museo de San Pedro de Atacama, fundado por Gustavo Le Paige. Esta revista continúa el legado de los Anales de la Universidad del Norte, siendo el órgano difusor de los trabajos del Museo Arqueológico de San Pedro de Atacama entre 1961 y 1968.
Destacan las publicaciones de museos y sociedades científicas. Entre ellas, el Boletín del Museo Regional de Arica (Orellana 1996), que desde 1959 edita seis números; el Museo Arqueológico de La Serena editó desde 1945 las Publicaciones del Museo y Sociedad Arqueológica de La Serena, con el objetivo de comunicar resultados de investigaciones sobre poblaciones del norte del país; el Museo de Historia Natural de Valparaíso que crea en 1968 los Anales del Museo de Historia Natural de Valparaíso y el Museo Nacional de Historia Natural que mantiene su Boletín del Museo Nacional de Historia Natural, cuyo origen se remonta a 1830. En el caso del Instituto y Museo de la Patagonia, los resultados de sus investigaciones son difundidos en Anales del Instituto de la Patagonia desde 1970, teniendo un enfoque hacia la arqueología, antropología física e historia de la colonización de Tierra del Fuego y Antártica.
Entre las sociedades científicas destacamos para el periodo la Revista Chilena de Historia Natural (1878), los Anales de la Sociedad Biológica de Concepción (1927), la Revista Chilena de Historia y Geografía (1911) y el Boletín de La Academia Chilena de la Historia (1933).
5. Resultados
Los artículos científicos recopilados entre 1954 y 1973 hacen posible delinear la morfología del campo de investigación en antropología, siendo analizados a partir de tres dimensiones: áreas de conocimiento, temáticas e investigadores.
5.1. El volumen de la producción en revistas especializadas
Se ha constatado que el 54% de la producción científica recopilada fue publicada en revistas especializadas y/o vinculadas a instituciones que se definen como antropológicas

Lo que resulta de interés es el 46% de artículos publicados en revistas que cultivan distintas áreas de conocimiento (adscritas a las ciencias naturales, sociales y humanidades), dando cuenta de una circulación del saber y el cruce de las fronteras disciplinarias en el espacio científico.

El mayor número de la producción se encuentra en la Revista Universitaria y el Boletín del Centro de Estudios Antropológicos, editadas desde planteles universitarios. Algunos de los editores de revistas vinculadas a espacios de producción no disciplinarios resultan ser personas que se desenvuelven particularmente en el campo de la arqueología, nos referimos a Hans Niemeyer (Revista Universitaria), Grete Mostny (Boletín del MNHN), Roberto Gajardo Tobar (Anales del MHNV) y Omar Ortiz Troncoso (parte del comité editorial de los Anales del Instituto de la Patagonia).
Respecto a la distribución de las publicaciones en el periodo, como antecedente, el trabajo de Mora (2016) constató que desde la década de 1930 se produjo un declive en la producción de artículos en ciencias antropológicas, asociado al cierre de instituciones y secciones en sociedades científicas, lo que estuvo acompañado por un giro hacia la especialización de campos de conocimiento y disciplinas. Desde el año indicado y hasta la década de 1950, se observa un claro predominio de artículos que versaban sobre prehistoria y arqueología, áreas que continúan su desarrollo en el Museo Nacional de Historia Natural bajo la dirección de Ricardo Latcham (1928-1943), Ernesto Gigoux (1943-1948), Humberto Fuenzalida (1948-1964) y Grete Mostny (1964-1982).

A partir de 1956 las publicaciones experimentan un aumento progresivo aun cuando fluctuante, con un alza significativa en 1957, la que coincide con el descubrimiento de la momia del Cerro El Plomo, con 10 publicaciones asociadas (2,5% de la producción total) clasificables en las categorías: arqueología y antropología física10. Además, encontramos trabajos referidos a análisis antropométricos y arqueológicos en torno a las colecciones recopiladas por Max Uhle y reunidas en el Museo Histórico Nacional, así como otras referidas al arte rupestre y sistematizaciones de excavaciones realizadas en el norte chico del país.
Otro aumento se registra en el año 1964 (34 publicaciones), destacando trabajos descriptivos e interpretativos sobre material lítico, alfarería, textiles y sistemas de producción. Se evidencia un importante incremento en áreas como la antropología cultural, a partir del primer número de la revista Antropología (Nueva Época), el que versan sobre costumbres y creencias, estratificación social y cambio cultural11, particularmente referidas a poblaciones situadas en la zona sur del país. Para los años 1969 y 1973, se produce un aumento en la producción científica a partir de la publicación de las actas del quinto congreso nacional de arqueología desarrollado en La Serena (1967), publicada en la revista Rehue. Por otra parte, el año 1973 presenta el mayor número de artículos (49), coincidiendo con publicación las actas del sexto congreso nacional de arqueología realizado en Santiago (1971) en el Boletín de Prehistoria, así como, los primeros números de Chungará (1972-1973) y Estudios Atacameños (1973), ambas revistas especializadas en temáticas antropológicas y arqueológicas12.
En el periodo de estudio, y a partir de los años ´60, se produce proceso de cambios estructurales, el que experimentaron algunas universidades nacionales desde el año 1967, cuya crisis de tipo “constructivo” (Orellana 1996), trajo efectos en la reorganización de las instituciones, tales como, la supresión o integración de los centros de investigación, unidades que pasarán a conformar los departamentos y programas de licenciatura en antropología a partir de comienzos de la década de 1970. Para el caso de la Universidad de Concepción, la reforma universitaria impulsó una serie de cambios, uno de ellos fue la división del Centro de Estudios Antropológicos y Arqueológicos y, a partir de ello, la creación de los Departamento de Antropología Cultural y el Departamento de Arqueología y Prehistoria, lo que incluyó una reforma en el plan de estudios y la incorporación de especialistas en el área de arqueología (Garbulsky 1998).
5.2. La estructura del campo en los estudios antropológicos
5.2.1.Áreas de conocimiento
Como se ha señalado, hemos definido seis áreas de conocimiento considerando la estandarización conceptual que da origen a la nomenclatura utilizada en el país desde mediados del siglo XX (Munizaga 1974). De esta manera, las áreas presentes en la producción científica se distribuyen como muestra la imagen N°2:

Se expresa el dominio de arqueología, con 274 artículos, lo que corresponde al 68% del periodo. Estas se concentran en la Revista Universitaria (46 trabajos, 17%); Publicaciones del Museo Arqueológico de la Serena (42 trabajos, 15%) y en el Boletín de Prehistoria (33 trabajos, 12%). La segunda mayor distribución corresponde al área antropología física, con 48 artículos (12%), publicados mayoritariamente destacando el Boletín del Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad de Chile –volúmenes denominados “Antropología Física” (14 trabajos, 29%) y Revista Universitaria (9 trabajos, 19%). El área cultural registra el tercer mayor volumen, con 34 artículos (8%), publicados en Boletín del Centro de Estudios Antropológicosde la Universidad de Chile (7 trabajos, 21%), Revista Universitaria (6 trabajos, 18%) y Antropología(Nueva Época) (5 trabajos, 15%). En el área de Etnohistoria encontramos 19 artículos (5%) difundidos en Boletín de la Academia Chilena de la Historia (4 trabajos, 21%) y en la Revista Chilena de Historia y Geografía (3 trabajos, 16%). El área social presenta 15 artículos (4%) distribuidos en la revista Rehue (4 trabajos, 27%), Boletín del Centro de Estudios Antropológicos (3 trabajos, 20%) y Antropología (Nueva Época) (3 trabajos, 20%). Finalmente, Lingüística concentra 12 artículos (3%) en las revistas Estudios Filológicos (4 trabajos, 33%) y Publicaciones del Museo y Sociedad Arqueológica de La Serena (3 trabajos, 25%)13.
La producción arqueológica marca la tendencia en este periodo, cuyo impulso proviene de una serie de investigaciones efectuadas particularmente en el norte del país (174 publicaciones). El peso institucional que adquiere esta área permitió la realización de cursos y seminarios -particularmente en la Universidad de Chile- los que contaron con la presencia de intelectuales extranjeros, tales como, Oswald Menghin, José Emperaire, Annette Laming, Paul Rivet y William Mulloy; la creación de la mención en Prehistoria de la Licenciatura en Filosofía en dicha casa de estudios (1968) y el Departamento de Antropología en la Universidad del Norte, sede Arica (1971), además de la conformación de la Sociedad Chilena de Arqueología (1963)y la organización de seis congresos nacionales entre 1961 y 1971, además del Primer Congreso del Hombre Andino (1973) (Orellana 1996).
Desde 1950 y hasta comienzos de 1970, se discute sobre el quehacer disciplinar, acerca de los fundamentos histórico-culturales del “ordenamiento cronológico, espacial y cultural de la prehistoria de Chile y de los grupos indígenas que habitaban el territorio” (Troncoso, Salazar y Jackson 2008: 125), a lo que se suma debates teóricos y técnicos asociados a la excavación conforme las nuevas perspectivas de la época: estructuralistas, funcionalismo, ecología cultural, arqueología procesual y materialismo histórico (Troncoso, Salazar y Jackson 2008; Orellana 1996), dejando en evidencia la existencia de condiciones para la profesionalización de la arqueología.
El caso del área cultural, predominan las investigaciones con base de trabajo de campo en torno a temas como tradición (38%), cambio sociocultural (12%) y cosmovisión (8%), mientras que, para la social, se identifican artículos relativos a las relaciones sociales (47%) y socialización (13%), mayoritariamente concentrados en la zona sur de Chile (50% en el caso de cultural y 40% para social). De igual manera, en este periodo se evidencia la presencia de investigaciones sobre poblaciones no indígenas, situadas en comunidades campesinas e instituciones psiquiátricas, además de la de trabajos que reflexionan sobre el quehacer de la antropología y el posicionamiento ético-político de sus integrantes en relación a problemáticas sociales. Esta variabilidad y aparición de nuevas áreas y objetos pueden ser ilustrativas del fenómeno global denominado “vuelta a casa de la antropología” (Peirano 1998), desplazando el foco desde la “otredad radical” hacia la realización de estudios relativos a la “alteridad próxima”, poniendo énfasis sobre grupos y fenómenos que se sitúan en el contexto urbano, marcando el inicio de estos estudios en el país.

Tal como señalamos, el predominio de la producción en arqueología define la forma que adquieren los estudios antropológicos en Chile, manteniendo esta tendencia pese al declive experimentado en el año 1965.
5.2.2. Líneas temáticas en la producción
Mediante el examen de los conceptos presentes en los títulos y su clasificación conforme al contenido de los artículos, se identificaron un total de 32 temas.

Como se advierte en la tabla N° 4, a través de las líneas temáticas podemos constatar que la mayor diversidad se presenta en los estudios arqueológicos (11 temas), destacando las investigaciones sobre sistemas tecnológicos (trabajos de descripción o interpretación sobre infraestructura), síntesis (trabajos integrales que consideran distintas dimensiones de análisis) e trabajo de campo (publicaciones que exponen hallazgos sobre sitios arqueológicos). Otros temas tratan sobre arquitectura (trabajos sobre morfología, técnica y usos de diversas formas de infraestructura), reflexiones teórico-metodológicas (trabajos conceptuales y metodológicos sobre el quehacer de la arqueología), sistemas de producción (formas de obtención y manufacturación de recursos naturales para uso económico y social), ritual (artículos que vincula el trabajo arqueológico con la interpretación de los contextos ritual y cosmovisional), cronología (propuestas de ordenamiento temporal de asentamientos humanos), arte rupestre (descripciones sobre representaciones gráficas) y arte (trabajos sobre el diseño y las características de los objetos ornamentales y materiales).
Por otra parte, el área antropología física registra 48 artículos, los que presentan una menor diversidad temática (3 temas), destacando trabajos antropométricos (mediciones relativas al cuerpo humano, particularmente sobre restos para efectos de clasificación y comparación) y fisiológicos y somatológicas (estructura y funcionamiento de órganos que componen el cuerpo humano) y estudios sanguíneos. En concordancia con la tendencia observada durante el periodo de estudio, las investigaciones arqueológicas y físicas son las áreas que exhiben el mayor volumen en la producción, lo que es reflejo del lugar que poseen a nivel institucional tanto en el espacio universitario como en entidades asociadas a estas materias, en particular los museos.
Para el caso del área cultural se registran 9 temas, los que tratan sobre tradiciones (estudios de las costumbres y creencias que permiten establecer particularidades entre grupos humanos) los que concentran 13 artículos.
5.2.3. Los autores en la producción de artículos.
El corpus total de la producción científica catastrada, nos permitió identificar un listado que incluye a 177 autores vinculados a las áreas de conocimiento anteriormente descritas.

Es posible observar que el trabajo arqueológico constituye una especialidad que define el quehacer de un número considerable de investigadores. De igual manera, se identifica un número de 14 investigadores que publican en dos o más áreas de conocimiento.

Si bien, se manifiesta una tendencia a la publicación en solitario, este periodo comienza a emerger la coautoría como forma de transmitir el trabajo colaborativo, fenómeno que no se advierte en el período entre 1860-1954 (Mora 2016).
Un hallazgo importante para el periodo es el aumento en el número de mujeres autoras de artículos científicos. Mientras que en el periodo 1860-1954 se registran tres autoras (Mora 2016)14, desde la segunda mitad del siglo XX se identifican un total de 17, quienes publican un total de 49 artículos.

Entre aquellas con mayor producción podemos mencionar a Grete Mostny (10), Mary Frances Ericksen (10), Ingeborg Lindberg (5) y María Ester Grebe (4)15.

Entre los tres autores con mayor cantidad de artículos publicados son Jorge Iribarren Charlin (35) –Museo y Sociedad Arqueológica de La Serena, Hans Niemeyer Fernández (25) –Dirección de Aguas del Ministerio de Obras Públicas, Museo y Sociedad Arqueológica de La Serena, Universidad de Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile- y Carlos Munizaga Aguirre (20) -Universidad de Chile-.
Seis de los autores que más publican registran publicaciones solo en el área de arqueología, exceptuando a Carlos Munizaga (arqueología, social y cultural), Grete Mostny (arqueología y etnohistoria), Gustavo Le Paige (arqueología y antropología física), Juan Munizaga y Mary Frances Ericksen (área antropología física), mientras que ninguno de ellos registra publicaciones en el área lingüística. Dichos investigadores concentran un total de 172 publicaciones, lo que equivale a un 42,8% del total en el periodo estudiado.
Desde el punto de vista de la especialización, encontramos un grupo de investigadores que sólo concentran sus aportes en el área de arqueología, Jorge Iribarren, Hans Niemeyer, Dillman Bullock, Mario Orellana, Lautaro Núñez y Omar Ortiz. Entre estos investigadores, 6 concentran parte importante de sus trabajos en la zona norte del país, exceptuando a Dillman Bullock y Omar Ortiz con desarrollos en la zona sur y extremo sur de Chile.
Las publicaciones de Juan Munizaga, Mary Frances Ericksen, Luis Sandoval y Carlos Henckel, versan en su totalidad acerca de estudios de antropología física. En el caso de Munizaga, sus artículos incorporan temas referidos a la paleopatología humana, deformaciones cefálicas, cráneos de paredes gruesas y variaciones discontinuas de poblaciones de la zona central y norte; Ericksen desarrolla trabajos de análisis antropométrico de restos óseos del norte chico; Sandoval pública sobre somatología y antropometría entre diversas poblaciones, y finalmente, Henckel publica artículos acerca de la fisiología y antropométrica de los mapuche, así como, observaciones sobre cráneos de San Pedro de Atacama e Isla Mocha, pertenecientes a las colecciones legadas por el Dr. Luis Vergara Flores (1867-1909).
Para etnohistoria, es Horacio Zapater quien concentra mayor cantidad de publicaciones en revistas (5 trabajos), asociadas a la Universidad de Chile (Notas del Centro de Estudios Antropológicos, Anales de la Universidad de Chile y el Boletín de Prehistoria) y Pontificia Universidad Católica de Chile (Anales de la Facultad de Ciencias de la Educación). Los artículos tratan sobre temas etnológicos y el trabajo misional, las supervivencias de las costumbres y creencias entre los araucanos y la orientación indigenista del estado español a partir de la revisión e interpretación de la obra de cronistas.
Por último, en el caso de lingüística es León Strube quien publica la mayor cantidad de trabajos (3 artículos) sobre la toponimia indígena del norte de Chile, en su totalidad difundidas a través de las Publicaciones del Museo y Sociedad Arqueológica de La Serena.
Por otro lado, podemos destacar el caso de investigadores que aportan a distintas áreas del conocimiento, representando lo que Dogan y Pahre (1993) llaman “investigadores híbridos”, es decir, quienes a través de su ejercicio “...trabajan en la intersección de dos o varias disciplinas” (1993: 201), las que pueden convertirse en una nueva especialidad. En esta dirección, relevamos los aportes de Carlos Munizaga y Hugo Gunckel. El primero publicó trabajos sobre la arqueología de la zona norte del país (1957-1961), así como, en temáticas culturales y sociales desde inicios de la década de 1960, en particular referidas a las costumbres y creencias, salud, instituciones psiquiátricas de la capital, aculturación, cambio social y núcleos rurales de la zona central. Destacamos el artículo de Munizaga “Estructuras transicionales en la migración de los araucanos de hoy a la ciudad de Santiago de Chile” (1961), que utiliza como referentes discusiones contemporáneas con marcos provenientes desde la escuela social británica, los que aplica al análisis del cambio social y adaptación del mapuche migrante en contextos urbanos. Por otro lado, Gunckel publicó en las áreas de arqueología, etnohistoria, cultural y lingüística ubicadas en diversas zonas del país, en específico sobre la identificación de restos vegetales en contextos de enterratorios, la influencia incaica en Chile, el mito del agua en pueblos indígenas de América, y particularmente entre el pueblo mapuche y la fitonimia atacameña.
Otros autores, con un fuerte anclaje en el trabajo arqueológico, publican artículos sobre otras áreas de conocimiento; nos referimos a Grete Mostny y Gustavo Le Paige, cuyos artículos están en el área de la etnohistoria y antropología física respectivamente. Si bien existe una narrativa que define a la antropología como una ciencia de carácter generalista e integral -idea vinculada a la influencia del modelo boasiano-, lo que evidencia la práctica de investigación que se ve reflejada en las publicaciones, permite sostener que este constituye un campo especializado centrado principalmente en el trabajo arqueológico, cuestión que puede ser presentada como una marca estilística para la antropología del periodo. En este sentido, el abordaje integral es puesto en práctica por autores como Carlos Munizaga, quien se desenvuelve en distintas áreas del conocimiento.
6. Palabras Finales
La profesionalización resulta un criterio indicativo de la robustez disciplinaria (Vinck 2015; Ben-David 1971). Nuestro interés ha sido precisamente indagar sobre este periodo, fijando como límite el golpe de estado de 1973 que, desde el punto de vista de varios investigadores, produjo un quiebre abrupto de un proceso de consolidación institucional que ofrecía condiciones óptimas para el trabajo científico (Bengoa 2014; Castro 2014; Skewes 2004; Orellana 1996).
A partir del análisis hemos podido constatar que el conocimiento antropológico generado en el periodo de institucionalización académica de la antropología, da cuenta de la especialización en el trabajo científico, fracturando el modelo de “ciencia integral” o de “antropología general”, el que se adscribe al discurso formativo, no así, a la práctica de los investigadores. Por otro lado, la diversidad temática encontrada resulta concordante con el movimiento de fisión que experimenta la antropología en la escena global, evidenciándose en diversificación, interrelación y fragmentación que tributa en la aparición de las antropologías de adjetivo (Stocking 2002). Ello se expresa en el desarrollo de nuevas temáticas.
Por otro lado, podemos destacar que las revistas pertenecientes a distintas instituciones situadas en variados campos de conocimiento, permiten el tránsito del saber elaborado por sujetos con adscripciones formativas y líneas temáticas diversas, cuestión que favorece el intercambio y flujo de ideas, más allá de la demarcación de una disciplina específica, posibilitando el trabajo interdisciplinario en el ámbito de las humanidades, ciencias sociales o ciencias naturales.
En tal dirección, se podría plantear que la producción antropológica expresa la consolidación de esta ciencia como un dominio especializado que, sin embargo, cohabita junto a otros saberes.
También podemos destacar la especialización de investigadores, estando situados en su mayoría en el área de la arqueología, Sin embargo, encontramos autores que se sitúan en dos o más áreas de conocimiento, podemos destacar a Carlos Munizaga, quien fuera estudiante de medicina y egresado en derecho y que, al insertarse como ayudante en el Centro de Estudios Antropológicos, comienza a realizar investigaciones que combinan trabajos en el área de la arqueología y la antropología cultural. Luego de finalizar los estudios de posgrado en sociología en la FLACSO, contribuye notablemente al área de la antropología social, incluso llegando a ser reconocido como uno de sus fundadores en el país.
La publicación de artículos no obedece plenamente a demarcaciones de tipo disciplinario, sino que en algunos casos guardan relación con las trayectorias de los autores, sus preocupaciones intelectuales, su formación inicial, adscripciones institucionales, redes establecidas, zonas geográficas y/o posibilidades de publicación entregadas por revistas para la difusión de los trabajos.
A la luz de los antecedentes analizados -y a diferencia de lo que ocurre en países tales como, México, Colombia y Argentina durante el periodo-, los artículos que presentan reflexiones sobre los fenómenos sociales y transformaciones políticas constituyen solo un pequeño porcentaje, lo que permite discutir la idea de una antropología chilena como “comprometida” en tanto elaborada desde América Latina (Jimeno 2005). Aunque no son centrales, figuran en menor medida la producción sobre el rol de la antropología y arqueología, entre ellas, las que plantean el rol práctico del antropólogo en el diagnóstico y asesoramiento de políticas públicas (Dreyfus-Gamelon 1968), las que expresa un compromiso científico y político con los avatares que experimenta la sociedad chilena y latinoamericana (Garbulsky 1972; Montané 1972; Aznar 1968), y las que sostienen un carácter “pluralista y crítico” de las teorías antropológicas (Orellana 1996). Mediante esta investigación, se ha podido evidenciar que, más allá de preocupaciones sociales, prima reforzar la idea de una orientación científica en la aproximación sobre los fenómenos sociales y culturales estudiados por las diversas áreas de conocimiento.
Para finalizar, pensamos que es necesario desarrollar iniciativas de investigación que problematicen sistemáticamente sobre el desarrollo de la antropología en Chile, a través de la profundización del análisis de la producción científica, como también, de las trayectorias particulares de investigadores, instituciones, tradiciones intelectuales y linajes teóricos presentes durante este periodo u otros. Consideramos que este tipo de estudios contribuyen a comprender la antropología más allá de las visiones totalizantes y experienciales, que pierden de vista la heterogeneidad interna y especificidades de su desarrollo en los distintos contextos nacionales e históricos en los que se desenvuelve.
7. Agradecimientos
Agradecemos a los académicos del Departamento de Antropología UC Temuco, Dr. Henrik Lindskoug y Dr. Alberto Pérez por sus comentarios y colaboración prestada durante el desarrollo de esta investigación.
Agradecimientos
Este artículo presenta algunos resultados en el marco del proyecto Fondecyt de Iniciación N° 11170461 “Modelos de representación en el discurso “científico especializado” de orientación antropológica sobre el otro indígena en artículos de circulación nacional hacia la primera mitad del siglo XX (1900 y 1945)” Conicyt, Chile.
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Notas