ARTÍCULOS

Haciendo territorio (in)seguro en medio de desastres socioambientales: significados del territorio y emociones en Chañaral, Chile*

Making (Un)Safe Territory in the Midst of Socio-Environmental Disasters: Territory Meanings and Emotions in Chañaral, Chile

Jacqueline Quintana-Muñoz
Universidad de Atacama, Chile

Haciendo territorio (in)seguro en medio de desastres socioambientales: significados del territorio y emociones en Chañaral, Chile*

Revista Austral de Ciencias Sociales, núm. 42, pp. 107-128, 2022

Universidad Austral de Chile

Recepción: 28 Marzo 2021

Aprobación: 23 Septiembre 2021

Financiamiento

Fuente: Financiado por la Universidad de Atacama

Nº de contrato: Proyecto 22357

Resumen: Los y las habitantes de Chañaral son parte de una localidad que vive un proceso de transformaciones del ordenamiento territorial, enmarcado en un contexto de extractivismo minero y desastres socioambientales. Este artículo analiza los significados del territorio desde la dimensión emocional con narrativas de apego al lugar y sus usos políticos, identificando tres principales categorías: territorio inseguro, historia épica y decadencia; y territorio-comunidad sacrificada. Se identificó cómo los y las actores sociales han construido una demanda territorial basada en el “derecho a quedarse en un territorio seguro” y en el “derecho a hacer territorio”.

Palabras clave: desastre socioambiental, territorio, significados, apego al lugar, emociones.

Abstract: The inhabitants of Chañaral are part of a city immersed in a process of transformation of the land organization in a context determined by mining extractivism and socioenvironmental disasters. This article analyses the social meanings of the territory from the emotional dimension through narratives of attachment towards place and their political use, and identifies three main categories: insecure territory, epic history and its decadence, and sacrificed territory and community. The article also identifies how social actors have built a territorial demand based on “the right to remain in a safe territory” and “the right to make territory”.

Keywords: Socio-environmental Disasters, Territory, Meanings, Place Attachment, Emotions.

1. Introducción

La ciudad de Chañaral se encuentra ubicada en la Región de Atacama en Chile (Figura 1); y en las últimas décadas su historia se ha visto marcada por diversos conflictos socioambientales. Una megaminería extractivista del cobre y sus relaves mineros golpearon a la ciudad desde 1938 y por un período de 52 años descargaron más de 300 millones de toneladas de relave en la Bahía de Chañaral (Cortés 2010). Además, la ciudad ha vivido múltiples aluviones en los años 1972, 2015 y 2017 con impactos catastróficos para la ciudad.

Ubicación de la ciudad de Chañaral y relave abandonado en la costa del lugar.
Figura 1.
Ubicación de la ciudad de Chañaral y relave abandonado en la costa del lugar.
Fuente: Elaborado en base a IDE Chile y Google Maps.

El extractivismo se posiciona sobre el territorio en base a intereses capitalistas, por sobre las necesidades comunitarias y sociales; las que requieren y significan el espacio y el territorio. Estos conflictos de interés, entre el extractivismo y la demanda de territorio, son las bases para los conflictos socioambientales, que visibilizan las luchas territoriales. Otro factor relevante en estos procesos de conflicto son las políticas de ordenamiento y planificación territorial, en conjunto con los instrumentos propios de estas herramientas. La constante priorización del extractivismo por sobre las demandas de espacio y territorio, originan conflictos territoriales donde la planificación permite situaciones entrecruzadas que son parte de los conflictos socioambientales, los que potencian las emociones adversas dentro del territorio y el sentido que los y las habitantes de Chañaral otorgan a su tierra.

Aunque se ha señalado que las emociones cumplen un rol importante en el éxito de la planificación urbana (Baum 2015; Hester 2014), la dimensión emocional/afectiva no ha sido recogida con suficiente fuerza en los estudios territoriales y urbanos latinoamericanos (Campos, Silva y Gaete 2017), particularmente en contextos de transformación espacial y cambio urbano (Berroeta et al. 2017; Colin 2017). Para el caso de desplazamiento por catástrofes socio-naturales, los indicadores institucionales suelen centrarse en la regeneración de infraestructura física, movilidad y participación cívica, abordando escuetamente la relación entre emociones y espacio (Lozoya 2018). Aun cuando es reconocido el valor de los vínculos afectivos en los procesos de relocalización o destrucción de hábitat, el análisis de estos, sus usos y sus definiciones son ambiguos y suelen englobarse someramente en los aspectos sociales de la relocalización (Berroeta et al. 2017).

Este artículo busca contribuir al campo de la planificación territorial, enmarcada en los significados emocionales otorgados al territorio por parte de actores sociales que están constantemente sometidos a la destrucción de su hábitat. En particular, el artículo dialoga desde lo emocional, proveniente de la psicología ambiental y la ecología política, ambos como elementos centrales de la investigación. Realizado a través de una investigación cualitativa sobre los significados que los y las habitantes de Chañaral otorgan a la comunidad y el territorio en relación con las políticas de ordenamiento territorial actual. La investigación se articula inicialmente con una descripción de la historia socioambiental de Chañaral; luego da cuenta de la metodología aplicada y el marco teórico de esta investigación. El análisis posterior se centra en tres figuras que emergieron desde el análisis del discurso, cada una asociada a distintas emociones y dimensiones de la construcción de apego al lugar: territorio inseguro, historia épica y decadencia; y territorio-comunidad sacrificada.

2. Metodología

La metodología aplicada correspondió a un paradigma de investigación cualitativo, interpretativo-hermenéutico, que parte con asumir que el mundo social está construido de significados y símbolos, por lo que, mediante técnicas discursivas, se busca acceder a esta construcción significante (Jiménez-Domínguez 2000). Desde la perspectiva metodológica se opta por la perspectiva narrativa con el objetivo de planear una ruta de construcción social de conocimientos científicos que surge de las propias voces de los y las entrevistados/as desde su experiencia. En este sentido en la investigación narrativa:

el significado que elaboran y ponen a jugar los actores sociales en su discursos, acciones e interacciones se convierte en el foco central de la investigación [lo que nos permitirá] aproximarnos a una más amplia comprensión de la actividad de los sujetos y la dinámica social en la que está inscrita y que da forma1

Con respecto al método, se utilizará el de casos, que el autor Eisenhardt (1989: 534) define como “una estrategia de investigación dirigida a comprender las dinámicas presentes en contextos singulares”. Se caracteriza por un proceso de búsqueda e indagación desde un análisis sistemático. La investigación se concentra en las emociones y significados que otorgan actoras y actores sociales del territorio de Chañaral. Se realizaron 10 entrevistas en profundidad a personas clave del movimiento socioambiental de Chañaral, quienes entregaron su consentimiento informado para ser parte del estudio. Las y los entrevistados de la localidad de Chañaral responden a personas que integran una ONG en defensa de medio ambiente denominado Chadenatur, que significa Chañaraliños Defensores de la Naturaleza, de carácter cultural, social y científica que promueve los derechos de la salud de la ciudadanía. Las entrevistas se realizaron entre mayo y diciembre del año 2018, se recurrió a técnicas de observación no participante y entrevista en profundidad. La muestra fue intencionada y no probabilística. Se utilizó además el mecanismo de “bola de nieve”, en el cual se identifican actores de interés a partir de referencias de otras personas. Se elaboró un guion temático centrado en identificar los significados y valoraciones respecto a la comunidad, el territorio y los dispositivos de planeamiento territorial en el contexto de cambio urbano y reestructuración de las políticas territoriales post desastre socioambiental en Chañaral. Las entrevistas fueron transcritas y luego analizadas mediante análisis del discurso y codificadas según categorías tales como: desastre socioambiental, significado del territorio, memoria e historia, apego y emociones. El proceso de codificación permitió descubrir y comprender los significados que los y las habitantes de Chañaral otorgan al territorio, desde sus emociones y memoria. Se trabaja luego en la generación de categorías y subcategorías que conforman una matriz de análisis que reúne temas y subtemas con respuestas asociadas a estas. Según San Martín (2014: 110):

la codificación abierta resulta un examen minucioso de los datos para identificar y conceptualizar los significados que el texto contiene. Los datos son segmentados, examinados y comparados en términos de sus similitudes y diferencias.

La caracterización de las entrevistas responde a conocedores y conocedoras de su localidad y territorio, que participaron activamente en el conflicto socioambiental y pertenecieron a algún tipo de organización social. A través del análisis del discurso se buscó comprender cómo el lenguaje fue usado, poniendo atención a los propósitos y las funciones de la lengua en uso (Brown y Yule 2001). Es en este proceso que la dimensión emocional emergió como un aspecto fundamental en la configuración de los procesos territoriales y de significación del territorio.

Al tratarse de una investigación cualitativa basada en entrevistas, el abordaje de la dimensión emocional se hace a partir de las narraciones entendidas como textos. No se trata de que “las emociones están en los materiales, sino de pensar más en lo que hacen los materiales, cómo trabajan a través de las emociones para generar efectos” (Ahmed 2004:39). A las que accedemos a través de las narraciones de actoras y actores sociales, al mismo tiempo que estas narraciones van (re)produciendo, poniendo en circulación y cimentando experiencias y emociones.

3. Chañaral: extractivismo minero, desastres socioambientales y planificación territorial

La ciudad de Chañaral se ubica en la zona desértica del norte de Chile en la región de Atacama, es la capital de la provincia de Chañaral, en el extremo sur del Desierto de Atacama. La ciudad tiene una población de 11.114 habitantes y sus actividades económicas principales son el puerto de carga minera, pesca artesanal y servicios terciarios. En el 2017 existían en la localidad un total de 4.284 viviendas, de estas solo el 60% posee una materialidad aceptable y el 72% posee acceso a agua potable desde la red pública2. Por otro lado, con información del Censo del año 2002 se estimó que, dentro de Chañaral, el 55% de la población pertenece a los tres deciles socioeconómicos más bajos y ninguna persona pertenecía al decil de clasificación socioeconómica más alto (Moya et al. 2019). En el mismo estudio se identificaron dos zonas de Chañaral en donde se concentran los y las habitantes de menores deciles socioeconómicos, los que corresponden al sector cerca del relave abandonado de la playa y las zonas periféricas de la ciudad (Moya et al. 2019).

Esta región se ha configurado como un centro de proyectos mineros, agroindustriales y energéticos, con un patrón de acumulación extractivista basado en la sobreexplotación de commodities y una economía de enclave que no se encadena con las redes productivas locales y regionales; y que, además, externaliza sus costos y diversos daños en la población local (Svampa 2013). Debido a los efectos negativos de la economía extractivista, el área se ha convertido en una gran zona de sacrificio socioambiental, con un alto y, muchas veces, irreversible impacto en el medioambiente, en la salud y la calidad de vida de la población (Mora, Duarte y Rodríguez 2017; Yohannessen et al. 2015).

En los últimos años Chañaral también ha sido afectado por desastres socioambientales de carácter meteorológico, como aluviones, desbordes de ríos y sequías, situación que ha reconfigurado el ambiente con estos nuevos riesgos emergentes asociados al cambio climático y, a la vez, acentuando las vulnerabilidades preexistentes en la ciudad (Astudillo y Sandoval 2019).

Las intensas lluvias ocurridas en la región de Atacama el 25 de marzo de 2015, a causa de un inesperado fenómeno climático de mal tiempo, produjeron una serie de aluviones y desbordes de ríos que afectaron a distintas localidades. Fue una de las mayores catástrofes registradas en la zona en las últimas décadas, por lo que se decretó Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe y alerta sanitaria en toda la región. Se contabilizaron 22 personas fallecidas, 2.000 viviendas destruidas y 5.000 con daño mayor3. Dos años después, el 12 de mayo de 2017, se registró otro evento meteorológico que produjo inundaciones y desbordes de los ríos Salado y Copiapó. Aunque el evento fue de menor extensión que el de 2015, 1.371 personas quedaron en albergues; todo el suceso dentro de un contexto en que todavía se encontraban pendientes los procesos de reconstrucción habitacional y diseño de mitigación de la catástrofe del año 2015 (Astudillo y Sandoval 2019). En ese momento el Plan de Reconstrucción de Atacama sólo llevaba un 40% de avance4.

Chañaral, golpeado en la actualidad por los aluviones, se construye además en una trama de vulnerabilidad socioambiental. La ciudad posee una grave historia de contaminación ambiental, producto de la megaminería del cobre durante el siglo XX. Por lo tanto, si bien el proceso actual de reordenamiento territorial tiene que ver con medidas de recuperación post aluviones, éste no puede desligarse de la contaminación de la industria minera. Cabe destacar que los conflictos socio territoriales no son necesariamente socioambientales, desarrollándose en torno a demandas locales vinculadas a la exigibilidad de derechos, mayor participación social e interpelación al Estado por ausencia o carencia de servicios, donde se ponen en disputa distintas visiones sobre el territorio y el control de los recursos (De la Maza, Thayer Correa y Gaete 2015). Sin embargo, en Chañaral, ambas dimensiones se entrelazan y, aunque no todos los y las actores son parte explícita de la lucha socioambiental, la dimensión ambiental opera como telón de fondo a distintas demandas sociales.

La historia de la Gran Minería del Cobre en Chañaral ha estado ligada a los establecimientos mineros de Potrerillos y El Salvador. Entre 1938 y 1990, 350 millones de toneladas de relaves tóxicos5 fueron vertidas en el cauce del río Salado y en el Océano Pacífico, primero por la empresa de capital extranjero Andes Copper (1938-1971) y después, luego de la nacionalización del cobre en 1971, por CODELCO-Chile (Cortés 2010). Esto causó cambios en la geomorfología de la costa, como también el embancamiento del puerto, el retroceso del mar, la solidificación de la bahía, la disminución y desaparición de numerosas especies marinas y costeras, así como serios problemas de salud de los y las trabajadores y habitantes de Chañaral (Vergara, 2011). Vergara (2011), además señala que la nacionalización de la industria minera no significó un quiebre en el modelo de explotación extractivista y sus efectos socioambientales. Incluso, los problemas medioambientales fueron tempranamente denunciados por la comunidad, aunque recién a fines del siglo XX fueron reconocidos por el Estado.

Frente a la negativa de CODELCO para encarar el problema y la pasividad del Estado, la comunidad se organizó en distintas instancias y llevó a cabo diversas formas de protesta. En los 80, se formó el Comité Cuidado por la Defensa del Medio Ambiente y el Desarrollo de Chañaral y, a fines de los 80, con el apoyo de 1200 personas de la ciudad, interpusieron una demanda y recurso de protección contra CODELCO-Chile, División El Salvador y se denunció también la responsabilidad del Estado por su poco compromiso en preservar el medio ambiente. La Corte Suprema ordenó a Codelco en 1988 suspender inmediatamente el vertido de relaves en el río y el mar y la construcción de tanques de tratamiento de relaves. Sin embargo, el veredicto no consideró medidas de reparación para los habitantes y su calidad de vida6.

Creo que nosotros los chañaralinos somos muy permisivos, primero que nada hemos permitido que nos pasen a llevar, imagínate más de 6 décadas CODELCO Chile nos vació sus relaves y lo permitimos y adorábamos nuestra playa, y por desconocimiento (...) cuando la playa es una fuente de relaves y lo permitimos y seguimos permitiendo cosas como el ordenamiento territorial , donde no tenemos una real participación, entonces creo que nuestra cultura es ser demasiado permisivos y esperar que todo lo solucionen los demás. Tú puedes hablar con mucha gente, pero te dicen “no ya no tenemos nada que hacer no, no”, pero seguimos acá y nadie quiere hacer un cambio y cuando quieres hacer un cambio te conviertes en un polémico, te estigmatizan (Entrevistada 1).

El fallo judicial fue sólo el comienzo de un complejo, poco exitoso y largo proceso de descontaminación de la zona y de una rehabilitación del ecosistema tanto de la bahía, como del puerto. De hecho, los efectos tóxicos de la industria minera siguen generando graves problemas de salud en las personas, cuestión que está adquiriendo cada vez mayor visibilidad mediática. La demanda por salud es un elemento clave en la actual organización social de Chañaral.

(...) se detectó arsénico en la orina en 181 niños y en el caso de plomo en la sangre se detectaron 30 que más tarde por una contra muestra en el Instituto de Salud Pública se determinó que eran 6, sin embargo, en el caso del plomo lo que dice la literatura médica es que los chicos o cualquier persona no debería tener plomo, deberían tener cero en la sangre; sin embargo, todos los niños tenían plomo (Entrevistado 2)

El aluvión de 2015 causó una drástica erosión del relave abandonado en la bahía por la industria minera, removiendo los sedimentos tóxicos vertidos y permitiendo su transporte por acción del viento, desde la playa hacia la ciudad; y, al mismo tiempo que los contaminantes filtren hacia las napas subterráneas afectando a la cuenca hidrográfica interior de la zona (Gónzalez 2018; Vargas 2016).

Las consecuencias para la población local se ven extremadas en situaciones de escasa planificación territorial. Para el caso de Chañaral, el actual plan regulador comunal no considera un área restrictiva a las actividades sobre el relave de la bahía de Chañaral, tampoco considera áreas no residenciales en los sectores afectados por los aluviones o por potenciales tsunamis (Figura 2). Tanto el riesgo tóxico como las pocas e ineficientes medidas tomadas, contribuyen significativamente a generar incertidumbres, desconcierto y resignación para quienes habitan este territorio, produciendo padecimientos cotidianos y sufrimiento ambiental (González 2021).

Panel de imágenes con (a) Plan Regulador Comunal de Chañaral, (b) área potencial de inundación por Tsunami, (c) área del relave y (d) área aluvionada en 2015.
Figura 2.
Panel de imágenes con (a) Plan Regulador Comunal de Chañaral, (b) área potencial de inundación por Tsunami, (c) área del relave y (d) área aluvionada en 2015.
Fuente: Elaboración propia en base a información de IDE Chile y Google Maps

Otro concepto relevante refiere a la justicia espacial como una forma de pensar la espacialidad. Soja (2014 Cit. en Toscana 2017) define la justicia espacial como un interés intencional por conocer y solucionar las manifestaciones espaciales de la justicia, la distribución equitativa del espacio y sus recursos y las oportunidades para acceder a estos. Es así como los cuerpos y la ética del cuidado genera un rol preponderante en las mujeres resistentes en zonas extractivistas y su vinculación con los bienes comunes y resguardo de los derechos de la naturaleza, que -en su mayoría- se ve en desmedro respecto al propio sistema económico que invisibiliza prácticas del bien-común y organización al interior de los territorios. Vega, Martinez-Bujan y Paredes (2018) afirman que:

la necesidad de considerar como la atención a las personas se entiende con la alimentación, la vivienda, la salud, el agua, la tierra, el espacio habitado y la socialización con todas las consideraciones materiales que hacen viable la atención (2018: 16)

A partir de la expansión neoliberal comenzada en los 70, el crecimiento del capitalismo por desposesión (Harvey 2005) y la multiplicación de las formas de despojo y lugares de vida, ha implicado nuevas formas de distribución desigual de la enfermedad y la muerte tanto a nivel global, como dentro de distintas escalas. Esto se deriva del poder del capital global neoliberal, a nivel macro político, para ordenar el territorio en una geografía desigual más allá de las particularidades ecológicas y físicas (Porto-Gonçalvez 2002; Santos 1993). En ese sentido, tal como reflexiona Porto-Gonçalvez (2009) hay que reconsiderar críticamente la idea de desigualdades “naturales” de ciertos territorios, para comprender a favor de qué poderes el territorio se ordena de manera desigual.

El territorio es espacio socialmente producido y apropiado, “se configura al mismo tiempo como materialidad, continente de producciones socioculturales y proceso de semantización” (Molina 2018: 6). Porto-Gonçalvez (2002) pone énfasis en los procesos de apropiación-territorialización subjetivas-colectivas que hacen al territorio y la construcción de territorialidades como identidades que, al ser históricas, son dinámicas y cambiantes. Los lugares son aquellos espacios vividos por las comunidades que lo habitan cotidianamente en lo local y el punto de articulación entre los vínculos identitarios y afectivos con las oportunidades de uso y transformación de los territorios (Molina 2018). Manzo y Perkins (2006) enfatizan en cómo el proceso de semantización de los lugares ocurre a través de una acumulación constante de experiencias y emociones.

En este sentido, la geografía crítica ha desarrollado un interés en las emociones a través del giro afectivo en geografía o la geografía emocional anglosajona (Davidson, Bondi y Smith 2007). Esta última comprende la emoción7 como experiencia y como concepto, como mediación entre las personas con los lugares y como una articulación más allá de un estado subjetivo interiorizado y privado (Lozoya 2018).

A su vez, desde la perspectiva de la psicología ambiental, Lewicka (2011) ha desarrollado el concepto de “apego al lugar”, referido a los vínculos socioafectivos que los sujetos establecen con los lugares que habitan y frecuentan, poniendo énfasis en los procesos de construcción de arraigo y pertenencia. Berroeta et al. (2017) han sistematizado un marco teórico para examinar los vínculos afectivos en los espacios urbanos a partir de la distinción de tres formas que se han definido desde la teoría por la forma en que se producen y viven los afectos al lugar. Según estos autores, una primera aproximación es la centrada en la afinidad emocional individual hacia los lugares, que se evalúa cuantitativamente a través de mediciones estandarizadas. La segunda, aborda el reconocimiento de la producción de significados sociales -intersubjetivos- desde los que se producen vínculos afectivos con el lugar. Esta perspectiva pone el foco en los significados colectivos, construidos a partir de marcos interpretativos compartidos, mediante los cuales los sujetos se apegan a los lugares. Dado que, en general, se trata de una propuesta teórica anclada en las premisas construccionistas discursivas, metodológicamente se abordan las prácticas lingüísticas a través de las que se crean, negocian y disputan descripciones y valoraciones de la relación entre personas y lugares (Berroeta et al. 2017). Cabe destacar que las estrategias discursivas y retóricas de construcción de relaciones con el entorno son variables y contingentes y, a su vez, tienen implicaciones sociales, morales y políticas (Bonaiuto y Bonnes 2000).

5. Análisis

En el análisis del discurso de los sujetos sociales de Chañaral se distinguió que el territorio es significado y vivido a través de distintas categorías que hemos agrupado en tres dimensiones narrativas: la de territorio inseguro, memorias articuladas en una retórica de épica y la decadencia, y el sacrificio como característica del territorio y la comunidad. El apego al lugar experimentado en torno a este territorio significado bajo estas narrativas incluye distintas emociones heterogéneas y articuladas de modos diversos: hay vínculos de amor, orgullo, añoranza, bienestar, alegría, así como también de aversión, miedo, tristeza, nostalgia, disgusto y ambivalencia.

5.1 Territorio inseguro

En primera instancia, al referirse a los aluviones, las/os entrevistadas/os tienden a dar explicaciones geomorfológicas y climáticas, pero bajo una lectura política de la vulnerabilidad y la exposición al riesgo generada desde el Estado nacional y local por una mala planificación territorial. En ese sentido, en las entrevistas puede observarse un desplazamiento desde lecturas meramente naturalistas referidas al cambio climático como elemento “natural”, la geología y la geografía física, en tanto factor de riesgo, hacia representaciones híbridas enfáticas en señalar las causas socio naturales y políticas del desastre (Astudillo y Sandoval 2019). Los aluviones y desbordes instalaron nuevas representaciones sociales en torno al riesgo, pues, al tratarse de una zona desértica, donde además el agua ha sido mercantilizada e hiperconsumida por las industrias mineras y agrícolas, en lo que Astudillo (2014) llama “acumulación por desposesión hídrica”, los aluviones tuvieron un profundo impacto simbólico –además de material- y remecieron el sentido común.

Al referirse a los aluviones y la exposición al riesgo generada por el manejo descuidado e irresponsable de la planificación territorial, las/os entrevistadas/os entrelazan el presente con la inoperancia del Estado para hacer frente a la contaminación producida por los relaves mineros durante el siglo XX. En ese sentido, insisten en señalar que esto no es nuevo, “llevamos demasiadas décadas de irresponsabilidad y desidia, a la geografía se le suma la política y la economía”.

Chañaral, como territorio, es significado y vivido como un territorio inseguro hipervisible e hiper presente en la vida cotidiana de las personas, a través de emociones como el miedo, la inseguridad, la impredecibilidad, la tristeza por la devastación. Al mismo tiempo, se lo reconoce como un territorio hermoso, lo que acrecienta la tristeza por su contaminación y daño. Para sus habitantes, el territorio de Chañaral es vivido como más dinámico que otros territorios, pues allí se conjugarían de forma particularmente intensas eventos naturales que impactan a las comunidades y comunidades que transforman este lugar para la explotación, cuyas modificaciones geográficas están a la vista de sus habitantes.

En ese sentido, los relatos remiten a las catástrofes socioambientales como hitos transformadores de la historia de Chañaral y de la relación de sus habitantes con el territorio. Estos hitos –maremoto de 1922, contaminación por los relaves mineros, y los aluviones de 1972, 2015 y 2017- adquieren significados para la comunidad en tanto marcadores de memoria cargados de emociones. En las narraciones de las/os entrevistadas/os, se señala cómo estos eventos generaron emociones como pánico y terror, a la vez que la necesidad de respeto a la fuerza de la naturaleza. Ésta emerge como figura pedagógica frente a la cual habría que aprender lecciones históricas. El miedo a la fuerza de la naturaleza se entrelaza con la crítica, la rabia y la decepción ante el rol que han tenido las distintas instancias gubernamentales y las empresas en provocar mayor riesgo a la población y al ecosistema. Lo que vuelve a Chañaral un territorio maldito en su inseguridad, es por tanto la mezcla de factores ambientales y geográficos con alteraciones producto de la actividad económica humana.

A través de nociones como territorio inseguro, zona de riesgo y riesgo latente, los habitantes de Chañaral dan cuenta de las emociones que viven cotidiana y generalizadamente en torno a su territorio y cómo se sienten en el medio de una relación de fuerza entre quienes planifican y ejecutan políticas públicas territoriales y económicas, desafiando a la naturaleza sin tener en cuenta los posibles efectos negativos para la comunidad humana y el ecosistema.

“Nadie se levanta en la mañana pensando que va a pasar algo o que le va a pasar algo a uno, que tiene que ver con la naturaleza, hasta que viene la cosa. Nadie se levanta pensando eso, uno siempre se levanta pensando en hacer su día cotidiano. Pero en Chañaral es distinto porque todos nos tenemos que levantar pensando en hacer el cotidiano dentro de este territorio inseguro, esta estructura territorial que está bastante afectada y en riesgo.”

“El riesgo latente (…) a pesar de tener un plan regulador que establecía dónde se podía o no construir, la gente construyó en lugares de riesgo, las autoridades lo permitieron. Tres poblaciones enteras desaparecieron en la cuenca del Salado … Fue un golpe para nuestra afectividad muy fuerte.”

Los eventos socioambientales, como el aluvión del 2015, muestran las falencias del actual ordenamiento territorial. Las/os habitantes identifican dos problemas: que el plan regulador actual es deficiente y está mal planificado; y que, además, no se aplica con rigor. Según los/as entrevistados/as, la adecuada planificación territorial ha emergido como demanda política de la ciudadanía, pues ésta constituye una forma de gestión del riesgo y un modo de lidiar con la impredecibilidad de la naturaleza. Frente a un territorio inseguro, el ordenamiento territorial debería tener como eje la seguridad. Ésta es comprendida más allá de solamente no poner en riesgo la vida humana, sino que refiere a la sostenibilidad de calidad de vida, la preservación del patrimonio natural y cultural y la posibilidad de proyectar un futuro que no se vea comprometido por la incertidumbre de que se está en riesgo y con temor permanente.

La seguridad de las personas por sobre todo es lo más importante para el ordenamiento territorial, lo más importante. Que se pudiese dar un garante de tranquilidad para vivir, si empieza a llover que no te empiece a palpitar el corazón porque en algún minuto se vienen las quebradas. Es un miedo permanente, entonces no hay paz, ¿cierto? Y eso te lo tienen que dar las autoridades (Entrevistado 2)

Según los y las actores entrevistados, la seguridad, la mitigación y la prevención deberían ser garantizadas por el Estado, a distintos niveles (nacional, regional y local), pero con el aporte de los saberes y perspectivas de la comunidad. Se recalca la necesidad de mayor participación ciudadana, donde se valoren los saberes de la comunidad y se realice mayor formación y donde se dé importancia a la multidisciplinariedad y a un equilibrio entre los saberes técnicos y los comunitarios. En ese sentido, la exigencia de participación ciudadana es una interpelación a la gobernanza del riesgo ingenieril-técnica (Astudillo y Sandoval 2019) donde se ponen en disputa diferencias entre la racionalidad técnica-burocrática de gestión política de riesgos, centrados en la exposición a la amenaza, y la de las comunidades, que reivindican su derecho al barrio y apego al lugar, donde no basta sólo con la reconstrucción material de casas y obras de mitigación, sino que se exige la recuperación de hábitats y lazos sociales.

Vivir en la inseguridad y la incertidumbre significa para los sujetos un constante trabajo emocional (Hochschild 1979) de gestión, manejo y reflexión sobre las emociones en un contexto en el que éstas tienen un valor de uso, tanto a nivel individual y familiar, como en procesos de organización y acción colectiva (Poma y Gravante 2018). En particular, en el contexto de Chañaral el miedo asociado al riesgo latente implica un trabajo emocional cotidiano para contrarrestarlo y para sobrellevar la impotencia. A su vez, estas emociones, junto con la rabia y la percepción de injusticia, pueden llegar a ser movilizadoras (Flam 2005), motivando la acción colectiva. Las emociones y la injusticia compartida son parte del proceso de constitución del “nosotros”.

Quienes participan activamente de organizaciones y movimientos sociales en Chañaral tienen que desplegar estrategias emocionales para contrarrestar situaciones y emociones que se vuelven desmovilizantes, apelando, por ejemplo, a la esperanza, a la responsabilidad generacional con el futuro y al deber. Este trabajo emocional debiese ser considerado en los procesos de recuperación post-desastre y en la planificación territorial. Ellas/os mismas/os exigen inclusión en las políticas territoriales, al mismo tiempo que un reconocimiento afectivo y efectivo a su labor, ya que han tenido que perseverar y esforzarse por continuar a pesar de la impotencia, el desgaste y el cansancio.

Entiendo que uno está en esta lucha porque hay que estar, para saber la verdad y para que la contaminación sea abordada para que permita mitigar o solucionar de forma importante, que no se vuelva a repetir, pero a veces no sé por qué me he mantenido durante tantos años tan porfiadamente tratando de sacar esto adelante, con todas las dificultades, que nada cambia… la frustración (Entrevistada 1).

5.2. Épica y decadencia: usos de la memoria

La historia de Chañaral, en relación con sus territorialidades, es narrada por sus habitantes como una historia de decadencia a partir de un momento de bienestar y abundancia, en un juego de temporalidades entre pasado, presente y futuro articulado en torno a la nostalgia, la frustración y el deseo de reparación y transformación. En los relatos sobre el pasado, se destaca la playa como organizador de Chañaral, en tanto territorio. En las narraciones de sus habitantes, la playa está asociada a la abundancia en recursos pesqueros y el disfrute del bienestar económico, la belleza y el ocio asociado a un destino turístico. Se narra con pesar el proceso de devastación de la playa producto de los relaves mineros como una tragedia socioambiental, de pérdida de recursos pesqueros y negación del mar como un territorio de disfrute, en tanto el mar se convierte en un territorio dañado y peligroso. De este modo, la playa pasa de ser el centro articulador del territorio por su presencia positiva a ser una presencia negativa, que genera tristeza, rabia, miedo, frustración y nostalgia.

Antes que llegara la contaminación era rica la riqueza del mar y nuestra playa maravillosa había sido un centro imperdible en los veranos. Creció maravilloso nuestro Chañaral, pero se perdió, es terrible (…). Por más que pase lo de Lagos8, sabemos que el mar ya no es el mismo…no me baño, ya no dejo que mi familia se bañe con la tranquilidad de antes, la pureza (Entrevistada 1).

A su vez, la minería del cobre es un elemento gravitante en las valoraciones del territorio. Sin embargo, los significados asociados a la minería se han ido transformando; en las entrevistas se puede ver cómo las generaciones pasadas tenían una valoración positiva de esta actividad, centrada en la riqueza en recursos naturales de la tierra, la bonanza económica que trajo esta actividad y el orgullo minero de oasis en el desierto, para luego ir dando paso a una lectura negativa en torno a la contaminación y sus efectos irreversibles, pues, como señala una entrevistada: “esto de la playa realmente ha marcado Chañaral, es una tragedia…el relave fue enterrando el pasado” (Entrevistado 3).

El pasado enterrado por los relaves es recordado, imaginado y recreado con tristeza, añoranza y nostalgia. Tal como dicen las/os entrevistadas/os:

Todavía hay una añoranza, una especie de lamento de lo que fue. Y la gente ahora visualiza como está, con pena (…). La gente se ha muerto pensando en lo que fue y nunca más vieron a un Chañaral renacido, que se haya pues levantado de la adversidad (Entrevistado 3).

La nostalgia, comprendida como sentimiento de lamento de un tiempo y/o espacio desaparecido o cambiado (Angé y Berliner 2015) no es sólo un sentimiento, sino que, tal como señala Colin (2017), es una práctica y un discurso en y sobre la ciudad y el territorio. El pasado que se recuerda implica una reconstrucción activa de la historia desde los intereses y marcos de memoria del presente (Halbawchs 2004) donde podríamos decir que el mismo espacio opera como un marco de memoria. Por lo tanto, la apelación al “como era antes” no refiere a un “antes” esencial al que se pueda acceder objetivamente, sino que se trata de una “reinvención o reinterpretación permanente a partir de recuerdos y memorias desde imaginarios de “cómo era antes” (Colin 2017: 96). La nostalgia y los procesos de construcción de memorias son clave en la conformación de la identidad colectiva de una comunidad que rememora algunas cosas y olvida otras anclándose en el pasado compartido recordado para decir algo sobre el presente y proyectarse al futuro. En ese sentido, las referencias al “antes”, a la playa y la época minera pre-contaminación, son evocaciones reactivas (Lachenal y Mbodj-Pouye 2014 Cit. En Colin 2017: 94) que dialogan críticamente con el pasado y el presente a partir de las valoraciones políticas y afectivas que los sujetos hacen del paso del tiempo, del cambio territorial y urbano y de la acción de distintos actores sociales involucrados.

En la añoranza del Chañaral antiguo, el territorio es recordado también por las sociabilidades, prácticas y relaciones afectivas que posibilitaba y del cual era parte. El Chañaral del pasado era hermoso y seguro, un balneario vacacional donde se vivía sin miedo, con confianza entre vecinos y donde se disfrutaban las bondades económicas y turísticas que brindaba el territorio. Por lo tanto, se recuerda un ideal moral de comunidad que se anhela en el presente y el apego al lugar es reconstruido desde la diferencia entre el pasado y el presente y la reificación de ciertos vínculos sociales que representan el ideario normativo y deseable de la vida comunitaria (Berroeta et al. 2017).

Yo nací en Chañaral, tal vez por un tema de edad soy el que le gustaría recuperar ese Chañaral antiguo, en el cual la gente se bañaba en el mar, se podía andar hasta tarde… donde nos conocíamos los vecinos, nos cuidábamos y estábamos orgullosos (Entrevistado 4).

Respecto al orgullo, es una emoción que emerge en los relatos en referencia a la historia de Chañaral construida como una épica de construir ciudad en tierra de nadie, en medio del desierto. Distintas/os entrevistadas/os hablan de la valentía de los pioneros que demostraron que se podía construir riqueza en los límites. De esos pobladores pioneros se siente orgullo y se traza una genealogía patriarcal que sitúa a los mineros valientes como origen de la comunidad y la ciudad, y luego, un período cosmopolita con la llegada de inmigrantes comerciantes e inversores de origen europeo, que habrían traído multiculturalismo a la zona

Chañaral fue puerto fronterizo, antes de 1875 hacia el norte no había ningún poblado chileno, era tierra de nadie. ¿Cómo creció este pueblo? Con el aporte y el esfuerzo y la inteligencia de sus propios habitantes, esos viejos mineros buscadores y valientes que un día se instalaron acá sin tener ninguna ayuda del Estado. Qué lección más grande (Entrevistado 5).

Los usos de la memoria pueden ser un importante dispositivo de resistencia y subjetivación de sujetos comunitarios frente al despojo de los bienes comunes (Navarro 2012). Para el caso de Chañaral aquí analizado, y según Navarro (2012) existen dos modos en que la memoria es producida y movilizada en las luchas socioambientales: la memoria como conciencia colectiva en la producción de lenguajes de valoración no mercantiles, y la memoria como ruptura.

Respecto al primer modo, la apelación al pasado sirve para construir una conciencia colectiva con lenguajes de valoración no mercantiles (Svampa 2013), frente a los lenguajes capitalistas de valoración del territorio y los recursos. Se da un proceso de “devenir ambientalista” en la lucha contra la pérdida de los bienes comunes y las condiciones materiales e inmateriales indispensables para la supervivencia, que provoca una situación de riesgo y amenaza a la vida en la que se producen y reafirman otras sensibilidades y lenguajes de valoración del entorno, el territorio y la naturaleza (Navarro y Hernández, 2010). Se cuestiona la valoración hecha desde el capitalismo y la idea de desarrollo promovida por las empresas y el gobierno. Sin embargo, Navarro (2012) señala cómo esta sensibilidad transformada no es del todo “nueva”, sino que muchas veces implica actualizaciones de mundos de vida no predatorios que han habitado el territorio desde hace siglos apelando desde el presente de lucha a memorias indígenas y campesinas, en una construcción colectiva de una memoria como conciencia e historia a contrapelo (Benjamin 2003 Cit. en Navarro 2012).

En este sentido, la memoria comunitaria de Chañaral se articula de formas contradictorias con la minería. Si bien alguna/os entrevistada/os recuerdan el boom económico con nostalgia, sin hacer demasiadas críticas al modelo extractivista minero en general, pero sí a su deficiente aplicación en Chañaral (bajo la retórica de que podría haberse hecho mejor); otra/os refieren a una conciencia y un saber acumulado por más de medio siglo en la lucha contra las prácticas contaminantes de la megaminería y contra la desidia estatal. Tal como describe Vergara (2011), los habitantes de Chañaral articularon desde los tempranos años 50, a través de cartas, reclamos, fotografías y relatos, un discurso de denuncia de las prácticas contaminantes de Andes Copper y luego CODELCO.

En el discurso contra la megaminería también se recupera la memoria de los pequeños mineros, los llamados “planteros, relaveros y tomeros”, que desde la década de 1950 se fueron instalando en las orillas del río Salado para trabajar los relaves, algunos con derechos formales para explotar el agua y otros de manera informal y artesanal (Vergara 2011). Este trabajo altamente precario y familiar constituyó un importante medio de ingresos para la localidad y, a partir de 1972, algunos recibieron títulos de dominio y construyeron pequeñas cooperativas.

Respecto a la transformación de los lenguajes de valoración del territorio, siguiendo la argumentación de Vergara (2011), podemos decir que en la recuperación de la memoria de los “relaveros” se da una transformación de la visión extendida de los “relaves como contaminantes” a los “relaves como fuente de trabajo” y elemento constructor de identidad local asociado a la retórica del orgullo popular. Por otro lado, la disminución de peces y mariscos fue una preocupación constante para los habitantes de Chañaral, articulada en primera instancia bajo un argumento económico. A partir de fines de los setenta, estudios científicos comenzaron a focalizarse en el impacto en el ecosistema marítimo, moviendo el centro del debate de las consecuencias económicas del embancamiento del puerto hacia la contaminación y la destrucción del ecosistema marítimo. En ese sentido, el lenguaje en que se fue construyendo la crítica a la megaminería extractivista en Chañaral ha combinado elementos económicos, ecológicos y socioambientales en distinta medida en diferentes momentos, en un proceso no lineal ya que en la actualidad se siguen combinando.

Nosotros empezamos como movimiento poblacional sin mayor conocimiento, cuando el polvo proveniente de los relaves mineros se levantó sobre la ciudad, pensábamos que eso no debiera ser por una cosa como más estética, pero aprendimos a saber qué es lo que era el relave minero y las enfermedades que producía y luego empezamos a participar a nivel nacional con organizaciones ecologistas (Entrevistado 2).

Navarro (2012) señala que las luchas socioambientales pueden funcionar también como un “tiempo de umbrales”, donde la memoria se configura como un dispositivo de ruptura. En ese sentido, se desafían las tradiciones y relaciones sociales de la cultura popular y se examinan críticamente ciertas herencias. Es así como la producción de memoria puede romper la linealidad del futuro, pero también del pasado y su tradición, en un proceso de continuidades, rupturas y reapropiaciones. Por lo tanto, se trata de un proceso complejo donde existen contradicciones, que son a su vez, umbral de posibilidad dado que se incorporan y elaboran símbolos y significados dominantes, pero también se los combate, desafía, cuestiona, rechaza y reevalúa, ofreciendo alternativas frente a ellos (Nugent y Alonso 2002).

En el caso de Chañaral, a través de las entrevistas, se puede observar un cambio en la valoración de la minería como apuesta de desarrollo y sobre los riesgos socioambientales que ésta implica. Sin embargo, algunas/os entrevistadas/os son más autocríticos respecto al propio rol que como comunidad han tenido, ya sea por omisión, ingenuidad hacia el modelo económico o insuficiente presión hacia las mineras y las autoridades de gobierno. Algunos discursos nombran una desilusión respecto a Codelco, al ser una empresa que “igual nos falló” (Entrevistado 7). En cambio, otros discursos marcan una injusticia estructural del modo de explotación de recursos que hizo posible la misma existencia de la megaminería empresarial en la zona y un modelo económico que inevitablemente no puede traer desarrollo sustentable. Desde estos últimos, se recalca el rol reflexivo de la memoria crítica, que rompe lecturas tradicionales y lineales del pasado (Navarro 2012) ya no en una nostalgia idealizadora, sino en una rememoración con fisuras críticas.

Frente a narrativas ingenuas del tipo “a partir del 40´ se empezó a contaminar, sin nosotros tener conciencia de lo que nos deparaba el futuro con respecto a la contaminación” (Entrevistado 6), surgen discursos críticos que enfatizan en un tendríamos que haber sabido en vez de no sabíamos:

Si no tenemos una memoria histórica analítica y crítica no tenemos nada, no podemos decir Chañaral era esto y se perdió porque sí, es muy importante que la gente un día pensara en el porqué, que fuese un poco analítica y autocrítica (…) hay que tener conocimiento de lo que significa el extractivismo, la inversión extranjera y estatal en minería que deja las zonas como hoyo grande contaminado con consecuencias de enfermedades y finalmente olvido (Entrevistado 4).

Un proceso de aprendizaje en que hemos visto la muerte de todo el sistema marítimo, el embancamiento de la playa, la gente enfermándose (…) ha ido perjudicando por generaciones, hay que saber que la buena economía nunca dura para tanto y tiene sus costos (Entrevistado 6).

El pasado de orgullo también es revisitado desde el presente de un territorio que es vivido por sus habitantes como marcado por la decadencia, la actual insignificancia, el estigma y la vergüenza (como contracara del orgullo), donde la contaminación se ha vuelto el sello de Chañaral y sus habitantes:

Chañaral ahora es insignificante a nivel país, aunque ha aportado sus riquezas naturales para el desarrollo completo del país (Entrevistado 2).

Es reconocido a nivel nacional y también internacional de que estamos contaminados, hay una consigna de identificación negativa. Es como: “la gente de Chañaral está contaminá, la gente de Chañaral vive en un lugar donde no es propicio vivir… O el aluvión, mira la ciudad la dejó para la escoba (…). Entonces respecto de lo que somos y del patrimonio local rescatable, no es valorable por la misma gente de la comunidad, es como vergüenza, ya no hay orgullo ni autoestima del plus de ser chañaralinos (Entrevistado 7).

Entonces, desde algunos actores se propone rescatar lo positivo frente a la hipervisibilización de la contaminación como un estigma, revelando y valorizando otras dimensiones del territorio, la comunidad, el patrimonio local y los recursos, para ver una salida de desarrollo sustentable y sostenible diversificada, sobre todo asociada al turismo. Una propuesta que implica sentir nuevos orgullos, incluso resignificando lugares y transformando las emociones asociadas a ellos.

Los procesos de calificación y re-calificación de lugares en una dimensión conmemorativa, permiten atribuirle un régimen de valores (incluyendo afectos) y una semántica (Fleury y Walter 2011). En esta línea, desde la ciudadanía surgen propuestas de patrimonialización y de otorgar valor pedagógico a lo acontecido en Chañaral, mediante, por ejemplo, la construcción de un museo de la minería y la contaminación. Esta sería una forma de resaltar valores positivos de la comunidad, como su resiliencia y reflexividad.

Porque acá no podemos ofrecerle este tranque como playa, como balneario como proponen algunos genios ¿entiende? ¿Para qué engañamos a la gente? No la engañemos, yo sacaría provecho de todos estos elementos contaminantes, de lo negativo lo hago positivo, yo crearía ahí una ruta, una avenida con grandes murales y fotografías de lo que antes fue, que nos muestren dónde estaba el mar y cómo era.

Aunque digan “oye, si no podemos hacer turismo en Chañaral”, sí es posible hacer turismo en Chañaral, sí podemos potenciarlo aquí mismo a pesar de la contaminación, de todas estas falencias que tenemos, con un museo de la minería, nosotros acá con el Parque Nacional Pan de Azúcar, pese a que no lo tenemos aquí mismo, pero es un elemento que identifica mucho a Chañaral con la zona y potenciar las playas de Caldera, como un polo (Entrevistado 5).

En este proceso de revalorización, los límites del espacio de Chañaral se han visto transformadas, pues en las entrevistas surge como algo muy importante el hecho de vincular Chañaral con lugares adyacentes como el Parque Nacional Pan de Azúcar9, para hacerlo parte de un mismo polo. A su vez, debido a las migraciones provocadas a partir de la cesantía, la falta de servicios de salud y educación superior y la pérdida de hogares por los desastres socioambientales, sectores aledaños a Chañaral son ahora lugar de visita constante para quienes van a visitar a su familia y amigos que allí se relocalizaron. Nuevas prácticas que implican a los cuerpos en el espacio, como la intensificación de los desplazamientos y acciones de toma de terrenos para construcción de viviendas post aluvión, producen nuevas identificaciones, reconocimientos, eventos y afectos en la dinámica de apropiación-territorialización. Granero (2017) señala que:

apropiar(se) el espacio, en un sentido amplio, involucra acciones materiales como ocuparlo o transformarlo, pero también incluye manifestaciones menos tangibles como proyectar identidad, dibujarlo, nombrarlo: representar el espacio es una forma de territorializarlo (2017: 61).

5.3 Territorio y comunidad sacrificada

La narrativa de la épica de hacer ciudad en medio del desierto volverá a ser retomada en los discursos de las/os entrevistadas/os para referirse a una característica reconocida como fundamental del territorio y la comunidad de Chañaral: el sacrificio, como voluntad de persistir y sobreponerse a condiciones extremadamente desfavorables. Tropo que hace parte del imaginario del desierto, caracterizado por “una voluntad de dominio sobre la naturaleza hostil que la rodea, una voluntad de vencer al desierto” (Reyes 1957 Cit. En Vargas, Pérez y Aldunce 2018: 13). El desierto y el sacrificio también están asociados a la noción de territorio olvidado – abandonado, por su condición periférica, la falta de recursos e infraestructura y atención del Estado (Astudillo y Sandoval 2019).

La noción de comunidad sacrificada adquiere dos sentidos: como una que ha sido puesta en sacrificio por el extractivismo y el desastre socioambiental, es decir, como zona de sacrificio; y también como una comunidad que se sacrifica, es decir, que es esforzada y se ha curtido porque sobrevive a pesar de y en esas condiciones, en un esfuerzo de supervivencia que recibe poco reconocimiento y ayuda. Respecto a la primera dimensión, en algunos discursos se retoma la categoría de “zona de sacrificio aluvional” (Astudillo y Sandoval 2019), propuesta por el activismo socioambiental, para referir a cómo los insuficientes planes de mitigación construyen una geografía del riesgo que excluye y expone, es decir sacrifica, a ciertos territorios y poblaciones.

Es bien triste, ha sido, es una ciudad bastante castigada por el flagelo de la contaminación y porque nos han convertido en zonas de sacrificio, en pos del entre comillas desarrollo para el resto del país… somos una ciudad sistemáticamente abandonada desde la misma política local hasta regional y nacional (…). La comuna de Chañaral es sacrificada, quizás uno no tiene conciencia real sobre eso, sacrificada porque vive en una zona que no debiera vivirse, aquí no hay que ni siquiera respirar porque si inhalas el material particulado es dañino para la salud (Entrevistado 2).

Ciertos eventos, como los desastres socioambientales, crean el contexto material para la emergencia de discursos, emociones y (re)valoraciones del territorio. En este caso, algunas/os entrevistadas/os señalan como los aluviones han sacado a relucir el apego al lugar, cómo una lección dolorosa y durísima, pero importante.

Uno normalmente cuando está sometido a situaciones catastróficas se valoran los territorios porque ahí también entra un tema de un sentimiento de pertenencia (…). Estos eventos, que, si bien son estresantes también logran concretar el hecho del apego al territorio… porque las personas se tienen que enfrentar desapego de sus propios territorios y sus realidades, es muy difícil renunciar a la historia, en un territorio específico se construye, se hace sociedad y se funda familia (Entrevistado 7).

El haber nacido en Chañaral y/o haber sido criado/a allí y, por lo tanto, tener allí “los recuerdos, las raíces y los muertos en el cementerio” (Entrevistado 6); el esfuerzo de los antepasados (familiares directos o de forma más general “los mineros esforzados”) dan garantías afectivas para tomar la decisión de quedarse. A pesar de las distintas desventajas. A nivel individual, las/os entrevistadas/os resaltan el deseo de permanecer, la resistencia a irse, el recuerdo recurrente del pasado y la lamentación por la (posible) pérdida (Lewicka 2011).

Sin embargo, se reconoce la legitimidad de la decisión de emigrar como un modo de garantizar la propia subsistencia. Incluso, para varias/os entrevistadas/os la relación con Chañaral como lugar es compleja, dinámica e incluso contradictoria. Por lo tanto, las/os entrevistadas/os remarcan la necesidad de que las políticas de ordenamiento territorial consideren la coexistencia de las dos posibilidades, es decir, que hay gente que apuesta por una relocalización y otra que quiere quedarse. Ambas situaciones han producido retóricas políticas diferentes, pero entrelazadas: la demanda por quedarse se articula como el derecho a un territorio seguro basado en una política del esfuerzo (Pérez 2019) y la de relocalización como el derecho “a hacer territorio”.

Peréz (2019) señala que la demanda por derecho a la ciudad de un comité de allegados en Santiago se articula a partir de un auto­reconocimiento como sujetos luchadores, esforzados y sacrificados, construyendo prácticas de ciudadanía a través de una “política del esfuerzo”. Éste es entendido en un sentido doble: en la dimensión política, es la disposición a luchar, que permite que se logre ejercer derechos; en la dimensión ética, que se expresa como sacrificio, en una dimensión moral de ser merecedores de derechos. El esfuerzo como motor de ciudadanía es característico de la matriz neoliberal implementada en Chile a partir de la dictadura (1973-1989), en un “régimen ético-político que extrema la visibilidad de la capacidad individual y eclipsa el espacio social y político donde son producidas sus condiciones (Besoain y Cornejo 2015: 16).

Siguiendo el análisis de Pérez (2019), que muestra las tensiones y matices de la política del esfuerzo en su relación con la subjetividad neoliberal, consideramos que en Chañaral la lógica del esfuerzo y sacrificio también ha permitido politizaciones colectivas que desafían de cierto modo la lógica neoliberal de soluciones individualizadas. Aunque haya prácticas de ciudadanía permeadas por una gubernamentalidad neoliberal individualizante, de todos modos, los actores sociales en Chañaral se constituyen a sí mismos en un proceso de disputa que es colectivo, como individuos morales que son parte de una comunidad y un territorio, con responsabilidades y vínculos comunitarios. Además, levantan demandas políticas que disputan los efectos precarizadores del mercado y el Estado y el despojo extractivista.

En ese sentido, las/os entrevistadas/os recalcan que el apego al territorio no debe servir como excusa a las autoridades para no hacer políticas públicas que garanticen mayores niveles de seguridad y habitabilidad de Chañaral, ya que “la gente no tiene que quedarse a sobrevivir en cualquier condición, no habría que estar dispuesto a morir por tu territorio” (Entrevistado 3). A su vez, tampoco hay ayuda para la migración: todo funciona de forma individual, recayendo en las familias e individuos la decisión y las formas de resolver qué hacer ante el panorama actual.

No hay una política de gobierno bien organizada que diga vamos a hacer un proyecto que los vamos a trasladar para este sector. Entonces parte por una política de que aguántate cómo podai, protégete como podai, sálvese quien pueda. Entonces, pasa a ser casi personalista el hecho de que tú puedas proteger a tus hijos, tu busques dónde vivir, y como solucionar tú problema (Entrevistado 2).

Respecto a quienes migran, las entrevistas señalan que, en realidad, no es tanto por voluntad, sino que responde a la falta de condiciones para llevar una buena vida en Chañaral actualmente. Quienes se desplazan, ya sea ocupando terrenos costeros aledaños a Chañaral, de forma más o menos colectiva, o quienes se relocalizan individualmente como grupo familiar, también son esforzados, pues “hay que luchar por el lugar de origen con compromiso y tesón y también hay que tener tesón para irse sin nada” (Entrevistado 2).

La relocalización exige que las autoridades consideren lo que llamamos el “derecho a hacer territorio”, pues no se trata solamente de entregar viviendas individuales para garantizar seguridad y calidad de vida. Consideramos que un elemento central de esta demanda territorial es la interpelación política del derecho a “hacer territorio”. Hacer territorio tiene dimensiones prácticas que requieren de planificación pública (saneamiento de terrenos, servicios públicos mínimos, etc.) y también dimensiones comunitarias subjetivas y afectivas. Entonces, tal como señala Pérez (2019), el derecho a la ciudad y a la vivienda se da en clave de una demanda territorial, ya sea mantenerse en el territorio donde se ha vivido o, agregamos, construir apego y generar un nuevo territorio en otra localización.

La gente que se fue a hacer toma fuera de Chañaral… el Estado debería hacer cosas para que se pudiera concretar que lo sintieran como parte de su territorio para empezar a construir, ellos quieren hacer territorio y comunidad, pero toma tiempo (…). Hay que tratar de encantar, de enamorar a esas personas con su nuevo territorio, que generen apego, pero tampoco hay políticas comunales… Si ya perdieron todo y más encima hay una pérdida también de un sustento (Entrevistada 1).

Hacer territorio implica también, sacrificio. El sacrificio, como retórica política, se despliega en distintos usos estratégicos del apego al lugar (Di Masso, Dixon y Durrheim 2014). Para estos autores el apego al lugar es un recurso que se despliega en contextos interaccionales donde se llevan a cabo acciones sociales y se busca provocar efectos localizados con valor político. En el caso de Chañaral, el apego al lugar es movilizado para defender el derecho a permanecer en el territorio histórico y exigir seguridad, al mismo tiempo que también es exigido como una necesidad y una dimensión a ser construida en los nuevos asentamientos, particularmente costeros, pues recuperar la playa se ancla en la memoria histórica del daño sufrido por Chañaral.

6. Reflexiones finales

En este artículo se plantearon tres dimensiones narrativas: territorio inseguro, historia épica y decadencia; y territorio-comunidad sacrificada. A través de las cuales el territorio de Chañaral es significado y producido por parte de sus habitantes y las emociones involucradas en estos procesos de significación-territorialización. A la hora de planificar territorialmente Chañaral, se ha puesto en consideración la posibilidad de relocalización de algunos sectores, y, de hecho, algunas/os de las/os entrevistadas/os lo sostienen como una necesidad y una demanda de parte de la ciudadanía. Sin embargo, esta necesidad y demanda no se opone necesariamente a las ganas de quedarse, construida políticamente en tanto “derecho a quedarse en un territorio seguro”, en tanto la relocalización requiere que se garantice el “derecho a hacer territorio”.

La pertenencia al territorio, su defensa y su significación, se materializan en el acto de habitar. El habitar es un proceso que se da en una multiplicidad de temporalidades más amplias que el presente: el apego se justifica y proyecta hacia el pasado y proyectada también hacia el futuro de las siguientes generaciones, en tanto deber, esperanza y legado.

En este sentido, se deben considerar las experiencias de los actores desde su cotidianidad, prestando atención a las prácticas micropolíticas de resistencia, organización y territorialización. Sin olvidar que, como señalan Berroeta et. Al (2017); los discursos identificados no tienen valor meramente descriptivo de los procesos de duelo post desastre, sino que tienen un valor retórico e ideológico en el marco de procesos políticos más amplios. Es decir, las narrativas en pugna sobre el territorio son recursos políticos que tienen diferentes actores para disputar o defender determinados modelos económicos, sociales y de producción territorial. En estos discursos, el apego al lugar y las constelaciones emocionales relacionadas se forjan en prácticas contextualizadas.

7. Agradecimientos

Este artículo es parte del proyecto “Pensemos el Ordenamiento Territorial: Significando la comunidad y territorio experiencias de sujetos/as sociales de la comuna de Chañaral, Tercera Región de Atacama”, financiado a través del programa DIUDA-Iniciación de la Universidad de Atacama. La autora agradece el apoyo de Pablo Moya Arias y Valentina Stutzin Vallejos en la revisión del artículo. Y a todas y todos las/os entrevistadas/os por su voluntad y participación en este estudio.

Agradecimientos

Artículo producto del proyecto 22357 financiado por la Universidad de Atacama

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Notas

1 Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología. (2007) ¿Qué es la documentación narrativa de experiencias pedagógicas? Buenos Aires, Argentina: Colección de materiales pedagógicos.
2 INE. 2017. Censo 2017. Disponible en https://www.censo2017.cl/.
3 ONEMI. 2015. “Director Nacional de ONEMI entregó balance actualizado por emergencia en el norte”. ONEMI.gov.cl, mayo 04, 2015. Disponible en: https://www.onemi.gov.cl/noticia/director-nacional-de-onemi-entrego-balance-actualizado-por-emergencia-en-el-norte/
4 Gobierno Regional de Atacama. 2019. “Intendente de Atacama, Miguel Vargas: hemos trabajado de manera responsable en el Plan de Reconstrucción 2015 y de esta nueva emergencia nos estamos haciendo cargo”. GoreAtacama, mayo 31, 2017. Disponible en https://goreatacama.gob.cl/2017/05/intendente-de-atacamamiguel-vargas-hemos-trabajado-de-manera-responsable-en-el-plan-de-reconstruccion-2015-y-de-es/
5 Estos relaves contenían una mezcla de residuos químicos y minerales sólidos y líquidos, de alto contenido de cobre, molibdeno, acero, arsénico, manganeso, cadmio, cromo, plomo y zinc (Vergara 2011).
6 Corte Suprema de Chile. 1988. “Corte de Apelaciones de Copiapó, 23 de junio de 1988”. Revista de Derecho Jurispruden­cia LXXXV (1): 191-212.
7 No distinguiremos entre afecto y emoción (Ahmed 2004), ni tampoco entre emociones y sentimientos pues desde una perspectiva sociológica nos interesan en tanto son prácticas sociales y culturales con sus reglas del sentir (Hochschild 1979) y los usos políticos de las emociones y cómo éstas se constituyen en significadores y articuladores de experiencia.
8 En 2003, el entonces presidente de la República Ricardo Lagos se bañó en la playa de Chañaral como muestra de la supuesta descontaminación definitiva. Esta mediática acción causó mucho revuelo, desde los sectores activistas fue considerada una burla a la comunidad afectada y un retroceso en las aspiraciones por medidas serias de mitigación “A 13 años de la injusticia ambiental cometida con la ciudad de Chañaral”. Atacama en línea, diciembre 29, 2016. Disponible en https://www.atacamaenlinea.cl/2016/12/29/a-13-anos-de-la-injusticia-ambiental-cometida-con-la-ciudad-de-chanara/.
9 El Parque Nacional Pan de Azúcar, creado en 1985 y ubicado a 30 km al noroeste de Chañaral, es un área protegida estatal de ambientes terrestres y marinos, con una superficie de 43.754 hectáreas entre las regiones de Antofagasta y Atacama, y un sector insular formado por la isla Pan de Azúcar, los islotes Las Chatas y rocas emergentes.
* Artículo producto del proyecto 22357 financiado por la Universidad de Atacama
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