ARTÍCULOS
Condiciones de vida y pobreza multidimensional: un marco para el análisis del bienestar de la infancia en España*
Living Conditions and Multidimensional Poverty: A Framework for the Analysis of the Wellbeing of Children in Spain
Condiciones de vida y pobreza multidimensional: un marco para el análisis del bienestar de la infancia en España*
Revista Austral de Ciencias Sociales, núm. 43, pp. 45-65, 2022
Universidad Austral de Chile
Recepción: 04 Agosto 2021
Aprobación: 17 Marzo 2022
Financiamiento
Fuente: Formación de Profesorado Universitario del Ministerio de Universidades del Gobierno de España
Nº de contrato: FPU18/00494
Financiamiento
Fuente: I+D+i
Nº de contrato: RTI2018-094764-B-I00
Resumen: El artículo describe las condiciones de vida de la infancia en situación de pobreza en España desde una perspectiva multidimensional. Para ello, se realiza una aproximación a cada una de las dimensiones, componentes e indicadores de bienestar infantil a partir de datos secundarios procedentes de fuentes estadísticas e informes de entidades y organismos vinculados al estudio de la pobreza. Los resultados ponen de manifiesto que los niños con menores recursos presentan niveles de privación superiores en comparación con aquellos de mayor nivel adquisitivo. Un análisis que pone de relieve el impacto de la pobreza económica en su vida cotidiana, pero que necesita combinarse con otros indicadores que examinen el bienestar desde un enfoque multidimensional, a fin de abordar las diferentes manifestaciones de la pobreza en su complejidad. Se concluye aludiendo a la necesidad de promover políticas específicas que tengan en cuenta los derechos de la infancia.
Palabras clave: infancia, pobreza multidimensional, condiciones de vida, bienestar de la infancia, indicadores infantiles.
Abstract: The article describes the living conditions of children in poverty in Spain from a multidimensional perspective. To this end, we perform an approximation of each of the dimensions, components, and indicators of child wellbeing based on secondary data from statistical sources and reports from entities and agencies linked to the study of poverty. The results indicate that children with fewer resources have higher levels of deprivation compared to those with higher incomes. This analysis highlights the impact of economy poverty on their daily lives but needs to be combined with other indicators that examine well-being from a multidimensional approach to address the different manifestations of poverty in its complexity. It concludes with a reference to the need to promote specific policies that consider the rights of children.
Keywords: Childhood, Multidimensional Poverty, Living Conditions, Child Well-being, Child Indicators.
1. Introducción
Las investigaciones más recientes sobre el estudio de la pobreza infantil señalan la importancia de considerarla como un fenómeno que va más allá de la carencia monetaria y material. Sin embargo, los indicadores utilizados para su medición son principalmente económicos (Renes y Lorenzo 2010) y establecen una clasificación entre “pobres” y “no pobres” en función de sus rentas o las de sus hogares. Abordar la pobreza infantil exclusivamente desde este enfoque supone asumir una visión parcial de su naturaleza y del conjunto de factores (personales, familiares, educativos, sociales, relacionales…) que inciden en las condiciones de vida de las niñas y los niños. De hecho, la perspectiva monetaria presenta varias limitaciones, que se incrementan cuando nos referimos a la pobreza en la infancia (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia [UNICEF] 2012; Minujin, Delamónica y Davidziuk 2006; UNICEF 2005).
- La capacidad económica de una familia no solo se basa en tener ciertos ingresos en un momento dado, sino que depende también de sus ahorros y deudas, gastos de vivienda, fluctuaciones de ingresos, las ayudas recibidas por otros familiares o el valor de los artículos de primera necesidad.
- La medición de los ingresos del hogar no considera la estructura de los hogares atendiendo al género y la edad de sus miembros o a las diferencias que existen entre las necesidades del colectivo infantil y las de los adultos, e incluso las que hay entre las propias niñas/os. Además, es una medida indirecta; puede haber niñas/os que sufran privaciones en familias que no son pobres y otras que no las sufran en familias con menos recursos.
- El bienestar de la infancia depende de bienes que no están basados en factores de mercado, esto es, el acceso a los servicios básicos, como la educación o la salud.
- La pobreza infantil tiene muchas dimensiones: las niñas/os pueden ser “ricas” o “pobres” respecto al entorno en el que viven, a la seguridad, a la salud, a la educación, al tiempo que pasan con sus padres, a sus amistades, etc. La pobreza económica puede influir en todos estos factores, pero no los representa.
Este conjunto de debilidades pone de relieve que la pobreza infantil no debe abordarse exclusivamente desde el plano económico y/o familiar, sino que es necesario avanzar hacia perspectivas más amplias que examinen otros aspectos como el bienestar infantil (Bradshaw, Holescher & Richardson 2007) y tengan en cuenta el carácter multidimensional de las diversas privaciones que experimentan las infancias (Tuñón, Poy y Coll 2017). En este sentido, el bienestar infantil es la perspectiva teórica más integral para representar estas privaciones, ya que su conceptualización “siempre permite la reconstrucción de lo opuesto al bienestar, y esto ofrece un vínculo sistemático con la vulnerabilidad en la infancia” (Andresen 2014: 9).
La necesidad de combinar los indicadores de pobreza y privación material con otro tipo de indicadores desligados del bienestar económico también se contempla en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030. Más concretamente, en la Meta denominada “Pobreza relativa en todas sus dimensiones” correspondiente al Objetivo 1: Reducir a la mitad “la proporción de hombres, mujeres y niños de todas las edades que viven en la pobreza en todas sus dimensiones con arreglo a las definiciones nacionales” (Organización de las Naciones Unidas [ONU] 2015: 17). Esto no significa prescindir de las medidas monetarias, pues también son importantes dado que la carencia material conforma una de las dimensiones del bienestar y, además, puede ser la causante de que se produzcan carencias en otros ámbitos. Por tanto, ambos enfoques deben complementarse: la medición monetaria es indirecta mientras que la perspectiva multidimensional está asociada a una medición directa de las privaciones y permite abordar las diferentes características y manifestaciones de la pobreza (Espíndola et al. 2017). Así, uno de los principales rasgos de este enfoque es que toma prioritariamente a la niña/o como unidad de análisis, en vez de al hogar.
Tal y como indican Ben-Arieh & Frønes (2011), esta perspectiva no implica considerar a la infancia como una parte separada de su entorno, sino que supone una condición analítica capaz de captar las influencias de los diversos contextos en los que se desarrolla mediante una serie de indicadores relevantes para la vida de las niñas/os. Cabe destacar que el estudio de los indicadores infantiles ha pasado por seis cambios importantes durante los últimos 25 años (Tabla 1):
Precisamente, uno de los estudios pioneros en la creación de un Índice de Bienestar Infantil en los países europeos ha sido el de Bradshaw, Holescher & Richardson (2007), que definen el bienestar infantil como la realización y el cumplimiento de los derechos de las niñas/os. Su Índice integraba 8 dimensiones formadas por diferentes componentes; para cada uno de ellos establecieron varios indicadores y, a partir de los datos obtenidos, midieron y compararon el bienestar infantil en la Unión Europea (UE). Este trabajo sirvió de base para los siguientes estudios multidimensionales que analizan esta realidad en el contexto europeo y español. También los correspondientes a la colección de Innocenti Report Card del Centro de Investigación Innocenti en Florencia (UNICEF 2013a; UNICEF 2007) supusieron un avance en el análisis de la pobreza y el bienestar de las niñas/os. En España, son un referente los estudios de UNICEF y el Observatorio de la Infancia y la Adolescencia del Principado de Asturias en la creación de un Sistema de Indicadores sobre Bienestar Infantil (SIBI) para supervisar las condiciones de vida de las niñas/os en nuestro país. En la primera edición del SIBI (González-Bueno, von Bredow y Becedóniz 2010) las dimensiones de bienestar seleccionadas fueron: educación, salud y seguridad, bienestar material, entorno familiar y social, infancia vulnerable, estilos de vida y bienestar subjetivo. El contenido y los datos del SIBI han sido actualizados sucesivamente y recogidos finalmente en un sistema de información en línea denominado “Infancia en Datos” que pertenece al actual Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 del Gobierno de España.
A pesar de todos los avances logrados en la selección y sistematización de los indicadores infantiles, todavía existen retos esenciales. Los estudios multidimensionales no han podido superar totalmente las limitaciones del enfoque monetario, ya que gran parte de los indicadores utilizados siguen prestando atención al hogar, en vez de a los individuos, por la insuficiencia y falta de disponibilidad de datos. En este marco, el objetivo del presente trabajo consiste en estudiar las condiciones de vida de la infancia en situación de pobreza económica y vulnerabilidad social en España a partir de datos secundarios procedentes de diversas fuentes documentales y estadísticas. Así, este artículo aporta un análisis integrado de los indicadores monetarios con los referidos al bienestar infantil, a fin de tener una visión global que contribuya al diseño de unas políticas sociales ajustadas a las necesidades y los derechos de la infancia.
2. Enfoque metodológico
La pobreza infantil es un fenómeno multidimensional condicionado por múltiples factores interrelacionados que afectan negativamente al bienestar de la infancia. Pero ¿cuáles son las condiciones de vida de este colectivo? Para tratar de dar respuesta a esta cuestión, en este trabajo se ha realizado un análisis de datos secundarios procedentes de distintas fuentes documentales y estadísticas. Concretamente, se han utilizado los datos de: la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF) del año 2020 y la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) correspondientes a los años 2020 y 2016 realizadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE); la Encuesta Nacional de Salud de España (ENSE) del año 2017 y el Estudio sobre las conductas saludables de jóvenes escolarizados (Health Behaviour in School-aged Children, HBSC) en las ediciones de 2018 y 2014; también las estadísticas oficiales del Ministerio de Educación y Formación Profesional (MEFP) de los cursos 2019-2020 y 2018-2019, así como las publicadas en informes del MEFP que refieren datos de los últimos años (2020, 2019 y 2018). Todos ellos se complementaron con la Encuesta Europea de Ingresos y Condiciones de Vida (European Union Statistics on Income and Living Conditions, EU-SILC) del año 2019 y las estadísticas sobre población y condiciones sociales de los años 2019 y 2018 disponibles en Eurostat. Con la intención de llenar el vacío de información disponible para la infancia en situación de pobreza, se han combinado los datos de estas fuentes con otros aportados en informes de entidades y organismos vinculados al estudio de la pobreza.
En cuanto al análisis, se ha tomado como referencia la clasificación de las dimensiones de bienestar establecidas en el SIBI. Debido a la falta de información y datos desagregados sobre infancia y pobreza, no se analizan todos los componentes e indicadores definidos inicialmente en el SIBI para cada una de las dimensiones, sino que se seleccionan aquellos indicadores de bienestar contemplados en las distintas fuentes de información y que contribuyen a retratar de forma multidimensional la pobreza infantil. En este sentido, las fuentes de recogida de información han sido seleccionadas en base a los siguientes criterios:
- Ámbitos de bienestar: han podido ser clasificadas a partir de las dimensiones y los componentes de bienestar, lo que ha facilitado la sistematización y el análisis posterior de la información.
- Indicadores infantiles: incluyen indicadores directos que toman como referencia a la niña/o como unidad de análisis y también utilizan la información de los hogares, pese a que proceda de indicadores que abordan indirectamente aspectos de vida de la infancia.
- Variables socioeconómicas: recogen información que permite caracterizar el estado de pobreza económica de la infancia y/o el hogar familiar.
- Alcance y periodicidad de las fuentes: se han utilizado las de alcance nacional y europeo con la intención de complementar y comparar algunos de los datos referentes a nuestro país. También se ha tenido en cuenta su periodicidad para determinar su proyección o la falta de actualización de los estudios.
- Año de publicación y producción: se ha tenido en consideración el año de obtención de los datos derivados de las fuentes utilizadas y se han presentado los más actualizados en lo que respecta al año de publicación.
A pesar de lo valioso que resulta realizar una aproximación de las condiciones de vida de la infancia en situación de pobreza en España, a partir de los datos disponibles para este ámbito de estudio, las limitaciones son notables. La infancia es uno de los colectivos más invisibilizados en las estadísticas oficiales, lo que dificulta todavía más realizar inferencias que permitan determinar el bienestar de las niñas/os más vulnerables. Los datos analizados incluyen algunos aspectos de vida de la infancia que están asociados con una serie de variables socioeconómicas, pero no permiten abordar la naturaleza real de este fenómeno ni comparar algunos de los indicadores de bienestar debido a la falta de información y a la distinta periodicidad de las fuentes. Además, las dificultades relacionadas con la unidad de análisis siguen estando presentes, pues la mayoría de las fuentes tienen como objeto de estudio el hogar familiar, lo que comporta que la totalidad de las dimensiones estén descompensadas al existir más indicadores de medición en unas respecto a otras.
3. Resultados y discusión
A continuación, se presentan los principales hallazgos del análisis de datos secundarios, estructurados en base a las siete dimensiones del SIBI: bienestar material, educación, salud, relaciones familiares y sociales, infancia vulnerable, ocio y tiempo libre y bienestar subjetivo; considerando los distintos componentes e indicadores seleccionados para cada una de ellas.
3.1. Bienestar material
Dentro de esta dimensión se contemplan seis componentes (Tabla 2):

La infancia (menores de 18 años) es el segundo grupo de edad con mayor riesgo de sufrir pobreza relativa en España con un 27,4% en 2020, seguido por los menores de 16 años, que alcanza el 27,6%; tasas iguales y superiores con respecto al año anterior, que fueron del 27,4% y 27,1%, respectivamente (INE 2020a). Otro indicador relevante en esta área es la pobreza persistente, que mide el porcentaje de personas en situación de pobreza relativa en el año de referencia, y en al menos, dos de los tres años anteriores. España tiene una de las tasas de riesgo de pobreza infantil persistente más altas de la UE (17,4%) y se encuentra entre los países en los que la brecha entre población infantil y adulta es mayor (Eurostat 2019a).
Con respecto al segundo componente, el 31,1% de la infancia está en riesgo de pobreza y exclusión social. Se puede afirmar que tener hijas/os se ha convertido en un factor de riesgo, ya que los hogares compuestos por una persona adulta con uno o más niñas/os (49,1%), por dos adultos con uno o más descendientes (24,4%) y otro tipo de hogares con niñas/os a cargo (37,8%) son los que presentan las tasas más altas; mientras que los hogares compuestos únicamente por dos adultos tienen una tasa del 20,9% (INE 2020a).
La tipología del hogar influye directamente en el fenómeno de la pobreza, siendo los monomarentales con un hijo o hija a cargo los más vulnerables. Así lo determina un informe de Save the Children (2020), que analiza la pobreza de los hogares en España y también señala como vulnerables los formados por abuelos, padres y nietos, trabajadores de origen extranjero y trabajadores pobres en grandes ciudades. Del mismo modo, el nivel de estudios de los padres está ligado a la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social en la infancia. Esta tasa se situó en el año 2018 en un 55,1% para las niñas/os, cuyos padres poseen como máximo el 1º ciclo de secundaria, un 41,1% para los que completaron el 2º ciclo de secundaria o FP y un 12,5% para los de Formación Universitaria (Infancia en Datos 2021).
La relación que existe entre pobreza y empleo también debe ser contemplada en el análisis de las condiciones de vida de la infancia, en la medida en que el desempleo o la inestabilidad laboral están asociadas al incremento del riesgo de pobreza y exclusión social de todos los miembros del hogar familiar. Sin embargo, tener un empleo ya no es una garantía suficiente para salir de la pobreza. De hecho, España es el cuarto país europeo con más trabajadores pobres con un 16,1%, solo por detrás de Estonia, Italia y Rumanía. Además, el 15,8% de los hogares con niñas/os y personas adultas ocupadas están en riesgo de pobreza; los monomarentales representan una tasa mayor, con un 26,1% (Eurostat 2019a).
La precariedad en el ámbito del empleo y la baja intensidad de trabajo en los hogares desencadena que el 9% de la infancia en España sufra privación material severa. Si desglosamos algunos de los ítems que contempla la Estrategia Europa 2020 para la carencia material de bienes, podemos señalar que el 36,8% y 34,5% de niños en España pertenecen a familias que no pueden afrontar gastos imprevistos ni irse de vacaciones al menos una semana al año (INE 2020a).
La inversión pública en políticas sociales juega un papel clave en la reducción de la pobreza infantil. Los datos de Eurostat (2018) revelan que nuestro país solo destina el 1,3% del PIB en protección social a familias e infancia, frente al 2,2% de la media UE-28. Atendiendo a la distribución por tipo de gasto social, el destinado a personas mayores (9,8% del PIB) representa el porcentaje más elevado, seguido del de sanidad con un 6,2%. Como consecuencia, esta falta de inversión pública se ve reflejada en la baja capacidad que tiene España para reducir la tasa de riesgo de pobreza infantil a partir de transferencias sociales, con un 21,3%, muy alejada de la UE-28 (44,5%) y de países como Hungría, Polonia, Austria o Finlandia, que logran reducciones superiores al 50% (Eurostat 2019b).
En lo que respecta a la equidad en el bienestar material, Infancia en Datos (2021) muestra que el índice de desigualdad (s80/s20) en población menor de 18 años registra el 6,7% en 2018, superando al total de la población (6%). Además, la desigualdad crece cuando el nivel de estudios de los padres es bajo o cuando la madre o el padre son extranjeros.
3.2. Educación
Esta dimensión está integrada por cuatro componentes (Tabla 3):

Según el MEFP (2021), España es el país europeo con mayor tasa de AEP en 2020, con un 16%, muy alejado de la media UE-27 (9%). Si atendemos a la relación que existe entre la pobreza infantil y el éxito-fracaso escolar, todos los datos confirman la brecha social y educativa que separa a la infancia en función del nivel de renta familiar, quedando su trayectoria escolar condicionada por su posición socioeconómica. Así lo apuntan informes como el de Save the Children (2016), que eleva a un 43% el AEP en el 20% de la población más pobre en la distribución de la renta. Este colectivo tiene una tasa de AEP siete veces superior al alumnado que proviene de un hogar situado en la parte alta. Una desigualdad que se ha incrementado con la crisis económica: los jóvenes que han abandonado sus estudios postobligatorios y que provienen del quintil bajo de ingresos han pasado de ser un 28% en 2008 a un 36% en 2015.
Vivir en situación de pobreza económica y vulnerabilidad social está asociado a un peor rendimiento académico y a mayores posibilidades de fracasar en el sistema escolar. En este sentido, el logro educativo en la ESO está representado por la tasa bruta de graduación, que se situó en el 78,8% en el curso 2018-2019 (MEFP 2021). Por su parte, el Informe PISA del año 2018 señala a España como el cuarto país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con la tasa más alta de alumnado repetidor en 2018: un 28,7%, frente a la media, que se encuentra en un 11,4%. Además, a pesar de obtener la misma puntuación en las pruebas PISA, un alumno o alumna con un nivel socioeconómico bajo repite cuatro veces más que el de nivel alto; esto sitúa a España en el segundo país de Europa con mayor brecha en la repetición de curso (MEFP 2019).
Con respecto a la escolarización infantil en la edad 0-3, España se encuentra por encima de la media europea con un 57,4% (Eurostat 2019b). Sin embargo, el acceso a esta etapa educativa está condicionada por la renta de las familias. En 2016, la brecha en la asistencia a centros de cuidado infantil entre el quintil de renta más alto y bajo se situó en 36 puntos, esto es, un 62,5% de niñas y niños en el quintil más alto asistieron a este tipo de centros, frente al 26,3%. Además, el 63,6% de los hogares con menos ingresos declaran que no pueden permitírselo económicamente (INE 2016). Complementariamente, el informe del Consejo Económico y Social de España (CES 2017) revela que la media de asistencia en el 1º ciclo de infantil fue de un 44,3% en 2014; cifra inferior entre niñas/os con madres que tienen menor nivel de estudios o no están trabajando. Por el contrario, la escolaridad en el 2º ciclo de educación infantil, de carácter gratuito para las familias, fue del 95%.
En cuanto a la inversión pública, el gasto destinado a educación en España fue de 50.660 millones de euros en 2018, algo mayor con respecto al año anterior (49.386). No obstante, durante 2017 y 2018, solo se destinó el 4,25% y 4,21% del PIB a educación; las cifras más bajas registradas hasta la fecha y por debajo de la media de UE-28, que supera el 5%. Además, a medida que el gasto público disminuye, el gasto de los hogares en educación se incrementa, y así es la tendencia desde el período 2008-2018, suponiendo en este último año un gasto de 11.271 millones de euros (MEFP 2021). Sin embargo, este indicador no incluye los gastos en servicios complementarios ni en bienes educativos, como pueden ser los libros de texto y el material escolar. Una encuesta realizada por la Organización de Consumidores y Usuarios de España (OCU 2020) calcula que las familias gastarían de media 1.937 euros anuales en escolarizar a sus hijas/os en el curso 2020-2021; un coste inasumible para quienes se encuentran con enormes dificultades para dar cobertura a las necesidades educativas de sus descendientes. De hecho, las familias situadas en la parte más alta de la distribución de la renta dedican a educación un porcentaje cuatro veces mayor de su gasto total que las familias con menos recursos (Díaz y Hervella 2017).
Uno de los elementos clave que contribuye a compensar las desigualdades en el sistema educativo es la inversión en becas y ayudas al estudio. En el curso 2019-2020 se destinaron 558.096 miles de euros a becas en las enseñanzas obligatorias, Educación Infantil y Educación Especial, un importe menor respecto al curso anterior (600.535). Según la distribución por enseñanza, sería la Educación Primaria la que recibe un mayor presupuesto, seguida de la de Educación Infantil, ESO y Educación Especial. Las becas y ayudas a comedor y necesidades educativas específicas reciben un importe mayor, en comparación con otras como las destinadas a transporte o libros y materiales. Con todo, en el curso 2019-2020 se concedieron 1.562.398 becas y ayudas al estudio en estas enseñanzas, frente a las 1.482.280 del curso anterior (MEFP 2020).
3.3. Salud
Se incluyen los siguientes componentes (Tabla 4):

La obesidad y el sobrepeso son enfermedades que están asociadas a situaciones de vulnerabilidad e incrementan el riesgo de padecer problemas de salud en la edad adulta. El 10,2% de niñas y niños de 4 a 14 años sufría obesidad infantil en el año 2017, siendo la tasa mayor entre la infancia con menos recursos, el 15,9%, frente a solo el 4,6% con un nivel alto de ingresos (Alto Comisionado para lucha contra la pobreza infantil 2019a); mientras que la tasa de sobrepeso en los menores de 2 a 17 años fue del 18,2%. Si atendemos al nivel profesional por clase social, las diferencias también son notables: el 36,5% de niñas/os que pertenecen a un hogar con un menor nivel profesional sufría obesidad o sobrepeso, frente al 20,5% con un alto nivel profesional (Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social 2017).
Estas diferencias tienen que ver con las conductas saludables y los estilos de vida de las familias. Según el Alto Comisionado para la lucha contra la pobreza infantil (2019a), el 23,3% de niñas/os que viven en hogares con menos ingresos no hacen ejercicio y llevan un modo de vida sedentario, en comparación con el 8,6% con más recursos. Del mismo modo, la infancia que proviene de familias con bajo poder adquisitivo come menos fruta y verduras que los de familias con más ingresos: el 51% y 67% respectivamente, comen fruta diariamente; y el 45% y 60% toman verduras cuatro días a la semana. Las cifras son más dispares en el consumo de refrescos azucarados: 1 de cada 5 en familias con bajos ingresos los consume tres veces a la semana o más, frente al 3,8% en el tramo de ingresos más alto. Con el consumo de aperitivos ocurre lo mismo, ya que los que más consumen alimentos procesados son las niñas y los niños más vulnerables (20,3%, frente al 9,3%).
La Organización Mundial de la Salud (OMS 2013) alerta de que las familias que viven en situación de pobreza son uno de los grupos más propensos a sufrir problemas de salud mental. El 13,1% de la infancia de 4-14 años tiene este riesgo y la diferencia porcentual por clase social se sitúa en casi 13 puntos, siendo más frecuente en la clase más baja (20,9%) que en la más alta (8,5%). Otro de los aspectos a reflejar es la desigualdad que existe en el acceso a la salud mental: el 2,2% de población (de 15 y más años) que pertenece a la clase social más baja declara inaccesibilidad por motivos económicos (en los últimos 12 meses), frente a solo el 0,5% de la clase social más alta (Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social 2017).
Con respecto al componente de diversidad funcional, la ENSE no desagrega por infancia y nivel socioeconómico, pero señala que la población (de 0 a 85 y más años) que pertenece a la clase social más baja presenta una mayor limitación crónica para las actividades cotidianas en comparación con la clase social más alta (el 5,8% frente al 2%). Por su parte, UNICEF (2013b) advierte que las niñas y los niños con diversidad funcional tienen mayores probabilidades de vivir en pobreza, ya que sus oportunidades de acceder a los servicios de salud son más reducidas. Además, esta situación puede aumentar el riesgo de que las familias se vuelvan más pobres o de que sigan viviendo en un contexto de pobreza y exclusión, ya que frecuentemente se asocia con un mayor coste de vida y una pérdida en las oportunidades de acceder al ámbito laboral y obtener ingresos.
Finalmente, cabe destacar que el SIBI no contempla ningún componente para medir la situación del sistema de salud en España, al contrario de lo que ocurre con la dimensión de educación, que considera la inversión un factor fundamental para reducir las desigualdades en ese ámbito. A pesar de que el sistema de salud en España sea público y universal, y los niveles de renta no impliquen desigualdades en el acceso a la atención primaria, resulta insuficiente en el acceso a otros servicios especializados, como los odontológicos u oftalmológicos, en los que el poder adquisitivo de las familias marca las posibilidades de su provisión privada (CES 2017). De hecho, la Comisión Europea (2018) señala a España como uno de los países con mayor proporción de niñas/os menores de 16 años que viven en un hogar en el que al menos una de ellas no tuvo acceso a servicios de salud bucodental cuando lo necesitó, representando las familias en situación de pobreza el 16,3%. Por su parte, el 25% de niñas y niños que viven en hogares del quintil más rico no han ido nunca al dentista o lo hicieron hace un año o más, frente al 45% de los hogares con menor renta (Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social 2019). Además, las familias con menos recursos también tienen enormes dificultades para acceder a servicios de oftalmología o de salud mental y mayores posibilidades de sufrir las disfuncionalidades del sistema sanitario en la provisión de servicios médicos, como son las listas de espera para recibir atención diagnóstica o quirúrgica, ya que estas familias no pueden permitirse acudir a la sanidad privada (CES 2017). Todos estos elementos ponen de relieve la necesidad de reforzar el sistema público de salud en España.
3.4. Entorno familiar y social
Esta dimensión la integran cuatro componentes (Tabla 5):

Según Eurostat (2019a), el 7,2% de niñas/os pobres tienen privación severa de vivienda (frente a los que están por encima del umbral de la pobreza, que representan solo el 1,6%) y el 23% vive en hogares con goteras, humedades en paredes, suelos, techos o cimientos o podredumbre en suelos, marcos de ventanas o puertas (frente al 12,7%). Más en concreto, la Fundación Fomento de Estudios Sociales y Sociología Aplicada (FOESSA 2019), señala que el 13% crece en viviendas inadecuadas por deficiencias en la infraestructura, ausencia de suministros o hacinamiento; el 6% en viviendas inseguras (sin título legal, con notificación de abandono o en un hogar con violencia); y el 12% ha recibido avisos de corte de luz, agua o teléfono. Otro indicador relevante es el sobrecoste de la vivienda. El 9,2% de los hogares con hijas/os tiene unos costes de vivienda que representan más del 40% del ingreso total disponible; los datos son aún más preocupantes según la distribución por quintil de ingresos, pues el 32,5% de la población del quintil más pobre tiene un sobrecoste de vivienda, frente a solo el 0,1% del quintil más rico (Eurostat 2019a).
La calidad del entorno vecinal también es un factor relevante en este ámbito. El estudio HBSC1 del año 2018 (Moreno et al. 2019) señala que a medida que aumenta la capacidad adquisitiva de las familias, también lo hace el porcentaje de adolescentes que perciben una alta calidad de su vecindario: el 46,5% en el nivel adquisitivo alto y solo el 29,3% en el bajo. Del mismo modo, los que tienen más recursos presentan una mayor satisfacción con su vecindario (55,5%) respecto a los de bajos ingresos, que son el 38%.
Al igual que ocurre con la dimensión de la salud, el componente de vivienda no incluye ningún indicador que refleje los aspectos centrales de las políticas de vivienda existentes en España, pese a su impacto en las condiciones de vida de la infancia y sus familias; más aún cuando el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada está recogido en el artículo 47 de la Constitución Española. Nuestro país necesita con urgencia articular una política de vivienda social que sea eficaz y garantice este derecho, ya que el sistema vigente excluye a la población que vive bajo el umbral de la pobreza al predominar el régimen de propiedad frente al alquiler, los precios inasequibles y la exigencia de acreditar unos requisitos de solvencia que estas familias no reúnen (CES 2017).
En cuanto a las relaciones sociales, el único indicador incluido en el SIBI se corresponde con el porcentaje de adolescentes que queda con sus amistades fuera del colegio antes de las 20:00 horas de la tarde al menos una vez por semana. Fue analizado en el estudio HBSC del año 2014 (Moreno et al. 2016) y no se encontraron diferencias en función de la capacidad adquisitiva, aunque las chicas y los chicos con familias de bajos ingresos representan un porcentaje mayor (67,1%) respecto a las de más ingresos (66,1%). Complementariamente, UNICEF (2019) explora a través de una escala de autoeficacia social cómo las/os adolescentes se desempeñan en el espacio relacional con sus iguales. Los resultados indican que lo que se les da mejor es mantener el contacto con otros jóvenes de su edad y hacer nuevas amistades, mientras que tienen menos facilidad para relacionarse con personas desconocidas o enfrentarse a situaciones conflictivas, como expresar sus opiniones cuando sus compañeros no están de acuerdo o frenar algún comportamiento que no les guste de los demás. A medida que el nivel socioeconómico del hogar baja, la eficacia social percibida disminuye y así queda reflejado en las puntuaciones obtenidas en el Índice de Autoeficacia Social: la infancia con familias de baja capacidad adquisitiva obtiene una puntuación media de alrededor de 6 puntos sobre 10, frente a casi el 7,5 de las chicas/os con más recursos.
La pobreza económica también tiene un impacto negativo en las relaciones familiares, puesto que las dificultades socioeconómicas pueden afectar a la calidad de las relaciones e incrementar situaciones de estrés y desequilibrios emocionales entre los miembros del hogar. En este sentido, el estudio HBSC (Moreno et al. 2019) señala que el 54,7% de las/os adolescentes que residen en hogares con baja capacidad adquisitiva tienen una comunicación fácil con el padre (frente al 63,3% con más recursos) y el 70% con la madre (frente al 75,1%). Con respecto al conocimiento parental, es decir, qué saben los padres y las madres sobre las vidas de sus hijas/os fuera de casa, también existen diferencias en función del nivel adquisitivo: las chicas/os con conocimiento paterno y materno alto son, respectivamente, el 52,9% y 77,2% en las de menos recursos, frente al 61,7% y 80,3% con mayor riqueza familiar. Otro indicador es el apoyo familiar, que también disminuye conforme lo hace el nivel adquisitivo. El 74,7% de las/os adolescentes con más ingresos percibe un alto apoyo familiar, en contraste con el 64% de menos ingresos. Por último, en lo que respecta a la satisfacción familiar, la tendencia sigue siendo la misma: el 64,8% de adolescentes con un nivel adquisitivo mayor percibe una alta satisfacción, frente al 54,7%.
3.5. Infancia vulnerable
Dentro de esta dimensión solo se contempla el componente de víctimas de maltrato y violencia (Tabla 6). No se han incluido las demás áreas que contiene el SIBI (conflictos con la ley, situaciones de riesgo y protección) al no disponer de datos desagregados por pobreza económica.

El estudio HBSC (Moreno et al. 2019) incluye dos indicadores de víctimas de maltrato y violencia referidos al contexto escolar. El 13,4% de los chicos y el 11% de las chicas manifiesta haber sido víctima de maltrato en los últimos dos meses en el colegio o instituto. Si desagregamos por edad, es más frecuente en los de 11-12 años con un 15,6%, frente al grupo de 17-18 años que representa el 7,4%. En cuanto al nivel adquisitivo, no hay diferencias notables, pero el porcentaje de adolescentes que ha sufrido maltrato es mayor entre los que pertenecen a familias con capacidad adquisitiva baja (12,9%), respeto a los de familias con poder adquisitivo elevado (11,9%). Lo mismo para el segundo indicador: el 5,4% de adolescentes con familias de menor renta declara haber sido víctima de ciberbullying y los de nivel adquisitivo alto representan el 5%.
3.6. Ocio y tiempo libre
En esta dimensión se incluyen cuatro componentes (Tabla 7):

Lo que hace más felices a las/os adolescentes encuestados en el Barómetro de la Infancia de UNICEF (2019) son las aficiones y los hobbies, tener tiempo para jugar y las relaciones con las amistades y la familia, por encima de las cosas materiales, el día a día en el colegio o las relaciones sociales e internet. No existen diferencias significativas en función del nivel socioeconómico pero los que pertenecen a familias con menor capacidad adquisitiva se muestran menos felices en todos los asuntos investigados; también en los ítems que corresponden al ámbito del ocio y el juego. En este último caso, las chicas/os le dan más importancia a tener tiempo para jugar durante el fin de semana, jugar con sus amistades y su familia y tener espacio para disfrutar fuera de casa. Lo que menos valoran es entretenerse solos, tener espacio para jugar en casa y disponer de tiempo para jugar de lunes a viernes.
Por tanto, el ocio y el tiempo libre es uno de los ámbitos más importantes para la infancia, pero la pobreza infantil condiciona el acceso a muchas de las actividades deportivas, culturales y otras experiencias de ocio de las que disfrutan muchos otros niños que no tienen esta situación de desventaja. Actualmente predomina un modelo de ocio de consumo que perpetúa la exclusión y las desigualdades, ya que solo es accesible para quienes disponen de los recursos suficientes (económicos, sociales, culturales…), limitando las oportunidades de este colectivo para participar en experiencias de ocio valioso con carácter universal e integrador. El ocio no es un lujo al que solo puede acceder una minoría, sino que es una necesidad y un derecho contemplado en la Carta Internacional para la Educación del Ocio (World Leisure and Recreation Association, WLRA 1993).
En este sentido, es fundamental disponer de datos que den cuenta de esta realidad y de las consecuencias que tiene para la infancia más vulnerable. En cuanto al componente de hábitos culturales, se puede destacar que las/os adolescentes que pertenecen a familias con un nivel adquisitivo bajo practican con menos frecuencia actividades musicales y teatrales en grupo respecto a las que viven en un hogar con más ingresos, el 21,9% y 25,8%, respectivamente. El 20% de los chicos y las chicas con bajos ingresos practican estas actividades de forma individual, frente al 30,1% con más recursos (Moreno et al. 2016).
En referencia al uso del tiempo libre, y siguiendo con los datos recopilados en el estudio HBSC (Moreno et al. 2016), las/os adolescentes de familias con alta capacidad adquisitiva realizan con más frecuencia -al menos dos veces por semana- ejercicio físico en el tiempo libre (73,7%) que las de menos ingresos (64,3%). En cuanto a las horas diarias dedicadas a ver la televisión u otros vídeos de entretenimiento, a jugar en el ordenador (juegos que no impliquen ejercicio físico) o a usar dispositivos electrónicos, no existen grandes diferencias en función del nivel socioeconómico pero el porcentaje sigue siendo mayor entre los que pertenecen a familias con menos recursos. Estos dedican 2,5 horas de media al día a ver la televisión (frente a las 2,1 invertidas por las niñas/os con más ingresos); 1,8 a jugar a juegos en el ordenador (frente a 1,7) y 2,8 horas a usar dispositivos electrónicos (frente a 2,5).
Con respecto al acceso al tiempo libre, en 2014 el porcentaje de niñas/os de 1 a 16 años en riesgo de pobreza que no participa en viajes y actividades escolares complementarias (27,7%) o de ocio, como tocar instrumentos o hacer deporte (31,4%) es el doble y el triple más bajo que el de la infancia que no está en esa situación, el 11,6% y 13%, respectivamente (Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social 2019). Además, el 11,4% vive en hogares que no pueden celebrar las ocasiones especiales y el 3,5% no tiene juguetes en casa. El porcentaje de niñas y niños que están en situación de pobreza en estos dos indicadores es mucho mayor: el 28,2% y 10,6%. Las familias más vulnerables concentran su gasto en las necesidades básicas y las actividades de ocio y tiempo libre no lo son (Alto Comisionado para la lucha contra la pobreza infantil 2019b). De hecho, los hogares más pobres gastan mucho menos en ocio y cultura que los más ricos. Así, aquellos cuyos ingresos están entre los 500 y 999 euros mensuales destinan de media 419 euros anuales a bienes y servicios de ocio y cultura, frente a los 1.188 euros que gastan los hogares que se sitúan entre los 2.000 y 2.499 euros (INE 2020b).
Por último, los datos referidos al componente de uso de las TIC reflejan la relación existente entre la brecha digital y la infancia más vulnerable. El 9,2% de los hogares con niñas/os que están en el tramo de ingresos mensuales más bajo no tienen acceso a internet, frente a solo el 0,4% en el tramo más alto. Esta brecha también se observa en los tipos de dispositivos digitales disponibles: el 23% de los hogares con niñas/os del tramo más bajo de ingresos no tienen ordenador en casa y el 48% no tiene acceso a una tableta, en comparación con el 1,2% y 20% que corresponderían al tramo más alto, respectivamente. En cuanto al uso de internet, la infancia que vive en hogares con menos ingresos está más horas diarias (de 4 a 6) entre semana conectada a internet (52%) que la de ingresos superiores (34%). Sin embargo, utiliza con menos frecuencia internet para hacer los deberes: el 51% lo hace cada día o semanalmente, frente al 66% de niñas/os que viven en hogares con mayor poder adquisitivo (Alto Comisionado para la lucha contra la pobreza infantil 2020).
3.7. Bienestar subjetivo
Esta dimensión la forman cinco componentes (Tabla 8):

El bienestar subjetivo constituye uno de los ámbitos de bienestar más importantes para conocer la opinión de la infancia sobre sus condiciones de vida. Ya no se trata de analizar su bienestar a través de indicadores objetivos que se centran de forma general en el hogar familiar, sino que la unidad de análisis que predomina es la niña y el niño.
Con respecto al componente de satisfacción general, el estudio HBSC (Moreno et al. 2019) señala que el 38,1% de las/os adolescentes de familias con menor poder adquisitivo tiene un nivel de satisfacción vital alto, en comparación con el 74,1% de más recursos. En esta línea, UNICEF (2019) expone resultados similares. En una escala de satisfacción global con la vida, la infancia la valora de forma positiva, asignándole un 7,6 sobre 10. Los niveles de bienestar subjetivo se incrementan a mayor capacidad adquisitiva: la valoración de su vida en general se encuentra en una media de 6,12 para las niñas/os con menos recursos económicos, frente al 7,79 con mayor riqueza familiar.
En referencia al apoyo social percibido, son las niñas/os más pobres las que se sienten menos apoyadas por sus compañeros de clase, profesorado, familia y amistades (UNICEF 2019). Más en concreto, el HBSC (Moreno et al. 2019) desagrega de forma pormenorizada este componente. Las/os adolescentes con familias de alta capacidad adquisitiva perciben un mayor apoyo de sus amistades (71,9%) y compañeros de clase (66,3%) que los de familias con menos ingresos (64% y 54,7%, respectivamente). En cuanto a la satisfacción, esta aumenta conforme lo hace el poder adquisitivo de sus familias, que pasa de un 60,9% (amistades) y 43,8% (compañeros) entre los de menos ingresos al 69,4% y 52,1% en los de mayor nivel adquisitivo. En cuanto al apoyo percibido por parte de sus profesores, no hay grandes diferencias en función de los ingresos, aunque el porcentaje sigue siendo menor en las/os adolescentes con familias de menos recursos (el 46% frente al 50%). Lo mismo ocurre con la satisfacción: el 33,4% y 34,4% de adolescentes con capacidad adquisitiva baja y alta, respectivamente, percibe un nivel alto de satisfacción con sus profesores.
Siguiendo con el componente de salud emocional, el 57,5% de las chicas/os con menor capacidad adquisitiva familiar presenta un mayor malestar psicosomático psíquico al menos casi todas las semanas, frente al 50% que pertenecen a familias con altos ingresos (Moreno et al. 2019). Por otra parte, el Barómetro de la Infancia de UNICEF (2019) señala que el 70% de adolescentes con menos ingresos se ha sentido triste y el 55% solo, en comparación con el 45% y 30% de mayor riqueza familiar, respectivamente.
En cuanto a la percepción de salud, el HBSC (Moreno et al. 2019) incorpora un indicador de malestar psicosomático físico (dolor de cabeza, de estómago, de espalda o sensación de mareo). La tendencia es la misma que en los anteriores casos: las/os adolescentes con menor poder adquisitivo (42% frente al 37,6% con altos ingresos) representan los porcentajes más elevados en este indicador con una frecuencia de al menos casi todas las semanas. Además, el 44,4% de las personas encuestadas en este estudio que tienen altos ingresos perciben su salud como excelente, respecto al 28,6% de menos recursos económicos. Por último, los resultados derivados del indicador de calidad de vida relacionada con la salud apuntan a la misma tendencia: los niveles altos de bienestar son más elevados entre los que pertenecen a familias con mayor poder adquisitivo (42,1% frente al 30,2%).
A pesar de no haber expuesto aquí datos desagregados por edad -dado que no estaban a su vez desagregados por nivel socioeconómico-, cabe destacar que el grupo de edad de 17-18 años presenta niveles inferiores de bienestar subjetivo en todos los componentes seleccionados, en comparación con el de 11-12 y 13-14 años.
4. Conclusiones
En este artículo se han analizado las condiciones de vida de la infancia en situación de pobreza y vulnerabilidad social en España a través de las dimensiones, los componentes e indicadores de bienestar infantil, a partir de datos secundarios procedentes de distintas fuentes documentales y estadísticas.
Tras el análisis, se puede señalar que la infancia con menos recursos económicos presenta niveles de privación superiores en comparación con la que tiene un mayor poder adquisitivo. En concreto, se destacan los siguientes resultados:
- La infancia es uno de los grupos de edad con mayor riesgo de sufrir pobreza. Los hogares monomarentales con una hija o hijo a cargo y las familias con un menor nivel de estudios y con baja intensidad de empleo tienen la tasa de pobreza y exclusión social más alta. España dispone de poca capacidad para reducir estas tasas de pobreza infantil a partir de transferencias sociales debido a la falta de inversión pública en este ámbito, en comparación con otros países de la UE.
- La trayectoria escolar de las niñas y los niños está condicionada por la posición socioeconómica de sus familias, ya que aquellos que provienen de hogares con menos recursos económicos tienen un peor rendimiento académico y una mayor posibilidad de fracasar en el sistema escolar o de abandonar de forma prematura sus estudios. En cuanto a la Educación Infantil, existe una brecha entre el quintil de renta más alto y bajo en el acceso al 1º ciclo (0-3 años), ya que no tiene un carácter gratuito para las familias.
- Las niñas y los niños que viven en hogares con menos ingresos son los que presentan mayores tasas de obesidad y sobrepeso. El sistema de salud en España resulta insuficiente en la provisión universal de servicios especializados (oftalmología o salud mental), generando dificultades de acceso en las familias en situación de pobreza al depender del sector privado para su garantía.
- Los hogares con hijas/os que se sitúan en el quintil más pobre residen en viviendas inadecuadas, con peores equipamientos o en situación de hacinamiento, lo que puede derivar en graves problemas de salud; también tienen un mayor sobrecoste de vivienda. Además, a medida que disminuye la capacidad adquisitiva, también lo hace el nivel de satisfacción con su vecindario o la satisfacción/apoyo familiar.
- No existen diferencias significativas en cuanto a sufrir situaciones de maltrato y violencia en el contexto escolar en función del nivel socioeconómico, pero es más frecuente en las/os adolescentes con familias de menor renta y en la franja de edad de 11-12 años.
- La infancia en riesgo de pobreza practica con menos frecuencia ejercicio físico y actividades de ocio culturales y/o artísticas en su tiempo libre. Las familias más vulnerables concentran su gasto en satisfacer las necesidades básicas y las prácticas de ocio no lo son. De ahí que estas niñas y niños tengan menos posibilidades de participar en viajes o actividades escolares que aquellos que no se encuentran en esa situación. Los resultados en este ámbito también reflejan que la brecha digital es un factor más de desigualdad en el ocio de la infancia.
- El bienestar subjetivo de las niñas y los niños disminuye cuando provienen de familias con bajo poder adquisitivo. La satisfacción con sus vidas, el apoyo social recibido por su profesorado, familia y amistades y la percepción de la calidad de vida relacionada con la salud es menor entre la infancia más vulnerable.
Todos estos resultados evidencian la multidimensionalidad en el fenómeno de la pobreza cuando se aborda desde el enfoque de bienestar infantil, configurándose como una de las perspectivas más amplias e integrales, pues expone el amplio conjunto de factores que influyen en los ámbitos de vida de las niñas y los niños, más allá del bienestar económico.
Con este análisis de las condiciones de vida de la infancia se constata la carencia de datos desagregados por nivel socioeconómico en prácticamente todos los componentes, predominando los indicadores referidos a la adolescencia; también la disponibilidad de datos para el estudio de las dimensiones de bienestar infantil en la franja de edad de 1-17 años. Además, resulta complejo hacer comparaciones consistentes de resultados por la distinta periodicidad de las fuentes y debido a que la mayoría de estas siguen teniendo como objeto de estudio el hogar en vez de a la infancia. Del mismo modo, se ha comprobado que existe una gran cantidad de indicadores procedentes de fuentes estadísticas que se podrían referenciar en muchos de los ámbitos de bienestar infantil y que abordan cuestiones relacionadas con la participación social, los hábitos culturales o la satisfacción con determinados aspectos de vida. Sin embargo, solo se fijan para la edad adulta y no están desagregados por nivel socioeconómico; algunos sí por situación laboral, pero no serían representativos de los hogares con niñas y niños en situación de pobreza.
Así, todos los aspectos mencionados dejan entrever la necesidad de garantizar la accesibilidad a datos fiables, periódicos y desagregados que den muestra de la calidad de vida y de las oportunidades de desarrollo de la infancia, y particularmente de la más vulnerable, como uno de los colectivos más invisibilizados en nuestra sociedad. En consecuencia, la pobreza infantil como fenómeno estructural y multidimensional no puede ser abordada únicamente a través de políticas generalistas de lucha contra la pobreza o exclusión basadas en el apoyo económico, sino que requiere políticas específicas que contemplen todas las dimensiones de vida y respondan a las necesidades y los derechos de la infancia, a partir de una información basada en evidencias científicas que fundamente la priorización de las políticas públicas destinadas a este colectivo.
Agradecimientos
Trabajo realizado en el marco de las Ayudas para la Formación de Profesorado Universitario del Ministerio de Universidades del Gobierno de España (FPU18/00494) y el proyecto I+D+i denominado “Educación y conciliación para la equidad: análisis de su incidencia en los tiempos escolares y sociales de la infancia” – CON_TIEMPOs (RTI2018-094764-B-I00).
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Notas