ARTÍCULOS
Recepción: 23 Febrero 2022
Aprobación: 17 Noviembre 2022
DOI: https://doi.org/10.4206/rev.austral.cienc.soc.2023.n44-02
Resumen: El estudio de las revistas viene recibiendo un tratamiento importante en la argentina de las últimas décadas. Desde la historia económica los abordajes proponen conjugar herramientas de la economía, la historia cultural y política para enriquecer los análisis. En este trabajo proponemos abordar la revista La Ciudad Futura (LCF), ligada al pensamiento de izquierda en los años del presidente Raúl Alfonsín (1983-1989), que contara con algunos de los intelectuales más renombrados. Se realiza una construcción de los perfiles de sus columnistas, del proyecto editorial y la tipología de la misma. Luego se analizan los debates en torno a la política económica y la economía a partir de los cambios que el capitalismo venía presentando desde la década de 1970. Se concluye en que la dimensión económica introdujo tensiones importantes en una izquierda renovada que apostaba a una democracia socialista, motivando la discusión por un reformismo modernizador para insertar al país en una nueva dinámica mundial.
Palabras clave: democracia, economía, Plan Austral, modernización, Estado.
Abstract: The study of journals and magazines has received further treatment in Argentina in recent decades. Drawing from economic history, the approaches propose combining tools from the economy, cultural, and political history to enrich the analyses. In this study, we propose to address the journal La Ciudad Futura (LCF), linked to the leftist thought in the years of President Raúl Alfonsín (1983-1989), which featured some of the most renowned left-wing intellectuals. First, we elaborate on the profiles of the columnists, the editorial project, and the typology of the journal. Second, we analyze the debates around economic policy and the economy based on the changes that capitalism had been introducing since the 1970s. In the conclusions, we claim that the economic dimension introduced important tensions in a renewed left that was betting on a socialist democracy, motivating the discussion for a modernizing reformism to insert the country into the new global dynamic.
Keywords: Democracy, Economy, Plan Austral, Modernization, Condition.
1. Introducción
El estudio de las revistas ha experimentado un crecimiento importante en los últimos años. Uno de sus pilares consiste en entender a éstas como parte central de un campo de análisis histórico en sí mismo, partiendo de su abordaje como cuerpos autónomos (Rougier y Mason 2021). Así, quienes consideran que las revistas condensan de una forma integral los diferentes debates, diatribas y narrativas históricas y coyunturales en momentos concretos de la historia (Girbal-Blacha 2021), también asumen que funcionan no solo como un receptáculo de ideas, sino como verdaderos proyectos culturales e iniciativas colectivas de intervención en la realidad política, económica y cultural (Beigel 2003) reivindicando su análisis sociohistórico. Varios trabajos del campo historiográfico vienen aportando a este espacio de estudios con diferentes análisis sobre revistas y publicaciones periódicas, especialmente destacamos aquellos que buscan conjugar el análisis económico y estadístico con una perspectiva política y cultural (Borrelli y Porta 2019; Girbal-Blacha 2018; Rougier y Odisio 2018; Haidar 2017; Ospital y Mateo 2015)
El caso específico de la revista propuesta en este trabajo, LCF, viene registrando varios análisis en los últimos años, más centrados en las figuras de importante trayectoria intelectual que participaron en sus columnas, como las de José Arico, Juan Carlos Portantiero, Beatriz Sarlo, entre otros. Estos intelectuales se caracterizaron por pensar y debatir la coyuntura de transición a la democracia, así como la construcción de una izquierda democrática con una perspectiva socialista de cara a los nuevos tiempos que se inauguraran desde 1983 con la victoria de Raúl Alfonsín (Montaña 2018; Martínez Mazzola 2016; Ponza 2013a; Núñez 2011; Casco 2004). En esta línea, varias investigaciones analizan los vínculos de esta publicación con su antecesora Controversia publicada en México, donde tuvieron un importante recorrido varios pensadores argentinos en el exilio durante la última dictadura argentina (1976-1983) (Burgos 2004; Patiño 1997) Más recientemente, otras investigaciones reparan en el análisis teórico del lenguaje político para comprender con una perspectiva más aguda en ese campo cómo se entendió la transición, a partir de qué bases se construyó el consenso democrático y qué rol tuvieron los intelectuales en dicho proceso como en las críticas hacia las acciones de radicalidad política pasadas (Reano 2013). Así mismo, cabe mencionar que estos estudios se encuentran relacionados con los análisis más generales que han atendido al papel de los intelectuales en el contexto de la transición a la democracia en la Argentina. Especialmente aquellos que se concentraron en los desafíos de cara al nacimiento de un nuevo sistema político, por ejemplo, examinando las transformaciones en las tradiciones político-culturales (De Diego 2007; Lesgart 2003), y en sintonía con el examen de otras revistas político intelectuales significativas de aquel entonces, como Unidos, Los Cuadernos de la Comuna, Punto de Vista, entre otras (Trombetta 2016; Coca 2014; Garategaray 2011; Montaña, 2009).
En esta misma línea, y no menos importante, ha sido el abordaje directo de los grupos de izquierda en torno a la etapa de dictadura y democracia como el Club de Cultura Socialista o el Grupo Esmeralda, que pueden entenderse cómo organizaciones vinculadas con la LCF. Estas organizaciones contaron con la presencia de intelectuales de izquierda, como Portantiero y Aricó, y constituyeron bases organizativas del socialismo intelectual argentino de postdictadura, especialmente de aquel sector que revisara las tradiciones de izquierda revolucionaria en clave democrática (Martínez Mazzola 2016). Existe, a su vez, una abundante bibliografía que se ha dedicado a analizar este sector de la izquierda y que, en gran medida, se corresponde con la mencionada anteriormente, que ha atendido diferentes aspectos sociopolíticos como sus relaciones con el gobierno alfonsinista (Elizalde 2009), los cambios que promovieron en el debate teórico intelectual desde una perspectiva filosófica (Rabotnikof 1992), las transformaciones que impulsaron en torno al surgimiento de un nuevo tipo de intelectual (Tzeiman 2015) y las discusiones que se venían desarrollando en torno a los regímenes políticos en el periodo previo a la democracia (Ponza 2010; Lesgart 2000).
LCF aparece en un contexto en que el alfonsinismo, en términos económicos, realizaba un giro técnico hacia una política pragmática de acuerdo a los problemas económicos de aquellos años. Deuda externa, déficit fiscal, inflación y crisis del Estado se encontraban entre aquellos escollos principales. Hacia enero de 1985 se integraba al gobierno como ministro de Economía Juan Vital Sourrouille (1985-1989) y un nuevo equipo, dejando atrás la etapa de Bernardo Grinspun (1983-1985). Su incorporación significó tensiones entre la línea partidaria de la Unión Cívica Radical (UCR) de Alfonsín y los técnicos e intelectuales extrapartidarios que se incorporaban con Sourrouille al interior del gobierno, y posteriormente en el Banco Central de la República Argentina (BCRA).1 El equipo del nuevo ministro de Economía se encontraba compuesto por un conjunto de colaboradores extrapartidarios que venían trabajando en una segunda línea de la secretaria de Planificación Económica. Entre estos destacaban Adolfo Canitrot, Juan Sommer, Mario Brodersohn, José Luis Machinea y el sociólogo Juan Carlos Torres. En efecto, no se trataba de militantes o intelectuales estrictamente asociados a organizaciones de izquierda. Por el contrario, estos economistas provenían de la función pública, la consultoría privada y la investigación académica en instituciones como el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y diversas universidades nacionales y extranjeras. Sin embargo, éstos comenzaban a simpatizar con el nuevo gobierno, partiendo de las críticas a la política económica de la dictadura y abrazando el entusiasmo alfonsinista en refundar la democracia.
En este cuadro, destacamos que sobre el abordaje de LCF, como de este sector de la izquierda intelectual argentina, no existen análisis específicos que los encuadren en los debates económicos de la época. Aquí es donde pretendemos generar un aporte nuevo, enmarcado en los estudios en torno a las revistas con una mirada que concilie la trayectoria política de los integrantes de LCF y las características integrales del proyecto editorial con los debates, discursos y abordajes de las discusiones en torno a la política económica en este sector de la izquierda. Consideramos que centrar la mirada en la discusión económica y de la política económica de este sector de la izquierda, no solo presenta una novedad de acuerdo a los abordajes existentes, sino que también se torna necesario para contemplar cómo las izquierdas procesaron los enormes cambios operados en la economía nacional y mundial desde los años 70.
2. Intelectuales y democracia en los años de Alfonsín: algunas consideraciones preliminares
LCF fue una revista política fundada en agosto de 1986 por los miembros que coordinaban el Club de Cultura Socialista:2 Juan Carlos Portantiero, José Aricó y Jorge Tula,3 fueron los principales impulsores que, al regresar de su exilio en México, comenzarían a discutir las bases políticas y culturales de la democracia argentina con un signo de renovación teórica gramsciana de izquierda (Burgos 2004).4 Al momento del lanzamiento de la revista, y además de los mencionados, dicho Club también se encontraba compuesto por Altamirano como presidente, Marcelo Lozada como vicepresidente, Neudelman como secretario, Maio como Tesorero y los vocales Alicia Azubel, Héctor Leis, Nun, Rodríguez, Sábato, Vezzetti, y los vocales suplentes Ricardo Foster y Jáuregui. Varios de estos, como Tula, Aricó y Portantiero, contaban con una trayectoria intelectual pasada en la ya mencionada revista Controversia, entre los que también cabe mencionar a De Ípola, donde desde el exilio observaban con atención la realidad argentina. A su vez, este grupo fue complementado con otro surgido alrededor de la revista argentina Punto de Vista, impulsada por Sarlo, Altamirano, Ricardo Piglia y Elías Semán. Esta última, también contaba con el impulso de otros referentes de la literatura y las ciencias sociales como Glamuglio, Vezzetti, Adrián Gorelik y Filippelli, quienes venían siendo parte central de la izquierda revolucionaria argentina en el plano intelectual (Ponza 2016).
Como destacó Ponza (2013a), estos grupos intelectuales se encontraban en un contexto de crisis del marxismo y, por lo tanto, de revisión crítica de la izquierda argentina, especialmente en lo concerniente a las actuaciones de la guerrilla en las décadas anteriores. En este contexto, las acciones belicistas en la política comenzaban a estar profundamente cuestionadas en este sector de la izquierda (Farías 2015), mientras surgía una revalorización del sistema democrático fuertemente vinculado al proceso político del alfonsinismo. Todo esto, además del cambio político que significaba la llegada del presidente Raúl Alfonsín, la primera derrota electoral del peronismo5 y el fin de la más violenta de las dictaduras de la historia argentina, se producía en un contexto de redefinición en las relaciones entre cultura y política, como de crisis de los modelos de organización social donde se comenzaban a abandonar las acciones radicales de izquierda. A su vez, emergían nuevas formas de entender el rol intelectual en la política, donde su compromiso se comenzaba a entremezclar con una revalorización republicana que ponía en el centro la democracia como forma de convivencia social (Elizalde 2009).
En estos años, la democracia se convirtió en la principal preocupación política y académica de la intelectualidad de izquierda (Nun y Portantiero 1985). Los estigmas que el autoritarismo había dejado en la sociedad argentina en materia de violencia política, proscripción, censura y violación a los derechos humanos, propiciaban un contexto favorable para las nuevas ideas. Así, los promotores del Club de Cultura Socialista, que impulsaron estos dos grupos en convergencia, se propusieron edificar un lugar para debatir ideas en el marco de la nueva democracia, ahora alejándose de las posturas radicales de izquierda, destinado a favorecer el desarrollo de un socialismo democrático. El Club, solventado por el aporte económico de sus miembros, realizaba actividades internas con independencia de los partidos políticos, aunque convergía con la ruptura que instalaba el proyecto alfonsinista en torno al autoritarismo. En suma, lo que Aboy Carlés (2001) caracterizó como la construcción de una frontera a partir de una doble ruptura, significaba que podían divisarse en el pasado reciente de la dictadura militar el autoritarismo, las violaciones de los derechos humanos y el triunfo de una “patria financiera” (Castellani 2021) frente a la promesa de una nueva democracia promotora de un pleno Estado de Derecho. Así, en los años del regreso de la democracia, como lo ha hecho ver Wasserman (2013), la intelectualidad argentina formulaba un proceso de conciliación entre democracia y socialismo para encarar los nuevos desafíos en medio de la ruptura con el régimen dictatorial.
Finalmente, y como fruto de los contactos entre el alfonsinismo y los intelectuales socialistas,6 en el seno del gobierno se conformaría el mencionado Grupo Esmeralda, que nucleaba a intelectuales de izquierda en gran medida exiliados durante la dictadura, donde se debatirían los problemas de la coyuntura argentina y los proyectos para una modernización de la sociedad. Así, las principales ideas que motorizaba el grupo se sostenían en la promoción del desarrollo para una democracia moderna y participativa (Lesgart 2003).7 El Grupo Esmeralda, manejado por el empresario Meyer y el jurista Nino,8 reunió a un arco importante de intelectuales de las ciencias sociales. Estos habían tenido una importancia central en la elaboración del famoso discurso de abril de 1985, donde el alfonsinismo convocara a la defensa de la democracia y se anunciara una economía de guerra previo lanzamiento del Plan de estabilización Austral.9 También fue así en el célebre discurso de Parque Norte,10 en el marco de la estabilización de la inflación post Austral, cuando Alfonsín convocara a una convergencia democrática destinada a modernizar las estructuras sociales a actores más amplios que su base partidaria (Garategaray y Reano 2019). Estos discursos, como el devenir general de la gestión política, pueden ser entendidos como clivajes que tuvieron una contrapartida importante en el aspecto económico, especialmente a partir de la política económica inaugurada con el Plan Austral. A partir de 1985 se producía el punto más alto en lo que respecta a los contactos entre los intelectuales y Alfonsín, pero también en la apertura de un cambio de rumbo político y económico. La débil estabilidad económica temporal que permitió el Plan Austral, y la posterior discusión sobre las reformas estructurales en el gobierno (privatizaciones, capitalización de la deuda, apertura comercial, etc.), coincidió con una merma en el apoyo de los grupos de izquierda al gobierno.11 En este periodo, que va de 1986 a 1988 es que se produjeron los debates económicos y de política económicas más importantes en las páginas de LCF.
3. La Ciudad Futura: análisis de una revista de renovación democrática temprana
LCF aparece en agosto 1986 bajo la dirección editorial de Arico, Portantiero y Tula, acompañados por la presencia corriente de Terán y Héctor Schmucler en sus números durante los años de Alfonsín.12 La revista alternaba ediciones bimestrales con trimestrales y contó con un comité editorial compuesto de los mencionados anteriormente. Como consejeros de redacción, también se encontraban Bufano, Jorge Dotti, Ricardo Ibarlucia y Héctor Leis, miembros significativos de la izquierda de los setenta y sus organizaciones armadas. Sin embargo, posteriormente se fueron incorporando en este bloque algunos como Javier Artigues, Julio Godio, Antonio Marimón, Gustavo Merino y Guillermo Ortiz, también intelectuales de relevancia contemporánea y posterior de la Argentina. Luego, en su número 11 de 1988 aparece por primera vez un comité asesor, con una nómina de importantes personalidades que ya venían participando del proyecto como de Ípola, Dotti, Terán, Renzi, Neudelmán y otros como Jorge Kors y Leis. La gran mayoría, como se ha destacado, eran parte de las filas del Club de Cultura Socialista y participaron de los números durante todo el periodo del gobierno de Alfonsín. También participó del proyecto el artista Juan Pablo Renzi, que organizaba la estética de las tapas de la revista y sus ilustraciones con obras del cronista y plástico Phelipe Guaman Poma de Ayala (1534-1616), quien con su arte denunciara las injusticias de los encomenderos y funcionarios de la Corona española frente a los indígenas en la Lima del siglo XVII y XVIII. Habitualmente Renzi se encargó de las ilustraciones de las tapas, siempre orientadas en el arte andino e hispano.

La Ciudad Futura (marzo de 1987)
La Ciudad Futura (agosto de 1986)
Al interior del número, las gráficas podían cambiar, aunque siempre estaban definidas por artistas afines ideológicamente, que habían sufrido el exilio o bien la proscripción en los años inmediatamente anteriores. Por ejemplo, fue el caso del argentino residente en Brasil León Ferrari, artista plástico caracterizado por su disidencia frente a las múltiples formas de intolerancia social, especialmente la practicada durante la última dictadura argentina.13 Sin embargo, lo más probable es que Renzi asesorara al equipo editorial en la temática ilustrativa de cada número con algún criterio artístico de acuerdo a los temas más importantes que se trataban. Las ilustraciones no aparecían en todas las páginas, sino en notas seleccionadas, sin epígrafes e insertadas en alguna parte del texto.14
La publicación presentaba en sus primeras páginas sumarios variados que incluían notas sobre la coyuntura política en cuestiones sectoriales de las ciencias sociales, principalmente sindicales y educativas, aunque también sobre áreas más amplias como la política energética del periodo. Eran destacables las notas en torno a los debates intelectuales sobre la democracia, el Estado y la muy discutida modernización de la sociedad. No fueron menos importantes las preocupaciones en torno a procesos políticos latinoamericanos como los casos de Chile, Brasil y Nicaragua, por solo mencionar algunos. Respecto de su precio, luego de lanzado el Plan Austral hacia octubre de 1986, presentaba un valor de 3 australes. Este fue subiendo hasta unos 25 australes hacia mediados de 1988. En términos comparativos, puede plantearse que se trataba de una revista que se comercializaba a un precio más elevado que otras publicaciones periódicas y mensuales. El diario nacional Clarín, por su parte, se vendía en octubre de 1986 en unos 0,30 australes y hacia 1988 en 4 australes. Por otro lado, si comparamos precios con otra publicación mensual como la revista del Movimiento Todos por la Patria Entre Todos, esta se comercializaba en el mismo año y mes en 1,50 australes y hacia 1988 en alrededor de 7 australes. Si se trata de calcular la evolución de su precio respecto de la inflación en ese periodo, ésta quedaba por debajo de la segunda en tanto presentaba un incremento del 12% en el lapso de dos años, mientras que la inflación rondaba en índices de entre el 4 y el 7% mensual solo en 1986 (Rapoport 2020). Quizás esto pueda explicarse por el elevado precio con que comenzaron sus tiradas, quedando posteriormente retrasada. Entre otros aspectos, debe destacarse que la publicación funcionó de manera estable en la dirección Bartolomé Mitre al 2094, Buenos Aires. También que mostró una intensa actividad de publicidad en sus páginas, que iban desde revistas afines como Opciones y Leviatán, librerías especializadas en ciencias sociales situadas en la ciudad porteña, editoriales de renombre como Alianza editorial y Puntosur, eventos académicos y políticos y las publicaciones de sus columnistas.
A lo largo de sus páginas, además de los nombres mencionados, escribieron otros importantes pensadores de las ciencias sociales, la filosofía y la literatura que incluso tienen una relevancia en nuestros días. Entre estos, colaboraron con su pluma los filósofos Aníbal Quijano, Hannah Arendt, Zygmunt Bauman, Marcos Novaro y Vicente Palermo. También Adriana Puiggrós, Cecilia Braslavsky y Guillermina Tiramonti en el área educativa, los historiadores Waldo Ansaldi y Torcuato Di Tella, los sociólogos Pablo Semán y Susana Torrado, el internacionalista Pedro Brieger y, en economía, algunos nombres como Jorge Schvarzer, Jorge Katz, Julio Sevares y Héctor Gambarotta, aunque no eran hegemónicos en sus páginas. Vale una observación para este último punto, y es que la participación de los mencionados fue haciéndose más frecuente con el correr de los números, lo que quizás dé cuenta de la creciente vitalidad y apertura de corte intelectual que adquiría la revista desde sus inicios, considerando que economistas no formaron parte del proyecto original.
También cabe mencionar que quienes participaron en el bloque económico, y a su vez posiblemente asesoraron a la revista en el área, se encontraban vinculados al pensamiento de las izquierdas de aquel entonces. Aunque, a pesar de esto, se encontraban alejados de la cultura socialista de actividad política cercana al alfonsinismo. Provenientes del campo académico y periodístico, muchos de ellos venían trabajando sobre temas de desarrollo económico como de economía política, adscriptos en instituciones de investigación y universidades locales y extranjeras. Por ejemplo, el reconocido economista Schvarzer contaba con una importante trayectoria estudiando a la industria argentina. Colaborador de primera línea en la reconocida revista Fichas de Investigación Económica y Social dirigida por Milcíades Peña en los sesenta, durante los ochenta fue parte del CISEA donde se vinculó con intelectuales importantes que colaboraron en el alfonsinismo como Jorge Roulet, Dante Caputo y Jorge Sábato, llegando a ser el director de dicha institución en 1983. En estos años, el economista se preocupó por los debates sobre la industria argentina, las empresas, la política económica y el endeudamiento externo. Sus análisis de caracterizaban por la crítica al neoliberalismo y la globalización financiera con una afinidad al pensamiento socialista. También se encontraron en sus filas el economista Carlos Abalo, un socialista con trayectoria en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) con sede en México. Además, éste este tuvo una participación importante en el plan económico del ministro de Economía José Ber Gelbard (1973-1974) y destacada participación en las columnas económicas de El Cronista Comercial hasta el secuestro de su director Rafael Perrotta durante última dictadura, para luego exiliarse en México. Sus preocupaciones en torno a los modelos de acumulación, el atraso de la economía argentina, el devenir del capitalismo y el desarrollo nacional lo caracterizaron como un referente del pensamiento económico en medios vinculados a la izquierda como Revista Socialista, Cuadernos del Sur, El Periodistade Buenos Aires y la ya mencionada Controversia, entre otros. Julio Sevares, por su parte, era un economista ligado a la UBA, también parte del CISEA, e interesado principalmente en temas de Estado, relaciones de poder y globalización financiera. Actualmente cuenta con una extensa carrera académica y participación en el periodismo económico, como por ejemplo en Clarín, pero también ligado a la izquierda de raíces socialdemócrata por ejemplo en medios como Nueva Sociedad, La Vanguardia, Le Monde Diplomatique, entre otros. También debe mencionarse a Héctor Gambarotta, un economista que había estado relacionado a la organización Montoneros en los setenta y quien propusiera al guerrillero Rodolfo Galimberti crear un órgano institucional de formación intelectual para los exiliados filiados a la izquierda internacional, proyecto en el que se vieron involucrados otros como los economistas Carlos Bruno y Oscar Braun.
Posteriormente, cuando los debates en torno a la reforma económica avanzaran en el alfonsinismo, especialmente desde el año 1987 en adelante, tomarían participación en el debate económico y social otros columnistas. Preocupados por el avance de la reforma modernizadora, pueden mencionarse a Julio Godio, Hugo Quiroga y Javier Franzé, como los principales. El primero (1939-2011), era un reconocido sociólogo e historiador, destacado en las investigaciones ligadas al mundo obrero y del trabajo, con significativa labor en la Organización Internacional del Trabajo (OIT), proveniente de una tradición socialista que llegara a ser incluso cercano al peronismo. Exiliado en Venezuela durante la dictadura militar, estableció vínculos académicos en varias universidades locales, como posteriormente argentinas. Hugo Quiroga, por su parte, es un cientista social argentino ligado al marxismo. Exiliado en Brasil primero, y en Francia luego, en los años de la dictadura, regresaba a la Argentina en los años democráticos para vincularse con Portantiero y De Ípola, entre otros. Especialista en temas de historia política, construyó una importante carrera en universidades argentinas como las del Litoral y Rosario. Por último, Franzé era entonces un joven politólogo cercano a la izquierda argentina, que posteriormente desarrollara una extensa carrera en España hasta la actualidad. Y entre otros cientistas sociales reconocidos, se encontraban Laura Golbert y Palermo. En suma, como veremos, esta última fase en los años democráticos da indicios de cierta merma en el debate económico que había generado el Plan Austral, corriendo el eje a la reforma del Estado.
Desde sus orígenes, los editores de la LCF se preocuparon por señalar que no eran socialdemócratas, incluso evitaban adherencias explícitas al alfonsinismo, sino que se trataba de socialistas preocupados por la construcción de una nueva democracia. Así, desde sus primeras letras afirmaron que se concebían como
una de las formas de organización de una presencia cultural de izquierda, que en las condiciones del país y del mundo requiere de un profundo y radical cuestionamiento de toda su tradición y de sus instrumentos de análisis.15
Para los fundadores el ideal socialista y la cultura de izquierda se encontraban en crisis. Así, la LCF apuntaba a crear una sociedad nueva: “una civilización distinta; una organización de la sociedad, un manejo de las cosas, una forma práctica de la política que no es la del presente, pero que puede abrirse paso mañana”.16 En este marco, en el que la proyección sociopolítica de la sociedad argentina era su principal preocupación, lo económico no parecía tener un lugar privilegiado. A tono con la aspiración democrática, que tendió a subestimar los enormes desequilibrios en este orden, quedó el tema relegado en un lugar secundario. Sin embargo, con el pasar de sus números tomaría un papel cada vez más relevante, pasando de la preocupación sobre la política económica hacia la reforma económica y del Estado. Esto sucedía, conforme avanzaban las dificultades que se enfrentaban en el área y se imponían las disputas por un nuevo orden socioeconómico que encontraría su plenitud en los años 90.
Como fruto de los nuevos tiempos, en el primer número de LCF el filósofo Ricardo Ibarlucía traducía un texto del socialista francés Michel Rocard presentado en el Congreso del Partido Socialista francés de 1986. Algunas de las cosas que diría allí Rocard, y que reprodujera LCF, demuestran los aires de aquellos años que giraban en torno a una fricción entre la democracia y la dinámica de los mercados (esto, además, ponía en cuestión al sector público). Al respecto, uno de los párrafos más ilustrativos de la cuestión comentada diría:
Quienes no temen reconocer que han cambiado han aprendido que no se puede distribuir más de lo que se produce. Que un empleo no es duradero más que si es económicamente productivo. Que la inflación otorga a los ciudadanos apenas lo que la generosidad de un momento ha podido conceder y nada más. Que no se puede importar impunemente durante mucho tiempo más que lo que se exporta. Que ganar dinero no es en sí mismo censurable y que la iniciativa individual, basada en una economía dinámica y en una fiscalización moderna, contribuye al bienestar colectivo.17
En este sentido, el dirigente socialista que pocos años después fuera primer ministro de Francia aseguraba que el socialismo estatista había perdido su atractivo, pero que en definitiva la izquierda a nivel mundial mantendría su esencia a través de una modernización. De una manera similar, en LCF aseguraban que se vivían tiempos de cambios y mutaciones profundas en la economía y la sociedad, “que colocan a nuestro tiempo en una situación parecida a la gran conmoción que significó la revolución industrial y la revolución democrática del siglo XIX”.18 En tanto, se entendía que la izquierda socialista atravesaba una gran crisis y que sus clásicas hipótesis y objetivos la volvían inadecuada para “encarar la complejidad de las cuestiones planteadas por la sociedad actual y las demandas de construcción de una democracia social avanzada en nuestro país”.19 A la vez se aseguraba que con la declinación conservadora y el manejo neoliberal de la economía que había caracterizado a la Argentina del régimen anterior, se abría una oportunidad para “una nueva izquierda capaz de construir alianzas, que con mayor determinación y claridad se planteen soluciones alternativas a la explotación capitalista del mundo”.20 Requisito para esto eran, como se afirmaba, una firme aceptación de la democracia “como instrumento de verificación del consenso social”.21 Puede notarse, así, cómo los nuevos tiempos exigían el desarrollo de una democracia moderna que, ahora, se volvía atractiva incluso con su componente capitalista de incentivo a los mercados en beneficio para el conjunto de la sociedad.
4. Política económica para La Ciudad Futura: ambivalencia del Austral
El contexto económico coincidente con la aparición de la revista resulta ilustrativo22 en alguna medida de lo que sucedía en las páginas de LCF. Mientras desde 1985 con el recambio ministerial que incluyó a Sourrouille y su equipo en el ministerio de Economía el alfonsinismo parecía buscar en los economistas extrapartidarios soluciones a la problemática económica (Torres 2021). Paralelamente, en LFC se buscaban colaboradores externos para formar los principales debates en torno a un pensamiento económico. En esta última, no había un socialismo intelectual económico consolidado, sino que la cuestión parecía más asemejarse a una búsqueda centrífuga o externa de asesores y colaboradores económicos. Simultáneamente sucedía que en el Club de Cultura Socialista tampoco había asesoría económica directa, con la excepción de que el economista Ricardo Mazzorín estuvo muy involucrado, donde se encargaron de tomar un rol principal economistas externos, e incluso los hombres comandados por Sourrouille en el gobierno alfonsinista como por ejemplo Canitrot y Machinea (Torres 2021). Quizás esto pueda comprenderse mejor a la luz de lo que señaló Heredia (2006) sobre que en los años de la transición democrática se instó una frontera entre la política y la economía que produjo un punto de quiebre en las izquierdas. Parece indicarse así que el plano económico quedaba despejado para los técnicos, quienes asumían las competencias frente a los políticos edificando una frontera más: entre economía y socialismo.
En el marco de la estabilización post Austral, hacia 1986, Schvarzer aseguraba que la indexación de los precios ya no podía, a esas alturas, funcionar como mecanismo de recomposición salarial de los trabajadores. La discusión que abría el economista se enmarcaba en la salida al congelamiento que regía desde abril de 1986, donde empresarios y trabajadores presionaban por ajustar precios y recomponer sus posiciones. Esto sucedía en un cuadro donde, a pesar del congelamiento de más de ocho meses, la presión en los mercados de precios flexibles no regulados (como alimentos frescos) contribuían con una inflación del 50% (de 0.61 a 0.93%) en el índice de precios al consumidor.23 Así, Schvarzer entendía que el principal perdedor del mecanismo inflacionario era el asalariado, dado que “los salarios se establecen sobre la base de los precios de un periodo diferente del que se gasta el dinero [en el cual suben]” (1986: 25). Pero también que el Estado comenzaba a perjudicarse con esta dinámica, dado que “es el único agente económico obligado a percibir sus ingresos en pesos, mientras los restantes actores se manejan con dólares u otras divisas” (Schvarzer 1986: 26). Así, se consideraba que como punto vertebral de una estrategia antinflacionaria se tornaba necesario eliminar este mecanismo de funcionamiento donde asalariados y Estado perdían, pero sobre el dilema de cómo repartir los costos de un plan de estabilización. En resumen, se decía: “sabemos por experiencia propia que todo plan de este tipo tiene costos, porque ciertamente no hay forma gratuita de frenar la inflación” (Schvarzer 1986: 27).
Específicamente, sobre el plan que lanzara el gobierno en 1985 con el equipo Sourrouille, se aclaraba que “combina una serie de políticas que no pueden denominarse ortodoxas ni heterodoxas, pero que reconoce su matriz durante la experiencia alemana de los 20” (Schvarzer 1986: 28).24 Sobre las medidas del mismo, específicamente sobre el efecto del shock, se aclaraba que el salario real no había caído, sino que se mantuvo y en algunos casos había mejorado. También se destacaba la implementación del desagio25 y el efecto desinflacionario que generaba una notable mejora de los ingresos públicos mediante fuentes genuinas eliminado las distorsiones que provocaba el impuesto inflacionario. De esta manera, se consideraba que la estabilidad económica traía una cierta medida de justicia tributaria en tanto, a partir de la desinflación “el acento se pone en los sectores empresarios más que en los asalariados” (Schvarzer 1986: 28). Esto indica una postura de apoyo al Austral, como cierta idea de que, a pesar de los enormes límites de la economía argentina, existía una justicia distributiva en la medida de que los ingresos del Estado habían logrado recomponerse mediante tributos genuinos dejando atrás el impuesto inflacionario que se tornaba regresivo para los asalariados.
Por otro lado, como problema vinculado al Austral, se consideraba que la presión inflacionaria, que ya se hacía sentir en aquel entonces, era parte de la acción sindical que no reconocía la nueva estructura salarial y que, al igual que los empresarios, se inclinaba por la suba nominal de precios jugando en favor de la inflación. Cabe recordar que con el Austral se redujo una inflación que trimestralmente arrojaba más del 1.000% anual en los primeros meses de 1985 a niveles del 2 o 3% mensual. Sin embargo, la salida del congelamiento de tiempo indeterminado en abril de 1986 volvió a reactivar presiones por ajustar precios y aquel año cerraba con una inflación de poco más del 80%, bastante más baja de aquel 433% de 1984, pero agravándose en 1987 a 135% y 1988 con más de 380% (Machinea y Fanelli 1988).26 Así, se entendía que el gobierno enfrentaba una gran disyuntiva, que se materializaba entre una sociedad que exigía terminar con la inflación y dirigentes empresariales y sindicales que, por el contrario, la favorecían. Otro punto donde Schvarzer se encargaba de defender el plan del gobierno, era en el plano de la reactivación industrial que éste había generado. Al economista le preocupaba que, sin embargo, existían sectores que negaban esta virtud y se inclinaban, por el contrario, a asumir un carácter recesivo en todos los planes económicos: “el Austral no puede escapar a esta sentencia” (Schvarzer 1986: 28), decía cuestionando a los críticos del plan de estabilización. Además, Schvarzer afirmaba que esta creencia se apoyaba en una dinámica perversa donde los empresarios evitaban invertir en el nuevo cuadro de reactivación y, una vez al tope de la capacidad instalada, “se quedan a la espera de que pase algo y acelera la inflación” (Schvarzer 1986: 27). Así, el balance de un año de Plan Austral indicaba, según Schvarzer, que éste había logrado reducir la inflación sin recesión, es decir, sin una caída sustantiva del poder salarial.27 Además, había controlado y descendido las altas tasas de interés, aunque preocupaba todavía que “sectores especulativos y quienes están en contra de la estabilización buscan provocar un rebrote inflacionario” (Schvarzer 1986: 27). Rebrote que, en última instancia, conduciría a la dinámica de indexación anterior al Austral y que, sin embargo, se volvió a hacer evidente a la salida del congelamiento de abril cuando se debieron reajustar varios precios como los salarios, las tarifas públicas y el tipo de cambio. Estos reajustes hicieron repuntar la inflación hacia junio y julio en el orden del 4% mensual, permitiendo además la reaparición de la brecha entre el tipo de cambio oficial y el informal que había prácticamente desaparecido anteriormente (esta vez, partiendo de alrededor del 15%).
Por otro lado, era Carlos Abalo quien tocaba un punto central, desde una postura más crítica, al afirmar que:
se hace más necesario que nunca discutir los fundamentos y los motivos que llevaron a amplios grupos de intelectuales de izquierda a confiar en los resultados de un plan de ajuste encaminado a cumplir objetivos fijados por el Fondo Monetario Internacional y la banca acreedora (Abalo 1986: 27).
La mirada de Abalo se distanciaba de la de Schvarzer, pues éste se mostraba escéptico al afirmar que:
la creencia en la posibilidad de generar un periodo de estabilidad susceptible de desencadenar un proceso de inversión es propia de las condiciones que caracterizan el funcionamiento de las sociedades capitalistas industrializadas, pero no de las economías periféricas (Abalo 1986: 27).
De la misma manera, entendía que los esfuerzos por desatar la relación entre los salarios y el tipo de cambio tratando de proyectar la producción hacia los mercados internacionales en el marco de una gran crisis que depreciaba las materias primas “expresa una absoluta minimización del peso real de esta crisis” (Abalo 1986: 27). Entonces, para Abalo, los mentores del Austral ignoraban “el carácter que domina el contenido del sistema capitalista mundial y la diferencia entre los capitalismos periféricos y centrales” (Abalo 1986: 27). Esta era una de las críticas de fondo que formulaba al plan económico la visión de Abalo, claramente más crítica y pesimista respecto de las posibilidades futuras.
No obstante, también se encontraba de fondo en la crítica de Abalo la discusión en torno a un proceso de modernización post Austral. Éste afirmaba que:
la modernización es una carrera contra la corriente que integra aún más las economías subdesarrolladas en función de las exportaciones, del retroceso del mercado interno y de la capacidad de acumulación (Abalo 1986: 27).
De la misma manera, aseguraba que la burguesía local, se hacía aún más dependiente del sistema capitalista mundial al abandonar el mercado interno para inclinarse al externo y, por lo tanto, a la valorización financiera internacional de sus capitales. Al contrario de Schvarzer, este decía que, “el salario es cada vez más un elemento integrante del costo [que corre en desventaja] para vender afuera que un componente necesario de la demanda” (Abalo 1986: 27). De esta manera, Abalo sentenciaba que el éxito del Austral constituía solo un éxito transitorio y fugaz, ya que no haría otra cosa que reacomodar al capitalismo local al internacional con un sentido financiero. De hecho, discutía abiertamente uno de los puntos que Schvarzer destacaba y era que durante los primeros nueves meses del programa:
los precios al consumidor se elevaron 38%, los salarios medios 21% y los salarios industriales 31% [mientras] la rentabilidad de las colocaciones financieras en el mercado interempresarial era del 76% [a pesar de la reducción nominal de las tasas de interés] (Abalo 1986: 27).
Es decir, mientras que Schvarzer sostenía que la reactivación post Austral, sobre todo en el sector industrial, había sido un punto favorable de la estrategia económica destinada a recuperar ingresos, Abalo se tornaba más crítico. Por eso caracterizaba de ilusorio el diagnóstico de un proceso de expansión y argüía que el Plan Austral, al favorecer a la valorización financiera, generaba nueva deuda e imposiciones de ajustes:
El Plan Austral fue y es [en referencia al defensor inicial de este, el economista de proyección internacional Rudiger Dornbusch] un mecanismo de ajuste para pagar a los bancos el tributo de la deuda, para mantener el subsidio de la sociedad a los capitalistas más dinámicos que emergieron de la modernización iniciada con la dictadura […] y para integrar a la economía nacional al nuevo sistema capitalista mundial (Abalo 1986: 27).
Incluso, Abalo mostraba dureza con el proyecto político alfonsinista al afirmar que la integración modernizadora que planteaba el Austral o que, en todo caso, se comenzó a discutir con mayor énfasis post estabilización, olvidaba las enormes limitaciones de la debilidad de la burguesía argentina, del mismo sistema político y la relación desigual centro periferia mostrando las ilusiones sin fundamento que lo acompañaban (Abalo 1986: 28).
En aquel entonces, también se discutía el programa de los 26 puntos,28 en el cuadro de un inédito acercamiento entre la CGT y las cúpulas empresarias para confrontar con el gobierno. Elaborado como respuesta al Plan Austral en el marco de una convocatoria nacional, entre estos 26 puntos se consideraban una moratoria de la deuda externa, estímulos estatales a una variada gama de sectores y la intervención estatal en el sistema financiero, entre otras. A este respecto, y desde una postura más moderada que la de Abalo, Sevares (1987a) señalaba que los 26 puntos omitían algún tipo de estrategia de cambio social y crecimiento económico como, sorpresivamente, de redistribución del ingreso en favor de los asalariados. También, el economista hacía notar que la inflación no era considerada uno de los primeros problemas económicos y que las demandas en favor del trabajo eran escasas. Más específicamente, Sevares cuestionaba la propuesta de moratoria como de investigación de la deuda contraída ilícitamente, dado que “llevarla adelante provocaría […] un fuerte enfrentamiento con los banqueros y los gobiernos de los países industriales y sería rechazado por sectores internos” (Sevares 1987a: 11). El autor consideraba, en este sentido, que una propuesta de semejante magnitud debería acompañarse de alianzas nacionales e internacionales coherentes. También señalaba la contradicción de que la CGT proponía una unión nacional con empresarios que “rechazan de plano cualquier fricción con el sistema financiero” (Sevares 1987a: 12); además de otras inconsistencias.29 Entre estas últimas, la nacionalización de los depósitos del sistema financiero sin medidas claras para sostener otras variables tangenciales como la moneda nacional y la fuga de capitales, o la ausencia sobre propuestas para reformar el sistema tributario que resultaban desfavorables para los asalariados en tanto se veían cargados en grandes proporciones por el Impuesto al Valor Agregado (IVA). Además, Sevares también cuestionaba la conciliación entre la promoción mercado internista y la exportadora, que parecía más bien un esfuerzo entre los actores que redactaron la propuesta que una declaración coherente, pero, en resumen, sentenciaba que no podía constituirse como un ofrecimiento de programa económico para el gobierno.
Esta disputa entre actores, sindicales, empresariales y gobierno, también era parte de un contexto político más general, que Palermo ilustraba en aquellos años. Se trataba del dilema de
cómo establecer con las fuerzas sociales un acuerdo consolidado y duradero que combine un descenso mantenible de la inflación con un modesto pero continuado crecimiento económico (Palermo 1987: 13).
En la lectura de Palermo, el contexto de cambio en 1985 había significado el perfilamiento de un:
“dictador democrático”30 como garante de la estabilidad y la inclusión de tecnócratas en el diseño de las políticas de Estado “como única forma de poner congruencia y racionalidad allí donde los cuadros provenientes del partido no ponían (Palermo 1987: 12).
A su vez, a contracorriente de los mecanismos decisorios democráticos, proliferaban los encuentros y acuerdos informales con los sectores del poder económico, los capitanes,31 aunque corriendo el riesgo de un aislamiento político partidario frente al partido opositor como a las corporaciones que le adherían.
Este punto de los debates demuestra cómo el Plan Austral fue lo más importante de la discusión en LCF, por eso se afirmaba que “la suerte del Plan Austral es vivida como la suerte de la economía y hasta de la sociedad argentina” .32 Y, de acuerdo como se venía marcando, la “criatura”, como se le llamaba en las páginas de LCF, “para muchos no era más que una nueva maniobra antiinflacionaria clásica, basada en la caída del poder adquisitivo y la recesión”.33 Sin embargo, otros reconocieron que el Austral había logrado algo milagroso desde al menos los años setenta y era reducir los índices de inflación a mínimos históricos despertando la adhesión de la población. Posiblemente las mayores críticas respondían a que el contexto del capitalismo mundial se encontraba cambiando, pues en la primera mitad del año 1987 los precios habían vuelto a subir como causa de una reactivación no prevista y “la sociedad esta nuevamente amenazada por la inflación elevada” (LCF 1987: 8). En este marco, LCF se preguntaba “¿Qué falló? ¿El Plan era insuficiente o fue mal aplicado? ¿Hay otros factores internos o externos que impiden la estabilización de los precios y el crecimiento?” (LCF 1987: 8). Era el economista Gambarotta quién entendía que el Austral había fracasado en desenredar al poder económico que la dictadura había instalado, en suma, en “balancear, ponderar y contrapesar aquel poder estéril que solo se reproduce en la especulación” (Gambarotta 1987: 8). El pesimismo de Gambarotta anunciaba el camino del ajuste, al que irremediablemente se había entregado el Austral, “abriéndose paso a la lógica de la apertura, la opción privatista y el acatamiento a normas dictadas por el propio peso del mercado” (Gambarotta 1987: 8). A su vez, el problema central al que remitía el Austral era, para el economista, el momento del debate reformista que despertó post estabilización en aspectos financieros, tributarios y productivos, entre otros. En definitiva, “cuando hubo necesidad de establecer con criterio quién gana y quién pierde, cuando se afianza una opción clara y distinguible de política económica” (Gambarotta 1987: 8). Así, el Austral se había inclinado por el poder existente y el statu quo en lugar de buscar un punto para promover “la democratización del sistema económico, masificar el consumo, fortalecer la inversión y relanzar el crecimiento” (Gambarotta 1987: 8).
De acuerdo a la visión de Gambarotta, el fracaso del Austral habilitaba como una opción inevitable abordar el problema de la apertura y la privatización. Pero, en definitiva, este problema era la manifestación de que “hace más de una década que no se puede hegemonizar un proceso que resulte en expansión de la producción y mejoras en el bienestar de la población” (Gambarotta 1987: 9), lo que en última instancia daba oportunidades de avanzar en una agenda económica no deseada. En este sentido, para Gambarotta, la democracia tenía un papel central en el sistema económico, ya que permitiría extender las mejoras sociales en simultánea con la reactivación económica. En este sentido, Gambarotta decía que:
La reforma pasa por extender la democracia al campo económico, hacer de ella el poder transformador que potencie el desarrollo de la pequeña y mediana empresa nacional, que impulse nuevas formas de organización social que den participación a los trabajadores en la gestión empresarial, que comprometan a los sectores productivos en programas de expansión (Gambarotta 1987: 9).
Sin embargo, Schvarzer, que ya se había mostrado más optimista con el Plan, aseguraba que el mismo desechaba las propuestas ortodoxas provenientes de los centros financieros internacionales por sus efectos recesivos, “recuperando y perfeccionando una línea de pensamiento y acción que se había perdido en el pensamiento económico internacional durante cerca de medio siglo” (Schvarzer 1987: 8). Se refería con esto a que, en su visión, el Austral no era sólo un plan económico ortodoxo de efectos recesivos destinado a reducir la inflación a grandes costos, por el contrario manifestaba una política antiinflacionaria novedosa, más compleja en sus instrumentos, y que buscaba destinarse a la reactivación productiva en sus efectos posteriores.34 Schvarzer, que por el contrario utilizaba adjetivos como “audaz, coherente y novedoso” para referirse al Austral, destacaba la reducción de las tasas de inflación de unos 1000% anual (en su proyección para 1985) a menos del 100% para 1986, sin recesión e incluso con una “notable recuperación de la producción industrial que prosigue casi ininterrumpidamente desde agosto-septiembre de 1985 hasta la actualidad” (Schvarzer 1987: 8). Respecto del regreso de la inflación, Schvarzer reconocía que su regreso era parte del agotamiento post estabilización y la falta de avance en medidas de reforma económica. Pero, al contrario de otros autores, Schvarzer dejaba abierta las posibilidades de discutir los caminos a seguir para acabar con una inflación que un shock “audaz e inédito”, según su criterio, no había logrado resolver del todo. Sevares, por su parte, también reconocía que la desactivación de una posible hiperinflación por parte del Austral había evitado, en sus extremos posibles, un golpe de Estado y que era necesario debatir los caminos a seguir (Sevares 1987b).
Así, este último distinguía los logros del Austral de la misma manera que Schvarzer, afirmando que su fracaso se debía a no haber podido implementar, por motivos políticos, sus medidas en plenitud (como resolver el problema del déficit fiscal o reordenar el sistema financiero hacia la producción). Entre las que más destacaba, se encontraban “la renuncia del gobierno a mantener un control de precios severo” (Sevares 1987b: 9); la falta de medidas para revertir la evasión fiscal y su contribución consecuente al déficit del sector público dado la falta de iniciativas para reordenar el sistema financiero y otros factores, considerados de orden exterior, como la caída de los precios de los granos y los pagos de la deuda externa. En suma, para el economista se trataba de falta de capacidad para enfrentar a empresarios y sindicatos, dado que la mayor parte de los factores que mencionaba se consideraban “manejables” (Sevares 1987b: 9). En palabras de Sevares:
Se puede trazar la hipótesis […] de que, con una actitud más firme del Estado frente, principalmente, a los empresarios y a los acreedores externos los precios habrían sido controlados y se habría asegurado una mejor distribución del ingreso. Por el contrario, el gobierno decidió administrar las relaciones de fuerzas existentes en la sociedad aceptando la racionalidad empresaria y reduciendo el poder regulador del estado (Sevares 1987b: 10).
5. Del debate en torno a la política económica hacia un reformismo del Estado
Luego de 9 meses de congelamiento desde el lanzamiento del Austral en junio de 1985, casi dos años entre 1986 y 1987 de creciente regreso de la inflación, las discusiones post Austral comenzarían a dominar la escena. Aunque el programa de estabilización había presentado un relativo éxito, consistente en reducir los niveles de inflación que ahora partían desde menores márgenes, había fracaso en lograr un contexto de reacomodamiento de los principales desequilibrios económicos. Como señalan Libman, Palazzo y Rodríguez (2022), las explicaciones sobre el fracaso del Plan van desde la insuficiencia en reducir el déficit fiscal, la eliminación del financiamiento del mismo mediante la emisión monetaria, el papel de condicionantes externos (caída en los términos de intercambio y subidas en las tasas de interés internacionales) hasta el atraso de algunos precios que posteriormente presionarían en la inflación contenida por el congelamiento. El regreso de la inflación y la imposibilidad de practicar un nuevo Plan Austral en el contexto de deterioro político y económico, motivaron otro tipo de discusiones en LCF. Era el final de la etapa de Alfonsín cuando el gobierno atravesaba un importante descrédito luego de haber caído derrotado en las elecciones de medio término en 1987 y de haber intentado, en el plano económico, privatizaciones de algunas empresas estatales sin finalmente haberlo logrado dado la falta de acuerdos inter y extrapartidarios. A partir de entonces, LCF dio menos espacio a la discusión en el plano económico y social. Es decir, concretamente, las notas y titulares sobre la coyuntura económica comenzaron a disminuir significativamente, dejando lugar a los abordajes teóricos que venían siendo tratados en un comienzo y a otros coyunturales como la cuestión militar.
Hacia agosto de 1988 el Plan Primavera, que además de algunas herramientas similares al Austral incluía un plan de reformas estructurales concertado con el Banco Mundial,35 había mostrado un brevísimo éxito frente al incremento de los precios. No obstante, la oposición de sectores agropecuarios frente a un desdoblamiento cambiario que significaba retenciones por exportaciones y liquidación de divisas desbarató las medidas, principalmente el acuerdo de precios y el consecuente desajuste en las metas monetarias y fiscales, y debilitó políticamente al gobierno. La heterogeneidad de las posturas dentro de la UCR en cuestiones sensibles como la posibilidad de privatizar empresas que eran manejadas por el poder estatal comenzaron a emerger con más frecuencia al debate político e intelectual. En este sentido se dirigía la postura de Julio Godio, quien entendía que con la política de privatizaciones la UCR solo se adhería a uno de los puntos plasmados en su plataforma electoral de 1983: “estimular la inversión de capitales extranjeros para la renovación tecnológica, racionalizar la gestión, y mejorar la eficiencia del funcionamiento de las empresas públicas” (Godio 1988a: 4). Por eso, para el sociólogo, no necesariamente debía resultar sorpresivo que el radicalismo discutiera las privatizaciones. Godio, que de alguna manera entendía que “quien avisa no engaña” dado que la participación de capitales privados estaba contemplada en la plataforma de 1983, afirmaba que se trataba de una política de adaptación a las transformaciones del mercado mundial que se combinaban con una crisis fiscal del Estado, demandando una resolución favorable a la cuestión de la deuda externa. En este último punto es que Godio condensaba el centro de su argumento, dado que, desde 1983, el problema de la deuda externa fue el principal factor de los desórdenes macroeconómicos y que, con la política de privatizaciones de corte adaptativa, se favorecía la resolución de los acreedores mundiales. En este orden de cosas, cuestionaba a las pequeñas agrupaciones de izquierda o de derecha que calificaban al gobierno como neoliberal y cuestionaba a quienes no veían que:
el actual sistema de empresas públicas funciona como garante de mercados cautivos para empresas privadas […] excluye, limita y erosiona cualquier tipo de esfuerzos de los usuarios, de las organizaciones sindicales y de los sectores modernizadores (Godio 1988a: 5).
De acuerdo con Godio, se trataba de:
sustituir el caduco modelo de capitalismo dependiente con eje en el capital financiero [que] se resiste a aceptar a ser sustituido por una economía mixta agrícola-industrial, con eje en el mercado interno [economías regionales] pero competitiva e integrada en el mercado mundial, base de una sociedad solidaria y pluralista (Godio 1988b: 3).
Por su parte, Hugo Quiroga entraba en el debate de la llamada modernización, donde planteaba que se inscribían los desafíos de la Argentina desde el discurso de Parque Norte. Para Quiroga, luego de un extenso recorrido teórico en torno al origen del término en la sociología funcionalista y a los debates políticos que vinculaban la modernización al desarrollo dentro del sistema de acumulación del capital, el punto central estaba en comprender el funcionamiento de las economías periféricas en el mercado mundial. En sus palabras:
Lejos de caer en posiciones chovinistas o infantiles que proponen el aislamiento internacional o la autonomía casi absoluta en el crecimiento, se debe pensar en la viabilidad del reajuste de la economía a las actuales condiciones de la división internacional del trabajo, mediante la articulación de un nuevo modo de desarrollo con una lógica de transformación que permita modificar realmente las persistentes asimetrías sociales y culturales (Quiroga 1988: 7).
Todo parecía indicar que, una readaptación a la marcha de la economía mundial era lo más coherente para quienes se encontraban a favor de la modernización.
Por su parte, Laura Golbert (1988) vinculaba el caso del sistema de seguridad social con las discusiones en torno al reformismo estatal y la modernización. Para Golbert, los sistemas de seguridad social en el mundo se encontraban en crisis dado los límites que imponía una pesada e ineficiente burocracia y un exceso de demandas sobre el Estado provocando serios problemas de financiamiento. A la autora le preocupaba la deficiencia del aparato previsional, del cual se empeñaba en explicar que se trataba de un sistema de pacto intergeneracional y no de capitalización individual, por lo que se tornaba necesario darles resolución a sus déficits. Pero aún más le preocupaban:
las propuestas que los distintos grupos políticos y sociales han elaborado para enfrentarla y que se limitan a una simple cosmética, a aumentar la edad de jubilación o incrementar los aportes destinados a las obras sociales o soluciones tan drásticas e inviables como no pagar la deuda externa para contar con los recursos necesarios (Golbert 1988: 15).
De modo que el cenit de los debates para emprender reformas económicas y sociales parecía inclinarse, incluso en las izquierdas que participaban del proyecto de LCF, en favor de emprender un camino modernizador que, sin embargo, no mostraba con claridad una proyección sobre diferentes cuestiones como el lugar de los diferentes actores, el costo de los ajustes y el destino de las nuevas estrategias para eficientizar el Estado.
Más integralmente, Javier Franzé (1988) desarrollaba un argumento socioeconómico de los problemas que enfrentaba la Argentina, dando una base coherente al camino de las reformas y la modernización. Este planteaba que el problema de fondo era una crisis del consenso fiscal que había mantenido al Estado viable hasta el momento y que los nuevos tiempos “requerían debatir y definir bajo nuevas pautas el rol de lo público, su gasto y financiación” (Franzé 1988: 22). Específicamente, lo que había sobredimensionado las capacidades del Estado para Franzé habían sido las demandas de la regulación básica de la vida común (entendidas como las funciones constitucionales de un Estado), las garantías a la producción (que incluían las relaciones público-privadas en torno a cuestiones como los subsidios, protección, la compra estatal de preferencia, etc.) y el aval de justicia distributiva (donde debían contarse las protecciones propias del Welfare-state). En este sentido, para Franzé el sostenimiento del Estado benefactor latinoamericano se había basado en cuatro pilares tributarios que se encontraban en problemas: los impuestos a las exportaciones (mermados frente a la caída de los precios), el superávit de la seguridad social (en déficit a causa de la crisis del sector público y la caída del empleo), el tributo a los sectores de mayor ingreso (jaqueado por los altos niveles de la evasión tributaria) y el endeudamiento interno y externo (que se habían convertido en un problema de primer orden en los últimos años). El origen de las deficiencias, para este autor, habría estado en el traslado de la deuda externa privada a las arcas públicas en los años de dictadura, con su consecuente impacto en la inestabilidad macroeconómica y en la puja distributiva sobre los escasos recursos del Estado ante los actores corporativos económicos y sindicales. Así, “todo este movimiento originado en la crisis de endeudamiento externo, con su secuela de pérdida del ingreso nacional desbarató el antes financiable modelo de acumulación estatal” (Franzé 1988: 24). En este sentido, el autor aseguraba que la reforma del Estado “presupone necesariamente adecuarse a los cambios experimentados en la estructura social a lo largo de las décadas” (Franzé 1988: 24). Específicamente, se trataba de emprender una “descorporización” del Estado para abandonar las iniciativas subsidiarias en diferentes planos como gastos militares, prebendas productivas e incluso en materia social, donde “el estado argentino gasta una cantidad muy parecida a lo que destinan los países europeos en materia social, alrededor del 20% del PBI” (Franzé 1988: 24). En suma, la elaboración de un nuevo consenso fiscal hacía necesario, en el planteo del autor, que el Estado comandara el ajuste para que éste no sea caótico, haciendo más eficiente los subsidios a la producción y desarrollando un genuino financiamiento que terminara con la emisión monetaria y la inflación.
En un cuadro similar, Franzé siguió insistiendo en la problemática ideológica que significaba el problema del déficit fiscal, enarbolado por los liberales a ultranza, solo teniendo en cuenta los gastos sin considerar la problemática de la recaudación. Franzé también nombraba la discusión sobre la denominada estatización de la deuda externa mediante seguros de cambio,36 preocupándose por los tintes neoconservadores que adquirían los discursos sobre lo estatal: “es el relato del estado paquidérmico poniendo límites a la frondosa imaginación/iniciativa privada” (Franzé 1989: 16), eludiendo la acción parasitaria de los capitalistas que se servían de las prebendas estatales. Por eso, afirmaba que:
se subalterniza la responsabilidad histórica de ciertos actores sociales que, por su ubicación privilegiada en la estructura social, han tenido y conservan gran capacidad para modelar el aparato estatal (Franzé 1989: 16).
Ahora, según las consideraciones de Franzé, todo parecía tratarse de emprender un ajuste que considerara a los sectores responsables de la situación a la que se había llegado, sin olvidar especialmente a los sectores privados que habían participado en el proceso de endeudamiento externo (Franzé 1989). Más puntualmente, el autor lo ponía en números al asegurar que solo en 1987 los empresarios se habían beneficiado con más de 3.000 millones de dólares vía subsidios estatales (con el de promoción industrial en primer lugar), representando este problema más del 3 % del Producto Bruto Interno (PBI). Entre otros subsidios también mencionaba los dirigidos al turismo, la aviación civil, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial, las empresas cinematográficas, etc., que alcanzaron unos 250 millones de dólares. También las sobrecompras del Estado, que representaron, en el mismo año, 64 millones de dólares para el sector petroquímico y 60 millones de dólares para el petrolero, sin contar los subsidios por promoción del comercio exterior que el autor calculaba en unos 500 millones de dólares. En definitiva, para 1988, Franzé calculaba que los subsidios a capitalistas habían alcanzado los 4.000 millones de dólares, un 70% del déficit presupuestario en aquel momento, tres veces el presupuesto destinado a Cultura y Educación y siete veces el gasto asignado a Salud. Esto se conjugaba, como lo destacaba el autor, con una estructura impositiva regresiva donde se calculaba que los impuestos a las ganancias, patrimonio y capitales, los más progresivos, representaban solo un 4,9% del total de la recaudación impositiva (Franzé 1989: 17).37 Esta mirada, que no negaba la necesidad de emprender reformas y redimensionar el rol que el Estado y sus relaciones con el sector privado y la sociedad, lo que discutía eran las verdaderas causas que generaron los déficits costosos a las arcas públicas. Estas parecían encontrarse más en las relaciones público-privadas en ámbitos de producción que en las cargas sociales y las múltiples demandas que sostenía el Estado.
6. Comentarios finales
Como hemos podido observar, desde los primeros números de LCF se destacó la tensión entre democracia, mercado y socialismo. Se trataba de un debate internacional, reproducido por la revista, donde el socialismo buscaba adaptarse a una modernización del mundo que interpelaba a izquierdas en su interior. La modernización, que involucraba el papel de los Estados, la democracia y la cuestión social, era entendida como un proceso de cambios profundos equiparables incluso a la Revolución Industrial. Los intelectuales argentinos entendieron que el país no podía quedarse afuera de dichos cambios, pero el contexto económico argentino se tornaba demasiado desfavorable para emprender grandes proyectos.
Así fue como, desde un comienzo, el eje de la cuestión estuvo en la política económica nacional, que innovaba con el Plan Austral. Este generó al interior de las columnas de LCF adherentes y críticos. Entre los primeros, hubo quienes destacaron sus virtudes des inflacionarias, el impacto en la reactivación industrial y el freno a una recesión regresiva contra los trabajadores. Incluso, en relación a estos últimos, algunos se mostraron sumamente críticos del sindicalismo, entendiendo que contribuían a la carrera de los precios junto a las empresas concentradas y que sus propuestas radicales en materia de deuda externa o nacionalización de la banca pública carecían de condiciones de posibilidad. Otros, por el contrario, afirmaron que el Austral reproducía un plan de ajuste más, que tutelado por el FMI se encontraba destinado a insertar a la burguesía nacional en un esquema internacional dependiente. Exportaciones agropecuarias y desregulación comercial y financiera parecían discutirse como posibles pilares de continuidad de un proyecto económico iniciado con el régimen de 1976.
Sin embargo, fue desde 1987 que, con el deterioro económico y social, el debate intelectual en torno a la política económica en LCF cedió lugar a la cuestión del reformismo modernizador. A partir de entonces, los intelectuales convocados comenzaron a discutir en torno a un necesario reformismo que, vinculado con el desarrollo, incluía cada vez más al rol del Estado en la sociedad. Algunos entendieron que se trataba de cambios que imponía la dinámica del capitalismo mundial; otros que el consenso fiscal que había sostenido a los estados de bienestar de posguerra se encontraba quebrado. En suma, lo que aparecía como indiscutible es que se había llegado a este punto a partir del convulsionado endeudamiento externo, y su posterior carga para el Estado nacional, iniciado en las décadas de 1970 y 1980. Ahora, con un Estado sin las condiciones para sostener las antiguas bases de la sociedad, se hacía necesario adaptarse a la modernización económica mundial.
Lo que nos aporta la mirada de los intelectuales de izquierda nucleados en LCF, es una mejor comprensión de los cambios históricos que se desarrollaban en aquellos años y cómo estos interpelaron tanto al sector de la intelectualidad analizado, como al gobierno alfonsinista. El traslado de la discusión de la política económica al reformismo modernizador, si bien ambas temáticas no estuvieron estrictamente separadas, traduce los cambios de época donde las finanzas, la apertura y la desregulación comenzaban a tener un papel primordial en la economía mundial como baluartes de la hegemonía norteamericana. Especialmente, se hicieron evidentes las tensiones entre quienes apoyaban a la democracia en emprender un camino reformista y quienes, con una visión más crítica, entendían que se profundizaba un proceso iniciado con la dictadura de 1976. Si, efectivamente, no había alternativa para una Argentina endeudada y sin oportunidades, luego de la ilusión democrática que había significado Alfonsín, este sector de la izquierda apostó al reformismo modernizador, aún sobre bases débiles que no daban indicios claros hacia donde se dirigía el destino de la sociedad argentina. Quedará para un posterior análisis abordar cómo las discusiones de LCF abordaron los enormes cambios producidos en la economía y la sociedad durante la década de 1990.
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