ARTÍCULOS
Construir el paisaje: prácticas sociales e imaginarios de buzos lugueros en isla Guafo*
Building the landscape: social practices and imaginaries of luga algae divers in Guafo Island
Construir el paisaje: prácticas sociales e imaginarios de buzos lugueros en isla Guafo*
Revista Austral de Ciencias Sociales, núm. 45, pp. 97-118, 2023
Universidad Austral de Chile
Recepción: 29 Agosto 2022
Aprobación: 02 Abril 2023
Resumen: El presente texto tiene como objetivo comprender la construcción del paisaje cultural de Isla Guafo a partir de los principales imaginarios y prácticas sociales de los buzos lugueros. A través de una observación etnográfica detallada que integra medios audiovisuales y de la interpretación histórica del área, nos proponemos llegar a entender cómo este grupo humano asigna significados a los espacios, dándoles sentido desde las prácticas económico-extractivas, la religiosidad popular y desde las memorias individuales y colectivas, evidenciando así formas de entender el territorio que determinan particulares relaciones socio-espaciales.
Palabras clave: Buzos, paisaje cultural, antropología audiovisual, Isla Guafo.
Abstract: The objective of this work is to understand the construction of the cultural landscape of Isla Guafo from the main imaginaries and social practices of luga algae divers. Through detailed ethnographic observation, integrating audiovisual media and historical interpretation of the area, we intend to understand how this group assigns meanings to spaces; how their economic-extractive practices, popular religiosity, and individual and collective memories inform this understanding and, thus, evidence ways of understanding the territory which determine particular socio-spatial relationships.
Keywords: Divers, cultural landscape, audiovisual anthropology, Guafo island.
1. Introducción
El conocimiento del trabajo de los buzos y pescadores artesanales ha sido históricamente una temática más bien marginal en la discusión dentro de las ciencias sociales y en la atención del Estado. Un país como Chile, con una costa de 6.435 km de longitud (Gobierno de Chile 2023), ha tenido una débil conciencia de su conformación y naturaleza marítima, construyendo una identidad nacional que mira hacia los valles centrales. Esto producto de una concepción centralista del Estado que gira en torno a la capital (Santiago de Chile) como eje político ideológico. Este imaginario construido desde el centro y masificado desde la educación ha influido igualmente en que las temáticas investigativas hayan subvalorado el rol cultural que ha tenido el mar en nuestra conformación histórica y social. Esta tendencia hacia la invisibilización ha sido subsanada en parte estas últimas décadas, mediante diversas investigaciones que han puesto su foco en esta temática. Sin embargo, en términos generales todavía existe un gran desconocimiento en la población sobre las sociedades marítimas vinculadas al borde costero en general y al área patagónica en particular, más aún sobre los buzos lugueros.
El caso de los buzos lugueros de Isla Guafo nos sitúa en una práctica marítima vinculada al proceso extractivo del alga luga y las estructuras económicas del comercio internacional de materias primas. Lanchas que, establecidas en Quellón, viajan a la isla para extraer ese producto del borde costero mediante un trabajo subacuático complejo por las duras condiciones climáticas y geográficas. Lo anterior también nos habla de cómo habitan y se relacionan los buzos con el territorio de la isla desde un vínculo sensible y vital.
Isla Guafo (43º61’ S; 74º75’ W) es un territorio que se encuentra frente a las costas de Chile, aproximadamente a 120 km del continente y a 39 km al sudoeste de la isla grande de Chiloé (Imagen 1). Forma parte del límite sur de la comuna de Quellón, Provincia de Chiloé en la región de Los Lagos. Tiene una superficie total de 213.7 km2 y una línea de costa de 71.6 km. Su relieve alcanza la mayor altura en la parte E, donde se alza una cumbre de 306 metros de elevación (Pavés, Reyes y Schlatter 2009).

Si bien es conocida como una isla deshabitada y escasamente intervenida, a este lugar llegan todos los años, entre octubre y marzo, diversas embarcaciones provenientes de Quellón para extraer principalmente luga roja (Gigartina skottsgerguii), que se recoge entre los 15 y 20 metros de profundidad y de la cual se extraen una serie de subproductos que son exportados a Estados Unidos y Europa (Altamirano 2009). Estos habitantes estacionales conviven con la única ocupación humana permanente de la Armada de Chile, quien dispone de un faro con un contingente de 6 marinos que rotan cada 6 meses.
Comprender el paisaje cultural de isla Guafo a partir de un enfoque etnográfico, audiovisual e histórico, nos permitirá entender cómo operan las dinámicas sociales de los grupos de buzos que ocupan el área, vinculados también a prácticas extractivas de larga data, insertas hoy en el mercado neoliberal y el mundo global. Es decir, entender los procesos presentes desde una densidad histórica que le da sentido al paisaje construido a partir de su habitar.
2. Antecedentes
En esta investigación planteamos un acercamiento a isla Guafo, no solo desde el territorio particular, sino también considerando las influencias regionales sobre los grupos humanos y su interacción con el espacio. Desde esta perspectiva han sido relevantes diversos textos que nos dan un marco general respecto las sociedades costeras como De la Cruz y Argüello 2006, Fernández 1991 y Retamales 2020, a lo que se suma los aportes en el litoral sur austral de Ther (2008), Ther y Valderrama (2012), Saavedra (2011) y Álvarez et al. (2018). Respecto de la pesca artesanal bentónica en el área destacan los trabajos de Chambeaux. Michel y Retamales 2009, Retamales 2018 y Gajardo y Ther 2011. A esto se suma el aporte que nos da una perspectiva histórica mediante los trabajos realizados por Rodolfo Urbina (2002, 1997) y Ximena Urbina (2016, 2014) los que abordan un amplio espectro de temas desde la historia colonial hasta los procesos sociales contemporáneos.
Las publicaciones académicas que describen específicamente isla Guafo se han desarrollado principalmente en temáticas asociadas a la ecología marina, referidas principalmente a mamíferos marinos como el lobo de pelo fino (Arctocephalus australis), grupos de cetáceos y de aves. Desde las ciencias sociales son escasas las publicaciones que hacen referencia a este territorio. A pesar de ello, es posible recoger aportes que desde la antropología, la arqueología y la historia sirven como punto de anclaje.
Es así como podemos destacar a Daniel Quiroz (2014) con su artículo “Etnografía histórica de la planta ballenera de Isla Guafo 1921- 1937”, artículo donde analiza la industria de caza de ballenas en la isla, a partir de diversas entrevistas efectuadas en Quellón. El autor nos da una idea de las dimensiones de las instalaciones y del proceso industrial ballenero (1925-1938) que ayuda a contextualizar la ocupación del espacio y a entender las memorias de buzos y pescadores sobre la construcción del paisaje en este momento histórico. Lo anterior se complementa con sus trabajos previos referidos a la historia de las balleneras en el sur de Chile (Quiroz 2010 a, 2010 b, 2012), que vincula la planta ballenera de Isla Guafo con las restantes del país.
Otra investigación que ha abordado de manera específica a la Isla Guafo, es la referida al rol que tuvo la isla en la navegación durante el periodo colonial, desarrollada por Lema y Moulian (2015). Ella nos muestra cómo las crónicas hispanas visualizan este territorio como un lugar complejo, lleno de naufragios, un punto de referencia en la navegación y lugar de aprovisionamiento de agua y carne fresca en las rutas coloniales.
En este mismo esfuerzo, desde una perspectiva patrimonial, es importante mencionar el trabajo realizado por Lema (2016), y específicamente el capítulo “Saberes y memorias” (Moulian 2016). Este describe la vida cotidiana de buzos y pescadores, relevando las prácticas económico-extractivas y las características de la animita de Caleta Samuel, como espacio de religiosidad. El texto integra también una serie de fotografías sobre del área, que ilustran los paisajes y revelan el patrimonio material e inmaterial del territorio.
Desde la antropología audiovisual se puede mencionar el largometraje documental “La isla y los hombres” (2017)1, obra que entrega información contextual, a la vez que se sumerge al universo sensitivo que significa habitar el paisaje desde la perspectiva de los buzos (Moulian 2017). A esto se suma una serie de 5 micro documentales como , “Isla” (6m), “Luga” (8m), “Animita de Caleta Samuel” (5m), “El faro y los habitantes” (7m) y “Aves” (6m)2 del 2015 que son parte de un primer acercamiento respecto a la noción de paisaje cultural en el territorio insular y que sirvieron como prospección del área al comienzo de la investigación.
3. El paisaje cultural y su relación con las prácticas sociales y los imaginarios
El concepto de paisaje cultural es entendido en esta investigación como un espacio material y mental que (re) construyen las sociedades a partir de los vínculos establecidos con su entorno, planteando que los grupos humanos no son cuerpos aislados del ambiente geográfico y natural donde están insertos. Por el contrario, tienen vínculos ecosistémicos con el ambiente natural. En este caso establecen relaciones principalmente a través de la extracción de materias primas, generando diversas formas de habitabilidad espacios de trabajo, ocio y vínculos mágico-religiosos con el entorno, formándose así una epistemología, una política y una ética que impactan el espacio.
El paisaje cultural es una construcción dual, en el sentido que el ser humano impacta y modifica el entorno y el entorno modifica e impacta al ser humano, creándose una simbiosis dinámica y compleja en la que existen múltiples implicancias. Respecto a este punto Tim Ingold (1993) propone entender el paisaje desde la “perspectiva de la habitación” (“dwelling perspective”), lo que significa comprenderlo como un registro y testimonio del vivir, como una construcción generada por procesos históricos de vidas que habitaron el espacio dejando huellas. Según el autor:
El percibir el paisaje es por lo tanto llevar adelante un acto de rememoración, y recordar no es tanto una cuestión de buscar una imagen interna, almacenada en la mente, sino más bien vincularse perceptualmente con un ambiente que está impregnado de este pasado (Ingold 1993: 01).
El paisaje cultural se plantea entonces como multidimensional y sincrónico, pues abarca múltiples factores de interrelación individuo, sociedad y ecosistema, diversas formas de memoria individual y colectiva, corporal y mental, y al mismo tiempo nos plantea las infinitas sincronías que hacen el habitar un espacio determinado. Este acto de concreción tiene relación con el concepto de “práctica social”, que ha sido utilizado por reconocidos autores como Lefebvre (1958), Giddens (1976) De Certeau (1990) o Bourdieu (1994). Investigadores cercanos a la tradición etnometodológica y a la teoría social pragmática, han ocupado el término desarrollando investigaciones a partir de la observación de los procesos a escala microsocial, generado todo un movimiento teórico agrupado en la llamada Teoría de las Prácticas Sociales (TPS), que ha tratado de comprender a la sociedad a partir del análisis y entendimiento de los haceres (Ariztía 2017). Para algunos teóricos como Crosta (2000), este concepto es definido como “...lo que la gente hace, y al mismo tiempo, la motivación por la cual hace lo que hace” (Crosta 2000: 42). Es decir que la definición se centra en la relación entre acción y elementos por los cuales ella se concreta, siendo para nosotros central el concepto de imaginario en esta relación, por cuanto funciona muchas veces como componente inicial de la acción y por tanto como activador de la modificación del paisaje.
Conceptualizar qué entendemos por imaginario social ha sido entonces relevante, por cuanto determina la búsqueda establecida en el campo antropológico en su vínculo con la construcción del paisaje. Entendemos por imaginario el constructo complejo de distintos factores que reflejan una particular forma de comprender los acontecimientos sociales e individuales, una narrativa sobre la existencia basada en principios que reflejan formas morales, éticas, estéticas, epistemológicas, en definitiva reflejan lo que Echeverría (1993) ha denominado “Paradigma de Base” o formas de entendimiento particulares que responden a ciertas estructuras mentales. Estos bloques de sentido, según nuestra perspectiva, no son entes rígidos, sino que se modifican de acuerdo con el cambio de las normas y pautas culturales. Los imaginarios sociales son construidos gracias a entendimientos sobre lo que es normal en cierta sociedad, al tiempo que constituyen igualmente la sociedad. Según Cornelius Castoriadis hay ciertos elementos que determinan o limitan la posibilidad de construcción de imaginarios, entre ellos algunos internos relacionados con la psique y su capacidad de insertarse en el mundo social y otros externos relacionados con lo que llama “estrato natural” (Castoradis 1997: 5).
En este punto, según nuestra interpretación se vinculan paisaje cultural, prácticas e imaginario social. Es decir, el imaginario no es tan solo una forma de percepción del mundo basado en ciertas construcciones simbólicas y significativas que tienen un tiempo histórico y una sociedad particular, sino que están influenciados por las condiciones materiales externas. No hay imaginarios sin una geografía, sin un cuerpo que determine su existencia en comunión con un espacio habitado.
4. Etnografía, audiovisualidad e historia
Para esta investigación planteamos como método principal a la etnografía, en un fuerte vínculo con lo audiovisual y lo histórico.
En primer lugar, consideramos la etnografía como una forma de observación, interpretación y escritura reflexiva, que sitúa al científico en su rol de constructor de conocimiento (Hammersley y Atkinson 2014; Guber 2014). De manera específica, consideramos como pilar la observación participante, que nos permitió volcarnos al sujeto que pretendíamos conocer por medio de un vínculo estrecho. Un viaje al campo cosmovisionario de un “otro”, medio por el cual pudimos ingresar al espacio cotidiano en las embarcaciones y comprender las pequeñas acciones diarias en la construcción del habitar, cuestión que Quesada (1998) denomina la “abducción” del etnógrafo.
En el proceso etnográfico podemos reconocer diversos momentos en el trabajo de campo. Una primera etapa de prospección e identificación del objeto de estudio que se realizó en Guafo mediante dos viajes en febrero y diciembre del 2013. Una segunda etapa de profundización, en febrero del 2015, dónde se hizo una observación centrada en las múltiples características relevadas en la primera etapa. Por último, una tercera etapa que podríamos nombrar de contextualización, donde el terreno se desplazó a Quellón y a las comunidades aledañas a esta ciudad, para recabar información anexa que pudiera servir para ampliar la comprensión del problema de estudio a los contextos urbanos. Este momento tuvo 4 viajes realizados entre el 2016 y el 2018.
En segundo lugar, el componente audiovisual de nuestra investigación, posibilitó retratar las prácticas asociadas al territorio, entender relaciones entre espacios y discursos, y percibir la multidimensionalidad como un factor central a la hora de comprender los paisajes culturales. La cámara participó en la observación detallada de las dinámicas laborales y cotidianas con los buzos en la isla durante periodos extensos. El audiovisual tuvo relevancia en el trabajo de campo ocupándose como forma de obtención de datos en el contexto de la observación participante. Se entendió como mediador en la relación científica (Lisón 2014), actuando como motor y eje de la articulación etnográfica, es decir, dirigiendo la indagación considerando su papel como agente en el contexto investigativo.
El registro audiovisual en la práctica antropológica es quizás tan antiguo como la propia técnica etnográfica (Brigard 1995). Es en la actualidad una herramienta relevante para los procesos de investigación social producto de las posibilidades de registro que permite, de las múltiples formas de articulación complejas que conlleva y también las posibilidades de acceso que establece. Antropólogos contemporáneos como Jean Rouch, Sol Worth, John Marshall, David Mc Dougall, Jay Ruby, Claudine De France se han transformado en referentes dentro de esta línea, siendo en la actualidad una corriente que tiene su expresión académica en diversas universidades, como Oxford, Manchester, Barcelona, California, Buenos Aires y la Universidad Complutense de Madrid, entre otras. Teóricos y teóricas como Ardèvol (1997, 1994), Grau (2014, 2012), Lisón (2014, 1999), Robles (2013, 2012), Guarini (2017), Guarini y De Angelis (2014) se han transformado en referentes para la antropología audiovisual en habla hispana.
Finalmente, encontramos en tercer lugar lo referente al trabajo historiográfico, un componente que fue transversal en la investigación y que sirvió para comprender los procesos histórico-culturales involucrados en la construcción del paisaje. De esta manera, el análisis de documentación que se encontraba fragmentada al unificarse permitió construir un panorama complejo de cómo la isla fue modificando su paisaje en íntima relación con los contextos históricos. Estas trazas también ayudaron, luego del análisis de la situación presente, a entender ciertas fracturas y continuidades.
5. Hacia una construcción histórica del paisaje en isla Guafo.
Isla Guafo y sus áreas adyacentes es un territorio que ha sido habitado desde el periodo prehispánico por pueblos que ocupaban y se movilizaban por gran parte de los espacios insulares de la Patagonia norte chilena (Álvarez 2002). Entre ellos podemos encontrar a los “Chonos” denominación que recibieron distintos grupos de navegantes con un idioma común, recolectores y pescadores nómadas (Urbina 2016; Álvarez 2002). Característico de este grupo étnico fueron sus particulares habilidades para la navegación local, el buceo y la caza, utilizando para tal efecto las conocidas dalcas, embarcaciones de madera de unos 10 metros de largo construidas con tablones cosidos y luego estopados (Lira 2016). La dalca chona y la tradición de navegación asociada a ésta, por su versatilidad, se transformó en la forma tradicional de navegación de los mares patagónicos durante la colonia (Lira 2016). Fue una cultura diversa y muy relevante en el conocimiento de los espacios marítimos interiores, que habría desaparecido hacia fines del siglo XIX, fecha donde se tienen sus últimos registros, perdiéndose con ello gran parte de su cultura y su idioma (Cárdenas, Montiel y Grace 1991). No obstante ello, podemos hoy identificar en la población local algunos rasgos culturales que aún perduran, sobre todo en lo referente a las prácticas marítimas.
Por otro lado, la región también ha sido habitada tradicionalmente por la cultura mapuche- huilliche o también llamada veliche, pueblos que forman parte de una cultura más amplia y homogénea hablante del zedungun y que dominaba tanto la producción agrícola como la pesca y recolección costera (Cárdenas, Montiel y Grace 1991). De este grupo existen hoy diversas comunidades organizadas en el archipiélago, tanto en espacios rurales como urbanos, teniendo una actuación relevante en la política actual. El área de estudio se podría entender entonces como un espacio de confluencia o de contacto entre dos culturas tradicionales de mar, con alto nivel de conocimiento sobre las dinámicas naturales y geográficas.
Durante el periodo colonial (S. XVI-XVIII) Isla Guafo fue vista por la cultura europea-criolla como límite territorial de la gobernación de Chile y también como espacio referencial para la navegación hacia el estrecho de Magallanes (Urbina 2016). Todos los mapas y planos de navegación encontrarán en la isla un punto de referencia en la ruta, lugar donde se pueden abastecer de agua dulce y de carne fresca (Lema y Moulian 2015). La llegada de la República (1810-1826) permitirá que este espacio luego ingrese al sistema de caza y procesamiento ballenero, gracias a la alta densidad de cetáceos que habitan las costas de la isla, siendo igualmente importante la manufactura peletera producto de la gran cantidad de colonias de “lobos de pelo fino” (Arctocephalus australis) en la isla (Quiroz 2010b). El establecimiento de un Faro en 1907 terminará por concretar en el área el dominio del Estado, consolidando simbólicamente el nuevo espacio territorial y marítimo chileno (Moulian 2016). Esta construcción se asienta en un lugar estratégico y complejo, Punta Weather, sirviendo para la navegación local en un sector conocido por habituales naufragios (Imagen 2). En paralelo en estas fechas comienza a asentarse la industria ballenera en la región, cuestión que se consolida definitivamente en 1925 con la construcción en isla Guafo de una planta de procesamiento de grandes proporciones, ubicada en Caleta Samuel y que luego es controlada por capitales alemanes desde la ciudad de Valdivia (Quiroz 2014).

Durante gran parte del siglo XX vemos que Guafo es un espacio de extracción de recursos naturales, primeramente con la explotación industrial de ballenera que funciona hasta 1938 y luego con la explotación artesanal esporádica de pescadores y mariscadores que comienzan a llegar con mayor fuerza desde 1960. A partir de esta fecha poco a poco se fueron incorporando nuevas tecnologías que permitieron que las antiguas embarcaciones a vela cedieran el paso a pequeñas embarcaciones a motor, cuestión que hacía menos arriesgado el viaje y optimizaba el tiempo de arribo a la isla (Urbina 1997). Antes este desplazamiento resultaba más complejo, realizándose el trayecto en chalupones de vela, lo que significaba estar a merced del viento y de las corrientes:
Esa gente navegaba, algunos por las estrellas, por las mareas, por los vientos. El que no dominaba las mareas, nunca debería meterse a un golfo, a mar mala, porque si se encuentran los dos fenómenos, marea que sube y viento que baja era sepultarse. Así que, si no tenía los conocimientos de viento y marea, nunca podían navegar y si lo hacían se morían. Este Golfo se quedó con muchos veleros chicos… porque algunos desconocían el sistema ese. Lo normal para que la ola esté más baja es que cuando el viento va y la marea va, todos pal mismo lado. Entonces hay una ola larga y suave. Pero si se encuentran estos dos, marea subiendo, norte que es bajando, se vuelve en un cementerio el golfo para este tipo de naves chicas. Así que había que tener sus conocimientos, sino mejor ni intentarlo. Así y todo, se llevó a mucha gente de Huildad el Golfo, cuando iban a la cholga seca abajo. Abajo se le dice al sur acá (Nino Ribera, agosto 2016, Quellón.)
Aunque la llegada del motor fuera de borda ayudó a tener más control y velocidad en las embarcaciones para poder enfrentar este tipo de factores, el Golfo del Corcovado seguirá siendo en la actualidad un espacio de muy compleja navegación. Un lugar que dentro del imaginario se ve como una barrera, como un peligro que hay que traspasar para llegar al sector de extracción, de riqueza, Guafo y las Guaitecas. Las rutas actuales para la isla siguen los caminos ya trazados por los antiguos navegantes, población nativa, balleneros, cholgueros, loberos (Moulian 2020). La llegada de los trajes de escafandra en los 50 y la revolución de los trajes rana a mediados de los 70 colaborarán en dar un cambio drástico a la forma de trabajar en el área.
En los años 80, junto con la apertura neoliberal del Estado chileno impulsada por la dictadura del General Pinochet (1973-1989), se generaron en Isla Guafo explotaciones masivas de diversos productos enviados a los nuevos mercados abiertos por diversos tratados económicos. El loco (Concholepas concholepas) se transformó en uno de los recursos más cotizados y la isla rápidamente se instala como uno de los sitios de mayor extracción en la llamada “fiebre del loco”. Es en este contexto cuando la explotación de recursos adquirirá su mayor importancia histórica. Lo anterior se refleja, en el imaginario de buzos y pescadores de Isla Guafo el cual representaba a la isla como un lugar de riqueza, pero peligroso al mismo tiempo, donde imperaban constantes variaciones climáticas, grandes vientos del sur y del norte, costas muy rocosas con plataformas salientes y grandes corrientes que empujaban a las embarcaciones hacia los roqueríos. Guafo era un lugar de naufragios, deshabitado, indómito donde la naturaleza se expresaba con toda su fuerza (Lema 2016). Los arriesgados navegantes asiduos a estas aguas llevan orgullosamente el título de “guaferos”, personas conocedoras de ese territorio y sus costas, expertas en las complejas rutas de la isla.
A lo anterior también se debe sumar las malas condiciones de anclaje en las caletas, cuestión que imposibilita poder fondear adecuadamente. Los dos puertos más utilizados, Caleta Arrayán y Caleta Samuel (Imagen 2), son vulnerables a los vientos del noreste, lo que habitualmente obliga a que, frente condiciones de inestabilidad meteorológica, todas las embarcaciones prefieran “arrancar” hacia Guapi Quilán, una pequeña isla protegida ubicada en la cara sur de Chiloé a dos horas de navegación.
Si en los 80 Guafo fue centro de la explotación del loco, para el 2018 la isla estaba viviendo la etapa final y descendiente de lo que fue una nueva “fiebre” que había comenzado con el nuevo siglo. Esta vez el sistema económico global había activado la explotación local del alga “luga roja” (Gigartina skottsgerguii) con el fin de exportación. Aunque parte de su comercialización era en seco, la mayoría se transformaba en carragenina, subproducto extraído del alga que se utiliza en la industria láctea y cárnica como engrasador, estabilizador y texturizador. Entre los principales países con mayor demanda encontrábamos a Estados Unidos, Dinamarca y Noruega, teniendo Chile dos de las empresas compradoras principales: Gelymar y Danisco, esta última de capital danés (Altamirano 2009).
6. Un cuerpo presionado al límite: condiciones de explotación y relaciones de producción en el paisaje.
El sistema extractivo en Guafo ha operado históricamente bajo condiciones límites, basándose en la maximización de los recursos y en la explotación de la mano de obra. En la práctica ha funcionado con un puñado diverso de embarcaciones menores, construidas de madera y propulsadas a motor, de no más de 12 m de eslora, que disponen habitualmente de entre 3 y 5 tripulantes entre capitán, buzos y asistentes. El capitán o patrón es quien controla la embarcación, determina lugares de extracción y define las rutas diarias; también es el responsable del grupo y quien asigna las distintas tareas menores cotidianas. Las embarcaciones cuentan también con uno o dos asistentes que tienen la misión de controlar el compresor y que las mangueras que llevan el aire a los buzos no se anuden, ni se enreden en las aspas. También los asistentes se encargan de subir la luga al interior del barco y guardarlas en mallas denominadas “perras” que pesan alrededor de 25 kilos cada una.
Los buzos, generalmente 2 o 3 por embarcación, son el pilar en que se sustenta toda la cadena productiva, los que corren mayor riesgo y, por ello, los que tienen mejores retribuciones económicas del equipo.
Otra figura importante en la orgánica productiva es el llamado armador, que es el dueño de la embarcación e inversor principal del negocio. En algunas oportunidades el armador de la lancha es al mismo tiempo el capitán, pero la mayoría de las veces es el armador quien busca un capitán que se haga cargo de la operación y la elección del personal, quedando él en tierra.
El proceso in situ podría entenderse a primera vista como una serie de núcleos económicos autónomos formados en base a las diferentes embarcaciones. Sin embargo, rápidamente puede descubrirse bajo la superficie una trama mucho más compleja que articula un sistema de control en la isla. La producción extraída por cada lancha se vende a barcos de mediano calado llamados de “acarreo”, que median entre los extractores y las industrias compradoras. Estos agentes son en realidad pequeñas empresas dueñas de barcos mayores, que buscan dominar el precio de compra en Guafo a través de diversas fórmulas. Entre ellas, la más común, nace a través de acuerdos de venta con distintas lanchas. El mecanismo opera en su origen mediante préstamos realizados a cada armador antes de la fecha de inicio de temporada, siempre y cuando se comprometa a una venta exclusiva. Este “adelanto” que el 2018 llegaba a ser entre 1 y 3 millones de pesos chilenos, servía para que cada embarcación pudiera comprar los implementos mínimos necesarios para las labores extractivas, principalmente mangueras de oxígeno, trajes de buceo y para pago de la tripulación. Esto redundará en una deuda de inicio y un cobro en especies. Los equipos y las lanchas quedan sujetos a esta estructura hasta el pago de la deuda, imponiéndose la subvaloración de la luga in situ. Los barcos de acarreo protegen y colaboran con sus tributarios, pero también les venden mercaderías básicas, como pollo, carne ahumada, harina, yerba mate, cigarrillos, entre otros, a precios altos que se pagan con alga.
Los barcos de acarreo se desplazan durante toda la temporada entre Quellón -la ciudad más cercana- e isla Guafo, trasladando en sus bodegas toda la luga comprada a sus proveedores. Entre el año 2013 y 2018 existían tres empresas intermediarias principales que se disputaban el dominio del área y que vendían a las plantas de secado, las cuales trasladaban el producto por medio de camiones a Santiago.
Como ya mencionamos, el buzo como pilar del sistema generalmente tiene una cuota de presión mayor que el resto de tripulantes. Sus jornadas dependen de diversas variables como de la densidad de luga existente, de la cercanía o lejanía del lugar de explotación y de las rutinas cotidianas, siendo habitual trabajar como mínimo 7 horas bajo el agua, las que algunas veces se fragmentan por subidas para comer, tomar mate y fumar. Los evidentes peligros de este trabajo en Isla Guafo se hacen mayores al ver la nula participación de instituciones que controlen las correctas prácticas laborales.
Habitualmente no existen contratos formales de trabajo, ni tampoco seguros asociados. Las embarcaciones que participan en estas faenas normalmente trabajan sin zarpe, es decir, sin la autorización de la Armada de Chile, quien tiene la misión de verificar el estado de las embarcaciones y la validez de las licencias del buzo y capitán. La norma entonces es la desregulación y la desprotección general de los trabajadores, lo que hace que, no solo se enfrenten a las complejas condiciones naturales y laborales, sino a la total incertidumbre en el caso de sufrir algún accidente. La tensión en las pequeñas embarcaciones es constante, pues los riesgos del trabajo son muchos. Un sistema así de desregulado permite a los intermediarios la obtención de luga a bajo precio, siendo fundamentalmente afectadas las personas en la base de la cadena económica: los buzos, los asistentes, los capitanes (Imagen 3).

Encontramos entonces que uno de los factores centrales que mueven los intereses y fuerzas de buzos en el paisaje es el económico. Las lanchas, como hemos dicho, son núcleos extractivos insertos en la economía de mercado, por tanto, dependiente de los precios internacionales del alga, los cuales activan los booms extractivos. Existen también otras influencias o factores micros que afectan el paisaje de la isla, factores que tienen que ver con las relaciones de producción y las dinámicas económicas locales.
La “deuda de origen”, que describimos en un inicio, determina las relaciones de producción al interior de las lanchas, pues fuerza el establecimiento de cuotas mínimas de extracción que haga viable la operación. Estas cuotas generan una presión física y psicológica al grupo productivo y afectan a la isla. Esa cadena de préstamos también se replica en la relación armador/tripulante, entregándose adelantos que tienen como propósito poder cubrir las necesidades familiares durante la estadía del navegante en la faena. Cada uno de ellos entonces ingresa al negocio apostando a una rentabilidad que implica necesariamente, en primer término, cubrir la deuda inicial adquirida por sí mismo y por el armador de la lancha, para luego repartir ganancias por medio de un pacto considerado tradicional basado en 5 partes. Una parte es para el armador, una es para el patrón de lancha, dos partes para los buzos y finalmente una para los asistentes.
Este sistema de partes es una forma de remuneración de la pesca artesanal muy utilizada en las sociedades costeras de diversas partes del mundo (Diaw 1994), siendo también ocupado en las costas chilenas con distintas variantes. Esta forma integra la mano de obra dentro del negocio especulativo quedando los pescadores muy vulnerables “…pues en el ‘sistema de partes’ su salario o ingreso va a estar determinado por el volumen de producción” (De la Cruz y Argüeyo 2006: 36). Esto de alguna manera aplaca los riesgos asociados a la inversión del capital, por un lado, pero por otro, fuerza los cuerpos de buzos y asistentes a una situación límite.
En este contexto, los tripulantes están sometidos desde un inicio a una serie de factores que los presionan psicológicamente. Al tema económico se le unen, por ejemplo, el apremio que significa el estar lejos del grupo familiar durante largos periodos de tiempo, habitualmente dos o tres meses, como también la adecuación o no a la convivencia interna de los grupos de trabajo. Esta última es una cuestión central, producto de las serias condiciones de hacinamiento a que se ven sometidos durante las campañas extractivas. La tripulación termina la mayor parte del tiempo conviviendo al interior de la lancha, en un espacio no superior a 6 metros cuadrados, donde se cocina, se come y se duerme. Por otro lado, siempre afloran los miedos a las complejas condiciones de navegación del área y a los habituales problemas de descompresión que afectan a los buzos. Todos estos factores hacen que, cualquier posibilidad de participación en el negocio de la luga, provoque una presión emocional que puede resultar en depresiones, estrés y otras implicaciones habituales dentro del rubro.
unto a estos factores psicológicos vemos factores físicos, producto de las fuertes exigencias a que se ven sometidos los cuerpos en estas condiciones de explotación. Un cuerpo presionado al límite, entre los 15 a 25 metros de profundidad sin condiciones de seguridad laboral, mangueras parchadas, compresores sin seguridades técnicas, barcos sin revisiones estructurales, ni del motor, van afectando el estado de los cuerpos, que se ven sometidos a condiciones extremas en aras de una rentabilidad económica. “Roberto” un joven buzo y “Chungo” experimentado asistente de la embarcación lo tienen claro...
Chungo: “Los buzos están autorizados a bajar 20 metros, no más, por los riesgos igual, porque debería trabajarse ciertas horas no más, según el reglamento de buceo…”
Roberto: “Según el Reglamento Marítimo… pero uno nunca va a trabajar con el reglamento.”
Chungo: “Porque si llegara a respetarse no sería rentable para trabajar, tampoco el buceo…”
Roberto: “No hay tiempo, te faltan los minutos…”
Chungo: “Porque si trabajo en 18 metros, 20 metros…”
Roberto: “18 metros te dejan trabajar 2 horas y media… y ya no te dejan bucear más poh… ¿y qué vas a hacer en dos horas y media? Nada… cuando uno anda 8 horas a pique, 7 horas… no alcanzaría a pagar los gastos que hay en el día, la bencina, petróleo, víveres…”
Chungo: “Es por eso que al buzo se le exige no más… para poder ganar… la idea es ganar plata acá y por eso son los riesgos a veces, porque se bucea harto tiempo y se hace poca descompresión.
(“Roberto” y “Chungo”, febrero 2015, Isla Guafo.)
La noción de riesgo, como vemos, es fundamental en la construcción del imaginario local, asociándose principalmente a las prácticas extractivas, específicamente al problema de la descompresión y también en general a las complejas condiciones naturales del paisaje. Según los buzos la dificultad radica en “la claridad de las aguas” y en la irregularidad del piso que “engaña” a los buzos respecto de la verdadera profundidad. Este engaño permite el error del buzo quien no se descomprime siguiendo las pautas establecidas por la práctica local.
Esta presión sobre los cuerpos en ocasiones termina en accidentes que producen el denominado síndrome de descompresión, una enfermedad que se caracteriza por fuertes dolores articulares, picazón y pérdida de conciencia, pudiendo llegar incluso a la muerte. Habitual es ver durante la noche cómo algunas embarcaciones regresan al mar y vuelven a bajar al buzo para tratar de descomprimir adecuadamente el cuerpo como medida paliativa. Esto pasa principalmente con buzos novatos y jóvenes confiados, que muchas veces arriesgan más en el negocio. El mar que los presiona también los sana.
En este contexto, es el factor natural el que determina la posibilidad de los cuerpos y posibilita las rentabilidades, comprendiendo la naturaleza como un elemento relevante que influye en todos los campos descritos con anterioridad. El entendimiento generalizado de la naturaleza como riesgo también está presente en todos los participantes de la cadena productiva y es considerada en cada decisión tomada por el armador, el patrón, los buzos y los asistentes. Forma parte del imaginario del espacio territorial y es evidentemente considerado a la hora de “embarcarse” en esta empresa.
A estos factores también se le suma otro que, desde el 2008, ha adquirido cada vez más fuerza. Es el factor “institucional” que ha transformado a la isla en un campo en disputa. Se trata de cómo diversas empresas han insertado a la isla en espacio especulativo de la economía global, tanto del mercado inmobiliario como en la minería del carbón (Moulian 2020). Producto de ello y de la evidente riqueza ecológica del lugar, es que también han surgido grupos que tratan de frenar estas posibilidades, como diversas ONG, sindicatos y organizaciones indígenas. Una estrategia ocupada por algunas de ellas ha sido la de ingresar la isla a los sistemas de protección y manejo establecidas en las normativas chilenas. Tras un intento fallido de anexar Guafo a la Ecmpo (Ley 20.249) de Punta Blanca del año 2012, hoy existe una nueva petición del área que comenzó a gestarse el año 2020. Este panorama que ronda los medios y las noticias, ha generado en las tripulaciones guaferas una serie de interrogantes que afectan aún más su diario habitar y complejizan las posibilidades de gestionar los proyectos en el lugar.
7. Ante un paisaje riesgoso
Para hacer frente a esta serie de fuerzas que afectan a la tripulación existen diversas herramientas que pueden ayudar a disminuir los accidentes, las presiones psicológicas y corporales. Prácticas sociales nacidas desde la tradición y otras desde la modernidad.
Es así como vemos que la tecnología juega un rol importante en tanto dispositivo inmerso en el contexto social y cultural de los guaferos, afectando cómo ellos se relacionan con el entorno de la isla. De los sistemas nuevos introducidos en las embarcaciones, quizá el más importante, es la navegación satelital mediante Sistema de Posicionamiento Global (GPS). Este dispositivo actualmente es una de las herramientas más masificadas, identificando espacios, determinando posiciones, rutas y tiempos. Está presente en casi todas las embarcaciones que trabajan en Guafo, no obstante la fragilidad que evidencian muchas de ellas en su estructura constructiva. Mediante este instrumento los capitanes pueden guiarse por los complejos laberintos que dejan las plataformas rocosas y al mismo tiempo georreferenciar diversas áreas de explotación, pasadas, presentes y futuras. Muchas de las embarcaciones integran también la tecnología de ecosonda, herramienta que visualiza las estructuras morfológicas subacuáticas e informa profundidades relativas. Este radar va a ayudar a conocer las profundidades aproximadas en que trabajan los buzos, cuestión importante para el control de los tiempos de descompresión necesarios y disminuir así los accidentes. Estos dos dispositivos ayudan entonces a reducir el riesgo corporal y psicológico producto de los factores naturales en juego, a la vez que crean nuevas formas de relacionarse con el paisaje. Las lanchas igualmente disponen de Radio UHF (Ultra High Frequency), instrumento que permite comunicarse con el faro existente en la isla y saber todos los días las condiciones climáticas pronosticadas. Ellas también posibilitan una comunicación más o menos fluida entre las diversas embarcaciones que trabajan. Saber de eventuales peligros, como cambios drásticos en las condiciones climáticas, desperfectos mecánicos y otras eventualidades.
Dentro de las lanchas es habitual el uso de televisores de plasma donde se ven diversas películas de ficción y documentales gracias a la conexión con sistemas de reproducción de DVDs, existiendo también algunos computadores portátiles y dispositivos móviles personales que sirven para ver videos, escuchar música y mapear el área. Dentro de este tipo de herramientas encontramos también la utilización de TV satelital, la cual, aunque es limitada a 2 o 3 lanchas, permite a toda la comunidad estar al día de las noticias ocurridas en el continente, ver partidos de fútbol, programas humorísticos y teleseries “en directo”, cuestión que ayuda a distender y mejorar el ánimo. Todas las tardes es normal el despliegue desde las embarcaciones de cables que conectan con las antenas ubicadas sobre diversas plataformas de madera dispuestas en la orilla de playa. Algunas veces pueden estar horas tratando de apuntar correctamente las antenas parabólicas y así poder ver algún partido de fútbol. Las radios de mayor alcance (VHF) dispuestas en algunas embarcaciones también tienen un rol relevante a la hora ayudar a distender la presión del grupo de trabajo. A mediados de los 90 el Sindicato de Buzos, Pescadores y Armadores “Mar Azul” instaló en el cerro más alto de Quellón una central de comunicaciones que presta ayuda a la comunidad conectando por radio a tripulación y familiares, entregando recados o ayudando en situaciones de emergencia. El contacto permanente entre Guafo y Quellón entrega un soporte emocional considerable a diversos miembros de la tripulación. También lo hacen las cotidianas reuniones de esparcimiento que se realizan todos los días al final de la extensa jornada laboral. Habitualmente, luego de la comida de la tarde, se generan largas conversaciones alrededor de un mate, se juega cartas o al “cacho” (juego tradicional de dados).
Otra herramienta que ayuda a paliar los riesgos es la tradición y la memoria como proceso socializador. Son las mismas reuniones recién mencionadas también espacios de aprendizaje sobre el paisaje. Allí participan no sólo los tripulantes de la embarcación, sino habitualmente se invita a integrantes de otras lanchas. Estos momentos de distensión son de suma importancia pues, entre risas y chistes, se divulgan leyendas e historias personales que difunden el conocimiento tradicional y la memoria, ambas cualidades depositadas generalmente en los pescadores y buzos más antiguos, y también en los capitanes más reconocidos. No sólo se recibe información útil sobre diversas prácticas de navegación, sino que también se refuerza la identidad de grupo. Es común escuchar historias de compañeros navegantes ya muertos, o sobre peripecias ocurridas a capitanes, buzos o asistentes en distintas partes de la isla y de los canales australes patagónicos. Es aquí donde se cría y refuerza el carácter del “guafero”, como ya dijimos, denominación que entrega cierto estatus y respeto frente a los pares de otros lugares del archipiélago de Chiloé.
Por último, podemos ver el papel de la religiosidad popular como una forma de atenuación de los riesgos que implica la relación ser humano/ medio ambiente. En Isla Guafo existe un lugar muy significativo para capitanes, buzos y asistentes que se ha transformado a lo largo del tiempo en lugar de peregrinación. La llamada “Animita de Caleta Samuel”, es un espacio de culto y veneración visitado por gran parte de las embarcaciones para pedir protección y dejar ofrendas. Este espacio tiene un rol muy importante, por cuanto demuestra cómo la tradición y la memoria actúan con un papel relevante en la protección de los buzos, pero no tan solo eso. En ella se condensan una serie de elementos que nos entregan pistas de una dimensión social y cultural compleja, siendo un claro ejemplo de cómo se articulan las prácticas sociales y los imaginarios, en la construcción de los paisajes culturales en isla Guafo.
8. Animita de Caleta Samuel como construcción del paisaje.
La tradición de la construcción de animitas es una práctica de religiosidad popular muy masificada en Chile y que también se da con distintos nombres en América Latina (Plath 2000). Se relaciona con el culto al ánima de algunos difuntos que han sufrido generalmente una muerte violenta (Ojeda 2013, Benavente 2011). En el lugar de la muerte se eleva un pequeño altar-casa donde habita el ánima, un alma penitente que necesita refugio, protección.
En las animitas se piden favores, sanaciones, mejoras económicas, resolución de problemas afectivos, protección en situaciones de peligro. Favores que luego son pagados de diversas formas, obsequios, visitas, inscripciones en placas, serie de oraciones, todo lo cual evidentemente va acorde a la cuantía del favor concedido. Como vemos, el carácter simbólico-social es una característica relevante de esta práctica, pudiendo considerarse como un lugar donde se materializa la memoria colectiva (Halbwachs 2004).
ara el caso de Guafo esta animita es la mayor de una serie de ánimas emplazadas en la Caleta Samuel. Se ubica en una gran gruta natural de unos 25m de altura y 6m de ancho que tiene tres túneles, uno frontal de unos 50 metros de profundidad y dos laterales más pequeños. La animita ocupa gran parte del frontis de la gruta, con diversos objetos entregados como ofrendas. Internándose por uno de los túneles más pequeños apreciamos un ataúd pintado de celeste y blanco, y una pequeña casita de fierro llena vírgenes y rosarios. Sobre el ataúd destacan un cofre de madera lleno de cajas de fósforos, distintas miniaturas de barcos, muñecas, diversos objetos tallados, cuadernos que funcionan como bitácoras y cientos de poleras colgadas de las paredes (Imagen 4).

Según cuenta la tradición oral, esta animita data originalmente de los años en que allí existió la industria ballenera (1925-1938). Posteriormente, en los años 80 es redescubierta y reconstruida, cuando se hallan los restos óseos de lo que sería una mujer y su pequeño hijo (a) en una de las cavernas aledañas a la bahía. Según nos cuenta don Juan Torrealbo, cuando ellos llegaron a isla Guafo en la embarcación “Queen Elizabeth” ya sabían de la existencia de la animita, gracias al abuelo de uno de los tripulantes que había trabajado allí…
…por eso nosotros supimos que había una animita y un día fuimos a ver en qué estado estaba, cómo estaba. Así que un día nos decidimos, porque estaban desparramados los huesitos (…) Así que entre todos empezamos a deducir uno primero, lo más grande sobre todo, a ver cómo lo podíamos armar y lo empezamos a armar. Supuestamente por lo que contaba el abuelo del amigo decía que era una señora con su hijito. Nosotros cuando encontramos el cráneo tenía pelo largo, y bastante todavía. Así que de ahí cuando lo empezamos a armar lo armamos completito, lo dejamos juntito todo ahí donde estaba, pero más bien arregladito. Y de ahí empezamos a armar, supuestamente era una guagüita (bebe) por el tamaño del cráneo, pero ya tendría varios meses porque era harto grandecita. Igual lo reconstruimos completo, encontramos todas sus partecitas huesitos todo, todo, todo, no nos quedó nada fuera. Y de ahí (...) decidimos hacer como un ataúd poh, un cajoncito ahí algo bien bonito. Así que después de ese viaje ya trajimos un ataducito y ahí lo colocamos bien ordenadito, bien bonito lo pintamos. Y al siguiente viaje ya trajimos, para prender velitas, hicimos unos cositos de fierro para prender velitas. Y de ahí quedó eso bien ordenadito. Y de ahí nosotros mismos le traíamos coronas, le traíamos flores y lo cuidamos harto. Luego los mismos pescadores ellos empezaron a cuidarlo (Juan Torrealbo, febrero 2015, Isla Guafo).
Cuenta la tradición oral que esa madre a quien se refiere don Juan era una trabajadora de la ballenera de Caleta Samuel que tuvo problemas en el parto y que dado el aislamiento muere en la isla y es enterrada, junto a su hijo(a), en la gruta. Existe plena coincidencia de los testimonios sobre la leyenda de la animita, siendo para los pescadores, la única duda es el sexo del bebé. Basándose en esta tradicional historia es que los buzos se acercan al área para observar en qué condiciones estaban los restos y plantean conservarlos. La animita actual es fruto entonces de una construcción planificada en forma colectiva, teniendo como base tres elementos: por un lado, una conciencia histórica, por otro, una significación emotiva –espiritual- y, por último, una acción práctica que modifica la condición originaria de este espacio histórico-social. Es en esta ecuación donde se concreta la creación de un paisaje cultural particular y donde comienza a masificarse la peregrinación a este espacio de culto. Todos los años, antes de comenzar y terminar la rutina extractiva, pasan por la animita los pescadores que vienen a trabajar en el área. También es paso obligado para buques bacaladeros que llegan para resguardarse de los temporales, muchos de ellos procedentes del norte de Chile, especialmente de la Región del Bio-bio.
9. Dimensión interpretativa de la animita
La Animita de Caleta Samuel tiene diversas particularidades que la diferencian de otras de distintas partes de Chile. Seguramente una de las más importantes sea que está emplazada en un enterratorio que tiene un significado concreto para la comunidad. Según la tradición una mujer y su hijo(a) mueren en una situación traumática, sin posibilidad de recibir ayuda, en una isla peligrosa, donde las fuerzas de la naturaleza se expresan en su forma más radical. Los cuerpos recuperados reposan en el interior de un ataúd construido por los pescadores. El sarcófago se plantea en este contexto como eje que articula la animita. Al costado, candelabros con velas que se encienden como ofrenda de los penitentes y a la derecha una construcción de metal con forma de casa (Imagen 5). Este es el hogar del alma, lugar escogido para disponer una serie de ofrendas, muchas de las cuales son referentes católicos; crucifijos, pequeñas biblias, rosarios, diversas imágenes de la virgen que ocupan la parte baja. En la cabecera de la urna vemos una cruz de madera pintada de blanco, la cual nos lleva a situarnos simbólicamente en un cementerio. Se plantea entonces que el espacio no es tan solo de veneración del alma, sino de contacto con los cuerpos que sufrieron esta muerte traumática, el dolor se materializa en esos huesos de la madre y su hijo(a) dispuestos en el ataúd. El dolor no es distinto al de cristo crucificado dispuesto en la pared, al costado superior derecho de la urna, que desde una posición privilegiada domina la perspectiva de toda la gruta. Adosados también a las paredes diversos muñecos de felpa, pequeñas fotografías carné de pescadores encajadas en las grietas, poleras de todos los portes y colores parecen representaciones corpóreas que buscan acompañar en su soledad a aquellas dos almas. Las poleras-cuerpo las vemos emplazadas en toda la amplitud de la caverna, partiendo por los espacios más cercanos al ataúd y ampliándose luego a cada una de las paredes laterales externas (Imagen 4 y 5).

Para Juan Torrealbo esta práctica de dejar poleras era ocupada principalmente por pescadores del norte que pasaban eventualmente por la isla a abastecerse de agua y leña. Efectivamente, existe en la región del Bio-bio una tradición ligada al mar y la muerte, los cenotafios. Estos son lugares ceremoniales donde son enterrados simbólicamente los difuntos desaparecidos en el mar, ocupándose para ello diversas prendas como representación de los familiares perdidos (Ziebrecht y Rojas 2013; Plath 2000). La prenda de vestir actúa como símbolo del cuerpo desaparecido, sobre la cual se llora y se hace velatorio según la tradición cristiana, y que se entierra junto a una pequeña urna. Las telas que contenían el cuerpo de padres, hijos, sobrinos, pescadores que vieron llegar la muerte en algún lugar desconocido del mar. Entonces las almas no están solas, las habituales incursiones de los pesqueros del Bio-bio al área de isla Guafo han traído la tradición hasta la animita y con ello la representación de los cuerpos que desde las paredes hoy la acompañan.
En este universo construido para venerar las almas de Caleta Samuel podemos encontrar también curiosas miniaturas de embarcaciones construidas con plumavit (aislante), madera y alambre. Algunas de ellas dispuestas sobre el ataúd, otras en las paredes externas de la gruta. Al parecer también esta práctica es común en el norte, donde realizan réplicas exactas de las lanchas desaparecidas y se depositan como ofrendas. Podríamos suponer entonces que, en este caso, las embarcaciones ofrendadas a la animita de Caleta Samuel son copias de lanchas siniestradas y por las cuales han pedido favores. Algunas de las réplicas tienen un gran detalle, colores originales, número de matrícula, cabinas de mando, mástiles, mientras otras se contentan con dar una idea general del retrato (Imagen 6 y 7).


Existe también lo que los buzos llaman “bitácoras”, un grupo de cuadernos dispuestos en la animita con cientos de escritos realizados por las tripulaciones de los barcos que han visitado el lugar. En la actualidad los registros más antiguos datan de 1995. Son decenas de cuadernos y cientos de inscripciones donde se testimonian una serie de emociones relacionadas con las rutas de navegación, la isla y el trabajo extractivo. Estos registros imitan la estructura formal de las bitácoras de navegación que contienen la descripción de los hechos ocurridos diariamente durante la navegación, documentos oficiales y obligatorios para todas las embarcaciones que cumplen con las normas establecidas por la Armada de Chile. Sin embargo, la estructura formal de este documento, en este nuevo campo, adquiere dimensiones rituales, sirviendo como un medio de comunicación con las almas y donde se materializan sentimientos de aprecio, veneración y súplica. Tampoco pierde del todo las propiedades formales, es decir de documento de control, pues registra la visita a la animita, llevando un detalle de cada tripulación que pasa por el lugar.
Lo importante finalmente es que podemos comprender cómo los documentos formales que originalmente sirven como forma de control del Estado ahora son utilizados como pacto formal con las almas. Se convierten en una evidencia y constatación de compromiso, forma de pago o retribución de favores concedidos, a la vez que influye en el habitar la isla, en construir paisaje. Entre las peticiones más habituales escritas en este documento podemos encontrar agradecimientos por permitir recalar a salvo en la isla, petición que los proteja en el viaje de regreso a Quellón, de protección en el trabajo de extracción y para la existencia de buen tiempo. También peticiones particulares, especialmente para protección de los hijos y las mujeres.
En una “bitácora” del 2 de febrero de 1997, luego de la presentación respectiva, podemos leer la petición realizada por los tripulantes de la lancha “Albinita”. Se remarca su condición mediadora de las almas con la figura de Dios, se pide orientación en la vida cotidiana y prosperidad en el trabajo:
“Tu que estas en los cielos gozando de la compañía de dios. Te rogamos que veles por nosotros y nos ilumines para ser de nosotros hombres de bien en la vida cotidiana y prósperos en el trabajo.
De todo corazón Tripulación Albinita.”
Mientras en la bitácora del 2012, del 01 de diciembre, la tripulación de la lancha “Cobra”, que el 2018 aún vemos trabajando, dejó el siguiente testimonio:
“Animita de Samuel
Te pedimos lla que heres la protectora de todos los que estos mares cruzamos. Que nos acompañes en nuestras aventuras marinas cruzando este golfo tan nombrado.
Esperando en cada navegación nos acompañes y cuides para que hasi recalemos sin novedad.
José y su tripulación.”
10. A modo de conclusión
El paisaje cultural puede ser entendido producto de cuestiones históricas que anclan los procesos culturales actuales y nos dan una dimensión temporal amplia de los vínculos y movilidades entre los buzos lugueros y el medio natural donde están insertos. Es así como comprendimos que la situación social actual se vincula fuertemente a los procesos económicos gestados en el contexto de una economía neoliberal extractivista establecida en Chile en los años 80, que promueve un sistema de explotación del todo desregulado y que se basa en una estructura de préstamo y obligaciones que desfavorecen a los eslabones más bajos de la cadena productiva, cuestión que crea formas particulares de relacionarse con el medio ambiente.
Existen ciertas continuidades históricas que aparecen vinculadas a la construcción del paisaje. Un imaginario que se ancla en la dualidad riqueza-peligro que es central y visible no tan solo en las memorias, sino que determina las prácticas de trabajo, las formas de convivencia y jerarquías dentro de las embarcaciones y la relación de ellas con su entorno. Se han podido identificar distintos factores que determinan el riesgo dentro de las prácticas extractivas. También hemos visto cómo frente a ellos se presentan algunas formas paliativas que sirven para aminorarlos, como por ejemplo, el conocimiento y los procesos de socialización, los juegos de cartas e historias contadas mientras el mate pasa de boca en boca. Las tecnologías que posicionan el punto en el mapa y trazan rutas en las geografías. Prácticas que ayudan a descomprimir un ambiente donde los cuerpos son exigidos al máximo en pro de las esperadas rentabilidades de una economía que termina monopolizando los precios y esclavizando las voluntades.
Hemos abordado también una arista de la cuestión, el caso de la Animita de Caleta Samuel, que es la expresión concreta de las interacciones entre prácticas sociales, imaginarios y medio ambiente. Se plantea este espacio como un paisaje cultural construido material y simbólicamente por la comunidad local y denso en significados, que reflejan creencias y valores de profundo arraigo entre los buzos. Gracias a ella es posible empezar a entrever algunos rasgos del complejo entramado cultural del que forman parte los guaferos y que aquí representan y cultivan con notable dedicación.
La activación de la memoria histórica basada en la oralidad hace que esta tradición no se pierda en el imaginario de buzos y pescadores, generando prácticas concretas de recuperación y conservación que revitalizan este espacio ritual en los años 80. Las prácticas de la religiosidad popular hacen que, desde esa fecha, la animita comience a convertirse en un punto crucial dentro de las dinámicas de la isla, transformándose en “protectora” frente a las diversas amenazas existentes para muchos de los trabajadores en esta área. La animita cumple entonces un rol fundamental en el imaginario colectivo y apoya en el trabajo extractivo. Las almas de estos dos cuerpos, madre e hijo(a), ayudan a los hombres de mar colaborando en la contención de los factores naturales y sociales que los presionan y cuidando de sus familias cuando ellos trabajan en las peligrosas aguas de isla Guafo.
Para finalizar es necesario agregar que en Guafo el proceso de declive del comercio del alga ha afectado de manera relevante a gran parte de las dinámicas extractivas en el área. Desde el año 2018 muchas embarcaciones que trabajaban en la luga se han vendido o redestinado a otras faenas, desarticulándose gran parte de los grupos de trabajo. Entre los factores que han influenciado este declive están, por un lado, el bajo precio del alga y, por otro, las grandes deudas arrastradas por los armadores y la tripulación. A ello se deberían sumar factores nacionales como los levantamientos sociales del 2019 e internacionales como la pandemia Covid-19. La mediatización de la venta de la isla por internet y artículos en la prensa global han también puesto a la isla en el ojo mundial como un ejemplo extraño de cómo opera el sistema económico neoliberal chileno en las áreas naturales de relevancia ecológica y cultural (Collyns 2020). Así vemos que se incorporan nuevas fuerzas en el contexto de creación del paisaje, frente a las mencionada en este artículo, cuestión que plantea también nuevas interrogantes e hipótesis que sería relevante investigar en el futuro.
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Notas