Estado y sociedad

Diego Barros Arana y su historiografía sobre los mapuche en el siglo XIX

Diego Barros Arana and his historiography on the Mapuche in the 19th century

Martín Alejandro Lara Ortega *
Universidad Bernardo O'Higgins, Chile
Jaime Antonio Zañartu Reyes
Universidad Bernardo O'Higgins, Chile
Hernán Arturo Mateluna Estay
Universidad Bernardo O'Higgins, Chile

Diego Barros Arana y su historiografía sobre los mapuche en el siglo XIX

Revista Científica General José María Córdova, vol. 23, no. 49, pp. 345-361, 2025

Escuela Militar de Cadetes "General José María Córdova"

Received: 13 January 2025

Accepted: 28 March 2025

Published: 30 March 2025

RESUMEN: Este artículo se propone estudiar la obra sobre el pueblo mapuche del historiador chileno Diego Barros Arana, a través del análisis histórico de fuentes primarias y secundarias. Se parte de la premisa de que su trabajo analiza al pueblo mapuche enfocado en su inclusión o exclusión dentro del Estado nación. Como resultado de este estudio, se evidencia que su trabajo se desarrolló bajo una tensión discursiva entre salvaguardar la imagen guerrera de los mapuche, propia del período colonial, y, por otra parte, describirlo como un pueblo en decadencia, tal como se percibía en el siglo XIX. Finalmente, la visión del historiador chileno sobre el pueblo mapuche, con todos sus aportes, se basó en las concepciones de su época y configuró la imagen que prevaleció en la sociedad chilena durante el siglo XX.

Palabras clave: Chile, Diego Barros Arana, historia latinoamericana, historiografía, mapuche, siglo XIX.

ABSTRACT: This article aims to study the work of Chilean historian Diego Barros Arana on the Mapuche people through a historical analysis of primary and secondary sources. It is based on the premise that his work analyzes the Mapuche people, focusing on their inclusion or exclusion within the nation-state. This study reveals that his work developed under a discursive tension between safeguarding the warrior image of the Mapuche, characteristic of the colonial period, and, on the other hand, describing them as a people in decline, as they were perceived in the 19th century. Finally, the Chilean historian's vision of the Mapuche people, with all his contributions, was based on the conceptions of his time and shaped the image that prevailed in Chilean society during the 20th century.

Keywords: 19th century, Chile, Diego Barros Arana, historiography, Latin American history, mapuche.

Introducción

El origen del pueblo mapuche ha sido un tema recurrente de interés tanto en las ciencias sociales como en la historiografía chilena desde los primeros años del siglo XIX, cuando estas disciplinas se conformaron como ciencias modernas (Lastarria, 1843; Gay, 1844; Medina, 1882). En lo fundamental, ello se debe a la relevancia que este grupo étnico tuvo en el territorio y a su prominente presencia en la historia de Chile durante el período colonial. A lo largo del siglo XIX, se desarrollaron diversas interpretaciones sobre el origen étnico y territorial de este pueblo, así como sobre la influencia de los pueblos precolombinos -especialmente los incas- en su evolución cultural. Estos enfoques fueron abordados principalmente desde dos disciplinas: la antropología y la historia, cada una con su respectivo marco teórico, metodológico y aparato documental, aunque interrelacionadas en la comprensión global del fenómeno mapuche.

El debate historiográfico latinoamericano sobre el tema indígena experimentó un giro en el cambio de siglo con los trabajos de Mónica Quijada (1999; 2000; 2004), quien analizó y sintetizó los grandes debates sobre el rol de los indígenas en el contexto de los Estados en formación, como es el caso de México y Argentina. Este esfuerzo permitió que otros investigadores, con un enfoque más amplio y comparado, se adentraran en la temática de la inclusión y la exclusión. Un ejemplo de ello es Carmen Bernand (2016), quien plantea que, aproximadamente desde 1880, los gobiernos de la región impulsaron diferentes políticas de integración y asimilación, siendo clave para ello tres factores esenciales: la consolidación de los Estados, la modernización y la industrialización. En ese mismo año, De Jong y Escobar (2016) coincidieron con la propuesta de Bernand, sosteniendo que, en países como Brasil, Colombia y Chile, los grupos indígenas se transformaron en un problema a resolver, utilizando la clase política diversos mecanismos para su abordaje, desde los parlamentos, la diplomacia y la educación hasta el recurso de la fuerza.

La antropología ha desempeñado un papel esencial al estudiar los vestigios materiales y objetos que los mapuche han dejado a lo largo de su historia (Gilbert, 2022). A través del análisis de estos artefactos, ha sido posible vislumbrar aspectos de su vida cotidiana, sus creencias y sus prácticas, lo que ha permitido reconstruir parte de su identidad y origen. En paralelo, la historiografía ha contribuido significativamente con el descubrimiento y análisis de nuevos textos coloniales hallados en archivos históricos de América Latina y Europa, así como en los archivos nacionales de Chile. En su conjunto, dichas fuentes han ofrecido relatos sobre la interacción entre los mapuche y los colonizadores europeos. Estos documentos han permitido una visión más detallada de los acontecimientos y de las relaciones entre las distintas culturas, especialmente durante la época colonial, proporcionando una narrativa que enriquece el conocimiento sobre la historia de este pueblo.

Es relevante señalar que, en sus etapas iniciales, estas disciplinas no estaban tan claramente diferenciadas como lo están hoy (Mora, 2021). Los historiadores no excluían el análisis antropológico y viceversa, ya que ambos enfoques se complementaban en el estudio del pasado mapuche. Este cruce de saberes se evidenció en los primeros esfuerzos por construir un relato comprensivo sobre el pueblo mapuche, así como en las primeras exposiciones museográficas, que no solo incluyeron objetos de valor antropológico, sino que también incorporaron relatos históricos basados en la historiografía nacional que estaba en pleno proceso de construcción (Lara et al., 2024).

En este contexto, uno de los sujetos más influyentes en la historia de Chile y en la historiografía sobre los pueblos originarios, incluido el mapuche, fue Diego Barros Arana (1830-1907). Reconocido como uno de los historiadores más destacados del siglo XIX, Barros Arana es considerado una figura clave para comprender la evolución de la historiografía chilena (Gazmuri, 2012). Su formación en la Universidad de Chile y su implicación tanto en el ámbito académico como político le permitieron desarrollar una obra histórica que abordó aspectos fundamentales del país, incluidos los orígenes y el papel de los pueblos indígenas. A lo largo de su carrera, Barros Arana contribuyó a la consolidación de la historia nacional y al estudio de los pueblos originarios, especialmente los mapuche, mediante trabajos que integraban tanto la narración histórica como documentos de la época.

En este marco de investigación y análisis, la figura de Barros Arana y el enfoque interdisciplinario entre historia y antropología permiten contar con una visión más completa sobre el origen, desarrollo y resistencia del pueblo mapuche, un tema que continúa siendo de relevancia en la actualidad.

Antecedentes

El origen del pueblo mapuche siempre fue un tema de interés para las nacientes ciencias (Alegría et al., 2022), en la medida en que su población era significativa en el territorio y también por su presencia en la literatura sobre la historia de Chile (Gänger, 2009). En la revisión de las fuentes historiográficas y antropológicas, pueden consignarse dos ejes discursivos preponderantes en torno al origen mapuche: el origen étnico-territorial del pueblo y la influencia incaica en su desarrollo cultural. Para la antropología, el aporte proviene de los vestigios y la materialidad de objetos y piezas, característicos de su primera etapa (Hall, 2017). En cambio, para la historia, el aporte se encuentra en el descubrimiento de nuevos textos coloniales localizados, en aquella época, en archivos como el Archivo Nacional del Perú en Lima, Simancas en Madrid y el Archivo General de Indias en Sevilla, así como en documentos clásicos del período colonial depositados en archivos nacionales.

Si bien en esta investigación se realiza una diferenciación entre documentos coloniales nuevos y antiguos, es necesario recalcar que estas ciencias aún se encontraban en una etapa inicial y sin una clara distinción. Los científicos que se dedicaban a la historia no excluían a la antropología, y viceversa (Wilson, 2018). Por ejemplo, las primeras muestras museográficas sobre el tema no se basaron únicamente en objetos o piezas de naturaleza antropológica, sino que el discurso que sustentaba su curaduría tenía como base la narrativa de los textos de historia nacional, aportados por la historiografía. En ese sentido, el enfoque dado por Barros Arana a sus investigaciones corresponde al de un sujeto positivista del siglo XIX, en el que la evidencia sustentaba sus afirmaciones, sin mayor análisis heurístico y menos aún hermenéutico de las fuentes utilizadas. Como se adelantó, el positivismo en el siglo XIX enfatizaba la evidencia empírica y la cultura material. Sin embargo, la obra de Barros Arana, como se verá más adelante, se basó con frecuencia en narrativas coloniales y observaciones subjetivas que carecían de rigor científico.

Dicho esto, la paradoja positivista en la obra de Barros Arana puede entenderse como la "pretensión de lo real" sin considerar lo que autores como Max Weber (1904) entendían como la motivación detrás de las acciones, o lo que Karl Popper (1983; 2015) y Thomas Kuhn (1962) sostienen desde la falsación por sobre la verificación. En este sentido, se sostiene en este artículo que la aplicación selectiva del positivismo por parte de Barros Arana se materializa en lo que se denomina como discurso, entendido como "expresiones de estos grupos", que "se reconocen en todos los ámbitos de la vida social, tanto públicos como privados" (Calsamiglia & Tusón, 1999, p. 16). En ese marco, los discursos de Barros Arana no se limitarían a ser meros códigos o descripciones, sino que se constituyen como prácticas sociales concretas que conforman y transforman la realidad en la cual también se insertan. Estos marcos sociales se inscriben en las secuencias discursivas del positivismo, que influyen en la forma en que se utilizan el lenguaje, los conceptos y las relaciones (Valenzuela, 2006, p. 17).

El autor y su tiempo

Diego Barros Arana (1830-1907) es reconocido como uno de los historiadores más destacados de Chile en el siglo XIX. Es considerado por especialistas como Jorge Pinto (2003), Sergio Villalobos (2012) y Fernando Silva y Juan Eduardo Vargas (2019) como uno de los máximos exponentes de la historiografía en el país. Formado como abogado en la Universidad de Chile, su interés por las humanidades lo llevó a involucrarse en el campo de la historia. Allí en la Universidad de Chile, donde inició su carrera académica, fue elegido a los 25 años miembro de la Facultad de Filosofía y Humanidades. A partir de 1855, desempeñó labores docentes, y en 1871 fue nombrado decano debido a sus capacidades. Su trayectoria alcanzó la cúspide en 1893, cuando asumió el cargo de rector de la Universidad, tarea que desempeñó hasta 1897. Paralelamente a sus labores académicas, participó en la esfera política partidista. Fue diputado suplente (1855-1858), y posteriormente titular (1867-1888), en los distritos de Putaendo y San Fernando (Valencia, 1987).

Además de su destacada labor como historiador, participó como diplomático y agente en el diferendo limítrofe con Argentina. Su tarea en este ámbito concluyó con la firma del tratado de 1881, el cual estableció la división entre ambos países por las más altas cumbres que dividen aguas en la cordillera de los Andes (Barros Arana, 1898). No obstante, en Chile es conocido principalmente por su labor como historiador. A través de diversas investigaciones, desarrolló de manera prolífica esta disciplina. Su mirada sobre el pueblo mapuche no difirió mucho de la de sus predecesores, lo que se explica porque sus intereses estaban centrados en otras temáticas. Sin embargo, lo significativo de su obra es que puede ser considerado un científico formado en Chile, cuya principal labor fue desentrañar el pasado del país a partir de criterios y convenciones de la disciplina histórica. En esa línea, se analizarán aquellas obras en que Diego Barros Arana hizo referencia al pueblo mapuche, ya sea de forma marginal o exhaustiva.

Narrativas en tensión

Un texto inicial en que Barros Arana abordaba de modo tangencial al pueblo mapuche es su obra Compendio de historia de América. Publicada originalmente en 1865 y reeditada en 1907, se considera esta última edición más apropiada como fuente, ya que sintetiza las ideas de un historiador maduro, fruto de una carrera dedicada al estudio del pasado. Al tratarse de un texto concebido como material de apoyo escolar y que tuvo amplia difusión desde su primera edición, tanto en Chile como en América Latina, el Compendio puede ser considerado no solo como un texto-artefacto al servicio de un pensamiento, sino también como un instrumento de poder por parte del Estado. Su circulación y aceptación por distintos gobiernos de la región garantizaba una enseñanza de la historia y también la perspectiva del autor como redactor del texto, convirtiéndose en un medio de transmisión de formas de comprender la realidad.

Así, la obra tuvo un impacto significativo en la forma en que se percibía a los indígenas y al pueblo mapuche, lo que repercutió, al menos, en dos generaciones de chilenos, demostrando la fuerte influencia de dicho historiador. Siguiendo una concepción hegeliana de la historia -es decir, ascendente y perfectible-, Barros Arana inicia su libro proponiendo un formato ad narrandum, en el que expone su noción sobre el origen del hombre americano:

Conocida la insuficiencia de esa base de investigación, se ha tratado de llegar a la solución de este oscuro problema por medio del estudio de la antropología o historia natural del hombre, de la clasificación de las razas humanas i del examen de sus caracteres distintivos. Los resultados obtenidos por este camino, por más injeniosos i atrayentes que aparezcan, distan mucho de ser definitivos, i de solucionar regularmente las infinitas dificultades que suscita la cuestión. (Barros Arana, 1907, p. 2)

En esta obra, puede reconocerse una síntesis interpretativa de las distintas teorías sobre el origen del ser humano americano, tanto las autóctonas como las alóctonas. Barros Arana consideraba una variedad de autores que investigaron y debatieron sobre el posible origen hebreo, nipón o chino de los pueblos del continente. Estas discusiones se presentaron en textos como los publicados por Florentino Ameghino (1880-1881) o los de Ales Hrdlička (1905). En línea con los avances de los estudios etnológicos, Barros Arana destacaba el estudio de la lengua, cuando indicaba que:

[...] los trabajos de la lingüística comparada, en que muchos espíritus cultos creyeron hallar el camino para descubrir la verdad por la filiación de las lenguas, no ha dado frutos más satisfactorios. El continente americano ofrecía a este respecto un cuadro que con justicia ha llamado la atención de los sabios. Se hablaban en él más lenguas diferentes que en cualquiera otro continente. (Barros Arana, 1902, p. 2)

Al construir su investigación desde una perspectiva historiográfica, Barros Arana recurría tanto a los vestigios naturales o culturales como al estudio de la lengua, los cuales constituían los dos principales ejes de la emergente antropología.

En su libro, Barros Arana realizaba una primera aproximación a los mapuche al clasificarlos como "otros pueblos", apartándolos de las grandes civilizaciones como los aztecas o incas. Se refería a ellos en el contexto de lo que denominaba "sistema de guerra"1, donde sugería que los mapuche, al igual que algunas tribus de Brasil, "acostumbraban presentar batalla campal; los demás trataban únicamente de sorprender al enemigo i de hacerle los mayores males posibles. Para esto se deslizaban en los bosques, después de pintarse los cuerpos de modo que parecían montones de hojas secas" (Barros Arana, 1907, p. 25). Más aún, al realizar un análisis genérico de los demás pueblos, examinaba los alzamientos llevados a cabo en el período colonial:

[...] cuando se emprendía una guerra nacional, se reunían los ancianos, consultaban a los adivinos i hasta a las mujeres; i una vez acordada la guerra, la tribu se ponía en movimiento. Aun los pueblos más atrasados nombraban un jefe; pero no entraban en campaña como un ejército regularizado. Cada guerrero llevaba consigo las provisiones para su sustento" (Barros Arana, 1907, p. 25)

Si en esta cita sus ideas recogen aportes dados por la antropología -como la concepción de jefatura-, gran parte de sus argumentos posteriores se sustentan en el conocimiento histórico, particularmente en lo relativo a la descripción de las actividades previas que los indígenas efectuaban en preparación para la guerra. Lo que resulta de interés es que buena parte de lo que el historiador mencionaba coincide con las antiguas crónicas indianas que detallaban los preparativos de las batallas hispano-mapuche, agrupando a una diversidad de pueblos bajo los preceptos de uno solo, como es el caso mapuche.

Continuando con su relato, Barros Arana examinaba de manera general diversos pueblos del continente, señalando que entre ellos:

[...] no conocían culto alguno, existían también ciertos hombres que vivían alejados de toda sociedad i que creían poseer el don de la adivinación. Eran éstos los médicos ordinarios de los enfermos, a quienes curaban con ceremonias estrañas i ridículos. Los indios creían que las enfermedades eran producidas por hechizos de sus enemigos; i la primera obligación del médico o adivino era descubrir al autor del mal. Esta preocupación daba oríjen a terribles venganzas. (Barros Arana, 1907, p. 25)

Después de un exhaustivo análisis de la historia americana, desde la llegada de Colón hasta los procesos de conquista en distintas latitudes, Barros Arana se detiene a estudiar al pueblo mapuche. Siguiendo una metodología positivista y apegado a fuentes históricas, utilizaba indistintamente los conceptos de "indio" o "araucano" para referirse a ellos2. En el apartado dedicado a la conquista de Chile, Barros Arana se enfocaba en el proceso de colonización del territorio, dedicando escasa atención a los mapuche, a quienes apenas menciona, salvo cuando se refiere a ciertos individuos cuya existencia aún no se ha determinado con certeza, es decir, si se trataba de personajes históricos reales o si formaban parte del folclore literario de las antiguas crónicas de conquista (Zugasti, 2006). Por ejemplo:

Los araucanos no habían podido resignarse al yugo de los europeos. Esos salvajes eran miembros de diversas tribus más o menos belicosas que solían aliarse en circunstancias supremas. Según la tradición consignada por el insigne poeta español don Alonso de Ercilla en el poema en que ha cantado las guerras de la conquista de Chile, un cacique llamado Colocólo, anciano mui respetado por su prudencia, propuso a los jefes de algunas parcialidades el proyecto de coaligarse contra los invasores i de nombrar un caudillo común o toqui, como ellos decían en su lengua. La elección recayó en Caupolicán, guerrero célebre por su valentía i por su sagacidad. Abrió este la, campaña cayendo de improviso sobre la fortaleza de Tucapel; i a pesar de la heroica resistencia de sus defensores, los obligó a evacuar la plaza i arrasó las palizadas que hablan levantado. (Barros Arana, 1907, p. 54)

En esta cita, el historiador Barros Arana muestra su inclinación por recurrir a las crónicas de conquista como fuentes documentales para recopilar información, incluso para apelar a las denominaciones previamente mencionadas. A diferencia de otras realidades, como la mexicana o la peruana, donde se apoyaba en material documental manuscrito, en el caso de los mapuche se basó en la información contenida en la obra de Ercilla, así como en otros textos publicados. Barros Arana, sin cuestionar la mirada épica y gloriosa sobre los mapuche, insistía en mantener la noción de su cultura como aguerrida y violenta, como si fuera algo inherente a ella. Esta explicación resulta lógica en la pluma del historiador, ya que, al analizar el siguiente período histórico -la independencia-, se aprecia cómo los mapuche vuelven a ser mencionados bajo los mismos preceptos: violencia y salvajismo.

Si, en el período de la conquista, la violencia y el salvajismo de los mapuche pueden entenderse como una respuesta a la usurpación de su territorio y a la restricción de su libertad a través de la encomienda a la que fueron sometidos, durante la independencia esta idea cambia radicalmente. En esta etapa, el rol del mapuche sigue siendo el de violencia y salvajismo, pero ahora vinculado al "sinsentido" de su apoyo a los realistas (Gutiérrez, 2010; Von Wobeser, 2011). A diferencia de la primera parte analizada, donde los mapuche ocupan un lugar secundario en la narración -supeditado a las grandes culturas de Mesoamérica y los Andes centrales-, en la segunda parte, que aborda la independencia, su presencia en la historia es prácticamente nula. De hecho, solo en casos muy puntuales vuelve a mencionarlos en su narración, pero desde un punto de vista marginal y como meros actores secundarios en las grandes acciones de combate. En el siguiente extracto puede observarse cómo los mapuche vuelven a ser referidos no solo como un grupo que apoyaba a los realistas, sino también como aquellos que respaldaban a individuos que podrían ser moralmente cuestionados por traicionar principios de lealtad y rectitud:

Luego que Benavides se halló en el territorio araucano, recordó sus agravios; i sobre la base de unos cuantos centenares de hombres que le dejó Sánchez al retirarse a Valdivia, reunió una pequeña división de dispersos i de indios araucanos, i dio principio a las hostilidades, degollando desapiadadamente a algunos soldados que retenía como prisioneros, i haciendo sablear a un oficial que Freiré le había mandado como parlamentario. (Barros Arana, 1907, p. 358)

En resumen, en este primer texto analizado de Barros Arana, la historia del pueblo mapuche se presenta de forma muy genérica, propio de cómo fue tratada por la historiografía decimonónica. Más aún, puede percibirse que Barros Arana, a nivel historiográfico, excluyó sistemáticamente a los mapuche de la historia nacional, considerándolos como sujetos ajenos a la realidad del país.

La Historia general de Chile es considerada la obra principal del historiador chileno. Consta de dieciséis tomos que transitan desde la prehistoria de los pueblos indígenas hasta el primer gobierno de José Joaquín Prieto. Representa el mayor esfuerzo de la historiografía chilena del siglo XIX por ofrecer una visión global del pasado del país, integrando las fuentes de manera coherente en un relato que otorgaba sentido al devenir histórico de Chile. Al igual que en su Compendio de historia de América, Barros Arana demuestra en el texto analizado estar al tanto de las últimas investigaciones publicadas en Chile y en el extranjero, reflejando un manejo versátil de diversas fuentes. Su labor abarcó archivos y bibliotecas de América Latina, Estados Unidos y Europa, logrando una incorporación armoniosa de estos registros en su obra.

Sobre los mapuche, como es de suponer, su presencia en la investigación es mínima. Sin embargo, puede considerarse que esta marginalidad se transforma en una riqueza de su trabajo, ya que, al relegarlos a un papel menor, se revela el rol que ocupaban en la mentalidad de la época y cómo eran representados o invisibilizados. Aunque no hay certeza sobre las razones de esta decisión, podría suponerse que esta falta de interés refleja una visión que consideraba a los mapuche como sujetos de un pasado inmóvil o como una sociedad primitiva, ajena a las dinámicas propias de una historia activa y moderna.

Tres momentos notables pueden identificarse en la investigación de Barros Arana en relación con el pueblo mapuche: la prehistoria, la conquista y la independencia. En cada una de estas etapas, se observa cómo el autor aborda y valora históricamente a los mapuche. A continuación, se analizan cada uno de estos períodos. En cuanto a la prehistoria, su análisis es breve, aunque permite esbozar una idea del contexto y las características de este pueblo. Respecto de la conquista, los mapuche adquieren un papel elogioso como defensores de su tierra frente a los invasores; en este punto, Barros Arana reconoce y valora su resistencia. Finalmente, en el período de la independencia, los mapuche son representados como sujetos problemáticos que obstaculizan la consolidación de este proceso en Chile.

La primera parte del tomo está dedicada a los orígenes de los indígenas de América y evidencia el notable manejo que Barros Arana tiene de las investigaciones sobre la materia. En esta sección se citan numerosas obras en inglés, francés, español y algunas en alemán, lo que demuestra que su análisis de fuentes se encuentra en sintonía con los debates que se desarrollaban en las principales ciudades del mundo. Altamente comprometido con el evolucionismo, expone cómo se construyeron las principales civilizaciones americanas, como los aztecas e incas. Desde su perspectiva, a medida que se avanzaba hacia el sur, el nivel de desarrollo de los pueblos indígenas iba decayendo, hasta llegar a la tierra de los mapuche.

Cuando se refiere a los mapuche, Barros Arana construye una serie de categorías para su narración en el capítulo 4, que organiza de la siguiente manera: 1) la familia entre los indios de Chile; 2) el aislamiento en que vivían: las habitaciones, los alimentos, el canibalismo, los vestidos; 3) juntas de guerra que reunían a la tribu; 4) armas que usaban en la guerra; 5) cualidades militares de los indios de Chile; su astucia y su valor, y la suerte lastimosa de los prisioneros.

Una de las primeras aproximaciones que Barros Arana realiza sobre los mapuche contempla su descripción física. En este aspecto, sigue la mirada de los viajeros científicos contratados por el Estado, considerándolos como estudios modelo por su carácter serio y erudito. Entre ellos, subraya los trabajos de Gay y Domeyko, obras que consideraba ejemplares por su rigor y detalle. Barros Arana también tomaba en cuenta las tendencias que, desde el campo de la antropología, se estaban desarrollando respecto de la descripción de los cuerpos como forma de entender la cultura:

Cabeza grande en proporción del cuerpo, cara redonda, pomos salientes, boca ancha, labios gruesos, nariz corta y algo aplastada, con ventanillas abiertas, ojos negros, pequeños y horizontales, frente estrecha, tirada hacia atrás, barba corta, cabello negro, fuerte y lacio, pocos pelos en la barba, estatura mediana (1 metro 60), tales son los caracteres generales de su fisonomía, acompañada ordinariamente de aire duro, frío, serio y sombrío. Su cuerpo, falto de elegancia, como el de casi todos los salvajes, deja ver el vigor, y parece presentar un tronco más largo en proporción con los otros miembros. (Barros Arana, 1999, p. 47)

Es innegable que Barros Arana expresaba una concepción racial y discriminatoria hacia los mapuche. A través de conceptos como "sombrío" y "falto de elegancia", el historiador proyectaba una imagen negativa y estereotipada. Estas descripciones reforzaban una visión sesgada que tendía a menospreciar su apariencia física y a subvalorar su cultura y sociedad. Este enfoque evidencia una perspectiva racializada y eurocéntrica, en la que se asignaban juicios de valor basados en la apariencia física y se establecían jerarquías culturales.

En esta parte de su obra, Barros Arana abordaba a los mapuche desde una perspectiva "moral", destacando ciertos aspectos que luego transformaba en elementos negativos. El historiador empleaba sutiles giros argumentativos para cambiar la valoración positiva de ciertos atributos en otros contextos, convirtiéndolos en una ilusión cultural propia de una sociedad considerada atrasada, como la colonial:

El valor sobrehumano que los indios chilenos desplegaban en los combates, la entereza, o más propiamente, la estoica indiferencia con que soportaban las crueles torturas a que se les sometía, la constancia que empleaban en la guerra y en las marchas, su habilidad para nadar, y la sobriedad de su vida, fueron causa de que sus mismos enemigos les atribuyesen una gran resistencia de constitución física y, sobre todo, las extraordinarias fuerzas corporales con que han solido adornarlos los observadores poco atentos. Es cierto que los rigores de la vida salvaje los hacía menos sensibles a los cambios de estación, y a las enfermedades que estos traen consigo; y que, pasados los peligros de la primera edad, los indios mantenían una salud robusta y llegaban generalmente a una vejez avanzada. Es verdad también que la miseria de su condición les hacía soportar el hambre o alimentarse con muy poca cosa cuando les faltaban otros víveres. Pero, como todos los salvajes, poseían fuerzas musculares inferiores a las de los hombres de una cultura superior. Así, en los combates, en los trabajos industriales y en los ejercicios a que solían entregarse con los soldados españoles, tenían estos la ventaja cuando era necesario medir las fuerzas corporales. Un capitán tan entendido como circunspecto, que los conoció de cerca, se creyó en el caso de desvanecer el error vulgar, y "de probar que los indios de Chile no se aventajan en más fuerzas que las ordinarias y comunes" (Barros Arana, 1999, p. 48)

En este párrafo, Barros Arana cuestiona la visión épica y gloriosa asociada a los mapuche, difundida ampliamente durante el período colonial. El historiador procura adoptar una perspectiva histórica basada en su experiencia y conocimientos, desafiando las narrativas establecidas. Su argumento se centra en la interpretación de la naturaleza guerrera y la resistencia física de los mapuche como resultado de su necesidad de sobrevivir en un entorno hostil. Desde su perspectiva, estos no habrían logrado demostrar, a través de evidencias históricas, materiales y sociales, un nivel de desarrollo comparable al de otros pueblos, como los europeos.

En relación con lo anterior, puede argumentarse que una posible razón para entender la percepción de debilidad atribuida a los mapuche es la falta de unidad política en su organización. En el siglo XIX se consolidó la idea de construir Estados nación, y países como Alemania, Austria, Italia y los hispanoamericanos desarrollaron políticas de delimitación territorial, promoción de una lengua común y construcción de símbolos patrios con el fin de forjar una identidad nacional. De acuerdo con los criterios de la época, una sociedad era considerada sofisticada si era capaz de integrar criterios de organización, sistematización del poder y comprensión de la unidad cultural como base de la unidad política. En palabras de Barros Arana, los mapuche no comprendían estos principios:

Los indios chilenos no formaban un cuerpo de nación que hubiese tomado un nombre general. Se designaban entre sí por la denominación que daban a las parcialidades territoriales o por la situación respectiva que ocupaban. Huilliches eran los del sur; picunches eran los del norte; puelches los del este; pero estas denominaciones, en que se ha insistido más tarde, como medio de clasificar a las tribus, eran vagas e indeterminadas, y relativas a1 lugar en que se hallaban. No pretendemos, por tanto, entrar en un verdadero dédalo de denominaciones y clasificaciones, porque todas son más o menos indeterminadas. (Barros Arana, 1999, p. 49)

La postura de Barros Arana como científico positivista otorga importancia a lo escrito y oficial por sobre la tradición oral y el pensamiento mítico. Esta visión refleja una concepción que valora la evidencia empírica y racional por encima de otros saberes y formas de conocimiento. Asimismo, al poner en duda las denominaciones territoriales del pueblo mapuche y cuestionar su base en la tradición oral, Barros Arana muestra un esfuerzo por reconocer las parcialidades que conforman este pueblo, aunque ello contradiga su propio criterio. Sin embargo, se plantea la pregunta sobre la validez de esas denominaciones y si realmente surgieron de la tradición oral mapuche.

Un aspecto reconocido por Barros Arana es que, a pesar de la resistencia y la lucha de los mapuche contra los españoles, no se puede negar que existió un contacto cultural entre ambos grupos. Aunque la visión predominante en la época colonial y en la historiografía decimonónica era la de una confrontación entre civilización y barbarie, el historiador indicaba que el intercambio cultural era inevitable:

La población indígena de esta región, por otra parte, más numerosa y compacta, resistió, como hemos dicho, la traslación de una parte de sus habitantes, y opuso, por esto mismo, un número mayor de energías y de voluntades a las modificaciones que la Conquista quería introducir. A pesar de esto, la antigua barbarie se modificó ligeramente, y aquella débil luz de civilización penetró poco a poco a los lugares hasta donde no llegaron los conquistadores. Así, pues, las costumbres que los europeos hallaron entre los salvajes de Chile a mediados del siglo XVI, y que vamos a describir en las páginas siguientes, no pueden ser tomadas estricta y rigurosamente como la expresión del antiguo estado social del país. (Barros Arana, 1999, p. 64)

Barros Arana, por primera vez, incorpora en su análisis las ideas de la naciente antropología, al introducir la teoría del difusionismo como modelo explicativo de su narración. El difusionismo se refiere al paradigma antropológico que sostiene que las culturas pueden desarrollarse no solo mediante sus propias capacidades, sino también a través del contacto con otras culturas que tendían a ser consideradas superiores, contribuyendo así a su mayor desarrollo (Barnard, 2022). Las diversas lecturas del historiador, citadas al pie de página, demuestran su formación disciplinar cercana al historicismo, que complementa con textos antropológicos propios del difusionismo.

Este ejercicio de citar complementariamente textos de ambas disciplinas le permite hilvanar un relato de mayor coherencia para explicar cómo una sociedad que él consideraba "salvaje" aparece, posteriormente, dominando el caballo, utilizando armamento de fuego y promoviendo formas de comercio. En ese sentido, el difusionismo brinda una justificación que el evolucionismo no le permitiría. De hecho, este último paradigma, al cual recurre con mayor frecuencia, no podría explicar por sí solo el devenir de la sociedad mapuche durante la conquista, y menos aún la sociedad de su propio siglo, a la cual critica abiertamente.

En su análisis de los mapuche, Barros Arana ocasionalmente construye una narrativa que, desde una perspectiva contemporánea, permite cuestionar su clásica imagen de científico positivista. Ello se evidencia en varios pasajes donde prevalecen sus opiniones personales por sobre el análisis riguroso de la evidencia. Por ejemplo, al abordar la estructura de la familia mapuche, afirmaba:

La familia indígena no estaba constituida por los vínculos de los afectos suaves y tiernos que forman los lazos de la familia civilizada. El indio chileno tenía tantas mujeres como podía comprar y sustentar, cuatro o seis la generalidad de los hombres, diez o veinte los más ricos o, más propiamente, los más audaces que eran reconocidos por jefes de la tribu. (Barros Arana, 1999, p. 65)

En este caso, Barros Arana parece sintetizar partes de la información proporcionada por autores anteriores, como los viejos cronistas, adaptándola a sus propios axiomas, caracterizados por principios dicotómicos respecto de lo que se considera adecuado o no. En pasajes posteriores, insiste en esta visión al utilizar apreciaciones que no necesariamente se basan en la evidencia empírica. Por ejemplo, al referirse a las emociones y sentimientos en el seno de la familia mapuche, señalaba: "A pesar de la indolencia y de la apatía, inherentes a la condición de los salvajes, aquella vida debía estar acompañada de tormentos que es fácil imaginarse. Celos, envidia, odio, debían ser las pasiones que se albergaban en ese triste hogar" (Barros Arana, 1999, p. 66). A lo largo de su análisis sobre las familias, puede observarse que Barros Arana se deja llevar por preconcepciones que cuestionan su posición como científico, al introducir ideas que tienen poco o nada que ver con la evidencia material o documental que tanto declaraba privilegiar.

En su aproximación a las formas de vida de los mapuche, Barros Arana adopta un tono categórico en sus afirmaciones. Por ejemplo, al referirse a los asentamientos de las comunidades, afirmaba que "la razón de este aislamiento era una manifestación de la grosería e ignorancia de sus preocupaciones, y de la sombría desconfianza que forma uno de los caracteres distintivos del hombre salvaje" (Barros Arana, 1999, p. 67). Esta afirmación evidentemente sesgada no deja mucho margen para interpretar la agencia de los mapuche, y revela una diferencia en el tratamiento respecto de otras civilizaciones como la azteca o la inca, a las que el historiador tiende a ser más condescendiente. Además, se debe tener en cuenta que esta afirmación proviene de una perspectiva sincrónica, es decir, basada en su propia experiencia con los mapuche de su tiempo, más que en un análisis de los mapuche históricos.

En otro pasaje, al referirse a sus formas de alimentación, afirmaba: "el indio prefería matar y comerse a un hombre o sufrir muchos días de escasez, antes que dar muerte a un guanaco, que representaba un gran valor, y que sólo debía ser repartido en una de las reuniones a que convocaba a su parentela o a su tribu" (Barros Arana, 1999, p. 69). En esta cita, Barros Arana fusiona información histórica y contemporánea sobre la dieta mapuche. Sin embargo, se sabe por fuentes como el relato de Núñez de Pineda y Bascuñán en Cautiverio feliz (1673) y el jesuita Diego de Rosales en su Historia general (1674), que desde el período colonial la insistencia sobre una supuesta antropofagia de los mapuche había dejado de ser relevante. Por otro lado, el consumo de guanacos era habitual incluso hasta bien entrado el siglo XX, lo cual plantea dudas sobre la precisión y coherencia de esta afirmación.

Barros Arana también mostró interés por las "formas de guerra", tema recurrente entre quienes se han aproximado al pueblo mapuche. Es conocida la prolongada beligerancia de este grupo, que se extendió desde la época de la conquista hasta mediados del siglo XIX. Al respecto, el historiador se detiene en las tácticas utilizadas antes y durante el ataque al enemigo, afirmando lo siguiente:

La sagacidad natural de los salvajes para calcular las distancias, les servía admirablemente en estas ocasiones, de manera que en el plazo fijado se hallaban seguramente todos ellos en el lugar convenido. Sus instintos belicosos, su pasión por las fiestas y borracheras, y la codicia del botín, más que todo sentimiento de honor, los estimulaban a no faltar a la citación. (Barros Arana, 1999, p. 72)

Al igual que en las descripciones anteriores, la contradicción entre instintos y razón se presenta como una inconsistencia recurrente en la obra, que fluctúa según principios que tienden a menospreciar a los mapuche. Esta contradicción se evidencia cuando, en su estudio sobre las "cualidades militares", afirmaba a modo de sofisma que "la guerra también aguzaba su inteligencia haciéndolos inventar estratagemas y, aun, operaciones estratégicas casi inconcebibles en la cabeza de los bárbaros" (Barros Arana, 1999, p. 75). En la siguiente cita se recurre a una generalización que asocia la bravura a una supuesta insensibilidad: "la torpeza de la sensibilidad, característica de todos los salvajes, los hacía menos impresionables a los dolores físicos; pero los guerreros vencidos, por un sentimiento de amor propio, desplegaban una entereza heroica para soportar los más crueles sufrimientos sin despedir un quejido" (Barros Arana, 1999, p. 76).

Con base en lo anterior, puede afirmarse que Barros Arana, sin proponérselo, insertó a los mapuche como sujetos históricos en el discurso de la ciencia histórica, basándose en fuentes que consideraba irrefutables y construyendo un relato coherente con su proyecto de establecer una historia chilena que trascendiera la base republicana. En esa línea, los mapuche transitaron por distintas etapas y roles dentro de la historia nacional. La secuencia de su aparición en la obra del historiador no se limita solo a su investigación, sino que puede rastrearse en trabajos anteriores donde va prefigurando una imagen que alcanza su culminación en Historia general de Chile.

Lo que resulta llamativo es el procedimiento discursivo utilizado por Barros Arana para abordar el tema. En su trabajo tendía a demostrar más sus prejuicios que la evidencia misma, desplegando un positivismo inicial que se desvanecía en una propuesta interpretativa que situaba a los mapuche en un nivel inferior dentro de la sociedad chilena.

Conclusiones

La figura de Diego Barros Arana, como historiador y académico del siglo XIX, representa un momento clave en la construcción de la historiografía chilena, en particular en lo que respecta al estudio de los pueblos originarios, como los mapuche. No obstante, su aproximación a este pueblo refleja tanto los logros como las limitaciones propias de la perspectiva historiográfica de su tiempo. Si bien su labor es indiscutible en los ámbitos académico y político, y sus contribuciones han sido fundamentales para la formación de una historiografía nacional, su tratamiento del pueblo mapuche muestra claras evidencias de los prejuicios y visiones dicotómicas que predominaban en la sociedad decimonónica.

Barros Arana, al igual que muchos de sus contemporáneos, abordó el tema de los mapuche mediante una lente que reflejaba más los ideales de su época que una comprensión objetiva de las fuentes y evidencias disponibles. Su enfoque, aunque revestido de un tono científico y enmarcado en los principios del positivismo, se ve empañado por generalizaciones, prejuicios y, en algunos casos, una falta de rigor en la interpretación de la realidad social y cultural del pueblo mapuche. En su análisis, predominan afirmaciones que no siempre se sustentan en evidencia documental, sino que reproducen estereotipos y concepciones preconcebidas que reducen la complejidad de esta sociedad a simples caricaturas de "bárbaros" o "salvajes".

Un aspecto especialmente destacable es su tendencia a construir un relato sobre la familia mapuche y sus formas de vida que, lejos de estar fundamentado en una investigación detallada, se basa en interpretaciones subjetivas y en las narrativas de los cronistas coloniales, cuyas percepciones solían estar distorsionadas por prejuicios raciales y culturales. Sus afirmaciones sobre la organización familiar, las emociones, y las costumbres alimentarias y bélicas de los mapuche no solo carecen de sustento empírico, sino que reflejan una visión profundamente eurocéntrica y condescendiente, que subestimaba las capacidades y la organización de los pueblos originarios.

Este tipo de enfoque, que se presenta como un análisis científico, está marcado por una contradicción inherente: por un lado, se intenta legitimar el estudio histórico a través de fuentes documentales y evidencia tangible; pero, por otro, el autor se deja llevar por sus propios prejuicios y por una visión jerárquica de las culturas. La noción de "civilización versus barbarie" estaba profundamente arraigada en el pensamiento de la época, y Barros Arana no escapó de esa mentalidad, lo que limita una comprensión profunda y respetuosa de los mapuche y de su historia.

Sin embargo, a pesar de estas limitaciones, resulta innegable que Barros Arana jugó un papel crucial en la consolidación de la historia de Chile, incluyendo en ella a los mapuche, aunque desde una perspectiva muy distinta de aquella con la que hoy se entiende y valora su historia. En última instancia, su trabajo, con sus aciertos y errores, refleja una época de transición en la historiografía chilena, un momento en que el positivismo científico comenzaba a manifestarse, pero aún coexistía con concepciones más arcaicas y prejuiciosas sobre los pueblos originarios. Esto da lugar a lo que se puede denominar la paradoja positivista o la "pretensión de lo real".

El análisis de fuentes históricas, como el que realiza Barros Arana, es fundamental para comprender cómo se construyeron las narrativas nacionales y cómo los pueblos indígenas fueron representados en el imaginario colectivo. Si bien Barros Arana contribuyó al reconocimiento de los mapuche dentro del discurso histórico, también es evidente que sus juicios y estereotipos limitaron la posibilidad de una verdadera comprensión y valoración de su cultura y organización social. Hoy, más de un siglo después de su obra, se dispone de una visión más matizada y respetuosa de los pueblos originarios. No obstante, el estudio de los mapuche desde la historia continúa siendo un campo de reflexión, donde las lecciones del pasado invitan a cuestionar y revisar las representaciones construidas y a promover una historia más inclusiva, justa y equilibrada.

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Notes

1 La clasificación de Barros Arana para estudiar a los otros pueblos, además del sistema de guerra, con templaba facultades intelectuales, organización civil e industria.
2 Con cuidadosa y prolija explicación, Barros Arana da cuenta del origen de la denominación "arau cana": "La denominación de araucanos con que esos indios se han hecho tan famosos en la historia i en la poesía, no es de orijen chileno ni tampoco español. Los indios peruanos llamaban aucas a los enemigos o rebeldes que no se sometían al dominio de los incas; i purmaucas a los enemigos vecinos a la frontera. Los conquistadores, que traian muchos indios peruanos para su servicio, adoptaron esas denominaciones, i llamaron purumaucas, o promaucaes a los indios de guerra vecinos á los territorios conquistados, i aucas a los que estaban más lejos. De esta última palabra se orijinó la denominación de araucanos popularizada por el célebre poema, de Ercilla, i consagrada por el uso" (Barros Arana, 1907, p. 179).
Citación APA: Lara Ortega, M. A., Zañartu Reyes, J. A., & Mateluna Estay, H. A. (2025). Diego Barros Arana y su historiografía sobre los mapuche en el siglo XIX. Revista Científica General José María Córdova, 23(49), 345-361 https://doi.org/10.21830/19006586.1426
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