Reseña
Sobre el cuidado mutuo
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Sobre el cuidado mutuo
Lingüística y Literatura, vol. 45, no. 86, pp. 272-277, 2024
Universidad de Antioquia
Received: 15 June 2024
Accepted: 20 June 2024
Published: 20 July 2024
Resumen: Reseña de la obra De la sobriedad de Ismaël Diadié Haïdara.
Palabras clave: De la sobriedad, filosofía africana, ancestralidad africana.
Abstract: Review of the book De la sobriedad by Ismaël Diadié Haïdara.
Keywords: De la sobriedad, ancestral poetry African, African philosophy.

No importa por donde empieces. Leer De la sobriedad es una felicidad espiralada. Nunca estarás obligada a buscar un punto de partida ni uno de llegada. Tampoco una secuencia lineal de las acciones, ni mucho menos un sistema de pensamiento con un desencadenamiento lógico, estrecho y asfixiante. Y menos una identidad fija, una nacionalidad, una tradición literaria específica o una idea única. Esta obra es prodigiosa en su transparente porosidad y en sus tránsitos reveladores. Gracias a su textura aleatoria, filtra todas las impurezas del discurso hegemónico. El asombro se renueva en cada página y en cada uno de sus 312 aforismos. Quien escribe es el fakir Ismaël Diadié Haïdara, nacido en Tombuctú, Mali, 1957, pero su palabra lleva matices femeninos y memorias de tiempos lejanos. Las palabras antiguas y sus cantos hacen un diagnóstico de nuestra sociedad saciada hasta el cansancio. A la par, nos invitan a recuperar una ética de vida de culturas humildes, perdida por el afán de la modernidad innovadora. A la manera de las jóvenes solteras de la cultura songhay, poetas y cantadoras, o a la manera de un tlamatini, sabio caminante náhuatl, o a la manera de un Li Bai, que va compartiendo sus asombros mientras aprende de la naturaleza, en De la sobriedad la palabra se teje y se dialoga por el desierto y su mensaje llega a caminos y países lejanos, donde se emparenta con la voz de Marco Aurelio y Montaigne, Cortázar y García Márquez. Por eso al escribir directamente en español desafía las comprensiones históricas obtusas. Tombuctú fue cuna, biblioteca y hospedaje de pensadoras y pensadores judíos expulsados de Toledo en 1468. Su familia paterna, de apellido Kati, alimentó el vínculo de lenguas africanas y europeas, produjo un arte intercultural, cantado, reflexivo, aforístico y poético. Su sabiduría proviene también de muchos otros que ejercitan la palabra en serenidad (Pepe Mujica, Lucía Topolansky) y del diálogo por el camino de la vida meditativa (Pierre Rabhi, Kôji Nakamo, Friedrich Nietzsche, Franz Kafka, Zygmunt Bauman). Esta obra es una summa sanatoria y su método terapéutico es la «pobreza voluntaria» (Diadié Haïdara, 2020, p. 15). Su autor sabe que la palabra puede sanar o enfermar, depende de lo que comes y de lo que dices.
Si abres el libro en la página 123 y te detienes en el aforismo 151, por ejemplo, te encontrarás con uno de sus temas centrales: el poder libertario de la risa. «La fuerza interior [nos dice] se mide en nuestra capacidad de reírnos del mundo y de nosotros mismos» (p. 123). Qué poco y qué difícil pedirle a la especie humana, excelsa en arrogancias y exageraciones, que se ría de la sociedad opresora que ha creado y de los valores que ha impuesto a una mayoría educada en el servilismo. El reto sería comparable a pedirle a una persona que durante treinta segundos no tuviera ni ira ni celos ni envidias ni deseos de nada ni de nadie, siguiendo el principio pedagógico de los mamas wiwas en la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia. La prueba es inalcanzable para quien ha sido educado en el tener y el acumular para vivir prisioneros de cosas y poder. «Todo lo que supera nuestra capacidad de reírnos, nos domina como un dios» (p. 123). Las religiones no ríen, las ideologías no ríen, las academias no ríen, las ciencias no ríen, el mercado y los centros comerciales no ríen. En cualquiera de ellas desconfiar y dudar del bienestar de sus descubrimientos es una herejía condenable a la hoguera. En cambio, la risa ―discreta, silente, burlesca, estridente, pícara, corrosiva― es el camino que nos devuelve la libertad, la creatividad y la alegría de la sencillez. Mediante ella nos damos cuenta que los objetos de consumo provocan adicción y abandono de sí mismos. Una vida autónoma, alejada de las subordinaciones y las jerarquías, se cultiva gracias a la risa. Por imperceptible que sea, la sonrisa nos blinda frente a la obediencia estúpida a la autoridad.
Avanzar o devolverse en De la sobriedad provoca constantes augurios y, por tanto, mayores críticas a lo humano domesticado. Los sabios funcionarios de la academia, los profesores, solo pueden escribir «libros sobre libros» (p. 126). Su erudición cumple las expectativas y el rigor de los sistemas de citación, por eso, el «polvo de las bibliotecas le va como anillo al dedo a esos libros» (p. 126). Nadie goza de la producción académica, pues sigue amarrada a los sistemas de medición, a la cienciometría y los rankings de publicación. A esas producciones les faltan caminos, bosques, pasos descalzos. Hablar de la sobriedad podría traducirse en un artículo científico en el que se presente un estado del arte a través de cientos de citas de autores y autoras que han tratado el tema, sin que eso necesariamente permita conocer el llanto de quien escribe el artículo. Para hablar de la sobriedad se «espera de un pensador pensar por sí mismo, desde la soledad de su fuero interior» (p. 126). De esta manera, la originalidad y la innovación del pensamiento no se medirían en número de citas, sino en autenticidad y honestidad. Por superficial que sea la palabra, tal y como ella sale del cuerpo y de la propia vivencia, aún bajo el fuego cruzado de las balas, no es en ningún caso desdeñable, pues testimonia una encrucijada y un camino recorrido. Enseñar a pensar con las prótesis de las citas, para cumplir el prurito de cientificidad de las academias, enmascarado de adornos innecesarios e incomprensibles, significó el destierro de la palabra viva, llena de emociones y adversidades. El lenguaje acartonado, habitado por tecnicismos, destinado a la repetición del dato, convierte la comunicación en separación y abismo. En esos términos, el «mundo no es sino discurso» (p. 127), un «estado de ficción» (p. 112) y lo que nos afecta no son las vivencias que hemos tenido de las cosas, lo «que nos afecta es la representación que nos hacemos de las cosas, la interpretación a la que lleva el discurso» (p. 127) y las ilusiones que nos hacemos de ellas.
Hay múltiples formas de vivir bajo la opresión de los discursos, las estructuras y las instituciones hegemónicas del poder. Refinadas e inconjurables son las miradas de quienes inculcan el consumo de ideas, bienes y servicios. «Ningún político piensa en enseñar a su pueblo el arte de gozar y de vivir con serenidad. Al contrario, en las escuelas se aprende a inquietarse, a luchar, a ganar, a obedecer y a cumplir» (p. 117). La tranquilidad nunca es un bien supremo para el sistema educativo. El ocio, el descanso, la meditación y la espiritualidad son condenables en una sociedad obsesionada por la eficiencia y la producción. Las escuelas, los colegios y las universidades nos obligan a «ser serviles antes de aprender a ser para nosotros mismo y gozar del simple hecho de existir» (p. 118). Mano de obra barata, pagadores de impuestos, cumplidores de normas religiosas, fieles empleados, temerosos del poder y de las armas, a eso nos conduce una educación para la cual el disentir no es una virtud. Así se entiende el poco interés que las instituciones le brindan a la música, la pintura, la filosofía y la poesía. ¿Qué ganarían con un montón de personas dedicadas a soñar? Perderían el control sobre instrumentos de producción. «Apenas sale del vientre materno, el bebé se encuentra en una cuna, y de allí irá a una habitación; después, a la escuela; después, al despacho, al cuarto de jubilado y, al final, a una tumba» (p. 114). El nivel de encierro en el que se forma al ser humano es proporcional a su poca capacidad para salirse del libreto. Vive y muere prisionero, sin haber llegado a conocerse ni haber disfrutado de un momento de silencio, tranquilidad y contemplación.
Buscamos las maravillas del mundo en las grandes construcciones, las antiguas y las recientes, bien sean murallas, hidroeléctricas, pirámides, aeropuertos. Pero una niña sabia podría afirmar, al contrario del sistema monetario internacional, que no son los centros comerciales las grandes maravillas, sino la «nariz por la que respiramos los perfumes de las flores, los inciensos» (p. 112). Cada órgano de nuestro cuerpo es en sí mismo una de las grandes maravillas del mundo. Saber que la piel nos habla y nos cuida es más maravilloso que poseer billones de dólares en una cuenta bancaria o tener acciones en una multinacional de la industria petrolera. Pero el desprecio a sí mismos nos ha llevado al deseo de llenar nuestro vacío existencial con objetos.
Si el «viaje es la esencia de la vida» (p. 108), ¿por qué no viajar ligeros de equipaje y celebrar a cada instante la vida en toda su plenitud? Empobrecidos y desafortunados son «los hombres que no pueden atender a las hormigas y a los pájaros» (p. 108), pero sí al costo de las acciones en la bolsa de valores y a la compra de autos, aviones y mujeres. «Liberarse de cosas no da más tiempo para vivir, sino más libertad para hacer uso del tiempo» (p. 94). Así que la humanidad ha terminado por ser víctima de su propio éxito. Vive condenada al mantenimiento de millones y millones de máquinas. «El problema no es tener [...] es depender de lo que uno tiene» (p. 94). Bastaría volver a sembrar y tener alimentos y levantar una casa humilde donde resguardarse para tener más tiempo para soñar, amar, dialogar, fantasear y conocer el cuerpo y observar el cosmos cada noche.
«No es sencillo vivir con sencillez» (p. 92). Eso implicaría grandes renuncias, inmensas renuncias. ¿A quién no le gustaría estrenar un par de zapatos cada día, tres camisas en un solo día, ir a restaurantes cada vez más elegantes y costosos? Para lograrlo es necesario matarse trabajando, explotar y humillar a otros cientos de miles que jamás podrán cubrir sus deudas diarias. Se trata de un «suicidio a largo plazo» (p. 92). Un ecocidio que antes que garantizar la felicidad precipita la esclavitud colectiva. «Cuando uno se aferra a las cosas, da igual que tenga poco o mucho, vivirá esclavo del tener» (p. 90). Y el tener incluye la posesión de una verdad y el poder. Es posible ejercitar el poder sobre otros menos ricos y más necesitados. Esa manera de dominar la vida de otros arrebata el sueño y provoca la enfermedad. No es sabio vivir contra otros, arrebatándoles sus riquezas, si es posible vivir en salud con nosotros mismos y con ellos. «África no es pobre, ha adoptado deseos no necesarios de otras culturas. De ahí toda su desgracia» (p. 83). Ser lo que no somos y vivir la vida que otros nos imponen son síntomas de nuestra pobreza. De nuestra inconmensurable pobreza intelectual. Es mucho más complejo y elaborado saber «cuánto necesitamos para vivir en la simplicidad, sin desvivirse por nada» (p. 82). En lo poco que es suficiente, sabroso y sano para la vida está la riqueza de la existencia y la libertad verdadera. «Quien voluntariamente se hace pobre es como el esclavo que se despide de su amo» (p. 94) y se sana de muchas enfermedades producidas por la acumulación de pesos excesivos.
«Ser sobrio no es vivir en la miseria, es solo elegir vivir con lo necesario» (p. 71) y en serenidad. La moderación en todos los aspectos de la vida produce enormes ganancias en la salud mental y en la salud pública. Enseña, además, una ética de vida favorable para superar las violencias causadas por la inequidad social: «La mejor manera de vivir con las cosas es no poseerlas. Usar siempre lo que necesitamos y cuando dejen de servir, darlas a quien las necesite» (p. 133). Esto por supuesto no se refiere a producir chatarra y basura para luego arrojarlas a la calle o contaminar con ellas los ríos y los mares. La invitación apunta a reducir el número de cosas necesarias para tener la tranquilidad de compartirlas con quien las puede usar. No poseer cosas significa emplearlas y compartirlas con quien las necesite. Ese cambio de perspectiva inaugura un contrato social diferente, en el que el individuo se gesta como un tejido de seres que se intercambian objetos para ayudar a satisfacer los mínimos vitales. La base ética de este nuevo individuo ya no es el consumo, sino el buen vivir colectivo. «Aquel que desea poco, tiene todo en abundancia» (p. 145) y, por tanto, le resulta fácil desprenderse de lo poco para que otros lo puedan emplear y, a su vez, compartirlo más adelante.
Uno de esos pilares de una nueva antigua humanidad es el intercambio de semillas, alimentos y comidas. «El paladar está hecho más para degustar que para tragar» (p. 172). Por consiguiente, el alimento compartido en raciones suficientes transmite el saber en mayores proporciones que el hartazgo. Degustar la comida alimenta el espíritu y protege el cuerpo de enfermedades. La sensación que surge del compartir los alimentos conlleva a una comprensión fundamental para una sociedad en convivencia: «Cuanto menos uno tiene, más se tiene a sí mismo» (p. 211). Tenerse a sí mismo como ética de vida neutraliza el deseo de tener a otros, de poseerlos. Al contrario, promueve el deseo de ayudar y de cuidar a otros como nos cuidamos a nosotros mismos. La vida en serenidad ilumina el camino hacia el respeto y hacia la dignificación de cada especie. Por eso Ismaël cita las palabras de un congreso de espiritualidades indígenas en Brasil en 2010. Allí abuelos y abuelas de varias culturas dijeron que «a terra é vida e é sagrada para nosso povo, é como o ar que respiramos, e a água como o sangue da mãe terra» [la tierra es vida y es sagrada para nuestro pueblo, es como el aire que respiramos, y el agua como la sangre de la madre tierra] (p. 193). De la sobriedad es un llamado urgente al diseño mundial de un nuevo contrato planetario. Necesitamos desaprender los valores del individualismo acumulador y extractivista, capaz de vender cualquier ser con el propósito de aumentar su poder. Una sociedad futura donde primen los derechos por el goce de la vida será posible si cambiamos el modelo rentable por uno convivencial, generoso en compartires y desprendimientos. «No se debe esperar tener todo para gozar la vida, tenemos la vida para gozar de todo» (p. 230). Explicar esta frase en las universidades públicas colombianas podría hacer comprensible que nadie necesita setenta y cinco mil millones de pesos al mes para ser escuchado y escuchar a quienes nos acogen con su alimento alrededor del fuego. Por simple que parezca este aserto, a muchos les incomoda y prefieren condenar a muerte a pueblos enteros para que no divulguen esta palabra. La poesía de Ismaël está lejos de ser poco realista. Ella ha fraguado momentos difíciles de la historia política de África. Por eso su poema1086 dice: «Mi tebría no está hecho de flores y luna. / Hoy un niño recibió un disparo en el pie» (Diadié Haïdara, 2021, p. 197).
Referencias bibliográficas
Diadié Haïdara, Ismaël. (2020). De la sobriedad. Córdoba: Editorial Almuzara.
Diadié Haïdara, Ismaël. (2021). Tebrae. Cantabria: Libros del Aire.