Enseñar Historia en Arquitectura: rebasar la memorización de datos para estudiar los lugares de la memoria
Teach History in Architecture: go beyond memorization of data to study places of memory
Enseñar Historia en Arquitectura: rebasar la memorización de datos para estudiar los lugares de la memoria
Revista Legado de Arquitectura y Diseño, núm. 24, pp. 4-11, 2018
Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 07 Marzo 2018
Aprobación: 08 Marzo 2018
Resumen: La historia de la arquitectura suele plantearse desde los cánones impuestos por una serie de autores y edificios emblemáticos de diferentes épocas y estilos. No obstante, la oficialidad de los datos y modelos históricos establecidos no siempre ayuda a entender los procesos socioculturales sobre los que se funda la memoria colectiva que se materializa en el espacio construido. En una reflexión sobre la arquitectura y los métodos de enseñanza de la historia, este documento rescata algunas formas de cómo el arquitecto contemporáneo construye la memoria, rebasando los datos oficiales de un pasado hegemónico para repensar el valor de los lugares desde el presente y mediante el eco del entorno social y la vida ordinaria de una sociedad específica. De aquí la pertinencia por una reflexión de la historia arquitectónica desde los lugares de memoria y la memoria colectiva, donde se tejen al mismo tiempo la historia, los territorios y el proceso creativo. Desde este marco conceptual, y frente a las representaciones contemporáneas del espacio edificado, esta argumentación sobre la construcción de la memoria en arquitectura se organiza desde las tensiones entre la enseñanza de la disciplina, la oficialidad de los datos históricos y los procesos culturales que resignifican y reconfiguran el espacio arquitectónico.
Palabras clave: arquitectura, historia, lugares de memoria, memoria, memoria colectiva.
Abstract: The history of architecture is usually considered from the canons imposed by a series of authors and emblematic buildings of different periods and styles. However, the official nature of the data and established historical models does not always help to understand the sociocultural processes on which the collective memory is materialized in the built space. The aim of this paper is the analysis of architectural history and teaching methods, highlighting some of the ways in which the contemporary architects conceptualize memory, beyond the official data of a hegemonic past and thinking about space and place through the echoes of the social environment and the ordinary life. The relevance of an analysis from the perspective of the places of memory and the collective memory is to set a framework where history, territories and the creative process are woven at the same time. From this conceptual framework, and beyond the reductionist representations of the built space, this proposal about the construction of memory in architecture is organized from the tensions between the pedagogical practices of the discipline, the official corpus of historical data, and the cultural processes that re-signify and re-configure our architectural space.
Keywords: architecture, history, places of memory, memory, collective memory.
Introducción
“En la mezcla, es la memoria la que dicta y la historia la que escribe” (Pierre Nora).
En el paso del siglo XX al XXI, y como consecuencia de la modernidad occidental bien arraigada en el sistema político-económico del liberalismo, la globalización se ha convertido en el principal referente para entender la organización espacial del mundo contemporáneo. Más allá del aplaudido “cosmopolitismo” que pondera a un habitante del mundo sin fronteras aparentes (Agier, 2013), las dinámicas geopolíticas hacen evidente la inestabilidad de los referentes espaciales para entender las maneras cómo se representa el mundo (Capdepuy, 2013) y las formas cómo se construyen los datos oficiales de la historia. Nuestra época es un momento de transformaciones rápidas y de búsqueda por los fundamentos espacio-temporales que nos permitan comprender un pasado aparentemente borrado, frente a las dinámicas político-económicas de la globalización. En este nuevo enfoque de la historia y del espacio, no es difícil entender la crisis de la enseñanza de teoría e historia en las escuelas de arquitectura, donde el dogmatismo de un compendio de archivos y de métodos no da cabida a un planteamiento más contextualizado de los elementos espaciotemporales que configuran el trabajo creativo de los estudiantes y jóvenes arquitectos.
Antes de todo, es necesario puntualizar la relación y distancia entre historia y memoria. Si bien, la historia recurre a la memoria en su proceso intelectual, la memoria no tiene la universalidad ni la oficialidad de la historia. Durante mucho tiempo la historia se construyó sobre la integración de archivos y centros de investigación, pero hoy se ha dado apertura a una manera menos paramétrica para leer los procesos sociales desde el entorno en el que se inscriben. Es aquí donde interviene la memoria, y en particular la memoria colectiva como recurso para la construcción histórica. La memoria implica una evocación del pasado desde el presente, donde el pasado dialoga con el presente y lo dota de sentido para poder diseñar el futuro. El arraigo en el presente que caracteriza a los estudiantes y arquitectos de la contemporaneidad no elimina el pasado como recurso, sino que lo retoma desde otros fundamentos que ya no coinciden necesariamente con el culto oficial a una serie de ancestros sobre los que se fincaban la idea nacional y los cánones del arte. Es por eso que el contexto nunca es anodino, y que la enseñanza de la historia debe considerar los códigos espacio-temporales con que se construye la memoria. La memoria, entonces, más que una disciplina o un deber escolar se convierte en un objeto germinal que produce colectivos, diversidades e identidades en medio de configuraciones espaciales que también son más dinámicas. Además, la memoria surge de una exigencia distinta que la historia oficial, porque nace a partir de una sociedad que necesita replantearse y actualizarse constantemente, y no desde el marco normativo de las instituciones políticas que deciden fijar archivos y exigir la memorización de datos.
“La educación en arquitectura es uno de los aspectos más problemáticos de la disciplina, tanto por la falta de investigación sobre ¿cómo se aprende a ser arquitecto?” (Villazón, 2011:1), como por la falta de referentes teóricos y la confluencia disciplinar con otras áreas. Por eso cuando se piensa en el rol que desempeña la historia para la formación de los arquitectos, es necesario por un lado observar las transformaciones del paisaje edificado y por el otro tomar en cuenta la evolución de las representaciones que constituyen el “espesor histórico de los lugares” (Londoño, 2011:103). De aquí que los recuentos históricos oficiales desde los archivos y registros de la historia del arte aparezcan incompletos si no se adhieren a la memoria colectiva para una comprensión integrada del espacio edificado. La confluencia de perspectivas desde la historia y la memoria rescata al mismo tiempo el poder simbólico que se deposita en la arquitectura como archivo y como significante cultural de una sociedad y una época específicas.
No toda la memoria forma parte de la historia, es decir, cada sociedad constituye su memoria a partir de pequeños recortes y selecciones sobre los acontecimientos que le son significativos y que luego se convierten en un recuerdo al que tiende constantemente para pensarse y construirse a sí misma. La historia, y más la historia del arte, se ha convertido más bien en una tarea de especialistas que también hacen un recorte para reproducir archivos que no necesariamente representan a la sociedad que les envuelve.
La arquitectura, en su manera de concebir el espacio y la historia, se modifica constantemente a partir del entorno y de los referentes de cada época y de la sociedad que la constituye. Además, los procesos institucionalizados de construcción histórica en arquitectura han mostrado su ineficacia para hacer de la disciplina un campo reflexivo y sensible a las nuevas maneras como los estudiantes construyen la historia desde la intensidad del presente. En la línea de Pierre Nora, que insiste sobre los usos políticos del pasado y la producción de los “lugares de memoria” a partir del anclaje material de las representaciones colectivas, es interesante repensar la práctica arquitectónica y su poder para fijar las identidades contemporáneas a partir de la construcción de una memoria situada y edificada. Más aún, y contra el enfoque individualista de memorización y repetición de datos históricos, es posible rescatar las condiciones sociales que posibilitan la producción y evocación de los recuerdos desde sus referentes a un lugar y a un colectivo. La arquitectura aparece, así, como un campo excelente para replantear los lineamientos sobre los que se enseña la historia desde el arte, y darle un giro para proponer en su lugar una construcción de la historia desde la capacidad que tiene el arte para contener la memoria.
También es importante que la arquitectura se piense a sí misma y sus relaciones con otras disciplinas. La historia y la educación arquitectónicas, por ejemplo, son ámbitos menospreciados cuyas crisis corresponden con el poco alcance que se le ha dado a la arquitectura como una plataforma comprensiva del mundo. Algunos consideran, dice Teymur, “que la arquitectura le dedica poco tiempo a la investigación porque no cree tener la necesidad de hacerlo ni la urgencia por pensarse a sí misma ni su educación” (2011:14). Como alternativa, y desde la educación de la historia en arquitectura, también considerada en crisis, se propone en este artículo una reflexión que se estructura en tres momentos principales: en primer lugar se explora el concepto de “lugares de memoria” propuesto por Pierre Nora, desde los elementos de diálogo con el espacio edificado; en un segundo momento se profundiza sobre la memoria colectiva y el trabajo de Maurice Halbwachs para identificar constantes sobre el vínculo de los lugares con los acontecimientos y su construcción individual y colectiva. Finalmente se rescatan las ideas fundamentales de ambas posturas desde la pertinencia para redireccionar los procesos de formación de los jóvenes arquitecticos entre la oficialidad histórica y la significación de la memoria.
Lugares de memoria: la edificación arquitectónica como depósito de representaciones colectivas
La contemporaneidad se construye sobre la intensidad del presente. A diferencia de los enfoques modernistas que hurgaban en los clásicos, los jóvenes arquitectos de la academia ya no recurren a fundamentos históricos en sus procesos de reflexión y de trabajo. Esto no significa que desaparezca la importancia de la memoria como fundamento para hacer arquitectura, más bien se ratifica porque, como dice Nora, “el sentimiento de continuidad se vuelve residual respecto a los lugares y los lugares de memoria aparecen precisamente porque ya no hay ámbitos de memoria” (2008:19). El lugar contiene la densidad de la memoria y reproduce la pertenencia de la sociedad a un espacio y momento particulares. En este sentido, “los seres humanos de hoy tienden a revalorar especialmente la memoria colectiva para construir su propia identidad, su nacionalidad y su lugar en el mundo” (Said, 2000:179).
Cuando se habla, por ejemplo de “aceleración de la historia” (Nora, 1989: 7), la idea que subyace es que retener la historia es imposible porque en la saturación del campo mediático los acontecimientos se diluyen con demasiada facilidad. No obstante, la memoria, y en particular la memoria referida a un lugar, permite una continuidad de que adolece la historia para actualizar constantemente los acontecimientos desde el presente y desde el grupo social que los recuerda. “Estos lugares de memoria son el depósito de las representaciones del mundo que se hacen las colectividades y que no necesariamente coinciden con los datos oficiales que se suelen memorizar bajo la exigencia institucional porque, en contra de la historia universal que es al mismo tiempo la historia de todos y de nadie, la memoria se enraíza en lo concreto, el espacio, el gesto, la imagen y el objeto” (Nora, 2008: 21).
Es probable que los jóvenes arquitectos no se interesen en la historia precisamente por su divergencia de enfoques con el historiador. Mientras que los estudios de la historia se siguen pensando en tiempo pasado y son pocos los historiadores que se interesan en lo contemporáneo, los jóvenes arquitectos suelen desarrollarse desde el análisis del presente y las condiciones dadas por el tiempo en que les toca vivir. En este sentido, viene bien la dicotomía de enfoques espacio/tiempo que observaba Braudel hablando de las diferencias entre geógrafos e historiadores. Para Braudel, “el geógrafo trabaja sobre lo actual (de aquí su fuerza y su debilidad), sobre el mundo en el que se encuentra; y si lo cuestiona no es por el pasado en sí mismo sino como una explicación del tiempo presente” (1997: 87).
Así como la historia no es solamente un estudio del pasado, sino también del presente, y que requiere tomar en cuenta al espacio para la explicación de los hechos, las disciplinas que se enfocan en el espacio, como la geografía y la arquitectura, requieren una atención constante sobre el tiempo. El tiempo es el elemento fundamental de la historia que tiende a lo universal, pero también de la memoria que busca lo concreto. Pero la memoria es siempre sospechosa para la historia, cuya misión es destruirla y reprimirla por la contextualidad con que operan sus referentes socioculturales. Sucede, siguiendo con Pierre Nora, “que mientras la historia se sigue a una operación intelectual de análisis y discurso crítico, la memoria es afectiva y mágica por su constitución a partir de recuerdos y de elementos simbólicos” (2008: 21). No obstante, la memoria tiene una mayor vinculación con el presente y con el anclaje material de esos recuerdos, lo que constituye no solamente la erección de espacios cargados de contenido simbólico, sino la construcción de una sociedad a partir de los lugares donde su memoria queda plasmada y permanece. Es de esta manera como explica Pierre Nora la aparición de los lugares de memoria y su papel fundamental para “conmemorar” la conciencia que tiene una sociedad sobre el mundo en el que habita.
En las humanidades y los estudios sociales, donde aparece la teoría y la historia como parte formativa de los arquitectos, se presentan dos focos principales de influencia: la dimensión de los recuerdos y la naturaleza social de la producción del espacio (Hoelscher y Alderman, 2004: 348.). De hecho estos dos elementos han sido fundamentales para todos los estudios del espacio y tiempo, fundamento último de la historia como disciplina. De lo que se trata, entonces, es de capitalizar la sensibilidad de los jóvenes arquitectos para interpretar la memoria colectiva y su relación con la reinvención de los espacios, es decir, más allá de los constantes ejercicios de memorización de nombres y de fechas, promover los análisis que se refieren a la constante resignificación de los lugares a partir de los recuerdos depositados en los grupos sociales que los habitan, y reinventar la espacialidad con base en una lectura presente que actualiza la memoria colectiva.
En las últimas décadas del siglo XX, y sobre todo a raíz de las acciones emprendidas por la UNESCO para proteger los sitios y edificios, la vinculación entre el espacio construido y la historia de las diferentes sociedades suele darse por hecho. Contra la oficialidad de la lectura de un grupo social a partir de la historia oficial y de los hitos declarados, la preminencia por el presente que distingue a los jóvenes arquitectos exige replantear los métodos como se interpreta y se construye la historia en su vinculación con el espacio. Ampliando la oficialidad de los sitios declarados por la UNESCO, los lugares de memoria surgen de la necesidad humana de crear registros que sostengan las tradiciones. Según Pierre Nora, “los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay memoria espontánea, de que hay que crear archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, pronunciar elogios fúnebres, labrar actas, porque esas operaciones no son naturales” (2008:25). En la línea de la UNESCO, y bajo el concepto de lugares de memoria, los edificios arquitectónicos no solamente constituyen un archivo, sino una manera dinámica de contener y reproducir la historia de una sociedad. La mirada del arquitecto, entonces, no solamente es de intérprete de la historia oficial, sino de la memoria colectiva que constituye la esencia de los lugares sobre los que se trabaja.
Un límite importante para constituir la historia arquitectónica es precisamente la aplicación de una metodología adecuada para definir los elementos que develen lo concreto de la memoria y los indicadores que pudieran utilizarse para medirla. Pero cualquier intención en esta línea va más allá de los alcances y del fundamento mismo de la arquitectura, porque es necesario identificar a cada disciplina con sus propios caminos para analizar y construir conocimiento, aun cuando la confluencia de saberes pudiera entretejerse. En este sentido, la aproximación de la arquitectura a la memoria colectiva no sería una aproximación histórica, sino una mirada de la historia desde la arquitectura y una manera de potenciar su capacidad para contener la memoria colectiva de forma espacial. Siguiendo la lógica de Braudel, y aunque el espacio y tiempo son inseparables, hay que aclarar que el espacio está contenido en el tiempo, de manera que la comprensión a la que se puede llegar desde la arquitectura será siempre una historia espacial de los lugares, o más concretamente a una memoria de los lugares, porque los acontecimientos históricos sólo pueden entenderse cuando se les enmarca en un espacio cultural (Sahlins, 1989).
La arquitectura y la memoria colectiva: la producción y evocación de los recuerdos
Las imágenes espaciales desempeñan un papel fundamental en la configuración de la memoria colectiva. Si bien es cierto que cada individuo construye las imágenes del mundo exterior a partir de su propia experiencia y de las relaciones que establece con el entorno, esta particularidad de sus relaciones con el espacio no impide el tejido entre el mismo espacio y la memoria del colectivo al que pertenece, como si se tratara de una memoria al mismo tiempo común y diferenciada. De acuerdo con Halbwachs, “el lugar donde se habita se convierte en escenario de muchos acontecimientos que no se conocen sino a partir de los diarios y de los testimonios, de manera que al afirmar esos acontecimientos es necesario utilizar la memoria de los otros como sustento del mismo modo que para afirmar sobre los acontecimientos que ocurren antes de que hayamos nacido” (1968: 36).
Para la enseñanza de la arquitectura se pueden identificar varias perspectivas. Por un lado existe la posibilidad de lo que algunos llaman una “aproximación topográfica al pasado” a partir del estudio del espacio edificado y del paisaje en que se inserta, y que se considera como una forma adecuada para la práctica docente de la historia de la arquitectura, considerada en crisis (Londoño, 2011:103). Pero por otro lado está también la oportunidad de la memoria y su constitución como alternativa para resignificar el espacio y vincularlo con los recuerdos de un pasado construido y socializado en el entorno cultural.
Alessandro Cavalli afirma “la vinculación de los lugares y la memoria colectiva a partir una constatación: todos hemos tenido alguna experiencia de encontrarnos con alguna persona que conocemos con familiaridad, pero en un lugar en el que no la encontramos usualmente, como si encontráramos a un colega en un lugar turístico, y tenemos dificultad para reconocerlo porque está fuera de su entorno, o del lugar donde lo encontramos de forma habitual y donde los recuerdos que tenemos están localizados” (2004:115). En este sentido, los lugares en los que hemos vivido y los lugares donde se afianza la vida cotidiana son al mismo tiempo los lugares que constituyen el soporte de la memoria colectiva.
Los acontecimientos son siempre localizados, es decir, están condicionados por el lugar donde ocurren. Más aún, cada acontecimiento es la suma de múltiples recuerdos individuales, diversos entre sí, pero que se integran en el discurso colectivo y se convierten en memoria. En la era del individuo, y de acuerdo con Pierre Nora, “la psicologización integral de la memoria contemporánea acarreó una economía singularmente nueva de la identidad del yo, de los mecanismos de la memoria y de la relación con el pasado” (2008: 29). A esta memoria concentrada en aspectos reflexivos en términos individuales, es necesario recuperar también la memoria construida por el entorno cultural y asentada en los lugares, lo cual implica un ejercicio menos común y volcado sobre aspectos del entorno y la exterioridad individual.
La memoria colectiva permite integrar el entorno sociocultural, es más que un tipo de historia porque se convierte en un recurso para formar la comunidad a partir de los recuerdos del pasado que les reproducen un sentimiento de pertenencia. La memoria colectiva integra también una serie de acontecimientos del pasado que han rebasado la capacidad de comprensión de un solo momento y que requieren de ser repensados y revitalizados en el presente. Estos acontecimientos que rescata la memoria se convierten en un referente para iluminar el presente y proyectar en futuro.
Se podría juzgar de anacronismo el hecho de que la historia de una sociedad se reelabore a partir de restos del pasado, pero es necesario rebasar la rivalidad entre el pasado y el presente, que lejos de borrarlo lo recupera y actualiza. De aquí la mayor facilidad para recuperar la memoria de un cierto aspecto de la historia, porque no existe una rivalidad sobre las memorias que pueden coexistir como versiones de un todo; más bien conviene reestablecer lo particular de la memoria que se llena de emblemas individuales, y que al mismo tiempo se convierten en una posibilidad de integrar en un colectivo los elementos que se deben reelaborar para reproducir una comprensión múltiple del pasado. Cuando se apela al espacio edificado desde esta construcción de la memoria colectiva, la reinvención pasa en primer momento desde el ejercicio individual de rescate de acontecimientos y luego al filtro de diálogo con otros miembros que hacen una lectura alterna. Si contemplamos el alcance de estos ejercicios para recuperar la mirada espacio-temporal en la educación de la arquitectura, no solamente se propone una alternativa frente a la crisis de la teoría y la historia, sino que se contextualiza con la contemporaneidad y su lectura del pasado y el futuro a partir de un presente más continuo.
En línea con Halbwachs, la memoria colectiva también permite a cada uno de los individuos la construcción de una identidad propia, porque implica un ejercicio constante de enfrentamiento y diálogo con otras interpretaciones y testimonios. Más aún, el enfoque histórico desde la memoria colectiva implica la conciencia de que la memoria evoluciona. Por ejemplo, puede observarse cómo los primeros años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial se interpretaron desde la memoria colectiva de los héroes de guerra, y cómo desde los años 80 se ha posicionado más una memoria colectiva que se sustenta sobre la figura de las víctimas.
Conclusiones
Desde el arte, y en particular cuando se trabaja con el espacio y la evocación y arraigo de la memoria a partir de la construcción, la arquitectura aparece como una alternativa para leer la historia. En el mundo contemporáneo, donde el presente se intensifica como ángulo de interpretación de los hechos, la historia oficial de las naciones ya no es ni el único ni el más importante de los depósitos de la memoria colectiva. De hecho la sociedad contemporánea, y la conciencia de ruptura de los jóvenes arquitectos que rechazan la memorización de datos históricos, tienden a legitimar los datos del pasado no por el respaldo de un archivo o documento, sino a partir de la legitimidad que les otorga la memoria colectiva para validarlos. Seguir insistiendo en la linealidad de los acontecimientos y en la constitución de identidades nacionales a partir de la historia vuelve difícil la enseñanza porque los parámetros contemporáneos para pensar el espacio y el tiempo no corresponden con las formas tradicionales.
Es cierto que la memoria no necesariamente es auténtica sino más bien útil, pero tampoco la historia puede ser aceptada de forma incuestionable. En el caso de los lugares de memoria, podemos alejamos por un periodo considerable, pero en el momento que volvemos nos percatamos de no haberlos olvidado porque aparece la conciencia de recuerdo inherente al sitio sobre la que se constituye la memoria espacial. Este recurso no solamente ayuda a entender las formas con las que se restituye la memoria a partir del sentido de lugar y de la dimensión espacial de los recuerdos, sino que constituye una oportunidad invaluable para repensar las configuraciones espaciales desde la memoria colectiva.
En cuanto a la historia como archivo universal, tampoco se trata de rechazar los acontecimientos y los datos registrados en los libros oficiales, más bien se trata de revalorizar la memoria y tejer una comprensión mixta del espacio-tiempo, donde los hechos no ocurren de manera abstracta sino que están localizados a tal grado que su condición de lugar es la que les da sentido en momentos y épocas distintos. Los archivos, entonces, permanecen como si fueran documentos privilegiados de la memoria, guardados en la historia. De forma que la memoria como recurso en la enseñanza de la arquitectura no implica la supresión de la historia, sino la recuperación y densificación de los recuerdos asentados en lugares, que en un profundo diálogo del pasado con el presente permiten diseñar un mundo distinto.
Referencias
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