'Que la paz no nos cueste la vida': el trabajo emocional de los movimientos sociales frente a la guerra en Colombia
'May peace not cost us our lives': the emotional work of the social movements to face the war in Colombia
'Que la paz no nos cueste la vida': el trabajo emocional de los movimientos sociales frente a la guerra en Colombia
Aposta. Revista de Ciencias Sociales, núm. 74, pp. 204-240, 2017
Luis Gómez Encinas ed.

Recepción: 17/04/2017
Aprobación: 03/05/2017
Resumen: Este artículo analiza algunas modalidades del trabajo emocional que las organizaciones sociales realizan como respuesta al contexto de conflicto armado que se vive en Colombia, desde la perspectiva de la mutua interdependencia entre emociones y razón. El artículo se divide en cinco partes. En la primera se discute la importancia de una perspectiva sentipensante como base para el estudio de los movimientos sociales. En la segunda, se profundiza en la relación entre el poder y las emociones como marco comprensivo del trabajo emocional realizado por los movimientos sociales, analizado en la tercera parte. Después se aterriza este debate en contextos de conflicto armado y en la quinta se estudian algunas modalidades que adquiere este trabajo en Colombia a través de las producciones discursivas de tres plataformas de organizaciones sociales del país.
Palabras clave: Perspectiva sentipensante, trabajo emocional, movimientos sociales, conflicto armado, Colombia.
Abstract: This article outlines some modalities of the emotional work that social organizations realizes in response to the context of armed conflict in Colombia, from the perspective of mutual interdependence between emotions and reason. The article is divided into six parts. In the first one is discussed the importance of a “sentipensante” ontology as a basis for the study of social movements. In the second one, the relationship between emotions and power is explored more deeply as a comprehensive framework of the emotional work done by social movements, analyzed in the third part. In a fourth moment, this debate is analyzed in armed conflict contexts, and the fifth part studies some modalities that this work acquires in Colombia through the discursive productions of three articulations of social organizations in the country.
Keywords: 'Sentipensante' perspective, emotional work, social movements, armed conflict, Colombia.
1. INTRODUCCIÓN
Las organizaciones sociales en Colombia se han enfrentado por más de medio siglo a la permanencia de un conflicto interno armado entre el Estado y diferentes actores al margen de la ley 1. Por esta razón, una de las principales características de los movimientos sociales en Colombia ha sido la de desarrollarse y generar diferentes ciclos de protesta en medio de la confrontación bélica. Cuáles han sido las fortalezas y debilidades que este contexto ha generado en el campo de la movilización social es una cuestión que seguramente requiere un trabajo específico para su análisis. Aquí solamente se puede apuntar que si bien la violencia política ha acabado con organizaciones sociales y ha inhibido su accionar por la vía del asesinato, la intimidación, la criminalización, entre otras; a la vez, ha visibilizado el “aguante” de muchas comunidades a lo largo y ancho del país y la inmensa capacidad de reconstitución de las relaciones sociales que han generado las organizaciones sociales en varios territorios. En definitiva, lo que se aprecia en Colombia es una coincidencia entre un conflicto armado de larga duración y la existencia de acciones colectivas de organizaciones sociales por todo el país. Entender dicha coincidencia en sus múltiples aristas es una labor pertinente en un momento en que la salida negociada a la confrontación bélica parece ser el curso que toma la historia.
Solo desde el punto de vista de la acción racional es imposible comprender por qué las organizaciones sociales y las comunidades en Colombia que se enfrentan al contexto de la guerra han desarrollado su accionar a pesar de los riesgos que esto implica para la propia vida y la permanencia de las relaciones sociales. A menudo muchas organizaciones y líderes y lideresas sociales se han enfrentado a que el riesgo de movilizarse es perder su propia existencia. No se puede entender esta situación solamente suponiendo que los actores sociales realizan un balance entre los costos, los riesgos y los beneficios de la movilización social. Hay algo más allá de este simple mecanismo que reduce la realidad social al cálculo de intereses por parte de los actores, algo que se relaciona directamente con las subjetividades de ciertas poblaciones fuertemente arraigadas en tradiciones culturales que han hecho que la gente aprenda a sobrevivir y a moverse en medio de la adversidad. De ahí, la importancia de considerar seriamente el componente subjetivo de las acciones colectivas en contextos de conflicto armado en Colombia, que nos habla de motores de la acción que desplazan y complementan al modelo instrumental, como son las emociones. Experiencias de análisis desde esta perspectiva para contextos similares han mostrado su riqueza (Wood, 2001). El estudio del papel de las emociones en las acciones colectivas puede ser una clave para ir más allá de la perspectiva de los movimientos sociales como actores meramente racionales y entenderlos en su enorme complejidad.
En este artículo se explora la idea de lo sentipensante como forma de reconsiderar la integralidad de la acción social. A partir de esta base se analiza uno de los elementos de la dimensión subjetiva de las acciones de los movimientos sociales: las emociones. A pesar de su importancia para entender cómo se mueven las organizaciones y las comunidades en medio del conflicto armado, estas son un campo muy poco estudiado en el país y apenas se dan los primeros pasos en esta dirección (González, 2015; Jimeno et al., 2015). Así, el principal objetivo de este texto es analizar algunas modalidades del trabajo que los movimientos sociales realizan sobre y a partir de las emociones en medio de la guerra en Colombia desde una perspectiva sentipensante.
El artículo se divide en seis partes. En la primera se discute la importancia de una ontología sentipensante como base para el estudio de los movimientos sociales. En la segunda, se profundiza en la relación entre el poder y las emociones como marco comprensivo del trabajo emocional realizado por los movimientos sociales, analizado en la tercera parte. En un cuarto momento se aterriza este debate en contextos de conflicto armado y en la quinta se estudian algunas modalidades que adquiere este trabajo en Colombia. Finalmente, se presentan algunas conclusiones.
2. HACIA UNA PERSPECTIVA SENTIPENSANTE DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES
A menudo en nuestra cotidianidad escuchamos expresiones como “hay que pensar con cabeza fría” para enfrentar dilemas de la vida diaria; se descalifican muchas decisiones por haber sido tomadas “emocionalmente” y se señala que la mejor decisión es aquella que es tomada bajo criterios objetivos. Todas estas expresiones aluden a la idea de que la acción humana debe estar guiada por la razón y no tanto por las emociones, en un criterio ético que vincula a las buenas decisiones exclusivamente con la racionalidad. El pensamiento occidental y patriarcal a menudo quiso separar ambos aspectos de la vida, presentando a la razón como el rasero para medir al mundo y como la guía para el progreso de la humanidad. Las emociones –y todo aquello que fuera denominado como un impulso corporal– quedaron relegadas a ser elementos suprimidos, inhibidos o controlados para alcanzar el ideal racional de dominio del mundo. De esta manera, se gestó la elevación de la razón como el único universo dentro del cual debían generarse explicaciones de la realidad y de la propia constitución de lo humano. Es lo que el ecuatoriano Patricio Guerrero ha denominado como la colonialidad de la afectividad (Guerrero, 2010). Precisamente, es ante este hiperracionalismo constituyente de nuestros conocimientos y saberes que se hace necesario comprender en su integralidad a los seres humanos y las acciones que desarrollan, ya que esta “hegemonía de la razón fragmenta la condición de nuestra humanidad, pues no sólo somos seres racionales, sino también sensibilidades actuantes o, como nos enseña la sabiduría shamánica, somos estrellas con corazón y con conciencia” (Guerrero, 2010: 90).
Nos hallamos, por tanto, ante un problema ontológico, ya que ha sido nuestra propia existencia la que se ha dividido durante varios siglos, resaltando nuestro ser racional y reprimiendo nuestro ser emocional. ¿Existe acaso un momento en el que algún ser humano esté libre de cualquier emoción? ¿Hay un momento mágico por el cual las emociones puedan ser dejadas de lado para tomar decisiones basadas en criterios meramente racionales tal y como una máquina lo haría? ¿No es más bien este un ideal moderno del cual debemos librarnos para poder transformar el mundo con todo lo que tenemos: nuestras mentes y nuestros corazones? He ahí la necesidad de una perspectiva sentipensante, una que nos permita rescatar esta indivisibilidad de lo humano. La idea de los seres sentipensantes, creada por el saber de los pescadores de las aguas de Jegua, en la Costa Caribe colombiana, y retomada tanto por Orlando Fals Borda como por Eduardo Galeano, nos remite a la inseparabilidad del sentir y el pensar en la realidad humana; a la interconexión entre las emociones y la razón. Entender que como seres humanos actuamos basados tanto en la razón como en las emociones no implica hacer de las emociones el nuevo rasero para medir al mundo. Se trata, más bien, de entender la mutua interdependencia de estos dos componentes de la esencia humana.
La adopción de una perspectiva sentipensante hace necesario esclarecer el papel que juegan las emociones en nuestras acciones. Las emociones son la manera en la que los actores sociales sienten y perciben el mundo, desarrollando sentimientos, valoraciones e interpretaciones de corto y largo plazo, que proporcionan sentido a la realidad y a la propia acción (Cruz, 2012). Si bien es claro que las emociones poseen una base biológica, están modeladas por normas sociales y tradiciones culturales. Todas las emociones poseen un significado que se deriva de la interacción social y de los elementos que la componen (Bericat, 2012). Así, las emociones se encuentran socialmente construidas y son aprendidas mediante la socialización emocional a la que son sometidos todos los seres humanos durante su vida (Maíz, 2010: 31).
A menudo, se aduce como una muestra del carácter no meramente fisiológico de las emociones el hecho de que siempre están dirigidas a un objeto, y esto implica ciertos procedimientos que engloban las creencias sobre dicho objeto. Por esto, las emociones son una de las maneras más claras en las que los seres humanos entran en relación con el mundo que los rodea y esta es una de sus características esenciales:
“(...) las emociones constituyen la manifestación corporal de la relevancia que para el sujeto tiene algún hecho del mundo natural o social. La emoción es una conciencia corporal que señala y marca esta relevancia, regulando así las relaciones que un sujeto concreto mantiene con el mundo. En su más sencilla expresión, implica tres elementos: (a) la valoración, (b) de un hecho del mundo, (c) realizada por un organismo individual. (…) Sin embargo, es evidente que la naturaleza de las emociones es relacional. La emoción concreta que sienta el sujeto dependerá de cómo perciba este sujeto las consecuencias que sobre su supervivencia, bienestar, necesidades, metas y planes pueda tener la conducta de los otros” (Bericat, 2012: 2).
Esta definición, no obstante, concentra demasiado a las emociones en la esfera individual. Es preciso pensar en sujetos colectivos y en las interacciones que llevan a cabo, asumiendo que existen sentires grupales que enmarcan y forman esta conciencia corporal individual del mundo. Por tanto, las emociones son también compartidas y ello posibilita acciones colectivas coordinadas. Finalmente, las emociones se caracterizan por no presentarse aisladamente sino entremezcladas entre sí. Aunque una emoción pueda predominar en un momento dado, lo común es que experimentemos distintas emociones a la vez. Esta simultaneidad define la intensidad y el carácter de las mismas. Por esto Bericat señala que es mejor hablar de cadenas y estructuras emocionales.
Recientes hallazgos en la neurobiología demuestran que tanto la razón como las emociones están conectadas con las mismas zonas del cerebro, por lo que en rigor no tiene sentido la tradicional separación entre mente y cuerpo (Maíz, 2010). Las emociones no son simples impulsos del cuerpo, sino que gran parte son producidas por juicios de valor y evaluaciones sobre el mundo. A la vez que son formadas por los procedimientos cognitivos, resultan fundamentales para los procesos de razonamiento, pues, como señala Martha Nussbaum, permiten valorar, resaltar o avisar sobre aspectos del entorno esenciales para evaluar diferentes cursos de acción (Bilbao Ariztimuño, s/f).
Igualmente las emociones aportan en los procesos de toma de decisiones en tanto delimitan el conjunto de soluciones posibles ante un determinado problema –que generalmente implica el procesamiento de grandes cantidades de conocimiento– y ellas mismas brindan criterios para las elecciones posibles. Las emociones son necesarias para el paso a la solución de problemas por medio de la acción, ya que son ellas un motor fundamental de motivación –consciente o inconsciente– para emprender cualquier esfuerzo. Y asimismo, cualquier proceso racional se apoya directamente sobre una memoria procedimental y declarativa, lo que implica que las reacciones presentes y futuras dependen de lo que previamente se ha aprendido, de lo que en el pasado hemos sentido (Maíz, 2010). Por este motivo, las emociones también se convierten en un criterio importante de la toma de decisiones y de la denominada razón instrumental.
Para el filósofo y psicólogo español Fernando Martínez (2009), existen dos formas fundamentales en las que las emociones deben ser entendidas en conjunto con la razón. La primera de ellas es la forma contributiva, en la que las emociones cumplen las funciones que hemos desarrollado en los párrafos anteriores: reducen el espacio de problemas a resolver, las posibles soluciones aceptables y predicen escenarios futuros para la toma de decisiones. La segunda es la forma constitutiva, en la que las mismas emociones pueden entenderse como un proceso racional en tanto se evalúe su adecuación a la situación dada y al estado del agente que siente en la misma. Esta forma constitutiva está fuertemente atada a lo que más adelante llamaremos como reglas de sentir y por eso la disputa por estas resulta tan fundamental para ampliar las condiciones de la transformación de la realidad social. En conjunto, puede asegurarse que no hay “grados cero de racionalidad o de emocionalidad. Hay transformaciones permanentes del grado de control de los afectos, de la forma como son conceptualizados e incorporados en los modelos de orientación y comprensión del mundo. Ambos términos, ‘racionalidad y emoción’, siempre nos hablan de la participación de los afectos en la construcción del conocimiento y la orientación del comportamiento” (Bolívar, 2006).
Lo sentipensante alude entonces a estas formas múltiples en las que las emociones y la razón trabajan de manera conjunta y que hacen parte de la esencia humana. Sentipensar es una de las capacidades más básicas con las cuales aprehendemos el mundo y actuamos sobre él, siendo a la vez afectados/as y afectantes. Esta aprehensión no la realizamos solamente entablando relaciones entre los conceptos que ideamos sobre la realidad, sino que primordialmente sentimos nuestro entorno y en base a este sentir es que podemos conocer el mundo y, de nuevo, actuar sobre él. Sentir y pensar no son dos actos que se coinciden en algún momento para que decidamos o actuemos en uno u otro sentido; realmente son dos componentes, dos momentos estructurales, de un mismo acto: el sentipensar.
Dos precisiones son necesarias para cerrar esta parte. La primera es que si bien el sentipensar es una capacidad básica humana, éste se expresa de diferentes maneras alrededor del mundo por la existencia misma de diferentes modos de racionalidad y formas de sentir, lo que da lugar a distintos fenómenos de la vida social. Precisamente, una de estas diversas maneras de lo sentipensante son los movimientos sociales y las comunidades que se movilizan para defender sus derechos. Por ello es importante abordar la manera en la que las emociones tienen un rol fundamental en las acciones colectivas desarrolladas por este particular tipo de actores, profundizando en la interrelación que tienen con otros elementos de la movilización social ya analizados por las teorías de la acción colectiva y los movimientos sociales. En segundo lugar, no se trata tampoco de creer que las emociones son el ámbito propio de la resistencia contra la episteme occidental, tal y como parece sugerir Guerrero (2010). Al contrario, se trata también de observar que las emociones han sido un instrumento eficaz para mantener la dominación y que ellas mismas son producidas y reproducen las relaciones de poder. Este asunto se profundiza en el siguiente apartado.
3. EMOCIONES Y PODER
Comprender la naturaleza sentipensante de los movimientos sociales y de cualquier acción humana implica entender la complejidad de las emociones –cuyo conocimiento es hasta ahora muy parcial– y las contradicciones que las estructuran. Especialmente indagar por el vínculo entre emociones y poder resulta fundamental para entender el sentipensar de los movimientos sociales, pues por lo general los movimientos intentan influir en las relaciones de poder vigentes en una sociedad.
Todas las relaciones sociales, entre las que se encuentran las relaciones de poder, están atravesadas por las emociones. En ese sentido, toda relación de poder está íntimamente constituida por las emociones. Dicho de manera más contundente, una de las bases fundamentales del poder es su influencia directa sobre las emociones. El amor, el miedo, el terror, la tristeza, la vergüenza, la indignación, son todas constitutivas de diversas relaciones de poder. Incluso, muchas de estas emociones son el pilar esencial que mantiene la dominación entre grupos sociales en determinados periodos. Por eso, ante todo hay que decir que las relaciones de poder son principalmente sentidas por los actores sociales y de ahí su peso para influir sobre los comportamientos y las acciones.
Las relaciones de poder de un grupo sobre otro se han sustentado, en gran medida, en el establecimiento de visiones de mundo que erigen a unos como superiores sobre otros considerados inferiores. Estas concepciones se materializan en las subjetividades de los seres humanos que a menudo asumen estas visiones como propias. La mayoría de los grupos subordinados (mujeres, indígenas, personas con orientación e identidad sexual diversas, afrodescendientes, clases sociales marginadas, etc.) comparten un sentido de inferioridad frente a los grupos dominantes. Más aún: este sentido de inferioridad está atravesado por sentimientos de vergüenza hacia la propia identidad. Según Norbert Elías, el lugar que los actores sociales se atribuyen en una jerarquía viene acompañado de una valoración emocional sobre el propio grupo y el establecimiento de unas relaciones afectivas con los otros y el orden social (Bolívar, 2006).
Las emociones juegan diversos papeles en las relaciones de poder que se pueden presentar simultáneamente. Por un lado, las emociones pueden ser producto de las relaciones de poder, ya que son generadas intencionalmente por quienes intentan ejercer el poder para ganar obediencia. Por otro, las emociones son su sustento ya que ayudan a la reproducción de asimetrías entre los actores en tanto solidifican un determinado estado de las relaciones y a la inacción por parte de quienes son dominados. En todo caso, las emociones más allá de ser solo disposiciones biológicas compartidas por toda la humanidad, deben ser entendidas como un componente de la vida social que es configurado, encauzado y dotado de sentido por la estructura de relaciones predominante y por el orden político (Bolívar, 2006).
Las emociones derivadas de las relaciones de poder se incorporan permanentemente en los procesos de socialización y reproducción de la vida social como reglas de sentir. La socióloga estadounidense Arlie Hochschild desarrolló este concepto para referirse al conjunto de guías socialmente compartidas, pero a menudo latentes, que dirigen cómo queremos tratar de sentir en una determinada situación. Estas reglas de sentir se derivan de la ideología entendida como un “marco interpretativo que puede ser descrito en términos de unas reglas de enmarcamiento y unas reglas de sentir” (Hochschild, 1979: 566). En este caso, las reglas de sentir son “guías para la evaluación de la pertinencia (fits) o impertinencia (misfits) entre un sentimiento y una situación” (Hochschild, 1979: 566), lo que está directamente conectado con uno de los vínculos entre razón y emoción que establecimos anteriormente. Estas reglas están íntimamente ligadas con los procesos de enmarcamiento, los cuales están dominados por unas normas que definen la manera en la que se le otorga definiciones o significados a situaciones concretas. Estas reglas de sentir son una de las dimensiones a las que los movimientos sociales deben dedicar parte de su accionar, puesto que para movilizarse no solo hace falta conocer unas causas objetivas, sino también sentir la necesidad de acción.
4. EL TRABAJO EMOCIONAL DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES
Las emociones juegan un papel fundamental en la movilización social en todas sus etapas, desde la constitución de una identidad colectiva y la definición de un asunto sobre el cual actuar hasta la toma de decisiones sobre los mejores medios para movilizarse. De esta forma, las emociones condicionan el abanico de posibilidades para la acción en un determinado momento y es por esta razón que es tan fundamental su estudio desde la perspectiva sentipensante aquí propuesta 2.
La socióloga Helena Flam (2006) ha desarrollado una conceptualización útil para comprender esta dinámica en la que se desarrollan los movimientos sociales frente al poder. Flam retoma de Hochschild el concepto de “reglas de sentir” (“feeling rules”) para denominar a las normas dominantes sobre lo que debe ser sentido y expresado en una determinada situación, que son transmitidas por medio del proceso de socialización y que cimientan las relaciones de subordinación y obediencia. Las emociones resultantes de la predominancia de estas reglas son denominadas como “emociones cemento” y son las encargadas de petrificar las relaciones de poder.
Frente a este tipo de emociones y considerando los espacios estratégicos con los que cuentan los actores sociales de cara a las estructuras de poder, la autora señala que los movimientos sociales deben realizar un “trabajo emocional”, entendido como “el acto de tratar de cambiar en grado y calidad una emoción o sentimiento” (Hochschild, 1979: 561). Este trabajo le apunta a generar unas “contra-emociones subversivas” y unas nuevas reglas de sentir que permitan la integración de nuevos miembros y la persuasión de sus públicos, y por esta vía, la impugnación de las relaciones del status quo. El balance entre emociones cemento y el trabajo emocional desarrollado por los movimientos sociales, determina el surgimiento de acciones colectivas. De esa manera, los actores sociales se mueven en una constante tensión entre la solidez de las emociones dominantes (que precisamente inculcan la inmovilidad) y la fluidez que intentan generar con la subversión de esas emociones para transformar el orden social, para moverlo.
Sumado a lo anterior, Flam propone una reorientación del estudio de los marcos de interpretación, reconociendo que los movimientos sociales no solo realizan un re-enmarcamiento cognitivo de la realidad (señalando que existe un problema con unas causas y unos culpables que debe ser transformado por medio de la acción colectiva), sino también un re-enmarcamiento emocional (decirle a la gente cómo debe sentirse sobre la existencia de una determinada realidad problemática), que es fundamental para entender el paso a la acción. Así, señala cómo los movimientos sociales intentan instigar la sospecha, el odio, el desprecio, el ultraje moral y la desconfianza sobre sus oponentes, así como contrarrestar el miedo hacia la represión y reapropiar la ira (que en las reglas de sentir dominantes es exclusiva de quienes detentan el poder). Todas estas emociones causan desafección por el sistema y podrían llevar a la gente a participar de acciones de movilización. Se trata de una de las mayores expresiones del sentipensar de los movimientos sociales.
Pero, ¿cómo es que realizan los movimientos sociales este trabajo emocional? Según Hochschild (1979), existen dos tipos amplios de trabajo emocional: la evocación, en la cual se busca la emergencia de un sentimiento deseado que inicialmente está ausente, y la supresión, que se concentra en la presencia inicial de un sentimiento indeseado. Este es un esquema muy básico que nos permite ampliar y pensar en otras formas en las que los movimientos sociales realizan su trabajo emocional. Así, podríamos apuntar que existen por lo menos cuatro formas en las que los movimientos sociales pueden realizar un trabajo emocional en función de generar acciones de movilización, todas íntimamente relacionadas con estrategias de carácter más cognitivo:
Generar un sentimiento que permita la acción: esta estrategia pasa por señalar cómo una situación dada debe ser sentida, lo que va de la mano con la generación de un marco interpretativo que establezca las causas de la situación, los problemas derivados de ella para el colectivo y sus culpables. Este es un trabajo realizado cuidadosamente, pues las emociones resultantes deben permitir la acción del movimiento social, por lo que un punto fundamental a trabajar se refiere a generar confianza sobre la capacidad del colectivo para luchar en un determinado conflicto.
Encauzar un sentimiento existente: en esta forma, los movimientos sociales aprovechan la existencia de un sentimiento en un colectivo frente a una situación dada. Aquí el trabajo, más que concentrarse en explicar las causas, los culpables y los problemas derivados de la situación, se concentra más en encauzar dicho sentimiento por unos canales de acción concretos propuestos por el movimiento. Por lo general, esta estrategia se dirige más allá de los integrantes de la organización e incluso trasciende al público del movimiento.
Sugerir la forma en la que un sentimiento debe ser expresado: una diferenciación fundamental para entender el trabajo sobre las emociones es la que se presenta entre lo que se expresa y lo que realmente se siente. En esa medida, un movimiento social puede expresar públicamente emociones que proyecten una imagen del sentir colectivo que no necesariamente se corresponde con el verdaderamente existente. Se utilizan entonces estrategias de ocultamiento de ciertos sentimientos, se hace énfasis en algunas emociones existentes e incluso se pueden presentar emociones que no son sentidas por el colectivo, pero que estratégicamente aportan más a los fines del movimiento, puesto que lo que se busca es despertarlas en el público al cual se dirigen.
Luchar contra un sentimiento predominante y generar otro en su lugar: en este aspecto, los movimientos intentan inhibir emociones ya existentes que obstaculizan las acciones colectivas. Esto puede realizarse mediante la recodificación de una situación, entendiendo por esto “la reclasificación de una situación dentro de categorías mentales de situaciones establecidas previamente” (Hochschild, 1979). Se trata de un proceso de reenmarcamiento cognitivo y emocional, que intenta cambiar aspectos como las causas de la situación, los culpables de esta o las posibles consecuencias hacia el movimiento para hacer desaparecer o atenuar emociones inmovilizadoras y generar y fortalecer aquellas que permitan la actuación colectiva.
Estas cuatro formas del trabajo emocional no son mutuamente excluyentes y claramente se pueden presentar de manera simultánea frente a una misma situación, aun cuando generalmente se enfatiza en una u otra estrategia de acuerdo a las necesidades que el contexto imponga al movimiento. Igualmente, no solo están presentes en la etapa inicial de surgimiento de acciones colectivas, sino que son estrategias permanentes que los movimientos sociales despliegan. Por otro lado, es necesario tener en cuenta que todas estas formas van acompañadas, en diferentes medidas, de sugerencias de acción concretas en el marco de la organización social y por fuera de ella.
Otro aspecto a tener en cuenta es que en esta clasificación de las estrategias utilizadas para el trabajo emocional se combinan los planos internos y externos al movimiento. En este punto resulta fundamental recordar que dicho trabajo tiene diversos niveles y que puede ser hecho por uno sobre uno mismo, por uno sobre otros o por otros sobre uno mismo (Hochschild, 1979). Esto resulta un factor importante para evaluar cada uno de los mecanismos, en especial en lo que se refiere a su objetivo, con respecto a quiénes está dirigido. No es lo mismo tratar de generar una emoción frente a una situación dada en el público del movimiento que en los integrantes mismos de la organización u organizaciones que lo sustentan; los recursos necesarios para cada plano son diferentes, así como las estrategias y los discursos a los que se apelan. Igualmente son diferentes las relaciones de poder que se juegan en ambos planos y las dinámicas de equilibrio necesarias en cada situación.
Ahora bien, aunque los movimientos sociales realizan su trabajo emocional para llevar a la puesta en marcha de acciones colectivas, no debe considerarse que las emociones siempre apoyan o colaboran a la acción ni que este trabajo siempre es exitoso. La manera en la que las emociones pueden inhibir las acciones colectivas ha sido poco estudiada. Esta dificultad se genera a partir de otra más amplia y es que al desarrollarse el trabajo emocional en el marco de unas reglas de sentir preexistentes y predominantes, estas pueden terminar imponiéndose haciendo fracasar el trabajo de los movimientos sociales o, por lo menos, limitando su éxito. En este sentido, también podríamos delinear algunas de las formas en las que el trabajo emocional de un movimiento social puede ser limitado o llevado al fracaso gracias a las reglas de sentir dominantes:
El movimiento social no logra generar un sentimiento deseado frente a una situación dada, puesto que existen otras formas emocionales de asumir esta situación que son predominantes y que están más ancladas profundamente en la cultura.
Los movimientos pueden lograr generar un sentimiento dado frente a una situación particular, construyendo un marco de interpretación claro, pero aun así no proponer estrategias de acción claras o la suficiente confianza en que estas estrategias pueden ser efectivas.
Otros actores de la sociedad puede lograr encauzar los sentimientos existentes en una determinada forma de acción diferente a la de los movimientos sociales. Esto se relaciona directamente con los recursos desiguales de los actores y los diferentes lugares ocupados en las jerarquías sociales.
A la larga, el movimiento puede no lograr conciliar la discrepancia entre lo que se expresa por parte de la organización públicamente y lo que sus bases y sus integrantes efectivamente sienten, lo que puede terminar por debilitarlo y generar salidas individuales a la situación.
Los actores dominantes puede realizar acciones concretas para fortalecer y difundir las emociones cemento y el movimiento se puede presentar incapaz para atender todos los puntos de acción del actor dominante.
Por lo anterior, hay que ver el trabajo emocional realizado por los movimientos sociales en una constante tensión, en una lucha permanente entre las reglas de sentir predominantes en el conjunto social y las reglas propuestas por el grupo social tendientes a la transformación social. Luego, esto quiere decir también que los movimientos sociales deben tomar en cuenta estas reglas preexistentes y tratar de observar qué tan radical puede ser su discurso y qué elementos de ese marco normativo debe aprovechar para generar cambios en los mismos. Es lo que Jasper (2012) ha denominado como el “desafío de la innovación cultural”. Asimismo, los movimientos se enfrentan a un problema de capacidad y disponibilidad de recursos para realizar el trabajo emocional en las justas medidas que deberían realizarlo. Parte del éxito también depende de la efectiva construcción y difusión de un marco cognitivo y emocional lo suficientemente creíble frente a un conflicto.
Todos los elementos presentados hasta el momento responden a una separación analítica de la realidad emocional. No obstante, los estados emocionales que viven colectividades e individuos están compuestos por varios tipos de emociones cuya mezcla genera distintas formas de sensibilidad frente al mundo. Así, es diferente la indignación que se mezcla con la rabia, a la indignación que viene aparejada con la tristeza; igualmente es diferente el miedo que viene con desesperación, al miedo mezclado con ansiedad. Por esto resulta tan fundamental la labor de guía emocional que pueden jugar los movimientos sociales, ya que ayudan a definir con mayor claridad el carácter de los diversos acordes que pueden formas los distintos tonos emocionales.
Por otro lado, y de acuerdo a la tipología propuesta por el sociólogo estadounidense James Jasper, el trabajo emocional de los movimientos sociales también presenta diferentes escalas temporales en términos de la profundidad de las emociones que desee cambiar. Jasper (2013) realiza una clasificación de las emociones que nos ayuda a comprender el reto importante al que se enfrentan muchos movimientos y los obstáculos que pueden aparecer en cada uno de los niveles:
Pulsiones: son fuertes impulsos corporales como el deseo, la necesidad de dormir o defecar. Para Jasper pueden interferir con la acción coordinada por lo que los organizadores del movimiento intentan controlarlas.
Emociones reflejas: reacciones al entorno físico y social inmediato, que se manifiestan y se aplacan rápidamente y que se acompañan de expresiones faciales y cambios corporales. Suelen ser el paradigma de las emociones más estudiado.
Estados de ánimo: carecen de un objeto directo y tienen una larga perdurabilidad en el tiempo. Condicionan las emociones reflejas, pero al mismo tiempo pueden ser modificados por estas.
Lealtades u orientaciones afectivas: son apegos y aversiones de larga duración, basados en elaboraciones cognitivas sobre los otros (no necesariamente humanos). También son de larga duración.
Emociones morales: son sentimientos de aprobación o rechazo basados en intuiciones o principios morales. Están fuertemente ligados a lo que se considera correcto o incorrecto.
Los movimientos sociales intentan influir sobre varios de estos niveles; a menudo no sobre todos. El nivel de emociones objeto de la acción de los movimientos también está fuertemente anclado a los ámbitos de acción y transformación de los que se encargue. Por ejemplo, la lucha de ciertas organizaciones feministas y de mujeres por la aprobación del aborto debe trabajar sobre el nivel de las emociones reflejas, pero mucho más sobre el de las emociones morales. El movimiento indígena en Colombia también tuvo que trabajar en el nivel de las lealtades u orientaciones afectivas para romper las relaciones de patronazgo que se establecieron entre las poblaciones indígenas y los terratenientes, producto de la figura de la hacienda. Por esto, es fundamental establecer el nivel de emociones sobre los que intentan influir los movimientos sociales, las estrategias diferenciadas que pueden usar para cada nivel y especialmente el condicionamiento que cada tipo de emoción ejerce sobre las acciones colectivas.
Otro aspecto, que además es un vacío de la propuesta de Flam, tiene que ver con las escalas de análisis del trabajo emocional. Las reglas de sentir y las emociones cemento son disímiles para diferentes grupos sociales en un mismo contexto nacional. Se deben considerar diferentes variables dentro de un mismo país para entender las diversas formas en las que se expresan las estructuras emocionales de dominación. Se trata de complejizar el análisis sobre el componente macropolítico de las emociones, considerando que las estructuras de dominación varían en su intensidad y contenido de acuerdo a varios factores entre los que se puede mencionar la edad, el sexo, el género, la orientación sexual, la etnia, la raza, el origen geográfico, la clase social, entre otras. No son las mismas reglas de sentir a las que se ven sometidos los hombres jóvenes de clase media de una zona periférica del país, a la que enfrentan las mujeres lesbianas adultas de las clases populares del centro. Como se apuntó anteriormente, la expresión de las emociones no es algo universal; la manera como sentimos está determinada social y culturalmente y esa es la razón para que el mundo esté compuesto de diversos sentires.
Finalmente, no debe perderse de vista que el mismo trabajo emocional, realizado en el marco de las relaciones sociales organizativas y comunitarias, por ser el producto de una acción concertada colectivamente, está atravesado por las relaciones de poder presentes en cualquier grupo social. A menudo, las organizaciones sociales realizan un trabajo de simplificación de los estados emocionales presentes en la colectividad, para hacerlo funcionales al mantenimiento de la acción colectiva y a los objetivos de la organización. La complejidad de las emociones y los estados emocionales impide asumir las emociones colectivas como homogéneas y los discursos emocionales al interior de la organización como procesos puros de consenso, sin ninguna disputa.
Una vez revisados y examinados todos estos elementos sobre el trabajo emocional realizado por los movimientos sociales, estamos en disposición de analizar la particularidad que tiene esta dimensión en un contexto como el colombiano.
5. EL TRABAJO EMOCIONAL EN CONTEXTOS DE CONFLICTO ARMADO
En el tercer tomo de La Historia Doble de la Costa, el maestro Orlando Fals Borda utiliza la figura del “hombre-hicotea” para referirse al “aguante” de la población ribereña del pequeño poblado de Jegua, a orillas del Río San Jorge, en el departamento de Sucre, Colombia:
“En efecto, como he dicho, el campesino costeño se adapta a las malas situaciones de manera plástica, en silencio y casi sin protesta. En esto el hombre anfibio sostiene una tradición de dureza cultural ante la adversidad que viene de muy atrás, que se evidencia en el aguante de la gente común, una actitud conservadora que rodea como una concha dura un espíritu en el fondo indomable y expresivo. (…) Esta dureza cultural está formulada en la imagen popular local del “hombre-hicotea”. La hicotea (Emys decusata) es una pequeña tortuga de agua dulce también llamada galápago, del género quelonio, que abunda en toda la depresión momposina y tiene la particularidad de enterrarse durante el verano y resistir hambre y sed; es plato preferido para la Semana Santa” (Fals Borda, 2002: 27B).
Según el sociólogo colombiano, este duro caparazón cultural encerraba una personalidad de contrastes y de lucha contra la adversidad:
“Se siente una atmósfera de firmeza dentro de la inseguridad e incomodidad existentes, como si la pobreza, los peligros o las avenidas de los ríos no fueran causa posible de petrificación de la conducta, sino motivos de trabajo, defensa y acción creadora individual y colectiva. En realidad, esas cosas son corazón y corteza de la vida misma del riano; son su lucha diaria que no cesa, aunque aquel se recline a veces en la cuenca de una canoa para fumarse un cigarrillo. Así se va esculpiendo su personalidad contradictoria y macondiana” (Fals Borda, 2002: 21A-22A).
Este retrato de aquella población ribereña bien podría extenderse, en sus justas dimensiones, a otras poblaciones del país. Ese “saber aguantar” y “saber rebuscarse” es lo que ha caracterizado a cientos de comunidades de Colombia, que no solo se tienen que enfrentar a las duras realidades y conflictos territoriales desatados por el modelo económico, sino también a las inclemencias de la confrontación armada. A pesar de que la guerra ha golpeado de manera diferenciada a las diversas regiones del país, generando en cada una de ellas una particular configuración de relaciones que hace que las respuestas al fuego cruzado tomen diversas formas, la característica común a gran parte de los movimientos sociales en Colombia ha sido la de enfrentar abiertamente el conflicto interno armado. Así, se encuentra una misma actitud o un estado de ánimo –si seguimos la clasificación de Jasper– de resistencia en la adversidad, un ethos de lucha para defender la vida, que a su vez implica defender lo propio.
Esa actitud particular de resistencia, que no solo surge espontáneamente ante una determinada situación sino que se aprende a partir de las tradiciones y es reapropiada en el curso de la vida colectiva, es una de las características fundamentales de los movimientos sociales en Colombia y en gran parte de América Latina. Uno de los componentes fundamentales de esta actitud de resistencia tiene que ver precisamente por cómo las comunidades y los movimientos perciben los fenómenos a su alrededor, cómo logran un sentir colectivo y a partir de este sentir logran moverse y resistir, organizarse y aguantar. Estos sentires frente a la vida y sus conflictos inherentes enmarcan la racionalidad propia de toda acción colectiva. Por ende, la racionalidad instrumental en la cual los movimientos sociales actúan con unos medios para alcanzar determinados fines siempre tiene como base estos sentires de corto y largo plazo que delimitan los ámbitos sobre los cuales hay que moverse y las opciones posibles de acción, otorgándole a esta un significado. De nuevo, no es meramente un cálculo entre costos, riesgos y beneficios realizado por un sujeto abstracto; es un sentipensar de sujetos ubicados culturalmente que, desde sus tradiciones de lucha, sienten el mundo y a partir de este sentir deciden cómo actuar para alcanzar sus objetivos, resultando que tanto los medios como los fines tienen un significado afectivo para el movimiento.
En Colombia, esto lo han hecho a pesar, y muchas veces como producto, de los asesinatos, las amenazas, las desapariciones, la violencia sexual, los desplazamientos, la criminalización de las protestas, entre otras estrategias que los actores armados –legales e ilegales– han desplegado para lograr el control de los actores sociales. Este tipo de acciones, en la lógica de la ontología sentipensante, deben ser vistas no solo como estrategias para conseguir fines de carácter material, sino también con una fuerte intención de generar emociones que permitan el ejercicio del poder; lo que antes hemos denominado como emociones cemento.
Los estudios sobre movimientos en medio de condiciones de alto riesgo (Goodwin & Pfaff, 2001; Reed, 2004;Toro, 2015; Wood, 2001) han mostrado que vencer estas emociones cemento se constituye en un fin fundamental para los movimientos que buscan enfrentar la violencia y la represión por la vía de la movilización social. A la vez, señalan cómo los movimientos deben despertar ciertas emociones que balanceen el miedo (especialmente) de realizar acciones colectivas.
De esta manera, el manejo emocional de las organizaciones sociales en Colombia en contextos de conflicto armado, por las mismas condiciones a las que se enfrentan, se debe concentrar principalmente en:
Vencer el miedo: Frente a la posibilidad palpable de perder la vida o ser objeto de la retaliación de algún actor armado, las organizaciones sociales deben desplegar algunos mecanismos que hagan que el miedo no sea un obstáculo para la movilización. Para este fin trabajan sobre la misma emoción del miedo, ya que es muy poco probable pensar en su completa desaparición. De lo que se trata es de que no se convierta en un paralizante, sino que permita el espacio para otras emociones que puedan favorecer la movilización.
Fortalecer la identidad comunitaria: Esto implica generar un sentido de cohesión y unidad basado en la generación de indignación y la creencia en que el colectivo es lo suficientemente fuerte para enfrentar la situación de violencia. Es vital la generación de confianza en los lazos sociales y en los integrantes de la colectividad, que pudieron haber sido seriamente lesionados por el accionar armado. También pasa por afirmar la fortaleza de la acción social frente a los actores armados, lo que implica la recuperación de la propia dignidad frente a quienes quieren silenciar y encerrar al sujeto político latente en estas luchas.
Potenciar la esperanza: Las organizaciones sociales en contextos de conflicto armado, a pesar de enfrentarse a un ambiente tan adverso, tienen la tarea indispensable de mantener la esperanza en que la acción colectiva puede generar la obtención de los fines y el mejoramiento de las condiciones de vida. Lo fundamental es mantener la creencia en que existe un horizonte de vida mejor y que este horizonte es alcanzable. De no hacerlo, podrán enfrentar la ruptura de las relaciones sociales y un estado de inmovilización total.
Convertir los sentimientos negativos en razones para la acción: Las organizaciones sociales en estos contextos no solo deben romper la inmovilización producida por el miedo, sino saber encauzar esta emoción junto con otras como la tristeza, la frustración, la rabia, la desconfianza, entre otras. El reto que se enfrenta aquí es poder conducir estos sentimientos por medio de las acciones propuestas por la comunidad o la organización, lo que implica a la vez una gran capacidad organizativa para atender todos los espacios de la vida social en los que el movimiento tiene presencia.
Generar rechazo y solidaridad: Aquí de lo que se trata es de generar el rechazo al uso de la violencia contra la población civil. Esta estrategia especialmente intenta trascender los públicos de la comunidad y la organización para, además, producir actitudes y acciones de solidaridad. Principalmente se posiciona a la población como víctima del conflicto y se hacen llamados por la defensa de la vida por parte de actores fuera del territorio en confrontación.
Estas cinco estrategias pueden ser apreciadas, en diferentes medidas, en el siguiente apartado, que analiza evidencia empírica sobre el trabajo emocional desarrollado por tres procesos organizativos en Colombia.
6. LOS DISCURSOS EMOCIONALES DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES EN COLOMBIA FRENTE AL CONFLICTO ARMADO
En este apartado se analizan las producciones discursivas de las tres plataformas de movimientos sociales más importantes del país con el fin de observar las estrategias de trabajo emocional que utilizan. Las tres plataformas analizadas son Marcha Patriótica, Congreso de los Pueblos y la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular. Si bien los dos primeros procesos cuentan con una participación intersectorial de diversos actores como indígenas, afrodescendientes, jóvenes, mujeres, población LGBTI, habitantes urbanos, sindicalistas, entre otros, cada uno agrupa diferentes tendencias políticas de organizaciones sociales de todo el país. La Cumbre Agraria, por su parte, es el proceso de convergencia más amplio de los últimos años de los actores rurales fruto del Paro Agrario del año 2013. En ella se agrupan las principales organizaciones rurales del país como la Organización Nacional Indígena de Colombia, el Proceso de Comunidades Negras, la Asociación Nacional de Zonas de Reserva Campesina, Marcha Patriótica, Congreso de los pueblos, entre otros.
Específicamente se analizan los comunicados públicos de estas organizaciones durante el 2016 y los tres primeros meses del 2017 ante los crecientes hechos de violencia contra líderes y lideresas de organizaciones sociales, que tuvieron un importante crecimiento en este período en comparación con otros años. Se examinan los comunicados precisamente por su objetivo de disuadir a la opinión pública y otros actores frente a la situación de derechos humanos a la que se ven enfrentadas las organizaciones sociales en ciertas regiones del país. Este objetivo se cumple por medio de la alusión de diferentes emociones que buscan denunciar los distintos hechos de violencia, señalar algunos responsables específicos para esta situación, delinear un lugar para el movimiento social en medio de este contexto y generar el apoyo de otros actores. Estos comunicados son un ejemplo de las estrategias de trabajo emocional que utilizan las organizaciones sociales principalmente orientadas hacia el público del movimiento y una muestra de cómo la liberación cognitiva, va de la mano de la liberación emocional.
Durante 2016, año en el que se da la firma de un acuerdo entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las FARC-EP para darle una solución política al conflicto armado entre las partes y que tendrá que ser renegociado posteriormente ante el triunfo del NO en el plebiscito refrendatorio de dicho acuerdo, se presenta un aumento de las agresiones que acabaron con la vida de líderes y lideresas sociales que defienden los derechos humanos en el país. Según el informe anual del Programa No Gubernamental de Protección a Defensores de Derechos Humanos, “durante 2016, 481 defensores y defensoras fueron víctimas de agresiones que pusieron en riesgo su vida e integridad y/o obstaculizó la labor legítima y legal de defensa de los derechos humanos en Colombia” (Programa Somos Defensores, 2017a: 26). A esta cifra la acompaña la alarmante observación de que en promedio durante 2016 un/a defensor/a de derechos humanos fue atacado/a cada día en el país (Programa Somos Defensores, 2017a). Las agresiones cometidas más recurrentes son asesinatos, atentados, amenazas, detenciones arbitrarias, desapariciones, robo de información, uso arbitrario del sistema penal y violencia sexual. Especialmente alarma el aumento de asesinatos de líderes (se presentaron 80 asesinatos, 17 más que en el 2015) y de los atentados (se pasó de 35 a 49 casos).
Los principales responsables de estas agresiones son los grupos paramilitares (66%), actores desconocidos (25%), la Fuerza Pública (8%) y en menor medida las guerrillas (0,1%) (Programa Somos Defensores, 2017a). Esto explica por qué con la concentración de las FARC-EP para su proceso de reincorporación y el inicio del proceso de diálogos con el ELN, las agresiones se hayan aumentado, puesto que otros actores son los principales responsables. En especial, los grupos derivados del paramilitarismo han establecido como estrategia el copamiento de los territorios dejados por las FARC-EP, lo que ha implicado un aumento de la violencia por parte de ese grupo contra la población civil.
Como se puede apreciar en el cuadro 1, el 2016 es el año con mayores asesinatos de defensores/as de derechos humanos durante los gobiernos del presidente Juan Manuel Santos, que en total alcanza una cifra de 426 defensores/as asesinados durante este período. Este cuadro también nos permite observar la sistematicidad de las agresiones contra líderes y lideresas sociales, lo que pone de manifiesto el alto riesgo de esta labor en el país.

En el primer trimestre de 2017, las cosas no mejoraron. Todo lo contrario, puesto que se dio un aumento para los asesinatos, los atentados, las amenazas y las detenciones arbitrarias comparadas con el mismo período para 2016, con un saldo hasta finales de marzo de 193 líderes defensores y defensoras víctimas de algún tipo de agresión, incluyendo 20 líderes asesinados (Programa Somos Defensores, 2017b).
Teniendo en cuenta este panorama de agresión sistemática a los movimientos sociales en Colombia, es entendible por qué las tres plataformas analizadas no solo cuentan dentro de sus estructuras organizativas formales con comisiones especializadas en los derechos humanos, sino que uno de sus repertorios más recurrentes consiste en la realización de comunicados públicos que denuncian las agresiones de las que son víctimas. Esta parte se concentra en el contenido emocional de dichas producciones discursivas. Aquí vale la pena señalar, siguiendo a Bolívar (2006), que los discursos emocionales son tipos particulares de los discursos políticos caracterizados por el recurso a distintos elementos retóricos desde una legitimidad basada en lo que se siente. Estos discursos resaltan lo que los actores sintieron en una determinada situación, siendo sus motivaciones para actuar o no, no solo como un medio para comunicar las emociones del propio actor sino para generar en su receptor sentimientos particulares, por medio de la calificación de otros actores o situaciones.
Centrándonos en el análisis, un elemento fundamental para comprender el marco de agresiones a líderes y lideresas sociales en Colombia tiene que ver con las intenciones de estas agresiones. En especial, las amenazas –que son la principal forma de agresión contra defensores/as de derechos humanos en el país– recurren fuertemente a la manipulación emocional de las organizaciones sociales por parte de los actores armados que las profieren o que cometen cualquier otro acto de agresión. Precisamente, en algunos comunicados se visibilizan parte de las amenazas que llegan a las organizaciones, lo que podría interpretarse como un recurso en estas producciones discursivas para generar empatía por parte del público al que va dirigido. Es el caso de un comunicado del Congreso de los Pueblos en el que se repudian las amenazas contra un líder social de la costa caribe por parte de grupos paramilitares:
“No les advertimos mas [sic] o dejan sus actividades terroristas y se van de la ciudad o los volvemos picadillo los tenemos ubicados y en la mira. No vamos a permitir que vuelva el terrorismo a invadir las tierras de la gente de bien y a oponerse al progreso y la prosperidad de la región” (Congreso de los Pueblos, 19 de enero de 2016).
Las amenazas a la integridad física de líderes e integrantes de organizaciones sociales específicas, e incluso los actos en los que se materializan dichas amenazas, buscan principalmente infundir miedo al interior de los movimientos sociales con el objetivo de frenar sus acciones en determinados territorios al poner en riesgo la vida de quienes se movilizan y, de esta manera, aumentar los riesgos de la acción colectiva. A la vez, buscan advertir sobre la capacidad de un actor para controlar la vida de la población en una determinada región. En definitiva, se trata de generar emociones que inmovilicen, lo que anteriormente hemos llamado emociones cemento.
Frente a estas emociones cemento promovidas por los actores armados, las organizaciones sociales realizan sus propias estrategias de trabajo emocional. Una de ellas se advierte en la manera en que en algunos comunicados abundan las descripciones sobre los hechos generalizados de violencia que se viven en algunas regiones específicas del país y retratan un sentir colectivo derivado de esta situación. Aquí es importante señalar que en los discursos emocionales no solo se deben analizar las emociones que son mencionadas literalmente en las producciones discursivas, sino también los sentimientos que busca despertar en la manera en la que se relatan hechos y se construye todo un mundo narrativo que, en últimas, busca despertar en el receptor de los mensajes determinadas emociones. De tal manera, en los comunicados analizados se relata un ambiente de miedo e incertidumbre dentro de las poblaciones víctimas de estas agresiones, de manera que el lector pueda “ponerse en los zapatos” de los afectados. Es lo que puede observarse en el siguiente apartado de un comunicado de la Cumbre Agraria en el que se denuncian las acciones de la Fuerza Pública en torno a las concentraciones campesinas desarrolladas en la jornada de protestas denominadas como Minga Nacional Agraria:
“El asedio a los campesinos ya en los lugares de hospedaje como cambuches y sitios de dormida por parte del Ejército Nacional ha generado un gran temor en los manifestantes de lo que pueda ocurrir en los próximos días, como en el caso de Santander y Boyacá. Se han realizado sobrevuelos en puntos de concentración, perifoneos disuasivos contra las comunidades por parte del mismo Esmad y del Ejército Nacional que han realizado toda una contracampaña desinformativa a través de panfletos repartidos masivamente en comunidades enteras con la consigna ‘Pare el paro’” (Cumbre Agraria, 31 de mayo de 2016).
Lo mismo se evidencia en este comunicado del Congreso de los Pueblos en el que se denuncian las condiciones del asesinato de un campesino en medio del desembarco de tropas del Ejército en un batallón:
“(…) quien resultó herido y posteriormente rematado, por uno de los militares dentro de su propia vivienda, según lo relataron los pobladores de la zona, quienes afirmaron que el señor Rincón se abrazó a su hijo pidiendo que no lo asesinaran” (Congreso de los Pueblos, 14 de septiembre de 2016).
Estas descripciones suelen ir acompañadas de la afirmación de las comunidades y las organizaciones sociales como víctimas del conflicto armado por la vulneración que se realiza a sus derechos fundamentales, lo que enfatiza aún más la identificación del lector con quienes sufren las agresiones para buscar un sentimiento de injusticia:
“Exigimos al gobierno nacional y a las instituciones del estado cesar inmediatamente la persecución a los líderes sociales y populares, que además de verse enfrentados a las constantes amenazas, asesinatos y desapariciones, además están siendo señalados, estigmatizados y enfrentados a montajes judiciales” (Congreso de los Pueblos, 22 de abril de 2016).
Un punto importante, que busca fortalecer la cohesión interna y la persistencia en la acción, son las constantes peticiones y expresiones de solidaridad y apoyo (mencionado más como acompañamiento) a las víctimas de los hechos de violencia, lo que se puede observar en el siguiente comunicado de la Cumbre Agraria en el que envía un mensaje de apoyo a las familias de los líderes y lideresas asesinados por todo el país:
“Extendemos nuestro saludo de solidaridad, compañía y consuelo a las familias de las víctimas de estos hechos, toda nuestra tristeza por esta incalculable perdida, qué será motivo para no desfallecer en el propósito de paz que nos ha convocado” (Cumbre Agraria, 20 de noviembre de 2016).
Se fortalece así emocionalmente a las organizaciones afectadas y a la vez es una manera de pedir acciones por parte de otros actores de la sociedad civil y, en especial, de los organismos internacionales presentes en el país. Esto se ve acompañado del tono de urgencia que generalmente se le da a los comunicados, lo que se ejemplifica en el siguiente pronunciamiento de Marcha Patriótica ante el atentado realizado en contra de una de sus voceras nacionales:
“Llamamos a la comunidad nacional e internacional a exigir el respeto a la vida de Piedad Córdoba y su evacuación urgente de la ciudad de Quibdó, así como medidas efectivas de parte del gobierno para poner fin a esta noche de terror paramilitar que hoy enluta a Colombia” (Marcha Patriótica, 1 de abril de 2016).
El rechazo y el repudio son las emociones más recurrentes en los comunicados, pues se genera una desaprobación frente a los hechos de violencia contra líderes y lideresas sociales, junto con la preocupación por el escalamiento de estas agresiones sin que se realicen medidas para frenar estos actos:
“El Movimiento Social y Político Marcha Patriótica rechaza el asesinato del campesino, defensor de Derechos Humanos e integrante de Marcha en el Cauca JHON JAIRO RODRÍGUEZ TORRES en el Municipio de Caloto al norte de este departamento. (…) A la Marcha Patriótica le surge una inmensa preocupación por la situación de derechos humanos en el norte del Cauca, pues a pesar de las denuncias constantes y las reuniones con las autoridades civiles y militares de esta región, no se han tomado medidas que prevengan la persecución contra las organizaciones sociales y políticas” (Marcha Patriótica, 1 de noviembre de 2016).
La indignación se percibe de manera latente dentro de los discursos emocionales de estos actores. Lo está como un sentimiento generado dentro de las organizaciones por la inoperancia del Estado frente a los hechos de violencia y el contraste con su efectividad para judicializar a líderes y lideresas sociales, y a la vez, como un estado emocional al que se conduce al receptor del discurso al señalar la incoherencia de las acciones estatales y la falta de reconocimiento de la sistematicidad de los actos violentos. La Cumbre Agraria se refería de la siguiente manera frente a las irregularidades en la judicialización de varios/as líderes/as sociales en el sur del departamento de Bolívar:
“El Gobierno y el Estado ante esta situación de violación a los derechos humanos, se han mostrado indolentes, y sus respuestas ha sido ineficaces, insisten en negar y desconocer que esta situación sea sistemática y producto de la agudización del paramilitarismo en varios territorios del país, tal y como lo atestiguan las propias comunidades. Sumado a ello, ahora son las propias instituciones del Estado, en esta oportunidad la Fiscalía, quienes nos señalan y judicializan, con argumentos contrarios a derecho, lo que demuestra que existe una persecución política” (Cumbre Agraria, 29 de marzo de 2017).
Derivado de lo anterior, es común el sentimiento de desconfianza de las organizaciones sociales con respecto a la voluntad de las instituciones estatales para ofrecer medidas de seguridad efectivas para líderes y lideresas, así como para perseguir y judicializar a los responsables de las agresiones en su contra.
Frente al miedo, la tristeza u otros sentimientos generados por las agresiones, posicionan sentimientos de esperanza y perseverancia, como contraemociones canalizadas a través de la movilización social:
“Queremos decirle que no vamos a aflojar y que a pesar de todo este tratamiento de guerra nos vamos a sostener y vamos a seguir exigiendo los cambios requeridos para el sector agrario nacional” (Cumbre Agraria, 31 de mayo de 2016).
“Frente a quienes anuncian y celebran la muerte, declaramos que continuaremos nuestro trabajo incansable y cotidiano de construir un país en paz con justicia social. Nuestra esperanza en la posibilidad de una Colombia donde el pensar diferente no se castigue con la muerte, se mantiene intacta” (Marcha Patriótica, 10 de marzo de 2016).
En este apartado se ha puesto de manifiesto cómo las diversas estrategias emocionales delineadas en la tercera y la cuarta parte de este texto cobran materialidad por medio de un repertorio de acción de los movimientos sociales colombianos contra la confrontación armada y las agresiones a líderes y lideresas sociales, como son las denuncias por medio de comunicados públicos. En especial la búsqueda de empatía, la generación de solidaridad y apoyo con las víctimas, la generación de indignación y rechazo por las situaciones presentadas, la difusión de sentimientos de preocupación, y la transformación del miedo y la tristeza en esperanza y perseverancia en las acciones colectivas, son las principales estrategias emocionales a las que recurren las plataformas de organizaciones sociales en Colombia. Estas estrategias se dan dentro de marcos de interpretación más amplios que señalan unos responsables de las acciones (principalmente grupos paramilitares y el Estado), le asignan el lugar de víctimas a las organizaciones sociales, buscan ganar apoyos de otros actores políticos y sociales y visibilizar frente a la opinión pública la delicada situación de violencia que se vive en varias regiones.
A tenor de lo expuesto, el trabajo emocional de los movimientos sociales no se reduce solo a producciones discursivas; al contrario, las prácticas mismas de las organizaciones sociales pueden jugar un papel fundamental para influir en una u otra dirección sobre los sentires de sus integrantes y sus públicos.
7. CONCLUSIONES
Si bien desde hace dos décadas las emociones vienen siendo un campo de estudio fructífero para el estudio de los movimientos sociales, principalmente en los países del Norte, la indagación por este elemento de las acciones colectivas todavía está en deuda en América Latina y especialmente en Colombia. En este artículo se ha propuesto la idea de una perspectiva sentipensante como punto de partida para renovar los análisis de las acciones colectivas en contextos de conflicto armado, en especial, pero también como base del estudio de las acciones sociales en general.
Ignorar las emociones y la manera en la que están conectadas con estrategias de carácter más cognitivo y racional, es perder de vista gran parte de la realidad social y de la manera como los actores sociales se organizan y se mueven. No estamos únicamente ante una observación para la construcción de conocimiento académico, sino para las estrategias políticas que desarrollan este tipo de actores.
El contexto de conflicto armado, en el cual se han desarrollado los movimientos sociales en Colombia, reclama precisamente ir más allá de los modelos tradicionales de elección racional, que dejan por fuera elementos esenciales para poder comprender la existencia de movilización social a pesar de la violencia generalizada de los actores armados contra la población civil y las organizaciones sociales. En un país en el que la violencia ha marcado el ritmo de la historia y ha permeado las memorias colectivas de una manera tan trascendental se hace necesario comprender qué subjetividades se han construido para que la movilización social no haya quedado ahogada en un río de sangre. Las organizaciones sociales y las comunidades en movimiento del país han sobrevivido como hicoteas a los embates del conflicto, desarrollando un caparazón duro que permite renacer cada vez que las condiciones así lo permiten. Esto lo han hecho sentipensando en medio del fuego cruzado y he ahí la importancia de entender esa historia, que ha sido la de millones de víctimas, la de varias generaciones y que hoy nos hace precisamente no perder la esperanza. Los acuerdos de negociación con los grupos insurgentes son un paso fundamental para acabar de una vez por todas con la violencia como arma política en el país; sin embargo, lo que hoy estamos presenciando es un aumento de la violencia política contra los movimientos sociales. De ahí que las organizaciones sociales del país, desde el profundo dolor que produce la muerte de tantos líderes y lideresas alzan como consigna de alerta y esperanza: ¡Que la paz no nos cueste la vida!
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Marcha Patriótica (2017). No callemos ante el genocidio. 25 de enero de 2017.
Marcha Patriótica (2017). Rechazo a la captura de los líderes de los camioneros y solicitud de garantías a la protesta. 16 de febrero de 2017.
Marcha Patriótica (2017). Señor Fiscal: su actitud contra la paz cuesta vidas humanas. 17 de febrero de 2017.
Marcha Patriótica (2017). Defendamos la vida ¡No más atentados contra líderes y lideresas sociales! 21 de febrero de 2017.
Marcha Patriótica (2017). Solidaridad con la compañera Piedad Córdoba Ruiz. 31 de marzo de 2017.
Notas
Notas de autor
Información adicional
Formato de citación: Robayo Corredor,
A. (2017). “'Que la paz no nos cueste la vida': el trabajo
emocional de los movimientos sociales frente a la guerra en
Colombia”. Aposta. Revista de Ciencias Sociales, 74, 204-240, http://apostadigital.com/revistav3/hemeroteca/arobayo.pdf