Estrategias de madres solas afectadas por la crisis a la luz de las nuevas sociologías singularizadas
Strategies of single mothers affected by the crisis in the light of the new individualized sociologies
Estrategias de madres solas afectadas por la crisis a la luz de las nuevas sociologías singularizadas
Aposta. Revista de Ciencias Sociales, núm. 77, pp. 177-206, 2018
Luis Gómez Encinas ed.
Recepción: 22/09/2017
Aprobación: 27/11/2017
Resumen: Como testimonio de una sociología aplicada al nivel local, el objeto de esta propuesta se focaliza en las familias de madre sola en situación de vulnerabilidad que han recurrido en los últimos años a los Servicios Sociales de Inclusión. La persistencia de la crisis las ha abocado a la precariedad vital debiendo afrontarla con las desventajas asociadas a su monoparentalidad. Las situaciones que conllevan dichos trayectos biográficos justifican un acercamiento desde una metodología cualitativa mediante entrevistas y, sobre todo, con grupos de discusión desarrollados como grupos de trabajo, permitiendo la expresión de los problemas y posibilidades existentes. Se muestra que ante situaciones objetivas similares se movilizan medios con carácter singular con el fin de conseguir el bienestar necesario. Ello es relevante porque autónomamente combinan los recursos existentes, o recreados, mostrando el camino a las actuaciones públicas y porque implican un gran trabajo sobre sí y sus hijos, promoviendo referentes socio-relacionales hacia el exterior, extrospectivos, que facilitan formas de auto-reconocimiento social.
Palabras clave: Estrategia vital, trabajo sobre sí, singularidad existencial, situación objetiva, subjetividad.
Abstract: As a testimony of Sociology applied to a local level, this proposal is focused on the single-mother families in situation of vulnerability that, over the last years, have begun to resort to the Social and Inclusion Services. The persistence of the economic crisis has led them toward a vital precariousness confronted to disadvantage associated to them single parenthood. The situations and singularities entailed by those biographical routes justify a qualitative approach through interviews and, most of all, through focus groups developed as working groups that enable to express the existing problems and opportunities. The study shows that in front of similar objectives situations, resources are mobilized with the aim of getting the necessary welfare. This behaviour is relevant because it automatically combines the existing -or recreated- resources, paving the way for public intervention. But this is also significant because it means a big work over themselves and over their son’s selves, fostering socio-relational models towards, extrospectives, that provide social self-awareness.
Keywords: Vital strategy, work over oneself, existential singularity, objective situation, subjectivity.
1. INTRODUCCIÓN: ¿POR QUÉ LAS MADRES SOLAS?
El propósito del presente artículo es mostrar el planteamiento, desarrollo y resultados de una investigación sobre madres solas y sus hijos que han accedido a los servicios sociales de inclusión, sustantivando las aportaciones de una sociología práctica que llega hasta la intervención y, al mismo tiempo trata de plantear algunas reflexiones y las consiguientes propuestas de actuación ulteriores. Hemos entendido a las familias monoparentales no tanto a partir de los limites convencionales de edad (por ejemplo, madres con hijos menores de 18 años), como de la dependencia de los hijos respecto a las madres solas (Barrón, 2002: 15), focalizando nuestra atención en aquellas en situación más vulnerable que han recurrido en estos años de la crisis a los servicios sociales de inclusión. Para ello, nos hemos situado más allá de la atención habitual que tiene lugar en los mismos, tratando de profundizar, primero, en la comprensión de los retos que deben afrontar en su vida cotidiana (Almeda et al., 2016: 62; Martuccelli, 2013: 77), profundizando, después, en una línea de trabajo consecuente más adaptada y ajustada a sus necesidades desde el proceso de vulnerabilidad profunda en el que se encuentran. De la misma forma, siguiendo criterios de enfoque de género y de mera extensividad (ya que más del 80% son llevadas por mujeres) y ante la evidencia de la creciente concentración de la pobreza que afecta más, si cabe, a estas madres solas, hemos optado por concentrarnos en dichas familias monoparentales femeninas más vulnerables (Madruga y Mota, 2000), excluyendo la comparación con la creciente presencia de “familias de padre solo”. A la luz de otras y de esta investigación, se trata de volver a poner de manifiesto las mayores dificultades de gestión de los tiempos laborales y personales que son determinantes para una menor disposición, precisamente, de recursos de tiempo, laborales y de ingresos (Almeda et al., 2016: 46).
Al unir el conocimiento proporcionado por las aproximaciones objetivas sobre su desprovisión social y económica con la propia observación directa, se han constatado en la crisis procesos acrecentados de vulnerabilidad que afectan tanto a las madres como a los hijos sin que las prestaciones y recursos habituales apenas estén alcanzando a paliar sus efectos (Asiego y Ubrich, 2015). Desde la perspectiva que evidencia un proceso de feminización de la pobreza, podemos observar que a la acumulación de tareas en el ámbito privado y público se añade la fragilidad social a la que aboca el subempleo, el desempleo y la consecuente precariedad social (Pearce, 1978). En última instancia, para aquellas mujeres con menos capitales sociales, formativos y económicos, como es el caso, está suponiendo el trayecto por el circuito de las prestaciones no contributivas propias de los servicios sociales de inclusión, que contrastan con programas universales siempre con un carácter más preventivo y protector (Getz, 2012). Llevado a la vida cotidiana significa un constante vivir al día, un proceso de supervivencia social y económica prolongado, estresante y tenso, no suficientemente reconocido, que provoca el debilitamiento de vínculos sociales, de la subjetividad y de la tenencia interior de estas madres, afectando también a sus hijos e hijas (Flaquer, Almeda y Navarro-Varas, 2006: 108).
1.1. SITUACIÓN Y OBJETIVOS
Es palpable que el paso por el espacio asistencial tiene efectos contradictorios que están en la base de las preocupaciones de este trabajo. Por un lado, la atención institucional familiar y personal recibida supone un alivio en el desmantelamiento progresivo de la relativa seguridad social y económica que estas madres solas y sus hijos, en el mejor de los casos, tenían antes de la crisis. Había acumulación de tareas en soledad entre la responsabilidad familiar (educación, socialización, mantenimiento del ámbito interno) y el desarrollo de cometidos en el ámbito público (empleo, relaciones sociales, acompañamiento escolar de los hijos, etc.) pero con una cierta estabilidad que, antes o después, se ha visto truncada: desempleo prolongado y/o trabajos en extremo precarios y, al mismo tiempo, cambios de los frágiles equilibrios vitales alcanzados esforzadamente en solitario. Al fondo, con varios años de acrecentamiento de la inseguridad y la precariedad social en sus vidas, solo quedan los servicios sociales asistenciales (Arenas, 2016: 31). Empero, el paso por estos dispositivos de ayuda es controvertido porque supone un proceso de estigmatización como receptoras de bienes (ellas y sus hijos) desde la parte de la sociedad que puede contribuir y tiene a bien aportarlos (Paugam, 2007: 72). A esto se une que las prestaciones recibidas son claramente insuficientes para revertir el recorrido hacia la vulnerabilidad y volver al espacio de la integración sea económica o social. Desde la irrupción de la crisis, la fragilidad social de estas familias de madre sola más vulnerables ha determinado una presencia creciente en los servicios sociales de inclusión y, una vez abocadas a ello, el riesgo es la permanencia prolongada en un espacio continuo de precariedad en el que las rentas mínimas y los servicios recibidos permiten evitar la exclusión social, pero no son suficientes para salir del territorio de la vulnerabilidad y volver al espacio del bienestar según los estándares de vida habituales (Hamzaui, 2005: 65). Tales niveles de erosión social son percibidos por la sociedad y sobrellevados por las madres solas y sus hijos, que intentan adaptar sus estrategias de vida y supervivencia a la falta de apoyos que les atenaza (Martuccelli y De Singly, 2012: 33).
En ese contexto se sitúan los objetivos que contemplamos en este artículo: 1) se trata de mostrar a escala humana el trabajo realizado por las madres solas con más dificultades sociales que, como último recurso, han llegado a los servicios sociales de inclusión con lo que ello implica y supone. Frente al estigma social de la asistencia e insuficiencia de las prestaciones habituales, 2) se presentan alternativas a las inercias institucionales mediante otros enfoques más cercanos y comprensivos (Di Nella, Almeda y Ortíz, 2014: 186). Al mismo tiempo, 3) se proponen interacciones y comunicaciones con estas familias más adaptadas a sus disposiciones y a sus necesidades, para lo cual ha sido fundamental 4) la participación de las madres hablando y aportando testimonios vitales que también expresan las soluciones y estrategias de afrontamiento desarrolladas en sus vidas (Almeda et al., 2016: 60; Touraine, 2005: 190).
El resultado ha sido un trabajo de acción e investigación, que lleva, a su vez, al tratamiento reflexivo posterior de las informaciones y textos obtenidos dando paso a la formulación de algunas conclusiones y propuestas de actuación.
1.2. APORTACIONES DESDE UNA SOCIOLOGÍA DE LA SINGULARIDAD
Al hilo de este proceso, nuestro interés es demostrar la acrecentada necesidad de la reactivación de una sociología de la acción que contribuya a acercar el proceso de intervención a las ciencias sociales, por referencia a una escala singularizada. Así, hemos utilizado perspectivas y métodos nacidos al abrigo de aportaciones sociológicas que de no haber existido habrían cambiado sustantivamente el trabajo de intervención realizado en el que se basa este artículo.
En coalición con dicha apertura sociológica, aunque ya en un plano más interpretativo y conceptual, creemos necesario tratar de hacer emerger las relaciones entre los procesos de individuación social con una nueva sociología de los individuos y la conveniencia de abordar los procesos de intervención social evitando el aislamiento individual objetivista de tipo introspectivo más frecuente en los servicios de inclusión. Una apuesta que intenta reconocer cómo en la vida social las capacidades de decisión y elección (desiguales) están profundamente arraigadas; si bien vistas desde una perspectiva más relacional y extrospectiva que dirigida a la arquitectura interior de los individuos. Por tanto, personas vistas poniendo en relación los fenómenos sociales con las experiencias individuales (Martuccelli, 2010: 178 y 203).
Desde una perspectiva sociológica, pretendemos evidenciar las resonancias que se encuentran en cómo la “sociedad de los individuos” confluye con la mayoritaria atención individual dispensada, en general, y, en particular, en la atención con pretensiones inclusivas pero que a la postre refuerzan enfoques metodológicos que profundizan en intervenciones aisladas. La consecuencia es la descontextualización de los problemas y, en su caso, los mismos logros sociales conseguidos (Arenas, 2013: 6). Hablamos de mantras reforzadores como la activación, la intervención personalizada, la aplicación de técnicas de intervención “sencillas” o el trabajo socio(laboral) personalizado que, muy a menudo, se practican como mera atención individualista condicionada, responsabilizando absolutamente de los resultados a los actores sociales. Se olvida así que la preeminencia de lo personal y de la singularidad individual, como estructuración social novedosa, solo es posible a partir de la presencia de configuraciones institucionales colectivas sólidas de bienestar que matizan al mercado y permiten dichas elecciones, si bien desde planos desiguales (Brady and Burroway, 2012; Lahire, 2005: 275).
Más allá de una determinación estructural externa o una visión donde el interior de los individuos alee la vida social, es menester señalar que cuando las personas tienen más posibilidades y necesidad de elegir o estructurar la sociedad (y tienen esa creencia), y no tanto ser afectadas por dispositivos heterónomos colectivos, es preciso que una nueva macrosociología, pero a escala de las personas, afronte dicho reto, proveyendo de explicaciones y métodos. En suma, procesos de intervención social que se aproximen más a las disposiciones incorporadas del pasado, pero también a lo que las personas pensamos y vivimos y deseamos cotidianamente (Santiago, 2015: 141).
2. METODOLOGÍA
El trabajo se ha desarrollado contrastando las diferentes investigaciones sobre familia y, en concreto, sobre la familia monoparental. Por un lado, es reconocible una esfera objetiva estructural, que ha empujado a las mujeres más vulnerables y a sus familias hacia la desvinculación social y económica, junto a otra esfera subjetiva de carácter singularizado que contempla cómo afrontan dichas dificultades y cómo las compensan con eventuales soluciones que van explorando. Así, se dan los pasos para que dicha relación puede ayudarnos a comprender las medidas de intervención y los apoyos a contemplar, excluyendo acciones de bienestar que se traduzcan en iniciativas cuyo peso solo recaiga en cada una de ellas, en sus supuestas faltas personales y de género, castigando así la vulnerabilidad social de la que no son responsables (Alonso y Fernández, 2013: 85). Esto ya implica que su participación tendrá que ser contemplada poniendo los medios necesarios para que puedan volver al ejercicio pleno de sus derechos. Los procesos de subjetivación y singularización, por los que aquí apostamos, no son equiparables a la responsabilización y culpabilización a que se suele someter a los actores sociales cuando las pruebas colectivas no pueden ser superadas, o lo son con dificultades, por los mismos.
Una vez aclarados dichos equívocos, el desplazamiento metonímico “a una sociedad de los individuos le corresponde una intervención individualista” es cuestionable al suponer una responsabilización desmedida y desorientada, donde conceptos como personalización y acompañamiento actúan como reforzadores de dicha ecuación (Laval y Dardot, 2013). En ese sentido, se diseñó una metodología grupal y discursiva que, además de requerir la observación directa en situación, propició que las mujeres pudieran enunciar sus propósitos y objetivos, sus querencias y opiniones, pasando a ser sujetos del proceso (Canales y Peinado, 1994).
2.1. EL GRUPO DE MADRES SOLAS COMO GRUPO DE TRABAJO
El proceso de investigación, comprensivo y realizativo, se desarrolló con 17 madres solas que habían sido atendidas en un centro de servicios sociales de zona, de la ciudad de Avilés, y que, desde su consentimiento informado, decidieron participar mediante sus aportaciones discursivas y narrativas. En esta fase del proceso metodológico, que incluyó la participación de diversos profesionales (trabajadoras sociales, educadoras y psicólogas), se diseñó el grupo de madres solas a fin de aprovechar sus principales ventajas epistemológicas y metodológicas como técnica sociológica. Consistió en un grupo de discusión repetido en el tiempo (de febrero a junio de 2015) y casi siempre compuesto de las mismas personas a partir de la diversidad social posible: diferentes edades, nacionalidades, motivos de monoparentalidad e, incluso, niveles de instrucción. Se efectuaron diez sesiones grupales con una periodicidad bisemanal en un equipamiento público no connotado de la carga simbólica que implica la atención más instrumental y urgente en los servicios sociales. El material discursivo obtenido fue convenientemente registrado para su posterior análisis.
Con el grupo, se trataba de que a través del contacto y el compromiso de personas que viven situaciones comparables pero específicas, se podían crear vínculos que ayudaran a llevar mejor la situación de madre sola y las dificultades encontradas, dando también la oportunidad de expresar cómo resolver los retos que iban encontrando. Al establecer esta dinámica grupal, se pretendía abordar el aislamiento al que muy a menudo están abocadas estas madres con menos recursos, una desvinculación precipitante de sentimientos de fracaso personal que dificulta más aún su existencia. De esta forma, los problemas reales de su situación monoparental podían mejorar con la comunicación, el aliento recíproco y las formas con las que tratan de superar las pruebas acumuladas que soportan (Almeda et al., 2016: 63) . Por otro lado, diseñar y desarrollar un grupo estable de estas características supone asumir una postura metodológica e ideológica que implica un cambio en la concepción de las personas, de las situaciones y relaciones que viven. Un cambio que trata de ir desde una perspectiva de déficit a otra de expresión y observación de sus capacidades, en la línea de una sociología que trate de vincular las influencias estructurales con las estrategias de cada mujer y el trabajo sobre sí mismas (Rojas, 2013). En definitiva, incorporar los principios de autonomía y confianza de forma que ayudasen a mejorar su (auto)consideración social, a fomentar unas relaciones basadas en la igualdad y la responsabilidad compartida, y a favorecer un espacio comprensivo que, además, podía ser analizado discursivamente. En otro sentido, sin pretender borrar ilusoriamente las diferencias de posición entre las/os profesionales y las madres solas, también se pensaba que un grupo de esta naturaleza era el mejor antídoto contra la exclusividad profesional y experta facilitando el que las personas pudieran opinar y ser escuchadas.
La finalidad última era reformular y reconstituir la información aportada lanzando nuevas propuestas de protecciones pero también de reconocimiento social que mejoraran la situación de madres e hijos (Paugam, 2012: 5). Por tanto, tratar de ir más allá de la constitución comprensiva del grupo como forma de obtención de conocimiento disposicional y relacional, siendo un medio construido en el proceso para la mejora y empoderamiento vital y social.
Para socializar el discurso y las experiencias vividas, es decir, las mujeres contando y contándose, hemos ido del individuo al grupo discursivo pero después de dicho sedimento comprensivo hemos vuelto de nuevo a la singularidad de los actores. Es preciso hacer notar que a través de las relaciones con los otros (en este caso en el grupo) es como podemos constituirnos en actores singulares capaces de decidir y percibirse de forma autónoma (Touraine, 2005: 178). Así pues, también hemos tratado de perfilar analíticamente las singularidades relevantes de las mujeres a modo de tipos contrastados emergentes desde el proceso grupal. En ese sentido, los bagajes, situaciones e iniciativas que a partir de aquí se analizan no deben ser vistos como generalizaciones grupales sino como la expresión de combinaciones singularizadas de prácticas sociales, como soluciones provisionales ante los espacios específicos de salida sobre el contexto y el pasado incorporado de los actores sociales, de las mujeres participantes (Martuccelli, 2010: 55).
3. RESULTADOS
En estos resultados se presentan las aportaciones que estimamos más significativas, desde los principales ejes discursivos observados tratados en el grupo. Como suele ocurrir con el material empírico cualitativo, hay una gran potencia comprensiva a lo largo del texto con respecto a los diferentes temas que las madres solas van expresando sobre sus vidas.
En las primeras sesiones les embargaba un acusado sentimiento de inseguridad provocado por la duda sobre “si estaban haciendo las cosas como deben de hacerse”, especialmente en lo que se refiere a la educación de los hijos. En ese sentido, el hecho de formar parte del grupo, de trabajar en su seno, y de poder tomar la palabra, supuso para ellas un refuerzo casi inmediato facilitando una mayor confianza. El encontrarse con otras personas que tenían retos vitales relativamente parecidos, pero vividos singularmente por cada una de ellas, supuso una identificación básica que actuó como eje vertebrador para provocar una conversación significativa. En ese contexto, en ocasiones el habla fue monopolizada temporalmente por alguna de las participantes, hasta que de nuevo se reconducía al grupo. Así, tuvo lugar un intercambio de experiencias, de opiniones, de soluciones que enriquecen al conjunto pero también expresan la experiencia de cada una de ellas, como testimonio de la reafirmación de su singularidad personal (Dubet, 2013: 115).
La interpretación se desarrolla, dentro de las principales áreas de interés que estructuran objetivamente su trayecto vital, al nivel institucional, y que tienen su traducción en las acciones emprendidas a escala de las personas.
3.1. EDUCACIÓN Y SOCIALIZACIÓN DE LA INFANCIA
El principal problema manifestado en las conversaciones es una sobrecarga de cometidos entre los mundos interno y externo que difícilmente puede abordarse desde las posibilidades y capacidades de una sola persona. El peso moral y material que recae enteramente en ellas, conlleva un conjunto de obligaciones y responsabilidades, ejercidas sin descanso, que se centran, sobre todo, en los hijos y que por momentos llegan a ser inabordables. Dicha sobrecarga dificulta el equilibrio emocional necesario para mantener el ánimo suficiente requerido, sin contar con apenas apoyo.
“No puedo permitirme ni siquiera estar enferma porque ¿qué pasa con la niña?”
La proyección y realización de la mayoría de las acciones en solitario, constituye un riesgo en situaciones de emergencia que acaba provocando una inquietud casi constante con la que deben aprender a convivir. Cuando dichas situaciones extremas han acontecido, algunas manifiestan que han debido recurrir a familias de acogida para sus hijos/as. A medio plazo, dicha incertidumbre vital llega a provocar episodios de ansiedad, depresión, trastornos alimenticios o alteraciones en el sueño, entre otros. El peso de un sentimiento de culpa por “no poder con todo” es una constante. Hay miedo a que tal carga interfiera negativamente en la educación y socialización de sus hijos: "Notan todo lo que te pasa”. En estas circunstancias señalan la gran dificultad para la estabilización de autoridad y pautas hacia ellos.
“Mi hija me dice que soy tonta, que no tengo personalidad… Es verdad, él [otro hijo] hace conmigo lo que le da la gana. Yo quiero cambiar eso pero no puedo.”
En el ámbito escolar atisban una diferencia relacional en comparación con otras familias ya que se sienten tratadas de forma (in)diferente, y ello es causa de que establezcan una relación distante con el centro educativo de sus hijos (Almeda et al., 2016: 60).
“No nos sentimos tratadas igual que los demás. No somos familias perfectas.”
Por tal motivo, tienden a ir solo de manera ocasional, sin participar en las reuniones habituales con el resto de padres. Así, la escasa vinculación y participación de las madres con los centros escolares tiene dos causas fundamentales: por un lado, tiende a justificarse en la sensación de aislamiento que perciben en los encuentros y reuniones con respecto al resto de padres; y, por otro lado, por la diferencia que dicen percibir, dependiendo de los colegios, a la hora de ser acogidas con respecto a las otras familias. Todo esto unido a un cierto olvido institucional y social de sus condicionantes de monoparentalidad en solitario (sobrecarga, desigualdad temporal, ausencia de apoyos), explica dicha fractura, reforzada con la idea de que, a veces, son percibidas por algunos agentes escolares como negligentes con sus hijos/as.
De esta manera, siempre está presente la frustración por no poder dedicarles todo el tiempo necesario, lo cual se une a la sentida carencia de herramientas cognitivas para desarrollar un apoyo educativo adecuado según las expectativas sociales apuntan (Martuccelli, 2007). Bien por el bajo nivel formativo inscrito en su proceso de socialización, o bien por la gran sobrecarga, la mayoría de estas madres no llegan a materializar con hechos la trascendencia que sobre el papel ellas mismas le otorgan a la educación y que la misma sociedad demanda. Es un trabajo que lleva al desaliento al no poder apoyar las tareas escolares de sus hijos/as, pero tampoco mediante otras personas al carecer de los recursos económicos necesarios para poder costear las clases de refuerzo educativo. En esas circunstancias, no son raros los retrocesos en el aprendizaje llegando, en algunos casos, a necesitar apoyos profesionales terapéuticos específicos más allá de la ayuda extraescolar. Ello aboca a que, en términos generales, las expectativas educativas sean inciertas y pesimistas, lo que, como efecto y causa, influye en la débil interacción con la escuela y el seguimiento escolar. Por otro lado, la desigual distribución de los tiempos de vida es transversal respecto al conjunto de obligaciones restantes que deben realizar de forma continuada. Es así, que los mismos colegios o escuelas infantiles les permiten poder dedicarse, por ejemplo, a la búsqueda de empleo, lo que de otra manera no podrían hacer (Cánovas y Sahuquillo, 2010: 113; Almeda et al., 2016: 68).
3.2. SOCIALIDAD: RELACIONES Y VÍNCULOS SOCIALES
La familia moviliza un conjunto de recursos diversos y mucho más en el sur de Europa donde sigue recayendo en ella gran parte de la provisión del bienestar social (Di Nella, Almeda y Ortíz, 2014: 187; Meil y Ayuso, 2007: 76). En consecuencia con esa tradición (path dependency), cuando llega el momento de la formación de familias se tienden a priorizar dichas relaciones parentales cercanas en detrimento de otras. En el caso de estas mujeres, la tendencia además se acentúa al encarnar roles que, si bien en transición, siguen priorizando la ocupación del mundo interno-familiar en detrimento del externo-social.
Esta tendencia a la exclusividad de las relaciones primarias trae como consecuencia el abandono temporal de los mundos relacionales que tenían lugar antes de la constitución de la pareja. Así, cuando se ha precipitado la situación de monoparentalidad, que ya de por sí exige gran dedicación, son difíciles de volver a retomar, o mantener, relaciones y recursos sociales de ese tipo que podrían constituir un apoyo.
“Mi vida social se reduce a nada. No puedo tampoco cultivarla porque la amistad requiere tiempo, es como una planta que hay que regar cada día.”
En ese sentido, para que dichos recursos se traduzcan en capacidades reales es preciso recordar que estas mujeres tienen severas limitaciones a la hora de establecer y mantener relaciones amistosas. De esta manera, sus ámbitos de interactuación cotidiana son muy reducidos y, básicamente, el tiempo que tienen disponible lo ocupan en los hijos/as (Almeda y Di Nella, 2011: 15).
“Es que muchas veces a mí me da miedo que vean tus debilidades y que se aprovechen, como estás sola... (...) hablo pero no me quiero pegar mucho para que no me pase otra vez lo de siempre.”
Además no es raro que, debido a las circunstancias vividas, desconfíen de las relaciones sociales y el establecimiento de vínculos con otras personas. Son familias con riesgo al aislamiento, muy a menudo disminuidas de los medios necesarios para construir unas relaciones fluidas. Y, al mismo tiempo, las expectativas, propias y ajenas, sobre la familia ideal, que aún sellan el imaginario social y personal, suponen una presión añadida que puede abocar a un sentimiento de frustración y de falta de autoestima.
“Cuando nosotras tomamos la decisión de separarnos, pues la autoestima queda bastante débil: ya nadie me va a querer.”
3.3. CONSIDERACIÓN E IDENTIDAD SOCIAL
Unas buenas (auto)consideración social y opinión de sí favorece el desarrollo de capacidades que permiten a la personas afrontar situaciones vitales diversas, incluso aquellas que aparezcan de manera imprevista. Sin embargo, para estas mujeres resulta muy difícil conseguirlo al juzgarse fracasadas respecto a lo que socialmente se espera de ser madres (Di Nella, Almeda y Ortíz, 2014: 185). Además, dicha frustración se solapa con la sensación de agobio en un rol demasiado exclusivo (de madres) cuando, sin embargo, su situación de monoparentalidad debería llevarles a reconocerse ocupantes, aunque sea obligadas, tanto del mundo familiar como del externo-social (Arenas, 1993: 63). Otra cosa es que con la fuerza de los hechos traten de ir poco a poco aceptando, reconociendo y valorando su situación real de madres que acumulan trabajos, cometidos y responsabilidad.
“Yo hay veces que me arreglo, me pongo guapa y otras veces no. A veces me dicen '¿no irás a salir así?' y yo… ¿Cómo? Es que a veces me levanto y no me dan ganas de nada…”
La baja consideración de sí a menudo deriva en problemas de ansiedad, depresión, etc. Sin caer en la profecía autocumplida, se trata de limitaciones que empujan al aislamiento, la indefensión y a una cierta impotencia. Por otro lado, las situaciones de violencia de género vividas por algunas de ellas con sus exparejas son un añadido que erosiona su seguridad, llevándoles a sentimientos de empobrecimiento personal y de infravaloración de sí mismas. Como consecuencia, puede haber un cierto descuido en la apariencia personal, lo cual abre un nuevo frente pues dicha imagen constituye el reflejo que les recuerda que navegan a contracorriente en una sociedad que no acaba de reconocer ni su esfuerzo en soledad ni, por lo tanto, la necesidad de soportes externos más sólidos que les ayuden a superar las pruebas sociales en las que están inmersas (Martuccelli, 2013: 77).
“Pero la autoestima nunca la tuve muy alta y encima él me la hundió más. (…) Tanto te lo dicen al cabo del día que te lo crees, piensas que eres un bicho raro, no te mereces ni salir a la calle. Lo piensas así.”
Las dificultades de carácter objetivo reconocidas, se vinculan en un nivel parecido a otras de carácter subjetivo sobre qué piensan sobre sí mismas, de sus expectativas, de su determinación como responsables de familias, y, finalmente, de las posibilidades entrevistas (Paugam, 2012: 12). Así, hay obstáculos y retos específicos, un cúmulo de dificultades objetivas reales afrontadas en soledad que contrastan con el ideal forjado en una etapa anterior de sus vidas; apareciendo ahora en forma de retazos de fracaso respecto a los modelos idealizados de familia, pareja y maternidad, entre otros. Sobre la marcha, con sus elecciones y decisiones, reconstruyen un nuevo proyecto de vida por sus hijos pero también, como estamos viendo, por ellas mismas. Podríamos decir que se trata de una tendencia a auto-culparse que convive con un esforzado trabajo sobre sí que les aporta instrumentos para afrontar su cotidianeidad. Una estrategia de supervivencia material y social basada en decisiones tomadas muchas veces en la urgencia de sus vidas (Bourdieu, 1991: 57), que constituyendo un auténtico desafío toma la forma de un proyecto biográfico original, aprovechado hasta donde les permiten las limitaciones expuestas (Martuccelli, 2010: 154).
En ese sentido, el grupo, como situación social en proceso, tiene un efecto benefactor inmediato que sirve para atenuar, al menos, la baja auto-consideración que algunas tienen y que denotan expresiones como el de “Me veo muy fea…” formando parte de un proceso que tiende a revertir la situación en el contexto conversacional y que ellas pueden incorporar creativamente: “Pues si te sirve de algo eres guapísima, pareces una modelo”.
Se entiende, entonces, que la consideración personal y social no puede actuar de modo autorreferencial, sino que tiene un carácter relacional (y solidario) que se despliega hacia el exterior por parte de los sujetos sociales. Por eso, los procesos de apoyo y reconocimiento desde el Estado de Bienestar no pueden ir dirigidos en exclusiva al mero cambio de conductas, más bien tendrían sentido poniéndolos en relación, y dependencia, con los otros ámbitos causales que definen la vinculación o la desvinculación social: hablamos de una disponibilidad de tiempo más democrática y conciliadora, de la ampliación del campo social relacional, de la capacidad de decidir con autonomía, de la estabilización económica, de la empatía y de la solidaridad y el manejo de los recursos económicos, entre otros. Todos ellos factores que facilitan unos procesos de identidad más fortalecedores (Lahire, 2013: 113).
3.4. ECONOMÍA Y VIVIENDA
En este apartado lo primero que se advierte es que los apoyos institucionales a las familias monoparentales se encuentran en exceso diluidas en el conjunto de las ayudas a la familia que, además, en España son menos relevantes y menos cuantiosas que en otros países (León y Salido, 2013: 303). Uno de los problemas de fondo es la dificultad de llegar a unos niveles mínimos de ingresos que les garanticen la cobertura de sus necesidades a unos niveles adecuados. De hecho, las investigaciones revelan que la precariedad económica es mayor en los núcleos familiares constituidos por un solo progenitor, y más si es una mujer, lo cual contribuye a un aumento de la pobreza infantil, tal como se aborda en buena parte de las directivas europeas y organismos internacionales (Ver al respecto objetivos sobre Inclusión de la Estrategia Europea 2020). Así, el vínculo entre monoparentalidad de madre sola y pobreza es una asignatura pendiente en nuestra sociedad lo cual demanda una mirada hacia estas familias consecuente con esta relación negativa (Asiego y Ubrich, 2015)1.
“Ya debía 168 euros y ahora me lo fraccionaron y voy pagándolo poco a poco todos los meses. A ver, mi hermano me ayuda mucho, pero yo no voy a estar diciéndole todo el rato: debo 80 euros de agua.”
Las principales fuentes de ingresos que están resultando efectivas para ellas provienen de los apoyos familiares, de las prestaciones económicas de los Servicios Sociales o de ayudas de entidades sociales y, en menor proporción, del empleo –que suele ser de poca calidad y precario. En consecuencia, la vulnerabilidad ha aumentado en estos últimos años de crisis lo cual también está en relación con que el apoyo a las familias se han debilitado (Marí-Klose y Marí-Klose, 2013: 81). Por otro lado, ya sea por incumplimiento o imposibilidad ante la falta de empleo, son habituales los impagos de pensiones por parte de los padres.
“Lo que sí me quita el sueño es pensar la situación que se me viene y no voy a tener para pagar. (...) Pensar cosas que afectan directamente a mis hijos. O que no les puedo comprar lo libros… Ahora estoy pensando en septiembre.”
En esas circunstancias, la economía familiar ha de ser cuidada el extremo y siempre muy a corto plazo: la alimentación semana a semana, las facturas mes a mes teniendo muy presente los gastos extraordinarios previsibles. Para aquellas madres que no cuentan con unos ingresos estables, el sentimiento de ahogo es incluso aún mayor. Pero también el temor que produce la incertidumbre de no saber si serás capaz de asumir los gastos necesarios: “¿Cómo te las apañarás?”. Así, la precariedad económica en la que viven supone un obstáculo para su desarrollo personal y social, generando problemas y disfunciones psicosociológicas.
“Yo últimamente tengo unas pesadillas por las noches que me dejan loca por la mañana. (...) No estamos acostumbradas. Me preocupo por una cosa, por otra, por otra, y eso pasa factura.”
En un sentido general, se trata de la posibilidad de poder satisfacer las necesidades más urgentes y prioritarias y de entre ellas, por razones obvias, la vivienda. La amenaza de su impago es la preocupación más constante, ya que supone un coste imposible de asumir con las escasas rentas de que disponen. Por ello, encontrar un piso con un alquiler ajustado a sus necesidades se convierte en una aventura y, cuando es así, la calidad deja mucho que desear, lo que les expone a las consecuencias de la vulnerabilidad residencial. La continuada acumulación de cometidos incluye la búsqueda continuada de vivienda, intentando mejorar la relación calidad-precio.
“Yo en ese caso estuve así de veces, sí que lo pase mal, porque encima era del alquiler, me avisaban que si no pago me echan y con la niña, encima…”
Llegado el caso, puede suceder que una vez conseguida una vivienda más adecuada, la situación puede volver a empeorar viéndose abocadas a cambiar a otra más asequible que les permita poder vivir. Ese nomadismo del alquiler también termina afectando a la estabilidad de los hijos que deben realizar con relativa frecuencia un nuevo proceso de adaptación (relacional, escolar, familiar, etc.) (Esping-Andersen, 2005).
En efecto, como bien básico la vivienda supone una inquietud constante. Por eso, el disponer de una fuente estable de ingresos, provenga de donde provenga, aporta tranquilidad sabiendo que, al menos, los hijos/as van a tener cubiertas las necesidades más básicas (Agulló, 2013).
“Yo cuando empecé a cobrarlo [El Salario Social Básico-SSB, la RMI asturiana] lo primero que hice fue pagar todos los préstamos que tenía, bueno una deuda con el ayuntamiento. Y de agua, luz, gas, todo.”
Disponer de unos ingresos regulares, aunque bajos, supone un alivio tan grande que solo puede ser entendido si pensamos en las circunstancias, condiciones y estado emocional por las que pasan sus vidas. Tales apoyos económicos suponen una cierta tranquilidad, un colchón que permite, literalmente, sobrevivir y mantener a la familia. Unos ingresos insuficientes que apenas les posibilita el estar en un proceso continuo de “inserción permanente”, un estado de precariedad en el que cualquier pequeño gasto debe ser sopesado con la situación de emergencia continuada en la que se encuentran (Hamzaoui, 2005: 184). Además, en el caso de Asturias, la deficiente tramitación de aquella durante varios años ha supuesto que las familias hayan tenido que esperar a percibirla hasta más de un año y medio desde su concesión.
“Y hasta cuándo va a estar así... Ya te da todo igual. No es como a una persona que le pasa algo una vez y ya está. A nosotras nos pasa una y otra vez. Y yo personalmente pierdo el valor como persona.”
Por otro lado, la dependencia de una prestación económica institucional genera dudas con respecto a la valía personal, pero también en relación a las expectativas que en el pasado se habían forjado sobre su vida. En el caso de algunas de estas madres, la mayoría en edad laboral, el ser perceptoras desde hace años del SSB tienen la sensación de falta de autonomía, de resignación y pérdida de esperanza en que la situación mejore. La adaptación nunca es posible –dicen– “Vives de esa manera y sobrevives porque no tienes otra opción a la que agarrarte”. Preferirían no percibirla y trabajar gobernando sus propios ingresos, sabiendo de la importancia que tiene la independencia para la subjetividad y la identidad social (Dubet, 2013: 256). Según ellas, la percepción de dichas prestaciones, escasas por otra parte, debería ser algo excepcional en sus vidas.
“Ahora el Salario Social Básico también es mi fuente de ingresos, pero siempre ha sido mi trabajo.”
En la sociedad asalariada en la que aún nos hallamos, donde las personas siguen siendo valoradas en función de su capacidad productiva y contributiva, de sus posibilidades de consumo y ahorro, la dependencia de recursos externos provoca una amalgama de sentimientos de vergüenza, desasosiego, infravaloracion, e, incluso, fracaso. Para estas mujeres resulta doloroso el verse en estas situaciones, ya que las expectativas generadas apuntaban a tener un puesto de trabajo remunerado y poder asumir todos los gastos correspondientes. Es decir, una aspiración que es inalcanzable para muchas personas. Y cuando en el mejor de los casos hay un empleo, la crisis “ajusta” salarios muy a la baja depreciando los ingresos de aquellas personas con menos protección.
Desde la perspectiva aquí desarrollada, podemos ver que el angostamiento de condiciones objetivas no les incapacita para tomar decisiones y emprender acciones de mantenimiento y mejora de la situación de sus familias. En la medida que la estructura social impele en gran parte, paradójicamente, hacia las decisiones individuales, y, más aún, hacia procesos de singularidad agencial, estas mujeres responden con creces a dichas premisas de creación de la mejor versión de su posición social (Martucelli, 2007: 372 y 2013: 121). Por tanto, su vulnerabilidad social no tiene como causa la pasividad o la falta de iniciativa (Flaquer, Almeda y Navarro-Varas, 2006: 101). Antes bien, su supervivencia económica es producto de una búsqueda constante, de un creciente trabajo para el bienestar de sus hijos y de ellas mismas. En consecuencia, tanto el deseo de autonomía económica a través de un empleo (sin depender de las prestaciones sociales) junto con su capacidad de organización económica, que les permite vivir con ingresos muy bajos, deben ponerse en valor, para ser puntos de partida en torno a los cuales vehicular una mejora de su situación, diseñando y desarrollando medidas que cuenten con sus ideas e iniciativas.
3.5. FORMACIÓN Y EMPLEO
De los factores de carácter estructural generadores de vulnerabilidad y desvinculación social hay que destacar tanto la precariedad laboral como el paro de larga duración que imposibilitan llevar una vida digna, y, además, provocan un aumento de las desigualdades sociales. El trabajo comporta una dimensión económica y una dimensión social de tal forma que cuando la situación de precariedad y desempleo se prolongan durante varios años, terminan erosionando las capacidades y vínculos de las personas (Stuckler y Baso, 2013). En estas circunstancias, además, cuando estas madres solas carecen de todo apoyo para el cuidado de los hijos, se encuentran atrapadas en un círculo vicioso sin poder formarse profesionalmente ni poder conciliar, ya que es muy difícil amoldar los horarios de cuidado a la jornada laboral. Es así que los factores asociados a la monoparentalidad suponen para la mujer –y en consecuencia para los hijos/as– un grave riesgo de inicio y permanencia en un proceso de empobreciendo y vulnerabilidad social (Madruga, 2006).
Las madres solas que frecuentan los servicios de inclusión, a pesar de sus iniciativas, tienen severas restricciones en sus capacidades electivas: deben mantener a sus hijos y, en el mejor de los casos, aceptar condiciones de contratación precarias, sueldos bajos y horarios casi imposibles de combinar. Así, el empleo y el trabajo digno son para ellas una quimera, lo cual, como hemos visto, tiene relación directa con las limitaciones encontradas en sus posibilidades de desarrollo personal.
“Y antes trabajaba y ganaba 1.000 euros, después cambié de trabajo y ganaba 800 y ahora estoy trabajando y no gano ni 400, en vez de subir el sueldo ha ido bajando y tengo que trabajar lo mismo.”
Cuando se consigue un trabajo remunerado, como medio para su autonomía y la de sus hijos, se choca con la realidad de empleos harto inestables y de baja calidad, legales o no, que apenas llegan a cubrir las necesidades más básicas. Aunque se trata de una tendencia previa, la crisis ha terminado por acentuar y profundizar dicha vulnerabilidad. Es así que sus experiencias de trabajo son en su mayoría dentro del subempleo, por lo que no han disfrutado de una cobertura contributiva y, en consecuencia, no pueden cotizar para la futura jubilación.
Por otro lado, es constatable que el bajo nivel formativo que poseen reduce sus opciones para encontrar un puesto de trabajo remunerado que cubra las necesidades de toda la familia. Como ya se ha señalado, la formación y la disponibilidad de recursos que supone (contenidos, financiación, tiempo, etc.) es una meta casi inalcanzable cuando se tiene que compaginar con la manutención diaria. En ese sentido, en la práctica la formación ocupacional queda relegada pues sería un factor añadido más a todas las obligaciones acometidas diariamente (Pérez Eransus, 2015: 178).
4. CONCLUSIONES Y PROPUESTAS
Veamos, pues, según el orden temático seguido en el artículo, las conclusiones y propuestas de intervención que, al hilo del habla de las mujeres participantes en los grupos, estimamos necesarias para, al menos, intentar revertir la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran tanto ellas como sus hijos.
Tratando de conseguir aproximarse a la consecución de una igualdad real en el proceso educativo que atañe a estos niños y niñas (Dubet, 2005), como el refuerzo escolar es una preocupación, pues se ven incapacitadas para realizarlo por sí mismas, sería necesario ampliar las plazas y horarios de los servicios de apoyo gratuitos en primaria. Sería importante priorizar el acceso de los hijos de madres solas a partir de las necesidades detectadas por los propios centros educativos y por los servicios sociales de inclusión. Por otro lado, la ausencia de un proyecto educativo general para sus hijos/as, y/o las limitaciones cotidianas para llevarlo a cabo, lastran sus condiciones de partida. La propuesta sería un refuerzo socioeducativo en sus domicilios con la finalidad de trabajar la adecuación de espacios, tiempos y pautas en el hogar que incida en las prácticas y tareas educativas de los hijos. Siendo escrupulosamente no invasivos, y cuidadosamente comunicativos, se debe insistir en el seguimiento y orientación continuados sobre dichas tareas que, como se sabe, son claves para el éxito escolar, más allá de la permanencia en las aulas. En tercer lugar, vemos necesario llevar a cabo una labor de sensibilización de los centros escolares, con la finalidad de que se conozca mejor su situación y se promuevan proyectos explícitos de centro más sensibles y permeables a la diversidad social existente (Fernández Enguita, 2016: 150).
Respecto a la socialidad, relaciones y vínculos sociales, podemos entrever algunos desarrollos que traten de aprovechar las propias iniciativas de reconocimiento de estas mujeres. A un primer nivel, es posible profundizar en recursos de acogimiento familiar que facilitan el cuidado de los/as menores en situaciones en las que no pueden hacerlo sus familias biológicas. Por ejemplo, el de “Familias Canguro” que cuenta con familias voluntarias de acogida e integran temporalmente en sus hogares a los/as menores cuyas madres circunstancialmente lo necesiten. En consecuencia, aun siendo conscientes de que se trata de una medida complementaria, se propone tal recurso a partir de su normalización y mayor frecuencia. A un segundo nivel, es posible orientar en los Servicios de Ayuda a Domicilio una línea de trabajo dirigida, en específico, a estas familias. Más en concreto, un recurso con funciones de guarda y custodia en el hogar explícitamente dirigido a las mismas. En ese sentido, debería constituir un recurso ágil para estas madres solas que, a menudo, se ven superadas por la acumulación de tareas y la falta de tiempo. Ya a un tercer nivel y con un carácter más extendido, la propuesta es la creación de un “recurso de liberación de tiempo” para el intercambio de servicios de guarda y cuidado de los hijos y, especialmente, en aquellas familias con menos recursos que no pueden pagar en el mercado servicios que pudieran sustituirlos o complementarlos.
Sin duda, estamos ante la medida más ambiciosa propuesta que, además de poder beneficiar a cualquier tipo de familia, está pensada al talle de la situación específica de las familias de madre sola. En su lineamiento básico este dispositivo para liberar tiempo de vida ha sido pensado, inspirándonos en los autores clásicos del intercambio social (Levi-Strauss, 1977; Sahlins, 1983; Mauss, 2009), como un espacio y una herramienta de conciliación, intercambio, de encuentro y socialidad. De conciliación, porque pretende apoyar a las mujeres en la acumulación de trabajos y empleo mediante la guarda y cuidado directo profesional, o mediante el la reciprocidad simple o generalizada de servicios entre ellas mismas. De intercambio, precisamente, porque fomentaría los apoyos y ayudas entre mujeres para diversas tareas y cometidos, pero esencialmente para la guarda y cuidado de los hijos. En realidad, consistiría en una variante de Banco de Tiempo que fomentaría un intercambio flexible en el tiempo y en los servicios no monetarios a intercambiar. Y, finalmente, de encuentro y socialidad, porque el recurso funcionaría como un centro social donde habría diferentes actividades y, sobre todo, se programarían otras que no tendrían que tener un carácter exclusivo, ni estar ceñidas a sus límites espaciales. Desde luego, en todo este proceso la propuesta es que estuviera tutelado por la Administración, si bien puede ser concebido y desarrollado, mediante el correspondiente convenio, por entidades sociales sensibilizadas con estos contenidos de género y esta metodología participativa2.
Respecto a la consideración e identidad social, puede ser importante el desarrollo de talleres en los que las madres solas que lo deseen puedan participar (hablar, opinar, proponer). Con independencia de que sean exclusivos de madres solas o no, se trataría de abordar, en coordinación con lo ya existente, un amplio campo temático, vital y emocional (género, identidad social, autoestima y autoconcepto, necesidades sociales, etc.) donde el factor de la monoparentalidad sea contemplado de forma explícita, y donde se comenten y aborden estrategias de afrontamiento cuando se produce la separación y situaciones difíciles, como el maltrato, que a veces se precipitan en ese proceso.
En economía y vivienda, hemos visto que es urgente disponer de recursos que faciliten una vivienda a las familias monoparentales o, en su caso, proporcionar una ayuda económica inmediata para financiar su alquiler. En ese sentido, una medida recomendable sería que la condición de familia monoparental puntúe como colectivo preferente. Por otro lado, si nos referimos a la escuela y la educación reglada, tratando de paliar las evidentes desigualdades existentes al respecto, se deben proporcionar ayudas económicas más ágiles. Además, una vez finalizada la enseñanza obligatoria las becas existentes son muy limitadas y, además, no se reciben de manera inmediata siendo a veces imposible asumir el gasto en el momento necesario. La propuesta, sería una mayor flexibilización y agilización de las mismas. De esta forma se facilitaría la continuidad y graduación en la educación postobligatoria que, por otra parte, es uno de los lastres de la educación en España (Fernández Enguita et al., 2010: 134). En última instancia, es evidente la necesidad de diseñar medidas de acompañamiento social que, contemplando objetivos de formación laboral, posibiliten un periodo temporal razonable protegido económicamente, hasta que dicha formación profesional haya concluido y puedan acceder al mercado laboral con más garantías (Fernández, 2015: 56).
Precisamente, en la formación y el empleo, lo primero de todo sería garantizar su nivel formativo y profesional al mismo tiempo que reciben las consiguientes prestaciones económicas y sociales, con el fin de que no desligarse de ella y reforzando sus posibilidades de reingreso en la ocupación. Dado su escaso bagaje educativo reglado, habría que ir a niveles formativos profesionales adaptados al alcance de sus posibilidades (por ejemplo a los cuidados de las personas mayores) que tengan una salida contrastada en el mercado de trabajo. Y, además, como ya se ha señalado, debe ser una formación garantizada en todo su tiempo de duración de forma que tanto sus hijos como ellas no estén al albur de la desprovisión social o económica.
En definitiva, los resultados y conclusiones que hemos ido presentando a través de los testimonios de las madres solas denotan una situación grave y preocupante, permitiendo visualizar el proceso incesante de vulnerabilidad en el que se encuentran desde hace años que les aboca a ser las familias más frágiles de entre todas las familias, en general, y de entre las monoparentales en particular. Con el avance y persistencia de la crisis han pasado inexorablemente desde los apoyos contributivos, en el mejor de los casos, hasta los asistenciales con todo lo que significa en aminoración de ingresos y aumento de los procesos de estigma donde, por un lado, han sufrido el deterioro social (subjetivo y objetivo) que supone tener que echar mano de ellos, y donde también, por otro, han encontrado el apoyo y la ayuda necesarios para mantenerse en niveles que, al menos, evitan la exclusión o la vulnerabilidad más extremas. No obstante, la permanencia y persistencia en la situación de inserción permanente señalada puede lastrar aún más si cabe su vuelta al centro social y suponer un menoscabo difícil de afrontar en el presente, pero sobre todo en el futuro de sus hijos que verán bloqueadas sus posibilidades sociales. Es relevante que estas mujeres han sobrellevado todo este periodo de dificultad con soportes colectivos debilitados que las han abocado a la fragilidad social, personal y familiar que hemos tratado de mostrar; pero no es menos cierto que su propia entereza subjetiva, su fortaleza y tenencia interior les ha mostrado como productoras de espacios protectores de amortiguación para sus hijos y para ellas. Por lo tanto, es preciso no tentar más la suerte y revertir desde lo público el riesgo real de desvinculación y vulnerabilidad a las que el paso del tiempo les hace estar aún más expuestas.
Al mismo tiempo, creemos que la nueva sociología de los individuos puede contribuir al ajuste de la visión de las necesidades y procesos de intervención llevando la provisión del bienestar al campo de las ciencias sociales. Una sociología que, sin displicencia, contemple la singularidad sin caer en el individualismo egoísta, un enfoque que, evitando las generalizaciones estructurales abstractas, ayude a restaurar los vínculos de conocimiento y reconocimiento que son ineludibles en sujetos sociales personales o colectivos como son las familias monoparentales femeninas más vulnerables.
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Notas
Notas de autor
Información adicional
Formato de citación: Arenas, M.,
Agulló, E. Saiz, R. (2018). “Estrategias de madres solas afectadas
por la crisis a la luz de las nuevas sociologías singularizadas”.
Aposta. Revista de Ciencias Sociales, 77, 177-206, http://apostadigital.com/revistav3/hemeroteca/marenas.pdf