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Formación nacional y transnacionalismo: la historia conexa de América Central
Formación nacional y transnacionalismo: la historia conexa de América Central
e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, vol. 15, núm. 59, pp. 36-54, 2017
Universidad de Buenos Aires

Recepción: 16 Diciembre 2016
Aprobación: 25 Febrero 2017
Resumen:
Formación nacional y transnacionalismo: la historia conexa de América Central
Este trabajo centra su análisis en el istmo centroamericano, una región que desarrolló una compleja dinámica de historias interconectadas sin que los emergentes estados-nación pudieran eliminar por completo el foco interseccional que los mantuvo conectados a través de redes, enlaces y articulaciones transnacionales. El análisis pone de relieve la importancia de prestar atención a la construcción y reconstrucción de identidades colectivas como una dimensión autónoma de la vida social, conectando visiones históricas con la definición de pertenencia a comunidades políticas y proyectos orientados a futuro. Ello permite comprender la entrelazada historia geo-política y cultural de aquella macro-región, pues revela cómo la persistencia de visiones y procesos transnacionales ha afectado constelaciones políticas nacionales, así como el significado y el carácter de fuerzas sociales, políticas y culturales, dando forma a sociedades que han evolucionado en formas conexas en un camino de múltiples modernidades.
Palabras clave: Estados-nación, articulaciones transnacionales, historias conexas, identidades colectivas, modernidades múltiples.
Abstract:
Nation-Building and Transnationalism: The Connected History of Central America
Focusing on Central American historical development, this article highlights the complex dynamics of interconnected histories in a region where emerging nation-states were not able to completely disengage from the intersectional ties that kept them connected transnationally. The analysis highlights the importance of paying attention to the construction and reconstruction of collective identities as an autonomous dimension of social life, connecting historical visions with the definition of belonging to political communities and future-oriented projects. This allows to understand the intertwined geo-political and cultural history of this region, as it reveals how persisting transnational visions and processes have affected national constellations of power, as well as the meaning and character of social, political and cultural forces that connected these societies in a pattern of development that singled them out as interrelated on a road of multiple modernities.
Keywords: Nation-states, transnational articulations, connected histories, collective identities, multiple modernities.
Formación nacional y transnacionalismo: la historia conexa de América Central [1]
Geopolíticamente, América Central es una región que une las masas continentales de América del Norte y del Sur y un istmo que separa el Océano Pacífico del Mar Caribe. A pesar de sus reducidas dimensiones en comparación con otras regiones del mundo, se trata de una macro-región altamente diferenciada, sede de múltiples sociedades y culturas, así como sede de siete países soberanos que han mantenido una estrecha y a menudo tensa relación entre sí, desde su independencia política a principios del siglo XIX.
El siguiente análisis sugiere que después de la independencia, las sociedades de la región del istmo centroamericano fueron incapaces de eliminar por completo el impacto de corrientes subterráneas que abrieron dinámicas transnacionales que las acercaron una y otra vez las unas a las otras. El trabajo analiza cómo la consolidación progresiva de los estados-nación se opera sin que pueda eliminarse por completo el foco interseccional que los mantiene conectados transnacionalmente. Pone así de relieve cómo el proceso de construcción de los estados en América Central ha estado incrustado en corrientes subterráneas que siguen conectando entre sí a las sociedades de la región.
Las perspectivas de la historia conexa y el transnacionalismo, derivados de giros anteriores hacia la historia global y de las críticas que aquella línea de trabajo generaba entre los partidarios del carácter histórico distintivo de cada sociedad, han abierto paso a estudios comparativos de transferencia cercanos al análisis de las interacciones transnacionales (Subrahmanyam, 1997, 2005; Werner and Zimmermann, 2002,2006; Roniger,2011,2014; Preuss, 2011; Sznajder y Roniger, 2013; Blumenthal, 2013). Se trata de un giro a perspectivas analíticas que ni están completamente sobre-determinadas por las prioridades y visiones geopolíticas de países hegemónicos, ni impulsadas totalmente por la globalización. Se desplaza así la atención de las investigaciones hacia las zonas de contacto, las fronteras compartidas, las prácticas transfronterizas, las redes sociales y de transferencia de ideas, y los movimientos sociales que sirven de puentes entre las sociedades. Estas perspectivas analíticas sugieren tomar consciencia de cómo los procesos sociopolíticos se estructuran no sólo materialmente sino también en un anclaje simbólico, lo cual implica tomar en cuenta el peso de las identidades colectivas en el cálculo político, las presiones sociales, las luchas por el poder y las políticas estatales. Se hace hincapié en los efectos mutuos entre niveles de articulación, con atención a las resistencias, las inercias, las nuevas combinaciones y las transformaciones que pueden resultar de orígenes múltiples y desarrollarse en un proceso de cruce e impacto recíproco. Se concibe así al nivel transnacional como:
un nivel que existe en la interacción con otros, produciendo sus propias lógicas con efectos de retroalimentación sobre otras lógicas de estructuración de espacios. Lejos de limitarse a una reducción macroscópica, el estudio del nivel transnacional revela una red de interrelaciones dinámicas cuyos componentes se definen, en parte, a través de los enlaces que mantienen entre sí y las articulaciones que estructuran su posicionamiento (Werner and Zimmermann 2006: 43).
El giro transnacional ha sido impulsado a su vez por la veta anti-colonial y post-colonial, lo que contribuye al análisis de "unidades que se desplazan sobre las fronteras nacionales y se filtran a través de ellas, unidades tanto mayores como menores que los estados-nación" (Seigel 2005). Desde una perspectiva contemporánea, las sociedades de América Central constituyen un escenario ideal para la reflexión sobre la compleja dinámica de historias conexas y procesos transnacionales que atraviesan fronteras y afectan las identidades de los distintos estados-nación, sin sustituirse completamente los unos a los otros.
Al emprender un análisis desde esta perspectiva, debemos plantearnos empero si podemos hablar de formación nacional sin reconocer el sustrato transnacional del que los emergentes estados se separaron. Y viceversa, si es posible hablar de transnacionalismo antes de que las identidades nacionales se hubieran consolidado a partir de las políticas impulsadas por los distintos estados. Ello revela problemas conceptuales y metodológicos que no pueden ser obviados fácilmente por un análisis de historias conexas. Sin pretender proveer una respuesta satisfactoria aquí, tales dinámicas pueden ser enfocadas en forma plena al lanzar un análisis empírico de cómo las distintas sociedades se imbricaron en una dinámica interfaz de múltiples caras, estando enmarcadas tanto en la construcción de los Estados-nación como en el plano de las influencias transnacionales. Vale decir, que ambos procesos se han dado simultáneamente, con un cambiante peso según el contexto y la contingencia histórica. En particular, se trata de un proceso de estructuración de identidades colectivas, cuya dinámica debemos analizar sin dejar de lado su multiplicidad en América Central.
Siendo conscientes del desafío, una perspectiva de interfaz múltiple es promisoria y particularmente relevante en la investigación de América Central y otras macro-regiones. Ello, pues desmitifica una lectura lineal de la historia que en el pasado no distante había canonizado la hegemonía de la categoría del Estado-nación y más recientemente parecía promulgar la completa decadencia del Estado-nación bajo los efectos de la globalización.
La interfaz del Estado-nación y el transnacionalismo
Las sociedades asumen identidades colectivas de diversas formas. Es por ejemplo indudable que el principio de nacionalidad se ha desarrollado de distinta forma en diversas regiones y países. Aún en Europa es muy diferente la construcción de ciudadanía en base a principios de jus soli, como lo fue tradicionalmente en Francia, de aquellos que han seguido tradicionalmente el principio de jus sanguini, como lo fue Alemania hasta tiempos recientes. Y más aún, tales configuraciones fueron distintas de los criterios que encuentra uno al proyectarse más allá de Europa o al considerar la complejidad de identidades étnico-nacionales carentes de estados (Máiz 1997,Gurrutxaga Abad 2005), las identidades diaspóricas (Sheffer 2003) o las identidades de quienes son parte de redes transnacionales (Soysal 1996, Strange 1996,Smith 2003).
Analíticamente, más allá de trazar distinciones en base al contenido concreto de las identidades colectivas, se pueden diferenciar varios estilos de articulación de identidad, que se distinguen en base a diferentes códigos o criterios según los cuales los seres humanos identificamos patrones de similitud y diferencia. Siguiendo la obra de Edward Shils (1975), Shmuel N. Eisenstadt y Bernhard Giesen han diferenciado tres arquetipos o meta-códigos centrales de identidad: los primordiales; los civiles y los sacros o transcendentes. Los criterios primordiales son aquellos que, como el género, la generación, el parentesco, la raza o etnicidad, se remontan conceptualmente al paradigma de “condiciones pre-contractuales de la vida social”, para usar el concepto de unos de los padres de la sociología clásica, Emile Durkheim (Durkheim 1964). Es decir, se trataría de criterios cuyos componentes básicos no dependen de un acuerdo social, sino que aluden a orígenes compartidos que, idealmente, se remontan a caracteres casi genéticos o bien supuestamente físicos, sin que medien los seres humanos como agentes. Los criterios civiles se orientan en base a normas producto de una definición acordada por un conglomerado humano, ya sea a través de constituciones o leyes o bien de códigos de conducta. Por último, los criterios trascendentes implican una construcción de identidad enfocada en la relación entre los seres humanos y el ámbito de lo sagrado, ya sea una fe religiosa en Dios o en una pluralidad de dioses, o bien la sacralización de principios seculares como la Razón, la Racionalidad o el Progreso (Eisenstadt y Giesen 1995).[2]
El carácter distintivo de la construcción de identidades colectivas deriva de que, sin atribuirles ninguna esencia permanente, las identidades permiten un posicionamiento en el tiempo y el espacio, frente a otros seres humanos e instituciones, afirmando ontológicamente similitudes y diferencias – o más bien un conjunto de similitudes y diferencias – que en forma intuitiva definen y “colorean” las imágenes que las sociedades y los individuos proyectamos, con correlatos emotivos y estructurales que pueden ser base de reivindicaciones interpersonales e institucionales. A través del reconocimiento o la renuncia – más o menos latentes o explícitos – de marcadores de identidad, definimos similitud y alteridad y nos posicionamos como agentes en el mundo, en un proceso constante en el que, en forma paralela, somos igualmente objeto de la definición de los otros, ya sean esos otros individuos, grupos o instituciones. Se debe reconocer la pluralidad de identidades, con lo cual no me refiero solamente a la existencia de múltiples identidades acuñadas por un mismo signo o criterio, sino además múltiples identidades que reflejan distintos códigos de identidad y juegan paralelamente en distintos ámbitos y a distintos niveles, como parte de complejas estrategias de transmisión, recreación, invención y recuperación de una presencia pública y un posicionamiento en el espacio social.
Todas las sociedades se ven implicadas en ese proceso de creación y reconstrucción simbólica destinado a denotar determinadas prácticas, visiones y normas compartidas que pueden unir a individuos y capas sociales, distinguiéndolos en principio de otras sociedades. Las sociedades construyen así imágenes y proyectan narrativas históricas acerca de sí mismas que son cruciales como catalizadoras de sentimientos y emociones (Geertz, 1973). Tales imágenes y narrativas son igualmente cruciales en la cristalización de una conciencia de grupo y sirven de motivación para que los miembros de una sociedad se identifiquen con visiones y objetivos colectivos. Condensadas en símbolos y artefactos clave – tales como banderas, escudos e himnos nacionales – esas imágenes adquieren una presencia propia y un poder de representación, que se puede proyectar a través del tiempo, dando forma a visiones y memorias colectivas proyectadas a las generaciones futuras, aunque con una enorme variabilidad entre las naciones y los grupos sociales y aun dentro de los mismos en función de variables como la clase social, el origen étnico, el hábitat o el capital humano (Roniger, 2008; y véase Ortner, 1973; Smith, 1996;Geisler, 2005).
Diferentes sociedades han pasado por ese proceso de construcción de la nación a través de una variedad de caminos históricos y desarrollos contingentes (Herb y Kaplan, 2008). Por ejemplo, en Alemania, a partir del siglo XVIII, la nación se representa como una Kulturnation, un ámbito trascendental operado por las fuerzas de la historia, un operador sublime de la acción histórica, que los románticos proyectaron mucho antes del proceso de construcción del Estado y la construcción nacional llevada a cabo por Otto von Bismarck en el siglo XIX. Para entonces, la idealización romántica había llevado a una conexión íntima con el discurso de la nacionalidad germana, que más tarde, ya bajo el nazismo, asumió connotaciones primordiales extremas que condujeron al genocidio y al Holocausto (Eisenstadt y Giesen, 1995: 85-93). En contraste, en el Japón, históricamente se dio prioridad a la visión primordial de la nación, la cual fue casi divinizada, aunque no en términos de una misión trascendental como fue el caso de naciones emergentes en el ámbito de las religiones y civilizaciones monoteístas (Eisenstadt y Giesen, 1995: 93-102).
La diferente conformación de la nacionalidad en Alemania y Japón ejemplifica la diversidad de procesos de desarrollo y construcción de modernidad en distintas partes del globo. Tal perspectiva de modernidades múltiples – desarrollada en las dos últimas décadas en las ciencias sociales – reconoce que, si bien las formas de diferenciación estructural e institucional propias de la modernidad son ampliamente compartidas por distintas sociedades, el proceso de creciente complejidad permite que diferentes dimensiones de la vida en sociedad creen amalgamas variadas y diferentes constelaciones en sociedades y contextos históricos diversos. En consecuencia, de acuerdo a esa perspectiva analítica, las sociedades humanas estructuran módulos interpretativos y de representación diversos, así como modelan en forma variada la construcción de identidades, la atribución de significado y la proyección de poder y carisma, mediante prácticas que distintas elites políticas, religiosas e intelectuales proyectan en su interacción con capas sociales más amplias (Eisenstadt, 2000; 2007;Preyer, 2011;Roniger, 2016).
Desde la perspectiva de las modernidades múltiples, enfocando el análisis en la conformación de identidades colectivas y tomando los ejemplos de Alemania y Japón como contrapunto, podemos analizar el caso de América Central en clave comparativa. En efecto, América Central difiere tanto del caso alemán como del japonés. En el siglo XIX las élites políticas e intelectuales de la región - con la posible excepción de Costa Rica - no podían idealizar fácilmente sus orígenes históricos, en los que la competencia por el poder, la dominación y la fragmentación estatal eran desarrollos típicos. A fin de construir, proyectar y reconstruir identidades colectivas, las élites no podían aducir que sus sociedades estaban integradas por individuos y grupos ligados en forma primordial, ya que sus visiones sociales jerárquicas se basaban en el sometimiento cultural de los grupos subalternos, étnicos y culturales, portadores de identidades primordiales distintivas.
Además, en términos regionales, América Central destaca comparativamente ya que los países soberanos han mantenido una cercana, aunque tensa relación entre si desde la independencia política. La mayoría de los estados de la región nacieron de una jurisdicción administrativa colonial compartida y un breve intento de unificación después de la independencia, con trazos que se proyectaron en el tiempo afectando la forma en que estos países han tratado de construir sus identidades e idiosincrasias nacionales, desarrollar su carácter distintivo, mientras que al mismo tiempo fueron incapaces de desconectarse completamente de las hermanas repúblicas del istmo.
En América Central, como en otras partes de América española, la mayoría de los estados surgieron como consecuencia de la desintegración imperial, en la gran mayoría de los casos estructurados inicialmente sobre la base de las ciudades y jurisdicciones administrativas coloniales anteriores. Pero a diferencia de América del Sur, la independencia del Istmo se logró sin mayores sacrificios heroicos y sin poseer espacios consagrados por la muerte de patriotas que podrían ser celebrados en la poesía, los romanceros, las fiestas, los monumentos y panteones de mártires caídos. Eventualmente, los estados habrían de crear finalmente naciones en la acepción moderna. Algunos investigadores atribuyen tal proceso al periodo de consolidación estatal de la época Liberal, a partir de los 1870s-90s (Palmer 1995). Otros (vg. Acuña Ortega 1995) sugieren no desconocer el temprano desarrollo de identidades colectivas distintivas imbricadas en la memoria histórica, por supuesto desde la independencia que en América Central estuvo preñada de semillas de fragmentación interna en algunos territorios y de integración superadora de tensiones en otros. Según unas terceras aproximaciones (Cruz 2000,Quesada Camacho 2006), aún en la época de la colonia los habitantes de esos territorios desarrollaron identidades colectivas distintivas en la macro-región, un proceso que se dio tanto dentro de cada futura nación y aún más distinguió a las futuras secciones de Centroamérica entre sí, como evidenció típicamente el contraste entre las representaciones armónicas en Costa Rica frente a la imagen de desgarramiento endémico de Nicaragua.
Aun reconociendo ese importante debate historiográfico en torno a la cronología de creación de las naciones en la región (véase Molina Jiménez y Díaz Arias 2008, esp. Díaz Arias 2008), una vez creados, los estados debieron reconstruir y materializar institucionalmente las identidades colectivas a través de ceremonias oficiales, prácticas simbólicas y visiones hegemónicas, y mediante la estructuración de identidades ‘ancladas’ en fronteras espaciales y delimitaciones temporales.
Tales estrategias de construcción y reconstrucción de identidades nacionales implicaron la partición de los territorios que en la era colonial y la temprana independencia habían pertenecido a una misma jurisdicción, proyectando la idea de pertenencias nacionales confinadas al trazado de fronteras y organizadas según los principios de la soberanía territorial. La creación de estados-nación también implicó sistemas de representación que legitimaron o marginaron a distintos sectores de la población del centro político y del acceso a los recursos del Estado-nación (Alonso, 1994; Taracena y Piel 1995; Mande, 2000). La construcción de membresía y su sujeción de identidades subalternas habría de adoptar formas múltiples en la era liberal (ca. 1870-1944), tal como lo destaca la historiografía centroamericana. Mientras en toda la región, los políticos, la prensa y los intelectuales proyectaron imágenes negativas de los indígenas como bárbaros y rebeldes, los distintos estados siguieron distintas estrategias, que iban desde la negación de las raíces autóctonas como en Costa Rica a la aculturación forzada en El Salvador, Nicaragua y Honduras y la exclusión del seno de la nacionalidad, como fue el caso de Guatemala (Díaz Arias 2007).
El proceso de construcción múltiple de entidades nacionales, compartido en sus rasgos genéricos por muchos estados en todo el mundo, se hizo aún más complicado y prolongado en América Central, ya que los nuevos estados difícilmente podrían generar un sentido compartido de ‘comunidad imaginada’ al decir de Benedict Anderson (1991). Los estados tuvieron que definir y crear un sentido de pertenencia política y nacionalidad, lo que implicaba el reconocimiento de determinadas categorías de ciudadanía como de suma importancia, mientras que debían sustituir, ignorar o negar atributos previos de identificación, incluyendo la identidad pan-ístmica, así como generar un proceso de sumisión de identidades localizadas o étnicas. El complejo y prolongado proceso de la construcción nacional en América Central fue el resultado de muchos factores, con los siguientes como más prominentes: (a) el pasado colonial compartido; (b) la temprana identidad post-colonial; (c) una estrategia que hizo hincapié en la estructuración política de esos países y la negación de identidades primordiales distintivas para construir nacionalidades separadas; (d) el carácter de improvisación de los estados que representaban intereses de élites de distintas ciudades que intentaron dominar a los otros centros urbanos y ampliar la zona de influencia que controlaban; y finalmente, como destacó Robert Holden (2004), (e) la naturaleza misma de la política de facciones y las redes clientelistas, que alimentaron la violencia pública y no permitieron una pronta consolidación de los centros políticos que gozaran de autoridad sobre los habitantes de cada estado.
Durante décadas después de su separación de la efímera República de las Provincias Unidas del Centro de América (1823/4-1838), los estados de la región no pudieron consolidar sus fronteras y aislarse a sí mismos de una dinámica de intervención regional. La interferencia provino de los ejércitos de distintas facciones y séquitos clientelistas, impulsados por la perspectiva de lograr el poder en su territorio de origen u otra área, sin tener en cuenta fronteras y jurisdicciones estatales. Los rebeldes y desterrados de un área fueron apoyados por los aliados en los estados vecinos, dispuestos a derribar a quienes detentaban el poder y facilitar el ascenso de fuerzas políticas afines a sus propios proyectos políticos.
Lo que en las visiones contemporáneas podría interpretarse como "invasiones" eran en ese momento considerados como meros avances tácticos de fuerzas dispuestas a cambiar constelaciones de poder y, en algunos casos, definir de nuevo los límites de los estados. Las guerras que siguieron no fueron vistas como guerras ‘nacionales’ o ‘guerras anti-imperialistas’. Todas las fuerzas políticas compartieron entonces el entendimiento de que esas conflagraciones eran, guerras fratricidas internas.
Fueron necesarias amenazas e intervenciones externas para generar una interpretación ‘nacional’ de la lucha por la independencia. Sin embargo, como veremos más adelante, en un principio, incluso el sentido de la “lucha nacional” se vio, de hecho, inmerso en la resistencia transnacional a aquella intervención y amenaza externa.
Por otra parte, eclipsando la construcción de estados soberanos e identidades separadas, estaban los orígenes comunes, lo que dejó un trasfondo de redes transnacionales de parentesco, relaciones económicas, sociales y políticas, y sobre todo, la imagen de un proyecto alternativo de construcción de la nación regional. Las personas podían confiar en dicha imagen cuando se desplazaban a países hermanos o desafiaban constelaciones políticas. Desde el punto de vista de la representación simbólica de las identidades nacionales separadas, los elementos primordiales - en forma de etnia o raza - resultaban secundarios a las estrategias políticas y cívicas adoptadas durante la construcción de los estados. Desde el principio, las élites tuvieron plena consciencia de que existían identificaciones locales, pero al mismo tiempo, también eran conscientes de que no había líneas fuertes que separaran a las repúblicas unas de otras o que retrataran a las demás como inalterablemente diferentes de la propia entidad política. Por otra parte, la forma en que los estados declararon la independencia implicaba que no podían pretender que su identidad colectiva fuera tomada en forma natural, sino más bien habría de ser vista y conmemorada como un logro cívico.
La construcción de los Estados-nación tuvo que comprender medidas institucionales resultantes de la promulgación de documentos representativos de la voluntad de los pueblos del Istmo. Los arreglos institucionales dependieron de la continua voluntad de los miembros de aquellas comunidades y en particular de la voluntad de las élites líderes de respetar las garantías y normas cívicas promulgadas en nombre de la voluntad popular. Una vez rutinizados, esos acuerdos podrían dotarse gradualmente de significado trascendental, a través del uso de mitos de los orígenes históricos, el culto de los padres fundadores de la patria, la selección de héroes nacionales, una serie de rituales conmemorativos, textos escolares, prácticas recurrentes y símbolos que destacaran lo distintivo y las virtudes de quienes pertenecen al núcleo nacional (Cruz 2000, Taracena y Piel 1995).
En el caso de las repúblicas del istmo, este proceso se complicó debido a los orígenes compartidos, el complejo proceso de promulgación de la independencia y la participación mutua y prolongada de cada estado en los asuntos de los estados vecinos. Ese conjunto de factores hizo que fuera difícil incluso promulgar claras efemérides nacionales que se diferenciaran de aquellas de los otros estados. En consecuencia, incluso el establecimiento de la fecha de la independencia ha sido a menudo una fuente de la disonancia en el istmo. A medida que el proceso de construcción de identidades colectivas diferenciadas ('nacionales') fue cobrando fuerza en la segunda mitad del siglo XIX, se entrelazó en conexiones transnacionales que siguieron siendo de peso en la región y que, de hecho, incluso permitieron dicha construcción nacional.
Historias conexas y la incompleta configuración nacional de espacios e identidades
El proceso de construcción nacional enmarcado en historias inter-seccionales, con la consecuente incapacidad de separarse por completo de fuerzas transnacionales en la región, puede rastrearse en la reacción de aquellos países frente a las amenazas e intervenciones externas. Un ejemplo paradigmático de intervención externa y reacción regional fue el caso de William Walker y su ejército privado de filibusteros norteamericanos que tomaron el control de Nicaragua en la década de 1850. La intervención de Walker condujo a una guerra que fue librada por lo que hoy definiríamos como una alianza "transnacional" de nacionales de varios países del istmo contra Walker, mientras que paradójicamente - o tal vez no, ya que se ajustaba a la lógica de todos los estados participes – fue conocida en la historiografía del istmo como la ‘Campaña Nacional’ o ‘Guerra Nacional’, siendo reivindicada en paralelo por varios estados.
La dimensión transnacional del conflicto era tan evidente que su apropiación simbólica en términos de las imágenes emergentes de nacionalidad se hizo de una manera plural y no pudo serle atribuida a un solo estado nacional. Vale decir, aún una confrontación decisiva para la ‘formación de las almas’ (un término tomado del historiador brasilero José Murilo de Carvalho para el caso de Brasil) no pudo destruir por completo el ángulo transnacional, que continuó operando como una corriente subterránea en la narrativa y representación simbólica de la nación. De tal manera, la Guerra Nacional sólo reavivó una vez más el proceso de tensión montado en la construcción de los estados nacionales, que siguió incrustado dentro de la persistente dimensión transnacional del istmo centroamericano.
La dinámica fue la siguiente. Después de obtener la independencia, Nicaragua participó en una interminable lucha entre los liberales, con su centro de gravedad en la ciudad de León, y los conservadores, con su centro en Granada. Frente a una creciente ola de conservadurismo, dirigida por Rafael Carrera en Guatemala, los liberales nicaragüenses recurrieron a la ayuda de aventureros norteamericanos que apoyarían su causa, prometiéndoles generosas concesiones de tierras. Bajo contrato con los liberales, William Walker y 57 californianos llegaron a la región, y fueron reforzados por 170 habitantes y unos 100 estadounidenses al arribar. Inicialmente, Walker fue derrotado por las fuerzas lideradas por un comandante conservador de Honduras, pero debido a las derrotas paralelas de otros comandantes liberales, logró elevarse al mando de las tropas liberales, tomando control de la ciudad de Granada. Esto abrió la puerta al reconocimiento de Walker como jefe de las fuerzas armadas y, finalmente, lo llevó a convertirse en Jefe del Estado de Nicaragua. Mediante la ejecución y el exilio de sus opositores, llegó a controlar el país y fue electo presidente en junio de 1856. Walker reclutó a más de un millar de norteamericanos y europeos que deberían luchar por la conquista de las otras cuatro repúblicas de América Central (Leonard 1993, 6). Esa estrategia de parte de Walker galvanizaría la resistencia de los otros países de América Central. Por otra parte, alineándose con los capitalistas Cornelius Garrison y Charles Morgan en competencia con el comodoro Cornelius Vanderbilt por el control de la empresa que aseguraba la única ruta comercial importante desde Nueva York a San Francisco a través de Nicaragua, Walker hizo de Vanderbilt su enemigo. El comodoro apoyó entonces la coalición militar de los estados de América Central, encabezados por Costa Rica; impidiendo el arribo de suministros y hombres a las fuerzas de Walker; presionando al gobierno de los Estados Unidos a que retirase su reconocimiento de Walker como titular del poder en Nicaragua; y dando paso libre a los desertores que retornaran a Estados Unidos de propia voluntad.
Walker logró hacerse con el control de Nicaragua a mediados de la década de 1850, pero pronto fue arrojado del poder en una lucha que se convertiría y sería inmortalizada también como la "Guerra de Independencia" en la historiografía de Nicaragua y Centroamérica, un sustituto de la guerra de independencia que Centroamérica nunca había experimentado (Domville-Fife, 1913). Para mayo de 1857, Walker se había entregado a la Armada de los Estados Unidos y fue repatriado. Intentos posteriores de recuperar el poder fracasaron y llevaron a su detención por los británicos que controlaban la costa caribeña de Honduras. Los británicos entregaron a Walker al gobierno de Honduras, que lo ejecutó en septiembre de 1860.
La lucha por expulsar a Walker se convirtió en una fuente de orgullo colectivo y se constituyó en piedra angular de la identidad nacional en más de un país de la región. La lucha también implicó connotaciones transnacionales que hacían hincapié en el patriotismo y la solidaridad de América Central. La ambivalencia en torno a la construcción nacional y el transnacionalismo se manifiesta simbólicamente en las conmemoraciones de aquel evento histórico, instrumental en la construcción de identidad colectiva. En Costa Rica, el 11 de abril se convirtió en una fiesta nacional clave, en conmemoración de la batalla de Rivas en 1856, en la que un improvisado ejército de campesinos costarricenses persiguiendo a Walker lo derrotó en la localidad de Rivas, Nicaragua, iniciando la merma en el poder de Walker, que culminó en su eventual entrega a la Armada de los Estados Unidos. Juan Santamaría, un joven baterista de Alajuela, Costa Rica, se ofreció a incendiar el fuerte de madera de Rivas, lo que obligó a Walker y a sus hombres a salir fuera de aquel espacio donde se habían refugiado. Santamaría, quien se inmoló en la quema del fuerte, fue el protagonista de aquella geste, pero en su momento no se le glorificó. Sin embargo, a partir de finales de la década de 1880 y hacia 1891 ese hijo ilegítimo de una mulata se convirtió oficialmente en un héroe nacional. Una estatua de Santamaría representando a un fuerte y hermoso soldado con antorcha en mano se colocó en Alajuela, y el poeta nicaragüense Rubén Darío inmortalizó su memoria. Hoy en día, el heroísmo de Santamaría se enseña en las escuelas y su sacrificio es celebrado por los niños de Costa Rica en espectáculos conmemorativos. Como era de esperar, la historia de aquella guerra ha sido igualmente fundamental en la construcción de la identidad nacional en Nicaragua. Promovida por historiadores y políticos, la guerra fue retratada como una guerra librada por los patriotas nicaragüenses a quienes se sumaron los ejércitos de los estados vecinos, lo cual le dio una interpretación nacional sin eliminar por completo los temas de la solidaridad regional y el patriotismo transnacional. Ese proceso de transformación simbólica pasó por alto, pero no pudo erradicar por completo las tensiones existentes entre las narrativas nacionales e interpretaciones alternativas incrustadas en un ámbito transnacional. Estas interpretaciones y narrativas alternativas – que reforzaron las imágenes de nación armónica e integrada en Costa Rica y de nación ‘desgarrada’, provocadora de la intervención extranjera en Nicaragua – continuaron coexistiendo, aunque con cambios operados en su prominencia relativa en los diferentes estados de la región a través del tiempo (sobre el cambiante equilibrio de interpretaciones véase Acuña Ortega, 1995: 535-571 para Costa Rica, y Fumero Vargas, 1995 para Nicaragua).
La experiencia de esa guerra fue importante para el proceso de condensación de las identidades nacionales y transnacionales en la región. Los centros políticos promovieron tradiciones ceremoniales, que sirvieron tanto para conmemorar la gesta del pasado reciente, como para reconocer la visión y el progreso de los distintos países y, en el caso de Nicaragua, la capacidad militar de sus fuerzas armadas. La experiencia centroamericana se enmarca claramente en este sentido dentro del análisis de la construcción de identidades colectivas de Eisenstadt y Giesen, el análisis de las tradiciones inventadas de Eric Hobsbawm y Terence Ranger, y los estudios de naturalización de acontecimientos históricos que sugirió Anthony Smith. Esa experiencia tiene el aspecto adicional de haber proyectado la tensión persistente entre la redefinición de las fronteras estatales y la reformulación de los significados de lo "nacional", recreando así la dimensión transnacional de la política, ahora desde fuera de las fronteras estatales.
La guerra fue apropiada simbólicamente como una "guerra nacional", pero a pesar de su nombre, involucró la lucha de ejércitos de toda la región cruzando las fronteras estatales y retejiendo hilos transnacionales, incluso cuando aquellas naciones ya entraban en nuevas fases de consolidación estatal. El carácter mismo de la confrontación no podía borrar la dimensión transnacional por el mismo hecho de que la guerra podía ser reclamada en paralelo por varios estados, por lo que su carácter transnacional se proyecta en la retórica y la memoria de las generaciones futuras, aun cuando tal dimensión transnacional no fue apoyada oficialmente.
Relaciones inter-estatales y movimientos transnacionales
El carácter multifacético de las identidades colectivas en América Central determinó una reanudación intermitente de proyectos de unificación política de parte de sectores de élite, así como de movimientos sociales que de tiempo en tiempo lanzaron procesos de desbordamiento transnacional de una sociedad a otra. La recurrencia de los intentos de reunificación, más allá de las especificidades de cada intento, tuvo su origen en sentimientos subyacentes de decepción con los logros efectivos de las repúblicas independientes, a menudo vistas como "secciones" de una Patria más sustantiva e inclusiva. Los partidarios de aquellas iniciativas estuvieron a veces motivados por la convicción de que una edad de oro esperaba al estratégicamente situado istmo, siempre que los países lograran superar las divisiones pasadas. A lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX hubo al menos diez importantes intentos de reunificación (Roniger, 2011, capítulo 8). A principios del siglo XX, incluso los intereses de los Estados Unidos llevaron a apoyar ese tipo de iniciativas. Así, un Tratado General de Paz y Amistad se firmó en Washington DC en diciembre de 1907, bajo el patrocinio de los EE.UU. Los esfuerzos para revivir una confederación fracasaron, pero los delegados firmaron ocho convenios encaminados a frenar la lucha transnacional. Los países firmantes acordaron no intervenir en los asuntos de sus vecinos mediante la manipulación de los exiliados políticos y otras medidas. Con la apertura del Canal de en sólo cuestión de unos años, los EE.UU. estaban fuertemente interesados en la estabilidad política de la región. Dentro del Istmo, la posición de El Salvador fue crucial, ya que sus políticas se nutrieron de la desconfianza de Guatemala, a la cual veían bregando por asumir la hegemonía regional. Ello también permitió la proyección paralela de la influencia de Nicaragua hasta 1908.
Del mismo modo, la oposición salvadoreña a la creciente dependencia de América Central de los intereses financieros estadounidenses condujo a diversas iniciativas transnacionales como la idea de crear un banco central centroamericano en 1912. Con sede en Guatemala, la Oficina Internacional Centroamericana fue creada con la intención de apoyar 'la reconstrucción pacífica de la Patria centroamericana’. La oficina, integrada por delegados de los distintos estados, cooperó con los Estados miembros en la promoción de la armonización de las disposiciones constitucionales, la unificación de los contenidos educativos y las tarifas, el dinero, los pesos y medidas, así como en la adopción de un único escudo y una bandera regional. La Oficina publicó una revista trimestral que promovía el espíritu de unidad transnacional a través de notas sobre la historia compartida, los héroes y símbolos nacionales; informes sobre tratados regionales; e información sobre los estados miembros. El espíritu transnacional que impregnó sus actividades puede ser evaluados desde el primer párrafo de su edición de abril-junio de 1920, donde un editorial llama a que América Central despierte, afirmando que el sentimiento de la nacionalidad amplia se erige con valentía en cada una de las cinco Repúblicas del Istmo. Reconoce que los pueblos de América Central, que han estado disminuidos por la animosidad, sienten cada vez más la necesidad imperiosa de transformar en realidad óptima esos lazos espirituales que, aunque de forma débil, han mantenido viva la noble idea de la solidaridad de América Central durante la fase dolorosa de su separación. Sugiere solidificar la fraternidad dentro de un vínculo indisoluble, propiciando el surgimiento de una nación libre, grande y próspera en el corazón del nuevo mundo. Para ello, reconoce que se necesita un trabajo intensivo de regeneración “después de tantos años de experiencia agotadora” (Centro-América, XII, 2 (1920): 1).
Quienes compartían el compromiso con la idea de una patria centroamericana amplia se sentían inspirados por la experiencia de Italia y Alemania, cuyas secciones se unieron después de siglos de fragmentación. Al escribir sobre la experiencia italiana, imaginaban el futuro de su propia patria, haciendo hincapié en su compromiso voluntario y en la misión espiritual de aquellos sectores dispuestos a trabajar por "la unidad nacional" más allá del "seccionalismo".
En las décadas de 1910 y ‘20, la tendencia institucional de los tratados firmados por los delegados de los estados del Istmo fue acompañada de renovadas actividades transnacionales lideradas por el movimiento unionista, que se hallaba comprometido con la idea de una patria grande centroamericana. El movimiento estaba constituido por una red transnacional de activistas idealistas, que trataron de recrear el proyecto de una nación centroamericana a partir del nivel de base. Estaban convencidos de que la unión de la temprana independencia falló debido a una combinación de factores: el egoísmo de las élites reaccionarias, su manipulación de las masas analfabetas y su cooptación de intelectuales que de otro modo deberían haberse opuesto a la disolución de la unión. En consecuencia, previeron la reunificación como dirigida por un nuevo grupo de intelectuales comprometidos, que correrían la voz y nutrirían el apoyo masivo latente hacia la reactivación de la unión. A sus ojos, esa era la "verdad del futuro", que pronto se convertiría en una realidad con muchos beneficios para el bienestar y el orgullo de los centroamericanos, que podrían entonces vivir en libertad y democracia, gozando de la justicia y el estado de Derecho (Luna, 1906: 34; Bermúdez, 1912; Masferrer 1939;Serpas, 1954).
El núcleo del unionismo estaba constituido por intelectuales, profesores y estudiantes, la mayor parte provenientes de la clase alta, que se desilusionaron con los proyectos liberales y positivistas y se negaron a reconocer la verdadera República de sus sueños en los estados del presente. Los líderes del movimiento y los activistas por igual imaginaron que, a fin de prosperar. En su visión, América Central debía unirse como una región abierta a toda la humanidad. Por otra parte, una vez que América Central se uniera, México y América del Sur estarían en una posición más sólida para resistir el ataque de los intereses económicos de los Estados Unidos. Los unionistas quisieron regenerar la nación, promover la conciencia espiritual de un destino compartido entre todos los habitantes del Istmo y crear una sociedad justa, en la que las personas deberían gozar de garantías y derechos básicos, independientemente de las diferencias étnicas, de género, de clase o de estado civil (Casaús Arzú, 2006). Los unionistas eran plenamente conscientes del fracaso de los proyectos anteriores de unir a América Central, pero creían en la regeneración de la nación unida desde abajo hacia arriba, un objetivo que debería lograrse mediante la promoción de una conciencia del destino común y la construcción de un modelo de igualdad, justicia social y tolerancia, que alentaría la unión, respetando la autonomía de las diversas sociedades (García Giráldez, 2005). Imbuidos por la visión de regeneración de América Central y especialmente en vísperas del 100 aniversario del fin de la dominación española, muchos de los unionistas deambularon por las hermanas naciones de la región, ya sea sufriendo exilio o como expatriados, tratando de promover entusiasmo por el credo unionista en sus nuevos entornos.
Desde una perspectiva transnacional, probablemente la contribución de largo plazo más importante de los unionistas fue la ampliación de las esferas públicas en los años 1920s-40s. A través de la creación de muchas publicaciones, junto con la apertura de espacios de sociabilidad accesibles más allá de las distinciones de género, nacionalidad y en menor grado, clase social o etnicidad, reactivaron el compromiso con un horizonte transnacional. Esos foros y espacios de sociabilidad también ampliaron el debate público sobre cuestiones tales como la incorporación de los sectores subalternos y las mujeres indígenas y mestizas a una plena ciudadanía. Mediante su activismo y difusión de principios, influyeron en el ámbito de las ideas y los paradigmas de desarrollo, impactando el pensamiento de miles de individuos en todo el Istmo; algunos de los cuales – por ejemplo, Juan José Arévalo -- más tarde tomarían parte activa en la política y otros - las hijas y nietas de las mujeres que participaron en los círculos femeninos bajo el nombre de Gabriela Mistral – lograrían en Guatemala el derecho femenino al voto y a ser electas ya para las elecciones de 1946 (Casaús Arzú y García Giráldez 2005).
Ese movimiento transnacional mantuvo vivo el espíritu de reunificación regional. Mientras la Oficina Internacional Centroamericana intentaba trabajar en el marco del panamericanismo, promoviendo y dando a conocer iniciativas de coordinación regional, los unionistas eran más críticos del panamericanismo, por su instrumentación desde arriba hacia abajo y su conexión con las políticas expansivas e intervencionistas de los Estados Unidos. Un adalid de lucha anti-imperialista compartida transnacionalmente fue César Augusto Sandino, cuya imagen heroica habría de ser recuperada décadas después de su asesinato por el movimiento sandinista en Nicaragua. Como es de común conocimiento, Sandino (1895-1934) mantuvo una lucha armada contra la presencia norteamericana en Nicaragua desde 1927. En el marco de nuestro análisis, lo interesante es percibir como su experiencia transnacional deambulando por el istmo se reflejó asimismo en la composición del contingente que lo acompañó en la lucha anti-imperialista. A partir de 1920, Sandino transitó por los enclaves económicos de la costa atlántica de América Central, ante todo en Bluefields (Nicaragua), luego en La Ceiba (Honduras), brevemente en Guiriguá (Guatemala), y finalmente en Tampico (México). En todos esos enclaves, llegó a conocer la diversidad de las poblaciones de la zona circun-caribeña, que incluía entonces a negros de las islas occidentales británicas, garífunas, norteamericanos al frente de plantaciones y sobre todo, una masa multinacional de trabajadores entre los que se contaban extranjeros radicales que lideraban confrontaciones con el capital norteamericano y el imperialismo (Wünderich, 1989;Carr, 2012). En ese entorno humano, Sandino desarrolla su visión Bolivariana de resistencia contra el imperialismo. Sus lugartenientes eran originarios de todos los territorios de América Central y aun de México y la República Dominicana. Además, cuando Sandino viaja a México en 1929 para tratar de conseguir apoyos, usa un pasaporte hondureño, mientras cruza los territorios de El Salvador y Guatemala con el conocimiento de sus gobiernos. Donald Hodges ha documentado con detalle las raíces ideológicas de la concepción de Sandino, mostrando la fuerte influencia de ideas espiritualistas que predicaban la ‘solidaridad espiritual’ de las personas y promovían la idea de cambios revolucionarios tendientes a crear una Sociedad “sin propiedad privada, parásitos, autócratas, plutócratas y supremacistas religiosos, nacionalistas, racistas o partidarios de supremacía de género.” Sandino combinaba esos ideales de justicia social con una visión soreliana de la violencia, visión heredada de anarco-sindicalistas españoles (Hodges, 1992; Cruz, 2005: 201-206). De igual relevancia es destacar cómo, después de su muerte, la idea del compromiso transnacional siguió inspirando a movimientos pan-latinoamericanos y su figura fue canonizada por sectores comprometidos con un ideario transnacional.
Después de un alto durante la depresión de la década de 1930 y la Segunda Guerra Mundial, los esfuerzos transnacionales se reanudaron a partir de septiembre 1951 con reuniones que crearon la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), comprendiendo a Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Ese paso dio lugar a una serie de iniciativas posteriores orientadas hacia la cooperación pacífica y la construcción de instituciones transnacionales. Esas iniciativas, lanzadas a partir de la década de 1960, se diferenciaban de los primeros proyectos de reunificación, ya que estaban orientadas a la creación de mecanismos de cooperación internacional en lugar de la unión política, como en el pasado. Implicaron la creación del Mercado Común Centroamericano (MCCA o CACM) en 1960. Otros marcos institucionales creados en ese período incluyeron el Banco Centroamericano de Integración Económica (1961), el Consejo Monetario Centroamericano creado para coordinar el desarrollo de una unión monetaria (1964), el Consejo Centroamericano de Defensa o CONDECA que incluyó Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, con una adhesión simbólica de Costa Rica y la adición de Panamá en 1972; y el Consejo Centroamericano de Superintendentes de Bancos, de Seguros y otras instituciones financieras, creado en 1974 para fomentar la cooperación y el intercambio de información.
La lucha revolucionaria, la revolución sandinista y las guerras civiles y regionales que le siguieron en la década de 1980 convirtieron a la región en un espacio de confrontación militar durante la Guerra Fría, produciendo un desbordamiento de la violencia en gran parte de la misma y dando forma a uno de los legados más masivos de violaciones de los derechos humanos en las Américas.[3] Solamente en la década de 1990, esfuerzos regionales mancomunados lograron poner fin a las guerras civiles y transnacionales. Las iniciativas de cooperación institucional regional cobraron entonces impulso de nuevo, reforzadas por la intervención de los países en los acuerdos de paz que despegaron con Esquipulas II en agosto de 1987 y jugaron un papel decisivo en intentar concluir las guerras civiles en El Salvador y Guatemala, así como en el establecimiento de diversos mecanismos para la cooperación internacional. El proceso puso de manifiesto la importancia de los esfuerzos regionales. Por la década de 1980, los países de la región y toda América Latina comenzaron a buscar formas de salir de la crisis regional. La crisis económica mundial de la década de 1980 añadió desincentivos a la sostenibilidad económica en condiciones de guerra. Durante ese tiempo, la comunidad mundial se enfrentó a un aumento sustancial de las tasas de interés y los costos del petróleo, una disminución en las exportaciones y un estancamiento parcial junto con inflación (‘stagflation’). Como resultado de ello y de la desestabilización provocada por la guerra, el comercio entre los países de América Central se redujo aproximadamente al cincuenta por ciento de 1980 a 1985, mientras que los productores se encontraron con muy poco a que aferrarse (Jonas, 1991: 80-81). Mientras continuaba la guerra y la violencia interna no desapareció incluso en la década de 1990, la región - preocupada por la combinación de crisis políticas y económicas – inició un proceso de participación en los procesos de negociaciones de paz y transición política.
El cambio a un régimen civil se inició en Honduras en marzo del 1980, con las elecciones a una Asamblea Constituyente. La iniciativa del grupo de Contadora, el nombre de la isla donde los diplomáticos de Colombia, México, Panamá y Venezuela iniciaron conversaciones en enero de 1983, tuvo como objetivo promover el diálogo y la paz en la región, al tiempo que intentaba reducir la intervención militar extranjera. Las reacciones a la iniciativa del grupo de Contadora fueron mixtas. Como indicó Ralph Lee Woodward, “las propuestas recibieron la aprobación de boca afuera de los Estados Unidos y Nicaragua, pero el aumento de la tensión y la desinformación apoyada por Estados Unidos, la desestabilización, y la actividad de los Contras contra el régimen sandinista, así como la fuerte presencia de asesores cubanos y de Europa oriental dentro de Nicaragua, impedían un acuerdo bajo los auspicios de Contadora. ... [Además de las sanciones económicas en Nicaragua], los Estados Unidos también habían diseñado la resurrección del Comando de Defensa Centroamericano (CONDECA) compuesto por Honduras, Guatemala, El Salvador y Panamá, con la exclusión de Nicaragua y con Costa Rica declinando la invitación a sumarse” (Woodward, 1999: 281; véase también Dunkerley 1994).
El flujo de la ayuda a los Contras, que continuó a través de la venta ilegal de armas vía la CIA a Irán, y la reticencia de los EE.UU. a aceptar nada menos que la expulsión de los sandinistas, pusieron fin a los planes de Contadora en 1985. En 1986, el presidente de Costa Rica, Oscar Arias y el presidente de Guatemala Vinicio Cerezo pusieron en marcha un nuevo plan de paz, que también se orientaba a promover el establecimiento de la democracia en el Istmo. La iniciativa de 1986-7, conocida como el Plan de Esquipulas (la ciudad de Guatemala, donde comenzaron las conversaciones), fue una respuesta de seguimiento a la crisis, tomando el relevo de la atrancada iniciativa anterior. Las reuniones de Esquipulas I y II reunieron a los jefes de estado de América Central que estaban de acuerdo sobre un marco para la resolución pacífica de los conflictos y la cooperación económica como el medio para poner fin a la crisis militar de la región y promover la reconciliación nacional y la democratización. Las medidas transnacionales incluían la conclusión de toda la ayuda a las fuerzas irregulares en las naciones contiguas, la asistencia a los refugiados y los primeros pasos hacia la verificación internacional.
Esa estrategia interestatal exitosa puede ser comparada con la falta de logros de los intentos transnacionales para poner fin a la crisis de 2009 en Honduras, que ha tenido un impacto pernicioso sobre la persistencia de altas actitudes divisivas dentro de la sociedad hondureña, incluso después de las siguientes elecciones presidenciales. Las estrategias dirigidas por los Estados, incluso aquellas coronadas con el éxito, no han cambiado el formato de la ciudadanía en los diferentes estados tanto como lo hizo la creciente influencia tanto del discurso de los derechos humanos y el impacto de la narrativa y el discurso de la violencia generalizada anclados en los temores difundidos acerca de la presencia del narcotráfico y las actividades relacionadas con las maras centroamericanas.
En las últimas décadas se ha producido un impulso de refrendo de la coordinación regional y la creación de muchas instituciones destinadas a la lucha contra problemas compartidos, como la creciente amenaza que las redes ilícitas e ilegales representan para la gobernabilidad y la seguridad pública en toda la región. Sociológica, política y culturalmente, la región ha enfrentado crecientes presiones derivadas de esas redes ilícitas transnacionales, la violencia social y la persistencia de las brechas socioeconómicas. La corrupción y la ineficiencia administrativa han añadido desconfianza en el público, mientras la inseguridad pública ha dado lugar a la retirada de los ciudadanos de las esferas públicas, la dependencia generalizada de servicios de seguridad privada y una fragmentación creciente de las sociedades civiles. Muchos han dejado sus países para escapar del círculo vicioso de desempleo, pobreza y falta de perspectivas de mejora del nivel de vida. Muchos más han soñado con tomar el camino de la migración, al menos hasta que la crisis económica golpeó los EE.UU. y México a finales de la década del 2000. Estos han sido los desafíos que afectan a América Central en su conjunto y los estados deben tomar en cuenta las dimensiones transnacionales de las interacciones en toda la región. Por tanto, han firmado tratados y acuerdos que han definido de nuevo la necesidad de coordinar acciones y alcanzar mejor integración económica, armonización y regulación. La cuestión es cómo lograr una gobernabilidad de multinivel, vale decir cómo el ámbito regional se articula con los niveles nacionales y sub-nacionales y si logra impulsar el desarrollo de redes no gubernamentales activas, como parte de sociedades civiles (Phillips, 2001; Jayasuriya, 2008). En estos momentos se requiere cierta combinación de formas horizontales y verticales de rendición de cuentas que logre generar una exitosa revitalización de la confianza pública, tan necesaria para la democratización y la institucionalización regional transnacional en América Central. Un excelente ejemplo en esa dirección ha sido el caso de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), una iniciativa para luchar contra la corrupción y un sector de la justicia incompetente en aquel país, que ha sido promovida a finales de los años 2000 por una amplia coalición de ONG de Guatemala con conexiones transnacionales. La CICIG fue establecida por un acuerdo entre las Naciones Unidas y el gobierno de Guatemala, y aprobada por el Congreso de la República en agosto de 2007, pero esa iniciativa no hubiera sido posible sin el trabajo masivo transnacional y nacional de una coalición de ONGs de Guatemala y ONGs externos. Entre las ONGs externas se destacaba la Oficina de Washington para América Latina (WOLA). La coalición de ONGs que lanzó la iniciativa en 2001 incluía al Centro para la Acción Legal en Derechos Humanos, (CALDH), el Centro Internacional para Investigaciones en Derechos Humanos (CIIDH), la Fundación Myrna Mack, FMM), el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), la Fundación Rigoberta Menchú Tum (FRMT), el Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales de Guatemala (ICCPG), la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHAG) y Seguridad en Democracia (SEDEM). “A menudo haciendo frente a amenazas de muerte y acoso, se lanzaron a lograr obtener el apoyo de los funcionarios del gobierno de Guatemala y de representantes de los gobiernos donantes presentes en Guatemala, a menudo en las embajadas, para esta propuesta innovadora" (Washington Office for Latin America 2008: 4). Impulsando ese desarrollo inusual para hacer frente a la violencia e inoperancia ligada al estado existieron varios factores de transferencia y consecuencias transnacionales claras. En primer lugar, el ejemplo paradigmático de la experiencia salvadoreña en el lanzamiento de una comisión de investigación conectada a la ONU. El ejemplo de El Salvador inspiró a los activistas de Guatemala a unir fuerzas y generar apoyo transnacional a través de redes densas de apoyo y llegar a impulsar a su propio gobierno para que actúe. A ello se sumaron actores clave y las fuerzas sociales dentro del país que llegaron a entender que sólo mediante la búsqueda de ayuda de la comunidad internacional para hacer frente a problemas de seguridad interna y violencia ligada al malfuncionamiento del estado de Derecho podrían eludir la inoperancia de instituciones nacionales. En las etapas finales de presentar la iniciativa en el Congreso con el propósito de aprobar la CICIG, otro evento transnacional creó un escenario favorable a la aprobación; a saber, la participación embarazosa de la Policía de Guatemala en el asesinato de tres políticos salvadoreños y su chofer en las afueras de la capital de Guatemala en febrero de 2007, seguido por el asesinato de los culpables presos en una cárcel de Guatemala. Esto se convirtió en el empuje final, ya que demostraba la imposibilidad de llegar a la rendición de cuentas para abordar el problema de la violencia de agencias estatales dentro de las fronteras nacionales, obviando resistencias presentadas en nombre de la soberanía nacional.
Las limitaciones estructurales dan credibilidad a la idea de apoyar la coordinación regional y la cooperación transnacional. Los países pequeños se enfrentan a problemas particularmente difíciles en cuanto a las limitaciones de sus mercados internos, la amenaza de las redes criminales internacionales, y la falta de recursos suficientes para redefinir el espacio público en términos de modelos alternativos de desarrollo, confianza pública y rendición de cuentas a la ciudadanía, algo que reduciría la corrupción de los círculos de poder. La puesta en común de recursos y la formación de fuerzas transnacionales regionales tiene por lo tanto sentido. La cuestión es si los organismos públicos a nivel regional están trabajando en generar la confianza institucional necesaria para apoyar cualquier paso adicional en la dirección de estrategias coordinadas. Sobre todo ahora, esas estrategias no pueden ser reducidas a la integración económica y comercial, sino que, para ser eficaces, tienen que hacer frente a una gama más amplia de cuestiones transnacionales, apoyando una ética de democratización, participación ciudadana y gobernabilidad en la región.
Conclusiones
Este artículo ha puesto especial atención en los ámbitos de la política, la vida pública y la construcción de identidades colectivas. Se trazó la interacción montada entre el proceso de constitución y consolidación de los estados e identidades nacionales distintivas, por una parte, y, por la otra, la presencia persistente de proyectos alternativos de reconstrucción de compromisos e identidades transnacionales más amplios, enredándose unos y otros en reflujos cambiantes en diferentes momentos y circunstancias históricas. En cierto sentido, al tramitar el pasado, posicionarse en el escenario presente, y proyectar el futuro, las fuerzas políticas, sociales y culturales podían barajar proyectos alternativos de desarrollo, algunos de ellos transnacionales en su horizonte o bien en su impacto regional.
Este trabajo es parte de un programa de investigación más amplio sobre procesos de reconstrucción de identidades colectivas y narrativas históricas, prácticas sociales transnacionales y movimientos de redes, personas y transferencias de ideas (véase por ejemplo Roniger, 2011, 2014;Sznajder y Roniger, 2013), paralelo a la obra de notables investigadores de América Central en su totalidad, como Ralph Lee Woodward Jr. (1999) y Roberto Pastor (2011). Centrándonos en la región del istmo, el enfoque analítico que hemos desarrollado tiene relevancia más allá del foco de análisis. Desde una perspectiva de largo plazo, hemos seguido diversos aspectos que han conectado a los estados y las sociedades del istmo, indicando que el transnacionalismo ha existido mucho antes de las etapas actuales de la globalización y más allá del ámbito de la economía. En consecuencia, el trabajo sugiere que la globalización y el transnacionalismo no son equiparables, aunque pueden incidir uno sobre el otro, como es el caso en la etapa actual de desarrollo.
La idea de América Central persistió más allá de la efímera tentativa de unificación política de principios del siglo XIX. Para algunos, esa experiencia se convirtió en una fuente de inspiración de proyectos transnacionales posteriores, mientras que para otros su memoria solidificó la voluntad de tomar un camino distintivo de desconexión. A veces, la región fue concebida como parte de fórmulas políticas constructivas diseñadas por las élites, mientras en otros momentos históricos, fue la idea central de movimientos populares, nutridos por las experiencias de exiliados, emigrantes e intelectuales que cruzaron las fronteras de los estados y estuvieron dispuestos a generar un sentimiento de renovada fraternidad en el istmo. Hubo momentos en que la resistencia a las intervenciones extranjeras provocó un sentimiento de solidaridad transnacional, mientras que en otras circunstancias fueron los Estados Unidos como potencia hegemónica que apoyaron la idea de la coordinación e integración regional.
En resumen, en diferentes períodos y bajo cambiantes circunstancias, los actores sociales y las fuerzas políticas, sociales y culturales se posicionaron de forma diversa ante el futuro de América Central. En muchas ocasiones, la lógica imperante fue aquella de consolidación de los estados-nación, pero en otras oportunidades surgieron redes, movimientos y coaliciones que proyectaron dinámicas, iniciativas políticas y acciones bélicas transnacionales. En lugar de afirmar que Centroamérica ha existido como una entidad objetiva, hemos mencionado algunos de los acontecimientos y fuerzas sociopolíticas que promovieron compromisos transnacionales o lucharon contra ellos en los dos últimos siglos.
En un compás más amplio, este trabajo pone de relieve la importancia de centrar la atención en la construcción de identidades colectivas como una dimensión autónoma de la vida social, conectando visiones históricas con la definición de pertenencia a comunidades políticas y creando proyectos orientados a futuro. Como este estudio se ha realizado sobre una región que se desarrolló bajo la compleja dinámica de historias interconectadas y un transnacionalismo que atravesó distintas identidades de estado-nación aún sin reemplazarlas totalmente, tiene relevancia adicional para la investigación histórico-comparativa. Permite una mejor comprensión de la entrelazada historia geo-política y cultural de ciertas macro-regiones, pues revela cómo las identidades colectivas afectan las constelaciones de poder, el significado y el carácter abierto de las fuerzas sociales, políticas y culturales, dando forma a sociedades conectadas entre sí que evolucionan en conjunto en un camino de múltiples modernidades.
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Notas