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Nuestros "negros"

Mario Margulis
UBA, Argentina

Nuestros "negros"

e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, vol. 15, núm. 60, pp. 1-17, 2017

Universidad de Buenos Aires

Recepción: 19 Junio 2017

Aprobación: 26 Junio 2017

Resumen: Nuestros “negros”

El presente texto se propone analizar los procesos de discriminación, rechazo y exclusión que se evidencian en Argentina y, además, enfatizar la negación, encubrimiento e invisibilización que contribuyen a la perseverancia de dicho fenómeno. La expresión “nuestros negros” es utilizada debido a que en el lenguaje habitual no hay palabras, excepto las peyorativas, que designen a estos sectores. Esta carencia debe ser considerada como un eslabón del dispositivo discriminatorio insertado en la cultura y constituido, con diferentes etapas y manifestaciones, a lo largo de siglos.

Palabras clave: racismo, discriminación, exclusión, discursividad social, estigma.

Abstract: Our "blacks"

The present text intends to analyze the processes of discrimination, rejection and exclusion evidenced in Argentina and, in addition, to emphasize the negation, disguise and invisibilization that contribute to the perseverance of this phenomenon. The expression "our blacks" is used because in the usual language there are no words, except pejorative ones, that designate these sectors. This lack should be considered as a link of the discriminatory device that is inserted in the culture and that has constituted over the centuries, with different stages and manifestations.

Keywords: racism, discrimination, exclusion, social discursiveness, stigma.

Introducción. Racismo en la ciudad “blanca”

En Buenos Aires anidan distintas formas de discriminación y exclusión. La más insidiosa y menos reconocida y, a pesar de ello, la más extendida y perseverante es la que afecta a los que llamamos “nuestros negros”. Hace más de 10 años, en 1999, hemos publicado un libro (Margulis, Urresti y otros, 1999), que fue resultado de un proyecto de investigación realizado en el Instituto Gino Germani y que describe detalladamente la persistente discriminación en el Área Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires hacia la población caracterizada por sus rasgos mestizos. El presente texto se propone destacar que, una década después, esos procesos de discriminación, rechazo y exclusión prosiguen y, además, enfatizar la negación, encubrimiento e invisibilización que contribuyen a esa perseverancia. El tema no se refiere exclusivamente a Buenos Aires, afecta con distintos modos e intensidades a todo el país, y no sería demasiado aventurado afirmar que incluye a toda América Latina aunque con distintas modalidades locales.[1]

La expresión “nuestros negros” es utilizada debido a que en el lenguaje habitual no hay palabras, excepto las peyorativas, que designen a estos sectores. Esta carencia debe ser considerada como un eslabón del dispositivo discriminatorio insertado en la cultura y constituido, con diferentes etapas y manifestaciones, a lo largo de siglos.

Como antecedente es necesario referir al complejo proceso del mestizaje latinoamericano en el que confluyeron indios, negros y españoles. En los largos siglos de la dominación colonial española, el sistema jurídico, al igual que la cultura y las costumbres, sancionaban un sistema social desigual: una organización jerárquica cuya cúspide era ocupada por los españoles, situándose en los estratos inferiores la variada mezcla constituida por los descendientes de blancos, indios y negros. Esta parte de la población lleva en sus cuerpos las señales de su origen y de sus mezclas, no es portadora del cuerpo impuesto por las pautas estéticas dominantes: aquellos modelos de cuerpo “legítimo” que siguen ratificando en nuestra cultura la hegemonía del hombre blanco.

En el libro antes mencionado se constata y describe la discriminación, el rechazo, así como el fuerte prejuicio contra “nuestros negros” que abunda en los mensajes que integran la discursividad social. Hay discriminación en el ámbito laboral, en la vida cotidiana, en las calles y hasta en las escuelas, puede constatarse entre los niños y las actitudes prejuiciosas incluyen a veces también a los maestros:

Desde los primeros años de la escuela primaria –y a veces hasta en el jardín de infantes- se los puede escuchar decir frases como estas: “Hola negro sucio”; “Soy negro pero no destiño”( …) “Salí de acá negro subdesarrollado” y tantas otras por el estilo, algunas incluyendo términos humillantes al tiempo que hacen referencia a la procedencia étnica (…). Una maestra de segundo grado dice que está cansada de pedirles a sus alumnos que no insulten ni golpeen a Cristian y a Juan, los dos más morochos del grado “porque después de todo, todos tenemos algún defecto, basta con mirarnos al espejo, nadie es perfecto.” (Clarín, 25 de marzo de 1992)

La discriminación se hace notar fuertemente en variados ámbitos sociales. En las cárceles son la población más numerosa, porque son pobres y los delitos más castigados no son los de “guante blanco” y, además, porque el acceso eficaz a la defensa jurídica requiere de recursos económicos que no les son accesibles. En los estadios de fútbol es notorio el prejuicio y rechazo: “son la mitad más uno / son de Bolivia y Paraguay / yo a veces me pregunto·/ che negro sucio / si te bañas (…)” (Cántico contra la hinchada de Boca Juniors)

Los cuerpos más o menos afines al modelo “legítimo” son factor de selección positivo en la competencia por los empleos y, por otra parte, hasta en los sectores más discriminados las familias celebran cuando sus hijos nacen más “blanquitos”. Quienes habitan en las “villas” son menospreciados, segregados de múltiples maneras y objeto de temor y de rechazo. Los que portan los rasgos corporales del “cabecita”, del boliviano, o en general de “nuestros negros”, se transforman en un otro peligroso, al que habría que temer, que puede agredirnos o despojarnos. Son objeto de sospecha, sobre todo cuando transitan la ciudad por zonas y horarios no apropiados: vienen de a miles todos los días desde el Gran Buenos Aires a las zonas centrales de la ciudad a desempeñarse en la construcción, servicio doméstico u otras tareas de escasa calificación y retornan al atardecer en trenes o colectivos atestados. Las estaciones de ferrocarril son testimonio elocuente de la argentina “no blanca”, lugares de commuting en que se puede apreciar, sobre todo en las horas pico, la dinámica social y racial de la ciudad. Hacia ellos se dirige la sospecha policial, su famoso “olfato”: con frecuencia deben exhibir sus documentos de identidad. La ciudad blanca presiona sobre este sector emitiendo señales que solo son percibidas por aquellos que se sienten objeto de sospecha: su sensibilidad, afinada por su socialización en un clima descalificador, les permite apreciar signos apenas perceptibles de bienvenida o de rechazo, lo que incide en las modalidades de su uso de la ciudad y regula sus itinerarios.

Esta situación, que habíamos descripto en la investigación citada sigue plenamente vigente en la actualidad. No se trata únicamente de mensajes y actitudes discriminatorias en el plano de la comunicación o en el trato personal, también son frecuentes agresiones corporales: es el caso que describe el matutino Clarín relativo al asesinato del joven José Duarte (trabajador manual originario de Olavarria) muerto a golpes y patadas por una banda de jóvenes que estudian en colegios privados de la localidad de Mercedes. Duarte, de 16 años, era un muchacho de rostro aindiado, de familia humilde. El racismo involucrado en el episodio se aprecia en toda su magnitud en las expresiones de un integrante de la “Banda del Gitano” que, según ese diario, es una de las que agrupan a integrantes de los colegios privados de esa localidad, “en Facebook escribe: que no quede uno vivo. Juntémonos todas las bandas para matar a todos los villero” (Clarín, 18 de abril de 2010). En el mismo diario se incluye el reportaje a otro joven que fue víctima de un ataque racista:

Si aquella noche de 2004 no terminó como la madrugada en la que murió José Duarte, fue de pura casualidad. Yo había ido a bailar con mis amigos al boliche Le Front, que está a 20 metros de lo que pasó el sábado. Uno de los pibes del San Patricio se me paró atrás y me empezó a decir 'negro de mierda', 'tomátela, hijo de puta'. Al principio no me di cuenta de que me insultaba a mí (...) hasta que me di vuelta", cuenta Daniel Manfrías, que en ese momento tenía 16 años. Lo que le pasó cuando se dio vuelta fue lo mismo que a Duarte: “me dio una piña en la cara y cuando me quise defender se metieron todos los amigos. Uno me levantaba la cabeza de los pelos y me daba piñas en la cara y después otro me tiró al suelo y me saltó encima de la cabeza. Después me caí y ahí me empezaron a pegar patadas entre todos”.

Algunos actores sociales que se tornaron notorios en estos años, principalmente los piqueteros y cartoneros, son objeto predilecto de invectivas fuertemente teñidas de contenido racista:

Atrapado en un embotellamiento, el taxista masculla la bronca. Serán veinte minutos y los pagará el pasajero, pero al hombre le indigna personalmente no poder cruzar la avenida. Masca, tarasconea palabras en voz baja, y al final le sale un “¡qué negros de mierda!” tajante. Está hablando de piqueteros y no está solo, ni remotamente solo al salirse por la tangente del “negro”. Como mostró Página 12 en su edición de ayer, la táctica del corte de rutas y avenidas despierta un alto nivel de rechazo y cuestionamiento político. Y también una llamativa violencia verbal, una dureza que hace tres años se reservaba al fantasma del inmigrante ilegal. La oposición al piquete se está poniendo cada vez más racista. (Kiernan, 2004)[2]

Todos estos episodios hablan de la discriminación persistente que sufre un sector de la población, son aquellos que pertenecen a los sectores sociales más pobres y descienden del mestizaje de indios, blancos y negros. Son la población “no blanca” de nuestro país, que se caracteriza por rasgos físicos distintos, y también por pertenecer a los estratos menos favorecidos. Son los que habitan las villas “miseria” y los barrios modestos en la periferia de las grandes ciudades, también en las casas “tomadas” y en los hoteles-pensión más humildes de la capital. Suelen desempeñar trabajos manuales, tienen menor nivel educativo, la piel más oscura y algunos de ellos rasgos aindiados y cuerpos robustos. Los patrones oficiales de belleza no los tienen en cuenta: el modelo privilegiado por la publicidad y los medios de comunicación es casi siempre rubio, esbelto, de tez clara; es el cuerpo “legítimo” que predomina en nuestra cultura basado en patrones europeos o norteamericanos.

En Buenos Aires, como en el resto del país y, en general en América Latina, el mapa de la pobreza es consistente con esta antigua hegemonía del hombre blanco: predomina la piel más oscura en las zonas más pobres, en los empleos peor remunerados, en las zonas marginales y, asimismo, en las cárceles. La sociedad gestada durante la época colonial (siglos XV, XVI y XVII) fue considerada por algunos autores como una “pigmentocracia” (Farberman y Ratto, 2009: 11) y los sistemas de clasificación, las jerarquizaciones y los modos de valorar incidieron en las formas de organización social del sentido que fueron impregnando los códigos culturales y perseveraron en los períodos posteriores.

Invisibilización y estrategias de disimulo

Persevera un imaginario según el cual Buenos Aires es una ciudad blanca, una ciudad habitada sobre todo por descendientes de europeos. Un ejemplo en este sentido es la remanida frase “los argentinos descendemos de los barcos”, insinuando que la marea inmigratoria de ultramar (principalmente entre 1880 y 1930) dio como resultado esa exclusividad blanca. Pero la ciudad, especialmente si la consideramos como Área Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires, incluye a un alto porcentaje -tal vez la mitad de sus habitantes- cuyo fenotipo difiere del europeo y tiene las características corporales del mestizo latinoamericano. La población Argentina (y de Buenos Aires) que era muy escasa a mediados del siglo XIX, aumentó rápidamente como resultado de la política inmigratoria propiciada por el estado. El esfuerzo por atraer inmigrantes europeos comenzó a ser realmente exitoso después de la Guerra del Paraguay y de la llamada Conquista del Desierto, cuando el país se presentaba pacificado y atractivo para las masas que en Europa sufrían carencias y desempleo. Siguió llegando inmigración de ultramar hasta que la crisis de 1930 obligó a cambiar el modelo de acumulación. A partir de entonces, con la sustitución de importaciones y el crecimiento de la industria nacional, la migración de ultramar fue reemplazada por otra corriente migratoria integrada por habitantes del interior y también de los países limítrofes, la que atrajo a las ciudades una población con rasgos mestizos, de tez más oscura y diferente contextura física. La población portadora de estos rasgos, descendiente del mestizaje latinoamericano, ha sido siempre objeto de prejuicio y actitudes discriminatorias. Tales actitudes insertas en los códigos culturales, en las escalas de valoración, en los códigos de apreciación y rechazo, clasifican en escalas jerárquicas y tienen su origen en la constitución social del sentido de la época colonial, cuando la superioridad del europeo y la inferioridad de los indios, mestizos, negros y sus mezclas, denominadas castas o cruzas, estaba explícita y jurídicamente sancionada.

Durante el siglo XIX e inclusive durante las primeras décadas del siglo XX, el racismo y la inferiorización de esos grupos, se manifestaba sin retaceos en los mensajes sociales. Recién después de la segunda guerra mundial y del genocidio nazi, los mensajes racistas y las discriminaciones de todo tipo comenzaron a desacreditarse, a tornarse políticamente incorrectos, y los discursos sociales se volvieron más cuidadosos y reticentes. A partir de entonces el concepto “raza” empezó a perder vigencia y prestigio. Durante un par de décadas después de terminada la guerra se lo siguió usando en las declaraciones de organismos internacionales, como las Naciones Unidas o la UNESCO, pero mitigando su alcance al declarar explícitamente que no puede alegarse correlación alguna entre el color de la piel u otros rasgos del cuerpo o la nacionalidad, religión o etnia, con aspectos relativos a la capacidad intelectual, a los valores éticos o características psicológicas. Y a partir de 1970 representantes de las ciencias “duras” impugnaron totalmente el concepto “raza” afirmando que desde el punto de vista de la ciencia no es apto para clasificar a los grupos humanos. En su lección inaugural en el College de France (diciembre de 1972) el hemotipologista Jacques Rufflé afirmaba: .en el seno de la humanidad las razas no existen. (Margulis, 1999: 41).

Representantes de la biología, de la antropología física y de otras especialidades se pronunciaron reiteradamente en el mismo sentido, pero si la raza dejó de ser un concepto válido desde el punto de vista científico para clasificar y diferenciar a los seres humanos, seguía existiendo en el plano del lenguaje y de las prácticas sociales: el racismo mantenía y renovaba su vigencia, pero ahora con nuevas modalidades menos explícitas. Es el caso de las actitudes de descalificación y rechazo hacia los que llamamos nuestros negros, hacia esa población que forma parte de nuestra ciudad, que es receptora de manifestaciones de hostilidad y desprecio, pero, casi siempre de modo encubierto.

Prevalecen estrategias de disimulo, tanto en discriminadores como en discriminados, lo que torna más difícil investigar y desarrollar esta temática. Es un tema que no aparece en forma franca y directa y del cual no se suele hablar. Se señalan y condenan de modo más abierto otras formas de discriminación: el racismo hacia los descendientes de africanos en los Estados Unidos, las formas de rechazo e intolerancia hacia los inmigrantes del países pobres en Europa o, en nuestro país, hacia las minorías sexuales, la discriminación de género, la intolerancia religiosa, el antisemitismo, etc. Incluso se habla indirectamente del tema al que nos referimos, pero centrado en los inmigrantes de los países limítrofes, eludiendo que en el fondo se trata de la misma actitud, centrada en el cuerpo diferente y el color de la piel, sumados a rasgos culturales que están relacionados con la pobreza y la falta de oportunidades y con su origen migratorio desde poblaciones más pequeñas y de zonas rurales.

En la prensa es frecuente encontrar noticias que hablan de discriminación, de racismo explicito, de hostilidad y rechazo hacia los habitantes de las “villas miseria”, o hacia gente que posee piel morena y cuerpos mestizos. Se menciona esporádicamente la discriminación en las discotecas o lugares bailables, los cánticos racistas en las canchas de fútbol, la violencia hacia jóvenes inmigrantes, los abusos policiales, pero siempre toman la forma de anécdota, de episodios presentados como si no tuviesen continuidad, ajenos a los procesos estructurales, desconectados de la Historia. A lo largo de los años puede acumularse una larguísima serie de hechos mencionados en los medios, pero se repite el procedimiento de presentarlo como caso aislado lo cual, en definitiva, y a pesar de censurar en la letra el hostigamiento racista, afirma su excepcionalidad. Es un tema que, aunque perseverante y extendido, se elude y del cual casi nadie desea hacerse cargo. Hay una suerte de conspiración de silencio que orienta hacia su invisibilidad. Los que comparten los códigos racistas tienen conciencia de que asumirlo es políticamente incorrecto. Y para quienes son objeto de las conductas y mensajes discriminadores es doloroso asumir que son ellos hacia quienes esa desvalorización social se dirige. Muchas veces optan por formas de desplazamiento; son otros los que merecen la hostilidad y el rechazo, otros grupos que no son el propio, los paraguayos, los bolivianos, o cualquier otro grupo que ellos no integran. Y al haber sido ellos también socializados en la misma cultura que durante siglos sostuvo las pautas que jerarquizaban las diferencias corporales y sobre todo el color de la piel, han asimilado los criterios dominantes, los valores y modos de apreciación de los sectores hegemónicos, y entonces también los discriminados discriminan.

Como ya hemos ya dicho, este ocultamiento, esta invisibilización, tiene su correlato en la ausencia de lenguaje, que no ha acuñado las palabras que reconozcan su existencia y afirmen su identidad: palabras que no sean despectivas o insultantes o no contengan un dejo de desprecio. Para hablar de este sector hay que recurrir a conceptos surgidos en distintos momentos históricos cuyo elemento común es su carácter ofensivo y discriminador: cabecita, bolita, paragua, villero, boliguayo, groncho, o simplemente los negros. La palabra mestizo no es habitual en el lenguaje ordinario y también tiene un tinte desvalorizador. Didier Eribon describe el efecto de la injuria en el grupo social que la recibe: la nominación insultante produce la toma de conciencia de uno mismo como “otro”, como “objeto”, esa conciencia es investida desde afuera y el receptor se encuentra inerme ante la agresión.

Si alguien me tacha de sucio marica (o sucio negro o sucio judío) o, incluso, lisa y llanamente de marica, negro o judío, no trata de comunicarme una información sobre mi mismo. El que lanza el ultraje me hace saber que tiene poder sobre mí, que estoy a su merced. Y ese poder es en principio el de herirme. El de estampar en mi conciencia esa herida e inscribir la vergüenza en lo más profundo de mi espíritu” (Eribon, 2001: 30-31)

La injuria es un acto de lenguaje, tiene efectos performativos, asigna a quien la recibe su lugar en el mundo, contribuye a segregarlo. La ausencia del lenguaje, la falta de nombres neutrales que los designen en el lenguaje ordinario conspira contra su identidad, contra la toma de conciencia de su situación inferiorizada. Esa carencia es ideológica. No se ha acuñado una palabra que, sin contenido insultante o despectivo, designe y otorgue identidad a ese sector de la población y ello no es seguramente ajeno a los procesos sociales e históricos que durante siglos los han relegado material y simbólicamente, ya que la construcción social del sentido está profundamente vinculada con las contradicciones y disputas en el plano de la construcción del poder. En cambio la ciudad -que también puede ser considerada como un texto social construido históricamente por la interacción colectiva- señala con nitidez la distribución espacial y étnica de la población y las zonas carenciadas: el mapa de la ciudad identifica los ámbitos de la pobreza habitados mayoritariamente por la población a la que nos estamos refiriendo. En este sentido la ciudad, atendiendo a sus aspectos simbólicos y expresivos, es menos engañosa: carece de los recursos del lenguaje para eufemizar, disimular o negar y no tiene el poder de ejercer la violencia simbólica que, en el caso del lenguaje, supone privar de la palabra identificadora, de su nombre, a un sector social (Margulis, 2002: 529). Darle nombre, conferirle identidad en el plano del lenguaje ayudaría a reconocer su existencia y su postergación material y simbólica y, con ello, habilitar la posibilidad de su presencia en el plano de la política,[3] "¿cómo llamar entonces a este otro para el cual no tenemos nombre? Porqué el nombre sería su aparición simbólica en escena. No es ingenuo que no tenga nombre" (Matellanes, 1999: 137).

El ideal de una población blanca se manifestó en el prolongado esfuerzo por blanquear estadísticamente a nuestra población para disimular la incidencia de negros, indios y mulatos y negar a la población mestiza. En la primera mitad del siglo XIX se trataba de reducir la incidencia de la población afro-argentina utilizando eufemismos como “trigueño”, rótulo racial bastante común en los registros de enrolamiento de los ejércitos.[4] Los censos nacionales expresaban con claridad esa ideología blanqueadora explicitando sus anhelos de una población totalmente blanca. El resumen publicado del censo nacional de 1895 anunciaba que los negros habían casi desaparecido del país, “donde no tardará en quedar su población unificada por completo formando una nueva y hermosa raza blanca producto del contacto de todas las naciones europeas fecundadas en el suelo americano”.[5] Los censos posteriores continuaron esta tendencia y en el de 1947 toda la población fue clasificada como blanca, negando la presencia de los pueblos indígenas, de mestizos y de afro-argentinos.

Sin embargo, a pesar de este afán de blancura instalado como ideal a lo largo de nuestra historia, en los relatos sobre la patria y principalmente en la exaltación de las grandes figuras que la historiografía ha destacado significativamente, aparecen orígenes borrosos que ponen en duda esa pureza racial. A pesar de nuestra corta historia como nación las narrativas sobre algunos próceres pueden tal vez parangonarse con los héroes de los relatos míticos de las sociedades ágrafas, cuyos orígenes eran siempre nebulosos[6]. En nuestro país, a pesar de tanto empeño por exaltar la piel blanca y las genealogías inmaculadas, en dos de sus principales figuras, San Martín y Perón, hay sospechas de mestizaje: la ambigüedad racial, presente pero invisibilizada en la identidad nacional, reaparece en las narraciones acerca del origen biológico de sus principales figuras. Circulan relatos acerca del nacimiento de San Martín, ampliamente recogidos por historiadores y cronistas (García Hamilton, 2000; Chumbita y Herrera Vegas, 2007; Lynch, 2010: 20), en que se atribuye a San Martín ser hijo natural de una madre India.[7] La madre de Perón fue Juana Sosa, descendiente directa de indios tehuelches; su biografía es imprecisa respecto de la fecha de su nacimiento y hay dudas sobre sobre la localización de su casa y pueblo natales.[8]

En la biografía de San Martín hay un interrogante, en la de Perón una certeza, aunque en los relatos míticos acerca del origen no importa tanto la veracidad como l significación, su profundo valor simbólico. Lo cierto es que en dos de las figuras más representativas del panteón de próceres en un país que se pretende blanco y europeo, que reivindica la civilización (europea) ante la barbarie (vernácula), la madre indígena que les adjudica la historia o la leyenda revela la fuerza de aquello que se pretende invisible: la vitalidad del mestizaje, presente en la población y en la cultura, que pugna por emerger en la identidad nacional a pesar del poder de los dispositivos orientados hacia su ocultamiento, descalificación y rechazo.

La producción social del sentido: genealogía de la discriminación

Conquista y Colonia

La sociedad colonial era altamente estratificada y estaba articulaba sobre las diferencias corporales y el color de la piel. Durante varios siglos se consolidó la desigualdad racial: blancos, indios y negros, con sus distintas mezclas –a las que se denominaba “castas” o “cruzas”- se consideraban de sangre manchada. En la cúspide estaban los españoles, seguidos por los criollos, blancos también pero nacidos en territorio americano y, en escala descendente, el vasto mosaico de combinaciones, designadas con variados nombres, aunque siempre atendiendo a las calidades, diferencias y jerarquías que derivaban de los rasgos corporales heredados. No se invisibilizaba, al contrario, se procuraba la identificación precisa de las categorías raciales y hubo empeños minuciosos por describir y nominar a cada una de las variedades que resultaban de las mezclas entre indios, negros y blancos a lo largo de generaciones[9]. Esta sociedad atendía cuidadosamente a las características del cuerpo y al color de la piel que constituía el primer indicio para descifrar al otro, para ubicarlo dentro de un amplio casillero: cada categoría con su nombre respectivo que indicaba su lugar social y la proporción de sangre blanca. Se disponía de un minucioso repertorio de designaciones -que variaban entre las distintas regiones de América- que describían los rasgos corporales correspondientes. En Nueva España surgieron colecciones pictóricas compuestas de retratos (que todavía se conservan en los museos) que detallaban las características típicas de cada combinación entre las principales razas.[10]

En España –antes de la llegada a América- había ya arraigado una fuerte desigualdad que derivaba de la coexistencia en la península de varias culturas y religiones y de la larga lucha contra los moros. Durante el reinado de los Reyes Católicos -que culminaron esa lucha con la conquista de Granada en 1492 - la política se orientó hacia procurar la unidad religiosa como estrategia para consolidar el poder en un país multicultural donde convivían cristianos, musulmanes y judíos. En ese mismo año se produjo la expulsión de moros y judíos, que eran considerados como sectores particularmente emprendedores y laboriosos. Junto con la incorporación de los inmensos territorios americanos, ricos en metales preciosos y valiosas materias primas, la expulsión de moros y judíos contribuyó a fortalecer el poder real pero también a obstruir la evolución de España hacia formas sociales más dinámicas, favoreciendo –en cambio- la consolidación de modalidades señoriales y rentísticas. En la España de entonces se atendía a la limpieza de sangre: poseer sangre pura “y jamás de hebrea o mora manchada” (Lope de Vega, 2008) permitía ser considerado cristiano viejo, lo que implicaba poder exhibir abuelos y bisabuelos cristianos. El prejuicio y la discriminación social que se sostenían sobre bases culturales (sobre todo la religión), se convirtieron (con su consolidación en el plano de los signos) en rasgo del cuerpo: la conversión más o menos antigua a la religión católica fue transformada en asunto de la sangre y se procedió a contraponer la sangre infecta (musulmanes o judíos) con la sangre limpia (cristianos viejos).

Quienes llegaron a América eran portadores de estas articulaciones del sentido, arraigadas en los códigos culturales impregnados de desigualdad. En América se encontraron con hombres y mujeres radicalmente diferentes, no solo en lo físico, también en su cultura y formas de vida. En un primer período estuvo en duda su condición de humanidad; ¿tenían o no alma?, ¿pertenecían los indígenas a la raza humana o al reino animal? Mientras esta cuestión se dilucidaba (finalmente la Iglesia y el poder real decidieron que eran humanos, que tenían alma, y por lo tanto era conveniente revelarles la religión verdadera) los primeros conquistadores se apropiaron de las mujeres y de las riquezas que pudieron encontrar.[11] La organización de las sociedades coloniales fue lenta y difícil. Se encontraron con civilizaciones avanzadas, inferiores en cuanto a armamento y estrategias bélicas pero superiores en algunos aspectos a la España de entonces. Por ejemplo en el plano de la producción de alimentos y en la capacidad de organizar y nutrir a sociedades numerosas, capaces de abrirse camino hacia la vida y multiplicar su población, lo que España no lograba hacer asediada por la mala alimentación, las hambrunas y las epidemias. España y Portugal, y más tarde otros países europeos, instalaron en América sistemas de explotación que, mientras les fue posible, utilizaron el trabajo forzado de los indígenas para obtener metales preciosos, azúcar, algodón y otros productos destinados a exportarse a Europa.

Durante el primer siglo y medio el ingreso violento de los españoles en las principales civilizaciones americanas y las actividades económicas que impusieron a su población determinaron una catástrofe demográfica inigualada. En México Central, de 25 millones de habitantes, estimados por los expertos en demografía histórica, solo alrededor de 1 millón sobrevivían en 1605 (Sánchez-Albornoz, 1968: 30-31). Un desastre similar aconteció en el área incaica. No fue un genocidio deliberado, ya que necesitaban de la fuerza de trabajo indígena y les alarmaba su descenso. Las causas de ese desastre demográfico fueron variadas, principalmente las enfermedades desconocidas en América (tifus, viruela, sarampión…) trasmitidas por bacterias y virus que portaban los europeos y para los cuales los indígenas no habían desarrollado inmunidad alguna. Junto con las enfermedades, complementariamente y con una incidencia también muy alta en el desastre demográfico, actuó la destrucción del sistema productivo, la sustracción forzada de mano de obra para el trabajo en las minas y plantaciones y el desbarajuste de los delicados equilibrios distributivos que habían hecho posible el florecimiento demográfico del mundo prehispánico.

El sistema social de la colonia se fue gestando lentamente a partir del desconcierto inicial y la dificultad de comprensión mutua entre la población aborigen y los recién llegados (Gruzinski: 2004); la nueva organización se basó en la drástica desigualdad, la superioridad indiscutida de los españoles respecto de la población originaria y sus descendientes. Pronto hubo un número considerable de mestizos y cuando la población comenzó a disminuir se procedió a alimentar la demanda de mano de obra para minas y plantaciones con esclavos negros, capturados en África y víctimas del infame comercio esclavista que constituyó una de las actividades más lucrativas de la época. Millones de hombres jóvenes (y mujeres en mucho menor número) fueron capturados en África, trasladados en condiciones inhumanas en los barcos negreros y vendidos a los productores americanos para integrar el sistema de explotación esclavista que se prolongó durante siglos. [12]

Con la importación de esclavos negros la población americana incorporó a nuevos integrantes que se diferenciaban en su cuerpo y en su cultura. Pronto hubo mezclas variadas a las que se procuró separar, identificar y nominar, y se fue organizando la sociedad colonial en jerarquías sociales, basadas en la raza (representada sobre todo por el color de la piel), consolidadas por el sistema jurídico y sobre todo por la organización social del sentido, que se fue gestando durante siglos sobre la base de la desigualdad humana y la jerarquización de las diferencias corporales. Las prácticas sociales dominantes así como la comunicación entre las personas, los actos de habla, las costumbres y sistemas de valoración de la época, pueden ser considerados como textos con efectos performativos que operaron sobre los sistemas de socialización y de transmisión de los códigos culturales vigentes. Durante los tres siglos de régimen colonial los valores prevalecientes, los sentidos de lo bueno y de lo malo, de lo bello y de lo feo, de lo superior e inferior se fueron instalando en la cultura y en el lenguaje y constituyeron la base para consolidar la superioridad del hombre blanco y la desvalorización perdurable de la gente de color, de los indios, negros, mulatos, mestizos y zambos. Cuando finalizó la colonia estas categorías y clasificaciones, instaladas profundamente en la cultura, no solamente siguieron vigentes sino que fueron reforzadas por nuevos aportes que acentuaron el racismo y la discriminación.

Independencia y organización nacional. El siglo XIX

Con las guerras por la independencia en el Río de la Plata, en los comienzos del siglo XIX, algunos factores permitían predecir la erosión del sistema basado en la desvalorización y subordinación de los negros, indios y castas.[13] En especial la influencia de la Revolución Francesa y su impacto en algunos intelectuales que tuvieron participación protagónica en las luchas y los procesos políticos. También la inclusión de muchos negros y mestizos en los ejércitos que libraron las principales batallas (a partir de las Invasiones Inglesas). Esos efectos se manifestaron en nuestro país, sobre todo, en la Asamblea del año XIII[14], pero si bien los cambios fueron significativos la esclavitud prosiguió y nuevos factores, esta vez más sofisticados y de mayor alcance espacial, dieron gran impulso al racismo y a la discriminación.

Fue el siglo de la expansión imperial, iniciada por Inglaterra y continuada por otros países de Europa. Los grandes avances tecnológicos, la Revolución Industrial y las mejoras en la navegación estimularon los procesos de conquista y dominación en varios continentes en procura de materias primas y de mercados y también de poder e influencia. El imperio inglés llegó a abarcar a una cuarta parte de los territorios del planeta, y Francia, Holanda, Bélgica, además de Alemania e Italia, sometieron a otras naciones colonizando vastos espacios. También los Estados Unidos y Rusia participaron fuertemente de ese proceso, expandiéndose hacia territorios contiguos. Con relación a esta expansión se articuló y difundió un discurso racista que tendía a justificar la intromisión y el uso de la fuerza para invadir y dominar a muchos países en diversos continentes. El eje de ese discurso era la primacía del hombre blanco y el presunto atraso evolutivo de las demás pueblos (casi todos no blancos) que habitaban en los territorios conquistados. Se sometía y gobernaba a estos países –más débiles desde el punto de vista bélico y de su desarrollo tecnológico- para protegerlos, educarlos, guiarlos, inculcarles higiene y salubridad, en definitiva, una actitud paternalista en beneficio de esos pueblos “atrasados en su evolución”. Era el deber del hombre blanco. El famoso poema de Kipling (1899) “La carga del hombre blanco”[15] es uno de los mejores ejemplos entre las narrativas de la época dirigidas a la justificación y exaltación de las políticas imperiales.

Formas de discriminación, exclusión y desigualdad, basadas en la idea de raza, fueron centrales en el siglo XIX, época en que se teorizó el racismo. En Europa surgieron teóricos influyentes y se estructuraron formas del saber basadas en la desigualdad de las razas.[16] El racismo predominó en los mensajes sociales y políticos e incorporó intérpretes cultos y destacados de distintas ramas de la ciencia y de la literatura, impregnando el saber respetable de la época. Hubo una fuerte afinidad entre la expansión imperial y los modos en que se fue elaborando el saber “científico” de ese tiempo. Las ciencias sociales crecieron en un contexto racista, coherente con la política expansiva de las naciones más adelantadas.

En una época en que en el plano internacional el saber científico, y en especial, las teorías sociales, estaban impregnados de racismo, no es de extrañar que los intelectuales más destacados de nuestro país, que incidieron en la consolidación nacional durante el siglo XIX, compartieran esas posiciones. Estas ideas tuvieron fuerte influencia en los proyectos para poblar la nueva nación, sobre todo en la política inmigratoria y en campañas bélicas como la Guerra del Paraguay, la Conquista del Desierto y las posteriores agresiones a los pueblos originarios en la Patagonia, en Chaco y otras provincias del Norte.

Sarmiento, Alberti, Mitre, Ingenieros, entre otros, para nombrar a algunos de los intelectuales más destacados y figuras políticas de gran cultura; eran hombres de su época y participaban de las formas de pensar dominantes, sobre todo cuando era hegemónica la orientación hacia Europa y el eurocentrismo impregnaba el saber y las ideas políticas. La lectura actual de los textos en que se refieren a los negros, a los indígenas y a su mestizaje nos sobresalta porque manifiestan un racismo evidente y los prejuicios dominantes se expresan con toda su crudeza. Por ejemplo estas frases:

en que se distingue la colonización española (…) que absorbió en su sangre una raza prehistórica servil (Sarmiento, 1900: I, 183)

(…)el resultado inevitable de mezclar razas inferiores con otras razas superiores será una descendencia raquítica, simiesca, con todos los defectos de la raza noble acentuados por la sangre villana. (Ingenieros, 1930: 35)

Esos intelectuales fueron los impulsores del “progreso” que era concebido como el traslado de lo europeo, sus instituciones y aun su población a nuestro país, poblando el “desierto” con personas de raza blanca. Los prejuicios raciales que venían incorporados en las construcciones del sentido elaboradas durante el período colonial, fueron ratificados y consolidados con discursos cultos y elaborados en el plano de la política, la literatura, el derecho y la historia, en los que se afirmaba la innegable superioridad biológica de los europeos y se manifestaba, en forma directa y sin eufemismos, el desprecio más absoluto por la población de razas “inferiores” de origen africano, indígena o mestizo.

El siglo XX

En las primeras décadas del siglo los migrantes de ultramar siguieron llegando en gran número y se acentuó, sobre todo en las ciudades, la presencia europea. Buenos Aires se modernizaba y los sectores dominantes celebraban el éxito del proyecto forjado en el siglo anterior. Pero a partir de la crisis de 1929-1930 el modelo económico agro-exportador declinó, la economía y la política sufrieron el impacto de la transformación desfavorable en los términos del intercambio generándose condiciones propicias para el incipiente desarrollo de una industria sustitutiva de importaciones. A partir de los años 30, y en relación con estos procesos económicos, comenzó a llegar a la Capital y a otras ciudades una migración compuesta por habitantes del interior, que era impulsada por la falta de trabajo en el campo, la atracción de las nuevas actividades industriales en las ciudades y por las mejores condiciones de vida que la ciudad parecía prometer. Estas nuevas corrientes migratorias fueron compensando en los mercados laborales la disminución de los inmigrantes de ultramar, que se redujeron drásticamente a partir de los finales de la década del 20. Además ya no se trataba de europeos blancos sino de hijos del mestizaje, eran los descendientes de la población relegada y despreciada durante los siglos anteriores, que llevaban en el cuerpo las marcas de las mezclas denigradas por los códigos de la cultura forjada en esos siglos. Estos inmigrantes que venían a la ciudad blanca con sus cuerpos mestizos y su cultura provinciana, encontraban empleo pero no una bienvenida plena, y debieron alojarse en condiciones relativamente precarias en las zonas más pobres, en barrios alejados o en las nacientes villas miseria. La mayoría se fue radicando en los alrededores de la capital, en nuevas locaciones que crecían, a partir de loteos, a lo largo de los ferrocarriles suburbanos.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el genocidio nazi produjo reacciones importantes a nivel mundial dando lugar a investigaciones serias sobre las desigualdades vinculadas con la idea de raza y a un rechazo generalizado a las posturas vinculadas con el racismo. En esos años el colonialismo entró en declive a nivel mundial y comenzaron a disolverse los imperios europeos forjados en el siglo XIX. Los discursos se transformaron: el racismo se volvió políticamente incorrecto, y si bien permanecieron las actitudes y acciones prejuiciosas, comenzó un cuidado mayor en el lenguaje y en las expresiones explícitas. Sin embargo nuevas formas de racismo, más eufemizado o encubierto, fueron sustituyendo al discurso explícito que caracterizó al siglo XIX y a las primeras décadas del siglo XX. El racismo, dirigido ahora principalmente hacia los inmigrantes, que comenzaban a trasladarse desde la periferia pobre hacia las naciones ricas, se justificaba, sobre todo, con alegatos basados en la cultura.

En Buenos Aires, el 17 de octubre de 1945 un actor no esperado hizo su entrada en el corazón de la ciudad para sorpresa y escándalo de la clase media bien pensante y de no pocos dirigentes políticos de los partidos tradicionales. Manifestantes llegados de las zonas fabriles ingresaron a la Plaza de Mayo en su marcha desde las localidades suburbanas:

Una y otra vez, al narrar los sucesos de Buenos Aires, los reporteros hacían hincapié en que los manifestantes venían de zonas suburbanas: Avellaneda, Lomas de Zamora, Gerli, Lanús, Banfield, Remedios de Escalada, Valentín Alsina, Piñeyro, Quilmes, Bernal. Esos nombres eran repetidos como parte de una letanía, cual si se quisiera subrayar su ajenidad y diferenciarlos de la auténtica ciudad. (James,1995: 124)

Esta marcha, que confrontaba con los símbolos de la respetabilidad burguesa, era festiva y carnavalesca, expresaba trasgresión y burla, indicando la aparición de esa población relegada que irrumpió con su “incultura” en zonas que no solía frecuentar y donde su presencia no fue bien recibida. El 17 de octubre de 1945 ha quedado como el hito simbólico con que la historia argentina reconoce la presencia de ese “nuevo otro” al que rápidamente recoge en el viejo molde utilizado para significar la otredad, la oposición civilización / barbarie: “parecía una invasión de gentes de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos, y sin embargo eran parte del pueblo argentino, del pueblo del Himno (…)” (Martínez Estrada, 2005)

Las repercusiones no se hicieron esperar, las voces más recordadas son las que dejaron testimonio del rechazo, la alarma y el miedo. “Para identificar este otro, hasta entonces ignorado y que súbitamente se hace visible y expresivo, no se dispone de conceptos adecua­dos, tampoco se pierde mucho tiempo en buscarlos, se trata de restablecer el equilibrio simbólico, de descalificar­los y exorcizarlos, de volver a ubicarlos en su lugar; para ello se recurre rápidamente a motes racistas (los "negros", "cabecitas negras"), o se rescata una vez más la "barbarie", concepto que expresa el antiguo temor a los pobres y despojados, que resurge cuando amenazan rebasar las fronteras simbólicas y espaciales que les han sido impues­tas.” (Margulis, 1999: 147).

La palabra “cabecita” o “cabecita negra” fue uno de los apodos despectivos que se instalaron en el ámbito de la ciudad después del 17 de octubre de 1945, cuando las clases medias y altas de la ciudad, mayormente descendientes de europeos, experimentaron con asombro, indignación y temor la “invasión” de las masas proletarias que marchaban desde los suburbios y barrios pobres, los trabajadores de las fábricas, frigoríficos y puertos movilizados hacia el centro de la ciudad al que eran ajenos. Eran los “negros” de la periferia que invadían el centro con carteles y con cánticos. Una presencia inesperada que sublevó las conciencias de algunos representantes de la ciudad blanca, civilizada, europea. Fue cuando el diputado Sammartino se refirió al “aluvión zoológico” apelando al viejo recurso de negarles humanidad. El trauma sufrido tuvo su repercusión en los diarios de la época y resonó en la literatura:

Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel…Era una china que podía ser su sirvienta (Rozenmacher, 1971:34)

Me parece bueno decir que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados con trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga (Cortazar, 1995: 117)

Desde los tiempos de la colonia el color de la piel y la descalificación de indios, negros y castas se asoció con la pobreza y fue auxiliar de la explotación. Fue la mano de obra utilizada en minas, plantaciones, construcción y servicio doméstico, en algunos casos sujetos a regímenes especiales que imponían condiciones de vida extremadamente duras. Durante las guerras del siglo XIX muchos engrosaron los ejércitos, reclutados a veces por la fuerza. Algunos eran particularmente apreciados para integrar los cuerpos de caballería y, especialmente los negros, que se eximían de la esclavitud, eran preferidos para integrar la infantería.

En la actualidad, con la hegemonía de las relaciones de producción capitalistas, son parte importante de la fuerza de trabajo. La expresión racialización de las relaciones de clase (Margulis, 1999: 47) apunta a destacar que los ingredientes racistas que contienen subestimación, descalificación y prejuicio hacia los portadores del cuerpo mestizo, mayoritariamente hacia los que integraron las migraciones desde las provincias del interior y de los países vecinos, ocupan las posiciones menos calificadas en las relaciones laborales; trabajan en la construcción, en puestos de baja calificación con predominio del trabajo manual o en tareas de limpieza, también en la policía, entre los suboficiales del ejercito y en el servicio doméstico. Suelen tener escasa instrucción, entre otras razones porque el lugar subordinado que se les ha adjudicado durante siglos es parte de los códigos culturales en los que ellos también se han socializado. El peso del estigma desalienta el uso de los canales de ascenso, entre ellos la educación. En consecuencia la descalificación social, el prejuicio y los estereotipos son y han sido auxiliares de la pobreza. Hemos acuñado el concepto de racialización de las relaciones de clase a partir de comprobar que en el Área Metropolitana de la Ciudad de Buenos Aires son frecuentes las manifestaciones de discriminación, exclusión y rechazo hacia grupos e integrantes de esos grupos que poseen las siguientes características: rasgos corporales propios del mestizaje en América Latina, origen migratorio de provincias del interior o de países limítrofes, ubicación desventajosa en las relaciones de clase (pobreza, marginación, menores oportunidades), formas culturales vinculadas con su origen migratorio y también con la pobreza y marginación urbana. Se asocian así varias formas de discriminación: la sustentada en el cuerpo, en la clase, en la cultura y también en la extranjeridad; a muchos migrantes del interior se les aplica, metonímicamente, el mismo rechazo xenofóbico que a los inmigrantes de países limítrofes.

En este escrito hemos destacado el caso de “nuestros negros” con referencia, sobre todo, a los portadores del cuerpo mestizo; sin embargo es preciso aclarar que la discriminación abarca también a los integrantes de los pueblos originarios y también a la población afrodescendiente que todavía habita en nuestro país, la que se ha visto incrementada por algunas migraciones recientes. Lo que diferencia a “nuestros negros” es la falta de nombre, el “ninguneo” a que son sometidos, que no se los mencione, lo que los priva de los elementos que podrían contribuir a su identidad. A diferencia, los pueblos originarios integran comunidades, tienen memoria histórica y luchan por enriquecerla, tienen organizaciones y líderes. También se los discrimina y a ellos también incluye la noción de racialización de las relaciones de clase, tanto en el pasado en que el racismo era explícito y formaban parte de la mano de obra manifiestamente explotada, como en el presente en que racismo está eufemizado pero sigue operando en las relaciones sociales como auxiliar de la explotación.

Una concepción que integra a todos estos grupos y va más lejos en su ambición teórica es la que postulan Anibal Quijano y otros autores americanos a partir del concepto colonialidad. Para Quijano, la colonialidad, que él considera punto de partida del poder capitalista, está basada en una clasificación racial / étnica de la población del mundo y opera en los planos materiales y subjetivos de la vida social. Se origina y mundializa a partir de América. Es una perspectiva cognitiva producida en el largo tiempo y naturaliza la experiencia de las gentes en este patrón de poder. (Quijano, 2000; Mignolo, 2009).

El cuerpo mestizo en 2010. Conclusiones

Una parte considerable de la población de Buenos Aires continua siendo discriminada. El racismo está desprestigiado y tiende a disimularse, pero se sigue manifiestando de múltiples modos. La pigmentocracia -centrada en la hegemonía del hombre blanco y la devaluación de las llamadas razas inferiores- se instala en el período colonial e incide en la construcción social del sentido que sienta las bases de los códigos culturales; la discriminación y la desigualdad se refuerzan con las teorías raciales del siglo XIX y perduran, eufemizadas y enmascaradas, hasta el tiempo actual.

El desprecio y la estigmatización de indios, negros y castas fue reforzado durante el siglo XIX por las teorías racistas formuladas en ese tiempo en Europa, en un siglo en que la expansión de los imperios fue acompañada por estructuraciones del sentido y discursos explícitos que tendían a justificar la hegemonía de los países europeos y a proclamar la superioridad del hombre blanco. En nuestro país las políticas de población y la fuerte inmigración de ultramar contribuyeron a instalar un sistema perdurable de relaciones sociales de producción basado en presuntas condiciones biológicas y atributos intelectuales y morales, que dependían de los rasgos corporales heredados y sobre todo del color de la piel.

La llegada de grandes contingentes de migrantes del interior y su aparición simbólica en escena el 17 de octubre de 1945 convierte al provinciano en cabecita, por otra parte, durante el primer peronismo este sector adquiere mejores condiciones económicas y protagonismo político. El componente étnico-racial, presente en la contradicción peronismo / antiperonismo en esos años, no se manifiesta de modo transparente en el lenguaje: algunas expresiones utilizadas durante el primer peronismo como “descamisados”, “mis queridos grasitas. transmitían un cierto contenido afectuoso que ayudó a mitigar su condición postergada y aportaban a la dignidad que siempre se les había retaceado, pero no fueron suficientes para constituir identidad y reconocimiento perdurable y explícito.

En las décadas siguientes la descalificación y el prejuicio continúan. Se discrimina y rechaza a los poseedores de cuerpos mestizos, aunque los discursos dominantes se vuelven menos explícitos: el racismo ya no es políticamente correcto. Hay noticias en los medios que refieren episodios de discriminación y racismo pero son siempre noticias aisladas: apenas anécdota y nunca historia. En el lenguaje ordinario no existen palabras, excepto las peyorativas e insultantes, que los identifiquen. La falta de nombres conspira contra su identidad, los invisibiliza. Se hace dificultoso que, como ocurrió con la población negra en los Estados Unidos, se avance hacia la transformación del estigma en emblema (Goffman, 1963), aportando hacia posibles tomas de conciencia.

La invisibilización, la negación, la naturalización del estigma son tan fuertes en nuestra sociedad que inclusive instituciones muy respetables y dotadas de las mejores intenciones, dedicadas a combatir el racismo, los ignoran en sus enunciados sobre la discriminación y el prejuicio en la Argentina.

De las encuestas minuciosas del INADI surge pues, con más contundencia que nunca, la ausencia de nombre para la masa general, para la multitud argentina: que no nació en el extranjero, que no necesariamente vive en villas, que no se piensa indígena, que no es delincuente ni drogadicta: ese interiorano general que maneja los taxis, limpia las calles, es “cana”, suboficial del ejército, changuea en los mercados, es peón de estancia, es casero, a veces encargado, ciertamente mozo de bar y restaurante, empleada doméstica en nuestras casas (Segato, 2010:26)

El cuerpo mestizo, el color de su piel, sigue siendo estigma en nuestra sociedad cuyas leyes proclaman la igualdad. La vida es más difícil para quienes son portadores de esos rasgos corporales poco valorizados. Despreciar, disminuir, sospechar, privar de nombre y de historia han sido siempre instrumentos de explotación y sumisión. Privar a los más humildes de todo aquello que puede contribuir a su autoestima y dignidad los ratifica en su lugar subordinado. Así fue en la época colonial y así es ahora, en la actual racialización de las relaciones de clase en que el racismo constituye un dispositivo que contribuye a su explotación. Es necesario comenzar por reconocer su existencia, darles vida en el lenguaje, para avanzar en el largo proceso que comienza por reconocer la igualdad de derechos de los diferentes e ir abriendo caminos por sobre las opacidades de la ideología.

Para algunos pensadores de la región, como Anibal Quijano, la historia colonial de América Latina no ha sido superada, los dispositivos de la colonialidad siguen vigentes y las acciones contrahegemónicas deben reconocer su incidencia en las disputas por la construcción del saber y el poder. En el caso concreto de “nuestros negros”, de los cuerpos mestizos que en la Argentina que se quiere democrática perduran como “otro” subordinado y también como “otro peligroso”, que sufren la desigualdad y la pobreza y deben además demostrar su inocencia, hay grandes resistencias que obstruyen la superación de las clasificaciones racistas enquistadas en los códigos culturales. Estos dispositivos de subordinación, prejuicio y rechazo oprimen a los discriminados, pero también afectan a la sociedad en su conjunto. Los prejuicios y estereotipos que modulan el trato con una parte de nuestros semejantes no ayudan a pensar y dificultan el conocimiento, son gravosos para la sociedad en términos de derechos humanos y de ciudadanía plena. El racismo que conservamos y reproducimos tiene los costos que surgen del rechazo de la diversidad, del no reconocimiento de los derechos de una parte de la población, dado que junto con los escollos que se oponen al desarrollo de sus potencialidades y de su dignidad como iguales operan las opacidades que interfieren en los caminos hacia la memoria, la identidad y la justicia.

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Notas

[1] Referimos este texto a Buenos Aires -la ciudad y su área metropolitana- porqué es donde hemos concentrado nuestras investigaciones.
[2] Continúa narrando en su reportaje Sergio Kiernan (2004):

uno de los ámbitos donde aparece con más crudeza el racismo hacia los piqueteros es en los anónimos foros de Internet. Con seudónimo, sin dar la cara, el tema se discute de un modo que no se ve en público. La muestra, claro, no es representativa, pero estos foros expresan lo que muchos sienten, el inconsciente político de tantos. “Basuras”, “mierdas”, “lacra”, y muchas, muchas veces “negros” es el lenguaje promedio. Y en las discusiones sobrevuela un formato en el que los piqueteros no son vistos como un sector social sino como una minoría étnica, un grupo biológico (…).

[3] Otros grupos discriminados, por ejemplo los afroamericanos en los Estados Unidos, están más claramente identificados y ello ha permitido una toma de conciencia grupal. En el mismo sentido la antropóloga Rita L. Segato afirma “Percibir la raza del continente, nombrarla, es una estrategia de lucha esencial en el camino de la descolonización”. (Segato, 2010: 18 - 23):
[4] “El término trigueño se aplica tanto a las personas blancas que tienen pelo castaño o negro como a las de color bronceado u oliváceo claro, y por extensión, a personas cuyo aspecto físico los ubicaría como negros si ese fuera el único criterio de raza. Como no es así, se usa trigueño para evitar el término negro para personas de respeto, porqué además de la raza hay otros factores sociales y personales, tales como la riqueza y la educación, que determinan el valor y la posición social de un hombre. No es correcto llamar negros a personas de respeto.” Elena Padilla, escritora portorriqueña (citado en Reid Andrews, 1989: 99)
[5] Segundo Censo de la República Argentina, mayo de 1895, 3 volúmenes, publicado en 1898
[6] En los mitos de las sociedades ágrafas, teorizados y recopilados por Frazer (2006), Mircea Eliade (1988), Gusdorf (1960), Levi-Strauss (1964) y otros, el héroe primordial, central en los relatos acerca del origen, tiene una genealogía brumosa: a veces desciende de los dioses o proviene de algún lugar incierto. El héroe primordial introduce los bienes fundamentales: el fuego, las herramientas y semillas, enseña como plantar y cosechar, como atraer la caza, como producir la lluvia.
[7] Se trataría de una india guaraní y el presunto padre sería Diego de Alvear, militar español, padre de Carlos y amigo de la familia San Martín –que residía en Yapeyu-, la que habría aceptado hacerse cargo del niño fruto de esa unión. Poco después, cuando José de San Martín tiene apenas 5 años, ambas familias terminan su misión en Argentina y retornan a España. En abono de esta versión se dice que San Martín tenía piel morena y que repetidas veces expresó su empatía con los pueblos indígenas. Una de las fuentes principales es Joaquina de Alvear (1827-1889), hija de Carlos de Alvear, quien dejó un manuscrito en el que afirmaba que José de San Martín era hijo natural de Rosa Guarú, india guaraní, y de Diego de Alvear. Según el historiador Hugo Chumbita hubo también testimonios de otros miembros de la familia Alvear, que concuerdan con una tradición popular en la región, los que indican que el futuro Libertador era hijo de una mujer india y fue criado por la familia San Martín.
[8] Además parece ser que cuando nació Perón sus padres eran todavía solteros, casándose algunos años más tarde (Martínez, 1985; Martínez, 1996;Galasso, 2005).
[9] Sánchez-Albornoz y Moreno (1968: 91- 92). señalan que:

Cada una de las principales mezclas posibles a partir de los tres tipos puros recibió un apelativo propio. Los nombres de mestizo, mulato y zambo no necesitan aclaración y son suficientemente expresivos por si mismos los de tercerón, cuarterón, quinterón y octavón. Pero ¿quién recuerda hoy el significado preciso de nombres como castizo, morisco, calpanmulata, chino, lobo, jíbaro, albarrazado, combujo, barcino, puchuel, coyote, harnizo, gálfaro, genízaro, albino, grifo, jarocho y sambahigo, o los más pintorescos de salta atrás, tente en el aire, no te entiendo, ahí estés, etc.?

[10] “La pintura de castas fue un fenómeno artístico que existió principalmente en la Nueva España en el siglo XVIII. También existen ejemplares del género artístico en Perú. Las pinturas eran, en parte, producto de la Ilustración e intentaban representar las muchas castas, el producto de la mezcla de razas, que existían en el Nuevo Mundo.” (Pintura de castas, s.f.).
[11] Son famosas las polémicas de Fray Bartolomé de Las Casas con Ginés de Sepúlveda y con Gonzalo Fernández de Oviedo. En los escritos de Oviedo (un ejemplo entre muchos) se pueden apreciar las formas de descalificación y de estigmatización que se fueron instalando desde el siglo XVI en la cultura: “esta gente de su natural es ociosa y viciosa y de poco trabajo e melancólicos e cobardes, viles y mal inclinados, mentirosos y de poca memoria y de ninguna constancia (...)” (Teglia, 2010)
[12] Los esclavos estaban destinados a las minas y a las plantaciones de azúcar, café, algodón, tabaco, también, pero en menor medida, al servicio doméstico.
[13] A fines del siglo XVIII hubo fuertes rebeliones indígenas sobre todo en el Virreinato del Perú. Se levantaban contra el poder colonial incentivados por las reformas Borbónicas. El movimiento encabezado por José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru) en 1780 / 81 propiciaba también la libertad de los esclavos y la independencia nacional. Tuvo repercusiones en otras regiones, principalmente en lo que hoy son Ecuador y Bolivia
[14] Entre quienes proclamaban la igualdad de todos los hombres, más allá del color y las diferencias corporales, hay que citar a Castelli, Belgrano, Moreno y Monteagudo. La Asamblea del año XIII, además de proclamar la libertad de vientres, decide la extinción de los tributos y de las diversas formas de servicio personal a que los indios estaban sometidos y se los proclama “hombres perfectamente libres y en igualdad de derechos…” (Margulis y Belvedere,1999: 94)
[15] Primeras estrofas del poema de Kipling: “Llevad la carga del Hombre Blanco./Enviad adelante a los mejores de entre vosotros;/Vamos, atad a vuestros hijos al exilio/Para servir a las necesidades de vuestros cautivos;/Para servir, con equipo de combate,/A naciones tumultuosas y salvajes;/Vuestros recién conquistados y descontentos pueblos,/Mitad demonios y mitad niños.” Rudyard Kipling nació en Bombay en 1865 y obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1903.
[16] Entre los teóricos del racismo en el siglo XIX mencionaremos a: de Gobineau, Renan, Taine, Le Bon, Marr, Wagner y Chamberlain. Acerca del tema: Todorov (1991), Balibar y Wallerstein (1991), Poliacov (1986) y Joll (1983).
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