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La internacionalización de la política y de la ideología en América del Sur
The internationalization of politics and ideology in South America
La internacionalización de la política y de la ideología en América del Sur
e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, vol. 15, núm. 60, pp. 123-128, 2017
Universidad de Buenos Aires

Resumen: El autor analiza el proceso de internacionalización de las formas ideológicas de la política en las sociedades latinoamericanas que se encontraban atravesando transiciones democráticas tras la salida de los gobiernos militares, desde comienzos de los años 1980. Hace hincapié en la desprovincialización de los grandes partidos y movimientos latinoamericanos y su progresiva mundialización. Según observa, como emergente de este fenómeno, tanto la socialdemocracia como la democracia cristiana mundiales intentarían ser protagonistas en la reconstitución política que atravesaba América del Sur durante aquellos años. Sin embargo, cuestiona lo inédito del fenómeno, remontándose a algunos antecedentes que le permitirán matizarlo.
Palabras clave: Internacionalización, partidos políticos, democracia.
Abstract: The author analyzes the process of internationalization of the ideological forms of politics in Latin American societies that were undergoing democratic transitions after the departure of military governments since the beginning of the 1980s. It emphasizes the deprovincialisation of the great Latin American parties and movements and their progressive globalization. He observes, as an emergent from this phenomenon, that both Social Democracy and Christian Democracy worldwide would try to be protagonists in the political reconstruction that was crossing South America during those years. However, the author questions the novelty of the phenomenon by tracing some background that will allow him to qualify it.
Keywords: Internationalization, political parties, democracy.
Uno de los rasgos más notables del actual proceso de crisis y reconstitución de fuerzas en América del Sur es la creciente internacionalización de las formas ideológicas de la política. Ciertamente el hecho marca un recorrido por doble vía: de un lado la notoria ofensiva sobre el continente de asociaciones mundiales con centro en Europa, como la socialdemócrata y la democristiana; pero del otro (y eso es lo que nos interesa) la sorprendente receptividad que esos mensajes despiertan. ¿Esta presencia, cada vez más continua –y, por lo que parece, progresivamente más exitosa – depende exclusivamente de razones tácticas, de actitudes coyunturales o reconoce, en cambio, causas más profundas? El hecho es que grandes partidos y movimientos de enraizada tradición en el subcontinente se alinean o intentan alinearse en patrones ideológicos internacionales: el APRA en Perú, Acción Democrática y COPEI en Venezuela, una de las alas con que intenta reconstruirse el Partido Trabalhista Brasilero, la fracción del MNR que lidera Siles Suazo en Bolivia, el liberalismo colombiano, conforman un primer cuadro de acción política en el que una referencia importante está constituida por las internacionales, socialdemócrata o democristiana. A ellos hay que sumar grandes partidos como el demócrata cristiano en Chile y fuerzas más pequeñas, pero significativas, como los radicales chilenos y los intransigentes argentinos. Un vasto movimiento popular como el peronismo es codiciado, a su vez, por las dos internacionales: hace muy poco el líder de la Unión Mundial Demócrata Cristiana, Mariano Rumor, pasó por Buenos Aires y mantuvo entrevistas con importantes dirigentes nacionales del peronismo. Para muchos observadores, esas conversaciones podían implicar un primer paso hacia formas de cooperación más abiertas y totales.
Los partidos se “desprovincianizan”
En el movimiento sindical, ese proceso de internacionalización, a través de la presencia cada vez más influyente de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), de la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT) y de las federaciones mundiales por rama ligadas a la primera, también ha alcanzado enorme magnitud en los últimos años. Tal vez el hecho más notable sea la plena participación del sindicalismo argentino en las filas de la CIOSL y la ORIT, siendo que uno de los principios supremos del peronismo originario era el del total repudio a esas organizaciones. A principios de la década de 1950, Perón intentó incluso crearles una alternativa continental: la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalizados (ATLAS), de efímera vida.
Aunque con distinto énfasis en cada una de las sociedades, este proceso (y sobre todo su fuerza) es en todas ellas nuevo. No hay país en el que se hayan abierto procesos de democratización tras gobiernos militares, en los que no figuren en primera línea partidos o movimientos vinculados o que buscan vincularse con alguna de las internacionales: Perú, Brasil, Ecuador, Bolivia. Esto indica – y nada hace pensar que el proceso no se extienda a otras zonas en donde esa transición parece más lejana, como Argentina, Chile y Uruguay, que tanto la socialdemocracia como la democracia cristiana mundiales intentarán ser protagonistas de primer orden en la reconstitución política de América del Sur. El hecho implica una ruptura en relación con el provincialismo ideológico habitual en el continente, por el cual cada una de las fuerzas políticas respondía mucho más a datos de la historia local que a perspectivas internacionales.
¿Pero hasta qué punto el fenómeno es inédito o tiene tras de sí antecedentes que permiten matizarlo más? Ciertamente que la cuestión podría “resolverse” con una interpretación conspirativa a escala mundial (inspirada, por ejemplo, por la Trilateral Commission) tendiente a resolver la problemática de la democratización latinoamericana con métodos viables para el imperialismo. Todo pues quedaría disuelto en una respuesta unidireccional: la de la voluntad del capitalismo.
Los tiempos de la Primera y Segunda Internacional
Sin desconocer la articulación que existe entre la reestructuración del orden económico y político mundial propuesta por los centros de poder capitalista y esta internacionalización ideológica que vive ahora la política sudamericana, las formas que la misma adopta en el subcontinente merecen un análisis que enfatice en la receptividad que el fenómeno ha adquirido. En cierto sentido, la vinculación de la política sudamericana con centros internacionales no es nueva. Más aún: para el caso del movimiento obrero esa historia tiene casi un siglo en varios de esos países. Argentina, Brasil, Chile y Uruguay conocen desde fines del XIX vinculaciones con la II Internacional (en algunos casos con los ecos de la Primera Internacional). Y a su amparo, por ejemplo en la Argentina, creció un poderoso Partido Socialista que en la segunda década del siglo tenía ya una nutrida representación parlamentaria.
El desarrollo del anarquismo por esos mismos años es otro ejemplo de esa vinculación internacional de larga data. Posteriormente, desde la década de los veintes, la fundación y el crecimiento de los partidos comunistas mostraron la presencia de la estrategia de la III Internacional en la región. La Internacional mantenía un secretariado continental, y en 1929 convocó en Montevideo a una Primera Conferencia Comunista Latinoamericana tendiente a ajustar los comportamientos de los jóvenes partidos a las directivas estratégicas elaboradas por el VI Congreso de la IC.
Pero simultáneamente con esa historia primera de las organizaciones que se reclamaban de la clase obrera y que colocaban a la realización del socialismo como su norte, tenía lugar otra que completaba, desde distinta perspectiva, el proceso de constitución política de las clases populares. En efecto, desde principios de siglo hasta culminar en 1932 la incorporación de las clases medias a la vida política, tuvo lugar a través de la constitución de amplios movimientos democráticos del estilo del batllismo en el Uruguay o del radicalismo irigoyenista en la Argentina, que incluso penetraron electoralmente en el movimiento obrero, disputándoles con éxito ese espacio a los partidos comunistas y socialistas. Estos movimientos democráticos de masas tenían obviamente raíz y horizontes nacionales. De alguna manera (a menudo explícitamente) se vinculaban con las dimensiones populares de las “divisas” políticas que venían del pasado, de la lucha por la independencia y la unidad nacional. Pisaban el terreno nacional-popular con mucha más fuerza que los partidos de la II y III Internacionales, aprisionados entre el corporativismo de clase y el internacionalismo abstracto. Así, su “nacionalismo” se reveló mucho más fértil que el “internacionalismo” socialista como principio articulador de la emergencia política de las masas.
La “nacionalización ideológica” populista
Las crisis del ‘30 y sus consecuencias sociales y políticas agudizaron este cuadro de situación. Una rama del viejo conservadorismo liberal se transformó en fascista: paradojalmente, su exacerbado nacionalismo reaccionario se resolvía así en adhesión a un referente externo. Los partidos comunistas, especialmente en la segunda mitad de la década, luego del VII congreso de la IC, intentaron, a través de la política de los frentes populares, terminar con su aislamiento clasista, abrirse a los esquemas de la revolución democrática-burguesa y redefinir su internacionalismo a través de un alineamiento mundial antifascista: en 1943 la III Internacional fue formalmente disuelta, y ya para entonces la influencia en Sudamérica de la II Internacional, socialdemócrata, había perdido el impulso inicial.
Pero el proceso más importante que tuvo lugar en el subcontinente a partir de 1930 y de la crisis política que ese hecho desató, fue el surgimiento de esa situación que por comodidad expositiva solemos llamar populista y que incluyó bajo formas diferentes a la mayoría de los países del área. El populismo (y abarcamos aquí movimientos como el aprismo, el peronismo, el trabalhismo, el MNR de Paz Estenssoro, el liberalismo gaitanista de Colombia, y aún esa forma tardía y frustrada que fue el ibañismo en Chile) aparecía como un mosaico ideológico en el que se fusionaban, en distinta medida según las experiencias nacionales, todas las formas ideológicas anteriores a su surgimiento. Continuadores en general, para un nuevo estadio de emergencia de las clases populares, de las tradiciones del movimiento democrático, en la mayoría de los casos su ideología recogió, en una mezcla heterogénea, elementos discursivos del fascismo y formas microcorporativas de organización de clases.
Pero la mayor conmoción social que esta fórmula populista produjo, estuvo en el proceso de nacionalización ideológica de las masas que promovió. La industrialización posterior al ‘30 cambió las características y el status de grandes masas de asalariados que pasaron súbitamente de la pasividad a la movilización. Salvo para Chile, en donde las izquierdas lograron crecer al ritmo que los cambios generaban (llegando incluso a ser protagonistas del reequilibrio político global, como lo ejemplificó el triunfo electoral del Frente Popular en 1938), en el resto de los países el signo predominante de la nueva emergencia política popular fue el del nacionalismo democrático. Así, el desarrollo del capitalismo posterior al ‘30, notablemente reforzado durante la segunda guerra, generó una respuesta política de masas particular: si el inicio de la movilización obrera, a principios de siglo, se había hecho bajo las banderas del socialismo internacionalista, el populismo venía a quebrar esa tradición. La política de masas de los años cuarenta y cincuenta se hacía bajo otro signo, dentro de los marcos del pensamiento nacional-popular con que se había desarrollado originalmente la activación política de las clases medias.
Una dramática incomprensión
Todo ese período fue testigo de un debate, no siempre teóricamente explícito, entre dos concepciones políticas que articulaban de diferente modo las relaciones entre nacionalismo, democracia y modernización. Por un lado, la expresada por la propuesta de los partidos de la III Internacional bajo la rúbrica de la estrategia de la revolución burguesa y de su instrumento, el Frente Popular. Por el otro, la efectiva realización de los contenidos de ese proceso –pero no necesariamente a través de formas de democracia a la francesa- llevada a cabo desde el Estado por los populismos. En determinados casos, la incomprensión puesta a desnudo en ese debate decisivo, condujo a algunos partidos comunistas (el ejemplo de Argentina es, en ese aspecto, dramático) a imaginar que la revolución democrática pasaba por la asimilación del populismo con el fascismo y de la fase democrática con la alianza con la burguesía liberal. Esto no hizo más que agrandar la distancia, que ya se venía estableciendo entre la ideología socialista, de clave internacional, y el movimiento popular constituido al amparo de la modernización capitalista.
En la medida en que esa modernización y democratización desde arriba, en que esa nacionalización de las masas, coincidió con un estilo de desarrollo proteccionista y autarquizante (al amparo de la relativa clausura de esas economías con respecto al mercado mundial provocada por la guerra y por los primeros años de la postguerra), los modelos ideológicos con que los procesos eran racionalizados asumían también formas autosuficientes. Formas, en última instancia, provinciales: Perón, creando con una serie de retazos ideológicos, una doctrina ecuménica, el justicialismo, a la que presentaba como tercera posición entre liberalismo y socialismo, aparece como el ejemplo más nítido del aislacionismo ideológico de esos movimientos de masas que llegaron a sintetizar, sin embargo, el caudal mayor de la actividad popular.
La Revolución Cubana
Pero ya a principios de la década del sesenta comienza a resultar clara toda la insuficiencia de las estrategias populistas para resolver con eficacia (aún para plantear correctamente) los nuevos dilemas económicos, sociales y políticos impuestos por el propio desarrollo de las fuerzas de clase internas y por la reordenación mundial capitalista. Si el nacionalismo populista se encontraba con que el mundo de los años cuarenta había caducado y que con esa caducidad su discurso perdía soporte, las izquierdas tradicionales vacilaban también en la superación de sus propias trabas. La Revolución Cubana concurrirá entonces como un elemento decisivo de cuestionamiento estratégico. Su triunfo y el rápido pasaje histórico de una etapa democrática a otra socialista, sirvieron como estímulo para repensar la compleja trama de relaciones que podría unir en un solo movimiento a los elementos de nacionalismo e internacionalismo que en la mayoría de las historias habían vivido dislocados. La Revolución Cubana había colocado la grave cuestión en su verdadero eje, y en tal medida comportaba un desafío: el de la posibilidad de constituir políticamente a las masas en el socialismo, pero entendiendo a éste como un principio ordenador, articulador de la hegemonía obrera sobre el terreno nacional-popular en el que se gesta todo verdadero movimiento de masas.
Pero en rigor no fue este elemento el que ejerció mayor influencia en el debate de la década del 60 y principios de la del 70 (dejando otra vez aparte el muy rico, aunque frustrado, intento de las izquierdas chilenas), sino sus rasgos más exteriores, los que cuajaron en el llamado foquismo. Por este operativo, a los impulsos nacional-populares de las masas se intentaba acoplar, desde el exterior, una dirección política iluminada, no partidista como en el viejo esquema, sino, esta vez, militar. El cambio era de forma, pero no de sustancia. Implicaba nuevamente abandonar la cuestión de la construcción de hegemonía, se agotaba en un intento de radicalizar al populismo y concluía en el aislamiento, al plantear el dilema no en el terreno de la organización de las masas sino en el enfrentamiento armado directo con el Estado. La constitución política del movimiento popular bajo la dirección socialista (o sea la superación ideológica y organizativa de los populismos, la producción de una dialéctica articuladora de nacionalismo e internacionalismo, la construcción, en fin, de una voluntad hegemónica) fallaba también por la mecánica traducción del elemento internacionalista a la rúbrica tercermundista. Esta metáfora capturaba sólo parcialmente la complejidad de las sociedades de América del Sur, cuyos problemas derivaban mucho menos de la falta de modernización capitalista que de las características que ese crecimiento había asumido tras las experiencias populistas y los posteriores interregnos “desarrollistas”.
La “apertura” del setenta
La década del ‘70 (en Brasil un poco antes) implica el fin de una etapa para estas sociedades. La reorganización del mundo capitalista, el reequilibrio con que las grandes potencias proyectan culminar la crisis larga del sistema, obliga a las grandes burguesías locales a reacomodar sus políticas para no perder aceleradamente posiciones en el nuevo orden mundial. Comienzan un proceso de reorganización, similar en profundidad al que se iniciara con la crisis del ‘30, del que somos contemporáneos. Si desde los años ‘30 a los ‘50 las burguesías sudamericanas habían respondido a la crisis con el aislamiento, la respuesta es ahora la apertura. Esa reorganización estatal, o sea esta reorganización de las relaciones entre gobernantes y gobernados articulada a través de la puesta en marcha de un principio de acumulación al que deben subordinarse clases y fracciones, está signada políticamente por la emergencia de nuevos autoritarismos, brutales, despiadados, pero no necesariamente restauradores del orden anterior, sino dinamizadores de la nueva manera en que las grandes burguesías locales entienden su recolocación en el esquema mundial en curso.
Frente a este proceso, el nacionalismo populista entra en colapso, del mismo modo que sus variantes radicalizadas. El resultado inmediato de esta doble crisis, para el movimiento popular, es el vacío, porque la propuesta socialista no tiene todavía la dimensión suficiente para alcanzar al movimiento de masas, fragmentado y a la defensiva, pero vigente. Al viejo tema del nacionalismo y del internacionalismo como elementos constitutivos del movimiento socialista de las masas se agrega ahora, ante la ola de barbarie represiva estatal, el de la democracia.
Otra vez el viejo desafío
La distancia de estas sociedades con el resto del mundo se achica. Inevitablemente la dimensión política interna se desprovincializa, comienza a mundializarse, en la medida en que los movimientos de esas sociedades siguen cada vez más el ritmo de los movimientos de un nuevo orden internacional. Correlativamente, las formas de la política y de la ideología también se internacionalizan. En este cuadro se descarga sobre América del Sur la blitzkrieg de la socialdemocracia y de la democracia cristiana, definidas en primer lugar por las fuerzas políticas como protectores privilegiados en la más mínima (pero de ningún modo minimizable) lucha por la conquista de un umbral de democracia, aunque quiera llamársela formal. Podría conjeturarse mucho sobre el papel instrumental que ambas fuerzas cumplen en la reestructuración mundial capitalista, y más concretamente sobre su posible papel en ese sentido en América del Sur, región en la que los Estados Unidos difícilmente pueden hacer penetrar su modelo ideológico directo. Pero, como ha quedado dicho, lo que importa destacar como tema de reflexión no es tano la trivialidad diabólica de un plan trazado por una única cabeza (trifonte si la asimilamos a la Trilateral), cuanto las condiciones de recepción de esa propuesta, su visibilidad como alternativa por actores políticos que antes la rechazaban, la disponibilidad de una serie de sociedades en crisis para un proceso de desprovincialización ideológica.
Para las izquierdas, con dificultades seculares en el intento de articulación entre los discursos socialistas y los nacional-populares, el asunto es decisivo en el presente y el próximo futuro. Si la reconstitución política de Sudamérica habrá de transcurrir por esos carriles (o por lo menos con un peso predominante de ellos), la mirada hacia el tercer referente de la internacionalización, el constituido por el campo socialista, el agitado terreno de los socialismos reales, del eurocomunismo, de la crisis chino-soviética, aparece cargada de perplejidades. En este plano la llamada crisis del marxismo recupera su dramática vigencia: una bala china en un pecho vietnamita (o viceversa) pesa más en ella que toda la literatura de los nuevos filósofos.
Pero este mundo del sur difícilmente volverá a la (hoy) utópica autarquía parroquial de hace dos décadas. Otra vez, pero ahora quizás más premiosamente, el viejo desafío de la síntesis entre internacionalismo y nacionalismo, entre socialismo y nación, el viejo tema de la hegemonía, está a la orden del día.
Información adicional
Información adicional:: El texto original que aquí se presenta fue publicado en la revista mexicana América Latina: estudios y perspectivas, Nº 2, 1980.