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Los reportes de Langley. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) frente a los desafíos del maoísmo y del castrismo en tiempos de la Tricontinental
The reports of Langley. The Central Intelligence Agency (CIA) facing the challenges of Maoism and Castroism in the times of the Tricontinental
Los reportes de Langley. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) frente a los desafíos del maoísmo y del castrismo en tiempos de la Tricontinental
e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, vol. 18, núm. 69, pp. 15-32, 2019
Universidad de Buenos Aires
Recepción: 27 Agosto 2018
Aprobación: 30 Mayo 2019
Resumen: Este artículo analiza las evaluaciones de la CIA del enfrentamiento chino soviético y sus repercusiones en la izquierda latinoamericana y argentina. Establece como encuadre cronológico al periodo de preparación y realización de la Conferencia Tricontinental, reunida en La Habana en enero de 1966. Postula la eficacia de este enfoque porque permite identificar a los grupos de la izquierda revolucionaria y dimensionar, desde la perspectiva de la estrategia norteamericana, el riesgo real que suscitaban para el gobierno de los Estados Unidos. Esta perspectiva puede ofrecer una lectura más compleja del período, al interactuar con los relatos elaborados en base a las autopercepciones de los movimientos revolucionarios. La investigación se ha fundado en un conjunto de informes elaborados por los organismos de inteligencia de los EEUU, principalmente por documentos de la Agencia Central de Inteligencia, así como en fuentes producidas por la Conferencia Tricontinental de los Pueblos de Asia, África y América Latina. El desarrollo se eslabona en tres partes. En la primera, describe las causas de la disputa intracomunista y su impacto en los partidos latinoamericanos. En la segunda, evalúa la gravitación de la Revolución Cubana en el debate marxista y los vaivenes de sus relaciones con China. Finalmente, observa las consecuencias de la ruptura chino-soviética en la emergencia de grupos maoístas en la Argentina.
Palabras clave: CIA, maoísmo, revolución cubana, Tricontinental.
Abstract: This article analyzes the CIA's evaluations of the Soviet Chinese confrontation and its repercussions on the Latin American left. It establishes as a chronological framework the period of preparation and realization of the Tricontinental Conference, gathered in Havana in January of 1966. It postulates the effectiveness of this approach because it allows identifying the groups of the revolutionary left and sizing, from the perspective of the North American strategy, the real risk that they aroused for the government of the United States. The investigation has been based on a set of reports prepared by the US intelligence agencies, mainly by documents of the Central Intelligence Agency, as well as sources produced by the Tricontinental Conference of the Peoples of Asia, Africa and Latin America. The development is made up of three parts. In the first, it describes the causes of the intra-communist dispute and its impact on Latin American parties. In the second, it assesses the gravitation of the Cuban Revolution in the Marxist debate and the vagaries of its relationship with China. Finally, observe the consequences of the Soviet Chinese rupture in the emergence of Maoist groups in Argentina.
Keywords: CIA, maoism, cuban revolution, Tricontinental.
Introducción
Los procesos de radicalización política en América Latina suscitaron el interés de la historiografía y de otras ciencias sociales. La bibliografía examinó sus diversas expresiones regionales y el influjo ejercido en el continente por la revolución cubana y el maoísmo. Ambas experiencias criticaron las prácticas reformistas y gradualistas que endilgaron a los partidos socialistas y comunistas. Asimismo, inspiraron la formación de los grupos de la “nueva izquierda”. Estas corrientes impugnaron las orientaciones legalistas y parlamentarias para alcanzar el poder, justificaron y apoyaron diversas alternativas de acción armada revolucionaria, redefinieron la teoría sobre los sujetos revolucionarios, afirmaron el rol de las vanguardias en la aceleración de los procesos de transformación social, reconsideraron el potencial emancipador de los movimientos nacionalistas antiimperialistas; postularon la construcción de instancias de coordinación internacional de los movimientos de liberación nacional y social, etcétera (Tortti, 2014; Marchesi, 2019).[1]
Los estudios sobre la “nueva izquierda” pueden enriquecerse con la consulta de otras fuentes. Los documentos procedentes de la Agencia Central de Inteligencia de los EEUU (CIA) resultan provechosos. La elección no nos parece arbitraria. La Agencia fue uno de los actores principales en la reunión de información y en el diseño de los dispositivos de contención y destrucción de los movimientos revolucionarios. Y esta tarea estuvo enfocada con carácter prioritario, como veremos, al accionar del castrismo y del maoísmo en América Latina. Además, las fuentes almacenadas por la CIA proveen información por demás minuciosa, clasificada con criterios específicos sobre grupos, organizaciones y episodios cruciales de la radicalización política latinoamericana. Ofrece una oportunidad, tal vez poco aprovechada, para conocer las dimensiones y potencialidades de la izquierda revolucionaria y estimar de manera directa el peligro que entrañaba para las elites gobernantes. El procesamiento de estos datos, aun cuando emanaran de concepciones estereotipadas del adversario y formularan proyecciones artificiosas o erráticas, podrá complementar a las descripciones basadas en las autopercepciones de los protagonistas de la radicalización.
Los estudios sobre la injerencia de la CIA en las turbulencias políticas latinoamericanas aportaron, sin duda, un conocimiento valioso para la historia del tiempo reciente. Las contribuciones más significativas se abocaron a discernir las características, funciones, metodologías, organizaciones conexas e intervenciones globales de la Agencia. En este terreno destacaron las obras de Weiner (2008), Blum (2004), Wise y Ross (1966), Selser (1967). Una mirada más intima del funcionamiento de la organización y un aporte de evidencia contundente sobre operaciones de la CIA en el continente fue proporcionada por los libros de los ex agentes Marchetti & Marks (1974), Agee (1978) y Hunt (2007). Otros autores se propusieron registrar las intervenciones de la CIA en contextos nacionales específicos como Bolivia (Selser, 1970), Chile (Kornbluh, 2013; Basso Prieto, 2013), Uruguay (Aparicio, García y Terra, 2013; García Ferreira, 2011; Vallarino, 2007). Existieron trabajos dedicados a esclarecer la penetración de la CIA en organizaciones gremiales, entre ellos Spalding (1989), Bozza (2009), que siguieron el itinerario del Instituto Americano para el Desarrollo del Sindicalismo Libre (IADSL), la principal herramienta destinada a la confrontación con el sindicalismo de izquierda y antiimperialista latinoamericano. Otro caudal de información de alto impacto fue proporcionado por investigadores que abordaron la actividad de la CIA en las universidades y en el movimiento estudiantil. Sobre esta cuestión debe subrayarse la exploración original de Sol Stern (1967) y de quienes siguieron su camino, como de Vries (2012), Zwerling (2011), Phillips (2017) y Chen Mill (1991). En el plano de los estudios que siguieron las iniciativas culturales y de propaganda de la CIA, merecen citarse las obras de Stonor Saunders (2001) y Wilford (2008). Otros escritores rastrearon la implicación de la CIA en operaciones de desinformación y de trabajo mancomunado con importantes medios de comunicación, como Bernstein (1977), Gargurevich (1982), Calloni (2011) y Bozza (2018). En un territorio más cercano a nuestro enfoque, queremos destacar la labor, en cierto sentido pionera, de Celso Rodríguez y Cesar Tcach (2006). Los autores procesaron los informes realizados por la agencia norteamericana sobre politicos y militares durante la presidencia de Arturo Illia. La indagación presenta las dimensiones secretas de las políticas del gobierno de Washington frente a los preparativos desestabilizadores que asediaron a Illia. Además, selecciona una serie de caracterizaciones individuales, producidas por los agentes norteamericanos, sobre rasgos psicológicos y conductas, que en ocasiones parecen presunciones ligeras e impresionistas, de los dirigentes argentinos de la época. El trabajo de Tcach y Rodríguez está ceñido a la etapa del gobierno de la UCRP y sus resultados estimulan extender la exploración a la etapa iniciada con el derrocamiento del presidente, en junio de 1966.
Como puede apreciarse, predominan las investigaciones que registraron las intervenciones de carácter contrainsurgente, los episodios de desestabilización, propaganda y desinformación instrumentados contra los gobiernos progresistas y antiimperialistas del continente. En cambio, no fueron numerosas las investigaciones enfocadas a procesar las estimaciones producidas por la Agencia, es decir, el conjunto de diagnósticos y proyecciones realizados por académicos de las ciencias sociales, reclutados en prestigiosas universidades e instituciones de educación superior, con frecuencia financiados directa e indirectamente por la propia organización residente en Langley. Se trata de un acervo interesante para recorrer, un campo de observación donde la exploración rigurosa convivía con análisis portadores de prejuicios hostiles y premisas operacionales proyectadas sobre un objeto considerado un enemigo a destruir o neutralizar.
Nuestra indagación interrogará a las fuentes de la inteligencia americana sobre tres cuestiones inherentes a la radicalización política en Latinoamérica: ¿de qué manera los documentos registraron el impacto de las disputas chino soviéticas en el proceso de conformación de la izquierda revolucionaria en el continente? ¿Cómo analizaron las actitudes del castrismo frente a la controversia intracomunista en el marco de la organización de la Conferencia Tricontinental de 1966? Finalmente, ¿cómo evaluaron las consecuencias de la ruptura comunista internacional en la emergencia de grupos maoístas en la Argentina?
Las estimaciones de la CIA sobre las disputas entre la URSS y China
A través de su staff de académicos cooperadores, entre quienes no faltaron historiadores[2], sociólogos y politólogos, la CIA analizó la ruptura en el movimiento comunista mundial, elaborando una serie informes y minutas sobre las razones y protagonistas del conflicto en la izquierda latinoamericana. Los académicos de Langley observaron la ríspida polémica intramarxista en los resultados de la Conferencia Tricontinental de La Habana. Un informe específico reconocía a los grupos que entablaron las discusiones, recorría detalladamente el progreso del divisionismo, así como la aparición de partidos maoístas en los países latinoamericanos entre 1963 y 1967 (CIA, 1967a).[3]
Los análisis eran exhaustivos, la CIA tenía una información directa y solvente sobre la constitución de los grupos maoístas que actuaban en cada país. Efectuaba diagnósticos realistas e insinuaba ciertas predicciones atinadas sobre el desenlace de los sucesos. Las razones de esta precisión indudablemente mostraban la cercanía de la Agencia norteamericana con los grupos investigados. Esto era posible por una lectura aplicada de los documentos que los movimientos revolucionarios hacían circular pública e internacionalmente y, con toda probabilidad, por información extraída a través de la infiltración en las vertientes radicalizadas.[4]
Según la CIA, el impacto de la disputa chino soviética en Latinoamérica provocaba un cisma profundo, alentaba la formación de fracciones en los partidos comunistas y daba nacimiento a grupos revolucionarios pro chinos en el continente. Los profesionales del espionaje discernían los motivos de las controversias. Se trataba de desacuerdos en torno a tácticas y estrategias en la lucha por la liberación nacional. Según la CIA, tales discusiones se daban fundamentalmente entre tres protagonistas: el maoísmo, el comunismo soviético y el castrismo (CIA, 1967a:1).
Los órganos de inteligencia americanos subrayaban el influjo del comunismo chino en América Latina. Había crecido, desde 1963, como fruto del inconformismo frente a las negociaciones de la URSS con Estados Unidos, luego de la crisis de los misiles en Cuba, en octubre de 1962. El maoísmo repudiaba la diplomacia soviética de la coexistencia pacífica. Tal orientación implicaba abjurar de la teoría revolucionaria marxista y propiciar estrategias reformistas y pacifistas de convivencia con los enemigos de clase. Para el Partido Comunista Chino (PCCh), los jefes soviéticos eran “revisionistas”, es decir, claudicantes y desleales a la tradición revolucionaria del marxismo leninismo (CIA, 1967a:15).
La CIA ofrecía una lectura atenta de la estrategia del maoísmo para las regiones del tercer mundo. Prestaban una atención preferencial a los fenómenos revolucionarios que se gestaban en Asia, África y América Latina.[5] Por los rasgos estructurales de esas sociedades, la lucha revolucionaria debía afincarse en las zonas rurales, para luego avanzar y asediar a las ciudades. Consideraba al campesinado como la fuerza principal de la revolución. Esta tenía dos etapas. La primera era la revolución nacional democrática. Entrañaba la construcción de un amplio frente que, además de trabajadores y campesinos, debía incluir a sectores de la pequeña burgueses urbana, de la burguesía nacional y otros grupos que se reclamaban patrióticos y antiimperialistas (CIA, 1967a:3). Este frente unido antiimperialista debía ser liderado por la clase trabajadora. Tenía como misión ineludible la organización de un ejército popular que, con el apoyo de los campesinos, debía desarrollar la guerra de guerrillas en los ámbitos rurales, como preludio de una ofensiva y ocupación de zonas urbanas y grandes ciudades. Si bien reconocían la legitimidad de todas las formas posibles de confrontación, los comunistas de Pekín consideraban a la guerra popular como la forma suprema de lucha. Según los analistas de la CIA, el maoísmo imputaba una debilidad estructural a las burguesías nacionales latinoamericanas, lo que las inhabilitaba para conducir los frentes nacionales democráticos. El liderazgo lo debían desempeñar los partidos comunistas, que debían mantener su independencia política en el proceso revolucionario.
La CIA distinguía el camino más moderado escogido por los líderes de la URSS. Apostaban a un creciente relacionamiento político con los países de América Latina, al establecimiento de vínculos pacíficos a través de la cooperación económica. En el plano doméstico de cada nación, la URSS también había desenvuelto la teoría de la revolución por etapas. Los partidos comunistas de la región debían convocar y desarrollar frentes antiimperialistas y anti feudales para acometer tareas democráticas impostergables, como la reforma agraria. Los frentes preconizados por el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) estaban abiertos a la participación de sectores de la burguesía nacional que tenían influencia política sobre los trabajadores. Por su enorme respaldo en el mundo del trabajo, las fuerzas nacionalistas burguesas podían desempeñar el liderazgo de los frentes de liberación. Los partidos comunistas no necesariamente debían ejercer la dirección de la revolución nacional democrática (CIA, 1967a: 4).
La CIA evaluaba las reticencias de la URSS para respaldar la lucha armada en América Latina. Esa estrategia era contraproducente, según los líderes soviéticos, porque podía aislar a los revolucionarios de grupos más amplios de las masas. A pesar de ese razonamiento general, el PCUS estimaba que la lucha armada podía ser necesaria en países gobernados por dictaduras terroristas monitoreadas desde Washington. En estos casos, la actividad armada debía ceñirse a crear organizaciones de autodefensa más que a lanzar un instrumento ofensivo de guerrilla urbana.
¿Por qué, según la CIA, los soviéticos ponderaban la posibilidad de que sectores burgueses y pequeños burgueses antiimperialistas podían conducir los movimientos de liberación nacional? La respuesta la proporcionaba la experiencia histórica de la Revolución Cubana. El castrismo, el Movimiento 26 de Julio (M26), una corriente de extracción pequeño burguesa antiimperialista, había llevado al éxito a una revolución democrática antiimperialista, incorporando a la lucha al comunismo local (PSP), una fuerza tradicionalmente orientada hacia estrategias pacifistas.
¿Cuáles eran las perspectivas del maoísmo según los expertos norteamericanos? Debido a que en las sociedades latinoamericanas se exacerbaban las contradicciones antiimperialistas, según la CIA, el comunismo chino insinuaba mayor voluntad revolucionara que la URSS. El maoísmo pronosticaba una aceleración de los procesos y un avance de los movimientos insurgentes hacia una estrategia de la guerra popular. Indicaba este derrotero en las guerrillas de Venezuela, Guatemala, Colombia y Perú.
A pesar de las confiadas expectativas de Pekín, los analistas de la CIA señalaban un obstáculo para su desenvolvimiento en América Latina: la mayoría de los partidos comunistas seguían los lineamientos de Moscú. Frente a esta situación, el PCCh proponía estudiar, caso por caso, la situación de los partidos “revisionistas” y emprender una implacable lucha de fracciones. Si las tendencias marxistas leninistas, es decir pro chinas, eran influyentes en la dirección de los partidos comunistas, proponían expulsar a los leales a Moscú. Según la CIA, tal orientación se propiciaba en los partidos de Colombia, Ecuador y Perú. Cuando no era posible desplazar a los rivales, el maoísmo impulsaba la creación de nuevos partidos “marxistas leninistas”, como había hecho en Brasil y, fuera de América, en Bélgica, Australia (CIA, 1967a: 5).[6]
La Agencia norteamericana rastreaba las tentativas de unidad de los partidos maoístas. Un primer encuentro había acaecido en Santiago de Chile, en julio de 1964. Otras conferencias regionales fueron suspendidas por condiciones políticas adversas. Finalmente, en marzo de 1966, tuvo lugar en Santiago la primera Conferencia latinoamericana de partidos comunistas pro chinos (CIA, 1967a:21).
Según los documentos norteamericanos, los grupos latinoamericanos afines al PCCh demostraban ineficacia organizativa. Existían facciones que dilapidaban esfuerzos en atacarse mutuamente y en presentarse como los legítimos representantes del maoísmo, debilitando la causa “anti revisionista”. En virtud de este panorama, el apoyo financiero chino fue prudente, evitando partidas para grupos que se mantenían inactivos en el movimiento de masas. Para los agentes de Langley, la desunión de sus aliados latinoamericanos provocaba cierta desilusión en el gobierno chino (CIA, 1967a: 30-31).
La Revolución Cubana, la Tricontinental y el maoísmo
El aporte del castrismo a la teoría marxista
Los informes de la CIA expresaban la preocupación por la expansión del castrismo en América Latina. La Revolución Cubana se había consolidado internamente. Ciertos cálculos eran sombríos. Consideraban que, luego del acuerdo con la URSS para retirar los misiles de la isla en 1962 y con la promesa de Estados Unidos de no invadir Cuba, el castrismo obtendría más inmunidad para continuar apoyando a los grupos rebeldes del continente (CIA, 1962:8; CIA, 1965d: v).[7]
El fervor sembrado por la Revolución en otros países no se reducía a la admiración por el arrojo y el sacrificio de los guerrilleros de la Sierra Maestra. Según la CIA, el entusiasmo latinoamericano se alimentaba por el aporte cubano a la teoría revolucionaria. Esta demostraba un grado de autonomía respecto a la diplomacia soviética desafiando, incluso, a la orientación que instituía la coexistencia pacífica.[8] Para los analistas de Langley, la estrategia cubana no era una sumisa reproducción de los lineamientos provenientes de Moscú y Pekín. Con estos compartía algunas caracterizaciones, como la dominación del imperialismo yanqui de Latinoamérica, la existencia de sociedades que no habían desarrollado una industrialización plena y de regiones donde predominaban las clases campesinas.
Atentos a las especificidades de los comandantes del Movimiento 26 de Julio, los informes de la CIA glosaban las convicciones propias del castrismo. Preconizaba una revolución cuya naturaleza era primordialmente agraria y entronizaba a la guerrilla rural como el método más adecuado para conquistar el poder. El texto La Guerra de guerrillas, publicado en 1960 por el Che Guevara, exponía los fundamentos de la teoría del foco guerrillero. La actividad insurgente debía desarrollarse en diversos emplazamientos rurales, aun antes de la maduración de las condiciones objetivas para la revolución. Estas podían acelerarse o crearse por una vanguardia decidida a desarrollar la actividad armada (CIA, 1965d: iii). Si bien el reclutamiento del campesinado movilizaba los mayores esfuerzos de la guerrilla, la lucha debía articularse con las demandas del movimiento obrero y de los intelectuales revolucionarios. El comando insurgente era la base del ejército popular que habría de destruir y reemplazar a las fuerzas armadas del régimen. Los informes de la CIA señalaban el desprecio de la teoría castrista hacia la burguesía autóctona, aun cuando sus intereses a menudo colisionaran con los del imperialismo. Se trataba de una clase incapacitada para liderar la liberación nacional que, ante el peligro revolucionario, no dudaba en convocar a las fuerzas armadas para restaurar el orden (CIA, 1967a: 13-14).
Según las estimaciones de la CIA, la teoría castrista no siempre formulaba una generalización de la guerra de guerrillas. En palabras de Guevara, el imperialismo norteamericano y sus aliados nativos habían aprendido de la Revolución Cubana. Ahora ponían en acción dispositivos contrainsurgentes: entrenaban con éxito unidades antiguerrilleras que impedían y desbarataban la actividad insurreccional. La vía cubana, como modelo insurreccional latinoamericano, no se adecuaba a todas las realidades; debían ponderarse las condiciones históricas, políticas, geográficas de cada nación (CIA, 1967a:14).[9] Como casos preferenciales, las tácticas guerrilleras eran eficaces y necesarias en países como Venezuela, Colombia. Guatemala y Perú[10], donde los focos combatientes persistían aún luego de la aplicación de los planes contrainsurgentes del Pentágono.
La CIA reconocía la capacidad de la Revolución para convertir a La Habana, en 1966, en un centro de elaboración teórica del marxismo. Señalaba los medios y las instituciones productoras del pensamiento crítico. Una de ellas era el complejo editor Casa de las Américas. Según los espías norteamericanos, se trataba de una empresa cultural de notorio dinamismo que impulsaba la creación literaria, la investigación social y el debate teórico. En esta usina tropical del marxismo también se destacaban las Escuelas de Instrucción Revolucionaria (EIR), dirigida por Lionel Soto Prieto, en lo concerniente a la difusión de la filosofía (Martínez Pérez, 2006: 114). A su vez, el resplandor revolucionario se expandía al continente con la creación de la Organización Latinoamérica de Amistad con Cuba, que difundía los quehaceres de la revolución en varios países, realizaba tareas de solidaridad, enviaba recursos materiales, luchaba contra el bloqueo norteamericano y promovía encuentros internacionales. La vitalidad demostrada por la Revolución tendía puentes de afecto que se traducían en visitas de intelectuales de varios países, que se incorporaban a la actividad editorial y a las universidades cubanas.[11] La CIA comprobaba las adhesiones suscitadas por la Revolución en intelectuales radicales europeos. Mencionaba especialmente a Regis Debray, un discípulo de Althusser. El compromiso intelectual de Debray con Cuba tuvo amplia repercusión en la izquierda internacional (CIA, 1967a: 43-45).[12] Según la CIA, la vía cubana al socialismo era un tema del debate político internacional; su irrupción implicaba una visión alternativa a las políticas impulsadas por la URSS para los países no industrializados que carecían de un proletariado numeroso. Otra plataforma de difusión revolucionaria fue la revista El Caimán Barbudo, fundada en 1966 como centro de producción de la juventud comunista y del Departamento de Filosofía de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. En sus páginas se alentó la producción artística autónoma y se manifestaron críticas a los errores y al esquematismo de las fórmulas soviéticas y de la Tercera Internacional para la revolución latinoamericana (CIA, 1967a:46-47).[13] El Caimán Barbudo estimuló el desarrollo de las letras y de la naciente poesía revolucionaria, interactuó con las corrientes estéticas y filosóficas de la época y recibió la contribución de notables pensadores como Sartre y los dramaturgos Peter Weiss y Peter Brook (El Caimán Barbudo, 1966: 3-5; 1967: 3-5, 8-9).
El Faro de la liberación nacional y social
Según la CIA, La Habana comenzaba a funcionar como una meca, como un polo de atracción revolucionario. Allí acudían diversas corrientes de izquierda, grupos antiimperialistas y vertientes enlazadas con el nacionalismo popular para coordinar la acción de los movimientos de liberación nacional. El fenómeno transcendía a Latinoamérica. Desde 1962, los dirigentes cubanos se habían acercado a un conjunto de gobiernos y partidos de países de Asia y África, miembros del Consejo de Solidaridad Afroasiática, que habían emergido de un reciente pasado colonial o que intentaban desembarazarse de él. Tal alianza reunía países que se autoproclamaban “no alineados”, a partir de su participación, en 1955, en la Conferencia de Bandung, Indonesia. Los emisarios cubanos venían participando de las reuniones de la organización, un compromiso asumido en persona por Ernesto Guevara en la conferencia de Argelia de 1965.[14]
El empoderamiento internacional de la Revolución se pudo aquilatar cuando organizó en La Habana, en enero de 1966, la Conferencia de los Pueblos de Asia, África y América Latina o “Tricontinental”. La CIA pudo calibrar la magnitud y las definiciones del evento antiimperialista. Asistieron más de medio millar de delegados de 82 naciones y cerca de cien observadores.[15] El encuentro declaró el apoyo a la lucha armada, decisión fundada en la convicción de que a la violencia imperialista se le debía oponer una violencia revolucionaria. Las tareas de la Conferencia se inscribían históricamente como continuidad de las revoluciones del pasado. Reconocía la herencia emancipadora de la Revolución Rusa y las revueltas anticoloniales de China, Argelia, Egipto, Cuba y la reciente independencia de Guinea.[16] El cónclave se expidió a favor de la Revolución Cubana y los procesos de emancipación en América Latina, rechazaba a organismos que eran herramientas de EEUU, como OEA; exhortaba al desmantelamiento de las bases militares extranjeras en los tres continentes a los que pertenecían los países reunidos; bregaba por el desarme, contra producción y almacenamiento de armas nucleares; solicitaba el fin del apartheid y la segregación racial; apoyaba a la lucha del pueblo afroamericano por la conquista derechos civiles, etc. Otras declaraciones de la Tricontinental condenaron a las intervenciones imperialistas del periodo, a la invasión del Congo por parte de tropas mercenarias, a la ocupación de los marines norteamericanos de República Dominicana, al bloqueo y a los ataques sufridos por Cuba, al establecimiento gobierno racista en Rhodesia del Sur, a la violencia racial en aumento en Sudáfrica y a la invasión norteamericana de Vietnam (Alvarez Tavío, 1966: 15 y 19).
El prestigio de Fidel se consolidó tras la convocatoria de la Tricontinental (CIA, 1967a: 39). La CIA ponderaba la trascendencia internacional de su liderazgo. Había realizado una contribución a la teoría marxista al nutrirla con las peculiaridades y condiciones históricas de América Latina y pensaba la construcción del socialismo conforme a las necesidades cubanas. Los reportes de Langley no podían ocultar la admiración de varios intelectuales latinoamericanos hacia el Comandante de la Revolución. Siguiendo el tratamiento que le daba la prensa local, la Revolución Cubana se identificaba en la senda inaugurada por la Revolución de Octubre. Según los analistas de la CIA, Fidel Castro podría convertirse en un “probable Lenin latinoamericano” (CIA, 1967a: 37-41).[17]
La autonomía de la estrategia castrista
La Revolución Cubana encausó de manera soberana su relacionamiento internacional en la Conferencia Tricontinental. Bregó para que el encuentro no sea paralizado ni devastado por las controversias entre la URSS y China (CIA, 1967a: 51). Para la Agencia norteamericana, el éxito del castrismo podía mensurarse por el apoyo de un amplio bloque de delegaciones latinoamericanas, compuestas no solo por partidos comunistas sino por grupos revolucionarios cristianos, nacionalistas y antiimperialistas conmovidos por las transformaciones en la isla. Otra demostración de fortaleza fue el nacimiento de un movimiento latinoamericano de apoyo a Cuba, la Organización Latino Americana de Solidaridad (OLAS). Su primera conferencia, a la que la CIA denominó “gran comando hemisférico de la guerrilla”, se celebró entre julio y octubre de 1967, con la participación de una variopinta delegación argentina.[18] El progreso de estos vínculos inducía a los agentes estadounidenses a conjeturar que los objetivos de la URSS habían “fracasado miserablemente” en la Tricontinental (CIA, 1967a: 51, 55, 57).
La CIA constataba otras actitudes independientes del gobierno cubano. Subrayaba la autonomía en el proyecto de construir un bloque de naciones con las que vincularse política y comercialmente, y para defenderse de las agresiones económicas imperialistas.[19] Cuba ejercitaba la solidaridad internacionalista. Su experiencia, nutrida por una victoriosa guerra de guerrillas, comenzaba a auxiliar a los pueblos asiáticos y africanos que solicitaran su ayuda.
En opinión de la agencia de Langley, el gobierno cubano era el artífice de una tercera fuerza en el bloque comunista. Las iniciativas del castrismo tenían impronta propia en el escenario internacional, por caso, en brindar apoyo a los movimientos de liberación africanos. La CIA detallaba los vínculos: ofrecía entrenamiento a los disidentes congoleños, cooperaba con los independentistas del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), liderado por Amílcar Cabral, ayudaba a las fuerzas de Nkrumah en Ghana y a los grupos rebeldes de Congo-Brazaville (CIA, 1967a: 69). Sobre esta evidencia, los reportes de inteligencia norteamericanos insinuaban la existencia de una suerte de “eje La Habana-Pyongyang-Hanói”, refrendado por la visita del presidente Dorticós a las dos ciudades asiáticas, en octubre de 1966. La inteligencia americana no dudaba de que Castro asumiría el liderazgo revolucionario en los países subdesarrollados (CIA, 1967b: 70). En esos mismos términos interpretaba los puentes de amistad que la Revolución tendía con el gobierno de Corea del Norte. Kim il Sung había saludado al proceso cubano como una continuidad de la revolución bolchevique. Otro hecho cimentaba esta convergencia; el líder norcoreano compartía con Fidel la estrategia de mantenerse al margen de la discordia que enfrentaba a los comunistas soviéticos y chinos. Ambos proclamaron que el enemigo principal era el imperialismo yanqui.
En la Conferencia Tricontinental resonaron los ecos de la disputa entre los partidos comunistas soviético y chino. Sus manifestaciones no desnaturalizaron el evento, pero se expresaron en diferencias de criterios y en declaraciones discordantes entre algunas delegaciones participantes. Antes de la inauguración, las fricciones irrumpieron en las reuniones del comité preparatorio de la Conferencia. La representación de China se opuso a la participación en el evento de la Unión Mundial de Estudiantes y del Consejo Mundial de la Paz, ambas sostenidas por la URSS, pero las objeciones fueron desestimadas (CIA, 1967a: 14).
Como mencionaban los documentos de la CIA, la conducción castrista no ignoraba la atmósfera de polarización en el movimiento internacional. Sin embargo, demostró firmeza en las convicciones propias y no dudó en señalar sus desacuerdos con las grandes naciones del campo socialista. La evidencia expresada en la Conferencia y en otras declaraciones de la época fue contundente al respecto. Fidel Castro criticaba la falta de un apoyo eficaz y consecuente del bloque socialista a Vietnam del Norte, agredido en 1965 por la invasión de los EEUU. Atribuía esta flaqueza a la disputa intracomunista, a la que caracterizaba de “discordia bizantina”. En varios pronunciamientos públicos se abstuvo de tomar partido en la misma (CIA, 1967a: 71).[20]
El influjo de la Revolución Cubana en América Latina no obsesionaba solamente al imperialismo americano. Suscitaba ciertas incomodidades e incertidumbres en las naciones líderes del campo socialista. Los informes de inteligencia americanos descifraban con fineza las relaciones ambiguas, las disidencias intermitentes, en torno a los proyectos revolucionarios continentales entre el castrismo y las dirigencias de Moscú y Pekín. Veamos con más detalle esta situación.
La URSS había respaldado políticamente a la Revolución, firmó compromisos de ayuda en lo atinente a la defensa del territorio de la isla e incrementó el intercambio comercial y la cooperación económica. Sin embargo, no quería verse involucrada con las iniciativas cubanas de apoyo hacia a los movimientos insurgentes en las Américas. Estas operaciones interferían en el curso de la diplomacia de la coexistencia pacífica, y podían entorpecer los acercamientos comerciales de la URSS con algunos países de América Latina.
Las relaciones del PCCh con Cuba también atravesaron remezones, aunque Fidel Castro trató de amortiguar el impacto en sus pronunciamientos públicos. La CIA captó los matices y acontecimientos de la polémica. Si bien el maoísmo encomió a la Revolución como un triunfo del antiimperialismo, mantenía sus reservas o expresaba malestar por los acuerdos politicos y económicos que establecía con la URSS. Pekín sintió recelos por la visita de Fidel a Moscú entre abril y mayo de 1963. La irritación parecía exagerada, ya que el Comandante cubano manifestó su neutralidad en la controversia ideológica en curso. Los funcionarios de Langley subrayaron las simpatías de los dirigentes chinos por las concepciones guerrilleras del Che, más que por el liderazgo de Fidel. Guevara viajó en una misión diplomática a Pekín en febrero de 1965, sin embargo, no logró el establecimiento de acuerdos consistentes.[21]
A pesar de que la dirección revolucionaria cubana intentó defender la cordialidad con la dirigencia china, no pudo evitar algunas controversias. La CIA captó al instante el motivo de las disonancias. Las atribuyó a tentativas de intromisión del maoísmo en el Partido Unido de la Revolución Socialista Cubana (PURSC)[22], con el objeto de propiciar orientaciones antisoviéticas. Fidel manifestó sus discrepancias y llamó a restringir la propaganda china en Cuba en 1965 y las actividades de la Agencia de Noticias Nueva China. Al comienzo de 1966, acusó al gobierno chino de inmiscuirse en asuntos del Partido Comunista de Cuba, de apartarse de las relaciones fraternas entre los países socialistas y de no completar las entregas de arroz que había prometido. La prensa partidaria china rechazó las acusaciones y retrató a su gobierno como un aliado del “revisionista” Khruschev. A pesar del destrato, Cuba decidió durante algunos años no hacer públicas las discrepancias con China y no expedirse sobre la disputa internacional. Sin embargo, las relaciones comerciales y el intercambio científico y educativo disminuyeron al compás del contrapunto político.[23]
Los expertos de la CIA detectaban otros factores de discordia entre el maoísmo y los líderes cubanos. Se trataba de divergencias en las tácticas insurgentes. Según el espionaje yanqui, el PCCh apuntaba al castrismo cuando alertaba contra el error de subestimar la “lucha armada de masas” y sustituirla por las prácticas foquistas.[24]
La CIA y los orígenes del maoísmo en Argentina
El espionaje norteamericano había acopiado información precisa sobre el marxismo en la Argentina y las divisiones que dieron origen a los grupos de la nueva izquierda. A mediados de los sesenta, disponía de una radiografía detallada de Partido Comunista.[25] Lo consideraba una de las organizaciones más antiguas y sólidas del continente, y la más obediente de las directivas del PCUS. Señalaba su orientación legalista, lo cual no evitó que distintos gobiernos civiles y militares lo proscribieran. La CIA lo describía como un partido con grandes dificultades para insertarse y construir un liderazgo en las masas obreras, predominantemente peronistas. Sin embargo, a partir de comienzos de los sesenta, usufructuando la consolidación de la Revolución Cubana, había comenzado a catalizar mayores adhesiones en el campo cultural, en el movimiento universitario, entre intelectuales y profesionales. Los registros de Langley estimaban una mayor gravitación del Partido en la conflictividad económica y social de la Argentina, especialmente desde 1962, cuando comenzaba a articular acciones con el peronismo y con sus organizaciones gremiales. La CIA insinuaba el peligro de que sectores internos del PC, simpatizantes del castrismo, incursionaran en actividades armadas. En ese sentido, alertaba sobre el descubrimiento, en 1964, de campos de entrenamientos guerrilleros en el interior del país (CIA, 1965d: A-1, p. 12; A-2, p. 13).
Según la inteligencia norteamericana, las rupturas sufridas por el PC eran el resultado de tendencias radicales, a las que calificaba como “una línea más terrorista revolucionaria”, en la que se situaban a los primeros maoístas argentinos.[26] Detectaba las primeras divisiones pro maoístas en el comité provincial de Entre Ríos, en octubre de 1963, que culminaron con la expulsión de los disidentes.
No obstante, los reportes de la CIA sugerían un trasfondo más amplio de los episodios de disenso. Los debates críticos en el marxismo local fueron estimulados por la publicación de la Carta Abierta del Comité Central del Partido Comunista de China del 14 de junio de 1963, en la que cuestionaba las políticas de coexistencia pacífica de la URSS. Según la CIA, ese fue el comienzo de la constitución de la izquierda maoísta en Argentina. Describía los primeros pasos de la corriente como experiencias corroídas por la ineficacia organizacional, el sectarismo y las desconfianzas entre las diversas fracciones. Mencionaba, entre los grupos fundacionales, al Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) y a ex militantes del PCA que habían fundado el Centro de Estudios Luis Emilio Recabarren. También identificó a otros dos grupos que, desde octubre de 1964, reivindicaban al maoísmo. Eran Vanguardia Comunista (VC), sector escindido del Partido Socialista Argentino de Vanguardia (PSAV), dirigido por Elías Semán, y el Partido del Trabajo (PT), de Andrés Aldao y Gustavo Andrade.[27] Ambos sectores proclamaban a la Republica Popular China como el único bastión legítimo del comunismo y repudiaban a los dirigentes soviéticos como revisionistas.
Los analistas de Langley discernían otras tendencias y figuras que ubicaban en el campo maoísta. Entre ellas a los seguidores de David Tieffenberg (ex dirigente del PSAV); al grupo de Juan Carlos Portantiero, expulsado del PCA en octubre de 1963; a Ismael Viñas y el Movimiento de Liberación Nacional y al Comité de la Amistad con China, organizado por Bernardo Kordon. Situaban entre las filas maoístas, quizás con cierta inexactitud, al Movimiento de Izquierda Revolucionaria Argentina (MIRA), cuando este pequeño partido era una expresión nítida del castrismo.[28]
La CIA advertía, con información consistente, otras perturbaciones intestinas en el PCA, también debido a las simpatías pro chinas de algunos de sus miembros. Mencionaba la expulsión, en abril de 1965, de los editores de la revista La Rosa Blindada, entre ellos, el poeta Juan Gelman, representante de la Agencia de Noticias Nueva China (NCNA). Los documentos norteamericanos subrayaron las disposiciones anti maoístas tomadas por la cúpula del PCA, entre las cuales destacaron las “purgas” de simpatizantes pro chinos en los comités de Mendoza[29], Rosario y San Nicolás.
Los analistas de Langley describían con perspicacia los contactos que grupos enrolados en el peronismo revolucionario mantenían con China. El informe seguía los pasos, desde fines de 1964, del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP) y de su referente, Héctor Villalón, y del ex militante de Tacuara Joe Baxter. Ambos tomaron contacto con líderes chinos y vietnamitas y, según la CIA, recibieron entrenamiento para la guerrilla. Villalón mantuvo los nexos más sólidos, recibió cierta financiación para el MRP y se pronunció contra la estrategia internacional de la URSS en el Conferencia mundial contra la proliferación nuclear de Tokio, en julio de 1965. Hombre de temperamento arrogante y conducta sinuosa, acusó de manera precipitada a Cuba de propiciar en América Latina la coexistencia pacífica con el imperio americano.[30] Según la CIA, el PCCh sentía disgusto por la carencia de una base teórica fundamentada en el MRP, también reprochaba su incapacidad por desarrollar acciones políticas fuera del marco sindical. Los registros de Langley señalaban la renuencia de los líderes chinos para atraer al activista John W. Cooke, por considerarlo un inquebrantable militante del castrismo (CIA, 1967a: 149 y 151).
Las pesquisas de la CIA discernían, no sin sutileza, las controversias que afectaban a los grupos maoístas. Describían el intento de los líderes del MIRA, del PT y de VC de cimentar, en agosto de 1965, un frente común para una reconstitución del PC, pero la iniciativa se frustró precozmente. Para VC, la organización argentina debía integrarse al Movimiento Comunista Internacional encabezado por el PCCh; los otros grupos planteaban mantener la independencia de cualquier implicación internacional. Tras estos intercambios, VC se consolidó como el “genuino partido marxista leninista” que recibió el reconocimiento de Pekín. En 1966, la agencia noticiosa china publicaba los artículos de No Transar y el partido argentino comenzó a recibir apoyo financiero (CIA, 1967a: 151 y 159).
Conclusiones
Los reportes de la CIA exhibían fineza y exhaustividad en las descripciones de la controversia chino soviética. Analizaron las divergencias en la estrategia revolucionaria, en la política internacional y precisaron las derivaciones de la polarización en los reagrupamientos en la izquierda latinoamericana. Establecieron con información atinada las causas de la emergencia del maoísmo a escala internacional y sus vínculos con la nueva izquierda latinoamericana.
Los informes describieron las prácticas rupturistas que las corrientes maoístas impulsaban en los partidos comunistas de la región; señalaron sus aciertos y fracasos y evaluaron el itinerario y las inconsistencias de los nuevos grupos constituidos en América Latina. El estilo puntilloso de las descripciones revelaba la presencia de estudiosos profesionalizados en la evaluación de las características especificas de las izquierdas iberoamericanas. La experticia permitía estimar cuáles actores y procesos producían las inquietudes inmediatas del gobierno de los Estados Unidos.
Las estimaciones de la CIA percibían un campo de fuerzas tripartito en la radicalización política de América Latina. Entre los proyectos encaminados por la URSS y por el PCCh se abría paso la Revolución Cubana. La documentación presentaba algunas revelaciones significativas sobre el rol del castrismo. Las caracterizaciones de los expertos, portadoras de un talante reflexivo, acotado y puntual, se diferenciaban de los discursos propagandísticos de la guerra fría, proferidos públicamente por los funcionarios del gobierno y por las empresas mediáticas que los diseminaban en los diarios del continente. Ceñidas a las evidencias factuales, algunas estimaciones de Langley rechazaban calificar al castrismo como un mero apéndice manipulado por la URSS. Por el contrario, constataban que la dirección revolucionaria cubana expresaba lineamientos propios, no siempre coincidentes y, en ocasiones disfuncionales, a la diplomacia de la URSS en América Latina.
Los funcionarios de inteligencia comprobaban que Fidel Castro era un jefe de Estado con vuelo propio, un líder carismático en las filas de la izquierda y del progresismo latinoamericanos. La receptividad que tuvo la convocatoria de la Tricontinental y la emergencia de focos insurgentes en varios países eran episodios probatorios de la contribución específica del castrismo a la teoría marxista. Los informes así lo entendían, señalando un conjunto de instituciones y publicaciones cubanas de intensa producción intelectual. En opinión de la CIA, a medida que se ahondaba la grieta entre soviéticos y chinos, el liderazgo internacional de Fidel recibía mayor reconocimiento y se perfilaba como potencialmente apto para articular una tercera fuerza en el bloque comunista mundial (CIA, 1967a: 83).
La CIA retrataba con esmero los vaivenes y desacuerdos del fidelismo con el PCCh. Si en algún momento los espías sugirieron cierta afinidad entre las concepciones del Che y las maoístas, los informes más meticulosos consignaron varios episodios de divergencias entre la Revolución Cubana y el comunismo chino. La decisión de Fidel Castro de aceptar la ayuda de la URSS en cuestiones de defensa y de cooperación económica, y la neutralidad de su gobierno en el diferendo intracomunista eran interpretadas por los líderes chinos como una deriva hacia el “revisionismo”.
La información acopiada por la CIA también ofrecía un inventario crítico de los grupos maoístas latinoamericanos. De manera precisa glosaba su génesis, distinguía a sus líderes y mentaba los intentos, por lo general fallidos, de coordinación de políticas para el continente. Presentaba también una cuidadosa reconstrucción de las vertientes que configuraron al maoísmo argentino. Estos partidos nacían, según la CIA, como el producto del malestar contra las direcciones de la izquierda tradicional, socialista y comunista, a las que los sectores contestatarios juzgaban como legalistas, claudicantes y antirrevolucionarias. La documentación de Langley también percibió el transitorio magnetismo que la Revolución China ejerció en activistas del peronismo revolucionario, precisó sus contactos personales con los líderes de Pekín y pronosticó un paulatino enfriamiento de la confluencia en la segunda mitad de los años sesenta.
La CIA atribuía a las corrientes maoístas argentinas proyectos radicales que asimilaba, apresurada y erróneamente, a la lucha armada y al “terrorismo”. A pesar de esta generalización, registró con fidelidad los diversos afluentes que nutrieron al maoísmo criollo. Señaló la precariedad organizativa y las dificultades en el relacionamiento de estas corrientes. Marcó las causas de las disputas y tensiones entre los diversos sectores. Los desacuerdos se producían a partir del encuadramiento internacional que debían asumir los partidos locales: algunos propiciaban un alineamiento explícitamente supeditado a la conducción del PCCh, otros recomendaban a los grupos argentinos defender una posición de autonomía. Partiendo de este dilema, los analistas norteamericanos no dudaron en pronosticar el fracaso de la unidad y una tendencia ineluctable hacia la dispersión.
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Notas