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La recepción de la Revolución Cubana en Argentina: el caso del MIR-Praxis y el trotskismo (1958-1961)
The reception of the Cuban Revolution in Argentina: the case of MIR-Paxis and trotskyism (1958-1961)
La recepción de la Revolución Cubana en Argentina: el caso del MIR-Praxis y el trotskismo (1958-1961)
e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, vol. 18, núm. 70, pp. 56-74, 2020
Universidad de Buenos Aires

Recepción: 19 Diciembre 2018
Aprobación: 23 Julio 2019
Resumen: La recepción de la Revolución Cubana en Argentina: el caso del MIR-Praxis y el trotskismo (1958-1961) En este artículo analizaremos la recepción de la Revolución Cubana en la Argentina a partir de las caracterizaciones de aquel proceso elaboradas por el Movimiento Izquierda Revolucionaria - Praxis (MIR-P), la organización trotskista Palabra Obrera y el Grupo Liberación (GL). Para ello relevaremos los periódicos, revistas y folletos editados por esas agrupaciones y evaluaremos en qué medida sus concepciones previas se vieron alteradas y qué contradicciones se generaron en su interior.
Palabras clave: Revolución Cubana, Praxis, Trotskismo, Castrismo.
Abstract: In this article we will analyze the reception of the Cuban Revolution in Argentina from the characterizations of that process elaborated by the ‘Movimiento Izquierda Revolucionaria – Praxis’ (MIR-P), the Trotskyist organization ‘Palabra Obrera’ and the ‘Grupo Liberación’ (GL). For this we will survey the newspapers, magazines and brochures published by these groups and evaluate to what extent their previous conceptions were altered and what contradictions were generated inside them.
Keywords: Cuban Revolution, Praxis, Trotskyism, Castrism.
Introducción
Este trabajo se enmarca en la investigación de nuestra tesis doctoral, en la cual abordamos la trayectoria del Movimiento Izquierda Revolucionaria - Praxis (MIR-P) y el Movimiento Izquierda Revolucionaria Argentino (MIRA), este último resultado de la fusión de ex miembros de Praxis con el Grupo Liberación (GL). En este artículo analizaremos las caracterizaciones de la Revolución Cubana elaboradas por el MIR-P y el GL.
La Revolución Cubana tuvo un impacto enorme en el mundo y en América Latina (Moniz Bandeira, 2008)[1]. En el caso argentino, la historiografía permite visualizar su impacto en el movimiento estudiantil (Califa, 2014), en el campo intelectual (Terán, 1991; Sarlo, 2001; Gilman, 2003) y en corrientes políticas como el peronismo (Raimundo, 1998; Bozza, 2001), el socialismo (Tortti, 2009 y 2013), el comunismo (Burgos, 2004; Petra, 2013), el trotskismo (Mangiantini, 2014), la juventud frondicista (Pacheco, 2012) y la “izquierda nacional” (Ribadero, 2015). Trabajos específicos abordaron el impacto de la revolución cubana en los Partidos Comunistas argentino, chileno y uruguayo (Massholder, 2011 y 2018). En el presente trabajo, estudiaremos cómo fue leído y debatido el proceso revolucionario en dos organizaciones políticas pequeñas en las cuales participaron muchos de los jóvenes que en los años siguientes serían partícipes de las nuevas organizaciones de izquierda de los años 60 y 70. Nuestra hipótesis es que estas lecturas y debates generaron un conjunto de nociones que permanecieron o fueron reformuladas por las organizaciones de izquierda a lo largo de las décadas del 60 y 70. Por lo tanto el análisis pormenorizado de estas caracterizaciones contemporáneas al proceso revolucionario permitirá comprender mejor el origen y la naturaleza de muchas de las tesis sobre la revolución cubana que tendrán circulación a lo largo de los años 60 y 70.
Respecto del carácter social de la revolución cubana, no podemos extendernos aquí. El castrismo, movimiento político que postulaba un programa democrático y nacionalista, cuya dirección pertenecía a la clase media urbana, ejerció el rol dirigente en la revolución, perdiendo rápidamente el apoyo del empresariado y de una parte de la clase media y apoyándose cada vez más en las clases obreras y medias tanto urbanas como rurales (Draper, 1962; Zeitlin, 1973; Cushion, 2016, Guevara, 2017). En palabras de Draper, “el impulso fundamental en la lucha por el poder vino de la clase media, especialmente de la generación joven, proporcionando otras clases un apoyo adicional de masas” (1962: 61). La alianza con la URSS y con el partido stalinista cubano llevó al gobierno a estatizar las organizaciones sindicales obreras y a controlarlas “desde arriba” (Gilly, 1965: 17-24; Sobrino, 1999: 111-114;Gaido y Valera, 2015), lo cual ha llevado a hablar de una “toma del poder de la clase obrera por parte del Estado” (Mires, 2011: 323).
Las primeras caracterizaciones del MIR-P (1955-1959)
El MIR-P fue fundado por Silvio Frondizi (1907-1974) bajo el primer peronismo. Hasta 1955 funcionó como un centro de formación teórica y difusión de ideas. A fines de aquel año vio la luz su periódico Revolución, dirigido por Marcos Kaplan, que coincidió con la publicación en dos tomos (1955 y 1956) de La Realidad Argentina. Ensayo de interpretación sociológica, obra capital de Frondizi. Si bien éste fue visto por muchos como un trotskista, pues reivindicaba la teoría de la revolución permanente, y efectivamente se ubicaba más cerca, en las ideas y en los hechos, de los partidarios de la IV Internacional que del Partido Comunista (PC), lo que él afirmaba postular era una “síntesis superadora” tanto del stalinismo como del trotskismo.
En 1958, mientras que la mayoría de la izquierda llamó a votar por la UCRI, el MIR-P lanzó una campaña por el voto en blanco. Las medidas económicas y políticas tomadas por el nuevo gobierno y luego la Revolución Cubana provocaron desplazamientos sociales y políticos que permitieron al MIR-P desarrollarse entre 1958 y 1960, alcanzando su máximo crecimiento. A partir de 1959 Silvio Frondizi comenzó a realizar un viraje político, adoptando un nuevo registro discursivo “nacional, popular, democrático” (Tarcus, 1996: 368), que desembocó en la salida del folleto “Bases y punto de partida para una solución popular”. El periódico Movimiento, que vio la luz en 1961, expresó este giro. Praxis terminó de disolverse en 1964.[2]
Con bastante anterioridad al triunfo de la revolución el MIR-P había elaborado un análisis de la cuestión cubana. En el único ejemplar de Liberación. Órgano peruano de esclarecimiento político, editado en agosto de 1955, se publicó, bajo la firma de Román Frondizi, entonces miembro de la organización, un artículo que sostenía respecto de Cuba la posición propia del trotskismo según la cual la burguesía nacional isleña era aliada del imperialismo estadounidense, por lo que la emancipación nacional y el conjunto de tareas democrático-burguesas sólo podrían ser resueltas por la clase obrera en el poder. El trabajo reconocía la existencia de un proletariado cubano tanto rural como industrial y sólo consideraba dos tipos de planteos: uno nacional-burgués y uno obrero-socialista.[3]
En 1958 Praxis se hizo eco de los acontecimientos cubanos. Ricardo Napurí, dirigente del sector latinoamericano y secretario de relaciones internacionales del MIR-P, integró durante aquel año el Comité de solidaridad con el Movimiento 26 de julio (M26J) impulsado por la exiliada cubana Dysis Guira, el dirigente del Partido Socialista Argentino, Abel Alexis Latendorf, y Celia de la Serna, madre del “Che”. Miembro de la dirección de Praxis y uno de sus máximos referentes, Napurí recuerda en sus memorias que adhirió a aquel comité “sin necesidad de pedir autorización alguna a mi organización, es decir por propia iniciativa” (Napurí; 2009: 187). Pero no hay ninguna evidencia que permita sostener la acusación gratuita según la cual el peruano integró este Comité “en contra de la opinión de todos -que pensaban, como la mayoría de la izquierda nativa, que no había diferencia entre Castro y Batista” (Brienza, 2006: 55). Las fuentes prueban lo contrario. En abril de 1958, es decir varios meses antes del triunfo de la revolución, el artículo “¿Qué pasa en Cuba?” vertía los siguientes conceptos:
Decíamos de Fidel Castro que aunque ligado a un sector del capitalismo norteamericano, en oposición al gobierno Eisenhower, su resistencia a Batista encarna lo que queda de las glorias del famoso Directorio Estudiantil. Por otro lado, expresa las ansias de libertad de los estudiantes, universitarios y demócratas de la isla (…). Las luchas del pueblo cubano están identificadas con la reivindicación de la tierra, con una acción antiimperialista firme y combativa, con la movilización de la clase obrera, con la formación de un partido obrero y popular, marxista revolucionario. (…) En Cuba el Departamento de Estado no se ha decidido -hasta este momento- a abandonar a Batista. (…) Mr. Rubottom, secretario en asuntos latinoamericanos, ha reconocido (…) que su gobierno entrega armas a Batista y que sus simpatías están con él. Los grupos adversarios del partido republicano se inclinan hacia la oposición de Batista y desean su pronta caída antes que la resistencia civil convierta la lucha actual en insurrección popular, que escape a su control. (…) Mientras el proletariado organizado no intervenga en la lucha, ésta ofrecerá los caracteres inorgánicos que actualmente presenta. La progresividad de Fidel Castro y su grupo estará medida por el grado de oportunidad que su resistencia ofrezca a los trabajadores para ir ganando la calle y así imponer su presencia revolucionaria.[4]
Mientras que Batista era identificado como un aliado del gobierno norteamericano, Fidel Castro era caracterizado como un representante de la pequeña burguesía democrática, ligado a la oposición capitalista estadounidense. Es de destacar el certero pronóstico según el cual, si no caía Batista antes, la lucha se convertiría en una insurrección popular que escaparía al control de la burguesía norteamericana.
En el siguiente número fue reproducida una entrevista al Che Guevara, tras la cual la redacción de Revolución agregaba: “He aquí un antiimperialismo que brota en cada palabra. (…) He aquí el contraste entre el entreguista Haya de la Torre y la valentía moral del “Che” Guevara. Linda estampa de hombre”[5]. La solidaridad del MIR-Praxis, antes de 1959, con la lucha contra Batista que encabezaba el M26J, es innegable. Napurí puede haber actuado por iniciativa propia, pero expresaba la posición política de su organización.
Los primeros días de enero de 1959, tras la huida de Batista y mientras ingresaba Fidel Castro en La Habana, Camilo Cienfuegos dispuso un avión para que viajase desde Buenos Aires una comitiva de apoyo a la revolución. Gracias a su participación previa Napurí formó parte de esta delegación y logró permanecer en Cuba el suficiente tiempo como para mantener varias reuniones con Ernesto Guevara. Por este motivo, ya en enero vio la luz un suelto en Revolución titulado “El M.I.R. (Praxis) en Cuba”, afirmando que el movimiento insurgente tenía un “contenido social y político contradictorio”.[6]
La Revolución Cubana ocupó un lugar central en el siguiente número: fue una de las notas de tapa acompañada por dos fotografías. Napurí presentaba a Fidel Castro como un “antiguo y contradictorio militante de las turbias luchas intrauniversitarias que siguieron a la revolución de 1933”.[7] El peruano también veía como una limitación de las fuerzas políticas cubanas su incapacidad para estructurar al proletariado: bajo Batista, los sindicatos habían permanecido controlados por el Estado.
De ahí que la clase obrera, como tal, no participara activamente en la lucha armada, agregado a la falta de confianza de los trabajadores hacia los grupos políticos que no habían sido capaces de montar una organización y un programa progresista que les sirviera de bandera de lucha.[8]
Luego de describir el derrotero de la rebelión armada, Napurí trazaba un primer balance del proceso revolucionario. Nos permitimos citarlo extensamente ya que se trata del primer análisis de la Revolución Cubana que leyeron y difundieron los militantes del MIR-Praxis en febrero de 1959:
La actual etapa de transición encuentra a Cuba con un “26 de julio” con un prestigio popular inmenso y con un núcleo de dirigentes que (…) se esfuerzan por ordenar las instituciones básicas mediante un mínimo de programa revolucionario. (…) Castro y Sorí Marín, actual ministro de Agricultura, que elaboraron un proyecto de Reforma Agraria en Sierra Maestra en 1957, han seguido las pautas generales y las recomendaciones de algunos organismos técnicos de las Naciones Unidas. (…) La ley no considera la expropiación ni cesión de los grandes ingenios azucareros, propiedad de los terratenientes nativos y norteamericanos. (…) esta revolución democrática, de profundo contenido popular, que no es socialista ni menos comunista (…) ha tocado profundamente a todas las clases sociales (…). Pero también de mantenerse la actual situación revolucionaria, el proletariado se organizará y hará sentir su gran fuerza de manera creciente. (…) La revolución cubana es a todas luces progresista. (…) Es una típica revolución democrática con profundo acento campesino. La misma no saldrá de los marcos capitalistas ni abolirá la propiedad privada, pero creará las condiciones favorables para una intensa lucha de clases. Estos jóvenes, casi adolescentes, han abierto una rica etapa en la historia cubana que debe, en su momento, ser continuada por el quehacer revolucionario del proletariado y sus vanguardias políticas o sucumbir progresivamente en la incapacidad pequeño burguesa. (…) saludamos a la revolución cubana como una expresión progresista, inicialmente antiimperialista y tremendamente popular, aunque limitada por la extracción e ideología pequeñoburguesas de sus dirigentes y de su base predominante y desgarrada por contradicciones que pueden llevarla al fracaso.[9]
El análisis de Napurí se alimentaba, al mismo tiempo, de un conocimiento directo de la realidad cubana y de la teoría trotskista de la revolución permanente. La caída de Batista era leída bajo el lente de la revolución rusa de febrero. En efecto, más allá de las etiquetas provisorias utilizadas, consideraba que Cuba se encontraba en una “etapa de transición” que tenía dos alternativas. La primera implicaba una continuación de la “situación revolucionaria”, lo cual sólo tendría lugar si irrumpía la clase obrera, hasta entonces desorganizada, y se desplegaba la lucha de clases. La segunda variante, la del fracaso, se produciría si lo que predominaban eran los límites propios del carácter pequeñoburgués de la dirección, el cual estaba dado tanto por la condición social como por la ideología no sólo de los dirigentes sino de “su base predominante”: Napurí no veía simplemente líderes surgidos de los estratos medios, sino más específicamente una dirección con un programa y con una base social pequeñoburgueses. Con otras palabras, Napurí estaba señalando claramente la hegemonía de la pequeña burguesía en la revolución. Ambas alternativas inscriptas dentro de la revolución (al margen de una salida contrarrevolucionaria) guardarían una similitud con el presente: la primera variante implicaba la continuación del proceso revolucionario, la segunda la permanencia de una dirección pequeñoburguesa en el poder. La alternativa no era simplemente entre revolución y contrarrevolución sino que dentro de la primera se admitía también una bifurcación. Al dar cuenta del rol de la pequeña burguesía, Napurí aprehendía un proceso que superaba los pronósticos trazados en el artículo de 1955, reafirmando la tesis de éste que vinculaba el socialismo con el ejercicio del poder por parte de la clase obrera.
Esta interpretación se mantuvo en el siguiente número de Revolución, habiendo asumido Fidel Castro como primer ministro.
El “26 de Julio” ha devenido por la dinámica de la situación revolucionaria en un gran frente nacional de clases explotadas. (…) Si tenemos en cuenta que en el proceso de la lucha los movimientistas no han logrado plasmar un gran programa revolucionario y menos aún organizar un sólido partido, se comprende que estén abiertas las puertas para una etapa (…) muy contradictoria. La contradicción básica estará dada por las exigencias concretas de las clases obrera y campesina que no tienen representación en el actual gobierno y por las limitaciones visibles de éste, representativo de la pequeña burguesía, de sectores industriales y de medianos propietarios de la ciudad y del campo. Los límites de las tareas a realizar por el nuevo gobierno estarán dados por la máxima progresividad de estos sectores centristas que oscilarán inevitablemente entre la burguesía y el imperialismo por un lado, y las masas con el cúmulo de sus necesidades insatisfechas, por el otro. (…) Los sectores medios del capitalismo nacional representados por el nuevo gobierno se han mostrado hasta ahora respetuosos de la gran propiedad nativa y extranjera. (…) El actual puede considerarse como un equilibrio social precario debido a que la tremenda presión popular y el empuje de las masas han obligado a replegarse momentáneamente a los grupos económicos y políticos burgueses (…) Este equilibrio se romperá progresivamente a favor de uno u otro sector, sacrificando, probablemente, al gobierno centrista que oscilará inevitablemente entre ellos sin definirse totalmente. Pero el encaramiento de las urgentes e inaplazables tareas revolucionarias sólo podrá hacerse con un vuelco claro y firme del gobierno hacia la izquierda. Ese mínimo de “izquierda democrática” (como paso provisorio) que prometió el Che Guevara (…). El ala izquierda (no organizada todavía) del 26 de Julio tendrá que abrir el camino al romper el equilibrio a su favor (…) [10]
El curso que siguió el proceso se ajusta bastante a esta visión: el equilibrio precario de 1959 se rompió poco después, y el desenlace de esa ruptura fue gracias a un vuelco hacia la izquierda por parte del gobierno en favor de las clases explotadas, en detrimento de la burguesía cubana e imperialista. El pronóstico suponía la probable caída del “gobierno centrista” de principios de 1959, que en buena medida se dio con la destitución de Urrutia, y alentaba una ruptura del equilibrio en favor del ala izquierda del M26J. El gobierno era definido por su carácter de clase pequeñoburgués, ubicándose en una posición intermedia entre la burguesía nacional e imperialista, por un lado, y las masas obreras y campesinas, por otro. Su condición social establecía además los límites dentro de los cuales podría actuar. Napurí creía que quienes debían “abrir el camino” eran los sectores de izquierda del Movimiento, aunque no se identificaba totalmente con la política de éstos, destacando como una debilidad su incapacidad para organizar un partido revolucionario.
En el mismo número de marzo de 1959 Silvio Frondizi publicó una “Carta a Fidel Castro”[11], que evidencia la forma en que entendía su tesis acerca de la inviabilidad del centrismo. Las alternativas eran dos: hacia adelante o hacia atrás, revolución o reacción; la dirección cubana no sólo no debía sino que no podía mantenerse en término medio. Para profundizar la revolución no veía la necesidad de un partido o un gobierno obreros, sino una serie de medidas típicamente “democrático-burguesas”. No señalaba el carácter de clase del gobierno y a diferencia de Napurí, que cifraba sus expectativas en el ala izquierda del M26J, Frondizi le expresaba su confianza directamente a Fidel Castro. El análisis de Napurí continuó desenvolviéndose en la misma línea.
El proletariado se organiza sindicalmente y las últimas noticias indican que las direcciones sindicales van siendo conquistadas por el Partido Socialista Popular. El 26 de Julio no logra aún organizarse como partido y la falta de un claro y revolucionario programa -producto de su condición de inorgánico frente de clases- puede ir alejándolo progresivamente de las masas y haciéndole perder mucho de su enorme prestigio actual. El 26 de Julio para sobrevivir y gobernar deberá inclinarse francamente hacia las masas populares haciéndose eco de sus necesidades más sentidas. El centrismo de su gobierno y su reformismo confuso aparecen como la expresión de esta encrucijada social. De ahí que su antiimperialismo verbal no posea fuerza real. (…) No lo dudemos: sólo un fuerte viraje hacia la izquierda salvará a la revolución cubana. Y sólo un gran partido de masas -obrero y popular- será garantía de la misma. En Cuba están creadas todas las condiciones para que ello ocurra.[12]
Señalando nuevamente las limitaciones del M26J, se admite que podría no sólo virar a izquierda sino también organizarse como partido. En cualquier caso, la garantía de la revolución estaría dada por la existencia de un partido obrero. Por ello la atención de Napurí continuó puesta en la evolución política de la clase obrera cubana:
(…) la revolución cubana es la experiencia más importante de la historia de la isla. Ayudemos a que la misma se profundice hasta sus límites posibles. Mientras el proletariado cubano realiza profundas experiencias de clase y se constituye en el factor acelerador del proceso revolucionario, colaboremos nosotros en la tarea de denunciar y detener las intenciones del imperialismo (…).[13]
Hacia fines de 1959 el MIR-Praxis fue ajustando su caracterización inclinándose hacia una visión más positiva del curso que seguían los acontecimientos y de la dirección castrista. Así, se denunciaban las maniobras de Estados Unidos “ante el carácter francamente progresista que va tomando la revolución cubana”[14] y se adoptó un tono menos distante respecto del gobierno cubano, señalando la necesidad de “ajustes” para “consolidar” el proceso revolucionario. Ello no implicó el abandono de las ideas previas respecto de la necesidad de un partido obrero, pero éste era únicamente concebido como producto de una escisión en el M26J.
(…) la revolución deberá realizar algunos ajustes fundamentales. El principal lo constituirá la estructuración de un poderoso partido de carácter clasista. El frente espontáneo de clases nucleado alrededor de la figura de Fidel debe dar paso a la estructuración de un vigoroso partido de masas con clara ideología marxista, con magnífica organización con un claro programa revolucionario. En segunda instancia, los sindicatos tendrán que armarse y darse una vigorosa y revolucionaria dirección. Los campesinos tendrán que organizarse e integrarse en la Central Obrera. De esta forma las milicias militares (el actual Ejército revolucionario), la Confederación del Trabajo armada y el vigoroso partido nacional se constituirán en indoblegables pilares antiimperialistas y en los impulsores de las tareas económicas progresistas encaradas. Lo anterior supone que una delimitación entre las clases sociales que apoyan la revolución (en diversos grados) tendrá que producirse. La derecha y los grupos vacilantes tendrán que abandonar el frente revolucionario-espontáneo, actual. La revolución para consolidarse debe dar un paso profundo, pero certero, hacia la izquierda.[15]
El viraje (1960-1961)
Un elemento central en la visión del MIR-P sobre Cuba consistía en su comparación con las revoluciones boliviana y guatemalteca de los años 50: ambos casos constituían ejemplos a no imitar, en cuanto se habían sometido de diversas formas al imperialismo norteamericano. Por el momento, para los praxistas el castrismo venía resistiendo las presiones imperialistas, pero éstas se expresaban también en el interior del gobierno.
(…) la revolución cubana tiene la única garantía de su éxito histórico en su profundización interna y en su trascendencia al exterior. (…) Colocadas ante disyuntivas similares, las revoluciones guatemalteca y boliviana, optaron por la defensiva, con los resultados que hoy se advierten. Según ciertos indicios, también en las filas del gobierno hay tendencias latentes de detener el ritmo de la revolución para aminorar la presión imperialista. (…) Como revolución democrática, la revolución cubana no ha podido cruzar sus fronteras. En este aspecto su trascendencia exterior está seriamente debilitada. Debe pues intentar trascender como revolución socialista, volcándose a todo el Continente con una propaganda clara, definida y permanente, dedicando hombres y recursos a la magna tarea de agitación internacional.[16]
Entrado 1960 el MIR-P constataba que la dirección política cubana había adoptado un curso radical, y sus pasos eran apoyados resueltamente.[17] En el último número de Revolución el artículo sobre Cuba fue firmado por única vez por Luis Piriz. El escrito expresa un apoyo a la política adoptada por el gobierno de la isla y es notoria la ausencia de una crítica al castrismo.
(…) en Cuba no gobierna un “burgués progresista”, ni un “frente popular” (…) ni una “coalición democrática” (…). Cuba hoy está demostrando (…) que la realidad, la objetividad de las revoluciones coloniales van superando las limitaciones, los contrapesos y las taras de las direcciones pequeño-burguesas, burocráticas y reformistas de los viejos “progresistas” y modernos reaccionarios de centro e izquierda. En Cuba gobierna la realidad política total (económica, social, clasista) que arrastra a un grupo de hombres que alcanzaron, en años de duras luchas y vivencia de los problemas del pueblo, una inmensa popularidad y una capacidad para captar esa objetividad, factores éstos que pueden ir eliminando cualquier inexperiencia administrativa que se le quiera atribuir y que pueden ir enriqueciendo los rudimentarios elementos ideológicos que sustentan ciertos dirigentes del actual gobierno y superando las limitaciones y peligros del origen clasista burgués y pequeño-burgués. (…) la reforma agraria debió ponerse en marcha –no podían los líderes revolucionarios traicionar los compromisos ni las esperanzas de las bases campesinas, que fueron el eje de la lucha en las sierras, en nombre de una romántica democracia pequeño burguesa (…). Traicionar esas esperanzas hubiera sido abandonar el sector más poderoso en que se asienta el gobierno revolucionario. El triunfo de la revolución y su mantenimiento exigió la reforma agraria; por el camino de la reforma agraria se tuvo que chocar de plano con los intereses latifundistas del imperialismo; por el camino de la moralización administrativa se tuvo que enfrentar los intereses norteamericanos (…) [18]
El elemento ausente es la caracterización de clase del gobierno cubano. Y si bien no se contradecía la caracterización previa, se hacía referencia únicamente a un “origen clasista burgués y pequeño-burgués”. Lo que parece desprenderse del texto es que la objetividad del proceso estaba llevando a la dirección cubana a mutar su condición de clase. Luis Piriz era entonces un joven y destacado militante que pertenecía al sector del MIR-P más allegado a Silvio Frondizi. En los meses siguientes acompañó el viraje “populista” y permaneció en la organización mientras se producían las escisiones. En la misma página otra nota se refería a las milicias que se entrenaban en la isla, destacando la participación en ellas de sectores obreros.[19] Pero, aun deteniéndose en ello, no se señalaba ya la necesidad de formar un partido o un gobierno obreros.
En mayo de 1960 Silvio Frondizi viajó a Cuba, donde a través de Napurí mantuvo reuniones con el Che Guevara, así como con John William Cooke y Alicia Eguren. Como resultado de aquella estadía escribió, entre junio y septiembre, su libro La revolución cubana. Su significación histórica. El examen de esta obra permite apreciar la forma en que se produjo el pasaje a una etapa diferente en el pensamiento político de su autor. En efecto, a fines de 1960, impulsó un giro político a través del folleto “Bases y punto de partida para una solución popular”. La peculiaridad de su nueva concepción a partir de este viraje es que combinó un registro discursivo “nacional, popular” (Tarcus, 1996: 368) con la prédica en favor de la democracia directa, promoviendo la organización “de abajo hacia arriba” al mismo tiempo que defendía la “unidad popular” mediante un acercamiento al peronismo de izquierda. Como parte de este reposicionamiento abandonó la idea de construir un partido obrero marxista y adoptó la consigna de gestar un Movimiento Popular Revolucionario. En este período Ricardo Napurí se separó del MIR-P y regresó a su Perú natal, donde fue impulsor del APRA Rebelde (luego MIR). Al mismo tiempo en Capital Federal y luego en La Plata se produjo la ruptura de todo un sector de la juventud como reacción frente a lo que veían como un viraje “oportunista”[20] de Silvio Frondizi. Estos grupos juveniles formaron el MIRA junto con el GL.
La Revolución Cubana se distinguió por esbozar una apología del “frente nacional” como instrumento adecuado para la primera etapa (antiimperialista) de la revolución, introduciendo una inflexión sustancial respecto del arsenal teórico desplegado hasta entonces por el MIR-P.
(…) debemos destacar la gran visión política demostrada por el líder, quien con gran comprensión de la realidad cubana, inició su movimiento con un sentido amplio, reuniendo alrededor del 95% de la población de la isla. Para ello organizó un frente patriótico cuyo lema, “Patria o Muerte”, sirvió de lazo de unión de todas las voluntades. (…) Esta posición ideológica suponía rechazar la posibilidad de la formación de un partido político homogéneo, con una ideología definida. (…) Anotemos de paso en este lugar, que la falta de partido político homogéneo con una ideología definida, que pudo ser, en la primera época, una medida sabia para la formación del frente nacional, puede en un momento dado transformarse en un factor negativo. (Frondizi, 1960: 74-75)
Más adelante, retomando la cuestión, se afirmaba:
Hemos caracterizado (…) a la revolución cubana, sobre todo en su primera etapa, como un movimiento de liberación nacional, con una ideología primitiva y un lema, Patria o Muerte. Dijimos también que esta posición que había sido muy útil en la primera etapa, podría tornarse negativa al profundizarse la revolución. (…) Los jefes de la revolución cubana, sobre todo Fidel Castro, no quieren transformar el Movimiento 26 de Julio en un partido político. Esta postura es explicable en lo inmediato: frente al ataque imperialista el gobierno quiere presentar un frente patriótico nacional, que una a todos los cubanos. Un partido político definido rompería -dicen- el frente nacional, debilitando la revolución frente a la agresión yanqui. Esta postura puede tener sentido en lo inmediato, y explicaría no sólo la negativa a formar el partido, sino también la resistencia a dedicar atención a la formación ideológica. (…) Toda esta tendencia a no embarcarse en la formación de un partido y a organizar un cuerpo de doctrina que (…) puede tener sentido inmediato, llegará a ser en el futuro un factor de debilitamiento y de desastre. Las medidas económico-sociales que la revolución debe necesariamente tomar y que está tomando, irán diferenciando las posiciones clasistas (…). En ese momento el sector progresista se encontrará atomizado y sin instrumento adecuado para proseguir la lucha interna y externa. (…) la objetividad de la lucha, que tanto papel ha jugado en Cuba, obliga a corregir esta posición ya que el reagrupamiento se está realizando a través del “26” o del Ejército Rebelde. La objetividad es la que está llevando a corregir también otras fallas importantes (…). (Frondizi, 1960: 157-159)
Esta nueva concepción, visiblemente distanciada del discurso praxista anterior, acercaba a Silvio Frondizi a ideas como las que en Argentina eran difundidas cada vez más popularmente por el grupo nucleado en torno a Jorge Abelardo Ramos. Esto explica que el libro de Frondizi haya sido elogiado públicamente por una de las revistas de la llamada “Izquierda Nacional”[21]. Estos pasajes evidencian también la relación estrecha entre el abandono de la idea de necesidad de un partido obrero marxista y el viraje “nacional, popular”. En efecto, para Frondizi la ausencia de un partido homogéneo había contribuido en Cuba a la formación del frente nacional. Mirando hacia adelante, seguía considerando que el sector progresista necesitaría un partido en función de las tareas socialistas. Pero si el rechazo de los dirigentes cubanos a crearlo tenía sentido inmediato, y por lo tanto estaba justificado, la objetividad los estaba llevando a rever esa posición y a producir el reagrupamiento.
Un mérito de Frondizi fue su percepción de la incipiente burocratización que comenzó a operarse en el Estado cubano (1960: 153-154). Pero no alcanzó a señalar si esta tendencia tenía expresión en las políticas adoptadas por el gobierno. Al contrario, tendió a embellecer el vínculo con la U.R.S.S., afirmando su carácter unilateral, sin contrapartidas de parte de los dirigentes cubanos (1960: 161).
Para explicar el viraje a izquierda y la ruptura con la burguesía nacional realizados por el M26J entre 1959 y 1960, Frondizi modificó su caracterización previa del castrismo. Es posible que tuviera un concepto demasiado rígido acerca de las posibilidades de acaudillar una revolución social por parte de un movimiento político pequeño burgués. La definición de la política del castrismo como expresión de la pequeña burguesía no sólo explicaba su negativa a estructurar un partido obrero, sino que era el fundamento de una política obrera independiente. Por el contrario, para Frondizi el gobierno no representaba ahora a una sino a todas las clases sociales cubanas.
El fundamento del Estado revolucionario cubano es el pueblo en armas, y dentro de él, el Ejército Rebelde, que reemplazó al ejército regular. Este aspecto de la revolución cubana es (…) tan decisivo que posiblemente en él se encuentre la explicación de la dinámica adquirida por el proceso revolucionario. En efecto, una vez armado [sic] una parte del pueblo, el gobierno se transforma en su prisionero; es decir que ya no puede detenerse so pena de ser rebasado. (…) hemos encontrado una extraordinaria simbiosis entre gobierno y pueblo, (…) circunstancia que explica la marcha de la revolución, es decir su carácter de revolución permanente. (…) En términos del materialismo histórico, la revolución permanente; en otras palabras, una revolución que va quemando etapas, superándose a sí misma, en una marcha que no se detiene jamás. Cuba es eso, una revolución en marcha, que empezó con caracteres pequeño-burgueses, pero que lenta y seguramente, se fue transformando y profundizando. (Frondizi, 1960: 79-80)
Se trata del aspecto más débil de todo el razonamiento. ¿Por qué no había sido Kerensky, para tomar un ejemplo clásico, prisionero de los soviets armados de obreros y soldados? ¿Acaso Paz Estenssoro o Siles Zuazo habían sido prisioneros de las milicias de mineros bolivianos? Al no poder explicar el giro a izquierda del castrismo (ni sus límites) en términos del material teórico con que contaba previamente, Frondizi improvisó una visión teleológica. El “pueblo”, y no una clase social, se convertía en el detentador del poder. La radicalización del gobierno cubano se explicaba entonces porque no había distinción entre las clases sociales que protagonizaban la revolución y la fuerza política que las dirigía: “lo fundamental es determinar en manos de quién está el contralor del Estado. Este elemento decide la cuestión, y en Cuba la situación revolucionaria (…) está en manos del pueblo en armas” (Frondizi, 1960: 153). Así, comparando las reformas agrarias boliviana y cubana, la diferencia era colocada en la existencia del pueblo armado, soslayando que en Bolivia el proletariado minero había estado armado desde la insurrección de 1952 hasta que el gobierno, apoyado precisamente en la base campesina creada por la reforma agraria, desarmó las milicias obreras. Es que un gobierno que “no puede detenerse so pena de ser rebasado” en una situación revolucionaria, puede detenerse cuando las masas han entrado en reflujo. Este examen permite apreciar mejor el desplazamiento operado en el pensamiento de Frondizi: ateniéndose a sus intenciones, se ha afirmado que “busca explicar el curso de la revolución cubana en términos de revolución permanente” (Tarcus, 1996: 349), pero, al contrario, intentó explicar ésta en los términos de aquélla.
Frondizi señaló contradicciones internas en la dirección castrista.
De aquí que los dirigentes cubanos se vean frente a una disyuntiva: su propia mentalidad y las necesidades objetivas. Al hablar de mentalidad, nos referimos a la preparación ideológica de los dirigentes de Cuba, que no es de contenido revolucionario en el sentido profundo de la expresión, sino más bien de tipo pequeño-burgués, nacionalista. (1960: 143)
Pero eran contradicciones meramente ideológicas, que habían perdido su fundamento social. Por ello no intentó trazar una estrategia independiente de la del castrismo. La revolución “hizo todo lo que pudo hacer; más aún, está haciendo -porque está en marcha- todo lo que puede hacer” (1960: 149). Las alternativas que admitía eran, como en 1959, sólo dos.
(…) dos caminos: uno el de contemporizar con los representantes de la reacción, el imperialismo, la iglesia y la gran burguesía nacional. No creemos que la revolución siga este camino, que la conduciría al desprestigio y al desastre a través de la entrega. El otro camino es el de profundizar la revolución porque si quiere sobrevivir no puede detenerse; y no puede hacerlo tanto en el orden interno como en el externo. En el primero, la misma dinámica de la lucha contra la reacción internacional y nacional le ha ido obligando a tomar medidas económico-sociales de carácter cada vez más socialista. Las fuerzas sociales del país -particularmente el pueblo en armas- la empujan en ese sentido. (1960: 137)
La primera variante (hacia atrás: el imperialismo y la burguesía nacional) estaba prácticamente descartada, por lo que sólo quedaba la segunda. La única forma de no retroceder era avanzar. Pero hacia adelante había un único camino: todas las fuerzas sociales del país -el pueblo- empujaban en el mismo sentido, hacia el socialismo.
(…) no puede hablarse de una revolución socialista y menos, claro está, de una revolución comunista. Y no puede hablarse de ella en un país sin desarrollo industrial y sin proletariado. (…) Empezó, como ya lo dijimos, con caracteres pequeño-burgueses de frente nacional, sin discriminaciones de ninguna clase; su meta fue al comienzo el derrocamiento de la dictadura de Batista. Bien pronto se transformó en una lucha antiimperialista, con un frente más restringido, para concluir en una acción en profundidad en contra de determinados sectores de la burguesía nacional; es decir empieza a colocarse en los umbrales del socialismo. (Frondizi, 1960: 149)
Frondizi no se animaba a afirmar que la cubana fuera ya una revolución socialista, por motivos que no tenían que ver con el carácter social o político de su dirección. Lo que la separaba del socialismo era la falta de un desarrollo industrial y proletario. Las medidas contra determinados sectores de la burguesía nacional alcanzaban para colocarla en el camino hacia el socialismo. El libro finalizaba transcribiendo la “Declaración de La Habana” de septiembre de 1960, enmarcada íntegramente en un discurso nacionalista-populista (a diferencia de la posterior y más famosa “Segunda Declaración de La Habana”), y, coronando la reproducción de este documento, agregaba: “¡Que así sea, como punto de partida de la iniciación del socialismo en Latinoamérica, y a través de ella su afirmación en el mundo entero!” (1960: 178).
Finalmente, los militantes que permanecieron en el MIR-P volvieron a editar un periódico, inscrito plenamente en la nueva línea política “populista” adoptada: en 1961 vio la luz Movimiento. Por un Movimiento Popular Revolucionario. Para entonces tomó forma otra lectura de la revolución cubana:
La revolución cubana comenzó como una lucha (…) en la cual participaron los más diversos sectores y clases sociales en una especie de frente nacional, en realidad sin ninguna ideología coherente (…). Cualquiera hubiera sido la posición ideológica de Fidel Castro, el “Che” Guevara y los elementos dirigentes de la revolución, su derrotero quedaba señalado al haberse transformado el ejército revolucionario, en un ejército popular. (…) Desde ese momento en adelante la revolución pertenece al pueblo y a sus dirigentes sólo les queda interpretarlo o traicionarlo. El enorme mérito histórico de Fidel Castro y su equipo es haber sabido interpretar a sus hombres, a su ejército campesino; el haber sabido ganar su fe y, principalmente, el haberse jugado sin la menor vacilación. (…) El inicial “Frente Nacional” se reduce, pero la revolución se afirma: la base es la sólida unión de todos los trabajadores cubanos. Todos los elementos antipopulares han traicionado, la revolución sin lastres sigue su marcha. (…) Las transformaciones sociales (…) pusieron al país en el camino del socialismo.[22]
Como puede verse, según el nuevo periódico, las alternativas de la dirección castrista se reducían a interpretar o traicionar al pueblo, su mérito era haberlo interpretado, la revolución ya no tenía lastres y las medidas adoptadas por el gobierno colocaban al país en la senda hacia el socialismo.
Las primeras caracterizaciones de Palabra Obrera
Al mismo tiempo que el MIR-P conocía su auge, a mediados de 1959 se producía una escisión en Palabra Obrera, la organización trotskista dirigida por Nahuel Moreno. Un grupo disidente, encabezado por Héctor Fucito (“Roque” o “Rodin”), se separó y pasó a ser llamado “Fracción Sindical” por la extracción de sus miembros. Fucito había sido sindicalista en TAMET, candidato a diputado provincial en 1954, máximo responsable de la redacción del periódico Palabra Obrera y en ese momento integraba la dirección del partido. Pero el 2 de abril del año siguiente, siendo miembro de la dirección del Sindicato Argentino de Obreros Navales, falleció a raíz de un accidente de tránsito[23], por lo cual las figuras destacadas del agrupamiento pasaron a ser los militantes gremiales José Daniel Speroni (dirigente del Sindicato de la Publicidad), Domingo H. Arranz (dirigente gremial rentado de la rama Lana de la Asociación Obrera Textil y delegado en los plenarios de las 62 organizaciones), Rubens Vitale (también textil, miembro de la Comisión Interna de Productex) y Enrique Morandeira (metalúrgico) (González, 1999: 117-118, 221, 237, 296-297). Entre 1960 y 1961, con la colaboración de Milcíades Peña, publicaron la revista Liberación nacional y social, por lo cual adoptaron el nombre de “Grupo Liberación” (GL). Es uno de los afluentes, junto con los jóvenes de La Plata y Capital Federal que habían roto con Praxis, que en diciembre de 1961 formarán el MIRA.
Dado que el GL nació como fracción de la organización trotskista Palabra Obrera, partiremos de la posición de ésta para comprender el itinerario de aquél. El periódico Palabra Obrera, dirigido por Ángel “Vasco” Bengochea, expresaba a la corriente orientada por Nahuel Moreno, formalmente llamada Movimiento de Agrupaciones Obreras (MAO) pero más conocida por el nombre de su órgano de prensa, la cual desde 1957 sostenía una política “entrista” en el peronismo. Ernesto González, dirigente de la propia organización, consideró varias décadas después que la del morenismo fue en un primer momento “una interpretación sectaria” (1999: 41), soslayando la conexión entre este “sectarismo” y el “entrismo”.
En abril de 1958 un artículo sobre la situación cubana caracterizaba que la ofensiva contra Batista era impulsada por Estados Unidos frente al intento del dictador de defender el precio del azúcar, y agregaba:
La Iglesia, apoyándose fundamentalmente en la clase media, en su sector estudiantil y profesional, comenzó desde hace tiempo a moverle el piso a Batista. Fidel Castro con sus atentados y su sabotaje son parte de ese plan. Recordemos lo que pasó aquí en la Argentina y tendremos un cuadro parecido al de Cuba. (…) Para nosotros, repetimos, el único camino que podía salvar a Cuba y al propio Batista es que éste recurriese a la movilización de las masas sufrientes y al pueblo para resistir la penetración “democrática” y “libertadora” de los yanquis y la Iglesia.[24]
Seis meses después del triunfo de la revolución la dirección de la organización mantenía la misma caracterización, incluso frente a opiniones contrarias. En una mesa redonda específica sobre el tema, González consideraba que el imperialismo yanqui “no vio con malos ojos que todos los terratenientes azucareros de Cuba, representados por Fidel Castro, asumieran el gobierno”[25] y discutía contra quienes veían en el 26 de julio un “movimiento de liberación nacional”:
La clase obrera y el campesinado daban su apoyo pasivo al régimen de Batista, entonces (…) yo voy a insistir en mi planteo. El régimen de Fidel Castro está apoyado por todos los terratenientes azucareros de Cuba. (…) De ningún modo la revolución con el apoyo que tenía, podía ser una revolución progresiva (…)[26]
Todavía en octubre de 1959 se mantenía la misma línea de defensa de Batista
El imperialismo yanqui, junto con la iglesia y la gran oligarquía azucarera lo voltearon a Batista (…), porque éste (…) buscó, dentro de la relatividad de los términos, cierta independencia (…). Parte de los beneficios (…) recayó sobre un incipiente proletariado ciudadano. Esto (…) le permitió a Batista contar, sino con el apoyo masivo de la clase obrera cubana, por lo menos con su tolerancia pasiva.[27]
Como vemos, tampoco en este caso vale la acusación de Brienza según la cual para la izquierda “no había diferencia entre Castro y Batista”. Al contrario, Palabra Obrera apoyaba a Batista por considerarlo el “Perón cubano”.
La modificación de esta lectura comenzó en noviembre de 1959 y fue abordada por González (1999: 43-66). En junio de 1960 Nahuel Moreno publicó “Las cuatro etapas de la Revolución Cubana”, donde tomó forma la nueva caracterización. Allí planteaba que la primera etapa de la revolución había sido la del “putch dado por un grupo de jóvenes de la burguesía y la pequeño-burguesía”, lo cual le permitía identificar una “formación semioligárquica del movimiento revolucionario en sus orígenes” (1962: 23-24). La segunda fase correspondía al año 1958, durante el cual “crecientes sectores de la pequeño-burguesía urbana y del campesinado se unen al movimiento de Castro” (1962: 24). La tercera etapa abarcaba la presidencia de Urrutia y era definida por una ofensiva de la burguesía y el imperialismo, que buscaban conservar posiciones, frente a lo cual la clase obrera se organizaba y avanzaba; “Fidel era el árbitro equilibrista de la situación, apoyado, de entre las clases revolucionarias, en la pequeño-burguesía” (1962: 24). Finalmente, la cuarta etapa había comenzado con la “escisión del frente nacional revolucionario” y estaba caracterizada por la polarización de clases. En este escenario el gobierno tomaba medidas progresistas y definía “un curso progresivamente revolucionario”. En Moreno, la “historia de la revolución cubana” no era la de la clase obrera o la de las masas cubanas; las “etapas de la Revolución” eran únicamente las del M26J: como en S. Frondizi, se identificaba a la revolución con su fuerza política dirigente.
El debate sobre la Revolución Cubana en el Grupo Liberación
El GL rechazaba el “entrismo” en el peronismo practicado por el morenismo, no obstante lo cual mantuvo un discurso con trazos de un “nacionalismo obrero revolucionario latinoamericanista”. El subtítulo de la publicación era Revista mensual por la revolución nacional y latinoamericana, en un contexto en el cual “Revolución Nacional” aludía al peronismo (de hecho por lo menos Speroni y Peña habían participado años antes, como parte del morenismo, del filo-peronista Partido Socialista de la Revolución Nacional y luego de la Agrupación Justicialista de la Publicidad).[28] El blanco de los ataques eran el imperialismo, “la oligarquía” y el gobierno de Frondizi y se pedían colaboraciones de todos aquellos “ubicados en una línea antiimperialista obrera nacional”.[29] El peronismo, al que se caracterizaba como un frente nacional que para entonces se había “reducido” a la clase obrera, era criticado por su política de presión y negociación, por sus actitudes conciliadoras. Frente a eso se afirmaba que “el frente nacional debió y pudo restablecerse”,[30] lo que evidencia que el GL continuaba bregando, como el morenismo, aunque sin llegar al extremo “entrista” ni adoptar la identidad peronista, por un “nacionalismo obrero revolucionario”.
En el primer número de Liberación vio la luz un breve artículo sin firma -de lo cual inferimos que expresaba la posición del colectivo editorial-[31] titulado “En defensa de Cuba”. En él, luego de apoyar el derecho del gobierno isleño a trazar acuerdos comerciales con la URSS, se aseguraba que el peligro de esto era “la posibilidad de que en cualquier momento a la dirección soviética en su juego mundial le deje de convenir Cuba y la abandone”, sin entrever el peligro de burocratización ni la deriva política que podría implicar la influencia moscovita. En este punto vemos una semejanza con el análisis que poco después haría público Silvio Frondizi en La revolución cubana. Pero más notorios son los contrastes con Praxis. Las perspectivas que abría la revolución cubana eran entendidas en términos de afirmación nacional latinoamericana y como continuación de los movimientos nacionalistas de contenido burgués; así, mientras el MIR-P valoraba del caso cubano su contraste notorio con el boliviano, el guatemalteco o el peronista, el GL sostenía:
Como ayer Sandino en Nicaragua, Cárdenas en México, el M.N.R. en Bolivia, el peronismo en la Argentina, Arévalo en Guatemala, hoy Fidel Castro en Cuba representa a la vanguardia antiyanqui de los pueblos latinoamericanos. (…) El Movimiento 26 de Julio y el peronismo son sólo distintas fases de un mismo movimiento continental, su unidad será el preludio de la unidad continental frente al imperialismo.[32]
En la siguiente entrega de la revista vio la luz un artículo de mayor extensión firmado por José Golan, seudónimo de Milcíades Peña, al menos desde ese número miembro del Comité de Redacción.[33] Sin embargo su firma indica que no necesariamente expresaba la opinión de otros miembros del grupo.[34] En cualquier caso, se trataba a todas luces de una réplica implícita al artículo del número anterior, ya que marcaba el agudo contraste entre los gobiernos de Arbenz y de Perón, por un lado, y el de la Cuba revolucionaria, por otro. Los primeros habían capitulado frente al imperialismo, mientras que sólo la segunda era un ejemplo a seguir (el MNR boliviano no era siquiera mencionado, quizá porque señalar su conspicuo carácter pro-yanqui hubiera implicado dejar en evidencia a sus interlocutores). También consideraba con mayor perspicacia el apoyo soviético, pronosticando que a cambio de la ayuda económica los rusos “procurarán copar la Revolución en su provecho, es decir utilizarla como carta de cambio en su política de acuerdo con los yanquis, aún a costa de frenar o sacrificar a las masas cubanas” (Golan, 1960: 20; subrayado en el original).
Por otra parte, Peña esbozó una primera caracterización del nuevo régimen político.
(…) el pueblo cubano ensaya la participación directa de las masas en el poder. (…) la Revolución ha puesto en marcha a obreros, campesinos y estudiantes que se arman para su defensa. Su presencia constante y activa es la fuente del poder revolucionario. (…) Ellas colocaron, sostienen y empujan hacia adelante a ese gobierno. (…) hay una ligazón directa entre las masas y sus jefes (…) el grupo gobernante, inmensamente progresivo en su apertura a los intereses obreros y campesinos lleva la tremenda rémora de la falta de un programa obrero definido y de un plan de acción concreto.
Su ausencia fue la que motivó los primeros meses del gobierno la confianza del imperialismo que veía en su carácter de pequeño-burgués la mejor garantía para un acuerdo con ellos. Fueron entonces arrastrados por los acontecimientos, impulsados por las exigencias de las masas (…) viendo cómo defeccionaban de su lado los grupos privilegiados que se horrorizaban ante el poder político que adquirían los sectores explotados. (…) Más aún, pese a los inmensos pasos dados los dirigentes cubanos no han roto totalmente con el imperialismo. (…) nos hace exigir la garantía de una dirección y un partido obrero conscientes del proceso histórico. (…) Si bien el equipo dirigente se ha puesto al servicio de obreros y campesinos no ha perdido aún su desprecio a la necesidad de un partido con coherencia ideológica y base obrera ni su creencia en la espontaneidad de las masas.
Facetas son éstas de su concepción mental pequeño burguesa que exhiben el principal peligro interno para el futuro de la Revolución. La corrección de esa política por parte de los dirigentes cubanos (…) será otro gran paso para la creación de una nueva América. (Golan, 1960: 18-22)
Las múltiples semejanzas con el análisis de Silvio Frondizi, cuyo libro fue escrito en forma simultánea a este artículo, permiten suponer un posible intercambio entre ambos, que habían colaborado poco tiempo antes en la revista Estrategia. En primer lugar, Peña caracterizaba al gobierno como pequeño-burgués únicamente en tiempo pretérito, mirando hacia “los primeros meses”, antes de que fueran “arrastrados por los acontecimientos”. En segundo lugar, si bien dejaba en claro que no se trataba de un gobierno obrero, evitaba definirlo en términos de clase: era un grupo, un equipo gobernante, que se ponía al servicio, que se abría a los intereses de obreros y campesinos. En tercer lugar, el poder lo tenía el pueblo, las masas, los sectores explotados, es decir no una clase social en particular. Por último, los defectos del gobierno eran meramente ideológicos: una concepción mental pequeño-burguesa, un desprecio por la necesidad del partido, la creencia en la espontaneidad de las masas. Por lo tanto, eran cuestiones que el equipo gobernante “no ha perdido aún”, es decir que podría operarse una “corrección de esa política por parte de los dirigentes”. Hasta aquí las similitudes con la visión de Frondizi. La principal diferencia estriba en que Peña no se tranquilizaba con que estas “rémoras” necesariamente deberían ser superadas, sino que las consideraba el “principal peligro interno para el futuro de la Revolución”. La incógnita de la ecuación, es decir qué clase social dirigía el proceso revolucionario, sería resuelta por Peña pocos años después en sus “16 tesis sobre Cuba” (Golan, 1964 [1963]).
Conclusiones
El análisis de las lecturas elaboradas en el MIR-P y en el GL nos permitió visualizar sus diferencias y puntos de contacto. En particular, las ideas expresadas por Silvio Frondizi y Milcíades Peña son importantes para comprender sus trayectorias posteriores y las de la izquierda en los años 60, pues casos como el del MIRA evidencian que aquellas ideas fueron apropiadas o tomadas como referencia para refutarlas. A fines de 1961 los grupos de ex militantes del MIR-P que se habían apartado en Capital Federal y La Plata formaron el MIRA junto con los miembros del GL. La comprensión de los análisis que habían elaborado o leído sus afluentes iniciales permitirá apreciar, en un futuro trabajo, la forma en que el MIRA desarrolló una caracterización de la Revolución Cubana.
El caso del MIR-Praxis puede ser resumido con las tres palabras con las que Bonforti (2017) sintetizó las etapas sucesivas de la recepción de la revolución cubana por parte de la revista uruguaya Marcha: “Prudencia, asombro y encantamiento”. Desde un principio el MIR-P expresó un apoyo incondicional a la revolución cubana. En un primer período, que coincidió con los años 1958 y 1959, los artículos atendían tanto a los aspectos progresivos como a las limitaciones del castrismo, señalando el curso positivo que tomaban los acontecimientos y depositando expectativas en el ala izquierda representada por Guevara. En estos trabajos se caracterizó como pequeñoburgués al gobierno cubano, manteniendo la tesis trotskista que vinculaba la consumación de las tareas democráticas y nacionales al ejercicio del poder por parte de la clase obrera. Un segundo período, que tiende a coincidir con el año 1960, puede ser definido como de abandono de la caracterización previa. Los artículos de Revolución dejaron de caracterizar en términos de clase al castrismo, del cual sólo se constataba su “origen” pequeñoburgués y su evolución positiva. En su libro La Revolución Cubana Silvio Frondizi no hizo referencia a los análisis de 1959, no trazó una perspectiva obrera independiente y eludió una caracterización del castrismo o del Estado en términos de clase, manteniendo un tono apologético del gobierno. Finalmente, hacia mediados de 1961, tras la escisión de los grupos juveniles de Capital Federal y La Plata y en el marco de una nueva línea política, el MIR-Praxis definió una lectura del proceso cubano enmarcada en un registro discursivo “nacional-popular”.
El GL nació de una ruptura con la corriente morenista procesada entre junio y noviembre de 1959, es decir, mientras ésta todavía sostenía la posición de apoyo a Batista y oposición a la revolución triunfante en enero. En agosto de 1960, ya comenzado el viraje “castrista” de Palabra Obrera, el GL expresó un apoyo a la dirección de la revolución cubana entendida en los términos de un “nacionalismo revolucionario”. Sin embargo, en su revista Milcíades Peña discutió contra esta visión y elaboró un análisis muy semejante al que Silvio Frondizi publicaría en La Revolución Cubana.
A modo de hipótesis, las fuentes relevadas sugieren que tanto dentro del MIR-P como del GL coexistieron y se fueron definiendo dos interpretaciones divergentes. En este sentido la “Carta a Fidel Castro” de marzo de 1959, en la que Frondizi anticipaba la postura que desarrollaría al año siguiente, es tan significativa como el hecho de que entre octubre de 1960 y abril de 1961 se produjo la escisión de los grupos de Capital Federal y La Plata que formarían el MIRA. A su vez, los contrastes señalados entre las distintas lecturas expresadas en la revista del GL son un antecedente de las trayectorias divergentes entre la mayoría de los miembros del grupo, por un lado, y Milcíades Peña, por el otro, que no se integró al MIRA. Por otra parte, algunas nociones puestas en circulación por Silvio Frondizi tuvieron su propio recorrido en el campo intelectual; en este sentido, la reinterpretación de la teoría de la revolución permanente efectuada por Frondizi, adaptándola al proceso cubano y prescindiendo en ella del ejercicio del poder por parte de la clase obrera, es un antecedente de la misma relectura que desarrolló pocos años después Peña (Golan, 1964: 24-25).
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Notas