Artículo
Las organizaciones político-militares frente a la cuestión agraria. El caso de Montoneros en la Argentina
The political-military organizations face the agrarian question. The case of Montoneros in Argentina
Las organizaciones político-militares frente a la cuestión agraria. El caso de Montoneros en la Argentina
e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, vol. 19, núm. 75, pp. 1-22, 2021
Universidad de Buenos Aires

Recepción: 11 Diciembre 2019
Aprobación: 16 Junio 2020
Resumen: En este artículo, reconstruimos el análisis que la organización político-militar Montoneros realizó sobre la estructura socioeconómica de la Argentina en la década del ‘70. Lo hacemos abordando una problemática particular, la cuestión agraria, que nos introduce en el estudio del corazón del capitalismo argentino, en un momento en que éste atravesaba importantes transformaciones estructurales. Utilizando documentos internos y prensas periódicas, examinamos la valoración de Montoneros acerca del grado de desarrollo de las relaciones capitalistas en el agro, los obstáculos al mismo, las clases sociales y las tareas revolucionarias. A su vez, contrastamos lo que los documentos indican con la práctica concreta de la organización, estudiando su intervención ante las Ligas Agrarias, el proletariado rural, el movimiento indígena y los grandes conflictos del agro en la etapa. Creemos que un estudio de este tipo puede contribuir a conocer en mayor profundidad los debates políticos que atravesaron a las organizaciones que crecieron tras el Cordobazo.
Palabras clave: Organizaciones político-militares, Izquierda, Cuestión Agraria, Peronismo.
Abstract: In this article, we examine the analysis that the Montoneros political-military organization conducted on the socio-economic structure of Argentina in the 1970s. We do this by addressing a particular problem, the agrarian question, which introduces us to the study of the heart of Argentine capitalism, at a time when it was going through important structural transformations. Using internal documents and periodic presses, we reconstruct Montoneros' assessment of the degree of development of capitalist relations in agriculture, obstacles to it, social classes and revolutionary tasks. At the same time, we contrast what the documents indicate with the concrete practice of the organization, studying its intervention before the Agrarian Leagues, the rural proletariat, the indigenous movement and the great agricultural conflicts in the stage. We believe that this can contribute to know in greater depth the political debates that went through the organizations that grew after the Cordobazo.
Keywords: Political-military organizations, Left, Agrarian question, Peronism.
Introducción
Las grandes movilizaciones sociales de los años ’70 del siglo XX, cuyo protagonismo recayó centralmente en estudiantes y trabajadores, dieron pie a la emergencia de organizaciones y partidos que, desde diferentes tradiciones, apostaron a transformaciones sociales de fondo, llegando a cuestionar el ordenamiento vigente de la sociedad. Argentina fue uno de los países en los que ese proceso se mostró con importante agudeza, en particular, a partir de los hechos de masas conocidos como “Cordobazo” en 1969, en un proceso que fue cerrado en 1976 con el golpe militar de la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla.
Aquellas organizaciones políticas comenzaron a desarrollar formas de intervención y acercamiento a los sectores sociales que expresaban un creciente malestar. Es así que fueron surgiendo los llamados “frentes de masas” en fábricas, universidades y barrios, para encontrar a los sujetos que se consideraban eran protagonistas del cambio revolucionario. En los últimos años, la historiografía comenzó a reconstruir el vínculo entre organizaciones políticas y actores sociales, sobre todo en el ámbito sindical. Así, han surgido trabajos que muestran el asidero de la izquierda en el movimiento obrero (Lobbe, 2006; Werner y Aguirre, 2007), haciendo énfasis tanto en organizaciones político-militares (Pacheco, 2015; Stavale, 2019) como en organizaciones no armadas (Mangiantini, 2018; Lissandrello, 2015).
Un terreno menos explorado ha sido el de las definiciones políticas de esas organizaciones, poniendo la mirada en las lecturas que hicieron sobre la estructura socio-económica del país y cómo estas sustentaban estrategias políticas de intervención. En general, el fenómeno de la lucha armada, bajo la forma de guerrilla rural, urbana o de ejército regular, eclipsó las elaboraciones programáticas de los partidos de izquierda. Es por ello que creemos necesario explorar este terreno para enriquecer el conocimiento sobre la etapa, poniendo en evidencia que, más allá de la adopción de prácticas armadas y de la preocupación por insertarse en los sectores activos de la clase obrera y el estudiantado, las organizaciones también desarrollaron una reflexión sobre la estructura del país que pretendían revolucionar.
En este artículo tomamos como observable a la organización político-militar Montoneros, que fue la que mayor influencia alcanzó en el espectro peronista. No se trata de un observable carente de estudios previos, por el contrario, se han hecho trabajos desde diferentes ángulos y problemas. Hay quienes estudiaron su relación con las masas para identificar un progresivo “aislamiento” tras la ruptura con Perón (Gasparini, 1988;Amorín, 2006), así como trabajos de ex dirigentes en tono justificatorio y apologético, hicieron hincapié en el carácter democrático de la organización (Perdía, 1997; Vaca Narvaja y Frugoni, 2002). No estuvieron ausentes los estudios sobre el discurso peronista de la Juventud Peronista (Sigal y Verón, 2002), así como de las publicaciones montoneras y su construcción de la identidad (Slipak, 2015). Algunos trabajos encuadraron a la organización dentro de la categoría de “Nueva Izquierda”, entendiéndola como un emergente de un campo más vasto de organizaciones, publicaciones y proyectos en el campo cultural, que protagonizó el ciclo de movilizaciones de los ’70 (Tortti, 2010). Desde estudios regionales, se ha ahondado en la tensa relación entre las conducciones y las bases, haciendo énfasis en la vasta presencia barrial de Montoneros (Robles, 2014). En un sentido similar, se ha estudiado el desarrollo del frente sindical (Lorenz, 2007) y sus contradicciones con la práctica armada. Con relación a esto último, las iniciales evaluaciones acerca del militarismo, cedieron en favor de la caracterización de unos orígenes “foquistas” (Salas, 2007; Salas, 2009; Salcedo, 2011). Uno de los debates más intensos, ha sido el de la naturaleza social de Montoneros, es decir, si fue una organización revolucionaria (Lanusse, 2005; Caviasca, 2006) o reformista (Pacheco, 2014; Gillespie, 1998). Sin embargo, consideramos que aún no se ha explorado en profundidad sus concepciones sobre la estructura socioeconómica de la Argentina, en particular a la que hace a la cuestión agraria.
No se trata simplemente de tomar un aspecto que no ha sido estudiado. Por el contrario, la cuestión agraria tiene una atención particular en la estructura argentina. En efecto, la Argentina era un capitalismo eminentemente agrario, cuyo motor principal de acumulación era la producción de materias pirmas. Una reflexión sobre este tópico constituía una reflexión sobre el conjunto de la realidad nacional. Al mismo tiempo, desde la década del ’50 y, en particular, de los ’60 y ’70 se había reactualizado en América Latina la cuestión agraria. Ello fue resultado de la llamada “revolución verde”, que motorizó un alza de la mecanización y la aplicación de químicos (herbicidas, pesticidas, semillas híbridas), que impulsaron la productividad y los niveles de producción. Así, el país abandonó definitivamente el estancamiento parcial en el que había caído hacia 1930. Ello necesariamente llevó al incremento de los montos de inversión, que significó el desalojo de los productores que no podían alcanzar los nuevos estándares productivos. De allí que el escenario rural fuera particularmente convulsivo en los ’70, con la emergencia de actores sociales como las Ligas Agrarias, que se resistían a verse desalojados de la producción.
Precisamente por ello, existió un intenso debate agrario entre las organizaciones políticas, acerca del grado de desarrollo del capitalismo en el campo, los sujetos sociales y las tareas revolucionarias. Mientras que algunas identificaban la supervivencia de relictos precapitalistas (el Partido Comunista, por caso), otras señalaban la existencia de un campo enteramente capitalista (fue el caso de la Organización Comunista Poder Obrero). Diferencias de evaluación que se trasladaron a las estrategias políticas: quienes sostenían la primera caracterización, defendieron una reforma agraria basada en el parcelamiento del suelo, como tarea que debía ser conquistada por el campesinado; quienes sostuvieron el segundo diagnóstico refrendaron como consigna la nacionalización del suelo, en beneficio del proletariado rural.
En definitiva, el análisis del tratamiento que la cuestión agraria recibió en Montoneros es un acercamiento a sus concepciones sobre el corazón de la Argentina y sus principales conflictos en la década del ’70. Realizamos este abordaje atendiendo a las valoraciones de la organización que surgen del estudio de los documentos internos y publicaciones periódicas. No obstante, también contrastamos lo allí dicho con la práctica política de la organización en el ámbito agrario, observando su intervención ante las Ligas Agrarias, el proletariado rural, el movimiento indígena y los grandes conflictos del agro en la etapa. Creemos que un estudio de este tipo, puede contribuir a conocer en mayor profundidad los debates políticos que atravesaron a las organizaciones que crecieron tras el Cordobazo.
La trayectoria de Montoneros
La aparición de Montoneros en la escena pública es un hecho suficientemente conocido. En la mañana del 29 de mayo de 1970, a un año exacto de que el país fuera sacudido por el Cordobazo, Emilio Maza y Fernando Abal Medina secuestraron al Teniente General Pedro Eugenio Aramburu y posteriormente fue ejecutado. A poco más de un mes, la organización emprendió otra acción de gran calado: el copamiento de la localidad cordobesa de La Calera, en la mañana del 1 de julio. La composición social del núcleo militante inicial, llevó a plantear a Montoneros como un emergente de las transformaciones en el campo del nacionalismo y del cristianismo posconciliar (Gillespie, 1998; Lanusse, 2005).
Estos hechos contribuyeron a modelar la imagen de una organización “foquista” (Salas, 2007; Salas, 2009; Salcedo, 2011). Lejos de ser una organización estrictamente militarista, Montoneros se preocupó por tener inserción de masas, inicialmente en el ámbito universitario y, en menor medida, sindical. Así ocurrió en los diversos grupos desperdigados por Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba, que darían nacimiento a la organización (Lanusse, 2005). Recién hacia mediados de 1970, se habría producido la reunión en la que se decidió la constitución de una dirección integrada por un responsable de cada centro urbano.
Ya entrado el año 1971, la organización comenzó a levantar cabeza tras la debacle que significaron las persecuciones, detenciones y caídas posteriores a las acciones mayo y junio de 1970. En efecto, desde fines de ese año se realizaron nuevas acciones armadas. Al mismo tiempo, celebró el primer Gran Congreso Nacional de la organización, con el propósito de avanzar nuevamente en el objetivo de erigir una estructura nacional.
El crecimiento vertiginoso de la organización comenzó cuando se esbozó la apertura democrática con el Gran Acuerdo Nacional, promovido por el presidente de facto Agustín Lanusse en 1971. Plegándose a esa iniciativa, se lanzó la campaña por el “luche y vuelve”, que tenía como norte el retorno de Perón a la Argentina. El crecimiento que alcanzó en esa coyuntura llevó a Montoneros a poner en pie importantes frentes de masas, entre los que se destacaron por su tamaño la Juventud Peronista (JP), la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y la Juventud Trabajadora Peronista (JTP). Desde esos frentes, la organización atrajo a numerosos militantes y simpatizantes.
La organización adquirió una impronta notablemente urbana, considerando que el sujeto central para la transformación de la sociedad, era el trabajador fabril. A ello contribuía la raigambre peronista, pues se trataba este de un movimiento político que tenía un claro sesgo nacionalista de fomento del mercado interno, por la vía de una alianza entre el empresariado local y los trabajadores. Esto generaba cierta tensión con la impronta decididamente agraria del país, en tanto su centro económico era el agro y, además, allí se encontraba el principal enemigo interno, la llamada “oligarquía”. A su vez, la mirada montonera se volvía al mundo rural, en tanto y en cuento, la influencia de la experiencia cubana indicaba que allí se encontraba otro sujeto revolucionario, el campesinado, que debía ser el fundamento de la guerrilla urbana.
En su proceso de crecimiento, Montoneros se convirtió en un polo de atracción de buena parte del espectro político que se ubicaba en el “peronismo de izquierda”. En 1972, se fusionó con la organización Descamisados y un año más tarde lo hicieron con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Esta última, fue la estructura más importante que se incorporó a Montoneros, y ello fue el resultado de una serie de reposicionamienos de FAR que, atados a la reflexión sobre las estructuras del movimiento peronista, el rol de Perón y la relación con las bases, la llevó a acercarse a la postura tendencista de la organización comandada por Firmenich (González Canosa, 2014).
1973 fue un año bisagra. El 25 de mayo retornó el peronismo al poder, de la mano de la presidencia de Cámpora y, meses más tarde, del propio Perón. Para la organización, estos hechos abrían una nueva etapa política, signada por el inicio de la “reconstrucción nacional” para la liberación definitiva del país. Considerado como un “gobierno popular” y hasta cierto punto propio, Montoneros llamó a “apoyar, defender y controlar” las principales medidas económicas y sociales de ambas presidencias. Algunas fueron aceptadas con críticas (Pacto Social), resistidas pero acatadas (Ley de Asociaciones Profesionales) y otras finalmente derivaron en enfrentamientos abiertos y rupturas (la Reforma del Código Penal y el renunciamiento de los llamados “Diputados de la Tendencia”). (Lissandrello, 2012).
Aún sin dejar de considerar al Movimiento y a su líder como el motor de la liberación nacional, los Montoneros fueron incrementando sus diferencias, lo cual se hizo visible en la movilización del 1º de mayo de 1974, cuando Perón realizó una defensa de la derecha sindical y los sectores de la juventud decidieron abandonar la Plaza de Mayo. Unos meses antes, en marzo de ese año, la dirección montonera había advertido sobre la necesidad de “reencausar” el proceso.
La pronta muerte del por entonces presidente y la asunción de Isabel Perón, inauguraron una nueva coyuntura. La organización decidió el famoso “pasaje a la clandestinidad”, como forma de respuesta a la avanzada represiva estatal y paraestatal. Decisión que repercutió particularmente en la dinámica de los frentes de mayor exposición, como el gremial, el estudiantil y la red de locales.
En ese contexto, y ante un balance según el cual el Movimiento Peronista había sido copado por la derecha y por el imperialismo, la organización lanzó sus propias estructuras -el Partido Peronista Auténtico (PPA) y el Movimiento Peronista Auténtico (MPA)- y pasó a una abierta oposición al gobierno. Las referencias a la “autenticidad” en aquellas nuevas formas organizativas y la denuncia de una “desviación” en el proceso, daban cuenta de que el pasaje a la oposición no era una decisión tomada en razón de una crítica al peronismo y a la liberación nacional como programa.
Naturalmente, el plano militar siguió siendo también un espacio de acción, en particular tras el pasaje a la clandestinidad, que algunos autores caracterizaron como un “regreso a las armas” (Gillespie, 1998). En efecto, se desarrollaron importantes iniciativas (por ejemplo, el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29 de Formosa), se creó el Ejército Montonero, con una estructura jerárquica e insignias y se lanzó la “Compañía Montoneros de Monte” en el noroeste de Tucumán. En un contexto de deterioro democrático y de ofensiva represiva, la organización reforzó su estructura militar.
Antecedentes
La máxima organización de la izquierda peronista, pertenecía a una tradición política completamente diferente a la de la izquierda marxista y por ende poseía diferentes prácticas, lo que se expresaba en la ausencia de congresos periódicos y/o instancias plenarias de discusión político-programática. Esto fue una práctica habitual en el repertorio de la izquierda que abrevaba en el marxismo. Sólo existió un intento de Congreso Nacional que fue postergado y, finalmente, abortado. De modo que no existieron espacios que produjeran documentos vertebradores de la acción del partido. Asimismo, la producción documental de la organización fue escasa, al menos en lo que respecta a elaboraciones teóricas. Sí existieron publicaciones de difusión masiva como El descamisado y sus sucesoras, El peronista lucha por la liberación, La causa peronista y Evita Montonera.[1] Ellas contienen notas periodísticas que recogen posiciones parciales y/o coyunturales de la organización, y que oficiaban, a su vez, como un mecanismo por parte de la Dirección Nacional para “bajar” línea política.
Algunos documentos internos condensaron lo central de las caracterizaciones que Montoneros sostuvo sobre la estructura económica del país, las clases sociales y las tareas de la revolución. Estos aportan definiciones políticas, de manera imprecisa, primando las observaciones generales. En este sentido, Montoneros abrevaba en el programa de liberación nacional, esbozado desde el nacionalismo popular de comienzos de siglo hasta los programas de Huerta Grande y La Falda, pasando por los aportes de John William Cooke, entre otros.
Comenzaremos repasando sucintamente las definiciones agrarias de los antecedentes en los que abrevó Montoneros. El Programa de La Falda contenía el pronunciamiento en favor de la consigna de “reforma agraria”, lo que conllevaba implícitamente la defensa de la pequeña explotación frente al “latifundio”. En agosto de 1957, un Plenario Nacional de Delegaciones Regionales y de las 62 Organizaciones convocado por la CGT Córdoba en la ciudad de La Falda votó, entre otros puntos, el siguiente:
mecanización del agro, ‘tendencia de la industria nacional’, expropiación del latifundio y extensión del cooperativismo agrario, en procura de que la tierra sea de quien la trabaja. […] Solo una profunda reforma agraria, con las expropiaciones que ella requiera, puede efectivizar el postulado de que la tierra es de quien la trabaja. (AA.VV., 1957).
La creencia en la existencia del latifundio como realidad extendida y dominante del campo, encontraba su correlato político en la defensa de su fragmentación vía expropiación y reparto. Asimismo, la resolución de este problema aparecía como el mecanismo para construir un círculo virtuoso entre agro e industria: el desarrollo del campo subsidiaría a la industria, para luego volver al campo en forma de maquianria.
Cinco años más tarde, las 62 Organizaciones realizaban en la misma provincia, esta vez en la ciudad de Huerta Grande, una declaración de diez puntos, entre los que se definía “Expropiar a la oligarquía terrateniente sin ningún tipo de compensación.” (62 Organizaciones, 1962). Si bien escueto, el documento se insertaba en la misma línea política de La Falda. En 1964 se dio a conocer el Movimiento Peronista Revolucionario (MRP), una organización que nucleó a buena parte del sindicalismo peronista. El 5 de agosto de ese año se realizó un plenario que definió el programa del MRP, sintetizado en dos documentos: Declaración de principios y Decálogo revolucionario. En el primero, se acusaba a “Los viejos grupos oligárquicos ligados a la tradicional dependencia de nuestro país al imperialismo inglés” (MRP, 1964). Mientras que en el segundo se afirmaba la reforma agraria. Hasta aquí, fue esta la elaboración más detallada que, en relación a los documentos anteriores, incorporó algunos elementos nuevos: el problema de la comercialización y la “intermediación parasitaria”, y el de la renta de la tierra. (MRP, 1964)
Finalmente, y en la misma línea, en mayo de 1968 tras el Congreso Normalizador que fundó la CGT de los Argentinos con Raimundo Ongaro a la cabeza, se hizo público el Programa del 1ro. de Mayo. En materia agraria, allí se sostenía que: “sólo una profunda reforma agraria, con las expropiaciones que ella requiera, puede efectivizar el postulado de que la tierra es de quien la trabaja” (CGT de los Argentinos, 1968).
Estos cinco documentos programáticos, esbozados a lo largo de una década, sentaron las bases políticas de lo que por aquel entonces comenzaba a ser reconocido como el “peronismo combativo”, y que en los ’70 será el “peronismo de izquierda”. De ellos se desprendía una consigna central, la reforma agraria, que atacaría a una clase parasitaria en el agro, la oligarquía. Al mismo tiempo aparecía allí la denuncia a los “monopolios” intermediadores que operarían como “parásitos”. Un universo explicativo emparentado con el del Partido Comunista (Graciano, 2008).
El programa montonero y el lugar del problema agrario
Dos documentos permiten la reconstrucción del programa montonero. En Línea político-militar, primer gran documento programático de la organización, se caracterizaba a la Argentina como un país dependiente, perteneciente al Tercer Mundo, que sufría una opresión neocolonial, expresada tanto en aspectos económicos como políticos, culturales y militares. En virtud de ello, la tarea que se impondría sería la de impulsar un proceso de liberación nacional que avanzara en la “construcción nacional del socialismo”, por medio de la liquidación del dominio imperialista. De ese modo, se abrirían las puertas a la “supresión de la propiedad privada de los medios de producción y planificación de la economía”. (Baschetti, 1995: 252).
Estos objetivos identificaban a la organización con el peronismo, pues ellos “están sintetizados en las tres banderas del peronismo en su significación actual (Patria Libre, Justa y Soberana)” (Baschetti, 1995:249). En efecto, el Movimiento Peronista (MP) fue caracterizado como el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) en desarrollo por dos motivos. Por su composición, que se evaluaba como una alianza entre la clase obrera y sectores de la pequeña burguesía. Nótese que la burguesía no aparecía, en esta primera formulación como una clase aliada, en tanto “no es nacional, sino antinacional”, al estar interesada en “lograr el desarrollo económico con la participación de los capitales extranjeros, o sea un desarrollo condicionado y dependiente de los monopolios internacionales” (Baschetti, 1995: 256).
El segundo motivo por el cual el MP se asimilaba al MLN era su doctrina “antiimperialista y antioligárquica”. Esa potencia se habría demostrado en el período 1945-1955, cuando el movimiento enfrentó a la “oligarquía terrateniente, industrial y financiera, el imperialismo yanqui [y a] los sectores de clase media, en especial el estudiantado y los profesionales” (Baschetti, 1995: 251).
En lo que respecta a nuestra problemática en particular, el documento reproducía el tradicional discurso del movimiento al hacer énfasis en la lucha “antioligárquica”. El carácter de la clase oligárquica podemos reconstruirlo a través de las páginas de El Descamisado, en particular a partir de una novela gráfica que allí se publicaba, titulada 450 años de guerra al imperialismo. En el capítulo correspondiente a la llamada Conquista del Desierto, se sindicaba el hecho como un punto central de la conformación de una “clase gobernante [que] olvidó a la Nación y prefirió la rapiña” (El Descamisado, 26/02/1974). La Conquista habría dado pie a una colonización basada en el latifundio y las grandes estancias, generando el despoblamiento del campo. Un verdadero país con “sentido nacional y popular” hubiese sido posible en el marco de una colonización diferente. El presente sería heredero de ese pasado, pues la oligarquía contemporánea a Montoneros sería igual de “antinacional” y estaría “ligada al imperialismo multinacional yanqui”. Esta conformación de la clase dominante en el agro sería la culpable de “que nuestro campo siga produciendo como hace cincuenta años.” (El Descamisado, 26/02/1974).
Se percibe entonces la reproducción de los elementos típicos del mito oligárquico en la “imagen tradicional” del agro (Barsky, 1997). La “oligarquía” sería una clase cuyo poder brota de la apropiación de grandes extensiones de tierra, para ganar riqueza no desde la producción sino desde el saqueo, la especulación o el parasitismo. Ella habría impedido un desarrollo progresista motorizado por la pequeña propiedad que fundara una gran Nación. La idea de una oligarquía latifundista lleva anexada la tesis del estancamiento agrario.
En un documento posterior, Montoneros hizo énfasis en la alianza oligarquía-imperialismo, que sería el polo opuesto al pueblo: “la oligarquía se ha aliado estrechamente con sus nuevos amigos del dólar, y sigue disfrutando de sus campos y sus vacas, además ahora las encontramos en los directorios de las grandes empresas.” (Cristianismo y Revolución, 1971: 13) Con todo, las afirmaciones son genéricas y no se encuentra ninguna referencia a la estructura agraria. Solo se estipulaba que, junto a los frentes de masas que se consideran centrales (sindical, barrial y universitario), la organización debía promover uno en los movimientos agrarios. Este frente se entendía como “secundario”, en tanto no sería hegemónico, pero sí representaría a sectores que se encontraban en contradicción con el imperialismo y sus agentes nacionales. De este modo, Montoneros manifestaba su voluntad de intervenir en las Ligas Agrarias que habían comenzado a organizarse a principios de la década del ’70 en reclamo de mejores precios, créditos y acceso a la tierra.
Mayores precisiones programáticas, específicamente vinculadas a lo agrario, podemos encontrar en el Boletín Interno nº 1, un importante documento de autocrítica, que fue confeccionado en el marco de las discusiones por la integración de Montoneros con las FAR hacia 1973. Allí se introdujo un cambio sustancial para la problemática que nos convoca.
En materia programática, la principal autocrítica reconocía una incomprensión de la necesidad de construcción de un frente para impulsar la Liberación Nacional, lo que se visualizó en la caracterización inicial de la “mediana burguesía” como un sector del campo del enemigo, “sin analizar las contradicciones que la política de penetración imperialista le puede provocar” (Baschetti, 1995: 577). De este modo, se realizaba una reactualización de la línea político-militar que introdujo novedades en relación a los planteos programáticos previos.
La contradicción fundamental del proceso revolucionario se inscribía en la dicotomía Nación-Imperialismo. De un lado, la Nación estaría compuesta por clases y sectores de clase que tendrían como interés común la ruptura o limitación de la dependencia externa. Allí se ubicaba al pueblo y la mediana burguesía. Recordemos que en la propuesta del documento anterior la burguesía en bloque aparecía como una clase antinacional, por lo cual quedaba fuera de la alianza. Ahora, pasaba a ser una aliada. El pueblo se compondría de las clases y sectores de clases “objetivamente interesados en la ruptura total de la dependencia” y en el “cambio de las relaciones de producción” (Baschetti, 1995: 583). Por su parte, la mediana burguesía, tanto urbana como rural, era poseedora de medios de producción pero, en la situación de “dependencia” y de “desarrollo desigual” estaba interesada en la “ruptura parcial” para “lograr una cuota mayor de la ganancia de los sectores monopólicos” (Baschetti, 1995: 583). La Nación, entonces, agrupaba a la burguesía mediana (urbana y rural) y al pueblo, entre los que se contaba a la clase obrera, los “sectores marginados del proceso productivo, peones rurales, pequeñas burguesías asalariadas independientes y propietarias urbana y rural” (Baschetti, 1995: 582). Con todo, la clase obrera, como columna vertebral del pueblo, era la “única clase absolutamente interesada en la liberación nacional para la construcción del socialismo” (Baschetti, 1995: 583). Al otro lado de la contradicción, el polo del imperio agruparía a la gran burguesía industrial, comercial, financiera y agropecuaria, y al imperialismo con sus formas de dominación militar, política, económica y cultural.
En cuanto al carácter de la revolución en Argentina, se señalaba la necesidad de una liberación nacional sin el cual no habría socialismo posible. Este proceso comenzaría a desarrollarse a partir una alianza cuyo denominador común sería el antiimperialismo, que posibilitaría el ataque al enemigo principal, y permitiría ir acumulando fuerzas en los sectores del pueblo. Esa alianza cristalizaría en un Frente de Liberación Nacional (FLN) que contendría las contradicciones relativas entre los distintos sectores que lo integraban. Su conducción debía ser el Movimiento Peronista, nutrido de los sectores interesados en el proceso de liberación. Estos sectores estarían expresados en los frentes políticos surgidos de la apertura electoral y las corporaciones industriales y rurales “medianas” como la Confederación General Económica y la Federación Agraria Argentina, todas ellas entidades que, incluso expresando intereses burgueses, estarían contra el imperialismo. El FLN debía avanzar en una “clara tendencia hacia el establecimiento de un régimen capitalista de Estado a los efectos de que el proceso siente las bases para la construcción nacional del socialismo” (Baschetti, 1995: 591).
¿Cómo se plasmaron estas definiciones en el terreno específicamente agrario? Se definieron dos sujetos rurales progresivos: la clase obrera y el campesinado. Mientras que a los primeros se los consideraba como parte del frente sindical en su variable rural, a los segundos se los dotó de una especificidad propia. Cabe destacar que también se definía la existencia de una mediana burguesía rural, poseedora de medios de producción y con intereses en una ruptura parcial de la dependencia. Estos sectores progresivamente entrarían en contradicción con los intereses del pueblo en la medida que el proceso revolucionario se fuera profundizando, pero inicialmente serían parte de los aliados.
Respecto a los obreros rurales, los señalamientos eran por demás escuetos. Asumiendo que no era necesaria una precisión de la porción de la sociedad que se ubica en esa situación, se señalaba que la tarea fundamental era la sindicalización masiva, para dotar a esa fracción de la clase de un mayor grado de organicidad. Esa tarea debería comenzar en el noreste y noroeste del país, por el grado de penuria material, desamparo y baja influencia de la burocracia sindical.
En cuanto a los sectores campesinos, se rubricaba su importancia en dos aspectos: uno político y otro de tipo militar. En relación al primero, se planteaba la importancia como frente de lucha, dada su inserción en un sector clave del proceso productivo del país. En cuanto a lo segundo, se defendía la posibilidad de ser retaguardia del ejército peronista. Concretamente, al campesinado se lo asociaba a los sectores organizados bajo la forma de Ligas Agrarias, a las que se evaluaba como una buena estructura organizativa, con dirigentes honestos (“auténticos”, “no burocratizados”) e identificados con el peronismo. Sin embargo, no tendría un espacio específico dentro del Movimiento, con lo cual sería tarea de Montoneros dotar a este de un auditorio campesino.
Los sectores representados fundamentalmente por pequeños campesinos estarían asentados en el centro y norte del litoral, noreste y noroeste del país y Cuyo. Zonas a las que se caracterizaba como espacios donde la oligarquía tendría sus centros menores de poder. La contradicción principal de los campesinos sería con la oligarquía, en función de tres elementos: la concentración de tierra en pocas manos, el manejo del crédito para ahogar al pequeño productor y los monopolios de la comercialización. De este modo, la oligarquía controlaría las tierras, el dinero y la intermediación (El Peronista, 24/07/1973).
Aquellas formulaciones carecían de datos empíricos que le dieran soporte. En razón de ello, el verdadero carácter social de aquella fracción social referida como campesinado, resulta opaca. No se especificaba la magnitud de tierras en producción, ni la fuerza de trabajo empleada, ni su capacidad de acumulación. Podemos intuirlo en su manifestación empírica, las Ligas Agrarias. Sin embargo, esta identificación presenta la misma complicación. El movimiento agrario liguista contuvo una variedad de capas y fracciones de clases, entre las que se encontraban dueños de medios de producción y expropiados (Rozé, 2011).
El año en que fue escrito el documento anterior, fue elaborado Documento y programa, un análisis de la coyuntura abierta a partir del llamamiento de la Revolución Argentina a una apertura electoral a través del Gran Acuerdo Nacional. Ante la perspectiva de un gobierno peronista, allí se esbozaron una serie de medidas mínimas que deberían ser implementadas inmediatamente. Entre ellas se señalaba: “Nacionalización de los monopolios de producción y comercialización. Reforma agraria mediante la nacionalización de las tierras de la oligarquía terrateniente.” (Baschetti, 1995: 523) En efecto, Montoneros consideraba que la cuestión de la consigna “la tierra para el que quiera trabajarla” era parte del ideal peronista (El Descamisado 16/10/1973.).
Todo ello conducía a fijar la contradicción principal en el agro entre campesinos y oligarquía. De esta manera, Montoneros resolvía uno de los problemas centrales de la caracterización del agro, el de los sujetos sociales. El peronismo de izquierda no necesitó realizar distinciones teóricas o empíricas entre campesinado chico, mediano y grande, chacarero o farmer. Sencillamente todo aquello que escapara al dominio de la oligarquía, pasaba a integrar el campo de lo disputable para la Liberación Nacional. Obreros rurales y burgueses chicos y medios, unidos por la contradicción principal con la oligarquía. Esta conciliación de intereses contrapuestos no pasaba inadvertida por la propia organización, que identificaba una contradicción “secundaria” entre el “campesinado asalariado” y el resto de los campesinos. Se refería a los enfrentamientos que resultaban de la explotación de uno por el otro. En el marco de la Liberación Nacional, esa contradicción sería secundaria, y la posible desviación hacia ella “no es imposible (ni siquiera difícil) de contrarrestar, dada la claridad de la contradicción principal”. (Baschetti, 1995: 611)
En efecto, en las publicaciones periódicas de Montoneros se denota una constante identificación del trabajador rural con el burgués chico y medio, conceptualizado como campesino. En un extremo, por la vía de identificar como campesino a obreros rurales. Esto puede verse en una nota aparecida en El Descamisado, que reseñaba la constitución de una cooperativa rural en la provincia de La Rioja. Curiosamente señalaba que durante los 18 años de proscripción del peronismo, los campesinos sufrieron hambre y miseria, pero cuando detallaba sus demandas advertimos que coinciden con la de un trabajador: “castigados por los bajos salarios, la desocupación, la falta de viviendas y de atención médica”, todo lo cual los llevó a “el éxodo forzoso de enormes contingentes de trabajadores, que se amontonan en las villas miserias de las grandes capitales” (El Descamisado, 04/09/1973). En igual sentido, la creación de la cooperativa habría afectado a los intereses de los patrones, pues “era una amenaza para sus privilegios; ya no podrían contar con mano de obra barata para explotar, y hasta dejarían de ser los amos y señores de todo el pueblo” (El Descamisado, 04/09/1973).
Una política concreta que muestra esta contradicción fue la creación de una Federación Única de Sindicatos de Trabajadores Campesinos, orientada por la Juventud Trabajadora Peronista, que nucleó a 150 obreros que trabajaban en la producción de pimentón, en los Valles Calchaquíes de Salta. Su principal reclamo fue el pago de salarios adeudados y el otorgamiento de 70 hectáreas, para trabajarlas como cooperativas. Habida cuenta que su forma de reproducción era por la vía del asalariamiento, no se trataría de un campesinado. Finalmente, pareciera que se identificaba como campesino a todo aquel que viviera en el campo, en independencia de su forma de reproducción.
En el otro extremo, la vía por la que se confundían explotados y explotadores del agro, radicaba en la caracterización de todos ellos como víctimas de los grandes monopolios oligárquicos y comercializadores. En una nota del semanario montonero ya citado, que realizaba una crónica sobre la lucha de los capitalistas agrarios de Misiones, se señalaba que:
El rencor subsistió durante años merced a un complicado sistema de relaciones económicas, políticas étnicas y culturales estructurado por los monopolios para que ningún grupo de trabajadores -ya fueran pequeños y medianos productores gringos o trabajadores rurales nativos- pudiera adquirir fuerza. […] Los órganos oficiales, siempre dominados por testaferros de la oligarquía, implantaron sucesivamente todos los cultivos de la provincia. […] Así se ven, en una provincia de tierra riquísima, plantíos superpuestos de yerba y té sin que ninguno de los dos productos logre librar de la miseria a los productores y a sus peones. La política de desamparo a los trabajadores, la cruda explotación de las grandes empresas y la crisis de la producción nacional convencieron finalmente a muchos jóvenes campesinos de que entre ellos y los peones había una sola diferencia: los peones sabían que los explotaban; a ellos los habían convencido hasta entonces de que eran ‘propietarios’. (El Descamisado, 02/10/1973).
Como se ve, el “engaño” de aparentar ser “propietarios” no buscaba unir los reclamos de los trabajadores rurales con el semiproletariado con tierras (trabajadores que viven parcialmente del asalariamiento y de su propia producción), lo cual hubiese contribuido a soldar una fractura dentro de la misma clase. La misma cita indica que la liberación de la miseria debía ser para “los productores” y “sus peones”, afirmándose así su calidad de explotadores y, por tanto, se invitaba a los obreros a aliarse con sus antagonistas de clase.
Un último elemento significativo del programa montonero aparece en el Documento para el Congreso Nacional (1975). Refiriéndose a la importancia de la apropiación de los conocimientos generados por otros pueblos en su lucha por la liberación nacional y la construcción nacional del socialismo, el documento examinaba el ejemplo del pueblo vietnamita. Se trataría de un caso fundamental, toda vez que su triunfo sería el resultado del combate a fondo y en todos los terrenos contra el imperialismo. Sin embargo, el documento se aprestaba a distinguir qué elementos eran similares a la Argentina. En este punto, se apuntaba el enemigo principal (el imperialismo norteamericano), el carácter de país periférico y el contenido nacionalista de la lucha. Sin embargo, ello no era lo que más interesaba a los autores. Lo que realmente buscaban eran los puntos divergentes, que darían cuenta de la naturaleza económico-social de la Argentina.
El examen de las diferencias señalaba que “Vietnam era un país semicolonial y semifeudal con una población predominantemente campesina, una pequeña clase obrera y una casi inexistente burguesía nacional” (Baschetti, 1999: 349). Por el contrario,
en nuestro país las condiciones objetivas y subjetivas son radicalmente distintas. Somos un país capitalista dependiente y no feudal. Como producto del desarrollo de las fuerzas productivas, la forma de dominación que se ejerce sobre nosotros es neocolonial, es decir no en base al control político-militar directo de los extranjeros sino en base a la penetración monopólica y a la complicidad de clases propietarias nativas. (Baschetti, 1999: 349).
En ese marco, la principal diferencia sería la existencia de una clase obrera numerosa con una gran experiencia de lucha y de una “poderosa burguesía nacional” que conservaría fuerza económica y política. El peronismo sería la identidad de la clase obrera, el freno al avance del imperialismo y el Movimiento de Liberación Nacional en desarrollo. Estas afirmaciones vendrían a relativizar el peso del campesinado, en tanto clase precapitalista, en la estructura nacional argentina y, consecuentemente, atenuaban el peso de la cuestión agraria.
La intervención
Habiendo examinado el programa montonero y sus antecedentes, analizaremos el accionar político de la organización, para terminar de calibrar sus definiciones agrarias. Hemos podido identificar una serie de puntos nodales en su intervención: su balance sobre los problemas agrarios coyunturales de la etapa (concretamente, carne y azúcar), el impulso dado a las Ligas Agrarias, su inserción en el proletariado rural y, en particular, su papel en la organización de poblaciones indígenas.
El análisis de la ganadería y del azúcar
Entre noviembre y diciembre de 1973, Montoneros, a través de El Descamisado, publicó una serie de notas destinadas a examinar el negocio de las carnes, lo que nos permite contrastar algunas definiciones programáticas de la organización.
Como primer elemento, se definía a la actividad como un rubro de la economía que rendía “formidables ganancias”, pero que estaría monopolizado por un “puñado de grandes ganaderos”. (El Descamisado, 13/11/1973). Los pequeños ganaderos se verían perjudicados por su reducida escala, que los obligaría a vender el ganado flaco para que fuera luego engordado por los grandes. La estructura del negocio se completaría con el consignatario y el matarife como intermediarios, los frigoríficos del “imperialismo” y, el mayor perdedor, el pueblo compuesto por el carnicero y el ama de casa. De este modo, la ganadería se encontraría en manos de la oligarquía, y la industria de la carne en manos del imperialismo norteamericano. Todo ello venía a confirmar la dependencia, la penetración imperialista y el dominio oligárquico que examinábamos en el acápite anterior.
El segundo elemento del análisis era el aspecto de la comercialización, donde habría nuevas trampas para los pequeños productores. La oligarquía ofrecería sus existencias por fuera del mercado de hacienda, es decir en el mercado negro, a precios más elevados. Este negocio, sin embargo, estaría a punto de ser liquidado por la acción del gobierno, que avanzaría en el control estatal de la comercialización, “preparando el camino para la nacionalización de las grandes estancias de la pampa húmeda, riñón de la oligarquía ganadera argentina”. (El Descamisado, 20/11/1973). Aquí se denota la confianza en el peronismo como bastión de la lucha antioligárquica.
El tercer punto era el negocio de los frigoríficos. Para Montoneros el verdadero negocio en toda la cadena de producción de carne era el de la cría del ganado, pues era en la propiedad de la tierra y de las vacas donde estaría la mayor ganancia. El frigorífico, vendiendo en el mercado legal, tendría un negocio chico, de allí que prosperara el mercado negro, donde podía conseguir mejores ganancias. Lo interesante es que el problema de los frigoríficos aparecía planteado como un asunto “moral”, en tanto acumulaban en el mercado en negro, mientras que el de la oligarquía era un problema político, porque era la gran ganadora sin esfuerzo. De allí que habría que castigar “a los grandes dueños de la pampa húmeda, de la tierra argentina”. (El Descamisado, 20/11/1973). Frente al parasitismo oligárquico, las industrias imperialistas aparecían como un mal menor.
Una excepción a esta regla de los frigoríficos, que muestra el razonamiento montonero sobre el asunto, era el frigorífico Santa Tecla. Este compraba achuras a todos los frigoríficos durante el verano, cuando el consumo local de esas mercancías caía y crecía el consumo en el mercado mundial. Así obtendría el triple de lo invertido. Esto daría cuenta de una monopolización -“un solo frigorífico (el ‘Santa Tecla’) maneja todo el negocio de las achuras y obtiene ganancias siderales”- pero por sobre todo de un comportamiento parasitario condenable: “no arriesga nada y obtiene todo”. (El Descamisado, 27/11/1973) De este modo, el problema para la organización peronista era el parasitismo, propio de quien obtiene algo a costa de poco o nada de sacrificio, y no la explotación capitalista. En este sentido, no se impugnaba al conjunto de la burguesía.
Finalmente, un rubro particular mostraría una significativa penetración del imperialismo: la producción de pollos parrilleros. Allí las empresas “monopólicas” como Cargill, Provita o Purina “penetraron” la rama, a través del negocio de la venta de alimentos balanceados y el control de los pollos genéticamente mejorados, y desde allí comenzaron a “integrar” la producción, teniendo sus propios criaderos. El resultado fue el desplazamiento de los “pequeños y medianos productores” por las multinacionales que coparon el mercado y que, además, no cumplen los precios oficiales. (El Descamisado, 24/12/1973).
La otra rama de la producción agraria e industrial que estuvo presente en la prensa montonera fue la azucarera. En este caso, la organización constató la existencia de dos polos en la estructura agraria: el latifundio y el minifundio. A diferencia del examen de la ganadería, donde el foco estaba en el primero de los polos, en este caso el eje era el minifundio cañero.
La escasa capitalización de los pequeños y medianos cañeros les impediría pertrecharse con los adelantos tecnológicos, de manera que se verían perjudicados en la competencia. En este punto, el análisis que esbozaba Evita Montonera advertía que ello conducía a convertirlos en la capa burguesa más explotadora, en tanto ofrecían las peores condiciones de trabajo:
Los obreros que dependen de los pequeños y medianos productores sufren en general las condiciones de trabajo más duras, ya que el minifundista se encuentra habitualmente en la imposibilidad de cumplir las leyes laborales y satisfacer reivindicaciones elementales de los obreros.” (Evita Montonera, 1975).
El reconocimiento de esta realidad, contrastaba frontalmente con lo que sostenía la organización: los grandes latifundistas eran finalmente los que incorporan mayor tecnología y, por lo tanto, emprendían una producción más eficiente. Esto daría por tierra con su carácter parasitario. Por su parte, debería ser puesto en cuestión el caracter progresivo de los pequeños y medianos, en la medida que eran los que ofrecían más penuria y miseria a los trabajadores. A pesar de reconocer estos aspectos, Montoneros no rectificó sus caracterizaciones.
Aquellas lecturas sobre la situación de la industria carnica y azucarera, vienen a confirmar los planteos teórico generales que estudiamos en el acápite anterior. Montoneros privilegió la cuestión nacional por sobre la de clase, lo que dejó en un segundo plano al proletariado rural en favor de los productores chicos y medios, en una supuesta coincidencia de intereses antioligárquicos y antiimperialistas. En ambos casos además ya se prefigura la defensa de lo nacional y estatal, y del gobierno peronista.
Ligas Agrarias
Montoneros defendió a las Ligas Agrarias –forma de organización corporativa nacida en la década del ’70 que aglutinó desde trabajadores con tierras hasta productores medianos, siendo su epicentro el norte del país- como un órgano superior a las cooperativas, en tanto que no pretendían únicamente solucionar los efectos de la crisis económica sino que eran un órgano “eminentemente político” (El Descamisado, 28/08/1973). Serían la respuesta organizativa a la explotación del campesinado por parte de los intermediarios comerciales. El campesino medio, que podría sortear esta dificultad, se encontraba con los acopiadores, a los que debía superar mediante la organización cooperativa, para luego toparse en el mercado con los monopolios que fijarían artificialmente los precios. Las Ligas, entonces, eran la herramienta de estos sectores para destruir los monopolios por la vía de su expropiación.
Montoneros logró tener una presencia singular en el movimiento liguista. Allí impulsó los reclamos que enarbolaba el movimiento: créditos a baja tasa, mejora en los precios de venta y, en algunos casos, la entrega de tierras. El Movimiento Agrario Misionero (MAM) y las Ligas Agrarias Chaqueñas (LACH) fueron dos casos en los que hubo una destacada presencia montonera.
Un estudio sobre el MAM (Rodríguez, 2009) demostró la presencia de cuadros montoneros en la dirección del movimiento, y expuso de qué manera la línea política de alianza entre trabajadores y burgueses promovida por Montoneros, generó tensiones internas entre los agricultores, llegando incluso a producirse una ruptura, que dejó como saldo las Ligas Agrarias Misioneras (LAM). Si bien en muchos casos los productores rechazaban las negociaciones que se promovían con el sindicato de trabajadores rurales, en la publicación periódica liguista Amanecer Agrario se explicaba que esas negociaciones estaban “destinadas a evitar los problemas entre los obreros y colonos, fortaleciendo así a ambos gremios en su lucha contra los explotadores”, entendiendo a estos últimos como las grandes instituciones yerbateras. (Rodríguez, 2009). El militante montonero Fernandez Long llegó a ser diputado provincial, y desde allí denunció las condiciones de trabajo de los obreros rurales, a la par que exigía que se investigaran negociados de los monopolios de la comercialización contra los colonos. Estos hechos atestiguan que el programa agrario de la organización tenía un correlato real en su práctica. A su vez, las tensiones internas eran, en ese sentido, prueba de la dificultad de la alianza obrero-campesina, a la que se resistían los explotadores.
Un dato significativo en este aspecto es brindado por Rozé (2011). Al analizar el voto al Partido Auténtico ligado a Montoneros -que, llevó como candidato a vicegobernador a Pedro Peczak, dirigente de las LAM- en las elecciones de la provincia de Misiones, encuentra que el caudal de votos recibido por la organización provino de los departamentos donde primaban los productores más fuertes -Eldorado, Montecarlo, Iguazú-, y fue significativamente menor en donde abundaban los productores marginales. (Rozé, 2011: 122). En igual sentido, pueden rescatarse dos apreciaciones más del mismo autor. Por un lado, su trabajo demuestra que, en las LACH donde Montoneros tenía una gran presencia, el grueso del movimiento se nutría de la pequeña y mediana burguesía agraria algodonera, que luchaba para defender su status de productor. Por su parte, en la provincia de Corrientes, hacia 1974, las Ligas asumieron la representación del sector más pobre del campesinado, al que identifica con los aparceros tabacaleros, y en ellas se produjo la singularidad de que Montoneros estaba ausente. Esta evidencia estaría demostrando que la prédica de la organización tenía mayor receptividad en los sectores burgueses del movimiento liguista, lo cual resulta razonable en que el programa montonero contenía sus intereses. El intento de estrechar lazos con sindicatos obreros y exigir el cumplimiento de las demandas reivindicativas de estos, no sería un gran problema para los sectores más acomodados del movimiento liguista, en tanto que su capacidad de acumulación les permitía cumplir con los reclamos.
Finalmente, se puede identificar una coincidencia entre la actitud de expectativa y apoyo que las Ligas brindaron, al menos inicialmente, a las presidencias de Cámpora y Perón, y el apoyo brindado por Montoneros y su consigna de apoyar y controlar al gobierno.
Poblaciones indígenas
Montoneros intentó nuclear a las poblaciones indígenas a través de un frente conocido como Juventud Aborigen Peronista. Con ella, la organización buscó organizar en cooperativas a los matacos chaqueños, de la localidad de Sauzalito (Chaco). Al constituirse como frente específico, evidenciaba una diferencia tanto del frente sindical, que organizaba a trabajadores rurales, como de aquel que se encargaría del campesinado. Sin embargo, una lectura atenta al informe que Montoneros elaboró sobre esta población, revela su verdadero carácter proletario, pues allí se indicaba que la Federación Agraria local, reclamó que la cooperativa los dejaba sin brazos para la cosecha. Es decir, los matacos eran su fuerza de trabajo.
Dos hechos más cuenta de la preocupación, singular en la etapa, por organizar a las poblaciones indígenas. En julio de 1973, un equipo de periodistas de El Descamisado viajó a la provincia de Salta para entrar en contacto con pobladores matacos. Estos se ubicaban en unas tierras propiedad de la familia Patrón Costas, dentro de las cuales funcionaba el Ingenio El Tabacal. Allí se desempeñaban como trabajadores rurales, con una jornada laboral de entre 14 y 16 horas, sin beneficios sociales y con salarios pagados en vales y bonos. Nuevamente, quedaba revelado su carácter obrero. La economía familiar se completaba con la propia actividad pesquera de los varones y con el trabajo artesanal de las mujeres. Frente a estos, Montoneros esbozó como salida la entrega de tierras con títulos de propiedad, de manera que pudieran acceder a un medio de vida. La organización confiaba en que el gobernador peronista Ragone concedería estos títulos, afectando a los terratenientes.
Tres meses más tarde, El Descamisado realizó un trabajo similar con poblaciones que se reivindicaban mapuches en la Patagonia. En la crónica de la revista se relataban las pésimas condiciones de vida, la pérdida de sus tierras a manos de estancieros y el intento de sostenerse por medio de la organización en cooperativas. La solución planteada por Montoneros allí fue similar a la de los matacos: la mensura oficial de los campos, las expulsiones de los intrusos, el otorgamiento de una personería jurídica a la cooperativa, la cesión de títulos de propiedad de carácter inembargable y facilidades crediticias, entre otros. Como en oportunidades anteriores, si bien se intentaba definirlos como campesinos no explotadores, la propia descripción de la situación mostraba que eran obreros: “La única solución que ha encontrado los mapuches para arrimar unos pesos a la casa, es la misma que la de sus hermanos indígenas de todo el país: abandonar tierra y familia cada tanto o permanentemente engancharse como peón en las estancias” (El Descamisado, 23/10/1973).
Proletariado rural
A pesar de tener un punto de apoyo rural fuerte entre las Ligas, no debe despreciarse la presencia de Montoneros entre el proletariado rural. Los ingenios azucareros ocuparon un rol destacado en la intervención sindical de la JTP. En 1973, el frente gremial montonero comenzó a desarrollar un trabajo entre los obreros del Ingenio La Florida, en Tucumán. Hacia fines de ese año una asamblea en el lugar decidió la expulsión de quienes detentaban la conducción del sindicato de fábrica y nombró una provisoria. Celebrados un tiempo después los comicios, se impuso allí la lista de la JTP. A la par de este triunfo se produjo un proceso similar en el Ingenio La Fronterita, de la misma provincia. Allí los trabajadores siguieron los mismos pasos que La Florida: una asamblea desplazó a la conducción vigente, estableció una provisoria y convocó a elecciones.
Estos avances entre los trabajadores de ingenios tucumanos, llevaron a la JTP regional Tucumán a celebrar en junio de 1974 el “Primer Encuentro de Trabajadores Azucareros” que, en la versión oficial de la propia organización, habría aglutinado unos 300 obreros. Esta instancia de deliberación concluyó con la constitución de la Agrupación Provincial de Trabajadores del Azúcar “General Perón”.
El accionar montonero entre los trabajadores azucareros no se limitó exclusivamente a la intervención de tipo gremial, contempló la práctica armada. Una de las formas de ese accionar fue la destrucción de maquinaria agrícola, como mecanismo para apoyar la lucha de los trabajadores contra los despidos. En septiembre de 1974 los Pelotones Milicianos de Montoneros atacaron una fábrica de cosechadoras integrales, y posteriormente destruyeron siete cosechadoras en Tucumán, cuatro en Salta y Jujuy e incendiaron otras tres. Asimismo, el 7 de agosto de ese año, un comando de la organización interceptó el auto en el que se trasladaba a José María Paz Nougués, titular del Ingenio Concepción. En medio de la operación, Paz resultó herido y falleció 20 días más tarde. También fueron detonadas ocho bombas en diferentes compañías azucareras y casas de directivos, y fue ametrallado y detonado el auto del dirigente sindical Santillán, del sindicato de trabajadores azucareros.
Conclusiones
Montoneros adscribió a un programa de liberación nacional que fijaba la contradicción principal en la dicotomía Nación-Imperio, desplazando a un lugar secundario las contradicciones de clase. Su estrategia apuntaba a propugnar la constitución de una alianza capaz de llevar adelante las tareas de liberación nacional. El planteo era consecuente con sus postulados: si la tarea central era liquidar la opresión extranjera, entonces la burguesía nacional era una aliada del proletariado. Allí se encontraba la clave de su posicionamiento frente a la cuestión agraria.
La máxima organización del peronismo de izquierda reprodujo el clásico discurso peronista antioligárquico. En este punto, no innovó y recuperó como antecedentes programas del llamado peronismo combativo, que ya habían asumido la reforma agraria. El campesino aparecía como principal beneficiario, si bien se reconocía la necesidad de organizar al proletariado rural. En este punto, a pesar de las contradicciones presentes en la definición de campesino, su verdadero contenido de clase no era determinante, pues se defendía una alianza con la burguesía agraria. Su programa apostaba a la conciliación de clase y, por tanto, la confraternización entre productor y peón no necesitaba enmascararse.
Por ello mismo, no sorprende que Montoneros fuera una de las organizaciones que mayor alcance tuvo en el movimiento liguista. El programa de los productores agrarios en crisis tendía a fijar como principal enemigo a las empresas comercializadoras y a los grandes terratenientes. Oligarquía terrateniente y monopolios, los mismos enemigos a los que buscaba enfrentarse Montoneros. Lo que singularizaba a la organización comandada por Firmenich, y quizá a ello se deba su éxito, era que tenía un canal de vinculación con el Estado, al que se le exigía precio sostén y que luego pondría en marcha un “Pacto Agrario” para canalizar los reclamos agrarios de, entre otros actores, las Ligas.
Existían una serie de coincidencias entre los reclamos vehiculizados por las Ligas y el programa agrario de Montoneros, que, a su vez, coinciden al menos parcialmente, con las propuestas del peronismo. Por ello mismo, las Ligas menguan su actividad en 1973, cuando gobierna el peronismo, y Montoneros abandona su enfrentamiento con el Estado, al menos momentáneamente. En efecto, Montoneros parecía expresar parcialmente los intereses de la burguesía agraria de menor tamaño, aquella que por su ineficiencia se encontraba en lucha contra la crisis y la proletarización.
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Notas