Artículo

LIDERAZGOS EN AMÉRICA LATINA. TRAVESÍAS DEL ORDEN

Esteban De Gori
Facultad de Ciencias Sociales, UBA, Argentina

LIDERAZGOS EN AMÉRICA LATINA. TRAVESÍAS DEL ORDEN

e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, vol. 22, núm. 86, 2024

Universidad de Buenos Aires

Recepción: 10 Marzo 2023

Aprobación: 20 Junio 2023

Resumen: Este artículo repiensa, a partir de una mirada panorámica y sociológica, la construcción de los liderazgos en América Latina. Para ello, propone una trayectoria que presenta los legados históricos, narrativos, intelectuales e imaginarios sobre los cuales se pensó el liderazgo y los corpus teóricos, principalmente sociológicos, que los analizaron y abordaron su conceptualización. En ese encuentro entre historia y teoría, reflexionamos, por un lado, la tensión entre atributos de la personalidad y la perspectiva relacional que atravesó el debate sobre el liderazgo y por otro, las modulaciones históricas que asumen los liderazgos en el siglo XIX, XX y XXI. Teniendo en cuenta la estructuración del liderazgo en América Latina. A partir de los aportes del constructivismo estructuralista, de otras teorías sociológicas y de las contribuciones de la historia política planteamos una mirada que aporta al debate sobre los liderazgos.

Palabras clave: Liderazgos, América Latina, historia, teoría, política.

Resumo: Este artigo repensa, desde uma perspectiva panorâmica e sociológica, a construção da liderança na América Latina. Para isso, propõe uma trajetória que apresenta os legados históricos, narrativos, intelectuais e imaginários sobre os quais a liderança foi pensada e o corpus teórico, principalmente sociológico, que os analisou e abordou sua conceituação. Neste encontro entre história e teoria, refletimos, por um lado, a tensão entre os atributos da personalidade e a perspectiva relacional que atravessou o debate sobre liderança e, por outro, as modulações históricas assumidas pela liderança nos séculos XIX, XX e XX. séculos XXI. Levando em conta a estruturação de lideranças na América Latina. Com base nas contribuições do construtivismo estruturalista, de outras teorias sociológicas e das contribuições da história política, propomos uma visão que contribui para o debate sobre liderança.

Palavras-chave: Liderança, América Latina, história, teoria, polític.

Introducción

El orden político posee una historia. No solo la de su constitución como tal (actores, articulación de intereses, discursos legitimadores, símbolos, etc.) sino aquella que puede observarse a través de la estructuración del ejercicio del poder. El orden, tomando la consideración de Weber (2014), no solo es regularidad, sino es el ejercicio del poder que la garantiza. Es decir, la regularidad de quienes mandan y obedecen y aquella singularidad que le otorga la dimensión decisional del ejercicio del poder. Las singularidades sociológicas y biográficas de quien manda. En análisis del mando y en la figura del jefe se cruzan la sociología histórica y los aspectos biográficos que si bien se explican por la historia existe un plus de su particularidad que lo transforma en singular. Lo social y lo biográfico se recrean y se construyen mutuamente. Existen dos grandes universos teóricos sobre el liderazgo[1]: aquellos que colocan la mirada en la personalidad del que manda y otro universo que observa la relación social (y colectiva) entre quien manda y sus dirigidos y dirigidas. Por tanto, nos interrogamos por un lado, acerca del concepto de liderazgo y cual es su configuración en América Latina teniendo en cuenta su estructuración histórica. Nuestra hipótesis de trabajo plantea que para comprender el liderazgo deben articularse una mirada biográfica y una mirada sobre el ejercicio de mando y lo que este suscita en el ejercicio del poder. Es decir, tener en cuenta algo más, esa particularidad que la realidad social habilita a quien lidera (gestos, formas de hablar, temperamentos, formas de organizar prácticas sociales). Ese plus significacional que hace particular el liderazgo sin considerarlo fuera de la historia, pero tampoco íntegramente sometido a esta (a su contexto), sino como parte de un menú de posibilidades que la estructuración de lo social y lo político proponen. Un menú que en su lucha por posicionarse y por obtener el poder se recrea, se resignifica, y asume valencias, inclusive, inesperadas. Y por otro lado, sostenemos que existe una “marca” iniciática, por asumir cierto punto cero del liderazgo, que es su estructuración durante el periodo monárquico, sus crisis y las confrontaciones independentistas.

Si bien la historia, sus legados y sus pesos culturales habilitan y le otorgan sentidos a las acciones que permiten mandar y construir un orden, la acción misma y su contingencia plantea una relación singular entre los límites y posibilidades. Es decir, un liderazgo está atravesado por legados, culturas políticas, sentidos históricos, por narrativas pero también por la singularidad del campo de fuerzas en el que se mueve y en el cual puede elegir entre un menú de posibilidades para ejercer y significar el mando. No estamos condenados a buscar el poder del liderazgo solo en las memorias históricas del liderazgo mismo sino en la novedad que ese liderazgo nos propone ante las memorias históricas y legados que gestiona y administra con su acción. El liderazgo está investido por el poder que cuenta quién lo ejerce y por su capacidad para gestionar los materiales de la historia política. Una historia que lo atraviesa pero que también funciona como materiales a ser utilizados (consciente o automáticamente).

La historia del orden en América Latina está atravesada, desde la fundación de las opciones republicanas con la crisis que se abre en 1808 en España, por liderazgos fuertes. Bajo los nombres de caudillo, jefe, Director Supremo, Dictador se han presentado y relacionado con los liderazgos ejecutivos. Pero el concepto formal del cargo o una cierta caracterización del ejercicio del mando no se vincula directamente con la figura de líder o lideresa. Esta figura se inscribe en una posición relacional y colectiva con capacidades de movilizar recursos para cambiar acontecimientos o mantener el poder. Una figura que se apropia y se vincula, utilizando un concepto de Bourdieu[2], con otros campos (culturales, económicos, etc.) que le permite recrear su posición. El vínculo líder o lideresa y seguidores y seguidoras es lo que organiza la dimensión analítica, como también lo que estos y estas hacen con los materiales de la historia y de su propia biografía. Por tanto, los liderazgos no son anomalías anti republicanas o antidemocráticas, ni posiciones que desdeñan las leyes, ni desviaciones o algún signo de “atraso” sino que serán parte de las vidas republicanas y democráticas de varios países desde fines del siglo XIX hasta nuestra actualidad. Las comunidades políticas, sociedades o pueblos invistieron liderazgos para crear órdenes, autoridades y poderes.

Max Weber hablaba de las “personalidades políticas con cualidades de liderazgo” (1991: 295). Aquí hay una pista interesante, no se trata de personalidad, sino de “personalidad política” y esto nos habla de un actor con capacidad de gestionar los materiales culturales en su lucha por lograr o mantener el poder, y de su indagar o procurar la adhesión de otros y otras. Si bien la idea de la sobrenatural o dicha gracia o carisma no es suficiente -sociológicamente hablando- para la comprensión del liderazgo investido por una comunidad hay algo de éste que se articula con tradiciones o legados donde lo sobrenatural o el “exceso” de poder circulan entre los seguidores y seguidoras o bien, aparecen como explicaciones de ciertos analistas.

Dios, Rey y oráculo: legados y tradiciones históricas

Los liderazgos están investidos por el poder que sus seguidores y seguidoras les otorgan y, además, por las imágenes, culturas del mando y memorias que se organizan en la memoria política. En América Latina la condición de haber integrado la monarquía hispánica, una monarquía católica como indicó Portillo Valdés (2006), supuso la construcción del orden político y de las jefaturas de una manera singular y por cientos de años, vinculadas al mundo religioso.

Es importante destacar que la construcción del orden en América y en la misma España estuvo signada por la conversación que se suscita sobre el poder y sobre el liderazgo el propio Maquiavelo (1993) en El Príncipe (1531). El antimaquiavelismo, el cual surge unas décadas después de la aparición del libro del florentino, organizó una mirada del liderazgo, del mando y del ejercicio del poder. La idea de Saavedra Fajardo (1988), quien se inscribía en el antimaquiavelismo español, propone un Príncipe Cristiano (1640) y así vinculó las figuras del ejercicio del poder y sobre al jefe a disposiciones éticas católicas. No solo el Rey era ungido por Dios, sino que para realizar la profecía cristiana, de la que hablaba Koselleck (1993), debía gobernar desde determinada ética. No solo había que llevar a los súbditos al paraíso, sino había que hacerlo de una manera católica. Religión, conducción y mando empezaron a quedar asociadas a través de diversas dimensiones.

La religión católica constituye a Dios en una primera referencia de creador de mundos y de legitimidades. Con su llegada a América se resignificó a través de las diversas simbolizaciones que conquistadores y comunidades indígenas fueron produciendo. Dios no solo proponía una ética, sino que era la fuente del poder del Rey y de su administración territorial. Más allá de que legitimaba el poder regio, se constituía en un gran arquetipo para el poder: creación, gracia y verbo.

Dios quedó vinculado al poder en toda la imaginería y pinturas coloniales. En el óleo de José Lopez de los Rios Gloria y Juicio Final (1684) podemos observar el lugar central que Dios ocupa en el mundo cultural y político en Hispanoamérica. La construcción jerárquica del mundo divino y su contracara con el infierno se vinculaba con las formas asimétricas que la monarquía hispana había establecido en el universo social. Dios aparecía como principio de todo y como jefe de todos los “actores”. Presentaba una imagen potente: el uno y el unanimismo. Se convertía en la imagen dadora y habilitadora del dominio político y de su horizonte. Los reyes contaban con esa gracia. Pero la colonización supuso otras asociaciones. Los grabados del limeño Alonso Cueva (1728) “ensambla a los reyes españoles con los indígenas”. Buscaba así convencer a éstos últimos “de la secuencia entre monarquía inca y la monarquía española, y enfatizando los beneficios que los reyes de España habían hecho en favor de los indígenas” (Gisbert, 2018: 196). Lo mismo hace en su grabado Palomino (1748) donde puede observarse la misma asociación. Aparece en este Fernando VI. Lo interesante de estas secuencias es que en La Paz se realiza una copia del grabado de Palomino en un lienzo y se cambia a un rey por otro. Se coloca a Carlos III. Según Gisbert (2018: 199) después de la independencia se sustituye a Carlos III y se coloca en el centro de la escena a Simón Bolívar y a otros reyes españoles que estaban en ese lienzo se los sustituye por otros próceres de la independencia. Comienza a producirse un desplazamiento entre Reyes y figuras republicanas. De lo uno a lo uno.

Así el unanimismo se convierte en una lógica del ejercicio y experimentación del mando y lo religioso aparece en un detrás de escena pero invistiendo a la imagen de lo uno con una gran potencia cultural y simbólica. Para observar estos deslizamientos también podemos detectarlo en la escritura. En este sentido, se puede observar la reescritura del Catecismo de San Alberto (1748) adaptado en 1863 por el gobierno paraguayo para las escuelas bajo el nombre de Instrucciones sobre las obligaciones más principales de un verdadero ciudadano. “La reimpresión del Catecismo de San Alberto es uno de los preciosos dones, que el gobierno actual ofrece a la República”[3] Es interesante un aspecto: en las advertencias se deja constancia que “los maestros tendrán el cuidado de explicar a los niños que bajo el nombre del Rey se comprende todo magistrado supremo…”[4] En las Instrucciones se lee:

“P. De quién tiene la potestad el que es Rey por sucesión hereditaria?

R. De Dios.

P. Y el que llega a Magistrado Supremo por elección?

R. De Dios también.”[5]

Dios, Rey, Magistrado Supremo son parte de deslizamientos simbólicos y culturales que permiten la construcción de la unanimidad, de lo uno y de lo sacro. Como así de sus potencias y características. La gran jefatura está rodeada de una gracia, casi de un poder taumatúrgico. Como los viejos reyes. La virgen Maria también se vinculó, bajo el manto de Jesús y Dios, con el mundo andino y, específicamente, con la Pachamama. Existen lienzos, dibujos y esculturas que proponen esta referencia que se extienden desde 1583 hasta 1770 (Gisbert, 2018: 45-55). La Virgen como mediadora y primera seguidora de Dios. Así el mando se va enriqueciendo con diversas figuras y posiciones en dicho mando: la mediación.

La figura de Dios, por otro lado, integraba otra dimensión importante para el dominio político. Ésta surgía del vacío. De éste se abría la posibilidad de una figura de orden. Única. Unánime. Indivisible. De los horrores del vacío quedaba la posibilidad de una salida hacia el orden. Del trance del vacío surgió Dios y su significación política. Éste ordenaba el caos y condensaba en él todas las potencias. Así se constituía en una figura posible para ejercer el mando sobre todas las cosas. Los dibujos de José López de los Ríos en la Iglesia de Carabuco (Bolivia) y de Tadeo Escalante en la Iglesia de Huaro (Perú) entre otros, no sólo proponían una figuración de Dios, sino que dicha figuración asumió rasgos y condiciones humanas. Dios “bajaba” a la condición humana y dicha condición se vinculaba con lo sacro. La política hispana no hace de Dios un sujeto extraño a los hechos políticos, sino que lo instituye como un actor providencial. En 1702, un texto catalán indicaba que Felipe V “vino de la mano de Dios por tan singulares caminos”. En otro documento (1707) se advertía que los triunfos de Carlos III eran logrados por la “mano invisible” de lo divino. En este sentido, se planteaba que “Dios exalta Reyes; Señor de todo, reparte dominios, destina monarcas…” En el discurso del cardenal Belluga (1706) podemos leer: “Obedezcamos a Dios como nuestro Gobernante, Juez y Señor y tengamos el mismo temor, obediencia….pues nos ha dado Dios un rey…”[6]

Esa institución monárquica que vinculaba Dios, Rey y lo Uno proponía una singular imagen del liderazgo el cual se organizará y articulará en las memorias y miradas sobre el mismo mientras transcurre el tiempo[7].

La figura de Dios quedaba vinculada a dos actores según la perspectiva teórica que se asumió. Por un lado, se hacía presente en la consideración monárquica y absolutista del poder donde Dios y Rey estaban íntimamente vinculados. Dios se hace presente en la instauración del Rey y en su voluntad. Por otro lado, desde la teoría de la Escuela de Salamanca (siglo XVI) Dios se hace presente en la voluntad y derechos del pueblo. Ante las dos perspectivas, Dios y su jefatura, quedaban vinculadas al Rey y al Pueblo. Dos grandes figuras de la teoría política.

Baltasar Gracián (1601-1658) y Saavedra Fajardo (1584-1648) avanzan mucho más en esta asociación entre lo sacro y el que manda. El primero le otorgó un poder oracular y el segundo, condiciones supra humanas a la figura regia. El que manda iba dotándolos, a partir de este vínculo con lo sacro, de condiciones de saber profundo y una gracia sobrehumana que luego serían parte de una mirada y una explicación sobre los grandes líderes. Pero paradójicamente, otras miradas, como las maquiavélicas, fueron enriqueciendo el “corpus” del que manda. Maquiavelo y Guicciardini, enemigos de la idea de vincular mando y ética, se apropiaron, durante el siglo XVI, de la figura del Gran Capitán. Gonzalo Fernández de Córdoba, quien combatió en nombre del Rey de España en Nápoles, se terminó convirtiendo en enemigo de la estrategia de la monarquía. Esta figura hispano-italiana, recuperada por Guicciardini y Maquiavelo, no sólo manifestaba una manera de ejercer el poder y el honor, sino como la virtud y la fortuna rodeaban a dicha persona. Guicciardini indicaba: “una nación y sus ejércitos tiemblan ante vuestro nombre”[8]. La ética católica estaba desengancha del ejercicio del poder. En el caso de Maquiavelo, ya planteaba una singular perspectiva relacional para conocer las jefaturas: “para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que ser príncipe y para conocer bien la de los príncipes hay que ser pueblo” (Maquiavelo, 1993:4). A su vez, siguiendo esta perspectiva, propone el siguiente ejemplo: “era, pues, necesario que Moisés encontrara en Egipto al pueblo de Israel, esclavo y oprimido por los egipcios, para que ése dispusiera a seguirle” (Maquiavelo, 1993: 23). La memoria o el recuerdo sobre otros príncipes son incorporados por el florentino para pensar al nuevo príncipe como David Hume (2005: 47-51) introduce el hábito y la invención para pensar la obediencia política.

El Rey español siempre construyó narrativas y se apropió de recursos que lo “nutriesen” en legitimidad. La precariedad intrínseca y la necesidad de nuevas legitimaciones permitió vincular a su máxima figura con el Sol, como con ciertos animales, como en el caso de España con el león. El Rey español fue asociado al Sol para observar desde arriba los sucesos y sólo intervenía en los litigios cuando era convocado por los actores en pugna. Administra el conflicto por “encima” de las facciones, se vuelve mediador. Es interesante cómo a través de las disputas teóricas y por el poder se va “enriqueciendo” y modulando una idea de un gran jefe y sus condiciones de liderazgo.

En América, el Soberano y la monarquía impidieron que aparecieran grandes capitanes e instituciones representativas como las Cortes. De esta manera lo indivisible y lo uno queda más vinculado a la soberanía y al poder de quien se encuentra en el vórtice del poder. El Rey debió concentrar en sí mismo todos los recursos y acciones de mando y mantenerse atento ante posibles competidores.

Ahora bien, esta larguísima construcción de la figura del Rey como hombre fuerte, como jefe de reinos, se desplegará en el Siglo XVIII con una profundización inédita de su imagen hasta inicios del siglo XIX[9]. Ante la crisis de 1808 y el cautiverio de Fernando VII, el desafío de una mirada pactista que organiza la opción republicana no da por tierra el corpus simbólico de las dimensiones de una jefatura, solo pone el poder de elección en el pueblo y comunidad. La idea de la Jefatura no se pierde en el cautiverio del Rey. El pacto o el contrato recuperan a dicha figura desde otro lugar (uno no absolutista).

Este proceso que abre la opción republicana agrega algo importante en términos sociológicos: la representación. Quien sea elegido debe tener una personalidad política capaz de interpretar y captar el deseo del otro u otra y, con ello, ya que no es una cuestión mecánica, lograr la adhesión de su comunidad o pueblo. Así el liderazgo, sobre todo en tiempos de reivindicación de la representación y elecciones, se va conformando de materiales teóricos, de diversos registros históricos y de memorias de eficiencia del poder. Eficiencia entendida como construcción y estabilización de orden.

Las crisis y las guerras de independencias y civiles traerán la reivindicación de lo uno y la reivindicación de esas dimensiones construidas socialmente del liderazgo. Reivindicaciones que no vendrían tan rápido ni todas juntas, pero que estarían disponibles como memorias y discursos. Las opciones juntistas que intentaron sustituir al Rey prontamente se vieron comprometidas con las tensiones territoriales y ante esa tensión, una estrategia fue buscar, especialmente desde poderes que se pretendían centrales, figuras que puedan resumir en su persona el poder. Las múltiples representaciones, en la consideración de varios actores políticos, fragilizan el nuevo poder político y provocan desorden, “caos” o “anarquía”. Entonces, ante la imposibilidad de las élites revolucionarias de estabilizar y constitucionalizar el poder, a través de convocatorias a congresos y asambleas, debieron indagar sobre distintas formas para mantener el poder político. Ante eso, la historia se hace presente con sus memorias.

La cultura política borbónica que consideraba y reivindicaba un poder centralizado y unicorporal fue considerada por algunos partidarios de la república como una forma adecuada para organizar los territorios y contener la fragmentación. Entonces, los autogobiernos que fundamentaron su autoridad política en el pactismo y en la apelación a la soberanía popular y que, además, esgrimía una política orientada hacia el bien común para ampliar su base de poder, se apropian o resignifican las formas de organizar el poder de la cultura borbónica para responder a la licuación de la autoridad política. Opción republicana, cultura política borbónica y formas del liderazgo mantenían vasos comunicantes: memorias operativas de provocar poder y orden.

Lo interesante es que esas jefaturas fuertes locales o supralocales construirían institucionalidad y normas a las cuales estarían sujetos los mismos liderazgos. Si bien estaban en el vórtice del poder ya no era un Rey, pero algo de esas culturas monárquicas de lo uno se mantuvo. Gobiernos de hombres y gobiernos de leyes se articularon de manera conflictiva o en tensión en la construcción de los órdenes. Esto provocó relatos imaginarios sobre las capacidades de estos liderazgos a la hora de hacer, reformular o cambiar las leyes. Inclusive leyes que ellos habían promovido en cierta coyuntura. La representación que proveía la tradición pactista y la adhesión a figuras que no poseían condiciones innatas sino propias de la administración de los campos culturales que integran narraciones del mando y de su capacidad de conducción. Luego ciertas literaturas dotarán de características personales superlativas que les permitía conducir personas. Leyendas acerca de condiciones supra humanas, personalidades dirigidos por la diosa Fortuna y virtudes propias plantearon la posibilidad de provocar poder político y orden. En la Gaceta de Colombia (junio 1823) encontramos una advertencia interesantemente cartesiana: “Existe Bolívar, luego existe la República”.

La cultura política hispanoamericana y, luego americana, artículo dimensiones culturales que serían parte de explicaciones y comprensiones teóricas sobre el liderazgo: al carisma (luego planteado por Max Weber), a capacidades oraculares (indicadas por Baltasar Gracián), aspectos suprahumanos (sostenido, entre otros, por Saavedra Fajardo), el hábito como condición de obediencia (teorización, entre otros, de David Hume). Estas dimensiones aparecen no solo a la hora de explicar el liderazgo sino también su éxito. Además habría que añadir dimensiones operativas del liderazgo que la propia teoría o el arte propiciaron, la idea de la mediación, el colocarse por encima de las facciones, la idea solar del poder y las astucias del león. Una plurisignificación del liderazgo atravesó las miradas, las adhesiones y las teorías. Y sirvieron de “material” narrativo para posteriores teorizaciones.

La sociología, a partir del planteo weberiano[10], al suscribir al aspecto relacional del liderazgo comenzaba a indagar sobre los intereses. Es decir, en esa adhesión al líder o lideresa circulaban garantías de intereses y posibles conducciones ante ciertas coyunturas. Con la idea de intereses, representación y de relación social podrían indagarse las claves de la adhesión. Pero, ¿ello sería suficiente? Si bien consideramos la perspectiva relacional, tanto para posiciones comprensivistas o constructivistas, existen otras dimensiones que colaboran a reforzar esa adhesión, como la identificación biográfica, lo que representa simbólicamente frente a los diversos actores, la emotividad que suscita y el lugar que ocupa ante el ataque o disputa que despliegan actores contrarios.

La historia narrativa, imaginaria, explicativa o comprensiva de liderazgo construida desde épocas borbónicas y pasando por el largo siglo XIX, “entran” resignificadas en el siglo XX y en la comprensión sociológica de los grandes liderazgos latinoamericanos. A partir de esto, la presencia de líderes y lideresas en la historia de América Latina aparecen como claves interpretativas para comprender la conformación, estabilidad o inestabilidad del orden político en los últimos siglos. Lo importante, tal vez algo obvio pero que debe ser destacado, los liderazgos poscrisis monárquica y poscrisis de guerras independentistas o civiles del Siglo XIX son sometidos a elecciones ciudadanas de diverso tipo y duran un tiempo. Cuestión relevante y sociológica, a destacar, todo liderazgo tiene un tiempo interno. Y como el cuento de la cenicienta el hechizo sociológico de la representación y de la adhesión se desvanece y se desgasta.

Entonces, los legados históricos, narrativos, teóricos e imaginarios jugaron un papel central en la mirada social y comprensión de los liderazgos. Después de observar el siglo XIX sería insuficiente afirmar que en el pasado militar la “raíz” se explica los liderazgos, o que son producto del mundo castrense o de una insuficiencia republicana.

Como veremos con el próximo apartado confundir el liderazgo con características innatas de una persona o con el personalismo supone poner en duda los aspectos relacionales, representativos e interesados. Proponemos pensar una idea de personalidad política mucho más compleja que podemos asociar con la idea de agencia propuesta por Pierre Bourdieu (2007).

Aproximaciones teóricas

Es interesante, antes de presentar diversas perspectivas sobre el liderazgo, dar cuenta de algunas preguntas que pueden suscitarse del apartado anterior. ¿Los líderes o lideresas surgen en momentos de crisis de vacío de poder, en momentos de desestructuración social?

Si seguimos los legados o las figuras en la que aparecen los liderazgos una de sus posibles apariciones están vinculadas con momentos críticos, pero la crisis o desestructuración social no son condiciones sine qua non para su surgimiento. Si sostenemos una posición relacional hay que buscar en la sociedad, sus grupos sociales o en las transformaciones de la individualidad dichas respuestas. El tiempo histórico de la acción reside allí. Su aparición tiene que ver con búsquedas sociales, expectativas, legados históricos que orientan o provocan la acción de adhesión. En esa coyuntura esa figura seleccionada puede administrar distintos campos sociales y culturales que modelan su biografía y personalidad política.

A fines del siglo XIX los grandes hombres eran imaginados por el teórico Thomas Carlyle[11] (1795-1881) que identificaba las capacidades de líder con el poder de mover la historia.

En los años 30 y 40 del siglo XX el estudio de los liderazgos, y posiblemente alentado por el surgimientos de liderazgos fuertes en Europa y América se desarrolla una teoría del mismo vinculada a las características personales. Autores como Mc Iver y Page (1977), Stogdill (1948) son parte de esta constelación analítica. Colocaban en la personalidad las capacidades de persuasión, inclusive de manipulación. Gerth y W. Mills (1972) plantean una definición de tres liderazgos donde colocan el centro de análisis en sus disposiciones, atributos y características personales. En su trabajo sobre liderazgo político Marcelo D´Alessandro, para esta constelación, recupera las figuras de Merriam (1976) y Laswell (1963) quienes iniciaron sendos estudios sobre los liderazgos y los abordajes de su personalidad.

Es sugerente, esta constelación analítica y teórica vuelve sobre las características personales, sus capacidades de persuasión, manipulación, etc. Posiblemente una historia de los grandes hombres conectó narraciones que miraban en el “corazón de la personalidad”: tanto del mundo monárquico como del mundo republicano.

Weber va a romper una mirada conductista del líder y va a colocar el liderazgo en clave relacional. Liderazgo y dominación se asocian en una relación social entre dos o más personas. Si retomamos su definición de la autoridad carismática, insistiendo en el aspecto relacional, coloca su mirada en el magnetismo, en la adhesión emocional que provoca la personalidad política del líder, pero ese carisma es circular. Aquí la relación entre líder y seguidores es importante ya que la personalidad magnética no puede sustituir el vínculo social que permite la construcción del líder. El propio Marx desde su mirada clasista no deja de suponer el aspecto relacional en la construcción del poder y del capitalismo. En su libro, escrito en 1850, La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 (2003) podemos observar dicha indagación, sobre todo en la relación de ciertas clases sociales con Napoleón III.

Una perspectiva relacional e histórica nos indica varias cuestiones: primero, el liderazgo implica un vínculo interactivo y supone pensar en un colectivo; segundo, en la mayoría de las memorias históricas, el liderazgo se refiere a un cuerpo o a una persona. El liderazgo es unicorporal, esto se observa por la implicancia y estructuración de los legados históricos y por lo que los seguidores y seguidoras en esperan en diversas épocas; tercero, a veces se puede ser líder o lideresa y otras no. Esta posibilidad se encuentra vinculada a la relación histórica o coyuntural con sus seguidores y seguidoras; cuarto, la perspectiva relacional incorpora la dimensión del conflicto y de la disensión a la hora de explicar las dinámicas líderes o lideresa/seguidores y seguidoras. Desde Maquiavelo y David Hume a teóricos del liderazgo como Burns (1978) o Gadner (1993) dan cuenta de la dimensión conflictiva de la política y de la dominación política. La conducción y el mandar suponen conflicto y negociación. Por último, los liderazgos están vinculados al poder, a sus intereses y sus trayectorias. Es decir, sus seguidoras y seguidores delegan poder en su persona y adhieren, a veces en tensión otras en acuerdo, a sus mandos.

La perspectiva que reivindica los atributos de personalidad del líder, también es criticada por el funcionalismo. Tannembaum (1976) suponía que el liderazgo era una función social y no una característica personal. Por otra parte, una serie de teóricos como Burns (1978) y Tucker (1981) considerando esta discusión intentan integrar las teorías de la personalidad con la dimensión relacional e histórica. Para decirlo de una manera esquemática, el líder en su sociedad. Es decir, el líder o la lideresa dejan de ser explicados ya no son solo por su personalidad y atributos sino se animan a considerar la sociedad o los grupos que los invisten como tales.

El aspecto relacional permite incorporar la dimensión histórica, como los legados, las narraciones, las imágenes y las culturas políticas que atraviesan a esa sociedad o grupos que los instituyen. Como indicamos en el anterior apartado, ciertas narraciones o discursos sobre los liderazgos elaborados por los actores políticos sirvieron para explicar científicamente los liderazgos. La mirada en la personalidad no proviene del campo científico solamente sino también de largas tradiciones narrativas del poder. Siguiendo la perspectiva constructivista de Berger y Luckman (1997) podemos advertir que el liderazgo no solo fue construido por sus seguidores y seguidoras, sino también fue construido narrativamente por quienes lo estudiaron o por quienes lo intentaron explicar.

Posiblemente Weber con más potencia analítica coloca el liderazgo y el mando en un vínculo social, histórico y relacional que le permite construir los tipos ideales de autoridad y descentra el lugar “solitario y personalísimo” del que manda o lidera. Maquiavelo, Hume y Marx habían dado algunas pistas en ese sentido.

La perspectiva planteada por Bourdieu, en su propuesta integradora de posiciones estructuralistas, constructivistas y subjetivistas permite abordar la construcción del liderazgo desde una perspectiva relacional y colectiva y a su vez, nos indica sobre las posibilidades de “juego” que tiene ese líder o lideresa de combinar lo que le ofrece las diversas estructuras simbólicas y los distintos campos en los que se mueve y produce política. Más allá de las teorizaciones que nos ofrecen tipos y subtipos de liderazgo, desde Gerth y W Mills (1972), Seligman (1976), Burns (1978), Barber (1985), la sociología presenta algunas claves para comprender en la relación histórica que configura el vínculo entre líderes y seguidores, así como las culturas decisionistas y los pesos partidarios en cada realidad nacional o local. A su vez, nos indica acerca de las dimensiones significativas sobre el liderazgo: el proceso de establecimiento de la representación, la creencia y las expectativas que los seguidores y seguidoras depositan sobre los liderazgos.

Los seguidores y seguidoras esperan de su líder o lideresa la realización de expectativas y esperanzas sociales, esto hace del liderazgo también una “carga” para quien lo ejerce, es decir, está interpelado por el vínculo que se construyó y está en permanente recreación. En torno a los liderazgos hay que preguntarse cuánto tiempo “lo esperan” los seguidores y seguidoras para que realicen sus deseos o creencias. En última instancia, el liderazgo carga con el vínculo que construyó, con sus límites y posibilidades. No solo ejerce poder, ni moviliza recursos, sino que también está atrapado, tomando palabras de Hume, por la opinión pública o por los deseos sociales. Inclusive está atrapado por los imaginarios sociales e históricos sobre el liderazgo.

En síntesis, consideramos que el análisis del liderazgo puede enriquecerse con la integración de ambas perspectivas, una colectiva e interactiva sobre el liderazgo y la otra que insiste en los atributos personales, pero siempre estableciendo u observando esas características personales o temperamentales en la práctica colectiva y en su capacidad de estructuración de lo político y de habilitar la distinción o singularidad de lo individual.

Una perspectiva panorámica

Los siglos XX y XXI latinoamericanos están habitados por importantes líderes y lideresas nacionales. Todas las teorías sobre los mismos, las culturas políticas y los legados históricos han funcionado para explicar y comprenderlos. Éstos y éstas también se han recreado y posicionado en torno a dichas culturas y legados. El fenómeno es impactante, sinuoso y en muchos casos se vuelve enigmático o bien de explicación sencilla (el liderazgo se explica por la demagogia y manipulación). En los últimos tiempos los liderazgos fueron asociados mecánicamente al populismo, una lógica de construcción política que es más novedosa en comparación con la larga marcha del concepto de líder o lideresa.

En la actualidad el populismo, reconsiderado por neopopulismo por Weyland (1996) o nuevo populismo por De la Torre y Peruzzotti (2008) supone la presencia y articulación de un líder fuerte. La construcción de los liderazgos construidos en dinámicas populistas asumen algunas características interesantes frente a sus adherentes: se proponen sin mediación frente a sus representados y representadas. Como explica Touraine (1988), el líder funda su autoridad en la interpretación privilegiada de la voluntad popular donde la lealtad deviene un principio organizador. También su palabra asume cierto rasgo de verdad frente a sus seguidoras y seguidores. Todo ello puede ser considerado si tenemos en cuenta que solo la comunidad política, como indica O´Donnel (1997), puede autorizar a que hablen y decidan en su nombre, recreando así las lógicas delegativas y representativas de la política.

A su vez existen otros elementos que se plantean en la construcción del liderazgo en las épocas actuales y para pensar el populismo, como la despartidización de la política actual, la desestructuración de lo social y la adhesión afectiva, aunque no son suficientes como respuestas univocas para comprender la presencia del líder o lideresa.

Más allá de los corpus teóricos, de las investigaciones, posiciones de ciertas derechas e izquierdas actuales siguen sosteniendo la figura del liderazgo como un artista del poder y que parte de su arte reside en el pulso personal. Es una lectura rápida y efectista de los “grandes hombres” o del príncipe maquiaveliano donde se olvida del vínculo relacional y constitutivo entre el líder y sus adherentes. Pese a las transformaciones tecnológicas y sociales de las últimas décadas, siguen insistiendo en consideraciones teóricas que destacan los atributos personales. La presencia de los líderes y lideresas progresistas del siglo XXI amplificaron la polémica. Libros como el de las periodistas ecuatorianas Almeyda y Lopez (2017), de Oppenheimer (2010) entre otros, insistieron mucho en las personalidades y en las biografías, sin dar cuenta de dimensiones importantes como la trama histórica, los flujos colectivos y los temperamentos. Teniendo en cuenta que estos últimos se diferencian de atributos innatos de la personalidad[12].

Una figura política puede movilizar potencias retóricas, recitativas o de articulación política pero si ello no se inscribe en un vínculo entre el que manda y los que adhieren el análisis político girara en el vacío y aparecerán preguntas que terminan pensando en las capacidades o incapacidades del líder o lideresa. Parte de su ejercicio de poder no solo se basa en la potencia con la que la invisten sus seguidoras y seguidores, sino en la construcción de decisiones que alientan o disminuyan esa adhesión. La concepción, que puede ser efectiva en la visualidad pública, que no existe mediación entre líder y su “pueblo” es puesta en duda al tener en cuenta todos los mecanismos, actores, intereses e instituciones que se ponen en movimiento ante la toma de una decisión. No solo los liderazgos están limitados por el horizonte de expectativas de sus seguidores y seguidoras, sino por los límites que diversos actores y rutinas sociales presionan sobre éste. La “romantización” de una conversación no mediada del liderazgo es parte de narrativas sobre líderes y lideresas con capacidades extraordinarias y oraculares. De esta manera, también, se lo y se la condena a una soledad que no es tal. Existen explicaciones y narraciones sobre los liderazgos que le “restan” vínculo[13]. La construcción de una decisión es colectiva, interactiva y vincular aunque después se tome en soledad.

El líder, en términos analíticos, se constituye como tal cuando expresa las proyecciones y expectativas de un colectivo. Aquí retomamos la idea de proyección de literatura psicoanalítica de Freud (1972). Un concepto que fue ampliado y retomado por Jung (2008), Sartre (1942) y Morin (1956). Según Eva Vico, “nos interesa señalar que la capacidad proyectiva es la capacidad para otorgar autonomía a los contenidos de la mente frente a la misma consciencia” (2013: 319), perspectiva que se articula con la posición constructivista de la sociología. “Las proyecciones cumplen en diversos ámbitos una función comunicativa compleja” (2013:327) y, por ende, esto sucede en el espacio de la política.

Con respecto a las mediaciones es interesante el estudio de Baczko (1984) sobre la figura de Stalin. Alguien que tuvo contactos muy escasos con las masas. Descubre algo paradojal: el líder ruso “poseía” carisma sin poseer una personalidad carismática. Las narraciones, las imágenes y los imaginarios históricos de liderazgo ruso contribuyeron a crear su carisma, inclusive la imagen unipersonal de los zares se articuló con esa figura soviética que resumía el poder. Pero más allá de Stalin, la idea de Baczko sobre la construcción del carisma relativiza la idea de atributos personales para la conducción política. Además agrega algo, el poder, en el caso de Stalin, es el que le abre las puertas para hacer de su figura alguien carismático (1984: 142). El poder le permite diseñar un modelo de liderazgo y para ello se dirige, consciente o automáticamente, hacia los materiales de la historia y de la memoria social.

El liderazgo se inviste de poder y de proyecciones subjetivas. Esto lo vuelve situado. No puede sortear ni las esperanzas sociales, ni la historia, ni la situación. No existen liderazgos por fuera de su tiempo, ni de las expectativas y proyecciones de sus seguidores o adherentes. No hay algo así como líderes modernos o posmodernos, sino aquellos atravesados por diversas condiciones sociales y estados del individualismo.

Los líderes y las lideresas surgen en momentos cruciales, de gran tensión, de crisis, en coyunturas de fuertes demandas o transformaciones en el mundo de las subjetividades. Pueden surgir en procesos electorales o en otras competencias por el acceso al poder. Lo que parece interesante es que las sociedades en algunos momentos requieren de liderazgos. Más que estar “disponible” esa sociedad busca cómo realizar sus proyecciones y expectativas. A veces puede y otras no. Las lecturas sociales sobre la política y sus políticos o políticas son relevantes a la hora de investir o delegar poder. El liderazgo no está obligado a aparecer. A veces no aparece, pero cuando lo hace queda conectado ineludiblemente a su tiempo histórico e interno y también a las memorias históricas de otros liderazgos que ese país o nación tuvo. Éstos no están destinados a sobrevivir, de hecho cuando dejan de interpretar o de expresar las expectativas de sus adherentes caen o se desgastan. Con esa caída o desgaste puede observarse que las ideas que sostenía ese liderazgo están erosionadas o discutidas.

El tiempo y las coyunturas son momentos que llaman a los líderes y las lideresas a pensar su vínculo con ese colectivo. El líder o lideresa “trabajan” para recrear ese vínculo. Un colectivo que está atravesado por grandes flujos de transformaciones en sus subjetividades y de las creencias, sobre todo, en la época actual merece de un mayor esfuerzo para sostener una jefatura. La posmodernidad, a diferencia de otros tiempos, coloca a los líderes y lideresas ante reconfiguraciones de la adhesión subjetiva muy veloces. Los procesos de individuación actual “flexibilizan” el vínculo identitario con las opciones políticas. Pero, pese a todo, y aunque estemos ante el fin de la gran política (Touraine, 2000: 251-252) los líderes y lideresas siguen apareciendo. Las opciones identitarias o identidades partidarias en la actualidad se han “flexibilizado”, las creencias en los partidos o en ciertas propuestas han entrado en declive, pero los liderazgos, con más incertidumbre y asedios, aparecen. Las opciones electorales son fronteras móviles y ante cada elección los pronósticos se desvelan ante los movimientos subjetivos. Se produce una adhesión plástica, movible y que están sometidas a coyunturas o cambios de rumbos que modifican la geografía del humor social.

El siglo XX con grandes liderazgos, como Perón, Velasco Ibarra, Vargas, Cárdenas, Gaitán, habían establecido y recreado grandes imaginarios que ordenaron parte de su siglo con identidades atravesadas por instituciones y garantías de derechos. A su vez, estos liderazgos y sus fuerzas políticas diseñaron campos políticos polarizados (pueblo versus oligarquía, patria versus antipatria) donde los liderazgos reafirmaron su condición unanimista a la hora de lidiar con conflictos y tomar decisiones. En los años 90 de dicho siglo la fragmentación y el desenganche social como las transformaciones de las individualidades modificaron las formas de experimentar las adhesiones.

En el siglo XXI surgieron liderazgos progresistas que de alguna manera ajustaron cuentan con liderazgos neoliberales, como el de Carlos Menem, Alberto Fujimori, Salinas de Gortari y otros. La crisis que introdujeron las medidas neoliberales en distintas sociedades provocó nuevas demandas y expectativas que, en algunos casos, dieron como resultado la aparición de otros liderazgos fuertes. Hugo Chávez, Lula da Silva, Néstor Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa, Pepe Mujica daban cuenta de tres cosas: el ineludible giro a la izquierda, el regreso de los líderes con capacidad de consolidar ese giro y una expectativa social que se desengancha de la legitimidad de las políticas neoliberales y se orientaba a propuestas que prometían nuevas formas del progreso social. La adhesión fue intensa mientras duró y en muchos casos, esa adhesión fue interpretada por algunos analistas como algo que podía mantenerse en el tiempo sin sufrir variaciones, como si las veloces transformaciones de la globalización, del consumo y de la subjetividad no interfirieran en un vínculo dinámico entre adherentes y líder-lideresa.

Lo que parecía estable desde inicios del siglo XXI comenzó a tambalearse, la constelación progresista sufrió con la desestabilización que introdujo la crisis de Lehman Brothers. Una desestabilización que no sólo era económica, sino que recordaba la fragilidad de los países latinoamericanos frente al mercado mundial y frente a las economías más poderosas. También esta crisis o malestar democrático, como indica Carlo Galli (2013), empezó a redefinir esa subjetividad que había apostado por esos liderazgos y aquello que parecía un vínculo sólido comenzó a resentirse. Eric Sadin (2022) indica que en 2008 se produce la consolidación del individuo tirano para explicar su relación con la política. Los gobiernos progresistas debieron aplicar nuevas medidas anti cíclicas que fueron comprendidas por una parte de su electorado como perjudiciales[15]. Los efectos de dicha crisis económica no solo desgastan el vínculo político sino que plantea nuevas preguntas de los ciudadanos y ciudadanas sobre el Estado y sus políticas universalistas. Muchas de las cuales fueron diseñadas para contener los efectos negativos que habían dejado las prácticas neoliberales.

A partir de la crisis de Lehman Brothers y sus impactos en las economías nacionales, la dinámica política se fue resintiendo a partir de diversas trayectorias: protestas sociales, mal humor social, crítica al sistema político y a las políticas universales.

Cuando ese avance y progreso social que muchos y muchas ciudadanas habían experimentado y ahora se había puesto en crisis comenzaron a desplazarse hacia la búsqueda de otros liderazgos sin ya ese peso de lo estrictamente identitario que había sido el ordenador en otras décadas. Dejaron de prestar colaboración, un concepto utilizado por Byung-Chul Han (2016) que marca posibles tonalidades de la adhesión, porque a veces retirarla no es directamente salirse de ese vínculo con un liderazgo. Pero no solo impactó en gobiernos progresistas, la crisis llegó a todos los gobiernos. Los neoconservadores tuvieron que reajustar sus modelos económicos y políticos a las exigencias de una crisis profunda y con una onda expansiva que sigue hasta nuestros días.

No solo se produjo un malestar en torno al gobierno que soportó la crisis –de izquierda o de derecha- sino un “malestar del liderazgo[16]”, un malestar por haber apostado por ellos y en muchos casos persistir en esta relación por no encontrar otra alternativa. En muchos casos, se produjo una diáspora silenciosa, que puede registrarse en el voto, con la poca participación o directamente con la apatía. Los progresismos y neoconservadurismos debieron recalibrar o padecer ese malestar. La diáspora de votos de unos partidos a otros dan cuenta de la movilidad de la adhesión.

Entre 2015 y 2019 América del Sur se convirtió en un mosaico de opciones y alternancias políticas. Esos años estuvieron atravesados por fuertes protestas en Chile, Colombia, Ecuador y por el golpe contra Evo Morales. En Argentina se produjo un cambio de gobierno, asumió Alberto Fernandez, y en Brasil Jair Bolsonaro. Los liderazgos comenzaron a redefinirse ante coyunturas nacionales que daban cuenta de profundos cambios sociales. Pero el “malestar democrático”, el “malestar del liderazgo” y el “malestar del individuo tirano”[17] continúan en la actualidad. Cada vez hay menos espera para la realización de expectativas, tanto desde opciones de derechas como de izquierdas. En esta época todo liderazgo está asediado por el tiempo de aquellos y aquellos que lo invisten. Una individualidad atravesada por la incertidumbre y reafirmada en su tiránica singularidad (Sadin, 2022) frente a los otros y las otras. Existe algo de ingobernabilidad y de individualismo autoritario que atraviesa a toda la sociedad.

En esta transformación de las subjetividades y del malestar democrático, la política asistió a “liderazgos del individuo” en contra de lo colectivo o lo universal (léase: políticas públicas universales, subsidios y ayudas sociales, etc.). Una modalidad singular de liderazgo sostenida por una individualidad que ya no tiene como horizonte lo universal o colectivo sino su propio deseo e individualidad. En gobiernos como los de Bolsonaro o Trump, se reivindica no solo ese individuo tirano del que habla Sadin (2022) sino de una individualidad anti igualitarista.

Estamos en momentos severos de redefinición de liderazgos y de su aceptación. La vuelta de Lula da Silva en 2023 marcó un nuevo tiempo en la política de Brasil, un liderazgo que vuelve con el apoyo de una multiplicidad de expresiones políticas y que debe reafirmarse ante una coyuntura compleja y una polarización intensa. En Argentina, durante el gobierno de Alberto Fernandez, el liderazgo de Cristina Fernandez de Kirchner se mide constantemente a sus adherentes actuales y posibles, haciendo que esto colisione con las políticas del actual gobierno argentino. Es un liderazgo atrapado por un gobierno que es suyo pero que también rompe o erosiona el vínculo con sus seguidoras y seguidores. Todo líder o lideresa volverá al aspecto sociológico: a la adhesión y a sus tiempos, a sus potencias y límites.

La posmodernidad fragiliza mucho más algo que ya era frágil: el vínculo entre los adherentes y los liderazgos. Por ello, los intentos por pensar los flujos de la adhesión se vuelve una tarea relevante. La uni corporalidad del liderazgo continua, inclusive se esperan acciones decisionistas, pero con están sometidos a grandes mutaciones de esa individualidad que los apoya o resiste.

Los neoconservadores y progresistas están presionados por dos fragilidades: la del vínculo y la que introducen los individuos en sus percepciones e imaginaciones. Vamos hacia liderazgos no de grandes colectivos como actor al que hay que interpelar o sobre el cual hay que establecer una identidad, como se creía en el siglo XX, sino hacia liderazgos que se reconstruyen desde el proceso de individuación. “Dadme un balcón y seré presidente”, decía Jose Maria Belasco Ibarra (presidente de Ecuador). Hoy, parafraseando, podríamos decir: “dadme un individuo y seré presidente”.

Las articulaciones populistas, inclusive han cambiado, deben oscilar entre la construcción identitaria de un colectivo posicionado en un espacio de la disputa política y en el reclamo de intereses y el individuo de “carne y hueso”, protagonista en el mundo de las redes, con sus prejuicios y miradas sobre el mundo.

Pese a los largos estudios que han colocado su mirada en los atributos y características personales, en estas últimas décadas, lo que sucede en el “mundo” de los y las adherentes se ha vuelto central para el análisis sociológico. Inclusive los propios líderes y lideresas privilegian, ante la velocidad y alternancias de lealtades, el territorio de la adhesión. El único lugar que los sostiene.

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Notas

[1] La palabra liderazgo proviene del antiguo inglés “ir” o “ir adelante”
[2] Su línea teoría es definida por el propio Bourdieu (1987) como constructivismo estructuralista donde conjuga lo objetivo y lo subjetivo. Indica que con “estructuralismo o estructuralista pretendo decir que en el mundo social existen (…) estructuras independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes, las cuales son capaces de orientar o restringir las prácticas, las representaciones de ellos. Con constructivismo pretendo decir que hay una génesis social de los esquemas de percepción, de pensamiento y de acción que son constitutivos de lo que denominó habitus; y por otra parte la hay de las estructuras sociales, y en especial de lo que denomino campus.”
[3] Instrucciones sobre las obligaciones más principales de un verdadero ciudadano. Imprenta Nacional. Asuncion del Paraguay. 1863 (citado en Durán Estragó, 2005)
[4] Ídem.
[5] Ídem.
[6] Documentos citados en González Mezquita (2010: 271-292).
[7] Esas miradas serán criticadas o resignificadas por narraciones modernas.
[8] Citado en Diaz del Corral (1975)
[9] Es interesante tener en cuenta el trabajo de Lucien Jaume (1990) sobre el vínculo entre absolutismo francés y jacobinismo para pensar los liderazgos revolucionarios y la construcción del Estado moderno.
[10] Ver Economía y Sociedad (Weber, 2014)
[11] En 1841 escribió el libro: On Heroes and Hero Worship and the Heroic in History
[12] Beatriz Sarlo citando a Sartre, en una entrevista realizada por Novarescio el 22 de julio de 2022, plantea la diferencia entre temperamento y personalidad.
[13] Soslayan el aspecto relacional.
[14] Según Galli (2013): “El tipo de hombre que vive hoy en la día en las democracias reales tiene hacia la política una actitud que hace cada vez más difícil la democracia: una repulsa rabiosa o resignada, generada por el desconcierto de uan muerte que no se puede anunciar.”
[15] Aumentar la carga impositiva sobre grandes actores económicos para contener la crisis de 2008 fueron percibidas, por cierta parte de la población, como una interferencia de lo estatal sobre los individuos. El aumento de retenciones a las exportaciones u otros impuestos se leyeron más como afectación a ciertas comunidades o grupos sociales que como una política de reparación.
[16] Retomamos el concepto de malestar que utiliza Carlo Galli (2013). Si bien lo utiliza para pensar la democracia actual nosotros lo hacemos con el liderazgo y el individuo. Persistir en el malestar vincular o interactivo pero sostener el liderazgo.
[17] Hace referencia al concepto de Eric Sadin (2022). El malestar de un individuo tirano que quiere realizar sus deseos y que ellos son los más significativos frente a lo colectivo o políticas universales.
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