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La carroza de Bolívar : simetría de dos revoluciones fracasadas en Colombia*, **

La carroza de Bolívar: Symetry of Two Failed Revolutions in Colombia

David Gil Alzate
Universidad de Antioquia, Colombia

La carroza de Bolívar : simetría de dos revoluciones fracasadas en Colombia*, **

Estudios de literatura colombiana, núm. 38, pp. 145-161, 2016

Universidad de Antioquia

Recepción: 06 Agosto 2015

Aprobación: 09 Octubre 2015

Resumen: Este artículo analiza La carroza de Bolívar de Evelio Rosero (Premio de Nacional de Novela 2014, Ministerio de Cultura, Colombia) para demostrar que se trata de un libro que pone en evidencia el fracaso simétrico de dos de las revoluciones sociales más importantes de Colombia: la independentista de principios del siglo XIX y la revolución armada de la izquierda en la década de los sesenta.

Palabras clave: La carroza de Bolívar, Simón Bolívar, Independencia, Izquierda armada en Colombia.

Abstract: This paper analyzes Evelio Rosero’s La carroza de Bolívar (National Novel Award 2014, Ministry of Culture of Colombia) in order to demonstrate that it is a novel that reveals the symmetric failure of two of the most important social revolutions in Colombia: the independence revolution of the early Nineteen Century and the armed Left revolution in the decade of the Sixties.

Keywords: La carroza de Bolívar, Simón Bolívar, Independence of Colombia, Armed Left in Colombia.

Introducción

La carroza de Bolívar (2012), de Evelio Rosero, narra la construcción y la exhibición fallida de una carroza de carnaval en las fiestas de blancos y negros de la ciudad de Pasto, Colombia, en 1966, y los avatares de ese evento, cuyo protagonista es Justo Pastor Proceso López, un ginecólogo de cincuenta años, aficionado a la Historia, detractor de Bolívar y padre de una familia fragmentada. El motivo de la carroza es Bolívar, pero no el Bolívar del discurso oficial, el llamado “Libertador”, sino el Bolívar que se desprende de un estudio histórico llevado a cabo por José Rafael Sañudo, un historiador pastuso que en 1925 publicó Estudios sobre la vida de Bolívar, una biografía que lejos de resaltar la excelencia del héroe nacional, “se atrevió a descifrar la catadura histórica de Bolívar, sin falsas emociones patrioteras, sin depender de la corte exagerada de halagos [...] que la gran mayoría de historiadores concede a Bolívar como una tradición desde su muerte” (p. 59). La exhibición de la carroza fracasa debido a que un grupo de estudiantes universitarios que conforman una célula guerrillera izquierdista, paradójicamente coincide con la fuerza pública en su intención de destruirla para guardar la memoria del Libertador tal como la recuerda la historia oficial del país. Estos hechos novelescos contienen a su vez una parte histórica, que tiene lugar en las clases del profesor Arcaín Chivo, también detractor de Bolívar, que lee a sus estudiantes fragmentos del polémico artículo que escribió Marx sobre el Libertador para The New American Cyclopwdia y apartes de la obra de José Rafael Sañudo, el historiador pastuso proscrito por la Academia Colombiana de Historia. Esta parte de la novela presenta un héroe muy contrario al monumento nacional. Ya en el famoso artículo de Marx (1863), Bolívar huye cobardemente hacia La Guaira, dejando desprotegida la ciudad de Puerto Cabello sobre el Caribe, permitiendo así la retoma por parte de los españoles bajo el mando de Monteverde: “This event turned the scale in favor of Spain, and obliged Miranda, on the authority of the congress, to sign the treaty of Vittoria, July 26, 1812, which restored Venezuela to the Spanish rule” (p. 441). Pero la versión del Sañudo de la novela es todavía más crítica, pues revela a Bolívar como el pésimo estratega militar que en su deseo de conquistar el sur, no solo perdió la batalla de Bomboná contra el coronel Basilio García, sino que fue humillado sin darse cuenta: Es de advertir que García, desde que entró en comunicación con Bolívar, lo hizo en tono de burla, hasta el extremo que al devolverle las banderas capturadas se expresó así: “Yo no quiero conservar un trofeo que empaña las glorias de dos batallones, de los cuales se puede decir que, si fue fácil destruirlos, ha sido imposible vencerlos” (Rosero, 2012, p. 185). Lo hizo con fina ironía, pero Bolívar se apresuró a transmitir estas palabras al vicepresidente de Colombia, como testimonio de un triunfo, sin notar la burla de don Basilio (así llamaban comúnmente a García).

Luego de la derrota en Bomboná, que la historia oficial cuenta apenas como un triunfo pírrico, Bolívar consigue entrar en Pasto gracias al general Sucre (p. 187), que lleva a cabo la masacre conocida como la Navidad Negra, en diciembre de 1822, en que las tropas libertadoras masacraran a cientos de personas en Pasto cumpliendo las órdenes de Bolívar: “Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar” (p. 191). Bolívar regresa a Pasto, pero tan solo para hacer su entrada triunfal en la ciudad arrasada:

Entró a las cinco de la tarde -refiere Sañudo-: entró en mitad de las tropas realistas que habían formado filas en su honor, marchó a la iglesia parroquial donde le esperaba el obispo y el clero para conducirle, como Bolívar había dispuesto, a guisa de homenaje real, bajo palio hasta el altar donde se cantó el Te Deum. El mismo día se ratificó la capitulación y Bolívar dio una proclama llena de promesas a los pastusos (p. 194).

Para concluir sus trabajos, en la versión del Sañudo de La carroza, Bolívar rapta a Chepita Santacruz, una niña de trece años. Luego de su partida hacia Quito, envía un destacamento hasta la casa de Joaquín Santacruz, uno de los hombres más prominentes de Pasto, padre de la niña: “A menos de una hora de allí la aguardaba el Libertador. La usó de inmediato, y la siguió usando al descampado [...] hasta las puertas de Quito, seis días después. Sólo entonces la devolvió a Pasto” (p. 204).

Los sucesos narrados trascurren durante las fiestas Pasto de 1966 y el surgimiento de la izquierda armada en Colombia, representada por la célula guerrillera de los jóvenes estudiantes del profesor Chivo, pero a su vez contienen su propia versión de la revolución independentista de principios del siglo XIX. Ambos aspectos tratan de una revolución: la de la independencia para la parte histórica y la de la izquierda armada para los hechos novelescos. Las dos partes no pueden desvincularse: historia y narración se sustentan en un texto que presenta a un Bolívar lejano del mito histórico. Un anti Bolívar, tan humano como El general en su laberinto de Gabriel García Márquez pero sin su indulgencia. Y, sin embargo, el tema de La carroza de Bolívar no es Bolívar. Es el problema de las revoluciones sociales en Colombia.

Bolívar y la revolución independentista

Bolívar ha sido tema de innumerables biografías, novelas históricas, guiones de cine y tesis monográficas3. En efecto, no se lo puede reducir a un solo perfil, por el contrario, su personalidad se muestra tan abundante en aspectos contradictorios, que ha conseguido formar séquitos tanto de seguidores como de detractores. A doscientos años de sus trabajos como comandante de las batallas de independencia, su actualidad y vigencia pueden constatarse no solo en la singularidad con que el gobierno venezolano se ha apropiado de su imagen, sino, también, en la publicación de obras literarias y académicas que siguen en el esfuerzo por reconstruir su imagen, acaso para entender la realidad misma de los pueblos que estuvieron comprometidos en sus campañas. En su artículo Un héroe para todas las causas, Nikita Harwich (2003) explora la imagen del Libertador a lo largo de diferentes interpretaciones historiográficas. Encuentra que Bolívar era considerado al principio “la encarnación por excelencia del héroe liberal y romántico” (p. 8) para representar luego el ideario más conservador y reaccionario. En la tradición literaria de Colombia, el referente obligado es El general en su laberinto, donde García Márquez (2008), ya desde el primer párrafo, presenta a un Bolívar desnudo, casi venido de la nada: “El general se agarró sin fuerzas de las asas de la bañera, y surgió de entre las aguas medicinales con un ímpetu de delfín que no era de esperar en un cuerpo tan desmedrado” (p. 11). La forma de la novela indica que el personaje Bolívar tiene un pasado y además que ese pasado interviene directamente en el presente de la novela. Sin alejarse de su estilística, García Márquez comienza por un hecho dado, cuya composición estética sobrecoge al lector. Del personaje inicial podría no saberse nada, pero las páginas van construyendo la historia completa de la independencia a medida que el protagonista y sus interlocutores se refirieren a ella: el primero, evocándola, los segundos destacando sus glorias pasadas e incitándolo a regresar a la escena política y militar. Esa historia pasada está hecha de piezas que el lector va coleccionando mientras recorre la novela y le revela que el personaje, ahora melancólico y defraudado de la vida, fue antes un héroe de grandes hazañas:

En todo caso, no hubo una agonía más fructífera que la suya. Pues mientras se pensaba que muriera en Pativilca, atravesó una vez más las crestas andinas, venció en Junín, completó la liberación de toda la América española con la victoria final de Ayacucho, creó la república de Bolivia, y todavía fue feliz en Lima como nunca lo había sido ni volvería a serlo jamás con la embriaguez de la gloria (p. 24).

Pero García Márquez no solo se propuso presentar un Bolívar más humano, sino también un Bolívar fallido. El intercalado de imágenes del Libertador lo muestra siempre evocando sus glorias desde su precaria situación actual. Este modo de contrastar dos apariencias tan diferentes lo acerca a la caridad del lector, a sus sentimientos, pero también explica los fallos en su ambición de unificar las Américas, utópico ideal que se repite en toda la novela. Su salida de Santafé supone ya una relación con el fracaso. Esa idea traza el espesor psicológico del personaje, a ese fracaso se debe su protagonismo, pues alrededor de esa frustración giran los pensamientos de Bolívar. La independencia misma no constituyó la principal preocupación del Libertador: “«La independencia era una simple cuestión de ganar la guerra», les decía él. «Los grandes sacrificios vendrían después, para hacer de estos pueblos una sola patria»” (pp. 102-103), de modo que el viaje que remonta el Magdalena hasta la costa Caribe no tiene connotaciones épicas. Todo el viaje resalta el fracaso del ideal perdido de la unificación de América, así lo entiende Iglesias Berzal (2005) cuando afirma:

Esta selección se realiza a partir del espacio temporal del relato primario: el viaje que, en los últimos meses de su vida, emprende un Bolívar enfermo y desengañado con la intención de marcharse a Europa. Desde este punto, se rememoran algunos pasos anteriores del Libertador con un doble objetivo: hacer más una semblanza psicológica e ideológica del general que una veraz recopilación de los momentos fundamentales de su vida, y centrarse en los detalles de la aspiración unitaria de Bolívar y no tanto en los procesos históricos de la independencia y los movimientos políticos posteriores (p. 18).

El viaje por el río Magdalena, el último del Libertador, está marcado por un sueño liquidado por un ideal que ha fracasado. El general se vierte hacia su interior, pues el afuera ya no puede ofrecerla nada. Perdida la unidad de América, está perdido el mundo para él. El final de la novela corre en desbandada buscando la salida del laberinto que a cada página se cierra todavía más. De una casa a otra y luego a otra hasta terminar en la quinta de San Pedro Alejandrino. El Bolívar de García Márquez es una mezcla de gloria y fracaso expresados en la síntesis de un hombre moribundo como cualquier otro.

Evelio Rosero (2012) no desconoce la tradición a la que pertenece su novela La carroza de Bolívar, por el contrario, se afirma claramente en esa tradición citando diez líneas (p. 167) de El general en su laberinto donde García Márquez (2008) presenta al Libertador con un desinterés por su propia seguridad que “no era inconciencia ni fatalismo, sino la certidumbre melancólica de que había de morir en su cama, pobre y desnudo, y sin el consuelo de la gratitud pública” (p. 16). El Bolívar de Rosero no carece de humanidad, pero a diferencia de García Márquez, el escritor bogotano no tiene la menor intención de mostrar la cobardía con indulgencia. Es por esa razón que no duda en aludir a García Márquez en términos de “la pluma pluscuamperfecta del taumaturgo hechicero” (Rosero, 2012, p. 166). Esta interesante discusión podría ampliarse aludiendo a un posible parricidio literario, pero para el interés de este artículo, baste decir que La carroza de Bolívar se sabe una novela irreverente con el Bolívar monumental que se ha replicado en la educación pública y en los medios de comunicación a todo lo largo de la historia de Colombia. Rosero escribe sobre el padre de la patria, pero desde la periferia, el Departamento de Nariño, en el Suroccidente colombiano, una región olvidada por los diferentes gobiernos centralistas de Colombia desde el siglo XVIII, como bien afirma Earle Mond (1993):

The province was [...] relatively isolated from the colonial governments in Bogotá and Quito. This isolation permitted the provincial elite a certain amount of autonomy, an autonomy it was very loath to relinquish on the few occasions when the viceregal government intruded into provincial affairs (p. 102).

Fue este mismo olvido aquello que hizo de Pasto una resistencia tenaz al avance de la campaña libertadora de Bolívar y un baluarte de España. Pese a que su población era preeminentemente indígena, también había afrodescendientes y criollos, y todos se levantaron contra la avanzada independentista: “Indians from the Pasto highlands, African slaves from the mines to the west, and local military officers defended the region from the insurgency that emerged in southwestern New Granada” (Echeverri, 2011, pp.237-238). La participación de afrodescendientes e indígenas en la gesta independentista es un tema que no se agota en lo racial, sino que pregunta por la idea misma de unidad que sustenta los mitos de la Independencia. Según uno de ellos, Colombia era ya independiente para 1810, cuando lo que ocurrió ese año fue apenas un gesto simbólico: la mañana del viernes veinte de julio de 1810, cuando todo Santafé estaba en la plaza, Francisco José de Caldas, de acuerdo a lo convenido, saludó de paso a José González Llorente, comerciante español, que en ese mismo instante se negaba a facilitarle una pieza de decoración a don Luis Rubio para el banquete de Villavicencio. No bien Antonio Morales advirtió el premeditado gesto de cortesía que Caldas dirigió a González Llorente, lo reconvino por saludar a un “chapetón”, para dar paso así a la reyerta que iniciara los trabajos de Independencia. Pero fue solo hasta 1819, con la Batalla de Boyacá, que aparentemente se consolidó la independencia militar, pues luego de esa fecha se presentarían alzamientos armados en diferentes partes del territorio contra la campaña libertadora. La rebelión pastusa de 1822, en cabeza de Agustín Agualongo, fue uno de ellos. En el fondo de este complicado proceso yace una tensión social decisiva, pues aquellos hombres que promovieron el escándalo del veinte de julio pertenecían a la aristocracia ilustrada de Santafé, la actual Bogotá, pero en las filas de los ejércitos que libraron la campaña libertadora contra España había no solo criollos, sino también afrodescendientes e indígenas. Esta diversidad, sin embargo, no se vio reflejada en la formación de la sociedad neogranadina que terminó excluyendo ciertas capas sociales para validar la naciente aristocracia criolla:

La historia del racialismo en lo que hoy es Colombia tuvo un momento definitivo a principios del siglo XIX. Los criollos del Nuevo Reino de Granda (sic.) se encontraban en una situación liminal, en la cual el racialismo posibilitaba una forma de posicionamiento en el horizonte de la civilización y generaba mecanismos de diferenciación con los otros habitantes de su tierra patria. Subordinados ante el gobierno colonial por su origen de nacimiento y tachados de inferiores por los naturalistas europeos, los criollos debieron enfrentarse a definir su identidad racial frente a los europeos, como semejantes, y los nativos americanos, como distintos (Arias Vanegas, 2005, p. 70).

Este proceso de identificación decantó a la élite de las clases populares, que estaban compuestas de afrodescendientes e indígenas, de manera que la independencia, lejos de ser un proyecto que concebía al pueblo americano como una unidad, se llevó a cabo con arreglo a la perpetuación de la élite que dominaba el escenario político de la Nueva Granada desde 1810. Ya en la Carta de Jamaica, El Libertador (2009) expresa una preocupación relativa a la altura moral de los suramericanos y la inconveniencia del sistema federal: “No convengo en el sistema federal entre los populares y representativos, por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros” (p. 81). Pero es bajo el seudónimo de “El americano”, donde Bolívar expresa sus opiniones más discutibles acerca de los indígenas:

El indio es de un carácter tan apacible que sólo desea el reposo y la soledad; no aspira ni aun a acaudillar su tribu, mucho menos a dominar las extrañas. Felizmente esta especie de hombres es la que menos reclama la preponderancia [...]. Esta parte de la población americana es una especie de barrera para contener a los otros partidos; ella no pretende la autoridad, porque ni la ambiciona ni se cree con aptitud para ejercerla, contentándose con su paz, su tierra y su familia (pp. 89-90).

Esta mirada del indígena es muy conveniente para el proyecto bolivariano, puesto que mantiene en el margen una población que podría ser una facción en disputa por el poder y en consecuencia un obstáculo más para la unión. Pero más allá del alcance político, esta mirada no deja de ser complaciente con los procesos colonizadores que silenciaron y subordinaron a los indígenas durante tres siglos. En el mismo documento presenta una versión igualmente controvertida de los afrodescendientes:

El esclavo en la América española vegeta abandonado en las haciendas, gozando, por decirlo así, de su inacción, de la hacienda de su señor y de una gran parte de los bienes de la libertad; y como la religión le ha persuadido que es un deber sagrado servir, ha nacido y existido en esta dependencia doméstica, se considera en su estado natural como un miembro de la familia de su amo, a quien ama y respeta (p. 90).

Bolívar sabe que el afecto que se profesan por igual “todos los hijos de la América española, de cualquier color o condición que sean” (p. 91) depende de que las clases sociales permanezcan en su lugar: el negro en la servidumbre y el indio en silencio, pues de otra manera la pretendida unión tendría muchos enemigos. También sabía Bolívar de la tensión entre los llamados pardos, que representan el mestizaje de clase baja, los afrodescendientes y las élites americanas, descendientes de europeos que dominan el escenario político de la Nueva Granada, como bien apunta Lasso (2007):

Yet if Bolívar lashed out against lawyers’ inability to realize that liberal and perfect institutions did not fit the geography of Colombia, this was because he feared not that the popular classes would remain aloof from modern politics but that the popular classes would particípate too much (p. 3).

A este estado de cosas habría que agregar algo más. La participación de las clases marginales en las gestas de independencia no se dio homogéneamente a lo largo del territorio. Los afrodescendientes y los mulatos, por ejemplo, participaron activamente en las zonas del Caribe, pero no tuvieron una presencia tan definitiva en la zona andina. El hecho mismo de que la esclavitud fuera legal en Colombia hasta mediados del siglo XIX demuestra que la igualdad racial era un asunto puramente retórico (p. 9). Pasto no solo fue un obstáculo importante en la campaña independentista, sino que además se alzó contra el gobierno republicano en octubre de 1822 en cabeza de Agustín Agualongo. La carroza de Bolívar registra esta rebelión como un logro indígena: “Fue Agualongo quien decidió la participación del pueblo, justamente porque era del pueblo, un indio noble y aguerrido, más noble que cualquier criollo, un estratega que destacaba por su don de mando y su inteligencia” (Rosero, 2012, p. 211), y luego, en voz de Arcaín Chivo:

No era un ignorante, como lo pintan los historiadores oficiales, que logran burlarse hasta de su nombre, ni un «simple criado». Sabía leer y escribir, era pintor al óleo [...]. Había nacido en Pasto en 1780, y no era totalmente indio sino mestizo. Ojalá fuera un indio completo, eso lo enaltecería más (p. 211).

La campaña libertadora se realizó a favor de un segmento poblacional muy restringido. No fue un proyecto unificador de los territorios neogranadinos, a pesar de que en ella participaron toda índole de americanos. Si bien su propósito era la independencia de España, el objetivo de formar una nueva república estaba atravesado por la ambición de la élite criolla que vio en la independencia una manera eficaz de hacerse con el poder de los nuevos territorios. Las clases marginales no ganaron nada con la Independencia (Lasso, 2007, p. 4), por lo menos nada diferente de aquello que tenían con España: segregación, desigualdad y esclavitud. Ante estas circunstancias conviene aclarar que la complejidad de la figura de Bolívar consiste en que él mismo fue síntesis de la Independencia como movimiento social que pretendió reunir las poblaciones de un gran territorio en contra de España; un proceso semejante, encarnado en un solo hombre, es ya de por sí un fenómeno histórico harto difícil de desentrañar, como aclara Carrera Damas (1969):

Ahora bien, la vida de Bolívar condensa y ejemplifica admirablemente todo el proceso: desde la ciega y sincera convicción inicial hasta la amarga desilusión final, pasando por un accidentado trayecto de captación y análisis de las razones de tan desdichado tránsito [...]. De allí la necesidad histórica del culto y la justificación de la exégesis ideológica (p. 43).

La rebelión pastusa de 1822 demuestra que la gesta independentista fue un proyecto desarticulado incluso después de la batalla de Boyacá. De hecho, “the residents of Pasto, and even some people in Popayán, seriously considered becoming part of the Republic of Ecuador rather than of independent of New Granada” (Bushnell, 1993, p. 16). El Sur se convirtió en un obstáculo tan infranqueable, que la única manera que encontró Bolívar de integrar Pasto a la campaña de independencia fue mediante una masacre:

Los valientes aborígenes de Pasto desde inicios del siglo XIX la habían emprendido contra los ejércitos patriotas en las denominadas Campañas del Sur. Para 1822, las tropas realistas en cabeza de Boves, Agualongo, Merchancano, hicieron frente a varios ataques del ejército bolivariano, en especial al del general Sucre en la batalla de Taindala, derrotándolo. Afrentas que Bolívar nunca perdonó, declarando “la guerra a muerte” a la ciudad. Sus tropas al mando del general Sucre con expolio y salvajismo exterminaron la población el 24 de diciembre de 1822, episodio atroz recordado como la Navidad negra (Vanegas, 2013, p. 141).

La llamada Navidad negra es uno de los episodios cruciales de La carroza de Bolívar. Se diría que es el motivo principal que lleva a los protagonistas a alzarse contra la imagen de Bolívar, a quien se muestra como el culpable de la masacre, a pesar de que fue Sucre quien la comandó: “No fue una victoria de patriotas sobre realistas; fue un horrible malentendido que Bolívar, a quien correspondía resolver, instigó; no lograba quitarse de su disparatado orgullo la espina de Bomboná” (Rosero, 2012, p. 212). Pero más que una novela sobre Bolívar, tenemos entre manos un documento que explora las intimidades de la Independencia como una revolución fracasada, porque en lugar de ser un proyecto emancipador, se utilizó para la instauración de un nuevo poder: “El grito de independencia era menos que un grito a medias, era un gritito de la nobleza criolla, burgueses que a toda costa querían aprovechar de la tajada” (p. 170). Y tampoco se reduce a queja histórica. La carroza de Bolívar entiende que el pasado de Colombia en manos del Libertador se ha propagado a lo largo de dos siglos de vida republicana: “Bolívar dio el desastroso ejemplo que se convertiría con el tiempo en la cultura política colombiana” (p. 128). Es por esta razón que presenta una simetría de dos revoluciones fracasadas, porque entiende el presente como una síntesis del pasado. Y este presente no es solo el tiempo de la narración, es decir, el año en que transcurren los hechos novelescos, entre el 28 de diciembre de 1966 y el 6 de enero de 1967, sino también el tiempo del lector: la situación política actual de Colombia como una suma de fracasos que le permite a Rosero ver el entusiasmo izquierdista de los sesenta con escepticismo. La carroza de Bolívar entiende el fracaso de Colombia como la suma de dos momentos históricos críticos para el desarrollo social del país que, para 2012, año de la publicación de la novela, no se ha podido superar.

La revolución armada de izquierda

Detrás de la exhibición fallida del carromato durante el carnaval están el establecimiento y la revolución. El establecimiento es el guardián de la memoria oficial del Libertador. La revolución es el grupo de muchachos que conforman una célula guerrillera convencida de que “no se puede poner en tela de juicio a Bolívar” (p. 266). En efecto, esta simetría le sirve a Rosero para exponer su intención, que no se reduce a una desmitificación del Libertador, sino que abarca el examen de la revolución independentista y las revoluciones izquierdistas de los años sesenta como dos acontecimientos simétricos y fallidos desde la perspectiva que le da el siglo XXI. En términos políticos, Colombia fue divida entre liberales y conservadores en el siglo XIX. Tal tensión tomó forma el 9 de abril de 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, paroxismo que los historiadores llaman la Violencia, período en que el país estuvo al borde de la guerra civil. La junta militar que derrocó al general Rojas Pinilla tuvo la única intención de servir como transición hacia el Frente Nacional, un período de veinte años en que la presidencia de la república se alternó entre los dos partidos tradicionales:

They specified two things primarily: the compulsory sharing of all elective and appointive positions on an equal basis between the Liberal and Conservative parties, and the alternation of the two parties in possession of the Colombian presidency. A natural corollary was the formal exclusion of third parties from any share of political power (Bushnell, 1993, p. 224).

Ante la imposibilidad de una alternativa diferente a los partidos tradicionales, la tensión política del país deriva en el surgimiento de la izquierda en Colombia: “Cuatro vertientes de pensamiento conformaron movimientos de oposición al Frente Nacional desde sus inicios, el Movimiento Revolucionario Liberal, el de la Alianza Nacional Popular, el del Partido Comunista Colombiano y el de los movimientos guerrilleros” (Ocampo, 2008, pp. 260-261). Esta apertura del panorama político, en parte consecuencia del impacto mundial de las revoluciones china y cubana, tiene hoy dos actores vigentes, las Fuerzas Revolucionarias de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional. Las FARC aparecen al sur del Departamento del Tolima en la II Conferencia Guerrillera de 1966 cuando adoptan su nombre actual. Antes eran un grupo de autodefensas campesinas alzadas en lucha armada por el derecho a la tierra, monopolizada por la élite conservadora o liberal desde la formación del Frente Nacional. En principio era un grupo reducido y sin mucho alcance:

300 hombres repartidos en seis frentes [...] con escasa expansión geográfica, reducidos recursos financieros y precario armamento: hacia 1978, apenas contaba con mil hombres [...] entre 1966-1977, las FARC son todavía una guerrilla partisana, caracterizada por una total subordinación al Partido Comunista, que ejercía funciones de dirección sobre el aparato armado (González, 2008, p. 332).

La izquierda colombiana tuvo muchos simpatizantes en la década de los sesenta porque su causa entusiasmó a un amplio sector de la población que, inconforme con las costumbres políticas, vio en las armas la posibilidad de una protesta efectiva ante la ofensiva del gobierno que puso todo su empeño en la eliminación de las células comunistas del sur del país. Las FARC sirvieron en principio para sublimar el sentimiento de frustración y la miseria que las sucesivas administraciones del Frente Nacional institucionalizaron como políticas de gobierno, pero esto cambiaría con el tiempo, pues de ser una promesa, las FARC degenerarían en un grupo de delincuencia común. Al principio, tanto el ELN como las FARC vieron crecer sus adeptos y también sus rivalidades, aspecto en el que conviene aclarar que la izquierda colombiana nació fragmentada, como puede comprobarse por la intervención del partido Liberal en la formación de nuevas guerrillas:

Primero [después de la ANAPO] fue el M-19 (Movimiento 19 de Abril), dirigido por un grupo de ex militantes de diferentes vertientes de la izquierda, provenientes de las FARC, del Partido Comunista, de sectores radicales cristianos, de la misma ANAPO [.] tomaron las armas y optaron por la clandestinidad el 7 de enero de 1974 (Ocampo, 2008, p. 262).

Este crecimiento llevó a una lucha entre guerrillas que complejizaría todavía más el conflicto dividiendo el campesinado y produciendo facciones que debilitarían la ideología y la subsiguiente acción subversiva. Con la desmovilización del M-19 en 1990 y su integración a la escena política, quedan en el campo de batalla las FARC y el ELN. Para ese entonces, la guerrilla ya había incursionado en narcotráfico y secuestro y poco quedaba del proyecto inicial, de manera que los ganaderos y terratenientes, ante la amenaza de los guerrilleros, decidieron armarse, con amparo de cierta ala política, en las llamadas Autodefensas Unidas de Colombia. Este conjunto de actores en disputa llevaron al país a una crisis de la que todavía no se recupera y que a principios del siglo XXI alcanzó uno de sus puntos más altos:

Large areas of countryside are controlled by guerilla groups (there are 20,000 guerrillas in arms) and paramilitary forces (the paramilitaries claim 10,000 members). The government has no legitimate monopoly of force and is extremely weak; it does not and cannot effectively protects its citizens. Most crimes never come to trial, judges receive death threats and the army itself is accused of human rights violations (LeGrand, 2003, pp.165-166).

No le faltan razones a Evelio Rosero (2012) para juzgar con escepticismo la iniciativa izquierdista colombiana que en la novela está irónicamente representada por los estudiantes guerrilleros, liderados por Quiroz, quien da las órdenes:

-A partir de hoy se hace seguimiento al doctor Justo Pastor Proceso López -dijo Quiroz. Lo dijo lento, más que una orden. Y, dirigiéndose al poeta Puelles, como si refrendara al destinatario-: ¿Sabes dónde vive ese doctor, no? El doctor te llevará a la carroza. [...] síguelo estos días hasta el día de Negros, que cae jueves 5 de enero. Síguelo hasta el jueves, pero antes del viernes de Blancos, día del desfile, óyelo, tenemos que saber de la carroza reaccionaria y destruirla como justo desagravio a la memoria de Bolívar [...] (p. 275).

Y pese a que Rosero es muy explícito en su crítica a la izquierda armada representada en la joven célula guerrillera, su crítica va más allá del señalamiento, pues consigue exponer las contradicciones de los jóvenes revolucionarios para demostrar que se trata de muchachos comunes y corrientes disfrazados de guerrilleros, impulsados por una fiebre juvenil antes que por una convicción con fundamentos sociales o históricos:

[a] Rodolfo Puelles, de 22 años de nacido, le importaba un comino Simón Bolívar y el doctor Proceso y su carroza reaccionaria; lo único que deseaba era meterse al prostíbulo durante las fiestas de Blancos y Negros sin que ninguno de sus camaradas lo descubriera, sin que nadie después lo acusara de participar en crímenes de lesa humanidad, la más representativa lacra del capitalismo, la prostitución (p. 276).

Paradójicamente, los jóvenes revolucionarios coinciden con un general de la policía en su intención de destruir la carroza que tiene como motivo al Libertador. Y pese a que la carroza no fue expuesta en el carnaval, tampoco fue destruida:

El mundo idílico ancestral fue destrozado por la naciente república que surgió a destiempo [...] y el símbolo de la carroza de Bolívar se convertiría en una luz de esperanza, pues aunque no fue posible que desfilara esta vez, sus artífices, dicen, esperan el carnaval del año siguiente (Verdugo Ponce, 2013, pp.10-11).

Es notable que hayan sido los mismos artesanos quienes la escondieron “a la espera del carnaval del año que viene” (Rosero, 2012, p. 389) para resaltar la esperanza en una novela tan pesimista. Notable porque los artesanos pertenecen (han pertenecido siempre) a la clase popular. Notable que sean ellos a quienes corresponde esconder la carroza, cifra de la historia no oficial, con la ilusión de poder exhibirla algún día. La esperanza de enderezar la historia del país a partir del develamiento del pasado está en manos de las clases populares, en oposición evidente a la historia de Colombia y sus sucesivos fracasos, cuyos principales responsables han sido las élites de los partidos conservador y liberal.

El trasfondo que sustenta los hechos novelescos es un carnaval, las fiestas de Blancos y Negros de la ciudad de Pasto. Los diez días en que transcurre la novela son días en que todo está permitido y debería estar permitida también la exhibición de una carroza, máxime tratándose de Bolívar, que encarna tantos valores patrióticos. El carnaval, en efecto, se propone subvertir los valores, como bien afirma Bajtín (1971):

Las leyes, las prohibiciones, las restricciones que determinan la estructura, el buen desarrollo de la vida normal (no carnavalesca) están suspendidas durante el tiempo del carnaval; se comienza por invertir el ordenjerárquico y todas las formas de miedo que este entraña: veneración, piedad, etiqueta, es decir, todo lo que está dictado por la desigualdad social o cualquier otra (la de la edad, por ejemplo) (p. 312).

Al amanecer del 28 de diciembre, el protagonista, Justo Pastor Proceso López, se disfraza de simio, queriendo ser otro, como todos en el carnaval: “As opposed to the oficial feast, one might say that carnival celebrated temporary liberation from the prevailing truth and from the established order; it marked the suspension of all hierarchical Rank, privileges, norms, and prohibitions” (Bakhtin, 1984, p. 10). El protagonista no consigue romper con las normas y las jerarquías del mundo controlado por el establecimiento. Vanegas (2013) señala que dicho fracaso no obedece a una ley del destino, sino a que en la novela todo está invertido, hasta el carnaval: fracasa el carnaval, fracasa la máscara y fracasan las revoluciones: la revolución que llevan a cabo los muchachos disfrazados de guerrilleros en La carroza de Bolívar refuerza esas instituciones y es, en consecuencia, una revolución fracasada (138). El fracaso de la guerrilla, el ala efectiva de la ideología izquierdista en Colombia, también está muy claramente representado en la novela. No solo son muchachos doctrinarios, incapaces de indagar en la historia para confrontar los mitos de la independencia, sino que también utilizan la violencia injustificada para probar que pueden enfrentar al establecimiento. Esta violencia, sin embargo, no está dirigida al establecimiento como tal, sino a uno de sus empleados rasos:

El año pasado un comando del ejército del pueblo había ajusticiado a un desertor [...]. La muerte del policía era un error que Enrique Quiroz, auténtico promotor de la idea, no quiso ni pudo jamás reconocer ante los suyos: «Bolívar cometió grandes errores», se dijo, «los de un gran hombre: errores necesarios, pero no andaba por ahí confesándolos» [...], no había que «sentimentalizar» la muerte del policía, aunque se tratara de un simple y llano policía, que si bien era hijo auténtico del pueblo, estaba al servicio del imperialismo, perro del amo, guardián del opresor, carajo, esta es una guerra a muerte, como la que planteó Bolívar a los chapetones (Rosero, 2012, p. 272).

También en este punto, Rosero es capaz de ir más allá de la mera crítica a la torpeza de los jóvenes guerrilleros para descubrir que tras el asesinato del policía yace una tensión psicológica, pues Quiroz, el líder, debió ser quien le disparara al policía, pero no fue capaz, y por eso tuvo que ser Puelles, el poeta (de quien nadie esperaba nada) quien disparara: “Esa certeza asombró a Puelles: Enrique Quiroz lo abominaba por ser él quien disparó, por ser él quien se atrevió, pero lo abominaba sobre todo por ser él el único testigo de su cobardía” (p.277). Nótese que la novela habla sin tapujos; se refiere al “ejército del pueblo”, que es lo mismo que decir las FARC. En efecto, mirado desde el siglo XXI, el proyecto de las FARC como fuerza de izquierda opositora al establecimiento resultó completamente fracasado. La muerte del policía raso es la mitad de otra de las simetrías que el novelista utiliza como recurso estético, pues mientras los jóvenes guerrilleros asesinan a un “auténtico hijo del pueblo”, el general Aipe, representante del más reaccionario de los oficialismos -amante de Primavera, por demás, la esposa de Justo Pastor Proceso López- no solo atraviesa la novela sin un solo rasguño, sino que aparece en el carnaval disfrazado de Bolívar. El carnaval que sirve de escenario a La carroza de Bolívar no coincide con el carnaval de Bajtín, pues lejos de ser el escenario donde todo está invertido, donde se pierde la identidad bajo una máscara, donde se puede ser otro, las cosas conservan allí el orden establecido y la identidad no puede ser trastocada. Así lo prueba el hecho de que Proceso López haya sido reconocido bajo su disfraz, no solo por quienes lo asesinaron, sino también por su esposa y sus hijas al principio de la novela, que en lugar de asustarse ante la aparición del falso simio, se burlan del doctor (p. 33). El carnaval de la novela no coincide con el carnaval de la Edad Media y el Renacimiento. Más bien se asemeja al carnaval mediático estudiado por Eco (1984):

Carnival can exists only as an authorized transgression [...]. If the ancient, religious carnaval was limited in time, the modern mass-carnival is limited in space: it is reserved for certain places, certain streets, or frame by the television screen. In this sense, comedy and carnaval are not instances of real transgressions: on the contrary, they represent paramount examples of law reinforcement. They remind us of the existence of the rule (p. 6).

Las Fiestas de Blancos y Negros de Pasto son el trasfondo de acontecimientos que refuerzan el status quo, que invierten el sentido transgresor del carnaval para darle la vuelta completa a una sociedad que termina en el mismo lugar donde empezó: el Bolívar de la historia alternativa, enmascarado y el de la historia oficial, defendido a muerte.

Conclusiones

La preocupación principal de La carroza de Bolívar es la situación actual de Colombia como resultado de, por lo menos, dos revoluciones fallidas. Prueba de ello es que solo pueda describirse el fracaso de la izquierda armada desde el siglo XXI: esta novela no habría podido escribirse en los setenta, digamos, cuando la promesa de la revolución seguía vigente. Lo mismo sucede con Bolívar, pues Colombia apenas ahora puede enfrentar la desmitificación del Libertador. Segundo: La carroza de Bolívar no se agota en la imagen del Libertador. Bolívar sirve como el referente de lo otro: aquello que quiere dar a conocer, una historia alternativa del mito de la independencia que se ha presentado siempre como un proyecto consolidado y unificado que propendió por la libertad de todos los colombianos como iguales. Su intención es revelar que bajo el mito de los padres de la patria yace una agenda política clara que pretendió y logró establecer una élite en la naciente república y en consecuencia marginó a un sector muy importante de la población. La élite independentista se hizo con el poder y lo conservó intacto no solo hasta mediados del siglo XX, cuando el Frente Nacional, como programa político que resolvería la crisis de la Violencia se turnaría la presidencia entre los dos partidos tradicionales de Colombia, sino que todavía hoy esa misma élite sigue tomando decisiones definitivas sobre el curso del país, gobernando para sus propios intereses, como lo prueba el escepticismo de la mirada de Rosero, que escribe ya en el siglo XXI, sobre la historia del país. La carroza de Bolívar es también una inesperada revelación del fracaso de la izquierda colombiana representada en las guerrillas, específicamente en las FARC. Teniendo como principal argumento la violencia, estas fueron perdiendo gradualmente el crédito de los colombianos. Hoy en día son apenas un grupo delincuencial sin ideología alguna.

Rosero, de ascendencia nariñense, escribe desde la periferia. Su novela descubre que tanto el centralismo de los gobiernos colombianos como la oposición fracasaron, y que Colombia es hoy el resultado de una serie de eventos concatenados en virtud de intereses personales: ya de Bolívar y la campaña de Independencia, ya de las FARC, y que, en últimas, el país no existe como unidad más que en el mito del Libertador.

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Notas

1 Artículo derivado de investigación.
2 Cómo citar este artículo: Gil Alzate, D. (2016). La carroza de Bolívar. Simetría de dos revoluciones fracasadas en Colombia. Estudios de literatura colombiana 38, pp. 145-162. DOI: 10.17533/udea.elc.n38a07
3 Para una discusión actualizada sobre el pensamiento y la figura de Bolívar, véase: Juan Guillermo Gómez García (2015). La carta de Jamaica 200 años después. Vigencia y memoria de Bolívar. Bogotá: Ediciones B
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