Artículos
Poetas de los años setenta en Colombia: denominaciones y singularidades
Poets of the seventies in Colombia: denominations and singularities
Poetas de los años setenta en Colombia: denominaciones y singularidades
Estudios de literatura colombiana, núm. 39, pp. 107-120, 2016
Universidad de Antioquia
Recepción: 15 Febrero 2016
Aprobación: 25 Abril 2016
Resumen: Este artículo hace una revisión historiográfica de una generación que ha sido identificada con varias denominaciones: Posnadaístas, Generación sin Nombre, Frentenacionalistas, Desarraigados, Generación Desencantada, Generación Golpe de dados, Poetas del In-xilio, entre otros. En los estudios consultados hay muchos apelativos pero poca claridad sobre cuáles son los poetas que la integran. Esas contradicciones demuestran que el método de periodización generacional es inapropiado, pues reúne forzadamente en un solo grupo a escritores diversos.
Palabras claves: Poetas de los setentas en Colombia, historiografía de la poesía colombiana, periodización literaria.
Abstract: This article presents a historiographical review of the generation that has been identified with many denominations: Posnadaístas, Generación sin Nombre, Frentenacionalistas, Desarraigados, Generación Desencantada, Generación Golpe de dados, Poetas del In-xilio, among others. In the read studies there are many labels but is not clear who are the poets that are part of. Those contradictions demonstrate that the method of generational periodization is not suitable, because classified different writers in only one group.
Keywords: Poets of the seventies in Colombia, Colombian poetry´s historiography, literary periodization.
Introducción
En los principales ejercicios historiográficos sobre la poesía colombiana, los nombres de los poetas han sido agrupados o bien en movimientos-de orden literario, político, social o cultural-, o bien en generaciones. Este último método ha sido el predominante, si bien, en su afán de periodización, como concluye el comparatista Claudio Guillen (2005), casi siempre se termina destacando lo homogéneo y “subestimando las diferencias y disconformidades entre grupos, corrientes y movimientos formados por personas de idéntica edad” (p. 339), coartando la comprensión de las individualidades y restringiendo la observación de fenómenos poéticos que no se sujetan necesariamente a la cronología. Y si bien no se puede descartar que hacen parte de una generación, que se ven influidos por las condiciones sociales y culturales de su tiempo y que tienen, seguramente, una visión del mundo compartida, es necesario entender que nunca se encontrará una visión del mundo única, dominante, pues no existe una comunidad totalmente homogénea y exenta de conflictos entre sus miembros (Gil-Albarellos, 2006, pp. 110-111).
Uno de los casos en el que la limitación del esquema generacional se ha hecho patente en la historia de la poesía en Colombia ha sido el que concierne a la generación que se ha llamado Desencantada (Posnadaístas, Generación sin Nombre, Frente-nacionalistas, Desarraigados, Generación Golpe de dados y Poetas del In-xilio), correspondiente a escritores nacidos entre las décadas del 30 y 40 del siglo xx, y cuyas primeras publicaciones pueden fecharse en las décadas del 60 y 70, incluso los 80. Ningún acuerdo respecto a la nómina de sus integrantes; su nombre o sus fechas de vinculación son algunos de los problemas que ha llevado a que no solo sean los poetas que más apelativos han recibido en la historia de la poesía colombiana, sino también los que han sido organizados de forma más artificiosa, demostrando, una vez más, que el método generacional, predominante en la elaboración de la historia de la poesía en Colombia, se ha convertido en una especie de vicio historiográfico. Todo esto limita la posibilidad de que haya acercamientos que admitan “variedades y diferencias no sólo entre tendencias y sucesos nuevos y novedosos, sino entre lo nuevo y lo viejo, o mejor dicho entre los valores nuevos y las remozadas cualidades que en contacto con estos asume lo viejo” (Guillen, 2005, p. 339). Un modelo semejante aceptaría que dentro de una misma generación haya movimientos y tendencias contrapuestas. Además, evitaría homogeneizar lo no homogeneizable a través de divisiones forzadas y acomodaticias, alcanzando una comprensión desde la singularidad de las obras y su correspondencia con el sistema poético y cultural en el que se encuentran inscritas.
La generación de muchos nombres
El intento de nombrar oficialmente esta generación lo hizo James Alstrum en la Historia de la poesía colombiana, panorama crítico y analítico de la evolución de la poesía del país desde el periodo precolombino hasta la década de los 80. En esa obra colectiva se elabora en una periodización de la historia de la poesía colombiana y se identifican los autores canónicos y canonizables. En el capítulo “Generación de Golpe de dados. Aspectos principales del movimiento posnadaísta”, Alstrum (1991) evalúa el panorama de la poesía de las dos décadas inmediatamente anteriores. Su nómina incluye dieciocho poetas: José Manuel Arango (Carmen de Viboral, 1937 - Medellín, 2002), Giovanny Quessep (San Onofre, 1939), Elkin Restrepo (Medellín, 1942), Miguel Méndez Camacho (Cúcuta, 1942), William Agudelo (Bolombolo, 1942), Jaime García Maffla (Cali, 1944), Henry Luque Muñoz (Bogotá, 1944- 1995), Harold Alvarado Tenorio (Buga, 1945), Álvaro Miranda (Santa Marta, 1945), María Mercedes Carranza (Bogotá, 1945 - 2003), Augusto Pinilla (Socorro, 1946), Juan Manuel Roca (Envigado, 1946), David Bonells (Chía, 1946), Darío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Osos, 1947), Juan Gustavo Cobo Borda (Bogotá, 1948), Anabel Torres (Bogotá, 1948), Renata Durán (Bogotá, 1948) y Álvaro Rodríguez Torres (Zipaquirá, 1950). Casi diez años después, Alstrum publica La generación desencantada de Golpe de Dados: poetas colombianos de los años 70 (2000). La nueva nómina solo incluye a Arango, Restrepo, García Maffla, Alvarado, Carranza, Roca, Jaramillo y Cobo. Quessep aparece junto con Mario Rivero (Envigado, 1935 - Bogotá 2009) y Jaime Jaramillo Escobar (Pueblo Rico, 1932), como antecesores de esta generación, cuyo nombre encuentra justificación en la participación de estos poetas en la revista aparecida en 1973 y dirigida por Mario Rivero. De ahí que el crítico norteamericano apunte lo siguiente:
lo que sí ha reunido más a estos poetas además de su desencanto general ante su mundo circundante ha sido su afiliación indiscutible a la revista Golpe de Dados en donde han participado en un diálogo intertextual con la poesía escrita en todas partes del mundo hoy en día. Su empeño en tal actividad los ha llevado a su vez a la traducción (la forma más conocida y clásica de la traición textual) y a una escritura poética que representa una autocrítica y asimilación de poemas ajenos y no la simple indulgencia personal o el narcisismo. Así pues, por el rasgo constante de una suerte de intertextualidad que caracteriza su obra colectiva y marca también la sobredicha revista con la cual la mayoría ha estado afiliado desde sus comienzos, nos parece más sensato rebautizar este grupo de poetas como la “Generación desencantada de Golpe de Dados” (Alstrum, 2000, pp. 50-51).
La tarea de Alstrum es, ciertamente, un aporte importante al estudio de los poetas de este periodo; no solo por el intento de nombrarlos, sino además por su evaluación de las características que les son comunes, actividades que requieren un gran esfuerzo de sistematización. No obstante, la denominación Golpe de dados no ha sido aceptada como definitiva, quizá debido a los matices diferenciadores en los títulos de sus trabajos: “Generación de Golpe de dados; aspectos principales del movimiento posnadaísta” (1991) y La generación desencantada de Golpe de Dados: poetas colombianos de los años 70 (2000). Que ‘posnadaístas’ que no aparezca en el segundo título se debe, seguramente, a que para el 2000 ya era claro el distanciamiento de estos poetas de la noción de espectáculo que los nadaístas daban a la poesía. En esta misma línea, siendo precisos con la terminología literaria, no se puede hablar de movimiento posnadaísta, puesto que estos escritores nunca se afiliaron a un programa poético común y, además, como se verá más adelante sus obras surgen en paralelo y no después.
Con respecto al apelativo Generación Golpe de dados, también hay objeciones. De estos escritores pocos hicieron parte de esta revista y solo dos, Jaime García Maffla y Giovanny Quessep, fueron parte del equipo impulsor del mismo, es decir, tuvieron que ver en la definición de los lineamientos poéticos y editoriales de la revista. Lo que Alstrum retoma para nombrarlos así es la característica de intertextualidad poética, compartida tanto por la revista como por los poetas de esta generación, que dejaron permear su poesía por influencias foráneas. Pero esta forma de agruparlos alrededor de una revista termina siendo forzada, fundamentada en la necesidad de encontrar a toda costa un nombre y programa abarcador para definirlos y en la tradición de agrupar a los poetas en torno a publicaciones. La revista Golpe de dados, además, estuvo siempre dispuesta a presentar todo tipo de voces y a dar cuenta de la poesía que se estaba escribiendo en el país y en el mundo. Durante su historia, que sumó más de tres décadas, buscó antes que establecer un programa poético, mostrar la multiplicidad de voces que aparecían en el panorama local y global. Por tanto, decir que los poetas de los años setentas son la generación Golpe de dados es negar que esta revista también publicó y de algún modo fue trascendente en la definición de las voces de poetas que publicaron sus primeros libros en los ochentas, los noventas y en los años que siguieron el 2000; es desconocer la relevancia que tuvieron en ella poetas como el mismo Mario Rivero o Fernando Charry Lara, que en ningún momento se han asociado a los “desencantados”, término acuñado por Harold Alvarado Tenorio en el artículo “Una generación desencantada: los poetas de los años 70’s”, publicado en el Magazín dominical de El Espectador (1984), que daría origen a la antología del mismo título (1985).
Debido a su buena acogida del artículo del Magazín, en el segundo estudio, Alstrum retoma este término y lo incluye en su propuesta, tratando de resaltar lo que quiere definir como punto de unión: la pertenencia a Golpe de dados. Mientras Alstrum (2000) señala que el desencanto de estos poetas tiene su origen en la situación social, política, artística y vital que les tocó en suerte (p. 51), para Alvarado Tenorio (2013) este fue signo de
la desconfianza respecto de tantas voces y aplausos, y la búsqueda, afanosa, de unas tradiciones de donde asistirse, luego de la iconoclasia y borrón y cuenta nueva que habían prohijado de la mano de los Nadaístas los Frentenacionalistas.
Palabras a las que pueden sumarse las de Antonio Caballero (1985) en el prólogo a la antología de Tenorio:
Si algo sirve de vínculo generacional a este puñado de poetas, tras la evidencia de las fechas de nacimiento, es el temor a ser engañados; y la sospecha, casi la convicción -más intelectual que poética, más del saber que del sentir- de que durante toda su vida han querido engañarlos; y la resignación -a veces- ante ese engaño sufrido, consentido. Engaño que lo impregna todo -el amor, la memoria- y que forma para empezar parte esencial del país en que viven (p. 7).
Y aunque desencantados reemplazó a Generación sin nombre , primer apelativo que tuvo la generación, y se sostuvo en el rebautizo de Alstrum, el término no ha dejado de ser debatido, especialmente por los propios miembros de esta generación. Escribe Jaime García Maffla (1992):
Hay que hacer a estas alturas una suerte de paréntesis, más bien de excurso, para decir que el grupo, en cuanto tal, ha recibido distintos apelativos: Generación sin nombre, Del Frente Nacional, Postnadaísta, De Golpe de Dados, o el de Desencantada, éste último el que no era, el solo invalidado cuando pensamos que el mayor de sus poetas es autor del Libro del encantado, que uno de quienes ejercen más penetrante influjo entre sus coetáneos consignó en su poética “Me interesa la búsqueda de lo mágico”, que la voz femenina más oída expresó: “Me hago como puedo a lanzas, corazas, ilusiones”. Que otras de las primeras figuras han estado Atento al canto de las sirenas; uno, y el otro monta un poema suyo sobre el cifrado número siete con el verso: “Azul Azul Azul Azul Azul Azul Azul” para zanjar la polémica sobre el último apelativo reduzcamos las cosas diciendo que la antigua república de los poetas es hoy un barrio de invasión (pp. 16-21).
Palabras que ponen en entredicho la denominación de Desencantados, prematuramente acuñada por Alvarado Tenorio toda vez que apenas se estaban consolidando estas voces para la poesía colombiana.
Para Juan Manuel Roca (2012) el calificativo no es afortunado, pues
serviría para acoger a cualquier generación poética en Colombia:
Creo que para que haya desencanto tuvo que haber primero algún encanto y ninguna generación colombiana en lo que va de su vida republicana ha estado encantada. Por lo cual, ese nombre le vendría bien a los más destacados de “Los Nuevos”, que intentaron acoplarse a la modernidad mostrando su desencanto frente a un país que Baldomero Sanín Cano llamó una “república fósil”. También resultarían desencantados de la vida literaria aldeana del país los poetas y escritores del grupo de “Mito” en los años cincuenta, cuando fundaron su revista paradigmática. O los nadaístas, que plantearon su fobia a la solemnidad y a las tradiciones nacionales, que en sus inicios afirmaron descreer de todo y se mostraron en lo social y en lo estético como una secta de auténticos desencantados. A todas estas, a lo mejor los únicos encantados fueran algunos de los poetas de “Piedra y Cielo” cobijados bajo el aserto de su líder Eduardo Carranza: “salvo mi corazón todo está bien” (inédito).
Roca prefiere llamar a su generación “poetas del inxilio”, alusión al drama del desplazamiento social en Colombia:
El inxilio sería una suerte de exilio interior, un despojo de núcleos humanos, movedizos, de familias desplazadas a las que les han usurpado sus tierras. Quienes padecen el drama del exilio interior saben que muchos de estos generadores de expulsión -paramilitarismo, guerrilla, violencia estatal-, han sido atrapados por el negocio de la guerra, un negocio muchas veces auspiciado por el narcotráfico y por los políticos venales (inédito).
García Maffla señala que existe encanto en su poesía y la de sus con- temporáneos; para Juan Manuel Roca decir “desencantos” es redundante. Ambos están en lo correcto. Como revela el título de Quessep, El libro del encantado, o las palabras de José Manuel Arango y de María Mercedes Carranza citadas por García Maffla, muchos poemas salidos del puño de esta generación celebran la vida, el amor, la mujer, a los ídolos literarios, artísticos y políticos. En términos estéticos, celebran la palabra poética, se encantan con ella, como en “Alguien me nombra”, de Quessep (2007):
Sólo en esa penumbra
que hace la palma bajo el aire celeste alguien me nombra, y pienso entonces que no todo he perdido de la vida (p. 185).
Que haya un tono amargo en las palabras que dan cuenta de la realidad del país puede explicarse considerando la Colombia que les ha tocado vivir, que es en lo que insiste Roca. En primer lugar muchos nacieron en la década tumultuosa de la segunda guerra mundial. Su infancia, además, estuvo signada por la violencia bipartidista y así mismo, de adultos, tuvieron que acogerse al Frente Nacional. Fenómeno político que generó alta apoliticidad entre los jóvenes, ya que dejó “muy claro que el poder en Colombia se repartía irremisiblemente entre las dos grandes fracciones políticas de la clase dirigente” (Carranza, 1982, p. 339). De otro lado, les tocó presenciar el fortalecimiento y la posterior crisis de la izquierda, terreno político que los llevaría al escepticismo. Que su compromiso sea con la poesía antes que la política, ha hecho común el comentario de que los poetas de esta generación son poco comprometidos. Como señala Carranza (1982), es en este sentido que se puede hablar de rechazo, de “desencanto” ante esta situación (p. 339). Bajo un panorama tan complejo como el vivido por estos escritores, la declaración de autonomía es estrictamente poética: la poesía como un acto individual que no puede cambiar el mundo pero que sirve como una forma de apropiarse y dar testimonio de él. Bastaría leer “La patria”, de la misma Carranza (2010), para comprender este desencanto:
Todo es ruina en esta casa,
están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa son ruina, las lágrimas, el silencio, los sueños,
Las ventanas muestran paisajes destruidos, carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelven con miedo. En esta casa todos estamos enterrados vivos (p. 84).
Con respecto a la realidad que les ha tocado vivir y su expresión poética, las palabras de José Manuel Arango a Piedad Bonnett (2003) son esclarecedoras. Retomando la idea de Álvaro Mutis sobre la desesperanza, Arango dice que esta es su actitud: “[La desesperanza] como un estado de gracia, de aceptación lúcida. No es la resignación ni el cinismo, sino que lleva a otra celebración de la vida, por terrible y efímera que sea” (p. 178). Esta forma de evaluar la actitud del poeta frente a la realidad parece más pertinente para comprender las voces de esta generación, más desesperanzadas que desencantadas. Otros estudiosos han discurrido alrededor de los desencantados. Entre ellos se cuentan: Cobo Borda, “La nueva poesía colombiana: Un oficio subversivo (1970-1980)” y una compilación (inédita) de un seminario sobre poesía postnadaísta realizado en la Universidad de los Andes, textos recogidos por Juan Manuel Roca y Samuel Jaramillo (1983), actualmente en la biblioteca de la Casa Silva.
La generación estrictamente hablando
Pero si encontrar un nombre es difícil, decidir quiénes hacen parte de esta generación y quiénes no lo es todavía más. En el segundo listado de Alstrum dejaron de figurar muchos de los poetas del primero. Disminución que pudo atender tanto a la decantación natural que se dio entre ambos estudios, como a las posibilidades que permitían los matices de cada título. Así, por ejemplo, el caso de David Bonells, incluido entre los posnadaístas sale del segundo listado, pues actualmente es vinculado al Nadaísmo. De igual modo, en el segundo estudio, Alstrum marca un límite temporal: poetas de los años setenta, esto hace que la segunda lista excluya obligatoriamente a Renata Durán, Anabel Torres y Álvaro Rodríguez Torres, que empiezan a publicar en los años ochenta. Los poetas que Alstrum antóloga en su libro del 2000 son, sin dudas, los poetas más reconocidos de la generación. Entre los otros críticos mencionados, además de los poetas elegidos por Alstrum en sus dos aproximaciones, se nombran también a Darío Ruiz Gómez (Anorí, 1936), José Luis Díaz Granados (Santa Marta, 1946), Raúl Henao (Cali, 1944), Jaime Manrique Ardila (Barranquilla, 1949) y Fernando Garavito (Bogotá, 1944 - Nuevo México, 2010). Es importante notar que en general se ubica la generación en los años 70 considerando la fecha de publicación de los primeros libros. Sin embargo, son varios los poetas que publicaron en la década anterior: Quessep publica Después del paraíso (1961) y El ser no es una fábula (1968); Elkin Restrepo Bla, bla, bla y García Maffla Morir lleva un nombre corriente (1968). También aparecen publicados, este mismo año, El laberinto, de José Luis Díaz Granados y Los golpes ciegos, de Miguel Méndez Camacho. Quizá por practicidad, Alstrum saca de la lista a Quessep y con el mismo criterio los agrupa bajo la denominación de “poetas de los setentas”, eliminando, de paso, la dificultad que le impedía anexar a Arango, Tenorio, Cobo, Carranza, Roca y Jaramillo Agudelo, que publican a partir de 1973.
Aparece allí uno de los principales errores en una periodización tan puntual como la que se ha hecho para esta generación, y es que, ante la clara relación de contemporaneidad de estos poetas con los nadaístas, se ha tenido la tendencia de hablar de los “desencantados” como herederos o continuadores al darles el título de posnadaístas. Como hemos visto, la generación desencantada incluye poetas nacidos en las décadas del 30 al 50, cuyas primeras publicaciones aparecen entre 1961 y 1982. Las fechas coinciden con los miembros del Nadaísmo. ¿Qué los diferencia? Que los primeros se agruparon en un movimiento y los segundos, no. Posnadaístas, además, aunque fue un calificativo que tuvo cierta permanencia, fue también desmontado por María Mercedes Carranza (1982):
No resulta muy preciso darle a estas notas el título de “poesía posnadaísta”, pues si hacemos uso de la cronología, advertiremos que varios de los poetas a los cuales habría que considerar como “posnadaístas” son mayores en edad que los mismos nadaístas. Por ejemplo: Eduardo Escobar -nadaísta- nació en 1943 y Giovanni Quessep -posnadaísta supuestamente- en el 39; Jotamario -nadaísta- es del año 40 y Darío Ruiz Gómez -Posnadaísta supuestamente- del 37; José Manuel Arango -Posnadaísta- nació también en el 37 y David Bonells -nadaísta- en el 45. Es más: el libro de poesía más importante, y que constituye un aporte valioso del género hecho por los nadaístas a la poesía colombiana, Los poemas de la ofensa, de Jaime Jaramillo Escobar (X-504), se publica en 1968, cuando ya varios de los supuestos posnadaístas habían publicado libro o lo harían ese mismo año: Jaime García Maffla, Elkín Restrepo, Giovanny Quessep, José Luis Díaz Granados, Nelson Osorio Marín, Miguel Méndez Camacho (p. 337).
Independientes de los nadaístas, es un error querer nombrarlos como sus herederos. Es claro que todos hacen parte de un periodo histórico. Viéndose obligados a vivir una misma realidad política y cultural, esta los vinculaba también, sin duda, el orden poético. Tal vez por eso, Jaime García Maffla (1992) dice que todos los miembros de su generación hacen parte de la misma estirpe; su riqueza, sin embargo, está en la diversidad de voces:
Al no conformar un movimiento programático, no llegan estos poetas a lo que podría entenderse como un lenguaje de época, sino al contrario, hacen un grupo generacional que se distingue por la diversidad, que es la riqueza de sus voces; una clara diferencia en las soluciones verbales los señala, no obstante estar su pensamiento poético modelado por una misma urgencia, una querencia, unas mismas convicciones y descreimientos, lecturas, episodios, historiales o prontuarios en el orden del espíritu, así como una misma actitud en la desdignificación del pasado (p. 17).
Nuevos posibles acercamientos
Probablemente, la primera gran dificultad planteada a los estudiosos de la poesía del período no nadaístas, fue que sus poetas rompieron con el paradigma de conformar un movimiento o programa estético conjunto. Y la inercia de esta típica forma de construir la historia de la poesía nacional, los llevó a un reduccionismo patente, que si bien deja claro que hay un vínculo histórico relevante entre ambas tendencias, invisibiliza la potencia de las expresiones individuales. Bastaría comparar la influencia medieval en un poema de Quessep con la tendencia surrealista de Juan Manuel Roca; una de las pequeñas y sobrias estampas de José Manuel Arango con el poema largo y complejo de García Maffla; o el culteranismo renacentista de Álvaro Miranda con el prosaísmo cotidiano de Harold Alvarado Tenorio, para ver cómo las diferencias saltan a la vista, especialmente en el tratamiento formal y la concepción de lo que es la poesía para cada uno. Una evaluación distinta, que se aleje de esta apreciación positivista de la historia literaria -modelo importado, que desestima las polémicas y antagonismos del periodo, y aísla a la literatura de la realidad histórica y social, como señala el crítico Rafael Gutiérrez Girardot (1986, p. 43)-, para acercarse a una consideración de la literatura como polisistema, destacaría la pluralidad de valores, de estilos, convenciones, temas y formas, y las confrontaciones y disconformidades presentes (Guillen, 2005, p. 338). Ello permitiría encontrar un implícito beneficio en las tensiones existentes. Por ejemplo, la tensión resultante entre la ruidosa y autopublicitaria actitud de los nadaístas y quienes optaron por no vincularse ni agruparse en oposición. Tensión que sin lugar a dudas implicó diferentes modos de socialización y posicionamiento de la obra poética frente al público, así como concepciones distintas de lo que era la poesía. También llevaría a reconocer el alcance significativo que finalizó con la anquilosada tradición de las agrupaciones, decisión que no solo les benefició a ellos sino que marcó un antecedente que impulsó a que los poetas que les siguieron se reconocieran desde perspectivas individuales (García, 2012, p. 83).
Modelos de continuidad evitarían establecer cortes estrictos para decidir quiénes van y quiénes no. En el caso de los poetas referidos, no se tendría que aislar a Mario Rivero y Giovanny Quessep, catalogados como insulares; tampoco se caería en el error de incluir solo el estrato central y canonizado, olvidando la periferia; habría, de esta manera, autores “menores” que ya no saldrían del panorama, como Raúl Henao y Henry Luque Muñoz; o mujeres como Anabel Torres y Renata Durán, quienes junto a Carranza abrieron un espacio real para la poesía femenina; aparecerían, finalmente, grandes ausentes como el poeta Raúl Gómez Jattin (Cartagena, 1945-1997), que no se menciona, tal vez porque su primera obra se publicó en 1980. Considerando que el itinerario temporal de la literatura es un proceso complejo y selectivo de acrecentamiento y que “los sistemas literarios evolucionan de una manera singular que se caracteriza por la continuidad de ciertos componentes, la desaparición de otros, el despertar de posibilidades olvidadas, la veloz irrupción de novedades, el efecto retardado de otras” (Guillen, 2005, p. 340) y de acuerdo con Render en que “la unidad de la literatura debe ser hallada en las obras y autores particulares y no en los periodos ni movimientos literarios” (García Dussan, 2012, p. 87), puede señalarse este momento como una de las épocas más ricas de la poesía colombiana, toda vez que abrió el camino a múltiples posibilidades expresivas que hoy en día todavía tienen vigencia y continuidad. Y es que tanto la militancia poética de los nadaístas como la no asunción a su programa por parte de los otros poetas tuvieron efectos literarios y estéticos.
Uno de los efectos más positivos fue la descentralización de la poesía. En un momento en que los focos de poder estaban en Bogotá, el que jóvenes de las clases medias y bajas provenientes de la ciudades periféricas obtuvieran la atención de la prensa que alcanzaron los nadaístas (Romero, 2009, p. 12), enseñó a los colombianos que escribir no era privativo de las clases altas. De otro lado, la actitud no militante de otros poetas derivó en una postura que dejaba la adscripción a asuntos extraliterarios en un segundo plano frente a la poesía. De esa manera el poema se transformó en un espacio de evaluación crítica de la situación social y política del país y no de proselitismo o rancio patriotismo. Libros como Los ladrones nocturnos (1977) o Señal de Cuervos (1979) de Juan Manuel Roca, o El canto de las moscas (1997) de María Mercedes Carranza, expresan la actitud crítica de los poetas frente a lo político y en las que el tema de la violencia será tan recurrente como en la dura realidad del país. Escribe Juan Manuel Roca (2013) en “Diario de noche”:
A la hora en que el sueño se desliza Como un ladrón por senderos de fieltro, Los poetas beben aguas rumorosas Mientras hablan de la oscuridad,
De la oscura edad que nos circunda.
A la hora que el tren tizna la luna
y el ángel del burdel se abandona a su suerte (p. 74).
La inclusión de lo urbano como topos y temática del poema tiene en Poemas Urbanos (1963) de Rivero, En este lugar de la noche (1973) de José Manuel Arango y En la parte alta abajo de Helí Ramírez (1948) -otro olvidado en las listas-, tres grandes referentes de perspectivas únicas que serán continuados por los poetas contemporáneos. La ciudad, vida burbujeante, sitio que se ama y al que se pertenece. La “Ciudad” de Arango (2009) también aparece como fuente de misterio, peligro y horror:
como repiten las manos del ciego la forma
de una vasija
o recorren un rostro, minuciosamente así voy, en la noche,
por la ciudad (mujer
rencorosamente poseída
y vasto territorio del tacto:
conozco
el sabor agrio de tu sexo) (p. 30).
Urbanismo que da entrada al lenguaje de lo cotidiano y de la calle, contribuyendo a la liberación del lenguaje, otro de los legados esenciales del periodo. Liberación que posibilitaría una poesía despojada de artificios y presiosismos retóricos, cercana al prosaísmo y formalmente suelta, alejada del puritanismo al que la élite literaria colombiana la tenía confinada. Liberación que se afianzaría con la inclusión reiterada del contenido erótico, que fue más allá de lo que propuso Gaitán Durán, pues celebró el goce como fiesta de los sentidos: mirar, tocar, saborear, escuchar, olfatear y sentir; pero también como posesión del cuerpo del otro y reconocimiento del propio; como una forma de sentirse vivos y un camino para reconocer el mundo. Un contenido que encontraría expresión estética tanto en forma hermética y contenida, como en un lenguaje corriente, directo y hasta pornográfico, introduciendo en el panorama de nuestra poesía el erotismo femenino, el homosexualismo, el bisexualismo, y otras expresiones sexuales como la zoofilia, recurrentes en “La gran metafísica es el amor” de Gómez Jattin (2004):
Nos íbamos a culear burras después del almuerzo Con esas arrecheras eternas de los nueve años Ante los mayores nos disfrazábamos de cazadores de pájaros La trampa con su canario De colectores de helechos y frutas Pero íbamos a gozar el orgasmo más virgen El orgasmo milagroso de cuatro niños y una burra Es hermosísimo ver a un amigo culear
(p. 76)
Cabría señalar muchos más posibles nuevos campos de acercamiento critico a una poesía a la que se adeuda todavía más lecturas y revisión. Además de los mencionados, otros fenómenos de índole estética como influencias comunes en algunos, la relación con la poesía latinoamericana y universal, la continuidad y la ruptura de la tradición colombiana, u otras temáticas reiterativas -como las de los homenajes artísticos, el paisaje, el retratismo, etc.-, podrían visibilizarse al contemplar, precisamente, la riqueza en la diferencia y no en la unidad.
Bibliografía
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