Artículo no arbitrado

Inquietudes coloniales: literatura e historiografía literaria de “Colombia”

The colonial literature of ‘Colombia’? Thoughts on literature and historiography

Michael Palencia-Roth
University of Illinois, USA

Inquietudes coloniales: literatura e historiografía literaria de “Colombia”

Estudios de literatura colombiana, núm. 39, pp. 139-151, 2016

Universidad de Antioquia

Recepción: 12 Agosto 2015

Aprobación: 29 Abril 2016

A modo de introducción

A la memoria de Óscar Collazos y R. H. Moreno-Durán

Hace más de dos años escribí un ensayo extenso sobre la literatura colonial de Colombia para una editorial en Inglaterra. Había aceptado la invitación con el optimismo de un apasionado y dedicado lector de las letras coloniales de mi país. No anticipaba grandes dificultades, pues por unas tres décadas había leído a los escritores y a los críticos-historiadores más destacados y citados en la materia, entre ellos a José María Vergara y Vergara, Antonio Gómez Restrepo y Héctor H. Orjuela. Las dificultades comenzaron cuando me sometí a la tarea de comparar, en detalle y en conjunto, los comentarios de los críticos con las obras y sus ediciones, las vidas y los contextos históricos de los escritores mismos. Estas comparaciones abrieron huecos en mi conocimiento y despertaron incertidumbres. Crearon en mí inquietudes coloniales. Comencé a navegar aguas más turbias que aquellas que había anticipado, aguas que me obligaron a formular las siguientes preguntas: primero, ¿existe la literatura colonial de Colombia? Segundo, si bien hubo escritores, ¿existe una tradición literaria neogranadina en sí? Tercero, hemos tenido grandes historiadores de nuestra literatura, todos con buenas intenciones, pero a veces sin acceso a los archivos, las mejores colecciones o ediciones; entonces, ¿algunas de sus opiniones y aportes, por valiosos que sean en muchos aspectos, son confiables empíricamente o son, más bien, productos de un nacionalismo auxiliado por la imaginación? En fin, ¿en qué consiste la historiografía literaria de la época colonial de nuestro país? En comparación con las historiografías literarias de, por ejemplo, México y Perú, la historiografía de nuestra literatura colonial presenta toda una serie de dificultades para el intérprete e investigador. Mi intención, quizás controversial para algunos, es la de animar a los estudiantes de la literatura colonial de nuestro país a reflexionar sobre cómo dicha literatura ha sido estudiada y representada en el pasado y cómo debería estudiarse y representarse hoy en día.

“Colombia”, entre comillas, en términos geopolíticos, solamente existe a partir del siglo XIX. Antes, lo que iba a ser “Colombia” fue primero el “Nuevo Reino de Granada”; después, el “Virreinato de la Nueva Granada”. Estos dos “reinos” ocuparon un territorio mucho más grande que el de la actual Colombia, considerado entonces como una sola región, que fue administrada como tal. Por lo tanto, la historia de “la literatura colonial” neogranadina podría incluir escritores y textos de lo que hoy son Panamá, Ecuador y Venezuela, por lo menos. Decir que hay una historia de la literatura colonial de Colombia, sin comillas, es incurrir en el error de inventarse una literatura “nacional” antes de que existiera la “nación”. Aunque este error parezca trivial, no lo es. Podría decirse que el error es solo “semántico”, pero es difícil de corregir, y eso porque también es geográfico y político. Puede resultar en otros errores (de comisión y omisión), en exageraciones y en cuestionables decisiones editoriales, entre otras cosas. Adicionalmente, a veces el patriotismo ciega. Vale repetir que en la época colonial no hay una tradición literaria nacional porque no hay nación. Es obvio. Menos obvia es la falta de una tradición literaria neogranadina en sí.

¿Una tradición literaria neogranadina?

En la época colonial del Nuevo Mundo se creó una tradición textual en lo jurídico, lo eclesiástico y lo histórico-documental (como la relación y la crónica), pero relativamente poca tradición literaria en sí, y casi ninguna neogranadina. En 1506, el rey prohibió la venta y circulación de obras de ficción en el Nuevo Mundo porque contenían “mentiras”, lo cual dificultaba el buen gobierno” de las Indias (Montesinos, 1906, vol. 1, p. 17)1. En 1531 (4 de abril), la reina, actuando en ausencia del rey, promulgó un decreto prohibiendo la exportación hacia el Nuevo Mundo de libros de ficción como el El Amadís de Gaula. Dichos libros, como no trataban del cristianismo y la moral, dificultaban el proceso de colonización (Toribio Medina, 1898-1907, vol. 6, p. xxvii)2. Semejantes decretos se repitieron varias veces durante el siglo XVI. A veces fue difícil conseguir obras literarias, y en todo caso pocos colonos disfrutaban del tiempo de ocio para leerlas en medio de una vida insegura. Además de eso, los escritores neogranadinos, en su mayoría, vivieron y escribieron en aislamiento. Rara vez dialogaron los unos con los otros, no formaron escuelas literarias. Casi no se leían entre sí. La tendencia era leer a los clásicos (Virgilio u Ovidio), a escritores de España (Góngora o Quevedo) o, inclusive, a escritores de otras partes del Nuevo Mundo (Alonso de Ercilla o Sor Juana Inés de la Cruz). La “tradición literaria” llegaba de fuera, principalmente de textos y autores que constituyeron la inspiración para lo que se denomina el “Barroco de Indias”.

Si alguno que otro escritor neogranadino alcanzó a publicar algo, no lo hizo en la Nueva Granada, pues la imprenta en el virreinato, a diferencia de las de México y Perú, se estableció muy tardíamente, solo a partir de 17783. Las obras de la mayoría de los llamados escritores llegaron a conocerse años-a veces siglos- después de su muerte. No es una exageración decir esto, y es un error no tomar esta historia en cuenta. Por ejemplo, Antonio Gómez Restrepo (1945) celebra a Gonzalo Jiménez de Quesada como nuestro primer autor: “La literatura colombiana nace con el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada; y el primer nombre que la enaltece es el del descubridor y fundador, el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada” (p. 15). Con esto confirma las opiniones del pionero en la historia de nuestra literatura, José María Vergara y Vergara (1867, p. 54), del insigne Marcelino Menéndez y Pelayo (1911 y 1913, vol. 2, p. 17), de Gustavo Otero Muñoz (1928, p. 79) y de José J. Ortega (1935, pp. 6-7). Todos dicen lo mismo. Sin embargo, Rocío Vélez de Piedrahíta (1995) descarta la opinión de Gómez Restrepo, considerándola completamente errónea (pp. 19-20). Las crónicas de Quesada que hoy podemos consultar se publicaron mucho después de su muerte. Su Gran cuaderno apareció en la sección de Historia natural y moral de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo, que se publicó entre 1851 y 1855. Su Epitome de la conquista del Nuevo Reino de Granada apareció en 1889. Su fama no solo como autor de obras históricas sino también como poeta surge de una fuente “confiable”, Juan de Castellanos. Quesada es “varon [sic] en varias letras señalado”, escribe Castellanos en la primera parte de sus Elegías de varones ilustres de Indias, “el cual por su valor en el espada / Pudo llegar a ser adelantado” (1847, p. 289). Esta primera parte se publicó en 1589. En la cuarta parte de sus Elegías, publicada en el siglo XIX bajo el título Historia del Nuevo Reino de Granada, Castellanos resume las conversaciones que tuvo con Quesada y dice lo siguiente:



Jiménez de Quesada, licenciado, que es el Adelantado deste reino, de quien puedo decir no ser ayuno del poético gusto y ejercicio.
Y él porfió conmigo muchas veces ser los metros antiguos castellanos los propios y adaptados á su lengua,
por ser hijos nascidos de su vientre (1886, vol. 1, p. 367).

Desafortunadamente, la obra poética de Quesada no existe, porque se ha perdido en su totalidad. No hay un solo texto poético en el repertorio de documentos que constituyen el segundo volumen de la exhaustiva biografía de Juan Friede intitulada El Adelantado, don Gonzalo Jiménez de Quesada (1979). Una cosa es tener fama de ser poeta; otra cosa es tener también obra poética. El poeta que llamamos Homero, por ejemplo, tiene fama y además obra poética. Homero sin versos, sin las epopeyas la Ilíada y la Odisea, no sería el gran poeta griego “Homero” de la tradición literaria de Occidente.

Juan de Castellanos, nacido en España pero residente en Tunja durante las últimas décadas del siglo XVI, sí es nuestro primer gran poeta y sí pro- dujo una obra que podemos leer hoy, aunque solo la primera parte, de las cuatro que componen sus Elegías de varones ilustres de Indias, se publicó mientras vivía. Esta primera parte no tiene nada que ver con lo que hoy es el territorio de Colombia. En ella se trata de las vidas y muertes de, por ejemplo, Cristóbal y Diego Colón, Rodrigo de Arana, Francisco Bobadilla y Juan Ponce de León. Se habla, con nostalgia, de las islas de Trinidad, Margarita y Cubagua. Las otras tres partes de Elegías llegaron a la imprenta en 1847 y 1886. Por su parte, El carnero, de Rodríguez Freyle, se publicó en 1859, aunque versiones manuscritas habían circulado antes, y la historia se conocía por tradición oral. Hernando Domínguez Camargo, a su vez, estuvo a punto de tener en sus manos la primera edición (1666) de su poema heroico sobre Ignacio de Loyola, pero murió en 1659, antes de verla. La carátula anuncia que se trata de una “obra póstuma”.

Miremos el caso de los hermanos Fernando y Pedro de Solís y Valenzuela. La existencia del manuscrito “completo” de El desierto prodigioso y prodigio del desierto, escrito por Pedro de Solís y Valenzuela, se conoció solo a partir de 1963. El texto lo publicó el Instituto Caro y Cuervo en tres tiradas (1977, 1984 y 1985). La situación es bien complicada. La obra se atribuyó durante un tiempo a su hermano mayor, Fernando. Esta atribución se corrigió, y la corrección se aceptó. Pero quizás habrá que corregir la corrección. En 2013, se publicó por primera vez El cisne de los desiertos, de Fernando de Solís y Valenzuela. En una larga, cuidadosa y bien documentada introducción, su editor, un cartujo de apellido Thalmann, insistió en que el autor de El desierto prodigioso y prodigio del desierto es en realidad Fernando, no Pedro. Este enredado cuento de autoría queda por desenredar.

El caso de la Madre Castillo presenta dificultades de otra índole. Ella murió en 1742. Su Vida (1817) apareció 75 años después en Filadelfia, EE. UU. La obra que conocemos como Afectos espirituales se publicó en Bogotá en 1843. Si su sobrino nieto no se hubiera interesado en preservar y publicar su Vida, quizás ni sabríamos hoy día de su existencia en aquel convento de Santa Clara de Tunja, y mucho menos de sus escritos. Cuando ni los escritores neogranadinos ni sus escritos se conocen por sus contemporáneos, cuando no existen para sus coetáneos, no se puede hablar de una “tradición literaria neogranadina en sí”, y mucho menos de una “tradición literaria colombiana”. Sí podemos hablar de la “recuperación” de una literatura, y de “una historia desconocida”. Esta recuperación, de literatura y de historia desconocida, comienza en el siglo XIX para la Madre Castillo.

¿Una tradición literaria neogranadina en sí?

Dos o tres veces en la Nueva Granada comenzó a nacer una tradición literaria. Pero estos esfuerzos tuvieron una corta vida. Comentemos dos momentos de tradición literaria emergente. El primero: Juan de Castellanos llegó a Tunja en 1562. En los próximos 50 años, Tunja se convirtió en la “capital literaria” del nuevo territorio, en “la nueva Atenas” y en “ciudad humanista”, según José Miguel Morales Folguera (1998, pp. 21-22). Algunos investiga- dores dicen, correctamente, que alrededor de Castellanos se formó “el primer cenáculo” de la Nueva Granada (Cristina, 1982, p. 499). Hemos visto que Jiménez de Quesada deliberó sobre poesía y poética con Castellanos. Alonso de Ercilla viajó a Tunja para visitarlo. Conversó con él y hasta escribió un “prólogo” a la segunda parte de Elegías de varones ilustres de Indias:

Yo he visto este libro y en él no hallo cosa mal sonante ni contra buenas costumbres; y en lo que toca a la historia, la tengo por verdadera, por ser fielmente escritas muchas cosas y particularidades que yo vi y entendí en aquella tierra, al tiempo que pasé y estuve en ella: por donde infiero que va el autor muy arrimado à la verdad, y son guerras y acaecimientos que hasta ahora no las he visto escritas por otro autor, y que algunos holgarán de saberlas (Castellanos, 1847, p. 180).

Y al comienzo de cada una de las cuatro partes de Elegías de varones ilustres de Indias podemos leer toda una serie de laudatios, en latín y español, escritas por el círculo literario de Tunja en aquella época. Este cenáculo literario, el primero en la Nueva Granada, fue por mucho tiempo el único, y es evidencia de una rica vida literaria en un páramo aislado del Nuevo Mundo. Después de la muerte de Castellanos, en los primeros años del siglo XVII, el cenáculo dejó de existir.

El segundo momento de “una tradición literaria emergente” se da en el siglo XVII, aproximadamente entre los años 1620 y 1660. Un tal Fernando Fernández de Valenzuela escribió tratados espirituales y sabía algo de poética. El simple hecho de ser amante de la poesía no es tan importante. Pero sí lo es que educó a dos de sus hijos, quienes luego se destacaron como poetas: Fernando de Solís y Valenzuela y Pedro de Solís y Valenzuela. El hijo mayor, Fernando, escribió Laurea crítica, una pieza dramática del “Barroco de Indias”. Tenía solamente 13 años en aquel entonces4. En esta obra, el muchacho adolescente critica a Góngora y alaba a Quevedo, satirizando de esta manera al gongorista Hernando Domínguez Camargo, unos años mayor que él. Es obvio que ya en Santa Fe de Bogotá se sabía algo de la versificación de Domínguez Camargo y que Luis de Góngora estaba en el aire. Pedro de Solís y Valenzuela, el hermano menor, escribe bajo la influencia del gongorismo y del Siglo de Oro en general. Hay evidencia de que Pedro sostuvo diálogos con su hermano mayor después de que este se radicó permanentemente a España, se encerró en el monasterio “El Paular”, como cartujo, y tomó el nombre de Bruno. Además de todo esto, en El desierto prodigioso y prodigio del desierto hay toda una serie de conversaciones literarias entre los cuatro personajes principales, conversaciones notables por el íntimo conocimiento de las letras españolas y de la poética en sí. Germán Arciniegas (1979), en una reseña en El Tiempo, dice que la obra indica la existencia de “una de las primeras sociedades literarias de América” (citado en Briceño Jáuregui, 1983,p. 16). Esta historia fraternal señala y confirma la presencia e influencia del llamado “Barroco de Indias” en la cultura santafereña del siglo XVII. Sería un buen punto de partida para la reconstrucción de la cultura literaria en la Nueva Granada en el siglo XVII.

Para recuperar una historia literaria desconocida

Si hablamos de una historia literaria “desconocida”, en vez de una historia literaria reconocida en su época como tal, entonces, ¿cuál sería la historia a recuperar? Esta recuperación también tiene sus dificultades, en parte por un nacionalismo que se convierte en afán patriotero y en parte por el hecho de excluir algunas voces marginadas o por el olvido de producciones teatrales que no se documentaron en ediciones o en comentarios críticos. Algunos críticos han sentido el deber de declarar que este es el “primer colombiano” en algo, que aquella es la “primera obra colombiana”, que esta otra es la mejor obra de la “literatura colombiana”, etc. El que pretende recuperar la historia literaria de nuestro país tiene que enfrentarse con algunas de las siguientes preguntas y controversias: si un autor nació en España pero vivió en la Nueva Granada, ¿es “colombiano”? Si una obra se escribió en la Nueva Granada pero se publicó en España y no se conoció en la Nueva Granada, ¿puede ser vista como obra “colombiana”? ¿Y qué tal si una obra concebida en la Nueva Granada pero escrita en España no tiene nada que ver con los territorios neogranadinos y trata solamente una temática de la España medieval? Los críticos, algunos, han insistido en estas y otras cuestionables aseveraciones.

Veamos algunos ejemplos de los escritos y trabajos de Germán Arciniegas y Héctor H. Orjuela. Ellos pertenecen al panteón de los grandes historiadores y críticos literarios de nuestro país. Ambos buscaron los textos y los momentos más “colombianos” de nuestra época colonial. Arciniegas exaltó a Santa María la Antigua del Darién como la primera ciudad en el territorio de lo que hoy es Colombia (Arciniegas, 1988, pp. 27-51)5. Funda- da en 1510, ahora no existe. Fue destruida por los indígenas en 1524, y la selva acabó hasta con las huellas de su existencia. El historiador colombiano nos deja saber que ahí se construyó la primera catedral del continente. Allí, nos recuerda, vivieron por un corto tiempo Gonzalo Fernández de Oviedo y Martín Fernández de Enciso. La ciudad se menciona en las obras de Oviedo, Gómara y Las Casas. Arciniegas pone énfasis en el hecho de que en Santa María la Antigua del Darién, Oviedo escribió parte de Claribalte, un romance caballeresco que se publicó en España en 1519. También en que, después de volver a España, Fernández de Enciso publicó la Suma de geografía en 1519.

¿Es Oviedo entonces el primer escritor “colombiano”? ¿Es Enciso entonces el primer geógrafo “colombiano”? O, ¿es Las Quinquagenas de Oviedo el “primer libro de poesía escrito en el Nuevo Mundo” -como afirma Héctor Orjuela en la carátula de su edición (Oviedo, 1992)-, y es Oviedo, desde luego, el primer poeta colombiano?

Otros problemas -que los límites de espacio no me permiten documentar en detalle- son la exclusión de voces marginadas como las de los afrodescendientes, indígenas o mujeres, además del olvido del teatro, hasta hace relativamente poco, como parte de la historia de la literatura de la Colonia. Por ejemplo, la tradición oral indígena de “Colombia” ha sido solo parcialmente recuperada en la modernidad. Muchos de los idiomas origina- les han desaparecido. Muchas de las transcripciones de la cultura oral que se hicieron durante la colonia también han desaparecido. Gómez Restrepo (1945) parece asignarles la culpa a los mismos indígenas. Dice que hubiera querido escribir sobre las literaturas indígenas de la pre-conquista y Colonia de la Nueva Granada, pero “desgraciadamente no existen” (p. 11), porque los chibchas, aunque buenos artesanos, no tenían interés en preservar su literatura; olvidaron la gramática y la escritura que los misioneros les habían enseñado. Gómez Restrepo ignora otras etnias en “Colombia”, otros idiomas indígenas y otras expresiones literarias. Héctor Orjuela, quizás teniendo en mente la influyente posición de Gómez Restrepo en la crítica literaria de Colombia, se ha dedicado durante décadas a la recuperación y documentación de las expresiones literarias y creativas de los indígenas6. Las mujeres también han sufrido la exclusión e indiferencia. Por ejemplo, la Autobiografía de una monja venerable, escrita por Jerónima Nava y Saavedra (1669-1727), no se conoció mientras ella vivía y durante años fue atribuida a su padre confesor, Juan de Olmos (Robledo, pp. 9-11). En Las místicas de la Nueva Granada: Tres casos de búsqueda de la perfección y construcción de la santidad, Clara Herrera (2013) ha llamado la atención sobre el interesante corpus de místicas en la época colonial. Por su parte, Iván Padilla Chasing (2007), en su “Del olvido a la memoria histórica: problemas de la historia del teatro en Colombia”, documenta la indiferencia crítica hacia este género, indiferencia que se está corrigiendo.

Una cosa es identificar una obra como la primera en algún aspecto. Otra cosa es cambiar la obra misma, alterándola en una nueva y distinta edición, para apoyar una tesis. Un cambio tal podría dar una idea errónea de la obra en sí, y no menos de su posición e importancia en la historia literaria. Tomemos el caso de El desierto prodigioso y prodigio del desierto, a mi modo de ver una de las más interesantes y complejas obras de la época colonial. La obra tiene un poco de todo: cuentos intercalados, una gran variedad de versos, varias obras dramáticas, meditaciones espirituales, narraciones de viaje, conversaciones literarias, biografía y autobiografía. Lo que no tiene es una novela. Sin embargo, Héctor Orjuela saca de distintos y apartados capítulos dos “novelas” y las anuncia como tales al publicarlas. La obra original distribuye sus más de 1.600 páginas en 22 capítulos o “mansiones”. De esta obra, y en particular de las mansiones, Héctor Orjuela (1984) saca, con el mismo título de la obra original, una muy reducida versión que él identifica como la “primera novela hispanoamericana” (carátula y p. 51). Abrevia mansiones y cambia sus perfiles. Así, pues, reduce la mansión V de 53 páginas a 5; las IX-XI de 214 a 22; la XXI de 277 a 25. Colecciona fragmentos narrativos, tomados de distintas partes de la obra original y los combina hasta formar una narración. De esta ya modificada edición, Orjuela (2003) edita e imprime todavía otra “novela”, titulada Aventuras de Arsenio, El Ermitaño. Novela. En las primeras palabras de su estudio preliminar, escribe:

Publicamos en este tomo, en una edición ampliamente modificada y con el título de Aventuras de Arsenio, el ermitaño, la novela contenida en mi libro ‘El desierto prodigioso y prodigio del desierto’ de Pedro de Solís y Valenzuela: Primera novela hispanoamericana (1984), para difundir la obra internacionalmente como la mejor novela del Barroco y la que en realidad merece ser considerada la primera en el género en la América española (p. 7).

Estas dos “novelas” son una construcción de Héctor Orjuela y no de Pedro de Solís y Valenzuela. En este caso, las labores editoriales de Orjuela tienen sus consecuencias nocivas. Por ejemplo, en un capítulo de su libro Origen y evolución de la novela hispanoamericana, Manuel Arango (1988, pp. 43-50) incluye una larga cita de Héctor Orjuela, en la que acepta sus ideas sin cuestionarlas, y comenta El desierto prodigioso y prodigio del desierto como la primera novela hispanoamericana; esta desplaza, según Arango, El periquillo sarniento (México, 1816). Por lo tanto, Arango, por seguir a Orjuela, confunde la historia de la evolución de la novela en Colombia; no la esclarece. Otros no se dejan seducir por las cuestionables aseveraciones de Orjuela. El investigador Manuel Briceño Jáuregui (1983), en su denso “estudio crítico-histórico”, respeta la obra original en sí y no se preocupa por alterarla. Y Álvaro Pineda Botero (1999), en el admirable capítulo sobre El desierto prodigioso y prodigio del desierto, de su estudio sobre la narrativa en Colombia, analiza la obra de Solís y Valenzuela no como “la primera novela de Hispanoamérica” sino más bien como un primer ejemplo, junto con El carnero, de Rodríguez Freyle, de la “narrativa” en Colombia (pp. 29-93). Héctor Orjuela nos ha mostrado unas joyas que, si no fuera por él, seguirían con pocos investigadores y un número reducido de lectores. Merece nuestro agradecimiento. Su “Colección Héctor H. Orjuela. Historia crítica de la literatura colombiana” -más de 70 obras publicadas a lo largo de muchos años- es una labor y un logro sin par en nuestras letras. La pregunta que ha animado todo el trabajo de Héctor Orjuela fue, creo, la siguiente: ¿cómo dar a conocer una historia desconocida, una literatura ignorada y no apreciada? Su logro ha sido enorme, pero debido al afán de crear una historia crítica y una historiografía literaria nacional a la par de las de México y el Perú, este logro ha conllevado sus costos. Es difícil llegar a entender la historia literaria de nuestra época colonial, en todos sus complicados aspectos. Hace más de 50 años que el crítico Fernando Arbeláez comentó algunas de las dificultades, en términos que hoy siguen vigentes. Dijo Arbeláez (1956) en su estudio pre- liminar al poema heroico sobre San Ignacio de Loyola, escrito por Hernando Domínguez Camargo:

Cuando se estudia cualquier aspecto de la literatura colombiana, nos encontramos siempre con una serie de dificultades, que en la mayoría de las veces parecen invencibles […]. Aquí no ha habido auténticos científicos en cosas de literatura, y todo lo que se ha escrito en este campo ha sido el resultado de un esfuerzo más o menos empírico. Es necesario abonar siempre las buenas intenciones de nuestros literatos, cosa que, en realidad, muy poco cuenta para justipreciar el valor de los trabajos que se han llevado a cabo. La obra de Vergara y Vergara, y posteriormente la de Gómez Restrepo, constituyen los más importantes aportes en este sentido, y necesariamente ellos son y habrán de ser por mucho tiempo los obligados puntos de referencia para juzgar nuestra historia literaria A pesar de la importancia que estas obras tienen […] son trabajos […] en muchas ocasiones faltos de la seriedad que requiere una auténtica obra de crítica. A veces se habla sin conocer muy profundamente el tema, y en otras oportunidades sin haber leído a los autores que comentan, como es el caso del olvidado poeta don Hernando Domínguez Camargo (pp. 9-10).

A modo de conclusión

Es imposible no admirar el espíritu pionero de los primeros escritores, su coraje y su dedicación a la labor literaria en medio de las dificultades e inseguridades de la vida cotidiana de una nueva sociedad en permanente transición. Las obras literarias, algunas, se lanzaron al azar y llegaron a conocerse en manuscrito o en edición española. Otras yacieron en el sepulcro del cajón, en donde permanecieron años y hasta siglos. Algunas casi no lograron separarse de la tradición oral; muchas obras sobrevivieron muy poco tiempo después de su producción teatral; a otras se les atribuyó una autoría errónea. Mucho se pierde. Lo que se conserva -lo que queda por descubrir- merece nuestra prolongada y respetuosa atención. Todos sabemos que la total objetividad en la historia, y no menos en un campo como la historiografía literaria, es una ilusión de historiadores de generaciones anteriores a la nuestra. Todos sabemos que “la verdad” -comprensiva, objetiva, científica- es una meta al fin y al cabo no realizable. Sin embargo, hay que procurar no “inventar” o “crear” una “realidad-verdad” -una tradición literaria pensada como tal en su época- por el simple motivo de querer tenerla. Procuremos más bien acercarnos a lo que se pueda constatar. Procuremos mejor entender, sin exageraciones o inventos, lo que fue, y es, la complicada historia literaria de nuestro país. La gran historia verdadera de una más verdadera historia de la literatura colonial en los territorios de lo que hoy es Colombia queda por contar.

Bibliografía

1 Arango, M. A. (1988). La primera novela de Hispanoamérica. En M. A. Arango, Origen y evolución de la novela hispanoamericana (pp. 43-50). Bogotá: Tercer Mundo Editores.

2 Arbeláez, F. (1956). La obra poética de Hernando Domínguez Camargo [estudio preliminar]. En H. Domínguez Camargo, San Ignacio Loyola. Poema Heroico (pp. 9-47). Bogotá: Editorial ABC.

3 Arciniegas, G. (1988). Los cronistas. En Manual de literatura colombiana (pp. 27-51). Bogotá: Planeta Colombiana Editorial, S.A.

4 Briceño Jáuregui, M. (1983). Estudio histórico-crítico de ‘El desierto prodigioso y prodigio del desierto’ de Don Pedro de Solís y Valenzuela. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.

5 Castellanos, J. de. (1847). Elegías de varones ilustres de Indias. Madrid: Imprenta de M. Rivadeneyra.

6 Castellanos, J. de. (1886). Historia del Nuevo Reino de Granada. Madrid: A. Pérez Dubrull.

7 Cristina, M. T. (1982). La literatura en la conquista y la colonia. En Manual de historia de Colombia (pp. 493-592). Vol. 1. Bogotá: Procultura, S.A.

8 Gómez Restrepo, A. (1945). Historia de la literatura colombiana. Época colonial. Bogotá: Imprenta Nacional.

9 Leonard, I. A. (1949). Books of the Brave; Being an Account of Books and of Men in the Spanish Conquest and Settlement of the Sixteenth-Century New World. Cambridge: Harvard University Press.

10 Menéndez y Pelayo, M. (1911; 1913). Historia de la poesía hispano-americana. 2 vols. Madrid: Victoriano Suárez.

11 Montesinos, F. (1906). Anales del Perú. Vol. 1. Madrid: Imprenta de Gabriel L. y del Horno.

12 Morales Folguera, J. M. (1998). Tunja: Atenas del Renacimiento en el Nuevo Reino de Granada. Málaga: La Universidad de Málaga.

13 Orjuela, H. H. (1984). ‘El desierto prodigioso y prodigio del desierto’ de Pedro de Solís y Valenzuela. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo .

14 Orjuela, H. H. (2002). Introducción al estudio de las literaturas indígenas. Historia Crítica de la Literatura Colombiana. Bogotá: Editorial Guadalupe Ltda.

15 Orjuela, H. H. (2003). Aventuras de Arsenio, El Ermitaño. Novela. Bogotá: Editora Guadalupe Ltda.

16 Ortega, J. J. (1935). Historia de la literatura colombiana. 2a edición. Bogotá: Editorial Cromos.

17 Otero Muñoz, G. (1928). La literatura colonial de Colombia. La Paz, Bolivia: sin impresora.

18 Oviedo, G. (1992). Las Quinquagenas. Bogotá: Editorial Kelly.

19 Padilla Chasing, I.V. (2007). Del olvido a la memoria histórica. En C.E. Acosta, D. Fajardo, I. Padilla, y P. Trujillo, Leer la historia: Caminos a la Historia de la literatura colombiana (pp. 109-162). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

20 Pineda Botero, A. (1999). La fábula y el desastre: Estudios críticos sobre la novela colombiana, 1650-1931. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

21 Robledo, A. I. (1994). Estudio preliminar à Jerónima Nava y Saavedra, En J. Nava y Saavedra, Autobiografía de una monja venerable (pp. 7-28). Cali: Centro Editorial de la Universidad del Valle.

22 Solís y Valenzuela, P. (1977; 1984; 1985). El desierto prodigioso y prodigio del desierto. 3 vols. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo . Los volúmenes 1 & 2 (mansiones i-xxii) se editan del Manuscrito Madrid. El tercer volumen (mansiones i-iii) se edita del manuscrito Yerbabuena.

23 Toribio Medina, J. (1898-1907). Biblioteca Hispano-Americana. Vol. 6. Santiago de Chile: Imprenta, Casa del Autor.

24 Vélez de Piedrahíta, R. (1995). Literatura en la colonia - de Rodríguez Freile a José de Caldas. Medellín: Biblioteca Pública Piloto.

25 Vergara y Vergara, J. M. (1867; 1968). Historia de la literatura en la Nueva Granada. 3 vols. Bogotá: Presidencia de la República.

Notas

1 Quizás “dificultaba” el buen gobierno, pero no lo “imposibilitaba”. El documentar algunas de estas y otras dificultades, que al fin y al cabo no imposibilitaban, fue una de las intenciones principales de Irving A. Leonard en su libro Books of the Brave; Being an Account of Books and of Men in the Spanish Conquest and Settlement of the Sixteenth- Century New World, especialmente en su séptimo capítulo (1949, pp. 75-90).
2 Este decreto aparece en muchas colecciones de documentos relativos a la conquista y colonización del Nuevo Mundo.
3 En México, la imprenta se estableció en 1535; en el Perú, en 1585.
4 También escribió, según Gómez Restrepo (1945, pp. 280-281), las ahora desaparecidas piezas dramáticas Vida de Hidalgos y En Dios está la vida.
5 Los escritos de Arciniegas pertenecen al nacionalismo emergente que exaltó a Colombia y al continente desde la década del 40 en adelante. De ahí, obras como Jiménez de Quesada (1939), Biografía del Caribe (1945), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El continente de siete colores (1965) y América en Europa (1975).
6 Véase en particular su Introducción al estudio de las literaturas indígenas (2002), en su serie Historia crítica de la literatura colombiana.
7 Cómo citar esta conferencia: Palencia-Roth, M. (2016). Inquietudes coloniales: literatura e historiografía literaria de “Colombia”. Estudios de literatura colombiana 39, pp. 139- 151. DOI: 10.17533/udea.elc.n39a09.
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