Reseña

Hijas del Muntu. Biografías críticas de mujeres afrodescendientes de América Latina. María Mercedes Jaramillo, Lucía Ortiz (Ed.). Panamericana, Bogotá, 2011, 643 P.

Selnich Vivas Hurtado
Universidad de Antioquia, Colombia

Hijas del Muntu. Biografías críticas de mujeres afrodescendientes de América Latina. María Mercedes Jaramillo, Lucía Ortiz (Ed.). Panamericana, Bogotá, 2011, 643 P.

Estudios de literatura colombiana, núm. 39, pp. 167-171, 2016

Universidad de Antioquia

Jaramillo María Mercedes, Ortiz Lucía. Hijas del Muntu. Biografías críticas de mujeres afrodescendientes de América Latina. 2011. Bogotá. Panamericana. 643pp.

Recepción: 10 Septiembre 2015

Aprobación: 05 Mayo 2016

¿Es posible cambiar un mapa? ¿Son acaso los mapas entidades meta- físicas inmodificables, cuya existencia basta para regular y controlar nuestra movilidad en el espacio y en el tiempo, nuestro conocimiento del territorio y su cultura? ¿Qué pasaría si cambiáramos el mapa de la historia intelectual en América Latina, es decir, si decidiéramos trazar sus contornos no a partir de los nombres masculinos conocidos (Bolívar, Sarmiento, González Prada, Mariátegui, Henríquez Ureña, Reyes, Borges, Gutiérrez Girardot, Rama, García Márquez, Altamirano, Ospina, Volpi, etc.) ni a partir de los parámetros colonizadores (un idioma europeo, una religión occidental, una forma de gobierno impuesta), sino desde los nombres desconocidos, invisibilizados y excluidos: las mujeres, las mujeres afro, por ejemplo? ¿No tendríamos otra geopolítica, otra historia intelectual, otras preocupaciones estéticas y un panorama cultural más amplio? Tal es el propósito de Jaramillo y Ortiz, las editoras de esta compilación de treinta y cuatro estudios sobre mujeres afrodescendientes en América Latina.

Partir de la mujer afro, les permite a la editoras interconectar dos continentes (África y América), trece países (Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Honduras, México, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, Venezuela) y un conjunto numerosísimo de “escritoras, actrices, bailarinas, cantantes, campesinas, ministras, antropólogas, activistas y políticas” (p. 11). Estudiar la obra de, por ejemplo, Alba Roballo, Antonieta Máximo, Carolina M. de Jesús, Cristina Rodríguez Cabral, Delia Zapata, Dorina Hernández Palomino, Epsy Campbell Barr, Escolástica Maria da Conceiçao Nazaré, Etelvina Maldonado, Eva Ayllón, María Elena Moya- no, Goyo, Hazel Robinson Abrahams, Hilda Oates, Iva Virginia Archbold, Julia de Burgos, la Negra Grande de Colombia, Luz Argentina Chiriboga, María Cecilia Francis Hall, María Elcina Valencia Córdoba, Maria Firmina dos Reis, María Teresa Ramírez, Mayra Santos-Febres, Omara Portuondo, Petrona Martínez, Ruth Fernández, Scherezada Vicioso, Susana Baca, Teresa Cassiani, Totó la Momposina, Vergencia Hoy Hudgson, Victoria Santa Cruz, Virginia Murature, entre muchas otras, significa que en los últimos doscientos años las mujeres han liderado luchas y conquistas sociales, sin las cuales sería imposible imaginarse a la América Latina de hoy. La mujer afro es una pieza clave para entender el proceso de las culturas, de la espiritualidad y de las luchas por la justicia social en el continente.

La mujer afro se enfrentó abiertamente a la pigmentocracia, la exclusión de la mujer del ámbito académico y político, al racismo, al sometimiento económico y sexual, al sistema patriarcal eurocéntrico y a la persecución religiosa. Esa mujer luchadora supo irrumpir en el ámbito cultural y en la política para poner en cuestión el cuestionable predominio intelectual de la élite no negra. Muchas, aunque no sabían leer ni escribir las lenguas europeas hegemónicas, supieron inventar lenguas desde los restos africanos para defender la tierra cultivable en beneficio de la vida. La actividad intelectual de la mujer afro se caracteriza por su vínculo espiritual con las tradiciones orales provenientes de culturas ancestrales africanas que, a su llegada a América, se mezclaron con numerosas tradiciones amerindias y europeas. Desde el terreiro, el palenque o el quilombo esas voces de abuelas combativas recompusieron religiones y lenguas africanas (o indígenas, como el caso de las mujeres garífuna y wau- nana) en pro de la felicidad danzada y cantada. Les devolvieron la vitalidad y el uso social a la voz de palabras entrecortadas, a la música de instrumentos olvidados o inusitados, a la danza ritual, donde la mujer ganaba protagonismo por fuera de la exotización de su cuerpo. Recuperar e inventar las tradiciones africanas, en diálogo con el acervo cultural europeo y amerindio, les facultó para enriquecer las tradiciones poéticas y artísticas del continente. Así se percibe la presencia, en países distantes entre sí, de expresiones hermanadas o parientas del orikí, del alabao, del gualí, del bullerengue, de los bailes cantados, del abozao, de la zamacueca, de la marinera, del landó, de la araña Anancy, del candomblé, del candombé, de la santería, de los orichas. La lengua ri palenge y la lengua raizal hablan de la inmensa creatividad y resistencia de culturas que se reinventaron desde la nada y se sobrepusieron a la esclavitud y a la deshumanización. Allí esta su lección de madres.

La mujer afro, reducida desde su llegada a América y hasta comienzos del siglo XX a la condición de un animal especial con algunas atribuciones humanas, para decirlo con las palabras de Georgina Herrera, fue utilizada para el desfogue masculino y como ama de cría y nodriza para los hijos de la élite, primero encomenderos y conquistadores y luego comerciantes, militares y políticos. Luego de la invención de la leche en polvo, las mujeres libres carecieron de ciudadanía y si había trabajo para ellas fue exclusivamente en la servidumbre y en la prostitución. Era impensable que la mujer afro participara de la vida intelectual y que con sus acciones y obras influyera en la política, en la opinión pública y en la imagen de sociedad que se iba gestando después de la segunda mitad del siglo XX. Pero la presencia del mundo y la cultura afro en la música, en el cine, en la academia y en la política indican que, gracias al esfuerzo de varios siglos, se pasó del reconocimiento a la aceptación y de esta a la escucha del aporte afrodescendiente. Benedita Sousa da Silva Sampaio fue Ministra de la Secretaría Especial de Trabajo y Asistencia Social y Gobernadora de Río de Janeiro. Úrsula Hilaria Celia Caridad Cruz Alfonso convocó el número más alto de espectadores para un concierto al aire libre en el mundo, 250 mil personas. Sus canciones conectaban a millones de latinoamericanos con la herencia africana y, al mismo tiempo, ponía a temblar al gobierno de su isla. Del mismo modo el continente le adeuda a Sara Gómez Yera el formato de un cine documental de un gran compromiso social y a Salomé Ureña la investigación literaria y la creación de una poesía patriótica desde la perspectiva de una mujer afro de finales del siglo XIX. Luz María Martínez Montiel abrió en el espacio universitario el renacimiento africano en América y Claudia Mosquera Rosero-Labbé la validación de una episteme de raíces afrofemeninas. Edelma Zapata, Nancy Morejón, María de los Ángeles Popov y Carmen Verde Arocha constituyen, sin duda, líneas singulares de la poesía del continente. Abundan en ellas la reflexión sobre lo ancestral y la agudeza de la crítica social, sin dejar de lado el erotismo que, en el caso de Popov, hace pensar que las apariciones de Martha Gularte, Lágrima Río y Rosa Luna en el carnaval uruguayo son menos una exhibición del cuerpo femenino y más una polémica pública.

Hijas del Muntu contribuye, por varios caminos, a la discusión en torno a los modos tradicionales usados para abordar una historia intelectual en América Latina. Esta compilación debería leerse al lado de Intelectuales indígenas en Ecuador, Bolivia y Chile de Claudia Zapata Silva. En ambos libros se abre la pregunta por las alternativas de método y de corpus frente la historia intelectual oficial. En ambos casos se toma el punto de partida étnico, si se le quiere llamar así, o también no eurocéntrico, no grafocéntrico, no falocéntrico, como en el caso de Hijas del Muntu. Esa mirada no grafocéntrica permite la inclusión de figuras intelectuales que provienen del cine, de la danza, de la música, de las religiones afrodescendientes y no exclusivamente de la literatura. Así mismo se amplía el concepto de intelectual cuando se les da crédito a las luchadoras sociales y líderes comunitarias, a las campesinas. No es suficiente que a la mujer afro se le identifique con un grupo racial o un color de piel para considerarla intelectual. La propuesta de Jaramillo y Ortiz se dirige más bien a la lucha social, al reconocimiento y a la defensa de los derechos de una población excluida e instrumentalizada por un sistema económico. En este sentido la intelectual es aquella mujer que desde su práctica social (sin importar cuál sea) lucha por la construcción de una sociedad más justa, en la que la mujer tenga cabida. Tener cabida no quiere decir que su cuerpo se visibilice mediante la cosificación. Tampoco que se le utilice para la publicidad y el espectáculo. Tener cabida quiere decir que sus ideas y comportamientos son valorados por el mundo social. Que pueden ser enseñados y debatidos en los medios de comunicación, en la política y en la academia en igualdad de condiciones y con el mismo espacio que las ideas dominantes. La compilación de Ortiz y Jaramillo confirma que las sociedades latinoamericanas, por más cerradas, machistas y racistas que sigan siendo, están obligadas a visibilizar el aporte de las mujeres afro. Un aporte inocultable. El punto de partida para esta propuesta de biografías intelectuales es la mujer afro o la afrodescendencia de la mujer intelectual en América Latina. No es un punto de partida evidente. ¿Qué es lo afro en las mujeres intelectuales? Hommes de lettres llamaron los historiadores de la cultura a los intelectuales. Femmes en action podríamos llamar a las intelectuales que sin importar la clase social (alta: Salomé Ureña; baja: Mamá Tingó), el grado de formación (doctorado: Luz María Martínez Montiel; primaria: Lágrima Río), la religión (cristianismo: Lolia Pomare Myles; condomblé: Hilda Dias dos Santos), la plataforma comunicativa (canto: Goyo; poesía: Mary Grueso Romero), la orientación política (liberal: Piedad Córdoba; revolucionaria: Nancy Morejón), la lengua (francés: Maryse Condé; el holandés: Astrid Roemer) defienden la participación activa y respetada de la mujer afro en la vida cotidiana. No darle espacio a esta otra historia intelectual sería ampliar los abismos sociales que tanto divierten a las élites latinoamericanas. Sería volver a repetir, en palabras de Mary Grueso Romero, el modelo de educación que nos impusieron los dueños del bien hablar: “Qué maestra tan joría,/ la que me ha tocado a mí:/ que risque no me he peinaro,/ que no me siente así,/ […] que por qué hablo tan feo,/ que no pronuncie así,/ que por qué grito tanto” (citado en Jaramillo, Ortiz, p. 173). Sería retroceder a la época colonial en la que éramos esclavos, hijos de esclavas. A la época en la que todas las mujeres eran inferiores en criterio y en creatividad al más bajo de todos los hombres. Y esto no es posible, no lo es, porque todos los seres, hombres, mujeres, vivos y difuntos, animales, vegetales, minerales, aguas, montañas, aires, somos hijas del Muntu, de la misma energía creadora.

Notas

1 Cómo citar esta reseña: Viva Hurtado, S. (2016). Reseña del libro Hijas del Muntu. Biografías críticas de mujeres afrodescendientes de América Latina. María Mercedes Jaramillo, Lucía Ortiz (ed.). Estudios de literatura colombiana 39, pp. 167-171 DOI: 10.17533/udea.elc.n39a12.
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